martes, 13 de noviembre de 2018

El rito lionés

El rito lionés o de Lyon (ritus lugdunensis) es uno de los ritos de la Iglesia católica latina u occidental. Está documentado como rito propio de la arquidiócesis de Lyon (antiguamente conocida en castellano como León de Francia, para distinguirla de la ciudad española) desde el siglo IX, mas, a diferencia de los ritos ambrosiano y mozárabe, casi ha desaparecido luego de las reformas litúrgicas posconciliares. Con todo, además de los pocos lugares donde se sigue celebrando en su forma tradicional, algunas de sus características (sobre todo cuestiones de detalle) persisten en ciertas iglesias de Lyon, como por ejemplo en la iglesia primacial de San Juan Bautista, la catedral de Lyon. Así, por ejemplo, el rito de la incensación es diverso y se hace con la cadena larga, al modo oriental, y no con la cadena recogida, como es habitual en el rito romano.

Catedral de Lyon.

Orígenes del rito

El rito lionés adquirió sus particularidades en una larga historia, rica en elementos fijados desde la Baja Edad Media. Él se sitúa, tal como el rito romano, en la familia litúrgica occidental, pero posee una impronta dada por los ritos galicanos en vigor alrededor del siglo IX. Estos últimos fueron progresivamente marginalizados por la gradual romanización de los ritos galicanos deseada por Carlomagno, pero el rito lionés conservó su existencia, pese a dicho proceso, manteniendo hasta cierto punto una identidad propia.
 

El pilar principal sobre el cual reposa la liturgia lionesa es el rito romano del siglo IX como se celebraba en la corte del Emperador, al cual se añaden relictos de la liturgia galicana. Sin embargo, mientras el rito romano se encuentra en constante evolución, el rito lionés se caracteriza por un conservadurismo extremo. Formado alrededor del año 850, conocerá los primeros cambios significativos recién en el siglo XVIII, al momento de las reformas de Monseñor de Montazet. Defendido ardientemente por el arzobispo y el capítulo catedralicio, el rito hasta ese entonces había resistido incluso las reformas litúrgicas del Concilio de Trento.

 Misal lionés, copiado en el siglo XV. Introito Ad te levavi, del 1er domingo de Adviento.

Romanización

Antes de las reformas de Monseñor de Montazet, otras innovaciones litúrgicas (que el liturgista Dom Denys Buenner llegó a comparar con una mutilación), comenzaron a modificar el rito lionés, iniciando un proceso de paulatina romanización. Las innovaciones fueron recogidas en el Misal promulgado por Monseñor de Rochebonne (1671-1740, arzobispo de Lyon entre 1731-1740) en 1737, detrás del cual era posible advertir una intención de acercar los libros litúrgicos a aquellos del rito romano.
 

En 1749, Monseñor de Montazet (1713-88, arzobispo de Lyon entre 1758-88), sin la aprobación del capítulo catedralicio, promulga un nuevo misal. Su voluntad era acercar el misal lionés al misal parisino, lo cual vino a profundizar la tendencia romanizante antes descrita, iniciada en el siglo XVII. Sin embargo, el clero lionés, apegado a su rito propio, no aceptaron la reforma y se opusieron a ella empleando todos los medios y recursos jurídicos a su alcance, escalando el conflicto hasta el Parlamento, el que se pronunció a favor del arzobispo. Durante el conflicto, Monseñor de Montazet reformó igualmente el breviario local. Sus acciones le valieron la acusación de jansenismo, por entonces muy difundido en Francia. Con todo, si bien los textos litúrgicos cambiaron, la práctica litúrgica subsistió con pocos cambios. Luego de la Revolución francesa, el clero lionés consiguió expurgar el breviario de aquellas partes juzgadas como excesivamente jansenistas. 

A propósito del breviario lionés, se cuenta que San Juan María Vianney (1786-1859), el Santo Cura de Ars, quien celebraba la Misa conforme al rito lionés, consideró en algún momento emplear el Breviario romano para sentirse así más cerca de Roma, pero la mayor extensión de éste en comparación con el Breviario lionés le hubiera sustraído demasiado tiempo a sus labores pastorales (considerando especialmente las muchas horas al día que destinaba a escuchar confesiones, 16 a 18 en los últimos años de vida), por lo que decidió proseguir con la recitación del breviario lionés.


El rito también sufrió modificaciones en el curso del siglo XIX. En la catedral se instaló un órgano, en circunstancias que hasta ese entonces las ceremonias empleaban exclusivamente el canto llano, sin acompañamiento instrumental de ninguna especie. El cardenal de Bonald promulgó en 1866 un misal cuyo título anuncia por sí mismo la naturaleza de su contenido: Missale Romano-Lugdunense, sive missale Romanum in quo ritus Lugdunenses ultimi tridui ante Pascha, ordinis missae et vigiliae Pentecostes auctoritate Sanctae Sedis Apostolicae iisdem ritibus romanis proprio loco substituuntur.

La edición de 1904, dirigida por el cardenal Coullié, intercala ritos y fiestas propias. La última edición típica del Misal lionés fue publicada en 1956, con el cardenal Gerlier. Nueve años más tarde, en 1965, encontrándose en curso las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II, se publicó un ritual propio de la diócesis de Lyon. 

El coro y la nave de la catedral de San Juan a fines del siglo XIX (fotografía anónima, Archivo del capítulo primacial).

Pese a esta última publicación, las reformas litúrgicas de 1970 entrañarán la casi completa desaparición del rito lionés, el que fue reemplazado por el rito romano reformado de Pablo VI. En ese entonces, solamente algunos canónigos del capítulo catedralicio y algunos sacerdotes miembros de la Sociedad de San Ireneo (sociedad sacerdotal diocesana de Lyon) mantuvieron la celebración ocasional del rito.

Al establecerse en los años setenta en la arquidiócesis la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX), caracterizada por su empleo de los libros litúrgicos preconciliares, utilizará la forma tridentina del rito romano, la que antes del Concilio nunca fue empleada habitualmente en ninguna parroquia de Lyon. Posteriormente, sin embargo, la iglesia de San Jorge (Saint-Georges), que estuvo desafectada entre 1970 y 1989, fue confiada por el Cardenal Decourtray a la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP), quienes reinstauraron la celebración en el rito lionés, la cual se mantiene hasta el día de hoy (si bien no exclusivamente, pues también se celebra en el rito de San Pío V). La iglesia pasó a ser diocesana en 2006, pero continuaron sirviéndola sacerdotes tradicionales originalmente miembros de la FSSP, quienes solicitaron la incardinación en la arquidiócesis. 

Asimismo, a partir de julio de 2017, la Misa dominical de 8.30 AM en la iglesia de San Justo de los Macabeos (Saint-Just des Macchabées), entregada a la FSSP desde 2014, se celebra en el rito lionés.

Capilla de los Borbones de la Catedral de San Juan en el siglo XIX (grabado de E. Challis sobre un diseño de T. Allom).
(Imagen: Wikimedia Commons)

Diferencias con el rito romano tradicional. Los distintos tipos de Misa

Si bien es en el desarrollo de la Misa pontifical donde se encuentran las diferencias más notables entre el rito romano y el lionés, en la Misa rezada también es posible detectar algunas peculiaridades. Así, entre otras, para la Misa rezada, las oraciones al pie del altar tienen un texto diferente; se conservan las secuencias, desaparecidas del rito romano luego del Concilio de Trento; se emplea un corporal de quince partes; el ofertorio es diverso (hostia y cáliz se preparan antes del ofertorio, como es habitual en muchos ritos pretridentinos, y la plegaria para presentación de los dones en el altar es una sola para el pan y el vino y se recita sobre ambas especies simultáneamente; para más detalles sobre el ofertorio, puede verse aquí); los brazos del sacerdote está extendidos en cruz al momento del Unde e memores y cruzados sobre el pecho durante el Supplices te rogamus; el transporte del Misal por los ministrantes se hace con el libro cerrado (en el rito romano se transporta abierto); luego de la llamada pequeña elevación ("Per ipsum.."), el sacerdote sigue sosteniendo la Sagrada Forma sobre el Cáliz durante el Pater noster y los eleva al decir "sicut in caelo"; el embolismo se dice en voz alta (en la Misa cantada o solemne se canta); etcétera.
 

En la Misa pontifical, el máximo despliegue de la pompa litúrgica lionesa acentúa todavía más las diferencias (para una explicación de detalle de la Misa pontifical en el rito lionés, véase aquí). Mientras la liturgia romana requiere el servicio de una quincena de clérigos, la Misa pontifical lionesa requiere la participación de treinta y seis personas, incluyendo siete acólitos, siete subdiáconos, siete diáconos y siete sacerdotes (contando el obispo que pontifica más sus seis sacerdotes asistentes revestidos de casulla), además de dos sacerdotes con capa pluvial y otros ministrantes (crucífero y otros), sin contar el "suizo" y el macero que abren la procesión. En la Catedral de San Juan, por ejemplo, hasta la reforma litúrgica de Pablo VI, el coro descendía de la sillería para asegurar el espacio suficiente para el desarrollo de las ceremonias pontificales. Para las Misas solemnes, la mayoría de las salmodias se cantaban en tonos distintos de aquellos del rito romano; un subdiácono permanecía durante la elevación detrás del altar, motivo por el cual el altar en el rito lionés jamás estuvo adosado al muro del ábside; y, por último, la incensación tenía lugar a la manera bizantina previamente descrita. Por último, los ministros inferiores llevan manípulo, tal como el sacerdote, y durante el gradual tiene lugar un rito propio de la liturgia de Lyon, la "administración" (o "servicio"), equivalente lionés de la praegustatio (para una descripción de detalle del rito de la administración, véase aquí). Para ello, el altar mayor en una iglesia destinada al culto según el rito de Lyon tiene al otro lado el llamado "altar de la administración" (para una ilustración de éste, véase más abajo), aunque eventualmente podía tener lugar también en una capilla lateral. En la Misa solemne, luego del canto de la Epístola, la hostia y el cáliz se preparan también en ese altar por el diácono, con la asistencia del subdiácono. 

Coro alto de la catedral de Lyon en el s. XVIII (J. B. Martin, l'Histoire des églises et chapelles de Lyon, 1908).
(Ilustración: Wikimedia Commons)

Una última diferencia mayor se hace presente en la Misa pontifical el Jueves Santo: los seis sacerdotes asistentes concelebran junto al obispo, mientras que en el rito romano tradicional la concelebración sólo está prevista en los ritos de la ordenación sacerdotal y de la consagración episcopal.
 

Estas particularidades se hacen evidentes para los fieles con la simple comparación de las oraciones del Misa, pero las diferencias entre la forma tridentina del rito romano y el rito lionés en la Misa rezada, e incluso en la Misa cantada, son mínimas. Con todo, los católicos lioneses conocían bien sus costumbres propias, como la administración, antes mencionada, y el "rite des tablettes" (nos referimos con esto último al uso para el ósculo de paz del llamado osculatorio o portapaz, objeto litúrgico prácticamente desaparecido en el rito romano y que consiste en una especie de tablilla o cuadrito con imágenes de relieve semejando una portadita o un pequeño retablo, del cual puede verse una imagen aquí).

"Altar de la administración" (l’autel de l’administration), Iglesia de San Justo (Lyon).

Por otro lado, ciertos elementos presentes desde siempre en la liturgia de Lyon adquirieron un nuevo valor con las reformas del Concilio Vaticano II, particularmente la concelebración. Ello explica la falta de oposición que esta práctica encuentra en la arquidiócesis de Lyon, mientras otros la consideraron como algo ajeno a la tradición litúrgica.

Mayor información, así como los libros propios de este rito, puede encontrarse aquí

Por último, ofrecemos a continuación una galería de fotografías e ilustraciones del rito lionés que permitan a nuestros lectores hacerse una idea visual de éste, incluyendo el impresionante registro de una Misa pontifical del Jueves Santo.

I. Misa en el rito de Lyon celebrada (2018) en el apostolado de la FSSP en la iglesia de San Justo de esa ciudad (New Liturgical Movement/FSSP Lyon):

 El amito se usa sobre el alba.

 Ornamentos color ceniza (cendrée) se utilizan en las ferias de Cuaresma.

 En el ofertorio, el celebrante pone la hostia sobre la patena y, extendiendo las manos, dice: "Dixit Jesus discipulis suis: Ego sum panis vivus, qui de caelo descendi. Si quis manducaverit ex hoc pane, vivet in aeternum." Luego hace la señal de la Cruz en silencio (foto siguiente).


 Luego de preparar el cáliz a la derecha del altar, el celebrante pone la patena con la hostia sobre el cáliz y hace la señal de la Cruz en silencio sobre los dones.

 Luego los eleva a la altura del mentón, diciendo: "Hanc oblationem, quaesumus, omnipotens Deus, ut placatus accipias, et omnium offeréntium, et eorum pro quibus tibi offértur, peccata indulge".

 Elevándolos al nivel de los ojos, recita la oración "In spiritu humilitatis".

 Luego cubre los dones con el corporal lionés, de mayor tamaño que el romano y que sirve tanto de corporal como de palia.



 Como en muchos usos medievales, luego de la consagración del Cáliz, el celebrante extiende sus brazos en forma de cruz para el "Unde et memores".

 En el "Supplices te rogamus", se inclina profundamente y cruza sus brazos sobre el pecho.

 "Domine non sum dignus".

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II. Misa solemne en el rito lionés celebrada en 1993 por sacerdotes de la FSSP en Lyon en presencia del Arzobispo Primado, Cardenal Decourtray (Fuente: The Rad Trad/FSSP Wigratzbad):

 Reverencia al primado luego de las oraciones al pie del altar.

 El subdiácono trae el portapaz al Primado durante la preparación para la Comunión. La mayor parte de los ritos pretridentinos usan este instrumento para distribuir la pax

 Los dones cubiertos por el corporal, según era habitual en el Norte de Europa durante la Edad Media.

 Incensación al modo oriental.

 El subdiácono sostiene la patena con el manípulo durante el Pater noster. Para la explicación de esta práctica véase aquí.

Las abluciones.

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III. Misa pontifical ofrecida el Jueves Santo de 1934 por S.E.R. Mons. Louis-Joseph Cardenal Maurin, Arzobispo de Lyon y Primado de las Galias, en la Catedral de San Juan Bautista de Lyon (Dom Denys Buenner, O.S.B., L'Ancienne Liturgie Romaine. Le Rite Lyonnais; reproducidas desde el sitio New Liturgical Movement):






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IV. Ilustraciones de una Misa pontifical en el rito lionés, tomadas de La Messe Pontificale Lyonnaise: Explication illustrée des cérémonies (Lyon, 1939):


Confíteor.
 Delante del altar el ratelier, un gran candelabro, que se perdió en el siglo XVIII y nunca fue repuesto. En él ardían siete velas, una de ellas permanentemente, mientras las otras eran encendidas según el oficio de que se tratara.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Algunos recuerdos de Robert Spaemann sobre la liturgia

Robert Spaemann (Berlin, 1927) es probablemente, junto con el ya fallecido Josef Pieper, el filósofo católico de habla alemana más importante de la segunda mitad del siglo XX. Spaemann fue bautizado en 1930 luego de la conversión de sus padres a la Fe católica. Luego de la temprana muerte de su madre en 1936, su padre se ordenó sacerdote en 1942 y ejerció labores de capellán en Dorsten, lugar donde transcurrieron los años de colegio de Spaemann.

Spaemann estudió Filosofía, Historia, Teología y Romanística en las universidades de Münster, Múnich, Friburgo (Suiza) y París. En 1952 obtuvo con una tesis sobre Louis-Gabriel-Ambroise de Bonald el título doctoral bajo la dirección de Joachim Ritter, influyente discípulo de Ernst Cassirer que formó en torno a sí una escuela de filósofos interesados en reivindicar la filosofía práctica. Luego de ello, trabajó durante cuatro años en la editorial Kohlhammer, pasando a desempeñarse luego como asistente en la Universidad de Münster, donde aprobó en 1962 su tesis de habilitación al profesorado con un trabajo sobre François Fénelon. Como asistente en Münster participó en los seminarios del Collegium Philosophicum de Joachim Ritter.

Spaemann fue Profesor titular de Filosofía en las universidades de Stuttgart (hasta 1968), Heidelberg (1972) y Múnich, donde en 1992 se convirtió en Profesor Emérito. Ha recibido doctorados honoris causa de numerosas universidades de todo el mundo, incluyendo la Pontificia Universidad Católica de Chile (1998), y ha recibido los premios Roncesvalles (2001) de la Universidad de Navarra y Karl Jaspers de la ciudad y universidad de Heidelberg. Es miembro de la Pontificia Academia para la Vida y de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales, del Instituto de Chile.

En la obra de Spaemann destaca su interés por la protección de la dignidad de la persona humana y de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural, participando  a lo largo de su carrera en innumerables polémicas éticas sobre estas materias. Su pensamiento filosófico, que exhibe una fuerte influencia del aristotelismo y de la Escolástica, ha reivindicado la vigencia del Derecho Natural y la racionalidad de la creencia en Dios. La parte más importante de su producción ha sido traducida al castellano por distintas editoriales. 

En 2012 se publicó el libro Über Gott und die Welt: Eine Autobiographie in Gesprächen (Stuttgart, Klett-Cotta), traducido por la Editorial Palabra con el título de Sobre Dios y el mundo. Una autobiografía dialogada (2014), donde Spaemann hace un recuento de su vida en el marco de una conversación con Stephan Sattler. Queremos compartir con nuestros lectores algunos pasajes de ese libro que se refieren a la liturgia católica, los que muestran la sensibilidad que el filósofo alemán ha tenido hacia ella, como ya dimos cuenta en otra ocasión


 Robert Spaemann
(Foto: Infocatólica)


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Primeros recuerdos monásticos

El informe de estos recuerdos debería comenzarlo con el verso del salmo Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi: in domun Domini ibimus. Mi recuerdo más temprano de la infancia es la alegría -de la que precisamente trata ese canto del peregrinaje israelita-, la remembranza de un indescriptible bienestar del niño de tres años que, reposando en el regazo materno, despierta con la salmodia de los monjes que le habían cantado ya durante el sueño. Los padres pensaban que ya era suficiente y querían interrumpirlo. Pero yo les rogaba que continuaran. No podía apartar de mis oídos aquel cántico con sus infinitas repeticiones. Tampoco hoy puedo hacerlo. Fue la abadía benedictina de San José, en el Gerleve westfaliano (cerca de Münster), donde mis padres fueron admitidos en la Iglesia y donde me hicieron bautizar a los tres años.


Mi padrino de Bautismo era un viejo y barbudo hermano conventual llamado Radbod, que muy pronto me introdujo en los secretos del cultivo de abejas, mientras mis padres cubrían en la tienda del monasterio su necesidad de miel. Más tarde, ocasionalmente acompañé como acólito a un monje que llevaba el “Viático” a una de las granjas vecinas, donde después de la ceremonia me daban un rico desayuno, más rico que lo que era costumbre en el monasterio.

La relación con la abadía no se perdió al trasladarse mis padres a Colonia en el año 1932. La Pascua la celebrábamos casi siempre allí. En 1943 los monjes fueron expulsados. Por entonces escribí mi primer soneto, en un estilo algo patético inspirado en el de Reinhold Schneider, en el que veía a mi Patria abandonada al hundimiento, ya que se había expulsado y desterrado a los diez juntos por cuya causa Dios la habría personado, como lo intentó con Sodoma y Gomorra.

 Abadía de Gerleve

Gerleve, 1943

El pueblo que a sus orantes cobardemente traicionó,/los primogénitos de sus hijos,/ ¿imagina que se salvará/con el propio Nombre santo? De su seno huye//el venerado cántico,/que su nombre llevó y entre lágrimas/arrancó la bendición de Dios. Solo el sordo gemido/penetra en el abismo y estremecido ve//un ángel, que como su pueblo a los diez justos/arroja, para que por su causa Dios perdona/y a la propia Sodoma deje libre.//Ya sin remedio las fuerzas oscuras están ahí/desnudas y sin nombre./Solo nos quedas tú, Dios mío; ven y sálvanos.

La fiesta de Pascua de 1943 fue un momento inolvidable. Siete años antes había muerto mi madre. Como de costumbre, pasé la fiesta en Gerleve, esta vez acogido por un campesino. Entretanto, el monasterio se había transformado en lazareto (hospital militar). Con la amenaza de una huelga de suministros, los agricultores habían conseguido la reapertura de la iglesia abacial, así como se pudieran celebrar servicios religiosos periódicamente. De ese modo pudimos tener aquel día el oficio pascual. Los niños de la escuela popular de Gerleve cantaron, haciendo resonar con estrépito los himnos gregorianos: Kyrie, Gloria, Credo y Agnus Dei, con la melodía específica de Pascua.

Su maestro había ensayado con ellos. Siempre me pareció ridícula la idea – que más tarde se extendió con la reforma litúrgica- de que habría sido necesario suprimir el latín para lograr una participación activa de los fieles en la Liturgia. En todo caso, aquel instante fue terrible para mí, pues tuve que representar completamente solo al coro de monjes expulsados, interviniendo como solista en el llamado Proprium, uno de los más ricos y melismáticos cantos gregorianos de Pascua –himnos que a su vez cuentan entre los más bellos del año- y que eran una competencia importante de la pequeña schola monacal.

El breve tercio con el que comienza el Resurrexit es completamente distinto de los bombos y trompetas que en siglos posteriores se movilizaron para ese texto. El júbilo que emana de ahí se parece a la aurora que surge con el nuevo Eón. Nosotros no somos los aludidos en las palabras del salmo: “He resucitado y permanezco siempre junto a Ti” (Sal 138, 18). Se trata de un diálogo entre el Resucitado y el Padre.

Dos años más tarde regresaron los monjes. Después de todo lo ocurrido, es comprensible que quisiera ingresar en su comunidad, y también que el viejo y honorable abad, tal como prescribe la Regla benedictina, frenara mi entusiasmo y en ese momento me devolviera a la Universidad. Esa llamada a la puerta del monasterio permanecería en mis oídos como un episodio notable. (Eso es algo con lo que un sabio abad siempre cuenta). Precisamente un antiguo amigo y compañero de estudios que había regresado de la guerra, y que había llamado conmigo a la puerta, ingresó poco después, se hizo monje- un buen monje-, más tarde maestro de novicios, y hace ya mucho tiempo que alcanzó la meta de su empeño.

Mi contacto con la abadía se hizo más escaso. Solo muchos, muchos años más tarde, descubrí en la Provenza, al pie del Mont Ventoux, la nueva abadía de Ste. Medeleine en Le Barroux, donde volví a encontrar a los monjes de mi juventud, así como la grandiosa Liturgia romana, la rígida observancia monástica, el temprano comienzo diario, el estricto silencio y aquella obediencia que constituye el elemento vital del monje benedictino, lo que aporta sosiego y hace de la congregación de monjes una comunidad fraterna de ermitaños.

De la Abadía de Notre-Dame de Tournay surgió Dom Gérard Calvet, un monje que, en los tiempos de la confusión y relajamiento de la disciplina conventual tras el Concilio Vaticano II, con autorización del abad de su monasterio, lo dejó y comenzó a vivir como ermitaño en una pequeña iglesia de piedra vacía en la región de la Provenza. Decía la vieja Misa y recitaba las Horas litúrgicas. Pronto se reunió con él gente joven y comenzaron a formar juntos una nueva comunidad de monjes, y construyeron en Le Barroux un gran monasterio. Dos kilómetros más allá surgió un convento de mujeres parecido.

[...]

Si escribo sobre mi vida, tengo que comenzar por lo que no es. No soy monje. Pero mi trayectoria es un episodio pasajero en el universo. Importante es lo que siempre es. Los monjes atestiguan con su cántico y con la configuración de su vida cotidiana lo que siempre es, y precisamente lo testimonian como aquello que siempre es. Sin esto, lo que atestiguan sería lo que ahora es, un momentáneo episodio más en esta vida, al igual que en la vida de todos los demás: algo irrelevante, sin significado. Ni siquiera tendría ya el estatus del pasado cuando los recuerdos se apaguen.

 Le Barroux

La reforma de Pío XII a la Semana Santa


Dos ejemplos más de la agobiante irrupción del mundo virtual y de la latente virtualización del mundo real, procedentes de la Liturgia católica. Los traigo, con toda intención, no de la nueva liturgia reformada, sino de la celebración de la antigua.

Hacía poco que el Papa Pío XII había renovado la Vigilia pascual. En la catedral de Münster el canónigo celebrada la ceremonia de la bendición del fuego ante la entrada principal del templo, justo antes de la procesión ceremonial del cirio pascual en la iglesia. Yo permanecía dentro, con los otros fieles, y esperaba en el silencio del oscuro crucero la entrada con las tres invocaciones a la Lumen Christi.

El silencio lo interrumpió un altavoz que metía dentro del templo las oraciones del sacerdote ante el fuego fuera de la iglesia. Me quedé perplejo. Escribí al canónigo diciendo que en esa ceremonia había precisamente dos espacios, uno exterior y otro interior, y que era completamente contrario al espíritu de la Liturgia intervenir esa diferenciación espacial –que también posee carácter simbólico- con un altavoz, pues entonces esa distinción desaparece. Por otra parte, tampoco sería necesario que todo lo que en algún momento se dice en el marco de la Liturgia tenga que ser escuchado desde todos los rincones de la casa de Dios. El canónigo, Donders, figura venerable y brillante predicador de la Catedral, respondió diciendo que mi objeción le había convencido, y que en el futuro omitiría el empleo del micrófono durante dicha celebración. (Puedo imaginar cómo sonaría hoy una respuesta a semejante objeción).

Más tarde, en Stuttgart, igualmente en una Vigilia pascual, nuestro buen amigo el párroco Hermann Breucha, que era el celebrante, esperaba durante bastantes minutos la entrada ceremonial en la iglesia después de la bendición del fuego. ¿Por qué? También predicaba en la radio, y ese día se iba a retransmitir por radio el oficio litúrgico. Pero las instalaciones para la emisión se habían retrasado unos minutos. Censuré esto argumentando que ya de por sí era problemático transmitir la celebración de los Misterios por la radio. Pero lo que me parecía intolerable es que el ritmo de la Liturgia tuviera que adaptarse a las exigencias de su presentación exterior. Por lo demás, también entonces encontré comprensión. Breucha se sintió abochornado aquella noche.

¿Qué tiene que ver todo esto con mi dedicación a la Filosofía? Para mí es clarísimo de qué trata la Filosofía, cuál es su objeto: la defensa de la realidad en sí, del ser mismo en su propia originariedad[1]. Se trata de distinguir entre el ser y la apariencia, entre la realidad tal como es en sí misma (Selbst-sein) y la simulación. ¿Existe realmente esa diferencia? ¿Hay algo así como el ser-sí-mismo? ¿Qué distingue el ser de un murciélago del ser de un automóvil? El automóvil es lo que es solo para nosotros. En cambio, el murciélago es “él mismo” algo. De algún modo existe para ser un murciélago, mientras que el automóvil de ninguna manera existe para ser un auto, sino tan solo para que alguien lo conduzca.

El arte simula precisamente el no-simular. Por su parte, en el rito sacramental se constituye lo simbólico -¡no lo simulado!- por medio de acciones performativas: Verba efficiunt quod significant  (las palabras hacen lo que significan). Como en la obra de arte -y más aún que en ella-, de los oficiantes se espera algo que ha de bastarse a sí mismo. Allí no caben interrupciones que responsan a requerimientos ajenos al ritual. 

 Vigilia Pascual en Berlin, New Jersey (EE.UU.) celebrada conforme a las rúbricas previas a 1955 (2017)

El sentido de la liturgia

El liberalismo siempre trata de reconducir el valor de las representaciones comunes de la vida personal a la satisfacción de los individuos. Pongamos un ejemplo: una fiesta, ya sea religiosa, familiar o civil. Prepararla implica el esfuerzo de muchas personas. La fiesta debe ser un éxito. ¿Cuándo “ha salido bien” una fiesta? Pues cuando se consigue que los participantes queden contentos. Pero el éxito de una fiesta no se puede medir en función de la satisfacción de cada uno de los individuos que participan en ella. Es esencialmente un “bien común” (ein gemeinsames Gut), y solo existe como tal.

Esto también es válido para el domingo. La semana de trabajo flexible (en la que se puede liberar un día u otro) no puede sustituir el (valor público del) domingo, en el que incluso las gallinas cacarean en el campo de forma diferente a un día de trabajo. El domingo es una res publica (cosa de todos, öffentliche sache).


Por lo demás, tanto en la concepción católica como en la ortodoxa la Misa siempre tiene lugar con independencia del número de participantes. Ya se trate de una Misa cantada solemne en un día festivo con un sofisticado coro, o bien se trate de una “Misa silenciosa” que el sacerdote celebra solo en un altar lateral, la Misa es independiente del número de fieles asistentes. Lo que en ella se hace presente es la redención del género humano a través de la muerte de Jesús en la cruz, y eso no depende en modo alguno de los individuos que la celebran, y sin embargo es donde cada persona en particular encuentra su más elevada realización, porque su plenitud vital halla en ese sacrificio su más alta expresión. El sacrificio (la ofrenda) podría decirse que es el prototipo de la fiesta como realidad común, como res publica.

Nota de la Redacción: Los textos están tomados de Spaemann, R., Sobre Dios y el mundo. Una autobriografía dialogada, trad. de José María Barrio Mestre y Ricardo Barrio Moreno, Madrid, Ediciones Palabra, 2014, pp. 14-18, 61-63 y 327-328. Salvo el segundo, los títulos introducidos para separar los textos provienen del proceso de edición de esta entrada. Se ha alterado ligeramente el texto para corregir una inexactitud del autor. 
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[1] Traduzco así la expresión alemana “Aus- Sein-auf”, en su mismo manadero originario.

martes, 6 de noviembre de 2018

La liturgia tradicional: fuente y culmen de la vida cristiana

Corresponde hoy ofrecer a nuestros lectores la continuación del artículo del Dr. Peter Kwasniewski publicado en esta bitácora la semana pasada. El argumento de esta secuela es que la Misa de siempre constituye en realidad ese paradigma con que los Padre conciliares definieron la Santa Misa, vale decir, es ella de la cual puede predicarse el ser en verdad la fuente y cumbre de la vida cristiana (Lumen Gentium, núm. 11). Esto se debe a que es la Misa tradicional la que atrae vocaciones, alimenta la vida contemplativa y apoya al sacerdocio, y su demostración de que así es resulta evidente incluso desde un punto de vista estadístico.  

La entrada fue publicada originalmente en New Liturgical Movement, y la traducción ha sido preparada por la Redacción. 

 Monjes en Clear Creek: ¡Aquí no faltan las vocaciones!
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La liturgia tradicional atrae vocaciones, alimenta la vida contemplativa y apoya al sacerdocio

Peter Kwasniewski

En mi artículo “La existencia de modelos políticos divergentes en las dos “formas” del rito romano” sostengo quienes llegan al Novus Ordo con una bien desarrollada vida de fe están equipados para derivar de él beneficios espirituales, en tanto que quienes asisten a la Misa tradicional se ven confrontados con una espiritualidad fuerte y definida que los hace profundizar en los misterios de la fe y en el ejercicio de las virtudes teologales. La forma nueva es un campo de juego vagamente demarcado donde se realizan ejercicios litúrgicos de puertas adentro, mientras que la forma antigua es una arena ascético-mística que educa a los soldados del Señor. La primera supone virtudes; la segunda, las produce.

¿Existen pruebas externas de que este análisis es correcto?

Yo diría que sí. Una señal de su acierto es la frecuencia con que uno encuentra gente joven que, o bien se ha convertido a la fe, o bien ha descubierto que tiene una vocación religiosa precisamente gracias a la liturgia tradicional: ha sido la liturgia misma la que los ha atraído poderosamente. Las historias de conversiones y de vocaciones en el Novus Ordo tienen mucho más que ver con “conocí a una persona maravillosa”, o “al leer la Biblia”, o “descubrí un gran libro de Ignatius Press”, o “pude conocer a las monjas de mi colegio”, o “su dedicación a los pobres era tan emocionante”.

Todas estas motivaciones son realmente buenas, y el Señor quiere servirse de todas ellas. Aun así, resulta notable que el Novus Ordo raramente actúa como un imán poderoso que atrae a las personas: lo que hace es que quienes han sido atraídos por otras causas sigan adelante y lo cultiven como el servicio usual de oración. Esto equivale a la diferencia entre confiar en la ayuda de un vecino y enamorarse. Hoy los jóvenes confían en la ayuda del Novus Ordo, pero se enamoran de la liturgia tradicional. También se puede decir que es como la diferencia entre actuar por deber y actuar por placer. Asistimos al Novus Ordo cumpliendo un deber, porque se lo considera “bueno para uno”, como comer avena al desayuno; pero nos entusiasmamos cuando tenemos una Misa tradicional a nuestro alcance, porque es deliciosa para el paladar espiritual.

Quizá los lectores piensen que estoy exagerando el contraste. Puede que tengan razón. Pero sólo puedo hablar desde mi propia experiencia y desde las conversaciones que, como profesor, director de coro o peregrino, he tenido con cientos de jóvenes durante los últimos veinte años. Me parece que hay una gran diferencia en la percepción de cuánto atrae o cuán deseable es la antigua liturgia si se la compara con la nueva. Y tanto es así que un colegio o universidad que quisiera aumentar la asistencia a la Misa diaria, lo que tendría que hacer sería ofrecer la Misa antigua, u ofrecerla más frecuentemente: el número de los asistentes se incrementaría significativamente. Pareciera que esto es contrario a lo que uno intuye que debiera ser el caso, pero la experiencia lo confirma una y otra vez en las capellanías de todo el mundo.


Un psicólogo o un sociólogo diría que esto puede tener muchas causas, pero lo que aquí me interesa es que existe una explicación teológica real. Es posible ver por qué, en términos litúrgicos, la forma antigua de la Misa (y del Oficio y de los sacramentos y de los sacramentales, etcétera), resulta poderosamente atractiva para la juventud de hoy que la descubre. Esas formas viejas de siglos, pre-industriales, pre-democráticas son mucho más ricas y densas, más simbólicas, envolventes y misteriosas, y apuntan más obviamente pero, al mismo tiempo, más oscuramente a lo sobrenatural, a lo divino, a lo trascendente, a lo gratuito, a lo inesperado: seducen, como sólo Dios puede seducir. Seduxisti me, Domine, et seductus sum: fortior me fuisti, et invaluisti (Jer. 20, 7). Esto es, al cabo, lo que tenía en mente Benedicto XVI cuando escribió a todos los obispos del mundo: “Se ha demostrado claramente que también los jóvenes han descubierto esta forma litúrgica, han sentido su atractivo, y han encontrado en ella un modo de relacionarse con el Misterio del Santísimo Sacramento que les resulta particularmente apropiado”.

La liturgia reformada, en su simplicidad ginebrina, no ha ganado jamás un premio por ser seductora. La gente apenas puede observarla cara a cara sin sentirse embarazada por su desnudez, sin tratar de revestirla con todos los adosamientos que puede encontrar o inventar. Tenemos que aportarle la devoción o la seriedad que ya tenemos nosotros mismos, si es que vamos a poder beneficiarnos con el divino sacramento que ella alberga espartanamente. Si no se existe un previo amor por el Señor, esa liturgia resulta ser un asunto tedioso, ingrato, como cuando tratamos de convencer de que se haga amigo nuestro a alguien a quien le resultamos indiferentes. Es una lucha cuesta arriba desde que empieza. ¿Por qué habrían de interesarse los jóvenes en algo que se parece tanto a una aburrida conferencia, lógica y eficiente, o que necesita endulzantes artificiales, como la música sagrada popular? La mayor parte de ellos preferiría estar en cualquier otra parte.

 Una monja de la congregación tradicional de las benedictinas de María

Cuando se trata de comprender cómo la liturgia ayuda u obstaculiza las vocaciones sacerdotales y religiosas, hay que tomar en cuenta las exigencias de la vida activa y de la vida contemplativa. Actualmente las comunidades religiosas sienten un fuerte atractivo hacia la vida activa, realizando apostolados en el mundo. Como lo han observado Dom Chautard y otros autores, los hombres modernos son poderosamente tentados a caer en la “herejía del activismo”, según la cual creemos que, con trabajar duramente, vamos a construir el reino de Dios en la tierra. La teología de la liberación es un ejemplo extremo de esta tendencia, pero ella ha estado operando desde, por lo menos, la herejía del americanismo, diagnosticada por León XIII en Testem benevolentiae, de acuerdo con la cual las denominadas “virtudes activas” del trabajo en el mundo han dejado atrás, en valor y relevancia, a las denominadas “virtudes pasivas” de la vida religiosa y contemplativa.

Puesto que el Novus Ordo valoriza lo activo y denigra lo pasivo, parece calzar bien con la mentalidad activista o americanista. Por ello, pareciera que las órdenes religiosas activas podrían, de algún modo, encontrarlo aceptable, siempre que pudieran inyectarle una vida interior cultivada mayormente con otros recursos. Pero el sacerdocio, que necesita estar enraizado en los misterios del altar a fin de permanecer robusto y fructífero, y la vida contemplativa, que se concentra en el ofrecimiento de un sacrificio de alabanza y no en el apostolado exterior, no pueden florecer con una dieta de subsistencia. Lo que puede parecer “suficiente” para el trabajador en la viña, es peligrosamente inadecuado para el sacerdote y el contemplativo, que necesitan una liturgia auténticamente sacerdotal y contemplativa si es que han de poder responder a su gran vocación.

He aquí por qué se advierte, en todo el mundo, que los sacerdotes y contemplativos serios “tradicionalizan” el Novus Ordo todo lo que pueden, o adoptan la Misa y el Oficio tradicional, o hacen ambas cosas. Podemos encontrar ejemplos de esta actitud, amigable con la Tradición, en comunidades como la Abadía de San José de Clairval, los Canónigos Regulares de San Juan de Kenty, la Comunidad de San Martín y los monjes de Nursia, Fontgombault, Clear Creek y Heiligenkreuz.

¿Quiere esto decir que las comunidades religiosas con buena salud (relativamente pocas) que usan el Novus Ordo estarían muchísimo mejor con el Vetus Ordo? Sí, absolutamente. El bien de que gozan se mutiplicaría, su poder de atraer y su poder de intercesión se verían grandemente intensificados. Sin embargo, por desgracia, incluso aquéllos que llegan a reconocer la superioridad de la Tradición, se desaniman por el clima hostil que el actual pontificado ha creado frente al regreso de la auténtica lex orandi de la Iglesia. Y procuran evitar la suerte que corrieron los Hermanos Franciscanos de la Inmaculada, o los Trapenses de Mariawald. En estas señales de oposición oficial a la restauración de la tradición católica, que necesitamos desesperadamente, se puede ver los típicos signos del implacable odio del Diablo hacia el celibato sacerdotal y la vida religiosa contemplativa.

Pero ni la oposición de los hombres ni de los ángeles debiera impedir a cualquier comunidad introducir, silenciosa y prudentemente, la liturgia tradicional en su vida cotidiana. “Este es un llamado a la resistencia y a la fe de los santos” (Apoc., 13, 10). Los antiguos ritos y usos litúrgicos latinos han alimentado a los santos de la Iglesia de occidente por más de 1600 años, y tienen el mismo perenne poder de hacer lo mismo con todos los santos que el Señor desea suscitar hoy día. Jamás la liturgia tradicional dejó de atraer vocaciones de todo tipo, o de sostener la vida cristiana del laicado, y sigue produciendo la misma fascinación y fortalecimiento entre nosotros. El rito litúrgico recientemente manufacturado está fallando, igual que el mundo americanista en el cual se inculturó. Está comenzando a reaparecer una Iglesia más sana, una más saludable ciudad espiritual. 

 Seminaristas de las FSSP en Alemania

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Crédito de las fotografías: Todas las imágenes de esta entrada acompañan al artículo original en New Liturgical Movement.