sábado, 29 de marzo de 2025
La Misa se celebrará, salvo aviso en contrario, con frecuencia mensual
sábado, 1 de marzo de 2025
Reanudación de la Santa Misa desde el domingo 16 de marzo
domingo, 1 de diciembre de 2024
Reanudación de las Misas de la Asociación Magnificat
Con mucha alegría comunicamos a todos nuestros feligreses y bienhechores que, a contar del domingo 8 de diciembre próximo, festividad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, la Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce, volverá a celebrar la Santa Misa conforme al misal anterior a la reforma litúrgica impulsada por el Concilio Vaticano II.
La celebración tendrá lugar en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, el mismo templo que nos acoge desde 2010, todos los domingos y fiestas de precepto, a las 12.00 horas. La iglesia se encuentra situada en Bellavista 37, comuna de Recoleta (Metro L1 y L5 Baquedano).
Expresamos nuestro agradecimiento a S.E.R Fernando Chomalí, arzobispo de Santiago, por su generosidad en permitir que la Santa Misa vuelva a ser celebrada en cumplimiento de las instrucciones del motu proprio Traditionis Custodes. Nos unimos en acción de gracias porque en la víspera nuestro obispo será creado cardenal por el Santo Padre en la Basílica de San Pedro del Vaticano.
Te Deum laudamus
lunes, 9 de mayo de 2022
"La verdadera obediencia en la Iglesia", nuevo libro de Peter Kwasniewski
Como se explica en la contraportada, la obra parte de la perplejidad de muchos fieles. En el motu proprio Summorum Pontificum (2007), el papa Benedicto XVI afirmó el sostenido crecimiento y la perpetua validez de la Misa de siempre, insistiendo en que “lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser de improviso totalmente prohibido o incluso perjudicial.” Sin embargo, con la publicación del motu proprio Traditionis Custodes (2021), su sucesor ha declarado precisamente lo opuesto, enviando ondas de choque a través de la Iglesia llamando a la restricción, y a la eventual supresión, de la más bella y venerable forma de culto, y la única que experimenta el crecimiento más dramático y apasionado. Ante una situación como ésta, ¿qué es lo debe hacer un católico consciente?
El libro del Dr. Peter Kwasniewski ofrece una exposición esencial sobre la cuestión de la obediencia en la Iglesia: de dónde procede, y cómo debe entenderse y vivirse correcta y prudentemente. Explora los lineamientos de Santo Tomás de Aquino sobre la materia: cuál es la obediencia necesaria para la salvación y cuándo es legal o ilegal. ¿Puede haber situaciones donde las estructuras usuales de obediencia se transformen en impedimentos o bien, en facilitadores de la misión de la Iglesia y del bien de las almas? ¿Se han dado casos en la historia de la Iglesia donde los sacerdotes fieles han ejercido su ministerio violando las normas canónigas ordinarias? ¿Cómo debe responder el clero si se les prohíbe la Misa de siempre o si ésta fuera declarada como “abrogada”? Una lectura imprescindible.
Cumple recordar que el primer libro aparecido en castellano de este autor fue traducido gracias al apoyo de la Asociación Litúrgica Magnificat. Resurgimiento en medio de la crisis también se puede comprar a través de Amazon y Amazon (España).
jueves, 3 de febrero de 2022
A propósito del fin de Pro Liturgia y sus esfuerzos por hacer realidad la "hermenéutica de la continuidad"
En los últimos días, el mundo católico francés quedó sorprendido por la decisión de Denis Crouan, fundador de Pro Liturgia, de poner fin a dicho blog dedicado a la implementación digna de la Misa reformada. El trabajo de esta asociación había comenzando en 1988, año que Jean Madiran ha calificado como "climatérico" porque coincidió con la excomunión de monseñor Marcel Lefebvre y la promulgación del motu proprio Eclessia Dei Afflicta que dio origen a la regularización y creación de los institutos tradicionales. La idea era ofrecer a los lectores recursos para poder celebrar la Misa reformada, como liturgia común de la Iglesia, conforme a la tradición bimilenario que tiene el culto católico romano. En otras palabras, Denis Crouan y su iniciativa han sido defensores de la llamada “reforma de la reforma”, es decir, de la idea de que se podía salvar la liturgia católica de la ruina que le sobrevino después del Concilio Vaticano II, mediante el expediente de atenerse con fidelidad a las normas conciliares sobre la materia, que no fueron respetadas por quienes realizaron las “reformas”, y de incorporar en ella elementos de la liturgia auténtica de la Iglesia, en concordancia con la “hermenéutica de la continuidad”, propiciada por el papa Benedicto XVI.
En su carta núm. 846, de 2 de febrero de 2022, Paix Liturgique comenta la decisión de Denis Crouan de poner fin a esta encomiable tarea, que él mismo llama “aventura”. Crouan lo ha hecho mediante un “último mensaje” en el blog de Pro Liturgia. Les ofrecemos a continuación las traducciones de ambos textos, que ha sida preparadas por la Redacción y muestran que el camino consiste en volver la Misa tradicional porque sólo ahí se encuentra aquella liturgia que es "centro y culmen de la vida cristiana", como dijeron los padres conciliares.
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Ultimo mensaje de Pro Liturgia (25 de enero de 2022)
Denis Crouan
Pedir al clero actual que se respete la liturgia es una pérdida de tiempo: con una obstinación a menudo fortalecida por una profunda incultura, quienes ocupan los lugares desde los que se supone que enseñan, encabezan y conducen a los fieles -y esto en todos los niveles de la Iglesia, desde el Papa hasta el simple cura de parroquia- parecen querer sabotear sistemáticamente el culto divino de un modo que resulta perfectamente incomprensible.
Es necesario alejarse de este clero que desde hace años se dedica a elucubrar celebraciones litúrgicas con inexplicable perseverancia, y que no parece ya sino un conjunto de ingenuos, de “continuistas” que ponen su necesidad de convivialidad y de sentimentalismo por encima de cualquier preocupación por la verdad de la fe y del sentido litúrgico, hasta el punto de olvidarse de ellas, de negarlas y de privar de las mismas a quienes las necesitan.
Es necesario alejarse de un clero y seguidores confortados y acompañados por obispos extraviados en las lecturas sesgadas que hacen de los textos magisteriales, como lo demuestra su forma de leer y aplicar tanto el Concilio Vaticano II como el motu proprio Traditionis Custodes del papa Francisco. Que quienes quieran seguir poniendo por obra extravagancias y niñerías y seguir cantando disparates en sus Misas tan kitsch como aburridas, lo hagan con toda libertad: no transmitirán nada a las generaciones futuras.
Que quienes quieran adherir a la rigidez de las casullas o al encaje de las albas, marca de fábrica de las celebraciones falsamente “tradicionales”, puedan hacerlo, si es que ello los hace felices: en estos tiempos, hay que considerar aceptable cualquier forma de celebrar la liturgia.
Que los obispos que quieran hacerse heraldos de una pastoral sin fundamento, que no ha producido nunca nada, lo puedan hacer, si es que eso les proporciona la sensación de estar a la altura de su misión: las extravagancias de que son capaces, y que ya ni siquiera causan asombro, están lejos de agotarse.
Que el papa Bergoglio prefiera interesarse más en Lutero o en la Pachamama que en la doctrina y la moral de la Iglesia, es asunto suyo. Cada cual podrá considerarlo lamentable y más que riesgoso.
Sea ello como fuere, todo eso, toda esa forma como se presenta la Iglesia y su liturgia ya no tiene ningún interés para el fiel corriente, que desea escapar de las traiciones de un clero que se conforma con gestionar parroquias vacías, donde no vibran mas que algunos “laicos comprometidos” que pretenden “animar” liturgias que son, a lo más, sopas tibias que, en el mejor de los casos, se traga por espíritu de mortificación, y en el peor de los casos, son veneno para la paz interior y el equilibrio psicológico.
Por cierto, quedan remansos de paz, los monasterios que han resistido el viento del modernismo y que han recibido y aplicado el Concilio Vaticano II con fe e inteligencia. Pero un monasterio, si en ocasiones puede ser un lugar para volver a las fuentes, no es el santuario parroquial que un fiel laico tiene que frecuentar normalmente, con la seguridad de vivir y alimentar en él su fe, en el silencio y la contemplación.
Para apartarse de esta situación eclesial que se ha hecho delirante y tóxica, hasta el punto de dañar la paz interior y la fe católica, hemos decidido poner término a la “aventura” de Pro Liturgia. Lo exige la situación actual, sin esperanza, sostenida por un clero en parte errático y por laicos que han aceptado que se los desoriente hasta el punto de no cuestionarse ya lo que se les hace hacer en las Misas.
La orden del día de nuestros obispos es que no hay que confiar Misas ni a los “tradicionalistas” ni a los fieles que respetan las decisiones del Concilio Vaticano II en materias litúrgicas, sino solamente a quienes maltratan el culto divino. Por tanto, tratar de argumentar con estos pastores mitrados, cuya lógica es impenetrable, es perder el tiempo (e incluso la fe).
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Denis Crouan, defensor de una liturgia nueva “dignamente celebrada” tira la esponja
El 25 de enero de 2022, Denis Crouan, que ha publicado numerosas obras, que ha luchado y ha escrito artículos y notas en su blog, anunció, con un mensaje muy fuerte, muy duro, muy desilusionado, que ponía fin a la “aventura de Pro Liturgia”. Rindamos homenaje a este luchador de lo imposible, que ha defendido toda su vida la idea que se hizo de lo que debiera haber sido la liturgia de Pablo VI.
Los liturgistas
del Vaticano II
Si se acepta, con Denis Crouan, que la nueva liturgia va un poco más allá de lo que exigía estrictamente el Concilio Vaticano II en la Constitución Sacrosanctum Concilium (el abandono de la celebración al oriente, por ejemplo, no está en absoluto pedido por los padres conciliares, pero se ha convertido, sin embargo, en la norma en la mayor parte de las parroquias después del Concilio), no se puede negar que Sacrosanctum Concilium inauguró una gran cantera de reformas litúrgicas; que quienes trabajaron y redactaron Sacrosanctum Concilium son los mismos que redactaron el nuevo Misal y los demás libros; que el Papa los promulgó legítimamente, y que esta liturgia inventada se caracteriza, en lo más profundo y en nombre de la prioridad pastoral, por un determinado número de rasgos que se expresan en la celebración de cara al pueblo, en el abandono del latín y del gregoriano, en la simplificación de los ritos, en la sistematización de opciones y en la obligación de elegir, en el debilitamiento del aspecto sacrificial de la Misa, en la disminución del papel del sacerdote, en la intrusión de lo profano en el espacio sagrado…
El falso ejemplo
de Solesmes
Y cuando Denis Crouan habla de los “monasterios que han resistido el viento del modernismo y que han recibido y aplicado el Concilio Vaticano II con fe e inteligencia”, quisiéramos, respetuosamente, hacerle ver que, en realidad, esos monasterios no usan el Misal nuevo, sino que eligen aplicar algunas opciones del nuevo Misal entre las muchas posibilidades oficiales ofrecidas por la liturgia reformada; y han elegido, hacia la década de 1970, aquello que se acercaba más a la liturgia tradicional para mantener, todo lo posible, la dimensión cultual y sacrificial de la liturgia, evitando ensuciarse las manos con las difíciles batallas que caracterizan a la historia de la Iglesia desde hace 50 años. Pero estas elecciones, aunque evitan las dificultades de conciencia, no permiten frenar la decadencia pastoral inédita que vive la Iglesia, al menos en Occidente. Ellas -lo que es lo más dañino- son un obstáculo para los tesoros teológicos y místicos que hacen de la liturgia tradicional lo que ella es. Todavía más: ellas, como lo advierte Denis Crouan, ¿no son acaso viables solamente en las comunidades monásticas gracias a la unidad que se vive alrededor del padre abad, lo que no es posible en absoluto en la vida de las parroquias, como lo prueba el mosaico ritual de las diócesis e iglesias de Francia?
Los
defensores de la liturgia tradicional no se rendirán jamás
En su mensaje, Denis Crouan escribe: “Para apartarse de esta situación eclesial que se ha hecho delirante y tóxica, hasta el punto de dañar la paz interior y la fe católica, hemos decidido poner término a la “aventura” de Pro Liturgia. Lo exige la situación actual, sin esperanza, sostenida por un clero en parte errático y por laicos que han aceptado que se los desoriente hasta el punto de no cuestionarse ya lo que se les manda hacer en las Misas. La orden del día de nuestros obispos es que no hay que confiar Misas ni a los “tradicionalistas” ni a los fieles que respetan las decisiones del Vaticano II en materias litúrgicas, sino solamente a quienes maltratan el culto divino. Por tanto, tratar de argumentar con estos pastores mitrados, cuya lógica es impenetrable, es perder el tiempo (e incluso la fe)”.
Aunque comprendemos bien su desaliento y aunque con aflicción constatamos con él el relativismo horizontal que reina en todas partes en materia litúrgica y, por ende, en materia de fe y, por tanto, de moral y, por consiguiente, la decadencia de la civilización cristiana, no podemos seguir a Denis Crouan en su capitulación y en su renuncia a discutir con nuestros obispos y con todo el clero de nuestras iglesias y con nuestros hermanos cristianos. No obstante, no les pedimos que se respete y practique la liturgia reformada de la Iglesia porque, desgraciadamente -y ahí está todo el problema-, se la respeta en la mayor parte de los casos. Es respetada cuando se reemplaza el Introito por un canto de entrada, cuando los niños depositan al pie del altar sus manualidades de papel crepé, cuando las mujeres leen las lecturas, cuando se usa la plegaria eucarística para las Misas con niños número 1, cuando la paz de Cristo se transforma en abrazamientos fraternales, cuando se distribuye descuidadamente la comunión, cuando…
Nosotros, que hemos sido “invisibilizados”, investigados, ridiculizados, amenazados, exiliados, lo que pedimos incansable, firme y filialmente, es que se respete y restaure la liturgia sin más. Que el culto que se rinde a Dios recupere su verticalidad, que la alabanza y el sacrificio recuperen el sentido expresado admirablemente por los libros litúrgicos anteriores a la reforma. En el fondo, más que los derechos de los laicos, lo que exigimos es que sean respetados los derechos del Señor, que no murió en la cruz para que la renovación incruenta de su Sacrificio sea tratada como se lo está haciendo, en nombre de una prioridad pastoral ya fracasada.
¡No, querido Denis Crouan! La situación actual no carece de porvenir. Nosotros afirmamos, y lo haremos siempre, precisamente que el porvenir de la Iglesia es la liturgia tradicional.
jueves, 20 de enero de 2022
La Misa de siempre: baluarte de la ortodoxia
Les ofrecemos la traducción de un artículo publicado en Corrispondenza Romana que aborda el sentido que tiene la defensa de la Misa tradicional frente al asedio que sufre para que deje de existir. No se trata sólo de defender unas formas litúrgicas por el deseo de preservar algo histórico, sino de salvaguardar el baluarte de la fe católica. La tarea que tenemos por delante nos debe hacer comprender que el fundamento de la Iglesia residente en Cristo y su Revelación: es a Él a quien se ha de seguir y obedecer, porque es el Camino, la Verdad y la Vida.
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La Misa de siempre: baluarte de la ortodoxia
Cristiana de Magistris
El motu proprio Traditionis Custodes, de 16 de julio de 2021, y la respuesta a las
recientes dubia (formuladas por no se
sabe quién), de fecha 18 de diciembre, han desencadenado una seria resistencia,
sobre todo desde el punto de vista jurídico, ya que ambos documentos presentan
anomalías canónicas que no son en absoluto despreciables.
Pero, cuando debe interpretarse un texto legislativo, la regla de oro es recurrir a la mens legislatoris, el espíritu del legislador. Ahora bien, leídos ambos documentos objetivamente, la mente del legislador queda clarísima: la Misa reformada de Pablo VI es la única expresión del rito romano, y la llamada Misa “tradicional” debe desaparecer, lenta pero inexorablemente.
Por doloroso que sea, esto no representa ninguna sorpresa, ya que es perfectamente coherente con otras intervenciones magisteriales de este pontificado y, en parte, con los anteriores.
La liturgia es el dogma rezado. En otros términos, es la ortodoxia de la fe católica expresada en la oración oficial de la Iglesia. Cuando San Pío V restauró (no reformó) el Misal Romano de 1570, quiso no solamente recuperar la unidad litúrgica fragmentada por muchas indebidas novedades, sino erigirlo en baluarte de la fe católica frente a la desenfrenada herejía protestante, puesto que la Misa romana tradicional contenía aquellos elementos propios del dogma católico que los protestantes consideraban intolerables. En otras palabras, San Pío V sabía que, participando en aquella Misa, el pueblo habría de conservar la fe católica.
A partir del Concilio Vaticano II, pero con una enorme aceleración en este pontificado, hemos asistido a un desmantelamiento sistemático del dogma católico. Pensamos -entre otros documentos y acontecimientos más recientes- en Amoris laetitia, que abre la comunión a los divorciados vueltos a casar, atentando evidentemente contra tres sacramentos: Matrimonio Confesión, Eucaristía. Pensamos en la introducción de la Pachamama en el Vaticano, con el que se socava el Primer Mandamiento. Pensamos en la desenfrenada mentalidad homosexual, promovida lamentablemente desde el vértice mismo de los hombres de Iglesia, violando el más elemental derecho natural. Pensamos en las declaraciones ecuménicas e interreligiosas que desde hace 50 años equiparan todas las religiones, con evidente insulto a Dios y consiguiente confusión de los fieles…
¿Cuál es la finalidad de esto? Lo señalaba en el siglo pasado aquel gran hijo de Santo Domingo y defensor de la fe que fue el padre Roger-Thomas Calmel, cuando escribía: “Descaminados por la quimera de querer descubrir los medios practicables e infalibles de realizar finalmente la unidad religiosa del género humano, algunos prelados que ocupan algunos de los cargos más importantes trabajan en inventar una Iglesia sin fronteras, en la que todos los hombres, dispensados por anticipado de renunciar al mundo y a Satanás, no tardarían en encontrarse en libertad y fraternidad. Dogmas, ritos, jerarquía, incluso ascesis (si cupiera), todo lo de la Iglesia anterior subsistiría, pero todo desprovisto de la debida protección querida por el Señor y proporcionada por la Tradición y, por lo mismo, todo privado de la linfa católica, es decir, de la gracia y de la santidad”.
Aquí podríamos preguntarnos: ¿no bastaba con desmantelar el dogma para alcanzar el quimérico objetivo de una “unidad religiosa del género humano” y una “Iglesia sin fronteras”? La respuesta es NO. No basta con desmantelar el dogma a golpe de documentos, mensajes, gestos, sugerencias y entrevistas. Todo eso no bastará mientras no se destruya la liturgia, porque es la liturgia la que custodia el dogma. Lutero lo comprendió muy bien, y por eso alimentaba contra la Misa papista un odio implacable, debido a que -decía- “es sobre la Misa, como sobre una roca, que se eleva todo el sistema papal, con sus monasterios, sus obispados, sus iglesias, sus altares, sus ministros, su doctrina, y todo lo demás. Todo eso caerá en ruinas una vez que sea destruida la sacrílega y abominable Misa (católica)”.
La reforma litúrgica de Pablo VI, como lo han explicado ilustres estudiosos, ha debilitado enormemente, si no demolido, el baluarte puesto por la liturgia para la defensa del dogma. Desde entonces los errores y los horrores han entrado en el recinto de la Iglesia. Pero la Misa tradicional ha continuado siempre, y así se ha conservado la fe, aunque sea en unos pocos.
Es evidente, pues, que para conseguir un total desmantelamiento del dogma, era necesario abatir el último y más importante baluarte: la Misa católica de siempre. De ahí los dos recientes y confusos documentos que se unen para convertir en rito romano una liturgia inventada a la carrera hace 50 años, que podrá en el futuro, verosímilmente, ser cancelada de un plumazo, como las liturgias con menos de 200 años eliminadas por San Pío V.
En relación con esto, hay que advertir también que el célebre liturgista Klaus Gamber, a la pregunta de si un Papa puede modificar un rito, responde negativamente, porque el Papa es custodio y garante de la liturgia (como también del dogma), no su dueño. “Ningún documento de la Iglesia -escribe-, ni siquiera el Código de Derecho Canónico, dice expresamente que el Papa, en cuanto Supremo Pastor de la Iglesia, tiene el derecho de abolir el rito tradicional. La plena et suprema potestas del Papa tiene, claramente, límites […] Más de un autor (Gaetano, Suárez) expresa la opinión que no está entre los poderes del Papa la abolición del rito tradicional […] Ciertamente no es competencia de la Sede Apostólica destruir un rito de Tradición apostólica, sino que su deber es mantenerlo y transmitirlo”. Gamber afirma, también, que el Novus Ordo no puede de ningún modo ser definido como rito romano, sino, a lo más, como ritus modernus: “Nosotros hablamos, más bien, de ritus romanus y lo contraponemos al ritus modernus”.
Frente a la última batalla modernista contra la liturgia de siempre, el padre Calmel, con su luminosa inteligencia, nos advierte: “El modernismo no ataca abiertamente, sino sutil y disimuladamente, introduciendo el equívoco por doquier. Por eso confesar la Fe frente a una autoridad modernista significa rechazar todo equívoco, sea en los ritos, sea en la doctrina. Significa atenerse a la Tradición porque ella, tanto en las definiciones dogmáticas como en el ordenamiento ritual, es precisa, leal e irreprensible”. Y como visión profética de lo que habría de venir y que hoy está ante nuestros ojos, escribe: “Frente a las autoridades que quieren imponer la mentira en su peor versión -la versión modernista- y en medio de un pueblo cristiano desconcertado por esta impostura sin precedente, nos damos súbitamente cuenta de que confesar plenamente la fe en la Iglesia, custodio de la verdadera Misa, significa, ante todo, continuar celebrando la Misa de siempre. Si es cierto que ello no ocurre sin sufrimientos, no es menos cierto que la Iglesia, cuya verdadera Misa celebramos, nos da, precisamente a causa de ello, la fuerza para soportar esta pena con coraje y activamente”.
Es propio de la celebración de la Misa tradicional -a la que se quiere hacer morir- que los sacerdotes saquen de ella el coraje y la fuerza para resistir las leyes injustas y verosímilmente inválidas. Y podemos estar ciertos de que, mientras quede una sola Misa tradicional celebrada en un remoto rincón de la tierra, el dogma católico será preservado, será conservada la fe, aunque con inmenso dolor, como la Virgen santa que, en el Calvario, único altar del mundo, custodió la fe de toda la Iglesia.
martes, 18 de enero de 2022
La comunión en la mano: ¿consagración de la desobediencia?
Los defensores del motu proprio Traditionis Custodes plantean, actualmente, que la actitud que corresponde a los fieles de la Iglesia es la de obedecer lo dispuesto por el Romano Pontífice. Que los partidarios de dicho motu proprio apelen hoy a la obediencia a los mandatos del Papa no deja de ser, al menos, paradójico, y es, en todo caso, incoherente con la actitud que, en otras destacadas ocasiones, han asumido frente a normas litúrgicas dispuestas por el Sumo Pontífice. La actitud que revelan dichos partidarios es la siguiente: obedezco cuando estoy de acuerdo con lo mandado y, cuando no, no. En consecuencia, difícilmente están en condiciones de exigir obediencia a quienes no están de acuerdo con lo dispuesto en el mencionado motu proprio, que se opone al derecho y deber de los fieles de dar a Dios culto en espíritu y verdad. La carta núm. 843 (17 de enero de 2022) de Paix Liturgique, que traducimos aquí, aborda este tema.
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La comunión en la mano: ¿consagración de la desobediencia?
El presente comentario es a propósito de lo que monseñor Nicola Bux escribe con ocasión del primer aniversario de la muerte de monseñor Juan Rodolfo Laise, el único obispo argentino que obedeció lo mandado por Pablo VI en orden a mantener la prohibición de dar la comunión en la mano.
Poniéndolos a la claridad de la luz, monseñor Bux aborda ciertos temas que están vinculados a la historia reciente del modo de distribuir la comunión. Esos temas son, en general, mal conocidos o interpretados equivocadamente, a veces en oposición, incluso, a la verdad de los hechos.
En efecto, a menudo se oye decir que la comunión en la mano habría “sido autorizada por Pablo VI, en 1969, mediante la instrucción Memoriale Domini, y que este uso habría sido confirmado por Juan Pablo II y aceptado luego, sin problema alguno, por el papa Benedicto XVI, como una de las dos maneras normales de recibir la comunión”. Existirían actualmente, por tanto, dos posibilidades ofrecidas por la Iglesia para la recepción del sacramento: en la lengua o en la mano, tal como hay dos posturas corporales igualmente posibles: de rodillas o de pie.
Sin embargo, monseñor Bux, apoyándose en dos obras monográficas publicadas sobre este tema -el libro del obispo argentino Juan Rodolfo Laise y la tesis doctoral del sacerdote italiano don Federico Bortoli-, muestra cómo Pablo VI, lejos de autorizar, y mucho menos de introducir, el uso de la comunión en la mano, confirmó formalmente su prohibición, exhortando a los obispos, sacerdotes y fieles a “someterse escrupulosamente a esta ley, de nuevo confirmada”.
Con todo -y nos enfrentamos aquí a uno de los puntos de mayor confusión, de los mencionados antes-, previendo que determinados sectores no estaban dispuestos a obedecer esta ley, Pablo VI estableció un mecanismo jurídico que habría de permitir a los obispos, cuyas diócesis se enfrentaran a una resistencia masiva e inflexible a la prohibición papal, de otorgar -si así lo consideraban según su conciencia y su prudencia- un indulto a los desobedientes. Esta posibilidad -dentro de límites claramente fijados en el texto de Memoriale Domini- fue otorgada por el Papa no sin grandes reticencias y aprehensiones, ya que temía que recibir la comunión en la mano contribuyese a debilitar la fe de los fieles en la Presencia Real.
Algunos años más tarde, hacia el final de su vida, la confirmación de este temor llevó a Pablo VI a tratar de poner término al uso abusivo que se estaba dando al indulto, y ordenó que se pusieran en vigor medidas para suspender el otorgamiento de nuevos indultos, añadiendo incluso que, en aquellos lugares donde ya se lo había concedido, se debía desalentar la comunión en la mano. Sin embargo, esta orden no fue en absoluto obedecida por las autoridades de la Curia que tenían la obligación de hacerla aplicar.
Algunos meses más tarde, el Papa recientemente elegido, Juan Pablo II, confirmó la decisión de su predecesor, ordenando que no se autorizara más el uso de la comunión en la mano en ningún país; suspensión que duró largo tiempo y que le valió numerosas presiones e incluso algunas expresiones sumamente impertinentes de parte de ciertos obispos.
En fin, el papa Benedicto XVI dispuso que, en las Misas que él celebrara, los fieles no recibieran la comunión sino en la lengua. Acto seguido explicó el porqué de esta decisión: “Al mandar que la comunión fuera recibida de rodillas y en la lengua, he querido dar una señal de profundo respeto y de agregar un signo de exclamación al tema de la Presencia Real. […] He querido dar una señal fuerte, que debía ser claramente afirmada: ¡se trata aquí de algo especial!”.
Monseñor Bux cita una cantidad de textos importantes de los colaboradores que fueron testigos de la posición del papa Benedicto, a los cuales deberíamos añadir aquellos del mismo autor de esta exposición, monseñor Bux. Este, en efecto, ha mantenido una larga relación personal con el cardenal Ratzinger, a quien le debe el haber sido nombrado consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe y experto para los trabajos preparatorios del Sínodo mundial de obispos sobre la Eucaristía. Al comienzo de éste, ya convertido en Papa, Benedicto XVI lo nombró adiutor secretarii specialis de dicho Sínodo. Posteriormente, lo nombró consultor de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice y de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Esta prolongada colaboración pone a monseñor Bux entre los testigos más privilegiados del pensamiento litúrgico de Benedicto XVI.
Todos estos elementos, presentados en el texto que comentamos, no hacen más que confirmar, en su conjunto, la conclusión a que llega monseñor Laise en su libro: “Por todas estas razones, podemos afirmar que la introducción y la difusión en todo el mundo de la práctica de la comunión en la mano constituye la más grave desobediencia de los últimos tiempos a la autoridad papal”.
En conclusión, permítasenos subrayar que es asombroso, por lo menos, que este uso, alentado por una actitud de clara desobediencia y de frontal desafío al mandato pontifical en la década de 1960 -actitud que es muy similar a la que tienen hoy los obispos alemanes ante el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la bendición de las parejas homosexuales- pretenda ser ahora impuesto a los fieles que, desde hace más de cincuenta años, han cumplido fielmente con los deseos y las órdenes de Pablo VI, de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, cuya confirmación fue reiterada por el prefecto del Culto Divino que el papa Francisco nombró a poco de asumir sus funciones, el cardenal Sarah, jubilado hace poco por haber alcanzado la edad límite.
No es una paradoja menor que esos fieles sean hoy acusados nada menos que de desobedecer precisamente por no querer adoptar un uso que no sólo ha sido desaconsejado permanentemente por los papas, sino que sólo es tolerado en virtud de un indulto otorgado a quienes han abiertamente desobedecido la autoridad papal. La actual actitud pareciera indicar que ha triunfado, finalmente, la desobediencia. Sin embargo, confirmar este triunfo con medidas draconianas tomadas en contra de quienes no han desobedecido, los transforma, de pronto, en “desobedientes”, lo cual es el colmo de la paradoja y contiene un mensaje implícito y muy peligroso: la desobediencia es el camino que hay que tomar, a condición de que ella sea inflexible.
Para quien le interese, el texto completo del artículo de monseñor Nicola Bux puede ser leído aquí (en francés).
jueves, 23 de diciembre de 2021
¿Quién niega la validez del Novus Ordo? Prepárate para una sorpresa
Compartimos con ustedes un breve, pero sugerente artículo de Phil Lawler que aborda un punto que hasta ahora no se ha cuestionado demasiado en torno a las medidas restrictivas impuestas por la Sede Apostólica respecto de la Misa de siempre. Se trata de la obligación de los obispos de comprobar que los grupos tradicionalistas "no excluyan la validez y la legitimidad de la reforma litúrgica, de los dictados del Concilio Vaticano II y del Magisterio de los Sumos Pontífices". La validez se refiere al hecho de que no se niegue que, a través del rito reformado, se produce el sacramento de la Eucaristía, vale decir, que se dan las cuatro condiciones para que tal exista: materia, forma, ministro e intención. Por su parte, el término "legitimidad" alude a aquello que ha sido establecido según el derecho. Ninguna de las dos condiciones es puesta en entredicho por los grupos que participan de la Misa tradicional celebrada conforme al derogado motu proprio Summorum Pontificum y la instrucción Universae Ecclesiae que lo desarrolaba. Distinto es el aspecto de la licitud, relacionado con la observancia de las rúbricas y normas canónicas que rigen la celebración del rito, que depende de cada Misa en concreto. Ahí el juicio no se puede efectuar en abstracto, sino viendo cómo el sacerdote está celebrando esa Misa, si sigue o no las indicaciones contenidos en los libros litúrgicos o, siguiendo su creatividad, se aparta de ellas e improvisa oraciones, gestos, palabras, etcétera.
Ahora bien, se supone que todo católico debe aceptar que la Misa es aquello que define el Catecismo de la Iglesia Católica, porque en eso consiste la fe católica. Ahí se dice: "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (CCE 1323). Pues, ¿y qué sucede con aquellos católicos que niegan que la Misa sea un sacrificio o que "en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están 'contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero'" (CCE 1374)?
Lamentablemente, esto ocurre y con mucha frecuencia. Por ejemplo, hoy Infocatólica informa sobre una homilía pronunciada por S.E.R. Carlos Gustavo Castillo Mattasoglio, arzobispo de Lima, donde niega que la muerte de Jesús en la cruz fuese un sacrificio propiciatorio (CCE 1367). En sus palabras: "Jesús no muere haciendo un sacrificio de un holocausto. Jesús muere como un laico asesinado, que él decide no responder con venganza y que acepta la cruz para darnos signo de vida. Y muere como un laico que da esperanza a la humanidad. Muere como un ser humano como todos ustedes que están aquí presentes". De esto se sigue que la Santa Misa, que el mismo sacrificio redentor actualizado de manera incruenta sobre el altar, tampoco puede tener ese carácter. Otro caso que ilustra lo que se viene diciendo. Hace dos años, Infovaticana reproducía los resultados de una encuesta hecha a los católicos estadounidenses. El resultado fue que el 50% de ellos cree que la Sagrada Eucaristía es un "símbolo" y niega que se trate de la Presencia Real de Cristo bajo las especies de pan y vino. En otras palabras, niegan que la Santa Misa sea un misterio sacramental, que en ella se produzca la transustanciación y que ahí, sobre el altar, bajo la apariencia de los accidentes del pan y el vino, está verdadera, real y sustancialmente presente Jesucristo, que se entregó a la muerte (y muerte de cruz) por el redención del género humano.
Por lo demás, la situación actual coincide con la revelación particular que la beata Ana Catalina Emmerick (1774-1824) dejó por escrito y en que se refiere a la profranación de Jesús Sacramentado y la Santa Misa: "Los sacerdotes dejaban que se hiciera cualquier cosa y decían la Misa con mucha irreverencia. Vi pocos que tuvieran todavía piedad y juzgasen sanamente las cosas. [...] Vi muy a menudo a Jesús mismo cruelmente inmolado sobre el altar por la celebración indigna y criminal de los santos misterios. Vi ante los sacerdotes sacrílegos la Santa Hostia reposar sobre un altar como un Niño Jesús vivo que ellos cortaban en trozos con la patena y que martirizaban horriblemente. Su Misa, aunque realizando realmente el Santo sacrificio, me parecía como un horrible asesinato. [...] la devoción al Santísimo Sacramento caería completamente en decadencia y el sacramento mismo en el olvido. [...] Veo los enemigos del Santísimo Sacramento que cierran las Iglesias e impiden que se le adore, acercarse a un terrible castigo. [... Veo] que se mina y se asfixia la religión tan hábilmente que no queda a penas más que un pequeño número de sacerdotes que no estén seducidos".
El artículo que ahora compartimos fue publicado por Catholic Culture y ha sido traducido por la Redacción. Phil Lawler ha sido periodista especializado en temas católicos por más de 30 años. Ha editado varias revistas católicas y escrito ocho libros. Fundador de Catholic World News, es el director periodístico y analista principal de Catholic Culture.
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¿Quién niega la validez del Novus Ordo? Prepárate para una sorpresa
Phil Lawler
En su nuevo y sorprendente documento, que aumenta las restricciones respecto de la Misa tradicional, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos acusa a muchos católicos tradicionalistas de no reconocer la validez de la liturgia del Novus Ordo. De ahí que, se nos dice, la adhesión a la liturgia tradicional representa una seria amenaza para la unidad de la Iglesia.
La Congregación para el Culto Divino no ofrece evidencia que apoye esta acusación contra los tradicionalistas, al igual que, en Traditionis Custodes, el papa Francisco no prueba que la consulta mundial hecha a los obispos demostrase una preocupación generalizada sobre la fricción supuestamente causada por el movimiento tradicionalista. Los conocedores del Vaticano informan que, de hecho, en sus respuestas a la encuesta (si es que se tomaron el tiempo para responder), la mayoría de los obispos no denunciaron dificultades con los grupos tradicionalistas. Además, los católicos familiarizados con el movimiento tradicionalista rara vez o nunca se encuentran con fanáticos que niegan la validez de la liturgia posconciliar. Pero incluso si la denuncia de la Congregación para el Culto Divino fuese cierto, la respuesta del la Santa Sede sería desproporcionada. Dejadme que me explique.
Los católicos que asisten a la Misa tradicional constituyen regularmente solo alrededor del 1% de la población católica total del mundo. Si el 1% de esos tradicionalistas rechazara el Novus Ordo (y creo que esa estimación resulta demasiado alta), entonces el problema se limita a una minoría apenas visible.
Sin embargo, entre los católicos que asisten a Misa con frecuencia en las parroquias ordinarias, ¡una abrumadora mayoría rechaza la validez de la liturgia del Novus Ordo! Encuesta tras encuesta muestra que más del 70% de los católicos no creen que Jesucristo se haga verdaderamente presente —con Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad— en la Misa. Pero si Jesús no está presente —si la Eucaristía no se confecciona — entonces la Misa no es válida. Por lo tanto, la mayoría de los fieles de una parroquia católica común creen que la Misa a la que están asistiendo no es válida. Q.E.D.
Ahora bien, muy pocos de esos católicos "ordinarios" dirían que la Misa es inválida, porque no reconocerían el poder del silogismo en el párrafo anterior. Generaciones de catequesis miserables han dejado a millones de laicos sólo con una vaga idea de lo que es la Eucaristía, lo que logra la Misa. Aun así, el hecho es que la mayoría de los católicos rechazan, o tal vez de manera más exacta, son indiferentes a este dogma fundamental de la fe. Si son indiferentes, con mayor razón pueden alejarse de la Iglesia. Si rechazan la enseñanza católica, socavan la unidad de los fieles.
Afortunadamente, la mayoría incrédula está equivocada, al igual que cualquier tradicionalista que niega la validez de la liturgia posconciliar. El Novus Ordo es válido; la Eucaristía es la Presencia Real de Jesucristo. Pero en aras de la unidad dentro de la Iglesia, sin mencionar la claridad de la doctrina, el hecho de que más del 70% de los fieles nieguen efectivamente la enseñanza de la Iglesia sobre la Eucaristía, la "fuente y cumbre de la vida cristiana", es sin duda una preocupación más urgente que la afirmación de que el 0,01% niega la validez de la nueva liturgia.
Las nuevas restricciones del Vaticano requieren que los obispos se aseguren de que las comunidades tradicionalistas restantes acepten la validez del Concilio Vaticano II y las reformas posconciliares. La coherencia sugiere que se deben aplicar los mismos estándares a todas las parroquias católicas. Se debe alentar a los obispos a asegurarse de que sus pastores instruyan adecuadamente a la gente sobre la realidad de la Eucaristía.
El hecho de que la Congregación para el Culto Divino vea las cosas de otra manera, y quiera tomar medidas enérgicas primero contra los focos de resistencia tradicionalista, sugiere que hay algo más en cuestión aquí: no se trata solamente de un simple deseo de unidad de la Iglesia. Mañana, en este espacio, exploraré algunas otras explicaciones para las extrañas prioridades del Vaticano.
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Nota bene: Detrás de las normas dictadas para la Misa tradicional, subyace una comprensión voluntarista de los sacramentos, como ha dicho Caminante Wanderer. Ellos son un acto de poder de la jerarquía eclesiática, que se dan o quitan a los fieles a discreción, diluyendo la función salvífica que tienen. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña, siguiendo al Concilio Vaticano II, que "la Eucaristía es 'fuente y culmen de toda la vida cristiana'", de manera que todos "los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua" (1324). La misión fundamental de la Iglesia es buscar la salvación de las almas y, por tanto, resulta contrario a esa finalidad quitar a los fieles la Santa Misa, que es la renovación incruenta del mismo Sacrificio redentor de Cristo. No hay que olvidar que "los fieles tienen derecho a recibir de los Pastores sagrados la ayuda de los bienes espirituales de la Iglesia principalmente la palabra de Dios y los sacramentos" (canon 213 CIC), y que pueden "tributar culto a Dios según las normas del propio rito aprobado por los legítimos Pastores de la Iglesia, y a practicar su propia forma de vida espiritual, siempre que sea conforme con la doctrina de la Iglesia" (canon 214 CIC). Según la inmortal definición de Ulpiano, "la justicia consiste en la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo", vale decir, atribuir a cada persona aquello a lo que tiene derecho. Las disposiciones actuales sobre la Misa de siempre no son justas y desconocen los derechos fundamentales de los fieles (véase aquí y aquí dos comentarios canónicos a las Responsa sobre el motu proprio Traditionis Custodes).
martes, 21 de diciembre de 2021
¿Pueden los católicos “reconocer y resistir”?
Siguiendo con el artículo publicado el domingo del Dr. Peter Kwasniewski , les ofrecemos hoy otro de Eric Sammons sobre la resistencia ante medidas que se consideran injustas. El autor se pregunta si se puede, en verdad, reconocer y resistir en situaciones como éstas, concluyendo que los católicos han visto siempre al Romano Pontfice como un hombre imperfecto que ocupa un puesto importante y necesario, pues fue instituido por Cristo para regir su Iglesia en la tierra, sin excluirlo de la debida sujeción a la Revelación. De esta manera, no se ha producido nunca el dilema entre ese reconocimiento de su augusta posición y el tener que resistirlo si actuaba contra la tradición aceptada.
El artículo fue publicado originalmente en OnePeterFive y ha sido traducido por la Redacción. Eric Sammons es el director ejecutivo de Crisis Publications, además de autor de ocho libros, entre los cuales se incluye Deadly Indifference: How the Church Lost Her Mission, adn How We Can Reclaim It.
El argumento de Sammons ha sido también repetido en varias ocasiones por Caminante Wanders. Les recomendamos igualmente la lectura de esta entrada del Padre de familia y la reseña del libro del Prof. Roberto De Mattei sobre el Vicario de Cristo, ambas publicadas en esta misma bitácora.
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¿Pueden los católicos “reconocer y resistir”?[1]
Eric Sammons
“Con filial espíritu filial de obediencia, desobedezco, me rehúso, y me rebelo”. Aunque pronunciadas estas palabras por un obispo inglés del siglo XIII, ellas, dirigidas de forma osada y paradojal al Papa, representan bien la tensión que encontramos en el movimiento contemporáneo “Reconozco y resisto” existente en la Iglesia católica. Reconocemos que Francisco es el legítimo Papa y que, en cuanto tal, es nuestro Santo Padre, que merece nuestra obediencia. Pero, al mismo tiempo, resistimos aquellos aspectos de su obra que son contrarios a la tradición apostólica.
¿Es verdaderamente católica esta postura de “reconocer y resistir” (R&R), fundada claramente en una paradoja (algunos dirían “contradicción”)?
Aclaremos, en primer lugar, los términos que usamos. La primera “r”, “reconocer”, es sencilla: quiere decir que quienes están en esta postura reconocen que Jorge Mario Bergoglio es actualmente el legítimo Romano Pontífice, que reina como papa Francisco, y como tal, tiene autoridad legítima sobre la Iglesia, definida específicamente según el Concilio Vaticano I.
Lo anterior diferencia R&R de tres otros grupos que también se oponen a la obra de Francisco: (1) aquéllos que creen que no hay actualmente un Papa legítimo (sedevacantistas); (2) aquéllos que creen que Francisco ocupa materialmente, pero no formalmente el cargo de papa (sedeprivacionistas), y (3) aquéllos que creen que el papa Benedicto XVI es todavía el legítimo papa (beneplenistas).
La otra “r”, “resistir” puede ser definida más latamente. Hay muchos católicos conservadores que asisten al Novus Ordo y que, a veces, critican al Papa, a quienes se podría aplicar la etiqueta R&R. Con todo, la etiqueta se destina normalmente a los tradicionalistas que formulan críticas más fuertes y constantes al papa Francisco.
En esencia, “resistir” quiere decir oponerse al programa global del papa Francisco, que incluye la narrativa dominante de las élites culturales sobre temas como el cambio climático y el covid-19, y procura marginalizar la liturgia y la teología católica tradicionales. No se trata, simplemente, de una que otra crítica, sino de un rechazo de la visión que Francisco tiene de la Iglesia.
Aclarado el significado de “reconocer y resistir”, surge una cuestión más importante: ¿es ésta una postura legítima que un católico, especialmente uno tradicionalista, pueda adoptar? Porque, después de todo, uno de los fundamentos del catolicismo es el papado, por lo que ¿cómo podría ser tradicional el “resistir” al hombre que uno reconoce que ocupa ese cargo?
Como adherente al ámbito R&R, reconozco esta paradójica tensión. Cuando hace casi 30 años me convertí al catolicismo, no me habría jamás imaginado que dedicaría tiempo a alegar, en muchas ocasiones, que el Papa está equivocado en temas católicos fundamentales, como la finalidad de la liturgia o la moralidad de la pena de muerte. Aunque algunos amigos católicos en aquella época me argumentaban que los católicos no adoran al Papa y que éste puede equivocarse, jamás me imaginé que podía equivocarse tanto.
Así pues, todo católico que se goza o se consuela con que el Papa conduzca a la gente al error, no es muy buen católico. “Reconocer y resistir” es vivir el Viernes Santo, no el Domingo de Resurrección.
Sin embargo, hay católicos que sostienen que R&R es intrínsecamente anti-tradicional, puesto que parece contradecir los escritos de los pontífices, especialmente los de la última parte del siglo XIX y los del siglo XX, sobre el papel del Papa en la vida de un católico. Ser católico, según esto, significa aceptar devotamente todas las opiniones del Papa reinante (y si sus opiniones contradicen la enseñanza y la práctica católicas anteriores, hay que concluir que, o bien dichas enseñanzas previa son hoy erróneas, o bien que el Papa no es Papa).
Sin embargo, esta concepción no abarca la totalidad de los 2 mil años de tradición. Las generaciones anteriores de católicos no vieron al Papa como la versión católica del Oráculo de Delfos, sino que lo vieron como un hombre imperfecto que ocupa un puesto importante y necesario. Para ellos no era problema resistirlo si actuaba contra la tradición aceptada, incluso reconociendo su augusta posición.
Naturalmente, el fundamento de la postura R&R está en la Sagrada Escritura. En la Epístola a los Gálatas, San Pablo nos dice que cuando San Pedro, nuestro primer Papa, se apartó equivocadamente de la compañía de los creyentes no circuncidados, “en su misma cara le resistí, porque se había hecho reprensible” (2, 11). El Apóstol de los Gentiles no rechazó la autoridad del príncipe de los Apóstoles, pero lo resistió cuando Pedro actuó contra el Evangelio.
Otro ejemplo histórico de R&R lo da la vida de Roberto Grosseteste, un obispo de Lincoln, Inglaterra, del siglo XIII. Grosseteste fue un gigante en su tiempo, y aunque nunca se lo canonizó, hubo muchos que lo veneraron como santo, por los muchos milagros que se atribuyeron a su intercesión en el cielo. Pero no se trató sólo de un hombre santo, sino que fue uno de los intelectuales líderes de su época, y Roger Bacon fue uno de sus alumnos. En 1253, el papa Inocencio IV ordenó que una canonjía vacante se le entregara a un sobrino suyo. El obispo Grosseteste rechazó la orden, y escribió una larga carta al nuncio papal explicando su decisión, en la que dijo lo siguiente: “Es bien sabido que soy pronto a obedecer las órdenes apostólicas con filial afecto, y con toda devoción y reverencia, pero que me opongo a aquellas cosas que se oponen a los mandatos apostólicos, por celo del honor de mi padre […] Con espíritu filial y de obediencia, desobedezco, me rehúso y me rebelo” (filialiter et obedienter non obedio, contradico et rebello)[2].
Esa última línea “Con espíritu filial y de obediencia, desobedezco, me rehúso y me rebelo” resume bien la posición R&R. Esta es filial y obediente porque adhiere a las doctrinas y prácticas de la fe que se nos han legado desde el tiempo de los Apóstoles, y reconoce al Papa como el legítimo padre que normalmente debe ser obedecido. Sin embargo, cuando el papa contraría los “mandatos apostólicos”, no se le debe obedecer y hay que rehusar hacerlo.
(En siglos recientes algunos protestantes han procurado reclamar a Grosseteste como uno de los suyos pero, como lo expresa la Catholic Encyclopedia de 1910, “Es cierto que se opuso con todo su poder a los abusos de la administración papal, pero el estudio de sus cartas y escritos hace tiempo debiera haber destruido el mito de que puso en duda la plena potestas de los Papas”).
Sin embargo, Grosseteste no es el único ejemplo histórico de semejante actitud ante el papado. El famoso décimo arzobispo de Canterbury, San Dunstán (909-988), excomulgó en cierta oportunidad a un noble, quien luego se fue a Roma a pedir que se le levantara la excomunión. Probablemente mediante una coima, la excomunión le fue levantada. Cuando el noble regresó a Inglaterra, San Dunstán simplemente ignoró el alzamiento de la excomunión por el Papa y dio la orden de que siguiera vigente. Este santo reconocía la autoridad suprema del Papa, pero resistió el ejercicio ilegítimo de la misma.
Se podría alegar que estos ejemplos históricos no son iguales que los errores papales de hoy o sus injustos mandatos. Después de todo, ningún Papa medieval, a pesar de su corrupción, intentó jamás suprimir la Misa de todos los tiempos o erosionar la práctica eucarística perenne de la Iglesia en cuanto a quienes están en pecado mortal. Lo cual es verdad. Pero me parece que el principio sigue siendo válido. En el medioevo política y religión no eran entidades separadas: si alguien se oponía a lo que se podría llamar las órdenes “políticas” de un Papa, podía ser excomulgado, poniendo en peligro su alma inmortal. En la mente medioeval, existía una íntima fusión entre política y religión, por lo que resistir a un Papa por motivos que hoy consideraríamos políticos constituía una declaración teológica.
“Reconocer y resistir” vuelve a ser una posición necesaria hoy día, que permite a los católicos vivir fielmente en la Iglesia divinamente instituida, sin dejar que sus aspectos humanos los desvíen: no conduce a callejones espirituales sin salida que cuestionan la legitimidad de la Iglesia, ni sucumbe a un anti-intelectualismo que tiende a ver lo blanco como negro, ni a poner las cosas de cabeza.
Sí: existen riesgos en la postura R&R. Resistir al Papa puede fácilmente convertirse en rechazar al Papa, y hacerlo constituiría un protestantismo práctico. No podemos erigirnos en papas privados que determinan lo que es y lo que no es doctrina católica legítima. Pero, al mismo tiempo, por algo tenemos a la Tradición: la tenemos para poder saber qué es lo que se nos ha transmitido desde los Apóstoles. Si cualquier dirigente de la Iglesia, incluido el papa, obra o enseña de un modo contrario a la Tradición, ha sido siempre doctrina católica que tal acción o enseñanza puede y debe ser resistida.
Así pues, creo que “reconocer y resistir” es la única posición legítima para un católico en la actualidad. Pero, a nivel práctico, diría que, para la mayor parte del laicado, una posición mejor sería “reconocer e ignorar casi totalmente”. Tal fue, por lo demás, la postura de los católicos antes del advenimiento de los medios modernos de comunicación. El campesino medieval inglés ni conocía ni le importaba cuál era la posición del Papa en cada tema posible: vivía, sencillamente, su vida de trabajo, de familia, de oración y de sacramentos en el contexto de su parroquia local. Mientras para algunos es un deber trabajar para resistir públicamente cosas tales como los mandatos no apostólicos del Papa, para la mayoría de los católicos el modus operandi debiera ser vivir simplemente como fieles, sin una referencia constante a las últimas entrevistas hechas al Papa, a sus últimos discursos y acciones.
[1] Nota del
Traductor: la frase aquí usada por el autor –“reconocer y resistir”-
corresponde, latamente, al adagio castellano, a menudo empleado en América
frente a casos de leyes injustas o inconvenientes dictadas por el Rey en
Madrid, “se acata, pero no se cumple”. Con estas palabras, los súbditos
americanos reconocían que el Rey tenía la facultad de dictar las leyes
consideradas injustas o inconvenientes, pero no las cumplían precisamente por
tener ambos defectos. Con todo, en el término “acatar” no está claramente
incluida la idea -que se daba por supuesta en la época monárquica americana- de
la legitimidad del Monarca. Por eso hemos preferido no referirnos en la
traducción a dicho adagio, ya que con la idea de “reconocer” que usa aquí el
autor se remite éste a la cuestión, debatida actualmente, de si el papa
Francisco es o no legítimo Romano Pontífice. Salvado este punto, sin embargo, bien podría
decirse en castellano, ante casos como el motu
proprio Traditionis Custodes, que
“se acata pero no se cumple”.
[2] Citado en Stephens, W.R.W., The English Church: From the Norman Conquest to the Accession of Edward I (Londres, Macmillan & Co., Londres, 1909), p. 242.

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