lunes, 26 de octubre de 2020

Fiesta de Cristo Rey

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn. 18, 33-37):

“En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondió Jesús: ¿Dices tú eso por cuenta propia, o te lo han dicho otros de Mí? Replicó Pilatos: ¿Qué? ¿acaso soy yo judío? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí; ¿qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi reino, mis vasallos me habrían defendido para que no cayese en manos de los judíos; pero mi reino no es de aquí. Replicóle Pilatos: ¿Con que tú eres Rey? Respondió Jesús: Tú lo dices: Yo soy Rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad escucha mi voz”.

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Hay muchos que, amparándose en lo que dice Jesús, “mi reino no es de este mundo”, han procedido a quitarle toda sustancia, toda importancia y toda consecuencia a su calidad de auténtico, de verdadero Rey.

Y lo primero que han hecho es negarle esa calidad de ser “Rey de todo el género humano”, expresión usada por Pío XI en la encíclica Quas Primas (1925) que crea esta fiesta. Y así, ha pasado a ser “Rey del universo”, según la reforma posterior al Concilio Vaticano II. A primera vista, pareciera esto elevarlo a una altura inconmensurable, cosa que Él merece; pero lo han hecho a fin de quitar a su Realeza toda posibilidad de morder realmente en la realidad humana, de causar efectos en ella. Han practicado con el Señor la táctica bien conocida en la burocracia vaticana: “promoveatur ut amoveatur”; cuando se quiere sacar a alguien de algún cargo donde se ha convertido en un problema, se lo promueve a otro cargo más alto y con menos contacto con la realidad, desde el cual ya no podrá ser un obstáculo para nada. “Para removerlo, hay que promoverlo”: “Mándeselo, con todos los honores, de encargado de negocios de la Santa Sede a algún mínimo y lejano país, para que no moleste en la Curia; y auméntesele el sueldo”.

“Cristo Rey del Universo”, rey de las constelaciones, de los agujeros negros, de la anti-materia, del orbe terráqueo, de la flora y fauna… ¿Qué puede derivarse de semejante título para los hombres y su vida concreta? ¿En qué se ve ésta alterada por semejante título? Además, ¿acaso no tenía ya esa calidad por ser el Creador de todo lo visible y lo invisible?

En cambio, “Rey de todo el género humano” es un título cargado de consecuencias para la vida de los pueblos y de sus gobiernos políticos, y para todos los hombres particulares y concretos.

Es cierto que esas consecuencias no son directas. En efecto, precisamente en la medida en que se lo reconoce como “Rey de todo el género humano” se puede comprender el alcance de lo que Él dice: “mi reino no es de este mundo”. El que no sea “rey de este mundo” -el que Jesús no decida sobre la política económica, o sobre las prestaciones estatales de salud, o el nombramiento de ministros de la Corte de Apelaciones- es algo que la Iglesia ha entendido correctamente desde los primeros siglos. Ya en el siglo V el papa Gelasio, en carta al emperador en Constantinopla, dice: “dos son las potestades que gobiernan el mundo: la potestad espiritual de la Iglesia y la potestad terrenal del emperador”. No hay aquí confusión alguna: no se trata de proclamar una potestad político-contingente suprema de Cristo y de su Vicario, una especie de césaro-papismo (una misma persona es césar y papa). No: y prueba de que la Iglesia jamás aceptó el césaro-papismo es que, en Occidente, el papa y el emperador -el césar- se enfrentaron en la defensa  de sus atribuciones propias. “Al césar lo que es del césar, y a Dios lo que es de Dios”. Toda la mal llamada “Edad Media” es testigo de esta “separación de poderes”.

(Imagen: Catholik-blog)

Lo que ese “reinado de Cristo sobre el género humano” significa es, sin embargo, algo que está lleno de contenido y de efectos sobre la sociedad concreta -que son, precisamente, los que los modernistas han tratado de anular mediante el concepto de “Rey del universo”-.

¿Cuáles son esos efectos?

Efectos sobre la vida pública o política: la dignidad real de Cristo sobre el género humano exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ya sea al establecer las leyes, ya sea al administrar justicia, ya sea finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres.

Efectos sobre la vida personal de cada uno de los seres humanos: Cristo como Rey exige reinar en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; exige también reinar en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; exige además reinar en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a Él estar unido; y exige, finalmente, reinar en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o como dice San Pablo, como armas de justicia para Dios, deben servir para la interna santificación del alma.

Nada de esto es compatible con el laicismo moderno. Y los partidarios de éste maniobraron hasta que, finalmente, la realeza de Cristo se evaporó, allá en las alturas siderales a que fue trasladada, y la sociedad y sus miembros quedaron abandonados al relativismo doctrinal y moral.  

viernes, 23 de octubre de 2020

Mayor accesibilidad… ¿Para quiénes? ¿Para qué? ¿Por qué?

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo de Peter Kwasniewski, donde se hace cargo de algunas de las justificaciones usuales para emprender la reforma litúrgica. Se dijo que ella buscaba hacer los ritos más accesibles a los fieles, facilitando su comprensión. Pero el resultado fue el opuesto, dado que, junto con la simplificación del ritual y el uso del vernáculo, desapareció el lenguaje corporal presente en la liturgia, por el que se transmitía la sacralidad del misterio. La consecuencia está a la vista: desaparecidas las formas, el mensaje acabó también diluido, como ya decía el R.P. Thomas Calmel OP cuando prevenía contra los riesgos que traía consigo la eliminación del venerable Canon Romano.  

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las fotografías son las que acompañan la publicación original. 

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Mayor accesibilidad… ¿Para quiénes? ¿Para qué? ¿Por qué?

Peter Kwasniewski

A lo largo de los años de reforma litúrgica -y después, durante muchas décadas- a menudo se justificó la avalancha de cambios en el culto católico con unas cuantas frases mágicas, lanzadas, casi como talismanes y con un gesto de infinita superioridad, a las pobres mentes de los humildes laicos. Entre ellas, la que llevaba el primer lugar fue, ciertamente, la frase “participación activa”, pero junto con ella figuraron “el Hombre Moderno”, “ir adonde está la gente”, “obrar como obraba la Iglesia primitiva” y, lo que me interesa más en este artículo, “mayor accesibilidad”. 

Se suponía que la liturgia reformada era, y se argumentó y afirmó que sí lo era, “más accesible”. Pero esto es una monumental cortina de humo, como no la hubo nunca antes. Después de todo, no hay nada que, en abstracto y sin mayor especificaciones, sea más accesible o menos accesible que alguna otra cosa. Hay que preguntar siempre: “¿Accesible para quiénes? ¿Y da acceso a qué? ¿Y con qué finalidad?”.

La accesibilidad fue entendida, casi exclusiva y primariamente, como un fenómeno verbal y conceptual. Si uno puede agarrar un trozo, tamaño bocado, de cualquier cosa, sin necesidad de preparación, explicación y sin rastro alguno de perplejidad, se considera que ese trozo es accesible para uno. El objeto de una semejante comprensión, inmediata y total, no puede, obviamente, ser Dios, a quien cualquier teólogo ortodoxo declara, instantáneamente, incomprensible; y no puede tampoco ser el hombre, quien, como ente hecho a imagen de Dios, es un misterio para sí mismo; ni puede ser el mundo, que es demasiado complicado y vasto para caber en la mente del hombre, aunque mil Einstein hubieran de extraerle muestras; ni pueden ser tampoco los misterios revelados por Dios en la historia y expuestos en las Escrituras, ya que cada uno de ellos es una combinación de todo lo anterior. Por tanto, una liturgia perfectamente accesible, en el sentido mencionado anteriormente, tendría que versar sobre nada, dirigirse a nadie, y llevar a ninguna parte. 

Esto es, por cierto, y afortunadamente, un caso límite al que nunca se ha llegado: siempre queda un residuo de ininteligibilidad en todo lo que hacen los seres humanos, incluso cuando tratan de evitarlo. En la medida en que subsistieron elementos de la divina liturgia tradicional, subsistió la incomprensibilidad de Dios, del hombre, del cosmos, y de los misterios de Cristo. Con todo, la reforma introdujo una fundamental tensión entre dejar que la liturgia sea misteriosa, como debe ser, por una parte, y, por otra, procurar, en nombre de la ciencia litúrgica, depurarla de los varios rasgos que tienden a hacerla tremenda, ominosa, oscura, intrincada, maravillosa y -aunque sea paradojal- ordenada y ordenadora, familiar y consoladora, sin pretensiones y despojada de cosas irritantes e invasivas.

Ordenaciones en el rito romano tradicional: ¿pueden no gustarnos?

Me parece que existe una gran ironía en la recuperación de la liturgia tradicional, en latín, en la Iglesia romana. La ironía consiste en que, a pesar de lo que los expertos y manipuladores venían prediciendo, a pesar de toda su desesperación, las nuevas generaciones piensan que los ritos antiguos son, en general, suficientemente accesibles, de hecho mucho más accesibles que los ritos nuevos, supuesto que uno recurra a una concepción más amplia y más profunda de accesibilidad. No es difícil encontrar el motivo de ello: la antigua liturgia apela más coherentemente, más poderosamente, al ámbito completo de la realidad, la natural y la sobrenatural; a qué significa ser humanos; a cómo nos expresamos, y a qué es lo que procuramos expresar en palabras, gestos, cantos y suspiros; apela a todos los sentidos, a los diversos temperamentos y personalidades, a los diferentes niveles en que nuestra vida interior se desarrolla y se topa con el mundo exterior. 

La liturgia romana tradicional -y esto es también verdad de todo rito apostólico tradicional en la Cristiandad- reconoce una verdad sobre la que los psicólogos no se cansan nunca de explayarse: los seres humanos se comunican, principalmente, de modo no verbal. De hecho, jamás dejamos de comunicar algo, aunque no hablemos, aunque no tengamos intención de comunicar nada. Una actitud ordenada y deferente comunica más que muchos volúmenes, lo mismo que el descuido y el desaliño. La liturgia, como toda ceremonia humana, comunica constantemente mediante cada palabra, actitud, gesto, posición, acción, silencio. La vieja liturgia, al ordenar y regular estas cosas de un modo armonioso a fin de explicitar todo su contenido, es mucho más comunicativa. En este sentido, proporciona más accesos, y de modos más variados. La liturgia reformada, al eliminar el lenguaje no verbal tradicional, dejando muchas más cosas al azar y entregadas a hábitos idiosincráticos, debilita el contenido y su forma de entrega, al mismo tiempo que lo mezcla con materias ajenas y contradictorias. 

Muchas de estos pensamientos me los sugirió un video sobre lenguaje corporal que me hizo mucho más consciente de la importancia de los detalles pequeños y no verbales en la liturgia y, por tanto, de la importancia de estar conscientes de su adecuada ejecución y de ser fieles en ésta. El experto entrevistado, Joe Navarro, mira a la gente desde el punto de vista de un agente del FBI que trata de evaluar eventuales peligros, testigos, etcétera. La parte del video más relevante para la liturgia va desde 7:10 a 8:10. He aquí una transcripción de lo que Navarro puntualiza sobre el lenguaje corporal:

* “Cómo nos vestimos, cómo caminamos, tienen significado, y lo usamos para interpretar lo que hay en la mente de una persona”.

* “Podemos pensar que somos muy refinados, [pero] no estamos jamás en un estado en que no transmitimos información”.

* “Todos estamos transmitiendo todo el tiempo; escogemos la ropa que usamos, cómo nos peinamos, cómo nos vestimos, pero también qué actitud tenemos, cómo salimos de la oficina hoy llenos de energía, o entramos con un gesto diferente… y lo que buscamos son diferencias en el comportamiento, hasta llegar a minucias como cuál es la postura de estos individuos al caminar por la calle, si van por el lado de adentro de la acera, o por el lado de afuera, cuál es la velocidad con que pestañean, cuán a menudo miran su reloj…”.

* “Alguien puede poner cara de póker, pero no puede tener cuerpo de póker -en alguna parte se revelará-“.

* “Hablamos de lo no verbal porque tiene importancia, porque tiene gravitas, porque afecta el cómo nos comunicamos con los demás”. 

* “En lo que respecta a lo no verbal, es cosa que no importa poco. Nos comunicamos principalmente de modo no verbal, y siempre será así”.

Frases como “nos comunicamos principalmente de modo no verbal” y “nunca estamos sin comunicar algo” son muy relevantes en la celebración de la Misa. Cada gesto -por ejemplo, la velocidad del movimiento alrededor del altar; dónde se para o se sienta el sacerdote, cuándo y por qué; cómo se trata a los vasos sagrados; si la mirada del sacerdote se proyecta directamente hacia el pueblo o si baja los ojos con modestia- es una confesión de qué piensan el celebrante y los fieles que están realizando.

¿Por qué es que los reformadores fueron tan sordos o despistados en relación con las cosas más obvias de la vida? ¿No se dieron cuenta de que, mutando el lenguaje corporal, las posturas, la orientación, la guarda de la vista, se iba a provocar un inmenso cambio en la mentalidad y en la espiritualidad? O… ¿es que lo comprendieron perfectamente bien, y abolieron, por tanto, pieza a pieza, un lenguaje no verbal, cambiándolo por otro con un mensaje contrario?

Recuerdo lo que se ha dicho acerca de la pérdida de la fe en la Presencia Real. Ello no fue una desafortunada consecuencia de la falta de catequesis, sino que fue el resultado intencional de una catequesis renovada: no fue un producto colateral y accidental de haberse avinagrado la reforma litúrgica, sino un resultado premeditado de una nueva eclesiología que identificó a la comunidad de los fieles por excelencia con el Cuerpo de Cristo, y buscó oponerse al “fetichismo” o a la “magia” del culto Eucarístico que se había desarrollado en la Iglesia desde hacía, al menos, mil años.

 Martin Mosebach señala, respecto de la Comunión (Subversive Catholicism: Papacy, Liturgy, Church [Catolicismo subversivo: el papado, la liturgia, la Iglesia], pp. 80-81):

“Un bouquet completo de gestos llenos de respeto había rodeado al Sacramento del altar, y estos gestos eran la homilía más eficaz, que mostraba continuamente a los sacerdotes y a los fieles, de modo absolutamente claro, la misteriosa presencia del Señor bajo las formas de pan y de vino. Podemos estar seguros de que ningún adoctrinamiento teológico por parte de los teólogos llamados “ilustrados” ha dañado tanto la fe de los católicos occidentales en la presencia del Señor en la hostia y el cáliz consagrados como la innovación de recibir la comunión en la mano, junto con el abandono del cuidado en el trato de las partículas de la hostia.

 “Pero ¿en verdad no podemos recibir reverentemente la comunión en la mano? Sí es posible, por cierto; pero cuando se discontinuó las tradicionales formas de respeto, que ejercían su bendita influencia en la conciencia de los fieles, su supresión conllevó el mensaje -y no sólo para los simples fieles- de que no era en realidad necesaria tanta reverencia y, en consecuencia, fue creciendo al mismo tiempo la convicción (al principio tácita) de que no había allí nada que exigiera respeto” .


El P. Roberto Spataro dice algo parecido, pero de modo más amplio (In Praise of the Tridentine Mass and of Latin, Language of the Church [En alabanza de la Misa tridentina y del latín, lengua de la Iglesia], p 30):

 “La humildad es más que una virtud: es una condición para la vida virtuosa. Obsérvese las inclinaciones y genuflexiones que el hombre humilde hace ante Dios en espíritu de obediencia, reconociendo Su soberanía misericordiosa, Su amor sin límites, Su sabiduría creadora. La razón no se siente tentada a inflarse, como ocurre en un proceso revolucionario, porque en el rito antiguo no todo puede o debe ser explicado por la razón, la cual, por su parte, se contenta con adorar a Dios sin comprenderlo. La razón se vuelve a Dios mediante una lengua sagrada, diferente del habla cotidiana, porque en el orden armonioso de la creación que la liturgia presenta en sus ritos, no hay jamás una repetición monótona o una tediosa uniformidad, sino una sinfónica diversidad, sagrada y profana, sin oposición, respetuosa de la alteridad de cada uno. Aquí la razón renuncia también a un uso excesivo de palabras, como el que se da, desgraciadamente, en la práctica litúrgica inaugurada por el Novus Ordo, que es interpretada por muchos sacerdotes como una oportunidad para la simple locuacidad. En el antiguo rito, en cambio, la razón apela a otras dimensiones de la comunicación y, además de las palabras que se pronuncia o se canta, hace lugar también al silencio. Este silencio se convierte en la atmósfera, impregnada del Espíritu Santo, en que surgen el pensamiento creyente y la palabra suplicante”.

Lo que hacemos con nuestros cuerpos es exactamente tan comunicativo como lo que decimos con nuestros labios. Por tanto, la liturgia debe gobernar las mociones y disposiciones de nuestros miembros corporales y nuestros sentidos, obligándolos a ser símbolos de la verdad e instrumentos de santificación. Esto nos ayudará a orar, a entrar más profundamente en comunión con el Señor, y a rendirnos a una verdad que no puede ser puesta en palabras ni atrapada por conceptos. Como dice San Pablo en la Epístola a los Romanos, debiéramos dar nuestros miembros a Dios como “instrumentos de justicia”. “Ni deis vuestros miembros como armas de iniquidad al pecado” -el pecado de la falta de reverencia o de respeto por las cosas sagradas, del comportamiento negligente, descuidado y desconsiderado en nuestra audiencia formal ante el gran Rey- “sino ofreceos más bien a Dios” en adoración teocéntrica, que gobierne nuestra comparecencia, “como quienes, muertos, han vuelto a la vida” -la muerte viviente de la cultura moderna anti-natural, anti-Crística- “y dad vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia” (Rom. 6, 13), la justicia, es decir, la virtud de la religión.

lunes, 19 de octubre de 2020

Fiesta de San Lucas, Evangelista

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc. 10, 1-9):

“En aquel tiempo, designó también el Señor a otros 72 [discípulos] y enviólos dos por dos delante de sí a toda ciudad o lugar donde Él había de venir. Y les decía: ¡La mies es mucha, pero los obreros pocos! Rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a la mies suya. Id; mirad que os envío como a corderos entre lobos. No llevéis saco, ni alforjas, ni calzados, ni a nadie saludéis en el camino. En la casa en que entrareis, decid primero: “Paz a esta casa”; y si allí hubiere alguien digno de la paz, reposará sobre él la paz vuestra; si no, a vosotros se tornará. Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que allí os dieren, porque acreedor es el obrero a su paga. No paséis fácilmente de casa en casa, y en cualquier ciudad en que entrareis y os recibieren, comed lo que os pusieren, y curad los enfermos que en ella hubiere y decidles: “Está cerca de vosotros el reino de Dios””.

***

El Señor nos enseña, en este trozo del Evangelio, que Quien obra en su Iglesia es Él mismo, el Señor de la mies. Requiere, sí, de nuestro trabajo de obreros; pero la mies es suya, y Él sabe cómo cuidarla de los enemigos que quieren sembrar cizaña en ella. Y porque la mies es suya, Él se encarga de mantener a los obreros en situación de trabajar, alimentándolos y proveyendo a su sustento.

Se dirige de este modo el Señor a la cuestión de los medios para el apostolado: la preocupación por ellos no debe ser la central del apóstol. Cabe aquí recordar aquello de los lirios del campo. Lo cual no significa largarse a trabajar en la mies sin picos, ni palas ni azadones, sino procurárselos, pero sabiendo que “uno es el que siembra y otro el que riega, pero es Dios quien da el crecimiento”. Es decir, ni irresponsabilidad respecto de los medios, ni excesiva preocupación por ellos, sino confianza en el Señor.

Él mismo, poco más adelante en el Evangelio de San Lucas, dice a sus discípulos: “Cuando os envié sin bolsa, sin alforjas, sin sandalias, ¿os faltó alguna cosa? Dijeron ellos: nada” (Lc. 22, 35).

Sin embargo, en esta segunda ocasión en que el Señor alude a los medios, está a mitad de camino de la última cena. Y lo que ahora añade el Señor a sus discípulos, nos permite entender cabalmente cómo hay que enfrentar la cuestión, que ya planteó anteriormente, situándola en el contexto de su partida y de la gran prueba que se acerca, para Él mismo y para todos sus discípulos.

Porque ahora (cosa que no había dicho antes) arreciarán la persecución y los obstáculos, el Señor dice esto: “Pues ahora el que tenga bolsa, tómela, e igualmente las alforjas, y el que no la tenga, venda su manto y compre una espada” (Lc. 22, 36).

El mensaje es, pues, el siguiente: no debemos poner la confianza principalmente en nosotros mismos, en nuestros medios, en nuestro poder económico, en nuestra inteligencia, en nuestra preparación intelectual ni en nuestra habilidad dialéctica, porque Él es el dueño de la mies y Él la cuida mejor que nosotros; pero nosotros, confiando en su Providencia, debemos procurar estar a la altura de la tarea que se nos encomienda y si tenemos bolsa, llevémosla, y asimismo alforjas, y quien no las tenga, venda el manto y compre… una espada. Sorprende el giro que toman aquí las palabras de Jesús: vender el manto, pero no para comprar una bolsa, como es lo que uno esperaría oírlo decir; sino para comprar una espada.

Sí: la confianza en el “Señor de la mies” es el fundamento del trabajo apostólico; pero, en esta gran prueba para la Iglesia (que comenzó ya con la pasión del propio Señor), no podemos comer lo que nos pongan por delante, sino lo que llevemos en las alforjas, y al proclamar la paz de Dios, que es a lo primero que se nos envía, tenemos que llevar, al mismo tiempo, nuestras espadas.

Incendio de la Iglesia de San Francisco de Borja (Santiago de Chile) por parte de grupos antisistema (18 de octubre de 2020)
(Foto: Agencia Uno)

Comer de nuestras alforjas, no de lo que nos pongan por delante. Estar bien equipados con la espada. Esa es la última recomendación que nos da el Señor antes de volver al seno de su Padre. Confianza y prudencia. Confianza y acción. Corazón puesto en Dios, inteligencia puesta en los lobos que nos rodean. Nos lo ha dicho Él Mismo: somos enviados “como corderos entre lobos” (en otro lugar agrega “como palomas entre serpientes”). No quepa duda: nos rodean y estrechan lobos y serpientes. Se han metido ya al redil y lo han llenado con su humo, como decía Pablo VI, que no fue capaz de ventilarlo. Pero Pedro, el primer papa, lo advirtió y lo dijo, y no después, sino antes de que se le ahumara la Iglesia: “Sed sobrios y vigilad, porque vuestro enemigo, el diablo, gira en torno a vosotros rugiendo como león y buscando a quien devorar. Resistidle fuertes en la fe” (I Petr., 5, 8-9).

Finalmente, ¿a qué espada se refiere el Señor? No, ciertamente, a la que corta la carne, porque, como dice San Pablo, “no es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso” (Ef. 6, 10-12). Las Naciones Unidas, la masonería, los globalizadores son apenas peones de carne y sangre de esos “dominadores de este mundo tenebroso”. Por eso, tenemos que tomar “la espada del espíritu, que es la palabra de Dios” (Ef. 6, 17), la que está en la Escritura pero, sobre todo, en la Eucaristía.    

domingo, 11 de octubre de 2020

Maternidad de la Bienaventurada Virgen María


Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc. 2, 43-51):

“En aquel tiempo, cuando ellos volvían, permaneció el niño Jesús en Jerusalén, sin que sus padres lo notasen. Pensando que estaría entre la comitiva, anduvieron el camino de un día, y buscábanle entre parientes y conocidos. Mas, al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en busca suya. Y sucedió que al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, oyéndoles y preguntándoles. Asombrábanse todos cuantos le oían de su prudencia y de sus respuestas. Al verle (María y José) quedaron admirados y díjole su Madre: Hijo, ¿cómo has obrado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos buscado doloridos. Pero Él les replicó: ¿Por qué me buscabais? ¿Ignorabais que Yo debo atender a las cosas de mi Padre? Mas ellos no entendieron la respuesta que les diera. Bajó entonces con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sumiso”.

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Entre todos los santos que han escrito sobre la Virgen María, hay pocos que igualen en inteligencia, elocuencia y piedad a San Bernardo de Claraval (1090-1153). De él tomamos el comentario al Evangelio de hoy, que la Iglesia lee en el III Nocturno del Oficio de Maitines de esta fiesta.

“Al Dios y Señor de los Ángeles, María llama hijo suyo y le dice: “Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros?” ¿Quién, de entre los Ángeles, osaría hablar de este modo? A ellos les basta, y lo tienen por mucho, el que siendo, por su condición, espíritus, por gracia sean y se llamen Ángeles, como dice David: “hace Ángeles suyos a los espíritus”. María, en cambio, sabiéndose madre, a aquella majestad que los Ángeles sirven con reverencia, llama hijo suyo. Y no desdeña Dios ser así llamado, puesto que se ha dignado serlo. Un poco más adelante dice el Evangelista: “Y les estaba sumiso”. ¿Quién estaba sumiso, a quiénes lo estaba? Dios estaba sumiso a los hombres. Dios, digo, a quienes se someten los Ángeles, a quien obedecen los Principados y las Potestades, estaba sometido a María.

(Imagen: Pinterest)

“Admira ambas cosas, y elige qué admirar más: si la benignísima dignación del Hijo, si la excelentísima dignidad de la Madre. Ambas cosas producen estupor, ambas son un milagro: el que Dios se someta a una mujer, con una humildad inaudita, y el que una mujer mande a Dios, con una sublimidad sin par. En alabanza de las vírgenes se canta que siguen al Cordero doquiera que vaya. ¿De qué alabanzas será digna aquella que va delante de Él? Aprende, oh hombre, a obedecer; aprende, tierra, a someterte; aprende, polvo, a sujetarte. De tu Autor dice el Evangelista: “Y les estaba sumiso”. ¡Avergüénzate, ceniza soberbia! Dios se humilla, ¿y tú te exaltas? Dios se somete a los hombres, ¿y tú, procurando dominar a los hombres, pretendes ser más que tu Autor?

“¡Feliz, María, a quien no faltaron ni la humildad, ni la virginidad! Y una virginidad singular, a la cual no amenazó la fecundidad, sino que la honró. Ciertamente una humildad única, que la virginidad fecunda no suprimió sino que exaltó; ciertamente incomparable esa fecundidad, a la cual acompañan la virginidad y la humildad. ¡Qué admirable es todo esto! ¡Qué incomparable! ¡Qué único! Me maravillaría si, en la consideración de todas estas cosas, no dudaras qué es más digno de admiración: si la fecundidad en la Virgen, o la integridad de la Madre; si la sublimidad del hijo, o la humildad de tanta sublimidad; si el conjunto de estas cosas, o cada una por separado; si es más feliz y excelente contemplarlas todas juntas o sólo una de ellas. Y, ¿qué tiene de admirable el que Dios, que se muestra y se discierne admirable en sus santos, se muestre más admirable todavía en su Madre? Venerad, pues, cónyuges la integridad de la carne en la carne corruptible; y vosotras, vírgenes sagradas, la fecundidad en la Virgen; y vosotros, hombres todos, imitad la humildad de la Madre de Dios”.

sábado, 10 de octubre de 2020

Reanudación de las Misas tradicionales

Con gran alegría comunicamos a nuestros lectores, fieles y benefactores que desde este domingo 11 de octubre se reanuda la celebración de la Santa Misa tradicional que organiza la Asociación Litúrgica Magnificat. 

El Rvdo. Milan Tisma celebra la Santa Misa con el Misal reformado por el eterno descanso de S.A.E. Frey Giacomo Dalla Torre del Tempio di Sanguinetto 

La Santa Misa se celebrará las 12.00 horas en la Parroquia Nuestra Señora del Carmen de El Salto, situada en calle Bombero Ramón Cornejo Núñez (ex Los Molles) 0340, El Salto, comuna de Recoleta (véase aquí el sitio web de la parroquia). En ella es titular nuestro capellán, el Rvdo. Milan Tisma Díaz. 

La celebración permanecerá en este lugar hasta nuevo aviso. El único requisito exigido por la autoridad sanitaria es que se cumpla con los requerimientos establecidos para los lugares de culto. Esto significa que el aforo del templo no puede superar las 25 personas, cualquier sea su tamaño. Los feligreses deben respetar el protocolo de asistencia a Misa que ha dispuesto el Arzobispado de Santiago, que incluye el portar mascarilla durante toda la celebración, guardar distanciamiento de 1,5 metros con el resto de los asistentes, y desinfectarse las manos con alcohol gel al ingresar. 


Quienes deseen oír la Santa Misa pueden inscribirse llamando a la secretaría parroquial. Les atenderá la Sra. Lorena, quien atiende de 16.00 a 20.00 horas, de lunes a viernes. Pueden llamar al teléfono 22621 50 15. En lo posible, hay que permitir que los fieles puedan rotar en la asistencia a la Santa Misa mientras no se restablezca el culto público con normalidad. 

Cumpliendo con nuestro propósito fundacional, durante todo el tiempo en que la Santa Misa no se pudo decir públicamente, nuestro capellán siguió ofreciendo cada semana la Misa de siempre por las intenciones de los fieles de la Asociación, como le fue pedido.

Recordamos que mientras no se restablezcan las condiciones normales, existe dispensa de cumplimiento del precepto dominical

lunes, 5 de octubre de 2020

Domingo XVIII después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt. 9, 1-18): 

“En aquel tiempo: Entrando Jesús en una barca, pasó a la otra ribera, y fue a su ciudad [Cafarnaúm], cuando he aquí que le presentaron un paralítico postrado en su camilla. Y, viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, ten confianza, que perdonados te son tus pecados. Y luego algunos de los escribas interiormente se dijeron: Este hombre blasfema. Y, conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: “Perdonados te son tus pecados”, o bien: “Levántate y anda”? Pues, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra de perdonar los pecados, dijo entonces al paralítico: ¡Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa! Y se levantó y fue a su casa. Al ver esto las gentes, temieron, y alabaron a Dios, que dio tal poder a los hombres”.

***

Dicen los Santos Padres que no sólo las palabras del Verbo son verbo para nosotros, sino que también nos hablan sus gestos y sus acciones. Y puesto que el Señor viene a redimirnos de la soberbia, el primero y principal de nuestros pecados, y la raíz de todos ellos, todas sus acciones nos muestran el ejemplo de su humildad, que no se nos muestra sólo en su someterse a las molestias de la vida, sino que aun busca ser humillado, incluso máximamente, como cuando en su pasión recibe la corona, no de oro, como le correspondía, sino de espinas, de manos de esa soldadesca corrupta e infame (¡nunca estuvimos tan bien representados como por ésta!).

El texto de hoy nos dice que el Señor “entró en una barca” para cruzar el lago. ¡Él, que abrió en dos el Mar Rojo para que cruzaran los israelitas, que hizo caminar a Pedro sobre el agua, que sometió a las olas embravecidas con un solo gesto! ¡Él se somete a los modos de cualquier ser humano, rebajándose hasta nuestro nivel lleno de necesidades y miserias! ¡Pudiendo haber cruzado el lago en un instante sin necesidad de embarcación alguna ni de las molestias del viaje!

Con acciones como éstas el Señor nos enseña la humildad. Y sólo por la humildad la Iglesia podrá cumplir su misión de “ir y predicar a todos los hombres el Evangelio, bautizándolos”.

Pero la humildad no consiste en el apocamiento: la humildad no es pusilánime (que significa ser “de ánimo pequeño”). Por el contrario, la humildad es reconocer la verdad, la verdad de nuestra condición, con sus altos y sus bajos. Bajos que surgen de nuestra realidad pecadora, altos que recibimos misericordiosamente de lo alto. Así definía la gran Santa Teresa de Ávila la humildad: “caminar en la verdad”. Quien se niega a ver lo bueno que hay en él, que ha recibido de Dios, “camina en la mentira”.

Por eso la Iglesia, aun desde la más profunda humildad, debe proclamar con longanimidad (es decir, “con ánimo grande”) la Verdad que ha recibido de lo alto. “Vexilla Regis prodeunt”: así dice el precioso himno que usa la liturgia para exaltar la Cruz, el más humillante de los suplicios de la antigüedad. Sí: avanzan las banderas flameantes del Rey, con toda la gloria y el esplendor de que podemos rodearlas. No son humildes, sino enemigos de la Verdad, quienes critican el esplendor del culto que la Iglesia rinde a Dios, que es la Verdad, y la magnificencia de las ceremonias, y el brillo de los ornamentos, y la riqueza de los templos adornados en honor del Rey. No son humildes; son, más bien, hipócritas.

Peregrinación tradicional a Chartres, Francia
(Foto: Ma France)

¡Cuán a menudo se oye decir, como acusación de soberbia: “Se creen dueños de la Verdad”! Pues, sí: no es que “nos creamos” dueños de la Verdad, sino que la poseemos efectivamente, pero no porque la hayamos conquistado o descubierto, sino porque nos ha sido dada de lo alto. Y nuestro deber no es ser apocados, dejándonosla para nosotros mismos, sino salir a proclamarla y a convencer al mundo incrédulo de que la tenemos, con ánimo grande, con longanimidad.

Nuestra humildad consiste en reconocer que lo tenemos todo, pero que todo nos ha sido dado por el Señor misericordioso, que lo hemos recibido todo como un don magnífico, glorioso. Lo llevamos en vasos de barro; pero es un don glorioso. Nuestra humildad, pues, ha de consistir en reconocer nuestra verdad: somos dueños de la Verdad que nos ha sido dada de lo alto.

La oración colecta de este domingo, que es una joya literaria magnífica como pocas en su riqueza, elocuencia y concisión, dice lo siguiente: “Dírigat corda nostra, quaesumus, Dómine, tuae miserationis operatio: quia tibi sine te placére non possumus” (“Que la acción de tu misericordia, te rogamos, Señor, dirija nuestros corazones, porque sin Ti no podemos agradarte”).

Orando de este modo, decimos la verdad, somos humildes.

sábado, 3 de octubre de 2020

¿Significa “participatio actuosa” lo mismo que “participación activa”?

Les ofrecemos hoy un artículo de Augusto Merino Medina, conocido de nuestros lectores, donde aborda una cuestión trascendental para entender los cambios experimentados por la liturgia romana en el último siglo. Se trata del concepto de "participación activa", que se ha esgrimido como el argumento de mayor peso pastoral para el cambio de los ritos: el objetivo detrás de la reforma es que los fieles puedan participar de manera más directa e intensa en la liturgia. Sin embargo, si se acude a las fuentes, se comprueba que ese término significa en realidad otra cosa, y que nada tiene que ver sólo con comportamientos externos o con la lengua usada en las oraciones. El artículo recurre a esas fuentes y a los propósitos detrás del Movimiento Litúrgico al que se refería Pío XII en Mediator Dei (1947) para dar luz sobre el verdadero sentido que tiene la participación de los fieles en la liturgia, que puede explicarse también con aquella frase de San Juan de dar a Dios culto en espíritu y verdad (Jn 4, 23). 

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¿Significa “participatio actuosa” lo mismo que “participación activa”?

Augusto Merino Medina 

Como se sabe, entre los varios propósitos con que se llevó a cabo la supuesta “reforma” litúrgica posconciliar por los miembros de Consilium, figura de modo muy preeminente, entre los que fueron declarados abiertamente, el de facilitar la “participación” de los fieles en la liturgia.  

El tema había sido recurrente, y muy apreciado, por los miembros del Mouvement Liturgique, cuyas ideas fueron las que, sin contrapeso, dominaron en la fabricación de la nueva Misa. Dom Bernard Botte (1883-1980), benedictino belga que formó parte de Consilium y a quien se debe, en gran parte, la creación -de infausta memoria- de la “Plegaria Eucarística II”, ilustra muy bien, al comienzo de su “Le mouvement liturgique. Temoignage et souvenirs”, el clima en que se abordaba esta cuestión: “La Misa era dicha por un viejo Padre casi afónico; incluso desde las primeras filas no se oía más que un murmullo. Nos poníamos de pie al evangelio, pero a nadie se le ocurría decirnos de qué hablaba este Evangelio. No se sabía ni siquiera qué santo se celebraba o por qué difuntos se decía la Misa con ornamentos negros. No existía el misal de los fieles. Uno podía sumergirse en algún libro de oraciones, sin importar cuál, pero nos espantaban la somnolencia, de vez en cuando, haciéndonos recitar en voz alta algunas decenas del rosario o cantar algún motete en latín o algún cántico en francés. El único momento en que rezábamos con el sacerdote tenía lugar al final de la Misa, cuando el celebrante, arrodillado delante del altar, recitaba las tres Avemarías y la Salve y demás oraciones prescritas por León XIII. […] En las dos parroquias de mi ciudad natal, las cosas no eran mucho mejores. Había Misas cantadas, pero se trataba de un diálogo entre el clero y el organista. El pueblo permanecía mudo y pasivo. Cada uno podía, a su antojo, recitar el rosario o zambullirse en Las más bellas oraciones de San Alfonso de Liguori o en la Imitación de Cristo. […] Era, pues, el clero quien tenía a su cargo la liturgia”[1].

Como se puede apreciar, es la “pasividad” de los fieles el blanco al que se dirige todas las críticas y el mal que, supuestamente, la reforma litúrgica debía remediar.

Dom Bernard Botte OSB
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

Aparte de que, en un mundo como el moderno, la “actividad”, sobre todo la “productiva”, cuenta con todas las alabanzas y la “pasividad” merece todos los juicios peyorativos, fueron precisamente algunos Papas, comenzando por San Pío X, considerado por muchos como el martillo del modernismo, quienes se refirieron primeramente, en la época contemporánea, a lo que hoy se conoce como “participación” de los fieles. San Pío X, en el motu proprio Inter pastoralis officii sollicitudines, de 22 de noviembre de 1903, más conocido y citado por su título italiano, Tra le sollicitudine, escribe “participatio divinorum mysteriorum atque Ecclesiae communium et solemnium precum”. En la traducción castellana, a “participatio” (“participación”) se añadió, sin justificación alguna, el adjetivo “activa”, que no figura en el texto latino: “la participación activa en los sacrosantos misterios y en la pública y solemne oración de la Iglesia”. Y lo mismo ocurre con la traducción del mencionado texto al italiano y a las demás lenguas modernas.

En este caso, Pío X se refería, concretamente, a estimular en los fieles el canto gregoriano durante las celebraciones litúrgicas. Pío XI recogió la preocupación por el uso del gregoriano y, para conmemorar el vigésimo quinto aniversario del motu proprio de Pío X, publicó la Constitución Apostólica Divini cultus, de 20 de diciembre de 1928, donde escribe “fideles conveniunt ut pietatem inde, tamquam ex praecipuo fonte, hauriant, veneranda Ecclesiae mysteria ac publicas sollemnesque preces actuose participando”, agregando en el núm. IX del mismo texto: “Quo autem actuosius fideles divinum cultum participent”. La traducción al castellano que se hizo del primero de dichos textos fue: “la participación activa en los sacrosantos misterios y en la oración solemne de la Iglesia”. Y la del segundo: “A fin de que los fieles tomen parte más activa en el culto divino”. En este caso, el adjetivo “actuosius” fue traducido como “más activo”. De nuevo, en las traducciones al italiano y demás lenguas modernas se procedió del mismo modo.

En su encíclica Mediator Dei, Pío XII aborda extensa y profundamente el tema de la participación del pueblo en la sagrada liturgia, sin dejar lugar a dudas sobre cuál es el verdadero sentido de la participación de los fieles en ella, es decir, una penetración cada vez más profunda en el espíritu sacrificial de la acción sagrada y el ofrecimiento espiritual de sí mismo por parte de cada cristiano que asiste al Santo Sacrificio, en unión lo más íntima posible con el sacrificio que Jesús ofrece de Sí Mismo por manos del sacerdote. En el horizonte de la mente del Papa está, finalmente, la actitud contemplativa, que es la cima de la actividad espiritual, la actividad espiritual más intensa, e insiste en los muy diversos medios que existen para acceder a ella, y que están a disposición de los fieles, además del misal individual.

En este breve análisis de las traducciones de estos textos papales, nos limitaremos aquí, en el caso de Pío XII, a señalar que, cuando éste se refiere a la “participación” de los fieles, lo hace continuando el uso de la misma expresión empleada por Pío X, como lo ilustra, entre otros muchos, el siguiente texto: “atque adeo christiana plebs Liturgiam tam actuose participet, ut haec reapse sacra actio fiat”. Ahora bien, este texto, siguiendo el hilo de incorrectas traducciones, que data desde Pío X, está vertido al castellano del siguiente modo: “y así el pueblo fiel participe tan activamente en la liturgia, que realmente sea una acción sagrada”.

Se puede apreciar que, de este modo, a lo largo de medio siglo, los traductores de los textos latinos han dado, mañosamente, en verter la expresión latina “actuose” por “activamente”. No sorprende, pues, que la Constitución Sacrosanctum Consilium sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano haya usado las mismas expresiones ya referidas, poniendo en práctica la estrategia de los modernistas del Mouvement Liturgique de no llamar la atención de la jerarquía con sus novedades.

En efecto, dicha Constitución dice lo siguiente: “Ideo sacris pastoribus advigilandum est ut in actione liturgica non solum observentur leges ad validam et licitam celebrationem, sed ut fideles scienter, actuose et fructuose eandem participent” (núm,. 11), lo cual está traducido, como era de esperarse, del siguiente modo: “sino también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente”.

Pío XII en su oratorio privado
(Foto: FSSPX)

Este juego de prestidigitación lingüística continúa en el resto de los lugares donde dicha Constitución habla de participación de los fieles: “Valde cupit Mater Ecclesia ut fideles universi ad plenam illam, consciam atque actuosam liturgicarum celebrationum participationem ducantur” (núm. 14) (“La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas”); “Quae totius populi plena et actuosa participatio, in instauranda et fovenda sacra Liturgia, summopere est attendenda” (núm. 14) (“hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo”); “Liturgicam institutionem necnon actuosam fidelium participationem, internam et externam”(núm. 19) (“Los pastores de almas fomenten con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles, interna y externa”); “eaque populus christianus, in quantum fieri potest, facile percipere atque plena, actuosa et communitatis propria celebratione participare possit” (núm. 21) (“el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria”); “cum frequentia et actuosa participatione fidelium” (núm. 27) (“con asistencia y participación activa de los fieles”); “Ad actuosam participationem promovendam, populi acclamationes, responsiones, psalmodia, antiphonae, cantica, necnon actiones seu gestus et corporis habitus foveantur” (núm. 30) (“Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales”); “in plenaria et actuosa participatione totius plebis” (núm. 41) (“la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios”); “sacram actionem conscie, pie et actuose participent” (núm. 48) (“participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada”); “atque pia et actuosa fidelium participatio facilior reddatur” (núm. 50) (“más fácil la piadosa y activa participación de los fieles”); “ratione habita normae primariae de conscia, actuosa et facili participatione fidelium” (núm. 79) (“la norma fundamental de la participación consciente, activa y fácil de los fieles); “populus actuose participet” (núm. 113) (“el pueblo participa activamente”); “universus fidelium coetus actuosam participationem sibi propriam praestare valeat, ad normam art. 28 et 30” (núm. 114) (“toda la comunidad de los fieles pueda aportar la participación activa que le corresponde, a tenor de los artículos 28 y 30”); ad fidelium actuosam participationem obtinendam idoneae sint” (núm. 124) (“para conseguir la participación activa de los fieles”).

Por su parte, en el mismo período, es decir, la primera mitad del sigo XX, los experimentadores litúrgicos anteriores al Concilio Vaticano II, especialmente los pertenecientes al Mouvement Liturgique, todos los cuales, por lo general, procedieron en sus experimentos sin autorización de la jerarquía o a espaldas de ella, desarrollaron la idea de “actividad” de los fieles en el rito sagrado, concibiendo ésta principalmente de un modo exterior, como un conjunto de acciones físicas de los fieles, en reacción contra esa “somnolencia”, “mudez” y “pasividad” física que era, según decía Dom Botte -partícipe de dicho Mouvement-, la tónica de su presencia en la Misa.

El punto, naturalmente, es si tal modo de entender la participación de los fieles coincide con lo que los Papas, durante ese período, han entendido y expresado mediante el término “actuosus”, prolongando la doctrina católica.

El tema de la traducción defectuosa, sea por ignorancia o por algún motivo no declarado, es de máxima importancia. Quizá sería excesivo sospechar de intenciones ocultas en los traductores de Tra le sollicitudine, aunque en aquella época de lucha contra el modernismo ello no sea imposible como manifestación solapada de éste. Lo que ocurrió ya durante Pío XI y Pío XII, plantea, en cambio, dudas justificadas, considerando especialmente que el modernismo, lejos de desaparecer de la Iglesia después de la arremetida de Pío X, se había replegado, escondido y camuflado en los centros de estudio de la liturgia, como el citado Mouvement Liturgique. Es sabido que, por la vía de las traducciones, los modernistas, ya sin freno después del Concilio, incurrieron en gravísimas distorsiones. Como ilustración de esto, basta recordar lo que, al respecto, cuenta el P. Louis Bouyer: “En una de sus reuniones [de la Comisión Teológica Internacional] el P. Lubac aprovechó la ocasión para someter a la consideración de los miembros de lengua francesa una carta destinada al Papa [Pablo VI] que ponía en evidencia todos los disparates, evidentemente deliberados, existentes en la versión francesa de los nuevos libros litúrgicos, que había sido, no obstante, declarada conforme al texto latino auténtico por Bugnini […] Todos, impactados por el carácter escandaloso de esta manipulación, incluido el P. Congar, tan preocupado de no oponerse a lo que él llamaba “la renovación de la Iglesia”, firmaron este documento abrumador sin dudarlo un instante. Ocho días después, Bugnini era expulsado por el Papa […]”[2].

No hay motivos, pues, para creer inocente el agregado del adjetivo “activa” al texto antes citado de Pío X ni la traducción de “actuosa” por “activa” en los textos de los otros Papas mencionados y, especialmente en los textos de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia. En efecto, la idea de una “actividad” de los fieles laicos en el Santo Sacrificio no fue pensada por los modernistas sólo a fin de poner término a una “pasividad” negativa que los alejaba de los misterios sagrados, privándolos, supuestamente, de las gracias que ésos confieren, sino que como un paso práctico hacia la derogación teórica de la doctrina sobre la diferencia esencial entre el sacerdocio común de los fieles, que adquieren éstos por el bautismo, y el sacerdocio ministerial, que se adquiere por el sacramento del orden sagrado. 

Recuérdese que, desde comienzos del siglo XX, coincidiendo con el inicio de su perversión respecto de la concepción inicial del Mouvement Liturgique, Dom Lambert Beauduin (1873-1960) y otros miembros de éste vincularon íntimamente la liturgia con el movimiento ecuménico, por lo que, como al final vino a quedar claro, al momento de llevarse a cabo la revisión ordenada por el Concilio Vaticano II, entre los objetivos que se habían propuesto los miembros de Consilium para dicha revisión estaba el de quitar de la liturgia de la Misa todo rastro ritual y, por ende, teológico que pudiera ofender la sensibilidad protestante, la cual en este punto, como se sabe, no reconoce la especificidad del sacerdocio ministerial conferido por el sacramento del orden sagrado[3]. Encargar a los laicos determinadas actividades y funciones en la Misa fue, pues, un modo de proclamar de modo práctico que ellos tienen derecho a realizarlas debido a un sacerdocio, cada vez más conceptualmente inespecífico, del que forman parte. Naturalmente, tal cosa es absolutamente ajena a la doctrina católica. Hay que puntualizar, con todo, que los noveles modos de actividad de los fieles laicos y las nuevas funciones que se les asignó fueron frecuentemente resultado más de los abusos litúrgicos que se iniciaron acabadas las tareas de Consilium, pero al amparo del clima que éste creó y fomentó.

Dom Lambert Beauduin OSB

Una sencilla revisión de cualquier diccionario latino nos revela que “actuosus” no significa “activo”, sino que conlleva la idea, más bien, de intensidad, vehemencia, profundidad, vivacidad en una determinada acción.  La “actuositas” puede consistir en una experiencia interior profunda, vívida, honda, perfectamente compatible con una total falta de actividad corporal exterior. De hecho, la actividad específicamente humana, máximamente humana por tanto, es la de conocer intelectualmente, cuya culminación es, al cabo, la contemplación pura. Esta no requiere de movimientos corporales exteriores, porque, al contrario, como se sabe, suele realizarse de mejor modo en la más perfecta quietud, reposo y silencio. Es cierto que las acciones interiores de un ente corpóreo, como es el hombre, se manifiestan exteriormente de algún modo o en algún grado; pero la experiencia contemplativa, por ejemplo, difícilmente se expresará en acciones tales como leer la epístola desde el presbiterio sin estar autorizado para ello, o en trajinar por él llevando copones consagrados, o en distribuír la comunión sin ser clérigo de manos ungidas.

Una participación “actuosa” puede, pues, alcanzar el máximo de intensidad asequible al ser humano sin necesidad de desplazamiento físico, sin gesticulaciones ni gestos, sin decir ni hacer nada audible o visible. Y es a ésta a la que se han referido los pontífices antes mencionados cuando hablaron de “participatio” y de “participatio actuosa”. De ellos, quien más se ha extendido en este tema, abordándolo sistemáticamente, es Pío XII en su ya mencionada encíclica.

Parte diciendo el pontífice que “para que todos los pecadores se purifiquen en la sangre del Cordero, es necesaria su propia colaboración. Aunque Cristo, hablando en términos generales, haya reconciliado a todo el género humano con el Padre por medio de su muerte cruenta, quiso, sin embargo, que todos se acercasen y fuesen llevados a la cruz por medio de los sacramentos y por medio del sacrificio de la Eucaristía, para poder obtener los frutos de salvación por Él en la misma cruz ganados. Con esta participación actual y personal, de la misma manera que los miembros se asemejan cada día más a la Cabeza divina, así también la salvación que de la Cabeza viene, afluye en los miembros, de manera que cada uno de nosotros puede repetir las palabras de San Pablo: «Estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo, y yo vivo, o más bien no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí»” (Mediator Dei, núm. 97).

Esa colaboración de que habla el Papa se materializa en el esfuerzo de cada uno por unirse al Santo Sacrificio: “Conviene, pues, venerables hermanos, que todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y su mayor dignidad consiste en la participación en el sacrificio eucarístico; y eso, no con un espíritu pasivo y negligente, discurriendo y divagando por otras cosas, sino de un modo tan intenso y tan activo, que estrechísimamente se unan con el Sumo Sacerdote, según aquello del Apóstol: «Habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo»; y ofrezcan aquel sacrificio juntamente con Él y por Él, y con Él se ofrezcan también a sí mismos” (Mediator Dei, núm. 99).

Este ofrecimiento del sacrificio por parte de los fieles y este ofrecimiento de sí mismos es objeto de un análisis cuidadoso de Pío XII: “al poner el sacerdote sobre el altar la divina víctima, la ofrece a Dios Padre como una oblación a gloria de la Santísima Trinidad y para el bien de toda la Iglesia. En esta oblación, en sentido estricto, participan los fieles a su manera y bajo un doble aspecto; pues no sólo por manos del sacerdote, sino también en cierto modo juntamente con él, ofrecen el sacrificio; con la cual participación también la oblación del pueblo pertenece al culto litúrgico” (Mediator Dei, núm. 113). Inmediatamente el Papa aclara el sentido de este ofrecimiento por parte de los fieles, como si hubiera tenido presentes las tendencias protestantizantes, en lo relativo al sacerdocio cristiano, que comenzaban a aflorar en medios cercanos al Mouvement Liturgique: “Pero no se dice que el pueblo ofrezca juntamente con el sacerdote porque los miembros de la Iglesia realicen el rito litúrgico visible de la misma manera que el sacerdote, lo cual es propio exclusivamente del ministro destinado a ello por Dios, sino porque une sus votos de alabanza, de impetración, de expiación y de acción de gracias a los votos o intención del sacerdote, más aún, del mismo Sumo Sacerdote, para que sean ofrecidos a Dios Padre en la misma oblación de la víctima, incluso con el mismo rito externo del sacerdote” (Mediator Dei, núm. 115).

El Papa insiste especialmente en este punto, que posteriormente dio pie a tantos errores teológicos y abusos litúrgicos: “En estos casos se alega erróneamente el carácter social del sacrificio eucarístico” (Mediator Dei, núm. 118). Inmediatamente se sale al paso de las nuevas teorías teológicas que comenzaban a campear ya en aquella época, y aclara el papa: “de ningún modo se requiere que el pueblo ratifique lo que hace el ministro del altar” (Mediator Dei, núm. 118).

El P. Louis Bouyer (der.)
(Foto: Aleteia)

Con todo, el ofrecimiento que el fiel hace de sí mismo uniéndose a este sacrificio es presentado como algo que, en hondura y extensión, abarca a la vida entera, no limitándose a una vivencia restringida al momento en que se realiza la acción sagrada:

“120. Mas para que la oblación con la cual en este sacrificio los fieles ofrecen al Padre celestial la víctima divina alcance su pleno efecto, conviene añadir otra cosa: es preciso que se inmolen a sí mismos como hostias.

“121. Y ciertamente esta inmolación no se reduce sólo al sacrificio litúrgico, pues el Príncipe de los Apóstoles quiere que, puesto que somos edificados en Cristo como piedras vivas, podamos como «un orden de sacerdotes santos ofrecer víctimas espirituales que sean agradables a Dios por Jesucristo»; y el apóstol San Pablo, sin hacer ninguna distinción de tiempo, exhorta a los cristianos con estas palabras: «Os ruego... que le ofrezcáis vuestros cuerpos como una hostia viva, santa y agradable a sus ojos, que es el culto racional que debéis ofrecerle».

“122. Mas cuando sobre todo los fieles participan en la acción litúrgica con tan gran piedad y atención, que de ellos se puede decir en verdad: «cuya fe y devoción te es conocida» entonces no podrá menos de suceder sino que la fe de cada uno actúe más vivamente por medio de la caridad, que la piedad se fortalezca y arda, que todos y cada uno se consagren a procurar la divina gloria y que, ardientemente deseosos de asemejarse a Jesucristo, que sufrió tan acerbos dolores, se ofrezcan como hostia espiritual con el Sumo Sacerdote y por su medio”.

Y a fin de que quede clara la profundidad que se exige a la participación del fiel cristiano, añade el pontífice:

“Y casi del mismo modo, en los sagrados libros de la liturgia, se advierte a los cristianos que se acercan al altar para participar en el santo sacrificio: «Ofrézcase en este... altar el culto de la inocencia, inmólese la soberbia, sacrifíquese la ira, mortifíquese la lujuria y toda lascivia, ofrézcase en vez de incienso el sacrificio de la castidad, y en vez de pichones el sacrificio de la inocencia». Así pues, mientras estamos junto al altar hemos de transformar nuestra alma de manera que se extinga totalmente en ella todo lo que es pecado, e intensamente se fomente y robustezca cuanto engendra la vida eterna por medio de Jesucristo, de modo que nos hagamos, junto con la Hostia inmaculada, víctima aceptable al Eterno Padre” (núm. 123).

Es ésta la participación “actuosa”, es decir, intensa, profunda, viva, que se pide a los fieles, más que cualquier actividad exterior como el cantar o el desempeñar determinados encargos y movimientos y traslaciones dentro del templo. Vale la pena citar en extenso algunos otros párrafos de Mediator Dei en que el Papa desarrolla estas ideas:

125. Todos los elementos de la liturgia conducen, pues, a que nuestra alma reproduzca en sí misma la imagen de nuestro divino Redentor, según aquello del Apóstol de las gentes: «Estoy clavado juntamente con Cristo en la cruz, y yo vivo, o más bien no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí». Por lo cual nos hacemos como una hostia, juntamente con Cristo, para aumentar la gloria del Eterno Padre.

“126. A eso, pues, los fieles deben dirigir y elevar sus almas al ofrecer la víctima divina en el sacrificio eucarístico. Pues si, como escribe San Agustín, nuestro misterio está puesto en la mesa del Señor, es decir, el mismo Cristo Señor nuestro en cuanto es Cabeza y símbolo de aquella unión por la cual nosotros somos el Cuerpo místico de Cristo y miembros de su Cuerpo; si San Roberto Belarmino, conforme a la mente de San Agustín, enseña que en el sacrificio del altar está significado el sacrificio general por el cual todo el Cuerpo místico de Cristo, es decir, todo el mundo redimido, es ofrecido a Dios por el gran Sacerdote, Cristo; nada puede pensarse más recto ni más justo que el inmolarnos también todos nosotros al Eterno Padre, juntamente con nuestra Cabeza, que por nosotros sufrió. Porque en el sacramento del altar, según el mismo San Agustín, se muestra a la Iglesia que en el sacrificio que ofrece, ella misma es ofrecida.

“127. Adviertan, pues, los fieles cristianos a qué dignidad los ha elevado el sagrado bautismo, y no se contenten con participar en el sacrificio eucarístico con aquella intención general que es propia de los miembros de Cristo y de los hijos de la Iglesia, sino que, unidos de la manera más espontánea e íntima que sea posible con el Sumo Sacerdote y con su ministro en la tierra, según el espíritu de la sagrada liturgia, se unan con El de un modo particular cuando se realiza la consagración de la Hostia divina, y la ofrezcan juntamente con El al pronunciarse aquellas solemnes palabras: «Por El, con El y en El, a ti, Dios Padre omnipotente, en unidad del Espíritu Santo, es dada toda honra y gloria por todos los siglos de los siglos»; a las cuales palabras el pueblo responde: «Amén». Y no se olviden los fieles cristianos de ofrecer, juntamente con su divina Cabeza clavada en la cruz, a sí propios, sus preocupaciones, sus dolores, angustias, miserias y necesidades”.

Ahora bien, para salir al encuentro de críticas como las que hace Dom Botte, que hemos citado anteriormente, el Papa escribe:

“128. Son, pues, muy dignos de alabanza los que, deseosos de que el pueblo cristiano participe más fácilmente y con mayor provecho en el sacrificio eucarístico, se esfuerzan en poner el «Misal Romano» en manos de los fieles, de modo que, en unión con el sacerdote, oren con él con sus mismas palabras y con los mismos sentimientos de la Iglesia; y del mismo modo son de alabar los que se afanan por que la liturgia, aun externamente, sea una acción sagrada, en la cual tomen realmente parte todos los presentes. Esto puede hacerse de muchas maneras, bien sea que todo el pueblo, según las normas de los sagrados ritos, responda ordenadamente a las palabras del sacerdote, o entone cánticos adaptados a las diversas partes del sacrificio, o haga entrambas cosas, o bien en las misas solemnes responda alternativamente a las preces del mismo ministro de Jesucristo y se una al cántico litúrgico”.

Monseñor Annibale Bugnini con el papa Pablo VI

Pío XII, sin embargo, con auténtico espíritu “pastoral”, lleno de comprensión y pronto a rechazar exigencias de comportamiento externas  uniformes por parte de los fieles, agrega, en un párrafo que, seguramente, ha de haber causado escozor entre los adeptos del Mouvement Liturgique, que se constituían en exigentes “peritos” y jueces de los asistentes a la Santa Misa:

133. […] no pocos fieles cristianos son incapaces de usar el «Misal Romano», aunque esté traducido en lengua vulgar; y no todos están preparados para entender rectamente los ritos y las fórmulas litúrgicas. El talento, la índole y la mente de los hombres son tan diversos y tan desemejantes unos de otros, que no todos pueden sentirse igualmente movidos y guiados con las preces, los cánticos y las acciones sagradas realizadas en común. Además, las necesidades de las almas y sus preferencias no son iguales en todos, ni siempre perduran las mismas en una misma persona. ¿Quién, llevado de ese prejuicio, se atreverá a afirmar que todos esos cristianos no pueden participar en el sacrificio eucarístico y gozar de sus beneficios? Pueden, ciertamente, echar mano de otra manera, que a algunos les resulta más fácil: como, por ejemplo, meditando piadosamente los misterios de Jesucristo, o haciendo otros ejercicios de piedad, y rezando otras oraciones que, aunque diferentes de los sagrados ritos en la forma, sin embargo concuerdan con ellos por su misma naturaleza”.

Esto trae a la memoria los sardónicos comentarios de Dom Botte sobre el pueblo que “permanecía mudo y pasivo. Cada uno podía, a su antojo, recitar el rosario o zambullirse en Las más bellas oraciones de San Alfonso de Liguori o en la Imitación de Cristo. Quizá esos cristianos “mudos y pasivos” se unían interiormente con una intensidad mucho mayor y más profunda al Santo Sacrificio que otros que se perdían en el misal buscando sin éxito, durante largos minutos, esta página o la otra. Esa participación, hecha de un modo espiritual e intenso, puede llegar a su culminación en la “comunión del augusto sacramento”.

Finalmente, y ante la insistencia de los miembros del Mouvement Liturgique en una participación exterior visible y audible de los fieles en la liturgia, el Papa declara:

Pero todavía hay algo de mucho mayor importancia, venerables hermanos, que queremos recomendar con especial interés a vuestra diligencia y celo apostólico. Todo lo que se refiere al culto religioso externo tiene realmente su importancia; pero el alma de todo ello ha de ser que los cristianos vivan la vida de la liturgia, nutriendo y fomentando su inspiración sobrenatural” (núm. 242).

Así pues, Pío XII realiza una magistral exposición del sentido que tiene una “participatio actuosa”, que no se confunde para nada con esa “participación activa” que ha llegado a ser hoy el criterio de la participación de los fieles en la liturgia reformada, especialmente del Santo Sacrificio, para cuya realización se los somete a una regimentación de las posturas corporales como nunca se había dado antes en la Iglesia, se los “anima” mediante explicaciones extemporáneas, sobre la marcha, de los ritos, rompiendo con ello impertinentemente el clima sagrado de recogimiento que debe existir en la acción sagrada, y se les impone la realización de una serie de actividades y funciones que siempre fueron propias del clero ungido, comunicando con ello la sensación de que el pueblo es tan sacerdote, y al mismo título, que el celebrante. Y todo ello sin que el pueblo haya mejorado un ápice su adecuada comprensión de lo que es, en esencia, la Misa; por el contrario, se le ha inculcado la errónea idea protestante de que ella no es sino “la cena del Señor”, expresión prácticamente inexistente en los dos mil años de existencia de la Iglesia, la cual fue empleada por primera vez, con asiduidad, por Lutero.


[1] Botte, B., Le Mouvement Liturgique. Témoignage et souvenirs, París, Desclée et Cie., 1973, p. 10.

[2] Bouyer, L., Mémoires, París, Editions du Cerf, 2014, pp. 203-204.

[3] Annibale Bugnini, quien dirigió el Consilium, haciendo de él lo que quiso según sus propios objetivos, declaró en una entrevista  que la reforma litúrgica llevaba la impronta del “deseo de apartar cualquier piedra que pudiera constituir aunque fuera la mera sombra de un obstáculo o de un desagrado para los hermanos separados”. Citado por Petrucci, Pier Paolo, “Per non dimenticare”, Una Vox, enero de 2014, disponible aquí. El propio Pablo VI declaró en una oportunidad que “[a]l esfuerzo que se pide a los hermanos separados para que vuelvan a la unidad, debe corresponder el esfuerzo, por mortificante que nos resulte, de purificar a la Iglesia romana en sus ritos, para que se vuelva deseable y habitable”. Véase Guitton, J., Paolo VI segreto, Milán, San Paolo, 4a ed., 2004, p. 59.