jueves, 14 de diciembre de 2017

Recuerdos de la Primera Comunión

En la sección "Día a día" de la edición del diario El Mercurio de Santiago del viernes 8 de diciembre de 2017, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, el columnista Mentessana publicó un breve artículo que recuerdas las primeras comuniones de antaño, siempre ligadas a esta fiesta mariana e imbuidas de una piedad eucarística mucho más intensa que hoy, donde desgraciadamente muchas veces se suele dar prioridad a lo secundario y se desatiende lo principal, Jesús Sacramentado que se ofrece por vez primera a los niños, convirtiendo tan importante momento en una mera actividad social. 

El original puede leerse aquí. Respecto de las imágenes, la primera imagen proviene del artículo que se reproduce, mientras que la segunda fotografía ha sido tomada de Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española

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La primera vez

Mentessana


Solía ser el 8 de diciembre -día de la Inmaculada Concepción- el momento ideal para que los niños hicieran su primera comunión. Ha cambiado esta tradición. Recuerdo la data con singular emoción porque marcó a fuego mi vida. No soy el único.

Noventa por ciento de católicos mayores de 50 años -según un estudio realizado hace 22 años- recuerda que la primera comunión fue el acto más importante de su existencia. Hay quienes aún guardan una fotografía de esa instancia.


Miguel, amigo, me muestra en su celular (o como se llame) una imagen de él en su primera comunión. "Tiene más de 60 años -me dice- y antes había que hacerla en un estudio fotográfico. Ahora la pasé aquí".

Otros tiempos. Hoy, los familiares captan imágenes durante la Misa y las criaturas que van a comulgar están más preocupadas de la foto que de la hostia.

No fue mi caso. Al contrario, con qué devoción vivimos la Eucaristía y con cuánto empeño cantábamos "Vamos, niños, al sagrario". Con especial entusiasmo coreábamos: "No llores, Jesús, no llores/que nos vas a hacer llorar/y los niños de esta escuela/te queremos consolar".

Misa de Primera Comunión, al aire libre, en Santiago de Chile (década de 1940).

Muy emotivo, pero el canto que más me conmovió fue "Oh, santo altar" y, en especial, su estribillo: "Hora feliz/en que el Señor del Cielo/se ofrece a mí/por la primera vez (bis)". Una bella y sentida melodía que ahora, 65 años después, mientras la escribo y la canto, me emociona igual que la primera vez. 

martes, 12 de diciembre de 2017

La confrontación teológica entre activismo y oración

Ofrecemos a nuestros lectores un artículo del Profesor Peter Kwasniewski, académico del Catholic College of Wyoming y asiduamente reproducido en esta bitácora, donde realiza un certero diagnóstico de un cierto espíritu que tiende a imponerse en la época posconciliar: un activismo estéril que se ha separado de las raíces que deben nutrir a toda acción, a saber, una profunda actitud de contemplación y una vida de oración fervorosa e incesante.

El artículo fue publicado originalmente en el sitio New Liturgical Movement (aquí el original en inglés). La traducción es de la Redacción. Las imágenes, por su parte, son las que acompañan al artículo original.

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La herejía del activismo contra la primacía de la oración



Peter Kwasniewski


En los Cuadernos de Notas del Concilio Vaticano, de Henri de Lubac, fuente de datos ya usada con provecho en los temas del esplendor y del latín por New Liturgical Movement, encontramos el siguiente resumen de un discurso pronunciado por el cardenal William Godfrey, arzobispo de Westminster, el 9 de noviembre de 1962, durante la discusión sobre el Oficio Divino:

Hay quienes exageran el onus sacerdotum in opere pastorali [el peso del sacerdocio en el trabajo pastoral]. Yo he sido cura párroco, me encuentro con gran cantidad de sacerdotes, y nunca me he topado con alguno que me dijera que ya no tiene tiempo para el breviario. No se legisle de modo universal para atender a unos pocos casos excepcionales. Tened cuidado con la haeresis bonorum operum [la herejía de las buenas obras]. El trabajo debe subordinarse a la oración. El breviario ya ha sido aligerado, y debe seguir siendo el essentiale nutrimentum nostri laboris [el alimento esencial de nuestro trabajo]… En nuestra catedral se recita o canta el Oficio todos los días; y nos descuidamos el trabajo debido a ello [1].

El sábado 10 de noviembre, el obispo Martín Jaime Flores, de Barbastro, España, hizo la observación, aunque obvia, muy importante, de que oratio est labor pastoralis: la oración es, en cierto modo, trabajo pastoral, es algo que beneficia al pueblo más que ninguna otra labor [2]. Más tarde, aquel mismo día, el obispo Luigi Carli, de Segni, habló contra lo que llamó “activismus exaggeratus”, un activismo exagerado, y dijo que la reducción del breviario sería un “impacto, un escándalo para todo el pueblo cristiano” [3].

 Mons. John Ireland, padre del americanismo

Para encontrar las raíces de este “exagerado activismo” –que el P. Jordan Aumann, O.P., llegó a llamar una “herejía” [4]- debemos retroceder hasta la controversia “americanista” de fines del siglo XIX. La biografía del P. Isaac Hecker, fundador de los Paulistas, escrita por el P. Walter Elliott en 1891, apareció en traducción francesa en 1897. Esta traducción incluía la controvertida “Introducción” del obispo John Ireland, de St. Paul, que ocasionó la carta de León XIII Testem Benevolentiae, de 1899, dirigida al cardenal Gibbons y a los obispos estadounidenses. Como Paul Vigneron relata en su libro Histoire des crises du clergé français contemporain, de 1976, la biografía de Hecker se transformó en un éxito de ventas en el clero francés, que era por entonces atacado por un gobierno anticlerical. Pronto se produjo un vuelco que desvió de la vida interior hacia el activismo o, como diríamos hoy, hacia “la pastoral”. Se desplomaron las vocaciones al clero diocesano. Esta tendencia sólo se revirtió con la publicación del libro de Dom Jean-Baptiste Chautard L'Ame de Tout Apostolat [El alma de todo apostolado1907, 1909 y 1913]. Y las vocaciones florecieron hasta 1946, cuando ya se habían vendido más de 250.000 ejemplares de ese libro. Entonces el P. Marie-Dominique Chenu OP, capellán nacional de los sacerdotes obreros, atacó públicamente L'Ame de Tout Apostolat sindicándolo como pasado de moda: la situación en que había escrito Dom Chautard había dejado de existir. Las vocaciones al clero diocesano se desplomaron, sin que se hayan recuperado jamás[5].  

El P. Marie-Dominique Chenu OP, opositor a Dom Chautard

Así, para cuando se reunió el Concilio Vaticano II, ya estaban bien definidas las líneas de batalla entre los que, de acuerdo con la tradición católica expuesta por Chautard, veían la inherente prioridad de la oración y la contemplación sobre las obras de la vida activa, y aquellos que, siguiendo la moderna tendencia desde Ireland hasta Chenu, deseaban disminuir “la carga” de la oración a favor de la eficiencia pastoral.

No cabe duda acerca de cuál de estos partidos ganó en la práctica: todas las liturgias de la Iglesia católica romana, desde los ritos de los sacramentos hasta el Oficio Divino y las bendiciones, fueron muy acortadas, simplificadas y reestructuradas; se dio muchas “tareas” al pueblo, y al celebrante se le dio los papeles, más “activos”, de interlocutor, animador, comentarista, improvisador. Se redefinió la vida religiosa en términos de apostolado social. En particular, los contemplativos sintieron que tenían que justificar su existencia señalando los beneficios concretos que otorgaban a la sociedad. A medida que las vocaciones al sacerdocio diocesano se derrumbaban, pasó lo mismo, y por las mismas razones, con las vocaciones religiosas, sin que jamás se hayan recuperado en la mayor parte de la Iglesia [6].

Hoy, cuando ya hemos atravesado muchas décadas de las preocupantes consecuencias, de los costosísimos “daños colaterales”, de este frenético activismo, estamos en situación de ver con más claridad que nunca la sabiduría de Godfrey, Flores y Carli, de León XIII, de Chautard y de Aumann. Nada menos que Ratzinger escribe, con frecuencia y penetración, sobre el problema del activismo, que considera sintomático de la pérdida de confianza en la realidad de Jesucristo y en la primacía de su Reino. En una aguda sección de The Ratzinger Report [Informe sobre la fe], éste habla de la pérdida de la dimensión de receptividad femenina en la Iglesia:

El activismo, la voluntad de ser "productivos", "relevantes" a toda costa, es la constante tentación del hombre, incluso del religioso varón. Y ésta es, precisamente, la tendencia básica en las eclesiologías […] que presentan a la Iglesia como "el Pueblo de Dios" comprometido en la acción y en la exigente traducción del Evangelio a un programa de acción con objetivos sociales, políticos y culturales. Pero no es una casualidad que la palabra "Iglesia" sea de género femenino. En ella, de hecho, vive el misterio de la maternidad, de la gratitud, de la contemplación, de la belleza y, en suma, de los valores que parecen inútiles a los ojos del mundo profano. Quizá sin ser totalmente consciente de por qué, la religiosa experimenta la profunda desazón de vivir en una Iglesia donde se reduce el cristianismo a una ideología del hacer, de acuerdo con esa eclesiología, estrictamente masculina que, no obstante, se presenta –y en la que quizá se cree- como algo más cercano a las mujeres y a sus necesidades "modernas". Pero junto con ella se da un proyecto de Iglesia en que ya no hay lugar para la experiencia mística, para este pináculo de la vida religiosa que, no sin razón, ha figurado por siglos entre las glorias y tesoros que ofrecen a todos, con una inquebrantable constancia y plenitud, más las mujeres que los hombres [7].

En una conferencia de 2000 sobre “Nueva Evangelización”, Ratzinger, igual que Chautard, destacó la necesidad de fundamentar el apostolado en la oración: 

"Jesús predicaba de día, y de noche, oraba". Con estas breves palabras, [Don Dídimo] quería decir que Jesús tenía que conseguir de Dios sus discípulos. Y esto es siempre verdad. No podemos reunir a los hombres nosotros mismos. Debemos adquirirlos de Dios y para Dios. Todos los métodos son inanes sin el fundamento de la oración. Las palabras del anuncio deben estar siempre empapadas en una intensa vida de oración […] El teocentrismo es fundamental en el mensaje de Jesús y debe estar también en el corazón de la nueva evangelización […] Proclamar a Dios es introducir [a los demás] en una relación con Dios, es enseñar a orar. La oración es la fe en acción. Y sólo cuando se experimenta la vida con Dios se hace presente en realidad la prueba de Su existencia [8].

Benedito XVI vuelve a este tema en su primera encíclica, Deus Caritas Est, de 2005:

Se  necesita, en  concreto y con urgencia, la oración como medio de obtener de Cristo siempre nuevas fuerzas. Quienes oran no pierden el tiempo, aun cuando la situación se presente como desesperada y parezca pedir solamente acción. La piedad no perjudica la lucha contra la pobreza de nuestros prójimos, por extrema que ésta sea. […] Es hora de reafirmar la importancia frente al activismo y al creciente secularismo de muchos cristianos comprometidos en obras de caridad. Por cierto, el cristiano que ora no pretende ser capaz de cambiar el plan de Dios o de corregir lo que Él ha previsto, sino que, más bien, busca un encuentro con el Padre de Jesucristo, pidiendo a Dios que, con la consolación del Espíritu, lo  conforte a él y a sus obras […] Nuestro clamor [al Padre] es, tal como lo fue para Jesús en la Cruz, el modo más profundo y radical de afirmar nuestra fe en su poder soberano [9].

 Vermeer, Cristo en la casa de Marta y María (1655)

Uno de los tratamientos más extensos de este tema lo encontramos en la Audiencia General de Benedicto XVI de 25 de abril de 2012, en que explica la decisión de los Apóstoles de ordenar diáconos que los secundaran. El Papa ve, en el enfocarse los Apóstoles en la Palabra y los diáconos en la atención a los pobres, un reflejo de la distinción entre María y Marta en Betania, y advierte que cada uno de estos dos aspectos apoya al otro: la meditación orante de la Palabra conduce a que sea proclamada con convicción y, al mismo tiempo, quienes son escogidos para realizar las obras de misericordia deben estar imbuidos del Espíritu Santo, no ser meros trabajadores sociales. Y a continuación toca el punto central, que merece ser leído teniendo presente la “carga” de la recitación o canto del Oficio Divino:   

No debemos perdernos en puro activismo, sino dejarnos siempre penetrar en nuestras actividades por la luz de la palabra de Dios y aprender de ella la verdadera caridad, el verdadero servicio a los demás, que no requiere de muchas cosas, aunque sí requiere de cosas necesarias, sino que, sobre todo lo demás, requiere de nuestro afecto más profundo y de la luz de Dios.

Comentando el episodio de Marta y María, San Ambrosio encarece, tanto a sus fieles como a nosotros que "Busquemos también tener aquello que no se nos puede quitar, dedicando una atención diligente, no distraída, a la palabra del Señor. Las semillas de la palabra celestial se las lleva el viento si se las siembra a la vera del camino. Ojalá que el deseo de conocer sea también para vosotros lo que fue para María: ésta es la obra más grande y más perfecta". Y añade que "la atención al ministerio no debe distraernos de conocer la palabra celestial" mediante la oración (Expositio Evangelii Secundum Lucam, VII, 85; PL 15: 1720).  

San Bernardo, modelo de armonía entre contemplación y trabajo intenso, en su libro De Consideratione, dedicado a Inocencio II a fin de ofrecerle algunas consideraciones sobre su ministerio, insiste precisamente en la importancia del recogimiento interior, de la oración para defenderse de los peligros de la hiperactividad, cualquiera sea nuestra condición o la tarea que hay que cumplir. Dice San Bernardo que, con demasiad frecuencia, demasiado trabajo y un estilo de vida frenético terminan por endurecer el corazón y hacer sufrir al espíritu (cf. II, 3).

Sus palabras son hoy un precioso recordatorio para nosotros, que estamos acostumbrados a evaluarlo todo con el criterio de la productividad y de la eficiencia […] Sin oración diaria, vivida con fidelidad, nuestras obras son vacías, pierden su espíritu profundo, y se reducen a un mero activismo que, al cabo, nos deja insatisfechos […] Para los pastores, ésta es la primera y más valiosa forma de servicio a la grey que se les encomienda. Si los pulmones de la oración y de la palabra de Dios no nutren la respiración de nuestra vida espiritual, corremos el riesgo de vernos abrumados por las innumerables cosas de cada día: la oración es la respiración del alma y de la vida [10].

Releyendo estos valiosos textos de Ratzinger (y hay muchos más como éstos), no podemos evitar hacer algunas incómodas preguntas al clero, a los religiosos, al laicado, que luchan por santificarse, lo cual, como sabemos, no es resultado de nuestras acciones sino un don que se da a quienes lo piden en la oración, que buscan, que golpean:

¿Creemos realmente en Dios? Si creemos, creeremos en Su señorío, en Su primacía, en Su precedencia sobre todas las cosas creadas, materiales o espirituales, visibles o invisibles, por lo que Él siempre merece la prioridad en nuestra vida cotidiana, lo mejor de nuestro tiempo, de nuestra energía, de nuestra atención. Y esto se refiere tanto a la oración litúrgica como a la privada.

¿Creemos en la palabra de Nuestro Señor cuando dice claramente: “Buscad primero el Reino de Dios y Su justicia, y lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33), o cuando dice: “Sin Mí, no podéis hacer nada” (Jn 15, 5)? Si creemos en ella,  rechazaremos de raíz la mentalidad pelagiana secular que ha infiltrado y corrompido tantas “buenas obras” auspiciadas por la Iglesia o llevadas a cabo en nombre del cristianismo.  

¿Creemos que a Nuestro Señor se da más honor y gloria cuando ponemos en nuestros labios y fijamos en nuestro corazón las palabras de los mismos salmos que Él inspiró para recitar Él como hombre en la tierra, tal como la Iglesia nos invita a hacer en el Oficio Divino? Si lo creemos, nuestra idea sobre la “carga” del Oficio habrá de cambiar, empezaremos a pensar en tomar alguna versión del breviario preconciliar, sea el romano o el monástico; no buscaremos brevedad, rapidez ni eficiencia ni, si oramos ya en latín, trataremos de suprimir cosas mediante una recitación insensatamente rápida.

¿Creemos que el mismo Señor Jesucristo se nos hace realmente, metafísicamente, corporalmente, personalmente presente en la Misa? Si lo creemos, ello debiera ser obvio en el modo en que oramos y en el lugar que el culto ocupa en nuestra vida diaria.

Por último, ¿creemos en el poder y en el misterio de la oración? Esa es la cuestión. Las palabras del cardenal Godfrey, pronunciadas hace 55 años, debieran inquietarnos hoy día.



[1] Henri de Lubac,  Vatican Council Notebooks (San Francisco, Ignatius Press, 2015), I, pp. 258-259. El latín no lleva itálicas en este libro.

[2] De Lubac, Vatican Council Notebooks, cit., p. 266.

[3] De Lubac, Vatican Council Notebooks, cit., pp. 268-69.

[4] Jordan Aumann, O.P., “The Heresy of Action”, en Cross and Crown 3 (1951), pp. 25-45.

[5] Debo esta información a Anthony Sistrom. Vigneron cita más de 300 biografías  y memorias de sacerdotes franceses para fundar su relato.

[6] Véase el buen artículo de Hilary White intitulado "What is the Catholic Religion Actually For? A Monastic Answer" [“¿Para qué es, en realidad, la religión católica? Una respuesta monástica”].

[7] The Ratzinger Report (San Francisco, Ignatius Press, 1987), p. 103.

[8] Disponible aquí.

[9] Benedicto XVI, Encíclica Deus Caritas Est (2005), núm. 36-38.

[10] Disponible aquí.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Los ornamentos papales (vi): los flabelos y el palio

Continuamos hoy con la serie relativa a los ornamentos papales. En esta ocasión corresponde tratar de los flabelos, una insignia litúrgica estrechamente relacionada con la silla gestatoria, pues acompañaba el cortejo del Santo Padre. Cuando éste iba revestido para celebrar una función litúrgica, sea con casulla, sea con manto, además de los flabelos se usaba el palio, que recubría la silla gestatoria.

El beato Pablo VI preside el cortejo papal desde la silla gestatoria, con flabelos y palio, antes de la reforma del ceremonial pontificio

Los flabelos

Con el nombre de flabelos (flabelli) se designan unos grandes abanicos confeccionados con plumas de color blanco con un largo mango, que en las solemnidades más relevantes marchaban justo detrás del Papa cuando éste era llevado en procesión sobre la silla gestatoria. Siempre iban en número de dos y los portaban los llamados "flabelíferos". Una vez que el Papa llegaba a su trono, los flabelos se colocaban a ambos lados de éste, fuera del dosel y apoyados contra el muro.

El beato Pablo VI preside desde el trono. A cada extremo se observan los flabelos apoyados en la pared

Los flabelos existían ya en África y Oriente para los altos dignatarios. Su uso ceremonial se remonta al Antiguo Egipto, donde se utilizaban hojas secas o plumas de aves que arrancaban como si fuesen radios desde un pie montado sobre una vara larga. Ellas eran llevadas por cortesanos del entorno del faraón para darle sombra y abanicarlo. Durante una excavación arqueológica, por ejemplo, se encontró un flabelo en la tumba de Tutankamón que hoy se guarda en el Museo de El Cairo, y su representación se pueden observar en multitud de pinturas murales. Ellos servían también como insignia real y religiosa, pues acompañaba a las barcas solares en las procesiones por el Nilo.


Flabelos del Antiguo Egipto (en el centro, arriba) y motivos de loto. 1868, New York Public Library
(Imagen: Wikipedia)

Sirviendo en la Antigüedad como parte de rituales paganos, en época muy temprana pasaron a integrar los ritos de la Iglesia. Ya en las Constituciones Apostólicas (siglo IV) se establecía: "Que dos de los diáconos, a cada lado del altar, mantengan un abanico, formado de membranas delgadas, o por plumas del pavo real, o por finas telas y en silencio, para ahuyentar a los pequeños animales que vuelan, para que no puedan acercarse a las copas" (VIII, 12)El misal de la Orden de Predicadores de 1256 contiene todavía una rúbrica destinada a evitar el molesto revoloteo de insectos sobre las ofrendas depositadas en el altar: "Tempore quoque muscarum post inceptionem secretarum debet diaconus tenere flabellum quo cohibeat eas honeste a molestando sacerdotem et abigat eas a sacrificio" ("Durante el estío, una vez empezada la Secreta, el diácono deberá tener un abanico para impedir decorosamente que las moscas molesten al sacerdote y ahuyentarlas del sacrificio"). Originalmente, entonces, los flabelos servían para mantener fresco el aire en torno al celebrante y evitar la cercanía de insectos, sin cumplir ninguna función ornamental. 


Primera Misa de un fraile dominico según el rito propio de la Orden de Predicadores (1950)

La utilización de los flabelos durante la Santa Misa se explicaba por la práctica de la comunión bajo las dos especies. Con todo, la manera con que ella era administrada fue diversa según la época: en lugar de beber del cáliz (cáliz de la consagración, cáliz de la administración, cáliz mixto) se introdujo después el uso de sorber con una cañita (pugillaris, calamus, fístula), o se empleaban cucharillas, o se mojaba la hostia en el sanguis sagrado (intición). En la oración "Haec commixtio..." guarda todavía hoy la Misa latina el recuerdo de esta manera de communio sub utraque specie por parte de los fieles. Este uso se mantuvo en la Iglesia de Occidente hasta el siglo XIII, persistiendo aisladamente todavía por más tiempo (por ejemplo, en la Misa papal hasta el siglo XV, y también en las Misas de la coronación de emperadores y reyes). Eso explica que, hasta ese siglo al menos, en Francia fuese común el uso de flabelos para cazar las moscas y disminuir el calor que rodeaba al sacerdote durante la consagración, según testimonian las crónicas. Con la eliminación de los prácticos abanicos también en la Misa papal, éstos acabaron por derivar en los solemnes flabelos, que ahora cumplían sólo un sentido honorífico dentro del ceremonial pontificio. El último en usarlos fue el beato Pablo VI.

En varios ritos orientales, la utilización de abanicos ceremoniales ha continuado, pero ellos se han convertido en discos de metal sujetos sobre un mango o asta del mismo material o de madera, más largo que los flabelos latinos, los cuales reciben el nombre de rhipidion. Generalmente, lleva la imagen iconográfica de un serafín con seis alas que rodean la cara. También se encuentran algunos en madera grabada, dorada o pintada. Se suelen hacer por parejas.


Rhipidion en uso durante la Divina Liturgia
(Imagen: Wikipedia)

Los flabelos se confeccionaban con plumas de avestruz, según la antigua tradición, o bien con plumas de pavo real. En este último caso, los pequeños ojos significan la mirada y, por tanto, la vigilancia que el Papa ejerce sobre toda la Iglesia. 

Por privilegio especial, el Patriarca de Lisboa tiene derecho a ser llevado en procesión con flabelos, los que fueron donados por el propio Papa cuando concedió dicho privilegio.

El Patriarca de Lisboa, D. Antonio Mendes Belo, en procesión con flabelos

El palio procesional

Además de la insignia arzobispal del mismo nombre (véase aquí y aquí las entradas que le hemos dedicado a ella), se conoce como palio una especie de dosel portátil confeccionado en seda suntuosamente bordada y puesto sobre cuatro o más varas largas (en teoría, lo apropiado es que sean doce, representativas de los Apóstoles), bajo el cual se lleva procesionalmente el Santísimo Sacramento, normalmente en custodia u otro tipo de ostensorio, o una imagen, y que es usado también por el Papa, algunos prelados y los jefes de Estado católicos como insignia propia de su dignidad. De ahí que el portar dichas varas se considere un privilegio reservado a personajes de gran relieve religioso, civil o militar.


Procesión con el Santísimo Sacramento por las calles de Nueva York durante el Congreso Sacra Liturgia de 2015 
(Imagen: SacraLiturgia)

El palio procesional es un elemento litúrgico de origen bizantino, y recibe su nombre, por extensión, de un manto empleado en la antigua Grecia con el que cubrían el resto de sus vestiduras hombres y mujeres, que se sujetaba en el pecho con una hebilla o un broche.  Cuando se usa para el traslado del Santísimo Sacramento, el palio quiere representar las tiendas del tabernáculo y el Sancta Sanctorum que era exclusivo de Dios. En los demás casos significa la protección de la Iglesia a la persona, imagen, objeto o figura que se cobija bajo él.

La altura del palio, a veces realzada por la incorporación de penachos con plumas de vistosa policromía en los ángulos de las esquinas, permitía que las multitudes se percatasen con tiempo suficiente de que el Santísimo, o el personaje recibido bajo ese dosel ambulante, se acercaba al punto donde se encontraban los espectadores, además de conferir extraordinaria solemnidad a los desfiles procesionales, pues su paso ha de resultar forzosamente lento debido a la sincronía de movimiento que deben guardar quienes llevan cada una de las varas que lo sostienen.


San Juan XXIII bajo palio

El palio procesional era del mismo color que los ornamentos del Papa, es decir, blanco o rojo, dado que la liturgia papal no conoce el resto de los colores litúrgicos. El palio del Santísimo Sacramento es siempre blanco. 

viernes, 8 de diciembre de 2017

VIII Domínica después de Pentecostés: homilía del Rvdo. Ángel Alfaro

Luego de haber publicado el sermón de la Misa de clausura del III Congreso Summorum Pontificum, transcribimos a continuación la homilía pronunciada por el Rvdo. Ángel Alfaro, FSSP, el domingo 30 de julio de este año, durante la Missa cantata celebrada por él ese día.

 Alegoría del Espíritu Santo en la Basílica de San Pedro, Roma

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Homilía pronunciada por el Rvdo. Ángel Alfaro, FSSP, el domingo 30 de julio de 2017, VIII Domínica después de Pentecostés

Queridos hermanos:

Durante el tiempo de Pentecostés, San Pablo, a través de la liturgia, propone a nuestra consideración tres de los grandes temas que hacen parte del contenido de su predicación acerca de la gracia bautismal, de nuestro fin último y del combate continuo del hombre contra los enemigos del alma. 

La epístola de hoy es un claro ejemplo. San Pablo nos habla acerca de la transformación que opera el Espíritu Santo en nuestras almas utilizando la imagen del hombre carnal, apegado a los bienes de este mundo, en contraposición a la del hombre espiritual que aspira a las cosas de Dios: todos cuantos se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios, y, por consiguiente, coherederos con Cristo.

El pensamiento del Apóstol asocia la concepción que en la tradición judía se tiene de la herencia, es decir, tomar posesión de algo, a la idea de la filiación. Los hombres adquieren de ahora en adelante la herencia, en relación con Cristo, al Hijo por excelencia, el único que goza, por su naturaleza, de todos los bienes divinos. 

Sin embargo, la herencia bienaventurada del Cielo no nos exime de las penas y de las contrariedades de esta vida, y no por ello es una ilusión, como pretende el hombre que no tiene fe. Al contrario, el conocimiento seguro de la promesa de Dios no sólo hace que nos mantengamos firmes frente a los trabajos del presente, sino que además nos mantiene esperanzados. Por todo lo cual vivir según el Espíritu nos hace recibir estas contrariedades y sufrimientos con confianza, con espíritu sobrenatural, en definitiva, a la luz de Cristo, a quien debemos configurar nuestras vidas.

En el Evangelio vemos reforzada esta dualidad "carne-espíritu". No son las obras de la "carne" las que nos salvan, sino la presencia del Espíritu en el hombre, aunque pudiera confundirnos la conclusión de la parábola: Haceos amigos con el inicuo dinero para que cuando él os faltare, aquellos os reciban en las eternas moradas.

Este tipo de parábolas, dice San Agustín, se llaman contradictorias, y si Nuestro Señor así la fórmula es para que comprendamos, en este caso, que si pudo ser alabado por su amo aquél que defraudó sus bienes, a Dios le agradan aquellos que obran según sus preceptos. De ahí que, debemos despojarnos de todo aquello que nos impida revestirnos del hombre nuevo y comenzar a obrar según el espíritu, pues si con el espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.

 Marinus Claesz van Reymerswaele, Parábola del mayordomo infiel 
(circa 1540, Kunsthistorisches Museum, Viena)

Recuerdo en este momento aquella historia que me fue narrada por Sor Carmen, religiosa perteneciente a la Congregación de las Hermanas Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, fundadas en Colombia por Santa Laura Montoya.

Sor Carmen trabajaba en la selva chocuana con indígenas Waunanas desde hacía varias décadas. Su labor constante y dedicada hacía que nuestra religiosa contara con una gran ascendencia moral entre los habitantes de aquellas inhóspitas tierras, entre los cuales se contaban algunos guerrilleros.

Una mañana, un comando paramilitar irrumpió en el seno de la misión con la intención de reclutar niños y jóvenes. Su presencia sembró el terror entre los indígenas, quienes, huyendo despavoridos, fueron a refugiarse a la casa de las Lauritas.

Sor Carmen, ni corta ni perezosa, salió a recibir la inoportuna visita, y, dirigiéndose al comandante del grupo armado, le preguntó cuál era el motivo de su visita. El joven guerrillero, obviando su pregunta, le hizo comprender que no debía inmiscuirse en sus asuntos. 

Inútil fue la insistencia de nuestra religiosa frente a las intenciones de aquellos hombres, quienes formaron en el terraplén a los niños de la comunidad indígena, y atándolos como a perros, se dispusieron a partir con ellos.

Pueden imaginar ustedes la situación de tensión y de dolor que se vivió en el lugar. Sor Carmen, dirigiéndose nuevamente al comandante se propuso como rehén y prenda de liberación de los chicos. La respuesta del comandante no se hizo esperar, y, amarrándole las manos, la unió al grupo de niños y comenzaron la marcha hacia el interior de la selva dejando atrás un mar de llanto y sufrimiento.

Durante el recorrido, Sor Carmen intentaba reconfortar el corazón de aquellos niños haciéndolos orar y cantar incesantemente. Pasadas unas horas, el comandante paró la marcha, se dirigió a sus hombres y mandó soltar a los rehenes. Sor Carmen tuvo miedo, e intentando abrazar a todos los pequeños, elevó sus ojos al cielo y los encomendó a Dios por intercesión de Madre Laura, su fundadora. Pensó, ciertamente, que los matarían en el lugar.

El guerrillero, con aires de hombre rudo, se dirigió a la religiosa y le dijo: “Hermana, tome a sus niños y regrese a su misión. Son ustedes libres, pues me ha hecho usted comprender cuál es el valor de la oración y de la caridad cristiana”. 

Pidámosle a Dios que, emulados por estos ejemplos heroicos, seamos capaces de disponer nuestras almas a la acción de su Gracia y a la moción del Espíritu Santo. 

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Aviso importante: Missa cantata en la Fiesta de la Inmaculada Concepción

La Asociación Litúrgica Magnificat invita a todos los fieles a la celebración de la Santa Misa cantada, según la forma tradicional del rito romano, en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria (Av. Bellavista 37, entre Pío Nono y Pinto Lagarrigue, Metro L1 y L5 Baquedano) el próximo viernes 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, a las 12:00 horas. Se recuerda que ese día es fiesta de precepto. Sobre el sentido e importancia de esta fiesta litúrgica nos hemos referido antes aquí.

Murillo, La Inmaculada Concepción, apodada, por sus dimensiones, "La Colosal" (circa 1652, Museo de Bellas Artes de Sevilla)
(Imagen: Wikimedia Commons)

martes, 5 de diciembre de 2017

Otra interesante entrevista al Prof. Peter Kwasniewski

Ofrecemos a continuación a nuestros lectores una traducción de una entrevista concedida por el Dr. Peter Kwasniewski, académico del Catholic College of Wyoming y a quien los seguidores de esta bitácora han tenido oportunidad de leer en numerosas ocasiones. En la entrevista, a propósito de su último libro, el Dr. Kwasniewski se refiere en extenso a por qué la sociedad contemporánea necesita más que nunca volver a la Misa de Siempre.

La traducción es de la Redacción. La entrevista original (aquí, en inglés) fue publicado en el sitio New Liturgical Movement

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¿Por qué la época moderna necesita la Misa de Siempre?

Entrevista con Peter Kwasniewski, por Roseanne T. Sullivan

Agradecemos a Roseanne T. Sullivan por compartir con nosotros su entrevista con el Dr. Peter Kwasniewski sobre el nuevo libro que éste acaba de publicar.

En su nuevo libro, “Noble belleza, santidad trascendente: por qué la época moderna necesita la Misa de Siempre” (Angelico Press, 2017), usted ha hecho una apología nada tímida en favor de la Misa tradicional. Y afirma con seguridad no sólo que la “Misa de Siempre” es muy superior a la nueva Misa, que Benedicto XVI ha llamado “la forma ordinaria”, sino también que la Iglesia católica debiera regresar a la “forma extraordinaria”. ¿Podría resumir aquí por qué la Iglesia debiera regresar a la “forma extraordinaria”?



La razón es, sencillamente, que somos deudores de nuestra tradición, que estamos atados a nuestra herencia, y somos malagradecidos y nos convertimos en arrogantes ruinas cuando la tiramos por la borda. La actitud verdaderamente humilde consiste en aceptar que la sabiduría y piedad acumuladas de la Iglesia debiera continuar guiándonos y moldeándonos. Así es como siempre han sido las cosas, cualquiera sea el siglo que se mire. Pero sólo en el siglo XX pudo aparecer, en el pináculo del engaño evolucionista, un grupo de necios que osaron meter mano en el rico y sutil culto de la Iglesia a fin de introducir ahí, a la fuerza, sus imaginarias categorías de relevancia o eficacia. Su obra ha terminado, muy apropiadamente, castigada con desolación y apostasía.

Para decirlo brevemente, la liturgia tradicional expresa la plenitud de la Fe católica y preserva intacta la piedad de los cristianos. Esta es una razón más que suficiente para adherir a ella y para insistir en que ella sea la norma, siempre y en todas partes.

¿Cuáles son algunos de los modos en que la forma más antigua del rito romano da expresión a la plenitud de la fe?

El rito antiguo es impresionantemente teocéntrico, focalizado en Dios y en la primacía de su Reino. Está repleto de palabras y gestos de auto rebajamiento y de penitencia, de atenta reverencia y de adoración, de aceptación de las absolutas exigencias que nos hace Dios. Sus oraciones y ceremonial son testigos por igual de la trascendencia y la inmanencia de Dios: Él es Emanuel, Dios con nosotros, pero es también el Uno que habita en una profunda oscuridad, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. Él es nuestra Alfa y Omega, es para nosotros todo en todo. La liturgia tradicional no transige en este aspecto. Incluso en aquellos momentos suyos que pudiéramos llamar “instructivos”, como la lectura o canto de la Escritura, permanece fija en el Señor, como si leyéramos no tanto para nosotros mismos como para recordar qué nos ha dicho Él, como si le estuviéramos pidiendo que lo repita de nuevo entre nosotros, de acuerdo con su promesa. La Misa tradicional nunca se desvía de la mirada del Señor, permanece siempre ante sus ojos, vuelta hacia Él conscientemente, y nos sumerge en la necesidad de la oración, que es algo de vida o muerte. El padre Pío decía que “la oración es el oxígeno del alma”. Nosotros respiramos ese oxígeno en la Misa antigua.

¿Pero no lo hacemos también en la Misa nueva?

Podríamos también hacerlo en ella, pero es mucho más difícil. Es más difícil conseguir oxígeno. Se silencian las necesidades y exigencias de la vida espiritual, se las barre debajo de la alfombra en esta liturgia en vernáculo despojada, de cara al pueblo, colmada de banales cantos, de anuncios, de constante parloteo: ella fue diseñada para ser populocéntrica, para conectar a la gente entre sí y con el sacerdote alrededor de una mesa, en una comida. Como decía Ratzinger, Dios desaparece en ese escenario. Puede que Él esté ahí, sobre el altar, pero la mente y el corazón de la gente está en otra parte. ¿Debiera acaso sorprendernos que, según reiteradas encuestas, la mayor parte de los católicos que asisten al Novus Ordo no creen en la Presencia Real –no saben siquiera que es enseñanza de la Iglesia-? La liturgia no los ayuda a ver, a experimentar esa verdad. No se trata sólo de una adecuada catequesis. De lo que se trata es de si la liturgia expresa vívidamente las verdades de la Fe.

Para poner sólo un ejemplo: las oraciones de la liturgia antigua subordinan, sin excepción, la vida terrena a la vida celestial, repudian las pompas y vanidades de la vida profana caída. La nueva liturgia rehúsa hacer lo mismo y, de hecho, sus redactores sistemáticamente eliminaron las antiguas oraciones que hablaban de “despreciar las cosas terrenales” en favor de las del Cielo. ¿Habrá existido, desde la creación de Adán y Eva, una generación que necesitara oír este mensaje más que la nuestra en la actualidad? El hedonismo materialista es la amplia vía por la que incontables almas caminan hacia su propia destrucción –y la Iglesia, mientras tanto, les sonríe y saluda diciéndoles “Que Dios los bendiga”

Usted dice en uno de sus libros que estos problemas tienen que ver con determinada actitud ante la modernidad.

Exactamente. O, quizá mejor, con determinada actitud de la modernidad. En su origen, la modernidad es anti-sacral, anti-religiosa, anti-incarnacional y, por tanto, anti-clerical, anti-ritual, anti-litúrgica. Esto se puede ver en los muchos filósofos de la Ilustración que rechazan tanto la Revelación divina como la religión organizada. Unos pocos siglos después, nosotros, los modernos que hemos bebido todo este bagaje filosófico, no tenemos ni siquiera una pista de cómo debiera ser un ritual religioso público solemne, formal, objetivo. Estamos totalmente perdidos en todo lo que se refiere a un culto colectivo en que el ego individual se subsume en la gran comunidad de la Iglesia, que se despliega en el tiempo y el espacio. Esa es la razón por qué debemos aferrarnos a la liturgia tradicional como a la vida. Ella es, desde todo punto de vista, pre-moderna, tan antigua que no se ve afectada por nuestra superficialidad contemporánea, por nuestras inclinaciones y prejuicios: ella respira un realismo, una espacialidad, una fuerza, una caballerosidad incluso, que han llegado a ser ajenas a nuestra época y, precisamente por todo esto, la necesitamos desesperadamente. No hay nada que el hombre moderno necesite más que ser liberado de la prisión del modernismo prometeico: necesita ser desafiado por aquello que es más antiguo, más profundo, más sabio, más fuerte, más amable, más feliz. El hombre moderno necesita ser ignorado, no mimado; mistificado, no ilustrado; silenciado, no descorchado.

Estoy de acuerdo. Pero me pregunto: ¿con qué fundamento cree usted que un regreso a la Misa de Siempre es en absoluto posible?

Ignoro lo que nos depara el futuro, pero hoy, viendo el virtual cisma en la Iglesia católica sobre aspectos básicos de fe y de moral, es difícil evitar la conclusión de que se están preparando poderosas conmociones, y de que muchas cosas que parecían imposibles hace poco tiempo pueden resultar súbitamente posibles. En mi opinión, el movimiento en pro de la ortodoxia católica y el movimiento en pro de la tradición litúrgica se están acercando constantemente y ya se han hecho, de varios modos, un solo movimiento. Ha de llegar el momento, me parece, en que los católicos que profesan el credo niceno-constantinoplitano, que adhieren a la moral sexual tradicional de la Iglesia, y que aceptan el celibato sacerdotal como disciplina querida por el Señor, van a celebrar el usus antiquior sea exclusiva o predominantemente. Por cierto, no tengo cómo probar esto, pero considerémoslo una suposición fundada.

En todo caso, necesitamos una sólida perspectiva histórica basada en el estudio de los movimientos reformadores en la historia de la Iglesia, de los cuales casi cada centuria nos proporciona brillantes ejemplos. Todo movimiento reformador comenzó con unas pocas personas que, escandalizadas con justicia por la falta de fe o la inmoralidad de su época, y animadas por el fervor del amor divino, trabajaron incansablemente y se organizaron eficazmente para promover la conversión personal y el cambio institucional. Siempre las cosas han ocurrido así, y nuestra época no va a constituir una excepción. Tenemos que estar atentos a cierta sutil forma de consecuencialismo, en virtud del cual creemos que obramos correctamente porque tenemos éxito, o que en la medida en que hagamos lo correcto no podemos dejar de tener éxito. No. Hacemos lo que es correcto aunque ello sea improbable, difícil, quijotesco y nos conduzca al martirio. El éxito que el Señor quiere es para las almas que aspiran a que por Él regrese la sagrada liturgia en su modo no corrupto, sea que nos apoyen y aplaudan por esta fidelidad, sea que nos resistan y persigan. Él ha de hacer por nosotros todo lo demás. No contamos con nuestra superioridad numérica o nuestra fuerza, sino con los recursos de Él, con su intervención, con su multiplicación de los panes.

Ahora, la realidad es que el movimiento tradicional está creciendo. Ahí están las cifras, para quien quiera examinarlas: van en aumento los sacerdotes y seminaristas en las órdenes y comunidades tradicionales, así como el número de apostolados que les son encomendados. Aumenta el número de familias asociadas a esos apostolados. Si alguien quiere ver, en Occidente, una iglesia llena de familias numerosas, ¡no tiene más que visitar las colectividades tradicionales, porque le será difícil encontrarlas en otros lugares! Los libros, revistas, panfletos, catálogos y objetos religiosos tradicionalistas son numerosísimos, lo cual revela, al menos, que existe para ellos un mercado. Los intelectuales y los artistas, hasta donde existen en la Iglesia contemporánea, están decidamente en favor del tradicionalismo. 

   El Dr. Kwasniewski con el coro del Wyoming Catholic College

Cuando la Misa tradicional se hizo más asequible, muchos de nosotros esperábamos que su belleza y reverencia serían su propia vía de propagación. Después de diez años, yo misma y muchos otros hemos advertido que la forma extraordinaria no ha logrado mucha aceptación entre quienes adhieren a la forma ordinaria. Incluso en aquellos casos en que está al alcance, muy pocos asisten a ella. Por ejemplo, más de un año después de que el arzobispo de San Francisco, Salvatore Cordileone, ordenara al párroco de la bella y centralmente ubicada iglesia “Estrella del Mar” que aprendiera la Misa tradicional y comenzara a decirla todos los domingos antes de mediodía, conduje desde donde vivo, en San José, que dista una hora, hasta la ciudad y, para mi desilusión, vi que, de hecho, muy poca gente asistía a esa Misa, que se dice en una ubicación casi ideal. Mi experiencia no es aislada. Por ejemplo, incluso cuando se dijo regularmente la Misa tradicional en la iglesia de Nuestro Salvador, en Nueva York, por el conocido Padre Rutler, sólo fue capaz de atraer a un pequeño grupo, según él mismo ha dicho.

No me llama la atención. Como lo dijo Benedicto XVI en su carta a los obispos de 7 de julio de 2007: “El uso del Misal antiguo presupone cierto grado de formación litúrgica y algún conocimiento del latín. No es fácil encontrarse hoy con ambas cosas”. Dicho simplemente: hay mucha gente que no está preparada para él. Es cierto que hay quienes asisten una vez y quedan atrapados para siempre, pero para otros hay una escarpada ladera de aprendizaje que escalar: son aquellos que son víctimas de prácticas y hábitos litúrgicos tan malos que no saben qué hacerse cuando se los enfrenta súbitamente con el acantilado de un abismo infinito de oración, sin nadie que los lleve de la mano, y con un ritual que se despliega con lo que parece ser una altanera indiferencia o una gélida lejanía, y que resulta seriamente perturbador para el católico corriente. Esta es, dicho sea de paso, la razón por la que siempre digo que si se quiere traer a alguien a la Misa tridentina, hay que invitarlo a una Misa cantada o incluso a una Misa solemne, si hay alguna al alcance. La Misa Solemne es mucho más fácil de entender, puesto que apela a todos los sentidos y hace al fiel navegar por una suave corriente.

Sí, lo comprendo. ¿Piensa usted, por lo tanto, que no es justo decir que la Misa tradicional es un “fenómeno boutique” entre los católicos estadounidenses?

Esperemos primero a que esté al alcance en todas partes, durante muchos años, y sólo entonces podremos evaluar este juicio. Pero, volviendo a lo que le decía hace un momento: la Misa tradicional es sólida, es catolicismo en plenitud, sin atenuantes. La liturgia es más larga y más compleja. La música es verdadera música: canto gregoriano, polifonía. La homilética probablemente es también más exigente, más cercana a lo que se esperaría de una religión que proclama ser inspirada por Dios y único camino de salvación. Las mujeres usan velos de Misa, la gente se viste formalmente. El conjunto entero se opone a los usos de los estadounidenses contemporáneos, incluyendo (triste es decirlo) a los mismos católicos, quienes están usando anticonceptivos y divorciándose a un ritmo muy semejante al de sus pares paganos. Detesto tener que decir esto, pero la versión-simulacro del catolicismo es como una religión diferente si se la compara con la versión del catolicismo histórico, auténtico, dogmático y ascético-místico, tal como se lo encuentra incorporado en la liturgia tradicional y en todas las devociones que florecen en su ámbito. Así es que, ¿llamaremos a esto “fenómeno boutique”, o tendremos el valor de aceptar que el catolicismo está en un estado de acelerada descomposición y que lo que casi todo el mundo llama “catolicismo” es, cuando mucho,  una sombra de la realidad, si no una negación de ella?

Pero seamos honestos también en este aspecto: la principal razón por la que la antigua Misa no ha entrado más, es la falta de oferta y la falta de apoyo eclesiástico. El papa Benedicto XVI la liberó en beneficio de todos los sacerdotes y de los fieles a quienes ellos sirven, pero una inmensa cantidad de sacerdotes han sido concientizados, amenazados, ostracizados y expulsados del ministerio debido a los conflictos respecto de Summorum Pontificum. Sé, por experiencias de primera mano, lo que estoy diciendo. Son demasiados los obispos y párrocos que se oponen a ella, y el clero joven que puede desde ya celebrar la liturgia antigua o que desea aprenderla, es reprimidos, y forzado a entrar en el molde de la revolución posconciliar. La falta de crecimiento a que usted se refiere es resultado de una estrategia deliberada de “contención”, que se analiza e implementa desde las conferencias episcopales. No oficialmente, obvio, sino tras bambalinas. Gracias a Dios hay todavía algunos obispos y sacerdotes heroicos aquí y allá, quienes, a pesar de las presiones políticas, se las arreglan para ser fieles a su propia línea y para promover la recuperación de la tradición litúrgica en sus diócesis y parroquias. Ello es algo que está teniendo lugar hoy día, lentamente, por todo el mundo: he estado en muchos de esos lugares y he visto la fuerza de la fe de ese clero y de ese laicado. Pero es algo que podría y debería estar ocurriendo en todas partes. Se ha impuesto una artificial limitación por parte de los monopolistas. Si en torno a la Misa de Siempre tuviéramos una “economía de libre mercado”, por decirlo así, tendríamos un cuadro sumamente distinto.

Insisto: esta situación no carece de precedentes, ya sea en la historia de la salvación o en la historia de la Iglesia (que sigue, siempre, el camino de la historia de la salvación). ¿Recuerda usted la historia de Gedeón, en el capítulo 7 del libro de los Jueces? Gedeón tenía consigo un ejército de 32.000 soldados para ir a enfrentar a los Madianitas. El Señor le dijo: “Son demasiados los soldados que tienes para que yo ponga en tus manos a los Madianitas, porque Israel se vanagloriaría frente a Mí diciendo: “Me he librado por mi propia mano””. El Señor logró reducir el número de soldados primero a 10.000, luego a 300. Con esta “élite” Gedeón obtuvo una victoria total sobre sus enemigos, que eran “tantos como langostas”. Pareciera que el Señor prefiere ganar victorias improbables, de modo que la gloria le pertenezca a Él y no a nosotros. “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da gloria”. Esto es algo que me consuela mucho.

Las probabilidades de que la Misa tradicional reemplace a la Misa de 1969 me parecen, a veces, sumamente remotas, por lo que me temo que lo que los tradicionalistas proponen es como gritar en medio de una ventolera. Pero, de repente, me topé con lo siguiente, escrito por un blogger laico: “Todo aquello que vale la pena gritar, vale la pena gritarlo aunque el viento haga mucho ruido. Porque si hay suficiente gente atenta, muy a menudo la palabra se difunde, cambian los estándares, el viento se desvanece. Si hay suficiente gente que se interesa, cambia la cultura. Es muy fácil auto persuadirnos de que el momento apropiado para hacer cambios es cuando llega el momento. Pero eso nunca es verdad. El momento adecuado para hacer que algo ocurra es antes de su momento. Porque eso es, precisamente, lo que significa “hacer”… Sí, hay viento, siempre hay viento. Pero eso no quiere decir que tenemos que dejar de gritar”.

No podría estar más de acuerdo con todo eso. Sólo añadiría que no necesitamos estar siempre gritando. Necesitamos practicar el arte de la persuasión, de la buena propaganda y, obviamente, de la mejor conducta. Lo cierto es que tenemos mucho trabajo que hacer para ganar a nuestros hermanos para el catolicismo tradicional, por su propio bien y por la salud de la Iglesia. Esto es algo que va a suceder, en cierta forma, naturalmente, a medida que las cosas empeoren en la Iglesia y en el mundo. Quienquiera que tome en serio la Fe, habrá de preguntarse: “¿Dónde se enseña y se vive esta fe? ¿Dónde hay un sacerdote que tenga esta Fe y la predique? ¿Dónde se celebra la liturgia de modo tal que alimente y refuerce mi Fe?”. Tenemos que estar ahí para toda esa gente, en el momento en que comience a hacerse estas preguntas, y no alejarla porque, al comienzo, está vestida inapropiadamente, o se arrodilla en el momento equivocado, o canta mal, o tiene ideas confusas.

Usted ha escrito que muchos seminaristas y sacerdotes recién ordenados han aprendido a celebrar la Misa tradicional, y eso le da esperanzas. También me las da a mí. Pero, ahora último, algunos liberales han comenzado a decir que los seminaristas amantes de la Tradición, que usan sotana y que llegaron en los tiempos de Benedicto, podrían verse reemplazados por una nueva ola de sacerdotes influidos por el papa Francisco.  

Me imagino que esto es verdad hasta cierto punto. Pero pienso que ello no sería un irse el péndulo al otro extremo, tal como ha ocurrido con el actual residuo de confusión posconciliar, que ha polucionado el pensamiento de casi todo el mundo. Además, si quienes están dirigiendo los seminarios son progresistas, saben muy bien cómo filtrar y excluir a los candidatos “excesivamente rígidos”, o sea, aquéllos que creen en el catecismo, rezan el rosario, se arrodillan para comulgar, y otras cosas semejantes. Por lo tanto, en algunos seminarios el “efecto Francisco” se mostrará a sí mismo como el rechazo o despido de candidatos perfectamente aceptables, pero “rígidos”.

Pero el cambio de mentalidad iniciado por Benedicto XVI no debería ser en absoluto mirado en menos: Benedicto elevó el perfil intelectual, espiritual y litúrgico de la Iglesia a un nivel que no había tenido desde antes del Concilio, y dejó tras de sí una riquísima estela de escritos, especialmente sobre la sagrada liturgia, que serán leídos durante décadas y posiblemente durante siglos. El “efecto Benedicto” puede que sea menos ruidoso, pero es más profundo y de efectos más amplios. Donde quiera que uno encuentra una diócesis que rebosa de vocaciones y de asistencia a Misa, se hallará la influencia ratzingeriana en plena actividad.


Conozco a un sacerdote que, gradualmente, suprimió, por más de una década, la mayor parte de los abusos litúrgicos en su parroquia, con una paciencia mucho mayor que la que yo hubiera tenido, y en pago de todos esos trabajos, no recibió más que rencor. Con el tiempo, y a pesar de toda la paciente catequesis con sus feligreses, su superior religioso lo trasladó a otra parte. Y esto ocurrió con un obispo bien dispuesto. Tengo mucho temor de lo que los sacerdotes amigos de la Tradición han de encontrar en sus parroquias, luego de su ordenación.

Sí. No quiero aparecer como una Pollyanna que le quita importancia a las dificultades, que son muy reales. Por una parte, la persecución de católicos ortodoxos está empeorando durante este pontificado. Quien quiera que cuestione Amoris Laetitia, por ejemplo, se transforma instantáneamente en persona non grata. Es muy probable que un sacerdote que predique desde el púlpito contra la homosexualidad o la anticoncepción sea “llamado al orden”. Y el sacerdote que comienza a celebrar la Misa tradicional es como si hiciera grabar en la espalda de su camisa un letrero con las palabras “¡Dispárenme!”. Pero esto no puede ser ni será la última palabra. Al presente estamos en sólo una etapa de una larga batalla. No hay papa ni obispo que dure para siempre, las generaciones pasan, hay problemas que terminan y otros que surgen para tomar su lugar.

Lo que está claro es, al menos, esto: los sacerdotes fieles a su ministerio sacerdotal, los que predican la verdad “con oportunidad o sin ella”, que celebran la liturgia con la máxima reverencia, que dan nuevamente vida a la Tradición, todos esos sacerdotes serán bendecidos aun en medio de muchas cruces, y se convertirán en bendición para sus fieles. Nuestro Señor se preocupará de ellos, y hará con ellos lo que Él decida. Conozco a sacerdotes que han pasado por situaciones terribles, que resultaron ser un preludio para su llegada a mejores lugares, a hacer un trabajo importante. Tenemos que confiar en que Dios se preocupará de los suyos cuando éstos hagan lo que deben hacer. Conozco a un sacerdote que ha sido castigado por su decisión de no dar jamás la comunión en la mano, debido a que va contra su conciencia el contemplar el Cuerpo de Cristo manipulado de modo tan descuidado, con peligro de que se pierdan algunas partículas (para no mencionar la pérdida de fe en la Presencia Real y en la distinción ontológica entre los cristianos ordenados y los no ordenados). Yo lo admiro, y también a otros como él: todos ellos son como el grano de trigo que cae a la tierra y muere, a fin de que pueda surgir una abundante cosecha.

Quisiera agregar que los jóvenes que sienten la vocación al sacerdocio necesitan ser astutos como serpientes e inocentes como palomas (cfr. Mt 10, 16). Debieran quizá pensar si no sería mejor para ellos ingresar a una sociedad de vida apostólica o a una comunidad religiosa que use solamente los viejos libros litúrgicos. En estos libros está depositada la Tradición de la Iglesia. Y los sacerdotes que tienen la obligación de usarlos no enfrentan el mismo tipo de oposición y de malos tratos que a menudo recibe el clero secular. Y diría lo mismo, a propósito, a las jóvenes que tienen vocación religiosa: en realidad es todavía más importante para ellas ingresar a una comunidad que esté atendida exclusivamente por sacerdotes que celebren según el usus antiquior.    

¡Oremos de rodillas al Señor para que envíe operarios a su mies!

¿Cree usted que existe el peligro del desaliento entre los católicos tradicionales?

Absolutamente sí. Uno encuentra ese peligro por todas partes. Los fieles se escandalizan especialmente por lo que ocurre en las jerarquías más altas de la Iglesia, y predicen que el cielo se vendrá abajo y nos aplastará. Quizá lo haga, pero eso no será todavía el fin del mundo. Ni tampoco será el fin de nosotros. Tenemos que luchar muy duro contra el desaliento. Santa Teresa decía: “El desaliento es una forma de orgullo”. Es orgullo en el sentido de que comenzamos dudar de la Divina Providencia y a echar al Señor la culpa de no intervenir o de no resolver éste o aquel problema en la forma que lo hubiéramos hecho nosotros. Pero es Dios quien tiene el mando, y sus caminos no son nuestros caminos. Nuestra tarea es realizar, lo mejor que podamos, lo que fuera que Él nos ha iluminado para que hiciéramos, dándonos fuerzas para ello. Todos conocemos las famosas palabras de la Madre Teresa: “No estamos llamados a tener éxito, sino a ser fieles”. Dios ha de bendecir y multiplicar el bien de nuestra fidelidad a Él, a la Iglesia, a la tradición católica, sea que veamos los frutos en nuestra vida o no.

En agosto pasado, el papa Francisco declaró que no existe la posibilidad de reconsiderar las decisiones relativas a los cambios litúrgicos, y que todo lo que debiéramos hacer ahora es procurar comprender las razones por las que se los llevó  cabo. Dijo: “Podemos afirmar con certeza y autoridad magisterial que la reforma litúrgica es irreversible”. ¿Qué piensa de esto?

No es fácil entender lo que el Santo Padre espera que esta frase produzca,  ya que no es una declaración doctrinal, sino una evaluación de un hecho histórico contingente, es decir, del proceso de reforma que comenzó luego de Sacrosanctum Concilium y culminó en los diversos libros litúrgicos del Novus Ordo. Es lo mismo que decir: “El euro está irreversiblemente establecido en Europa”. ¿Por qué habríamos de creer semejante cosa? O: “El ecumenismo de los últimos cincuenta años es un hecho irreversible”. Por cierto, nadie puede negar que el ecumenismo ha tenido lugar y que, como tal, no puede ser deshecho. Pero ello no nos dice nada sobre lo que el futuro nos depara. Todo ello, nuevos ritos litúrgicos o ecumenismo o cualquier otra cosa, podría ser anulado o, al menos, drásticamente “corregido”, por un futuro papa León XIV o Benedicto XVII o Pío XIII.

Podría también recordarse que un papa, Clemente VII, autorizó el nuevo breviario compuesto por el Cardenal Quiñones, otro papa, Pablo III, lo aprobó, pero un tercer papa, Pablo IV, lo suprimió, considerando que rompía con la Tradición y estaba excesivamente influido por la teología protestante. Algunos papas, según otros papas, pueden equivocarse en materias litúrgicas. Los concilios no son tampoco en absoluto infalibles en materia de recomendaciones sobre llevar o no llevar a cabo determinadas cosas prácticas. Nadie pone en duda que los Padres Conciliares deseaban cambios menores en la liturgia, y muchos autores notables, incluyendo a Joseph Ratzinger y Louis Bouyer, han planteado serios cuestionamientos al modo en que esos cambios efectivamente se hicieron.

Gracias por esta entrevista. Me complace especialmente el que usted haya estado dispuesto a abordar con franqueza algunos de los problemas que me inquietaron cuando leí sus elocuentes y convincentes ensayos en “Noble belleza”. Como usted lo dice, “muchas cosas que parecía imposibles hace un momento, se pueden volver súbitamente posibles”. Y estoy de acuerdo en que tenemos que luchar mucho contra el desaliento. Debemos ser personalmente humildes y santos para que Dios pueda actuar por medio de nosotros y lograr sus propósitos. Espero,  y rezo por ello, que muchos lectores encuentren en su libro, como me ha pasado a mí, mucho que pensar, mucho que los consuele, y mucho que los fortalezca.

Muchas gracias. Oremus pro invicem.  

Crédito de las fotografías:  las imágenes son las que acompañan el artículo original en New Liturgical Movement, con la excepción de la primera, que está tomada de Vimeo.com.