martes, 24 de abril de 2018

La impiedad moderna y la Misa nueva

Publicamos a continuación un artículo de opinión del Prof. Augusto Merino Medina, colaborador habitual de esta bitácora, en las que expresa una personal visión crítica acerca de la reforma litúrgica y de cómo la generalizada actitud moderna de desprecio por la Tradición - esto es, la impiedad- se ha infiltrado en la práctica litúrgica reformada.

Cabe consignar en este punto que la postura oficial de esta bitácora ha sido siempre (véase aquí, aquí, aquí y aquí) que el rito reformado, con sus numerosas y evidentes falencias -las que no se refieren exclusivamente a los abusos litúrgicos, sino también a defectos, ambigüedades y omisiones en el rito mismo-, es susceptible de ser enriquecido con la forma tradicional para hacerlo más digno y más acorde con la tradición litúrgica de la Iglesia, para que verdaderamente y no sólo en la intención sea posible hablar de dos formas de un único rito romano, como era el deseo de Benedicto XVI.

 El autor
(Foto: El Mercurio)

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La Misa impía

Augusto Merino Medina

La virtud de la piedad recibió, en la antigüedad greco-romana, un especial tratamiento y fue objeto de gran admiración y veneración. El fundador de Roma, el troyano Eneas, que huye de la ciudad incendiada llevando a hombros a su padre Anquises y que, luego de un largo viaje, arriba a Italia a fundar la Urbe, es apodado no según otras heroicas cualidades de que estaba adornado, sino por la pietas que lo movió a tratar con gran amor a su anciano padre, una “piedad filial”: en efecto, Virgilio llama a Eneas “el pío Eneas”, y no “el valiente Eneas” o “el esforzado Eneas”, y ni siquiera “el gran Eneas”.

La piedad y la impiedad se refieren, primariamente, a la actitud que se tiene ante los antepasados y su legado. Es pío quien respeta, venera y conserva la herencia de los antiguos, e impío el que la desprecia, desfigura y desperdicia. Era lógico que el término se refiriera igualmente a los “supérstites” y, al cabo, al mismo Dios. Piedad y respeto fueron dos rasgos propios de la mayoría de las culturas antiguas, sin los cuales no se entiende nada de ellas, especialmente la sólida estructura política que las sostuvo por siglos. El sentido común romano, de esa Roma fundada por un hombre pío, la llevó a conservar siempre el esquema republicano como plano arquitectónico de su política: la potestad pública siguió, hasta el final, la estructura de la república: el emperador fue siempre un “cónsul”.

En la historia de Occidente, el quiebre en este sentido, con la minusvaloración de la piedad y, finalmente, con la desaparición del respeto en todos los órdenes de la vida, que es el rasgo más definitorio de la vida colectiva actual, se produjo con el surgimiento de la Ilustración, proceso que comienza en el siglo XVII y culmina a mediados del siglo XIX. El enfrentamiento entre “antiguos” y “modernos”, que a lo largo de la historia occidental se había presentado en varias oportunidades con otros contenidos y reverberaciones, adquirió un valor emblemático con la querella literaria que se desencadenó en Francia, a mediados del siglo XVII, entre quienes consideraban que los grandes modelos dignos de imitación eran los clásicos griegos y romanos, ante los cuales se tenía una actitud “piadosa”, y quienes consideraban que no existía modelo más inspirador de todas las artes que el “Rey Sol”, postergándose con ello, en forma “impía”, a los antiguos. Hacia los mismos años, Pascal concebía, por su parte, la historia de la humanidad como analogado de la historia de cada hombre individual: éste nace débil e ignorante, y va dejando atrás esas primeras etapas de su existencia para llegar a una plenitud de conocimiento que lo hacen absolutamente superior a sus edades anteriores. Nada se dice, en esta concepción, de la “sabiduría”, diferente del mero conocimiento. Esas décadas del siglo XVII presencian el nacimiento de la idea del “progreso indefinido”, en que se resumirá la soberbia moderna, que habrá luego de dominar la concepción de toda la historia humana, culminando quizá con Hegel, y viniendo a acabar en el más absoluto fracaso de la razón, reconocido por algunos grandes hegelianos del siglo XX, como Horkheimer y otros.

El modernismo teológico que intentó infiltrar la Iglesia y la fe desde, al menos, el siglo XVIII, que tuvo un gran muestrario en el Sínodo de Pistoya (1786) y que fue abrupta y severamente detenido por tres grandes papas, Pío IX, León XIII y Pío X, no fue sino una derivación del espíritu racionalista de la modernidad que triunfaba en aquellos tiempos. Esa modernidad fue combatida por la Iglesia sobre todo en su aspecto de “liberalismo” -que no es, por cierto, lo mismo que amor a la libertad-; pero el modernismo teológico, condenado con tanto vigor en Pascendi (1907), de Pío X, se las ingenió para penetrar por la puerta de la Iglesia que menos aprehensiones causaba a los incautos vigilantes de la época, la de la liturgia. En el Movimiento Litúrgico franco-germano de mediados del siglo XX, se albergó el modernismo y se dispuso a infiltrar finalmente la fe católica mediante las reformas litúrgicas que propició el Concilio Vaticano II, de cuyo cauce se salieron, extralimitándose, los encargados de ponerlas por obra. Los modernistas sabían lo que hacían, aunque nadie más pareció percatarse de ello: “lex orandi, lex credendi”. A cincuenta años de la destrucción de la liturgia romana ya no cabe duda alguna: hay un claro hilo conductor que va desde Sacrosanctum Concilium (1963), la constitución sobre liturgia del Concilio Vaticano II, hasta la exhortación apostólica Amoris laetitia (2016) del papa Francisco.  Y -no lo permita Dios- a todo lo que se ve venir. Expulsado solemne y severamente por las puertas de la Iglesia, la herejía modernista, compendio de todas las herejías, reingresó a ella en puntillas por las ventanas litúrgicas que el Concilio había abierto, como acabó entendiéndolo, demasiado tarde, el mencionado Pablo VI.

La nueva Misa que fue pergeñada a partir de las ruinas del rito romano, lleva, pues, grabado en lo más profundo, y de modo indeleble e irreparable, el sello de la impiedad moderna.

Con el medio siglo trascurrido el asunto ha quedado más claro que el agua. 

 Sacerdote durante una "Misa" celebrada durante el carnaval en Rotemburgo (Alemania)

La impiedad del nuevo rito de la Misa se advierte, en primer lugar, en el desprecio de la Tradición con que se metió mano en ella. Algunos de los responsables de esta actitud, como Louis Bouyer (quien vio con amargura, en sus últimos días, los resultados de la destrucción que sus ideas habían alentado), comenzaron por criticar el período barroco y el “barroquismo” litúrgico, mediante un análisis histórico en que no se sabe si admirar más la ignorancia o la desviación teológica (Bouyer, originalmente calvinista, había bebido en autores luteranos algunas de las ideas centrales que traspasó luego a la liturgia). Pero la impía crítica se extendió hacia atrás hasta cubrir toda la Edad Media: lo medieval pasó a ser equivalente de corrupción y decadencia litúrgica, idea fomentada por ciertas apreciaciones erradas de Jungmann. Todo esto fue aparejado con una actitud “arqueologizante” que ya Pío XII había condenado: se procuró resucitar en la Misa viejas prácticas que la Iglesia, prudentemente, había abandonado, dándose así la impresión de que se estaba volviendo a la “noble sencillez” (contrapuesta al “barroquismo”) de unos primeros siglos de los que no se sabía con certeza prácticamente nada.

Se dejó de lado, por otra parte, las inteligentes, penetrantes observaciones del Cardenal Newman sobre la “evolución” del dogma: según este gran obispo inglés, el verdadero contenido de la fe viene a conocerse con la reflexión piadosa -es decir, fiel a los primeros Padres- que el paso del tiempo hace posible: así también se llega a apreciar el verdadero importe de un río, que no se conoce en su prístina fuente sino que cuando ya su cauce ha crecido y se ha ampliado. Era fácil derivar de esto la idea de que la riqueza de la liturgia no ha alcanzado su plenitud en los primeros siglos de su existencia, sino una vez que el tiempo ha ido pasando y enriqueciéndola; pero los liturgistas no se dieron por enterados. De modo incoherente, ellos quisieron honrar la tradición de los más antiguos Padres, prácticamente desconocida en su detalle, deshonrando la de los Padres más próximos a nosotros (los de los últimos mil años), cuya tradición está ricamente documentada.

La impiedad de los reformadores de la Misa queda en evidencia, en segundo lugar, por cuanto, contra las numerosas advertencias hecha por los Padres del Vaticano II acerca de la lentitud, gradualidad y, al cabo, organicismo con que debían hacerse las revisiones de los ritos, esos reformadores destruyeron y crearon, en apenas cinco o seis años, con una subitaneidad y violencia nunca vistas en la historia de la Iglesia, lo que se había venido desarrollando, por orgánico crecimiento, en los últimos mil quinientos años de cristianismo. La mayor parte de lo que decenas de generaciones de santos y teólogos había venido creando y consolidando, fue descartado brutalmente en un lustro por un pequeño grupo de “expertos” de insegura ortodoxia, de no comprobada piedad personal, de sucias tácticas (conocer la manipulación de las reformas hecha por Bugnini, como lo atestigua el propio Bouyer, es objeto de escándalo para quien llega a enterarse).

En tercer lugar, y en un nivel de impiedad que merece una calificación mucho más severa, se pretendió -con una importante medida de éxito- alterar la teología de la Misa, con nuevas teologías que contradicen, solapadamente pero a menudo abiertamente, las definiciones dogmáticas del Concilio de Trento (que sí fue auténticamente dogmático, no meramente “pastoral”, como quiso ser el Concilio Vaticano II). Se pretendió redefinir la Misa no como el “sacrificio de Cristo” sino como una “asamblea conmemorativa de la cena del Señor”. Y aunque el impío intento fue detenido a último momento en el plano teológico, en el ámbito litúrgico su puesta por obra triunfó totalmente y se ha prolongado hasta hoy. No en vano los herejes que fueron llamados a “observar” las reformas litúrgicas se declararon plenamente satisfechos con ellas, haciendo saber que no veían en ellas nada digno de objeción. Para ellos, que negaban las verdades que la Iglesia siempre ha sostenido en torno a la Misa, era perfectamente posible usar las nuevas rúbricas para celebrar sus ritos. 

Estas intentonas teológicas del modernismo tuvieron, por lo demás, la ayuda de anteriores y menos aparentes teorías teológicas que procuraban reinterpretarlo todo, en liturgia, en términos de un “misterio pascual”. Una “pequeña” consecuencia de dichas teologías es el descarte de la teología de la redención, que a veces se pretendió desacreditar -más que refutar- con el calificativo de “medieval”. Una vez más ha tenido lugar una aplicación de la implacable “lex orandi, lex credendi”: la teología de la misericordia que hoy impera es claramente consecuencia del escamoteo que se hace en la oración litúrgica del pecado, de la culpa, de la necesidad de reparación a las ofensas que se hacen a Dios por los hombres. Y todo ello, como consecuencia de una Misa en que ha desaparecido la idea central de “sacrificio”, de ese “sacrificio redentor” de Cristo por el cual hemos sido redimidos por Dios.

Aunque el tema podría desarrollarse mucho más extensamente, nos detendremos aquí, señalando antes una cuarta manifestación de la impiedad moderna que se proyecta en la nueva Misa. Porque, en efecto, se ha empezado a oír hablar de “derechos” de los fieles que asisten al Santo Sacrificio: derecho a ver y oír todo lo que se dice y se hace; derecho a ser tratados como “adultos”, es decir, a recibir la comunión en la mano y no en la boca (cosa que se practica con los “niños”), a no arrodillarse, si no se quiere, ni aun en la presencia real del Cuerpo y de la Sangre del Señor; y, por cierto, a recibir la santa comunión, sin importar las particulares disposiciones personales. Todo esto contraría la Tradición que la Iglesia ha recibido de sus padres y antepasados. Todo esto es, claramente, una manifestación de la impiedad moderna que irradia sobre el sanctasanctórum de nuestra fe. 

Al cabo, el desprecio de las tradiciones litúrgicas de nuestros antepasados es la más palmaria demostración de impiedad, de falta de respeto y de soberbia. La nueva Misa es, ay, la manifestación visible de todos estos vicios, fruto de una mirada que pone al hombre y no a Dios como el centro de gravedad de la propia fe.    

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