sábado, 27 de junio de 2020

¿Puede la modernidad aportar algo a la liturgia?

Les ofrecemos hoy un artículo del Dr. Peter Kwasniewski donde aborda una cuestión que puede resultar paradójica. Dado que todas las épocas han aportado algo a la liturgia de la Iglesia, cuyo desarrollo desde los primeros siglos ha sio orgánico, la pregunta que queda por responder es cuál ha sido el aporte de la modernidad, fuera del nuevo rito promulgado en 1969 para sustituir al codificado tras el Concilio de Trento. El autor cree que sí hay un aporte, aunque éste no se refiere propiamente a algo que se añade a la liturgia, sino al vacío espiritual que permite que hoy, en medio de un mundo de rasgos neopaganos, sean tantos (y cada vez más) los que descubren el inmenso mundo de la Misa tradicional, que es expresión sensible de la fe católica asentada en la Tradición. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan al artículo original.

Interior de la Iglesia de Saint Pierre, Firminy, Francia, diseñada por Le Corbusier, cuya construcción comenzó en 1970 y concluyó en 2006

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¿Puede la modernidad aportar algo a la liturgia?

Peter Kwasniewski

El actual renacimiento de las concepciones tradicionales en las bellas artes y, especialmente, el renacimiento de las prácticas litúrgicas tradicionales ha sido recibido por muchos con escepticismo y desaprobación. “¿Acaso es posible 'retroceder' a épocas pasadas, cuyos ideales son tan diferentes de los nuestros? ¿No hemos hecho significativos progresos haciendo lo que nadie pudo hacer anteriormente? Y si tenemos necesidad de algo, seguramente no será lo que necesitaban las generaciones pasadas”.

La historia de las artes y de los movimientos de reforma/renovación nos dice algo diferente. Todos los grandes artistas comenzaron haciéndose aprendices de alguna tradición y copiando las obras maestras de ésta. Del mismo modo, todos los grandes movimientos de reforma en la historia de la Iglesia miraron al pasado en busca de inspiración en lo que funcionó en él, a fin de arreglar lo que estaba mal en el presente. Los nobles ideales culturales de Occidente -que fueron en gran medida propuestos por la vigorosa actividad de la Iglesia católica- tienen una vitalidad perenne y una fecundidad creativa con las que lo que se reconoce como “moderno”, con toda su efímera veleidad, no puede competir exitosamente. 

La reinvención de la liturgia después del Concilio fue solamente la última y más trágica de una larga serie de dislocaciones y distorsiones antinaturales de las formas humanas en el siglo XX. Este fue un siglo que se enorgulleció de descomponerlo todo, de quebrarlo y arruinarlo todo: primero, la pintura y la poesía, luego la danza y la música, los usos sociales, la política, la educación. Era sólo cuestión de tiempo hasta que la liturgia, la forma de arte que resume y lo culmina todo -la reina en su corte- fuera depuesta. Una vez que todas las artes subsidiarias, tanto materiales como espirituales, que hicieron posible la liturgia fueron envilecidas y negadas, ¿cómo hubiera sido posible que la liturgia resistiera? Si toda la cultura declinaba con el paso de la época moderna, ¿cómo podía la liturgia -esa suprema expresión y compendio de la cultura- quedar indemne? ¿No se corría el riesgo de que algunos individuos sin corazón y sin gusto tomaran las riendas del poder y la cambiaran para hacerla reflejar su simplista racionalidad? Pues, eso fue lo que aconteció.

Foto de Lucas Carl en Unsplash



En la secuela de esta triste historia no resulta ni inoportuno ni prematuro preguntarse si no habrá algo, cualquier cosa, que la modernidad haya aportado al ritual católico en sentido positivo. Permítaseme explicar el fundamento de esta pregunta.

Toda época parece haber agregado -se podría decir “injertado”- algo característico de ella a la Tradición. Los cristianos de la Edad Media eran maestros de los símbolos, de la Escritura, de la alegoría, y nos legaron ritos y comentarios de acuerdo con ese espíritu. La liturgia medieval, con sus modalidades, su elaboración ritual, su encuadre arquitectónico y su comentario de la Tradición, es una glorificación exquisita del sacrificio en que se centra la historia de la salvación. El Barroco aporta algo sorprendentemente nuevo: el santuario sin velos, el foco puesto en la visión extática y en la abrumadora experiencia de los sentidos, incluso la asombrosa inclinación al dramatismo (por ejemplo, escenarios, máquinas y ángeles volando para la devoción de las Cuarenta Horas). En cierta forma, esto fue un apartarse de la Tradición, incluso una forma de reducción de la misma, manifiesta en la mente neoclásica y humanista que se alejaba de las densas profundidades de la Escritura y del misterio que eran propias de la liturgia medieval, y tendía a un santuario “abierto”, enfatizando ritualmente la adoración de Cristo y su Presencia Real en vez de insistir en las muchas palabras simbólicas y en los gestos de los ritos. Sin embargo, todo esto pareció adecuado a los tiempos, y resultó fructífero en santidad y fue, eventualmente, absorbido por nuestra herencia.

Es una señal de vitalidad y de auténtica maestría de la Tradición su capacidad de enriquecerse con los dones de cada época. Toda edad robusta ha producido su propio espíritu litúrgico con sus formas. ¿Podría también la modernidad añadir algo a la Tradición, enriquecerla? ¿Tiene legítimas aspiraciones en este sentido? ¿Pueden los terribles dolores y confusión expresados en la literatura y la arquitectura modernas adquirir un sentido litúrgico, expresado en ese dialecto? Podríamos quizá considerar al compositor Arvo Pärt como un ejemplo: su música es típicamente moderna, pero tiene también raíces en la Tradición. ¿Existe alguna analogía litúrgica de Pärt? ¿Cómo sería ella?

Ojalá fuera posible dar fácilmente una respuesta positiva. La “modernidad” es o, al menos ha sido, caracterizada por oleadas de desorden: la progresiva demolición, puesta en duda, desestabilización y deformación de elementos que se consideró inoportunos, ineficientes, opresivos, clericalistas, etcétera. La modernidad se define por su rebelión contra el orden clásico y cristiano. Esto se puede ver, sin duda alguna, en las bellas artes. La música “atonal” se define con una “a” que significa privación. El arte abstracto no es representacional, es irreconocible, algo no inherente a este mundo sino algo que huye hacia un mundo inhabitable en que el hombre no puede morar, un frío planeta que cuelga en el espacio vacío, carente de agua y de vida. Además, puesto que la modernidad no es una fuerza espiritual-cultural positiva, al modo como lo fueron, por ejemplo, el gótico inglés y el barroco francés, es difícil ver cómo podría dar origen por sí misma a una causalidad. La privación no actúa.

Dejarla así sería, con todo, demasiado pesimista. La naturaleza humana y la gracia de Dios se reafirman. La cultura pasada no muere jamás del todo, sino que se transmite con los “genes” de una sociedad o de una cultura. La “modernidad”, como quiera que se la entienda, incluye en sí misma algo que no es rebelde, antinatural, que no es privativo sino que, en una continuidad amplia con la matriz cultural precedente, conserva algo que es apertura a lo trascendente, tal como el terreno empobrecido es todavía capaz de alimentar una planta, a la espera del sembrador y de la semilla. Es esto, me parece, lo que explica el que la juventud pueda vibrar inmediatamente con la liturgia tradicional, que es tan completamente no moderna, al momento de entrar en contacto con ella. En algún rincón del alma del hombre moderno hay un deseo, por vago e incipiente que sea, de escapar de la prisión que han construido las recientes generaciones.

Quizá ésta sea, al cabo, una gracia especial de la modernidad: haber llevado a los hombres a un estado de hambre y sed de expresiones de lo sagrado y de lo divino que puedan elevarlos por sobre el vacío inmanente y horizontal y confrontarlos con el mysterium tremendum et fascinans, con lo abrumador y fascinante. ¿No estaremos en situación de ser golpeados mejor que cualquier generación anterior por aquello que Benedicto XVI ha llamado “el impacto de lo bello”, ya que no convivimos familiarmente con ello, ni lo damos por descontado, ni siquiera esperamos verlo a nuestro rededor?

Para mí, esta vidriera dice mucho...

Naturalmente, no digo que los hombres de hoy sean esencialmente diferentes de sus antecesores hasta el punto de que necesiten en su catolicismo algo radicalmente diferente del gran tesoro que ya tenemos a disposición en nuestra Tradición. La Tradición, tal como es, puede salvarlos, en sus materializaciones ya sean de estilo medieval-monástico o barroco. El amor por la Tradición de la Iglesia es siempre totalmente contemporáneo y totalmente intemporal. El hombre moderno necesita lo que todo hombre necesita, o más todavía, y ello es sacralidad, solemnidad, belleza y un profundo sentido de conexión con la especie humana, con la Iglesia y sus miembros. Sólo el uso de las mismas formas fundamentales de vida, de culto, de arte, por muy variadas que sean en su forma, puede llevar a cabo esta unidad diacrónica y sincrónica.

Así pues, mi respuesta a la cuestión formulada en el título de este texto es la siguiente. La modernidad abandonó a la Iglesia hace ya mucho tiempo: en parte, huyó en rebeldía y en parte salió impulsada como un demonio. Por tanto, no puede contribuir en nada a la restauración de lo sagrado. Todo lo que puede hacer es traer al hombre moderno hasta el umbral de la Iglesia y dejarlo ahí, como huérfano abandonado en la puerta de un convento. La sagrada liturgia tradicional lo ha de tomar en sus brazos y proveerá a su sanación y elevación. Nuestra tarea es dejarnos cuidar (sí, algo que exigirá que nos traguemos nuestro orgullo), y si el Señor se digna construir una nueva cristiandad a lo largo de muchos siglos, Él nos dará la luz y la fuerza justo ahora, para realizar la pequeña parte que nos toca en pavimentar el camino para que ella surja.

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