sábado, 15 de junio de 2019

Comunicado de la Federación Internacional Una Voce sobre la prohibición de la Orden de Malta respecto de la Misa tradicional



Comunicado de la Federación Internacional Una Voce sobre la prohibición de la Orden de Malta respecto de la Misa tradicional

Rome, 13 de junio de 2019.

La Federación Internacional Una Voce toma nota con pesar de la carta, fechada el 10 de junio, de Fra Giacomo Dalla Torre, Gran Maestre de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta (la "Orden de Malta"), que prohíbe la celebración de la Misa tradicional (forma extraordinaria del rito romano) en el contexto de la vida litúrgica de la Orden.

Dado que esta carta se ha hecho pública, nos gustaría observar que ella no recoge con precisión las disposiciones de la Carta apostólica bajo forma de motu proprio Summorum Pontificum del papa Benedicto XVI. El artículo 3°, citado en la carta del Gran Maestre, permite explícitamente que las comunidades religiosas tengan celebraciones litúrgicas no sólo privadas sino también de forma conventual, sin contar con la autorización del Superior Mayor (en el caso de la Orden de Malta, el Gran Maestre o el Prelado). Su permiso se requiere solamente en los casos en que la comunidad desee tener "dichas celebraciones a menudo o habitualmente o permanentemente".

La carta del Gran Maestre también desatiende el derecho de los fieles, entre los cuales no están excluidos los religiosos y laicos de la Orden de Malta, de solicitar la celebración de la Santa Misa de acuerdo con la forma extraordinaria del rito romano (artículo 4°). Las celebraciones en el contexto de ocasiones especiales como las peregrinaciones se anticipan explícitamente (artículo 5°, § 3). Los pastores y rectores de iglesias tiene que atender a tales solicitudes (artículo 5°, §§ 1 y 5).

La Federación quisiera poner de relieve que la forma extraordinaria es parte del patrimonio litúrgico de la Iglesia, que representa la "riqueza" de la Iglesia, que no debe ser descuidada ni excluida, y ciertamente no sobre la base de una concepción estrecha de unidad que excluye la variedad de expresiones litúrgicas permitidas en la Iglesia. Como lo expresó el papa Benedicto: "Estas dos expresiones de la «Lex orandi» de la Iglesia en modo alguno inducen a una división de la «Lex credendi» («Ley de la fe») de la Iglesia; en efecto, son dos usos del único rito romano" (Summorum Pontificum, Preámbulo).

Foederatio Internationalis Una Voce

Nota de la Redacción: La traducción ha sido preparada por la Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat, Capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce, a partir del original en inglés publicado en el sitio oficial de la Federación

miércoles, 12 de junio de 2019

"Declaración de verdades" de dos cardenales y tres obispos

Reproducimos a continuación la traducción que el sitio Adelante la Fe ha hecho de la Nota Explicativa a la Declaración de verdades de la Fe para remediar la «confusión y desorientación doctrinales casi universales» que pone en peligro la salud espiritual y la salvación eterna de las almas en la Iglesia de hoy, suscrita por los cardenales Raymond Burke y Janis Pujats, junto con otros tres obispos: Tomash Peta, Arzobispo de la arquidiócesis de María Santísima en Astana; Jan Pawel Lenga, Arzobispo-Obispo emérito de Karaganda; y Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de la arquidiócesis de María Santísima en Astana.

La traducción castellana de la Declaración misma, también realizada por Adelante la Fe y cuya lectura recomendamos encarecidamente a nuestros lectores, puede leerse aquí.

 S.E.R. el Cardenal Burke (izq.) y Mons. Athanasius Schneider
(Fotomontaje: Adelante la Fe)

*

Nota explicatoria a la «Declaración de verdades relativas a algunos de los errores más comunes en la vida de la Iglesia de nuestro tiempo»

La Iglesia actual sufre una de las mayores epidemias espirituales. Es decir, una confusión y desorientación doctrinal de alcance casi universal, que suponen un peligro seriamente contagioso para la salud espiritual y la salvación eterna de numerosas almas. Al mismo tiempo, es preciso reconocer un letargo espiritual generalizado en el ejercicio del Magisterio a diversos niveles de la jerarquía de la Iglesia de hoy. En buena parte, ello obedece a que no se ha observado el deber Apostólico – según lo declarado también por el Concilio Vaticano II – que los obispos deben «con vigilancia, apartar de su grey los errores que la amenazan» (Lumen gentium, 25).

Los tiempos que vivimos se caracterizan por una aguda hambre espiritual de los fieles católicos de todo mundo para que se reafirmen las verdades que han sido oscurecidas, socavadas y negadas por algunos de los más peligrosos errores de nuestra época. Los fieles que padecen esta hambre espiritual se sienten abandonados, y se encuentran por eso en una especie de periferia existencial. Semejante situación requiere con urgencia un remedio concreto. No admite más demora una declaración pública de las verdades que se oponen a dichos errores. Tenemos, por tanto, presentes las siguientes palabras del papa San Gregorio Magno, válidas para todos los tiempos: «No flaquee nuestra lengua para exhortar y, habiendo asumido el cargo de obispo, no nos condene nuestro silencio ante el tribunal del justo Juez (…) La grey que nos ha sido encomendada abandona a Dios, y callamos. Vive en pecado, y no alargamos la mano para corregirla» (Hom. In ev., 17,3.14).

Somos conscientes de la grave responsabilidad que tenemos como obispos católicos conforme a la amonestación de San Pablo, que enseña que Dios dio a su Iglesia «pastores y doctores a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, al estado de varón perfecto, alcanzando la estatura propia del Cristo total, para que ya no seamos niños fluctuantes y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, al antojo de la humana malicia, de la astucia que conduce engañosamente al error. Sino que, andando en la verdad por el amor, en todo crezcamos hacia adentro de Aquel que es la cabeza, Cristo. De Él todo el cuerpo, bien trabado y ligado entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándole en el amor» (Ef 4, 12-16).

Con espíritu de caridad fraterna, publicamos la presente Declaración de verdades a modo de ayuda espiritual concreta para que los obispos, sacerdotes, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones de fieles laicos y particulares tengan oportunidad de confesar en privado o en público las verdades que más se niegan o desfiguran en nuestros tiempos. La siguiente exhortación del apóstol San Pablo debe entenderse como dirigida a cada obispo y fiel laico de hoy: «Lucha la buena lucha de la fe; echa mano de la vida eterna, para la cual fuiste llamado, y de la cual hiciste aquella bella confesión delante de muchos testigos. Te ruego, en presencia de Dios que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús –el cual hizo bajo Poncio Pilato la bella confesión– que guardes tu mandato sin mancha y sin reproche hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo» (1Tim 6,12-14).

Ante la mirada del Divino Juez y en su propia conciencia, todo obispo, sacerdote y fiel laico tiene el deber moral de dar testimonio inequívoco de las verdades que hoy en día se oscurecen, socavan y niegan. Declarando dichas verdades mediante actos públicos y privados se podría iniciar un movimiento de confesión de la Verdad, de defensa y reparación por los pecados generalizados contra la Fe y por los pecados secretos y públicos de apostasía, disimulada o manifiesta, de no pocos clérigos y seglares. Eso sí, hay que tener presente que lo que importa en tal movimiento no es el número de sus miembros, sino la verdad, como afirmó San Gregorio Nacianceno ante la confusión doctrinal generalizada de la crisis arriana, cuando declaró que Dios no se complace en los números (cf. Or. 42,7). 
 
San Gregorio Nacianceno

Al dar testimonio de la perenne fe católica, clero y fieles recordarán la verdad de que «la totalidad de los fieles no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando “desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos” presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 12).

Los santos y los grandes obispos que vivieron en tiempos de crisis doctrinales pueden interceder por nosotros y guiarnos mediante su enseñanza, como lo hacen las siguientes palabras de San Agustín dirigidas al Papa San Bonifacio I: «Dado que todos los que ejercemos el episcopado compartimos una misma atalaya pastoral (si bien tu vigilas desde una altura superior), hago lo que está en mis manos con respecto a mi pequeña porción del rebaño en la medida en que el Señor se digna concederme autoridad mediante la ayuda de tus oraciones » (Contra ep. pel., 1,2).

La voz unánime de los pastores y los fieles en una precisa declaración de verdades será indudablemente un medio eficaz de ayuda fraternal y filial al Sumo Pontífice en la extraordinaria situación actual de confusión doctrinal generalizada y desorientación que reina en la vida de la Iglesia.

Hacemos esta Declaración con espíritu de caridad cristiana, la cual se manifiesta velando por la salud espiritual de los pastores y los fieles; es decir, de todos los miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, teniendo presentes las siguientes palabras de San Pablo en su Primera Epístola a los Corintios: «Que no haya disensión en el cuerpo, sino que los miembros tengan el mismo cuidado los unos por los otros. Por donde si un miembro sufre, sufren con él todos los miembros; y si un miembro es honrado, se regocijan con él todos los miembros» (1Cor 12, 25-27), y en la carta a los Romanos: «Pues así como tenemos muchos miembros en un solo cuerpo, y no todos los miembros tienen la misma función, del mismo modo los que somos muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, pero en cuanto a cada uno somos recíprocamente miembros. Y tenemos dones diferentes conforme a la gracia que nos fue dada, ya de profecía para hablar según la regla de la fe, ya de ministerio, para servir; ya de enseñar, para la enseñanza; ya de exhortar, para la exhortación. (…) Aborreced lo que es malo, apegaos a lo que es bueno. En el amor a los hermanos sed afectuosos unos con otros; en cuanto al honor, daos preferencia mutuamente. En la solicitud, no seáis perezosos; en el espíritu sed fervientes; para el Señor sed servidores» (Rm 12, 4-11).

Los cardenales y obispos que firman esta “Declaración de verdades” la encomiendan al Corazón Inmaculado de la Madre de Dios bajo la advocación “Salus populi romani” (“Salvación del pueblo romano”) considerando el privilegiado significado espiritual que este ícono tiene para la Iglesia Romana. Que toda la Iglesia Católica, bajo la protección de la Virgen Inmaculada y Madre de Dios, “luche intrépidamente la buena batalla de la fe, persevere firmemente en la doctrina de los apóstoles y proceda seguramente entre las tempestades del mundo hasta llegar a la ciudad celestial” (Prefacio de la misa en honor de la Bienaventurada Virgen María “Salvación del pueblo romano”).
31 de mayo de 2019

Cardenal Raymond Leo Burke, Patrono de la Soberana y Militar Orden de Malta

Cardinal Janis Pujats, Arzobispo emérito de Riga

Tomash Peta, Arzobispo de la arquidiócesis de María Santísima in Astana

Jan Pawel Lenga, Arzobispo-Obispo emérito de Karaganda

Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de la arquidiócesis de María Santísima en Astana
 
(Adelante la Fe. Original)

domingo, 9 de junio de 2019

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (Congregatio de Cultu Divino et Disciplina Sacramentorum) es una congregación de la Curia Romana que está encargada de la mayoría de los asuntos relacionados con la liturgia de la Iglesia católica y el ritual de los sacramentos. Surgió de la fusión de la Sagrada Congregación para la Disciplina de los Sacramentos y la Sagrada Congregación para el Culto Divino, y es heredera de la antigua Sagrada Congregación de Ritos, creada fruto del Concilio de Trento y abolida tras el Concilio Vaticano II.


La creación de la Sagrada Congregación de Ritos

Para salvaguardar los efectos benéficos de la reforma litúrgica llevada a cabo por San Pío V en cumplimiento de las directrices del Concilio de Trento, que fijó el rito romano en un solo Misal que debía aplicarse en todo lugar que no tuviera ritos de más de doscientos años de antigüedad probada, y con el propósito de hacer más regular y uniforme el ejercicio del derecho litúrgico pontificio, el papa Sixto V (1585-1590) promulgó la bula Inmensa aeterni Dei, de 22 de enero de 1588, por la cual fue instituida la Sagrada Congregación de Ritos (Congregatio pro Sacri Ritibus et Caeremoniis).

Se trataba de una suerte de consejo o tribunal compuesto inicialmente por 15 y más tarde por 40 cardenales destinada a examinar las dificultades que ofrecían las ceremonias y ritos litúrgicos. A ella correspondía discutir, aprobar o rechazar los cambios que se querían introducir en las oraciones que conforman la liturgia católica, así como las modificaciones relativas a los ornamentos y decoración del culto. Era de su competencia asimismo las cuestiones relacionadas con los procesos de beatificación y canonización. El Secretario de la Congregación, el segundo en importancia después del Prefecto, era el obispo que servía de Sacristán al Santo Padre en las funciones litúrgicas en las que éste participase.

A esta congregación quedaron confiadas, por tanto, dos tareas distintas: una de carácter propiamente litúrgica, relacionada con las cuestiones en torno a los ritos y las ceremonias de la Santa Misa, los sacramentos, el Breviario, etcétera, lo mismo en forma graciosa y pacifica como en el fuero contencioso; la otra, más bien de índole jurídica, se refería a las causas de canonización de los siervos de Dios.

Su primer prefecto fue el Cardenal Alfonso Gesualdo (1540-1603), bajo el cual la congregación se dividió en dos: la Congregación de Ritos (Congregatio Rituum) y la Congregación del Ceremonial (Congregatio Coeremonialus). A esta última se reservó especialmente el ceremonial de la capilla y corte pontificias y de las funciones litúrgicas de los cardenales que celebran fuera de la capilla pontificia, el recibimiento y precedencia de los embajadores y legados de naciones extranjeras y todas las cuestiones de etiqueta.

San Pío X
(Foto: Traditio Invicta)

La reforma de San Pío X

El funcionamiento recién expuesto se mantuvo por varios siglos, pues los cambios sólo comenzaron con el avenimiento del siglo XX. A través de la Constitución Apostólica Sapienti Consilio, de 29 de junio de 1908, San Pío X reestructuró la Congregación de Ritos y modificó algunas de sus atribuciones. Por de pronto, se creó una nueva Congregación para la Disciplina de los Sacramentos, la cual quedó encargada de velar por todos los aspectos relativos a la celebración válida y lícita de aquéllos. Asimismo, todas las cuestiones contenciosas que estaban dentro de la competencia de la Congregación de Ritos debían pasar a la Congregación del Concilio (hoy llamada Congregación para el Clero) o, si se trataba de profesos, a la Congregación de Religiosos, o a la Rota Romana, si se incoaba la vía judicial. La sección de indulgencias, que se había confiado en 1906 a la Congregación de Ritos, pasó igualmente a la Congregación del Concilio. Quedaron como parte sus atribuciones, en cambio, todo lo relativo a las reliquias. En 1914, San Pío X modificó su reglamento interno, reagrupando sus competencias en dos secciones distintas: la primera para las causas de beatificación y canonización y la segunda para las cuestiones pertenecientes a la liturgia y las reliquias. 

Las posteriores reformas durante el siglo XX

En 1930, Pío XI añadió una sección histórica a las dos ya existentes, cuyos miembros consultores debían aportar su contribución histórico-litúrgica a las cuestiones rituales, los relatos de los santos y la edición y corrección de los libros litúrgicos. Finalmente, a través de la Constitución Regimini Ecclesiae universae, de 15 de agosto de 1967, el papa Pablo VI organizó la congregación en dos secciones: una relativa a la causa de los santos y otra a la liturgia. Cumple advertir que tres años antes, merced al  motu proprio Sacram liturgiam,  de 25 de enero de 1964, ese mismo Papa había creado el Consejo para la implementación de la Constitución sobre Sagrada Liturgia (Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia), conocido como Consilium, cuya presidencia quedó confiada al Cardenal Giacomo Lercaro (1891-1976). Sirvió como secretario de ese consejo monseñor Annibale Bugnini (1912-1982).

Así pues, hasta después del Concilio Vaticano II, la Congregación de Ritos comprendía tres competencias distintas: 

(a) Todo lo que se refería a la liturgia de rito latino, pues las liturgias orientales eran competencia primitivamente de la sección Pro negotiis rituum orientalium instituida por Pío IX en 1862 y unida a la Congregación De Propaganda Fide (hoy Congregación para la Evangelización de los Pueblos) en 1917, y más tarde de la Congregación Pro Ecclesia Orientali, que fue reorganizada por Pío XI en 1938 y existe todavía con el nombre de Congregación para las Iglesias Orientales. En esta materia, la Congregación era el supremo tribunal para las cuestiones litúrgicas y gozaba ciertas facultades que podía ejercer directamente y de otras que, por su carácter extraordinario, requería aprobación previa del Santo Padre. 

(b) La canonización de los santos, según las reglas establecidas por Benedicto XIV (1740-1758), autor de la clásica obra De Servorum Dei Beatificatione et Beatorum Canonizatione (1734-1738) donde se sientan los principios canónicos que, con algunas modificaciones, todavía perduran. 

(c) Las reliquias y todas las cuestiones asociadas a ellas, con excepción de aquellas de carácter dogmático que estaban reservadas a la Congregación del Concilio. También permanecía unida a la Congregación de Ritos la Sección histórica-litúrgica instituida por Pío XI, cuya finalidad era tanto estudiar e iluminar el pasado como promover, a la luz y según el espíritu de las de las buenas tradiciones litúrgicas, un sano y provechoso desarrollo e las formas rituales. A ella se deben los trabajos de reforma litúrgica realizados por Pío XII (la nueva ordenación de los ritos de Semana Santa, un nuevo decreto de rúbricas y y la instrucción sobre liturgia y música sagrada dada el 3 de septiembre de 1958) y San Juan XXIII (un nuevo código de rúbricas y una nueva edición del Misal romano).  

Sin cambios quedó, por su parte, la Congregación del Ceremonial, la cual desapareció con la reestructuación de la Corte Pontificia y la Curia Romana llevada a cabo por el papa Pablo VI. 

 Pío XI en su despacho
(Foto: Wikimedia Commons)

El nacimiento de la Congregación para el Culto Divino y sus fusiones y escisiones posteriores

La historia de la Congregación tuvo un importante cambió casi al mismo tiempo que se sustituía el rito romano por uno de nueva creación. Mediante la constitución apostólica Sacra Rituum Congregatio, de 8 de mayo de 1969, el papa Pablo VI reorganizó las competencias de la Sagrada Congregación de Ritos, creando dos dicasterios autónomos: la Congregación para el Culto Divino y la Congregación para las Causas de los Santos. La primera absorbió la competencia de la Congregación para la Disciplina de los Sacramentos, que había sido creada de forma independiente por San Pío X en 1908.

El 11 de julio de 1975, a través de la Constitución apostólica Constans nobis studium, las dos congregaciones fueron fusionadas en una nueva Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino (Sacra Congregatio pro Sacramentis et Cultu Divino). Sin embargo, la unión no duró demasiado. Por un quirógrafo de 5 de abril de 1984, San Juan Pablo II restituyó la autonomía de los dos dicasterios bajo la denominación de "Congregación para el Culto Divino" y "Congregación para los Sacramentos". Fue precisamente la primera de ellas la que dictó la instrucción Quattuor abhinc annos (1984), que reguló de forma general, aunque con condiciones bastante estrictas y limitado alcance, la posibilidad de celebrar la Santa Misa con los libros litúrgicos vigentes antes de la reforma paulina. Con la llamada a hacer un uso más extenso de su indulto contenida en el motu proprio Ecclesia Dei afflicta (1988), ella marcó la disciplina de la Misa de siempre hasta la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum en 2007 que la restableció en sus fueros. 

Con la Constitución Apostólica Pastor Bonus, de 28 de junio de 1988, a través de la cual se reordenó la Curia Romana, Juan Pablo II nuevamente unió en un solo dicasterio todas aquellas materias que corresponden a la Sede Apostólica respecto a la ordenación y promoción de la sagrada liturgia, en primer lugar de los sacramentos, y que no deban ser  revisadas por la Congregación para la Doctrina de la Fe (artículo 62), o que se refieran al fomento y tutela la disciplina de los sacramentos, especialmente en lo referente a su celebración válida y lícita, incluida la concesión de los indultos y dispensas que no entren en las facultades de los obispos diocesanos sobre esta materia (artículo 63). Quedó así configurada la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos tal y como se la conoce hoy en día.

La única modificación posterior se produjo merced al motu proprio Quaerit semper, de 30 de agosto de 2011, por el cual Benedicto XVI modificó la Constitución apostólica Pastor bonus y trasladó al Tribunal de la Rota Romana las competencias de dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada ordenación que estaban radicadas en la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

Las funciones actuales de la Congregación 

De acuerdo a su disciplina actual recogida en la Constitución apostólica Pastor Bonus (artículos 64-70), la competencia de la Congregación parea el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos comprende: 

(a) Promover con medios eficaces y adecuados la acción pastoral litúrgica, de modo especial en lo que se refiere a la celebración de la Eucaristía. 

(b) Asistir a los obispos diocesanos, para que los fieles cristianos participen cada vez más activamente en la sagrada liturgia.

(c) Proveer a la elaboración y corrección de los textos litúrgicos, incluida la revisión y aprobación de los calendarios particulares y los Propios de las Misas y de los oficios de las Iglesias particulares, así como los de los institutos que gozan de ese derecho.

(d) Revisa las traducciones de los libros litúrgicos y sus adaptaciones, preparadas legítimamente por las Conferencias Episcopales. El papa Francisco, a través del motu proprio Magnum Principium, de 9 de septiembre de 2017, confió a estas últimas la responsabilidad de traducir, aprobar y publicar los textos litúrgicos para las regiones de las cuales sean responsables después de la confirmación de la Sede Apostólica (cfr. cánones 838 y 839 CIC).  

(e) Apoyar las comisiones o los institutos creados para promover el apostolado litúrgico, la música o el canto o el arte sagrado, y mantener relaciones con ellos. 

(f) Erigir, a tenor del derecho, las asociaciones de este tipo que tienen carácter internacional, o aprobar y revisar sus estatutos. 

(g) Promover la celebración de congresos interregionales para fomentar la vida litúrgica.

(h) Vigilar atentamente para que se observen con exactitud las disposiciones litúrgicas, se prevengan sus abusos y se erradiquen donde se encuentren.

(i) Examinar el culto de las sagradas reliquias, la confirmación de los patronos celestiales y la concesión del título de basílica menor.

(j) Ayuda a los obispos para que, además del culto litúrgico, se fomenten, y se tengan en consideración, las plegarias y las prácticas de piedad del pueblo cristiano, que respondan plenamente a las normas de la Iglesia.

 S.E.R. el Cardenal Robert Sarah durante la peregrinación anual tradicional a Chartres
(Foto: The Tablet)

La composición y funcionamiento de la Congregación 

El funcionamiento de este dicasterio se rige por su proprio "Reglamento interno",  el cual fue aprobado por la Secretaría de Estado el 24 de marzo de 1994 (Prot. núm. 340944). 

La Congregación está actualmente constituida por 40 miembros (cardenales, arzobispos y obispos) y es presidida desde el 23 de noviembre de 2014 por Su Eminencia el Cardenal Robert Sarah. Ostenta la calidad de prefecto emérito el Cardenal Jorge Medina Estévez. El Secretario es Mons. Arthur Roche, y el Subsecretario el P. Corrado Maggioni, S.M.M. En el dicasterio prestan servicio estable otras 32 personas como oficiales, escribanos y ordenanzas, los cuales están repartidos en dos secciones (una litúrgica y otra disciplinaria). La primera sección se divide en dos oficinas (una para Culto Divino y otra para Sacramentos), mientras que la segunda funciona con una sola oficina dedicada a la disciplina sobre indultos, dispensas y procesos canónicos sobre el orden sagrado. 

La Congregación es asistida además, según sus sectores de competencia, por 21 Consultores para el Culto Divino y por 11 para la Disciplina de los Sacramentos, además de algunos Comisarios para la causa de dispensa del las obligaciones propias del orden sagrado (originalmente eran 73 comisarios, pero entre ellos habían también quieres se ocupaban de la dispensa del matrimonio rato y no consumado, hoy de competencia del Tribunal de la Rota Romana). Benedicto XIII (1724-1730) estableció que siempre exista un consultor de los franciscanos conventuales, de los barnabitas y de los siervos de María. 

La Congregación publica la revista bimestral 
Notitiae, que edita la Libreria Editrice Vaticana, cuya colección puede ser consultada en línea aquí

Sus oficinas se encuentran situadas en el Palazzo delle Congregazioni  (Piazza Pio XII, 10), en la Ciudad del Vaticano. 

martes, 4 de junio de 2019

FIUV Position Paper 21: La forma extraordinaria y las Iglesias orientales

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 21 y que versa sobre la forma extraordinaria y las Iglesias orientales, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de noviembre de 2014. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del sumario (Abstract) que lo precede. 



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La forma extraordinaria y las Iglesias orientales

Abstract

Desde la importante encíclica de León XIII Orientalium dignitas, de 1894, la política de la Santa Sede ha sido coherente y enfática en cuanto a que los ritos litúrgicos de las antiguas Iglesias orientales son dignos de la mayor veneración y, en aquellas Iglesias en comunión con la Santa Sede, debiera protegérselos de indebidas influencias latinas y restaurárselos de acuerdo con sus propias tradiciones. El Concilio Vaticano II y San Juan Pablo II enfatizaron esto. Esta política, sin embargo, se ve afectada por las exageradas críticas de las tradiciones litúrgicas de la Iglesia latina que desechan elementos que las tradiciones litúrgicas orientales y latinas tienen en común, tales como el culto de cara al Oriente, el uso de la oración en silencio, el modo contemplativo de participación litúrgica, y el respeto de la tradición litúrgica. El establecimiento de la forma extraordinaria como parte de la vida litúrgica normal de la Iglesia latina es un paso necesario para lograr una actitud práctica de reverencia por las tradiciones de las Iglesias orientales.

Texto

1. La preservación y promoción en Occidente de la antigua tradición litúrgica occidental tiene una considerable importancia para los cristianos de otras antiguas tradiciones litúrgicas, estén en comunión con la Santa Sede o no. El respeto por la forma extraordinaria y su continuo uso es un necesario corolario práctico de la antigua política de la Santa Sede de respetar las tradiciones de las Iglesias orientales.

Obispos greco-católicos en Roma

Promoción de la unidad y reverencia hacia las tradiciones de Oriente.

2. León XIII aclaró y enfatizó la actitud de debido respeto por los ritos orientales, especialmente en su encíclica Orientalium Dignitas, de 1894, en la que, hablando de las relaciones de la Santa Sede con los católicos orientales, dice: “[Ella] No descuidó jamás el vigilar que en aquellos pueblos orientales se conservaran siempre íntegras las costumbres propias y la forma de sus ritos sacros, que Ella en su sabiduría y potestad había reconocido como legítimas”[1]. 

Y también: “De hecho, la preservación de los ritos orientales tiene más importancia de la que pueda imaginarse. Su antigüedad es augusta y otorga nobleza a los diversos ritos; es una brillante joya para toda la Iglesia, y corrobora la unidad, dada por Dios, de la fe católica”.

3. Las prescripciones prácticas de la encíclica están orientadas a revertir el proceso de “latinización” de los católicos orientales, tanto en el reemplazo (en todo o en parte) de los ritos orientales por los ritos latinos, tanto en la absorción de los individuos y grupos de católicos de rito oriental por el rito latino, procesos ambos que, en algunas ocasiones anteriores, habían sido aprobados por la Santa Sede[2].

4. El lenguaje de León XIII se asemeja mucho al del decreto Orientalium Ecclesiarum del Concilio Vaticano II, donde se habla además de la purificación de los ritos orientales de elementos del rito latino que puedan, desafortunadamente, haberlos invadido: “Todos los miembros del rito oriental debieran saber, y estar convencidos, que pueden y deben siempre preservar su legítimo rito litúrgico y su acostumbrado estilo de vida, y que estas cosas no deben ser alteradas salvo para obtener, para sí mismos, un orgánico mejoramiento. Todo esto debe, pues, ser observado por los mismos miembros del rito oriental. Además, debieran alcanzar un conocimiento cada vez mayor y un uso cada vez más exacto de éste y si, en su opinión, han fallado en ello debido a circunstancias de tiempos o de personas, debieran tomar medidas para regresar a sus tradiciones ancestrales”[3] .

El Concilio reconoció, además, que las diversas tradiciones de Oriente han preservado especiales concepciones teológicas de valor para toda la Iglesia[4].

5. Los mismos sentimientos y la misma política fueron reiterados por Juan Pablo II en su emotiva carta apostólica Orientale Lumen, publicada en el centenario de Orientalium Dignitas, y exigió “amplio respeto por la dignidad del otro, dejando de lado todo argumento de que el conjunto de usos y costumbres de la Iglesia latina es más completo o mejor adecuado para exhibir la doctrina correcta en su plenitud”[5] .

6. La importancia de esta política para las relaciones con las Iglesias ortodoxas fue subrayada por el Concilio Vaticano II. Orientalium Ecclesiarum pidió que los católicos orientales promovieran la unidad con otros cristianos de Oriente mediante, entre otras cosas, “la religiosa fidelidad a las antiguas tradiciones orientales”[6]. Esto se reiteró por la Congregación para las Iglesias Orientales en la instrucción Il Padre, incomprensibile de 1996 (núm. 21): “En todo esfuerzo de renovación litúrgica, por lo tanto, la práctica de los hermanos ortodoxos debiera ser tomada en cuenta, conociéndola, respetándola y alejándose de ella lo menos posible, de modo de no aumentar la separación existente”[7].

Este texto trae a la memoria una bien conocida frase de San Pío X: la liturgia de los católicos de rito no latino no debiera ser “nec plus, nec minus, nec aliter” (“ni más, ni menos, ni diferente”) como resultado de volver a la plena comunión con la Sede de Pedro[8].

 El Papa Pío XI recibe en audiencia al patriarca melquita Demitrio I Qadi (1923)

La reforma litúrgica latina.

7. La reforma litúrgica que tuvo lugar después del Concilio Vaticano II dio origen a una situación nueva en relación con los ritos orientales. Las continuas tendencias latinizantes se han basado, desde entonces, en los ritos reformados que, de muchos modos, son más lejanos de los auténticos principios litúrgicos orientales que la antigua tradición litúrgica latina. Además, las explicaciones teológicas populares que se dieron de la reforma, y el ímpetu que movió a muchos abusos litúrgicos occidentales, se expresaron de un modo tal que se sugirió que las prácticas litúrgicas orientales adolecían de grandes defectos.

8. Por ejemplo, la reforma latina fue testigo del abandono casi universal de la tradición existente sobre la orientación litúrgica: la celebración de la Misa por un sacerdote de cara al Oriente litúrgico, que conllevaba (aparte del caso de unas pocas iglesias excepcionales) estar dirigido en la misma dirección que los fieles[9]. La promoción de este cambio, que no fue estudiado por el Concilio Vaticano II y que jamás ha sido hecho obligatorio en la Iglesia latina, ha sido acompañada de una polémica contra la práctica tradicional, torpemente descrita como “el sacerdote dando la espalda al pueblo”. Esta polémica no se sustenta en los documentos oficiales de la Iglesia y ha sido a menudo criticada, especialmente por Benedicto XVI[10]. Sin embargo, la práctica está muy extendida, y se la puede aplicar claramente a la tradición del culto ad orientem de los ritos orientales. La Congregación para las Iglesias Orientales ha creído necesario abordar el problema en la citada instrucción Il Padre (107): “No se trata, como se dice a menudo, de que se presida la celebración volviendo la espalda al pueblo, sino de guiar al pueblo en peregrinación hacia el Reino -invocado en la oración- hasta que el Señor vuelva. Tal práctica, amenazada en numerosas Iglesias católicas orientales por una nueva y reciente influencia latina, tiene un profundo valor y debiera ser protegida como algo verdaderamente coherente con la espiritualidad litúrgica oriental”.

9. Asimismo, la misma instrucción cree necesario defender la tradición oriental de distribuir la sagrada comunión sólo por clérigos; la de observar un ayuno eucarístico más largo que el que rige en la Iglesia latina; la de observar una “orientación penitencial” hacia la liturgia, y la de usar formas tradicionales de arte sagrado y de arquitectura en los templos. Todos éstos son rasgos de la tradición litúrgica latina que se ha sometido a críticas, a menosprecio e incluso se ha ridiculizado en el curso del debate sobre reforma de la liturgia.

10. Un documento anterior de la Congregación para las Iglesias Orientales, la instrucción de 1984 titulada “Observaciones sobre el Ordo de la Santa Misa en la Iglesia siro-malabar”, proporciona más ejemplos todavía sobre el mismo fenómeno, y hace referencia a una popular crítica teológica de las oraciones en silencio en la liturgia: “Se dice a veces que todas las oraciones litúrgicas debieran ser dichas en voz alta, de modo que todos puedan oírlas. Esto es un principio falso tanto histórica como litúrgicamente. Algunas oraciones están especialmente compuestas para ser dichas durante el canto o en procesiones u otras actividades del pueblo, o son apologías pro clero. Tal como el clero no tiene que cantar todo lo que canta el pueblo, así también el pueblo no tiene que oír todas las oraciones que se dicen. En realidad, recitar todas las oraciones en voz alta interrumpe el adecuado flujo de la estructura litúrgica”[11].

11. El ataque a las oraciones en silencio en la Misa ha sido fuertemente resistido por el papa Benedicto[12]. Además, no forma parte en absoluto de la teología oficial de la reforma y, de hecho, el Misal de 1970 contiene una serie de oraciones sacerdotales en silencio. Sin embargo, es verdad que, en la implementación de la reforma[13], se ha desplazado la práctica de la Iglesia latina muy lejos de las oraciones en silencio, y esto ha abierto un flanco a la polémica litúrgica, en el sentido de que tales oraciones excluyen erróneamente a los fieles de la participación en la liturgia[14].

12. La instrucción “Observaciones sobre el Ordo de la Santa Misa en la Iglesia siro-malabar” instruye también a los obispos de de esta Iglesia que resistan las tendencias latinizantes que importen a su rito oraciones no escritas, que realicen la proclamación de las Escrituras desde un ambón en vez desde el altar, que incluyan procesiones de ofertorio excesivamente elaboradas y oraciones espontáneas de petición. Sobre este último punto, la instrucción observa, en relación con los experimentos litúrgicos en la Iglesia latina: “No es necesario imitar los fracasos de los otros”.

13. Un paralelo general entre las tradiciones litúrgicas orientales y la forma extraordinaria del rito romano da origen a un enfoque de la participación litúrgica que no depende de que se vean todas las acciones del celebrante ni de que se oigan todas sus palabras. Como San Juan Pablo II ha observado: “La larga duración de las celebraciones, las repetidas invocaciones, todo expresa la identificación, con la persona entera de cada uno, del misterio celebrado”[15] .

 Sacerdote recitando la oración de San Efrén de Siria, propia de la Cuaresma, frente al iconostasio

El papel de la forma extraordinaria del rito romano.

14. Algunas muy divulgadas polémicas teológicas contra numerosos aspectos de la tradición litúrgica común de la Iglesia, e incluso contra la noción misma de Tradición[16], erosionan el programa de preservación y restauración de los ritos orientales, a que ha llamado el Concilio Vaticano II, y erosionan también las declaraciones de respeto por las tradiciones de los cristianos orientales que no están en comunión con Roma.

15. Un modo importante de poner estas cuestiones en su contexto propio, y de hacer que se concretice en el plano local la auténtica enseñanza de la Iglesia, es dar a la propia tradición litúrgica de Occidente su “lugar adecuado”, como lo ha pedido el papa Benedicto[17]. Cuando la forma extraordinaria encuentra su lugar en la vida litúrgica normal de las parroquias y de las diócesis, con el apoyo visible de obispos y sacerdotes, se debilita la idea de que los equivocados principios teológicos mencionados en este texto, forman parte, en algún sentido, de la enseñanza oficial de la Iglesia. Además, cuando los católicos tienen la experiencia de esta forma del rito romano pueden comprender mucho mejor el valor de los ritos orientales, la naturaleza de la participación en ellos de los laicos, y el valor de la tradición misma[18].

16. Estas consideraciones se ven fortalecidas por el establecimiento de comunidades de católicos de rito no latino en países donde el rito latino es el predominante. San Juan Pablo II recomendaba, en este sentido, que los católicos de rito latino se familiaricen con la liturgia de sus hermanos orientales[19], y la forma extraordinaria puede, de muchas maneras, ser un puente para alcanzar la mutua comprensión que él deseaba.

17. En este respecto, no sorprende que el motu proprio Summorum Pontificum del papa Benedicto haya sido bien recibido por el entonces patriarca de Moscú, Alexy II[20]. Los católicos de rito latino no pueden, en realidad, esperar que se tome en serio su afirmación de que reconocen el valor de las antiguas tradiciones de los ritos orientales si no otorgan algún grado de respeto a su propia tradición.

San Basilio Magno celebrando la Divina Liturgia 
Fresco en la Catedral de Santa Sofia de Ocrida, Macedonia del Norte 

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[1] León XIII, Encíclica Orientalium Dignitas (1894). Esta encíclica no tiene numeración de párrafos, y el texto latino no es fácil de encontrar [Nota de la Redacción: puede consultarse en el sitio oficial de la Santa Sede, donde hay también una traducción al italiano].

[2] Véase Congregación para las Iglesias Orientales, Instrucción Il Padre, incomprensibile, (1996), núm. 24: “Estas intervenciones experimentaron el efecto de la mentalidad y convicciones de aquel tiempo, según el cual se percibía cierta subordinación de las liturgias no latinas a la liturgia de rito latino, considerado 'ritus praestantior'. Esta actitud puede haber llevado a intervenir textos litúrgicos orientales que hoy, a la luz de los estudios teológicos actuales, necesitan revisarse, en el sentido de un regreso a las tradiciones ancestrales”.

[3] Concilio Vaticano II, Decreto Orientalium Ecclesiarum (1964), núm. 6: "Sciant ac pro certo habeant omnes Orientales, se suos legitimos ritus liturgicos suamque disciplinam semper servare posse et debere, ac nonnisi ratione proprii et organici progressus mutationes inducendas esse. Haec omnia, igitur, maxima fidelitate ab ipsis Orientalibus observanda sunt; qui quidem harum rerum cognitionem in dies maiorem usumque perfectiorem acquirere debent, et, si ab iis ob temporum vel personarum adiuncta indebite defecerint, ad avitas traditiones redire satagant". Una declaración análoga de principios litúrgicos en relación con la reforma de la liturgia de rito latino puede encontrarse en el núm. 50 de la Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium (1963), donde se dice: “los elementos que han sufrido daños por los accidentes de la historia deben ahora ser restaurados al pleno vigor que tenían en el tiempo de los Santos Padres, en la medida que parezca útil o necesario” ("restituantur vero ad pristinam sanctorum Patrum normam nonnulla quae temporum iniuria deciderunt, prout opportuna vel necessaria videantur"). 

[4] Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis Redintegratio (1964), núm. 17 : “En el estudio de la Revelación el Oriente y el Occidente han seguido métodos diferentes y han desarrollado de modo diferente su comprensión y su confesión de la verdad de Dios. No debe sorprender, por tanto, si de tiempo en tiempo una tradición se ha acercado a una comprensión más plena de algunos aspectos de un misterio más que de otros, o la ha expresado de mejor modo. En tales casos, estas diversas expresiones teológicas deben ser consideradas más como mutuamente complementarias que como opuestas” ("Etenim in veritatis revelatae exploratione methodi gressusque diversi ad divina cognoscenda et confitenda in Oriente et in Occidente adhibiti sunt. Unde mirum non est quosdam aspectus mysterii revelati quandoque magis congrue percipi et in meliorem lucem poni ab uno quam ab altero, ita ut tunc variae illae theologicae formulae non raro potius inter se compleri dicendae sint quam opponi") Cfr. Juan Pablo II, Carta apostólica Orientale Lumen (1995), núm. 5: “La tradición cristiana de Oriente conlleva un modo de aceptar, comprender y vivir la fe en el Señor Jesús. En este sentido, es extremadamente cercana a la tradición cristiana de Occidente, que nace y se nutre de la misma fe. Sin embargo, es legítima y admirablemente distinta de ésta, ya que los cristianos orientales tienen su propio modo de percibir y comprender y, por tanto, un modo original de vivir, su relación con el Salvador” ("Certum enim modum secum importat orientalis traditio suscipiendi intellegendi vivendi Domini Iesu fidem. Ita profecto proxime illa ad christianam accedit Occidentis traditionem quae eadem nascitur aliturque fide. Tamen legitime atque insignite ab illa differt, cum proprium habeat sentiendi percipiendique morem christifidelis orientalis, ac propterea nativam aliquam rationem suae colendae necessitudinis cum Salvatore"). Cfr. también Concilio Vaticano II, Decreto Orientalium Ecclesiarum, núm. 5: “[Este Concilio] declara solemnemente que las Iglesias de Oriente, tanto como las de Occidente, tienen pleno derecho y están jurídicamente obligadas a gobernarse a sí mismas de acuerdo con sus respectivas disciplinas establecidas, y que todas éstas son dignas de alabanza en razón de su venerable antigüedad, más en armonía con el carácter de sus fieles y más adecuadas para la promoción del bien de las almas” ("Quamobrem sollemniter declarat, Ecclesias Orientis sicut et Occidentis iure pollere et officio teneri se secundum proprias disciplinas peculiares regendi, utpote quae veneranda antiquitate commendentur, moribus suorum fidelium magis sint congruae atque ad bonum animarum consulendum aptiores videantur"). 

[5] Juan Pablo II, Carta apostólica Orientale Lumen, núm. 20: “Certe, hodiernae menti videtur vera coniunctio fieri posse aliorum plene observata dignitate, dempta simul illa opinione universos mores et consuetudines Ecclesiae Latinae pleniores esse et aptiores ad rectam doctrinam demonstrandam”.

[6] Juan Pablo II, Carta apostólica Orientale Lumen, núm. 24: "religiosa erga antiquas traditiones orientales fidelitate".

[7] Congregación para las Iglesias Orientales, Instrucción Il Padre, incomprensibile, núm. 21.

[8] San Pío X usó esta frase a comienzos de 1911 en una audiencia privada con Natalia Ushakova, en relación con las propuestas de latinización que se discutía en la comunidad católica rusa.

[9] En la basílica de San Pedro, por ejemplo, para el celebrante en el Altar Mayor mirar al Oriente significa mirar hacia la nave de la iglesia, hacia las puertas principales. Sobre la significación histórica de estas iglesias excepcionales, véase Federación Internacional Una Voce, Positio Paper 4: La orientación litúrgica, núm. 6-7. 

[10] Ratzinger, J., The Spirit of the Liturgy (trad. inglesa, San Francisco, Igntius Press, 2000), pp. 80-81.

[11] Congregación para las Iglesias Orientales, Instrucción “Observaciones sobre el Orden de la Santa Misa de la Iglesia siro-malabar” (1984). Esta instrucción fue una respuesta a la reforma de los libros litúrgicos siro-malabares propuesta por la Conferencia Episcopal siro-malabar. La Iglesia siro-malabar no es autocéfala y se encuentra directamente bajo la autoridad de la Congregación para las Iglesias Orientales. 

[12] Ratzinger, The Spirit of the Liturgy, cit., pp. 213-216.

[13] Por ejemplo, raramente se usa, al menos en el mundo de habla inglesa, la opción del Misal reformado de decir las oraciones del ofertorio mientras el coro canta, e incluso las oraciones sacerdotales en silencio se dicen frecuentemente en voz alta.

[14] Véase Federación Internacional Una Voce, Positio Paper 9: El silencio y la inaudibilidad en la forma extraordinaria.

[15] Juan Pablo II, Carta apostólica Orientale Lumen, núm. 11: "Extractum longius celebrationum tempus, iteratae invocationes, omnia denique comprobant aliquem paulatim in celebratum mysterium ingredi tota sua cum persona". Cf. Congregación de Culto Divino, Instrucción Liturgiam Authenticam (2001), núm. 28: “La sagrada liturgia implica no sólo el intelecto del hombre, sino toda su persona, que es el 'sujeto' de la participación plena y consciente en la celebración litúrgica” ("Sacra Liturgia non solum hominis intellectum devincit, sed totam etiam personam, quae est “subiectum” plenae et consciae participationis in celebratione liturgica").

[16] Como lo expresa la Instrucción Il Padre, incompresibile: “El primer requisito de toda renovación litúrgica oriental, tal como es el caso en la reforma litúrgica en Occidente, es el redescubrimiento plenamente fiel de las propias tradiciones litúrgicas, beneficiándose con sus riquezas y eliminando aquello que ha alterado su autenticidad. Tal orientación no se subordina sino que precede a la denominada puesta al día”. Cfr. Juan Pablo II, Carta apostólica Orientale Lumen, núm. 8, citada en nota 18, infra.

[17] Benedicto XVI, Carta a los obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum (2007): “Lo que las generaciones precedentes has considerado sagrado, sigue siendo sagrado y grande también para nosotros, y no puede ser prohibido de improviso o incluso considerado dañino. Nos corresponde a todos nosotros preservar las riquezas que se han desarrollado en la fe y la oración de la Iglesia y darles su lugar adecuado”.

[18] Juan Pablo II, Carta apostólica Orientale Lumen, núm. 8: “Hoy a menudo nos sentimos prisioneros del presente. Es como si el hombre hubiera perdido su percepción de pertenecer a una historia que lo antecede y que lo sigue. El esfuerzo por situarse a sí mismo entre el pasado y el futuro, con un corazón agradecido por los beneficios recibidos y por los que esperamos, es mostrado particularmente por las Iglesias orientales, con un muy nítido sentido de continuidad que toma el nombre de Tradición y de espera escatológica”. ('Captivos hodie saepius nos temporis praesentis esse sentimus: quasi si notionem homo amiserit sese esse particulam alicuius historiae praecedentis et subsequentis. Huic magno labori, quo contendit quis ut se inter praeteritum collocet futurumque tempus cum grato sane animo tam de acceptis quam de donis postmodum accipiendis, clarum praestant Orientales Ecclesiae sensum continuationis, quae sibi Traditionis atque eschatologicae exspectationis nomina sumit'). 

[19] Juan Pablo II, Carta apostólica Orientale Lumen, núm. 24: “Creo que un modo importante de crecer en el entendimiento mutuo y en la unidad consiste precisamente en mejorar nuestro mutuo conocimiento. Los hijos de la Iglesia católica ya conocen los modos señalados por la Santa Sede para alcanzar esto: conocer la liturgia de las Iglesias orientales” ("Putamus sane magnum pondus ad crescendum in mutua comprehensione atque unitate tribuendum esse meliori mutuae intellegentiae. Catholicae Ecclesiae filii iam noverunt vias quas Sancta Sedes significavit ut ii eiusmodi propositum consequi valeant: liturgiam Ecclesiarum Orientalium noscere"). El pasaje citado termina con una referencia a pie de página de la instrucción In ecclesiasticum futurorum (1979), núm. 48.

[20] La agencia de noticias Zenit informó lo siguiente (Roma, 29 de agosto de 2007): “El paso de Benedicto XVI de permitir una más amplia celebración del Misal romano de 1962 ha recibido una positiva reacción de parte del patriarca ortodoxo Alexy II de Moscú. 'La recuperación y valoración de la antigua tradición litúrgica es un hecho que saludamos positivamente', declaró Alexy II al periódico italiano Il Giornale. La carta apostólica Summorum Pontificum, publicada en julio, explica las nuevas normas que permiten el uso del misal de 1962 como una forma extraordinaria de la celebración litúrgica. 'Adherimos muy fuertemente a la Tradición', continuó. 'Sin la guarda fiel de la tradición litúrgica, la Iglesia ortodoxa rusa no habría sido capaz de resistir el período de persecución'”.