jueves, 9 de julio de 2020

¿Causaron los ritos litúrgicos reformados un “boom” en tierras de misiones?

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski, que trata un tema que suele salir cuando se conversa sobre la reforma litúrgica. Se trata del mayor crecimiento que ha experimentado el catolicismo en África y Asia en la época posconciliar, lo cual sería consecuencia de la simplificación de los ritos y, sobre todo, de la inculturación y la introducción de la lengua vernácula. El autor reproduce la respuesta que dio a una persona que le escribió preguntándole al respecto, así como la consulta que ésta le hizo, concluyendo que no hay argumentos serios para sostener que eso haya sucedido. De hecho, que haya algunos santos que hayan vivido los ritos reformados no quiere decir que ellos favorezcan la práctica religiosa, pues aun en momentos de profundas crisis de fe Dios ha suscitado santos en su Iglesia. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sio traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan al artículo original. 

***

¿Causaron los ritos litúrgicos reformados un “boom” en tierras de misiones? 

Peter Kwasniewski

El siguiente intercambio epistolar puede interesar a los lectores de New Liturgical Movement, como una especie de secuela de mi artículo, del mes pasado, “Cómo la liturgia tradicional contribuye a la integración étnica y racial”.


***

Querido Profesor Kwasniewski:

A menudo, en muchas discusiones con otros católicos sobre las reformas litúrgicas del siglo XX, surge la objeción de que ellas coinciden con la increíble explosión de la fe católica en muchas partes de Africa y Asia.

En general, respondo a ella diciendo que, no porque las reformas en su conjunto puedan haber tenido un positivo impacto, se justifica ninguna de ellas en particular, y se podría haber concedido alguna dispensa para usar algo de vernáculo en la Misa en territorio de misiones, sin realizar el tremendo esfuerzo de transformación que se llevó a cabo. Sin embargo, no estoy seguro de que esta respuesta sea convincente para la mayoría, y me pregunto si usted ha dedicado algo de tiempo a explorar esta idea. A mí me parece que hay aquí un vacío en el discurso pro liturgia tradicional. Tengo la impresión de que, aunque hay puntos legítimos en lo que se refiere al deterioro de la reverencia, la asistencia, la comprensión, etcétera, después de la promulgación del Misal 1969/1970, hay que tomar también en cuenta los frutos positivos de la era posconciliar.

En Cristo Jesús,

NN.

***

Procesión en China en la década de 1950

Querido NN.:

Las misiones en África experimentaron una considerable expansión durante todo el siglo XX, incluyendo (como seguramente usted sabe) las misiones de los Padres Espiritanos, guiados por el Arzobispo Lefebvre. Todo indica que se puede conjeturar que esta trayectoria en alza habría continuado, posiblemente con más fuerza, si no se hubiera hecho descarrilar la Tradición. No existen pruebas de que el tradicional rito romano haya sido incapaz de introducirse y ser cultivado por los nativos de muchas regiones, junto con un enfoque, restringido y sensato, de inculturación y algún uso del vernáculo, especialmente en las lecturas y los cantos.

El punto negro lo pone el relajamiento de la doctrina y el culto después de que el Concilio permitió que florecieran abusos en tierras de misión, puesto que ya no operó una voluntad, paciente y persistente, de ponerles coto y corregirlos: y así tuvieron lugar la mezcla de ritos y creencias paganos y cristianos, la poligamia, el concubinato del clero, etcétera.  

Monseñor Lefebvre en el Congo

El crecimiento visto en las últimas décadas puede ser explicado demográficamente, sin necesidad de invocar al Concilio Vaticano II o a la liturgia reformada como causas. Hacerlo parecería un típico ejemplo de la falacia post hoc ergo propter hoc, falacia que a menudo se echa en cara a los tradicionalistas cuando éstos alegan que el Concilio Vaticano II o la liturgia reformada causaron, o fomentaron, una masiva disminución en la práctica religiosa, al menos en las naciones occidentales. Este último hecho, sin embargo, es indiscutible a estas alturas, en tanto que la alegación de que el Concilio Vaticano II y sus reformas facilitaron el crecimiento de las iglesias en otras partes del mundo no es en absoluto fácil de defender (el hecho de que se pueda atribuir bondades de cualquier tipo a este Concilio ha sido tema de intensa conversación últimamente, hecha posible por los escritos del Arzobispo Viganò y del obispo Schneider; los vínculos y la discusión pueden verse aquí [Nota de la Redacción: véase también esta entrada publicada el pasado martes]).

En Asia, el catolicismo experimentó, en general, un seguro crecimiento en el siglo XX, con las formas tradicionales de culto intocadas. Un ejemplo: en China, la perseguida Iglesia subterránea permaneció fuerte con la Misa tradicional hasta fines de la década de 1980, en que se introdujo el Novus Ordo en colusión con el Partido Comunista. La actual situación de China ciertamente no puede decirse superior a la anterior. Los vietnamitas fueron igualmente devotos y unánimes en su catolicismo tradicional y después con las novedades, y hoy hay muchos que han redescubierto la Misa tradicional y la aman. 



Como se dice en el libro The Case for Liturgical Restoration (vése especialmente los capítulos 25, 31 y 32, correspondientes a los Position Paper de FIUV), la mentalidad del Lejano Oriente, en general, calza bien con la ceremoniosidad contemplativa y el simbolismo de la Misa tradicional (basta recordar, al respecto, la ceremonia japonesa del té). Dicho de otro modo, las novedades del Novus Ordo, que algunos modernos encuentran atrayentes, son las mismas cosas -aunque por lo general más exitosas- que hay entre los protestantes evangélicos y los pentecostales. No causa sorpresa, por tanto, que los países del Tercer Mundo hayan experimentado un explosivo aumento de conversiones a esas sectas protestantes (y, trágico es decirlo, un explosivo aumento de defecciones al catolicismo). No hace falta decir que hay muchos otros aspectos que coadyuvan, como el alejamiento de la prédica de la Palabra de Dios y de algunas sanas devociones populares, en favor de un alineamiento con programas políticos socialistas. Para aquéllos que buscan a Dios, que quieren ser salvados por Cristo, esto habrá de ser un grave apagón.

Es cierto que algunos misioneros pidieron concesiones para usar el vernáculo en algunos casos (aunque debemos recordar también que un gran número de obispos en el Concilio Vaticano II habló en contra de la vernacularización), y no hay ningún motivo especial para creer que esa concesión es necesariamente una mala idea. Sin embargo, hay mucho en la liturgia católica que es constante todos los días, y ese contenido debiera ciertamente seguir siendo en latín (para un mayor análisis véase, por ejemplo, aquí, aquí, y aquí).


En mi último libro, Reclaiming Our Catholic Birthright, escribo lo siguiente, que me parece relevante para el presente tema (p. 12, nota 3):

“El que haya habido unos pocos santos después y durante el Novus Ordo no demuestra que, en su poder de santificar, sea igual a la Misa tradicional, tal como el hecho de que algunos demonios pueden ser expulsados por el nuevo rito del exorcismo no contradice el acuerdo general, existente entre los exorcistas, de que el rito latino tradicional del exorcismo es mucho más efectivo. A lo más, cosas como éstas prueban que a Dios no lo limitan los eclesiásticos ni sus reformas. Como enseñan los teólogos, Dios no está ligado por sus propias ordenanzas: Él puede santificar a las almas sin usar los sacramentos, aunque nosotros estamos obligados a usar los que Él nos ha dado. De un modo parecido, Dios puede santificar a un alma amante por medio de una liturgia sin Tradición ni reverencia ni belleza ni otras cualidades que debiera tener por ley divina y humana, aunque en el curso natural de las cosas las almas deben recurrir a estas poderosas ayudas de santidad”

Podría decirse algo similar sobre los “buenos frutos” después de la reforma litúrgica. ¿Existen ellos a causa de esa reforma, o a pesar de ella? Dios quiere la salvación de la humanidad, por lo que usará cualquier medio que ofrezca la Iglesia: un cuchillo afilado o un cuchillo sin filo. El cuchillo afilado cortará mejor, pero el que no tiene filo todavía servirá en muchos casos. Pero sería muchísimo mejor mantener el cuchillo afilado, o volver a tenerlo tan pronto como sea posible.

Cordialmente en Cristo,

Dr. Kwasniewski

Obispo misionero en China: catolicismo tradiconal inculturado

martes, 7 de julio de 2020

Concilio Vaticano II: todo o nada

En las últimas semanas varios obispos se han sumado a las críticas de S.E.R Carlo Maria Viganò respecto de la profunda crisis que vive la Iglesia (véase aquí y aquí las dos cartas que hemos publicado de monseñor Viganò, y aquí la última publicada hoy por Adelante la fe). Así ha ocurrido, por ejemplo, con S.E.R. Athanasius Schneider y el Cardenal Walter Brandmüller. El propio monseñor Viganó ha concedido una larga entrevista donde precisa alguna de sus afirmaciones. Mientras Sandro Magister lo acusaba de promover un cisma, por olvidar la clave de lectura conocida como "hermenéutica de la continuidad" propuesta por Benedicto XVI, Infovaticana señalaba que "la Tradición de la Iglesia es algo más serio que la opinión de uno entre cientos de Papas, y el mensaje eterno es el de Cristo, del que el Papa es representante mejor o peor".  Interpelado, monseñor Viganò respondió a esta acusación, señalando que no creía que hubiese nada censurable en afirmar que había que olvidar el Concilio Vaticano II. 

Algo está ocurriendo, sobre todo en ciertos sectores conservadores que rechazaban el hecho de que algo había cambiado desde 1965. Al parecer, cada vez son más las personas que se dan cuenta que el Concilio Vaticano II, lejos de representar una nueva Pentecostés o la primavera de la Iglesia, como se prometió, ha acabado sumiendo a la Esposa de Cristo en una de las crisis más profundas que ha vivido en su historia. Adelante la fe ha publicado dos traducciones de artículos relacionados con el tema, uno sobre cómo debatir sobre el Concilio y otro (de Peter Kwasniewski) sobre por qué hay que tomarse en serio las críticas de monseñor Viganò (The Wanderer también ofrece una traducción de este interesante artículo).

Convento do Carmo, Lisboa, Portugal, destruido por el terremoto de 1755

Estas declaraciones de distintos prelados reviven la discusión que se dio la década pasada gracias a las obras de Roberto de Mattei (Concilio Vaticano II: una historia nunca escrita, 2010) y Brunero Gherardini (El Concilio Vaticano II: una explicación pendiente, 2011), entre otras. Todavía queda mucho por discutir en torno al Concilio, como lo evidencian las conversaciones entre la Sede Apostólica y la Fraternidad de San Pío X. 

Para contribuir con este debate, les ofrecemos hoy un texto del Prof. Augusto Merino Medina, conocido de nuestros lectores, donde aborda de manera especialmente crítica la situación. De modo similar a esa frase de Cristo cuando reprende las argucias retóricas de los fariseos, explicando que quien no está con Él, está contra Él (Mt. 12, 30), la alternativa que propone el autor es igualmente radical y opuesta: el Concilio Vaticano II se toma con todo lo que trae consigo, o bien se deja de lado para vivir la fe de acuerdo con el Magisterio perenne de la Iglesia. Estas opciones quedan reflejadas en la Misa, puesto que la liturgia reformada es el principal reflejo de la nueva teología conciliar. Esto no supone cuestionar su validez, pues en ella se hace real, verdadera y sustancialmente presente el Cuerpo y la Sangre de Cristo mediante la consagración de las especies. El problema es otro, y mucho más profundo, pues atañe a la forma en que se vive la fe a través de esos ritos, como expresión de la oración pública de la Iglesia. Como señalaba John Senior, la Misa tradicional representa "la obra de arte más refinada y más bella que haya existido en el mundo; el corazón, el alma, la fuerza más determinante de nuestra civilización occidental, y la madre nutricia de tantos santos". A ellas, pues, debemos volver, con un corazón contrito y humillado. 

***

Vaticano II: o todo o nada

Augusto Merino Medina

“El Segundo Concilio Vaticano parece menos una asamblea episcopal que 
un conciliábulo de manufactureros asustados 
porque perdieron la clientela”.
Nicolás Gómez Dávila

Hay quienes parecen valorar la unidad de la Iglesia por sobre todas las cosas. Y, aunque no lo dicen derechamente, están dispuestos a pagar, para  lograrlo, el precio de mirar para el lado, hacer como que no ven lo que hay que ver, esconder la basura debajo de la alfombra, olvidando que la verdadera unidad sólo puede fundarse en la Verdad y cimentarse con la Caridad. Pero, por mucha Caridad que se nos predique y por mucho que se nos enrostre aquello de “no juzguéis si no queréis ser juzgados”, el fundamento no puede ser otro que la Verdad. Lo cual no quiere decir que, en ausencia de ella, y puesto que no hay nada que cimentar, la Caridad no tenga función alguna que cumplir: aunque esa función no se reduzca a ser sólo un anzuelo, debe funcionar como la miel, que atrae más moscas que el vinagre. Por lo demás, el abstenerse de juicio condenatorio se refiere a las personas, no a las ideas ni a los actos. ¡Linda cosa sería que, recurriendo a ese precepto evangélico, se quisiera impedirnos decir “esto está bien, esto está mal”, sacando absolutamente de quicio lo que el Señor ha querido decirnos!

Vivimos en unos tiempos en que el pus eclesiástico ha emergido, finalmente, a la superficie, y gracias al cielo hay obispos que están comenzando a apuntar a él sin tapujos, sin precauciones “carrerísticas”, sin preocuparse de un “cursus honorum” egoísta, tristemente burocrático. Y hete aquí que dos obispos, S.E.R. Carlo Maria Viganò y S.E.R. Athanasius Schneider, han empezado a publicar textos francos y directos, en que se apunta a la raíz, a la causa de los males de la Iglesia en esta época, que no es otro que el Concilio Vaticano II. La denuncia del Vaticano II, aunque iniciada por diversos autores e intelectuales desde hace décadas, viene ahora a recibir el apoyo de dos figuras episcopales de estatura mundial que hablan sin cuidado alguno por su “carrera” eclesiástica ni por eventuales amenazas provenientes del más alto trono. Monseñor Viganò, de hecho, ya ha puesto en riesgo su vida misma al hacer las denuncias de corrupción vaticana que venido realizando desde hace un par de años, y vive escondido en Italia (es la única precaución que ha tomado, y nadie podría reprochársela).

La Basílica de San Pedro durante el Concilio Vaticano II
(Foto: Portaluz)

Con todo, se han formulado dos posiciones en torno a la denuncia del Vaticano II. Algunos piensan, quizá llevados por una forma de entender la prudencia (es decir, por una forma de captar la realidad de lo que está ocurriendo; la prudencia se mide en el contacto con la verdadera realidad, no con casos hipotéticos), que es necesario discernir en ese Concilio lo que hay de positivo y de negativo, separar la paja del trigo, rescatar lo rescatable y condenar el resto o, como dice San Pablo, examinarlo todo y quedarse sólo con lo bueno. Otros agregan que es necesario proceder gradualmente, no precipitar las cosas. Y entre lo rescatable de dicho evento mencionan el llamado a la santidad universal, hecho especialmente a los laicos, cosa que, aunque había caído por mucho tiempo en un cierto olvido, no es novedad alguna ni “aporte” del Concilio: “sed santos como vuestro Padre celestial es santo” es algo que jamás ha dejado de oírse en los veinte siglos de historia de la Iglesia.

Contra la opinión de que se debe hacer una especie de tamizado de los textos conciliares hay que recordar que el error, cuando va agazapado -agazapamiento que fue la gran táctica de los herejes y modernistas que los redactaron a fin de que pasaran desapercibidos por el rebaño episcopal, ignorante, confiado e iluso, que les dio su aprobación- y se mezcla con la Verdad, contamina a toda ésta y se vuelve mucho más peligroso. Una Verdad contaminada de error es peor que un error puro. Y aquí se trata de errores que están diseminados en mil partes, en mil expresiones o giros conceptuales, en mil supresiones de ideas y en mil otras formas: quizá los textos menos peligrosos sean aquellos en que el error es más claro (recuérdese que Pablo VI, en un intervalo lúcido, ordenó, cuando leyó la versión original de Lumen Gentium, que no se publicara sin una “Nota explicativa previa” que aclarara las desviaciones eclesiológicas del texto, y que Gaudium et Spes es un escrito tan ajeno a la realidad social y política de su época, a la que pretende dirigirse, y a lo que entonces ya se veía venir, que su sola lectura deja estupefacto a quien tiene la paciencia de recorrerlo). Pero es fundamental considerar, además de los propios textos, que el hecho mismo del Concilio, su acaecimiento y, sobre todo, la proyección que se quiso darle y que realmente ha venido dándosele hasta hoy, es ya suficiente motivo de escándalo y de rechazo.

Por ello, monseñor Viganò ha propuesto que, en vez de empantanarse en el salvataje de los trozos quebrados de verdad que afloran aquí y allá en el aluvión y que no constituyen novedad alguna ni aclaran la doctrina, es preferible abstenerse de mencionar este Concilio y dejar que vaya cayendo en el olvido. Su posición es clarividente: la mención del Concilio, repetida constante y machaconamente en el Magisterio posterior, en que se lo pone como punto de partida de una Iglesia “renovada” que ha terminado por revelarse como verdaderamente nueva, es quizá lo único que lo mantiene vivo en la memoria católica colectiva, ya que el contenido mismo de sus textos y declaraciones son universalmente desconocidos, incluso por muchos de sus más fervientes partidarios. Dejar de mencionar el “hecho” del Concilio hará, muy probablemente, que en poco tiempo (habida consideración de la magnitud de la temporalidad de la historia eclesiástica) sea olvidado del todo.

San Juan Pablo II  y el arzobispo anglicano Robert Runcie rezan arrodillados ante el altar de la Catedral de Canterbury (1982)
(Foto: Pray Tell

Y, mientras eso sucede, es urgente dedicarse a traer nuevamente a la superficie el verdadero rostro de la Iglesia, la Esposa de Cristo, sumergida por el maremoto conciliar. Todos los grandes momentos de la historia humana han tenido su eje dinámico en algún acontecimiento simbólico: basta pensar en que la toma de la Bastilla fue suficiente para desencadenar la Revolución Francesa, o que el asesinato de César dio paso al término de la República romana. Aquí el hecho simbólico que puso en movimiento la destrucción de la Iglesia y su reemplazo por otra, nueva y diferente, fue el arrasamiento de la liturgia de la Santa Misa. La “nueva Misa” es la bandera del Concilio, en torno a la cual se han agrupado sus partidarios, quienes la defienden ciegamente, furiosamente, con un ímpetu verdaderamente fanático. Ella es el termómetro de la adhesión a la nueva religión, y permite limpia y rápidamente identificar al enemigo, es decir, a quien se aferra todavía a la “vieja religión”. Es un signo visible; no hace falta someter a escrutinio teológico a los católicos antiguos, ya sea en el clero o en los seminarios o en el laicado; basta, para identificarlos, observar cuál es el rito con el que dan culto a Dios ofreciéndole el sacrificio de Cristo.

Por eso es que, entre otras cosas con las que hay que romper drásticamente, está el Novus Ordo, incluso el que se celebra decorosamente: existe el peligro de que, si se conserva parte de las externalidades de la verdadera Misa, como los paramentos sacerdotales, el canto gregoriano, o el uso de incienso o de procesiones o del latín, se escamotee el fondo verdaderamente heterodoxo del Novus Ordo, que incluye no sólo la liturgia de la Misa, sino también el leccionario litúrgico, la liturgia de los demás sacramentos, el calendario litúrgico anual, etcétera. Hay cosas, como las externalidades recién mencionadas, que ayudan a ocultar el fondo de la profunda transformación teológica que ha tenido lugar. Muchos católicos creen, ingenuamente, seguir conectados con la Sagrada Tradición por el hecho de usarse el latín o las campanillas en la Misa dominical, olvidando que Lutero prescribió que similares formas externas (incluso el latín) se mantuvieran al tiempo que se transformaba el fondo, para que la transición entre lo antiguo y lo nuevo (entre lo ortodoxo y lo heterodoxo) no desconcertara al pueblo católico alemán y lo hiciera entrar en dudas sobre la nueva religión. Un Novus Ordo celebrado con la reverencia y aparato con que se celebraba la verdadera Misa es una Verdad contaminada de error y, por tanto, peor que un simple error.

Hay quienes no aceptarán una posición como ésta y la tildarán de radical e inconsulta, trayendo a colación el hecho de que, en el Novus Ordo, y suponiendo (es una mera suposición) que la intención con que se lo celebra es la misma de la Iglesia (la antigua, por cierto; no la nueva, que es una religión diferente), tiene válidamente lugar en él la transubstanciación del pan y del vino y se tiene sobre el altar, finalmente, al propio Señor con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Muchos habrá que retrocedan ante este hecho esencial y, llenos de temor reverencial, se arredren ante lo que hay que hacer. En verdad, lo que en el Novus Ordo en que hay consagración válida de las especies hace estremecerse es, más bien, el sacrilegio material que ello implica: se hace presentarse al Señor en medio de un rito impíamente fabricado, en ruptura con la Sagrada Tradición. El solo hecho de creer que, por ser válida la consagración, queda validado el rito de la Misa, equivale a creer que ésta es un simple mecanismo para consagrar las especies (una especie de magia cristiana en que lo único importante es pronunciar bien el abracadabra), y que todo lo demás es prescindible. Se trata, por cierto, de un craso error que revela un total desconocimiento de la naturaleza de la liturgia: la importancia de las formas rituales que la Iglesia, a lo largo de veinte siglos ha mantenido, con graduales y orgánicos perfeccionamientos, son parte fundamental del sacrificio que se ofrece al Padre. Dejarlos de lado, como hicieron los modernistas que fabricaron el Novus Ordo, es transformar la Misa en una especie de “consagración in vitro”, como con vigorosa expresión lo ha dicho Peter Kwasniewski.  

"Guardad los misales y los ornamentos, porque volverá la Misa de toda la vida, la de San Pío V!" 
(San Josemaría Escrivá de Balaguer)

Finalmente, digamos un par de palabras en torno a otro tema que da por sí mismo para otro texto: el que el Novus Ordo haya sido aprobado por el papa Pablo VI no le concede legitimidad alguna, porque al hacerlo, ese Papa se excedió de la órbita de su suprema potestad. La papolatría que, desgraciadamente, ha contaminado la mente católica en los últimos 150 años, no permite comprender que el Papa no puede hacer cualquier cosa, ni abrir y cerrar con las llaves, ni ligar ni desligar con absoluta discreción: el Papa no está por sobre la Sagrada Tradición, fuente de la Revelación, como tampoco lo está (¡que hayamos llegado a tener que decirlo!) por sobre la Sagrada Escritura. Nunca un Papa en la historia de la Iglesia se atrevió a meter mano tan descaradamente en la sagrada liturgia y sólo el exceso de la “hybris” posconciliar permitió a ese Papa pensar que podía hacer lo que hizo. Pero su error que, quizá desde un punto de vista subjetivo pueda serle condonado, no cambia el estatus ilegítimo del nuevo rito que aprobó. Si hay que dejar caer en el olvido el Concilio, habrá que comenzar por echar abajo su bandera, el Novus Ordo. Ello habrá de ser la “toma de la Bastilla” si es que queremos, verdaderamente, recuperar la auténtica Iglesia católica y la auténtica fe.  

sábado, 4 de julio de 2020

El descarte del Mysterium Fidei y la fabricación de un memorial

Les ofrecemos una nueva traducción del Dr. Peter Kwasniewski. El artículo versa sobre la intervención que sufrió la fórmula de consagración del vino en el Misal reformado, desplazando la expresión "Mysterium Fidei" al final y como parte de una invitación que el sacerdote hace a los fieles para unirse a su oración.  El autor explica cómo ese cambio significó un desprecio a una Tradción milenaria, cuyo fundamento fue la opinión de algunos expertos. 

El artículo fue publicado en The RemnantNew Liturgical Movement, y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan la publicación en New Liturgical Movement

***

El descarte del Mysterium Fidei y la fabricación de un memorial

Peter Kwasniewski

El 1° de julio es la fiesta de la Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo en el calendario romano tradicional, al que fue introducida por Pío IX en 1849. Fue suprimida por Pablo VI en el nuevo calendario general de 1969 o, más bien, fue refundida, con típico racionalismo, con la fiesta de Corpus Christi (llamada así desde el siglo XIII), denominándosela fiesta de Corpus et Sanguis Christi. El siguiente artículo, sobre la burda metamorfosis posconciliar de la fórmula que se pronunciaba sobre el cáliz, viene muy bien en esta fiesta. 



La historia de cómo se cambió las palabras de consagración pronunciadas sobre el cáliz en el Novus Ordo Missae es una impactante exhibición de muchos problemas interrelacionados, característicos de la reforma litúrgica en general: falso anticuarianismo, comprensión defectuosa de la participatio actuosa, encaprichamiento con la práctica oriental y simultáneo desprecio por lo exclusivamente occidental, desdén por la piedad y la doctrina medievales, falta de humildad ante lo que no se puede comprender enteramente y falta de respeto por lo misterioso, mecánica reducción de la liturgia a una especie de material que podemos manipular a placer (tal como podemos hacer con el mundo natural mediante nuestra tecnología), y prurito por inventar nuevas formas, por aburrimiento o incomodidad con las antiguas. Este ejemplo sirve, pues, como una ilustración clarísima de los errores y vicios que permean la reforma en su totalidad.


El papa Inocencio III y Santo Tomás de Aquino

1. La idea tradicional.

Desde la oscuridad del pasado y durante siglos, el sacerdote ha pronunciado las palabras “Mysterium Fidei” en medio de las palabras de consagración susurradas sobre el cáliz. Estas palabras evocan poderosamente la irrupción o aparición de Dios, por este insondable sacramento, en medio de nosotros. La consagración del vino completa la significación del sacrificio de la Cruz, el momento en que nuestro Supremo Sacerdote obtuvo para nosotros la redención eterna (cfr. Heb 9, 12), cuya re-presentación, junto con la aplicación de sus frutos, es precisamente el propósito de la Misa.

El 29 de noviembre de 1202, el papa Inocencio III envió la carta Cum Marthae circa al arzobispo Juan de Lyon -carta incluida en Denzinger[1]-, en la que escribe:

“Vos habéis preguntado quién añadió, a las palabras de la fórmula usada por Cristo mismo cuando transubstanció el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre, las palabras que se encuentran en el Canon de la Misa generalmente usado por la Iglesia, pero que no están registradas por ninguno de los evangelistas […] [a saber] las palabras “Misterio de la fe” insertadas entre las palabras de Cristo […] Seguramente hay muchas palabras y hechos del Señor que han sido omitidos en los Evangelios: en éstos leemos que los apóstoles las han suplementado con sus palabras y expresado con sus acciones […] Con todo, se usa la expresión “Misterio de la fe” debido a que aquí lo que se cree difiere de lo que se ve, y lo que se ve difiere de lo que se cree. Porque lo que se ve es la apariencia del pan y del vino, y lo que se cree es la realidad de la carne y la sangre de Cristo y el poder de la unidad y del amor”.

La respuesta del Papa equivale a esto: hay muchas cosas que Cristo entregó a los Apóstoles, para que éstos las transmitieran, que no están registradas en la Escritura, y ésta bien podría ser una de ellas. Escribiendo sólo setenta años después, Santo Tomás de Aquino convierte la pregunta del arzobispo en la novena objeción a la adecuación de las palabras de la consagración del vino:

“Además, las palabras con las que este sacramento es consagrado derivan su eficacia de la institución por Cristo. Pero ningún evangelista cuenta que Cristo haya pronunciado estas palabras. Por tanto, ésta no es una forma apropiada para la consagración del vino”[2].

Responde Santo Tomás a esta objeción:

“Los evangelistas no pretendieron transmitirnos las fórmulas de los sacramentos, que la Iglesia primitiva tenía que mantener secretas, como observa Dionisio al final de su libro Sobre la jerarquía eclesiástica; su propósito fue escribir la historia de Cristo. Sin embargo, casi todas estas palabras pueden ser entresacadas de varios pasajes de las Escrituras. Así, las palabras 'este es el cáliz' se encuentran en Lc 22, 20, y en 1 Cor 11, 25, en tanto que Mateo dice en 26, 28: 'Esta es mi sangre del nuevo testamento, que será derramada por muchos en remisión de los pecados'. Las palabras añadidas, o sea, 'eterno' y 'misterio de la fe', fueron transmitidas a la Iglesia por los apóstoles, que las recibieron del Señor, según 1 Cor 11, 23: 'Yo he recibido del Señor lo que a mi vez os he transmitido'”.

Santo Tomás podría haber hecho presente que la primera Epístola a Timoteo incluye la expresión “mantener el misterio de la fe con una conciencia pura” (1 Tm 3, 9). Posteriormente, en su tratamiento de las palabras exactas de las fórmulas de consagración, Santo Tomás reitera que esos detalles litúrgicos fueron deliberadamente escondidos en la Iglesia primitiva; la Escritura no tiene el propósito de revelar el modo preciso en que debe celebrarse los misterios sacramentales[3].



2. La antigüedad y oscuridad de la frase.

Ni siquiera el gran desmitologizador de la ciencia litúrgica del siglo XX, el P. Josef Jungmann, pretende dejar de lado o deconstruir lo que él denomina “las palabras enigmáticas”:

“La frase se encuentra inserta en los textos más antiguos de los sacramentarios, y se la menciona incluso en el siglo VII. Sólo falta en algunas fuentes posteriores. Acerca del significado de las palabras mysterium fidei, no existe un total acuerdo. Se puede encontrar un lejano paralelo en las Constituciones Apostólicas, donde se hace decir a Nuestro Señor en la consagración del pan: “Este es el misterio del Nuevo Testamento, tomad, comed, esto es mi Cuerpo”. Tal como aquí el mysterium se refiere al pan en la forma de predicado, así también en el canon de nuestra Misa se lo refiere al cáliz en forma de una aposición […] Mysterium fidei es una expansión independiente, sobreañadida al complejo autosuficiente que la precede. ¿Qué se quiere decir con las palabras mysterium fidei? La antigüedad cristiana no las habría referido a la oscuridad de lo que aquí se oculta a los sentidos, y que es accesible (en parte) sólo a la fe (subjetiva). Las hubiera tomado, más bien, como una referencia al sacramentum, cargado de gracia, en que se comprende la totalidad de la fe (objetiva), la totalidad del orden de la salvación. El cáliz del Nuevo Testamento es signo vivificante de la verdad, el santuario de nuestra fe. Cómo o cuándo se hizo esta inserción, o qué acontecimiento externo fue su causa, es algo que no se puede conocer fácilmente”[4].

Hay aquí varios puntos que vale la pena retener. Esta frase aparece en todas las fuentes más antiguas que tenemos de la Misa, lo que sugiere un origen de gran antigüedad. La edición crítica del Canon de la Misa, publicado por Brespols en la serie Corpus Orationum, no muestra variación alguna en la posición del mysterium fidei[5]. Se cita el texto romano en más de cincuenta manuscritos de diversas épocas y orígenes, sin variaciones significativas. Del texto ambrosiano, que es resultado de la romanización del rito ambrosiano llevada a cabo en la época carolingia, se tiene sólo cinco manuscritos, pero todos la ponen también en el mismo lugar.

Lo raro de esta inserción, y el hecho de que haya sido tan celosamente conservada y transmitida, implica que se la consideró no un rasgo secundario del rito, sino algo que pertenecía a la esencia misma del rito de Roma. Aunque podemos estar en desacuerdo con la sutil crítica de Jungmann a la interpretación hecha por Inocencio III, la noción de que el “myterium fidei” apunta nada menos que a “toda la fe de la Iglesia”, a “todo el orden divino de la salvación”, localizado (por decirlo así) en el símbolo del cáliz y de su precioso contenido, es verdaderamente impresionante. El eje de la realidad atraviesa por ese vaso que se inclina sobre el altar.

La interpretación de Jungmann, junto con los registros paleográficos, pone drásticamente en primer plano el problema que enfrentan los historiadores de la liturgia cuando no pueden conocer a ciencia cierta el origen de determinada costumbre. En tales casos, es imposible excluir la hipótesis de que su origen es una institución apostólica o subapostólica en Roma. Si ni siquiera la más rigurosa investigación puede detectar el momento preciso de la historia en que las palabras mysterium fidei fueron inicialmente añadidas, y si tenemos el testimonio monolítico de los manuscritos que sobreviven, ¿no es preferible -en realidad, no es acaso una grave obligación de respeto por las cosas más sagradas que poseemos- preservar la fórmula exactamente como se nos la ha transmitido? Proceder de otro modo sería correr el riesgo de una profanación. Esta hubiera sido, en realidad, tanto la hipótesis como la actitud de todos los católicos hasta el siglo XX. 



3. La campaña para suprimir del Oficio la frase.

En un acto de asombrosa hybris, esta frase fue desalojada de su inmemorial ubicación y se la transformó en la base de una “aclamación memorial” que no había existido jamás en el rito romano anteriormente. Lo que había sido un secreto y sublime reconocimiento de salvación -escondido, como el cristiano, con Cristo en Dios- se convirtió en un extrovertido anuncio al público, en pro de la “participación”, entendida, reduccionistamente, como un decir y hacer cosas. ¿Cómo, exactamente, tuvo esto lugar y por qué?

Hacia la época del Concilio Vaticano II, los cirujanos litúrgicos experimentaban la comezón de introducir sus escalpelos en el Canon romano tan pronto como la autoridad les permitiera remediar sus “defectos”. En un capítulo de libro pomposamente intitulado “Los principales méritos y defectos del actual Canon romano”, Cipriano Vaggagini OSB, sostuvo en 1966:

“El tercer defecto importante en el modo como [el Canon] relata la institución de la Eucaristía es la inserción de la frase mysterium fidei en medio de las palabras que se dice sobre el cáliz. Esto no tiene paralelo en ninguna otra liturgia y, dentro del mismo rito romano, su origen es incierto y su significado, discutible. Sin embargo, es obvio que, en su forma actual, la inserción mysterium fidei sirve para separar e interrumpir las palabras de la institución”[6].

Bugnini nos dice en su enorme tomo La reforma de la liturgia que Vaggagini, “en tres meses de intenso trabajo en la biblioteca de la Abadía Mont-César (Lovaina) durante el verano de 1966 […] compuso dos modelos de nuevas Plegarias Eucarísticas, que presentó al grupo de discusión”[7]. El análisis posterior coincidió en que algo había que hacer con ese malhadado mysterium fidei:

“La adición de 'el misterio de la fe' en la fórmula de consagración del vino en el Canon romano, no es bíblica; tiene lugar sólo en el Canon romano; es de origen y significado inciertos. Los expertos mismos no están de acuerdo acerca del significado preciso de esas palabras. De hecho, algunos de ellos le asignan a la frase un significado harto peligroso, ya que lo traducen como 'un signo de nuestra fe'; interrumpe la sentencia y dificulta tanto su comprensión como su traducción. Los franceses, por ejemplo, se han visto forzados a repetir la palabra 'sangre' tres veces: 'este es el cáliz de mi sangre, sangre de la nueva alianza, misterio de la fe, sangre derramada…'. Lo mismo ocurre en mayor o menor medida en otras lenguas. De nuevo hay muchos obispos y pastores que han pedido que en las nuevas anáforas la adición 'misterio de la fe' sea omitida. Todo esto explica el curso seguido en las nuevas anáforas en relación con las palabras de la consagración”[8].

Además, se creyó conveniente que hubiera alguna “aclamación de los fieles después de la consagración y elevación del cáliz”. ¿Por qué? “Semejante práctica es propia de las Iglesias orientales, y parece apropiado aceptarla en la tradición romana como una forma de aumentar la activa participación de los fieles. Respecto de la forma exacta de la aclamación, la rúbrica dice que se puede usar “éstas o similares palabras aprobadas por las autoridades territoriales”. Puesto que las aclamaciones han de ser dichas, o incluso cantadas, por los fieles, es necesario dejarles suficiente libertad para que se las adapte según los requisitos de las diversas lenguas y géneros musicales”[9].

En esta etapa del proceso, pues, la idea era suprimir las palabras “mysterium fidei” totalmente y poner en su lugar sencillamente una aclamación como secuela de la elevación del cáliz.

El 26 de junio de 1977, el cardenal Ottaviani, en su calidad de cabeza de la Congregación para la Doctrina de la Fe envió una carta a Annibale Bugnini[10] en que expresaba qué cambios la Congregación preferiría que se hiciera a las cuatro Plegarias Eucarísticas que habían sido enviadas para revisión docrinal. Quienes ven a Ottaviani como un héroe por haber puesto su nombre al Breve Estudio Crítico, dos años después, puede que se sorprendan y desilusionen al ver cuán fácilmente aceptaba los planes de Consilium:

“Sobre la omisión del paréntesis (inciso) 'mysterium fidei': afirmativo. Sobre la 'aclamación' inmediatamente después de la elevación, 'Mortem tuam…', preferiríamos un texto que expresara más claramente un acto de fe y reemplace así al desaparecido 'mysterium fidei' –[frase] ciertamente inoportuna por la posición en que se encuentra, pero obviamente indicada como un llamado a avivar la fe en ese solemne momento-. Se ha sugerido la frase evangélica 'Señor mío, y Dios mío'”.

Aunque Ottaviani consintió la supresión de la fórmula, su sugerencia de que se usara un texto diferente de 'Mortem tuam' como aclamación fue evidentemente descartada.

En el famoso Sínodo de Obispos de octubre de 1967, cuyos participantes fueron constituyeron el primer cuerpo importante de “afuerinos” a quien se mostró la Missa normativa o borrador general de lo que Pablo VI llamaría después Novus Ordo Missae[11], y a quien se pidió a continuación que votara sobre ella e hiciera comentarios, se formuló a los Padres sinodales, entre otras, la siguiente pregunta, según cuenta Bugnini: 

¿Debiera suprimirse las palabras 'mysterium fidei' de la fórmula de la consagración del vino? De 183 votos, 93 dijeron que sí, 48 que no, y 42 que sí con cualificaciones. En esencia, las cualificaciones fueron las siguientes: (1) las palabras debieran desaparecer también del Canon romano; (2) estas palabras no debieran desaparecer completamente de la liturgia sino que debieran ser usadas como una aclamación después de la consagración o en alguna otra fórmula”[12].

Si sumamos los votos negativos y los cualificados (placet iuxta modum), vemos que la mayoría a favor de la supresión sin cualificaciones fue estrecha: 93 contra 90. Sin embargo, parece que la actitud de la mayor parte fue la misma de Ottaviani: ¿por qué no aprovechar esta conmoción general para transformar esta frase en un vehículo de participación?

No se puede evitar la impresión de gente que “va improvisando cosas a medida que se avanza”, sin ninguna auténtica reverencia por la tradición ni temor de Dios.



4. Pablo VI insiste en que se reutilice la frase.

El tema siguió siendo motivo de controversia al interior de Consilium. Como cuenta Bugnini, la cuestión se planteó de nuevo en la décima sesión general (23-30 de abril de 1968), reunida para analizar los seis cambios que Pablo VI había tenido la temeridad (a juicio de los expertos) de insistir respecto de la Missa normativa. “La situación causó algún desaliento, ya que el Papa parecía estar limitando la libertad de investigación de Consilium al usar su autoridad para imponer soluciones”[13]. Se creó un subcomité especial para estudiar el problema, en el que estaban incluidos, entre otros, Rembert Weakland, Joseph Gélineau y Cipriano Vaggagini.

En relación con este tópico, Pablo VI -cosa no sorprendente en un Papa que había escogido el título Mysterium Fidei para su gran encíclica de 1965, en que defendía la transubstanciación y condenaba ciertas tendencias heréticas de la teología eucarística- expresó que no le gustaba la idea de pasar directamente de la elevación a la aclamación, y pidió específicamente que “las palabras mysterium fidei fueran dichas todavía por el sacerdote antes de la aclamación de los fieles”. Bugnini escribe: 

“¿Cuáles fueron las objeciones puestas por el grupo de estudio a la adopción de lo que el Papa quería?... Misterio de fe. Si el celebrante hubiera de decir estas palabras antes de la aclamación de los fieles, (a) esto constituiría una innovación sin base en la tradición litúrgica; (b) alteraría la estructura del Canon en un momento importante; (c) cambiaría el significado de las palabras en cuestión, ya que no estarían ya conectadas con la consagración del cáliz. Si las palabras tuvieran que conservarse, decía el informe, debieran conectarse con la fórmula de la consagración del vino o con la aclamación”[14].

Pablo VI triunfó, finalmente. Por tanto, no debiera sorprendernos encontrar este cambio y sus “beneficios” pastorales anunciado en la Constitución Apostólica Missale Romanum de 3 de abril de 1969. La ironía de su contexto inmediato, sin embargo, merece un examen detallado:

“Por lo que toca a las palabras Mysterium fidei, suprimidas del contexto de las palabras de Cristo, nuestro Señor, y pronunciadas por el sacerdote, ello abre el camino, por decirlo así, a la aclamación de los fieles. En cuanto al Orden de la Misa, 'los ritos han sido simplificados, habiéndose tomado cuidado de preservar su substancia'… Además, 'se ha restaurado… de acuerdo con la norma de los Santos Padres, varios elementos que habían sido dañados con el paso del tiempo'”.

A diferencia de la justificación para “restaurar” el “salmo responsorial”, que se fundamenta en un falso anticuarianismo y en una teoría reduccionista de la participación, aquí el Papa no da explicación alguna, excepto el que “abre el camino, por decirlo así, a la aclamación de los fieles”. Con todo, este cambio al venerable Canon romano (luego replicado en todas las neo-anáforas) no puede haber sido hecho con “cuidado” para “preservar la substancia” de los ritos, como indica la irónica referencia a la restauración de “varios elementos que habían sido dañados con el paso del tiempo, de acuerdo con la norma de los Santos Padres”[15].

Por lo que toca a mysterium fidei, la antigua norma fue expresamente violada: el único daño infligido fue causado por el designio de Consilium. En realidad, fue debido a los accidentes de la reforma litúrgica posconciliar que el rito romano sufrió daños.



5. Protestan los Cardenales y teólogos.

Una vez que el texto del Novus Ordo aprobado estuvo disponible en 1969, el Cardenal Ottaviani parece haber cambiado suficientemente de opinión como para haberse manifestado dispuesto a firmar, junto con el Cardenal Bacci, el Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae, en que encontramos la siguiente crítica hecha por “un grupo de teólogos romanos”: 

“La antigua fórmula de la consagración era una fórmula propiamente sacramental, y no meramente narrativa… El texto de la Escritura no se usó palabra por palabra como fórmula de la consagración. La expresión 'misterio de fe' de San Pablo fue insertada en el texto como expresión inmediata de la fe del sacerdote en el misterio que la Iglesia hace real mediante el sacerdocio jerárquico”[16].

Esto me parece una excelente intuición del beneficio ascético del sacerdote: el mysterium fidei, en medio de la consagración de la Preciosa Sangre es un “resalto en el camino” que le recuerda estar cada vez más consciente de la terrible realidad de lo que realiza ante Dios y por el pueblo: no se trata de una conmemoración vacía, sino de hacer presente el objetivo Misterio “que ha estado escondido durante siglos y generaciones, y que ahora se ha manifestado a sus santos” (Col 1, 26). El Breve Examen crítico prosigue:

“Además, la aclamación memorial del pueblo que sigue inmediatamente a la consagración –'anunciamos tu muerte Señor… hasta que vengas'- introduce una igual ambigüedad acerca de la Presencia Real, disimulada como una alusión al Juicio Final. Sin una mínima pausa, el pueblo proclama su espera de Cristo al final de los tiempos justo en el momento en que Él se hace sustancialmente presente sobre el altar -como si la verdadera venida de Cristo fuera a ocurrir sólo al final de los tiempos en lugar de aquí, sobre el altar mismo-.  La segunda opción de aclamación memorial manifiesta esto todavía más claramente: 'Cuando comemos este pan y bebemos este vino, proclamamos tu muerte, Jesús, hasta que vengas en gloria'. La yuxtaposición de realidades enteramente diferentes -inmolar y comer, Presencia Real y Segunda Venida de Cristo- realza aun más la ambigüedad”[17].

Aun cuando el Breve Examen crítico podría haber formulado esta crítica con todavía mayor precisión (el lenguaje es un poco laxo), es indudablemente verdadero decir que el mover una frase de tal antigüedad, de tal densidad teológica y significación litúrgica, y la introducción de aclamaciones que inmediatamente distraen la atención hacia el banquete escatológico, no puede sino modificar la comprensión de la acción que se realiza.  

Una respuesta publicada en 1969 en Notitiae, el periódico oficial de Consilium (y posteriormente de la Congregación para el Culto Divino que tomó su lugar), dejó en claro que el trasplante de mysterium fidei alteró fundamentalmente su carácter. 

Pregunta: cuando no hay presente ningún miembro del pueblo que pueda hacer la aclamación después de la consagración, ¿debiera el sacerdote decir 'el misterio de la fe'? Respuesta: no. Las palabras 'misterio de la fe', que han sido sacadas del contexto de las palabras del Señor y ubicadas después de la consagración, 'sirven como introducción a la aclamación de los fieles' (cfr. Const. Missale Romanum). Sin embargo, cuando en ciertas circunstancias no hay nadie que pueda responder, el sacerdote omite estas palabras, como se hace en una Misa en que, por grave necesidad, se celebra sin ministro, en que se omite los saludos y bendición al final (Inst. gen., núm. 211). Lo mismo se aplica a la concelebración de sacerdotes en que no hay ningún fiel presente”[18].

En otras palabras, la frase se ha transformado, de componente de la fórmula de la consagración, con una densidad polisémica de significados teológicos y de función ascética para el sacerdote mismo, en mensaje orientado a la congregación. Sin ésta, el mysterium fidei, en cierto sentido, deja de existir. Esta respuesta de Notitiae es un testimonio del absoluto corte de la frase con la tradición.



6. Más consecuencias del cambio.

El desplazamiento de mysterium fidei de su venerable lugar a una posición en que tiene una función nueva tuvo, al menos, cuatro efectos.

Primero, ratifica una vez más, y de un modo especialmente dramático, la extendida tendencia de los eruditos litúrgicos modernos -no sólo Jungmann, quien, como hemos visto, no yerra en lo relativo al mysterium fidei, sino incluso figuras tan eminentes como Adrian Fortescue y el Cardenal Schuster- a suponer que algunas antiguas partes del texto del Canon y muchas otras partes de la liturgia son meros accidentes históricos o, más bien, errores introducidos por ignorantes. Dicho desplazamiento dio un espaldarazo a los Vaggaginis del mundo y vino a decirles “¡Bien hecho, vosotros, críticos de los siervos buenos y fieles!”.

Segundo, elimina o, al menos, pone entre paréntesis, la piadosa creencia en que dicha formula deriva de la Tradición Apostólica y en la recepción medieval de dicha Tradición, apoyada, hasta un punto que la pone a salvo de todas las dudas que pueda sugerir cualquier postura erudita, por un testimonio litúrgico sin excepciones. Y de este modo, hace su propia contribución al desmoronamiento general de la piedad hacia las formas litúrgicas heredadas, quizá el más execrable de todos las repercusiones de la reforma.

Tercero, al modificar audazmente la fórmula usada en el momento más solemne del Santo Sacrificio, el cambio emitió un claro mensaje -más claro todavía que la inserción del nombre de San José en el Canon en 1962, su precursor- de que los cambios litúrgicos emprendidos en la década de 1960 constituyen una revolución, no una reforma. Hay algunos cambios que no pueden ser plausiblemente considerados como refinamientos o ajustes que retienen su continuidad con la Tradición; simplemente, son rupturas. Mientras más pronto reconozcamos esto, más rápidamente podremos dejar de lado la ilusión de la ”reforma de la reforma” y recuperar la perdida continuidad en el punto en que se la quebró[19].

Finalmente, a nivel enteramente práctico, se da la inefable banalidad de la “aclamación memorial” que fue montada en su lugar, tal como se la lleva a efecto en la plétora de versiones en vernáculo a que ha quedado reducido el rito romano[20]. Cuando se dice en voz alta y en vernáculo la Plegaria Eucarística, la atmósfera -que un acertado ars celebrandi podría incluso volver piadosa hasta cierto punto- es hecha pedazos en su momento más solemne por el murmullo, nunca totalmente unísono, de una u otra respuesta, conducido por el sacerdote, en su rol secundario de maestro de escuela. Cuando la aclamación se canta, el resultado puede ser peor: los músicos, mal alimentados con una dieta de Haugen-Haas [Nota de la Redacción: el autor juega con la homonía que se produce entre el nombre de la marca de helados Häagen-Dazs, y el nombre de dos autores de música religiosa popular, Marty Haugen y David Haas], descienden aun más abajo que sus peores esfuerzos cuando ponen a la aclamación melodías empalagosas con clichés caricaturescos. La inmolación del Esposo es mentalmente barrida por una barata imitación de Broadway.

Desde un punto de vista ritual y teológico, esta aclamación no es más que una intrusión, una irrupción, una irrelevancia en el flujo de la acción litúrgica que, en ese momento, está preocupada de ofrecer al Padre la sagrada Víctima, la Víctima pura, la Víctima sin mancha, por la salvación de los hombres. Nuestra participación consiste en adorar en silencio, uniéndonos a Su sacrificio en la Cruz, y aguardando su abundante misericordia. No es el mysterium fidei el que merece ser denigrado como “paréntesis”, sino la aclamación memorial, parida por las mentes de Pablo VI y del Consilium.



7. Como siempre, la Tradición es el camino del progreso.

El misterio de nuestra fe está íntima e intrínsecamente ligado al hunc praeclarum calicem, “este precioso cáliz”. Las palabras susurradas, mysterium fidei, están en el corazón de la consagración del cáliz. Su eliminación es emblemática de lo que se ha hecho con la liturgia entera, arrancarle el corazón a tantos ritos. Aunque las palabras mysterium fidei no son necesarias para realizar la transubstanciación (de modo que, sin ellas, la consagración puede ser “efectiva” y la Misa, “válida”), el desalojo de la frase de su ubicación de venerable antigüedad exuda una actitud de “no hay nada sagrado”.

El salmo 15 usa el cáliz como símbolo de la provisión generosa de Dios hacia su pueblo: “El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz: tú eres quien me garantiza mi lote” (Ps 15, 5). Este versículo nos recuerda la naturaleza de nuestra herencia litúrgica, que no es el consecuencia de caprichosas casualidades y de intenciones meramente humanas, sujeta a perpetuas revisiones, sino una tradición viva que comienza en el Logos de Dios y culmina en el Logos hecho carne, nuestro eterno Sumo Sacerdote que guía a su Iglesia por el don de su Espíritu. La actitud que debemos tener ante nuestra herencia -lo que nos corresponde como deber- queda capturada en el siguiente versículo: “cayeron para mí las cuerdas en parajes amenos, y es mi heredad muy agradable para mí” (Ps 15, 6).

Estas dos palabras, mysterium fidei… El que no sepamos de dónde vinieron, ni por qué están donde están, impone una valla insuperable de humildad a nuestro orgullo erudito: el que no podamos comprender todo el alcance de su significado o exponerlas “clara y distintamente” al modo cartesiano, doblega la incesante vanidad de nuestras ambiciones, poniéndonos en el lugar de los mendigos que buscan cualquier migaja de intuición que pueda caer de la mesa celestial de nuestro amo. Eso es lo que somos en verdad: ahí es donde, en verdad, pertenecemos. “He aquí la paciencia y la fe de los santos […] He aquí su sabiduría” (Ap 13, 10, 18).




[1] Está todavía en la edición 43a de Denzinger (San Francisco, Ignatius Press, 2012), en el núm. 782

[2] Thom. Aquin., Summa Theologiae, III, q. 78, a. 3.

[3] Cfr. Thom. Aquin., Summa Theologiae, III, q. 83, a. 4, ad 2.

[4] Jungmann, J., The Mass of the Roman Rite: Its Origins and Development (Missarum Sollemnia) (trad. de Francis A. Brunner, Notre Dame, IN, Christian Classics, 2012), II, pp. 199-201.

[5]  Tomo X (1997), comenzado por Edmod Eugene Möller y continuado por Jean-Marie Clément, OSB, y Bertrandus Coppetiers’t Wallant. En el cuerpo de este trabajo, aquella parte del Canon es Oratio 6265, con tres variantes mayores registradas: 6265a es el texto romano, 6265b el ambrosiano, y 6265c un texto ambrosiano anómalo registrado en un solo manuscrito.

[6] Vaggagini, C., The Canon of the Mass and Liturgical Reform (trad. de Peter Coughlin, Staten Island, NY, Alba House, 1967), p. 104 [puede ser descargado aquí]. El aserto de Vaggagini de que “no tiene paralelo en ninguna otra liturgia”, aunque verdadero, es típicamente equívoco: ningún rito cristiano histórico ha usado jamás el texto bíblico estricta y únicamente como palabras de la consagración. En otras palabras, las fórmulas de consagración registradas en el Nuevo Testamento no son las exactas fórmulas usadas en las liturgias cristianas históricas. Estos ritos litúrgicos son anteriores a los textos bíblicos y reflejan determinadas costumbres que tienen su propia racionalidad.

[7] Bugnini, A., The Reform of the Liturgy. 1948–1975 (trad. Matthew J. O’Connell, Collegeville, MN, The Liturgical Press, 1990), p. 450. El grupo fue el Coetus X, al que se le encargó el Ordo Missae.

[8] Ibid., p. 454.

[9] Ibid., 455.

[10] Prot. núm. 1028/67, que se encuentra en la p. 14 de este documento.

[11] Consistorio de Cardenales, 24 de mayo de 1967: “usus novi Ordinis Missae” y “Novus Ordo promulgatus est” (“el uso del Nuevo Orden de la Misa”, y “el Nuevo Orden ha sido promulgado”).

[12] Bugnini, The Reform of the Liturgy, cit., p. 352.

[13] Ibid., p. 370.

[14] Ibid., pp. 371-372.

[15] La teoría propuesta por algunos eruditos preconciliares, en el sentido de que el mysterium fidei se originó en algo que el diácono decía al pueblo durante o inmediatamente después de la consagración, fue desechada en 1949 como “poesía, no historia” (Bugnini, The Reform of the Liturgy, p. 352). Este fue un libro que todo el mundo leyó en ese entonces.

[16] Ottaviani, A./Bacci, A., The Ottaviani Intervention: Short Critical Study of the New Order of Mass (trad. de Anthony Cekada, West Chester, OH, Philothea Press, 2010), p. 56. El texto está ligeramente modificado para hacerlo correponder con el texto inglés de la aclamación memorial.

[17] Ibid., p. 58.

[18] Notitiae, núm. 5 (1969), pp. 324–325, núm. 3. Esta traducción del original en latín es de http://notitiae.ipsissima-verba.org/.

[19] Véase mi artículo Why the 'Reform of the Reform' Is Doomed (“Por qué la 'reforma de la reforma' está condenada”), OnePeterFive, 22 de abril de 2020.

[20] En contraste con casi todas las versiones en vernáculo que he oído, la aclamación en latín (Mortem tuam annuntiamus, Domine…) está bellamente vertida a una melodía gregoriana clásica. Sin embargo, la belleza de la melodía no es capaz de superar los problemas más profundos que analizamos en este artículo.