lunes, 30 de noviembre de 2020

Primer Domingo de Adviento


Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (San Lucas 21, 25-33):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: habrá señales en el sol, en la luna y las estrellas, y en la tierra consternación de las gentes, por la confusión que causará el ruido del mar, y de sus olas; secándose los hombres por el temor y recelo de las cosas que sobrevendrán a todo el universo, porque las virtudes de los cielos se bambolearán. Y entonces verán al Hijo del hombre venir sobre una nube con gran poder y majestad. Cuando comenzaren, pues, a cumplirse estas cosas, mirad y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención. Y les dijo este símil: Ved la higuera y todos los árboles: cuando producen ya de sí el fruto, sabéis que está cerca el verano; así también, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. En verdad os digo, que no pasará esta generación, hasta que todo esto se cumpla. El cielo y la tierra pasarán; pero mis palabras no pasarán”.

***

San Bernardo escribe, en el Tercer Sermón del Adviento: 

Conocemos, efectivamente, tres venidas suyas: a los hombres, en los hombres y contra los hombres. Vino para todos los hombres sin condición alguna, pero no así en todos o contra todos. La primera y tercera venidas son conocidas por ser manifiestas. Sobre la segunda, que es espiritual y latente, escucha al Señor lo que dice: El que me ama, cumplirá mi palabra; mi Padre lo amará, vendremos a él y en él haremos una morada. Dichoso aquel en quien haces tu morada, Señor Jesús”.

Vino el Señor a los hombres de un primer modo manifiesto en la Navidad, cuando apareció en el paupérrimo establo de Belén, para atraernos con la figura tierna de un recién nacido. 

La segunda venida tiene lugar en el tiempo presente, y es espiritual y escondida, y se produce en lo íntimo del corazón del hombre: “El que me ama, cumplirá mi palabra; mi Padre lo amará, vendremos a él y en él haremos una morada”. Para querer que venga, y para preparar su venida en nuestra alma, tenemos el lapso de toda nuestra vida: Dios a cada uno le da el tiempo suficiente para querer su venida a nuestra alma, y nos da los medios para hacerla posible. Sin embargo, todos tenemos conciencia de aquello que decía Lope de Vega: “¡Cuántas veces el ángel me decía:/ Alma, asómate agora a la ventana,/ verás con cuánto amor llamar porfía!/ Y cuántas, hermosura soberana:/Mañana te abriremos, respondía/ para lo mismo responder mañana”. Pues bien: el Adviento es el tiempo de abrir la puerta, y de “temer a Jesús que pasa, y que quizá no vuelva a pasar”.

La tercera venida es la que está en el futuro, un futuro incierto en cuanto al momento, pero que sí llegará, y sabemos cómo ha de ocurrir: “habrá señales en el sol, en la luna y las estrellas, y en la tierra consternación de las gentes, por la confusión que causará el ruido del mar, y de sus olas; secándose los hombres por el temor y recelo de las cosas que sobrevendrán a todo el universo, porque las virtudes de los cielos se bambolearán. Y entonces verán al Hijo del hombre venir sobre una nube con gran poder y majestad”.

Dice el papa San Gregorio Magno en el tercer nocturno de los Maitines de este primer domingo de Adviento: 

Nuestro Señor y Redentor quiere hallarnos preparados, por lo cual nos anuncia qué males ha de experimentar este siglo que envejece, a fin de reprimirnos con amor. Nos anuncia, en efecto, al aproximarse el fin, cuántas calamidades lo precederán, para que, si no hemos querido aprender el temor de Dios en la tranquilidad, quizá nos mueva a hacerlo el miedo del juicio venidero y de aquellos males”. 

El Juicio Final, Miguel Ángel Buonarroti, 1536-1541, Capilla Sixtina, Ciudad del Vaticano

¡Cuán carnal y pagana se ha vuelto la Navidad en estos últimos tiempos, cuando no pensamos sino en las frivolidades de lo que ese mundo tenebroso (más tenebroso cuantas más lucecitas cuelga) ha dado en llamar, descristianizándolas, “las fiestas de fin de año”! Por eso, aprovechando la riqueza de la liturgia de este tiempo, citemos también lo que nos dice el papa San León Magno: 

Cuando el Salvador instruye a los Apóstoles y a toda la Iglesia sobre la venida del reino de Dios y el fin del mundo y del tiempo, nos dice: Tened cuidado de no endurecer el corazón en comilonas y ebriedades […] conviene pues a los hombres prepararse para su venida, para que no encuentre a nadie entregado al vientre o a las preocupaciones mundanas. La cotidiana experiencia nos enseña que el exceso de bebida embota el filo de la mente, y la demasiada comida debilita el vigor del corazón, por lo cual el deleite de la comida es contrario a la salud del cuerpo si no se lo modera por la templanza […] Es propio del alma privar de algunas cosas al cuerpo que le está sujeto y apartarse de las cosas exteriores que le son nocivas, para que, libre de las carnales concupiscencias, pueda ella dedicarse en su interior a la meditación de la divina sabiduría y, acallado el tumulto de los cuidados externos, gozarse en la contemplación de las cosas santas y en la posesión de aquellos bienes que han de durar eternamente”.

sábado, 28 de noviembre de 2020

500 años de la primera Misa celebrada en Chile

Hasta la construcción del Canal de Panamá, inaugurado el 15 de noviembre de 1914, la única vía de comunicación entre el Océano Pacífico y el Océano Atlántico era el paso natural que hoy conocemos como Estrello de Magallanes. Su nombre proviene del navegante portugués Fernão de Magalhães (1480-1521), castellanizado como Hernando de Magallanes, quien zarpó del puerto de Sevilla el 10 de agosto de 1519 con una flota de cinco naves (Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago) y el propósito de encontrar una ruta hacia las islas de las especias navegando hacia el Oriente. La empresa exigía explorar las nuevas tierras descubiertas por Colón en 1492 y fue rechazada inicialmente por el rey Manuel I de Portugal. El rey Carlos I de España, que a la sazón tenía 18 años, se dejó convencer por el proyecto y apoyó la expedición, designando a Magallanes como capitán general de la "Armada para el descubrimiento de la especería". 

Hernando de Magallanes
El retrato es una variante recortada de la copia que se guarda en el Museo Naval de Madrid
(Imagen: Wikipedia)

Después de cruzar el Océano Atlántico, la expedición se topó con el continente americano a la altura de la Bahía de Santa Lucía, en la costa de Brasil, el 29 de noviembre de 1519. Durante varios meses, ella exploró el litoral occidental de América del Sur, hasta que el 21 de octubre de 1520, fiesta de Santa Úrsula, descubrió un intrincado estrecho que parecía permitir el tránsito hacia el Oriente. El cruce duró hasta el 27 de noviembre, cuando la flota logró salir a las aguas del Océano Pacífico. Como por esos días se celebraba la fiesta litúrgica del 1° de noviembre, Magallanes bautizó la vía descubierta como Canal de Todos los Santos. Para entonces, la flota estaba mermada por motines y la componían sólo tres embarcaciones: Trinidad, Concepción y Victoria. En la primera de ellas viajaba Magallanes.  

El territorio circundante fue bautizado por los tripulantes de la expedición de Magallanes como "Tierra de los Patagones", en honor a los habitantes originales del sector, denominados "patones" o "patagones", debido a las enormes pisadas que dejaban en la nieve. También le dieron el nombre de "Tierra de los fuegos". La razón era la misteriosa existencia de luces en las laderas de los canales. Los viajeros, pensando que correspondían a fogatas encendidas por los habitantes de la zona, desembarcaba para explorar la costa. Sin embargo, no encontraban vestigios de asentamientos humanos ni rastros de los fuegos avistados.

Un vez en el Océano Pacífico, la flota tomó rumbo hacia el nororiente. La resto del viaje estuvo plagado de contratiempos y dificultades. Tras la muerte de Magallanes en Filipinas, el 27 de abril de 1521, durante una escaramuza con los indígenas, fue elegido jefe de la expedición Gonzalo Gómez de Espinosa (1479-1540) y al frente de la nao Victoria se puso de capitán Juan Sebastián Elcano (1486-1526). Tras arribar a las islas Molucas, objetivo del viaje, se emprendió el regreso a España.

Elcano atravesó el Océano Índico y dio la vuelta a África, evitando cuidadosamente los puertos africanos, controlados por los portugueses, hasta completar la primera circunnavegación del globo. Regresó a la costa española y recaló en Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522. El mismo día de la llegada tomó a su servicio un barco para remolcar la Victoria por el río Guadalquivir hasta Sevilla, por el mal estado en que se encontraba la nave. Los oficiales de la Casa de la Contratación prepararon una lancha con doce remos, cargada de provisiones frescas. Dos días después atracaba en Sevilla la Victoria. En el muelle esperaban las autoridades de la ciudad y los miembros de la Casa de la Contratación en pleno, junto a un numeroso público que contemplaba la entrada al puerto de la desvencijada nave. Habían pasado más de dos años desde su zarpe, con miles de kilómetros recorridos y tribulaciones superadas.  

Réplica de la nao Victoria anclada en Sevilla
(Foto: Wikipedia)

Pero aquel 8 de septiembre, los navegantes no desembarcaron, para no interrumpir la fiesta de la Natividad de María. Lo hicieron a la mañana siguiente, en camisa y descalzos, con cirios en las manos y en procesión. Se dirigieron a la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria y a la capilla de la Virgen de la Antigua de la Catedral de Sevilla, a la que se habían encomendado antes de iniciar el viaje. De los 239 hombres que iniciaron el viaje bajo el mando de Hernando de Magallanes solamente dieciocho regresaron a España a las órdenes de Elcano después de haber superado los temporales, las inclemencias del tiempo y los ataques sufridos. Sin saberlo, esos hombres habían sido protagonistas de uno de los momentos estelares de la humanidad: habían completado la primera circunnavegación de la Tierra de la que se tenga noticia, descubriendo el único paso natural entre dos océanos. 

En una carta curiosa, donde incluso lo tutea, Elcano solicitó al rey Carlos I de España que por su gesta le fuere concedido el hábito de caballero de la Orden de Santiago (el mismo que tenía Magallanes), la Capitanía Mayor de la Armada y un permiso para poder llevar armas, pero estos honores le fueron denegados a través de su secretario Francisco de los Cobos. El rey sólo accedió a concederle una renta anual de quinientos ducados, una suma realmente importante para la época, y, como cimera de su escudo, una esfera del mundo con la leyenda en latín: "Primus circumdedisti me" ("Fuiste el primero que la vuelta me diste").

Escudo de armas de Juan Sebastián Elcano
(Imagen: Wikipedia)

Juan Sebastián Elcano murió cristianamente el 4 de agosto de 1526, cuando realizaba una segunda expedición a las Islas Molucas. Existe discusión si la causa de su muerte fue el escorbuto o ciguatera, aunque es más probable la segunda. Algunos días antes, el 26 de julio, había otorgado testamento. En él detalle todos sus bienes y herederos, encomienda su alma a Dios y hace numerosas mandas a iglesias de su natural Guipúzcoa.

Después Pedro Sarmiento de Gamboa (1532-1592) cambiará el nombre de este paso natural entre los dos océanos por el de "Estrecho de la Madre de Dios". Con el tiempo, el estrecho comenzó a ser conocido con el nombre que hace honor a su descubridor. El Estado de Chile tomó posesión de él en 1843. Por orden del presidente Manuel Bulnes, el 22 de mayo de ese año zarpó desde Ancud la goleta del mismo nombre al mando del capitán de fragata Juan Williams Wilson (1798-1857), padre del vicealmirante Juan William Rebolledo (1825-1910), comandante de la Escuadra Nacional durante la Guerra del Pacífico. 

El 21 de septiembre, John Williams fondeó en Puerto del Hambre. El mismo día, en la Punta Santa Ana, procedió a efectuar la toma de posesión del estrecho de Magallanes y territorios adyacentes a nombre del Gobierno de Chile, bajo la fórmula "¡Dios salve a la Patria!" y "¡Viva Chile!", y con las formalidades correspondientes. Efectuada esta ceremonia, el capitán William recorrió la costa en búsqueda del lugar más apropiado para establecer un fuerte en el que dejaría al personal designado, finalmente el 12 de octubre regresó a la bahía San Juan y decidió fundarlo en la misma punta Santa Ana donde había sido la toma de posesión. El 30 de octubre el fuerte, bautizado como Fuerte Bulnes, em honor del presidente de la República, estuvo listo para ser habitado. Hasta el 11 de noviembre se aprovisionó y ese día Williams lo entregó oficialmente al teniente de artillería Manuel González Hidalgo, investido como gobernador y al mando de dos suboficiales, cinco soldados, dos mujeres y el piloto Jorge Mabón. Williams emprendió el regreso a Ancud el 15 de noviembre, recalando a ese puerto el 5 de diciembre de 1843.

Ceremonia militar en recuerdo de la toma de  posesión del Estrecho de Magallanes a nombre de la República de Chile
(Foto: Wikipedia)

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El descubrimiento del Estrecho de Magallanes también es importante para la historia religiosa del país, pues fue ocasión del paso de la expedición de dicho navegante portugués que se rezó en Chile la primera Misa. La mermada flota había recalado en una rada situada a 185 kilómetros al suroeste de Punta Arenas. El domingo 11 de noviembre de 1520, fiesta de San Martín de Tours, la Divina Providencia quiso que se ofreciera el Santo Sacrificio en estas nuevas tierras. Pedro de Valderrama, capellán de la nao Trinidad y confesor de Magallanes y de su tripulación, desembarcó en el que fue nombrado como Puerto de las Sardinas esa mañana de primavera para celebrar la Santa Misa teniendo como altar natural la explanada situada a los pies del monte de la Cruz, de casi 1000 metros de altura. Dicho lugar cambió su nombre en 1669 a Bahía Fortescue debido al navegante inglés John Narborough (1640-1688), como lo conoce hoy la topografía oficial. 

Siete meses antes, el 1° de abril, fray Valderrama había celebrado la Santa Misa por primera vez en suelo argentino, aprovechando el desembarco ordenado por Magallanes en Puerto San Julián, hoy provincia de Santa Cruz, para pasar el invierno. 

Además, a fines de noviembre de ese año de 1520, se registró otro acontecimiento importante para la Iglesia católica chilena. El capellán Pedro de Valderrama impartió el sacramento del bautismo al indígena Patagón Pablo, siendo la primera persona en ser incorporado a la Iglesia de Cristo en estas nuevas tierras. Otra primicia sacramental, regalo del Señor, semillas del Reino esparcidas en la Patagonia para la mayor gloria de Dios. De ahí que, evocando el cántico de Habacuc (3, 3), S.E.R. Pedro Giacomini (1904-1982), salesiano y Administrador Apostólico del Vicariato Apostólico de Magallanes, haya elegido como lema del Congreso Eucarístico Nacional celebrado en Punta Arenas en 1946 el versículo Deus ab austro veniet” (El Señor entró por el sur”). La Diócesis de Punta Arenas, bajo la dedicación de María Auxiliadora, fue erigida por el papa Pío XII el 21 de enero de 1947.

Representación de la Misa celebrada el 11 de noviembre de 1520 por fray Pedro de Valderrama en Bahía Fortescue
(Imagen: Youtube)

Poco de sabe de este fray Pedro de Valderrama, pues hay otro religioso agustino del mismo nombre que vivió entre 1550 y 1611 y desempeño diversos oficios. Se tiene noticia que nació en Écija, provincia de Sevilla, durante el último tercio del siglo XV. No sé sabe con certeza a qué orden pertenecía, pero se piensa que era franciscano o dominico, dado que en los documentos que se conserva reciben el título de "fray" y esas órdenes mendicantes eran las dos que tenían conventos establecidos en su ciudad natal. Mantuvo su celo misionero hasta el final, sufriendo el martirio. 

Casi un año después de descubrir la Patagonia, la expedición llegó a un lugar que sería fatídico: las Filipinas. En la isla de Masaguá o Massana desembarcan el 31 de marzo. Antonio Pigafetta (1480-1534), el cronista italiano de la flota que sería uno de los pocos en completar el viaje, deja el recuerdo de lo sucedido ese día: "Al oficio de ese día de Pascua, asisten el rey y su hermano. Antes que comenzase la Misa, el comandante aspergió a los dos reyes con agua almizclada. En el momento de la oblación, fueron, como nosotros, a besar la cruz, pero no hicieron el ofrecimiento, y en el momento de alzar, adoraron la Eucaristía con las manos juntas, imitando siempre lo que hacíamos. En este instante, las naves, habiendo visto la señal, hicieron una descarga general de artillería. Después de la Misa, algunos de nosotros comulgaron, y en seguida el comandante hizo ejecutar una danza con espadas, lo que produjo mucho placer a los soberanos".

En la isla de Cebú, conocida también como Reina del Sur, fray Pedro de Valderrama continúo sus labores evangelizadoras, bautizando una gran cantidad de conversos al catolicismo. El 21 de abril de 1521 fue erigida en esa isla una cruz que todavía se conserva y venera. Hoy está situada en una capilla al lado de la Basílica del Santo Niño en la calle de Magallanes, en frente del ayuntamiento de Cebú. Un letrero debajo de la cruz de madera ubicada en el centro de la capilla describe que la cruz original está debajo de ella. Se protege de esta forma la cruz de curiosos que pretendan llevarse trozos de la cruz como recuerdo o con la esperanza de adquirir poderes milagrosos. 

Según el registro depositado en el Archivo de Indias, fray Valderrama murió el 1° de mayo de 1521, cuatro días después de Hernando de Magallanes, también fruto del ataque traicionero de las huestes de Lapulapu. 

Cruz de Magallanes en Cebú, Filipinas
(Foto: LovePik)

La expedición de Magallanes tenía otros dos capellanes: Pedro Sánchez de la Reina y Bernardo Calmetas. Ninguno de ellos atravesó el estrecho. 

Pedro Sánchez de la Reina era el capellán de la Concepción. Fue uno de los 44 tripulantes que, bajo las órdenes del veedor Juan de Cartagena, se amotinó en el Puerto de San Julián, Argentina. Por haber amenazado a Magallanes con "el fuego del infierno", fue condenado al destierro en una isla desierta junto con quien había comandado la insurrección. Ambos fueron dejados en tierra el 21 de agosto de 1521. 

Bernardo Calmetas era un clérigo nacido en Laitora, Francia, que viajaba en la San Antonio, cuya tripulación se sublevó en el estrecho de Magallanes el 1° de noviembre de 1520 siguiendo las instrucciones del piloto Esteban Gómez. Destituido el capitán Álvaro de Mesquita, primo de Magallanes, los marineros decidieron regresar a España. La nave enderezó su rumbo hacia el Puerto de San Julián para rescatar a Cartagena y Sánchez, pero no encontró rastro de ninguno de los dos. Continuó su rumbo, llegando a Sevilla el 6 de mayo de 1521.

Chile no volvería a ver renovado el Santo Sacrificio sobre su territorio hasta 1536, cuando los PP. Antonio Solís y Antonio de Almanza, ambos mercedarios, llegaron junto con la expedición de Diego de Almagro que bajaba desde Perú. 

Primera Misa en Chile, 1904, Dom Pedro Subercaseaux OSB, Museo Histórico Nacional
(Imagen: FSSX.news)

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Diversas ceremonias se programaron para celebrar el quinto centenario de la primera Misa en territorio chileno. 

La primera de ellas tuvo lugar el día 20 de octubre en la bahía Fortescue y contó con la especial participación del Buque Escuela Esmeralda, de Chile, y Juan Sebastián Elcano, de España. En la oportunidad se ofició una Misa de acción de gracias a bordo de la fragata Almirante Williams y se inauguró la cruz conmemorativa de los 500 años de la Misa rezada por fray Pedro de Valderrama.

La flamante Cruz del Puerto de las Sardinas fue erigida por la Armada de Chile y debe su nombre al que Magallanes pusiera a este accidente geográfico marítimo en noviembre de 1520.

Cruz erigida por la Armada de Chile en Puerto de las Sardinas (Bahía Fortescue) en conmemoración del quinto centenario de la primera Misa celebrada en el país

El domingo 8 de noviembre, coincidiendo con el inicio del Mes de María, se celebró otra Misa de acción de gracias en la ciudad de Punta Arenas, que fue presidida por el obispo de Magallanes, S.E.R. Bernardo Bastres, quien ya había rezado la Santa Misa en Bahía Fortescue en años anteriores (véase aquí la noticia que dimos de una de esas Misas). La grabación de dicha Misa puede verse en este enlace

S.E.R. Bernardo Bastres, obispo de Punta Arenas

En esa ocasión fue leído el mensaje autógrafo dirigido por el papa Francisco al obispo de Punta Arenas, donde recuerda la celebración de la primera Misa en territorio chileno. Por error, la carta está fechada el día 9 de noviembre. Correspondió el honor de hacer esa lectura el Mateo Martinic Beros, conocido historiador de Magallanes. 




Nota de la Redacción: Esta entrada ha sido compuesta a partir de la información disponible en las entradas relativas a Hernando de Magallanes, Juan Sebastián Elcano y la expedición Magallanes-Elcano de Wikipedia. El cruce del estrecho se encuentra relatado en este libro de Mateo Martinic Beros. La vida de fray Pedro de Valderrama viene contada en este artículo. Las menciones a los otros dos capellanes de la expedición proviene de Vida Nueva Digital. Las referencias a las celebraciones por el quinto centenario de la primera Misa celebrada en Chile están tomadas de aquí, aquí, aquí y aquí. El Búho Escrutador ha publicado también una breve nota del aniversario, enlazando otras publicaciones. Por último, la carta del papa Francisco está publicada aquí

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Ultimo Domingo después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt. 24, 15-35):

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando viereis que la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, está en el Lugar Santo -el que esto lee, entienda bien- entonces los que estén en la Judea huyan a los montes; y el que en el tejado, no baje a tomar cosa alguna de su casa; y el que en el campo, no vuelva a tomar su vestido. Mas ¡ay de las mujeres encinta, o de las que estén criando en aquellos días! Rogad, pues, que vuestra huida no suceda en invierno o en sábado. Porque habrá entonces grande tribulación, cual no se vio desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá jamás. Y, si no fuesen abreviados aquellos días, nadie se salvaría; mas en gracia a los elegidos, serán abreviados aquellos días. Entonces si alguno os dijere: Mirad el Cristo está aquí o allí, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos Profetas y obrarán grandes señales y prodigios, de modo que (si pudiera ser) caigan en error aun los escogidos. Ya estáis prevenidos. Si, pues, os dijeren: Mirad que está en el desierto, no salgáis; mirad que está en las cavernas, no lo creáis. Porque como el relámpago sale del Oriente y se deja ver hasta el Occidente, así será también la venida del Hijo del hombre. Donde quiera que estuviere el cadáver, allí se juntarán también las águilas. Y luego después de la tribulación de aquellos días, el sol se obscurecerá, la luna no dará su luz, las estrellas caerán del cielo, y las virtudes de los cielos se bambolearán; y entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo; y entonces plañirán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del hombre que vendrá sobre las nubes del cielo, con gran poder y majestad. Y enviará sus Ángeles con trompetas y voz potente; y reunirán a sus escogidos de los cuatro vientos, desde lo sumo de los cielos, hasta su extremidad. Escuchad una comparación tomada de la higuera: cuando sus tallos están ya tiernos y las hojas han brotado, sabéis que está cerca el verano; pues del mismo modo, cuando viereis todo esto, sabed que el Hijo del hombre está cerca, a las puertas mismas. En verdad os digo, que no pasará esta generación sin que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.

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En mil ocasiones el Señor nos pide que creamos, que tengamos confianza. En estos que la Escritura llama “últimos tiempos”, en cambio, el Señor nos aconseja no creer, ser desconfiados y reticentes. Porque estos “últimos tiempos” que la Iglesia ha comenzado a vivir hace ya dos mil años, son tiempos de confusión y de error, de engaños y sutiles deformaciones de la verdad, hábilmente disimulados, escritos al margen del texto, o a pie de página (Derrida, filósofo de la llamada “deconstrucción”, advierte que es en lo que se quiere quitar de la mirada inmediata, en los pies de página o en las notas al margen, donde se revela la verdadera intención del autor). ¿Acaso la propia Escritura no nos anuncia una “gran apostasía”, de la cual quedará exenta sólo un pequeño número, el que ella misma llama “el resto de Israel”?

Pero, ¿acaso los católicos no tenemos el consuelo de contar con un Papa infalible? Peligroso consuelo. Uno de los errores más difundidos en el mundo católico actual es el que se refiere a la infalibilidad papal. Ha habido Papas que cometieron errores doctrinales, como Juan XXII respecto del juicio particular que sigue inmediatamente a la muerte, aunque luego se retractaron debidamente. Y es que la infalibilidad papal es privilegio de contadísimos pronunciamientos del Sumo Pontífice en materia de fe, con el añadido de que deben cumplir con las más estrictas condiciones de forma y fondo. Por eso, cuando incluso algún Papa locuaz nos diga, sin cumplir esas condiciones, que el Señor está “allá afuera”, que hay que salir a buscarlo, que hay que abrir puertas y ventanas e ir corriendo a encontrarlo, no ya en el desierto o las cavernas, sino en “los pobres” o en “la naturaleza maltratada por el hombre” o en la “fraternidad universal de las religiones”, no lo creamos sin más.

"Los gobernantes civiles tendrán todos un mismo plan, que será abolir y hacer desaparecer todo principio religioso, para dar lugar al materialismo, al ateísmo, al espiritismo y a toda clase de vicios"  (Nuestra Señora de La Salette)

Entonces, ¿qué hacer? ¿Deberemos remitirnos, en último término, a nuestra propia conciencia, a nuestro examen privado y particular de cómo van “los brotes de la higuera”, como lo han propuesto últimamente algunos pseudo-católicos en materias de moral política? No: como cada uno de nosotros sabe por experiencia propia, nuestra conciencia puede convertirse, con extraordinaria facilidad, en la gran mentirosa que nos acecha, en la peor mentirosa de todas, a menos que esté sólidamente moldeada y apoyada por una norma exterior objetiva e independiente de nosotros mismos, ante la cual nos rendimos.

Y ¿dónde encontrar esa norma en comparación con la cual podemos saber si nuestra conciencia es o no es errada; una norma que nos garantiza la verdad de lo bueno y lo malo y de lo que está pasando en estos aciagos tiempos y de si el Señor está acá o allá? El lugar de esa norma es la Tradición de la enseñanza de la Iglesia, mantenida invariable, coherente, universal y constantemente a través de los siglos por gracia del Señor que no la abandona. Cualquier enseñanza posterior en el tiempo que no sea perfectamente coherente con las enseñanzas anteriores, no es digna de confianza, sino que es ese “alguno” que nos dice que el Señor “está aquí” o “está allá”. No creamos lo que semejante enseñanza nos dice. La doctrina sólo crece por incremento de lo ya existente, no por negación ni novedades. No creamos  a ciegas. Es consejo del Señor.

sábado, 21 de noviembre de 2020

El hombre moderno y la Tradición

Les ofrecemos hoy un artículo publicado hace ya cuatro años por el Dr. Peter Kwasniewski, el cual no ha perdido vigencia. El argumento es que siempre es posible recuperar la Tradición, sin importar cuán roto parezca el vínculo con ella. Los elementos son muy similares a los que propone John Senior en La restauración de la cultura cristiana y consisten en acudir al patrimonio literario, ascético y de piedad que ha ido desarrollando la Iglesia por siglos. 

El artículo fue publicado en The New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan la versión original. 

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¿Está el hombre moderno irreparablemente separado de la Tradición?

Peter Kwasniewski 

Algunos pensadores modernos -pienso especialmente en Charles Taylor- escriben, a menudo con una suerte de melancólico fatalismo, sobre cómo el hombre moderno está irremediablemente separado de sus raíces antiguas y medievales, y sobre cómo hemos logrado grandes beneficios materiales políticos a expensas de nuestra vida espiritual y cultural (lo cual me huele, debo admitirlo, a pacto con el diablo). Lo más importante es que esos pensadores hablan como si estuviéramos sentenciados a permanecer en esta prisión del presente a pesar de los deseos y aspiraciones que podamos tener, y a pesar de lo mucho que éstos parezcan sintonizar con los deseos y aspiraciones de la gran tradición que nos precedió: “no podemos volver atrás”[1]. Es como si se hubiera transferido al terreno de la historia y de la cultura ese infranqueable abismo que hay entre Lázaro en el seno de Abraham y el rico condenado a sufrir.


Esto, advierto, es una forma de desaliento, y el desaliento, como nos enseña santa Teresa de Lisieux, es una forma de orgullo. Es el lenguaje de los soberbios, no de los humildes. Como  G.K. Chesterton lo ha dicho tan bien: “Lo malo es, me parece, que avanzamos porque no nos atrevemos a retroceder…, a arrepentirnos y retornar. El único paso hacia adelante, es el paso hacia atrás”[2]. Dennis McInerny desarrolla la misma idea:

Digamos que, en lo que se refiere a un asunto cualquiera, no estamos al presente donde verdaderamente debiéramos estar. En algún momento del pasado, lejano o próximo, tomamos la curva equivocada, y terminamos en un camino que nos condujo a una mala situación […] Necesitaríamos retroceder, volver a aquella encrucijada en el camino donde tomamos la curva equivocada […] Seguir por el camino que nos ha conducido a una situación claramente mala sólo terminaría llevándonos a situaciones todavía peores […] Hay momentos en la vida en que el único camino racional y responsable por el que podemos avanzar, es retroceder, volver al punto donde nos desorientamos y comenzamos a ir en la dirección errónea[3].

No se puede retroceder en el sentido de vivir de nuevo o recrear el pasado en cuanto pasado, pero sí se puede, y se debe, volver al pasado en busca de aprender, de modelos probados y verdaderos para una vida digna de confianza. Se mira al pasado para traer algo de su fuego y de su espíritu al presente y para las futuras generaciones. Pensar que estamos del todo varados en nuestra época, separados de los beneficios e influencias fecundos de la Tradición, es una peculiar forma de soberbia moderna y, quizá, una sutil forma de vanidad: queremos vernos a nosotros mismos como diferentes a todas las épocas pasadas y, por lo tanto, liberados de nuestras obligaciones para con nuestros predecesores, o sea, la obligación fundamental de receptividad agradecida que todas las generaciones cristianas deben tener por el legado recibido. Creer que debemos abrirnos hacia adelante un camino sin continuidad con el pasado, es un error pernicioso y, en el fondo, una negación de nuestra dependencia, como creaturas, de todas las causas que contribuyeron a que seamos lo que somos y que continúan actuando.

Hay determinada visión de la modernidad que se transforma en una especie de excusa para abandonar el arduo trabajo de preservar, cultivar y traspasar fielmente la Tradición. Sin duda, estamos enfrentando desafíos nuevos, niveles y grados nuevos de ruptura con nuestro pasado cultural y religioso.  Sin duda, existen nuevos elementos humanos en el gran crisol de nuestra época que requieren un juicio atento y una ágil adaptabilidad. Sin embargo, los ingredientes básicos de la vida cristiana siguen siendo los que nos proporciona nuestra común naturaleza humana, así como también el depósito de la fe apostólica, el milenario pensamiento teológico, los monumentos eclesiásticos, la capacidad de la razón humana de resonar con la verdad donde quiera y cuando quiera que se la encuentre y, sobre todo, el anhelo del corazón de pertenecer a una familia que tiene, y sabe que tiene, su propia y orgullosa historia. Algunos de estos ingredientes podrán ser mirados con desprecio por algunos durante algún tiempo, pese a que siguen ejerciendo su poder, un poder que les es inherente y siempre susceptible de ponerse nuevamente en pie. Es papel de los poetas, los filósofos, los sacerdotes, entre muchos otros, reavivar esta fuerza inherente, de mantenerla vivamente despierta para que podamos vivir vidas verdaderamente humanas y divinizadas. Sin una conexión viva y ardiente con los antecedentes de nuestro viaje histórico y metafísico, nos perderemos como individuos, vagando, pereciendo, buscando agua donde no hay más que yermo.

Es muy elocuente el que, a lo largo de la historia, los movimientos de reforma siempre han mirado hacia atrás: a la edad apostólica (como cuando las órdenes religiosas modelan, concienzudamente, su estilo de vida según el modelo dado en los Hechos de los Apóstoles); o a los orígenes del monacato en el desierto o la soledad; al espíritu y regla de sus fundadores; a los Padres de la Iglesia, los concilios, los anales de los santos. Forma parte de la esencia misma del cristianismo mirar hacia atrás y hacia adelante y, de modo paradójico, mirar al futuro sólo a través del pasado. Esto es lo que se llama “la fuerza vinculante de la Tradición”, que libera, a quienes vincula, de las manías y modas de su propia época particular y de sus puntos ciegos o prejuicios. Para un católico auténtico, no sería jamás legítimo hacer a un lado a grandes porciones de la tradición heredada, ya sea artística, intelectual, litúrgica, o lo que fuera.

Sí, es posible realzar el vasto tesoro que heredamos, pero lo hacemos aumentándolo, no suprimiéndolo, o desmantelándolo, o destruyendo sus contenidos, o tildándolos de imposiblemente distantes e irrecuperables. Puede que haya tiempos en que tal o cual componente de nuestra vida cristiana necesita modificarse, pero esto se hará rara vez, y siempre con reverencia y de modo conservador. Cosas nuevas emergerán de las antiguas, de un modo suave y orgánico, no violento ni mecánico ni auto-flagelante.

En mi última visita a cierto monasterio benedictino en Italia, pude observar un notable ejemplo de esta pacífica y fructífera continuidad con la antigua tradición, que se hace vibrantemente presente de nuevo en nuestro medio, como algo que es nuestro pero no meramente nuestro. Hay un pintor profesional que vive con los monjes, pintando sistemáticamente las paredes y cielo raso del refectorio del monasterio para beneficio de los monjes y de los invitados a la mesa. Su obra es exquisita, como si hubiera desaparecido por milagro el lapso de siglos que nos separa de la época de Giotto o Fra Angelico, y no obstante toda la iconografía en ella fue solicitada por la propia comunidad, y no aparece en ninguna otra parte en esta combinación de Antiguo y Nuevo Testamento y narrativa benedictina. Lo antiguo, lo nuevo, lo tradicional y lo único se integran armoniosamente, como es lo que se pretende. He aquí dos fotos de la obra de este artista, recién concluida:



Problematizar la Tradición, imaginarse que nuestra relación con ella tiene que ser complicada, tortuosa, dubitativa, llena de ansiedad y agonía, como si tuviéramos necesidad de apologías o de excusas o de razones plausibles para amarla, es uno de los síntomas más graves de la enfermedad del hombre moderno, que problematiza la Tradición hasta el punto de que quiere que ella sea un problema, porque piensa que, de algún modo, esto lo liberará para vivir una vida propia más “auténtica”. Se trata, en otras palabras, de una sed de autonomía, de estar libre precisamente de esos vínculos que nos perfeccionan como seres sociales y espirituales. El hombre occidental moderno a menudo vive según la opinión y según el sentimiento de que “todo depende de nosotros”. Pero la belleza de la Tradición es que, fundamentalmente, no depende de nosotros, sino que estamos en la posición de quien recibe, no de inventores o fabricantes. Y aunque tenemos que usar nuestro libre albedrío para recibir, podemos libremente ejercitar la humildad y la gratitud escogiendo, una y otra vez, hacer buen uso de los tesoros de la teología, de la espiritualidad y de la liturgia que nos han sido legadas[4]. Como dice el educador Michael Platt:

Las revoluciones en las costumbres y en la moral a menudo comienzan con sólo una o dos personas que dicen “no” a algo. Los seres humanos a menudo se asemejan a un ejército que huye y que no regresará jamás sino hasta que un soldado se detenga y pelee. Se dice a veces “no se puede resucitar el pasado”, pero sí se puede, y las edades fuertes, como el Renacimiento y la Reforma, lo que hacen es precisamente eso, revivir y renovar algo que se ha perdido u olvidado y que es bueno[5].

En toda auténtica sociedad cristiana, la aristocracia espiritual de los santos, y no la tecnocracia de los más recientes expertos, es la que estará en posición de mando. Y esto no es menos cierto de la Iglesia de Dios y de su sagrada liturgia.



[1] Para más reflexiones en este sentido, véase mi artículo “Backwards vs. Forwards. What does it mean?”

[2] Chesterton, G. K., What’s Wrong with the World, cap. 3.

[3] El artículo completo se puede obtener aquí.

[4] O que debieran habernos sido legadas. Podríamos necesitar practicar el asceticismo de encontrar tesoros enterrados, porque son hermosos y porque realmente nos pertenecen por derecho hereditario. Tal como es una falta de humildad y de gratitud no aceptar nuestra tradición, así también es un serio abandono de deberes el no transmitir el contenido de esa tradición, cosa que puede también originarse en un inflado orgullo y en la ingratitud hecha un hábito.

[5] Tomado de su ensayo “A Different Drummer”, disponible aquí. Ignoro si Platt está afirmando que la Reforma como tal revivió y renovó cosas buenas, pero ciertamente la época en que ocurrió fue notable por tener la fuerza de mirar al pasado con confianza, aunque obviamente, desde un punto de vista católico, no todo intento de recuperación se llevó a cabo de modo inteligente o adecuado.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Domingo VI después de Epifanía

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt. 13, 31-35):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a las turbas esta parábola: Semejante es el reino de los cielos a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo sembró en su campo: ésta, en verdad, es la menor de todas las semillas; pero, cuando crece, es mayor que todas las legumbres, y se hace árbol, de modo que las aves del cielo vienen a anidar en sus ramas. Díjoles otra parábola: Semejante es el reino de los cielos a la levadura que tomó la mujer, y la mezcló en tres celemines de harina,   hasta que toda la masa quedó fermentada. Todas estas cosas dijo Jesús al pueblo en parábolas, y no le hablaba sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por el Profeta: “Abriré mi boca para hablar con parábolas, publicaré cosas ocultas desde la creación del mundo””.

 ***

Suele comentarse este pasaje del Evangelio interpretando que el hombre que sembró la semilla de mostaza es Dios, que hace crecer ésta, la menor de todas, mucho más que todas las demás hierbas, hasta que se convierte casi en un árbol, donde vienen a anidar las aves.

Pero San Veda el Venerable, santo inglés de la Alta Edad Media, nos dice, en las lecturas del Tercer Nocturno de los Maitines de este domingo, que se puede entender también que el sembrador de la semilla es el propio hombre, que la siembra en su propia alma.

Si se entiende de este modo, la parábola está también cargada de enseñanzas. Porque del hombre depende poner manos a la obra en el cultivo de su propia alma. Del querer del hombre depende su salvación, así como su perdición eterna depende también de su querer. Alguien preguntó una vez a Santo Tomás de Aquino, a quien sus discípulos apodaban “el buey mudo” por lo extremadamente parco que era en el hablar, qué hacía falta para ser santo. Y Santo Tomás respondió, con su parquedad: “Querer”.

Es cierto que el comienzo de toda obra buena del hombre -absolutamente toda obra buena- es la gracia de Dios: sin Él, no hay ni siquiera querer en el orden espiritual. Lo dice claramente San Pablo: “Pues Dios es el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito” (Filip. 2, 13). Y, luego de que, por gracia de Dios, queremos, es Él quien lleva a cabo la buena obra y la perfecciona. En el mismo tono de esta parábola, dice San Pablo en otra parte: “Yo planté, Apolo regó; pero quien dio el crecimiento fue Dios. Ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento […] Porque nosotros sólo somos cooperadores de Dios” (1 Cor. 3, 6-9). Y la Iglesia, cuyas antiquísimas oraciones rezuman la más ortodoxa teología, ora del siguiente modo en las Letanías de los Santos (Vigilia del Sábado Santo): “Actiones nostras, quaesumus, Domine, aspirando praeveni et adiuvando prosequere, ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat et per te coepta finiatur” (“Te rogamos, Señor, que inspires nuestras acciones y con tu ayuda las encamines, para que toda oración y obra nuestra tenga siempre en Ti su principio y lo que por Ti ha comenzado, llegue a su fin”). Uno recuerda aquí a San Agustín: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

Si miramos las cosas desde una perspectiva puramente humana, el hombre puede plantar en su alma semillas tan espléndidas como la filosofía de Platón o de Aristóteles, y cultivar en sí su espíritu, refinándolo. Al lado de esas grandes semillas humanas, la palabra de Dios es “la menor de todas”, y tanto, que causó risa en los filósofos griegos a quienes San Pablo se la dio a conocer en el ágora. Y, por eso, dirigiéndose a los Corintios escribe el mismo Apóstol: “los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles” (1 Cor. 1, 22-24). 

Pero es a esa mínima entre todas las semillas (“escandalosa”, “necia”) a la que Dios da crecimiento en el alma del hombre, si éste quiere ahí sembrarla, y la transforma en algo mucho más maravilloso que toda otra hierba aromática de la cultura y de la vida intelectual o moral, y la convierte en un verdadero árbol (“será como árbol plantado a la vera del arroyo, que a su tiempo da su fruto, cuyas hojas no se marchitan”; Sal. 1, 3).

Árbol de mostaza

Y para adquirir en su interior esta riqueza superabundante, rebozante, y eterna, que es como un agua incontenible que se desborda (dice Jesús “Al que cree en Mí, según dice la Escritura, ríos de agua viva le manarán de las entrañas”, Jn., 7, 38), el hombre no tiene más que prestar su colaboración a la obra de Dios en él. O sea, no tiene más que querer. Y aún para este mero querer, Dios lo ayuda con su gracia: lo ayuda incluso a querer, como nos enseña San Pablo.

Por la infinita bondad de un Dios que ayuda a querer la buena obra y luego a realizarla, el hombre puede hacer de su alma un jardín interior de preciosos árboles, plantados junto a unos arroyos de agua viva. Y por esa misma infinita bondad, puede el hombre sembrar no sólo la mínima semilla de la palabra de Dios, sino también las demás con que el Señor se ha dignado hermosear maravillosamente la tierra, como la filosofía de Platón y Aristóteles, que nos enseñan a pensar rectamente.

De nuevo, en la oración de doy, la Iglesia exhibe, en apretadísima síntesis,  la espléndida riqueza de contenido de su liturgia: “ Te rogamos, oh Dios omnipotente, que pensando siempre conforme a la recta razón, hablemos y obremos cual a Ti te agrada”.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Las cuatro características de la liturgia: validez, licitud, idoneidad y autenticidad

Les ofrecemos un reciente artículo del Dr. Peter Kwasniewski, conocido de nuestros lectores. En dicho trabajo se recoge el texto completo de la conferencia que dio en la Parroquia Reina de la Paz de Patton, Pensilvania, EE.UU., el 21 de septiembre de 2020 (ella puede verse igualmente en YouTube). Aunque ciertas ideas de esa conferencia se han discutido en otros artículos del autor, algunos de ellos publicados en esta bitácora, la síntesis que se ofrece aquí representa un avance intelectual en la respuesta a lo que cada vez más ha llegado a ver como un estado empobrecido del discurso litúrgico, que se limita típicamente sólo a dos categorías (validez y licitud). Aunque se presta mucha atención a la idoneidad en el ámbito del arte sacro, ella merece ser considerada también como categoría litúrgica junto con el binomio mencionado anteriormente; y finalmente, unirlas con la categoría de autenticidad o legitimidad, como una perfección irreductiblemente distinta. Solamente considerando estas cuatro cualidades se puede llegar a una evaluación adecuada de la liturgia.  

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son la que acompañan la versión original. 

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Las cuatro características de la liturgia: validez, licitud, idoneidad y autenticidad

Peter Kwasniewski


Se está haciendo cada vez más común la celebración de la Misa tradicional, también conocida como “forma extraordinaria” del rito romano. Pareciera que su popularidad es una consecuencia no querida tanto del caos del actual pontificado como de la desilusión de muchos católicos con sus párrocos y parroquias durante la pandemia de COVID-19. “¡Basta ya!” es la exclamación que se oye frecuentemente. Lo que se busca es un culto respetuoso, fervoroso, orientado a Dios, profundamente renovador, para sacerdotes que estén verdaderamente comprometidos con el cuidado de las almas. Todo ello es, por cierto, obra del Espíritu Santo, que tira de los hilos del corazón de los católicos bautizados y confirmados, en quienes se ha plantado la semilla de la vida trinitaria, que nos urge a entrar en los divinos misterios.

Sin embargo, en nuestro caso hay también algunas dificultades. Por Internet circula una gran cantidad de información buena, mala, indiferente, insegura. Los laicos católicos rara vez están suficientemente equipados como para comprender las cosas que leen, especialmente cuando entran en las espesuras de la historia y reforma de la liturgia. ¿Cómo podrían los blogs darnos la capacidad de navegar por los mares procelosos de la autoridad papal, de la fidelidad de la Iglesia a la Tradición, del deber de obediencia (y de sus límites), etcétera? Hacen muchísima falta exposiciones sobre temas litúrgicos que sean cuidadosas, bien pensadas, bien informadas, que nos permitan profundizar en nuestra comprensión de los complejos asuntos abordados, sin perder la sencillez de nuestra fe, o la espontaneidad de nuestra vida interior, mientras luchamos por ser santos, como el Señor nos pide ser.

Luego de muchos años, he comenzado a darme cuenta de que casi siempre los individuos, en las discusiones litúrgicas, apuntan a blancos diferentes, y ello ocurre porque hablan de diferentes aspectos o propiedades de la liturgia, sin hacer las necesarias distinciones. Hay, de hecho, cuatro propiedades que se supone que pertenecen siempre a cualquier liturgia: validez, licitud, idoneidad y autenticidad. Todas ellas son importantes, ninguna de ellas es prescindible, y tienen la misión de obrar en conjunto, en armonía, para hacer florecer al máximo el culto divino que Cristo quiere para su Iglesia. Los problemas que hemos experimentado en las décadas recientes se deben en buena parte a que se ha puesto un énfasis exagerado en uno u otro de estos rasgos, con descuido de los demás. Aquí voy a comenzar por definir cada uno de ellos y luego diré cómo se relacionan unos con otros. 

Validez

Primero, la validez. Al hablar de validez nos preguntamos derechamente: ¿hay aquí sacramento o no? En el Concilio de Florencia (1431-1445), la Iglesia adoptó oficialmente la terminología escolástica de “materia y forma” para hablar de las dos partes de cualquier sacramento: las cosas materiales que utiliza, y las palabras que se pronuncia en relación con ellos[1]. Ese Concilio enseñó lo siguiente: “Todos los sacramentos se realizan mediante tres elementos, a saber, determinadas cosas, que son su materia; las palabras, que son su forma; y la persona, que es el ministro que confiere el sacramento con la intención de hacer lo que hace la Iglesia. Si cualquier de éstas falta, no hay sacramento”[2].

Así, por ejemplo, en el bautismo se vierte agua sobre la cabeza de una persona, mientras el ministro pronuncia las palabras “yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. San Agustín dice: “Suprime las palabras, ¿qué es entonces el agua sino agua? Agrega las palabras a este elemento, y aparece el sacramento”. El lavado con agua en nombre de la Trinidad cumple, pues, espiritualmente lo que el lavado con agua realiza físicamente, es decir, limpia y refresca. Por esto es que decimos que el sacramento “produce lo que significa”. Y podemos examinar de este modo cada uno de los siete sacramentos, y veremos cuál es la materia usada, cuáles las palabras, y cuáles son los efectos que son significados por la combinación de materia y forma. Esta es una materia sumamente rica, pero, en relación con mi tema, lo que aquí analizamos es la validez, es decir, por qué tiene lugar el bautismo, y nuestra respuesta es: porque se dijo las palabras correctas, con la materia correcta, por alguien que era capaz de realizar la acción y que tenía la intención de hacer lo que hace la Iglesia católica, aunque no comprendiera cabalmente qué es ello.

A veces la teología católica parece arcana y esotérica a algunos observadores, pero en realidad, los problemas de validez surgen de vez en cuando en la historia de la Iglesia, y tenemos que estar equipados para lidiar con ellos. Se nos viene aquí a la mente el caso reciente y escandaloso del Rvdo. Matthew Hood. Este descubrió en agosto pasado, mientras se desempeñaba como sacerdote en la arquidiócesis de Detroit, que había sido bautizado por un diácono que usó la fórmula “Nosotros te bautizamos”, declarada inválida por una decisión de la Congregación para la Doctrina de la Fe publicada el 6 de agosto. Como resultado de ello, Hood se dio cuenta de que no había sido jamás bautizado y, por tanto, no estaba ni confirmado ni ordenado al sacerdocio, ya que cada sacramento subsiguiente descansa sobre el fundamento de los precedentes, y tuvo que recibir esos sacramentos por primera vez, y tratar de solucionar las complejas consecuencias provocadas sobre todas las personas que habían dependido de su ministerio. Por ejemplo, todas las confirmaciones que había conferido, todos los matrimonios, todas las absoluciones, todas las extremas unciones, todo eso era absolutamente inválido y nulo. ¿Necesitamos más pruebas de que las palabras que pronunciamos y las acciones que realizamos tienen importancia?

Mencioné hace un momento que quien realiza el sacramento tiene que tener la intención correcta. Algunos católicos se enredan en esto de qué intención es la que hace falta, y tienden a exagerar el carácter explícito y ortodoxo de la intención exigida. Todo lo que se requiere es que el sacerdote tenga la intención virtual (no es necesario que sea explícita) de realizar un ritual de la Iglesia católica usando las palabras y acciones del rito según están establecidas en el libro litúrgico. No necesita tener una buena comprensión teológica de lo que hace, e incluso podría tener una comprensión herética de ello, como puede que, desgraciadamente, sea el caso de muchos clérigos actuales, debido a su deficiente formación en el seminario. Podría también estar administrando el sacramento por dinero, o por vanidad personal, o para ser promovido a un cargo mejor, etcétera. Con todo, si piensa que hace lo que la Iglesia hace -aunque lo entienda mal, o aunque peque debido a su indignidad personal- esa intención es suficiente para la validez.

Si la competencia teológica, o las motivaciones subjetivas o la santidad personal de un sacerdote fueran componentes necesarios para la validez de un sacramento, viviríamos siempre en la duda de si determinados sacramentos han sido eficaces, lo cual no es, decididamente, lo que el Señor desea o lo que Él instituyó. Lo que Él quiso hacer fue algo mejor: como lo enseña la Iglesia, Cristo mismo es el agente primario de todo sacramento; Él es quien bautiza, quien confirma, quien absuelve, quien realiza la transubstanciación. El sacerdote es un instrumento inteligente -sí, inteligente, razón por la cual se requiere intencionalidad, pero aun así, es un instrumento, como un martillo o un serrucho-[3]

(En ello está, dicho sea de paso, la razón de que los bautismos del diácono de Detroit fueran inválidos, como Matthew Hood descubrió con horror: el diácono decía “Nosotros te bautizamos”, refiriéndose a la comunidad cristiana, lo que contradice precisamente esta verdad fundamental: “Soy YO, Jesucristo quien te bautizo mediante mi ministro visible, que me da en préstamo su voz y sus manos”. Es interesante que la tradición bizantina usa una fórmula completamente diferente en tiempo pasivo: “El siervo de Dios, N.N., es bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Aunque muy diferente, esta fórmula deja en claro que no es la comunidad local ni un hombre determinado quien, por sí mismo, incorpora a una persona a Cristo, sino que más bien ello tiene lugar por la acción misericordiosa de Dios: “El siervo de Dios es bautizado”, lo que implica que es Cristo quien bautiza).

Para resumir este punto, voy a citar al teólogo Roger Nutt: 

“Se entiende que una celebración sacramental es 'válida' si se la ejecuta por el ministro apropiado de un modo tal que el sacramento es efectivamente traído a la existencia. La invalidez ocurre cuando la celebración es llevada a cabo por un ministro no autorizado o cuando la materia o la forma son tan defectuosas que no se produce el signo. Una celebración inválida indica, precisamente, que el sacramento no se ha producido jamás y que, por tanto, ausente el sacramento, no se han conferido ninguno de sus efectos sacramentales”[4].

Ahora bien, ¿quién decide si algo es válido o no? El derecho canónico declara que “los sacramentos del Nuevo Testamento fueron instituidos por Cristo el Señor y confiados a la Iglesia”[5] (de hecho, esto es un dogma de fide), y luego el canon 841 llega a esta conclusión: “Puesto que los sacramentos son los mismos para toda la Iglesia y pertenecen al depósito divino, sólo corresponde a la autoridad suprema de la Iglesia aprobar o definir los requisitos para su validez”. Por tanto, podemos decir sin ningún género de duda que lo que cuenta como rito sacramental válido, y lo relativo a las condiciones de su realización, son materia de la exclusiva competencia de la autoridad suprema de la Iglesia, es decir, del Papa mismo, o del Papa en conjunto con el colegio de los obispos, como ocurre en un concilio ecuménico.

No es posible, si profesamos la fe católica, cuestionar o poner en duda la validez de un rito sacramental debida y correctamente promulgado. Esto quiere decir, por ejemplo, que el Novus Ordo Missae o los demás ritos sacramentales postconciliares, puesto que fueron promulgados por la suprema autoridad de la Iglesia, deben ser aceptados como válidos, a pesar de todo lo que merezcan ser criticadas sus deficiencias o su discontinuidad con la tradición católica secular, y a pesar de lo mucho mejores que sean los ritos tradicionales. La validez no tiene que ver con lo mejor o lo peor, lo más bello o lo menos bello, con lo más digno o lo menor digno, sino que es un interruptor binario con dos posiciones: encendido y apagado. La transubstanciación tiene lugar o no tiene lugar. La cuestión de si los ritos litúrgicos son “como debieran ser” se refiere necesariamente a otras propiedades, es decir, a la legitimidad y la adecuación. Pero antes de abordarlas, necesitamos analizar la segunda propiedad, la licitud.

Licitud  

Entrando en esta propiedad, quisiera partir de nuevo citando a Roger Nutt, quien dice, a continuación del texto suyo que cité hace un momento, lo siguiente: 

Celebración lícita es aquella que se realiza según el rito prescrito por la Iglesia, en tanto que una celebración ilícita es la que se desvía claramente, de alguna manera, del rito prescrito. Una celebración sacramental ilícita no vicia la validez ni, por tanto, la realidad del sacramento […]”[6].

 El P. Bernard Leeming dice, con mayor precisión:

El término válido se usa a menudo como diferente del término lícito, que se aplica a un sacramento en cuya administración y recepción no se ha violado ley alguna; y ello porque la administración ilegítima de un sacramento no produce ipso facto su invalidez. Así, un sacerdote que ha sido suspendido o excomulgado puede administrar válidamente los sacramentos, excepto la Penitencia, que requiere jurisdicción; pero peca si los administra obrando con contumacia, y los fieles pecan si los reciben de él sin un motivo que lo justifique[7].

El término “lícito” viene del verbo latino licere, que significa permitir. La licitud se refiere a lo que está permitido y, por extensión, a lo que se exige o prohíbe a los cristianos. En el ámbito de los sacramentos y de la liturgia, se refiere primariamente a cuestiones como a quién se permite administrar o recibir determinado sacramento, y en qué circunstancias. Si un sacerdote u obispo en situación regular, siguiendo todas las condiciones prescritas por el derecho canónico, celebra un rito litúrgico según los libros promulgados por la suprema autoridad de la Iglesia, diciendo lo que está en negro y haciendo lo que está en rojo (o sea, leyendo sólo los textos impresos, y cumpliendo las rúbricas sin desviarse de ellas), celebra lícitamente. En otras palabras ha hecho lo que tenía permiso para hacer, lo que se le pedía que hiciera, sin hacer nada que le estuviera prohibido.

Por otra parte, no es lícito para un sacerdote del rito latino celebrar una liturgia bizantina, a menos que antes haya recibido autorización canónica para hacerlo. No es lícito a un sacerdote reducido al estado laical o degradado decir Misa, ni tampoco a un sacerdote en estado de pecado mortal; no es lícito celebrar la Misa con galletas de arroz y sake en vez de pan de trigo y vino de uva (esto último haría la Misa también inválida); no es lícito dejar ad lib la oración inicial, o cantar una canción de John Lennon en lugar de un salmo, o leer desde un archivador la Oración Eucarística escrita por los teólogos de la liberación de Nicaragua. De hecho, toda desviación intencional de los libros litúrgicos, ya sea en los textos o en las rúbricas, es ilícita, y hace ilícita la liturgia en mayor o menor grado. Tampoco es lícito recibir la Comunión sin haber ayunado por, al menos, una hora antes y, sobre todo, no es lícito a nadie recibir la Comunión en estado de pecado mortal.

Dos cosas resultan inmediatamente obvias con esta lista de ejemplos.

Primero, algunas de estas cosas son materia meramente de derecho canónico, es decir, de Derecho positivo creado por la Iglesia y cambiable por ella, en tanto que otras cosas son de Derecho divino, que la Iglesia puede formular, pero que no crea y, por tanto, no puede alterar jamás[8]. La norma de que debemos ayunar durante un lapso ante de la Comunión es una norma positiva eclesiástica que puede variar y que ha variado mucho: hace no mucho tiempo, la exigencia de ayuno era de tres horas (lo que era mucho mejor), y no mucho antes de eso, la norma era ayunar desde la medianoche. Pero la norma de estar en estado de gracia -en la medida en que podemos saberlo por el examen de conciencia- para recibir la Comunión es materia de Derecho divino, como resulta claro del capítulo 11 de la carta de San Pablo a los Corintios, donde dice que quien come el Cuerpo de Cristo indignamente, come su condenación, y que el hombre debe, por tanto, examinarse de modo apropiado. Ningún concilio ni papa podría jamás cambiar esta norma.

Segundo, hoy la Iglesia, al menos en las naciones occidentales, está en grave confusión, ya que la gran mayoría de las liturgias son ilícitas de algún modo u otro; tanto el ministro como quienes reciben los sacramentos se han habituado a la ilicitud. La crisis de la Iglesia, como decía Joseph Ratzinger, está causada en gran parte por la crisis de la liturgia.

La idea principal de esta propiedad de la licitud es que la sagrada liturgia o culto divino y, con él, nuestra santificación mediante los misterios de Cristo, es una actividad comunal, eclesial, jerárquica. Cristo confió la obra y los medios de la santificación a su Iglesia y, por tanto, a sus cabezas autorizadas. No se trata de algo “entre Jesús y yo”, como nuestra época individualista, atomista, podría pensar; no es una cuestión de conveniencia o elección personal sino, más bien, algo entre Cristo y la Iglesia, algo en lo cual tenemos el privilegio de haber sido insertados, como quienes reciben y están subordinados. En 2004, la Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos promulgó una instrucción llamada Redemptionis Sacramentum, que abordó muchos de los problemas y abusos litúrgicos más comunes del Novus Ordo. En palabras que son de aplicación universal, el documento dice, elocuentemente:

El Misterio de la Eucaristía 'es demasiado grande para que nadie se permita tratarlo según sus propios caprichos, obscureciendo con ello su sacralidad y su universal ordenamiento'. Por el contrario, todo aquel que obre de ese modo, dando rienda suelta a sus propias inclinaciones, aunque sea sacerdote, daña la unidad substancial del rito romano, que debiera ser vigorosamente preservada, y se hace responsable de acciones que no son en modo alguno coherentes con el hambre y sed del Dios vivo que experimenta el pueblo hoy día. Tales acciones no sirven al auténtico cuidado pastoral ni a la verdadera renovación litúrgica sino que, por el contrario, privan a los fieles de Cristo de su patrimonio y de su herencia. En efecto, las acciones arbitrarias no conducen a una renovación verdadera, sino que perjudican el derecho de los fieles cristianos a una celebración litúrgica que sea expresión de la vida de la Iglesia, según la tradición y disciplina de ésta. Al cabo, se introduce con ellas elementos distorsionadores y disonancias en la celebración misma de la Eucaristía, que está orientada, en su propio y elevado modo y por su misma naturaleza, a significar y producir maravillosamente la comunión con la vida divina y la unidad del Pueblo de Dios. El resultado de todo ello es producir inseguridad en materias de doctrina, perplejidad y escándalo en el Pueblo de Dios y, casi como necesaria consecuencia, una vigorosa oposición, todo lo cual confunde gravemente y entristece a muchos fieles cristianos […] En cambio, es un derecho de todos los fieles cristianos que la liturgia, y en particular la celebración de la santa Misa, sea verdaderamente como la Iglesia quiere, según sus estipulaciones dispuestas en los libros litúrgicos y en otras leyes y normas. Del mismo modo, el pueblo católico tiene derecho a que el Sacrificio de la santa Misa se celebre para él de un modo integral, de acuerdo con toda la doctrina del Magisterio de la Iglesia[9].

El mismo documento dice más adelante:

De un especialísimo modo, que cada uno haga todo lo que esté a su alcance para asegurarse de que el Santísimo Sacramento de la Eucaristía esté protegido de toda y cualquiera falta de respeto o distorsión, y de que se corrija cuidadosamente todos los abusos. Esto es un gravísimo deber que corresponde a todos y cada uno, y todos están obligados a darle cumplimiento sin favoritismo alguno[10].

Lamentablemente, Redemptionis Sacramentum parece haber ido a parar a aquel especial lugar en los cielos o más allá del océano o debajo la tierra, adonde van a parar, para su eterno descanso, todos los documentos vaticanos que no son bienvenidos. Y ahí se lo ha olvidado como a los difuntos de quienes no se tiene memoria. En la actual situación de COVID-19, hemos visto cuán prestamente los obispos y sacerdotes, en su frenesí por evitar la contaminación con el virus o su transmisión, violan la ley litúrgica del modo más escandaloso. De hecho, el Dr. Joseph Shaw plantea un punto muy importante acerca de los clérigos que están dispuestos a experimentar con la liturgia o a manipularla:

La razón por la que se sienten libres de hacer lo que quieran con la liturgia no es que se preocupen seriamente de la validez litúrgica y ella les importe mucho, sino que la validez sacramental tampoco les importa. Puede que estén influidos por la idea de que los obispos y la Santa Sede cuidan mucho la validez, y puede que nos consuelen con el pensamiento, cada vez que ello es posible, que el sacramento fue válido en este o aquel caso; pero si realmente les importara la validez, tomarían la liturgia en serio, y ello es algo que, claramente, no están haciendo. Los abusos litúrgicos son una ofensa a Dios, como todo abuso de algo sagrado. Son también una ofensa al Señor, que instituyó los sacramentos para nuestra salvación, y a la Santa Madre Iglesia, que los ha rodeado de ceremonias y textos que tienen por fin dar gloria a Dios y ayudarnos en nuestra participación. Finalmente, son una ofensa al propio sacerdocio, que debiera proteger la liturgia de toda profanación, y cuya función es administrarla a los demás para el bien de sus almas”.

La mención de las “ceremonias y textos que tienen por fin dar gloria a Dios y ayudarnos en nuestra participación” es el puente perfecto para pasar a la tercera propiedad, la adecuación o idoneidad.

Idoneidad

Considerése la siguiente declaración: “Todo lo que importa es que Jesús está presente; todo lo demás es secundario” O, más sucintamente, “la Misa es la Misa”. Sin duda importa mucho que Jesús esté presente porque, de otro modo, no comeríamos más que comida ordinaria. Pero la liturgia tiene una finalidad más importante que servirnos una comida, e incluso la presencia del Señor tiene un alcance y un propósito mayor que la comunión sacramental. La Misa es el acto solemne, público, de adoración, de acción de gracias y de petición que Cristo el Sumo Sacerdote ofrece a Dios Padre y, junto con Él, todo su Cuerpo Místico, a Él unido. Es el principal acto de la virtud de la religión, por el cual ofrecemos a Dios un sacrificio de alabanza digno de su gloria. Es la principal expresión de las virtudes teológicas de la fe, la esperanza y la caridad. Es el reino de los cielos que irrumpe en nuestro tiempo y espacio terrenales. Es la fiesta nupcial del Rey de Reyes. Es la recapitulación de todo el universo creado en su Alfa y su Omega.

Debido a que son todas estas cosas, la Iglesia a través de los siglos no ha escatimado esfuerzos ni gastos por aumentar la belleza y elevar la solemnidad de sus ritos litúrgicos. Como lo dijo adecuadamente Juan Pablo II: “Como la mujer que ungió a Jesús en Betania, la Iglesia no ha temido ninguna 'extravagancia', dedicando sus mejores recursos a expresar su maravilla y su adoración ante el insuperable don de la Eucaristía”[11]. Y así, aunque pueda ser verdad que las únicas cosas necesarias para tener una Misa válida en el rito romano son el pan sin levadura hecho de trigo y el vino hecho de uvas, un sacerdote, y las palabras de la consagración, creer que esto es suficiente para el ofrecimiento del Santo Sacrificio de la Misa sería revelar una visión reductivista, minimalista y mezquina de las cosas. Dar gloria a Dios y santificar nuestras almas no pueden separarse de la idoneidad del culto que le damos. Lo que declara el Concilio de Trento sobre el Canon romano puede aplicarse más en general a toda la vida litúrgica de la Iglesia:

Y siendo conveniente que las cosas santas se manejen santamente; constando ser este sacrificio el más santo de todos; estableció muchos siglos ha la Iglesia católica, para que se ofreciese, y recibiese digna y reverentemente, el sagrado Canon, tan limpio de todo error, que nada incluye que no dé a entender en sumo grado, cierta santidad y piedad, y levante a Dios los ánimos de los que sacrifican; porque el Canon consta de las mismas palabras del Señor, y de las tradiciones de los Apóstoles, así como también de los piadosos estatutos de los santos Pontífices”.

La esencia de la liturgia de la Iglesia es sencilla: está de antemano contenida en el Corazón de Cristo, nuestro Eterno Sumo Sacerdote, donde reside perpetuamente todo culto perfecto. Pero las “vestiduras” de ese culto son de decisiva importancia para nosotros, que interactuamos con el Señor mediante su Cuerpo visible, la Iglesia, y sus ritos visibles. El modo cómo esos ritos se estructuran y realizan y cómo se toma parte en ellos es algo que influirá inevitablemente en nuestra comprensión de los misterios de la fe y en nuestra capacidad de hacerlos vida. Los vestidos con que envolvemos el cuerpo de nuestras oraciones son muchísimo más importante que cualquier vestimenta que se ponen los seres humanos.

Cuando alguien se siente atraído a la liturgia latina tradicional por su belleza visual y auditiva, no es porque se quede detenido en estas cosas, sino porque ellas giran en torno a la realidad del Sacrificio de la Cruz, y lo hacen aparecer con una consoladora claridad. Las propiedades sensibles o perceptibles armonizan de tal modo con la naturaleza del misterio que el resultado de ello es el esplendor de la verdad. Para hombres que son compuestos de cuerpo y alma, para cristianos que son discípulos del Verbo encarnado, ambos elementos deben concurrir: la verdad y el esplendor. Dom Gerard Calvet escribe un comentario perfecto:

Uno entra a la Iglesia por dos puertas: la puerta de la inteligencia y la puerta de la belleza. La puerta más estrecha […] es la de la inteligencia, que se abre a los intelectuales y eruditos. La puerta más ancha es la de la belleza. La Iglesia, en su impenetrable misterio […] tiene necesidad de una epifanía terrenal accesible a todos: he ahí la majestad de sus templos, el esplendor de su liturgia y la dulzura de sus cánticos. Considérese el caso de un grupo de turistas japoneses que visitan la catedral de Notre Dame de París: contemplan la altura de los vitrales, la armonía de las proporciones. Supongamos que, en ese momento, los ministros sagrados entran en procesión a rezar las Vísperas solemnes, revestidos con capas pluviales de terciopelo recamado. Los visitantes miran en silencio, están cautivados: la belleza ha abierto para ellos sus puertas. Ahora bien, la Summa Theologiae de santo Tomás de Aquino y Notre Dame de París son productos de la misma época. Ambas dicen lo mismo. Pero, ¿quién de los visitantes ha leído la Summa de santo Tomás? Podemos encontrar este mismo fenómeno a todos los niveles. Los turistas que visitan la Acrópolis de Atenas se encuentran con una civilización de la belleza. Pero, ¿quién de entre ellos es capaz de entender a Aristóteles? Y así ocurre con la belleza de la liturgia, que merece, por sobre todas las cosas, ser llamada esplendor de la verdad: ella abre de igual modo a pequeños y grandes los tesoros de su magnificencia, la belleza de la salmodia, los cánticos y textos sagrados, los cirios, la armonía de los movimientos y la dignidad de las posturas. Con soberano arte la liturgia ejerce una influencia verdaderamente seductora en las almas a las que toca directamente, incluso antes de que el espíritu la perciba[12].

Dado que las cosas exteriores están para decirnos algo de la realidad a cuyo servicio se encuentran, y nos atraen hacia ella, debemos cuidar de que ellas sean armónicas, que el aspecto exterior no contradiga, ni abierta ni sutilmente, lo interior. Sería poco adecuado poner a un pobre las ropas de un rey, o poner un anillo de oro en la trompa de un cerdo: habría discordancia entre la decoración y el objeto decorado. Lo mismo vale en sentido contrario: un rey no se viste con andrajos sucios ni monta a caballo con una montura barata. Poner las vestimentas reales a un rey y decorar su montura de un modo real: eso es dignum et justum. La superficie debiera corresponder a la naturaleza de la cosa y conducirnos a ella directamente. Esto no es “quedar atrapado en” las exterioridades, sino ser atrapado por exterioridades que nos conducen hacia el significado interior[13].

En otras palabras, aunque no es necesaria para la validez o licitud que una liturgia se vea o se oiga como si fuéramos ingresando al reino del Dios trascendente, que realiza algo divino y transformador en nosotros, es, sin embargo, grandemente idóneo o adecuado que ella se realice de este modo. Y, de hecho, no se puede entender toda la historia de la liturgia a menos que captemos este dato esencial: prácticamente todo su desarrollo puede ser atribuido a las exigencias de la idoneidad. 

No debiera sorprendernos el papel que ésta tiene. La idoneidad o adecuación (convenientia, en el lenguaje de los teólogos) es uno de los conceptos centrales de la teología dogmática, como podemos ver en los escritos de San Anselmo y de Santo Tomás de Aquino. Convenientia es una especie de necesidad, una necesidad basada en lo que es apropiado a determinada situación, lo que es decoroso, propio, armonioso, coherente con todos los factores presentes o con el ente sobre el cual estamos discurriendo. Cuando Santo Tomás aborda la cuestión “¿Debía Dios crear el mundo?”, su respuesta es: “No, no por necesidad absoluta, porque Dios, como bien infinito, es autosuficiente y no necesita nada más; pero era adecuado que compartiera Su bondad causando la existencia de bienes finitos”. Esto nos lleva de inmediato a otra pregunta: “Una vez que Dios creó, ¿debía crear una creatura racional o intelectual?”. Y, de nuevo, la respuesta es: “Dios es libre de crear cualquier mundo que desee; pero era conveniente que coronara el orden de la creación con creaturas que fueran semejantes a Él todo lo posible, es decir, que poseyeran intelecto y voluntad”. Mucho más adelante, cuando Santo Tomás llega a la cuestión “¿Fue la Encarnación necesaria para la salvación de la humanidad?”, responde de nuevo del mismo modo: “No fue simplemente necesario, porque Dios pudo haber salvado al hombre con sólo quererlo en su Omnipotencia. Sin embargo, fue sumamente adecuado, por muchas razones, que el Hijo de Dios se hiciera hombre: puesto que el hombre había pecado, era adecuado que el hombre reparara; pero sólo un hombre sin pecado, de mérito infinito, podía reparar por el pecado de Adán y por todos los pecados subsiguientes; además, el hombre abandonó los bienes espirituales por los bienes corporales, por lo que fue bueno que fuera restaurado a la vida espiritual por la vida corporal de Cristo; porque la dignidad de la naturaleza humana reside en la imagen de Dios en el alma, fue adecuado que el Verbo, imagen perfecta de Dios, restaurara esa imagen reflejada en el hombre; nada podría haber mostrado mejor el extravagante amor de Dios que el que su Hijo se abajara al estado humano, sufriera y muriera para rescatar a los esclavos; etcétera (Santo Tomás de Aquino da muchos de estos argumentos en apoyo de la adecuación de la Encarnación y de la Pasión)[14].

Mi idea en todo esto es que, como lo sostiene el eminente tomista R.P. Gilbert Nacisse OP, convenientia es el principio motor central de la teología tomista; sin él, la teología sería incapaz de desarrollo. Del mismo modo, también la liturgia de la Iglesia hubiera sido estéril si no hubiera sido por la conciencia, siempre creciente y causada por el Espíritu Santo, de los muchos modos en que los sagrados misterios pueden ser más plenamente expresados en palabras y gestos, en vestimentas y vasos sagrados, en música y arquitectura, en todo lo que pertenece a los sentidos, la imaginación, la memoria y a la capacidad de simbolismos del intelecto. La idoneidad está íntimamente conectada con la belleza, incluyendo la belleza oral o honestas, palabra latina que se refiere a la condición de ser una cosa respetable, honorable, correcta, digna.

Genealogía de Cristo

Autenticidad

Finalmente, además de la validez, licitud e idoneidad, tenemos que considerar la continuidad histórica dentro de un rito y su desarrollo orgánico: esto es lo que llamo “autenticidad”, aunque bien podría llamarse “legitimidad”, en el sentido de “bien nacida”, que tiene un origen noble. Para comprender la autenticidad, necesitamos analizar cuatro verdades[15].

Primero, como lo he dicho recién, existe un verdadero desarrollo en lo que toca a los ritos litúrgicos cristianos. Estos no descienden del cielo ya perfectos. Tal como en el caso del dogma y la moral, así ocurre con la liturgia: el Señor concede a los seres humanos la dignidad de ser verdaderas causas de la articulación de la doctrina, la aplicación de las leyes y el enriquecimiento del culto público.

Segundo, el auténtico desarrollo comienza en lo que el Señor confió a los apóstoles, y le permanece fiel. El “depósito de la fe” contiene todos los principios de la sagrada doctrina, de tal modo que nada que se desarrolle posteriormente en los concilios ecuménicos o en el magisterio papal puede contradecirlo. Del mismo modo, los apóstoles, al dispersarse por todos los rincones de la tierra, llevaron consigo las semillas o principios de los ritos litúrgicos que posteriormente florecieron como ritos mayores de la Iglesia, en Oriente y Occidente. No existe rito litúrgico alguno que no pertenezca a una clara tradición apostólica que se ha extendido continuamente a través del tiempo. No se puede fabricar un rito ex nihilo. De ahí el pronunciamiento de Trento que anatematiza a cualquiera que cambie por otros los ritos recibidos y aprobados[16].

Tercero, el Señor ha prometido que el Espíritu Santo enseñará a la Iglesia “toda la verdad”, lo que incluye el desarrollo de su liturgia. A medida que la liturgia se desarrolla, se hace cada vez más plena y más perfecta, ya sea como expresión de los misterios de la fe, ya sea como vehículo para inculcar apropiadas virtudes en los fieles y para estimular en ellos los actos de fe, esperanza y caridad que tales misterios exigen. Por ello, así como los credos de la Iglesia crecen en su plenitud hasta que alcanzan una determinada perfección, así también los ritos litúrgicos de la Iglesia crecen con el tiempo hasta que alcanzan la perfección en el texto, la música, el ceremonial, y en todos los signos que son aptos tanto para la expresión de los misterios como para su impresión en los fieles. El Espíritu Santo, por decirlo de algún modo, adopta contramedidas ante la atenuación del conocimiento apostólico -que es insuperable- de la verdad divina, instalando, a lo largo de la historia, ciertas proposiciones doctrinales y ciertos ritos litúrgicos que son parámetros concretos de la fe y del culto[17]. Así como Dios reveló a Moisés el modelo exacto del tabernáculo que debía construir[18], así también el Hijo de Dios llevó a su plenitud todos los tipos proféticos al ofrecer su propio sacrificio como la perfección de todo culto: nada quedó entregado al acaso, cada detalle fue deliberado y controlado[19]. Y así también esta exactitud y plenitud se perpetúan en una nueva modalidad sacramental, que se manifiesta exteriormente en la cristalización acumulativa de las formas litúrgicas y en su inclusividad[20].

Cuarto, la velocidad del cambio litúrgico disminuye con el paso del tiempo, en la medida en que el rito alcanza la plenitud que para él quiso la Divina Providencia. Se puede esperar que un rito, alcanzado cierto estado, sea relativamente permanente e inmóvil, por lo que resulta un cumplido, más que una crítica, decir que él “apenas ha cambiado en 400 años”, cosa que podemos decir del Misal romano en el lapso que va entre finales del siglo XVI y mediados del siglo XX. El clero que celebra un determinado rito y los fieles que asisten a él comprenderán que es conveniente que el rito sea permanente e inmóvil. No se trata sólo de que las liturgias de por sí tienden a la estabilidad y la constancia, sino que se ve este proceso de estabilización y permanencia como deseable y apropiado para la vida de la Iglesia: se lo considera una bendición del Señor quien, habiendo hecho surgir sucesivas generaciones de santos para fortalecer y enriquecer la liturgia, la sella ahora con su suprema bendición, impartiéndole una participación en su propia inmutabilidad y eternidad[21]. Como corolario, se puede decir que, en la medida en que la liturgia llega a la perfección, sus cambios serán cada vez más incidentales o accidentales. Así, en la primera parte del primer milenio, algo tan básico como la oración Eucarística de la Misa estuvo todavía en proceso de crecimiento; en la segunda mitad del primer milenio, se completó el corpus del canto gregoriano; en la primera mitad del segundo milenio, los ritos de Semana Santa alcanzaron la plenitud del esplendor ceremonial; en la segunda mitad del segundo milenio (hasta la reforma litúrgica), el crecimiento se refirió sólo a adiciones o modificaciones de fiestas en el calendario litúrgico.

De estas cuatro verdades se sigue que todo rechazo, significativo o global, de los elementos que han llegado a ser añadidos o aceptados en el curso de largos períodos de tiempo en la historia de la Iglesia, constituiría un pecado contra el Espíritu Santo, y todo intento de reformular el rito a partir de cero sería reflejo de una falsa teología de la Iglesia y de la Trinidad. Para que una liturgia sea auténtica o legítima, debe permanecer en manifiesta y sustancial continuidad con su forma histórica, bien establecida y perfeccionada. Si alguien osara esbozar un rito litúrgico a partir de cero, o cosiendo unos con otros partes o trozos de la antigua tradición y aliñándolo todo con novedades creadas por un comité de académicos, el resultado sería ilegítimo o inauténtico, aunque contuviera la forma y materia correctas del sacramento en cuestión, aunque fuera promulgado por la suprema autoridad de la Iglesia, aunque fuera decorado con incienso y campanillas[*] hasta el límite de lo humanamente posible[22]. Podría ser sacramentalmente válido, canónicamente lícito, y externamente bello, pero seguiría careciendo de la propiedad de la autenticidad o legitimidad en el contexto del específico rito o tradición eclesial para el que se lo destinara[23].

El 8 de septiembre pasado, mientras rezaba los Laudes de la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen, me impresionaron varias antífonas que realzan la noble ascendencia de la Virgen. “Nativitas gloriosae Virginis Mariae, ex semine Abrahae, orta de tribu Juda, clara ex stirpe David […] Regale ex progenie Maria exorta refulget”: “Hoy es la Natividad de la gloriosa Virgen María, nacida de la semilla de Abraham, de la tribu de Judá, de la clara estirpe de David […] Nacida de una estirpe real, brilla María”. La liturgia pone verdaderamente énfasis en que el 8 de septiembre no estamos celebrando solamente la bondad de María como individuo o su futuro papel como Madre de Dios, sino también su genealogía llena de historia, su procedencia de los patriarcas, la línea real de su sangre, su estatuto dinástico, su condición real.

Debiéramos pensar en la liturgia romana tradicional de un modo análogo: no sólo lo que ella es hoy o lo que será en el futuro, sino lo que ha sido durante siglos en los labios y los corazones de innumerables creyentes que nos han precedido: surgida de la semilla de los Apóstoles Pedro y Pablo, de la conjunción de la Roma papal con el imperio Carolingio, de la famosa familia de la Iglesia de rito latino. Y tal como el Oficio dice de la Virgen “cujus vita inclyta cunctas illustrat ecclesias” (“cuya vida ilustre ilumina a las iglesias”), así podemos nosotros decir también de todas las liturgias tradicionales, tomadas en conjunto: sus “vidas” ilustres iluminan a las Iglesias.

Comparación de las propiedades

Una vez definidas las cuatro propiedades, quisiera dedicar la parte final de mi conferencia a mostrar cómo se relacionan mutuamente de diversos modos.

Advierto que a menudo las discusiones litúrgicas se reducen a puntos sobre la validez y licitud -básicamente, se estudia si realmente se ofreció la Misa, y si la Misa se ofreció de acuerdo con las normas de la Iglesia-[24]. La validez y la licitud son, sin embargo, un conjunto demasiado restringido de parámetros para evaluar adecuadamente las realidades litúrgicas. La propiedad de la idoneidad cubre un ámbito mucho más extenso, y se refiere a una cantidad de temas de influencia mucho mayor en cómo experimentamos la Misa, cómo cumple su papel en cuanto ejercicio de la virtud de la religión, y cómo moldea al fiel. Las Misas celebradas sin idoneidad, con el paso del tiempo hacen más daño espiritual al clero y los fieles, debido a que les inculcan malos hábitos espirituales, que algunas Misas que pueden ser válidas pero ilícitas, o válidas y lícitas, pero carentes absolutamente de un adecuado espíritu litúrgico transmitido por las prácticas tradicionales. Una actitud irreligiosa o irreverente, o una práctica incorrecta, no pueden sino tener efectos negativos en la vida interior de una persona, en tanto que la sencilla eficacia del sacramento y la legalidad de lo que se hace, aunque importantes, no serán igualmente formativas desde un punto de vista psicológico[25].

No es la validez el punto donde ha de trazarse el límite, como a menudo hacen los conservadores (“bueno, no se puede decir que el Novus Ordo es inválido, ¿de acuerdo? Así que dejen de quejarse”). Quienes se preocupan sólo de la validez se van a encontrar muy pronto con que la validez misma está amenazada[26]. La garantía de validez es la existencia de una gruesa barrera de idoneidad y autenticidad, que rodea el núcleo de materia y forma, que expone el significado de la materia y de la forma, que declara la intención del ministro, que prepara bien a los receptores para recibir la gracia, y que ofrece toda la ceremonia a Dios como un gesto de amor y fe que sabemos que Le agrada. Cuando el conservador o el liberal dicen que “No debiéramos discutir sobre liturgia; después de todo, la Misa es la Misa, y la Eucaristía es la Eucaristía”, el problema básico que se plantea es que no están mirando a la liturgia, sino al sacramento confeccionado y recibido, en aislación del acto de culto divino en su conjunto. La liturgia es más que un envase o un mecanismo para “fabricar” la Eucaristía, así como el sacerdote es más que una máquina para producir la transubstanciación, y el Señor es más que un rescate de nuestras almas, como si Él fuera un medio y no un fin: Él es también el amigo de nuestras almas, y el Dios a quien adoramos con temor y temblor, y en ninguna de estas calidades es reducible a un medio, como el dinero que pagamos por las mercancías. La liturgia, en su totalidad concreta, y no sólo el sacramento considerado abstractamente, es lo que nos alimenta y nos forma. Esta es la razón por qué concentrarse sólo en la validez y la licitud tiende a promover una mentalidad reduccionista y utilitaria[27].

Después de decir que una liturgia es válida y lícita, no hemos terminado de decir todo lo que necesita ser dicho: sólo hemos comenzado[28]. El comienzo consiste en preguntar: “¿Cumple la liturgia con lo que dice el derecho canónico?” Pero el final consiste en preguntar: “¿Es esta liturgia digna de su Divino Maestro (en la medida en que está a nuestro alcance hacerla así, aquí y ahora), digna de su propia tradición apostólica, adecuada para manifestar la verdad y la belleza de la fe, y apta para producir la santificación de los creyentes?”[29].

Reducir la liturgia a una mera cuestión de validez es como reducir las galletas a calorías, la intimidad conyugal al embarazo, un cuento o un poema a su “moraleja”, un trabajo a la paga, la escuela a los diversos cursos, el lenguaje a la transmisión de datos. En cada uno de estos pares de conceptos, el segundo bien podría resultar ser el aspecto más característico o útil del primero, pero no es necesariamente el concepto más importante, típico, decisivo o significativo en cada par y desde cualquier perspectiva. Comer galletas en invierno, al lado de la chimenea chisporroteante se sitúa en un nivel diferente del conteo de calorías; el matrimonio está ordenado a la prole, pero tiene su realidad propia como un estado de vida santo para los esposos; un cuento o un poema concierne tanto al modo en que es narrado y a la belleza de las palabras como a las lecciones que podríamos derivar de ellos; realizar un trabajo, o asistir a la escuela, es una experiencia interpersonal capaz de cambiar la vida, y no puede resumirse en el salario o el curso en que se está; una lengua -¡santo cielo!- es infinitamente más que un instrumento para entregar trozos de información. 

(Esto último, dicho sea de paso, es parte de la defensa del latín como lengua litúrgica; el latín tiene un significado, una presencia, una función que van mucho más allá que la comunicación mundana. El latín representa mucho más que los términos contenidos en un diccionario, porque está permeado con lo sagrado, como una vestimenta se impregna con el aroma del incienso; se ha solemnizado y consagrado por siglos de uso, hasta el punto de que su solo sonido está cargado de historia cultural y del misterio sobrenatural de la Iglesia. De ahí que, abandonar el latín en el culto es, para la Iglesia de rito latino, un modo simbólico de abandonar su propia historia y el misterio de su Señor; es un excelente ejemplo de repudio de la autenticidad, de burla del propio nacimiento noble y de la propia genealogía familiar).

Creo que es de vital importancia, especialmente en la actualidad, mirar más allá de la validez, tomando cuidadosamente en consideración la licitud, la legitimidad y la idoneidad. La licitud implica, por lo menos, la realización según los procedimientos adecuados y de acuerdo con la tradición canónica. La idoneidad incluye, por lo menos, una relación correcta entre medios y fines, lo esencial y lo accidental, la realidad y las apariencias. La legitimidad involucra, por lo menos, la continuidad con lo precedente y la recepción humilde y agradecida de la Tradición. Por ello es que jamás es suficiente preguntar si determinado rito sacramental es válido, sin preguntar además si es lícito, apropiado y legítimo, porque si falla en relación a cualquiera de estas áreas, deja de servir al bien común de la Iglesia, y es, al menos, una falta de prudencia de parte del legislador o del ministro responsable de él.

Como hemos visto, la forma completa de la pregunta litúrgica es la siguiente: “¿Es este rito o celebración litúrgica válida, lícita, idónea y auténtica?” Estas cuatro propiedades podrían ordenarse junto con las “cuatro señas” de la Iglesia: una, santa, católica y apostólica. La validez corresponde a la unidad: éste es el único bautismo, o el único sacrificio verdadero, etc., del único Dios verdadero en la única Iglesia de Cristo. Licitud corresponde a la catolicidad: comunión con la jerarquía y los fieles de la misma Iglesia. Idoneidad corresponde a santidad: hacer lo que es santo de un modo santo. Autenticidad o legitimidad corresponde a apostolicidad, es decir, derivación y desarrollo de la liturgia a partir de las raíces apostólicas y en continuidad con ellas. Como ha dicho, de modo memorable, Joseph Ratzinger:

La Iglesia no ora en una especia de mítica omnitemporalidad, no puede renunciar a sus raíces. Ella reconoce el verdadero hablar de Dios precisamente en la concreción de su historia, en el tiempo y en el espacio: a ambos nos amarran Dios, y mediante ambos estamos todos amarrados en mutua unión. El aspecto diacrónico, el orar con los Padres y los Apóstoles, es parte de lo que denominamos rito, pero incluye también un aspecto local, que se extiende desde Jerusalén a Antioquía, Roma, Alejandría y Constantinopla. Los ritos no son sólo, pues, producto de la inculturación, por mucho que puedan haber incorporado elementos de las diversas culturas. Ellos son formas de la tradición apostólica y de su desenvolvimiento en los grandes lugares de la tradición[30].

Finalizaré con una comparación extensa. Desde el tiempo de los antiguos griegos hasta la Alta Edad Media, los filósofos aceptaron la idea de que hay cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua. Aunque nuestra actual tabla periódica contiene 118 elementos, el antiguo cuarteto todavía posee una belleza poética y una capacidad de sugerir que la mantienen viva, como metáfora. Al meditar en los cuatro elementos, comencé a ver cómo coinciden con las cuatro propiedades que he estado analizando. La validez es como la tierra: el fundamento, la roca sólida, lo más útil, pero no algo a lo que se le toma una fotografía o sobre lo que se envía una carta a casa. Pero sin la tierra, no existiría posibilidad alguna de cultivos ni construcciones; y del mismo modo, sin validez no se comunicaría jamás la gracia sacramental a los cristianos, no se plantaría ninguna semilla divina, no se construiría ningún castillo interior. La licitud es como el aire, el elemento en el que vivimos y nos movemos. Cuando todo anda bien, cuando el aire es limpio, claro y fresco, no nos damos cuenta de que lo respiramos; de un modo parecido, la liturgia que cumple con las exigencias de las normas debiera ser la atmósfera que damos por supuesta, en la cual moramos, no algo en lo que nos fijamos especialmente. Normalmente, lo que nos mueve a notar la atmósfera es la polución o la niebla densa que, en el ámbito de la liturgia, estaría constituida por los abusos litúrgicos, la creatividad ad lib, la irreverencia eucarística, el escándalo público y todo ese tipo de cosas. La idoneidad es como el fuego, que se alza impetuosamente a los cielos, apunta a Dios, ilumina, calienta. Cuando la liturgia es realizada como se debe, nos calentamos con su belleza y nos iluminamos con su luz simbólica; dirige nuestras mentes a Dios, eleva nuestros corazones al cielo, a ese divino Fuego de Amor que se reveló a sí mismo en el Monte Sinaí y se detuvo en las cabezas de los discípulos el día de Pentecostés. La autenticidad o legitimidad es como el agua, el elemento que limpia y da vida. Así como el agua fluye de un lugar a otro, así fluye la Tradición de generación en generación, llevando vida adonde quiera que llega y penetra; y así como las fuentes de las montañas son el origen lejano de los arrolladores ríos en los valles de allá abajo, así también los Apóstoles reunidos en el piso de arriba, son el origen de las seis familias de tradición que de ellos derivan: la armenia, la caldea, la antioquena, la alejandrina, la bizantina y la romana[31]. Cuando nos apegamos con fuerza a la validez, la licitud, la idoneidad y la autenticidad, caminamos sobre terreno sólido, respiramos aire saludable, nos calentamos e iluminamos con el fuego, y nos refrescamos con el rocío del Espíritu.


[1] Como explica Ludwig Ott: “La cosa es o una sustancia física (agua, aceite) o una acción perceptible por los sentidos (penitencia, matrimonio). La palabra es, como norma, la palabra hablada”. Cfr. Ott, L., Fundamentals of Catholic Dogma (Londres, Baronius Press, nueva ed., 2018), p. 349. 

[2] Citado en Ott, Fundamentals of Catholic Dogma, cit., p. 349.

[3] Véase Ott, Fundamentals of Catholic Dogma, cit., pp. 366-68; Davis, H., Moral and Pastoral Theology, vol. 3: The Sacraments in General (Londres y Nueva York, Sheed and Ward, 1949), pp. 16–20; Nutt, R. W.,General Principles of Sacramental Theology (Washington, DC, The Catholic University of America Press, 2017), pp. 74–87; Leeming, B., Principles of Sacramental Theology (Westminster, MD, Newman Press, 1962), pp. 435–461 (cfr. p. 517).

[4] Nutt, General Principles, cit., p. 72

[5] Canon 840 (CIC 1983).

[6] Nutt, General Principles, cit., p. 72.

[7] Leeming, Principles, cit., p. 266.

[8] El canon 840 (CIC 1983), citado anteriormente, dice también: “Como acciones de Cristo y de la Iglesia, ellos [los sacramentos] son signos y medios que expresan y fortalecen la fe, rinden culto a Dios, y producen la santificación de la humanidad contribuyendo, así, del mejor modo posible, a establecer, fortalecer y manifestar la comunión eclesial. Por lo mismo, en la celebración de los sacramentos, los ministros sagrados y los otros miembros del laicado cristiano deben observar el mayor respeto y la necesaria diligencia”. El canon 841 (CIC 1983) dice a continuación, como sacando una conclusión, que “pertenece a la misma [suprema autoridad de la Iglesia] decidir qué pertenece a la lícita celebración, administración y recepción, y cuál el orden que debe observarse en su celebración”.

[9] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum, núm. 11–12.

[10] Redemptionis Sacramentum, núm. 183.

[11] Juan Pablo II, Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, núm. 48.

[12] A Benedictine Monk [Dom Gérard Calvet, O.S.B.], Four Benefits of the Liturgy (Southampton, UK, Saint Austin Press, 1999).

[13] El argumento del Dr. Glenn Arbery en favor de la buena retórica oral puede aplicarse a la liturgia como una modalidad de retórica: “Se ha criticado mucho a los oradores astutos por hacer que las falsas ideas del bien parezcan más atractivas que el auténtico bien. En El Paraíso Perdido, Milton escribe que el diablo Belial 'podía hacer que el motivo peor pareciera el mejor, para dejar perplejos a los buenos consejos y destruirlos'. Si alguien que está en el lado equivocado puede ser tan eficaz, ¿es suficiente estar en el lado bueno? Difícil. Es necesario que la razón mejor parezca ser mejor en sus auténticos desarrollos y en su belleza, y que lo que es bueno parezca ser bueno mediante el dominio de las mismas artes que están a disposición de los más sutiles enemigos. ¡Nuestro futuro depende de ello!” (“O Oratory!,” President’s Bulletin, 22 de febrero de 2018).

[14] Véase, por ejemplo, Compendium theologiae, Part I, cap. 199–201.

[15] Parte del material siguiente está adaptado de la conferencia Beyond ‘Smells and Bells’: Why We Need the Objective Content of the Usus Antiquior”.

[16] “Si alguno dijere, que se pueden despreciar u omitir por capricho y sin pecado por los ministros, los ritos recibidos y aprobados por la Iglesia católica, que se acostumbran practicar en la administración solemne de los Sacramentos; o que cualquier [quemcumque] Pastor de las iglesias puede mudarlos en otros nuevos; sea excomulgado” (Concilio de Trento, Sesión VII, canon 13).

[17] Cfr. Cardenal Journet sobre los privilegios apostólicos en su obra “La teología de la Iglesia”.

[18] Cf Ex. 26,30: “Toda la morada la harás conforme al modelo que en la montaña te ha sido mostrado”; 1 Cron. 28, 11, 19: “Entregó David a su hijo la traza del pórtico y sus dependencias y oficinas, de las salas, de las cámaras y de la casa del propiciatorio […] Todo esto, dijo, me ha sido mostrado por la mano de Yavé, que me dio a entender el diseño de todas las obras”.

[19] Cf. Sto. Tomás, Summa theologiae, III, qq. 46–47.

[20] Roberto Spataro hace notar la idoneidad de recitar un credo inflexible, el Niceno-Constantinopolitano, en medio de lo que había llegado a ser un inflexible sacrificio eucarístico: “Se profesa los artículos de fe en el contexto de un acto litúrgico que merece ser llamado tradicional en el más noble sentido de la expresión, algo que ha sido forjado lentamente, que ha comenzado en la aurora de la liturgia apostólica, que ha alcanzado el pleno esplendor de su perfección”. Spataro, R., In Praise of the Tridentine Mass and of Latin, Language of the Church (trad. Zachary Thomas, Brooklyn, NY, Angelico Press, 2019), p. 79.

[21] Alguien preguntó una vez a un sacerdote del rito armenio: “¿No se cansa nunca de celebrar la misma liturgia todos los días?”. Y él replicó: “¿No se cansa usted de ver a su madre todos los días? ¿No querría tener una madre diferente?”.

[*] Nota de la Redacción: El autor utiliza la expresión idiomática smells and bells”, que se usa para referir el estilo de la High Church del anglicanismo (véase supra, nota 15). Literalmente, smells designa el aroma que desprende el incienso, y bells el sonido de las campanillas para marcar los momentos de la celebración. La frase quiere destacar el énfasis en los aspectos rituales, por lo general con carga peyorativa. 

[22] Redemptionis Sacramentum formula un principio verdadero: “A menudo los abusos se basan en una falsa idea de libertad. Pero Dios no nos ha otorgado en Cristo una libertad ilusoria por la que podemos hacer lo que nos plazca, sino una libertad por la cual podemos hacer lo que es conveniente y recto” (núm. 7). Uno quisiera que el Papa que llevó a cabo la reforma litúrgica se hubiera guiado por este principio.

[23] Hasta este punto adhiero completamente a las observaciones de Geoffrey Hull, aunque su uso de los términos no coincide completamente con el mío: “Una de las consecuencias más perniciosas de la degradación de la theologia secunda en el Occidente latino es la preocupación por la validez, producto automático de la ortodoxia doctrinal, con descuido de la autenticidad, fruto natural de la ortopraxis. Dicho de otro modo, esto supone considerar el texto como lo supremamente importante, y el contexto, como cosa indiferente. En realidad, gran parte del debate católico sobre la reforma litúrgica se ha centrado en la cuestión de si el nuevo texto oficial hace válida o no la Misa y los sacramentos. Mientras tanto, el encuadre cultural de esos ritos es relegado al rincón de las “externalidades” relativamente no importantes”. Hull, G., The Banished Heart: Origins of Heteropraxis in the Catholic Church (Londres y Nueva York, T&T Clark, 2010), p. 38.

[24] En las discusiones que se limitan al mundo del Novus Ordo, se oye a veces mencionar un tercer término, “legitimidad”, pero es difícil decir qué añade éste a los otros dos ya mencionados (al menos en este contexto). Por ejemplo, cierto Obispo me pidió una vez que aceptara la “legitimidad” del Novus Ordo, pero nunca definió el significado de esa palabra. Según entiendo, se la usa a veces como forma más coloquial de decir licitud.

[25] Cfr. Bruyère, C., The Spiritual Life and Prayer According to Holy Scripture and Monastic Tradition (Eugene, OR: Wipf and Stock, 2002),pp. 68–69, sobre las condiciones que se requiere para hacer una Comunión fructífera, y considérese cuánto contribuye la liturgia a alentar y cumplir esas condiciones.

[28] Estas son las condiciones para lo que Santo Tomás de Aquino llamaría esse, no bene esse, la mera existencia, no la plena floración de una cosa.

[29] Supuesto nuestro análisis de las cuatro propiedades, se deduce de él que todo católico está enteramente autorizado para sostener opiniones como “el Novus Ordo es válido, pero no tan espiritualmente provechoso como el usus antiquior”, y “el Novus Ordo, que existe por fiat papal desde 1969, tiene menos derecho a ser considerado liturgia católica que el usus antiquior, de uso inmemorial, el cual jamás fue creado por un Papa de ese modo”. Véase la tabla con una presentación esquemática de esto al final de este artículo. 

[30] Ratzinger, J., The Spirit of the Liturgy, trad. de John Saward, edición conmemorativa con Guardini, R., Spirit of the Liturgy (San Francisco, Ignatius Press, 2018), part. 4, cap. 1, p. 178, énfasis añadido. El Novus Ordo tendría, a lo más, la primera (validez) y la segunda (licitud), carecería normalmente de la tercera (idoneidad) y carecería siempre de la cuarta (autenticidad). Esta es la razón por qué no es un rito litúrgico en el más pleno sentido del término.

[31] El Código de los Cánones para las Iglesias Orientales usa la siguiente terminología: existen cinco tradiciones claves en las Iglesias Orientales: armenia, bizantina, alejandrina, antioquena y caldea. La caldea es, en último término, sirio-oriental, y la antioquena, sirio-occidental, pero hay algo que es adecuado en llamar a estas tradiciones según sus sedes tradicionales. Al interior de estas tradiciones principales, existen 23 Iglesias sui iuris en unión con Roma, que se autogobiernan. Cada tradición puede tener varios ritos litúrgicos tanto en Oriente como en Occidente. Así, la tradición latina tiene los ritos romano, ambrosiano, mozárabe, de Braga, etcétera. Supuesta la eclesiología oriental, cada rito está ligado con su propia “Iglesia”, por lo que el rito ucraniano es el rito litúrgico de la Iglesia Católica Ucraniana Griega, que pertenece a la tradición bizantina. Algunos casos son más complicados, como el de los melquitas, que son una Iglesia de tradición principalmente bizantina, pero con algunas claras influencias antioquenas.