sábado, 12 de febrero de 2022

El núcleo del integrismo

Uno de los más destacados liturgistas contemporáneos, el Dr. Peter Kwasniewski, en su libro Resurgimiento en medio de la crisis. Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia, cuya edición castellana fue financiada por nuestra Asociación, sostiene que el desorden -y aun parálisis- que afecta a la Iglesia actualmente sólo podrá superarse si se cura la amnesia católica respecto de tres puntos esenciales: el olvido de la liturgia tradicional, el olvido de la enseñanza de Santo Tomás de Aquino como maestro común, y el olvido de la enseñanza social de la Iglesia en su integridad (véase aquí y aquí). En relación con este último punto, es necesario hacer presente que, desde hace al menos 300 años, la Iglesia ha venido declarando cuál es su pensamiento sobre las realidades temporales, que el predominio de la mentalidad liberal en los últimos 50 ó 60 años de la vida eclesiástica ha oscurecido en su parte medular. El siguiente texto apunta a la importancia que tiene ese pensamiento de la Iglesia considerado en su totalidad, sin exclusiones temáticas ni atenuaciones doctrinarias, y procura poner de vuelta, en el primer plano, las graves cuestiones que componen ese cuerpo de doctrina.

Su autor es el diácono James H. Toner, profesor emérito de liderazco y ética en Academia de la Fuerza Aérea de EE.UU. Oficial reiterado y doctor, es autor de Morals Under the Gun y otros libros. Ha enseñado en diversos centros de EE.UU., como Notre Dame, Norwich, Auburn y el Colegio y Seminario de los Santos Apóstoles. Actualmente sirve su ministerio en la Diócesis de Charlotte.

El artículo original fue publicado en Crisis Magazine y ha sido traducido por la Redacción. 

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El núcleo del integrismo

 James H. Toner 

Pareciera que el integrismo es el tema de moda entre los intelectuales católicos de hoy. Ahmari, Bouyer, Coulombe, Deneen, Douthat, Dreher, Feser, Fimister y Crean, French, George, Hahn y McGinley, Hanby, Kwasniewski, Maritain, Miller, Murray, Pappin, Pink, Rawls, Reilly, Reno, Schindler, Spadaro, Stannus, Tollefsen, Trabbic, Vermeule, Voegelin, Waldstein, Weigel, Wiker: lo anterior es solo una enumeración parcial de los análisis, en su mayor parte contemporáneos, que disectan el fenómeno del integrismo.

La definición que de él da el P. Waldstein es la siguiente: “El integrismo católico es una tradición de pensamiento que, rechazando la separación que hace el liberalismo de la política, por una parte, y la preocupación por la finalidad de la vida humana, por otra, sostiene que el gobierno político debe ordenar al hombre hacia su último fin. Sin embargo, dado que el hombre tiene tanto un fin temporal como un fin eterno, el integrismo sostiene que hay dos potestades que lo gobiernan: una potestad temporal y una espiritual. Y puesto que el fin temporal del hombre se subordina a su fin eterno, la potestad temporal debe subordinarse a la potestad espiritual”.

El integrismo, pues, procura integrar lo secular en lo sagrado, modificándolo y metamorfoseándolo en algo que, si bien no está totalmente subordinado a la ortodoxia y la ortopraxis católicas, contribuye a ellas.

Rafael, La coronación de Carlomagno, 1516-1517, Museos Vaticanos
(Imagen: artículo original)

Esta concepción ha dado lugar a una tempestuosa controversia en los círculos intelectuales católicos. El integrismo tiene hábiles y entusiastas defensores, así como también estridentes detractores. El consiguiente debate se encarniza sobre el integrismo y sus corolarios, tales como: ¿nos hace el integrismo regresar a las apetecidas raíces católicas clásicas y sus recursos? ¿es un subproducto de mentalidades fascistas, absolutamente opuestas a la “libertad religiosa”? Y, en todo caso, ¿cuál es la actitud auténticamente católica ante dicha libertad? ¿Fue el documento Dignitatis Humanae, del Concilio Vaticano II, una floración del pensamiento social católico o una cobarde capitulación ante el decadente modernismo? ¿Es el liberalismo un pecado (como fue sugerido por el P.Félix Sardá y Salvany)? ¿Es el integrismo una velada fuerza reaccionaria sostenedora de ideas y prácticas sociales periclitadas? ¿Debiera alentarse el instinto integrista que se encamina a un Estado católico plenario, omnicomprensivo, o es suficiente el “modelo pluralista estadounidense”? Estas son sólo algunas de las preguntas que se arremolinan en torno a las controversias levantadas por el integrismo.

En efecto, hay mucho de encomiable en el centro del integrismo -su promisoria teoría-; pero, en su circunferencia -en sus decisiones prácticas y en sus detalles- requiere una prudente supervigilancia. Es necesario combinar, ética y eficientemente, fuerza y derecho, Saúl y Samuel, poder y probidad, cosas que, durante siglos, han abrumado al ingenio y a la sabiduría de Atenas, o de Jerusalén (véase, por ejemplo, la “alegoría de los árboles” en Jue 9, 7-15), o de Roma y de todos sus sucesores. Nadie -ni políticos, ni sacerdotes, ni obispos, ni siquiera Frodo Baggins- es inmune a la libido dominandi, el deseo de poder. Y el necesario papel moral de la Iglesia en lo relativo a la supervisión del ámbito cívico no debe implicar un papel eclesiástico práctico en el cumplimiento de los deberes corrientes del estado (para una analogía arbórea, véase este artículo).

Aquí no vamos a resolver estas cuestiones esotéricas y laberínticas. Mi propósito, más bien, es tocar un tema sobre el cual demasiado pocos han reflexionado: ¿”Y qué importancia tiene todo esto”? ¿Se preocupa acaso el mítico fiel corriente del integrismo y sus temas vinculados? Hace poco, Anthony Esolen se lamentaba del triste estado del conocimiento en las “elites”, pero ¿quién es, al cabo, este agustiniano individuo?

La realidad, con todo, es todavía más grave. En la Misa, el que lee (no diré “lector”) anuncia “Lectura tomada de la Carta de San Pablo a los Filipinos”. Como diácono, he procurado dar a los lectores algunas pistas de cómo pronunciar los nombres en Hch 2, 5-12, pero, a menudo, sin éxito. ¿Y qué se puede hacer cuando el sacerdote piensa que el libro bíblico “Hebreos” está en el Antiguo Testamento, quizá entre Isaías y Jeremías? Nosotros sabemos que está en el Nuevo Testamento, justo después de la Epístola a los Filipinos... Esto, claro, es una prueba anecdótica, aunque demasiado rápida y lamentablemente multiplicada, de una amplia ignorancia de la catequesis y sus fuentes y de apatía frente a ella.

Dado el estado del aprendizaje hoy, tanto dentro como fuera de la Iglesia, ¿cómo se puede analizar las facetas del integrismo? Una vez pronuncié una homilía, en una capilla militar, basándome en el pasaje de Hch 5, 29 -debemos obedecer a Dios antes que a los hombres (lo que es la esencia, dicho sea de paso, del integrismo)-. Después de la Misa se me acercó alguien, indignado por mi supuesta falta de patriotismo. Yo lo conocía: se trataba de un hombre “educado”, de cerca de cuarenta años, católico practicante que asistía normalmente, y absolutamente ignorante de nuestra primordial responsabilidad de seguir al Señor antes que a los políticos. 

¿De qué tema de la filosofía integrista podía yo hablarle? (En todo caso, este problema es incluso peor -¡imagínese!- cuando se trata de discutir temas de bioética). Si tomamos el texto “Venid y entendámonos” (Is 1, 18), “entenderse” es prácticamente imposible cuando no existe ningún fundamento sobre el cual levantar el edificio del pensamiento lógico. Ya el profeta Oseas nos prevenía: “Perece mi pueblo por falta de conocimiento” (4, 6).

Así como hay importantes diferencias entre la “escuela del Derecho natural” y la “nueva escuela del Derecho natural”, existen también diferencias críticas entre quienes están a favor del integrismo y quienes lo ven con malos ojos. Los católicos corrientes no saben de estos abstrusos debates ni les importan. Pero los católicos corrientes pueden -y creo que deben- compartir una lapidaria serie de verdades, de cuyo despliegue pleno y erudito no necesitan, francamente, preocuparse (cfr. Ecl 3, 21; Hch 26, 4).

Cristo Rey
(Imagen: Pinterest)

He aquí diez elementos que hay que considerar para comprender la política desde el punto de vista católico.

1. Dios existe.

2. Pecamos (CCE 1739).

3. Necesitamos un Dios-Salvador, no un príncipe-salvador (cfr. Job 19, 25).

4. Vivimos en el presente buscando asiduamente la gracia de Dios, para vivir después con Él.

5. Nuestra vida actual significa que estamos inevitablemente involucrados en asuntos políticos, ya que la sociedad civil, en el mejor de los casos, tolera, y en el peor de ellos, infunde terror a los devotos de Cristo y de su Iglesia (Ef 2, 2; St 4, 4).

6. Las soluciones plenas y finales sólo advendrán con la Parusía, cuando Nuestra Señora sea Reina de los Cielos y la Tierra (quinto misterio glorioso). No se espere el paraíso de ningún partido político: “Quantula sapientia regitur mundus”, como dijo alguna vez Axel Oxenstierna.

7. Oramos y trabajamos para que la voluntad de Dios se haga en el Cielo y en la Tierra (Padre Nuestro), y procuramos cotidianamente iluminar nuestras terrenales vidas personales y políticas con la luz de la ley moral natural (véase, por ejemplo, CCE 1955, 2044, 2244).

8. Debemos tratar de “infundir el espíritu cristiano en la mentalidad y las costumbres, en las leyes y en las estructuras de las comunidades en que vivimos” (Apostolicam Actuositatem 13; cf. 31b, CCE 2105).

9. El Señor concede el poder a César (Sb 6, 1-11; Mt 22, 21; Rm 13, 1-5) -la “Ciudad del Hombre”- y cumplimos a conciencia nuestros deberes sociales a menos que contravengan “las exigencias del orden moral”; violen “los derechos fundamentales de las personas”, u obstaculicen “las enseñanzas del Evangelio” (CCE 2242).

10. Cristo es Rey (cfr. Jn 19, 15 [¡profunda advertencia contra la tiranía!], y sólo a Él debemos inviolable fidelidad (Mt 6, 33). A todos los demás gobiernos, organizaciones, o proyectos, sólo debemos fidelidad circunstancial, condicional, contextual y contingente.

Para ser un buen chofer no hace falta conocer las complicaciones de la ingeniería del automóvil; sí hay que conocer y cumplir las normas básicas de la carretera. De igual modo, no hace falta conocer todos los problemas y posibilidades de un integrismo, a veces sinuoso, para ser un ciudadano católico responsable; pero sí hay que comprender y obedecer las normas básicas de la ley moral natural (sobre las cuales y para las cuales el integrismo, evidentemente, existe).

Aquí, pues, está el corazón de la auténtica educación, que nos lleva a la Luz de Cristo, gracias a la cual somos capaces de discernir el orden y la finalidad de la vida (véase el excelente ensayo breve de Russell Kirk). Los fieles podemos -y debemos- “razonar conjuntamente”, porque gracias a las dos alas de la fe y de la razón “el espíritu humano se alza a la contemplación de la verdad”, y llega al conocimiento de quiénes somos, a qué estamos destinados y cómo encontrar el camino a casa (cf. Juan Pablo II, Fides et ratio). La Epístola a los Hebreos nos da un sabio consejo espiritual y político: “este mundo no es nuestro hogar permanente; esperamos un hogar que ha de venir” (13, 14). Tal es el núcleo del integrismo.

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