martes, 17 de enero de 2017

FIUV Working Paper 2

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 2 dedicado a la piedad litúrgica y la participación de los fieles, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de marzo de 2012. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del sumario (Abstract) que lo precede. 

 Imagen: FIUV

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Piedad litúrgica y participación

Sumario

El Movimiento Litúrgico, desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, promovió una forma de piedad inspirada fundamentalmente en la liturgia. Naturalmente, esto hizo que se insistiera en la comprensión de la liturgia, lo cual llevó a que, junto con la catequesis litúrgica, algunos de sus miembros recomendaran que se hiciera una exposición de aquellos aspectos de la liturgia que, de algún modo, permanecían ocultos (debido al uso del latín, al silencio, a la celebración ad orientem, etcétera), y que se simplificaran algunos ritos. Sin embargo, como lo señaló San Juan Pablo II, la comprensión cabal de la participación litúrgica no se limita a una comprensión intelectual de los ritos, sino que incluye el impacto del rito en la persona en su totalidad. El Papa Benedicto XVI, al referirse a la “sacralidad” de la tradición litúrgica anterior, llama la atención hacia el hecho de que varios aspectos de los ritos que podrían parecer obscuros a la comprensión de los fieles (ceremonial complejo, el latín, el silencio, etcétera), en realidad facilitan la participación de la persona en su integridad, por cuanto comunican las realidades sagradas del rito en una forma que trasciende a las palabras.

Los comentarios a este texto pueden enviarse a positio@fiuv.

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Wilhelm Leibl: Tres mujeres en la iglesia (1882, Kunsthalle Hamburg)
(Imagen: Wikimedia Commons)

Texto

1. La expresión “piedad litúrgica” se refiere a la piedad que es fomentada por la frecuente participación en la liturgia, que se alimenta del desarrollo de los sagrados misterios a través del ciclo litúrgico anual, y para cuya formación los textos de los libros litúrgicos y las ceremonias de los ritos litúrgicos son centrales y no periféricos. Se diferencia esta piedad de la que se forma predominantemente mediante devociones no litúrgicas, ya sean públicas o privadas. El fomento de la piedad litúrgica y la participación en la liturgia que a ella conduce, son, podría decirse, los objetivos finales del Movimiento Litúrgico desde sus principios en el siglo XIX hasta el influjo que él tuvo en la liturgia después del Concilio Vaticano II. Los sucesivos Papas se encargaron de alentar este movimiento y, simultáneamente, de advertir contra las conclusiones exageradas y erróneas que derivaron a veces de este ideal. El concepto de piedad litúrgica es particularmente interesante en el contexto de la forma extraordinaria del misal romano, ya que su ideal sigue influyendo en la discusión sobre la participación de los fieles en la liturgia, sobre cómo debiera celebrarse dicha forma extraordinaria y cómo debieran evolucionar sus libros litúrgicos al paso del tiempo. El presente ensayo, en particular, se propone iluminar el problema de si la tradición litúrgica anterior es, en sí misma, un obstáculo a la debida participación litúrgica de los fieles, y de si los argumentos del Movimiento Litúrgico, así como el magisterio que le fue contemporáneo, como la encíclica Mediator Dei de Pío XII, debieran ser entendidos como una indicio de que tal obstáculo es real.

2. El deseo de una mayor piedad litúrgica surgió espontáneamente de dos observaciones. Primero, la liturgia católica es una fuente inmensamente rica de devoción. El Cardenal inglés Wiseman exclamaba ya en época tan temprana como 1842: “No hay, ni en todos nuestros libros modernos considerados en conjunto, lugar u objeto alguno sobre los cuales se haya prodigado, por decirlo así, más rica poesía y más oraciones solemnes, que sobre los del culto a que asiste el católico”[1]

 Eduardo Cano de la Peña, Retrato del Cardenal Nicholas Wiseman (c. 1865, U. de Sevilla)
(Imagen: Wikimedia Commons)

3. Segundo, la liturgia, en particular la Eucaristía, es por su naturaleza misma una oportunidad privilegiada para que el cristiano se comunique con Dios. La liturgia es la oración pública de la Iglesia, y la Misa es la representación del Sacrificio de Cristo en la Cruz: al unirse a la primera, el fiel puede tomar parte en la perfecta oración que a Dios presenta su Esposa sin mancha; al unirse al segundo, los fieles pueden asociar sus propias ofrendas al perfecto Sacrificio que se ofrece al Padre, el Sacrificio de la Víctima sin mácula.

4. Para que la liturgia tenga en la vida de devoción del católico corriente el lugar que debiera, la participación del mismo en la liturgia debe ser todo lo profunda que se pueda. Un modo de fomentar esto fue promover la formación litúrgica tanto del clero como de los fieles[2], especialmente mediante libros de liturgia –misal de los fieles- como sobre liturgia, como el monumental Año litúrgico de Dom Prosper Guéranger, publicado entre 1841 y 1844. Dom Guéranger escribió en el prefacio, luego de hacer ver el valor especial de la oración unida a la Oración de la Iglesia: “La oración litúrgica se volvería rápidamente impotente si los fieles no tomaran realmente parte en ella o, por lo menos, no se asociaran a ella de corazón: ella puede sanar al mundo, pero a condición de que sea comprendida”[3].

5. Desde sus mismos principios, las metas y aspiraciones del Movimiento Litúrgico implicaron una tensión. Por un lado, la riqueza, es decir, la profundidad, densidad y complejidad teológicas de la liturgia católica es una de las razones para promover un mayor aprecio de la misma, en particular como fundamento de la devoción contemplativa. Por otro lado, si la participación en la liturgia, que se recomendaba también por el Magisterio de la época[4], requiere una adecuada comprensión de la misma, parecería que dicha participación podría ser favorecida tanto por la explicación de las partes de la liturgia que tradicionalmente están ocultas de un modo u otro (diciéndose en voz alta las oraciones que se dicen en silencio, usándose el idioma vernáculo, diciéndose la Misa versus populum), como por la simplificación de los ritos.

6. Esta tensión explica el porqué del debate al interior del Movimiento Litúrgico sobre la reforma litúrgica, el que se prolongó por más de un siglo. Hubo en el Movimiento muchos escritores profundamente apegados a la liturgia tal como ella les había sido transmitida, y opuestos, por ejemplo, al uso de vernáculo: Guéranger mismo fue un ejemplo de esto. Otros fueron de la opinión contraria[5].

 Dom Gueránger
(Imagen: Crisis Magazine)

7. Esta tensión puede solucionarse, sin embargo, con dos observaciones. En primer lugar y muy claramente, si se la lleva a sus conclusiones lógicas, la idea de facilitar la comprensión de un rito simplificándolo es contradictoria, porque el proceso de simplificación tiene como resultado el que habrá menos materia que comprender. La supresión de oraciones  y ceremonias claramente suprime cosas que podrían ser objeto de una fructífera meditación. 

8. En segundo lugar, la “comprensión” de que se discute en la participación litúrgica no es primariamente una cuestión de captar el significado de determinadas proposiciones, sino que se refiere más bien al impacto espiritual de la liturgia en el participante. El P. Aidan Nichols OP, analizando las opiniones de varios sociólogos que estudian el ritual religioso, dice:

“Para el sociólogo no es en absoluto evidente que los ritos breves, claros, tienen un mayor potencial transformador que los ritos complejos, abundantes, ricos, largos, provistos de un elaborado ceremonial”[6].

Y añade:

“La noción de que el signo, mientras más inteligible sea, más efectivamente penetrará en la vida de los fieles no es aceptable para la imaginación sociológica […] una cierta opacidad es esencial a la acción simbólica, según lo explican los sociólogos […][7].

9. No está en juego aquí sólo el impacto estético, sino la cuestión general relativa a la comunicación no-verbal. El ceremonial complejo indica, en un lenguaje universal, la importancia de lo que fuere que está en el centro de la ceremonia. El uso del latín sirve para enfatizar la antigüedad y universalidad de la liturgia, como lo observó San Juan XXIII[8]. El uso del silencio es un medio muy efectivo de subrayar el carácter sagrado de lo que está teniendo lugar[9]. Lo mismo puede decirse de muchos aspectos de la tradición litúrgica anterior que podrían parecer, superficialmente, impedimentos para la comprensión de los fieles. San Juan Pablo II se refiere a tales cosas al hablar de la liturgia de las Iglesias de Oriente:

“La larga duración de las celebraciones, las reiteradas invocaciones, todo expresa una gradual identificación de la persona entera con el misterio que se celebra”[10].

Y como lo señala la Instrucción Liturgiam Authenticam:

“La Sagrada Liturgia compromete no sólo el intelecto del ser humano sino toda su persona, la cual es el 'sujeto' de una participación plena y consciente en la celebración litúrgica”[11].

 El Siervo de Dios Pío XII celebrando la Santa Misa
(Imagen: Orbis Catholicus)

10. El punto es subrayado por la encíclica Mediator Dei de Pío XII. Junto con aprobar una serie de iniciativas de los seguidores de Movimiento Litúrgico y con condenar otras, el Papa hace una importante cualificación: muchos fieles son incapaces de usar el misal romano aunque esté escrito en vernáculo, y no pueden en absoluto comprender correctamente los ritos y fórmulas litúrgicos. Los talentos de los seres humanos son tan variados y diversos que es imposible que todos se sientan movidos y atraídos en la misma medida por las oraciones colectivas, por los himnos y las ceremonias litúrgicas. Además, las necesidades e inclinaciones no son las mismas en todos, ni están constantemente presentes en un mismo individuo. ¿Quién podría decir, si se aceptara semejante prejuicio, que no todos estos cristianos pueden participar en la Misa o aprovechar sus frutos? Por el contrario, ellos pueden usar algún otro método más fácil para ciertas personas: por ejemplo, pueden meditar amorosamente los misterios de Jesucristo, o realizar otros actos de piedad o recitar oraciones que, aunque sean diferentes de las de los ritos sagrados, están, sin embargo, esencialmente en armonía con ellos[12].

11. Mediante esta más amplia comprensión de la participación, que es ciertamente activa y litúrgica pero que involucra a toda la persona y no meramente su intelecto, podemos enfrentar nuevamente el problema planteado por el Movimiento Litúrgico sobre la forma que debiera tener una piedad propiamente litúrgica. Estar empapado con el espíritu de la liturgia, poner a la liturgia en el lugar de honor que le corresponde en la vida espiritual de cada uno, exige cierto grado de catequesis litúrgica, pero, sobre todo, exige repercutir en nosotros precisamente del modo que la Iglesia, en la liturgia, quiere que repercuta, o sea, con un profundo sentido de sagrado temor, temor que es la respuesta racional a la aprehensión de lo Santo. Es este sentido lo que nos estimula a participar espiritualmente en el Sacrificio del modo más intenso posible. El Papa Benedicto XVI  ha observado que uno de los carismas propios de la forma extraordinaria es su “sacralidad”, su evocación del temor sagrado[13]. Lo misterioso de las ceremonias; el hecho de que las oraciones se digan en un lenguaje sagrado, aun en silencio; el hecho de que algunas partes se la liturgia sean sustraídas a la vista, todo ello contribuye de por sí a ese temor sagrado, y de este modo más facilita que impide la participación de los fieles.   

 El entonces Cardenal Ratzinger pontificando en la forma tradicional del rito romano
(Imagen: Watershed)




[1] Wiseman, N., “On Prayer and Prayer Books”, Dublin Review, noviembre de 1842. Esta idea se repite en la Constitución sobre la liturgia del Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, núm. 33.

[2] Es muy impresionante la energía de Sacrosanctum Concilium en la promoción de la formación litúrgica: véase los núm. 14-22.

[3] Guéranger, P., El año litúrgico: Adviento, pp. 6-7.

[4] En especial el motu proprio de San Pío X Tra le sollicitudine (1903): “Llenos, como estamos, de más ardiente deseo de ver florecer el espíritu cristiano en todos los aspectos y de que lo preserve por todos los fieles, Nos estimamos necesario proveer ante todo a la santidad y dignidad del templo en el cual los fieles se reúnen para nada menos que adquirir este espíritu de su principal e indispensable fuente, que es la activa participación en los santísimos misterios y en la oración pública y solemne de la Iglesia”.

[5] El artículo de 1916 de Joseph Gottler “Pia Desideria Liturgica” pedía la “antemisa” en vernáculo y la supresión de algunas ceremonias. Romano Guardini puso, de hecho, en práctica la Misa versus populum en el período entre guerras.

[6] Nichols, A., Looking at the Liturgy: a Critical View of its Contemporary Form (San Francisco, Ignatius Press, 1996), p. 59.

[7] Nichols, Looking at the Liturgy, cit., p. 61.

[8] Juan XXIII, Constitución apostólica Veterum Sapientia (1963), núm. 8. Véase también Pablo VI, Carta apostólica Sacrificium Laudis (1968): “porque este lenguaje [el latín] es, en la Iglesia Latina, una fuente abundante de civilización cristiana y un riquísimo venero de devoción”.

[9] El Papa Benedicto XVI escribe en El espíritu de la liturgia (Madrid, Ediciones Cristiandad, 2001), p. 209: “Cada vez nos damos más cuenta y más claramente de que el silencio es parte de la liturgia. Con el canto y la oración respondemos al Dios que nos habla, pero el misterio mayor, que supera a todas las palabras, nos exige silencio”.

[10] Juan Pablo II, Encíclica Orientale Lumen (1995), núm. 11: “Extractum longius celebrationum tempus, iteratae invocationes, omnia denique comprobant aliquem paulatim in celebrandum mysterium ingredi tota sua cum persona”.

[11] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Liturgiam Authenticam (2001), núm. 28: “Sacra Liturgia non solum hominis intellectum devincit, sed totam etiam personam, quae es “subiectum” plenae et consciae participationis in celebration liturgica”.

[12] Pío XII, Encíclica Mediator Dei (1947), núm. 108: “Haud pauci enim e christifidelibus “Missale Romano”, etiamsi vulgata lingua exarato, uti nequeunt; neque omnes idonei sunt ad recte, ut addecet , intelligendos ritus ac formulas litúrgicas. Ingenium, índoles ac mens hominum tan varia sunt atque adsimilia, ut nos omnes queant precibus, canticis sacrisque actionibus, communiter habitis, eodem modo moveri ac duci. Ac praeteream animorum necessitates et propensa eorum sustia non eadem in omnibus sunt, neque in singulis simper eadem permanent. Quis igitur dixerit, praeiudicata eiusmodi opinione compulsus, tot christianos non posse Eucharisticum participare Sacrificium, eiusque perfrui beneficiis? At ii alia ratione utique possunt, quae facilior nonnullis evadit; ut, verbi gratia, Iusu Christi mysteria pie meditando, vel alia peragendo pietatis exercitia aliasque fundendo preces, quae, etsi forma a sacris ritibus different, natura tamen sua cum iisden congruunt”. La preocupación por las varias formas de participación se reitera en Sacrosanctum Concilium, núm. 26: “[las ceremonias] involucran a los miembros de la Iglesia en diversas formas, de acuerdo con su diferente rango, oficio, y participación efectiva” (“Quare ad universum Corpus Ecclesiae pertinent illudque manifestant et afficiunt; singula vero membra ipsius diverso modo, pro diversitate ordinum, munerum et actualis participationis, attingunt”).

[13] El papa Benedicto XVI habla de “la sacralidad que atrae a muchas personas hacia el uso antiguo” [Carta a los Obispos, que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum (2007)].

sábado, 14 de enero de 2017

Benedicto XVI: últimas conversaciones (I)

Este año se cumple el décimo aniversario del motu proprio Summorum Pontificum, merced al cual el papa Benedicto XVI permitió que cualquier sacerdote pudiese celebrar, sin ninguna autorización especial, la Santa Misa y los demás sacramentos conforme a los libros aprobados por San Juan XXIII y vigentes en 1962. Por eso, la tercera versión del congreso que con ese nombre realizamos en Santiago de Chile desde 2015 estará dedicado a conmemorar ese documento, cuyo provecho espiritual para toda la Iglesia se ve ostensiblemente.

En homenaje al hoy Papa emérito, que desde su retiro en el monasterio vaticano Mater Ecclesiae apoya con su oración y penitencia a toda la Iglesia y, en especial, a su sucesor, queremos ofrecerles en esta y una próxima entrada algunos fragmentos escogidos del último libro de entrevista escrito por Peter Seewald, con quien Joseph Ratzinger ya había colaborado en tres libros anteriores (Sal de la tierra, 1996; Dios y el mundo, 2000; y Luz del mundo, 2010). El libro fue publicado originalmente en alemán con el título de Benedikt XVI. Letzte Gespräche por la Editorial Droemer. La versión española, que lleva el título Benedicto XVI. Últimas conversaciones con Peter Seewald, se debe a Mensajero, una editorial fundada por la Compañía de Jesús.  En Chile está ya disponible en librerías y puede también adquirirse en línea aquí.

 Portada de la versión original alemana
(Foto: Droemer Knaur)

El criterio para seleccionar las partes que transcribimos aquí para nuestras lectores, cuya referencia exacta viene cumplidamente indicada en una nota final, ha sido principalmente litúrgico: hemos escogido aquellas respuestas que dicen relación con la liturgia de la Iglesia, tan cara desde siempre para Joseph Ratziger, y el modo en que ella ha imbricado su ministerio sacerdotal, episcopal y petrino. Se reproducen también algunas respuestas relativas a su pensamiento teológico y al Concilio Vaticano II, respecto del cual es conocida la exhortación del Papa a los pocos meses de iniciar su reinado de interpretarlo bajo una matriz de reforma en la continuidad, leyendo sus textos conforme a la Tradición de la Iglesia (véase aquí ese célebre discurso). 

 S.S. Benedicto XVI junto a Peter Seewald. 
(Imagen: Youtube/MK-Online)

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Benedicto XVI: Últimas conversaciones 

Peter Seewald

[…]

¿Por qué [redactó su renuncia] en latín?

Porque algo así de importante se anuncia en latín.

Además, el latín es una lengua que domino hasta el punto de poder escribir correctamente en ella. También podría haberlo escrito en italiano, claro, pero con el peligro de que se me deslizaran un par de errores.

[…]

En una carta al Niño Jesús le pide como regalos de Navidad «un misal del pueblo Schott, una sotana verde de monaguillo y un Corazón de Jesús». ¿No es una petición bastante insólita para un niño de siete años, los que tenía Ud. cuando escribió esa carta?

(Ríe). Sí, claro, pero para nosotros la participación en la liturgia era desde el principio realmente constitutiva y una gran vivencia, un mundo misterioso en el que uno deseaba adentrase más. Y jugar entre nosotros a los párrocos era, se mire como se mire, un bello juego. En aquel entonces todavía estaba muy extendido [Nota de la Redacción: sobre este tema hemos publicado antes una entrada]. 

[…]

En sus memorias dice que la vocación al sacerdocio «creció en mí con toda naturalidad, sin espectaculares vivencias de conversión». Si no hubo grandes vivencias espirituales, al menos las había pequeñas, ¿no?

Diría que fue la cada vez más profunda inmersión en la liturgia. El reconocimiento de la liturgia como verdadero centro y el intento de entenderla a fondo junto con toda la urdimbre histórica que hay tras ella. Teníamos un profesor de religión que acababa de escribir un libro sobre las iglesias estacionales romanas.

Y había preparado su trabajo en cierto modo en la clase de religión. Gracias a él aprendimos asimismo muy bien, de forma muy concreta, la base histórica. 

Eso realmente me procuraba alegría. En este sentido, me ocupé entonces de las preguntas religiosas en conjunto. Era el mundo en el que más a gusto me sentía.

[…]

 El pequeño Joseph Ratzinger
(Foto: The Benedict Forum)

En sus memorias destaca Ud. en especial las grandes celebraciones litúrgicas en la catedral, pero también la sosegada contemplación en la capilla de la casa.

Ambas cosas eran muy importantes. La catedral con su resplandor, esto es, una iglesia de sobrecogedora belleza. También la música litúrgica era allí muy hermosa. La capilla era pequeña –más tarde se amplió, para que hubiera sitio para todos; nosotros nos arrodillábamos muy atrás, estábamos un poco de lejos de más–, pero a pesar de ello tenía, por el retablo y por la atmósfera espiritual, una fuerza realmente conmovedora.

[…]

Aquí se trata evidentemente de algo que lleva más allá, de algo que trasciende el sacerdocio [con referencia a su vocación de teólogo] .

Bueno, Dios exige a cada cual algo específico. Yo estaba convencido de que también querían algo de mí. También pensaba, sin embargo, que tendría que ver con la teología. Pero no estaba definido aún de forma más precisa

O sea, ¿qué también Ud. practicaba totalmente en serio con aquel muñeco de bebé junto a la pila bautismal?

¡Que sí, que sí!

¿Y qué tal se le daba? ¿Se las apañaba o  no?

En eso no era tan torpe como suelo serlo. También en mi primer año de coadjutor en Bogenhausen celebré muchos bautizos, porque dentro de los límites de la parroquia había una clínica de obstetricia, en la que todas las semanas celebraba un par de ellos.

[…]

En la invitación a su primera Misa figura el siguiente lema: «No somos dueños de vuestra fe, sino cooperadores de vuestro gozo». ¿Por qué se decidió por esta frase?

A consecuencia de nuestra visión moderna, no solo cobramos conciencia de que las ínfulas eclesiásticas constituyen un error y de que el sacerdote siempre es siervo, sino que también trabajamos intensamente para no llegar si quiera a subirnos a ese pedestal. Yo no me habría atrevido a presentarme como «monseñor» o «reverendísimo». La conciencia de que no somos señores, sino colaboradores, servidores, fue para mí, aparte de consoladora, personalmente importante para dar el paso de la ordenación. De ahí que dicha frase representara para mí un motivo central. Un motivo que había encontrado en el epistolario litúrgico, en la lectura de la Sagrada Escritura, en los textos más diversos, y en el que me veía reflejado de manera especial.

Recuerdo de la ordenación y primicia de Joseph Ratzinger y de su hermano Georg
(Imagen: Süddeutsche Zeitung)

Sus discípulos dicen que han observado a lo largo de décadas que, en la celebración de la Eucaristía, Ud. nunca cae en la rutina, sino que siempre se entrega por completo a la consagración como si fuera la primera vez.

Bueno, es que es algo tan emocionante que uno se siente conmovido por ello cada vez que celebra. Quiero decir, es del todo extraordinario que ahí se haga presente el Señor en persona. El hecho de que el pan no sea ya pan, sino el cuerpo de Cristo, le penetra a uno en el alma, naturalmente.

[…]

¿En qué bando se sentía encuadrado Ud. entonces [cuando comenzó su docencia]? ¿En el progresista?

Sí, diría que sí. A la sazón, ser progresista no comportaba todavía romper con la fe, sino aprender a comprenderla mejor y vivirla de manera más adecuada, desde el origen. En aquel entonces todavía creía que eso era lo que todos queríamos. De manera análoga pensaban progresistas famosos como De Lubac, Daniélou, etcétera. El cambio de las tendencias ideológicas ya se hizo perceptible en el segundo año del concilio, pero solo comenzó a perfilarse con claridad con el paso de los años.

[…]

Como participante en todo ello [en los grupos de vanguardia teológica], como corresponsable, ¿no siente uno remordimientos?

Uno sí que se pregunta si lo ha hecho bien. En especial cuando el conjunto se salió de quicio en tan gran medida, esa fue una pregunta que ciertamente me planteaba. El cardenal Frings sintió después remordimientos muy intensos. Pero yo siempre tuve la conciencia de que cuanto de hecho habíamos dicho y conseguido sacar adelante era correcto y además debía acaecer. En sí, actuamos correctamente, aunque sin duda no previmos bien las consecuencias políticas y las repercusiones fácticas. Se pensó en exceso en lo teológico y no se reflexionó sobre la repercusión que tendrían estas decisiones.


El Cardenal Joseph Ratzinger celebra la Santa Misa tradicional en la Abadía de Santa Magdalena del Barroux (1995)

¿Fue un error convocar el concilio?

No, sin duda fue acertado, aunque cabe preguntarse, por supuesto, si era necesario o no. Y desde el principio hubo personas que estaban en contra. Pero, en sí, aquel era un momento en la vida de la Iglesia en el que se aguardaba algo nuevo, una renovación, una renovación desde el todo, no solo desde Roma, un encuentro de la Iglesia Universal. En este sentido, era el momento de hacerlo.

[…]

 Joseph Ratzinger, profesor de Teología en la Universidad de Bonn (Alemania)
(Imagen: Un puente de Fe)

Pero sí diferencias. Se dice, por ejemplo, que los encuentros de oración del papa con representantes de las grandes religiones en Asís no eran precisamente de su agrado.

Eso es cierto. Pero no discutimos sobre ello, porque yo sabía que él quería hacerlo correcto y, a la inversa, él sabía que yo defendía una línea algo distinta. Antes de los dos encuentros de oración en Asís me dijo que le gustaría que yo también acudiera, y acudí. 

Y resultó que aquello estaba mejor estructurado que en la propuesta originaria. Se habían tomado en consideración mis objeciones, y el encuentro tenía una forma que me permitió participar con agrado. 

[…]

La idea del catecismo universal [sancionado por San Juan Pablo II en 1992], ¿salió de Ud.?

No solo, pero también de mí. A la sazón cada vez eran más las personas que se preguntaban: ¿tiene la Iglesia todavía una doctrina común? Ya no se sabía qué era lo que la Iglesia realmente creía. Hubo corrientes bastante fuertes, incluso entre gente muy buena, que decía: ya no se puede hacer un catecismo. Yo, en cambio, opinaba: o bien tenemos aún algo que decir y entonces hay que ser capaces de presentarlo, o bien no tenemos ya nada que decir. En este sentido, me convertí en paladín de la idea, desde la convicción de que también hoy debemos estar en condiciones de decir qué es lo que cree y enseña la Iglesia.

[…]

El antiguo nuncio Karl Josef Rauber, que lo conoce desde el concilio, dijo sobre Ud.: «Joseph Ratzinger es un erudito absolutamente íntegro, pero en realidad solo le interesa investigar y escribir».

(Se ríe). No, eso no es cierto, por supuesto que no. Ni si quiera sería posible uno no puede por menos de hacer muchas cosa prácticas, lo que también alegra.

Visitar parroquias, hablar con personas, impartir catequesis, mantener encuentros de todo tipo. Justamente las visitas a las parroquias son una parte bonita del ministerio, que depara asimismo gran satisfacción.

Nunca he sido solo profesor. Un presbítero no puede ser únicamente profesor. Si lo fuera. Se estaría equivocando. Al encargo sacerdotal le es inherente siempre una cierta medida de trabajo pastoral, de liturgia, de conversaciones con las personas. Quizá he pensado y escrito demasiado; es posible. Pero decir que no he hecho más que eso tampoco sería verdad.

 Escudo de Benedicto XVI
(Imagen: Sitio Oficial de la Santa Sede)

Cierto. Pues su ministerio comienza con una bomba: Ud. es el primer papa de la Edad Moderna y Contemporánea que sustituye en su escudo de armas la poderosa tiara por una sencilla mitra episcopal. ¿Hubo resistencias en el colegio cardenalicio?

Yo no oí nada. En cualquier caso, nadie presentó directamente objeciones. Se trataba también de algo necesario. Pues si no se usa ya la tiara, lo lógico es eliminarla también del escudo de armas.

[…]

Nota de la Redacción: Los textos reproducidos en esta y una siguiente entrada están tomados de Seewald, P., Benedicto XVI: últimas conversaciones, trad. de Rosa Pilar Blanco, Viscaya, Mensajero, 2016, pp. 46, 72, 87, 101, 120, 121, 167, 181, 215, 217-218, 238-241, 244-245, 248-250, 274-275 y 287.

jueves, 12 de enero de 2017

50 años de Magnificat: la conferencia de Augusto Merino (quinta parte)

Les ofrecemos a continuación la quinta entrega de la conferencia impartida por el Profesor Augusto Merino Medina en el II Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile el pasado mes de agosto de 2016.

***

 Prof. Augusto Merino
(Foto: El Mercurio)

Lex orandi, lex credendi: cómo alterar la fe sin tocar la doctrina (V)

El caso de la decadencia de la música sagrada

El punto por el cual la música profana penetró en la liturgia durante el postconcilio en la mayor parte del mundo católico y, en especial, en nuestro mundo hispanoamericano, es el corte de los puentes con la inmensa e incalculablemente rica tradición musical de la Iglesia latina, manifestada en el canto gregoriano y en la polifonía. Ambos –gregoriano y polifonía- han girado desde su nacimiento en torno a la idea de un sacrificio sagrado que el hombre ofrece a la divinidad, y han rodeado este acto de la grandeza, la solemnidad y la devoción que le son necesarios.

Pero en el posconcilio el pueblo cristiano quedó abandonado a su suerte en lo que se refiere a la música. Los maestros, que debían haberle enseñado, no lo hicieron. Este tema, de gran complejidad, se entiende mejor si consideramos que, aquí, enseñar equivale a hacer llegar la Tradición a las nuevas generaciones; y hemos visto que es la Tradición, precisamente, aquello que el modernismo tiene que demoler.

No es fácil ni agradable lanzar acusaciones al clero, y especialmente a lo que antiguamente se denominaba “el alto clero”, por el abandono de su responsabilidad docente. Muchos de los integrantes de ambas categorías clericales que debieran enseñarla desconocen ellos mismos cuál es la Tradición musical de la Iglesia.  

Ahora bien, lo que, en ausencia de algo mejor, han hecho los fieles, es tomar modelos de la música profana de la actualidad –ya plagada por la des-formación y otros males- para introducirlos en la liturgia. Desde el punto de vista de la modificación de la sensibilidad y los afectos, esto ha sido un triunfo absoluto de los reformadores y de quienes, sin tener conciencia de ello, les han servido de instrumentos: ha sido un triunfo conseguido sin tener que hacer mucho sino que, por el contrario, dejando de hacer: es decir, dejando de enseñar.

 Santa Cecilia
Patrona de la música y los poetas 
Vitral en la iglesia de Santa María Virgen, Little Wymondley, Hertfordshire (Inglaterra)
(Imagen: Wikimedia Commons)

El resultado neto es la desaparición del concepto mismo de “música sagrada”, reemplazado –sin que se tenga conciencia de ello- por el de “música religiosa”. Lo que hoy se canta en nuestros templos no es música sagrada, sino música religiosa, sin que a los fieles esto les importe en lo más mínimo porque carecen de las nociones que les permitirían comprender el escamoteo que se ha producido. Pero no sólo eso: más que música religiosa, es, simplemente, mala música con un texto de contenido religioso y, a veces, sólo vagamente religioso. Con todo, es música que mueve las emociones; es más, se trata de música esencialmente emocional, pero no al modo como lo es la gran música romántica, por ejemplo, capaz de elevar el alma del hombre con sus melodías amplias, sus recursos compositivos complejos y sus técnicas refinadas (piénsese sólo en el contrapunto), sino emocional en el sentido más primario y vinculado, de modo directo, con instintos igualmente primarios, de lo cual es testigo su carácter predominantemente sensual o, sin tapujos, sexual. 

El ritmo binario de la música pop, que es el que predomina en el oído juvenil y popular actualmente, contribuye a una simplicidad que es, más bien, extrema pobreza. En la mayor parte de las ocasiones, el ritmo de la música es el de una marcha, que recuerda algo a la música de guitarras que interpretan los protestantes evangélicos en las esquinas: ya sólo el ritmo de marcha es inapropiado para la música sagrada, y la semejanza con la música evangélica no puede ser más atentatoria contra la identidad católica (recuérdese solamente el “Gloria, gloria, aleluya” que, entre los niños, suele cantarse con la letrilla  “El perro de mi tía tiene una terrible tos”, no obstante lo cual se lo canta a veces durante la Misa). 

Pues bien, es esta música de mala calidad la que se ha constituido en el lenguaje a que recurren los fieles, carentes de toda educación litúrgica y musical, para componer sus cantos de inspiración religiosa que son, finalmente, “multiuso”, es decir, buenos para ser interpretados durante la Misa o en procesiones o festivales religiosos (la música verdaderamente sagrada no tiene esta flexibilidad: nadie imaginaría entonar el Kyrie eleison en una procesión del Carmen...).

Detengámonos un momento en este punto, que ilustraré con ejemplos. ¿Qué es música sagrada? ¿Qué es música religiosa?

Tomemos la definición de “música sagrada” que da San Pío X en su motu proprio Tra le sollicitudine (1903), donde escribe lo siguiente: 

Por consiguiente, la música sagrada debe tener en grado eminente las cualidades propias de la liturgia: la santidad y la bondad de las formas, de donde nace espontáneo otro carácter suyo: la universalidad.

Debe ser santa y, por lo tanto, excluir todo lo profano, y no sólo en sí misma, sino en el modo con que la interpreten los mismos cantantes.

Debe tener arte verdadero, porque no es posible de otro modo que tenga sobre el ánimo de quien la oye aquella virtud que se propone la Iglesia al admitir en su liturgia el arte de los sonidos.

Mas a la vez debe ser universal, en el sentido de que, aun concediéndose a toda nación que admita en sus composiciones religiosas aquellas formas particulares que constituyen el carácter específico de su propia música, éste debe estar de tal modo subordinado a los caracteres generales de la música sagrada, que ningún fiel procedente de otra nación experimente al oírla una impresión que no sea buena[1].

 San Pío X
(Imagen: DICI)

El Siervo de Dios Pío XII, a su vez, se refería en los siguientes términos a la música sagrada: 

[...] la dignidad de la música sagrada y su altísima finalidad están en que con sus hermosas modulaciones y con su magnificencia embellece y adorna las voces del sacerdote que ofrece, o del pueblo cristiano que alaba al Altísimo; y eleva a Dios los espíritus de los asistentes como por una fuerza y virtud innata y hace más vivas y fervorosas las preces litúrgicas de la comunidad cristiana, para que pueda con más intensidad y eficacia alzar sus súplicas y alabanzas a Dios trino y uno. Gracias a la música sagrada se acrece el honor que la Iglesia, unida con Cristo, su Cabeza, tributa a Dios; se aumenta también el fruto que los fieles sacan de la sagrada liturgia movidos por la música religiosa, fruto que se manifiesta en su vida y costumbres dignas de un cristiano, como lo enseña la experiencia de todos los días y se halla confirmado por el frecuente testimonio de escritores, tanto antiguos como modernos, de la literatura[2]. 

La Instrucción Musicam sacram, expedida ya en 1967 por el Consilium que trabajaba en las reformas litúrgicas encargadas por el Concilio Vaticano II, reitera en parte el concepto usado por San Pío X, al definir la música sagrada como “aquélla que, compuesta para la celebración del culto divino, está dotada de santidad y de bondad de forma” [3] (el Consilium omite, sin embargo, la referencia a la “universalidad” y, como en innumerables otras ocasiones, reafirmando en teoría un determinado principio, deja abierta la posibilidad de que se lo viole o desconozca: el Consilium hábilmente abrió la puerta –esa “puerta” por la que entraba el diablo, según Pablo VI- para la importación de la música “religiosa” a la liturgia). 

 Ilustración de un códice medieval
(Imagen: Luís Henriques)

Como explica, pues, San Pío X, será necesario entender aquí “santidad” como “sacralidad”, es decir, aptitud, por el poder de la música, de mover el alma humana, de dirigir sus afectos hacia las cosas santas o sagradas y no hacia las profanas. En otras palabras, no debe haber en esta música nada que estimule la sensualidad, o traiga al recuerdo del oyente los placeres de esta vida terrena como el baile, o que sirva como expresión a la protesta social, la furia existencial o la rebeldía frente a la vida y otras ideas, vivencias y emociones, según lo que está a la moda en tanta música popular contemporánea. Pero la exigencia de santidad se extiende, también, al estilo de la interpretación, es decir, al modo propio de lo que es santo y segregado de lo profano; no puede cantarse en la liturgia al modo como se canta en un festival de la canción, con los giros, vibratos, adornos, trinos y otras expresiones vocales propios de un bolero romántico, o de una cumbia, los cuales a menudo exigen ser cantados con una voz perezosa, arrastrada, insinuante o con una intención incluso libidinosa. 

Esta observación acerca del modo de la interpretación nos hace recordar cómo operan muchísimos coros juveniles, en cuyas manos los párrocos abandonan el tema de la música: se constituye en el presbiterio un círculo de jóvenes con guitarras que, sentados en redondo, se miran unos a otros, con frecuentes coqueteos entre los sexos, de espaldas al altar, y sin manifestar los signos habituales de respeto hacia la acción que se desarrolla en éste, como el arrodillarse y mantener silencio cuando no están cantando. Del mismo modo, los instrumentos y el modo de tocarlos no ha de evocar lo que ocurre en la música profana (en un concierto de jazz, por ejemplo, ni en un quincho dieciochero). Digámoslo una vez más: aquí se trata de que nada en la música sagrada evoque cosa alguna que no sea la santidad de Dios, a Quien con ella rendimos culto. 

La “bondad de la forma” se refiere, naturalmente, a la solvencia artística o calidad formal, de acuerdo con las reglas del arte musical. Lo cual exige, salvo el caso improbable de algún genio musical extraordinario, que quien compone la música conozca cabalmente el arte musical, que no sea un “espontáneo” que, movido sólo por su entusiasmo personal o por la alta opinión que tiene de sí mismo, se largue a divulgar en la Misa u otras ceremonias sagradas sus “creaciones” personales. Además, ojalá, sea persona de vida interior intensa, para que deje su huella en lo que escribe y toca. 

Finalmente, como lo dice Pío X, se debe añadir, como calidad necesaria a la música sagrada, la catolicidad, es decir, la universalidad. Esta queda definida por la fidelidad del estilo de la música en cuestión a la Tradición de la Iglesia, que ha recurrido siempre, como forma musical, al canto gregoriano y, desde hace ya seis o siete siglos, a la polifonía. Esta antigüedad, ligada al anonimato de la mayor parte de los autores, especialmente en el caso del gregoriano, libera a estos tipos de música de vínculos particularistas o nacionales: es la expresión propiamente latina de la fe, donde quiera que se dé en el ámbito geográfico o temporal, la que es vehiculada por este tipo de música; o sea, esta música es inseparable de la fe tal como la conserva la Tradición latina, nuestra Tradición, digna de sagrado respeto, guardada en la Iglesia por siglos precisamente por su largamente probada sacralidad y bondad o adecuación de la forma.  

 Juan Correa: El Niño Jesús con ángeles músicos (S. XVIII, Museo Nacional de Arte de México)

Esto no quiere decir, por cierto, que se excluya absolutamente toda nueva expresión musical que resulte, por ejemplo, de la llamada “inculturación” de la fe, tal como ella se ha dado, especialmente, en el caso de Hispanoamérica, a partir del siglo XVI, siempre que esas nuevas expresiones observen aquellos otros dos requisitos (la sacralidad y la “bondad de la forma”). Aquí conviene observar que esta inculturación puede dar origen tanto a música propiamente sagrada, apta para la liturgia, como a música simplemente religiosa. Cuando la música no está compuesta para el culto, no es en rigor música sagrada, por muy piadosa y valiosa que sea musicalmente. Un ejemplo de esta gran música religiosa pero no sagrada es, en Chile, el llamado “canto a lo divino”, que sus cultores tradicionales no entienden como compuesto para, por ejemplo, la Misa, sino para otra forma de celebraciones no propiamente litúrgicas. Esa gran compositora chilena que fue Violeta Parra (1917-1967), revista el carácter de una eximia intérprete de este “canto a lo divino”.  

Pero, como lo dice San Pío X, la universalidad de la música sagrada debe apreciarse, en último término, en que ningún fiel procedente de una nación que no sea donde se origina la música, experimente al oírla una impresión que no sea buena. En otras palabras, una impresión que lo desvíe del propósito de adoración que es el propio de la liturgia. 

En suma, dice el mentado Papa, que la música sagrada tiende al mismo fin de la liturgia, “el cual consiste en la gloria de Dios y la santificación y edificación de los fieles”[4].  

Lo que hemos consignado aquí es lo que la Iglesia, a lo largo del siglo XX, ha considerado como “música sagrada”. Finalmente, en un tema que es extensísimo, San Juan Pablo II escribió, en 2003,  sobre la necesidad de "purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra, para asegurar dignidad y bondad de formas a la música litúrgica”[5]. 

 Vicente Borrás y Abella, En el coro (1890)

En contraste con esta concorde tradición sobre lo que es la “música sagrada”, lo que aquí hemos denominado “música religiosa” es la que, sin hablar un lenguaje musical propiamente sagrado, ni tener calidad musical, sirve de vehículo a un simple texto piadoso o de inspiración religiosa. Ejemplos de ella son los cantos o  himnos que se interpretan en reuniones o campamentos juveniles, en procesiones o festivales folclóricos en torno a la memoria de algún santo, en un concurso de canto religioso, etcétera. Este tipo de música es particularmente receptivo, por quienes la componen y por las finalidades para las que se la compone, de los estilos musicales profanos, pop u otros, a los que termina asimilándose por completo. Como los textos cantados en estas melodías son teológicamente pobrísimos, carentes de valor poético e, incluso, intelectual, esta música es el vehículo ideal para introducir la desacralización de la liturgia, cada vez que se la toca o canta. Que es prácticamente siempre: es la música “normal” en las iglesias católicas actualmente. 

Pues bien, el desleír el límite entre la música sagrada y la música profana puede tener efectos más poderosos que un tratado entero destinado a secularizar las realidades sagradas, a “desmitificar” la religión, y cosas análogas.  

La primera etapa en esta dirección, como decíamos anteriormente, ha sido el despojamiento de todo lo que en la música sagrada hay de solemne, grave, piadoso y respetuoso, como corresponde a todo lo que rodea el ofrecimiento a Dios del sacrificio de Cristo en la cruz que se renueva, día a día, sobre el altar. Lo que se oye hoy durante las Misas dista de ser música digna de rodear la sublimidad de la acción sacrificial que tiene lugar en ellas. 

En efecto, ¡cuán lejos de esto hemos llegado a estar, cuando la música durante la Misa parece celebrar más bien a la propia “asamblea” que se reúne en torno a una “mesa del banquete” para comer festivamente, en medio de gestos cálidos y llenos de simpatía del sacerdote con los fieles y de éstos entre sí, en lugar de embellecer el acto de ofrecimiento a Dios, sobre el ara del altar, del sacrificio redentor de su Hijo Unigénito! Una música que no teme ser “simpática”, o “divertida”, llena de estribillos banales, es el triunfo de los reformadores que buscan adulterar la fe de siempre, pues hay vivencias humanas, como lo simpático o lo jovial, que son absolutamente incompatibles con lo sagrado.  





[1] Pío X, Motu proprio Tra le sollicitudine (1903), núm. 2.

[2] Pío XII, Encílica Musicae Sacrae (1955), núm. 8 [véase aquí su texto]. 

[3]  Sagrada Congregación de Ritos/Consilium, Instrucción Musicam Sacram (1967), núm. 4: “(a) Se entiende por música sagrada aquélla que, habiendo sido creada para la celebración del culto divino, está dotada de santidad y de bondad de forma. Se entiende aquí por tal: el canto gregoriano, la sagrada polifonía en sus diversas formas, tanto antiguas como modernas, la música sagrada para órgano y otros instrumentos aprobados y la música sagrada popular, ya sea litúrgica o simplemente religiosa”.

[4] Pío X, Motu prorpio Tra le sollicitudine, núm. 1.

[5] Juan Pablo II, Quirógrafo del Sumo Pontífice en el centenario del motu Proprio Tra le sollicitudine (2003), núm. 3 [véase aquí su texto ].