jueves, 14 de febrero de 2019

¿Por qué en la Santa Misa el sacerdote pronuncia en silencio las palabras del Ofertorio y del Canon?

Les ofrecemos hoy la cuarta respuesta preparada por un colaborador de esta bitácora en torno a algunas objeciones habituales formuladas a la Misa de siempre y referida a por qué en ella el sacerdote pronuncia en silencio las palabras del Ofertorio y del Canon en vez de decirlas en voz alta (véase aquí el listado de preguntas). 

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El silencio en el mundo moderno “tiene mala prensa”. El día entero de una persona corriente está lleno del ruido de la ciudad que lo rodea y, para colmo, cada cual procura matar el silencio que pudiera sobrevenirle en algún momento conectándose, por medio de audífonos individuales, a una incesante música que lo acompaña cada minuto mientras está despierto. El silencio evoca soledad, y sabemos que el hombre contemporáneo, a menudo incapaz de hacer el esfuerzo de entrar dentro de sí mismo, de encontrarse consigo mismo en la intimidad, huye de la soledad (aunque en el fondo, lo que hace es huir de sí mismo, “divertirse”) y, por tanto, del silencio.

Una experiencia humana universal consiste en que, ante alguien superior a uno, se habla en un tono bajo, sin estridencias. La voz baja para dirigirse a una autoridad demuestra respeto, sumisión, acatamiento, veneración. Y también amor y ternura: una declaración de amor no se dice a voz en cuello ni con estridencia, y la ternura no habla a grito pelado.



Por otra parte, el recuerdo, la reminiscencia de algo, especialmente si es algo muy querido y venerado, surge más viva y claramente cuando no hay estridencias exteriores, cuando el ambiente es sereno y tranquilo. Finalmente, la oración a Dios más intensa y fervorosa, aquella en que la persona se empeña con todas sus fuerzas y ruega con máximo fervor, es también íntima, silenciosa, incluso sin palabras, la mayor parte de las veces: las palabras, y sobre todo las palabras estridentes, no son aquí las apropiadas; ni siquiera nace el impulso de usarlas.

La Iglesia, ya desde los siglos más tempranos, supo que el control de la voz en las acciones sagradas es de la máxima importancia. Y por eso es que el canto, que consiste en someter la voz a una disciplina melódica y rítmica en que todos los partícipes deben moderar la propia para evitar la cacofonía de una plaza de mercado, fue siempre uno de los aspectos más cuidados del culto. Es bueno recordar aquí que San Agustín terminó convirtiéndose a la fe una vez que asistió a los cantos que entonaban los fieles en la catedral de Milán durante el culto y, en el mundo moderno, Paul Claudel se convirtió súbitamente a la fe al oír la música que tocaba el órgano en la catedral de Notre Dame de París.

No es, pues, de extrañar que en la Santa Misa, en la que, por mandato del Señor dado en la Última Cena, hacemos memoria de lo que en ella Él llevó a cabo, el recuerdo más vivo e íntimo de cosas tan sagradas sea hecho en voz baja, durante la recitación de las oraciones del Ofertorio y del Canon, que forman una sola acción recordatoria de aquel sacrificio que Cristo ofreció a Dios. No se trata de mantener en secreto determinadas fórmulas, ni de impedir que los fieles tomen parte en esa acción; por el contrario, se trata de una acción tan sagrada que el silencio reverente se impone como lo más apropiado. A quien tiene conciencia de esa sacralidad, el silencio le resulta lo más apropiado.



Finalmente, la experiencia de lo sagrado impone espontáneamente el silencio, “hace entrar el habla”, hace enmudecer a quien lo contempla. El recuerdo de lo que es más entrañable se hace en silencio, con la mayor delicadeza.

Si los fieles quieren seguir individualmente las palabras que el sacerdote pronuncia en silencio, pueden recurrir a su misal privado, donde ellas están reproducidas. Quizá en tiempos en que el analfabetismo fue la tónica en la sociedad el silencio de ciertas partes de la Santa Misa pudo haber sido un problema, aunque en épocas pasadas la catequesis de la Iglesia fue mucho más eficiente que en el caso actual, donde ella ni siquiera existe; pero hoy el problema ya no existe.

Por otra parte, a veces se quejan los fieles de que les resulta imposible seguir al sacerdote, que va rezando los textos en voz baja, por la velocidad de su lectura, y terminan perdiéndose en el misal y dando vuelta páginas y más páginas, procurando inútilmente seguir el ritmo. Ciertamente esto es un inconveniente, aunque de fácil solución, puesto que basta que se instruya al celebrante a observar un ritmo pausado en la recitación. Pero, por otra parte, quien asiste con frecuencia a la Santa Misa logra un conocimiento y familiaridad con las oraciones y, aunque no pueda pronunciarlas interiormente al unísono con el celebrante, puede unirse a ellas en oración sin palabras, silenciosa, que es tanto o quizá más meritoria que la otra. Por otra parte, aunque las oraciones del Ofertorio y el Canon son de una incalculable riqueza, los fieles pueden hacer oración con sus propias palabras, según sean las circunstancias que viven: no es estrictamente necesario que los fieles repitan las mismas palabras del sacerdote. Por el contrario, a veces es preferible dejar lugar a la oración propia, silenciosa y llena de unción. Así, podría decirse, durante la Misa suben a Dios diversas oraciones, desde diversos lugares del templo, en una especie de coro a muchas voces, de una polifonía. Santa Teresa del Niño Jesús quiso, en algunas etapas de su vida, seguir las oraciones del sacerdote en el misal, pero a menudo su alma se elevaba a Dios en contemplación durante la Misa, lo cual no era, por cierto, un defecto, sino algo muy agradable al Señor e inspirado por Él mismo. Precisamente una de las ventajas del silencio en la Misa es permitir a los fieles orar a Dios personal e intensamente uniéndose, en espíritu más que en palabras, a la acción sagrada que realiza Cristo en el altar.


(Foto: Flickr)

Finalmente, hay quienes lamentan que el Padrenuestro, la oración del Señor, que se dirige a Dios por el celebrante, no se recite en voz alta por todos los fieles. La explicación de esto está en la antiquísima tradición, vigente hasta hoy en tantos actos colectivos de nuestra vida, de que quien habla en representación de todos es quien hace de cabeza, el que es más importante: en una familia, el padre; en una asamblea, el presidente. Así, en los monasterios ha sido práctica milenaria que quien dirige a Dios la oración por todos es el abad, el padre. El sacerdote en la Santa Misa actúa representando a Cristo, que es quien realmente ofrece el sacrificio, y por ello recita solo el Padrenuestro, en el lugar del Señor. Los fieles no quedamos excluidos, sino que podemos recitar también el Padrenuestro con el silencio íntimo que viene tan bien a esa oración, la más perfecta de todas. Y al hacerlo así, reconocemos que es Cristo nuestra Cabeza, y dejamos que Él hable por nosotros.

En esto, como en otros elementos del rito de la Santa Misa, se manifiesta, por otra parte, una verdad central de nuestra fe: de entre los fieles católicos hay algunos que han sido elegidos y ordenados para llevar a cabo, en forma exclusiva, ciertos actos sagrados, de los cuales el máximo es precisamente la Santa Misa. No hay igualdad, en este sentido, en el seno de la Iglesia; no todos estamos ordenados para esas funciones. Pero ello no disminuye un ápice nuestra dignidad de miembros del cuerpo místico de Cristo. La recitación indiferenciada del Padrenuestro y de otras oraciones de la Santa Misa antes reservadas al sacerdote celebrante no es una novedad “inocente”: ella fue introducida precisamente con el fin de desenfatizar, al modo protestante, la esencial diferencia que, en la Iglesia católica, distingue de los demás fieles a quienes reciben el sacramento del orden sagrado (inexistente entre los protestantes).

martes, 12 de febrero de 2019

Hacia una concordia entre la FSSPX y la FSSP

Todos aquellos que formen parte del mundo tradicional habrán podido advertir que éste, desgraciadamente, no está exento de rencillas personales, sectarismo y sentimientos de autosuficiencia, lo que se hace patente en no pocos clérigos y laicos de las más diversas comunidades tradicionales, cuando todos debiesen remar hacia el puerto común del rico patrimonio doctrinal y litúrgico de la Iglesia. 

El artículo del Dr. Peter Kwasniewski que a continuación les presentamos aborda este problema desde la perspectiva específica de las relaciones entre la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX o SSPX), fundada por S.E.R. Mons. Marcel Lefebvre, y la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP), nacida del quiebre posterior a las consagraciones episcopales de Écône de 1988, relaciones que siempre han estado marcadas por innumerables suspicacias mutuas. 

Pese a que dicho enfoque se refiere en particular a estas dos comunidades tradicionales, todos podemos sacar lecciones de este artículo para la situación particular de cada uno y esforzarnos por superar las rencillas y la pequeñez de la que ninguno de nosotros está libre, pensando en que cualquier esfuerzo que hagamos debe ser hecho para la mayor gloria de Dios. Es preciso acoger este llamado del Dr. Kwasniewski a una mayor cordialidad entre todos los grupos tradicionales, pues no podemos olvidar que nuestra meta primordial es común a todos, y no es otra que la restauración de la Fe de siempre y del culto auténtico "en espíritu y verdad" dentro de la Iglesia. No debemos olvidar que hoy en día el conocimiento de la Fe y de la liturgia perennes son una gracia de Dios y no un mérito nuestro, y es preciso, por consiguiente, nunca dejar de ser humildes, confiando en que lo poco que hagamos será el Señor quien lo multiplicará.

El artículo fue publicado originalmente en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción.


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La necesidad de humildad y apoyo mutuos entre la FSSPX y la FSSP

Peter Kwasniewski

Todos conocemos la reciente decisión del Papa de suprimir la Pontificia Comisión Pontificia Ecclesia Dei. En reacción, el Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX) emitió esta declaración desdeñosa:

Una conclusión es evidente: como las llamadas comunidades Ecclesia Dei han preservado "sus tradiciones espirituales y litúrgicas", claramente no tienen relevancia en esta discusión. El hecho de que permanezcan vinculadas a una sección de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es meramente incidental. Tienen la Misa, las "tradiciones espirituales y litúrgicas", pero no toda la doctrina que esto conlleva. Eso es lo que siempre ha reprochado la Fraternidad San Pío X a Dom Gérard [fundador del monasterio benedictino en Le Barroux, que trabajó con Monseñor Lefebvre hasta 1988] y a todos aquellos que creyeron que debían romper la unidad de la Tradición para negociar un acuerdo exclusivamente práctico. La crisis de la Iglesia no puede reducirse tan sólo a una cuestión espiritual o litúrgica. Es algo mucho más profundo, porque tiene que ver con la esencia misma de la fe y la doctrina de la Revelación, el derecho de Cristo Rey a reinar aquí sobre los hombres y sobre las sociedades.

Esta afirmación es, por decir lo menos, curiosa. Si la liturgia es realmente la teología primaria de la Iglesia y realmente creemos el axioma de lex orandi, lex credendi, entonces mantener el antiquior usus y la espiritualidad ascética-mística que lo sustenta comporta, en la práctica, conservar "la esencia misma de la fe y la doctrina de la Revelación", que incluye, por cierto, una primacía de honor y jurisdicción por parte del Sumo Pontífice. De hecho, todo lo que los católicos creen, incluido "el derecho de Cristo Rey a reinar aquí sobre los hombres y sobre las sociedades", el cual no está del todo claro en la liturgia reformada[1], se puede deducir directamente de la liturgia romana preconciliar que todas las comunidades Ecclesia Dei guardan como un tesoro.

Es más, podríamos dar vuelta las cosas y decir que son las comunidades Ecclesia Dei las que están recuperando la antigua tradición litúrgica que se encuentra en las ceremonias de la Semana Santa anterior a 1955 y en otros aspectos de la práctica tradicional del antiguo rito romano (por ejemplo, octavas, colectas adicionales, duplicidad de lecturas, casullas plegadas, últimos Evangelios apropiados, etcétera), mientras que la FSSPX, que yo sepa, continúa tranquilamente celebrando la Santa Misa con las supresiones y distorsiones introducidas por Pío XII y Juan XXIII. Independientemente de sus otras magníficas cualidades, monseñor Lefebvre fue algo ingenuo acerca de la magnitud del daño que ya se había hecho a la liturgia antes de 1962. Si se aferraba a este "último misal" para contener la marea de incipiente sedevacantismo, su conducta se parece mucho a una versión diferente de "romper la unidad de la Tradición para negociar un acuerdo exclusivamente práctico" [2 y apéndice].

Por otro lado, los miembros de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP) no han dudado en disparar a lo largo de los años a esos padres rebeldes cuyos hijos se han marchado. Uno de sus fundadores dijo sin rodeos: "Rezo mucho por mis viejos y buenos amigos [en la FSSPX] para que se unan a la Iglesia" (!) y "vuelvan sin ninguna condición", "aceptando la autoridad del magisterio vivo".

No critico ni criticaría los juicios de conciencia que llevaron a la fundación del FSSP en julio de 1988. Algunos católicos de buena voluntad han estado en desacuerdo y continuarán discrepando en sus interpretaciones del paso dramático que dio monseñor Lefebvre, pero no hay duda de que actuó libremente contra las disposiciones del derecho canónico y de un solemne mandato papal para desistir de consagrar obispos. Creo que si a uno se le da la opción, debe asistir a una Misa de usus antiquior ofrecida por un sacerdote en plena comunión con la Iglesia, aunque reconociendo que, en la crisis actual, "plena comunión" a menudo no tiene mayor significado en la práctica.

Es perturbador ver a una fraternidad sacerdotal atacar, o hablar desdeñosamente, de la otra. Entiendo por qué sucede esto, ya que hay serios problemas en juego; pero todavía me pregunto si se dan cuenta de la gravedad de una situación eclesial en la que el lema que debe prevalecer ha de ser "todos manos a la obra". En mi experiencia, los laicos tienen un mayor sentido de la importancia de ser flexibles y "tradi-ecuménicos" en esta fase terminal que experimenta el cáncer posconciliar.

Podríamos reflexionar sobre la ironía divina que se produce en los propios nombres de las fraternidades, que sugieren dos caras, como la del antiguo dios romano Jano.


Veamos en primer lugar la fraternidad sacerdotal nombrada en honor a San Pío X. Todos los católicos admiran a este Papa por su condena decidida del modernismo, esa "síntesis de todas las herejías", y sus esfuerzos vigorosos (aunque desafortunadamente no exitosos) para reprimir a los modernistas; por su inequívoca condena del principio de la separación de Iglesia y Estado en su encíclica Vehementer Nos; por su promoción del canto gregoriano en Tra le Sollecitudini y su condena del uso de pianos en la iglesia, que todavía está vigente, aunque a menudo se hace caso omiso de ella; por su estímulo de una edad más temprana para recibir la primera comunión y de la práctica de la comunión frecuente para los que se hallan bien dispuestos.

Sin embargo, hay una mancha en su escudo papal: la violencia que le hizo al Breviario Romano con sus reformas radicales de 1911. Muchos Papas han agregado esta o aquella pequeña característica a la liturgia: una nueva fiesta, un nuevo prefacio, una nueva octava, las oraciones al pie del altar después del Último Evangelio; muchos han modificado las rúbricas; muy ocasionalmente se ha eliminado algún elemento considerado fruto de un crecimiento excesivo, como ocurrió con la eliminación por parte de Pío V de ciertos santos obviamente legendarios del calendario de la Missale Romanum de 1570[3]. Pero nunca un Papa se atrevió a alterar de manera tan radical y minuciosa ninguno de los antiguos oficios litúrgicos de la Iglesia latina. Cuando Pío X hizo desmantelar y reconfigurar el Breviarium Romanum a principios del siglo XX, no se limitó a dejar de lado algo que se había compuesto en el siglo XVI, como afirman algunos liturgistas; estaba alterando una regla de oración tan antigua que sus orígenes no pueden ser discernidos. De hecho, hay fuertes razones para pensar que la recitación diaria de los salmos de Laudate (148–150), de la cual deriva su nombre la hora de Laudes, se puede rastrear hasta los judíos de la época de Cristo y, por tanto, su recitación, con gran probabilidad, fue practicada por Nuestro Señor en sus oraciones durante Su paso por esta tierra.

Hubo problemas con el breviario a principios del siglo XX. Nadie discute este punto. Pero la solución de Pío X no fue mantener el oficio tal como estaba modificando sus rúbricas para que (por ejemplo) el ciclo semanal de 150 salmos fuese priorizado sobre los salmos festivos, o tal vez algunas horas, como Maitines, se volviesen opcionales para el clero secular a fin de conservar la integridad y la armonía del breviario en su conjunto. En cambio, Pío X se convirtió en el primer Papa en la historia de la Iglesia latina que, al gastar libremente el abundante capital de ultramontanismo que existía, puso el peso de su oficio detrás de la construcción de un nuevo Oficio Divino[4]. De esta manera, proporcionó la premisa de contructivismo papal que después permitió a Pío XII renovar la Semana Santa de manera similar entre 1948 y 1955, y a Pablo VI transformar todo el conjunto del rito romano desde 1963 hasta mediados de la década de 1970. Paradójicamente, el Papa que luchó valientemente contra el modernismo doctrinal fue un ejemplo del modernismo litúrgico, rompiendo el principio de la inviolabilidad de la Tradición inmemorial con el propósito de aliviar las cargas pastorales. Si esto no suena inquietantemente familiar, debería hacerlo[5].

Por lo tanto, el santo bajo cuya advocación se ha puesto la FSSPX nos muestra dos dimensiones en tensión: el ferviente promotor del dogma católico y el extenso pontificado que trató una parte de la liturgia como si fuera un mecanismo para ser reconstruido en lugar de un organismo vivo para ser alimentado o una herencia de los santos para ser atesorada. 

 Un ícono del ultramontanismo: la pintura de Batoni que representa a Benedicto XIV promulgando una bula inspirada por el Espíritu Santo y por San Pedro y San Pablo

Por su parte, el patrón celestial de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro también nos ofrece dos aristas en tensión: el Pedro que confesó a Cristo como el Hijo de Dios y recibió las llaves del Reino de los cielos; y el Pedro que trató de protestar con la insensatez de Cristo y recibió su reprensión: "Aléjate de mí, Satanás". Vemos en el Nuevo Testamento a Pedro que predicó la homilía en el primer Pentecostés y conquistó miles de almas para la Iglesia; pero también vemos a Pedro que, por respetos humanos, negó a su Maestro en la Pasión, y luego se negó a asociarse con los judíos conversos, por lo que mereció la dura reprensión de su compañero, el apóstol Pablo. Como señaló Joseph Ratzinger en su libro  Llamados a la comunión [original: Zur Gemeinschaft gerufen. Kirche heute verstehen. Friburgo/Basilea/Viena, 1991], el largo curso de la historia de la Iglesia ha mostrado los dos rostros de Pedro, cuando sus sucesores actuaron como una roca estable de ortodoxia doctrinal y gobierno seguro, o como hombres que se desenvolvieron por su cuenta, con una iniciativa falible, ambiciosa, mundana, perversa y comprometida.

Dejando a un lado esta dualidad generalizada entre el cargo y el titular, podemos decir que es probable que el patrocinio de San Pedro tome una de dos formas en la Iglesia Católica posterior a Trento y, especialmente, en el período que sigue al Concilio Vaticano I. El santo puede simbolizar la adhesión a la Tradición apostólica auténtica, que se enfrentará contra el protestantismo y su descendencia en cuestiones de dogma, moral y culto; o puede simbolizar el espíritu del ultramontanismo, una falsa exaltación del Papa, un culto a la personalidad papal, que algunos han llamado hiperpapalismo o papolatría.

Las manifestaciones del ultramontanismo contemporáneo pueden ser obvias o sutiles. Para las manifestaciones obvias, sólo necesitamos mirar al círculo de aduladores que aplauden cada palabra y gesto del Papa sin importar de qué se trate. Una manifestación sutil es el silencio desalentador por parte de muchos tradicionalistas respecto de las declaraciones y acciones más espantosas del Papa, donde se evidencia el deseo de proyectar una imagen de conformidad en público mientras se lo rechaza en privado. Uno comprende por qué, en un momento de persecución, los miembros de las comunidades religiosas tradicionales mantendrían sus labios cerrados por temor a represalias; pero uno pensaría que, por respeto propio, los miembros de tales comunidades se habrían de abstener de hablar en contra de los católicos que levantan sus voces para protestar contra las desviaciones abiertas de la Tradición dominical, apostólica y eclesiástica que se observan en el Vicario de Cristo.

La ironía reside, entonces, en que una fraternidad que ha perdido el favor de los Papas debido a su batalla franca contra el modernismo, está dedicada a un Papa que era a la vez un anti-modernista y, en cierto modo, un proto-modernista; mientras que la otra, que siempre ha retenido el favor pontificio debido a su disposición a abstenerse de criticar explícitamente a cualquier Papa, sin importar qué haga, está dedicada al primer Papa, quien fue una roca de fe y un obstáculo, y se ha convertido, en nuestros tiempos, en un símbolo reivindicado tanto por el carisma permanente de la Verdad como por el pseudo-carisma de "hágase mi voluntad" (fiat voluntas mea).

Estas sobrias reflexiones, me parece, deberían animar a todos -ya sea perseverando tranquilamente bajo el patrocinio de la Iglesia y la tiara de Pedro, o luchando valientemente a campo abierto mientras sangran las heridas de la irregularidad- hacia una profunda humildad en agradecer a Dios por todos y cada uno de los dones que Él ha dado a los católicos amantes de la Tradición en este tiempo de guerra espiritual cada vez más intensa. Es un momento para hacer alianzas en nombre de la doctrina perenne, la moral sana y la liturgia auténtica, no para librar batalla en dos frentes.


Notas

[1] Consulte este artículo y este otro para obtener una explicación más detallada de cómo la nueva versión (posterior a Pablo VI) de la fiesta de Cristo Rey difiere notablemente de la preconciliar instituida por Pío XI.

[2] Por lo tanto, no nos sorprende para nada encontrar a ciertos miembros fundadores de la FSSP, que alguna vez estuvieron junto a monseñor Lefebvre, alabándolo por su "enfoque pastoral" de la liturgia. Usan esto para justificar aberraciones, como recitar las lecturas en lengua vernácula hacia el pueblo en vez de entonarlas en latín mirando hacia el oeste o al norte en una Misa cantada o incluso en una Misa solemne. El término "pastoral", de hecho, recuerda las aspiraciones de Jungmann, Parsch, Bouyer, Bugnini y muchos otros, cuya "sabiduría pastoral" acumulada dio origen al Novus Ordo Missae con toda su celebrada pastoralidad. Véase el apéndice que sigue, agregado el 5 de febrero de 2019.

[3] La afirmación de que el papa Pío V "eliminó muchas secuencias" se ha convertido en una leyenda urbana. Con el conservadurismo clásico romano, el Misal de la Curia Romana, el predecesor medieval del Misal de San Pío V, simplemente no había recibido en su origen muchas secuencias. Después de 1570, cuando las iglesias pasaron de sus propios usos locales a los de Roma, abandonaron las secuencias porque no estaban en el Misal romano. Lo mismo sucedió con algunos misales que, aunque conservan sus usos propios, como los premonstratenses, los reformularon en imitación del Misal romano.

[4] Por "constructivismo papal" me refiero a una actitud cartesiana propia de la técnica, por la cual el Papa se ve a sí mismo como el "dueño y poseedor" de los ritos litúrgicos, perdiendo la actitud de profunda piedad hacia la herencia familiar que debe guardar hacia las cosas sagradas.

[5] El obispo Athanasius Schneider tuvo el coraje de abordar este tema en una entrevista, que vale la pena citar extensamente para los lectores que aún no la han visto:

La reforma del Breviario bajo Pío X, en 1911, desafortunadamente también fue una reforma revolucionaria. Para mí es un enigma cómo este Papa pudo hacer esto, porque cambió por completo la estructura de distribución del salterio que la Iglesia romana mantuvo casi de manera inviolable desde los tiempos del papa Gregorio I e incluso desde antes. Así que, ya desde el siglo VI, tal vez incluso antes, la Iglesia romana conservó sustancialmente, durante al menos 1300 años, siempre el orden de la distribución de salmos en el Breviario durante la semana. El orden de los salmos se llamó cursus romanus, cursus, que significa curso o secuencia: los salmos se ejecutan durante la semana, de domingo a sábado. Fue algo muy armonioso, muy lógico, cuando lo observas. Y Pío X , de manera completa y radical, cambió la distribución completa de los salmos. Nunca había sucedido algo así en la Iglesia romana. Esto es para mí un enigma. ¿Cómo podía haber hecho él tal revolución?

Por supuesto, Pío X tenía algunos motivos pastorales para descargar a los sacerdotes seculares, para aligerar su carga. Pero esto podría hacerse de una manera que no afecte, sustancialmente, el orden de los salmos, que la Iglesia romana siempre mantuvo. El problema era Maitines, porque tenía 12 salmos en el oficio semanal, y para algunos sacerdotes diocesanos esto era demasiado. El Papa pudo haber evitado tocar el cursus romanus psalmorum y haber permitido a los sacerdotes diocesanos orar, tal vez solo la mitad de ellos, seis por ejemplo. Así Maitines ya estaría aligerado. Pero para los sacerdotes del clero regular y las monjas que tienen que orar como su primer deber, el rezo de este oficio permanecería entero. Desafortunadamente, el Papa cambió todo, incluso para las monjas y para todos los religiosos, tal vez con los benedictinos como la única excepción, a quienes se les permitió conservar su salmodia tradicional. Así que repito: sería suficiente hacer una provisión específicamente pensada para el clero que está en el trabajo pastoral para aligerar la carga de rezar tal cantidad de salmos, sin cambiar sustancialmente el orden o la estructura de la liturgia romana del primer milenio que refleja el oficio.

Espero que, en el futuro, la Iglesia vuelva a la Semana Santa tradicional, aquella de antes de 1955, sustancialmente, quizás con algunas modificaciones leves que no afectarán la esencia. Y lo mismo con el Breviario, para volver a aquel anterior a Pío X, al que llamo "el Breviario de siempre", tal vez con algunas modificaciones que serían razonables. Pero repito: no tocar la sustancia de ninguno de ellos. E insisto: la Iglesia tiene que hacer todas estas cosas con mucho cuidado, y ella siempre lo había hecho con sabiduría en el pasado. Los Papas deben ser conscientes de que no son los dueños de la liturgia y los ritos, sino sus custodios y guardianes.


APÉNDICE

Varias personas me han escrito para decirme que monseñor Lefebvre decidió que los libros de 1962 fueran vinculantes simplemente porque eran la última edición típica promulgada por una autoridad legítima, antes de las devastaciones desatadas por Consilium. Las Instrucciones de 1964 y 1967 no debían seguirse porque se referían expresamente a la Constitución Sacrosanctum Concilium, de la cual monseñor Lefebvre se había vuelto escéptico (aunque fue signatario en 1963), y especialmente porque implementaron el programa de Consilium. Es posible que monseñor Lefebvre, como el mismo papa Juan XXXIII, quien todavía celebró la Misa de Presanctificados incluso después de que su predecesor la hubiera abolido, hubiese preferido los ritos anteriores a 1962, pero vio que él, como obispo o superior, no tendría derecho a hacer una elección tan trascendental por su cuenta, y eso habría oscurecido su posición sobre el papado.

De nuevo, hay aquí una cierta ironía: la proximidad de las comunidades Ecclesia Dei con Roma (lo que sus críticos consideran como haberse vendido) les ha permitido adquirir el derecho de usar los ritos más antiguos (antes de Pío XII) para celebrar la Semana Santa, mientras que la FSSPX, que se encuentra a una distancia mayor, es canónicamente indefensa en este sentido. En algún momento, podrían solicitar formalmente el derecho de volver a una edición anterior del Misal, pero dada la naturaleza sensible del diálogo doctrinal, este tema naturalmente tenderá a ser uno de los puntos más bajos dentro de la lista de cuestiones a tratar.

Como señaló el  Rvdo. John Hunwicke recientemente, nuestra visión litúrgica es 20/20. En la década de 1950 e incluso a lo largo de la década de 1960, la trayectoria desde el Breviario de Pío X hasta la Semana Santa de Pío XII y el Novus Ordo de Pablo VI no estaba clara para la mayoría de los observadores. En ese momento, monseñor Lefebvre y otros pueden haber considerado todas las acciones de Pío X como cubiertas por su santidad, y todas las reformas de Pío XII como moderadas y merecedoras de aceptación. Fue solo después, cuando se hizo evidente el horror total del constructivismo, el presentismo, el utilitarismo, el racionalismo y el voluntarismo papal de la "reforma" de Pablo VI, que comenzó a surgir una crítica más completa del programa reformista llevado a cabo durante todo el siglo XX. Hoy en día, esta crítica está cada vez más extendida, pero en 1965, 1970 ó 1975 uno la habría buscado en gran medida en vano.

Nota de la Redacción: Las fotografías e imágenes son las que acompañan el artículo original en New Liturgical Movement.

sábado, 9 de febrero de 2019

Sólo la fe católica es verdadera y querida por Dios

Luego de la firma en los Emiratos Árabes Unidos por parte del papa Francisco y del "Gran Imán de Al-Azhar" de la desafortunada declaración conjunta intitulada "Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común" (la cual, para confusión y escándalo de los fieles, parece abrazar el más desembozado indiferentismo religioso), el obispo auxiliar de Santa María en Astana (Kasajistán), S.E.R. Mons. Athanasius Schneider, resume en una breve pero brillante declaración la que ha sido desde siempre la doctrina de Cristo: solamente la religión católica es verdadera y querida por Dios. Ojalá más obispos siguieran el ejemplo de este pastor fiel y valeroso como pocos y fueran verdaderos testigos de Cristo y custodios de su Evangelio.

La traducción ha sido tomada del sitio Dominus est, con algunos pequeños ajustes editoriales de la Redacción.  El original, en inglés, puede leerse en Rorate Caeli.


Mons. Athanasius Schneider
(Foto: Liturgy Guy)


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El don de la adopción filial

La fe cristiana: la única religión válida y la única dispuesta por Dios.


La Verdad de la filial adopción en Cristo, que es intrínsecamente sobrenatural, constituye la síntesis de toda la Revelación Divina. Siendo adoptados por Dios como hijos es siempre un don gratuito de gracia, el regalo más sublime de Dios a la humanidad. Se obtiene, sin embargo, sólo a través de una fe personal en Cristo y a través de la recepción del bautismo, tal como el Señor mismo enseñó: “En verdad, en verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos. Lo que nace de la carne, carne es, pero lo que nace del Espíritu, es espíritu. No te maravilles porque te he dicho: Es preciso nacer de arriba” (Jn 3, 5-7).

En décadas pasadas solía escucharse a menudo –incluso por boca de algunos representantes de la jerarquía de la Iglesia– declaraciones sobre la teoría de “cristianos anónimos”. Esta teoría dice lo siguiente: la misión de la Iglesia en el mundo consistiría finalmente en elevar la conciencia de que todos los hombres deben tener su salvación en Cristo y consecuentemente de su filial adopción en Cristo. Ya que, según la misma teoría, incluso el ser humano posee ya la filiación de Dios en la profundidad de su personalidad. Sin embargo, tal teoría contradice de manera directa la Revelación Divina tal como Cristo la enseñó, y Sus Apóstoles y la Iglesia por más de dos mil años siempre la transmitieron inmutable y sin sombra de dudas.

En su ensayo “La Iglesia de los judíos y gentiles” (Die Kirche aus Juden und Heiden), Erik Peterson, el muy conocido converso y exégeta, ya desde hace mucho (1933) advirtió en contra del peligro de tal teoría, cuando afirmó que no se puede reducir el ser cristiano (“Christsein”) al orden natural, en el que los frutos de la redención logrados por Jesucristo serían imputados a cada ser humano de modo general como una especie de herencia, únicamente porque compartiría la naturaleza humana con la Palabra encarnada. No obstante, la adopción filial en Cristo no es un resultado automático, garantizado a través de la pertenencia a la raza humana.

San Atanasio (cfr. Oratio contra Arianos, II, 59) nos dejó una explicación simple y al mismo tiempo adecuada de la diferencia entre el estado natural de los hombres como criaturas de Dios y la gloria de ser un hijo de Dios en Cristo. San Atanasio desprende su explicación de las palabras del santo Evangelio según san Juan, que dice: “Mas a cuantos le recibieron dioles poder de venir a ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre. Que no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos” (Jn. 1, 12-13). Juan utiliza la expresión “son nacidos” para decir que los hombres se hacen hijos de Dios no por su naturaleza, sino por adopción. Esto muestra el amor de Dios, que Él quien es su creador se convierte entonces a través de la gracia en su Padre. Esto ocurre cuando, como dice el Apóstol, los hombres reciben en sus corazones el Espíritu del Hijo Encarnado, que les clama: “¡Abba, Padre!”. San Atanasio continúa su explicación diciendo que, como seres creados, los hombres no pueden hacerse hijos de Dios en ninguna otra manera que a través de la fe y el bautismo, cuando éstos reciben el Espíritu del Hijo de Dios natural y verdadero. Precisamente por esa razón el Verbo se hizo carne, para hacer a los hombres dignos de adopción como hijos de Dios y de la participación en la naturaleza Divina. Consecuentemente, por naturaleza de Dios, no es en el sentido propio de Padre de todos los seres humanos. Sólo si alguien de manera consciente acepta a Cristo y es bautizado, será digno de clamar con verdad: “Abba, Padre” (Rm. 8, 15; Gal. 4, 6).

Desde los comienzos de la Iglesia hubo la afirmación, como testifica Tertuliano: “Los cristianos no nacen, se hacen” (Apol., 18, 5). Y San Cipriano de Cartago formuló adecuadamente esta verdad, diciendo: «No puede tener a Dios por Padre, quien no tiene a la Iglesia por su madre” (De unit., 6).

La tarea más urgente de la Iglesia en nuestro tiempo es preocuparse por el cambio del clima espiritual y sobre la migración espiritual, concretamente, que el clima de falta de creencia en Jesucristo, el clima del rechazo a la majestad de Cristo, sean cambiados por un clima de fe explícita en Jesucristo, por la aceptación de Su majestad, y que los hombres puedan migrar de la miseria de la esclavitud espiritual de la falta de creencia hacia la felicidad de ser hijos de Dios, y de una vida de pecado a una estado de gracia santificante. Estos son los migrantes por los que debemos preocuparnos urgentemente.

El Cristianismo es la única religión dispuesta por Dios. Por lo tanto, ésta no puede ser colocada complementariamente a la par con otras religiones. Aquellos que afirman que la diversidad de religiones es la voluntad de Dios, violarían la verdad de la Revelación Divina, tal como está afirmada inequívocamente en el Primer Mandamiento del Decálogo. Según la voluntad de Cristo, la fe en Él y en su Divina enseñanza debe reemplazar a las demás religiones, sin embargo no por la fuerza, sino por persuasión amorosa, como está expresado en el himno de Laudes de la Fiesta de Cristo Rey: “Non Ille regna cladibus, non vi metuque subdidit: alto levatus stipite, amore traxit omnia” (“No con la espada, la fuerza y el miedo Él somete a los súbditos, sino exaltado en la Cruz atrae amorosamente todas las cosas hacia Él”).

Hay un solo camino hacia Dios, y éste es Jesucristo, pues Él mismo dijo: “Yo soy el Camino” (Jn. 14, 6). Hay una sola verdad, y ésta es Jesucristo, pues Él mismo dijo: “Yo soy la Verdad” (Jn. 14, 6). Hay solo una verdadera vida sobrenatural del alma, y ésta es Jesucristo, pues Él mismo dijo: “Yo soy la Vida” (Jn. 14, 6).

 Cristo Pantocrátor de la Basílica de Santa Sofía (Constantinopla)

El Hijo Encarnado de Dios enseñó que fuera de la fe en Él no puede haber una religión verdadera y agradable a Dios: “Yo soy la puerta; el que por mí entra se salvará” (Jn. 10, 9). Dios ordenó a todos los hombres, sin excepción, escuchar a Su Hijo: “Este es mi Hijo amado, ¡escuchadle!” (Mc. 9, 7). Dios no dijo: “Pueden escuchar a Mi Hijo o pueden escuchar a otros fundadores de alguna religión, pues es mi voluntad que existan diferentes religiones”. Dios nos ha prohibido reconocer la legitimidad de la religión de otros dioses. “No tendrás otro Dios que a mí” (Ex. 20, 3), y “¿Qué consorcio hay entre la luz y las tinieblas? ¿Qué concordia entre Cristo y Belial? ¿Qué parte del creyente con el infiel? ¿Qué concierto entre el templo de Dios y los ídolos?” (2 Cor. 6, 14-16).

Si otras religiones también correspondieran a la voluntad de Dios, no se habría dado la condenación divina al becerro de oro en el tiempo de Moisés (cfr. Ex. 32, 4-20); entonces los cristianos de hoy cultivarían impunemente la religión de un nuevo becerro de oro, ya que las religiones son, según aquella teoría, caminos agradables a Dios también.

Dios dio a los Apóstoles, y a través de ellos la Iglesia para todos los tiempos, la orden solemne de instruir a todas las naciones y a los seguidores de todas las religiones en la única y verdadera Fe, enseñando a todos a observar Sus Divinos mandamientos y bautizarlos (cfr. Mt. 28, 19-20). Desde la predicación de los Apóstoles y del primer Papa, el Apóstol San Pedro, La Iglesia siempre proclamó que no hay salvación en ningún otro nombre, por ejemplo, en ninguna otra fe bajo el cielo por la cual los hombres deban ser salvados, sino en el Nombre y en la Fe de Jesucristo (cfd. Hech. 4, 12).

Con palabras de San Agustín la Iglesia enseñó en todos los tiempos: “La religión cristiana es la única religión que posee el medio universal para la salvación del alma; ya que, salvo por este camino, nadie puede salvarse. Este es un tipo de camino real, que por sí solo conduce a un reino que no es mortal como todas las dignidades temporales, sino que permanece firme en los cimientos eternos” (De civitate Dei, 10, 32, 1).

Las siguientes palabras del Papa León XII el grande dan testimonio de la misma enseñanza inmutable del Magisterio en todos los tiempos, cuando afirmó: “La opinión de que todas las religiones son iguales, Conducta muy acertada para arruinar todas las religiones, singularmente la Católica que, como única verdadera, no puede ser igualada a las demás sin suma injusticia” (Encíclica Humanum genus, núm. 16).

Los Apóstoles e incontables mártires cristianos de todos los tiempos, especialmente aquellos de los primeros tres siglos, habrían evitado el martirio si hubieran dicho: “La religión pagana y su culto es un camino, el cual también corresponde a la voluntad de Dios”. No habría existido, por ejemplo, una Francia cristiana, ninguna “Hija Mayor de la Iglesia”, si San Remigio hubiera dicho a Clodoveo, rey de los francos: “No desprecies tu religión pagana, la que has celebrado hasta ahora, y adora ahora a Cristo, a quien has perseguido hasta ahora”. De hecho, el santo obispo habló muy diferente, aunque de una manera bastante ruda: “¡Adora lo que has quemado y quema lo que has adorado!”.

La verdadera hermandad universal sólo puede ser en Cristo, y concretamente entre los bautizados. La gloria plena de hijos de Dios puede alcanzarse sólo en la visión beatífica de Dios en el cielo, como enseña la Sagrada Escritura: “Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos. Por eso, el mundo no nos conoce, porque no le conoce a Él. Carísimos, ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que cuando aparezca seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn. 3, 1-2).

Ninguna autoridad sobre la tierra –ni siquiera la suprema autoridad de la Iglesia– tiene el derecho de dispensar al pueblo de otras religiones, de la Fe explícita en Jesucristo como Hijo Encarnado de Dios y único Salvador de la humanidad asegurando que diferentes religiones como aquellas están dispuestas por Dios mismo. Indelebles –porque están escritas por el dedo de Dios tan claras como el cristal en su significado– permanecen, no obstante, las palabras del Hijo de Dios: “Todo el que creyere en Él tenga la vida eterna”, pero “el que no cree, ya está juzgado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Jn. 3, 18). Esta verdad fue válida hasta ahora en todas las generaciones cristianas y permanecerá válida hasta el fin de los tiempos, independientemente del hecho de que algunas personas en la Iglesia de nuestra época tan voluble, cobarde, sensacionalista y conformista reinterprete esta verdad en un sentido contrario a su evidente expresión, vendiéndonos esta reinterpretación como continuidad en el desarrollo de la doctrina.

Fuera de la Fe católica ninguna otra religión puede ser un camino verdadero y dispuesto por Dios, ya que esta es la voluntad explícita de Dios, que todos los pueblos crean en Su Hijo: “Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga la vida eterna” (Jn. 6, 40). Fuera de la Fe católica ninguna otra religión es capaz de transmitir la verdadera vida sobrenatural: “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo” (Jn. 17, 3).

+ Athanasius Schneider,
Obispo Auxiliar 
Arquidiócesis de Santa María en Astana (Kazajistán)


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Actualización [13 de febrero de 2019]:  Su Emcia. Revma. el Cardenal Gerhard Müller, ante la turbación, confusión y escándalo causados por la heterodoxia doctrinal o bien por la renuencia a enseñar la doctrina de Cristo sin ambages ni recortes por parte de tantos miembros del alto clero y a petición de muchos obispos, sacerdotes y fieles,  ha publicado una Declaración de Fe Católica, con el versículo del Evangelio de Juan "¡No se turbe vuestro corazón!" (Jn 14, 1) como subtítulo, y cuya lectura atenta recomendamos vívamente. Quiera Dios que muchos otros cardenales y obispos se unan a este claro y valeroso testimonio de Fe del Cardenal Müller, tan necesario en estos tiempos aciagos.

viernes, 8 de febrero de 2019

¿Por qué los fieles laicos no tienen una participación más activa en la Santa Misa?

Les ofrecemos hoy la tercera respuesta preparada por un colaborador de esta bitácora en torno a algunas objeciones habituales formuladas a la Misa de siempre y referida a por qué los fieles laicos no tienen una participación más activa en la liturgia (véase aquí el listado de preguntas). 

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En un mundo en que el activismo -más que la actividad- es apreciado y fomentado por sobre toda otra actitud, pareciera que el papel de los laicos en la Santa Misa es pasivo y, por ende, negativo. Y la constatación de esta pasividad habría constituido uno de los motivos por los que el Concilio Vaticano II dispuso que se reformaran algunos ritos, ya que él mismo deseaba para los laicos una “participación activa” (actuosa participatio). Por otra parte, dicho Concilio quiso realzar la figura de los laicos en la Iglesia, con el resultado de que muchos de éstos dicen hoy tener conciencia de “ser también parte de la Iglesia”, y reclaman, en consecuencia, más “derechos” y papeles que desarrollar “activamente”.

Para responder a esta pregunta hay que abordar dos cuestiones: primero, quién es el actor de la actividad que llamamos “Misa”, y segundo, en qué consiste la participación en ella.


(Imagen: Novus Ordo Watch)

(1) Primero. La Santa Misa es, en esencia, y según la definición dogmática del Concilio de Trento, la renovación incruenta, hecha por el mismo Cristo, del sacrificio cruento de la cruz. En dicho sacrificio, la víctima es Cristo, y quien ofrece al Padre ese sacrificio en pago por nuestros pecados, es el mismo Cristo. En consecuencia, el actor principal en la Santa Misa, aquél cuya actividad es la más importante, es el propio Cristo. La Santa Misa es una acción de Cristo, y toda otra actividad a que la Santa Misa dé lugar es o instrumental de Cristo (un instrumento mediante el cual Él actúa) o accesoria a la de Cristo (es decir, secundaria). De las acciones instrumentales de Cristo, la principal e insustituible es la del sacerdote, que pone su humanidad al servicio de Cristo, a quien presta su voz y su inteligencia y sus gestos para que, por medio de éstos, el Señor se haga realmente presente como Víctima y Sacerdote en el altar. Dicho de otro modo, si descontamos a Cristo, que es el actor fundamental, no hay otra acción más importante en la Santa Misa que la del sacerdote humano que oficia de instrumento del Señor. El “sacerdote-en-representación-de-Cristo”: tal es el actor principal del drama que tiene lugar ante los fieles laicos, y a cuyo desarrollo asisten éstos.

Esta es la primera y más importante idea. Toda otra actividad que tenga lugar en el altar o en el resto del templo con ocasión de la Santa Misa, es una actividad que prolonga o secunda la acción del “sacerdote-en-representación-de-Cristo”. Por ejemplo, las lecturas son una acción conectada con la acción sacerdotal, y lo mismo la de los demás ministros sagrados que asisten al sacerdote, para la cual han sido, igual que el sacerdote, ordenados por la Iglesia: el diácono y el subdiácono.


(Imagen: Pinterest)

(2) Segundo. Los fieles que asisten a la Santa Misa concurren, pues, a una acción realizada por el “sacerdote-en-representación-de-Cristo” (que es el actor propio pero invisible) y por los demás ministros que han sido ordenados para asistirle. Si se pudiera poner una analogía (que, como toda analogía, no es nunca enteramente satisfactoria) podríamos decir que los fieles asisten a una “representación sagrada”, tal como en el teatro asisten a una “representación profana”. ¿Es la Santa Misa una especie de “espectáculo” al que asisten los fieles laicos? Se podría decir que sí, sólo en cuanto los laicos están ahí presentes al modo en que lo están en un teatro mientras se canta, por ejemplo, una ópera. 

Veamos inmediatamente cómo están presentes los espectadores de una ópera, a fin de aclarar lo que acabamos de decir. ¿Son acaso los espectadores de la ópera absolutamente pasivos por el hecho de que no toman parte en el canto o en la orquesta o en los movimientos que se se realizan sobre el escenario? Difícilmente se podría aceptar semejante respuesta: el público que asiste a la ópera está íntimamente unido a lo que se realiza frente a él en la escena, está emocionalmente involucrado y aun está, en ocasiones, involucrado de un modo mucho más profundo, como cuando sigue la acción con un libreto o la música con una partitura. La unión emocional con los espectadores es, precisamente, lo que se busca por parte de los actores, pero también hay mucho más: existe una unión intelectual en la medida en que los espectadores comprenden el sentido de lo que se está haciendo en el teatro y comprenden -lo que es quizá mucho más importante- el significado verdaderamente humano que tiene, para sus vidas, lo que están mirando: los espectadores salen del teatro enriquecidos por ese espectáculo; hay en sus vidas algo nuevo que ahí han adquirido (en este último sentido es que una obra de teatro es cultura: efectivamente “cultiva” a quien asiste a ella, lo enriquece, lo mejora).

Si fuera sólo esto lo que los laicos obtuvieran de la asistencia a ese “espectáculo sagrado” que es la Santa Misa (esa renovación del drama del Calvario, nada menos), ya sería mucho. Pero hay infinitamente más. Porque ellos, los que asisten, son el cuerpo místico de la Víctima-Sacerdote que lleva a cabo el sacrificio, que es el sacrificio de Uno por todos: muere Cristo, por propia y libre voluntad, por todos; con su sacrificio satisface a Dios lo que los hombres le deben por el pecado que cometen; y derrama Dios sobre quienes son miembros del cuerpo místico de su Hijo, las infinitas gracias que Éste gana para todos con su muerte.



Así pues, se ofrece aquí a los “laicos-espectadores” la oportunidad, que no existe en ninguna asistencia a ningún otro espectáculo en este mundo, de recibir real y efectivamente esas infinitas gracias y bendiciones divinas, que causan en ellos la elevación de su vida a un nivel sobrenatural, cosa que ninguna otra acción o representación humana puede efectuar. Y para recibir tales gracias y bendiciones no hace falta más que unirse espiritualmente los fieles a esa acción sacrificial que lleva a cabo su Cabeza, Cristo. Esa íntima e intensa unión espiritual es una acción infinitamente más “activa”, más “eficiente”, más “productiva”, que cualquier acción corporal que realicen los fieles en el templo (desplazamientos, gestos, etcétera). Tal como en el teatro de la ópera los espectadores sólo reciben el beneficio de la belleza de esa obra de arte si están intelectual y emocionalmente unidos a la acción que se realiza en escena, así también acá. No es necesario, para que los asistentes a la ópera reciban el bien de la belleza que van ahí a buscar y gozar, que se suban al escenario e irrumpan en la escena o en el canto; por el contrario, tal cosa no haría más que entorpecer o desbarajustar la acción dramática y las melodías. Así también, no es necesario acá que los fieles laicos realicen actividades como llevar o traer cosas, subir al presbiterio a leer esto o lo otro, porque no es de tales “actividades” que depende la recepción por ellos de las gracias y bendiciones que Dios otorga a quienes están unidos a su Hijo en su cuerpo místico, y para recibir las cuales asisten a esa “representación sagrada”. No es que “no puedan” realizar otras actividades; es que “no necesitan”: ante la acción redentora de Cristo, nosotros no hacemos más que asistir y esperar sus beneficios; “no necesitamos” más. Es Él quien nos redime, no alguna acción que realicemos nosotros. Es cierto que, según san Pablo, debemos “completar en nosotros” lo que “falta” a la pasión de Cristo y, según san Agustín, Dios, que nos creó sin nosotros, no nos salvará sin nosotros, o sea, sin nuestra acción; pero ésta es una acción posterior en nuestras vidas, un poner en práctica las bendiciones y gracias recibidas en la Santa Misa, un evitar que ellas sean “recibidas en balde” por nosotros (cosa que es, como se sabe, perfectamente posible: es nuestra responsabilidad hacer fructificar en beneficio de todos las gracias y bendiciones que nos da Dios).

Finalmente, podríamos añadir que esta “pasividad exterior” de los fieles que asisten a la Santa Misa evidencia la realidad de lo que ocurre en nuestra vida: es Dios quien nos salva; Él es el “principio activo”; nosotros somos el “principio pasivo”, aquellos “que reciben”, los “receptores”. Quienes asistieron a aquel momento supremo de la muerte de Jesús en el Calvario (la Santísima Virgen, san Juan, santa María Magdalena, etcétera) no llevaron a cabo acción alguna sino que, simplemente, contemplaron llenos de horror y piedad y gratitud y mil otros sentimientos interiores lo que estaba teniendo lugar ante sus ojos. El Señor lo hizo todo. Y nuevamente lo hace todo en la Santa Misa. Nuestra “participación activa” es, pues, esencialmente espiritual y esencialmente pasiva o, para usar el término correcto, contemplativa. 

A la Santa Misa vamos a contemplar el acto por el cual se realizó la obra de nuestra redención y a recibir las gracias que, por ella, Dios nos concede.

martes, 5 de febrero de 2019

La Misa tradicional y el impulso de los sacerdotes

Los fieles que desean la Misa tradicional se enfrentan no con poca frecuencia a la oposición de su respectivo párroco. El Dr. Peter Kwasniewski presenta la situación inversa en el siguiente artículo que hemos traducido para nuestros lectores: ¿qué ocurre cuando la iniciativa para celebrar la Misa de Siempre proviene no de la congregación, sino de su pastor? ¿Debería un sacerdote ofrecer la Misa tradicional sin que nadie se lo haya pedido?

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement. La traducción ha sido hecha por la Redacción.

El autor
(Foto: Peter Kwasniewski)

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¿Debiera un sacerdote introducir el usus antiquior en una parroquia
que no lo ha solicitado?

Peter Kwasniewski

Comencemos con lo que, aunque obvio, hay que decirlo. Desde Summorum Pontificum, si los fieles piden que se celebre la Misa tradicional, el cura debe acceder a ello o, al menos, tomar las medidas necesarias para que otro sacerdote la celebre. Simplemente no se le permite negarse. Es posible que responda: “Sí, pero primero tengo que aprender a celebrarla” (en cuyo caso los fieles, que han de estar preparados para ello, le dirán que ellos asumen los gastos del caso); o dirá: “De acuerdo, pero estamos en una coyuntura complicada: con una nueva escuela básica, con la atención de los presos, con la casa para ancianos y con la reciente muerte del sotacura, no voy a poder aprenderla, por lo que voy a hacer averiguaciones y tratar de que el próximo mes tengáis una Misa”. Y, por cierto, siempre el cura dará estas respuestas con una sonrisa y agradecido por la devoción de sus fieles a las ricas tradiciones de la Iglesia católica.

Pero, ¿qué ocurre en el caso de que la gente esté básicamente satisfecha con lo que tiene? Está acostumbrada a la forma ordinaria y no conoce otra cosa, ni pide otra cosa. Supongamos, para seguir con este planteamiento, que la parroquia está en el extremo superior del ranking de Ratzinger y está comenzando a poner en práctica los ideales de la “reforma de la reforma”, tales como la Misa ad orientem, el uso del latín y del canto gregoriano, buena música sagrada, hermosos ornamentos, arrodillarse para recibir la comunión y otras cosas análogas. ¿Hay algo que le “haga falta” a esa comunidad? ¿Existe alguna razón para que el propio cura introduzca el usus antiquior?

Sí. Tiene básicamente dos razones para hacerlo.

Primero, el bien del propio cura. En un artículo publicado en Catholic World Report e intitulado Finding What Should Never Have Been Lost: Priests and the Extraordinary Form” [En busca de algo que jamás debió perderse: los sacerdotes y la forma extraordinaria”] (uno de muchos artículos de este tipo actualmente en Internet), nos encontramos con testimonios de sacerdotes sobre el efecto que ha tenido en ellos celebrar el usus antiquior y por qué lo han encontrado tan emocionante. Dice un sacerdote: “Tiene una cualidad mística, contemplativa y misteriosa, con su empleo del latín, los gestos, la posición del altar, y las oraciones, que son más ornamentadas que las que tenemos hoy”. Otro sacerdote anota: “He sido católico toda la vida, y jamás había experimentado una Misa así. No me imaginé que existiera semejante Misa. Me cautivó. Cuando la celebro, es algo que tiene menos que ver conmigo, el sacerdote, y más que ver con Dios”. Un tercer sacerdote declara: “La Misa tridentina me ha transformado. Me gusta su reverencia, y me ha ayudado a ver que la Misa es un sacrificio, no un mero memorial”.

Todos los sacerdotes que conozco y celebran la Misa tradicional -y he conversado con cientos de ellos a lo largo de los años- experimentan, de un modo poderoso, visceral, lo tremendo del Santo Sacrificio de la Misa y del misterio del sacerdocio, debido a muchos elementos de la liturgia que fueron, desgraciadamente, suprimidos en las reformas de la década de 1960: el humilde aproximarse al altar, al comienzo, empapado de la humildad y piedad que conviene a “los asuntos de mi Padre”; las muchas veces que el sacerdote se inclina o hace genuflexiones, que besa el altar y traza bendiciones; la atención exquisita a los significativos detalles de su postura, de su actitud, de su disposición; las profundas oraciones del Ofertorio; la inmersión en el silencio del Canon, que se enfoca tan agudamente en el misterio por el cual la inmolación de Cristo se renueva entre nosotros; el cuidado que rodea a la manipulación en cada momento del Cuerpo y de la Sangre del Señor, desde el juntar los dedos según los cánones hasta las abluciones hechas concienzudamente; el Placeat tibi y el Último Evangelio, que nos hacen presente la magnitud de lo que acaba de tener lugar, es decir, nada menos que la Encarnación redentora que continúa en medio de nosotros. ¿Cómo podría todo esto no hacer bien a la vida interior del sacerdote y hacerlo avanzar en el camino de su vocación y santificación?

La segunda razón para que un sacerdote ponga el usus antiquior a disposición de los fieles, aun si éstos no se lo han pedido, es el bien espiritual de los mismos. Uno de los sacerdotes entrevistados en el mencionado artículo señala: “Noventa por ciento de los católicos actuales no ha tenido la experiencia de lo que fue la Iglesia antes del Concilio Vaticano II. No sabe nada de su arte, de su arquitectura, de su liturgia tradicionales”. Como lo lamentó más de una vez Joseph Ratzinger, se produjo ciertamente una ruptura en los hechos, si no en la teoría: se separó a los católicos de las tradiciones de la Iglesia; adherir a esas tradiciones llegó a ser considerado, en verdad, una especie de infidelidad para con dicho Concilio y con el nuevo espíritu que éste trajo, supuestamente destinado a enlazar nuevamente con la modernidad y a cosechar los frutos de una nueva evangelización. Nada de esto parece haber tenido lugar, o no, al menos, con la plenitud que se había deseado y prometido. En el mejor de los casos, lo que ocurrió fue un fomento del escepticismo hacia todo lo que fuera preconciliar y de ciertas prometeicas tentaciones de remodelar la Iglesia de acuerdo con las últimas modas y teorías.

 (Foto: New Liturgical Movement)

Aunque lo peor de la “época estúpida” ya haya pasado (al menos en la mayoría de los lugares), el Pueblo de Dios sufre los efectos de este amplio desenraizamiento. ¿Qué mejor modo de enraizarlo de nuevo en esos dos milenos de catolicismo que enriquecerlo con la forma de culto que alimentó a los grandes santos de la Edad Media, del Renacimiento, del Barroco y de todo el período tridentino, que se extiende por más de cuatro siglos y medio? Según las memorables palabras de Benedicto XVI en la carta a los obispos Con grande fiducia, que acompaña a Summorum Pontificum, “[n]os corresponde a todos preservar las riquezas que se han desarrollado en la fe y en la oración de la Iglesia y darles el lugar que les corresponde”.

Lo anterior no puede ser sino ganancia para los fieles de una parroquia, si se lo hace de buen modo, porque habrá de desarrollar nuevos hábitos de oración meditativa y contemplativa; confirmará poderosamente el dogma de que la Misa es propiamente un verdadero sacrificio; intensificará la adoración del Santísimo Sacramento y la veneración del sacerdocio ministerial (lo cual no es una especie de clericalismo); abrirá las mentes a un mundo más amplio de cultura y de teología católicas; y, por último, algo que no es menor: apoyará el esfuerzo por celebrar el Novus Ordo de un modo más tradicional al dejar en evidencia de dónde se originó la “reforma de la reforma”, es decir, al mostrar por qué hacemos ciertas cosas de este modo y no de otro.

Concluiremos esta parte de nuestra exposición con estas impactantes palabras del cardenal Darío Castrillón Hoyos (q.e.p.d.), pronunciadas cuando fue presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei 

“Permítanme ser claro: el Santo Padre quiere que el antiguo uso de la Misa se transforme en algo de habitual ocurrencia en la vida litúrgica de la Iglesia, de modo que todos los fieles, viejos y jóvenes, puedan familiarizarse con los ritos más antiguos y obtener provecho de su tangible belleza y trascendencia. El Santo Padre quiere esto por motivos tanto pastorales como teológicos” (Londres, 14 de junio de 2008).

Cuando se le preguntó en una conferencia de prensa aquel mismo día “¿quisiera el Papa ver que muchas parroquias se preparan para el rito gregoriano?”, Su Eminencia respondió:  

“Todas las parroquias, no sólo muchas, porque esto es un don de Dios. El Papa da acceso a estas riquezas, y es muy importante que las nuevas generaciones conozcan el pasado de la Iglesia. Esta forma de culto es tan noble, tan bella; es la forma teológicamente más profunda de expresar nuestra fe. El ceremonial, la arquitectura, la pintura, componen un todo que es un tesoro. El Santo Padre está dispuesto a ofrecer a todo el mundo esta posibilidad, no sólo a unos pocos grupos que lo soliciten, para que todos puedan conocer este modo de celebrar la Eucaristía en la Iglesia católica”.

 Un gran bien para todos los fieles
(Foto: New Liturgical Movement)

Consideraciones prácticas.

Una de las preguntas que a menudo me hacen laicos y clérigos es la siguiente: “¿Cómo debiera introducirse la forma extraordinaria en lugares donde hasta ahora no ha existido?”. Pienso que lo que les preocupa es en gran medida una cuestión práctica: cuándo, con qué frecuencia, y con qué preparación o apoyos.

Mi consejo ha sido siempre hacerlo gradualmente: comenzar tranquilamente (o sea, sin fanfarrias), programando una Misa al mes; luego, una vez que se sepa que se celebra esta Misa y existe público para ella, ofrecer catequesis al resto de los miembros de la parroquia a través de homilías, y hacer una amable invitación. Después de que esto haya tenido éxito y se lo haya aceptado, puede aumentarse la frecuencia a una vez cada quince días o una vez a la semana. Aquí el cura se enfrenta a una encrucijada: si le parece que los fieles responderán favorablemente y no entregarán su cabeza en bandeja al obispo, podría celebrar el usus antiquior varias veces en la semana. He visto programas habituales de parroquias en que se lo incluye como Misa diaria los martes, jueves y sábados, o en que se lo celebra como Misa dominical y otra vez más en la semana.

Para ir a más detalles, a menudo ha resultado bien introducir una Misa tradicional los sábados en la mañana, debido a que es un momento de la semana “de poco tráfico” y es poco probable que se hiera susceptibilidades. En muchas parroquias no hay siquiera Misa los sábados por la mañana, por lo que no hay que suprimir nada para hacerle lugar. Otras posibilidades son los primeros viernes y los primeros sábados, ya que éstas son devociones muy queridas y al mismo tiempo, tradicionales, y la Misa tradicional puede ser entendida como su complemento natural: se ve como algo especial que se hace con motivo de una devoción especial. Otro párroco que conozco introdujo una Misa vespertina sólo para hombres y muchachos, como parte de un programa que incluía adoración, rosario, Misa y convivencia, y pronto va a introducir una Misa mensual sólo para mujeres y niñas.

La introducción del usus antiquior en el domingo o en los días de fiesta es el paso más importante y el más difícil. Es importante darlo, eventualmente, porque sólo de este modo puede el tesoro de la antigua liturgia llegar al mayor número de fieles posible. Es un paso obviamente difícil por la necesidad (en muchas partes) de que un solo sacerdote diga muchas Misas, como también por el desafío que representa un horario ya establecido, que los fieles detestan ver modificado. Pero incluso aquí puede haber una forma de abrirse paso: por ejemplo, si existe ya una tranquila Misa matinal, podría convertírsela en una tranquila Misa rezada, tomando la precaución de repetir desde el púlpito las lecturas en vernáculo, antes de la homilía. Si ya existe una “Misa para jóvenes”, ¿por qué no llevar a cabo el experimento atrevido y loco de la Nueva Evangelización, de reemplazarla por una Misa cantada con gregoriano?  Hay muchos jóvenes que se aburren o desincentivan con la música pseudo-pop y con el aguarlo todo que muchos planificadores litúrgicos creen necesario para la generación de los teléfonos “inteligentes”. Como siempre, algunos jóvenes dejarán de asistir, pero otros encontrarán en esa Misa una experiencia radicalmente nueva que los atrae por misteriosos caminos. Aparecerá gente nueva, que traerá consigo más gente. Podría todo terminar de modo muy exitoso.

En todas estas ideas, estoy penosamente consciente de la realidad del terreno que se pisa. Hay muchos sacerdotes que se sienten con las manos atadas a causa de la hostilidad del obispo, de la curia episcopal, del presbiterio o de la parroquia hacia todo lo tradicional. Esto es un aspecto deplorable de nuestra decadente situación, pero no es un callejón sin salida. En tales casos, el sacerdote se hace un bien, a pesar de todo, aprendiendo el usus antiquior, puesto que puede celebrarlo privadamente una vez a la semana, o en su día libre. Esto será para su propio beneficio espiritual por las razones que ya he dado y, al conectarlo con la riqueza de la tradición, influirá para mejor en su modo de entender lo que es la liturgia y cómo debiera celebrársela, cualquiera sea el rito o la forma.