jueves, 11 de julio de 2019

FIUV Position Paper 22: Las mantillas para mujeres en la forma extraordinaria

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el Misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 22 y que versa sobre el uso de mantillas para mujeres en la forma extraordinaria, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de diciembre de 2014. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del sumario (Abstract) que lo precede. 


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Las mantillas para mujeres en la forma extraordinaria

Abstract

La costumbre apostólica de cubrirse las mujeres la cabeza sigue siendo observada por muchos católicos adeptos a la forma extraordinaria. San Pablo estableció que las mujeres se cubrieran la cabeza y que los hombres se la descubrieran, y lo explicó en términos de su analogía de la relación entre el novio y la novia, y entre Cristo y la Iglesia. Como lo enseña San Juan Pablo II, los miembros femeninos de la Iglesia la representan de un modo especial: representan a la novia, cubierta por un velo como símbolo de obediencia y de sacralidad. En los Apéndices se examina, por una parte, el argumento de que la costumbre de la Iglesia primitiva se tomó de otras culturas y, por otra parte, la experiencia actual de las mujeres de recuperar la tradición de cubrirse la cabeza.

 (Foto: Liturgy Guy)



Texto

Introducción 

1. La costumbre de las mujeres de cubrirse la cabeza, y de los hombres de descubrírsela, según lo dispone el Código de Derecho Canónico de 1917 (canon 1262, 2)[1], es una tradición apostólica subrayada por San Pablo[2]. Esta tradición se respeta en las Iglesias orientales y por muchos de quienes adhieren a la forma extraordinaria del rito romano. En el contexto cultural occidental, el cubrirse la cabeza puede consistir en el uso de sombreros, pañuelos, capuchas o mantillas (chapel veils)[3]. Aunque el Código de 1983 no se refiere a este punto[4], la tradición ha sido descrita por el cardenal Raymond Leo Burke, prefecto entonces de la Signatura Apostólica, como algo que “se espera” en las celebraciones de la Forma Extraordinaria[5]. En el motu proprio Summorum Pontificum, Benedicto XVI cita la Instrucción General del Misal Romano: Desde tiempo inmemorial, y también para el futuro, es necesario mantener el principio según el cual, 'cada Iglesia particular debe concordar con la Iglesia Universal, no sólo en cuanto a la doctrina de la fe y los signos sacramentales sino también en cuanto a los usos universales aceptados por la tradición apostólica y continua. Éstos han de observarse no sólo para evitar errores, sino también para transmitir la integridad de la fe y para que la ley de la oración de la Iglesia se corresponda a su ley de la fe'[6].

A la luz de lo anterior, parecería que conservar la tradición es no sólo muy coherente con la antigua liturgia, sino también laudable por sí mismo, como expresión de fidelidad a una tradición apostólica. Este documento aspira a proporcionar racionalidad a esta práctica, que es casi totalmente desconocida en la forma ordinaria.

San Pablo sobre la complementariedad de los sexos.

2. La explicación que da San Pablo de la práctica por él ordenada, gira en tono a la complementariedad de los sexos[7]: “Pero quisiera que sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo, y la cabeza de la mujer es el hombre, y la cabeza de Cristo es Dios. Todo hombre que reza o profetiza con la cabeza cubierta, deshonra su cabeza, y toda mujer que reza o profetiza con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza […] El hombre, en efecto, no debe cubrirse la cabeza, puesto que es imagen y gloria de Dios; la mujer, en cambio, es gloria del hombre”[8].

3. Este pasaje debe leerse en conjunto con la descripción de San Pablo de la relación matrimonial en su carta a los Efesios: “Que las mujeres se sujeten a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo, del cual él es el salvador. Pues como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo”[9].

4. La autoridad de Cristo sobre la Iglesia, de la cual es una analogía la autoridad del marido sobre su mujer, sugiere otra analogía, la de la relación de la cabeza con el cuerpo. La mujer, que es el “cuerpo” de la familia y, por analogía, del cuerpo de la Iglesia, se relaciona con la idea de la Santísima Virgen como el ícono, la imagen, de la Iglesia, en palabras de san Ambrosio[10], citadas en Lumen Gentium[11] y reiteradas por San Juan Pablo II en Mulieris Dignitatem[12]. Además, siendo la mujer la novia de su marido, la Iglesia, como novia, se representa como mujer. San Juan Pablo II enseña: “La dimensión esponsal, que es parte importante de toda vida consagrada, tiene una especial significación para las mujeres, que encuentran en ella su identidad femenina y, por así decirlo, descubren el especial genio de su relación con el Señor”[13].

5. Resumiendo esta larga tradición, Manfred Hauke escribe, habiéndose referido a la Santísima Virgen como “arquetipo de la “Madre Iglesia”[14]“De un modo analógico, por tanto, las mujeres también son representaciones y encarnaciones de la Iglesia. En contraste con los hombres y con el sacerdocio varonil, simbolizan una realidad con la que ellas mismas son idénticas”[15].

6. En resumen, el cubrirse las mujeres la cabeza en la iglesia es una afirmación simbólica tanto de la complementariedad de los sexos en el matrimonio, como de la subordinación de la Iglesia a Cristo. La Iglesia, representada por los miembros femeninos de la congregación, borra su propia gloria -la natural belleza de la cabeza- para dar gloria a Dios. Las cabezas descubiertas de los varones de la congregación son una afirmación de la autoridad de Cristo, a la cual los hombres, como miembros de la Iglesia, están, ellos mismos, subordinados.

 (Foto: One Peter Five)

El velamiento y lo sagrado.

7. El modo como San Pablo entiende el significado del velamiento queda indicado en un pasaje posterior de la Primera Carta a los Corintios, que vuelve a la analogía de la Iglesia como cuerpo: “A los miembros del cuerpo que parecen más viles, los rodeamos de mayor honor, y a los indecorosos los tratamos con mayor decoro”[16].

Aunque el velamiento de la cabeza simboliza el estar sujeto a autoridad -San Pablo escribe que la mujer “debe mostrar sobre su cabeza la señal de sumisión” (I Cor 11, 10)[17]-, el velamiento es, con todo, una forma de dar honor a lo que se vela. La Iglesia, representada por la mujer, se vela por subordinada y por santa: la novia sin mancha de Cristo[18].

8. El velamiento de lo sagrado es cosa muy familiar a los que adhieren a la antigua tradición litúrgica latina. Aunque esconder una cosa -y también velarla, en cierto sentido- atrae la atención hacia ella, subraya también su importancia. Así, de modo obvio, el Santísimo Sacramento es velado en el ciborio dentro del tabernáculo, y el uso del velo del cáliz es otro ejemplo[19]. La Iglesia, como novia, es velada para subrayar no sólo su sumisión a Cristo sino también su pureza y santidad.

9. En el Occidente moderno, tal como en otras culturas, este simbolismo continúa en uso, especialmente en la ceremonia del matrimonio. El velamiento indica la reserva de la novia y, al mismo tiempo, su pureza y belleza. El velamiento como indicación de lo sagrado es enfatizado por Alice von Hildebrand[20], y este modo de entenderlo se encuentra también en el mundo islámico[21]. En cambio, el desnudamiento simboliza embarazo, vergüenza o degradación: exhibir algo es deshonrarlo o avergonzarlo[22].

El cubrirse la cabeza y los hombres.

10. Desde una perspectiva intercultural, la práctica de los varones cristianos de descubrirse la cabeza en la iglesia es mucho más sorprendente que la de las mujeres de cubrírsela. El hecho de que hombres y mujeres en el Occidente ya no usen normalmente sombreros u otras formas de cubrirse la cabeza oscurece el hecho de que, al entrar a una iglesia, eran los hombres quienes necesitaban sacarse el sombrero durante la mayor parte de la historia cristiana, y no eran las mujeres quienes necesitaban cubrírsela, puesto que ya la llevaban cubierta.

11. Una cuestión relacionada, que vale la pena mencionar, es que, en tanto que los protestantes por lo general siguieron las instrucciones de San Pablo sobre cubrirse la cabeza hasta el siglo XX[23] (y todavía lo hace una minoría), el notable contraste en la práctica fue que, al rechazar la categoría teológica de edificio consagrado, los varones protestantes no se descubrían la cabeza en la iglesia, a menos que, en un determinado momento, estuvieran orando[24].

La importancia moderna del velamiento.

12. La continuación de esta tradición apostólica en Occidente, aunque sea sólo en el contexto de la forma extraordinaria, es un valioso vínculo con la Iglesia primitiva y una señal de solidaridad con las Iglesias orientales[25]. Como dice la Instrucción Il Padre, incomprensibile“Por razones históricas y culturales, [estas últimas] han mantenido una más directa continuidad con la atmósfera espiritual de los orígenes cristianos, una característica que es, cada vez con mayor frecuencia, considerada, incluso por el Occidente, no como señal de estancamiento y retroceso sino de preciosa fidelidad a las fuentes de la salvación”[26].

La fidelidad de las Iglesias orientales, y de los que adhieren a la forma extraordinaria en la Iglesia latina, puede ser un signo y un aliento para toda la Iglesia, tal como la fidelidad a la tradición de los recabitas fue un signo para Israel, en tiempos del profeta Jeremías[27].

13. En Occidente, la naturaleza contra-cultural de la tradición amplifica el poder de ésta, en cuanto testimonio de la Tradición y de la sacralidad del contexto en que se la observa[28].

14. En relación con las sociedades no cristianas que han conservado o redescubierto el uso de cubrirse la cabeza de distintas formas, la práctica tradicional católica ofrece un puente para un genuino diálogo. Fue en el contexto de una iniciativa de usar vestidos “modestos y respetuosos” en los lugares de culto de todas las religiones en Sri Lanka que se puso en vigencia, nuevamente, el cubrirse la cabeza las mujeres en la catedral de Santa Lucía, de Colombo, en 2011[29].

15. En toda Europa, como también en los países tradicionalmente islámicos, ha llegado a ser común la vista de las mujeres[30] con velo en público, y la crítica islámica de las mujeres occidentales de que carecen de reserva y, por tanto, de dignidad, es cosa común. El velamiento de las mujeres católicas en la iglesia es una indicación, aunque sea pequeña, de que las preocupaciones de los críticos islámicos de Occidente no son totalmente incomprensibles para los católicos, y de que no aprobamos la pérdida de la dignidad femenina y, en el fondo, la pérdida del sentido de la sacralidad femenina que ha sido resultado de la Revolución Sexual. 


Apéndice A: 

El cubrimiento de la cabeza en el contexto cultural de San Pablo.

Se hace un abundante uso del argumento según el cual la práctica de la Iglesia primitiva, en relación con el cubrimiento de la cabeza, refleja un contexto cultural más amplio, y se lo entiende por lo general como modo de socavar la autoridad de la norma de San Pablo: tal práctica es desechada, por ejemplo, en la Instrucción de 1976 de la Congregación de la Doctrina de la Fe Inter insigniores, como un simple “hecho cultural”[31]. El problema de este punto de vista, con todo, es identificar alguna cultura con que los primeros cristianos hayan estado en contacto y que siguiera la práctica descrita en el capítulo 11 de la Primera Carta a los Corintios.

Las pinturas de los sacrificios paganos, así como las referencias literarias, dejan en claro que la costumbre romana era que la persona, de cualquier sexo, se cubriera la cabeza al ofrecer un sacrificio con, por ejemplo, una parte de la toga. No parece que los observadores, o quienes iban en la procesión del sacrificio, hicieran lo mismo, aunque a menudo se los pinta usando guirnaldas. Hay que recordar que los sacrificios (incluidas las libaciones) eran realizadas no sólo por los sacerdotes en los templos, sino también, diariamente, en un contexto doméstico.

Cuando consideramos las pinturas, no menos numerosas, de los sacrificios paganos cultuales en el contexto cultural griego, es evidente que no se usaba cubrirse la cabeza, aunque las guirnaldas, para ambos sexos, se muestran frecuentemente.

En ninguno de estos dos casos podemos encontrar precedentes sobre la insistencia de que las mujeres se cubran la cabeza en el ámbito del culto y de que los hombres se la descubran.

En cuanto a la práctica judía, la costumbre tradicional, continuada todavía hoy por los judíos ortodoxos, y universal hasta el siglo XX, es que los hombres se cubran la cabeza e incluso que usen una doble cubierta de cabeza[32]. El yarmulke (o kippah: un gorro para cabeza) se usa durante todo el día por hombre y niños[33], y se usa un tallit (chal para orar), además del yarmulke, durante las oraciones, especialmente el Shema, por los hombres casados[34].

Las mujeres no tienen obligación de usar estas cubiertas[35], y por ello es considerado tradicionalmente inapropiado que lo hagan. Las mujeres casadas están obligadas a cubrirse la cabeza por una cuestión de modestia[36], pero ello no está relacionado con momentos de oración o con algún específico paramento ritual[37].

Es imposible aclarar definitivamente qué se observaba en el siglo I, pero parece claro que entonces, como para los judíos de siglos posteriores, las cubiertas de cabeza, con significado ritual, se asociaban más de cerca con hombres que con mujeres.

Estaba mandado que los sacerdotes que oficiaban en el culto del Templo usaran una mitra o turbante de lino, y el Sumo Sacerdote tenía, en la suya, un adorno adicional de oro[38]. Moisés[39] y Elías[40] se cubrían con un velo en presencia de lo Divino. Las referencias de las Escrituras al velamiento de las mujeres, como Rebeca cuando ve por primera vez a su prometido[41], y la amada en el Cantar de lo Cantares[42], se encuentran fuera de un contexto específicamente religioso.

La Midrash se refiere a los hombres en cuanto al cubrimiento de la cabeza en el contexto de la oración: Mordechai[43], Nakdimon ben Gurion[44] y en general los Rabbis y Sabios[45]. El último punto se refleja en la referencia a las filacterias y flecos de los fariseos en Mateo 23, 5, y en la imagen de Moisés envuelto totalmente en un tallit, entre los murales de una sinagoga del siglo III en Dura Europos.

En conclusión, lo que impacta en la costumbre de los primeros cristianos es el contraste en la práctica de hombres y mujeres. Tal cosa no se encuentra, en este contexto, en las prácticas paganas de la época, y la costumbre judía tendía en una dirección derechamente contraria a la cristiana. Parece perverso, a la luz de esto, insistir en que la costumbre cristiana simplemente reflejaba una norma cultural muy extendida y en que, por tanto, la explicación teológica de San Pablo es una mera racionalización. Por el contrario, todo apunta a que la práctica cristiana fue diferente de la de las culturas que la rodeaban, y que fue nueva y deliberadamente elegida.

Si hiciera falta alguna otra explicación, más allá de lo que dice San Pablo, lo natural sería relacionarla con la diferenciación consciente de las prácticas ajenas, característica del propio judaísmo, por el principio “no caminéis por sus sendas”[46]. Otros ejemplos de diferenciación cristiana de la práctica judía incluiría la dirección en que se hacía oración[47], los días de ayuno semanal[48], y la supresión de los días festivos judíos[49]. Esta diferenciación tiene, en sí misma, una duradera significación teológica, y no una meramente cultural, y nos ha transmitido la mezcla de continuidad y discontinuidad que caracteriza la relación entre judaísmo y cristianismo.

Apéndice B: 

El testimonio actual de las mujeres jóvenes sobre el velamiento.

El uso de cubrirse las mujeres la cabeza en la iglesia, especialmente en la forma extraordinaria del rito romano, ha dado lugar a muchas discusiones y a muchas explicaciones en blogs y videos, y se puede encontrar defensas de él en Internet[50]. La tendencia es a focalizarse en la experiencia de las mujeres jóvenes que han adoptado el uso de cubrirse la cabeza en la iglesia, generalmente con mantillas de encaje o velos (chapel veils). La conexión simbólica con la naturaleza marital o esponsal de las mujeres es a menudo subrayada en estas explicaciones, cosa que se enfatiza por la conexión entre la mantilla y el velo tradicional de las novias, todavía muy popular. Se formula también una cantidad de argumentos, que no se encuentran en este Position Paper, los cuales vale la pena tomar en cuenta, por su relación específica con el contexto cultural en que esas mujeres se hallan.

El uso de cubrirse la cabeza es una señal fuertemente contra-cultural en una mujer moderna de Occidente, y ello es especialmente el caso cuando se usa una mantilla, ya que hoy se identifica esto con algo que es específicamente religioso. La presencia en Misa de mujeres con mantilla es, por tanto, un testimonio muy efectivo de la sacralidad de la Misa y de la Presencia Real del Señor en el Santísimo Sacramento. Este testimonio es más poderoso que en situaciones culturales en que las mujeres usan la misma forma de cubrirse la cabeza también en otros lugares, además de la iglesia.

Se trata también de un efectivo testimonio de la fidelidad a la Tradición de quien sigue esta costumbre, de un desechar preferencias personales y presiones de la moda contemporánea en aras de la inmemorial sabiduría de la Iglesia.

En términos de moda, hoy se pone énfasis en que las mujeres usen el pelo suelto, y su conexión con las nociones modernas de belleza y sexualidad subraya la significación de cubrirse la cabeza. Todo esto se conecta con la idea, que se expresa a veces, de que las mujeres que se cubren la cabeza en la iglesia distraen menos a los hombres.

Muchas mujeres dan también testimonio de que la mantilla las ayuda a librarse de las distracciones durante la Misa, y crea y fomenta una sensación de privacidad. El acto de cubrirse la cabeza al entrar a la iglesia, igual que el de santiguarse con agua bendita, puede también ayudar a centrar la mente en la sacralidad del edificio, en la presencia del Santísimo Sacramento y en la liturgia.

De este modo las mujeres que recuperan la tradición de cubrirse la cabeza responden a las palabas de Benedicto XVI: “La palabra griega para conversión significa 'pensar de nuevo', repensar el modo de vivir personal y colectivo; permitir que Dios entre en los criterios de la vida; no juzgar solamente por las opiniones corrientes. Por tanto, convertirse significa no vivir como viven todos los demás; no hacer lo que hacen todos; no sentirse justificados en las acciones dudosas, ambiguas o malas sólo porque los demás las cometen; empezar a ver la propia vida con los ojos de Dios, buscando, de este modo, lo que es bueno, aunque sea incómodo; ni buscar el juicio de la mayoría de los hombres sino la justicia de Dios. En otras palabras: apuntar a un nuevo estilo de vida, a una nueva vida”[51].

 (Foto: One Peter Five)




[1] Canon 1262, 2 del Código de Derecho Canónico de 1917: “Los hombres, en la iglesia o fuera de ella, cuando asisten a los sagrados ritos, deberán tener la cabeza descubierta, a menos que las costumbres aprobadas de un pueblo o las circunstancias peculiares del caso prescriban otra cosa. En cambio, las mujeres deberán cubrirse la cabeza y vestir modestamente, especialmente cuando se acerquen a la mesa del Señor” (Viri in ecclesia vel extra ecclesiam, dum sacris ritibus assistunt, nudo capite sint, nisi aliud ferant probati populorum mores aut peculiaria rerum adiuncta; mulieres autem, capite cooperto et modeste vestitae, maxime cum ad mensam Dominicam accedunt”).

[2] I Cor 11, 1-16.

[3] La práctica en la forma extraordinaria varía entre diversos países y al interior de ellos. En aquellos lugares donde se prescribió en la década de 1960  el uso de la mantilla o velo (chapel veil) específicamente para la iglesia, ha resultado más fácil restaurarlo que en el caso de los sombreros, que han dejado de estar de moda en casi todos los ámbitos.

[4] El cumplimiento de la obligación ya es dejado de lado por la Congregación para la Doctrina de la Fe en la Instrucción Inter insigniores, de 1976: “Otra objeción se basa en el carácter transitorio que se alega hoy que tienen algunas de las prescripciones de San Pablo sobre las mujeres, y en las dificultades que algunos aspectos de esa enseñanza suscitan en relación con esto. Pero se debe advertir que esas normas, probablemente inspiradas en las costumbres del período, se refieren sólo a prácticas disciplinares de menor importancia, tales como la obligación que se impone a las mujeres de usar un velo en la cabeza (I Cor 11, 2-16). Tales exigencias no tienen ya un valor normativo. Sin embargo, la prohibición del Apóstol de que las mujeres hablen en las asambleas (I Cor 14, 34-35) es de una naturaleza distinta, y los exégetas definen su significado del siguiente modo: Pablo de ninguna forma se opone al derecho, que reconoce en otras partes pertenecer a las mujeres, de profetizar en la asamblea (I Cor 11, 15), sino que la prohibición se refiere solamente a la función oficial de enseñar en la asamblea cristiana. Para San Pablo esta prescripción se vincula con el plan divino de la creación (I Cor 11, 7; Gen 2, 18-24), y sería difícil ver en ella la expresión de un hecho cultural”. La cuestión de que velar a las mujeres en oración se “inspira en las costumbres de la época” es tratada aquí más adelante.

[5] En una carta privada, de fecha 4 de abril de 2011, disponible aquí (consultada el 15 de octubre de 2014).

[6] Benedicto XVI, Motu proprio Summorum Pontificum (2007): “Ab immemorabili tempore sicut etiam in futurum, principium servandum est 'iuxta quod unaquaeque Ecclesia particularis concordare debet cum universali Ecclesia non solum quoad fidei doctrinam et signa sacramentalia, sed etiam quoad usus universaliter acceptos ab apostolica et continua traditione, qui servandi sunt non solum ut errores vitentur, verum etiam ad fidei integritatem tradendam, quia Ecclesiae lex orandi eius legi credendi respondet'. La cita interna es de la Instrucción General del Misal Romano (2002), núm. 397. Cfr. Pontificia Comisión Ecclesia Dei, Instrucción Universae Ecclesiae (2011):En relación con las normas disciplinarias relacionadas con la celebración, se aplica la disciplina eclesiástica contenida en el Código de Derecho Canónico de 1983” (núm. 27); Además, en su carácter de ley especial, el motu proprio Summorum Pontificum deroga las disposiciones legales relacionadas con los sagrados ritos promulgadas desde 1962 en adelante e incompatibles con las rúbricas de los nuevos libros litúrgicos vigentes en 1962” (núm. 28). (27. Quoad regulas disciplinares ad celebrationem formae extraordinariae pertinentes, applicetur disciplina ecclesiastica Codicis Iuris Canonici anno 1983 promulgati. 28. Praeterea, cum sane de lege speciali agitur, quoad materiam propriam, Litterae Apostolicae Summorum Pontificum derogant omnibus legibus liturgicis, sacrorum rituum propriis, exinde ab anno 1962 promulgatis, et cum rubricis librorum liturgicorum anni 1962 non congruentibus” ).

[8]  I Cor 11, 3-4, 6: Volo autem vos scire quod omnis viri caput Christus est caput autem mulieris vir caput vero Christi Deus. Omnis vir orans aut prophetans velato capite deturpat caput suum [...] Vir quidem non debet velare caput quoniam imago et gloria est Dei mulier autem gloria viri est”.

[9] Ef 5, 22-24: “Mulieres viris suis subditae sint sicut Domino, quoniam vir caput est mulieris sicut Christus caput est ecclesiae; ipse salvator corporis sed ut ecclesia subiecta est Christo. Ita et mulieres viris suis in omnibus”. La palabra griega “kephale” usada en estos pasajes se emplea por los Padres para significar tanto “cabeza” como “señor”.

[10] San Ambrosio, Expos. Lc. II, 7: PL 15, 1555.

[11] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium (1964), núm. 63.

[12] Juan Pablo II, Carta apostólica Mulieris Dignitatem (1988), núm. 27: “Mariam Nazarethanam Ecclesiae esse 'figuram'. Cfr. San Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater (1987), núm. 44: María es un “modelo y figura de la Iglesia” (exemplar ac typus Ecclesiae).

[13] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Vita consecrata (1996), núm. 34: Hac in sponsali ratione quae praecipua est omnis consecratae vitae, mulier, propriam quasi indolem detegens suae cum Domino coniunctionis, se reperit ipsa”. Esto se podría traducir más literalmente: “En esta forma esponsal de pensar, que es la consideración más importante de toda vida consagrada, la mujer, descubriendo el -por decirlo así- particular carácter de su unión con el Señor, se encuentra a sí misma”.

[14] Hauke, M., Women in the Priesthood? A systematic analysis in the light of the Order of Creation and Redemption (San Francisco CA, Ignatius Press, 1986), p. 322.

[15] Hauke, Women in the Priesthood?, cit., p. 324 (énfasis en el original).

[16] 1 Cor 12, 23: “Et quae putamus ignobiliora membra esse corporis his honorem abundantiorem circumdamus et quae inhonesta sunt nostra abundantiorem honestatem habent”.

[17]debet mulier potestatem habere supra caput”.

[18] Ef 5, 22: “porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo, del cual él es el salvador” (Quoniam vir caput est mulieris sicut Christus caput est ecclesiae ipse salvator corporis). Cf. II Cor 11, 2: “os he desposado con un solo esposo para presentaros a Cristo como a una virgen casta” (Despondi enim vos uni viro virginem castam exhibere Christo”); y Rom 7, 3-4.

[19] Otro ejemplo de la Escritura es el velamiento de Moisés para esconder al pueblo el brillo de su rostro, después de hablar con el Señor (Ex 34, 33 y ss.).

[20] Von Hildebrand, A., Man and Woman: a Divine invention (Ave Maria FL, Sapientia Press, 2010), p. 41 y passim.

[21] La etnógrafa Fadwa El Guindi comenta que, aunque la palabra “modestia” ha sido apropiada por las mujeres musulmanas en Occidente para expresar su finalidad al velarse, una fórmula más adecuada sería “santidad-reserva-respeto”. El Guindi, F., Veil. Modesty, Privacy, Resistance (Oxford UK, Berg Publishers, 1999), p. 82. Y advierte el velamiento de la Ka’ba, el más santo de los lugares del mundo musulmán y centro de la peregrinación Haj (p. 95).

[22] En la tradición bíblica, esto es muy notable en Nm 5, 18, cuando el velo de una mujer sospechosa de adulterio es retirado por el sacerdote. Cfr. asimismo Ct 5, 7. En el Islam, en cuanto vestido de una mujer respetable, el velo a menudo se hace más elaborado para mujeres de estatus más alto, y más simple o inexistente para mujeres de un estatus más bajo, y a veces se lo prohíbe para estas últimas. Véase Guindi, Veil, cit., p. 104.

[23] La Iglesia de Inglaterra abolió formalmente en 1942 el requisito de que las mujeres se cubran la cabeza al aproximarse a la comunión (canon 18 de los Canons Ecclesiastical of the Church of England).

[24] Se ponían, por ejemplo, el sombrero para oír el sermón, y se los puede ver en muchas pinturas del siglo XVII visitando hermosas iglesias con el sombrero puesto. Quitarse el sombrero al aproximarse a la puerta de la iglesia podía incluso ser visto, en el anglicanismo, como señal de mentalidad católica.

[25] Juan Pablo II, Carta apostólica Orientale Lumen (1995), núm. 8: “Hoy a menudo nos sentimos prisioneros del presente. Es como si el hombre hubiera perdido su percepción de pertenecer a una historia que lo precede y lo sigue. Este esfuerzo para situarse entre el pasado y el futuro, con un corazón agradecido por los beneficios recibidos y por los que se espera, se ve particularmente en las Iglesias orientales, con un nítido sentido de la continuidad, que toma el nombre de Tradición y de expectación escatológica” (“Captivos hodie saepius nos temporis praesentis esse sentimus: quasi si notionem homo amiserit sese esse particulam alicuius historiae praecedentis et subsequentis. Huic magno labori, quo contendit quis ut se inter praeteritum collocet futurumque tempus cum grato sane animo tam de acceptis quam de donis postmodum accipiendis, clarum praestant Orientales Ecclesiae sensum continuationis, quae sibi Traditionis atque eschatologicae exspectationis nomina sumit”).

[26] Congregación para las Iglesias orientales, Instrucción Il Padre, incomprensibile (1996), núm. 9.

[27] Véase Jr 35.

[29] “La catedral de Colombo exige a las mujeres usar velo durante la Misa”: leyenda de una foto en una información de UCA News, 20 de enero de 2011. La historia añadía: “La Asociación Nacional de Laicos Católicos” (CNAL) en Sri Lanka ha respaldado el llamado a personas de todas las religiones a vestirse con modestia en los lugares de culto […] En un llamado a los fieles, Victor Silva, secretario de CNAL, advirtió 'con gran tristeza y desaliento la lamentable tendencia entre ciertos laicos católicos a vestirse en una manera inmodesta y muy irrespetuosa cuando participan de las celebraciones litúrgicas, con escasa atención al sentido de lo sagrado' […] El gobierno de Sri Lanka ha establecido un panel de diferentes religiones para que prepare un código de vestimentas para los lugares de culto” (consultada el 21 de octubre de 2014).

[30] El velamiento en el Islam se asocia especialmente con las mujeres, aunque cubiertas para la cabeza se usan por ambos sexos, y no es del todo desconocido el velamiento de la cara entre los hombres.

[31] Citado en contexto, supra, nota 3.

[32] Esto es sostenido por los ultra-ortodoxos, con un sombrero sobre el yarmulke y, durante las oraciones, con un tallit sobre él.

[33] Comúnmente a partir de los tres años.

[34] Esto se relaciona con los mandamientos de Dt 22, 12 y Nm 15, 37-38. Este último texto forma parte del Shema, que hace especialmente apropiado el uso del tallit. El tallit grande se relaciona con el tallit pequeño, que se usa debajo de la camisa, que no cubre la cabeza y se lleva durante todo el día. Además de esto, los hombres casados usan el tallit grande sobre la cabeza al rezar el Shema. El Shema se dice durante la oración de la mañana y de la tarde.

[35] En cuanto un mandamiento ligado al tiempo (puesto que no se aplica a la noche), obliga sólo a los hombres. Este principio interpretativo general se encuentra en época tan temprana como el siglo I: “Todos los mandamientos positivos que se vinculan con el tiempo obligan a los hombres, pero las mujeres están exentas. Y todos los mandamientos positivos que no están vinculados al tiempo, se aplican a hombres y mujeres, todos quedan obligados. Y todos los mandamientos negativos, estén o no vinculados al tiempo, se aplican a hombres y mujeres, todos están obligados” (Mishnah Kiddushin 1, 7).

[36] La cubierta puede tener la forma de una peluca (sheitel) entre los judíos ortodoxos en público.

[37] Aunque la exigencia de modestia es naturalmente mayor en un contexto religioso.

[38] Ex 28, 4 y 36-37. Cfr. Ex 39, 26 y 30; Lev 16, 4 39; Ex 34, 33 y ss.
[39] Ex 34, 33 y ss.

[40] I Re 19, 13.

[41] Gn 24, 6.

[42] Ct 4, 1. Véase también los pasajes ya mencionados sobre quitarse lo que cubre la cabeza: Nm 5, 18 y Ct 5, 7.

[43] Mid. Rab. Lv 23, 6.

[44] Véase The Fathers According to Rabbi Nathan [‘Abot deRabbi Natan] (trad. de Juday Goldin, New Haven, Yale University Press, 1995), p. 45.

[45] Mid. Rab. Ec 2, 15; 4, 1. Los ejemplos de Midrash son analizados por Hegg, T., “Should I remove my Kippah? AJewish perspective of 1 Corinthians 11:2-16” (2001) [consultado el 29 de octubre de 2014].

[46] Pr 1, 15.

[47] La oración cristiana se orientaba hacia el Monte de los Olivos y posteriormente al Oriente, en vez de al Templo. Véase Lang, U. M., Turning towards the Lord (San Francisco CA, Ignatius Press, 2004), pp 37-38.

[48] De la piadosa práctica judía de ayunar lunes y jueves (véase Lc 18, 121), todavía observada por los judíos askenazi, a la práctica de ayunar en miércoles y viernes (aunque un breve ayuno en viernes se encuentra también en la tradición judía: véase Talmud Pesachim 99 b).

[49] Véase Ga 4, 10.

[50] Se puede encontrar ejemplos de videos aquí, aquí y aquí (consultados el 21 de octubre de 2014). Se puede encontrar muchos más si se usa los términos apropiados en los sitios de videos compartidos.

[51] Ratzinger, J., Discurso a los catequistas y profesores de religión. Jubileo de los Catequistas, 12 de diciembre de 2000.

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