domingo, 21 de abril de 2019

Saludo de Pascua de Resurrección

Resurrexit, sicut dixit, alleluia.

La Asociación Litúrgica Magnificat les desea a todos sus miembros, amigos y benefactores, así como a los lectores de esta bitácora, una muy feliz y santa Pascua de Resurrección, y les recuerda que la Santa Misa se celebrará hoy en su horario normal de 12:30 horas en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria (Avenida Bellavista 37, Recoleta; Metro L1/L5 Baquedano).

 Pietro Novelli, Resurrección de Cristo (s. XVII, Museo del Prado)

martes, 16 de abril de 2019

¿Cuánto podemos amar la Tradición?

Les ofrecemos hoy un artículo del Dr. Peter Kwasniewski, en el cual el autor rebate elocuentemente al Rvdo. Dwight Longenecker y su particular comprensión del apego a la Tradición como una suerte de via media entre el movimiento tradicionalista y el modernismo doctrinal y litúrgico.

El artículo fue publicado originalmente por OnePeterFive. La traducción ha sido preparada por la Redacción. 

 (Foto: OnePeterFive)

***

¿Podemos amar la Tradición demasiado?

Peter Kwasniewski

El Rvdo. Dwight Longenecker, infatigable bloguero, está otra vez con este asunto. En un nuevo artículo, publicado el 15 de marzo de 2019 y titulado "Tradition is the Democracy of the Dead" ["La Tradición es la democracia de los muertos"], nos asegura que es un amante de la Tradición, si bien no en exceso.

Dice con razón que uno debe ser o convertirse en católico por su tradición de 2.000 años, o más precisamente, su tradición de 4.000 años, ya que la ley, las profecías y el culto a Israel se cumplen en la Iglesia. Pero también dice que, dado que la Tradición no es estática y puede cambiar, debemos estar dispuestos movernos con los tiempos, de acuerdo con los dictados que emanan de Roma, y ​​no hacer un "ídolo" del pasado.

Pues bien, uno puede vivir sin temor a que la Roma de hoy corra el peligro de convertirse en un ídolo del pasado. Uno podría preferir temer que sea un ídolo del presente o del futuro.

Esta reducción demasiado fácil de los opositores a los idólatras, que es uno de los movimientos retóricos característicos utilizados por el papa Francisco y otros progresistas impacientes ante el análisis y la discusión y que desean continuar con la pastoral moderna, me recuerda lo que me gusta llamar "un corolario de la ley de Godwin": "A medida que la discusión se extiende, la probabilidad de una comparación de un defensor de la Tradición católica con un fariseo se acerca a 1". Quizá podríamos ampliar esta afirmación para decir "un fariseo o un idólatra". Este pequeño ajuste también hace que ella sea de carácter más interreligioso, una consideración de mucha importancia en esta era de declaraciones conjuntas de papas e imanes.

Además, esto hace que el corolario esté más en armonía con la "Hipótesis de Bergoglio". Este es sin duda un paso positivo en la construcción del nuevo paradigma. En mi formulación, esta hipótesis dice: 

Si hay una discrepancia entre la doctrina católica y el liberalismo europeo, entonces el primero necesita más "desarrollo" hasta que se armonice con el segundo. Si los católicos se resisten a la modernidad o a las reformas eclesiásticas modernas, son culpables de inseguridad nostálgica, rigidez temperamental, neo-pelagianismo farisaico y falta de caridad fraterna[1].

En su artículo, el Rvdo. Longenecker hace el movimiento clásico del anglicano Newman: querer estar en el dulce lugar que proporciona la via media. A diferencia de los revolucionarios, me encanta la Tradición; a diferencia de los tradicionalistas, no idolatro la Tradición como algo que no cambia.

El primer problema aquí es la caricatura. Los tradicionalistas reconocen plenamente que la liturgia se desarrolla con el tiempo. Sin embargo, al igual que con el desarrollo de la doctrina, ven el desarrollo como tendiente, en líneas generales, hacia una mayor amplitud y perfección. Esto significa que, así como no decidimos eliminar en algún momento el Credo de Nicea por el simple hecho de regresar al Credo de los Apóstoles, más antiguo y prístino, de la misma manera no eliminamos los desarrollos medieval y barroco de la liturgia en nuestra búsqueda de un culto cristiano más antiguo y prístino. Pío XII advirtió contra el espíritu de "anticuario", pero éste se convirtió poco después en uno de los dos gritos de batalla de los reformadores litúrgicos. El otro fue la adaptabilidad, por la que todo tenía que ser ajustado y proporcionado a la mentalidad del hombre moderno, quienquiera que fuese.

 Busto del Beato John Henry Newman en el Trinity College (Oxford, Inglaterra)

El segundo y mayor problema es que el católico Newman rechazó el enfoque de la via media cuando se dio cuenta de que, en algunas preguntas, la respuesta correcta se encontraba en la posición "extrema", no en la posición intermedia. Por ejemplo, en el momento de la crisis que supuso el arrianismo, existían (para simplificar las cosas) los arrianos, los semi-arianos y los niceanos. En todas las batallas políticas y consejos regionales, los semi-arrianos pudieron posicionarse como el centro razonable entre los extremistas que negaban la Divinidad del Hijo y los otros extremistas que combinaron al Hijo y al Padre al identificarlos como Dios. En esto, no hace falta decirlo, demostraron que no entendieron, o no quisieron comprender, la posición de San Atanasio y otros padres ortodoxos, quienes, aunque como una minoría asediada, sostuvieron la verdad y finalmente prevalecieron[2] .

Así ocurre también en nuestra situación actual. Los tradicionalistas sostienen que no hay nada "tradicional" en el Novus Ordo y el resto de los ritos litúrgicos impuestos por el papa Pablo de los años 1960 y 1970. Incluso cuando los reformadores decían estar “recuperando” elementos perdidos en la antigüedad, la forma en que lo hacían era distintivamente moderna: tomaron lo que estaba de acuerdo con su fantasía y filtraron fragmentos difíciles que podrían haber sido perturbadores o perturbadores para el público moderno. Y estos hombres dicen abiertamente en sus artículos y libros que esto era lo que estaban haciendo, de manera que no resulta necesario recurrir a la teoría de la conspiración. Además, amputaron y reprimieron libremente muchos rasgos extremadamente antiguos de la liturgia, como la Octava y el tiempo de Pentecostés, la Septuagésima, las Témporas y el leccionario sobre el que San Gregorio el Grande predicó a fines del siglo VI (¿esto sólo servía para los antiguos?), reemplazándolos con material innovador e hibridado creado por cerebros académicos. El constructivismo en esta magnitud y con este método no tiene precedentes en la historia de la Iglesia. Es imposible ver lo que podría ser "tradicional" con este enfoque o con sus resultados.

De esta manera, cuando el Rvdo. Longenecker dice: "Hago lo que puedo para rezar la Tradición, vivir la Tradición y adorar en la Tradición", esa afirmación sirve como un estudio perfecto en el arte de la equivocación. "Orar la Tradición" y "adorar en la Tradición" es orar y adorar en unión con todos los siglos del catolicismo, ya que ellos están unidos en la única tradición litúrgica romana que fue nuestra hasta 1969, y no pulsar el botón de reinicio eclesial como hicieron los entusiastas conciliares. Uno puede admirar los esfuerzos de los conservadores por hacer ingresar elementos tradicionales a través de la puerta trasera, siempre que el obispo local no mire con atención qué está ocurriendo y el clima del vecindario sea favorable, pero hay que tener la franqueza de admitir que éste es un intento desesperado y algo patético de volver a reunir los pedazos del viejo Zanco Panco (Humpty Dumpty) tras su caída. Afortunadamente, lo real y verdadero todavía está allí, esperando ser redescubierto, y hasta que un hombre lo haya redescubierto, no puede decir que haya "hecho lo que puede".

Resulta significativo que el Rvdo. Longenecker sostenga que las únicas cosas que no se pueden cambiar en la Iglesia son sus dogmas y proceda a identificar la esencia de la Misa como el milagro de la transubstanciación. El reduccionismo neoescolástico[3] ha sido un problema durante algún tiempo, pero es una pena verlo en el contexto de un artículo que se supone que trata de la Tradición católica. Las liturgias tradicionales se clasifican en familias rituales y subfamilias (latinas o bizantinas, eslavas o griegas, romanas, ambrosianas o mozárabes, etcétera) a partir del hecho no de si se produce la transubstanciación, que es algo que todos los ritos tienen en común, sino de su exacto contenido. Basta imaginar lo que supone decirle a un católico bizantino: “Al final del día, tu Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo y nuestro Novus Ordo son casi lo mismo, porque ambos hacen la única cosa esencial e inmutable: convertir el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo".

Me temo que lo que estamos viendo es el resultado de hablar sobre asuntos tan graves sin el conocimiento necesario de los detalles. Es muy fácil decir "el rito romano permanece intacto" cuando lo único que uno está mirando es un esbozo del ordo de la Misa desde 30,000 pies de altura. Pero el demonio está en los detalles, y también los ángeles, cuyo papel se redujo considerablemente en el Novus Ordo. Los ritos litúrgicos no existen como esquemas o abstracciones, sino como codificaciones concretas de texto, música, rúbricas, ceremonial y un elenco de objetos de apoyo. Cuanto más se adentra uno en lo que realmente es el rito romano clásico: su antigua dirección hacia el Oriente, su calendario particular y su leccionario, sus más de mil oraciones, su conjunto de prefacios, su Canon monolítico, el rito primitivo del ofertorio medieval, etcétera, más se puede ver que el Novus Ordo se separa de forma abrupta y exhaustiva de ese venerable rito. Son, en verdad, dos liturgias diferentes que comparten algunos elementos comunes, algo así como si se dijese que la torre Eiffel comparte la verticalidad de una catedral gótica.

Por eso, resulta más que irónico que el Rvdo. Longenecker cite las famosos palabras de G.K. Chesterton: "Tradición significa dar un voto a la más oscura de todas las clases, nuestros antepasados. Es la democracia de los muertos", cuando la reforma litúrgica posconciliar fue, de todas las reformas que ha tenido la Iglesia en su historia, la más autocrática que sea imaginable en su desprecio por la voz colectiva de nuestros antepasados, y de democrática sólo tiene que procedió de la votación de "expertos" reunidos en una serie de comités que dividieron las partes de la liturgia en grupos de estudio, como si se tratase de equipos de programadores que prueban nuevos módulos de sistemas operativos[4].

En el pasaje más fino y lírico de su artículo, el Rvdo. Longenecker compara la Tradición católica con una antigua y gran mansión con amplios jardines:

A veces pienso que ser católico es como vivir en una gran casa antigua como la de Retorno a Brideshead [Brideshead Revisited]. Es una estructura ornamentada, antigua y venerable, llena de pasillos de recuerdos y callejones de Tradición. Las paredes están alineadas con los estandartes de batallas antiguas y los retratos de los antepasados ​​de gran reputación. El ático está lleno de antigüedades curiosas y preciosas y las cocinas y bodegas están atiborradas de buen vino, barricas de provisiones y paquetes de equipos para la batalla y para las tareas domésticas. Los jardines son exuberantes y extensos, algunos formales y fructíferos, algunos aún salvajes e indómitos. El modernista demolería tal casa y enviaría los contenidos a una subasta. Pero un católico debería decidir vivir allí, desempolvar y hacer brillar las antigüedades, limpiar las alfombras, pulir la plata, restaurar las pinturas, afilar las alabardas y bruñir la armadura ... y luego debe correr las cortinas para abrir las ventanas y dejar entrar el aire fresco y la luz de la mañana.

 Castillo Howard (North Yorkshire, Inglaterra), lugar de filmación de la serie (1981) y la película (2008) basadas en Retorno a Brideshead 

La última frase, un eco deliberado del famoso comentario de Juan XXIII sobre la neceidad de Iglesia de abrir sus ventanas y dejar entrar el aire del mundo (¿cómo está funcionando eso para usted, Iglesia posconciliar?), podría ser recuperada como un recordatorio de que sin el Espíritu Santo, sin la gracia de Dios, no podemos producir buenos frutos, sin importar cuán hermoso sea el árbol. El Rvdo. Longenecker sería el primero en aceptar, estoy seguro, que esta necesidad interior de ninguna manera sugiere que exista algún problema con la casa antigua y su contenido, que es la primera causa de que todas las cosas -el arquitecto y el primer decorador de interiores, por seguir con la comparación- sean puestas allí por Su Providencia.

Es irónico, de nuevo, que nuestro autor eligiese esta metáfora de la casa antigua y sus confines, ya que siempre ha sido la comparación favorita de los tradicionalistas cuando desean describir el resultado de veinte siglos de desarrollo gradual en la liturgia, atendida gentilmente por jardineros y conserjes. No hay duda alguna de que el arzobispo Bugnini y sus expertos colegas no tuvieron paciencia con esta vieja mansión. Querían demolerla y construir en su lugar apartamentos modernos y racionales. En sus propias palabras, Bugnini buscó "rejuvenecer la liturgia, 'liberarla' de las superestructuras que la agobiaron a lo largo de los siglos". Es por eso que el nuevo Misal está tan "racionalmente" ordenado, usando planos simples una y otra vez, frente a la variedad maravillosamente impredecible del viejo Misal[5].

El arzobispo Bugnini no fue el único liturgista que pensó en términos de imágenes arquitectónicas de demolición y reconstrucción. Basta traer a colación este pasaje del libro Demain la liturgie (1976) escrito por el P. Joseph Gelineau S.J., quien desempeñó un papel destacado en el Consilium:

Si las fórmulas cambian, se cambia el rito. Si se cambia un solo elemento, se modifica la significación del todo. Que aquellos que, como yo, hayan conocido y cantado una Misa en latín-gregoriano, lo recuerden si pueden. Que lo comparen con la Misa que ahora tenemos. No sólo las palabras, las melodías y algunos de los gestos son diferentes. A decir verdad, se trata una liturgia diferente de la Misa [c’esr une autre liturgie de la Messe]. Esto debe decirse sin ambigüedad: el rito romano, tal como lo conocíamos, ya no existe [le rite romaine tel que nous l’avons connu n’existe plus]. Ha sido destruido [Il est détruit]. Algunas paredes del antiguo edificio han caído, mientras que otras han cambiado su apariencia, y el resultado aparece hoy como una ruina o la subestructura parcial de un edificio diferente.

¿Podría la mención que hace el Rvdo. Longenecker a Retorno a Brideshead ser una sutil insinuación para los eruditos que, de hecho, él no ve enfrentado cara a cara con la reforma litúrgica? Es bien sabido que el autor de esta espléndida novela, Evelyn Waugh (1903–1966), se opuso ferozmente al desmantelamiento de la liturgia católica, intercambiando una correspondencia regular con el cardenal Heenan para ver si se podía hacer algo para detener la locura que estaba empezando a desangrar a las iglesias de sus congregaciones, y publicando artículos angustiados sobre el tema en diversas publicaciones periódicas (los lectores encontrarán todo esto en el libro A Bitter Trial: Evelyn Waugh y John Cardinal Heenan on the Liturgical Changes [Nota de la Redacción: en esta bitácora publicamos previamente una entrada sobre Waugh y su intercambio epistolar con el Cardenal Heenan]). A pesar de que le ahorraron la indignidad final de presenciar el Novus Ordo, ya que murió más de tres años y medio antes de que éste saliera de la línea de montaje, Waugh se sintió absolutamente horrorizado por los cambios que se habían hecho a la liturgia, que en ese momento habían alcanzando un punto no insignificante, aunque ciertamente no se había convertido en el gran maremoto de 1969.

 Evelyn Waugh en su estudio en su residencia particular, Combe Florey (1963)
(Foto: Art.com)

Entre los católicos que se preocupan profundamente por la liturgia sagrada (¿y por qué no deberían hacerlo, cuando el Concilio Vaticano II llama al "sacrificio eucarístico" la "fuente y culmen de toda la vida cristiana"?), es posible distinguir varias clases: la de aquellos que creen que los cambios posteriores al Concilio fueron demasiado lejos; la de aquellos que creen que dichos cambios no fueron lo suficientemente amplios y radicales; la aquellos que piensan que lo que sea que ocurrió en verdad sucedió, y que hoy hay que hacer las cosas lo mejor que se pueda con lo que se tiene; y la de aquellos que piensan que acercarse a la liturgia con la mentalidad de progreso y relevancia es la manera incorrecta de dejar que sea ella misma y haga lo que puede hacer y, además, un camino condenado a la autoparodia y la implosión cuanto más se desciende.

El tradicionalista toma esta última posición. Se basa, en primer lugar, en experiencias reales y repetidas de la belleza y las riquezas del clásico rito romano, en el que el texto y el ceremonial empobrecidos del nuevo rito se destacan claramente. No puede haber sustituto para la familiaridad. Nadie que no esté íntimamente familiarizado con el antiguo rito romano está en posición de hacer un comentario global sobre cómo se compara con su deliberado reemplazo. Es hora de que aquellos que tildan a sus compañeros católicos vinculados al usus antiquior de ser idólatras reales o potenciales bajen de sus altos caballos y caminen unos cuantos kilómetros en los mismos zapatos, al menos por caridad si no es por ninguna otra razón. Que conozcan el antiguo rito, no sólo la Misa, sino todos los ritos y bendiciones sacramentales que lo componen. Que vean sus cualidades de primera mano, y no desde la distancia.

Estas personas podrían sorprenderse de lo diferente que es la vista desde el suelo. De hecho, podrían llegar a ver que el peligro de la idolatría, en forma de una adulación incuestionable, quizá incluso no reconocida, de aggiornamento, es más real para aquellos que respaldan la construcción moderna del Consilium. Después de todo, fueron las actitudes y payasadas de los progresistas litúrgicos lo que Joseph Ratzinger comparó con el episodio del becerro de oro.

Sin saberlo él mismo, el Rvdo. Longenecker está listo para convertirse en un tradicionalista si simplemente descubre la aplicabilidad de sus palabras a toda la reforma litúrgica:

Uno de los resultados desastrosos del Concilio Vaticano II es que los liturgistas, el clero y los religiosos, tan celosos de hacer que la fe sea contemporánea y relevante, sintieron que podían hacerlo mejor no valorando y revitalizando las tradiciones de la Iglesia, sino demoliéndolas con celo revolucionario.

Amén. Ahora sólo use su lápiz corrector para eliminar algunos de los otros trozos engañosos del sermón.

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[1] Esta hipótesis se basa en una suposición más fundamental que llamo "El axioma de Maritain": "Dada la levadura de la filosofía griega, la ley romana, la profecía hebrea y el Evangelio cristiano, Europa desarrollará la mejor conciencia, el más amplio respeto por los derechos humanos y el estado de derecho más consistente que el mundo haya conocido". Este axioma es verdadero de manera descriptiva, en el contexto de la civilización católica. Falla de manera prescriptiva, puesto que el resultado no se garantiza simplemente a partir de la disponibilidad de los ingredientes. Sin embargo, se asume como la base de, por ejemplo, la postura del papa Francisco sobre la pena de muerte [Nota de la Redacción: véase lo dicho en esta entrada sobre este tema].

[2] He escrito en otra parte sobre "el uso y abuso de la via media".

[3] Este fenómeno se define y critica en dos artículos: "The Long Shadow of Neoscholastic Reductionism" ("La larga sombra del reduccionismo neoscolástico") y "Against Reducing the Mass to a Sacramental Delivery System" ("Contra la reducción de la Misa a un sistema de despacho sacramental") [Nota de la Redacción: el primero de esos artículos fue traducido y publicado aquí].

[4] Esta comparación, por cierto, fue hecha por el Rvdo. Thomas Reese en un artículo titulado "Reforming Catholic liturgy should be like updating software" ("Reformar la liturgia católica debería ser como actualizar un software"), en el que comparó la liturgia antigua con el DOS y la reformada con Windows: el Misal interino de 1965 es 1.0, el Misal de 1969 2.0, etcétera.

[5] Véase aquí para varios ejemplos.

sábado, 13 de abril de 2019

Las estaciones cuaresmales

Las estaciones cuaresmales consisten en una compleja liturgia católica, de carácter estacional, que se desarrolla en los días de Cuaresma en la diócesis de Roma (si bien existen y han existido intentos, con mayor o menor éxito, de llevarla a otras diócesis, como ocurría en el antiguo rito parisino). El nombre que recibe esta liturgia procede del latín statio, vocablo militar que significa "estar en guardia, velar", para significar que este modo de proceder era una manera de recordar al cristiano la necesidad de permanecer vigilantes en estos días. Así "hacer estación" o "estar de estación" llevaba implícita la necesidad penitencial de ayunar y de velar en la fe. 

 Juan XXIII preside la cuarta estación cuaresmal (12de marzo de 1961)

En principio se trataba de reunirse en un lugar conveniente para la liturgia cuaresmal presidida por el obispo de Roma, que honraría sucesivamente con su presencia las comunidades más significativas en la que se ejercía su jurisdicción litúrgica. Con el paso del tiempo, a esta práctica se fue añadiendo la costumbre de que los fieles se reunieran en un lugar fuera de la iglesia para dirigirse luego en procesión hacia ella, llevando, donde la hubiere, la reliquia de la “Vera Cruz”. La procesión simboliza el camino penitencial de la Cuaresma como tránsito hacia la Pascua. Era costumbre que la iglesia estacional estuviera engalanada y abierta al pueblo durante todo el día en que le correspondía su turno. 

Esta práctica, que se remonta a los siglos V y VI, pero con antecedentes en otros lugares de la Cristiandad, tuvo su origen en la antigua costumbre de los Papas de celebrar la Eucaristía asistidos por todos los presbíteros de Roma en una de las 43 basílicas estacionales de la ciudad de Roma; aunque el término “estación” se aplicaba ya desde el siglo II a la reunión de la comunidad los días de ayuno y oración (miércoles y viernes). De un primer momento histórico proceden las estaciones a las basílicas principales romanas, San Pedro, San Pablo, Santa María la Mayor, San Lorenzo y Santa Cruz de Jerusalén. En estos templos tenían lugar los oficios litúrgicos los domingos y las ferias importantes de la semana (miércoles, viernes y sábado). Al surgir esta costumbre, la elección de la basílica quedaba al arbitrio del Papa, pero pronto fue regulada según un orden fijo más estable, y explicitada en los libros litúrgicos. En un momento posterior, en el siglo V, se fueron incorporando más templos para cubrir todos los días de la semana, excepto los jueves. Del siglo VIII proceden las Misas estacionales de este último día. La observancia de las estaciones sufrió con el exilio de Aviñón y con los tiempos turbulentos que lo siguieron, evitando la participación en persona de los Papas, pero la costumbre experimentó un resurgimiento luego de las reformas tridentinas.  

En cuanto al desarrollo de las estaciones, cada día se reunía la comunidad en una iglesia menor (llamada collecta). El Papa salía desde el palacio de Letrán en procesión. Lo precedían los acólitos, luego los siete diáconos de Roma junto a sus subdiáconos, y finalmente el Papa montado a caballo. No se dirigía a la iglesia estacional, sino a la iglesia menor, ya referida, en donde lo esperaba la asamblea de los fieles. Al llegar, entraba a la sacristía y se revestía con el alba, la tunicela, la dalmática, la casulla, el palio y la mitra. Ya revestido, subía al altar y saludaba al pueblo. Luego decía “Oremus”. En ese momento el diácono pedía a todos que se arrodillaran (flectamus genua) y, tras un momento de oración en silencio, pedía que se incorporaran (levate). Cuando todos se habían puesto de pie, el Papa rezaba la oración colecta estacional. 

Cuando terminaba la oración colecta, el diácono mandaba iniciar la procesión (procedamus in pace, a lo que se respondía In nomine Christi). Entonces se iniciaba una procesión hacia la iglesia estacional. El subdiácono llevaba la cruz procesional, a la que seguía la férula papal. A la usanza imperial, avanzaba un turiferario y siete acólitos con candeleros. El Papa caminaba asistido por dos diáconos. Mientras tanto se entonaban himnos penitenciales. Cerca de la iglesia estacional el subdiácono que portaba la cruz iniciaba el canto de las Letanías de los Santos.

 Juan XXIII peregrinando hacia Santa Sabina
(Foto: Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española)

Llegados a la iglesia estacional, el Santo Padre se dirigía al presbiterio y se cantaba el introito de la Misa. Al concluir, omitido el Kyrie porque ya se había cantado en las letanías, el Papa decía “Oremus”. Nuevamente el diácono pedía a los fieles arrodillarse por un momento, tras lo cual el Papa rezaba la oración colecta de la Misa. Luego la Misa continuaba como de costumbre hasta antes de la comunión.

Los sacerdotes que acudían a esta celebración recibían una partícula del pan consagrado por el Romano Pontífice. Este fragmento se llamaba fermentum. Esta partícula la llevan a sus iglesias para añadirla al pan que ellos consagraban o al cáliz (costumbre que es el origen de la partícula del Agnus Dei). Con este fermentum se significaba la unión de las demás Misas con la estación papal, y era un signo de comunión con el Santo Padre.

Como algunos fieles se retiraban de la iglesia antes de la comunión, el subdiácono anunciaba antes de dicho momento en dónde se celebraría la siguiente estación: "Crastina die veniente collecta erit in Ecclesia N., statio in Ecclesia N.", a lo que respondía la schola: "Deo gratias".

Tras la oración después de la comunión, el diácono pedía a todos los presentes que inclinaran la cabeza. Entonces el papa rezaba una oración sobre el pueblo. Luego, el diácono terminaba la celebración con el Ite Missa est.

 (Foto: Liturgia papal)

Si el Papa no podía presidir la estación, un acólito le llevaba un algodón mojado en el aceite de las lámparas de la iglesia estacional y le decía: “Hoy ha sido la estación en Santa Sabina, que te saluda”. El Santo Padre recibía el algodón y lo entregaba a su cubiculario, quien lo conservaba para rellenar la almohada fúnebre del pontífice.

Las oraciones y las lecturas hacían referencia a los santos y mártires relacionados con esos templos. A veces, la relación era sencilla de identificar; en otros casos, la referencia era muy sutil. Por ejemplo, el día en que se celebraba en la Iglesia de San Vital, que fue arrojado a una fosa, se leía la historia del patriarca José, que fue arrojado por sus hermanos a un pozo; en Santa Susana, mártir romana, se leía la historia de Susana en el libro de Daniel; en San Marcos, donde está la tumba de los santos Abdón y Senén, que llegaron a Roma desde Persia, se leía la historia de Naamán, que peregrinó desde Siria hasta Israel para encontrarse con el profeta Eliseo; en Santa Prudenciana, se leía un evangelio relacionado con san Pedro, que se alojó en su casa; etcétera. 

Al pasar de los años esta práctica fue cayendo en desuso, aunque la Iglesia de Roma siempre la conservó. Para el resto de la Iglesia (salvo intentos de revitalizar la práctica, como por ejemplo en Venecia, donde la costumbre fue introducida en 1917), progresivamente quedó  solamente como reminiscencia el hecho que en los misales se especificara la iglesia en la cual debía hacerse la estación ese determinado día de Cuaresma. Así, por ejemplo, para el Miércoles de Ceniza, cuya estación era celebrada en la Basílica de Santa Sabina, el misal decía: “Miércoles de Ceniza: Feria de primera clase. Estación en Santa Sabina”.

Las estaciones romanas se suspendieron en 1870, año en que los saboyanos insurgentes tomaron Roma y prohibieron los actos de culto fuera de los templos. Fueron restauradas, tras sesenta años, en 1931, gracias al ambiente favorable creado por los Pactos Lateranenses de 1929. Tras una fuerte decadencia en los años setenta del siglo XX, en que la mayoría del clero las consideró obsoletas, hoy se asiste en Roma a una progresiva recuperación. En 1993 el Oficio Litúrgico del Vicariato publicó nuevos textos y esquemas celebrativos. Incluso, desde 2010, en su difusión, se realizan convocatorias para colocar en los templos con fechas y horarios estacionales. En la actualidad, el Papa celebra una estación romana el Miércoles de Ceniza. Se reúnen la asamblea en la Iglesia de San Anselmo, y desde ahí parten a la Iglesia de Santa Sabina, en donde el Santo Padre celebra la Misa. En los demás días de Cuaresma, y en la Octava de Pascua, se celebran estaciones en las iglesias estacionales que corresponden a cada día. Suelen hacerse dos celebraciones al día: una en la mañana y otra en la tarde. Esta última se procura que sea presidida por el cardenal titular de la iglesia y, de no ser posible, por un obispo.

Hoy en día se está experimentando la promoción en zonas de la periferia de la urbe de iglesias estacionales vicarias, para los fieles a los que les es dificultoso por la distancia asistir a las tradicionales. De la misma manera se ha trasplantado esta costumbre fuera de Roma, por ejemplo en Chieti, por citar algún lugar de Italia, e incluso en algunas diócesis de Estados Unidos.

 (Foto: Liturgia papal)

Por último consignamos aquí el listado de estaciones cuaresmales (disponible en la página de la Santa Sede):

Miércoles de Ceniza Sta. Sabina, en el Aventino
Jueves S. Jorge al Velabro
Viernes Ss. Juan y Pablo, en el Celio
Sábado S. Agustín, en Campo Marzio
Domingo I de Cuaresma S. Juan de Letrán
Lunes S. Pedro en Cadenas, en Colle Oppio
Martes Sta. Anastasia (S. Teodoro), en el Palatino
Miércoles Sta. María la Mayor
Jueves S. Lorenzo, en Panisperna
Viernes Ss. XII Apóstoles, en el Foro de Trajano
Sábado S. Pedro en la Ciudad del Vaticano
Domingo II de Cuaresma Sta. María en Domenica alla Navicella
Lunes S. Clemente, junto al Coliseo
Martes Sta. Balbina, en el Aventino
Miércoles Sta. Cecilia, en Trastévere
Jueves Sta. María en Trastévere
Viernes S. Vital en Fovea (Via Nazionale)
Sábado Santos Marcelino y Pedro, en Letrán (Via Merulana)
Domingo III de Cuaresma S. Lorenzo extramuros
Lunes S. Marcos, en el Capitolio
Martes S. Prudenciana en el Viminal
Miércoles S. Sixto (Ss. Nereo y Aquiles)
Jueves Ss. Cosme y Damián in Via Sacra (Foros Imperiales)
Viernes S. Lorenzo en Lucina
Sábado Sta. Susana en las Termas de Diocleciano
Domingo IV de Cuaresma S. Cruz de Jerusalén
Lunes Los Cuatro Santos Coronados en el Celio
Martes S. Lorenzo en Dámaso
Miércoles S. Pablo Extramuros
Jueves Ss. Silvestre y Martín en el Monte
Viernes S. Eusebio en el Esquilino
Sábado S. Nicolás in Cárcere
Domingo  V de Cuaresma S. Pedro en la Ciudad del Vaticano
Lunes S. Crisógono en Trastevere
Martes S. Ciríaco (S. María en via Lata al Corso)
Miércoles S. Marcelo en el Corso
Jueves S. Apolinar en el Campo Marzio
Viernes S. Esteban en el Celio
Sábado S. Juan ante la Puerta Latina
Domingo de Ramos S. Juan de Letrán
Lunes Sta. Práxedes en el Esquilino
Martes Sta. Prisca all'Aventino
Miércoles Sta. María la Mayor
Jueves S. Pedro en la Ciudad del Vaticano (Misa Crismal) -S. Juan de Letrán (Misa in Coena Domini)
Viernes Sta. Cruz de Jerusalén (Liturgia de la Pasión del Señor)
Sábado S. Juan de Letrán (Vigilia Pascual)
Domingo de Pascua Sta. María la Mayor (Misa del día de Pascua de Resurrección).
Lunes del Ángel S. Pedro en la Ciudad del Vaticano
Martes S. Pablo extramuros
Miércoles S. Lorenzo extramuros
Jueves Ss. XII Apóstoles, en el Foro de Trajano
Viernes Sta. María de los Mártires, en Campo Marzio (Panteón)
Sábado S. Juan de Letrán
Domingo II de Pascua (in Albis) S. Pancracio

Respecto del listado anterior, cabe hacer notar que
antes de la reforma litúrgica (1969), existía un período de antecuaresma en la que ya se practicaba el rito estacional: el Tiempo de Septuagésima, tres semanas de transición entre las alegrías de la Navidad y la Epifanía y las austeridades cuaresmales. Sus iglesias estacionales indicaban una gradualidad ascendente: San Lorenzo Extramuros, San Pablo Extramuros y San Pedro del Vaticano.

Nota de la Redacción: La presente entrada ha sido preparada a partir de las siguientes fuentes de información: (i) la entrada de Wikipedia en español dedicada a las estaciones cuaresmales; (ii) la sección dedicada a la liturgia estacional romana cuaresmal en Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española; (iii) las entradas que dedica la bitácora Principios católicos a la liturgia estacional y las iglesias estacionales; (iv) la entada sobre las Misas estacionales en el sitio Liturgia papal; (v) la entrada sobre el sentido y significado de las estaciones cuaresmales en la bitácora Antorcha de Cristo

miércoles, 10 de abril de 2019

Un obispo escocés sobre los ritos de exequias

El sitio Infocatólica reproduce una noticia publicada por el periódico Catholic Herald sobre la carta pastoral de S.E.R. Mons. Joseph Toal, obispo de Motherwell (Escocia), en la cual se recuerda a los sacerdotes y fieles que no corresponde modificar de ningún modo los ritos de exequias, debiendo reservarse los elogios del difunto o los discursos en general para una oportunidad posterior, como por ejemplo la recepción luego del funeral. 

No resulta difícil percatarse de lo oportuno del recordatorio de este prelado. Como se recordaba hace algún tiempo en una carta enviada al periódico El Mercurio de Santiago, quienes asisten a exequias celebradas de acuerdo con la liturgia reformada inevitablemente se vuelven testigos de una completa desnaturalización del rito, el cual, mediante la inserción de discursos de familiares y amigos o incluso por medio de la prédica o las admoniciones espontáneas del sacerdote, se transforma en una canonización inmediata del difunto, olvidando que el fin primordial de la Misa de exequias es rogar por el alma de éste y por su salvación, que queda confiada a la infinita justicia y misericordia de Dios.

S.E.R. Mons. Joseph Toal
(Foto: Catholic Herald/Infocatólica
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Obispo escocés recuerda que los elogios a los difuntos no deben realizarse durante las exequias y funerales

El obispo de Motherwell, Escocia, Mons. Joseph Toal, ha publicado una carta pastoral sobre los ritos funerarios en la que pide a los sacerdotes no modificar la liturgia de la Eucaristía de exequias y limitar los mensajes de los familiares y los elogios del difunto a otros momentos, como por ejemplo durante la recepción funeraria.
 

«La liturgia funeraria en la Iglesia católica brinda un gran consuelo y esperanza a los que han perdido a un ser querido porque proclamamos la Resurrección del Señor y nuestra esperanza de vida eterna», dijo Mons. Toal en una carta a sacerdotes y diáconos. 

Y añade: «Su fortaleza está en la fe de la Iglesia y en las palabras de la liturgia que expresan esa fe. Debemos aceptar, por lo tanto, que lo que más nos importa es lo que la Iglesia nos ofrece, en lugar de nuestras propias palabras».

La carta, publicada el pasado 3 de abril, tiene como objetivo ayudar al clero y a los fieles a organizar funerales.

«Dado que la liturgia tiene su propia estructura y ritmo, especialmente la Misa de Réquiem, no debe interrumpirse para agregar nuestros extras», dijo. La homilía durante la Misa de funeral «no es un momento, por lo tanto, para que alguien más se levante para hablar sobre el fallecido, quienquiera que sea».

El obispo sugiere que pueden «ofrecerse algunas palabras de tributo» antes de que comience la Misa o el servicio funerario. «Estas palabras, sin embargo, deben escribirse y mostrarse al celebrante de antemano y no deben ser muy prolongadas», agregó.

«A menudo, lo que las familias quieren escuchar y compartir se puede ofrecer de una manera más apropiada y menos formal en la recepción posterior», indica Mons. Toal. «Los más cercanos al difunto se reúnen después del funeral y es mejor que compartan sus felices recuerdos sobre el difunto en ese momento».

Sin embargo, el prelado recuerda que: «[...] el punto importante es la celebración plena de los ritos funerarios católicos y nuestra intercesión para que los pecados del difunto puedan ser perdonados y que sea digno de compartir la vida eterna con Dios»

La homilía es solo una parte de la Misa o del servicio funerario, y su función es «reflexionar sobre la Palabra de Dios que se ha proclamado y llevar a la celebración de los misterios en los que depositamos nuestra fe». 



Misa pontifical de Réquiem en la parroquia romana de Trinità dei Pellegrini

El obispo dijo que la instrucción de la Iglesia para los funerales establece claramente que el sacerdote o diácono que celebra el funeral debe «predicar una homilía como en otras ocasiones, basado en la Palabra de Dios, enfatizando en el funeral la esperanza de la resurrección en Nuestro Señor Jesucristo».

«La instrucción dice específicamente que la homilía no debe ser un elogio», agregó. Tampoco es apropiado agregar un tributo final a la persona fallecida antes o durante las palabras conclusivas de la Misa funeraria.

El obispo Toal dijo que es apropiado que el predicador integre algunos detalles sobre la vida de la persona fallecida en la homilía «para que sea personal y reconozca el deseo de la familia de recordar a su ser querido de manera sensible». Esto requiere cierta habilidad y «un esfuerzo para averiguar algo sobre los fallecidos por parte de su familia».

«Evidentemente, el predicador no está allí para contar paso a paso la vida del difunto, sino más bien para hacer uso de algo que conozca de él, de una manera apropiada», indica el prelado, quien agrega que «lo que se diga sobre el difunto debe ser preciso y preparado».

El obispo advierte a los fieles que deben tener en cuenta que no todos los celebrantes tienen la misma capacidad de integrar lo personal y lo espiritual. También ofrece orientación para la participación familiar en la liturgia funeraria.

Si bien las familias a veces desean realizar tareas particulares durante los funerales, «puede ser mejor dejar las tareas litúrgicas a quienes las realizan normalmente en la parroquia», dijo Mons. Toal.

Abordando el papel de los lectores y de los que dicen las oraciones de los fieles, el obispo señala: «Es una prueba para las personas que leen si no están acostumbrados a hacerlo, o tal vez ni siquiera asisten regularmente a la iglesia».

Por último, el obispo exhorta a los miembros de la familia de la persona fallecida a buscar orientación en el sacerdote o diácono, dada su responsabilidad de decidir sobre estos roles.

La diócesis de Motherwell tiene 66 parroquias en Lanarkshire y partes de Glasgow. Atiende a aproximadamente 162.000 católicos.


 Catholic Herald/InfoCatólica


(Ilustración: Contemplata aliis Tradere)

sábado, 6 de abril de 2019

La dedicación de una iglesia

A continuación queremos ofrecer a nuestros lectores una entrada de formación litúrgica sobre uno de los ritos más solemnes y elaborados en el rito romano, como es la consagración o dedicación de una iglesia, y al que pocas veces se tiene la posibilidad de asistir. 



Nuestros templos son un lugar sagrado, porque ahí es donde se deposita Nuestros Señor Jesucristo Sacramentado en el Sagrario o “Sancta Sanctorum”, ahí es donde reposan las reliquias de los Santos y Mártires de la Iglesia Universal, ahí es donde se ofrece el Sacrificio vivo y Santo de la Eucaristía. Por eso, no es un simple salón, no es un simple garaje o local, sino un sitio en el que la Iglesia católica desde antiguo ha buscado que sea lugar de reunión de Dios para con sus fieles, lo que exige que todo tempo tenga una consagración o dedicación que lo aparte del uso profano. Como parte de la consagración de una iglesia, al menos un altar fijo debe ser consagrado.




"Dedicación" es la palabra que usó siempre la Tradición de la Iglesia para "consagrar" los templos y sus altares. La consagración es la solemne dedicación a un propósito o de servicio especial, por lo general religioso. La palabra "consagración" significa literalmente "asociar con lo sagrado". Personas, lugares o cosas pueden ser consagrados, y el término se utiliza de diferentes maneras según los diversos contextos. El Pontifical Romano habla siempre de "dedicación" en relación con el templo y el altar. La consagración de una iglesia católica es  así una ceremonia muy solemne e impresionante, en la que, mediante determinados ritos, se consagra el edificio exclusivamente al uso sacro.




Las diversas partes de las ceremonias tradicionales de consagración son de muy antigua data y, en lo sustancial, permanecen hasta hoy inalterados respecto de como eran muchos siglos atrás, probablemente incluso en tiempos apostólicos. De acuerdo con la Enciclopedia Católica (1913), antes del tiempo de Constantino, la consagración de iglesias era una cuestión privada, debido a las persecuciones. Sin embargo, luego de la conversión de este emperador se convirtió en un rito público: "Luego de estas cosas, un espectáculo por el que se reza y muy deseado por todos es la solemne fiesta de la dedicación de iglesias a lo largo de cada ciudad, y la consagración de oratorios nuevos (Eusebio de Cesarea, Historia de la Iglesia, X).

En concreto, algunos autores fijan el origen de los ritos alrededor del año 105 y los atribuyen al papa San Evaristo, pero parece probable que él haya meramente promulgado como ley lo que era la costumbre antes de su tiempo. Hay muchos ejemplos para probar que las iglesias eran consagradas antes de que la Iglesia tuviera paz, como aquel tomado de la vida de Santa Cecilia, quien oró por la cesación de las hostilidades en contra de los cristianos de modo que su casa pudiera ser consagrada como iglesia por San Urbano I (222-230). Otro ejemplo puede extraerse de la vida de San Marcelo (308-309), quien consagró una iglesia en la casa de Santa Lucina (Breviarum Romanum, 16 de enero).




La ceremonia solemne de dedicación o consagración se encuentra en el Pontifical Romano y se realiza de jure por un obispo. El rito más simple, que puede hallarse en el Ritual Romano, está reservado generalmente para los obispos, pero puede ser realizado también por un sacerdote con delegación episcopal. Todas las iglesias, oratorios públicos y semipúblicos, si se destinan al culto divino in perpetuum, deben ser cuando menos bendecidos antes que los Sagrados Misterios puedan ser celebrados en ellos (Sagrada Congregación de Ritos, septiembre de 1871). Los oratorios puramente privados o domésticos no pueden ser dedicados así, sino simplemente bendecidos con la benedictio loci (cf. Ritual o Misal Romano) en cada ocasión que se celebre Misa en ellos. Como regla, las iglesias principales en cada distrito deben ser consagradas en la manera solemne, pero, debido a que para una consagración lícita se requieren ciertas condiciones que no son siempre posibles, el rito de dedicación simple ordinario es considerado como adecuado. Ambas formas consagran el lugar y contribuyen, como los sacramentales, a la santificación de los fieles, pero difieren en que si una iglesia que está consagrada se contamina, por ejemplo en caso de profanación, debe ser reconciliada por un obispo, mientras que una iglesia que está simplemente bendecida puede ser reconciliada, en circunstancias similares, por un sacerdote (cf. Ritual Romano).




La diferencia en las dos formas de dedicación es que una iglesia consagrada tiene derecho a celebrar cada año la fiesta del aniversario de su consagración, que debe oficiarse como una doble de la primera clase con una octava por todos los sacerdotes asignados a ella. Una iglesia que sólo está bendita no tiene derecho a esta fiesta de aniversario salvo per accidens, es decir, cuando está incluida en el indulto especial concedido para la celebración simultánea de los aniversarios de todas las iglesias en un distrito o diócesis. En este caso, el Oficio y la Misa deben ser celebrados en cada iglesia, dentro de los límites del indulto e independientemente de su consagración (Congregación de Ritos, núm. 3863). Puede escogerse cualquier día para la dedicación de la iglesia, aunque el Pontifical Romano sugiere aquellos domingos y solemnes días festivos que admiten el Oficio y la Misa de dedicación así como la celebración del aniversario.




La dedicación de iglesias era, entre los sacramentales mayores, el más costoso en tiempo y recursos. Y no era cosa de un sólo día, de ahí que no todas las Iglesias hayan sido consagradas, pero sí bendecidas. Más aún, si un obispo se veía impedido por cualquier causa de concluir la ceremonia de dedicación, ésta no podía reanudarse después en el punto en que se la dejó, sino que se debía repetir desde el inicio.



El desarrollo del rito de la dedicación de una iglesia

El rito de la dedicación le corresponde al obispo, quien debe dedicar a Dios las nuevas iglesias que se edifican en su diócesis. 

Antes de que la bendición de la iglesia comience, el obispo con su báculo marca los signos en la parte superior e inferior de la iglesia con una cruz como signo de consagración, para que la obra de la redención no sea destruida.

Las primeras imágenes muestran los preparativos de la construcción del nuevo templo: sacralización del terreno ya delimitado (imagen 1), bendición y colocación de la primera piedra (imagen 2) y bendición de los cimientos (imagen 3).

Imagen 1

Imagen 2

Imagen 3

Una vez terminado el edificio, se procede al ritual de la dedicación propiamente dicho:

PARTE I: Ritos de purificación

Ilustraciones: la bendición del agua se hacía junto al lugar donde se había celebrado la vigilia al lado de las reliquias; con el agua bendita, el obispo y el clero asperjaban el exterior de la iglesia dando dos vueltas (imagen 4).

Imagen 4

Al final de la segunda vuelta, el obispo llamaba a la puerta de la iglesia y ésta no se abría. Daba entonces el obispo una tercera vuelta aspergiendo y al final accedía al interior con el clero (imagen 5).

Imagen 5

Se entonaba el Veni, Creator y las letanías. Mientras, se escribía el alfabeto (en latín y en griego) en el suelo sobre ceniza (imágenes 6 y 7).

Imagen 6

Imagen 7

Se canta enseguida el Benedictus y, invocando la ayuda de Dios, se bendice el "agua gregoriana" (imagen 8), que consiste en  agua bendita mezclada con vino, sal y ceniza que se utilizaba en la consagración de las iglesias, altares y aras de altar. Era también la que utilizaba para la purificación de la iglesia por dentro en la ceremonia de dedicación. El obispo pide de nuevo la ayuda del Señor. Su nombre proviene de que este rito se atribuye al papa San Gregorio Magno. Esta agua es un símbolo de la fuente que brota de la cruz de Cristo, para la transmisión a todo el mundo de su gracia santificante. La sal es bendecida como un símbolo de poder que sale de la cruz, que el origen divino de la vida nueva lleva a cabo en el mundo. Se bendicen las cenizas que recuerdan la penitencia. La sal se mezcla con las cenizas, y ambas con el agua. Cuando la fuerza de lo alto se mezcla con los actos penitenciales, entonces el agua de la vida celestial se agita. Por último el vino es bendecido y se mezcla con el agua, para que fructifique la primavera  de la gracia y la vida en Dios.

Imagen 8

La purificación interior de la iglesia comienza desde el altar, y se extiende a otras partes de la iglesia. En primer lugar, el obispo hace los signos del altar en el centro con el agua gregoriana y luego en las cuatro esquinas del altar, en referencia al sacrificio de propiciación, cuya renovación se hace aquí, y a las cinco llagas de Cristo. A continuación pasa alrededor del altar siete veces, rociándolo con el agua gregoriana (imagen 9). El número siete representa la purificación perfecta, que emerge de la fuente del sacrificio. Ahora la misma plenitud de la bendición puede ser llevada sobre el resto de la iglesia y llenar todo el espacio. El obispo va tres veces desde el altar hacia la ve para recorrer el interior de la iglesia: dos veces de derecha a la izquierda y una vez desde la izquierda a la derecha. Se rocían las paredes con el agua gregoriana, en primer lugar abajo, a continuación en el medio, y después hacia arriba. Luego rocía el suelo en forma de cruz, desde el altar mayor a las puertas principales y de una pared lateral a la otra. Finalmente, en el centro de la iglesia, puesto en pie, girándose al este, oeste, sur y norte.

Imagen 9

Las paredes del nuevo templo eran aspergidas con tres vueltas (imagen 10). Se hacía luego la aspersión sobre el pavimento (imagen 11).

Imagen 10

Imagen 11


PARTE II: Traslado y colocación de las reliquias

Se da paso a continuación a la procesión con el pueblo para traer las reliquias al nuevo templo (imagen 12).

Se prepara el sepulcro sobre o debajo del altar. Se realizan cuatro unciones del sepulcro. Se unge el altar y se inciensa las reliquias sobre el altar nuevo. Antes de encerrarlas, se pone crisma en los cuatro ángulos interiores de la confessio, se encierran las reliquias, después se ponen tres porciones del Cuerpo del Señor en la confessio y sobre ella se deposita la tabla (Imagen 13), de acuerdo a la usanza del siglo X (actualmente no se ponen porciones del Cuerpo del Señor, sino sólo reliquias).

Imagen 12
Imagen 13

PARTE III: Consagración del altar

Continúa la incensación del altar (imagen 14)

Imagen 14

El obispo traza cinco cruces con el Óleo de los Catecúmenos y otras cinco con el Santo Crisma (imagen 15).

Imagen 15

Lo vuelve a ungir con ambos óleos (imagen 16).

Imagen 16

Sigue la crismación de los muros de la iglesia sobre doce cruces: son ungidas, incensadas y ante ellas se enciende una vela (imagen 17).

Imagen 17

El obispo regresa al altar. Se queman sobre el mismo cinco montoncitos de incienso que tienen forma de cruz y base de cera. Mientras tanto se canta el verso Veni, Sancte Spiritus. Después el obispo canta el prefacio para la consagración de la iglesia (imagen 18).

 Imagen 18

Enseguida viene la crismación de la base del altar y de las junturas (imagen 19).

Imagen 19

Sigue la vestición del altar con los manteles, el cual después es incensado de nuevo (imagen 20).

Imagen 20
  
PARTE IV: Eucaristía

Terminado lo anterior, comienza la Misa, que puede ser celebrada por un presbítero ante el obispo asistente. En el Misal de San Pío V, el formulario correspondiente al común de la dedicación de una iglesia es la Misa llamada Terribilis est, que, como es habitual en la liturgia tradicional, toma su nombre de las dos primeras palabras del introito correspondiente, cuyo texto parafrasea el pasaje del Libro del Génesis (Gen 28,17) sobre el sueño de Jacob en Betel: "Terríbilis est locus iste: hic domus Dei est, et porta caeli: et vocábitur aula Dei (¡Cuán temible es este sitio! Ésta es la casa de Dios y la puerta del cielo; se la llamará la morada de Dios)". Sobre las hermosas melodías gregorianas previstas para este formulario, con referencias a las particularidades de la ceremonia en el rito hispánico o visigótico, puede leerse aquí un interesante artículo.

Con la celebración de la Santa Misa se manifiesta el fin principal de la edificación de una iglesia y de la erección del altar. La Eucaristía consagra el altar y el lugar de la celebración, tal como los padres antiguos afirman repetidamente: "Este altar es admirable porque por naturaleza es una piedra, pero se convierte en santo después de que ha sostenido el cuerpo de Cristo" (San Juan Crisóstomo).



Les dejamos, por último, un breve registro cinematográfico de algunos momentos de la dedicación de la Catedral de San Miguel (Saint Michael) en Sherbrooke, Quebec (Canadá), por S.E.R. Mons. Georges Cabanas, arzobispo de Sherbrooke entre 1952 y 1968. La ceremonia tuvo lugar al comienzo del Congreso Eucarístico de 1959, es decir, antes de la revisión de la segunda parte del Pontificale Romanum promulgada en 1961, la cual acortó drásticamente y reordenó el rito de dedicación de una iglesia. La narración es en francés y un resumen explicativo (en inglés) de lo que se ve en el video puede encontrarse aquí.


Bibliografía y crédito de las fotografías: Esta entrada ha sido preparada a partir de la información contenida en Traditional Catholicism, Ceremonia y Rúbrica de la Iglesia española y Catholik-blog.