domingo, 9 de diciembre de 2018

El Sacrista del papa y los tesoros de la sacristía pontificia

En una entrada anterior hemos tratado de la Sacristía papal, integrada hoy en la Oficina para la Celebraciones Pontificias del Romano Pontífice, pero conviene volver a ella para relatar cuál era el sentido histórico de ese oficio y el contenido del Tesoro Vaticano. 

Antiguamente, dicha dependencia estaba a cargo del Sacrista del papa. Hasta 1991, año en que se suprimió el oficio, la costumbre fue que éste estuviese confiado a un religioso proveniente de la Orden de San Agustín (históricamente conocida como Orden de Ermitaños de San Agustín), quien recibía la designación de prefecto. Hay crónicas de que ya en 1287 un agustino de nombre Novellis ejercía el cargo. Mediante una bula de 1497, el papa Alejandro VI mandó que este oficio se confiriese siempre a un agustino, aun cuando no fuese prelado. Con el tiempo, el Sacrista del papa siempre fue un obispo titular (llamados hasta 1882 obispos in partibus infidelium, pues por lo general su sede había quedado en medio de las tierras ocupadas por infieles)El último de ellos fue el holandés Pietro Canisio van Lierde O.S.A. (1907-1995).

La Sacristía Papal

El Sacrista del papa tenía bajo su custodia todos los ornamentos, vasos de oro y de plata, cruces, incensarios, cálices, relicarios y otras cosas preciosas guardadas en la sacristía papal. Sin embargo, hay que tener presente que ella no conserva un tesoro tan antiguo como el que es posible encontrar en otras sedes europeas. El Vaticano sufrió un expolio considerable por parte de Napoleón Bonaparte cuando éste ocupó Roma en 1798, puesto que sus tropas se llevaron muchísimas cosas como parte de su botín: cálices, cruces, báculos. Movimos por el furor laicista de la recién declara República Romana, los soldados franceses quemaron asimismo muchas vestiduras litúrgicas para aprovechar el oro que éstas contenían. Además, cuando fue acordado el Tratado de Tolentino en 1797, el papa Pío VI (1775-1799) ya había debido vender muchos objetos preciosos para pagar la compensación acordada con Napoleón en el armisticio de Bolonia (1796) y que ascendía a 10 millones de libras tornesas en especie y 5 millones en diamantes, que debían pagarse antes del 5 de marzo de ese mismo año junto con las 1.600.000 restantes; más otros 15 millones adicionales debían ser pagados antes de abril, junto con 800 caballos y otras tantas reses. 



Vitrinas de la Sacristía Papal

De hecho, esto explica el origen de la llamada "tiara de papel maché". Cuando tras la muerte de Pío VI en Valence (Francia) fue elegido Pío VII (1800-1823), su coronación tuvo que celebrarse improvisadamente en el Monasterio de San Jorge de Venecia por hallarse la ciudad de Roma bajo ocupación francesa. Dado que no había tiara con que coronar al nuevo Sumo Pontífice, se fabricó urgentemente una para la ceremonia. Se hizo de cartón piedra  (papel maché) forrado con tela y galones y se adornó con ricas joyas cedidas por damas de la nobleza veneciana. A falta de otra, esta tiara fue usada durante algunos años por el nuevo Papa, y recién en 1820 se la sustituyó por otra confeccionada en plata. Con todo, debido a su peso ligero y comodidad, que la hacía una buena alternativa respecto de las antiguas tiaras, sobre todo el Santo Padre tenía más edad, la tiara de papel maché siguió siendo utilizada por algunos años. Su último uso fue en 1845, cuando una nueva tiara ligera, pero de metal, fue mandada fabricar para el papa Gregorio XVI (1831-1846). 

Por lo demás, Napoléon se burló también de Pío VII con una tiara. Después de su coronación en París, donde el propio emperador se había puesto la corona en presencia del Papa, en 1804 regaló a éste una tiara muy bella y preciosa repleta de esmeraldas (todas ellas provenientes del expolio practicado a la tiara de Pío VI), pero que en su interior estaba llena de madera. El resultado era una tiara de algo más de 8 kilos de peso (aquella de Pablo VI en forma de bala pesaba, por ejemplo, 4 kilos y medio) y demasiado pequeña para una cabeza humana, de suerte que no pudo ser utilizada por su destinatario. Se dice que el gesto fue para hacerle entender al Papa que su reino había terminado, al punto que contenía grabados los nombres de varias victorias bélicas de Napoléon, y que un cardenal reemplazó con versos tomados de las Escrituras. Durante la insurrección de 1831, esta tiara fue enterrada en los Jardines Vaticanos y sufrió importantes daños como consecuencia de esta desesperada medida por preservarla. Fue restaurada en 1834 y se aprovechó de ajustar el tamaño de su copa para permitir que pudiese ser vestida. El beato Pío IX (1846-1878) la utilizó en varias ocasiones, comenzando por su Misa de coronación celebrada el 21 de junio de 1846 y concluyendo en 1870 con ocasión de las ceremonias del Concilio Vaticano I. Se cuenta, empero, que este Papa utilizaba ocasionalmente la tiara de papel maché durante las largas ceremonias y, especialmente, cuando no podía ser visto desde corta distancia. Con excepción de una esmeralda y ocho rubíes, Benedicto XV (1914-1922) hizo remover todas las piedras preciosas de este tiara y sustituirlas por réplicas de cristal coloreado. El dinero obtenido con la venta de las joyas originales fue destinado a las víctimas de la Primera Guerra Mundial. 

Dibujo del diseño original de la tiara regalada por Napoleón a Pío VII en 1804
(Imagen: Wikipedia)

Después del expolio napoleónico, en el Tesoro Vaticano han quedado algunas vestiduras de Urbano VIII (1623-1644) y de Paulo V (1605-1621), y algunos cálices góticos que son los más antiguos. Entre los más preciosos se conserva el de Pío IX, usado por primera vez para celebrar la Misa en que se proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre de 1854. Hay también objetos de valor de León XIII (1878-1903), San Pío X (1903-1914), Benedicto XV (1914-1922) y Pío XI (1922-1939). Entre los objetos preciosos, hay también una tiara donada por Isabel II de España y la mitra ofrecida a León XIII por Guillermo II, emperador de Alemania, con ocasión del sexagésimo aniversario de sacerdocio (1897). El Tesoro Vaticano puede ser visitado por los fieles (véase aquí la información). 


Casulla y mitra pertenecientes a Pío XI

Algunos de estos objetos se usan todavía, como las mitras y las capas pluviales. Para elegir cuál de ellas se utilizará en una función litúrgica, el Custodio del Sagrario Apostólico se pone de acuerdo con el Maestro de ceremonias litúrgicas pontificias y seleccionan la más conveniente. Las vestiduras más antiguas, como las de Paulo V, son difíciles de utilizar, y las de Urbano VIII ya no se usan. Hay otros objetos litúrgicos, en cambio, como la capa pluvial de Benedicto XV y la de San Juan XXIII que Benedicto XVI usó en 2008 para el Te Deum de acción de gracias de fin de año. Entre los ornamentos de valor, hay una casulla romana roja que se remonta al siglo XVI. Desde el punto de vista estético, tal vez unas de las vestiduras más bellas son aquellas que el beato Pablo VI mandó realizar él mismo. También durante el Año Santo de 2000, San Juan Pablo II encargó muchas otras, y algo similar hizo Francisco cuando asumió el ministerio petrino. Respecto a los cálices, se suelen emplear todos los que existe en la sacristía papal. La cruz pectoral más antigua que se conserva se remonta a Pío IX y es también la más valiosa.

Benedicto XVI durante las Vísperas de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (31 de diciembre de 2008)

Dalmática perteneciente al beato Pío IX

El Sacrista del papa tenía diversos cometidos. Cuando el Santo Padre celebraba pontifical o privadamente, aquél probaba el pan y el vino del siguiente modo: si lo hace pontificalmente, el cardenal que le sirve de diácono presentaba tres hostias al sacrista y se come dos de ellas; si celebra particularmente, antes del ofertorio le presenta dos hostias al sacrista y éste se come una de ellas, y un camarero le echaba en una taza dorada de plata agua y vino de las vinajeras. El sacrista cuidaba de conservar y renovar cada ocho días una gran hostia consagrada para dar el viático al Papa in articulo mortis, correspondiéndole administrarle la extremaunción, dado que era su párroco.

Cuando el Papa viajaba, el Sacrista ejercía una especie de jurisdicción especial sobre todos los que lo acompañaban, y en señala de ella llevaba un bastón en la mano. Incluso, la brida de la mula del Santo Padre era sostenía por dos espolistas, uno criado del Papa y otro del Sacrista. Distribuía a los cardenales las Misas que debían celebrar solemnemente, después de haber manifestado la primera distribución hecha al primer cardenal presbítero. Repartía también a los prelados asistentes las Misas que debían decir en la capilla del papa. Distribuía igualmente las reliquias y firmaba los memoriales de las indulgencias, que pedían para sí o para otros los peregrinos que visitaban el Vaticano (cumple recordar que la práctica de las indulgencias fue regulada por la Congregación de las Indulgencias, creada por Clemente VIII e integrada a la Curia Romana en 1669, cuyas competencias fueron transferidas en 1908 al Santo Oficio y en 1917 a la Penitenciaria apostólica)

La Sacristía Papal

Si el Sacrista era obispo o estaba constituido en dignidad, tenía asiento en la capilla en presencia del Papa entre los prelados asistentes. Si no se hallaba presente el Santo Padre, se sentaba entre los prelados según su antigüedad sin tener en consideración su condición de prelado asistente; si no tenía la dignidad episcopal, ocupa su puesto después del último obispo o del último abad mitrado. En este último caso, llevaba igualmente muceta y mantelete como los prelados de Roma. 

Cuando moría el Papa, el Sacrista entraba en el cónclave en calidad de primer conclavista, decía diariamente la Misa para los cardenales y les administraba los sacramentos, lo mismo que al resto de las personas que formaban parte del encierro. La Constitución Universi Dominici gregis (1996) todavía prevé el ingreso de dos religiosos adscritos la Sacristía Pontificia, quienes acompañan al Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias y a dos ceremonieros (artículo 46). Las confesiones son oídas por algunos religiosos de varias lenguas que también ingresan a la clausura de la Casa Santa Marta (artículo 46). 

La Sacristía Papal

El Sacrista era en otro tiempo el bibliotecario del Papa. Fue Sixto IV (1471-1484) quien separó ambos oficios mediante la bula Ad decorem militantis Ecclesiae (15 de junio de 1475) y le asignó un presupuesto fijo para la conservación del patrimonio bibliográfico que conservaba la Santa Sede. Muy preocupado por el cultivo de las artes, nombró bibliotecario a Bartolomeo Platina (1421-1481), autor entre otras obras de una vida de los papas (Vitæ Pontificum, 1479), quien elaboró un primer catálogo en 1481. La Biblioteca Apostólica Vaticana poseía entonces más de 3.500 manuscritos, lo que la convertía en la mayor del mundo occidental. 

Para acabar, les ofrecemos un vídeo con un reportaje sobre monseñor Pietro Canisio van Lierde O.S.A., la última persona que sirvió el cargo de Sacrista del papa, abolido en 1991.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Missa cantata en la Fiesta de la Inmaculada

La Asociación Litúrgica Magnificat invita a todos los fieles a la celebración de la Santa Misa cantada (usus antiquior) en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria (Av. Bellavista 37, entre Pío Nono y Pinto Lagarrigue, Metro L1 y L5 Baquedano) el próximo sábado 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, a las 12:30 hrs. Se recuerda que ese día es fiesta de precepto.

 Bartolomé Esteban Murillo, Inmaculada Concepción (circa 1665, Museo del Prado)
(Imagen: Wikimedia Commons)

miércoles, 5 de diciembre de 2018

FIUV Position Paper 17: La comunión sólo bajo la especie de pan en la forma extraordinaria

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 17 y que versa sobre la comunión sólo bajo la especie de pan en la forma extraordinaria, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de diciembre de 2013. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del sumario (Abstract) que lo precede. 


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La comunión sólo bajo la especie de pan en la forma extraordinaria

Abstract

De acuerdo con las leyes litúrgicas que rigen la forma extraordinaria, los fieles no pueden recibir la Preciosa Sangre sino sólo la Hostia, en contraste con la extendida práctica, al menos en Europa y América del Norte, propia de la forma ordinaria. Antiguamente los fieles, en Occidente, recibían la Preciosa Sangre a través de un tubo o fístula, hasta que la costumbre desapareció hacia el siglo XII, con algunas excepciones. Sacrosanctum Concilium propuso revivir esta forma de recibir la Preciosa Sangre en casos excepcionales, aunque la práctica pronto se hizo más general. La práctica propia de la forma extraordinaria tiene algunas ventajas: realza la naturaleza sacrificial de la Misa, en la que el rito exige que el sacerdote, pero no los fieles, beba del Cáliz; salvaguarda el respeto por los vasos sagrados, característica de la forma extraordinaria, incompatible con la práctica habitual de la forma ordinaria; evita una cantidad de dificultades prácticas y de abusos litúrgicos que surgen a veces en la forma ordinaria; y protege la salud pública contra algunos peligros.

 Juan de Juanes, Cristo con la Eucaristía (siglo XVI, Colección Esterházy, Budapest).

Texto 

1. La recepción de la comunión sólo bajo la especie de pan es un notable rasgo de la forma extraordinaria. Este ensayo procura exponer la racionalidad de la legislación y de la práctica en vigor[1]. Con esto se proporciona una sólida defensa de las restricciones de recibirla bajo las dos especies en la forma ordinaria.

2. En general, la comunión en las Iglesias orientales se recibe bajo las dos especies, usando el método de la intinción. Se desconoce el método usado en el Occidente latino en los primeros siglos[2], pero a partir del siglo VII los Ordines romanos prescriben que un poco de la Preciosa Sangre se vierta en cálices separados que contengan vino sin consagrar, y los fieles la reciban usando una fístula[3]. Más tarde, se siguió usando la fístula con la Preciosa Sangre sin diluir. Parece que en la Europa del norte el uso de la fístula reemplazó a la intinción[4]. La comunión de los fieles con el cáliz comenzó a desaparecer en Occidente en el siglo XII, y se siguió usando la fístula, en ocasiones especiales y en algunas comunidades religiosas, hasta el siglo XIV y aun después: por ejemplo, se la usaba por el monarca en su coronación, y por el diácono y el subdiácono en la Misa Solemne[5], así como por el papa en las Misas papales hasta los tiempos del Concilio Vaticano II.

3. El liturgista Joseph Jungmann sugiere que la comunión con el cáliz se suprimió en Occidente debido “a una comprensión más clara de que, per concomitantiam, Cristo entero está presente en cada una de ambas especies”[6], así como también debido a antiguas prevenciones sobre el peligro de verter la Preciosa Sangre. Resulta natural vincular esto con una mayor reverencia por el Santísimo Sacramento[7] y con el aumento de la costumbre de recibir la comunión fuera de la Misa.

4. Luego de que los husitas adoptaran la recepción de la comunión bajo las dos especies (cosa a la que luego adhirieron los luteranos y otros más), se autorizó dicha práctica a algunas regiones entre 1438[8] y 1621[9]. En la Alemania tardomedieval se siguió usando la fístula para la recepción, después de la Misa, del “Ablutionswein” no consagrado, y se la reinstauró para la comunión tanto en contextos católicos como luteranos[10], aunque se la prohibió posteriormente en las iglesias luteranas[11].

5. Los husitas utraquistas sostuvieron que era mandato del Señor la comunión con las dos especies[12]; que esto es necesario para la salvación; que el Señor no está presente enteramente en cada una de las especies, y que la Iglesia carecía de buenas razones para imponer la comunión con una sola especie. Estas ideas fueron condenadas, con infalibilidad, por el Concilio de Trento[13].

6. La cuestión del cáliz fue ventilada en la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia del Concilio Vaticano II: “Si bien los principios dogmáticos establecidos por el Concilio de Trento permanecen intactos, se puede dar la comunión con las dos especies, cuando los obispos lo consideren conveniente, no sólo a los clérigos y religiosos sino también a los laicos, en aquellos casos en que lo determine la Santa Sede, como, por ejemplo, a los recién ordenados en la Misa de su sagrada ordenación, a los profesos en la Misa de su profesión religiosa, y a los recién bautizados en la Misa que siga a su bautismo” (núm. 55)[14]. 

7. La Instrucción Sacramentali Communione (1970) declaró que, con autorización de la Santa Sede, “los ordinarios pueden definir situaciones especiales, a condición de que no otorguen permisos indiscriminadamente sino sólo para celebraciones claramente señaladas, y de que señalen las precauciones que hay que tomar. Se deberán también excluir los casos en que haya un gran número de comulgantes. Los grupos que reciban este permiso deberán también ser específicos, ordenados y homogéneos”.

8. La Instrucción advierte sobre los peligros de “falta de comprensión” y de profanación. El primero habrá de ser evitado con una “necesaria catequesis” (párrafo 5), y el segundo (párrafo 6), con una acción “realizada con dignidad, devoción y esmero, de modo de evitar el riesgo de la irreverencia”.

9. Se reiteró iguales principios en las posteriores Instrucciones Inaestimabile donum (1980)[15] y Redemptionis sacramentum (2004)[16]. Sin embargo, en 1984, la Congregación para el Culto Divino autorizó a los obispos de los Estados Unidos para ampliar el permiso a los fieles de comulgar con el cáliz a los domingos y fiestas[17], práctica que está hoy muy extendida en Europa y América del Norte.

10. Tal como lo aclaró la Instrucción Universae Ecclesiae[18], para la forma extraordinaria, la práctica se rige por la norma litúrgica vigente en 1962: sólo el celebrante comulga con el cáliz.

 Grabado (siglo XVI) de Lucas Cranach, donde se aprecia a Martín Lutero y Juan Hus administrando la comunión bajo ambas especies.

El valor de la norma de 1962.

11. Antes de poder evaluar la situación, hay que llamar la atención sobre varios otros temas.

12. Primero, la práctica actual vigente en la forma ordinaria no puede, con precisión, ser considerada como la restauración de una práctica antigua. Los métodos históricos de intinción y el uso de la fístula, que evitan la necesidad de que el cáliz sea tocado por quien comulga, aunque son permitidos por la forma ordinaria, son hoy casi desconocidos[19]. El método moderno se asemeja más cercanamente a la práctica de los grupos protestantes[20] y, de hecho, se suele hacer notar a menudo el lado ecuménico de esta nueva práctica[21].

13. Del mismo modo, la recepción del cáliz en la Alta Edad Media y, por cierto, entre los husitas y los primeros protestantes[22], tuvo lugar en el contexto de una infrecuente recepción de la comunión, lo cual disminuyó las consecuencias tanto en lo relativo a la reverencia como a la higiene.

14. Finalmente, la práctica moderna en la forma ordinaria tiene lugar en el contexto de una casi universal práctica de la comunión en la mano y del muy extendido uso de los ministros extraordinarios de la comunión. Lo primero contraría el uso de la intinción[23]; la distribución con el cáliz a numerosos fieles sirve, a su vez, como justificación putativa para el uso de los ministros extraordinarios[24].

15. Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI han lamentado la actitud descuidada en la recepción de la Comunión[25]. La exclusión del cáliz para los fieles refuerza la actitud de reverencia hacia el Santísimo Sacramento de dos maneras inmediatas: se reduce el riesgo de derramar la Preciosa Sangre, y se evita la necesidad de que los que comulgan tomen el cáliz con sus manos. La reverencia que se debe a los vasos sagrados es tratada con más detalle en el Apéndice A.

16. De modo más indirecto, la práctica en la forma extraordinaria evita una cantidad de problemas prácticos y la posibilidad de una serie de abusos litúrgicos a que da lugar a veces la distribución con el cáliz en la forma ordinaria, en las condiciones modernas, las que han debido ser abordadas por la Congregación para el Culto Divino[26].

17. Además, al crearse un contraste entre la recepción por el sacerdote bajo las dos especies, y de los fieles con sólo la hostia, se ilustra y enfatiza el carácter sacrificial de la Misa. La doble consagración del pan y del vino, que simboliza la separación del Cuerpo del Señor de la Sangre que derramó en su pasión, y también la recepción por el celebrante tanto de la Preciosa Sangre como de la hostia, es necesario para que se complete el sacrificio eucarístico, considerado en su aspecto ritual. La comunión de los fieles es un aspecto adicional del rito, que no añade nada a la validez del sacrificio ofrecido tanto por el sacerdote como por los fieles, y puede perfectamente hacerse por la recepción de sólo la hostia por los fieles.

18. La doble naturaleza de la Misa, como Sacrificio y como Sacramento, es un lugar común de la catequesis tradicional y de la espiritualidad[27]. La clara distinción entre ambos está hecha para hacer justicia a cada uno de ellos. Como ha observado el cardenal Ratzinger, este aspecto de la forma extraordinaria es un útil antídoto contra el énfasis unilateral de la Misa como una cena compartida[28].

19. Un último tema es el de la higiene. Esta causó una especial preocupación con ocasión de la epidemia universal de “fiebre porcina” (H1N1) de 2009, cuando muchas diócesis prohibieron la recepción del cáliz por los fieles. Se analizará esto con más detalle en el Apéndice B.

 Ecce Agnus Dei

Conclusión.  

20. Sacrosanctum Concilium propuso un renacimiento y extensión de la tradición tardo-medieval, que sobrevivió hasta los tiempos modernos, de que ciertas personas reciban el cáliz en ocasiones muy especiales, como el monarca durante su coronación. En el contexto medieval se lee que tales concesiones se hacen para “aumentar la gracia”[29]: supuesta la enseñanza del Concilio de Trento, esto hay que entenderlo no como gracia sacramental, sino como estímulo de una especial devoción.

21. Se estimulaba esta devoción en parte por el simbolismo del cáliz y en parte porque se trataba de un privilegio especial: fue sólo la recepción excepcional del cáliz por los no clérigos lo que tuvo presente Sacrosanctum Concilium. Si hoy se extendiera la forma extraordinaria, sin embargo, no se generaría la impresión de privilegio, debido a que la práctica se ha extendido hasta el punto de rutina en la forma ordinaria. Por otra parte, se puede estimular una mayor devoción al recibir la comunión con el modo distintivo de recepción que emplea la forma extraordinaria: de rodillas, en la lengua, con una patena, e invariablemente administrada por un sacerdote o, excepcionalmente, por un diácono.

22. La introducción en la forma extraordinaria de la distribución con el cáliz a los fieles crearía una disonancia tanto práctica como teológica en esta forma del rito romano[30]. En la práctica, sería difícil realizarla sin recurrir a ministros extraordinarios de la Comunión, e introduciría un inevitable riesgo de derrame que contrastaría con las cuidadosas precauciones que se toman en la forma extraordinaria para evitar la pérdida del más pequeño fragmento de la hostia consagrada. Teológicamente, crearía un conflicto con el énfasis general en la reverencia que se debe al Santísimo Sacramento y a los vasos sagrados, y con el énfasis que se pone en la naturaleza sacrificial de la Misa. Los rasgos de la forma extraordinaria opuestos a la distribución con el cáliz son, de hecho, algunos de los que más valor testimonial tienen, ante la Iglesia en su totalidad, sobre la Presencia Real del Señor en el Santísimo Sacramento.

 Mons. Athanasius Schneider distribuye la Comunión durante una Misa pontifical en Brooklyn (2013)
(Foto: The Tablet)

Apéndice A. La reverencia que se debe a los vasos sagrados.

No es una exageración afirmar que la actitud de los católicos en relación con el cáliz, el copón, la patena y el purificador ha experimentado una verdadera revolución a partir de 1962, la cual queda de manifiesto tanto por la práctica como por las normas litúrgicas. La práctica de la comunión con las dos especies no es el único factor en esta revolución, aunque basta por sí misma. Pero el modo en que se distribuye el cáliz en la forma ordinaria es simplemente incompatible con las normas tradicionales sobre la manera de tratar los vasos sagrados.

Tales normas reflejan una tradición ya atestiguada por San Gregorio Nacianceno (+ 389/390), quien tenía por algo obvio que los vasos sagrados no debían ser tocados por los laicos[31]. El Catecismo Romano explica lo siguiente: “Para salvaguardar por todos los medios posibles la dignidad de tan Augusto Sacramento no sólo se ha reservado la potestad de administrarlo exclusivamente a los clérigos, sino que también la Iglesia ha prohibido, por ley, que toda persona no consagrada ose manipular o tocar los vasos sagrados, los lienzos y todo otro instrumento necesario para su realización, a menos que ocurra algún caso de gran necesidad”[32].

La prohibición de que quienes no sean clérigos toquen los vasos sagrados entró en el Código de Derecho Canónico a través de las Decretales de Graciano (compiladas en el siglo XII), que citan una falsa Decretal del papa Sótero (+174)[33]. De modo similar, el Liber Pontificalis (circa 500) registra que el papa Sixto I (+124) estableció que sólo los ministros sagrados podían tocar los vasos sagrados.

Lo anterior es reiterado en el Código de Derecho Canónico de 1917 (canon 1306.1): “Debe cuidarse de que nadie, sino un clérigo o quien tenga la custodia de estas cosas, toque el cáliz, la patena o, antes de ser purificados, los purificadores, los palios y los corporales que han sido usados en el sacrificio de la Misa”. 

La cuidadosa observancia de esta actitud fue característica de la formación litúrgica preconciliar[34]. Su efecto se hizo claramente sentir en la piedad de los fieles, sus aspectos culturales han sido subrayados por el novelista Martin Mosebach[35], y dio origen a un fuerte sentido de la sacralidad de todas las cosas que tocan de cerca al Santísimo Sacramento y, a fortiori, del propio Sacramento. La actitud que quedó así contenida en la ley todavía está muy vigente hoy en la forma extraordinaria[36].

En contraste con lo anterior, el canon 1171 del Código de Derecho Canónico de 1983 dispone: “Los objetos sagrados que están destinados al culto divino por consagración o bendición, deben ser tratados con reverencia y no deben ser empleados para usos profanos o inapropiados, incluso cuando sean de propiedad de personas privadas”.

De modo similar, la Instrucción General del Misal Romano dice: “Entre las cosas necesarias para la celebración de la Misa, se venera especialmente los vasos sagrados, en particular el cáliz y la patena, en los que el pan y el vino se ofrecen y consagran, y desde los cuales son consumidos” (núm. 327).

La Instrucción Redemptionis Sacramentum (2004), reiterando lo dicho en la Instrucción General[37], especifica que quien purifica los vasos y los guarda es un sacerdote, un diácono o un acólito debidamente instituido[38]. Sin embargo, la purificación de los vasos sagrados por ministros extraordinarios de la comunión sigue siendo un abuso muy extendido.

Como ya se ha dicho, la distribución de la comunión con el cáliz, cuando la cantidad de fieles alcanza determinado tamaño, hace necesarios los ministros extraordinarios de la Eucaristía. Y aunque no se los necesitara, la distribución del modo usual, o sea, sin intinción ni uso de la fístula, según la práctica históricamente dominante en Occidente, hace necesario que quien comulga toque el cáliz.

La preocupación por que la reverencia debida al Santísimo Sacramento resulta a menudo insuficiente, expresada constantemente en el magisterio papal, se hace aquí obviamente relevante. La práctica de la forma extraordinaria, que se adecua espontáneamente a la disciplina tradicional, puede ser una valiosa lección para la Iglesia entera en este aspecto. 

 Alexander Coosemans, Alegoría de la Eucaristía (siglo XVII, Musée de Tessé).

Apéndice B. El problema de la higiene.

La preocupación por la higiene en la distribución de la comunión siempre ha formado parte de la práctica de la Iglesia latina. Santo Tomás de Aquino lo expresa de un modo memorable: “Si se descubriera que el vino ha sido envenenado, el sacerdote no debiera en absoluto ni tomarlo ni distribuirlo a los demás en ninguna circunstancia, para que el cáliz que está destinado a dar vida no se convierta en causa de muerte”[39].

Esto se dice también en las Instrucciones del Misal Romano de 1962[40].

No tiene nada de extraño, por tanto, que por consejo médico, se prohibiera la distribución con el cáliz en las diócesis inglesas de Plymouth, Brentwood, Lancaster y Portsmouth y en algunas parroquias de la arquidiócesis de Liverpool durante la epidemia de fiebre porcina (el virus H1N1) en 2009. También se prohibió la comunión en la lengua en la diócesis de Portsmouth, igual que el darse la mano en el rito de la paz[41]. Se tomó estas mismas precauciones en varias diócesis de América del Norte y en otras partes, y también por diversas diócesis anglicanas[42].

Ha habido varios estudios sobre la supervivencia del virus en “fómites”, superficies que fueron infectadas por un paciente. Por ejemplo, en un estudio, controlado por contrapartes, se encontró que el virus H1N1 podía sobrevivir cuatro horas en semejantes superficies[43]. Analizando más en general el tema de los fómites, un estudio del Norovirus, el virus común del vómito, se comprobó la dificultad de desinfectar una determinada superficie: el uso de un paño con un detergente común sólo servía para contaminar el paño y toda superficie no infectada previamente que éste tocara en adelante[44]. El Norovirus no se ve afectado por los detergentes, ya que carece de una cubierta viral lípida, pero puede ser eliminado por lejías diluidas. Y se recomienda el uso de agentes anti-bacterianos en el caso del virus de la fiebre porcina.

Está más que claro que la práctica usual de limpiar el borde del cáliz con un purificador y girarlo un poco al pasar de una a otra persona que comulga tiene sólo un valor simbólico. El tocar saliva ajena en un grupo grande de personas, que es lo que implica la práctica acostumbrada de la comunión con el cáliz en el Occidente latino, es un modo ideal de contagiarse infecciones de todo tipo.

Reiterando lo dicho anteriormente, lo poco frecuente de la comunión en la Alta Edad Media significa que este problema no tuvo entonces la misma importancia que ahora. Repitamos que los documentos que permitían la comunión con el cáliz siempre excluían el caso de grandes cantidades de fieles. La realidad actual en América del Norte y Europa es hoy, en cambio, muy diferente.

En cambio, no debiera haber peligro de transmisión de infecciones en el caso de la recepción de la hostia en la lengua, si es administrada correctamente, ya que los dedos del sacerdote no tocan la lengua del fiel. Y lo mismo ocurre en el caso de la práctica de la intinción con una cuchara, práctica de las Iglesias de Oriente: los contenidos de la cuchara simplemente se depositan cuidadosamente en la boca del fiel, y éste no la cierra sobre la cuchara. En tales casos, la preocupación de infecciones daría pie para asegurarse de que la práctica se lleve a cabo correctamente, pero no para suspenderla.

Aunque el caso de la epidemia de fiebre porcina provocó una especial preocupación, el tema de la higiene es más general y más prominente hoy que en 1970, que es cuando la práctica actual se propuso y extendió[45]. La práctica corriente, en el contexto moderno de los niveles de frecuencia de la comunión, y considerando grandes cantidades de fieles, plantea un efectivo problema de salud pública. 

 Vitral, iglesia de San José, Wakaponeta, Ohio (EE.UU.).

Apéndice C. La enfermedad de los celíacos.

Un asunto anexo a la comunión con el cáliz es el de los celíacos, que son intolerantes del gluten, proteína presente en el trigo y, por lo tanto, en las hostias comunes. El tema ha sido abordado por la Congregación para la Doctrina de la Fe y el cardenal Joseph Ratzinger, como su prefecto, dictó normas en esta materia en 2003[46]. A los laicos afectados se les aplica los principios siguientes[47]: 

A.1. Las hostias completamente libres de gluten no son materia válida para la celebración de la Eucaristía.

A.2. Las hostias con poco gluten (parcialmente libres de gluten) son materia válida siempre que contengan una cantidad suficiente de él como para obtener un pan libre de la adición de sustancias extrañas y sin usar procedimientos que pudieran alterar la naturaleza del pan.

B.1. Todo laico afectado por esta enfermedad que no pueda recibir la comunión con la especie de pan, ni siquiera de pan de bajo gluten, puede comulgar solamente con la especie de vino.

C.1. El ordinario es competente para autorizar que determinado sacerdote o laico use hostias de bajo gluten o mosto para la celebración de la eucaristía. Se puede otorgar habitualmente esta autorización durante todo el tiempo que se prolongue la situación que la justifica.

Hay que advertir que la recepción sólo del cáliz no es considerada como ideal por la American Catholic Celiac Society por varias razones, entre las cuales está el hecho de que, en el Commixtum, se deposita en el cáliz una fracción de la hostia, lo que contamina la Preciosa Sangre con restos de gluten, lo cual se agrava si quienes han comulgado previamente han usado la intinción[48].

Actualmente se encuentran con facilidad hostias bajas en gluten, aprobadas tanto por las correspondientes autoridades eclesiásticas como por las asociaciones que apoyan a los pacientes, y es práctica común que los sacerdotes que atienden a celíacos se aseguren de que las hostias sean consagradas en un copón separado.

Los celíacos que no pueden, sin daño para su salud, recibir ni siquiera una pequeña porción de hostia baja en gluten en ninguna ocasión, son una minoría dentro de lo que ya constituye un grupo minoritario. La posibilidad de que alguien no pueda, por motivos de salud, recibir la comunión no es desconocida en la historia de la Iglesia. El único modo de disponer de una comunión absolutamente libre de gluten sería consagrar un cáliz separado al cual no se le agregara parte alguna de hostia. Aunque la cantidad de personas para las que esto resulta necesario es ínfima, debiera aclararse bien la licitud de esta solución en el contexto de la forma extraordinaria.




[1] El P. Aidan Nichols propone la extensión a la forma extraordinaria del permiso para comulgar con el cáliz: Looking at Liturgy: a critical view of its contemporary form (San Francisco, Ignatius Press, 1996), p. 121.

[2] Joseph Jungmann hace referencia a Joseph Braun, pero ninguno de los dos logra dar pruebas efectivas de los métodos usados antes del siglo VII. Véase Jungmann, J., The Mass of the Roman Rite (trad. de Francis Brunner, Nueva York, Benzinger Brothers, 1955), II, p. 382 y notas 58-60; Braun, J., Das Christliche Altargeraet (Múnich, Max Hueber, 1932), pp. 79 y 247 e Ilustración X (apud Jungmann). La figura 28 de la Ilustración X muestra un mosaico del Monte Athos con la pintura de los Apóstoles que comulgan directamente de un gran cáliz, supuestamente en la Ultima Cena, pero aunque esto pueda referirse a una práctica común del clero, no se puede extrapolar al laicado. Sin embargo, está suficientemente establecida la muy extendida comunión con el cáliz, de acuerdo con determinado método, con la observación, por ejemplo, del papa León Magno (+461) de que rechazar el cáliz podría ser indicio de maniqueísmo (puesto que los maniqueos rehúsan beber vino): Sermo 4, de Quadr. (PL, 54, 279f): “[Los maniqueos], cuando osan asistir a nuestras celebraciones con el fin de ocultar su infidelidad, se comportan en la comunión de los Sacramentos de modo tal que a veces, para poder disimular del todo, reciben el cuerpo de Cristo con sus indignas bocas, pero evitan absolutamente beber la sangre de nuestra redención. Hago presente esto a vuestra piadosa mirada para que este tipo de personas quede descubierta ante vosotros por este indicio, y para que cuando su sacrílego intento sea detectado, sean expulsados de la compañía de los santos por la autoridad de los sacerdotes” (“Cumque at tegendam infidelitatem suam nostris audeant esse conventibus, ita in sacramentorum comunione se temperant, ut interdum, ne penitus latere non possint, ore indigno Christi corpus accipiant, sanguinem autem redemptionis nostrae haurire omnino declinent. Quod ideo vestrae notum facimus sanctitati, ut vobis hujuscemodi homines et his manifestantur indiciis, et quorum deprehensa fuerit sacrílega simulatio, a sanctorum societate sacerdotali auctoritate pellantur”).

[3] Llamado también calamus, pugillaris y muchas otras cosas.

[4] Por ejemplo, por el Concilio de Braga en 675 y por el Concilio de Clermont en 1096.

[5] Para este párrafo, véase JungmannThe Mass of the Roman Rite, cit., II, pp. 382-387. Braun, Das Christliche Altargeraet, cit., pp. 249-265, se refiere con cierto detalle a la extensión del uso de la fístula y a los términos usados para llamarla.

[6] Jungmann, The Mass of the Roman Rite, cit., II, p. 385.

[7] Esto se manifiesta también en la prolongación del ayuno eucarístico y en la decreciente frecuencia de la comunión. Véase FIUV, Position Paper 10: Elayuno eucarístico, núm. 2 y 3.

[8] Primero por el Concilio de Basilea en 1433. El Concilio de Trento dejó que el papa normara esta cuestión (Sesión XXII, cap. XI), y el papa Pío V lo hizo mediante un Breve de 29 de julio de 1564.

[9] Se suprimió la autorización para Baviera en 1571, para Austria y Bohemia en 1584 y en general en 1621 (véase Jungmann, The Mass of the Roman Rite, cit., II, p. 286). La posibilidad de una dispensa similar para ex anglicanos, en caso de una reconciliación a gran escala, se planteó de nuevo en la década de 1630, pero el proyecto no prosperó.

[10] Braun, Das Christliche Altargeraet, cit., p. 257: “el decreto emitido por el Sínodo Provincial de Salzburgo de 1564 sobre la recepción del cáliz por los laicos, luego de que el papa hubo autorizado la recepción en ciertas circunstancias limitadas, especifica explícitamente que la Preciosa Sangre debe ser recibida [literalmente “disfrutada”] mediante una pequeña caña”.

[11] Braun, Das Christliche Altargeraet, cit., p. 258: “En la eucaristía luterana, la caña se usó hasta bien entrado el siglo XVIII. Aunque los teólogos reformados y los sínodos combatieron la práctica, los luteranos en general la defendieron tanto por razones pragmáticas como por razones de decoro. En Altona, en 1705, un edicto del rey danés Federico puso fin al uso de la caña. En los  reales decretos prusianos de Brandenburgo se la prohibió poco después”. 

[12] Los textos probatorios de los utraquistas incluyen: “Bibite ex eo omnes” ("Bebed todos de él", Mt. 26, 27 y paralelos), “Nisi manducaveritis carnem Filii Hominis, et biberitis eius sanguinem, non habebitis vitam in vobis” ("Si no coméis la carne del Hijo del Hombre ni bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros", Jn 6, 53, y en general el discurso del pan de vida). Comenta el concilio de Trento (Sesión XXI, cap. I): “Aquél que dijo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros (v. 54), dijo también: Quien come de este pan vivirá para siempre (v. 59); y Él que dijo: Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna (v. 55) dijo también: El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (v. 52); finalmente, Él que dijo: Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él (v. 57), dijo asimismo: El que come este pan vivirá para siempre (v. 59)”.

[13] Concilio de Trento, Sesión XIII (1551), Canon III: “Si alguno niega que, en el venerable sacramento de la Eucaristía, Cristo entero está presente en cada una de las especies, y en cada parte separada de cada especie, sea anatema”. Sesión XXI (1562), Canon I: “Si alguno dice que, por precepto de Dios o por necesidad de la salvación, todos y cada uno de los fieles debe recibir ambas especies del Santísimo Sacramento, sea anatema”. Canon II: “Si alguno dijere que no tuvo la Santa Iglesia católica causas ni razones justas para dar la comunión solo en la especie de pan a los laicos, así como a los clérigos que no celebran, o que erró en esto, sea anatema”. Canon III: “Si alguno negare que Cristo, fuente y autor de todas las gracias, se recibe todo entero bajo la sola especie de pan, dando por razón, como falsamente afirman algunos, que no se recibe, según lo estableció el mismo Jesucristo, en las dos especies, sea anatema”.

[14] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia (1963), núm. 55: “Communio sub utraque specie, firmis principiis dogmaticis a Concilio Tridentino statutis, in casibus ab Apostolica Sede definiendis, tum clericis et religiosis, tum laicis concedi potest, de iudicio episcoporum, veluti ordinatis in Missa sacrae suae ordinationis, professis in Missa religiosae suae professionis, neophytis in Missa quae Baptismum subsequitur”.

[15] Congregación para el Culto Divino, Instrucción Inaestimabile Donum (1980), núm. 12: “Ni las conferencias episcopales ni los ordinariatos deben ir más allá de lo establecido en la presente norma: la autorización para la comunión con las dos especies no debe ser indiscriminada, y las celebraciones del caso deben ser precisamente especificadas, los grupos que se beneficien de este permiso, claramente definidos, bien disciplinados y homogéneos”.

[16] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum (2004), núm. 101: “Para que pueda administrarse la comunión con las dos especies a los fieles laicos, debe considerarse las circunstancias según, sobre todo, el juicio del obispo diocesano” (“Ut christifidelibus laicis sacra Communio sub utraque specie ministretur, congruenter astimanda erunt adiuncta, de quibus iudicent praeprimis Episcopi dioecesani”); núm. 102: “No debe darse el cáliz a los fieles laicos cuando haya un número tan grande de personas que comulgan que sea difícil calcular la cantidad de vino para la eucaristía y exista peligro de que una cantidad mayor que la razonable quede sin consumirse al finalizar la celebración” (“Ne ministretur calix christifidelibus laicis ubi tantus adsit communicandorum numerus, ut difficile evadat quantitatem vini ad Eucharistiam aestimare, et periculum exstet, ut “copia Sanguis Christi plus aequo remaneat in fine celebrationis sumenda””). La cita interna está tomada de la Instrucción General del Misal Romano, núm. 285, a).

[17] Protocolo CD 1297/78. Este se emitió después de extensos empleos del cáliz sin sujeción a las pautas dadas por documentos anteriores.

[18] Pontificia Comisión Ecclesia Dei, Instrucción Universae Ecclesiae (2011), núm. 28: "Además, en virtud de su carácter de ley especial, dentro de su ámbito propio, el motu proprio Summorum Pontificum deroga aquellas medidas legislativas inherentes a los ritos sagrados, promulgadas a partir de 1962, que sean incompatibles con las rúbricas de los libros litúrgicos vigentes en 1962" ("Praeterea, cum sane de lege speciali agitur, quoad materiam propriam, Litterae Apostolicae Summorum Pontificum derogant omnibus legibus liturgicis, sacrorum rituum propriis, exinde ab anno 1962 promulgatis, et cum rubricis librorum liturgicorum anni 1962 non congruentibus").   

[19] Véase Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum, núm. 103: “Las normas del Misal Romano admiten el principio de que en casos en que la comunión se administre con las dos especies, 'la Sangre del Señor pueda ser recibida ya sea bebiendo directamente del cáliz, o por intinción, o mediante una caña o una cuchara'. En relación con la administración de la comunión a los fieles laicos, el Obispo puede excluir la comunión con una caña o una cuchara donde ello no sea lo acostumbrado, aunque siempre existe la opción de administrarla por intinción” (“Normae Missalis Romani admittunt principium quo, in casibus ubi Communio sub utraque specie ministretur, “sanguis Domini sumi potest vel ex ipso calice directe bibendo, vel per intinctionem, vel cum calamo, vel cum cochleari”. Quoad Communionis christifidelibus laicis ministrationem, Episcopi Communionem cum calamo vel cum cochleari excludi possunt, ubi usus loci non sit, manente tamen semper optione Communionis per intinctionem ministrandae”) La cita interna está tomada de la Instrucción General del Misal Romano, núm. 245.

[20] Vale la pena consignar que, entre los anglicanos, la práctica común es que el ministro de la Eucaristía sostenga el cáliz y lo incline un poco para que lo reciba quien comulga; éste no toca el cáliz con las manos, sino sólo con los labios. Esta práctica, compatible con la ley litúrgica vigente, ha sido trasladada al Ordinariato de Nuestra Señora de Walsingham.

[21] Existe aquí un paralelo con la recepción de la hostia en la mano. Véase FIUV, Position Paper 3: El modo de recibir la comunión.

[22] La comunión frecuente es excepcional en la historia del protestantismo, atribuible en general a la influencia del catolicismo (en el siglo XX). Vale la pena advertir también que, al menos en Inglaterra y Gales, las congregaciones anglicanas son significativamente más pequeñas que las católicas (por la mayor cantidad de lugares de culto), lo que hace que el servicio eucarístico típico sea una cosa más íntima, y menos frecuente.

[23] Michael Davies cita al P. Tom Maher, quien escribía en 1979, en lo más álgido de la controversia sobre la introducción de la práctica de la comunión con las dos especies en los Estados Unidos, donde el P. Maher era Director Ejecutivo de la Oficina de Liturgia del cardenal Bernardin: “Podría mencionarse que nosotros no recomendamos recibir el pan y el vino por intinción, es decir, mojando el pan en el vino. Esta práctica minimiza el signo de comer y beber y, además, inhibiría a los fieles de recibir la comunión en la mano”. Davies, M., Communion Under Both Kinds (Long Prairie, The Neumann Press, ed. revisada, 1989), p. 28.

[24] El consejo usual de las conferencias episcopales es que se disponga de dos ministros para el cáliz por cada ministro para la hostia. Esto hace difícil que la distribución de la comunión con dos especies sea efectuada exclusivamente por sacerdotes y diáconos. Por otra parte, el uso de ministros extraordinarios de la Eucaristía es muy restrictivo según las leyes litúrgicas, y parece paradojal alegar que él se justificaría por la extensión de tiempo que la comunión de los fieles tomaría si no se los empleara, supuesto que esa duración excesiva se debiera al uso del cáliz, ya que la norma general es que no debe usarse el cáliz en el caso de grandes cantidades de personas. 

[25] Véase FIUV, Position Paper 3: El modo de la recepción de la comunión; y Position Paper 10: El ayuno eucarístico. Véase Benedicto XVI, Exhortación postsinodal Sacramentum Caritatis (2007), núm. 55: “Claramente, la participación plena en la Eucaristía tiene lugar cuando los fieles se acercan personalmente al altar a recibir la comunión. Y aunque esto es verdad, debe tenerse cuidado de que no piensen que el mero hecho de estar presentes en el templo durante la liturgia les da el derecho o, incluso, les impone la obligación de acercase a la mesa eucarística” (“Sine dubio plena participatio Eucharistiae habetur cum quis accedit etiam personaliter ad altare Communionis recipiendae gratia (169). Attamen cavendum est ne haec iusta affirmatio forsitan introducat inter fideles quendam automatismum, quasi quispiam ob solam praesentiam in ecclesia, liturgiae tempore, ius habeat, vel forsitan etiam officium, ad Mensam eucharisticam accedendi”).

[26] La Instrucción Redemptionis Sacramentum responde a los problemas asociados con la distribución de la Preciosa Sangre a los fieles con algunas clarificaciones, permisos y prohibiciones, del modo siguiente: “Primero, sólo por verdadera necesidad debe recurrirse a la ayuda de los ministros extraordinarios en la celebración de la Liturgia” (Solummodo ex vera necessitate recurrendum erit ad auxilium ministrorum extraordinariorum in Liturgiae celebratione) (núm. 151). Segundo, como se dijo antes, la distribución con el cáliz cuando la gran cantidad de comulgantes hace difícil calcular la cantidad de vino que habría que consagrar (núm. 102). Tercero, el problema relacionado de una gran cantidad de Preciosa Sangre consagrada lleva a la Instrucción a condenar la práctica de vaciarla de un vaso a otro después de la consagración (núm. 106). Cuarto, la posibilidad de que una gran cantidad de Preciosa Sangre sobre después de la comunión de los fieles exige que se reitere la gravedad del abuso de desechar las sagradas especies (lo cual conlleva excomunión latae sententiae) (núm. 107). Quinto, la Preciosa Sangre que sobre debe ser consumida por un sacerdote y no por un ministro extraordinario de la Eucaristía (núm. 107). Sexto, se condena la auto-intinción, tal como se condena, séptimo, la intinción con pan no consagrado (núm. 104). Octavo, la intinción requiere el uso de hostias de un tamaño adecuado (núm. 103). Noveno, por último, se prohíbe la distribución con el cáliz no sólo cuando existe riesgo de profanación, sino también cuando una parte notable del pueblo continúe prefiriendo no acercarse al cáliz por diversas razones, ya que el signo de unidad sería de algún modo negado” (núm. 102) ("ubi pars notabilis populi ad calicem variis ex causis perseveranter noli accedere, ablato igitur quodammodo signo unitatis").

[27] Por ejemplo, el Catecismo de Baltimore (núm. 872): “La Eucaristía es un sacramento cuando la recibimos en la comunión y cuando es reservada en el tabernáculo del altar. Es un sacrificio cuando es ofrecida en la Misa por la consagración separada del pan y del vino, que significa la separación de la Sangre de nuestro Señor de su cuerpo cuando murió en la cruz”. A Catechism of Christian Doctrine Prepared and Enjoined by order of the Third Plenary Coucil of Baltimore (Londres, Baronius Press, reimpresión de la edición de 1921, 2006), p. 164.

[28] Ratzinger, J., “Theology of the Liturgy”, en Reid, A. (ed.), Looking again at the Question of Liturgy with Cardinal Ratzinger: Proceedings of the July 2001 Fontgombault Conference (Silverado, St Michael's Abbey Press, 2003), p. 20: “Una buena parte de los liturgistas católicos ha llegado en la práctica a la conclusión de que Lutero, más que Trento, tenía razón en el debate del siglo XVI; se puede detectar una posición muy similar en la discusión post-conciliar sobre el sacerdocio […] Sólo con el trasfondo de la negación de la autoridad de Trento puede entenderse la violencia de la lucha, luego de la reforma litúrgica, por impedir la celebración de la Misa según el Misal de 1962. Dicha celebración constituye la más poderosa y (para ellos) la más intolerable contradicción de la opinión de quienes creen que la fe en la Eucaristía formulada en Trento ha perdido su valor”.

[29] De Lugo (Disputationes, 1869, vol. IV, pp. 39 y ss.) se refiere al permiso otorgado por Clemente VI al Rey de Francia para recibir el cáliz “ad maius gratiae augmentum”. Citado, con otras referencias similares, por Harris, C., “The Communion of the Sick, Viaticum, and Reservation”, en Lowther Clark, W. K./Harris, C. (eds.), Liturgy and Worship: A Companion to the Prayer Books of the Anglican Communion (Londres, Society for Promoting Christian Knowledge, 1932), p. 614.

[30] Véase Congregación para las Iglesias Orientales, Instrucción Il Padre, incomprensibile (1996), núm. 53, sobre la importancia de mantener el modo de recibir la comunión según la tradición de esas Iglesias: “Aunque esto impida enfatizar el valor de otros criterios, también legítimos, y aunque implique renunciar a ciertas conveniencias, el cambio del uso tradicional tiene el riesgo de constituir una intrusión no orgánica en el cuadro espiritual al que se refiere”.

[31] San Gregorio Nacianceno escribió (traducción literal): “¿Qué vasos sagrados, que no deben ser tocados, entregué a manos de los sin ley?”. El contexto es el reproche que dirige a los arrianos por promover tumultos en las iglesias de los ortodoxos, durante los cuales incluso mujeres de última especie hacían mofa de las cosas sagradas.

[32]  Catechism of the Council of Trent (trad. de John A. McHugh O.P. y Charles J. Callan O.P., 1923, reimpreso por Roman Catholic Books), p. 254.

[33] Es decir, una norma canónica atribuida falsamente al papa Sótero.

[34] O’Brien, W., A Handbook for the Sacristan: a detailed guide to prepare for liturgical functions (Imprimatur 1931; reimpreso por Veritas Press, Santa Monica, CA), p. 12: “El cáliz y la patena no deben ser manipulados por los laicos ni por nadie que no tenga las órdenes mayores. Sin embargo, se puede autorizar a tocarlos y prepararlos a quienes tengan la función de hacerlo”.

[35] Mosebach, M., The Heresy of Formlessness (San Francisco, Ignatius Press, 2006), p. 176, recordando el caso de la iglesia local durante su niñez, escribe: “El sacristán disfrutaba de un significativo privilegio para un laico: se le permitía tocar los vasos sagrados, el obispo mismo le había dado autorización. Su hijo, en cambio, no podía. Si éste tenía que tomar el cáliz, debía ponerse guantes blancos, tal como hacía cuando sacaba la custodia del armario (su padre ya no podía sostenerla)”.

[36] La prohibición de que toda persona, excepto el celebrante, comulgue con el cáliz dispuesta por el Código de Derecho Canónico de 1917 ha quedado abolida, pero aunque ya no tiene valor jurídico, todavía es válida como principio litúrgico en el contexto de la forma extraordinaria.

[37] Véase la Instrucción General del Misal Romano, núm. 163, 183 y 192.

[38] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum, núm. 119: “El sacerdote, una vez de regreso en el altar después de la distribución de la comunión, de pie en el altar o en la credencia, purifica la patena o el ciborio sobre el cáliz, luego purifica el cáliz de acuerdo con las prescripciones del Misal y seca el cáliz con el purificador. Cuando hay un diácono presente, vuelve con el sacerdote al altar y purifica los vasos. Se permite, sin embargo, especialmente si hay varios vasos que purificar, que se los deje, cubiertos, sobre un corporal sobre el altar o la credencia, para ser purificados por el sacerdote o el diácono inmediatamente después de la Misa, una vez que se ha despedido al pueblo. Además, un acólito debidamente instituido asiste al sacerdote o al diácono en la purificación y arreglo de los vasos sagrados ya sea en el altar o en la credencia. En ausencia de un diácono, un acólito debidamente instituido lleva los vasos sagrados a la credencia y ahí los purifica, seca y arregla del modo acostumbrado” (Sacerdos, ad altare post distributionem Communionis reversus, stans ad altare vel ad abacum purificat patenam vel pyxidem super calicem, postea purificat calicem, iuxta Missalis praescripta, et calice purificatorio absterget. Ubi adsit diaconus, ille cum sacerdote ad altare revertitur et vasa purificat. Licet tamen vasa purificanda, praesertim si sint plura, oportune cooperta, in altari vel in abaco super corporale relinquere eaque  statim post Missam, populo dimisso, a sacerdote vel diacono purificari. Item acolythus rite institutus sacerdotem vel diaconum in vasis sacris purificandis et componendis sive ad altare sive ad abacum adiuvat. Absente diacono, acolythus rite institutus vasa sacra ad abacum defert ibique more solito ea purificat, abstergit et componit).

[39] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, IIIa, q. 83, a.6, ad 3: “Si vero venenum ibi adesse deprehenderit immissum, nullo modo debet sumere nec alii dare ne calix vitae revertatur in mortem”.

[40] De Defectibus, X, 6: “Si algo venenoso cae en el cáliz después de la consagración o algo que pudiera causar vómitos, el vino consagrado debe ser vaciado a otro cáliz, se le añade agua hasta que el cáliz esté lleno para que el vino se disuelva, y esta agua debe ser arrojada al sacrarium. Debe traerse otro vino y otra agua para consagrarlo” (Si aliquid venenosum ceciderit in calicem, vel quod provocaret vomitum, vinum consecratum reponendum est in alio calice aqua pleno, ita ut species vini dissolvantur, et huiusmodi aqua in sacrarium proiciatur. Aliud autem vinum cum agua apponendum est, denuo consecrandum).

[41] Información en el Catholic Herald, 31 de julio de 2009.

[42] La suspensión del uso del cáliz se prevé en el contexto anglicano (británico) por el Sacrament Act de 1547, que siguió a un estallido de la peste bubónica.

[43] “En contraste, se recuperó virus vivos -como lo comprobó la prueba de la placa (para el N1H1 estacional) o la formación de focus fluorescente (para el pH1N1)- de la mayor parte de las superficies después de 4 horas, y de algunos materiales no porosos después de 9 horas, pero después de 24 horas habían descendido hasta niveles no detectables”. Greatorex, J. S./Digard, P./Curran, M. D./Moynihan, R./Wensley, H./Wreghitt, T./Varsani, H./García, F./Enstone, J./Nguyen-Van-Tam, J. S., Survival of Influenza A (H1N1) on Materials Found in Households: Implication for Infection Control”, Plos One, 22 de noviembre de 2011.

[44] “En un estudio de Barker et al., las superficies limpiadas con una solución detergente repartieron el norovirus a otras superficies no contaminadas. Como resultado, la superficie contaminada, el paño de limpieza y las superficies recién contaminadas dieron resultado positivo para la presencia de norovirus. Sin embargo, la limpieza con una solución clorina 5.000 ppm fue efectiva en la prevención de contaminación cruzada y en la eliminación del norovirus desde superficies ambientales". Boone, S. A./Gerba, C. P., Significance of Fomites in the Spread of Respiratory and Enteric Viral Disease”, Applied Environmental Microbiology, 2007.

[45] El estudio de los virus y la comprensión de cómo se difunden ha avanzado muchísimo desde comienzos de la década de 1970. El norovirus, por ejemplo, fue identificado por primera vez en 1972.

[46] Instrucción de 24 de julio de 2003, Prot.89/78-174 98.

[47] El documento dispone normas equivalentes para los sacerdotes que sufren de la enfermedad celíaca.

[48] Spreitezer, M./Spreitezer, C., Reaching Out to Catholics with Celiac Disease (Catholic Celiac Society). La práctica de la auto-intinción está, de hecho, prohibida por la Instrucción Redemptionis Sacramentum (2004), núm. 104.