Mostrando las entradas con la etiqueta Tiempo de Pentecostés. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Tiempo de Pentecostés. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de agosto de 2021

Comentarios del Evangelio según el año litúrgico

"En el tiempo de la Iglesia, situado entre la Pascua de Cristo, ya realizada una vez por todas, y su consumación en el Reino de Dios, la liturgia celebrada en días fijos está toda ella impregnada por la novedad del Misterio de Cristo" (CCE 1164). "El año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos del único misterio pascual" (CCE 1171), de suerte que no sigue la cronología del año civil: comienza el primer Domingo de Adviento y concluye el sábado siguiente al Último Domingo de Pentecostés (Domingo XXIV después de Pentecostés). Se compone de estaciones o Tiempos litúrgicos, llamados Ciclo Temporal o Propio de su tiempo. Su objetivo es mostrarnos a nuestro Señor en el marco tradicional de los grandes misterios de nuestra fe. Simultáneamente con este Ciclo se desenvuelve otro secundario, denominado Ciclo Santoral o Propio de lo Santos, que se compone de todas las fiestas de las almas santas que Dios asocia a Jesús en su obra salvífica, comenzando por su Santísima Madre, ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la Encarnación y de la Redención. 

El Ciclo Temporal está dividido en dos partes: el Ciclo de Navidad y el Ciclo Pascual. Cada uno de ellos se subdivide a su vez en un Tiempo antes, durante y después de esta dos grandes fiestas centrales de la fe cristiana, los que tienen por finalidad preparar al alma, hacérselas celebrar solemnemente y prolongarlas durante varias semanas.

El Ciclo Santoral "venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo" (CCE 1172) y "hace memoria de los mártires y los demás santos" (CCE 1173) que cantan la gloria de Dios. Durante este tiempo se celebran las fiestas de la Santísima Virgen María, de los Santos Ángeles y de los demás santos, donde comparecen San Juan Bautista, precursor del Mesías, San José, San Pedro y San Pablo, los demás Apóstoles y todos aquellas personas cuya santidad ha sido declarada por la Iglesia durante los siglos, con indicación de una fecha concreta en la que se celebra su fiesta o memoria. Las distintas fiestas de este Ciclo tienen una jerarquía establecida. 

Para cada uno de los domingos y fiestas señalados a continuación hemos publicado en esta bitácora un comentario con el Evangelio del día, que esperamos sea de provecho espiritual para nuestros lectores. Los propios del año pueden ser descargados desde este sitio

***

CICLO DE NAVIDAD (MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN)


El Ciclo de Navidad celebra el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y se extiende entre el Primer Domingo de Adviento y el Domingo de Septuagésima. Se compone de un tiempo de preparación (Tiempo de Adviento), un tiempo de celebración (Navidad y Epifanía) y un tiempo de prolongación (Tiempo después de Epifanía). Sus colores son, respectivamente, el morado, el banco y el verde. 

Tiempo de Adviento

Domingo I de Adviento

Domingo II de Adviento

Domingo III de Adviento (Gaudete)

Domingo IV de Adviento

Tiempo de Navidad

Natividad del Señor (25 de diciembre)

Domingo en la Infraoctava de Navidad

Circuncisión del Señor (1° de enero)

Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús (domingo después de la Circuncisión o 2 de enero)

Tiempo de Epifanía

Epifanía del Señor (6 de enero)

Fiesta de la Sagrada Familia (Domingo I de Epifanía)

Conmemoración del Bautismo de Nuestro Señor

Domingo II de Epifanía

Domingo III de Epifanía

Domingo IV de Epifanía

Domingo V de Epifanía

Domingo VI de Epifanía

***

CICLO DE PASCUA (MISTERIO DE LA REDENCIÓN)

El Ciclo de Pascua celebra el Misterio de la Encarnación y se extiende entre el Domingo de Septuagésima y el Primer Domingo de Adviento. Se compone de un tiempo de preparación, que se divide a su vez en tres tiempos menores: preparación remota (Tiempo de Septuagésima), preparación próxima (Tiempo de Cuaresma) y preparación inmediata (Tiempo de Pasión); un tiempo de celebración (Pascua, Ascensión y Pentecostés) y un tiempo de prolongación (Tiempo después de Pentecostés). Sus colores son, respectivamente, el morado, el blanco y el rojo, y el verde. 

Tiempo de Septuagésima

Domingo de Septuagésima

Domingo de Sexagésima

Domingo de Quincuagésima

Tiempo de Cuaresma

Miércoles de Ceniza

Domingo I de Cuaresma

Domingo II de Cuaresma

Domingo III de Cuaresma 

Domingo IV de Cuaresma (Laetare) 

Tiempo de Pasión 

Domingo I de Pasión

Domingo II de Pasión (Domingo de Ramos)

Jueves Santo

Viernes Santo 

Vigilia Pascual

Tiempo Pascual

Domingo de Resurrección

Domingo de la Octava de Pascua (Domingo in Albis)

Domingo II después de Pascua (Domingo del Buen Pastor)

Domingo III después de Pascua

Domingo IV después de Pascua

Domingo V después de Pascua

Tiempo de la Ascensión

Ascensión de Nuestro Señor

Domingo después de la Ascensión

Tiempo de Pentecostés

Domingo de Pentecostés

Tiempo después de Pentecostés

Fiesta de la Santísima Trinidad (Domingo I después de Pentecostés)

Fiesta del Santísimo Cuerpo de Cristo (Corpus Christi)

Domingo de la infraoctava del Santísimo Cuerpo de Cristo

Domingo II después de Pentecostés

Fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús

Domingo de la infraoctava del Sagrado Corazón (Domingo III después de Pentecostés)

Domingo IV después de Pentecostés

Domingo V después de Pentecostés

Domingo VI después de Pentecostés

Domingo VII después de Pentecostés

Domingo VIII después de Pentecostés

Domingo IX después de Pentecostés

Domingo X después de Pentecostés

Domingo XI después de Pentecostés

Domingo XI después de Pentecostés

Domingo XII después de Pentecostés

Domingo XIII después de Pentecostés

Domingo XIV después de Pentecostés

Domingo XV después de Pentecostés

Domingo XVI después de Pentecostés

Domingo XVII después de Pentecostés

Domingo XVIII después de Pentecostés

Domingo XIX después de Pentecostés

Domingo XX después de Pentecostés

Domingo de Cristo Rey (último domingo de octubre)

Domingo XXI después de Pentecostés

Domingo XXII después de Pentecostés

Domingo XXIII después de Pentecostés

Último Domingo (Domingo XXIV después de Pentecostés)

***

CICLO SANTORAL 

El Ciclo Santoral presenta diferencias entre el calendario de la Iglesia universal y el de las distintas diócesis, así como entre países o familias espirituales. Revisar las distintas fiestas y memorias de esta Ciclo resulta casi imposible. Hemos hecho una selección de algunas de ellas basada en aquellas que menciona el Catecismo de San Pío X. Los propios de los santos pueden ser descargados desde este sitio

Fiestas de la Santísima Virgen María

Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre)

Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América (12 de diciembre)

Purificación de María (21 de febrero)

Anunciación de María (25 de marzo)

María Reina (31 de mayo)

Visitación de Santa María (2 de julio)

Nuestra Señora del Carmen (16 de julio)

Asunción de María (15 de agosto)

Inmaculado Corazón de María (22 de agosto)

Natividad de María (8 de septiembre)

Santísimo Nombre de María (12 de septiembre)

Siete Dolores de María (15 de septiembre)

Maternidad de la Bienaventurada Virgen María (11 de octubre)

Presentación de María (21 de noviembre)

Fiestas de los Santos Ángeles

San Gabriel Arcángel (24 de marzo)

San Miguel Arcángel (29 de septiembre)

San Rafael Arcángel (24 de octubre)

Santos Ángeles Custodios (2 de octubre)

Fiestas de los Santos

San Esteban, protomártir (26 de diciembre)

San Juan, Evangelista (27 de diciembre)

Santos Inocentes (28 de diciembre)

San José (19 de marzo)

San Juan Bautista (24 de junio)

San Pedro y San Pablo (29 de junio)

Santiago el Mayor (25 de julio)

Dedicación de la Catedral 

San Mateo, Evangelista (21 de septiembre)

San Marcos, Evangelista (25 de abril)

San Lucas, Evangelista (18 de octubre)

Todos los Santos (1° de noviembre)

Todos los fieles difuntos (2 de noviembre)

***

Nota de la Redacción: El texto que sirve de introducción a esta entrada ha sido tomado de Misal diario y Vesperal de Dom Gaspar Lefebvre (trad. de Dom Germán Prado, Brujas Desclée de Brouwer y Cía, 1946, pp. 10-11), con algunas adaptaciones de estilo y la inclusión de algunas citas del Catecismo de la Iglesia Católica. El listado de las fiestas del temporal reproduce aquel que se ofrece en el Missel quotidien complet pour la forme extraordinaire du rite romain (Le Barroux, Éditions Sainte-Madeleine, 2016, p. 2). Los créditos de las imágenes utilizadas en esta entrada son los siguientes: el calendario litúrgico proviene de Et maintenant une histoire!mientras que los grabados de la Adoración de los Magos, la Crucifixión y la Santísima Virgen se encuentran publicados en Pinterest (aquíaquí y aquí, respectivamente). 

martes, 17 de agosto de 2021

Domingo XII después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto de Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 10, 23-37):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis. Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron. Levantóse en esto un doctor de la Ley, y le dijo por tentarle: Maestro, ¿qué haré para poseer la vida eterna? Y él le dijo: ¿Qué es lo que se halla escrito en la Ley? ¿qué es lo que en ella lees? Respondió él: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y todas tus fuerzas y todo tu entendimiento; y a tu prójimo como a ti mismo. Bien has respondido, díjole Jesús, haz esto y vivirás. Mas él, queriendo pasar por justo, dijo a Jesús: Y ¿quién es mi prójimo? Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones, los cuales le despojaron, y después de haberlo herido, lo dejaron medio muerto, y se fueron. Llegó a pasar por el mismo camino un sacerdote; y aunque lo vio, pasó de largo. Asimismo un levita, y llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó también de largo. Mas un viajero samaritano se llegó cerca de él, y cuando le vio, movióse a compasión. Y acercándose, le vendó las heridas, echando en ellas aceite y vino, y montándolo en su jumento, lo llevó a una venta, y lo cuidó. Y al día siguiente sacó dos denarios y diólos al posadero, diciéndole: Cuídamelo, y cuanto gastares de más, yo te lo abonaré cuando vuelva. ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo de aquél que cayó en manos de los ladrones? Respondió el doctor: El que usó con él de misericordia. Díjole Jesús: Pues vete, y haz tú otro tanto”.

 ***

El comentario que Dom Prosper Guéranger hace de este texto en El año litúrgico, es el siguiente:

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y todas tus fuerzas y todo tu entendimiento; y a tu prójimo como a ti mismo”. La Iglesia, en la Homilía sobre el texto sagrado que hoy presenta a sus fieles, como de costumbre, en el tercer Nocturno de Maitines, no extiende su interpretación más allá de la pregunta de aquel doctor de la Ley: basta con demostrar que, según su modo de pensar, la última parte del Evangelio, aunque más larga, no es sino una conclusión práctica de la primera, según esta expresión del Apóstol: La fe obra por medio de la caridad (Gal 5, 6). Y, efectivamente, la parábola del buen samaritano, que por otro lado, tiene tantas aplicaciones del más elevado simbolismo, no fue expuesta por los labios del Señor, en su sentido literal, sino para destruir perentoriamente las restricciones que habían hecho los judíos en el gran precepto del amor.

“Si toda perfección se halla condensada en el amor, si ninguna virtud produce sin él su fruto para la vida eterna, el amor mismo no es perfecto si no se extiende también al prójimo; y en este último sentido, sobre todo, dice San Pablo que el amor es el cumplimiento de la ley (Rom 13, 8) y que es la plenitud de toda ella (Rom 13, 10). Porque la mayoría de los preceptos del Decálogo, se refieren directamente al prójimo, y la caridad debida a Dios, no es perfecta sino cuando se ama juntamente con Dios a lo que Él ama, es decir, aquello que hizo a su imagen y semejanza. De suerte que el Apóstol, no distingue, como lo hace el Evangelio, entre los dos preceptos del amor, pues osa decir: 'Toda la ley está contenida en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo' (Gal 5, 14).

“Pero cuanto mayor es la importancia de este amor, tanto mayor es también la necesidad de no equivocarse acerca del significado y extensión de la palabra prójimo. Los judíos no consideraban como tales sino a los de su raza, siguiendo en ello las costumbres de las naciones paganas, para quienes los extranjeros eran enemigos. Mas he aquí que interrogado por un representante de esta Ley mutilada, el Verbo divino, autor de la Ley, la restablece por entero. Pone en escena a un hombre que sale de la ciudad santa, y a un samaritano, el más despreciado de los extranjeros enemigos y el más odioso para un habitante de Jerusalén. Y, con todo eso, por la confesión del doctor que le interroga, como indudablemente de todos los que le escuchan, el prójimo, para el desdichado caído en manos de los ladrones, no lo es tanto en este caso el sacerdote o el levita de su raza, como el extranjero samaritano, que, olvidando los resentimientos nacionales, ante su miseria, no ve en él sino a su semejante. Convenía decir que ninguna excepción podía prevalecer contra la ley suprema del amor, tanto aquí abajo como en el cielo; y que todo hombre es nuestro prójimo, a quien podemos hacer o desear el bien, y que es nuestro prójimo todo aquél que practica la misericordia, aunque sea samaritano”.

 Eugène Delacroix, El buen samaritano, 1849
(Imagen: Arts Dot)

domingo, 8 de agosto de 2021

Domingo XI después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mc 7, 31-37):

“En aquel tiempo, saliendo Jesús de tierras de Tiro, se fue por Sidón hacia el mar de Galilea, atravesando por mitad de la Decápolis. Y le trajeron un sordomudo, suplicándole pusiese la mano sobre él para curarle. Y apartándose del tropel de la gente, metió los dedos en sus oídos y con la saliva le tocó la lengua; y alzando los ojos al cielo, suspiró y díjole: “¡Efeta!”, que quiere decir “abríos”. Y a punto se le abrieron los oídos y se le soltó el impedimento de su lengua, y hablaba correctamente. Y les mandó que a nadie lo dijesen. Pero cuanto más se lo mandaba, tanto más lo divulgaban, y más crecía su pasmo, y decían: Todo lo ha hecho bien; ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos”.

***

Frente a estos pobres miserables que Jesús sana, nosotros nos sentimos aliviados y al mismo tiempo agradecidos de estar libres de aquellos males que el Señor cura.

Pero debemos recordar que los signos, como éste, que el Señor hace, tienen no sólo la intención inmediata de hacer el bien a quienes se lo piden (“Todo lo hizo bien”), sino que están dirigidos principalmente a nuestra enseñanza espiritual. Y si miramos la escena de hoy desde una perspectiva espiritual, advertiremos que nosotros también somos enfermos de sordera y de mudez y necesitamos que el Señor nos sane.

Jesús introduce sus dedos en los oídos del enfermo. Esos dedos son el Espíritu Santo, a quien la Iglesia designa como “Dedo de Dios” en el himno Veni Creator Spiritus. Y la gracia del Espíritu Santo obra el primero de los dos milagros que el Señor hace con este enfermo: le abre los oídos, es decir, lo hace capaz de oír la palabra de Dios, de conocer lo que el Señor se ha dignado revelarnos mediante esas dos vías que el catolicismo reconoce desde sus mismos comienzos: la Sagrada Tradición y, luego, la Sagrada Escritura.

Pero no sólo abre el Señor los oídos de aquel hombre para que oiga la palabra divina que le llega por la Tradición y la Escritura, sino que, además, Jesús le toca la lengua, y el hombre aquel empieza a “hablar correctamente”. Sí, es por gracia de Dios que podemos hablar correctamente; si no es por gracia divina ni siquiera podemos decir “¡Jesús, Señor!” (1 Cor 12, 3).

Dios nos hace primero capaces de oír la palabra, y luego nos habilita para hablar de ella y pregonarla y hacer de nuestra vida misma, de toda ella, un verdadero pregón (“que hable la voz, que hable la vida, que hablen las obras”). Si bien no todos recibimos la misión de salir a predicar sermones a nuestros hermanos, todos tenemos la misión de hablarles con nuestras buenas obras: “Así ha de lucir vuestra luz antes los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos” (Mt 5, 16). Todas las maravillas que, a lo largo de los siglos, Dios ha realizado en favor de su pueblo escogido, que en el Antiguo Testamento es Israel y, en el Nuevo, la Iglesia, tienen por finalidad que esos hombres que Él ha escogido uno a uno, a quienes conoce individual e íntimamente (Is 43, 1: “No temas, porque yo te he rescatado, yo te llamé por tu nombre”), “guarden sus preceptos y observen sus leyes” (Sal 104, 45, Vulg) y las den a conocer a los demás hombres: “Lo que hemos oído y sabemos, lo que nos contaron nuestros padres, no lo encubriremos a sus hijos, contando a las generaciones futuras las glorias de Yavé y su poderío y los prodigios que ha obrado. Pues dio una norma en Jacob y estableció una ley en Israel: que mandó a nuestros padres enseñar a sus hijos, para que las conociese la generación venidera y los hijos que habían de nacer se las contasen a sus propios hijos, para que éstos pusieran en Dios su confianza y no olvidaran las gestas de Dios y guardasen sus mandatos” (Sal 77, 3-7 Vulg).

Para transmitir lo que oímos es que el Señor nos abre los oídos, de modo que, a continuación, hablando correctamente, lo difundamos a nuestros hijos y a las generaciones futuras. Pero para eso es necesario, primero oír la palabra de Dios, aprender la doctrina, estudiar, estudiar, estudiar. Siempre a la medida de nuestras posibilidades; pero no transmitiremos palabra alguna si no oímos palabra alguna. Y fijémonos bien que en este milagro, el Señor primero abre los oídos y sólo después desata la lengua para que aquel hombre “hable correctamente”.

En estos aciagos tiempos que vive la Iglesia, es deber nuestro gravísimo -¡gravísimo!- aprender la doctrina de la fe para hablarla a nuestros hijos y a nuestro alrededor. Con todo, más elocuente que el mejor de los discursos o sermones o lecciones sobre la palabra de Dios que podamos dar a nuestros hijos y a nuestros semejantes, es el ejemplo. Un buen ejemplo de vida vale más que mil sermones. Eso es algo que saben los padres de familia. Y de ellos debemos aprender. “Que hable la voz, que hable la vida, que hablen las obras”.            

Léonard Gaultier, La curación del sordomudo, 1579
(Imagen: Ciudad nueva)

martes, 3 de agosto de 2021

Domingo X después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 18, 9-14):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a ciertos hombres que presumían de justos, y despreciaban a los demás, esta parábola: Dos hombres subieron al Templo para orar: uno fariseo y otro publicano. El fariseo, en pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Dios, gracias te doy porque yo no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana; pago los diezmos de cuanto poseo!” El publicano, al contrario, puesto allá lejos, ni se atrevía a levantar los ojos al cielo; sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Dios mío, te misericordia de mí, que soy un pecador!” Os digo que éste es el que volvió justificado a su casa, mas no el otro; porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.

*** 

Hoy es frecuente ver, en la prensa, a grandes sinvergüenzas que declaran, con toda la tranquilidad del mundo y con gran sonrisa, segura de sí: “¡Tengo mi conciencia muy tranquila; no me reprocha nada!”. Pero no sólo los grandes sinvergüenzas adoptan esta actitud apologética de sí mismos, sino que ella ha llegado a ser lo normal en todo tipo de personas: sus conciencias no les reprochan nada; ellos actúan como quieren, por cierto; pero sus conciencias todo lo aprueban.

En un mundo que se hunde en la corrupción del relativismo, en el que cada cual declara ser su supremo legislador y decide, por tanto, qué es lo bueno y qué es lo malo; un mundo en que la moral objetiva es rechazada con escándalo, por querer imponer a todos los mismos “gustos“ (léase “valores”) en materia de comportamiento (creen que “sobre gustos no hay nada escrito”); en un mundo como éste, las palabras de Jesús nos condenarían a todos por fariseos.

No hay empleado ni esclavo ni siervo más sumiso, obediente y obsecuente que la conciencia propia, que parece tener una función más de tranquilizarnos interiormente que la de recriminarnos. Las técnicas para acallar la conciencia son muchas y todas muy de moda: es “malsano”, dicen, culparse a sí mismo de algo, es síntoma de una “enfermedad” psicológica denominada “complejo de culpa”; es también señal de un patológico odio de sí mismo, que es efecto de algún trauma interior que proviene de la remota infancia, y que se aloja en lugares que asumen, a veces, rasgos auténticamente míticos, como el “subconsciente” o cosas semejantes. Siempre hay algún pasaje de Freud que nos ayuda a hacer lo que queremos sin escrúpulo alguno. Los jóvenes parisienses que en mayo de 1968 escribían en las paredes de París “sólo queremos que nos dejen gozar en paz”, eran discípulos de discípulos de Freud, que habían mezclado, con las ideas de éste, algunas provenientes del marxismo cultural decadente, cuyo propósito era demoler la moral cristiana desde dentro y permitir con ello el desplome de la Iglesia. ¡Ah cuán engañoso resultó ser todo ello, cuán seductor y mentiroso, cuántas falsas promesas jamás cumplidas! ¿En qué terminaron todos esos goces y gozadores?

El mundo del cristiano es, en cambio, el mundo de la verdad. Y por eso el cristianismo valora la humildad, la cual, según la famosa definición de Santa Teresa de Ávila, consiste en “caminar en la verdad”. La humildad no es andar el hombre acusándose, neuróticamente, de cosas inexistentes, o inventándose pecados; no: se trata, sencillamente, de la verdad. En virtud de ella, el cristiano puede y debe reconocer, agradecidamente, las cosas buenas que hay en sí mismo, porque sabe que no provienen de sí sino que son un don de Dios, un regalo, una gracia: no se es bueno por fuerza propia, sino por gracia de Dios. Por gracia de Dios somos buenos y hacemos méritos, y verdaderos méritos, que, a continuación, Dios premia en su bondad. De Él, al cabo, proviene toda bondad: “Todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba” (Sant 1, 17).

Si al cristiano la luz de la verdad lo ilumina interiormente no podrá sino darse cuenta de que hay en él todavía muchas imperfecciones que lo alejan de la santidad que Dios nos manda alcanzar (recordemos que el llamado a ser santos no es una mera invitación del bondadoso Jesús, sino un mandato perentorio de ese mismo Jesús bondadoso). Esa luz de la verdad, esa humildad, no es algo espontáneo sino algo que hay que cultivar pacientemente: es como un rayo de luz que, de a poco,  vamos haciendo crecer para iluminar un cuarto obscuro, donde comienza a revelar cosas, objetos y rincones que todavía permanecen en la semisombra. Ese cuarto obscuro es nuestra naturaleza caída, donde ha reinado el diablo, del cual nos ha librado la muerte del Señor. Pero la morada donde ha reinado el diablo es una morada inmunda, que hay limpiar continuamente con la ayuda de la gracia sacramental. Y debe ser una limpieza continua y frecuente, porque tan pronto como limpiamos este rincón de aquí, ensuciamos de nuevo el de allá, o aparece a la luz un tercer rincón en el que no nos habíamos fijado antes.

Este rayo de luz verídica tiene traspasar la más densa de las oscuridades de nuestro espíritu, la soberbia, que nos impide ver y que es responsable de esas alegres y mentirosas declaraciones de que “mi conciencia no me reprocha nada”. Por eso el Salmo 18 pide a Dios que nos libre de “los pecados que se nos ocultan” para quedar liberados también del gran pecado, la soberbia, el más grave de todos, la fuente de todos los demás: “Límpiame de los que se me ocultan, y retrae a tu siervo de la soberbia; entonces seré irreprochable y purificado del gran pecado” (Sal 18 Vg, 13-14). No hay que olvidar que "también los demonios creen, y tiemblan" (Sant 2, 19).

(Imagen: Zhyty-Slovom)

miércoles, 28 de julio de 2021

Domingo IX después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 19, 41-47):

“En aquel tiempo, al llegar Jesús cerca de Jerusalén, mirando a la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: ¡Ah! ¡Si conocieses también tú, por lo menos en este día que se te ha dado, lo que puede atraerte la paz! Mas ¡ahora está todo oculto a tus ojos! Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te circunvalarán, y te rodearán, y te estrecharán por todas partes, y te arrasarán con tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra; por no haber conocido el tiempo en que Dios te ha visitado. Y habiendo entrado en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en él, diciéndoles: Escrito está: ¡Mi casa es casa de oración, y vosotros la tenéis convertida en cueva de ladrones! Y enseñaba todos los días en el Templo”.

***

Al leer este texto es fácil acordarse de la situación actual de la Iglesia, que ignora qué es lo que puede atraerle, finalmente y después del Concilio Vaticano II, la paz; un Papa a cuyos ojos el verdadero bien de la Iglesia está oculto, por la propia mirada ideológica y la de quienes lo rodean; el templo transformado en una cueva de ladrones de la más alta jerarquía cardenalicia (esta semana que comienza va a ser sometido a juicio a un cardenal por gravísimos delitos económicos, y los prelados de todo el orbe que han cometido delitos sexuales son multitud); una turbamulta de feroces enemigos, capitaneados por la masonería, que no sólo la circunvalan y rodean y estrechan por todas partes, sino que ya han logrado traspasar los muros y atrincherarse en su interior, desde donde la carcomen con astucia. Si Jesús, que no lloraba con frecuencia, según los Evangelios, lloró sobre aquella Jerusalén de la que no había de quedar piedra sobre piedra, ¡cómo llorará sobre esta Ciudad suya, salida de su costado abierto por la lanza, viéndola en una situación tan atroz, enfrentada -según lo decía, paradojalmente, el Papa que fue uno de los demoledores- a un proceso de auto demolición (discurso de Pablo VI de 7 de diciembre de 1968; discurso de 29 de junio de 1972) en que no va quedando piedra sobre piedra! 

Pero esta es una lectura, por decirlo así, exterior: aunque somos parte de Ella, la Iglesia está ahí, afuera de nosotros mismos, y si bien está también en nuestras manos, vela sobre Ella, finalmente, la decisiva y paternal Providencia de Dios que, al final, impedirá que la derrote el enemigo. Debemos, con todo, leer este texto como profético también de nuestra vida personal: tal como las profecías describen una situación que remite a otra, más grave y de carácter espiritual, así esta profecía sobre Jerusalén y, luego sobre la Iglesia, nos remite a nuestro interior.

Porque nosotros somos, como dice la Escritura, templos vivos de Dios (1 Cor 6, 19), en cuyo sagrado recinto hemos permitido que se instale el pecado y la corrupción. Si por ventura luchamos y limpiamos este templo, nos descuidamos luego de modo catastrófico por la “concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida” (1 Jn 2, 16); y los demonios, que habíamos expulsado por nuestro efímero arrepentimiento, se dan cuenta de que su antigua morada está ahora limpia y ordenada, y vuelven a ella, a nuestra alma, con más número y fuerza que antes, y quedamos en un estado peor que el primero (Mt 12, 45).  

Estos son demonios que, según dice Jesús, sólo se expulsa mediante la oración y la penitencia (Mt 17, 21). Cosas ambas que escasean en nuestras vidas: la necesidad de orar “sin cesar” (1 Ts 5, 17) es algo que ha desaparecido de nuestra mente, engañada por una supuesta necesidad de actuar continuamente y de ser eficientes en ello. Y hacer penitencia (negarse a sí mismo en las sensualidades y otros pecados, mortificarse, que no es otra cosa que lograr matar a nuestro enemigo interior y tomar control de nosotros mismos) es, contra lo que dice Jesús (Lc 13, 3: “si no hacéis penitencia, todos por igual pereceréis”), considerado patológico, antinatural. Tanto se oculta la realidad a nuestros ojos, igual que sucedió con Jerusalén, que no vemos lo que ha de traernos la paz, ni vemos tampoco cuál es el tiempo que se nos ha dado. Vivimos esta vida como si hubiera de durar para siempre, como los necios mientras Noé construía el arca, o como los escribas y sacerdotes de Jerusalén a apenas unas cuantas décadas de la destrucción de la ciudad. ¿Cuántos católicos que hoy andan en los 30 ó 40 años se han dado cuenta (indicios al respecto les sobran) de que no ha de quedar de ellos piedra sobre piedra?

Fijémonos un poco más en eso que dice el Señor: “¡Si conocieses […] lo que ha de atraerte la paz!”. La paz es consecuencia de la justicia, y la justicia es producto del orden. Y el orden es el reinado de la ley de Dios: de esa ley que Él, el Creador, ha benignamente impuesto a toda la realidad, la visible y la invisible, para que sea armoniosa y produzca, como una orquesta cósmica, una espléndida música, una música perfecta porque está siempre sometida a orden y medida, que son la esencia misma de la música. Está a nuestra vista y a nuestro alcance el goce de la paz, sin el cual ningún otro goce es cabal, completo. Pero sólo si la buscamos. En la Creación, el mayor experto en goces es Dios, que la ha creado y ha creado los goces, para cuya preservación ha impuesta en ella la ley del orden y de la medida.

¡Qué menoscabado es el goce sin paz, sin sujeción a la ley del Creador, que sabe cuál es el goce perfecto que Él mismo ha concebido para cada una de sus creaturas! ¡Qué menoscabado, qué mezquino es el goce en el desorden del pecado, goce sin paz porque viola la ley musical de Dios Bondadoso! El animal goza en paz consigo mismo. Pero a nosotros, que somos libres, la paz no se nos da automáticamente, y se nos dice “Busca la paz y ve tras ella” (Sal 34, Vulg. 33, 15). Jerusalén no se dio cuenta del momento en que la visitaba Dios, del tiempo que se le había dado, y no supo atraerse la paz sometiéndose al orden querido por Dios. Y terminó destruida hasta el punto de que, al cabo de pocos años (tan pocos como el de una vida normal) no quedó de ella piedra sobre piedra.

La oración de hoy expresa magníficamente estas verdades: “Ábranse, Señor, los oídos de tu misericordia a las súplicas de los que te imploran, y para que les concedas lo que desean, haz que te pidan lo que te es grato conceder”. 

Doménikos Theotokópoulos (El Greco), La expulsión de los mercaderes, 1571-1576, Instituto de Arte de Minneapolis (EE.UU.)
(Imagen: Wikipedia)

martes, 20 de julio de 2021

Domingo VIII después de Pentecostés

 


Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 16, 1-9):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: Erase un hombre muy rico, que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como dilapidador de sus bienes. Llamóle, pues, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo de ti? Rinde cuenta de tu administración, porque en adelante ya no podrás ser mi mayordomo. Entonces el mayordomo se dijo: ¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración de sus bienes? Para cavar no valgo, el mendigar me causa vergüenza. Mas ya sé lo que he de hacer, para que, cuando fuere removido de mi mayordomía, halle quienes me reciban en su casa. Llamó, pues, a cada uno de los deudores de su amo, y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? Y éste le respondió: cien barriles de aceite. Díjole: toma tu escritura, siéntate luego y haz otra de cincuenta. Después dijo a otro: ¿Y tú cuánto debes? Y él respondió: cien cargas de trigo. Díjole: toma tu obligación y escribe otra de ochenta. El amo alabó a este mayordomo infiel por su previsión, porque los hijos de este siglo son en sus negocios más sagaces que los hijos de la luz. Así os digo Yo a vosotros: Haceos amigos con las riquezas, instrumentos de pecado, para que cuando falleciereis, seáis recibidos en las eternas moradas”.

***   

Hay católicos necios que, cuando se les menciona la muerte, comentan “para qué hablar de cosas tristes; no seas pesimista; olvídate de eso y piensa en positivo”. ¡Pensar en positivo llaman a no tomar en cuenta el dato más sólido de la vida, más cierto en su ocurrencia, y más inesperado en su cuándo, la muerte!

El Señor alaba en este texto no la malvada astucia del mayordomo, que roba a su amo confirmando, precisamente, su fama de ladrón, sino su previsión, su preparación para lo que ha de sobrevenirle con toda seguridad: la pérdida de la mayordomía.

Lo que cada uno de nosotros ha de perder, de modo inevitable, con certeza absoluta y absoluta ignorancia del momento decisivo, es nada menos que la vida, no este cargo o aquél, no es este bien o el otro; lo perderá todo. Y la muerte será el momento en que tendremos que presentarnos a rendir cuenta de cómo hemos administrado el tiempo que se nos dio, es decir, de cómo hemos vivido; porque el tiempo de que disponemos es vida; nuestra vida es nuestro tiempo, nuestro tiempo es nuestra vida; y es un tiempo tal que cada día que pasa es un día menos de vida que tenemos, no un día más. Un cumpleaños no es un año más de vida; es un año menos. Los años no aumentan, sino que disminuyen. La vida es un plazo. Y, como dice el adagio popular, “no hay deuda que no se pague, ni plazo que no se cumpla”.

¿Cómo es posible tanta necedad como es necesaria para procurar olvidarse de esto? No es que se trate de un simple olvido; es que hay un esfuerzo por no acordarse de esta realidad. El mundo moderno huye de esta realidad (y, al cabo, de toda realidad) por todos los medios posibles, y procura quitarla de la vista: ya no se habla de “muertos” sino de “fallecidos”; en las exequias fúnebres los curas modernos ya no usan el negro, sino el blanco, color de alegría; ya no se ora por el muerto porque ¿para qué, si ya está gozando “en la casa del Padre”? Se piensa, por lo visto, en un Padre que no pide cuentas, que se deja burlar…

El Evangelio es, de este modo, silenciado en lo que nos enseña de esta verdad, tal como es silenciado por la modernidad en tantos otros aspectos: el Padre, con ser el mejor de todos los Padres y el más misericordioso, hace expulsar de la sala del banquete al invitado (no se trata de alguien que se ha “colado” a la fiesta, sino que de un “invitado, nada menos) que se presenta con la ropa sucia o inadecuada. De Dios nadie se ríe. Nadie debe reírse de un padre bueno, sino procurar no irritarlo ni enfadarlo, sino, por el contrario, intentando hacer lo que a él le gusta, precisamente porque es tan bueno.

¿Cómo puede un católico que siente y piensa de este modo tan necio recitar aquella parte del Padrenuestro que dice “venga a nosotros tu reino”? ¿No se da por enterado de que la llegada de ese reino es el fin de nuestro tiempo, el momento decisivo del encuentro con nuestro Amo y Señor? ¡Y Jesús no sólo nos anima a no olvidarlo, sino a pedir que venga!

¿Qué medidas tomar para encontrarnos en buen pie el día de nuestra muerte? ¿Qué preparación hemos de hacer? Lo primero, y quizá lo único importante, es lavar nuestro traje de fiesta para presentarnos al banquete. Es decir, arrepentirnos de nuestros pecados. Nos dice San Agustín en su sermón 20: “si quieres que Él te perdone [tus pecados], tú reconócelos. El pecado no puede quedar sin castigo: no sería lo propio, no correspondería, no sería justo. Por ello, ya que el pecado no puede quedar sin castigo, castígalo tú mismo, para no ser castigado a causa de él. Que tu pecado encuentre en ti a su juez, no a su defensor. En el tribunal de tu alma procede tú contra ti mismo, y acúsate como reo ante ti mismo. No te escondas detrás de ti, para que Dios no te ponga frente a Sí. Y por eso, a fin de encontrar más fácilmente piedad, dice el salmista: "Porque yo reconozco mi iniquidad, y tengo siempre ante mí mi pecado" (Sal 50). Que es como decir: "ya que mi pecado está ante mí, no esté ante Ti, y ya que yo lo reconozco, tú ignóralo".

La oración de la Misa de hoy es un tesoro de densidad, concisión y elegancia: “Largire, Domine, quaesumus, Semper spiritum cogitandi quae recta sunt, propitius et agendi: ut, qui sine te esse non possumus, secundum te vivere valeamus”: Concédenos siempre, propicio Señor, el espíritu de pensar lo que es bueno y de obrarlo, para que quienes no podemos existir sin Ti, podamos vivir de acuerdo contigo”.

Marinus van Reymeswale, Parábola del mayordomo infiel, circa 1540, Museo de Historia del Artes de Viena (Austria)
(Imagen: Wikipedia)

lunes, 12 de julio de 2021

Domingo VII después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 7, 15-21):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros vestidos con piel de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Por ventura se cogen uvas de los espinos, o higos de los zarzales? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo produce frutos malos. No puede el árbol bueno dar malos frutos, ni el árbol malo darlos buenos. Todo árbol que no da buen fruto será cortado y echado al fuego. Así, pues, por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice: “¡Señor, Señor!” entrará por eso en el reino de los cielos, sino el que hiciere la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos”.

***

Hay muchos que conciben la vida cristiana ideal como un estado de paz consigo mismos y tranquilidad con Dios: “tengo mi conciencia tranquila y sé que Dios me ama”. Bueno: los más grandes criminales dicen, casi sin excepción, que ellos tienen la conciencia muy tranquila, por lo que la tranquilidad de conciencia no es un estado que deba inspirarnos confianza; nuestra conciencia es traicionera y puede jugarnos una muy mala pasada, de la cual despertaremos en el juicio personal, inmediatamente después de la muerte. Por eso dice San Pablo: “Cierto que nada me arguye la conciencia, mas no por eso me creo justificado; quien me juzga es el Señor” (1 Co 4, 4).

Y en cuanto al amor de Dios, es excelente saber que Él nos ama; pero lo que, en definitiva importa para nuestro destino eterno, es saber si nosotros lo amamos a Él: Él, en su infinita bondad, nos ha amado primero; y eso nos hace capaces de amarlo en respuesta. Pero ¿cómo sabemos que verdaderamente lo amamos? La pura piedad y sentimientos religiosos y emociones sagradas, de ésas que llevan a veces a exclamar, en una especie de éxtasis exprés, “¡Señor, Señor!”, no son un indicio suficiente de que amamos verdaderamente a Dios. Lo dice el Señor en este texto: la “prueba del amor” que nos pide Dios es que cumplamos su voluntad. Y esa voluntad está expresada, primero y sobre todo y con la máxima claridad, en los mandamientos: “Pues este es el amor de Dios, que guardemos sus preceptos” (1 Jn 5, 3).

Por lo cual hay que modificar esa idea, tan consoladora como falsa, que nos hacemos de una vida cristiana de paz de conciencia y tranquilidad con Dios: lo que hay que hacer, por el contrario, es vivir en permanente vigilancia, sin quedarse dormidos espiritualmente; es imprescindible estar en continua vigilia, como empleados domésticos que esperan el regreso del dueño de casa para abrirle la puerta y servirlo; dueño de casa que llegará a la hora que uno menos lo espere: “Tened ceñidos vuestros lomos y encendidas las lámparas, y sed como hombres que esperan a su amo a la vuelta de las bodas, para que, al llegar él y llamar, al instante le abran” (Lc 12, 35-38).

Pero en el Evangelio de hoy el Señor nos llama a estar en una continua vigilancia no sólo para abrir al dueño de casa, sino que también para protegernos de los enemigos que nos rondan y quieren adormecernos: “Cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros vestidos con piel de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces”. Se refiere aquí el Señor a “los falsos profetas”, es decir, a maestros de la fe, posiblemente teólogos e incluso pastores de la Iglesia que, siendo falsos maestros, se hacen pasar por buenos, y diseminan una falsa enseñanza, o una enseñanza confusa que cada cual puede interpretar a su gusto para favorecer sus situaciones personales. Y esto no es algo que ocurra sólo raramente en la vida, en ocasiones muy especialmente terribles, como, quizá, aquella que vivimos hoy en la Iglesia; por el contrario, el enemigo nos ronda continuamente, como nos dice San Pedro: “Sed sobrios y vigilad, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quien devorar” (1 Pe 5, 8).

Pero el Señor nos advierte que hay un modo de conocer los falsos profetas, que son como malos árboles: los conoceremos por sus frutos. Naturalmente, esto exige de nosotros un conocimiento adecuado y recto de la doctrina de la fe, es decir, de todo aquello en que hay que creer para salvarnos, a fin de que no caigamos, por ignorancia, en manos de los falsos profetas, esos lobos, ese león que ronda buscando a quien devorar. La ignorancia es la mayor enemiga de la fe que nos salva. Desgraciadamente, vemos hoy que la enorme mayoría de los católicos tiene, apenas, una “fe del carbonero”, es decir, no educada, no profundizada, sino hecha de una serie de fórmulas cuyo sentido no se comprende bien, que llevan a unas prácticas religiosas rutinarias igualmente ineducadas. Hay que repetirlo: la ignorancia es el peor enemigo de la fe. ¡Y cuánta ignorancia existe hoy en la Iglesia, incluso en los pastores de más alto nivel, que han sido encargados de “confirmar” a sus hermanos, de aclararles lo que debe ser creído y lo que no!

Quizá hoy como nunca es urgente que los católicos estudien su fe en la buena escuela, que es la escuela de la tradición dos veces milenaria de la Iglesia, recurriendo a textos a la vez sencillos pero profundos y perfectamente seguros, como el Catecismo de San Pío X, o el Catecismo del Concilio de Trento. No hay mejores lugares para aprender la verdadera fe y estar en condiciones de descubrir a los lobos disfrazados de oveja con que nos encontramos casi a diario en los templos mismos y en las redes sociales.

Con lo dicho pareciera que toda esperanza de una vida cristiana de paz y tranquilidad se esfuma. Dios mismo nos lo ha advertido: “¿No es milicia la vida del hombre sobre la tierra?” (Job 7, 1). Y Jesús nos dice: “Yo he venido a echar fuego en la tierra […] ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que no, sino la disensión. Porque en adelante estarán en una casa cinco individuos, tres contra dos, y dos contra tres” (Lc 12, 49-52).

Sin embargo, no debemos descorazonarnos ni desanimarnos, porque el mismo Jesús nos dice en otra parte: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 29-29).

Luca Signorelli, El sermón y las obras del Anticristo (detalle), 1499, Catedral de Orvieto (Italia)
(Imagen: Wikioo)

martes, 6 de julio de 2021

Domingo VI después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mc 8, 1-9):

“En aquel tiempo, habiéndose juntado otra vez una inmensa turba en torno a Jesús, y no teniendo qué comer, llamó a sus discípulos y les dijo: Lástima me da esta multitud, porque tres días hace que me siguen, y no tienen qué comer; y si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán en el camino, pues algunos han venido de lejos. Y sus discípulos le respondieron: ¿Quién será capaz de procurarles pan abundante en esta soledad? Y les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Respondieron: Siete. Mandó entonces a la gente sentarse en el suelo; y tomando los siete panes, dando gracias, los partió y dio a sus discípulos para que los distribuyesen entre las gentes: y se los repartieron. Como tenían algunos pececillos, bendíjolos también, y mandó distribuírselos. Comieron hasta saciarse, y de las sobras recogieron siete cestos, siendo los que habían comido, como 4000; y los despidió”. 

***

Al salir el pueblo de Israel de Egipto, tierra donde abundaban el pan y las cebollas y donde vivía en abundancia pero como esclavo, dijo al Faraón: “Deja […] que vayamos camino de tres días por el desierto, para sacrificar a Yahvé” (Ex 3, 18). 

El Señor nos pide que lo sigamos tres días al desierto, que abandonemos la esclavitud del pecado que nos tiene atados y que -desconociendo nosotros la triste realidad de nuestra alma- nos parece ser tierra de abundancia de bienes. Y en el desierto, nos da hambre.

Dice el Señor: ¡Me compadezco de estas multitudes! Le da pena despedirlos después de tres días en que no han comido nada por seguirlo y oírlo hablar (“Tú tienes palabras de vida eterna”, Jn 6, 68). Pero su corazón misericordioso y compasivo echa mano de siete panes y los alimenta hasta saciarlos. 

Hoy vivimos en un desierto aterrador, en una soledad donde parece que no hay auxilio alguno. Pero el Señor nos ofrece siete sacramentos por medio de los cuales sacia y repara nuestras fuerzas. Sí: la Iglesia es hoy un desierto desolador, donde reinan los aullidos destemplados de las fieras que han entrado en Ella por aquellas puertas que nunca debió abrirse, por las cuales se pensaba iba a entrar la primavera, y por donde entró Satanás. Pero nosotros queremos seguir a Jesús que parece internarse cada vez más profundamente en esa desolación, sabiendo que hay siete panes, siete sacramentos con los cuales no va a alimentar. 

El camino de la fe no es una risueña avenida, florida y sombreada (no es una de aquellas “anchas alamedas” que los utópicos nos pintan para engañarnos). Es, más bien, un camino áspero y difícil, donde no abundan ni la comida ni el reparo nocturno para nuestro consuelo: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16, 24). 

Pero el Señor está con nosotros, y nos ofrece sus siete sacramentos para que, como aquellos cuatro mil hombres, nos saciemos, no queramos ya nada más, sintamos que no podemos ser más felices. Felices en medio de ese humo de Satanás que llena las basílicas, que invade, con su fetidez, los presbiterios y las estancias vaticanas. Porque, si no abandonamos la recepción de esos sacramentos, si no dejamos de comer ese pan del Señor, todo esto nos parecerá que es nada. 

Esto lo debemos entender, sobre todo, de ese Sacramento del Altar en que la figura de pan que se nos da en el desierto deja de ser figura para revelarse como la más enceguecedora realidad: “En verdad, en verdad os digo: Moisés no os dio pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que bajó del cielo y da la vida al mundo. Dijéronle, pues, ellos: Señor, danos siempre de ese pan. Les contestó Jesús: Yo soy el pan de vida; el que viene a mí, ya no tendrá más hambre, y el que cree en mí, jamás tendrá sed (…) Yo soy el pan de vida: vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del cielo, para que el que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo […] En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros […] Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6, 32-35).  

En medio de tanto dolor y desventura como se vive hoy en la Iglesia, es necesario volver el pensamiento al Señor que, en el desierto, y echando mano de los siete panes, alimenta a quienes lo siguen fielmente. “Count your blessings!” es el sabio dicho inglés: “¡Cuenta tus bendiciones!”. Cuenta todas las bondades de que te colma el Señor aun en medio de este desierto tenebroso en que vivimos; cuenta, sobre todo, con la suprema bendición de ese pan que es su Carne, y acude a comerlo a los pies de ese sacrificio de la Cruz cotidianamente reactualizado, donde se inmola y se ofrece incruentamente la misma Sagrada Víctima del Calvario.

“La caridad es paciente, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra en la injusticia, se complace en la verdad” (1 Co 13, 4-6). Por eso, no aceptes que Satanás te sugiera que más vale la caridad que la verdad, y te convenza que no se justifica defender a toda costa, realmente a toda costa, ese Sacramento del Altar que es el que te mantiene vivo. San Pablo, defendiendo la tradición que había recibido del Señor y había enseñado a los Gálatas, les dice: “aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gal 1, 8). ¡Ni siquiera un ángel del cielo! Tanto menos unos prelados de la Curia, y ¡ni siquiera un Papa! Nuestra fe reside en Cristo y su Revelación. 

Anónimo, La multiplicación de los panes y los peces, circa 1800, Museo del Prado (España)
(Imagen: Museo del Prado)

domingo, 27 de junio de 2021

Domingo V después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 5, 20-24):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Si vuestra justicia no es más cumplida que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a vuestros mayores: No matarás, y quien matare será condenado en juicio. Yo os digo aún más: quien quiera que tome ojeriza con su hermano, merecerá que el juez le condene. Y el que le llamare raca, merecerá que le condene la asamblea. Mas quien le llamare fatuo, será reo del fuego del infierno. Por tanto, si al tiempo de presentar tu ofrenda en el altar, allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda ante el altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y después volverás a presentar tu ofrenda”.

***

Dice Jesús “pero Yo os digo aún más”: el Señor pide aún más; exige más todavía, más que lo que a nosotros nos parece suficiente o razonable o aceptable. El pide la perfección, es decir, que demos el máximo que nuestra naturaleza humana puede dar. “Sed perfectos, como vuestro Padre es perfecto” (Mt 5, 48): no nos pide ser como dioses, cosa imposible para nosotros y del todo absurda, sino que, así como Dios es perfecto según su naturaleza, así seamos nosotros perfectos según la nuestra. Y al hacer esto, el Señor no nos señala un mero ideal de comportamiento, como han planteado algunos textos recientes emanados del trono de San Pedro en relación con el matrimonio: no se trata de un ideal, algo que está más allá, a lo cual podemos acercarnos más o menos, de modo que quienes se acercan más son considerados mejores; no: no es un ideal puesto fuera del alcance humano: es un mandamiento. Y nadie manda hacer lo que no se puede hacer, porque ello no sería justo. A lo imposible no se está obligado, y Dios, que es la justicia misma, lo sabe mejor que nadie. Por tanto, el Señor no nos manda algo imposible de hacer, sino algo que está al alcance de nuestra naturaleza. Y esto no puede ser ofuscado por ninguna casuística, ni ningún “discernimiento” moral puede concluir en que el cumplimiento de un mandamiento de Dios no es obligatorio para nosotros, dadas determinadas circunstancias.

Y esto se explica porque, al mandarnos algo tomando en consideración las posibilidades de nuestra naturaleza, el Señor sabe perfectamente que, en su estado actual, nuestra naturaleza está herida. ¿Habrá alguien que lo sepa mejor que Él, que lo comprenda mejor que Él, que se hizo hombre y murió por remediar esa enfermedad natural congénita que hemos heredado con el pecado original? Y por eso, junto con mandarnos ser perfectos a pesar de estar nosotros heridos, nos ofrece la ayuda ilimitada de la gracia. La cual está ahí a disposición de quien la pida: es gracia, es gratis. “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mt 7, 7). El dicho popular nos enseña que “cuando Dios quiere dar, a la casa manda a dejar”. Y Santo Tomás de Aquino, respondiendo a su hermana que le preguntaba qué había que hacer para ser santo, o sea, perfecto, respondió con su habitual parquedad de palabras: “Querer”.

Sin embargo, ¿es capaz el hombre pecador, somos capaces nosotros de “querer”, cuando estamos sumergidos en la atroz profundidad de nuestros quereres pecaminosos, cuando estamos atrapados en la red de nuestros vicios, cuando la sola idea de acercarnos a Dios nos repugna, cuando nuestra voluntad está debilitada al máximo? San Agustín, con su gran humildad, cuenta que, durante el largo proceso de su conversión, solía decirle a Dios: “Señor, hazme casto, pero no todavía”. Así es de poderosa la fuerza que nos lleva hacia abajo, incluso cuando ya hemos divisado la luz allá arriba.

Con todo, ninguna fuerza maligna es más poderosa que Dios; la fuerza de Dios es mayor que la fuerza -insuperable, según parece decirnos nuestra amarga experiencia- de nuestra corrupción. Y por eso San Pablo nos dice que hasta el propio “querer” nosotros ser perfectos y cumplir el mandamiento, es algo que Dios pone en nosotros por su gracia gratuita: “Pues Dios es el que obra en vosotros el querer y el obrar, según su beneplácito” (Flp 2, 13). ¿Según su beneplácito? o sea, ¿según le parezca a Él bien? ¿O sea que podría Él querer dar la gracia para salvarse a este hombre y no a otro? Por cierto que no: como dice San Pablo, Él “quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 4).

Pero Dios no procede a salvarnos con su gracia así como quien obra un milagro instantáneo: nuestra salvación, gracias a su gracia, es un proceso, que puede ser muy largo, en que Él nos va moviendo gratuitamente, nos va dando el primer empujón para que, a continuación, nosotros empecemos a movernos: y nos sostiene, además, en cada paso que damos. Por eso San Agustín dice que “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. ¡Divino misterio de su Bondad!: Él quiere que nosotros merezcamos la salvación, imposible sin su gracia, a fin de premiar ese mérito. ¡Con qué divina delicadeza trata Dios nuestra voluntad, a la cual no subyuga ni siquiera para salvarnos! ¡Inmensidad de su Misericordia! Porque, al cabo, como dice San Bernardo, “mi mérito es tu Misericordia”.

Proceso de salvación que puede ser largo. Y para realizarlo, necesitamos paciencia con nosotros mismos; caer y saber levantarnos con su ayuda. No ceder el desánimo por nuestras recaídas. Y si nos abruma el peso de nuestros fracasos cotidianos, y nos entristece y amenaza con hacernos perder la esperanza, recordemos el consejo que nos da el Apóstol Santiago: “Tristatur aliquis vestris? Oret”: “¿Está triste alguno de vosotros? Que ore”(St 5, 13). ¿Cómo, pues, se supera el desaliento y se recupera la confianza en la gracia de Dios? Orando.

José Moreno Carbonero, Conversión del duque de Gandía, 1884, Museo del Prado (España)
(Imagen: Museo del Prado)