sábado, 20 de agosto de 2016

Entrevista de Roberto de Mattei con el Rvdo. Claude Barthe sobre Amoris Laetitia

Ofrecemos a nuestros lectores una traducción de una entrevista al organizador de la peregrinación tradicional anual a Roma Summorum Pontificum, el Rvdo. Claude Barthe (de quien ya hemos publicado previamente otra entrevista), concedida al destacado historiador italiano Roberto de Mattei. En la entrevista, el Rvdo. Barthe se refiere con aguda intuición a los problemas que suscita la Exhortación Apostólica postsinodal Amoris Laetitia (2016) y cómo han de enfrentarlos los católicos que desean vivir íntegramente su Fe, sin deformaciones, falsificaciones ni recortes.

La entrevista adquiere especial relevancia luego de que un grupo de prominentes intelectuales católicos dirigiera recientemente un llamado a los cardenales y patriarcas orientales, pidiéndoles que acudieran al Santo Padre para que éste, mediante una interpretación auténtica, condene expresamente los errores a los que posibles interpretaciones de algunos pasajes de la exhortación podrían dar lugar, los cuales son examinados en detalle en un análisis teológico que se adjunta a la carta de los intelectuales (los enlaces tanto a la carta como al examen teológico, ambos en el original inglés, se encuentran aquí; una traducción castellana realizada por Infocatólica se encuentra aquí).

La traducción desde el francés es de la Redacción y el original puede leerse aquí.


Revdo. Claude Barthe
(Foto: Paix Liturgique)

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Entrevista de Roberto de Mattei con el Rvdo. Claude Barthe sobre la Exhoración post-sinodal Amoris Laetitia

Hemos aprovechado un viaje a Francia para hacer algunas preguntas al P. Claude Barthe, teólogo, autor de obras como La messe, une forêt de symboles (La Misa, un bosque de símbolos), Les romanciers et le catholicisme (Los novelistas y el catolicismo), Penser l’œcuménisme autrement (Pensar el ecumenismo de un modo diferente), quien ha sido uno de los primeros en Francia en expresar sus reservas a la exhortación apostólica Amoris Laetitia, en el blog L’Homme Nouveau, el 8 de abril pasado.

Rev. Padre, me dirijo a Ud. con mucho interés porque, en su reacción a Amoris Laetitia, Ud. no ha procurado, como lo han hecho otros en un primer momento, leer la carta apostólica de un modo tradicional, y yo comparto su punto de vista.

Sinceramente, no veo cómo se podría interpretar, de acuerdo con la doctrina tradicional, el capítulo VIII de la Exhortación. Hacerlo sería violentar el texto y no respetar la intención de los que lo redactaron, quienes tienen clara consciencia de estar planteando un elemento nuevo: “Ya no es posible decir que […]”.

Sin embargo, lo que se dice en la exhortación no es tan nuevo.

No es nuevo desde la perspectiva de la teología contestataria. En eso Ud. tiene razón. Desde el Concilio, con Pablo VI y Juan Pablo II, la gran preocupación de los teólogos contestatarios ha sido, principalmente, atacar Humanae Vitae a través de libros, “declaraciones” de teólogos, congresos. En el mismo período, la comunión a los divorciados “vueltos a casar” (y también a los homosexuales emparejados, y a los concubinos) ha desempeñado el papel de una reivindicación (yo diría “simbólica”). Hay que tener presente, en efecto, que la práctica de muchos sacerdotes en Francia, Alemania, Suiza y en muchos otros lugares, es admitir sin problemas, desde hace tiempo, los divorciados vueltos a casar a la comunión, y darles la absolución cuando la piden. El apoyo más célebre a esta reivindicación se dio en una carta de los obispos del Alto Rin, Mons. Saler, Lehmann y Kasper, fechada el 1 de julio de 1993, titulada “Divorciados vueltos a casar: el respeto a la decisión tomada en conciencia”. Ella contenía, por lo demás, exactamente las disposiciones de la actual exhortación: en teoría, no se los admite a la comunión general, sino que debe haber un ejercicio de discernimiento con un sacerdote para saber si la nueva pareja “se considera autorizada por su conciencia para aproximarse a la Mesa del Señor”. En Francia, algunos obispos (Cambrai, Nancy) han publicado actas de los sínodos diocesanos en igual sentido.  Y el cardenal Martini, arzobispo de Milán, en un discurso que fue un verdadero programa de pontificado, pronunciado el 7 de octubre de 1999 ante una asamblea del Sínodo de Europa, evocó los mismos cambios en la disciplina sacramental.

De hecho, en Francia, Bélgica, Canadá, Estados Unidos, se va todavía más lejos: algunos sacerdotes, relativamente numerosos, celebran, con ocasión de la segunda unión, una pequeña ceremonia, sin que los obispos se lo impidan. Incluso algunos obispos alientan esta práctica, como lo había hecho Mons. Armand le Bourgeois, antiguo obispo de Autun, en un libro: “Cristianos divorciados vueltos a casar” (Desclée de Brouwer, 1990). Y algunos “ordos” diocesanos, como el de la diócesis de Auch, le dan un encuadre a esta ceremonia, que debe ser discreta, sin campanillas, sin bendición de los anillos…

¿Ud. está consciente de que el cardenal Kasper ha jugado un rol activo?

Al comienzo, sí. Presentado por el Papa Francisco, poco después de su elección, como “un gran teólogo”, él preparó el terreno para la exposición que hizo al consistorio de 20 de febrero de 2014, y que provocó una enorme conmoción. Pero, a continuación, este asunto ha sido manejado con gran habilidad en tres etapas. Dos asambleas sinodales en octubre de 2014 y en octubre de 2015, cuyas relaciones finales incluyeron el “mensaje” kasperiano. Entre las dos se publicó un texto legislativo, Mitis Iudex Dominus Iesus, de 8 de septiembre de 2015, cuyo arquitecto fue Mons. Pinto, decano de la Rota, que simplifica el procedimiento de las declaraciones de nulidad del matrimonio, especialmente gracias a un proceso muy rápido ante el obispo cuando los dos esposos se ponen de acuerdo para demandar la nulidad. Algunos canonistas han hablado, en este caso, incluso de anulación por consentimiento mutuo.

En los hechos, una especie de núcleo dirigente, la Cúpula del Sínodo, se formó en torno al influyente cardenal Lorenzo Baldisseri, Secretario General del Sínodo, con Mons. Bruno Forte, arzobispo de Chieti, Secretario Especial, es decir, número dos del Sínodo, Mons. Fabio Fabene, de la Congregación para los Obispos, Subsecretario del Sínodo, el cardenal Ravasi, Presidente del Consejo para la Cultura, a cuyo cargo estuvo el Mensaje de la asamblea, asistido especialmente por Mons. Víctor Manuel Fernández, rector de la Universidad Católica de Argentina, el jesuita Antonio Spadaro, director de La Civiltà Cattolica, y otras personas influyentes, todas muy cercanas al Papa, como el obispo de Albano, Marcello Semeraro, y Mons. Paglia, Presidente del Consejo para la Familia. A ellos se ha unido el cardenal Schönborn, arzobispo de Viena, que fue el gran arquitecto del Catecismo de la Iglesia Católica, y que asumió aquí el papel de garante de la ortodoxia del texto, que el cardenal Müller rehusó asumir. Este equipo realizó un considerable trabajo a fin de llegar a la meta que se perseguía…

Para llegar a elaborar después de la segunda asamblea un texto de más de 250 páginas…

Y ya desde antes… El texto de la exhortación postsinodal ya estaba escrito en sus grandes líneas en septiembre de 2015, antes de la inauguración de la segunda asamblea del Sínodo sobre el matrimonio.

 Prof. Roberto di Mattei

Ud. habla de la meta que se perseguía. ¿Cuál, exactamente?

Es bien posible que, en el espíritu del Papa Francisco, no se haya tratado, al comienzo, más que de conceder un permiso “pastoral” y “misericordioso”. Pero como la teología es una ciencia rigurosa, ha sido necesario elaborar ciertos principios que justifiquen la decisión en conciencia de personas que viven en adulterio público para acercarse a los sacramentos. Numerosos pasajes de la exhortación, desde el comienzo, preparan este planteamiento doctrinal, que está en el capítulo VIII. Este trata de diversas “situaciones de fragilidad o de imperfección” y, especialmente, la de los divorciados que han contraído una nueva unión “consolidada en el tiempo, con numerosos niños, con una probada fidelidad, un don de sí generoso, un compromiso cristiano, la conciencia de la irregularidad de su propia situación y una gran dificultad para dar marcha atrás sin sentir, en conciencia, que se comete nuevas faltas” (núm. 298). En esta situación “imperfecta” en relación con el “ideal completo del matrimonio” (núm. 307), la exhortación da normas para un “discernimiento especial” (núm. 301). Este se lleva a cabo normalmente con la ayuda de un sacerdote en el “fuero interno” (¿para ambas partes de la unión?) que permitirá a los interesados formular un juicio de conciencia correcto (núm. 300).

Este juicio (¿del sacerdote, de ambas partes ilustradas por el sacerdote?), debido a diversos condicionamientos, podrá concluir en una inimputabilidad atenuada o total, lo que hace posible el acceso a los sacramentos (núm. 305). Entre paréntesis: no se dice si este juicio obliga a otros sacerdotes que tengan que dar los sacramentos a los interesados. De todos modos, es necesario advertir que el texto no se enfoca en el acceso a los sacramentos, cosa que se trata en una nota, algo embarazadamente (nota 351). Por el contrario, se propone claramente el principio teológico, resumido en el núm. 301, que hay que citar: “No es posible decir que todos quienes se encuentran en una situación llamada “irregular” viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante. Las limitaciones no se refieren solamente a un eventual desconocimiento de la norma. Un individuo, aunque conozca bien la norma, puede experimentar una gran dificultad para aprehender "los valores comprendidos en la norma" o puede encontrarse "en condiciones concretas que no le permiten obrar de otro modo o tomar otras decisiones sin una nueva falta".

Esto se puede analizar del siguiente modo: (1°) debido a circunstancias concretas, ciertas personas en estado de adulterio público “activo”, aunque conozcan la norma que lo prohibe, se encuentran ante una situación tal que, si salieran de dicha situación, cometerían una falta (especialmente frente a los hijos nacidos de esta unión). (2°) Por lo cual estas personas que viven en adulterio público “activo” no cometen pecado grave si persisten en él.

En realidad, las consecuencias negativas que derivarían de la cesación de este estado de adulterio (los hijos de estas uniones ilegítimas sufrirían con la separación de sus padres), no son pecados nuevos, sino efectos indirectos del acto virtuoso, es decir, de la cesación del estado de pecado. Por cierto, debe respetarse la justicia: será necesario especialmente continuar la educación de los hijos de la segunda unión, pero ya fuera del estado de pecado.

Hay, pues, una oposición frontal con la doctrina anterior recordada por Familiaris Consortio (núm. 84) de Juan Pablo II, que precisaba que si hay graves razones que impiden a los “casados por segunda vez” dejar de vivir bajo el mismo techo, ello debe hacerse como hermanos y hermanas. La nueva propuesta doctrinal se resume del siguiente modo: en ciertas circunstancias, el adulterio no es pecado.

¿Ud. decía que no se advierte aquí el instinto de la fe?

Esto no está de acuerdo con la moral natural y cristiana: las personas que conocen una norma moral que obliga sub gravi (el mandato divino que prohíbe la fornicación y el adulterio) no pueden ser excusadas de pecado, y no se las puede declarar, por tanto, en estado de gracia. Santo Tomás, en una cuestión de la Suma Teológica, bien conocida de todos los moralistas, la cuestión 19 de la Ia.IIae., explica: es la bondad de un objeto que nuestra razón se propone lo que hace bueno el acto de la voluntad, y no las circunstancias del acto (articulo 2); y si es verdad que la razón humana puede equivocarse y dar por bueno un acto malo (artículo 5), ciertos errores no son jamás excusables, particularmente el ignorar que no puede uno aproximarse a la mujer de su prójimo, puesto que ello lo enseña directamente la ley de Dios (artículo 6). En otro pasaje, igualmente bien conocido por los moralistas, el Quodlibet IX, cuestión 7, artículo 2, Santo Tomás explica que las circunstancias pueden cambiar no el valor de un acto sino su naturaleza, por ejemplo, el hecho de matar o herir a un malhechor es de justicia o de legítima defensa: no se trata de una violencia injusta, sino de un acto virtuoso. En cambio, dice el Doctor Común, ciertas acciones “tienen una deformidad que les está inseparablemente ligada, como la fornicación, el adulterio y otras cosas de este género: ellas no pueden jamás volverse buenas”.

Cualquier niño de catecismo comprendería esas cosas, decía Pío XII en un discurso de 18 de abril de 1952. En él condenaba la Situationsethik, la “moral de situación”, que no se fundamenta en leyes morales universales como, por ejemplo, los Diez Mandamientos, sino “en las condiciones o circunstancias reales y concretas en las que se debe obrar, y según las cuales la conciencia individual debe juzgar y elegir”. Recordaba además que un fin bueno no puede jamás justificar medios malos (Rom. 3, 8) y que hay situaciones en que el hombre, y especialmente el cristiano, debe sacrificarlo todo, incluso su vida, para salvar su alma. En el mismo sentido, la encíclica Veritatis Splendor, de Juan Pablo II, al afirmar que las circunstancias o las intenciones no podrán jamás transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto, cita a San Agustín (Contra mendacium): la fornicación, las blasfemias, etcétera, aunque se hagan por buenos motivos, son siempre pecados.

¿Qué hacer, entonces?

No se puede desobedecer las palabras de Cristo: “El que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si una mujer abandona a su marido y se casa con otro, comete adulterio” (Mc 10, 12). El profesor Spaemann, filósofo alemán, amigo de Benedicto XVI, subraya que toda persona capaz de reflexionar puede constatar que estamos aquí en presencia de una ruptura [Nota de la Redacción: ver aquí la entrevista al Profesor Spaemann). No creo que uno pueda contentarse con proponer una interpretación tal del capítulo VIII de la Exhortación que hiciera parecer que nada ha cambiado. Por lo demás, hay que tomar en serio las palabras del Papa que, en el avión en que regresaba de Lesbos, ha avalado la presentación de este texto hecha por el cardenal Schönborn. Pero, en sí misma, la proposición teológica formulada está clara. El deber de verdad exige decir que no se la puede aceptar. Como tampoco las proposiciones anexas, como aquella que dice que la unión libre o la unión de los divorciados vueltos a casar realizan el ideal del matrimonio “al menos en parte y por analogía” (núm. 292). Hay, pues que esperar, en el sentido fuerte de la esperanza teologal, que numerosos pastores, obispos y cardenales hablarán claro, por el bien de las almas.

Por el contrario, es posible desear, pedir, apelar a una interpretación auténtica –en el sentido de interpretación del depósito de la Revelación, comprendido en ella el recurso a la ley natural que le está vinculada- por el magisterio infalible del papa o del papa y de los obispos unidos a él, magisterio que, en nombre de la fe, discierne afirmando lo que es verdadero y rechazando lo que no lo es. Me parece que hoy, 50 años después del Vaticano II, se entra en una nueva fase del postconcilio. Habíamos visto ceder, por ciertos pasajes de los textos sobre el ecumenismo y la libertad religiosa, un dique que se creía extremadamente firme, el de la enseñanza eclesiológica romana magisterial y teológica. Ahora se ha constituido otro dique para resistir a la marea de la modernidad, el de la moral natural y cristiana, con Humanae Vitae de Pablo VI y todos los documentos de Juan Pablo II sobre estos temas. Todo lo que se ha denominado “restauración”, según el término usado en Entrevista sobre la fe, de Joseph Ratzinger, está en gran parte afirmado sobre estas bases puestas para la defensa del matrimonio y de la familia. Lo que ocurre ahora es que este segundo dique parece estar en vías de ceder.  

Habrá quienes lo acusen de ser excesivamente pesimista…

Al contrario. Vivimos, me parece, en un momento decisivo de la historia del postconcilio. Las consecuencias últimas de lo que ocurre actualmente son difíciles de prever, pero ellas serán considerables. Pero estoy cierto de que ellas serán, al cabo, positivas. Para empezar, evidentemente, estoy cierto de ello por la fe, porque la Iglesia tiene palabras de vida eterna. Pero también, muy concretamente, porque la necesidad de regresar al magisterio, al magisterio como tal, se va a imponer cada vez más desde las perspectivas que necesariamente se va a elaborar para el porvenir.

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