jueves, 14 de enero de 2021

Los ministerios femeninos y el espíritu de ruptura

Les ofrecemos hoy un artículo del Dr. Peter Kwasniewski sobre el motu proprio Spiritus Domini, dado el 11 de enero de 2021, por el cual el papa Francisco modifica el Código de Derecho Canónico para permitir que personas de sexo femenino puedan acceder a los ministerios laicales de lector y acólito, hasta ahora sólo reservados a varones (véase la entrada que dedicamos al reemplazo de las órdenes menores por los ministerios laicales). Cumple recordar que durante el pontificado de Juan Pablo II se había permitido, a través de distintos documentos, que las niñas pudieran desempeñarse en el servicio del altar como monaguillos, como quedó recogido finalmente en la Instrucción Redemptionis Sacramentum (núm. 47 y nota 122). La modificación incide entonces sólo sobre los ministerios instituidos, pues en la práctica ya existía la costumbre de que las lecturas de la Misa o el servicio del altar fuera cumplido por mujeres.  En su día habíamos publicado una entrada respecto de la función de lector desempeñada por mujeres.  Para el autor, este cambio demuestra que sólo hay un camino para volver al auténtico culto católico: la restauración cabal de la liturgia tradicional. 

El artículo fue publicado en Life Site News y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan la versión original, salvo la última. 

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La inclusión que el papa Francisco ha hecho de los “ministerios femeninos” es continuación de su esquema de rupturas

Peter Kwasniewski 

Peter Kwasniewski 

No estoy entre aquéllos que dicen que, en el instante mismo en que Jorge Mario Bergoglio apareció en el balcón de San Pedro, se dieron cuenta de que nos esperaban tiempos terribles. Sin embargo, durante el primer año ya aparecieron pruebas de que los cardenales habían elegido a un modernista, a un propulsor de rupturas, de la teología de la liberación y del socialismo. Y a medida que avanzaron los años, se hizo cada vez más obvio que su pontificado iba a hacer propias las peores tendencias de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, sin apropiarse ninguna de las cualidades redentoras que éstos exhibieron.

La decisión del papa Francisco, con su motu proprio Spiritus Domini, de modificar el Derecho canónico, es para que los “ministerios” de lector y de acólito, abiertos ahora a las mujeres, calcen cómodamente en este esquema más amplio de ruptura con la Tradición católica. Mientras que anteriormente se permitía a las mujeres leer las lecturas y ayudar en el altar, el Derecho canónico permitía que sólo los varones (viri) fueran “instituidos”, de un modo permanente y estable, como lectores y acólitos. Se podría decir que se trata ahora de otro clavo que se pone a la tapa del ataúd del Novus Ordo, alejándolo todavía más del patrimonio cultual del rito latino.

Por más de 1700 años, la Iglesia de Roma reconoció la existencia de cuatro “órdenes menores” (portero, exorcista, acólito y lector) y de tres “órdenes mayores” (subdiácono, diácono y sacerdote). Todas estas funciones, o son propiamente litúrgicas, o tienen implicancias litúrgicas y estuvieron, por ello, reservadas a los varones. Pablo VI intentó abolir las órdenes menores y reemplazarlas por lo que denominó “ministerios” de acólito y de lector, pero, para mantener una apariencia de continuidad, los reservó también a los varones. En el fondo, el mismo tipo de desobediencia que condujo a la comunión en la mano condujo también a la rutina de usar mujeres y niñas como acólitos y lectores (por ejemplo, acólitos y lectores no oficialmente instituidos); Juan Pablo II, en uno de los peores actos de su pontificado, reconoció esta práctica como aceptable, aunque no exigida.

Así, aunque el motu proprio del papa Francisco pueda parecer un tecnicismo -y por cierto no ha de tener efecto alguno en todos aquellos lugares del mundo donde el presbiterio está ya invadido por mujeres-, representa, en los hechos, un cambio tectónico tanto en la teología como en la práctica litúrgica. Por primera vez, desde siempre, Francisco dice que la Iglesia católica debe instituir oficialmente a las mujeres como ministros litúrgicos, es decir, no en calidad de ministros substitutos, sino como simplemente ministros.

Aunque esta decisión no exige, desde el punto de vista lógico, abrirse a la existencia de diáconos o sacerdotes femeninos [véase lo dicho en esta entrada], sólo se la entiende, sin embargo, en el contexto del invasivo feminismo que ha hecho equivalente el valor de la mujer con su acceso a papeles tradicionalmente reservados sólo a los varones. En este sentido, la decisión sigue alimentando las llamas de un falso igualitarismo, que no dejará nunca de agitar en pro de la existencia de diaconisas y sacerdotisas. Además, esta decisión refleja un fracaso en la comprensión, en primer lugar, de por qué los ministerios han estado reservados a los varones, y de por qué la inclusión de mujeres en estas funciones es contraria a la verdadera naturaleza y estructura de la liturgia católica. Se ha discutido mucho estos puntos durante los últimos años, y yo lo he hecho también en varios artículos que cobran hoy nueva relevancia: 

- ¿Debieran ser las mujeres lectoras en la Misa?

- Realismo encarnado y el sacerdocio católico.

- Fundamentos doctrinales del ministerio exclusivamente masculino del altar, y el problema de ignorarlos.

- Una carta modelo sobre la restauración del servicio exclusivamente masculino del altar.

- El estatus de las órdenes menores y del subdiaconado [véase también las entradas publicadas en esta bitácora sobre las órdenes menores y las órdenes mayores]. 

[Véase asimismo el Position Paper 1 de la Federación Internacional Una Voce sobre el servicio de hombres y niños en el altar].

Leila Marie Lawler ha comentado en Facebook:

“Soy una dueña de casa. No soy una académica. Pero puedo leer. Ningún teólogo ni académico, que yo sepa (por favor, demuéstrenme que estoy equivocada), ha hecho ver, luego de leer Querida Amazonia, LO QUE ESTA NO DICE. Querida Amazonia no menciona a la familia y al irreemplazable papel de la mujer en ella, según lo que todas las reflexiones anteriores sobre la Iglesia en el mundo habían hecho. No menciona a las madres y su papel en la formación de los niños. No menciona a los padres como proveedores y protectores. Pero habla de las mujeres como una especie de agentes apostólicos paralelos que debieran ser reconocidas como tales. En otras palabras, habla -y bien claramente para quienes tienen oídos- de una nueva eclesiología en que los apóstoles tradicionales -varones que son sacerdotes- deben abrir paso a las mujeres en papeles apostólicos y trabajar con ellas y, a menudo, estar a sus órdenes. Es esta visión eclesiológica lo que está detrás de la carta del cardenal Ouellet sobre que hay que dar a las mujeres iguales papeles en los seminarios. Y está también detrás de la decisión, de que aquí informamos (el papa Francisco hace referencia a Querida Amazonia en su carta a la Congregación de la Defensa de la Fe), de incorporar al Derecho canónico el papel, ya corriente desde hace tiempo, de las mujeres como lectoras  y de las niñas como acólitos (como siempre pasa con los progresistas, la práctica precede a la ley oficial)”.

Así que Querida Amazonia no fue en absoluto la carta anodina que demostraba que los ortodoxos debían pedir perdón por preocuparse por las tendencias destructivas del papa Francisco. De hecho, ella no fue más que otra cuña clavada en la fisura moderna que amenaza a la fortaleza de la Iglesia. Cuando las mujeres comiencen a pensar que su “dignidad bautismal” se juega en el presbiterio, quedará completo el trabajo de estos pastores corruptos. Aparte del egregio apartarse de la Tradición católica -algo que no es, aparentemente, problema en la mente de un papa que ya ha modificado el Catecismo de la Iglesia católica en cuestiones de no poca importancia-, es muy probable que surjan muchos problemas prácticos de este último cambio del Derecho canónico.

En los Estados Unidos, y en diversos lugares en el resto del mundo, hemos visto que hay un lento regreso a la costumbre del servicio del altar sólo por varones, lo que, incluso según Spiritus Domini, sigue siendo plenamente legítimo (no es una exigencia que las mujeres sean lectores, acólitos o ministros). Tener sólo varones en el presbiterio no es la práctica dominante, por cierto, pero ha demostrado una sorprendente tendencia a reestablecerse. Este nuevo motu proprio va a proporcionar instrumentos a los obispos y párrocos liberales para oponerse a ella.

De acuerdo con las normas litúrgicas que gobiernan el Novus Ordo, si está presente un lector o acólito instituido, él (o ella) debe obrar con preferencia a cualquier otra persona. Anteriormente la decisión de recurrir a mujeres como lectores o acólitos era atribución de cada sacerdote, pero el cambio de norma del papa Francisco podría usarse para “plantar” acólitos y lectores femeninos en las parroquias, de modo que haya que emplearlos, lo cual sería un modo muy efectivo de poner fin a los esfuerzos por restaurar la práctica tradicional.

Algunos católicos adeptos a la Misa tradicional se preguntan si este cambio de norma podría afectarlos. La respuesta es no, porque, al menos por el momento, la forma auténtica del rito romano se gobierna por normas propias, es decir, aquéllas que entraron en vigor en 1962 (y cada vez más por las costumbres anteriores a 1955). Por tanto, tal como es imposible introducir en la Misa tradicional la comunión en la mano y los “ministros extraordinarios de la eucaristía”, así también las normas sobre lectores y acólitos no pueden afectarla, ya que están pensadas sólo para el Novus Ordo.

Cuando dije más arriba que Pablo VI “intentó abolir las órdenes menores”, escogí cuidadosamente cada palabra: el hecho de que las órdenes menores siguen siendo conferidas en las comunidades sacerdotales y religiosas que usan el rito romano clásico nos dice que no han sido, de hecho, abolidas, tal como tampoco fue abolido el usus antiquior. En resumen: cada una de las dos “formas” del rito romano tiene su propia normativa específica, y nunca podrán mezclarse. Me parece muchísimo más posible que el papa Francisco o algún papa futuro pudiera intentar declarar del todo ilegal el usus antiquior, en vez de ordenar que las rúbricas y normas del Novus Ordo sean obedecidas en la celebración del rito antiguo (de nuevo, digo “intentar” porque sería imposible que un papa, por fulminante que fuera, pudiera declarar ilegal la liturgia inmemorial de la Iglesia de Roma).

Supuesta la actual decisión, los conservadores pueden ya irse despidiendo de su sueño de reestablecer la continuidad entre la inmemorial tradición litúrgica latina y el “el mundo feliz” del Novus Ordo. Francisco ha dado a entender -en realidad, yo diría que todos los papas después de la reforma han hecho lo mismo- que no les importa en absoluto dicha continuidad en y por sí misma, yendo a su raíz más profunda; a lo más, podría tolerarse unas pocas reminiscencias externas del pasado, para aquéllos “que gustan de esas cosas”.  Pero aquí no se trata sólo de incienso y campanillas; de lo que se trata, y siempre ha sido así, es del vínculo inseparable entre la lex orandi y la lex credendi, entre el contenido de nuestro culto y el contenido de nuestra fe.

Gracias, papa Francisco, por recordarnos una vez más que lo que nos hace falta no es una “hermenéutica de la continuidad”, siempre a merced de intrépidos hermeneutas, sino sencillamente la realidad de la Tradición, que es lo que Ud. y todos los modernistas desprecian.

Monaguillas

martes, 12 de enero de 2021

Fiesta de la Sagrada Familia

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 2, 42-52):

“Cuando Jesús tuvo doce años, subieron sus padres a Jerusalén, según la costumbre del día de la fiesta; y acabados aquellos días, cuando volvían quedóse el niño Jesús en Jerusalén sin que sus padres lo advirtiesen. Y creyendo que estaba con los de la comitiva, hicieron una jornada de camino y lo buscaban entre los parientes y conocidos. Mas al no hallarlo, regresaron a Jerusalén en busca suya; hasta que al cabo de tres días, lo hallaron en el templo, sentado en medio de los Doctores, oyéndolos y preguntándoles. Todos cuantos lo oían, se pasmaban de su sabiduría y de sus respuestas. Y al verlo, se admiraron. Y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo te buscábamos angustiados. Y les respondió: ¿Para qué me buscabais? ¿No sabíais que en las cosas que son de mi Padre me conviene estar? Mas ellos no entendieron esto que les habló. Y descendió con ellos y vino a Nazaret; y les estaba sujeto. Y su Madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres”.

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Lo primero que Dios da a conocer al mundo de su plan salvífico, es la imagen de una familia y de su vida cotidiana, con todas sus vicisitudes y altibajos. Con ello nos dice claramente que la santificación que el hombre tiene obligación de alcanzar -no es una opción más; es un ineludible deber: “vosotros os santificaréis y seréis santos, porque Yo soy santo” (Lev 11, 44)-, sin la cual no es posible de modo alguno salvarse, ha de ser y alcanzada y vivida, antes que en ninguna otra parte, en el seno de la familia. 

No son muchos los llamados a alcanzar la salvación en el gran teatro de las batallas teológicas, o en la confesión de la fe hasta el derramamiento de la sangre, o luchando, en el campo de los enfrenamientos políticos, por poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, como verdadero Rey que es.

En cambio, la mayor parte de los seres humanos tienen como escenario de sus heroísmos secretos, pero fecundos, y de sus victorias, sin brillos pero colmadas de méritos, la vida familiar de todos los días; una vida oculta, donde germinan las semillas de salvación que el bautismo ha depositado en nuestra alma. Es en lo oculto del seno materno donde Dios ha decretado que se forme el hombre; es en lo oculto donde el hombre se encuentra verdaderamente con su Padre (“Tú, cuando ores, entra en lo oculto de tu habitación y, cerrada la puerta, ora a tu Padre; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará”, Mt 6, 6 y ss.). Es en lo sencillo e inaparente donde se manifiesta Dios.

No se dan en la familia soberbios triunfos, que el Enemigo ensalza ruidosamente para engañarnos, ni altísimas proezas que deslumbran y nos deslumbran a nosotros mismos, como lo busca el Enemigo para enceguecernos. La familia es la arena de las pequeñas cosas, de las pequeñas batallas, de los mínimos, pero auténticos, triunfos: el Señor Jesús no sólo nos lo ha mostrado al pasar en esta intimidad familiar 30 de sus 33 años de vida terrenal, sino que nos lo ha dicho mil veces y de muchas formas: “Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho” (Mt 25, 21, ss).

Una de las últimas grandes santas de la Iglesia, que la ha proclamado Doctora -una de las pocas de la Iglesia latina-, es Santa Teresa de Lisieux, muerta a fines del siglo XIX, quien con su doctrina de la “pequeña vía” o de la “infancia espiritual”, ha hecho revivir el valor de lo pequeño y de lo oculto en la vida católica y apunta a la vida de la Sagrada Familia de Nazaret como el gran ejemplo de santidad que se propone a los hombres contemporáneos.

Pero este siglo XX, donde muere la cultura de la modernidad y donde procura desesperadamente sobrevivir en el interior de la Iglesia, está terminado su atroz carrera de destrucción y de muerte dirigiendo todos sus últimos y letales golpes a la familia. ¡Y cómo la ha herido! Detrás de todos los movimientos llamados “antisistema” que, furiosos, han asaltado lo que queda de cultura cristiana, está el espíritu de insubordinación frente a todas las jerarquías, comenzando por la existe en la familia: ya no hay respeto por padre y madre, ni sujeción al orden familiar, que es la matriz de todo orden más amplio en la sociedad. El Evangelio nos dice hoy que Jesús “estaba sujeto” a sus padres. Esa idea, esa imagen de la sujeción es, precisamente lo que la moribunda modernidad procura destruir con un envenenado coletazo final, enarbolando engañosas banderas de dignidad femenina, de libertad. Esta modernidad agónica sigue, con las fuerzas que le quedan, gritando el “¡Non serviam!” de su infernal mentor, el Diablo; el grito de rebeldía de éste frente a Dios: “¡No te serviré!”. Gritan hoy los hijos: “¡No te obedeceré!”.

Tienen razón quienes han dicho que en la última conflagración, antes de los tiempos finales, se verá al Diablo arremeter contra la familia. Es éste el punto que, en la línea de defensa de la obra de Dios, hay que reforzar, fortalecer, apertrechar, defender. La decisiva importancia de la familia no le pasa desapercibida a la astucia diabólica, que para destruirla, simula “ampliarla”, sugerir “alternativas”, “diversificarla” en modalidades que no hacen más que arruinar su esencia misma. Quiera Dios que los católicos no se equivoquen en este punto decisivo, final, del ataque enemigo. 

“San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestra fortaleza contra las insidias y perfidias del Diablo y, con el poder de Dios, lanza al infierno a los espíritus malignos que vagan por el mundo, tratando de perder las almas”. 

Miguel Ángel Buonarroti, Sagrada Familia (Tondo Doni), 1506-1508, Galería Uffizi (Florencia, Italia)

martes, 5 de enero de 2021

Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 2, 21):

“En aquel tiempo, llegado el día octavo en que debía ser circuncidado el niño, le fue puesto por nombre Jesús, nombre que le puso el Ángel antes que fuese concebido en el seno maternal”.

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En la perspectiva de la Sagrada Escritura, que comparten por cierto los Santos Padres, el nombre de un ser humano expresa, resume y simboliza lo más esencial e íntimo de su persona y de su misión.

Aunque en el Antiguo Testamento se da al Mesías que ha de venir diversos nombres (Admirable, Consejero, Dios, Fuerte, Padre del siglo venidero, Príncipe de la paz), y aunque en el Evangelio de San Mateo se cita, en este episodio de la Anunciación, una profecía que dice “y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel [que significa “Dios-con-nosotros”]” (Mt 1, 23), el nombre específico que el Ángel indica a María que ha de darse al niño es “Jesús”, Yehoshú’a, “el Señor salva”, porque, explica el Ángel, “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1, 21). Si a esta luz leemos ambos versículos de San Mateo (Mt 1, 21 y 23), entenderemos que este niño, que es Dios mismo, está aquí con nosotros para salvarnos.

Jesús, ante cuyo nombre ha de “doblar la rodilla todo cuanto hay en los cielos, en la tierra, y en las regiones subterráneas” (Flp 2, 10), es el único que nos trae la salvación (Jn 3, 18; Hch 2, 21): y este hecho está afirmado en varios lugares del Nuevo Testamento de un modo que no deja lugar a duda alguna: “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12). Ni Buda, ni Alá, ni Visnu, ni siquiera Pachamama: no hay otro que salve, sino Jesús.

Y por eso los Apóstoles y los primeros cristianos y los misioneros de todos los tiempos (los verdaderamente católicos) lo primero que han hecho ha sido siempre proclamar el nombre de Jesús, es decir, proclamar a Jesús como único salvador (Hch 9, 14; St 2, 7). No han ido a anunciar al mundo que Jesús es una más de las multiformes manifestaciones de la infinita bondad y voluntad salvífica de Dios, sino a decir, de un modo categórico, que es “el único” salvador.

La Iglesia de los últimos cincuenta años, o sectores de Ella, ha encontrado, sin embargo, que no se puede salir a hablar al mundo con semejante dureza, si queremos que el mundo nos oiga (no por nada se suprimió esta fiesta del calendario litúrgico, que fue reemplazada por otra en honor de la Sagrada Familia). Y se ha diseñado doctrinas que le bajan el grado al mensaje cristiano, le echan agua para diluirlo, lo suavizan, y lo exponen diciendo, de varios modos, “no se asusten; si no es para tanto; las cosas no hay que entenderlas así, en blanco y negro; somos tan enemigos de los “integristas” como Uds., amables relativistas que nos escuchan; sírvanse entender que todo este lenguaje es lengua semítica de hace dos mil años, y las cosas han, afortunadamente, cambiado; no queremos ofenderlos, ni herir sus oídos ni, mucho menos, sus conciencias; nosotros somos tan “civilizados” como Uds.”. ¡Buena cosa sería ir al ágora a escandalizar a esos atenienses que acuden diariamente a ella a buscar novedades, cosas interesantes! ¡El misionero no debe espantar a sus oyentes, a quienes quiere -es la teoría- convertir! ¡Vean, si no, el fracaso de la rigidez de San Pablo en el ágora!

Es cierto que la Palabra de Dios, espada de dos filos que penetra hasta lo más íntimo del alma, no es fácil de interpretar fuera de la Iglesia, que es quien la conserva en su integridad, la custodia de toda desviación y la interpreta con la garantía del Espíritu Santo. Algún obispo antiguo decía que “el Evangelio, fuera de la Iglesia, es un veneno”. Pero ya lo decía el primer papa, San Pedro, en su segunda epístola: “debéis ante todo saber que ninguna profecía de la Escritura depende de la interpretación privada” (2 Pe 1, 20), y añadía luego, refiriéndose explícitamente a las epístolas de San Pablo, que “en ellas hay algunas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente -lo mismo que las demás Escrituras- para su propia perdición” (2 Pe3, 16).

 ¿Cuál es, por tanto, la regla, la norma de interpretación de la Escritura al interior de la Iglesia? No hay otra que la Sagrada Tradición, en la cual encontramos lo que todos, en todos los tiempos y en todas partes, han entendido; norma que rechaza toda nueva “reinterpretación”, toda “puesta al día”, así sea “en consonancia con los cambiantes tiempos y la diversidad de las culturas”. No hay aquí “aggiornamento” posible: ya lo ha dicho el Señor: “Que vuestro modo de hablar sea: “sí”, “sí”; “no”, “no”. Lo que exceda de esto, viene del Maligno” (Mt 5, 37).

Así pues, si alguno piensa que es una rigidez y una exageración proclamar que Jesús es el único salvador, excluyendo otras posibilidades tan amables o inocentes y eventualmente positivas como la Pachamama, remítase a la interpretación que la Sagrada Tradición de la Iglesia, y el Magisterio subordinado a ella, ha dado siempre de esta idea central del cristianismo.

Sí: aquel “fuera de la Iglesia, no hay salvación” es una de esas “cosas difíciles de entender” a que alude San Pedro. Pues bien: si alguien no la entiende, acuda a estudiar el punto en la teología que sigue a la Sagrada Tradición, en vez de escandalizarse y decir “¡cómo pueden pensar semejante barbaridad! ¡qué estrechez de mente, qué falta de compasión por la humanidad! ¡qué “integrismo”!”. La propia salvación, que no es poco, se juega en entender el sentido de la Iglesia dentro del plan integral de la redención. 

-El Greco, La adoración del nombre del Señor, 1577-1579, Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (España)
(Imagen: Wikipedia)

sábado, 2 de enero de 2021

Por qué la plena restauración del rito romano no es “arqueología tradicionalista”

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski, bien conocido de nuestros lectores. Aunque fue escrito en 2019, conserva su vigencia porque aborda el complicado asunto de fijar una fecha para la restauración litúrgica que sea coherente con la Tradición. A juicio del autor, ni el Misal intermedio de 1965 ni el de 1962 son expresión fiel de las oraciones y prescripciones que San Pío V, siguiendo las directrices del Concilio de Trento, ordenó codificar como rito romano. El objetivo era fijar una regla invariable para el culto en los tiempos en que el protestantismo se extendía por Europa. Pero San Pío V dejó a salvo aquellos ritos de más de doscientos años, los podían seguir siendo utilizados. Hay que tener en cuenta que el Código de Derecho Canónico de 1983 todavía señala que la ley no tiene fuerza derogatoria de la costumbre centenaria o inmemorial (canon 28), precisamente porque expresa un sentir del Pueblo de Dios que los dictados humanos no pueden contradecir. En materia litúrgica, esto significa un reflejo del sensum fidei que expresa una regla de fe. Habiendo fracasado el experimento de una "reforma de la reforma", queda preguntarse cómo volver a establecer una Misa que sea reflejo del culto a Dios en espíritu y verdad, guardando el gusto equilibrio entre Tradición e innovación, vale decir, que sea reflejo de un desarrollo orgánico del rito, el que no es ni puede quedar petrificado. El autor intenta responder esta pregunta. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan la versión original. 

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Por qué la plena restauración del rito romano no es “arqueología tradicionalista”

Peter Kwasniewski 

El estolón (y no visible, la casulla plegada), ambas abolidas por Pío XII

En un reciente discurso, el arzobispo Thomas Gullickson, nuncio papal en Suiza y Lichtenstein, ha hecho un arrebatador alegato en favor de “volver a fojas cero” en el caso de la liturgia romana, abandonando lo que es ya un experimento fallido y reponiendo los ritos tradicionales de la Iglesia católica. Lo que ha hecho es proporcionarnos un vigoroso resumen de las materias a que se refiere, muy detalladamente, un libro recién publicado, The Case for Liturgical Restoration [Las razones para una restauración litúrgica].

Y, a continuación, con admirable franqueza, el arzobispo Gullickson formula la pregunta del millón de dólares:

 “Quiero evitar el tema candente de proponer una fecha a la cual hacer retroceder todo. Pensé hace algún tiempo que era suficiente con regresar al Misal de 1962 y a la reforma del Breviario de San Pío X, pero las maravillas del Triduo pre-Pío XII, tal como las hemos venido experimentando, me han dejado sin palabras en este punto. Quizá las enseñanzas de Benedicto XVI sobre el enriquecimiento mutuo de las dos formas puedan proporcionar el paradigma para resolver la cuestión de qué Misal y qué Breviario. Mi llamado a regresar a los textos actualmente aprobados de la forma extraordinaria está, entonces, inspirado en cierta urgencia por avanzar, de hacer progresar el proceso. No me siento cualificado para proponer una opinión en el punto específico de dónde comenzar la restauración”.

La postura que ha predominado en la “esfera tradicional” durante mucho tiempo es que debiéramos contentarnos con 1962 como punto de partida para una sana liturgia futura. Después de todo, la de 1962 es la última editio typica anterior a las conmociones causadas por el Concilio, se la reconoce todavía como en continuidad con el rito tridentino, y ha sido impuesta por la autoridad de la Iglesia en el motu proprio Summorum Pontificum.

Desde una postura contraria, Dom Hugh Somerville-Knapman, de Dominus mihi adjutor, insiste en que debemos tomar en serio la constitución Sacrosanctum Concilium y, si lo hacemos, el Misal de 1962 no reunirá los requisitos exigidos:

“Todavía advierto cierta validez en una reforma moderada de la liturgia de acuerdo con el tono modesto que quiso el Concilio: lecturas en vernáculo, abandono de la duplicación que supone que el celebrante tenga que decir las oraciones, etcétera, cuando son cantadas por otros ministros, una preparación del sacerdote menos obstructiva al comienzo de la Misa, etcétera. Y la orden conciliar de hacer una reforma no puede simplemente ser olvidada como si nunca hubiera existido: hay que enfrentarla y asumirla, ya sea reformando la reforma hecha en su nombre, o mediante un acto específico del magisterio que la abrogue”.

“Es por esto que los ritos interinos me interesan: OM65 [el Ordo Missae de l965] es, claramente, la Misa del Concilio Vaticano II, y además está en continuidad orgánica con la tradición litúrgica. Dejó intacto el Canon, así como también conservó el respeto integral propio de la acción litúrgica. Incluso Lefebvre la aprobó. Lo que distorsiona nuestra percepción del OM65 es que hemos asistido a 50 años de desarrollos desde entonces, y no podemos evitar ver el OM65 como contaminado por éstos”.

“Además, el MR62 [Misal Romano de 1962] es un punto más bien arbitrario  de detención de la tradición litúrgica. Para algunos tradicionalistas comprometidos, dicho Misal es imperfecto, incluso contaminado. ¿Es mejor un Misal pre-1953? ¿O uno pre-Pío XII? ¿O, quizá, uno pre-Pío X? ¿Por qué no tomar el toro por las astas y defender el Misal pre-Trento -después de todo, Geoffrey Hull ve en éste la semilla de la decadencia litúrgica-? De este modo vamos a terminar en una situación en que cada uno elige sus propios principios idiosincráticos de un conjunto variable de ellos. Lo cual es eclesiológicamente imposible. La Iglesia católica tiene una autoridad magisterial que establece la unidad en la liturgia. Que ella, lastimosamente, haya estado ausente en las últimas décadas no es un argumento para ignorar totalmente su existencia. Por ese camino podríamos terminar siendo protestantes”.

Dom Hugh está dispuesto a admitir que Bugnini & Co. estuvieron atareados detrás de las bambalinas durante las décadas de 1960 y 1970 complotando y, eventualmente, llevando a cabo la violación y pillaje de todo lo que quedaba de la tradición litúrgica occidental. Piensa, sin embargo, que puertas afuera del Politburó, el Misal de 1965 fue visto en general por todos -y todavía puede ser así visto hoy- como la reforma que cumple con los deseos del Concilio. Este debería, pues, ser el punto al que nos lleva el “volver a fojas cero”” (para redondear en el tema de cómo fue el Misal de 1965, léase el informe de monseñor Charles Pope).

Un Misal de mediados de la década de 1960: tratando de mantenerse al día con los cambios

Con todo, a mi parecer las posiciones de 1962 (purista) y de 1965 (reformista) están rápidamente perdiendo adeptos en todo el mundo, especialmente a medida que Internet sigue extendiendo la conciencia de las inconsultas y, a veces, catastróficas reformas que se hicieron, a lo largo del siglo XX, a varios aspectos de la liturgia romana, entre las cuales destacan las hechas a la Semana Santa. Puesto que yo también estoy en desacuerdo con las posiciones de 1962 y 1965, quisiera argumentar en favor del regreso a la última editio typica anterior a las revolucionarias alteraciones de Pío XII: el Missale Romanum de Benedicto XV, publicado en 1920[1].

El principal argumento usado para defender la adhesión a 1962 es que todos debiéramos hacer “lo que la Iglesia nos pide que hagamos”. Pero ¿quién, o qué, es “la Iglesia” aquí? En esta época de caos ya no es evidente de por sí que “Iglesia” se refiere a una autoridad que está dictando leyes para el bien común del pueblo de Dios. Desde al menos 1948 en adelante, “Iglesia” en el ámbito litúrgico ha significado un conjunto de radicales que luchan por cortar los vínculos con la Tradición y que han procurado cumplir su agenda de simplificación, abreviación, modernización y utilitarismo pastoral en la Iglesia, con aprobación papal, es decir, con abuso del poder papal. No se trata de órdenes jurídicamente correctas que hay que obedecer, sino de aberraciones que merecen ser resistidas -por cierto, con paciencia, inteligencia y según modos ajustados a principios, pero igualmente con la intención firme de restaurar la integridad y plenitud del rito romano al punto como existía antes de que el Movimiento Litúrgico, en su fase cancerígena, tomara el control en los niveles superiores y llevara al rito romano al punto muerto del Novus Ordo-.

Durante un largo período traté, sinceramente, de comprender, apreciar y adherir a Sacrosanctum Concilium. Pero no me fue posible, después de leer a Michael Davies y, posteriormente, Phoenix from the Ashes de Henry Sire y la biografía escrita por Yves Chiron de Annibale Bugnini, ver en aquel documento sino un programa, cuidadosamente urdido, de revolución litúrgica. Dicho documento se contradice en varios puntos y se refugia frecuentemente en burdas ambigüedades que fueron deliberadamente implantadas en él -y sabemos esto último por investigaciones fundadas en documentos; no hacen falta aquí teorías conspirativas-.

Me convencí de la evaporación de la validez de Sacrosanctum Concilium luego de una profunda reflexión y gracias a una conferencia de Wolfram Schrems sobre el significado de la abolición, realizada por ella, de la hora de Prima en el Oficio Divino. Un Concilio que osa abolir un antiguo oficio litúrgico, recibido ininterrumpidamente de modo universal, se vicia a sí mismo desde la partida. Dado que ninguno de los documentos del Concilio Vaticano II contiene declaraciones de fide ni anathemas, no queda expresamente comprometido el carisma de la infalibilidad. Y supuesta su naturaleza misma, un puñado de recomendaciones pastorales prácticas puede estar equivocado, y existen pruebas, que aumentan continuamente, de que los fines y los medios del ala radical del Movimiento Litúrgico erraron gravemente el blanco. Las suposiciones del Concilio sobre lo que “había que hacer” a la liturgia fueron una errónea lectura de sociología y de  psicología de la religión. Sus propuestas de reforma se fundaron en suposiciones modernas que no han resistido el paso del tiempo y, de hecho, fueron ya eficazmente criticadas antes del Concilio y durante él. Por esto es que me parece insustancial el que el año 1965 refleje mejor las ideas, mutuamente conflictivas y a veces problemáticas, del Concilio.

Además, resulta difícil sostener la idea de que el Ordo Missae de 1965 representa la implementación de Sacrosanctum Concilium, a la luz de las reiteradas declaraciones de Pablo VI de que lo que promulgó en 1969 es el cumplimiento cabal de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia (véase aquí y aquí los ejemplos seleccionados por el selectivo y papólatra sitio Pray Tell; analizo aquí los desastrosos discursos de 1965 y 1969). Públicamente se presentó a 1965 (aunque no siempre coherentemente) como un paso intermedio en el proceso evolucionario que se alejaba de la liturgia medieval-barroca y se encaminaba a una liturgia moderna relevante.

El “momento de la verdad” llega, me parece, cuando los estudiantes de liturgia se dan cuenta de que 1962 es extremadamente parecido a 1965 en el siguiente aspecto: se trató de un Misal intermedio en cuya preparación Bugnini y los demás liturgistas que trabajaban en el Vaticano cambiaron todo lo que pensaron que podían hacer pasar disimuladamente. Incluso atribuyéndoles las mejores intenciones, aquellos liturgistas habían experimentado un triunfo renovacionista con la “reforma” de la Semana Santa de Pío XII, una reforma notable como ejemplo de dramática deformación de algunos de los más antiguos e intensos ritos de la Iglesia -y siguieron adelante con el impulso de ahí derivado-. La abolición en tiempos de Pío XII de la mayor parte de las octavas y vigilias, de múltiples colectas, de las casullas dobladas, entre otras cosas, es parte del mismo triste cuento de podar partes de lo que era más distintivo y valioso de la herencia romana[2].

Esta es la razón de por qué no es arbitrario que los tradicionalistas digan que el Misal circa 1948 -lo cual significa, en la práctica, la editio typica de 1920- es el punto al que hay que volver. El motivo es sencillo:  con excepción de unas pocas fiestas añadidas (el calendario es la parte de la liturgia que más cambia), es, en todos los aspectos más importantes, el Misal codificado por Trento. Es, simplemente, el rito tridentino. Para quienes creemos que el rito tridentino representa, en su totalidad y en cada una de sus partes, el apogeo, orgánicamente desarrollado, del rito romano, el cual es nuestro deber recibir con gratitud como un legado intemporal (al modo como los católicos griegos reciben sus ritos litúrgicos, que también alcanzaron la madurez durante la Edad Media), un Misal pre-Pacelli nos proporciona todo lo que estamos buscando, e incontaminado.

Hay quienes gustan de indicar cuáles son las “mejoras” que se podría hacer al antiguo Misal, pero los que han vivido muchos años, e íntimamente, con sus contenidos, son normalmente los menos convencidos de que las mejoras serían realmente tales. He mostrado algunos ejemplos aquí, aquí y aquí[3].

Un Misal de altar de 1931 de la Abadía de Maria Laach

Algún interlocutor podría decirnos: “Aguarde un poco. ¿No es todo esto “anticuarianismo tradicionalista”? ¿No somos culpables de hacer lo mismo que hacen nuestros oponentes, es decir, retroceder a formas más antiguas y despreciar los desarrollos posteriores?”.

No: nada de lo que aquí propongo significa “anticuarianismo tradicionalista”. Lo que sí está claro es que el Movimiento Litúrgico se descarriló después de la Segunda Guerra Mundial. Los cambios que se hicieron a los libros litúrgicos desde ese momento en adelante fueron motivados por teorías globales sobre “qué es lo mejor para la Iglesia moderna”, lo cual condujo a las abundantes contradicciones y ambigüedades de la Sacrosanctum Concilium, al reino del terror de Montini-Bugnini y a esa desgraciada coronación de todo esto que fue el Ordo Missae de 1969, junto con otros ritos de ese período.

La idea no es retroceder indefinidamente, sino tomar un Misal que es, en esencia, el codificado por Trento y Pío V, con el tipo de pequeñas adiciones o enmiendas que caracteriza al lento progreso de la liturgia a través de las épocas. Como el P. Hunwicke gusta de decir, durante muchos siglos desde Pío V ha sido posible tomar un Misal viejo, ponerlo sobre el altar y decir la Misa. Los cambios son tan menores que el Misal es virtualmente el mismo desde Quo Primum hasta el siglo XX[4]. Los santos van y vienen, pero incluso el calendario permanece notablemente estable. Sin embargo, luego del reinado de Pío XII, es mucho más difícil que un Misal “viejo” y uno “nuevo” (por ejemplo, los de 1955 de Pacelli, 1962 de Roncalli y 1965 de Montini) compartan el mismo espacio eclesial: no se los puede intercambiar unos por otros incluso en algunos momentos muy importantes del año litúrgico. Esto ya demuestra, de un modo basto y general, que se ha producido una ruptura, incluso antes del Novus Ordo.

La condición impuesta por Pío V de que sólo los ritos que tuvieran más de 200 años pudieran seguir usándose después de la promulgación del Misal tridentino es otra forma de explicar que nuestra argumentación aquí se basa en el sentido común. Un rito de menos de 200 años podría parecer como algo improvisado a nivel local, pero un rito que tiene 200 años o más posee el peso de lo “inmemorial”, algo que no debe ser ni perturbado ni reemplazado. He aquí, en verdad, la razón fundamental de la ilegitimidad del Novus Ordo: aquello que éste vino a reemplazar no era simplemente algo con más de 200 años, sino con 2000 años de historia de uso continuo, que muestra ausencia de rupturas mayores y sólo exhibe una asimilación y expansión graduales. Pero la norma de 200 años de Pío V sugiere también que resucitar algo con menos de 200 años no es necesariamente un ejemplo de anticuarianismo, sino que podría ser una recuperación, simple e inteligente, de algo que se perdió por casualidad, por error en la transmisión, o por una mala política. Así, si ciertas octavas y vigilias se abolieron sólo hace unas cuantas décadas, y si la racionalidad de ello merece ser rechazada, la recuperación de las mismas no puede ser, de modo alguno, ejemplo de anticuarianismo. Después de todo, tal como lo muestra The Case por Liturgical Restoration (pp. 14 y 16), el Antiguo Testamento proporciona ejemplos de restauraciones litúrgicas mucho más dramáticas que lo que la recuperación de ritos pre-Pacelli es para nosotros.

El anticuarianismo o arqueologismo -a menudo acompañado del adjetivo “falso”- es el intento de saltarse a pies juntos los desarrollos medievales y de la Contra-Reforma, a fin de llegar una liturgia cristiana supuestamente “original, auténtica”. El término anticuarianismo no puede aplicarse correctamente cuando se hace a un lado deformaciones modernistas, progresivistas o utilitarias. ¡Qué irónico resultaría si una reacción contra el falso anticuarianismo pudiera ser ahora catalogada como un ejemplo de lo mismo! Digámoslo del siguiente modo: los católicos han sido siempre inteligentemente anticuarios en cuanto que se han preocupado muchísimo y han procurado preservar su legado y tratado de recuperarlo, cuando ha sido saqueado o dañado. El Movimiento Litúrgico, por otra parte, nos dio el espectáculo de un anticuarianismo arbitrario, violento, programático. Estos dos fenómenos son tan distintos entre sí como el patriotismo y el nacionalismo.

Nuestra situación, en la Iglesia latina, ha alcanzado la nitidez de un dibujo impreso: (1) el rito papal moderno, risiblemente denominado rito romano, se ha afirmado como una pseudo-tradición vernacular, “versus populista”, informal, banal y horizontal, como un colaborador de New Liturgical Movement, William Riccio, lo ha descrito con feroz acierto; (2) la “reforma de la reforma”, por la que habían apostado todo lo que les quedaba algunos conservadores esperanzados durante el reinado de Benedicto XVI, no sólo está muerta, sino enterrada y profundamente enterrada; (3) la liturgia latina tradicional, aunque no está fácilmente disponible para todos los que la deseen, está firmemente enraizada en las nuevas generaciones, en todos los continentes y casi en todos los países del mundo, y no da señales de debilidad. Muchos clérigos tradicionalistas preferirían usar un Misal de la primera mitad del siglo XX, y los que no, de los cuales hay muchos, admitirán, en momentos de sinceridad con amigos de confianza, que experimentan dificultades con el ersatz de Semana Santa y con el Misal de Juan XXIII. Para parafrasear a C.S. Lewis, si uno ha doblado en la dirección equivocada, la única manera de seguir adelante es volver atrás; tal es el modo más rápido de continuar.

En este artículo he explicado por qué es legítimo, digno de alabanza y verdaderamente necesario buscar la restauración de la plenitud de la liturgia romana que se perdió en el período post-guerra. No toco aquí la cuestión, más delicada y discutible, de qué clase de autorización, dada por quién, se requiere o podría requerirse para usar una versión más antigua del Misal. No se sigue, del simple hecho de que una versión anterior del Misal es mejor, que cada cual está ipso facto autorizado para permitirse el uso del mismo. Pero sin embargo de los permisos ya otorgado o de los que falta que se otorguen, no deberíamos considerar el año 1962 como el vecindario en que la vida litúrgica puede asentarse. En comparación con el gueto, asolado por las riñas, del Novus Ordo, en que las bandas opuestas de progresistas y conservadores se trenzan en una guerrilla interminable, el statu quo de 1962 parece como mucho más seguro, más amable, más cómodo. Sin embargo, es un estacionamiento, una estación de paso en el camino hacia algo mejor.


[1] No hace falta decir que las fiestas particulares que entraron posteriormente en el calendario, como la de santa Teresa de Lisieux, debieran quedar incluidas.

[2] El arzobispo Gullickson dice, en el mismo discurso: “Y a propósito: en cuanto al calendario, ¿no es mejor el más viejo? Yo diré un vibrante 'sí', en especial si se habla de vigilias y octavas, y si se trata de dar el nombre correcto a los tiempos del año”.

[3] La cuestión de la reforma del Oficio Divino por Pío X es un semillero de problemas aparte. Es fácil advertir que la Iglesia debiera restaurar algunos elementos del Oficio romano tradicional que se perdieron, como los salmos Laudate en Laudes, pero no es en absoluto fácil decir cómo debiera hacerse. La situación del Oficio es muchísimo más compleja que la del Misal del altar o de los otros ritos sacramentales. Afortunadamente, los monjes benedictinos tienen la posibilidad de usar el Antiphonale Monasticum, que quedó casi intacto cuando la ruptura de Pío X.

[4] Se ven cambios más dramáticos en la explicitación de las rúbricas. Clemente VIII hizo un considerable “relanzamiento” del Misal de Pío V, enderezado a aclarar las rubricas. Cualquier edición del Misal, desde Pío X en adelante, incluye un enorme bloque de rúbricas al comienzo, que nunca había estado ahí. Sin embargo, es indiscutible que uno podría usar cualquier edición del Misal, con efecto en la mayoría de las fiestas y del ciclo temporal.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Fiesta de San Juan Evangelista

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 21, 19-24):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a Pedro: Sígueme. Volviéndose Pedro, vio venir detrás al discípulo amado de Jesús, el que en la Cena se había reclinado sobre su pecho y había preguntado: Señor, ¿quién es el que te hará traición? Pedro, pues, habiéndole visto, dijo a Jesús: Señor, ¿qué será de éste? Respondióle Jesús: Si yo quiero que así se quede hasta mi venida ¿a ti qué te importa? Tú sígueme. De ahí que corriese entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Mas no le dijo Jesús: No morirá, sino: Si yo quiero que así se quede hasta mi venida, ¿a ti qué te importa? Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y las ha escrito; y estamos ciertos de que es verdadero su testimonio”.

***

En la iconografía sacra, siguiendo lo que narra el profeta Ezequiel (Ez 1, 10) y se reproduce en el Apocalipsis (Ap 4, 7), San Juan es representado como un águila, el ave que, de todas, es la que vuela más alto: así se dispara su mirada de escritor sagrado a la altura, traspasando los más elevados velos visibles hasta tocar lo invisible. San Juan es, además, quien ha escrito aquello que se cita a veces hasta la náusea, sin ponerlo en su contexto e interpretándolo, por tanto, más románticamente que acertadamente: “Dios es amor” (1 Jn, 4, 8). Y ha escrito también “Dios es luz” (I Jn 1, 5), para distinguirlo de las medias luces, de los grises, de las medias tintas. Y, finalmente, ha escrito las páginas más altas en ciencia y poesía de la Sagrada Escritura en el prólogo de su Evangelio.

Pero éste, que no por nada fue apodado por Jesús “hijo del trueno” junto con su hermano Santiago, es también un hombre que nos habla del mismo Jesús en los términos más concretos, palpables y materiales que encontramos en el Nuevo Testamento: “lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos tocando al Verbo de vida […] lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos a vosotros” (I Jn 1, 1 y ss). El es quien ha acuñado esa fórmula tremenda con que cierra cada Misa: “El Verbo se hizo carne”.

Y, puesto que es como el águila, desde la inmensa altura en que planea, clava la vista en la profundidad de la materia y desciende sobre ella con la fuerza y el corte de una garra filuda: porque San Juan es quien, sin tapujos, condena a quienes, ya en su tiempo, se apartaban de la doctrina ortodoxa: dice a la iglesia de Pérgamo “tengo algo contra ti, que toleras ahí a quienes siguen la doctrina de Balam […] Así también toleras tú a quienes siguen de igual modo la doctrina de los nicolaítas” (cuyas obras ha declarado, poco antes, “aborrecer”). Y dice crudamente a la iglesia de Tiatira: “tengo contra ti que permites a Jezabel, esa que a sí misma se dice profetisa, enseñar y extraviar a mis siervos hasta hacerlos fornicar”. Y a la iglesia de Laodicea le dice en palabras tan terribles como famosas: “Conozco tus palabras y que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!; mas, porque eres tibio, y no eres ni caliente ni frío, estoy para vomitarte de mi boca”.

¡Qué distancia inmensa hay entre este “apóstol del amor” y ese cristianismo edulcorado del “al final, todos se salvan”, que se niega a juzgar los actos morales del hombre, que piensa que, ablandando la oblea de la fe, la hará tragar más fácilmente por gargantas rebeldes y endurecidas; que lo condona absolutamente todo, que se adapta a todo para no causar incomodidad alguna ni por frío ni por calor!

No hay nada más lejano a este campeón del “amor” que una religión concebida dentro de los límites de lo razonable, desprovista de toda heroicidad, de toda auténtica grandeza, de toda arista, de todo filo. Una religión que no exige, que no discrimina, que no atemoriza con la Verdad ni con el Verbo, palabra de Dios que es más penetrante que una espada de dos filos. 

En los últimos cincuenta o sesenta años los católicos han sido tristes testigos de una religión semejante, prolijamente deshuesada para que nadie choque contra ella. Una religión así no es la religión “del amor”, sino, recurriendo a la imagen que usaba C.S. Lewis, es la del abuelito chocho que lo único que quiere es que sus nietos, hagan lo que hagan, “sean felices”. 

Juan Bautista Maíno, San Juan Evangelista en Patmos, 1612-1614, Museo del Prado (España)
(Imagen: Wikipedia)

sábado, 26 de diciembre de 2020

Natividad del Señor

 

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto de la Misa de Medianoche de hoy es el siguiente (Lc 2, 1-14):

“En aquel tiempo, se promulgó un edicto de César Augusto, mandando empadronarse a todo el mundo. Este primer empadronamiento fue hecho por Cirino, gobernador de la Siria. Y todos iban a empadronarse, cada cual a la ciudad de su estirpe. José, pues, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, la cual estaba encinta. Y estando allí aconteció que se cumplieron los días del parto. Y dio a luz a su Hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo recostó en un pesebre, porque no quedaba lugar para ellos en el albergue. Había unos pastores en aquellas cercanías, que estaban vigilando durante la noche, guardando su ganado, cuando he aquí se puso junto a ellos un Ángel del Señor, y la claridad de Dios los cercó de resplandor, y tuvieron gran temor. Pero díjoles el Ángel: No temáis, porque vengo a anunciaros un gran gozo que lo será también para todo el pueblo: y es que hoy os ha nacido el Salvador, que es Cristo el Señor, en la ciudad de David. Esta será para vosotros la señal: Hallaréis al Niño envuelto en pañales, y puesto en un pesebre. Y de pronto apareció con el Ángel un ejército numeroso de la milicia celestial, alabando a Dios y diciendo: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!”.

***

Reproducimos aquí el magnífico Sermón 184 de San Agustín sobre el Nacimiento del Señor:

“Un año más ha brillado para nosotros -y hemos de celebrarlo hoy- el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, gracias al cual la Verdad ha brotado de la tierra y el Día del Día ha venido a nuestro día. Alegrémonos y regocijémonos en él. La fe cristiana atesora lo que nos ha aportado la humildad de persona tan excelsa, de lo que está vacío el corazón de los incrédulos, dado que Dios escondió estas cosas a los sabios e inteligentes y las reveló a los pequeños. Posean, por tanto, los humildes la humildad de Dios para llegar, con tan grande ayuda, cual montura para su debilidad, a la excelencia de Dios. En cambio, aquellos sabios y prudentes que buscan la sublimidad de Dios sin creer en su humildad, al prescindir de ésta, tampoco alcanzan aquélla; por su vaciedad y levedad, su hinchazón y altivez, quedaron como colgados entre el cielo y la tierra, en el espacio intermedio propio del viento. Son sabios e inteligentes, pero según este mundo, no según el creador del mundo. Pues si morase en ellos la verdadera Sabiduría, la que es de Dios y ella misma es Dios, comprenderían que Dios pudo tomar la carne sin que pudiese transformarse en carne; comprenderían que asumió lo que no era y permaneció siendo lo que era; que vino a nosotros en condición humana, pero sin apartarse del Padre; que continuó siendo lo que es y a nosotros se nos manifestó en lo que somos; que el Poder se encerró en el cuerpo de un niño sin sustraerse a la mole del mundo.

“El que hizo el mundo entero cuando permanecía junto al Padre es el autor del parto de una virgen cuando vino a nosotros. Su majestad nos la manifestó la Virgen madre, tan virgen después del parto como antes de concebirlo. Su esposo la encontró embarazada, no la dejó embarazada él; embarazada de un varón mas no por obra de varón; tanto más feliz y digna de admiración cuanto que, sin perder la integridad, obtuvo el don de la fecundidad. Aquellos sabios e inteligentes prefieren juzgar ficción, antes que realidad, tan gran milagro. Así, respecto a Cristo, hombre y Dios, como no pueden creer lo humano, lo desprecian, y como no pueden despreciar lo divino, no lo creen. Cuanto más abyecto es para ellos, tanto más grato sea para nosotros el cuerpo humano al humillarse Dios, y cuanto más imposible lo consideran ellos, tanto más divino sea para nosotros el parto de una virgen al dar a luz a un hombre.

“Por tanto, celebremos el nacimiento del Señor con la asistencia y aire de fiesta que merece. Exulten de gozo los varones, exulten las mujeres: Cristo nació varón, nació de mujer, quedando honrados ambos sexos. Pase, pues, ya al segundo hombre quien había sido condenado antes en el primero. Una mujer nos había inducido a la muerte, una mujer nos alumbró la vida. Ha nacido la semejanza de la carne de pecado con que se purificaría la carne de pecado. No se culpe, pues, a la carne, mas, para que viva la naturaleza, muera la culpa, dado que nació sin culpa aquel en quien ha de renacer quien se había hallado en la culpa.

“Regocijaos vosotros, santos siervos de Dios, que elegisteis seguir ante todo a Cristo; vosotros que no buscasteis el matrimonio. Aquel a quien encontrasteis merecedor de seguimiento no llegó hasta vosotros mediante el matrimonio para concederos menospreciar la vía por la que vinisteis. En efecto, vosotros vinisteis a través del matrimonio carnal, sin el cual accedió él al matrimonio espiritual. Y os otorgó menospreciar el matrimonio a vosotros, a los que, de modo especial, os llamó a su boda. Por tanto, no buscasteis lo que está en el origen de vuestro nacimiento, porque habéis amado más que los demás a aquel que no nació de esa forma.

“Saltad de gozo vosotras, vírgenes santas: la virgen os alumbró a aquel con quien podéis casaros sin perder la virginidad; vosotras, que, al no dar a luz ni concebir, no podéis perder eso que amáis.

“Exultad de gozo vosotros, los justos: ha nacido el que os justifica. Exultad vosotros, los débiles y los enfermos: ha nacido el que os sana. Exultad vosotros, los cautivos: ha nacido el que os redime. Exulten los siervos: ha nacido el Señor. Exulten los hombres libres: ha nacido el que los libera. Exulten todos los cristianos: ha nacido Cristo”.

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Pedro Pablo Rubens, La adoración de los Reyes Magos, 1609-1628,  Museo del Prado (España)
(Imagen: Catholic Link)

El que, nacido del Padre, creó todos los siglos, enalteció este día, al nacer aquí de una madre. Ni aquel nacimiento pudo tener madre ni éste buscó padre humano. En definitiva, Cristo nació de padre y de madre, y sin padre y sin madre. En cuanto Dios, nació de padre; en cuanto hombre, de madre; en cuanto Dios, sin madre, y en cuanto hombre, sin padre. Por tanto, ¿quién narrará su nacimiento?, ya sea aquel, sin tiempo, ya sea este, sin semen; aquel, sin comienzo; este, sin otro igual; aquel, que existió siempre; este, que no existió ni antes ni después; aquel, que no tiene fin; este, que tiene el comienzo donde el fin.

Con razón, pues, los profetas anunciaron que había de nacer, y los cielos y los ángeles, en cambio, que había nacido. El que contiene el mundo yacía en un pesebre; no hablaba aún, y era la Palabra. Al que no contienen los cielos, lo llevaba el seno de una sola mujer. Ella gobernaba a nuestro rey; ella llevaba a aquel en quien existimos; ella amamantaba a nuestro pan. ¡Oh debilidad manifiesta y asombrosa humildad, en la que de tal modo se ocultó la divinidad entera! Gobernaba con su poder a la madre, a la que estaba sometida su infancia, y alimentaba con la verdad a aquella de cuyos pechos mamaba. Lleve a término en nosotros sus dones el que no desdeñó asumir también nuestro comienzo, y háganos hijos de Dios el que por nosotros quiso ser hijo del hombre.

viernes, 25 de diciembre de 2020

Feliz Navidad

La Asociación Litúrgica Magnificat le desea a todos sus feligreses y bienhechores, así como a los lectores de esta bitácora, una muy feliz y santa Navidad. Que la paz de Cristo se derrama sobre todos, colmándonos de abundantes frutos de su gracia. 

Quare fremuérunt gentes: et pópuli meditáti subt inánia?

(¿Por qué se han envanecido las naciones, y los pueblos maquinaron proyectos vanos contra Dios?)

Del Introito de la Misa del Gallo (Sal 2, 7)

El Greco, Adoración de los pastores, 1612-1614, Museo del Prado (España)
(Imagen: Wikipedia)