miércoles, 12 de agosto de 2020

Romano Guardini y Petrus Tschinkel sobre la reforma litúrgica

Les ofrecemos hoy un interesante artículo del Dr. Peter Kwasniewski referido a la opinión de dos de los autores que mayor influencia tuvieron en el Movimiento Litúrgico respecto de la reforma acometida tras el Concilio Vaticano II. Se trata de Puis Parsch y Romano Guardini. El primero de ellos murió una década antes de la finalización del Concilio, por lo que no pudo ver los cambios impuestos por la Sante Sede. Sin embargo, sus enseñanzas iban en una dirección completamente opuesta a la que tomaron las innovaciones. Guardini murió algunos años después, pero antes de que se promulgase el Misal reformado. Un cercano relata que, en sus conversaciones al respecto, calificaba la reforma litúrgica como una chapuza. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan el artículo original. 

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“¡Trabajo de gásfiter!”: Romano Guardini y Petrus Tschinkel sobre la reforma litúrgica

Peter Kwasniewski

El canónigo agustino Pius Parsch (1884-1954), de la Abadía de Losterneuburg, en las afueras de Viena, estuvo entre las luminarias más importantes y los partidarios más influyentes del Movimiento Litúrgico a mediados del siglo XX. Su obra clásica, The Church’s Year of Grace [Das Jahr des Heiles], tuvo muchas ediciones en Europa y dos ediciones en inglés en los Estados Unidos de Norteamérica. Aunque menudean en ella ejemplos de mala investigación y excesivo anticuarismo, propios del Movimiento Litúrgico original, este conjunto de varios volúmenes es considerado, en general, como un digno sucesor del Año Litúrgico de Dom Guéranger y de El Sacramentario del Cardenal Schuster, así como una fuente esencial para quien esté interesado seriamente en el rito romano tradicional. Romano Guardini (1885-1968), de la misma generación, contribuyó también con valiosos libros dirigidos a ayudar a los católicos a comprender mejor y a asimilar las riquezas de la tradición litúrgica, de los cuales uno es breve pero robusto, Sacred Signs [Von heiligen Zeichen].

Puis Parsch

Tanto Parsch como Guardini se permitieron experimentos no autorizados que parecen, retrospectivamente, anticipaciones del Novus Ordo, como la celebración versus populum y el uso del vernáculo. Algunos liturgistas posteriores se deleitan proclamando a ambos como predecesores de la nueva liturgia que surgió a fines de la década de 1960. Es, pues, importante, desde el punto de vista histórico, constatar que uno de los más cercanos y devotos estudiantes de Parsch, Petrus Tschinkel (1906-1995), no sintió entusiasmo alguno con los resultados finales de la reforma litúrgica, y narra, desde una experiencia de primera mano, cómo Guardini hablaba de ella de un modo sumamente peyorativo. 

Afortunadamente tenemos acceso a esta información gracias a una entrevista que realizó el Dr. Rupert Klötzl, de Una Voce Austria, al P. Tschinkel el 15 de abril de 1992, en Stift Klosterneuburg bei Wien. La entrevista fue grabada y transcrita (quienes estén interesados en alguna de estas modalidades pueden contactarme directamente).

Petrus Tschinkel (fotografía de 1958)

En cierto momento, el P. Tschinkel dice al Dr. Klötzl: 

“Pius Parsch, das kann ich sagen, wäre mit den Veränderungen der nachkonzilaren Ära in keiner Weise einverstanden gewesen. Das ist nicht das, was er gewollt hat. Jawohl—in der Muttersprache. Das ist aber alles. Aber nicht die Messe als Mysterium—als eine Wirklichkeit hic et nunc, jetzt und hier. Und die wundervollen Perikopen so gewählt, daß sie Mysterienbilder sind für das, was sich jetzt ereignet. Das war sein Anliegen”.

“Pius Parsch, puedo asegurarlo, no habría aprobado en modo alguno los cambios de la época posconciliar. No era eso lo que él había querido. Sí a la [liturgia] en vernáculo. Pero eso sería todo. Pero no [cambiar] la Misa en cuanto misterio, como una realidad hic et nunc, aquí y ahora. Y no hubiera cambiado, por lo que hay ahora, las maravillosas perícopas elegidas de manera que fueran 'imágenes del misterio'. Esa había sido su intención”.

Santa Gertrudis, la parroquia del P. Parsch



Un poco más adelante, el P. Tschinkel expresa su propio punto de vista, que concuerda, aparentemente, con Guardini:

“Und diese liturgischen Formen, nach dem Zweiten Vaticanum, ist ein reiner Leerlauf: nur Texte, Texte. Von einer inneren Haltung keine Spur, vom Mysterium auch nicht. Guardini, wenn Ihnen der Name etwas sagt, den ich sehr verehre. Ich habe, das ist viele Jahre her, da hat Guardini noch gelebt, einen Priester aus München auf Besuch gehabt in St. Gertrud, der wollte St. Gertrud studieren, und da habe ich ihm gesagt - das war gleich nach dem Konzil - ja, ich habe ihm gesagt, wissen Sie, wie Romano Guardini zu den neuen Texten steht? Da sagt er, ja, das kann ich Ihnen sagen. Ich komme sehr oft mit ihm zusammen, und wie er die neuen Texte bekommen hat, hat er sie lange angesehen, ... und dann hat er zu mir gesagt: Klempnerarbeit!”.

“Y esas formas litúrgicas, después el Concilio Vaticano II, no son sino un girar en banda: sólo textos y más textos. Ni rastro de disposición interior, ni rastro de misterio, tampoco. Guardini, si el nombre le dice a usted algo -yo lo adoro-, hace muchos años, cuando todavía estaba vivo, vino un sacerdote de Munich a visitar Santa Gertrudis, porque quería estudiar a Santa Gertrudis, y le dije -era justo después del Concilio-, sí, le dije: ¿sabe lo que Romano Guardini piensa de los nuevos textos [litúrgicos]? Me dijo: 'sí, se le aseguro. Muy a menudo me reúno con él, y cuando recibió los nuevos textos, se quedó mirándolos largo rato… y luego me dijo: ¡obra de gasfíteres!'”.

La palabra alemana Klempnerarbeit quiere decir trabajo realizado a la carrera, mal hecho, sin suficiente esmero, que termina en una chapuza. La referencia a un gásfiter falso que hace un trabajo mecánicamente sugiere que la reforma litúrgica fue enfocada como un arreglar, cortar, adaptar o soldar piezas de cañería más que como un trabajo sutil que hay que realizar en una realidad viva, lo cual requeriría santidad, discreción y conocimientos. Klempnerarbeit podría significar también, en este caso, falta de valor estético de las mal llamadas “reformas”. 


A continuación, el P. Tschinkel traduce la palabra alemana de Guardini al vienés coloquial:

“Ja, ich würde als Wiener sagen: Pfuscherarbeit. So ist das. Die Texte sind gewählt ohne irgend einen Zusammenhang mit dem Mysterium. Es war Pius Parsch sein Anliegen, dem Volk das Mysterium nahezubringen—jetzt und hier sich das ereignet durch die Realpräsenz Christi in der Eucharistie. Das ist Religionsunterricht. Ja, und dann muß ich sagen: In dem Punkt ist Lefebvre sicher ein Retter. Er wird eine Zukunft haben. Wäre nicht das erste Mal. Jeanne d’Arc wurde als Hexe verbrannt, später heilig gesprochen. Athanasius exkommuniziert—der große Kirchenlehrer”.

“Sí, como vienés, yo diría trabajo chapucero. Así es como es. Se ha elegido los textos sin ninguna relación con el misterio. La preocupación de Pius Parsch era hacer el misterio accesible al pueblo – lo que, aquí y ahora, está ocurriendo por la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía-. Eso es educación religiosa. Y sí, debo decirlo a continuación: en este aspecto Lefebvre es ciertamente un salvador, que tiene mucho futuro. No sería la primera vez que pasa. Juana de Arco fue quemada como bruja, y luego se la canonizó. Atanasio fue excomulgado, el gran maestro de la Iglesia”. 

Según un amigo mío de Viena, Pfuscherarbeit significa no sólo un trabajo descuidado, sino también un trabajo ilegal. El P. Guardini, en la medida que vio lo que estaba ocurriendo antes de su muerte en 1968, lo descalificó como Klempnerarbeit; el P. Tschinkel, heredero del P. Parsch, coincide en que la reforma de Bugnini es Pfuscherarbeit.


En aquella entrevista, el Dr. Klötzl menciona también al Dr. Erwin Hesse, quien desde 1946 a 1979 fue párroco de la (actual) iglesia Oratoriana de Viena, San Rochus. El P. Tschinkel habla de su afecto por el P. Hesse y de cómo coincide con él en apreciar la acción de Lefebvre en la preservación la liturgia tradicional y la doctrina. El P. Hesse, de hecho, dictó algunas clases para la FSSPX. Es importante darse cuenta de que estamos aquí en presencia de personas que estudiaron a Pius Parsch y lo siguieron y que, por decirlo de algún modo, son sus herederos.

Pienso que éste es el medio intelectual y espiritual desde el cual debiéramos entender que surgió Joseph Ratzinger, como se advierte en las elegíacas notas de su Prefacio al libro de Alcuin Reid intitulado The Organic Development of the Liturgy:

“El Movimiento Litúrgico había procurado, efectivamente,… enseñarnos a comprender la Liturgia como un tejido de la Tradicion que tomó una forma concreta, que no puede ser hecha pedazos, sino que tiene que ser vista y experimentada como un todo viviente. Quien quiera que, como yo, haya sido movido por esta percepción del Movimiento Litúrgico en la víspera del Concilio Vaticano II no puede sino contemplar, con profunda pena, las ruinas de aquellas mismas cosas que lo preocupaban”.

Quisiera agradecer al Mag. Theol. y Dr. Med. Rupert Klötzl, que realizó la entrevista con el P. Tschinkel y me envió su transcripción, por permitirme usar el material que he citado y las fotos. La entrevista completa, de 5.000 palabras, merece ser traducida (¿algún voluntario?).

Un artículo de periódioc de 1962, en que se ve al P. Tschinkel (con su nombre mal escrito) celebrando la Misa versus populum, pasatiempo favorito de los pseudo-anticuarios. Con la sabiduría del paso del tiempo, el P. Tschinkel lamentó, posteriormente, el apresuramiento con que algunas discutibles teorías se transformaron en premisas de los grandes cambios litúrgicos

sábado, 1 de agosto de 2020

Un recordatario sobre la comunión en la mano de Peter Kwasniewski

En los últimos días ha sido noticia en todo el mundo la decisión repentina de S.E.R. Eduardo Taussig, obispo de San Rafael (Argentina), de cerrar a fines de este año el seminario diocesano, arguyendo instrucciones precisas de la Santa Sede en ese sentido (véase aquí el comunicado de prensa al respecto). La razón de esta inexplicable medida ha sido la negativa de los sacerdotes del presbiterio de dicha diócesis de distribuir la comunión en la mano, como lo había ordenado el obispo invocando como fundamento la mayor salubridad que este mecanismo supone frente al tradicional. Mientras lleva el plazo señalado y se concreta el cierre del seminario, el rector ha sido reemplazado. 

Las reacción no se han hecho esperar. S.E.R. Carlo Maria Viganò ha enviado una carta a monseñor Taussig donde le expresa que se siente "confundido y herido" por la noticia, pidiendo por su conversión. En una breve carta, S.E.R. Héctor Aguer, arzobispo emérito de La Plata (Argentina), le reprocha también a monseñor Taussig la situación provocada por un lamentable error suyo. Hay que recordar que monseñor Aguer había publicado un artículo hace poco tiempo defendiendo la práctic tradicional de comulgar en la boca. Pese a las reacciones de apoyo surgidas desde todo el mundo, ayer monseñor Taussig ha enviado una amonestación canónica a tres sacerdotes, bajo apercibimiento de retirarles las licencias ministeriales, si persisten en distribuir la comunión en la boca. La situación en la diócesis argentina es complicada, por el gran número de fieles que reclaman recibir al Señor como siempre se ha hecho (véase aquí la manifiestación que tuvo lugar en el exterior del seminario). Como asociación, confíamos en que la situación pronto se solucione a favor de lo que siempre ha sido doctrina común de la Iglesia. Pedimos especialmente por los varios sacerdotes chilenos que sirven en esa diócesis de la provincia de Cuyo.  

Para contribuir con la defensa de este derecho de los fieles a recibir al Señor sacramentado de la forma que siempre se ha hecho, les ofrecemos hoy un breve texto del Dr. Peter Kwasniewskipublicado en su muro de Facebook. 

(Foto: Pinterest)

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Sobre la comunión en la mano

Peter Kwasniewski 

En este tema de la comunión en la mano, ¿no se estará dejando de lado algunos puntos tan obvios como importantes? 

1. Las manos son más sucias que la boca. De otro modo, el Centre for Disease Control (CDC) [Centro para el control de la enfermedad] no estaría constantemente diciéndonos que no nos toquemos la cara. Rara vez las manos están limpias, razón por la cual tenemos que estar frecuentemente lavándolas. Nuestra boca está adentro de nosotros, por lo que no hay en ella más que lo que ya está en nuestro interior, no hay en ella nada de lo que está allá afuera en el mundo exterior, hasta que introducimos en ella alguna cosa. 

2. Además, la mano es símbolo del trabajo, en tanto que la boca es símbolo del habla, del pensamiento, del juicio y del amor. El Apocalipsis no dice que Jesús tenga una espada en la mano, sino que “De su boca sale una espada afilada” (19, 5). El Cantar de los Cantares no comienza “¡Tóqueme con sus manos!”, sino “¡Béseme con besos de su boca!”. 

3. Sobre la base en estas ideas surge el simbolismo de recibir en la boca respecto de tocar la hostia consagrada con la mano. Cuando a uno se le deposita comida en la mano, se trata de una distribución, y esa comida pasa a ser de propiedad de uno. Cuando, por el contrario, alguien nos alimenta en la boca, estamos en una situación pasiva: quien alimenta, da, y quien es alimentado, recibe, como en el caso de un niño pequeño y sus padres. Esta manera de alimentar conviene mejor a la alimentación divina, en que recibimos el Pan del cielo. 

4. Aunque en verdad todos los fieles, con el bautismo, participan del sacerdocio de Cristo, por el orden sagrado el sacerdote participa de dicho sacerdocio de un modo esencialmente diferente y más elevado, puesto que puede actuar “in persona Christi capitis”, en la persona de Cristo Cabeza de la Iglesia. Por eso es que corresponde que él se dé a sí mismo el alimento y que proceda, a continuación, a alimentar a los demás miembros de la Iglesia, tal como lo hizo Cristo con sus apóstoles en la Ultima Cena. 

5. Fue precisamente una internalización de estas verdades, hecha a través de muchos siglos, lo que, junto con muchísimas experiencias, tanto buenas como malas, movió a la Iglesia UNIVERSALMENTE a dar, en Oriente y en Occidente, la comunión exclusivamente en la boca. 

6. Por tanto, el abrupto retorno, en contra de esta milenaria tradición, a la comunión en la mano en la década de 1960, significó enviar un mensaje único: la Eucaristía y el sacerdocio no son, después de todo, cosas tan importantes. No hay que preocuparse de arrodillarse o inclinarse profundamente, no alterarse por estar siendo alimentados con el pan de los ángeles: se trata sólo de un símbolo de nuestra común pertenencia y de nuestra grandeza de bautizados. 

Se ha reemplazado un conjunto coherente de símbolos por otros que le son contrarios. ¿Es tan difícil darse cuenta de esto?

Cuando una imagen vale más que mil palabras

domingo, 26 de julio de 2020

Una reciente Misa celebrada según el rito lionés

El domingo 28 de junio pasado, el apostolado de la Fraternidad de San Pedro (FSSP) en la ciudad francesa de Lyon celebró una Misa solemne en el tradicional rito lionés. La Misa fue celebrada en la Iglesia Colegiata de San Justo, con ocasión de la fiesta del Santo Patrono local, San Ireneo, obispo y mártir del siglo II. Se trata de la primera vez en que ella se celebra de manera solemne en los últimos tiempos (véase la Misa solemne celebrada en 1993 en presencia del arzobispo de Lyon en la entrada que dedicados a este rito). Presentamos a continuación una galería fotográfica de esa Misa, la que se acompaña de algunas glosas explicativas sobre la particularidad que presenta el concreto rito que muestra la imagen. Entre las fotos hay una de un interesante paramento, absolutamente único. Ciertamente es digno de encomio el clero de San Justo por sus esfuerzos por mantener y preservar esta hermosa parte del patrimonio litúrgico de la Iglesia. 

Los dos acólitos que llevan los cirios usan albas con cíngulo, tal como se hacía por lo general en la Edad Media. 


Nótese que las columnas de la iglesia están parcial o totalmente tapadas con cubiertas rojas, de acuerdo con la fiesta del día. Esta no es una costumbre especialmente lionesa, sino que  se usó extensamente en Europa, y se la conserva todavía en algunos lugares.




Cuando los acólitos no sostienen algo con las manos, cruzan éstas sobre el pecho, como vemos aquí.



Cuando el sacerdote está en el Misal, sólo lo acomapaña el diácono,


en tanto que el diácono se sienta en el primer sitial del coro.



Para el Misal se usa un cojín a modo de atril, igual que en el rito dominicano.



Los acólitos ponen los cirios en el suelo del presbiterio, al frente del altar, en vez de ponerlos en la credencia, que en las iglesias lionesas está detrás del altar principal.


El turiferario utiliza un paramento parecido a una estola, llamado “orfroi de tunique” (en castellano se lo denomina “ocofres”), que se asemeja a las bandas decoradas que forman los bordes frontales de la capa pluvial (llamadas en francés orfrois). Como su nombre lo indica, es un remanente de la túnica que usaba el subdiácono, ya que en la catedral sólo se permitía a ellos cumplir la función de turiferarios. En la foto, el turiferario sostiene el libro ante el sacerdote para la lectura silenciosa de la Epístola, el Gradual, etcétera.  



El diácono recibe el libro del Evangelio sentado en la sedilia.







El corporal es mucho más grande que el romano típico, y está hecho de tal modo que se lo puede desplegar y levantar para cubrir con él el cáliz, en tanto que en el rito romano se usa una pieza separada.  




Como en casi todos los usos medievales, el sacerdote extiende sus brazos en forma de cruz, inmediatamente después de la consagración. Así ocurre también, por ejemplo, en el rito dominicano. 


El diácono y el subdiácono recitan el Confíteor juntos desde el mismo costado.


La credencia está detrás del altar mayor, y tiene la forma de un altar pequeño.


Nota de la Redacción: Con ajustes de estilo y redacción, esta nota es una traducción de aquella publicada en New Liturgical Movement. Las imágenes son las que acompañan esa publicación. Para mayor información sobre el rito lionés, véase la entrada que le dedicamos en su oportunidad, y este artículo (en inglés) redactado con las fotos de la Misa aquí referida. 

sábado, 11 de julio de 2020

La Misa con mentalidad "Walmart"

Les ofrecemos hoy un fragmento del muy recomendable libro de Ulrich L. Lehner intitulado Dios no mola (título original: God Is Not Nice: Rejecting Pop Culture Theology and Discovering the God Worth Living For)cuya traducción castellana fue publicada en 2019 por la editorial Homo Legens. El autor, nacido en 1976 en Straubing (Baviera, Alemania), es actualmente titular de la cátedra de teología Warren Foundation en la Universidad de Notre Dame (Estados Unidos), siendo reconocido por sus trabajos sobre la influencia de la Modernidad y la Ilustración en el Cristianismo. 

Como decía The Wanderer en una entrada redactada a propósito de la lectura de esta obra, se trata de "un libro básico, pero recomendable para ser leído por todos, y en especial por aquellos que tienen responsabilidades educativas, a fin de 'liberarse de un dios fabricado a medida de la cultura pop y adentrarse por sí mismos en la grandeza radical de Dios'". Pero, como precisaba dicha bitácora, "a estas palabras que figuran en la contratapa del libro habría que agregarle que no solamente la cultura pop se ha encargado de fabricar un Dios a medida, sino lo que lo ha hecho la misma Iglesia". En buena medida, esto ha sido responsabilidad de los nuevos derroteros teológicos y pastorales abiertos por el Concilio Vaticano II, los cuales se manifiestan con especial fuerza en la Misa reformada y en la actitud con la que los fieles asisten a ella. Entre los muchos aspectos que esta Misa presenta, está aquel que resalta Lehner: es el reflejo de la Iglesia "Walmart", donde ya no puede habitar el Dios del trueno del que habla la Sagrada Escritura, pues se apela a los sentimientos del fiel convertido en consumidor.  


Lehner no es el único que ha hecho un diagnóstico semejante. El fragmento que enseguida transcribimos confirma la descripción del catolicismo posconciliar que hacía Nicolás Gómez Dávila (1913-1994): “El cristiano moderno se siente obligado profesionalmente a mostrarse jovial y jocoso, a exhibir los dientes en benévola sonrisa, a profesar cordialidad babosa, para probarle al incrédulo que el cristianismo no es religión ‘sombría’, doctrina ‘pesimista’, moral ‘ascética’. El cristianismo progresista nos sacude la mano con ancha risa electoral”. Así, entre la experimentación para conservar a los fieles, se diluye la prédica y la presencia de Quien se proclamó Camino, Verdad y Vida. 

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La Iglesia "Walmart"

Ulrich L. Lehner

Si se abre cualquier libro de texto católico de los años 50, está claro que Dios nunca fue descrito como muchos teológos progresistas afirman. Pero hay que decir también que algunos aspectos de la justicia y la ley de Dios se exageraron, y en cambio se descuidaron algunas enseñanzas sobre la transformación y la misericordia cristiana. Por eso Hildebrand escribió su obra maestra Nuestra transformación en Cristo en los años 40, y August Adam su La primacía del amor en 1932. Y, sin embargo, en lugar de continuar su trabajo después del Concilio Vaticano II e intensificar la catequesis, los educadores en teología sustituyen el contenido por los sentimientos. Este no fue sólo un fenómeno católico, sin que se extendió a toda las denominaciones cristianas. 

En las dos décadas siguientes, la Iglesia deseó ser moderna y comprometerse con el mundo moderno, en el que los sentimientos se habían convertido en algo infalible. Haciendo que la gente se sintiera bienvenida, los católicos se propusieron crear un ambiente seguro al que la gente pudiera volver con alegría. Parece que creíamos que esto detendría el éxodo de la gente practicante. Se podría llamar  esto la "mentalidad Walmart", dado que al entrar a Walmart nos acogen con una efusiva y cordial bienvenida. Pero como en Walmart, en las iglesias en que esto sucede, la idea de Dios cambia según la estación, la oferta y la demanda. Los creyentes ya no iban a Misa porue adoraran al verdadero Dios, que les salva y les llamaba a la unión eterna con Él, sino porque les hacía sentirse bien. "Quiero que la Misa me aporte algo", se convirtió en la expectativa habitual. La consecuencia fue que los sacerdotes intentaban tener siempre ideas nuevas para atraer a las masas, como en un supermercado. Los precios o, mejor dicho, las expectativas disminuyeron. En cada estación se lanzaban "nuevas rebajas" y, en consecuencia, los creyentes practicantes empezaron a esperar, como en el mundo consumista, una serie infinita de experiencias adquisitivas gratificantes. 

El Rvdo. Humberto Álvarez, de Ojo de Agua, Sotillo, México, durante un particular rito del Asperges (Foto: Twitter)

Comprar en un almacén nos ayda a evitar la realidad. En la iglesia Walmart encontramos un bien que ya no es salvaje y que no nos arrastra a la aventura. Encontramos a un aburrido abuelo celestial que no nos causa ninguna incomodidad. Me puedo sentar en el regazo de este dios como si fuera el regazo de Papá Noel del centro comercial, decirle mis deseos, recibir una sonrisa y una palmadita en la espalda. Hace que me sienta bien. De un dios así no esperamos mucho, y no hay razón para que busque en las honduras del alma los deseos y necesidades que quisiera poner ante él. ¿Por qué debería rezar a un Jesús que es sólo "el símbolo del amor de Dios por la humanidad"? Si dios ya no es Dios, rezar es una pérdida de tiempo. 

[...]

Una fe con contenido, con afirmaciones de la verdad y el compromiso, ha sido reemplazada por una religón de sentimientos difusos. Demasiados catequistas y teológos han hecho que millones de católicos crean que los principios racionales, la Tradición y la Escritura no importan tanto como la "experiencia de los fieles". 

Nota de la Redacción: El fragmento está tomado de Lehner. U., Dios no mola, trad. de Helena Faccia Serrano, Madrid, Homo Legens, 2019, pp. 88-91. El título proviene del apartado donde se encuentra el texto reproducido. 

jueves, 9 de julio de 2020

¿Causaron los ritos litúrgicos reformados un “boom” en tierras de misiones?

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski, que trata un tema que suele salir cuando se conversa sobre la reforma litúrgica. Se trata del mayor crecimiento que ha experimentado el catolicismo en África y Asia en la época posconciliar, lo cual sería consecuencia de la simplificación de los ritos y, sobre todo, de la inculturación y la introducción de la lengua vernácula. El autor reproduce la respuesta que dio a una persona que le escribió preguntándole al respecto, así como la consulta que ésta le hizo, concluyendo que no hay argumentos serios para sostener que eso haya sucedido. De hecho, que haya algunos santos que hayan vivido los ritos reformados no quiere decir que ellos favorezcan la práctica religiosa, pues aun en momentos de profundas crisis de fe Dios ha suscitado santos en su Iglesia. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sio traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan al artículo original. 

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¿Causaron los ritos litúrgicos reformados un “boom” en tierras de misiones? 

Peter Kwasniewski

El siguiente intercambio epistolar puede interesar a los lectores de New Liturgical Movement, como una especie de secuela de mi artículo, del mes pasado, “Cómo la liturgia tradicional contribuye a la integración étnica y racial”.


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Querido Profesor Kwasniewski:

A menudo, en muchas discusiones con otros católicos sobre las reformas litúrgicas del siglo XX, surge la objeción de que ellas coinciden con la increíble explosión de la fe católica en muchas partes de Africa y Asia.

En general, respondo a ella diciendo que, no porque las reformas en su conjunto puedan haber tenido un positivo impacto, se justifica ninguna de ellas en particular, y se podría haber concedido alguna dispensa para usar algo de vernáculo en la Misa en territorio de misiones, sin realizar el tremendo esfuerzo de transformación que se llevó a cabo. Sin embargo, no estoy seguro de que esta respuesta sea convincente para la mayoría, y me pregunto si usted ha dedicado algo de tiempo a explorar esta idea. A mí me parece que hay aquí un vacío en el discurso pro liturgia tradicional. Tengo la impresión de que, aunque hay puntos legítimos en lo que se refiere al deterioro de la reverencia, la asistencia, la comprensión, etcétera, después de la promulgación del Misal 1969/1970, hay que tomar también en cuenta los frutos positivos de la era posconciliar.

En Cristo Jesús,

NN.

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Procesión en China en la década de 1950

Querido NN.:

Las misiones en África experimentaron una considerable expansión durante todo el siglo XX, incluyendo (como seguramente usted sabe) las misiones de los Padres Espiritanos, guiados por el Arzobispo Lefebvre. Todo indica que se puede conjeturar que esta trayectoria en alza habría continuado, posiblemente con más fuerza, si no se hubiera hecho descarrilar la Tradición. No existen pruebas de que el tradicional rito romano haya sido incapaz de introducirse y ser cultivado por los nativos de muchas regiones, junto con un enfoque, restringido y sensato, de inculturación y algún uso del vernáculo, especialmente en las lecturas y los cantos.

El punto negro lo pone el relajamiento de la doctrina y el culto después de que el Concilio permitió que florecieran abusos en tierras de misión, puesto que ya no operó una voluntad, paciente y persistente, de ponerles coto y corregirlos: y así tuvieron lugar la mezcla de ritos y creencias paganos y cristianos, la poligamia, el concubinato del clero, etcétera.  

Monseñor Lefebvre en el Congo

El crecimiento visto en las últimas décadas puede ser explicado demográficamente, sin necesidad de invocar al Concilio Vaticano II o a la liturgia reformada como causas. Hacerlo parecería un típico ejemplo de la falacia post hoc ergo propter hoc, falacia que a menudo se echa en cara a los tradicionalistas cuando éstos alegan que el Concilio Vaticano II o la liturgia reformada causaron, o fomentaron, una masiva disminución en la práctica religiosa, al menos en las naciones occidentales. Este último hecho, sin embargo, es indiscutible a estas alturas, en tanto que la alegación de que el Concilio Vaticano II y sus reformas facilitaron el crecimiento de las iglesias en otras partes del mundo no es en absoluto fácil de defender (el hecho de que se pueda atribuir bondades de cualquier tipo a este Concilio ha sido tema de intensa conversación últimamente, hecha posible por los escritos del Arzobispo Viganò y del obispo Schneider; los vínculos y la discusión pueden verse aquí [Nota de la Redacción: véase también esta entrada publicada el pasado martes]).

En Asia, el catolicismo experimentó, en general, un seguro crecimiento en el siglo XX, con las formas tradicionales de culto intocadas. Un ejemplo: en China, la perseguida Iglesia subterránea permaneció fuerte con la Misa tradicional hasta fines de la década de 1980, en que se introdujo el Novus Ordo en colusión con el Partido Comunista. La actual situación de China ciertamente no puede decirse superior a la anterior. Los vietnamitas fueron igualmente devotos y unánimes en su catolicismo tradicional y después con las novedades, y hoy hay muchos que han redescubierto la Misa tradicional y la aman. 



Como se dice en el libro The Case for Liturgical Restoration (vése especialmente los capítulos 25, 31 y 32, correspondientes a los Position Paper de FIUV), la mentalidad del Lejano Oriente, en general, calza bien con la ceremoniosidad contemplativa y el simbolismo de la Misa tradicional (basta recordar, al respecto, la ceremonia japonesa del té). Dicho de otro modo, las novedades del Novus Ordo, que algunos modernos encuentran atrayentes, son las mismas cosas -aunque por lo general más exitosas- que hay entre los protestantes evangélicos y los pentecostales. No causa sorpresa, por tanto, que los países del Tercer Mundo hayan experimentado un explosivo aumento de conversiones a esas sectas protestantes (y, trágico es decirlo, un explosivo aumento de defecciones al catolicismo). No hace falta decir que hay muchos otros aspectos que coadyuvan, como el alejamiento de la prédica de la Palabra de Dios y de algunas sanas devociones populares, en favor de un alineamiento con programas políticos socialistas. Para aquéllos que buscan a Dios, que quieren ser salvados por Cristo, esto habrá de ser un grave apagón.

Es cierto que algunos misioneros pidieron concesiones para usar el vernáculo en algunos casos (aunque debemos recordar también que un gran número de obispos en el Concilio Vaticano II habló en contra de la vernacularización), y no hay ningún motivo especial para creer que esa concesión es necesariamente una mala idea. Sin embargo, hay mucho en la liturgia católica que es constante todos los días, y ese contenido debiera ciertamente seguir siendo en latín (para un mayor análisis véase, por ejemplo, aquí, aquí, y aquí).


En mi último libro, Reclaiming Our Catholic Birthright, escribo lo siguiente, que me parece relevante para el presente tema (p. 12, nota 3):

“El que haya habido unos pocos santos después y durante el Novus Ordo no demuestra que, en su poder de santificar, sea igual a la Misa tradicional, tal como el hecho de que algunos demonios pueden ser expulsados por el nuevo rito del exorcismo no contradice el acuerdo general, existente entre los exorcistas, de que el rito latino tradicional del exorcismo es mucho más efectivo. A lo más, cosas como éstas prueban que a Dios no lo limitan los eclesiásticos ni sus reformas. Como enseñan los teólogos, Dios no está ligado por sus propias ordenanzas: Él puede santificar a las almas sin usar los sacramentos, aunque nosotros estamos obligados a usar los que Él nos ha dado. De un modo parecido, Dios puede santificar a un alma amante por medio de una liturgia sin Tradición ni reverencia ni belleza ni otras cualidades que debiera tener por ley divina y humana, aunque en el curso natural de las cosas las almas deben recurrir a estas poderosas ayudas de santidad”

Podría decirse algo similar sobre los “buenos frutos” después de la reforma litúrgica. ¿Existen ellos a causa de esa reforma, o a pesar de ella? Dios quiere la salvación de la humanidad, por lo que usará cualquier medio que ofrezca la Iglesia: un cuchillo afilado o un cuchillo sin filo. El cuchillo afilado cortará mejor, pero el que no tiene filo todavía servirá en muchos casos. Pero sería muchísimo mejor mantener el cuchillo afilado, o volver a tenerlo tan pronto como sea posible.

Cordialmente en Cristo,

Dr. Kwasniewski

Obispo misionero en China: catolicismo tradiconal inculturado

martes, 7 de julio de 2020

Concilio Vaticano II: todo o nada

En las últimas semanas varios obispos se han sumado a las críticas de S.E.R Carlo Maria Viganò respecto de la profunda crisis que vive la Iglesia (véase aquí y aquí las dos cartas que hemos publicado de monseñor Viganò, y aquí la última publicada hoy por Adelante la fe). Así ha ocurrido, por ejemplo, con S.E.R. Athanasius Schneider y el Cardenal Walter Brandmüller. El propio monseñor Viganó ha concedido una larga entrevista donde precisa alguna de sus afirmaciones. Mientras Sandro Magister lo acusaba de promover un cisma, por olvidar la clave de lectura conocida como "hermenéutica de la continuidad" propuesta por Benedicto XVI, Infovaticana señalaba que "la Tradición de la Iglesia es algo más serio que la opinión de uno entre cientos de Papas, y el mensaje eterno es el de Cristo, del que el Papa es representante mejor o peor".  Interpelado, monseñor Viganò respondió a esta acusación, señalando que no creía que hubiese nada censurable en afirmar que había que olvidar el Concilio Vaticano II. 

Algo está ocurriendo, sobre todo en ciertos sectores conservadores que rechazaban el hecho de que algo había cambiado desde 1965. Al parecer, cada vez son más las personas que se dan cuenta que el Concilio Vaticano II, lejos de representar una nueva Pentecostés o la primavera de la Iglesia, como se prometió, ha acabado sumiendo a la Esposa de Cristo en una de las crisis más profundas que ha vivido en su historia. Adelante la fe ha publicado dos traducciones de artículos relacionados con el tema, uno sobre cómo debatir sobre el Concilio y otro (de Peter Kwasniewski) sobre por qué hay que tomarse en serio las críticas de monseñor Viganò (The Wanderer también ofrece una traducción de este interesante artículo).

Convento do Carmo, Lisboa, Portugal, destruido por el terremoto de 1755

Estas declaraciones de distintos prelados reviven la discusión que se dio la década pasada gracias a las obras de Roberto de Mattei (Concilio Vaticano II: una historia nunca escrita, 2010) y Brunero Gherardini (El Concilio Vaticano II: una explicación pendiente, 2011), entre otras. Todavía queda mucho por discutir en torno al Concilio, como lo evidencian las conversaciones entre la Sede Apostólica y la Fraternidad de San Pío X. 

Para contribuir con este debate, les ofrecemos hoy un texto del Prof. Augusto Merino Medina, conocido de nuestros lectores, donde aborda de manera especialmente crítica la situación. De modo similar a esa frase de Cristo cuando reprende las argucias retóricas de los fariseos, explicando que quien no está con Él, está contra Él (Mt. 12, 30), la alternativa que propone el autor es igualmente radical y opuesta: el Concilio Vaticano II se toma con todo lo que trae consigo, o bien se deja de lado para vivir la fe de acuerdo con el Magisterio perenne de la Iglesia. Estas opciones quedan reflejadas en la Misa, puesto que la liturgia reformada es el principal reflejo de la nueva teología conciliar. Esto no supone cuestionar su validez, pues en ella se hace real, verdadera y sustancialmente presente el Cuerpo y la Sangre de Cristo mediante la consagración de las especies. El problema es otro, y mucho más profundo, pues atañe a la forma en que se vive la fe a través de esos ritos, como expresión de la oración pública de la Iglesia. Como señalaba John Senior, la Misa tradicional representa "la obra de arte más refinada y más bella que haya existido en el mundo; el corazón, el alma, la fuerza más determinante de nuestra civilización occidental, y la madre nutricia de tantos santos". A ellas, pues, debemos volver, con un corazón contrito y humillado. 

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Vaticano II: o todo o nada

Augusto Merino Medina

“El Segundo Concilio Vaticano parece menos una asamblea episcopal que 
un conciliábulo de manufactureros asustados 
porque perdieron la clientela”.
Nicolás Gómez Dávila

Hay quienes parecen valorar la unidad de la Iglesia por sobre todas las cosas. Y, aunque no lo dicen derechamente, están dispuestos a pagar, para  lograrlo, el precio de mirar para el lado, hacer como que no ven lo que hay que ver, esconder la basura debajo de la alfombra, olvidando que la verdadera unidad sólo puede fundarse en la Verdad y cimentarse con la Caridad. Pero, por mucha Caridad que se nos predique y por mucho que se nos enrostre aquello de “no juzguéis si no queréis ser juzgados”, el fundamento no puede ser otro que la Verdad. Lo cual no quiere decir que, en ausencia de ella, y puesto que no hay nada que cimentar, la Caridad no tenga función alguna que cumplir: aunque esa función no se reduzca a ser sólo un anzuelo, debe funcionar como la miel, que atrae más moscas que el vinagre. Por lo demás, el abstenerse de juicio condenatorio se refiere a las personas, no a las ideas ni a los actos. ¡Linda cosa sería que, recurriendo a ese precepto evangélico, se quisiera impedirnos decir “esto está bien, esto está mal”, sacando absolutamente de quicio lo que el Señor ha querido decirnos!

Vivimos en unos tiempos en que el pus eclesiástico ha emergido, finalmente, a la superficie, y gracias al cielo hay obispos que están comenzando a apuntar a él sin tapujos, sin precauciones “carrerísticas”, sin preocuparse de un “cursus honorum” egoísta, tristemente burocrático. Y hete aquí que dos obispos, S.E.R. Carlo Maria Viganò y S.E.R. Athanasius Schneider, han empezado a publicar textos francos y directos, en que se apunta a la raíz, a la causa de los males de la Iglesia en esta época, que no es otro que el Concilio Vaticano II. La denuncia del Vaticano II, aunque iniciada por diversos autores e intelectuales desde hace décadas, viene ahora a recibir el apoyo de dos figuras episcopales de estatura mundial que hablan sin cuidado alguno por su “carrera” eclesiástica ni por eventuales amenazas provenientes del más alto trono. Monseñor Viganò, de hecho, ya ha puesto en riesgo su vida misma al hacer las denuncias de corrupción vaticana que venido realizando desde hace un par de años, y vive escondido en Italia (es la única precaución que ha tomado, y nadie podría reprochársela).

La Basílica de San Pedro durante el Concilio Vaticano II
(Foto: Portaluz)

Con todo, se han formulado dos posiciones en torno a la denuncia del Vaticano II. Algunos piensan, quizá llevados por una forma de entender la prudencia (es decir, por una forma de captar la realidad de lo que está ocurriendo; la prudencia se mide en el contacto con la verdadera realidad, no con casos hipotéticos), que es necesario discernir en ese Concilio lo que hay de positivo y de negativo, separar la paja del trigo, rescatar lo rescatable y condenar el resto o, como dice San Pablo, examinarlo todo y quedarse sólo con lo bueno. Otros agregan que es necesario proceder gradualmente, no precipitar las cosas. Y entre lo rescatable de dicho evento mencionan el llamado a la santidad universal, hecho especialmente a los laicos, cosa que, aunque había caído por mucho tiempo en un cierto olvido, no es novedad alguna ni “aporte” del Concilio: “sed santos como vuestro Padre celestial es santo” es algo que jamás ha dejado de oírse en los veinte siglos de historia de la Iglesia.

Contra la opinión de que se debe hacer una especie de tamizado de los textos conciliares hay que recordar que el error, cuando va agazapado -agazapamiento que fue la gran táctica de los herejes y modernistas que los redactaron a fin de que pasaran desapercibidos por el rebaño episcopal, ignorante, confiado e iluso, que les dio su aprobación- y se mezcla con la Verdad, contamina a toda ésta y se vuelve mucho más peligroso. Una Verdad contaminada de error es peor que un error puro. Y aquí se trata de errores que están diseminados en mil partes, en mil expresiones o giros conceptuales, en mil supresiones de ideas y en mil otras formas: quizá los textos menos peligrosos sean aquellos en que el error es más claro (recuérdese que Pablo VI, en un intervalo lúcido, ordenó, cuando leyó la versión original de Lumen Gentium, que no se publicara sin una “Nota explicativa previa” que aclarara las desviaciones eclesiológicas del texto, y que Gaudium et Spes es un escrito tan ajeno a la realidad social y política de su época, a la que pretende dirigirse, y a lo que entonces ya se veía venir, que su sola lectura deja estupefacto a quien tiene la paciencia de recorrerlo). Pero es fundamental considerar, además de los propios textos, que el hecho mismo del Concilio, su acaecimiento y, sobre todo, la proyección que se quiso darle y que realmente ha venido dándosele hasta hoy, es ya suficiente motivo de escándalo y de rechazo.

Por ello, monseñor Viganò ha propuesto que, en vez de empantanarse en el salvataje de los trozos quebrados de verdad que afloran aquí y allá en el aluvión y que no constituyen novedad alguna ni aclaran la doctrina, es preferible abstenerse de mencionar este Concilio y dejar que vaya cayendo en el olvido. Su posición es clarividente: la mención del Concilio, repetida constante y machaconamente en el Magisterio posterior, en que se lo pone como punto de partida de una Iglesia “renovada” que ha terminado por revelarse como verdaderamente nueva, es quizá lo único que lo mantiene vivo en la memoria católica colectiva, ya que el contenido mismo de sus textos y declaraciones son universalmente desconocidos, incluso por muchos de sus más fervientes partidarios. Dejar de mencionar el “hecho” del Concilio hará, muy probablemente, que en poco tiempo (habida consideración de la magnitud de la temporalidad de la historia eclesiástica) sea olvidado del todo.

San Juan Pablo II  y el arzobispo anglicano Robert Runcie rezan arrodillados ante el altar de la Catedral de Canterbury (1982)
(Foto: Pray Tell

Y, mientras eso sucede, es urgente dedicarse a traer nuevamente a la superficie el verdadero rostro de la Iglesia, la Esposa de Cristo, sumergida por el maremoto conciliar. Todos los grandes momentos de la historia humana han tenido su eje dinámico en algún acontecimiento simbólico: basta pensar en que la toma de la Bastilla fue suficiente para desencadenar la Revolución Francesa, o que el asesinato de César dio paso al término de la República romana. Aquí el hecho simbólico que puso en movimiento la destrucción de la Iglesia y su reemplazo por otra, nueva y diferente, fue el arrasamiento de la liturgia de la Santa Misa. La “nueva Misa” es la bandera del Concilio, en torno a la cual se han agrupado sus partidarios, quienes la defienden ciegamente, furiosamente, con un ímpetu verdaderamente fanático. Ella es el termómetro de la adhesión a la nueva religión, y permite limpia y rápidamente identificar al enemigo, es decir, a quien se aferra todavía a la “vieja religión”. Es un signo visible; no hace falta someter a escrutinio teológico a los católicos antiguos, ya sea en el clero o en los seminarios o en el laicado; basta, para identificarlos, observar cuál es el rito con el que dan culto a Dios ofreciéndole el sacrificio de Cristo.

Por eso es que, entre otras cosas con las que hay que romper drásticamente, está el Novus Ordo, incluso el que se celebra decorosamente: existe el peligro de que, si se conserva parte de las externalidades de la verdadera Misa, como los paramentos sacerdotales, el canto gregoriano, o el uso de incienso o de procesiones o del latín, se escamotee el fondo verdaderamente heterodoxo del Novus Ordo, que incluye no sólo la liturgia de la Misa, sino también el leccionario litúrgico, la liturgia de los demás sacramentos, el calendario litúrgico anual, etcétera. Hay cosas, como las externalidades recién mencionadas, que ayudan a ocultar el fondo de la profunda transformación teológica que ha tenido lugar. Muchos católicos creen, ingenuamente, seguir conectados con la Sagrada Tradición por el hecho de usarse el latín o las campanillas en la Misa dominical, olvidando que Lutero prescribió que similares formas externas (incluso el latín) se mantuvieran al tiempo que se transformaba el fondo, para que la transición entre lo antiguo y lo nuevo (entre lo ortodoxo y lo heterodoxo) no desconcertara al pueblo católico alemán y lo hiciera entrar en dudas sobre la nueva religión. Un Novus Ordo celebrado con la reverencia y aparato con que se celebraba la verdadera Misa es una Verdad contaminada de error y, por tanto, peor que un simple error.

Hay quienes no aceptarán una posición como ésta y la tildarán de radical e inconsulta, trayendo a colación el hecho de que, en el Novus Ordo, y suponiendo (es una mera suposición) que la intención con que se lo celebra es la misma de la Iglesia (la antigua, por cierto; no la nueva, que es una religión diferente), tiene válidamente lugar en él la transubstanciación del pan y del vino y se tiene sobre el altar, finalmente, al propio Señor con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Muchos habrá que retrocedan ante este hecho esencial y, llenos de temor reverencial, se arredren ante lo que hay que hacer. En verdad, lo que en el Novus Ordo en que hay consagración válida de las especies hace estremecerse es, más bien, el sacrilegio material que ello implica: se hace presentarse al Señor en medio de un rito impíamente fabricado, en ruptura con la Sagrada Tradición. El solo hecho de creer que, por ser válida la consagración, queda validado el rito de la Misa, equivale a creer que ésta es un simple mecanismo para consagrar las especies (una especie de magia cristiana en que lo único importante es pronunciar bien el abracadabra), y que todo lo demás es prescindible. Se trata, por cierto, de un craso error que revela un total desconocimiento de la naturaleza de la liturgia: la importancia de las formas rituales que la Iglesia, a lo largo de veinte siglos ha mantenido, con graduales y orgánicos perfeccionamientos, son parte fundamental del sacrificio que se ofrece al Padre. Dejarlos de lado, como hicieron los modernistas que fabricaron el Novus Ordo, es transformar la Misa en una especie de “consagración in vitro”, como con vigorosa expresión lo ha dicho Peter Kwasniewski.  

"Guardad los misales y los ornamentos, porque volverá la Misa de toda la vida, la de San Pío V!" 
(San Josemaría Escrivá de Balaguer)

Finalmente, digamos un par de palabras en torno a otro tema que da por sí mismo para otro texto: el que el Novus Ordo haya sido aprobado por el papa Pablo VI no le concede legitimidad alguna, porque al hacerlo, ese Papa se excedió de la órbita de su suprema potestad. La papolatría que, desgraciadamente, ha contaminado la mente católica en los últimos 150 años, no permite comprender que el Papa no puede hacer cualquier cosa, ni abrir y cerrar con las llaves, ni ligar ni desligar con absoluta discreción: el Papa no está por sobre la Sagrada Tradición, fuente de la Revelación, como tampoco lo está (¡que hayamos llegado a tener que decirlo!) por sobre la Sagrada Escritura. Nunca un Papa en la historia de la Iglesia se atrevió a meter mano tan descaradamente en la sagrada liturgia y sólo el exceso de la “hybris” posconciliar permitió a ese Papa pensar que podía hacer lo que hizo. Pero su error que, quizá desde un punto de vista subjetivo pueda serle condonado, no cambia el estatus ilegítimo del nuevo rito que aprobó. Si hay que dejar caer en el olvido el Concilio, habrá que comenzar por echar abajo su bandera, el Novus Ordo. Ello habrá de ser la “toma de la Bastilla” si es que queremos, verdaderamente, recuperar la auténtica Iglesia católica y la auténtica fe.