domingo, 23 de febrero de 2020

A vueltas con el rito amazónico

Un colaborador de esta bitácora, Atanasio, nos envía unas breves reflexiones acerca del Sínodo de la Amazonía y, en particular, sobre la idea que rondó durante éste de crear un rito propio para la Amazonía.
 
 Ídolo pagano (¿la Pachamama?) es ingresado en andas sobre una piragua de madera a la Basílica de San Pedro durante el Sínodo de la Amazonía
(Foto: Lifesitenews)

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¿Un nuevo rito para la Amazonía?

Atanasio

No entraremos aquí en el tema general de la inculturación, que es el lugar propio de la cuestión que abordamos, y que merece un tratamiento mucho más largo.

Nos quedaremos, simplemente, en la constatación de un hecho que sorprenderá a muchos, aunque no a todos: las autoridades de la Santa Sede, a más de 50 años de distancia de la “reforma” litúrgica, y a pesar de todo lo que han contribuido la sociología y la antropología a los estudios de la religión, y no obstante todos los torrentes de tinta que se han dedicado a estudiar dicha “reforma” -hecha, no “según” el Concilio, sino “después” de éste-, están todavía en el mismo lugar en que se encontraban en la década de 1960 en materia de comprensión de la liturgia. No se han movido ni un paso, ni hacia atrás ni hacia adelante. Permanecen fijas en el mismo punto, como si estuvieran ciegas a lo que pasa en el mundo, apegadas a las mismas periclitadas ideas, dando vueltas a los mismos eslóganes. La actitud ante la liturgia que sostienen es un ejemplo insuperable de ideología, es decir, de un conjunto simplificado de emociones (y quizá alguna que otra idea), cuyo propósito no es comprender la realidad sino tratar de configurarla según sus deseos.

Pero la realidad, por cierto, no es una bestia mansa que se deje ensillar por arreos y monturas ideológicas. Los 70 años de montura soviética impuesta a la Europa del Este, y el corcoveo consiguiente que la desbarató, lo demuestran con estupenda claridad. “No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Pero nada de eso les dice nada a los monsignori involucrados, para no remontarnos más alto: la Santa Sede añadirá, a la deuda que ya tiene con la Iglesia y la liturgia, una nueva factura. Es difícil saber hasta qué punto está dispuesto a seguir endeudándose; lo que sí es claro es que ya no le queda capital para enfrentar los nuevos gastos. La quiebra espiritual está a la vuelta de la esquina.

 Curioso atavío del Papa Francisco durante el Sínodo de la Amazonía

¿Diseño de nuevos ritos para la Amazonía? Pero, ¿es que los ritos pueden crearse por decreto administrativo de alguna potestad burocrática de la Iglesia? ¿Puede darse al Prefecto de la Congregación para el Culto Divino -o a quien fuere- la orden de componer unos nuevos ritos que reúnan tales o cuales características? 

Lo primero que revela el ánimo de mandar a confeccionar ritos es que no se tiene la menor idea de lo que un rito es, de cómo surgen los ritos en la vida humana, de cuál es la imbricación de los ritos en la vida colectiva, de cuál es el poder que la sociedad tiene sobre los ritos y cuál el que los ritos tienen sobre la sociedad. O sea, estamos en presencia del mismo clima intelectual que llevó a cabo la “reforma” litúrgica de la década de 1960. Como lo ha sugerido alguien, en aquella aciaga década, en que en el mundo secular predominaban la sociología y la antropología de raigambre funcionalista-estructural, se pensaba, tal como lo planteaba ese enfoque, que los ritos eran funcionales al tipo de estructura que tenía la sociedad. Podríamos ahondar en este punto, pero la verdad es que no vale la pena. Pensemos, solamente, en que, fundados en semejante base, los liturgistas, luego de constatar que la sociedad moderna era totalmente diversa de la sociedad anterior, llamémosla “pre-moderna”, decidieron “aggiornar” la liturgia para hacerla funcional a la nueva sociedad. No traeremos a colación los argumentos “pastorales”, vale decir, de política eclesiástica, de sobra conocidos y conocidamente erróneos. Pero hay que enfatizar que los reformistas, empapados de este clima sociológico-antropológico, parecen no haberse percatado (o no quisieron hacerlo) de que la liturgia que estaban “reformando” había nacido y se había formado en una sociedad, la de la antigüedad grecorromana, que se había prolongado incólume a lo largo de diversos cambios socio-estructurales (el feudalismo y la sociedad estatal moderna), sin necesidad de ser “puesta al día”, sin que los hombres que vivieron a lo largo de esos más de mil quinientos años de historia hubieran sentido que “no entendían” esa liturgia, que permanecía igual al paso de los siglos, ni los pastores hubieran creído que había que “aggiornar” los ritos según los “cambios estructurales” que experimentó la sociedad en ese largo período.

Encargar, como hace el Documento Final del Sínodo sobre la Amazonía, a un futuro “nuevo organismo de la Iglesia en la Amazonía” que constituya “una comisión competente” para “la elaboración de un rito amazónico” equivale a encargarle algo tan necio como “elaborar una nueva Tradición”. Quizá a la luz de este concepto de Tradición, tan íntima y esencialmente ligado al de rito, resulte más fácil comprender hasta qué punto el Sínodo de la Amazonía peca de una ignorancia en estas materias que, después de los más de cincuenta años transcurridos desde el Concilio, es inexcusable. ¿Crear una “Tradición” a pedido? El punto no resiste ni el análisis más simple: la Tradición, cualquier tradición, supone un desarrollo en el tiempo, algo que, en el tiempo, una generación entrega a las que le siguen. Cualquier cosa que no sea resultado de este proceso de entrega no es tradición. Cualquier tradición es, en otras palabras, producto de un crecimiento orgánico que exige tiempo, según el modo como cualquier organismo se desarrollo y crece en el mundo natural, donde nada crece a saltos. Una forma de vida, una cosa viva, que no sea resultado de este proceso, es un Frankestein, y tan terriblemente frágil y peligrosa como él.      

sábado, 15 de febrero de 2020

Ronald Knox y la Santa Misa

Ronald Knox (1888-1957) fue un sacerdote católico inglés, conocido tanto por sus libros de teología como por sus historias detectivescas (célebre es, por ejemplo, su décalogo para una novela de misterio). Se lo recuerda también como escritor de guiones y locutor de la BBC. 

 Ronald Knox

Hoy queremos ofrecer a nuestros lectores algunos fragmentos (en cursiva) de la biografía que Evelyn Waugh (1903-1966) publicó sobre su amigo Ronald Knox y que muestran la importancia que la liturgia tradicional acabó teniendo para este converso del anglicanismo. Se trata de un libro muy recomendable, del cual existen dos versiones en castellano: una publicada por Ediciones Palabra y otra hecha por Jack Tollers y disponible en línea en su sitio web. La biografía apareció en 1959 y "nos sumerge en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX con una atención por el detalle que no conspira contra el ritmo de la relación ni la profundidad de los asuntos tratados" (Jack Tollers). El gran mérito de Waugh es haber conseguido desvelar "el conflicto interior de lealtades que Ronald [Knox] y él compartieron y que fue la clave de su vida" (Paul Johnson).

Los dos abuelos de Ronald Knox fueron obispos de la Iglesia anglicana y su padre (Edmund Knox) alcanzó también el episcopado anglicano cuando su hijo contaba con siete años de edad. Recibió una esmerada educación protestante, asistiendo a Eton College. Ahí comenzó su proceso de conversión con la lectura de Luz invisible de Robert Hugh Benson (1871-1914), que lo enfrentó por primera vez con la Virgen María como figura central de devoción y con el sacerdocio como un estado cuya función es primordialmente sacramental y no administrativa. Por esa época, pasó las vacaciones de verano de 1904 en Europa continental, justo después de haber empezado a tratar a algunos niños provenientes de familias ritualistas y de leer The Ritual Reason Why, un libro didáctico que explicaba el sentido místico de los distintos ornamentos, vasos sagrados y sacramentales. Comenzó a recibir la comunión cada domingo, alternando la parroquia más próxima y la capilla del colegio. En A Spiritual Aeneid (1918), su autobiografía de conversión, explicaba que para para él todos los símbolos eran sagrados, y que era ritualista mucho antes de serlo de verdad. Pero hasta que se trasladó a Oxford, sólo había asistido a un servicio anglocatólico. De hecho, el testimonio de ese viaje de verano nos muestra a un joven Knox todavía distante de la magnificencia del ritual católico, cuando se comenzaba a vivir los primeros tiempos del Movimiento Litúrgico: 

Cuando estuvo durante dos semanas con su hermano en Alemania y Bélgica se regocijó grandemente con la arquitectura de las iglesias a las que estudió con toda atención, pero nunca fue a una Misa Solemne. Las excentricidades de la religión local no le afectaban más que las excentricidades de la dieta inglesa.

Knox continuó sus estudios en Balliol, uno de los colleges de Oxford. Ahí recibió la influencia de los tractarianos en Pusey House, un centro vinculado al anglocatolicismo. También comenzó a frecuentar a quienes eran coloquialmente conocidos como “los Padres Cowley”, la primera orden religiosa masculina de la Iglesia anglicana. Fue fundada en 1866 en el pueblo de Cowley, cerca de Oxford, con el nombre de Society of St. John the Evangelist por el sacerdote anglicano Richard Meux Benson (1824-1915). Los monjes hacen los tres votos de pobreza, obediencia y castidad, y cuenta con una tercera orden para laicos (The Fellowship of St.  John) que prosperó en todo el mundo de habla inglesa, contando actualmente con un millar de adherentes. Poco a poco, el mundo monástico comenzó a cautivar al joven Knox y a moverlo hacia su conversión, que acabaría consumada en la hoy cerrada abadía benedictina de Fort Augustus, en Escocia: 

Los domingos siempre concurría a las solemnes Misas del monasterio de los Padres Cowley [...], a menudo llevando amigos consigo con la esperanza de que el coro de canto llano, los encendidos sermones del Padre Waggett y el austero ritual, apenas más suntuoso que el de Pusey House, pero considerablemente menos elaborado que el de San Barnabas, los seduciría y sumaría a su propia manera de entender la religión. También iba allí cuatro veces al año para confesarse.

 (Foto: numendigital.com)

Al poco tiempo de graduarse en Oxford, Ronald Knox recibió las órdenes sagradas y se ordenó como sacerdote de la Iglesia de Inglaterra en 1912, siendo destinado como capellán de Trinity College, donde era fellow desde 1910. En esos tiempos ya había adoptado un estilo que preparaba su conversión al catolicismo y que se consumaría en 1917, tanto en su vestimenta como en los usos rituales. Ese mismo apego a una liturgia inmemorial fue lo que le hizo sentir con dolor los cambios que comenzaron a sucederse a partir del pontificado de Pío XII y que también afectaron a su biógrafo, el escritor Evelyn Waugh, fallecido antes de la promulgación del Misal romano reformado: 


Desde los tiempos de su diaconado Ronald había adoptado un traje eclesiástico para usar en Oxford, y a veces en Londres lo más próximo a aquellos que había visto en Brujas; sotana, medias de seda y zapatos con hebilla; a esto le agregó ahora lo que describió en una carta como “una nueva y afrentosa prenda hecha a medida, que se conoce como mantelletta”. Aquellos que sólo llegaron a conocerlo más adelante, cuando su ropa apenas si alcanzaba lo respetable, se enterarán con sorpresa de este toque de dandy que lo caracterizaba cuando más joven. “Querido Sling”, le escribió desde Manchester a F.F. Urquhart, “¿por casualidad conoces una tintorería católica en Oxford donde se supiera planchar la sobrepelliz como Dios manda, esto es, con pliegues de acordeón? Si así fuera, me gustaría entrar en tratos con ellos. Mi hermana me dice que en las tintorerías y lavanderías comunes no saben cómo hacerlo.


La sobrepelliz se usaba no sólo para el púlpito, sino también en la capilla de Trinity, cuando celebraba en el altar domingo por medio alternando con su Presidente, quien prefería la “posición norte” a igual que el padre de Ronald. En la calle Graham de Londres y en otros lugares de Oxford donde celebraba oficios de la residencia St. Stephen y un convento de monjas anglicanas usaba casulla y buena parte del oficio en palabras y formas del Ritual Romano. Muchos de sus amigos se solazaban con los modos litúrgicos del continente y Ronald se mofaba considerablemente de los usos litúrgicos de los evangelistas, bien que las observancias exteriores de la religión lo tenían más bien sin cuidado. Amaba a la Iglesia católica y, en su deferencia, observaba sus ceremonias y recurría a sus ornamentos por considerarlos sus galas especiales. Vivió para ver cómo la Iglesia católica llegó a abandonar muchas de esas rúbricas y rituales que él había observando siendo anglicano. Vio el relajamiento del ayuno eucarístico y la irrupción de los laicos en las celebraciones litúrgicas; vio cómo los arquitectos eclesiásticos le dieron la espalda al Mediterráneo para seguir las áridas y proletarias modas del norte. Algunos de sus sermones más tardíos (en particular la serie de Corpus Christi predicada en Maiden Lane) constituyen recriminaciones que se dirige a sí mismo por su sentimental pena al comprobar cómo cambiaba la faz externa de la Iglesia.

“El bebe no entiende inglés”, dijo una vez, con desacostumbrada vehemencia, cuando se le pidió que administrara un bautismo en lengua vernácula, “y el Diablo sí sabe latín”. Pero su fastidio era simplemente parte de su general conservadurismo. Nada tenía que ver con su religión, que se hallaba fundada en estudios bíblicos, teología ortodoxa y oración mental.

De hecho, todavía siendo anglicano participó en la Sociedad de los Santos Pedro y Pablo, una editorial de tendencia anglocatólica fundada en 1911 que consideraba que era posible acercar ritualmente la Iglesia anglicana a la liturgia romana del catolicismo. Para ellos, por ejemplo, Knox tradujo el rito de Semana Santa, abreviado en 1955 por Pío XII: 

Ayudó a traducir la liturgia para Semana Santa del Misal Romano (que llegó a ver abreviada, y a su modo de ver, empobrecida, por decreto del Papa). Casi cuarenta años después realizó otra traducción para los editores Burns, Oates y Washbourne, una versión diseñada para leer a dos columnas con el latín, no para ser cantada. ¡Cuánta libertad de espíritu y anchura de corazón adquirió a lo largo de ese período!

Ronald Knox se convirtió al catolicismo en 1917, en medio de la Primera Guerra Mundial, la cual le costó la vida a mucho de sus amigos y de los antiguos alumnos de Oxford a los que trató. Un año después fue ordenado sacerdote. Durante ese tiempo de preparación vivió en el Oratorio de Brompton, en Londres. Fue ahí donde comenzó a vivir de manera católica, siempre de la mano de la cuidada liturgia de los hijos de San Felipe Neri: 

Ronald se mudó al Oratorio el 26 de noviembre [de 1917] y fue registrado como “estudiante eclesiástico a cargo de su propia pensión”. Nunca hubo cuestión de que ingresara al noviciado oratoriano. Era pura y simplemente un huésped, bien que durante trece meses observó, en cuanto le fue posible, las reglas de la casa, oyendo Misa diariamente, partiendo a las ocho y media de la mañana, volviendo en cuanto terminaba su trabajo, participando del oficio de Vísperas, compartiendo la recreación de la comunidad y yéndose a dormir a eso de las diez. Resultó un período de muy necesario “tranquilo reposo, de luz y de paz”, sobre el que siempre echó luego una mirada de cordial gratitud.

 El Oratorio de Brompton (Londres)

Entre 1926 y 1939, Knox volvió a Oxford, esta vez como el capellán católico de la universidad. Ahí buscaba ser cayado de pastor antes que anzuelo de pescador, recordando que a él le habían confiado que los estudiantes católicos conservaran su fe en medio de un mundo adverso, cuando no descreído. Estaba lejos, entonces, de esos grupos que, con ocasión y sin ella, tratan de introducir temas piadosos, la mayoría de las veces produciendo el efecto contrario del que pretendían lograr, fundados en un proselitismo mal entendido. En la capellanía celebraba la primera Misa de cada domingo. La tercera y última era dicha por un dominico conforme a su rito propio, evidencia de la riqueza litúrgica de la que hoy no se puede gozar: 

Los domingos Ronald siempre dijo la primera Misa a las 08.15 horas. Había luego Misa de nueve para la gente del barrio, generalmente celebrada por algún jesuita. “Los alumnos no suelen ir a esa; sin que haya tenido parte en el asunto... A las 10.30 la Misa es celebrada por uno de los dominicos. Ahí se complica un poco, porque los dominicos insisten en una Misa extraña que exige un ayudante acostumbrado al ritual”.

Tras dejar Oxford, Ronald Knox se trasladó a Aldenham, propiedad de sus amigos Lord y Lady Acton. Durante la Segunda Guerra Mundial, ahí funcionó un colegio de niñas a cargo de las religiosas de la Asunción. Como capellán se hizo conocido por las prédicas que daba los domingos después de la Bendición con el Santísimo. Nadie quería perdérselas. De hecho, su éxito llevó a Knox a publicar los guiones corregidos. Fue así como en 1948 vio la luz The Mass in Slow Motion (La Misa en cámara lenta), que ha sido traducido también por Jack Tollers (disponible aquí para descarga), donde se recogen los sermones que dedicó al Santo Sacrificio. Un año después publicó The Creed in Slow Motion (El Credo en cámara lenta), del cual existe una versión castellana de la Editorial Rialp:

Pero no fue su calidad de dispensador de entretenimientos lo que más impresionó a las chicas de Aldenham. Sus prístinas mentes juveniles reconocían la santidad, y la amaban. Él les explicó los pasos de la liturgia de un modo que nunca se les había explicado aunque entendieron mucho más participando de las Misas que celebraba. En una oportunidad una chica dio en pasar por la capilla mientras él hacía su acción de gracias; se arrodilló completamente absorbido en oración, y luego la niña le contó a una de las monjas que pasar entre él y el altar era como “cortar a través de lo sobrenatural”. 

En 1957, Knox fue diagnosticado de un cáncer incurable. Pese a que fue examinado en el núm. 10 de Downing Street, que entonces habitaba su amigo de la infancia Harold Macmillan, al que había dado clases particulares de latín y griego, por el médico personal del Primer Ministro, no hubo tratamiento posible. Murió el 24 de agosto de ese mismo año. La Misa de exequias fue celebrada en la Catedral de Westminster por S.E.R. George Laurence Craven, obispo auxiliar de la arquidiócesis. La prédica estuvo a cargo del R. P. Martin D'Arcy SJ. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de St Andrew's Church, Mells.

 (Foto: Knoxbible.com)

Nota de la Redacción: Con algunas correcciones menores de estilo, los textos reproducidos están tomados de Waugh, E., La vida del Rvdo. Ronald Knox, trad. de Jack Tollers, ed. electrónica disponible para descarga, pp. 58, 85, 100-101, 105, 156, 206 y 270.

jueves, 6 de febrero de 2020

In memoriam: Dr. Luis González Catalán (1946-2020)

Con hondo pesar, la Asociación Litúrgica Magnificat comunica el lamentable fallecimiento de quien fuera por muchos años su maestro de capilla y organista titular, el Dr. Luis González Catalán (1946-2020). Durante su larga trayectoria profesional, el Maestro González se destacó como insigne organista, clavecinista, compositor, organero y maestro de muchas generaciones de músicos, concertista internacional, autor de artículos en revistas especializadas y gran conocedor de la obra de J.S. Bach y Buxtehude, además de restaurador de los instrumentos que interpretaba.

Sus restos están siendo velados en la Catedral de Melipilla (Ortúzar 420, Melipilla). La Misa de exequias tendrá lugar mañana viernes 7 de febrero, a las 16:00 horas, en ese mismo lugar. 


El Maestro González nació en Santiago de Chile el 29 de Agosto de 1946. Tomó clases particulares de órgano con el sacerdote Pedro Deckers y posteriormente continuó estudios en la Escuela Moderna de Música y en el Conservatorio Nacional de Música. En 1970 viajó a los Estados Unidos para realizar estudios de licenciatura en órgano en la Texas Tech University (Lubbock, Texas), donde se benefició de de la enseñanza de Judson Maynard y Marie-Claire Alain. Una beca del gobierno francés le permitió realizar estudios de restauración y reparación de órganos a partir de 1972 en la firma Danion-Gonzalez (París) y después en los Establecimientos Koenig de Sarre Union, Alsacia. Al mismo tiempo estudió ejecución e improvisación al órgano con los maestros André Isoir y Jean Langlais. Se graduó como Licenciado en Artes Musicales (BMA) con el Dr. Wayne Hobbs en diciembre de 1995. Como alumno de postgrado de Texas Tech University recibió el título de Magíster en Artes Musicales en agosto de 2003. Se graduó como Doctor en Filosofía de Bellas Artes como alumno del Dr. Roy Wilson el 10 de agosto de 2013.

De regreso en Chile, retomó su carrera como músico de iglesia, concertista de órgano, profesor de música sagrada y de órgano, y restaurador de órganos. Junto a sus hermanos Patricio y Sergio ha restaurado unos cuarenta de estos instrumentos en Chile, el último de los cuales fue el de la Catedral de Punta Arenas, que data de comienzos del siglo XX. Ha reparado además órganos en Alemania, Francia y Suiza. Fue organista oficial en la Catedral de Santiago y, entre otras, de las parroquias del Sagrado Corazón de Providencia, Santa Teresa de los Andes, de la Compañía y de San Juan de Dios, además de servir en las funciones litúrgicas de nuestra Asociación. Colaboró asimismo con la capilla musical de la Catedral de Melipilla, ciudad donde pasó sus últimos años. 


Junto a sus alumnos Alejandro Reyes y Carlos Weil realizó dos ciclos de conciertos dedicados a las obras completas de Johann Sebastian Bach Bach y de Dietrich Buxtehude, y también la "Antología de la Música de Órgano", ciclo de 42 conciertos de órgano desde los inicios al siglo XX, que significó el Premio Especial del Círculo de Críticos de Arte en 1982. Posteriormente, ejecutó ciclos completos con las obras para órgano de Franz Liszt en la Iglesia de Nuestra Señora de Luján de Santiago, y de César Franck en el Santuario de Agua Santa, Viña del Mar. En 2007 repitió en diez conciertos el ciclo Buxtehude en la Iglesia San Miguel Arcángel de la Fuerza Aérea de Chile en Santiago, con ocasión del tricentenario de la muerte del compositor. En 2009 tocó las obras completas para órgano de Félix Mendelssohn en siete conciertos, y durante 2013 las obras completas para órgano de Johann Ludwig Krebs en doce conciertos. En 2014 tocó las obras completas para órgano de Carl Philip Emanuel Bach en la iglesia luterana El Redentor de Santiago.

En 1993 tuvo el honor de tocar en la Basílica de San Pedro con ocasión de la Misa de Acción de Gracias por la canonización de Santa Teresa de los Andes. 

El Maestro González fue uno de los grandes exponentes de la música litúrgica en Chile durante las últimas décadas, que se manifestaba en un profundo aprecio y cariño por las forma extraordinaria. Esto se debió a su profunda vocación religiosa, que lo llevó a pasar un tiempo en la Orden Benedictina. Compuso también música para Misas, un Tedeum e himnos para la Liturgia de las horas. 


Requiem aeternam dona ei Domine.
Et lux perpetua luceat ei.

Requiescat in pace.

Nota de la Redacción: El esbozo biográfico del Maestro González Catalán ha sido tomado y adaptado de la página de la Corporación Cultural Luterana de Valdivia y de la nota de prensa publicada en El Mercurio de Santiago el día viernes 7 de febrero de 2020 (p. A10).

FIUV Position Paper 29: El papel de los laicos en la forma extraordinaria

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el Misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 29 y que versa sobre el papel de los laicos en la forma extraordinaria, cuyo original en inglés se puede consultar aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de junio de 2016. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del sumario (Abstract) que lo precede. 

Cabe recordar que en su día dedicamos una entrada de esta bitácora a las funciones que pueden cumplir los laicos en las funciones litúrgicas. 


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El papel de los laicos en la forma extraordinaria

Abstract

Se ha argumentado que la forma extraordinaria excluye al laicado de la participación en la liturgia, porque contempla sólo un limitado número de papeles litúrgicos para ser desempeñados por los laicos: por ejemplo, los laicos pueden servir en el altar, pero no pueden ser lectores ni ministros extraordinarios de la Eucaristía. En este documento demostramos que los papeles litúrgicos formales no tienen el fin de promover la participación, sino de hacer digna la celebración de la liturgia, y que hoy existe el peligro, condenado especialmente por Juan Pablo II y Francisco, de que se produzca una clericalista “clericalización” de los laicos que, basándose en la idea de que sólo los clérigos en la Iglesia tienen autoridad y prestigio, aspira a constituir una élite laical que funcione como un adjunto de la clase clerical. La clara demarcación entre clérigos y laicos en la forma extraordinaria hace más fácil y fortalece la comprensión del papel propio de los laicos, que es conformar con Cristo a la familia y al mundo del trabajo y de la política.

Texto

1. El involucramiento de los laicos en los papel litúrgicos formales, que van más allá de ser simples miembros de la congregación, es mucho menos prominente en la forma extraordinaria que en la forma ordinaria[1], y se dice a veces que la práctica de la forma extraordinaria excluye innecesariamente  a los laicos de una participación más activa en la liturgia en este aspecto, y aun que esta exclusión es prueba de clericalismo. Este documento responde a esta alegación en el contexto de la cuestión, más amplia, del papel de los laicos en la Iglesia.

2. En esta serie de documentos ya se ha abordado el tema de la participación litúrgica de los miembros comunes de la congregación[2], y se ha sugerido algunas vías para la profundización de la experiencia del laicado en la forma extraordinaria[3].


(Foto: LifeSiteNews)
 
Clericalismo, clericalización y cesaropapismo.

3. Los clérigos (que han recibido órdenes clericales) y no clérigos, tanto laicos como religiosos[4], desempeñan papeles diferentes en la Iglesia y en la historia de la salvación. Se puede definir como “clericalismo” la tendencia a minimizar la importancia y dignidad de los laicos y a suprimir la autonomía propia de los clérigos en la esfera que les corresponde. Su opuesto es el “cesaropapismo”, según el cual las autoridades laicas asumen la autoridad que corresponde a los clérigos. Ambos fenómenos han existido en la historia de la Iglesia, pero ninguno ha dominado perdurablemente en el pensamiento católico. Aunque sea estrecha la colaboración de ambas esferas y aunque los mismos individuos tengan papeles tanto laicales como clericales[5], ha sido siempre real la distinción entre la esfera secular y la espiritual.

4. El término “clericalización” fue popularizado por Juan Pablo II[6]. En sus palabras: “deviene en una forma de clericalismo cuando los papeles sacramentales o litúrgicos que pertenecen al sacerdote son asumidos por los laicos, o cuando éstos se ponen a desempeñar tareas de gobierno pastoral que pertenecen en propiedad al sacerdote”[7].

Y también: “el compromiso de los laicos se politiza cuando el laicado es absorbido por el ejercicio del 'poder' dentro de la Iglesia”[8].

5. El papa Francisco ha puesto énfasis en este análisis: “Las mujeres en la Iglesia deben ser valoradas, no 'clericalizadas'. Quien quiera que se imagine cardenales mujeres, adolece de algo de clericalismo”[9].

6. Los intentos de clericalización, en vez de negar la premisa del clericalismo en cuanto a que la dignidad y la autoridad en la Iglesia corresponden sólo al clero, procura restablecer el equilibrio entre clero y laicado favoreciendo a este último, permitiéndole cierta dignidad y autoridad específicamente clericales, bajo conducción clerical. Puesto que son pocos los laicos que pueden ser privilegiados de este modo, el papa Francisco ha observado recientemente que con ello se da origen a una nueva élite clericalizada[10].

7. La respuesta adecuada al clericalismo es atribuir su dignidad propia y su autonomía a los papeles del clero y del laicado. Así, el Decreto sobre el apostolado de los laicos, Apostolicam actuositatem, del Concilio Vaticano II, enseña que “[e]l laicado debe emprender la restauración de orden temporal [ordo temporalis] como su tarea especial propia. Guiados por la luz del Evangelio, de acuerdo con el espíritu de la Iglesia y motivados por la caridad cristiana, los laicos deben actuar directamente y de un modo preciso en la esfera temporal”[11].

Como lo detalla a continuación el Decreto, esto debe hacerse en el contexto familiar, profesional y político[12].

 (Foto: Crisis Magazine)

Los papeles litúrgicos laicos.

8. Apoyados en estas distinciones, podemos afirmar que es evidente la debilidad de la acusación de que la forma extraordinaria es un ejemplo de actitud clericalista porque excluye a los laicos de ciertos papeles litúrgicos que son, por su naturaleza y origen, clericales, o que ofrecen al clero alguna especial colaboración[13]. Dicha imputación deriva, precisamente, del espíritu de clericalización ya descrito.

9. El Magisterio se ha constantemente opuesto a la idea de que la participación activa exige un papel formal en la liturgia. Como ha dicho Juan Pablo II: “la participación activa no excluye la activa pasividad del silencio, de la quietud y de la escucha, sino que, al contrario, la exige. Los fieles no son pasivos, por ejemplo, cuando oyen las lecturas o la homilía, o siguen las oraciones del celebrante y los cantos y la música de la liturgia. Sí, éstas son experiencias de silencio y quietud, pero son, en su modo propio, profundamente activas”[14].

Tanto antes como después de su elección, Benedicto XVI puso énfasis en la especial profundidad de la participación y comunicación silenciosas[15].

10. En relación con el tema de los ministros extraordinarios de la comunión, la Congregación del Culto Divino creyó necesario puntualizar que el permiso concedido a ellos tiene el propósito de responder a una necesidad práctica excepcional, y no el de permitir una más plena participación del laicado”[16]. Asimismo, el cardenal Javierre Ortás, como Prefecto de dicha Congregación, explicó los papeles litúrgicos que pueden cumplir los laicos según el canon 230 del Código de Derecho Canónico: “Debe entenderse con toda claridad que los servicios mencionados precedentemente son realizados por los laicos ex temporanea deputatione, según el juicio del obispo, sin que los laicos, sean hombres o mujeres, tengan derecho alguno a ejercerlos”[17].

11. Los papeles litúrgicos laicos, que pueden ciertamente ser un servicio legítimo y genuino a la Iglesia, no tienen el propósito de permitir una participación más profunda de quienes los llevan a cabo, o de dar a los laicos una dignidad o autoridad que, de otro modo, no tendrían, sino que, más bien, de hacer posible la adecuada celebración de la liturgia[18]. Los laicos involucrados pueden experimentar un compromiso particularmente estrecho con la liturgia: se ha observado a menudo que el servicio del altar, especialmente, puede fomentar las vocaciones[19]. Por otra parte, las exigencias técnicas hechas a los cantantes y monaguillos, por ejemplo, pueden serles un impedimento para abandonarse a la orante contemplación de la acción litúrgica. En todo caso, estos papeles litúrgicos no son ni una parte necesaria ni un modelo de la participación en la liturgia, ni reflejan el papel propio del laicado en la Iglesia como un todo. 

 Schola-Sainte-Cécile, St. Eugène-Sainte Cécile (París, 2014)
(Foto: Rorate Caeli)

Las instituciones laicas en la Iglesia. 

12. La realidad de la esfera secular, no como algo opuesto a las realidades espirituales sino como una parte de la Iglesia que complementa la esfera clerical, ha quedado obscurecida por el declinar de las instituciones laicas católicas, tan importantes en la vida de los fieles hasta mediados del siglo XX. Hubo un tiempo en que los Estados católicos, las instituciones católicas laicas dedicadas a la educación o la medicina, las cofradías y sodalicios e incluso las empresas comerciales con un fuerte carácter católico, manifestaban la fe de innumerables modos[20].

13. Aunque a veces existieron abusos, la autoridad temporal que se otorgaba a los clérigos, y los privilegios clericales concedidos a laicos importantes[21], sirvieron en siglos pasados para manifestar el mutuo reconocimiento y respeto entre estas dos esferas, así como su armonía e interpenetración en el progreso de la sociedad cristiana, y el hecho de que ninguna estaba, en último término, subordinada a la otra. Actualmente sobreviven de ellos algunos vestigios que conservan su valor, como los privilegios de ciertas abadesas y el papel del clero en las sesiones de apertura de los cuerpos legislativos seculares. En la forma extraordinaria se prevé que se dé la Pax a ciertos “laicos de alto rango”[22].

14. Un ejemplo del estrecho apoyo que, en tiempos pasados, dio el laicado incluso a la acción litúrgica de la Iglesia es el del papel que los gremios y cofradías, en la Edad Media, desempeñaron para colaborar con algunas necesidades y tareas litúrgicas específicas[23]. Sigue siendo tarea de los benefactores laicos de la Iglesia la prestación de un apoyo similar y, de un modo diferente, de la Foederatio Internationalis Una Voce y sus asociaciones miembros.

15.  Hoy es la familia el contexto más importante en que se puede sostener una colectividad laica católica, en que su papel no viene delegado por el clero, sino que le es dado directamente por Dios. Como ha enfatizado Pío XI: “Por tanto, la familia recibe directamente de Dios la misión y, por tanto, el derecho a educar a los hijos, derecho inalienable porque está inseparablemente unido a una estricta obligación, un derecho anterior a cualquier otro derecho, de cualquier tipo, de la sociedad civil y del Estado, e inviolable, en consecuencia, por cualquier poder terreno”[24].

La familia tiene que ver con el bienestar tanto espiritual como físico de sus miembros, y el Concilio Vaticano II la ha descrito como “Iglesia doméstica”[25].

16. La espiritualidad característica de los católicos que adhieren a la forma extraordinaria pone gran énfasis en la familia, preservando muchos rasgos positivos del hogar católico, como el despliegue de imágenes devotas y la oración en común, que han desaparecido de demasiados hogares nominalmente católicos, y mantienen, de este modo, una comunidad con un muy rico sentido de identidad católica, en que ésta es claramente visible. 

17. El testimonio de las familias católicas nos recuerda que la Iglesia no es una institución clerical a la que los laicos acuden en busca de ciertos bienes y servicios. La Iglesia en la tierra es el conjunto de los fieles, y la familia representa la unidad básica de la sociedad, considerada en su aspecto temporal. En la esfera temporal, los laicos tienen prerrogativas y autoridad que son inalienables[26]. Una instintiva comprensión de esto permite a los católicos liberarse del clericalismo, por lo que no aspiran a invadir el reino de los clérigos.

18. La clara distinción entre clero y laicos en la forma extraordinaria facilita la comprensión de sus diferentes roles. Al mismo tiempo, hay algunos rasgos de la antigua liturgia, como el Confiteor separado del sacerdote y los acólitos, y la común orientación del culto[27], que enfatizan que tanto unos como otros están, en la liturgia, implicados en un común acto de culto.

19. Benedicto XVI ha mostrado la positiva relación entre una liturgia sacralizada y una conciencia de la diferente vocación del laicado: “Un sentido debilitado del significado e importancia del culto cristiano sólo puede conducir a un debilitado sentido de la vocación específica y esencial del laicado de imbuir el orden temporal con el espíritu del Evangelio”[28].

 (Foto: One Peter Five)



[1] En la forma extraordinaria serán usualmente laicos quienes sirvan el altar, formen el coro y, los domingos, recojan la colecta del ofertorio. En la forma ordinaria normalmente se agregan a éstos otros papeles, como el de lector laico (de las dos lecturas no evangélicas los domingos), conductor del salmo responsorial y de las invitaciones a orar, integrante de la procesión del Ofertorio, ministro extraordinario de la comunión y, en algunos casos, conductor de servicios para-litúrgicos simultáneos, como la “liturgia de los niños”. Muchos de estos papeles están descritos y regidos por el canon 230 del Código de Derecho Canónico (1983) y por los núm. 98-117 de la Instrucción General del Misal Romano (2003).

[3] Especialmente, la restauración del ayuno eucarístico a un lapso que tenga sentido (FIUV Positio Paper 10: El ayuno eucarístico), la reposición de los días de precepto a su fecha tradicional (FIUV Positio Paper 13: Los días de precepto), y la autorización para celebrar las ceremonias pre-1955 de la Semana Santa (FIUV Positio Paper 14: La reforma de 1955 de la Semana Santa, 1a parte y 2a parte).

[4] A veces se diferencia los religiosos de los laicos y a veces se los incluye entre éstos. En este documento importa advertir que los religiosos, en cuanto religiosos, no son clérigos, aunque también se diferencian de los demás laicos.

[5] Así, un clérigo puede ser un competente médico, o maestro, o arquitecto. Históricamente, algunos obispos han detentado autoridad temporal, y el Papa todavía lo hace hoy día.

[6] Véase Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Christifideles laici (1988), núm. 23: “En la misma asamblea sinodal, sin embargo, se expresó un juicio crítico, junto con estos elementos positivos, del uso demasiado indiscriminado del término 'ministerio', de la confusión y equiparación del sacerdocio común  con el sacerdocio ministerial, de la falta de cumplimiento de las leyes y normas eclesiásticas, de la arbitraria interpretación del término 'subsidiariedad', de la tendencia a la 'clericalización' de los fieles laicos y del riesgo de crear, en realidad, una estructura eclesial de servicios paralelos a los de la fundada en el Sacramento del Orden” (vocabuli 'ministerium', circa confusionem et, interdum, exaequationem commune inter et sacerdotium ministeriale, circa id quod aliquae ecclesiasticae leges et normae parum observentur; quod ad arbitrium fiat interpretatio de conceptu 'subsidiaritatis'; quod christifideles laici quodammodo 'clericalizentur'; quod periculum adsit re constituendi structuram quamdam ecclesialem servitii quae parallela exsistat illi quae Ordinis sacramento fundatur).

[7] Juan Pablo II, Discurso a los obispos de las Antillas, 7 de mayo de 2002.

[8] Ibid.

[9] Entrevista con Andrea Tornielli en La Stampa, publicada el 14 de diciembre de 2013.

[10] Francisco, “Carta al Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, cardenal Marc Ouellet”, 19 de marzo de 2016: “Sin darnos cuenta, hemos creado una élite laica, creyendo que sólo sus miembros son laicos comprometidos, que trabajan en cosas 'de los sacerdotes'. El tipo de clericalización criticado por Francisco en esta carta es un fenómeno moderno: “cosa que considero ser fruto de vivir mal la eclesiología propuesta por el Vaticano II”.

[11] Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem sobre el apostolado de los laicos (1965), núm. 7. La traducción dada en el sitio web de la Santa Sede ha sido retocada para favorecer una versión más literal. Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución apostólica Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual (1965), núm. 43; Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia (1964), núm. 30-38; Pablo VI, Encíclica Evangelii nuntiandi acerca de la evangelización en el mundo contemporáneo (1975), núm. 70; Juan Pablo II, Exhortación post-sinodal Christifideles laici (1988), núm. 15; Juan Pablo II, Discurso a los obispos de las Antillas, 7 de mayo de 2002; Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est sobre el amor cristiano (2005), núm. 29.

[12] La enseñanza pre y post-conciliar de la Iglesia es expuesta por el cardenal Francis Arinze en su The Layperson’s Distinctive Role (San Francisco CA, Ignatius Press, 2013).

[13] Obviamente el papel de ministro extraordinario de la comunión reemplaza al ordinario ministro clérigo de la comunión, sacerdote o diácono. Los papeles de lector y de acólito son, históricamente, órdenes clericales menores, y el primero, tanto en la forma ordinaria como extraordinaria, es generalmente cumplido usándose una forma modificada del atuendo clerical. Más antiguamente, un coro laico canta lo que antes estaba a cargo de una schola de clérigos, y canta también las “partes del pueblo”. Josef Jungmann escribe que el Gloria fue cantado, desde épocas tempranas, por “el clero reunido en el presbiterio” (Jungmann, J., The Mass of the Roman Rite: Its origins and development (trad. de Francis A. Brunner, New York NY, Benzinger Brothers, 1950, vol. I, p. 357). En general, los conductores de las paralitúrgicas “liturgia de los niños”, si no son clérigos, asumen un papel clerical al dirigir la ceremonia. Estos y otros papeles similares sacan al laico de su esfera, y lo ponen en una en que se halla sometido a la dirección y autoridad de los clérigos.

[15] Benedicto XVI, The Spirit of the Liturgy (San Francisco, Ignatius Pres, 2000), p. 209: “Cada vez más nos damos cuenta de que el silencio es parte de la liturgia. Respondemos, con el canto y la oración, al Dios que se dirige a nosotros, pero el misterio más grande, el que sobrepasa a toda palabra, nos conmina al silencio”. Cfr. Benedicto XVI, Mensaje para la XLVI Jornadas Mundial de las Comunicaciones. “Silencio y Palabra: camino de evangelización, 20 de mayor de 2012: “Es a menudo en silencio, por ejemplo, que vemos que tiene lugar la comunicación más auténtica”. Cfr. FIUV, Positio Paper 9: El silencio y la inaudibilidad en laforma extraordinaria.   

[16] Véase Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis sacramentum (2004), núm. 151: “Sólo en caso de auténtica necesidad puede recurrirse a la ayuda de ministros extraordinarios en la celebración de la liturgia. Este recurso no tiene por finalidad una más plena participación de los laicos, sino que, por su naturaleza misma, es suplementario y provisorio”. 

[17] Congregación para el Culto Divino, Carta sobre el servicio al altar de las mujeres, 15 de marzo de 1994.

[18] Más sobre participación litúrgica en FIUV Positio Paper 2: La piedad litúrgica y la participación.

[19] Véase FIUV Positio Paper 1: El servicio de hombres y niños en el altar, núm. 3.

[20] Por vía de ejemplo, tomando nota del calendario litúrgico y de las obligaciones religiosas; usando o proporcionando bendiciones y otros sacramentales; llevando a cabo oraciones en común, como el Angelus. En un nivel más general, tales instituciones podían mantener y compartir actitudes por el solo hecho de ser sus miembros católicos que manifiestan su fe en palabras y obras sin temor o vergüenza. Puesto que estas instituciones proporcionaban un ambiente de apoyo espiritual a los católicos y, al mismo tiempo, estaban inevitablemente en contacto con instituciones e individuos no católicos, su impacto evangelizador era considerable.

[21] Hubo una serie de reyes que tenían el privilegio de comulgar con la Preciosa Sangre en determinadas ocasiones (normalmente el día de su coronación y en su lecho de muerte): véase FIUV, Positio Paper 17: La recepción de la comunión sólo bajo la especie de pan en la forma extraordinaria, núm. 20 y nota 29. A ciertos reyes se les otorgó también, históricamente, el carácter de proto-canónigos laicos de las iglesias romanas, como el emperador del Sacro Imperio en la Basílica de San Pedro, los reyes de Francia en San Juan de Letrán y en San Pedro, los reyes de España en Santa María Mayor, y el rey de Inglaterra (antes de la reforma) en San Pablo Extramuros. El actual rey de España y el actual Presidente de Francia todavía conservan ese título, en virtud del cual tenían el privilegio de asistir como diáconos a la Misa papal en las Basílicas puestas bajo su protección, papel que sólo el emperador desempeñó prácticamente en alguna ocasión.

[22] O’Connell, J. B., The Celebration of Mass: a Study of the Rubrics of the Roman Missal  (Milwaukee, The Bruce Publishing Company, 4a ed., 1963), p. 430. O’Connell cita el decreto atingente de la Sagrada Congregación de Ritos, que otorga el privilegio a ‘‘magistratus, et Barones ac nobiles (véase supra, nota 21). Normalmente se usa un portapaz, aunque conviene revisar FIUV, Positio Paper 19: El beso de paz (Apéndice), sobre las costumbres de España y los antiguos dominios españoles.

[23] Véase Duffy, E., The Voices of Morebath: Reformation and Rebellion in an English Village (New Haven CT, Yale University Press, 2003), pp. 25-28. En la pequeña parroquia que es objeto de este estudio, determinadas “tiendas” operadas por laicos y algunos gremios proporcionaban algunos insumos litúrgicos, como cera de abejas. En parroquias más grandes, algunos gremios ricos mantenían capillas laterales, donde celebraban normalmente Misas. 

[24] Pío XI, Encíclica Divini illius Magistri sobre la educación cristiana de la juventud (1929), núm. 32: ‘‘Habet igitur familia proxime a Creatore munus proptereaque ius prolis educandae; quod quidem ius cune abiici nequeat, quia cum gravissimo officio coniunctum, tum cuivis societatis civilis et reipublicae iuri antecedit, eaque de causa nulli in terris potestati illud infringere licet”. Pío XI se vio obligado a repetir este punto en respuesta a las violaciones de los derechos de los padres en la Alemania nazi: véase su Encíclica Mitt brenender sorge sobre la situación de la Iglesia católica en el Reich alemán (1937), núm. 31. Cfr. Concilio Vaticano II, Declaración Gravissimum educationis sobre la educación cristiana (1965), núm. 6.

[25] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia (1964), núm. 11: “La familia es, por decirlo así, la iglesia doméstica. En ella los padres, con su palabra y ejemplo, debieran ser los primeros predicadores de la fe a sus hijos, debieran alentarlos en la vocación propia de cada uno de ellos, fomentando con especial cuidado la vocación a la vida consagrada (In hac velut Ecclesia domestica parentes verbo et exemplo sint pro filiis suis primi fidei praecones, et vocationem unicuique propriam, sacram vero peculiari cura, foveant oportet”).

[26] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia (1964), núm. 33.

[27] Sobre la común orientación del culto, véase FIUV, Positio Paper 4: Laorientación litúrgica, núm. 10. Es interesante advertir que en un libro dedicado al tema del clericalismo, que contiene una evaluación negativa de la antigua tradición litúrgica, Russel Shaw (To Hunt, To Shoot, To Entertain: Clericalism and the Catholic Laity, Eugene OR, Wipf & Stock, 1993), escribe (p. 197): “una de las más graves desilusiones de la vida católica postconciliar  hasta el momento consiste en el hecho de que la 'participación' de los laicos en tantas parroquias parece consistir, principalmente, en mantener a la gente ocupada y agitada, con poco o ningún sentido de ser una comunidad de personas involucradas en un acto común de culto”.

[28] Benedicto XVI, Discurso al primero grupo de los obispos de Estados Unidos (estado de Nueva York) en visita ad limina apostolorum, 26 de noviembre de 2011. Estas notas están hechas con referencia a la nueva traducción del Misal.