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viernes, 4 de junio de 2021

Simplismo sin nobleza

Les ofrecemos hoy un artículo de Anthony Esolen, donde aborda el sentido que tiene la belleza exterior para iluminar los misterios de la fe. Desde mediados del siglo XX, y ostensiblemente tras la reforma litúrgica, la belleza ha dejado de acompañar a culto. Para recuperar la cultura cristiana, se hace imprescindible retornar al sentido de lo bello, que es uno de los trascendentales del ser junto con lo uno, lo bueno, lo verdadero, lo distinto, etcétera. Por cierto, la belleza implica una correcta proporción de las cosas que es objeto de contemplación, de suerte de que sus formas principales son la simetría, el tamaño, el orden y la delimitación. Ella no se opone a la simpleza. 

Autor de origen italiano y criado en el Canadá, Esolen (1959) se graduó en Princeton en 1981 y posteriormente siguió estudios de máster y doctorado en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, donde obtuvo ese último grado con una tesis sobre la retórica de la ironía en Edmund Spencer. Entre 1988 y 1990 enseñó en Furman University. De ahí se trasladó al Providence College de los dominicos en Rhode Island. Permaneció ahí hasta 2016, cuando sus críticas hacia la cultura de la diversidad y el lenguaje inclusivo que imperaba en el establecimiento forzaron su salida en medio de una campaña de profesores y estudiantes en su contra. En 2017 fue contratado por Thomas More College of Liberal Arts de New Hampshire, donde permaneció hasta 2019. En la actualidad es profesor residente del Magdalen College of Liberal Arts, también en New Hampshire. Además de más de medio millar de artículos (aparecidos sobre todo en Crisis Magazine, First Things, Touchstone y otras revistas católicas), ha publicado diversos libros, entre ellos dos traducidos al castellano: Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental (Ciudadela, 2009) y 10 maneras de destruir la imaginación de tu hijo (Homolegens, 2019). Esolen es conocido asimismo por haber traducido al inglés La Divina Comedia de Dante Alighieri, Sobre la naturaleza de las cosas de Lucrecio y Jerusalén liberada de Torquato Tasso. En esta bitácora habíamos publicado ya un artículo suyo sobre Dietrich von Hildebrand y la Santa Misa. A su vez, Wanderer ofrece una entrevista subtitulada entre Dereck Buikema y Anthony Esolen que recomendamos. 

El artículo fue publicado originalmente en Crisis Magazine y ha sido traducido por la Redacción. 

Anthony Esolen

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Simplismo sin nobleza

Anthony Esolen

Según la Instrucción Inter Oecumenici (1964), debía revisarse algunos de los ritos de la Misa para que las ceremonias pudieran “exhibir una noble simplicidad acorde con el espíritu de los tiempos”. La noble simplicidad exigía, aparentemente, que el llamado Último Evangelio, el tremendo prólogo del Evangelio de San Juan, dejara de leerse al final de la Misa, lo que produjo como resultado que los únicos fieles católicos que pueden escuchar esas palabras una sola vez al año son los que asisten a la Misa del día de Navidad.

Quizá ese Evangelio esté asignado también a algún otro domingo; no estoy bien seguro. En todo caso, lo seguro es que fue desplazado de su lugar de honor, de su arquitectónica centralidad. Por cierto, él se merecía ese lugar de honor. No existe en la Escritura otro texto tan completo, ninguno expresa, de modo tan conciso, lo que los cristianos creen acerca de Dios Padre y de la creación, de la Palabra Encarnada y de la salvación del hombre pecador, de la Cruz y de la Resurrección, de la gracia, de la verdad y de la luz de la fe.

Me imagino que esa “noble simplicidad acorde con el espíritu de los tiempos” fue un gesto vagamente hecho a la avidez modernista de desterrar todo ornamento, de reducir, de desnudar. No tiene sentido, de otro modo, en cuanto juicio, ya sea cultural, ya sea intelectual. ¿En qué sentido era la vida en 1964 más simple que en 1864? ¿De qué modo era más simple en 1964 que en 1864 enfrentar -sin adherir a alguna ideología, siempre reduccionista- la historia humana?

Tomemos, por tanto, las palabras del Concilio sólo como una orientación estética. ¿Qué significa simplicidad cuando se habla de obras de arte? La liturgia es más que una obra de arte, pero, al menos, es eso. Tan pronto como hacemos esta pregunta, entramos en un terreno en que, en la actualidad, muy pocos profesores de literatura, de música, de arte o de arquitectura osan aventurarse. Para qué mencionar cualquier comité diocesano de liturgia. Porque hay una diferencia entre lo simple y lo simplista, entre lo intrincado y lo caótico, entre lo complejo y lo confuso. Muchos ensayos de estudiantes secundarios son caóticos y confusos y simplistas, en tanto que la obra de Santo Tomás de Aquino es intrincada y compleja, pero profundamente simple.

(Imagen del artículo original)

Procuraré dejar que unos pocos edificios civiles iluminen este punto. Hace unos días tuve que “viajar”, mediante la vista de calles en Internet, por las calles más recorridas de la capital del condado en que nacimos tanto el actual Presidente como yo: Lackawanna, Pennsylvania. Como muchas antiguas ciudades industriales, Scranton tiene hoy la mitad de la población que antaño, aunque ha conservado algunos de los nobles edificios que adornaban sus calles. El edificio de los tribunales del condado es, según creo, tan hermoso como cualquier otro en los Estados Unidos. Su plaza arbolada está adornada con monumentos a Kosciuszko, Pulaski y al gran defensor de los mineros, John L. Lewis.

El viejo Templo Masónico, con un auditorio art déco tan amplio como para albergar, en aquellos tiempos, combates de boxeos, de lucha libre y conciertos de bandas, es actualmente un centro dedicado a las artes. Luego, enfilando hacia el norte por la Avenida Washington, uno se encuentra con una estructura de un neogótico algo tímido, construida con hermosos bloques de piedra. El frente de las piedras ha sido dejado sin pulir, por lo que conservan sus diversos colores terrosos. Las paredes altas y largas, que bordean un amplio terreno, están coronadas con granito y bronce -este último ha adquirido una bonita pátina verde pálido-. Las paredes son almenadas, lo que sugiere una fortaleza, y además hay, en las esquinas, torreones semicirculares que sobresalen de los muros. Me he encontrado con cartas postales de alrededor de 1900 que fotografían este edificio, que alberga a la Cárcel del Condado de Lackawanna.

Desde 1964 no se ha construido en Scranton nada tan hermoso como esa cárcel, cosa que se puede constatar recorriendo las calles. Lo que se encontrará será confusiones simplistas por todas partes, porque se ha construido muchas cosas nuevas, pero ninguno de esos edificios parece tener un principio organizativo coherente, aparte de semejar estanques de almacenamiento o trampas de turistas. Se parecen al nuevo edificio de tribunales y cárcel del condado -dos en uno, por cierto- que construyeron en lo que era, por entonces, mi condado de adopción, Kent, Rhode Island.

Llamar a este edificio feo es más de lo que se merece. Un sapo es feo. Para ser feo, primero hay que ser algo. Pero el Edificio de Tribunales del Condado de Kent no es cosa alguna artísticamente coherente. Es una confusión de ladrillos, vidrio, rectángulos de acero y trapezoides, sin orden alguno, con el terreno de la cárcel pegado a un costado, como una cola, o un cáncer, con mucho acero y alambre de púas. El Edificio Tribunales del Condado de Lackawanna proclama, a su modo, “Apoyamos los nobles ideales de la justicia y del orden”. La Cárcel del Condado dice más o menos lo mismo, en tono menor. El Caos del Condado de Kent no dice nada, aunque quizá diga “Este es el lugar burocrático donde hay que entregar los formularios”, un lugar que es un no-lugar, para personas reducidas a funciones.

Ciertamente deberíamos construir iglesias que sean tan hermosas como, al menos, la Cárcel del Condado de Lackawanna. Pero para poder hacerlo, necesitamos volver a pensar qué es lo que hace que algo sea bello, término que no figura en Inter Oecumenici. Lo cual ofrece tema para mil ensayos; pero hay que partir por alguna parte. Y el actual es un buen lugar para hacerlo: la belleza, en tanto cuanto es auténticamente simple, exige un principio organizador, que dé a cada cosa su lugar y que, por consiguiente, haga brillar la luz de la claridad sobre el conjunto. Nada es ad-hoc, o un aparte, o un apéndice.

Es crucial que esto se entienda correctamente. A veces, lo meramente ordenado es desnudo, chato; a veces, no, y a veces nos encontramos con lo sublime justo donde lo que había sido complejo y recovequeado se resuelve, finalmente, en simplicidad. El barroco puede ser (y lo es normalmente) ordenado, en tanto que lo modernista puede ser (y a menudo lo es) un enredo.

La Iglesia de Mézangers, Valle del Loira, Francia
(Foto: Flickr)

George Herbert es un poeta barroco en que ni una sola sílaba está mal ubicada o carece de peso. El todo está en cada una de sus partes, y cada parte deriva su sentido sólo del todo, y así el poema va progresando hacia un clímax que resulta sorprendentemente claro: “La niñez es buena salud, nunca hubo pena como la mía, algo se entiende, ay, mi Dios, no sé qué: por tanto, me senté y comí”. O escúchese el trozo polifónico de Tallis para Laudes de Pascua, “Dum transisset”: no hay órgano, sólo se oyen voces humanas en un extraordinario tejido de líneas musicales, en que se enfatiza las voces juveniles altas; sin embargo, no sé de ninguna otra obra que capture tan bien la misteriosa paz del amanecer de ese día eterno, hora en la que María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé fueron a la tumba con ungüentos para ungir el cuerpo de Jesús. En comparación con el orden y la claridad de Tallis, los Glorias que se canta comúnmente en los Estados Unidos y Canadá son hipos y gesticulaciones aquí y allá, sin coherencia melódica; son los defectos del rococó sin su encanto decorativo.

Los hombres son atraídos por la belleza en todas las épocas, aunque el espíritu de los tiempos durante mi vida la ha despreciado de un modo sorprendente. Permitamos que la Iglesia nos reconduzca a los verdes prados, en vez de llevarnos a los estacionamientos de autos y a las oficinas fiscales.

domingo, 30 de abril de 2017

La liturgia y la belleza

Les ofrecemos hoy la traducción de un breve y muy interesante artículo escrito por Veronica A. Arntz y publicado en Rorate Caeli el pasado 30 de marzo, que versa sobre la belleza y su íntima relación con la sagrada liturgia en el pensamiento de Benedicto XVI. La autora es estudiante del Wyoming Catholic College y su tema de su tesis de grado es la restauración de la familia a través de la restauración litúrgica. Trabaja en el Departamento de Matrimonio y Familia de la Diócesis de Madison y con Vigil for Life de la misma ciudad. La traducción es de la Redacción, y en ella se han introducido los títulos de los apartados (inexistentes en el original) para facilitar la presentación del texto. 

La idea que comenta el artículo sigue estando presente en el pensamiento litúrgico del Papa emérito. Así lo demuestra, por ejemplo, el siguiente extracto tomado del prefacio de la edición rusa del volumen XI su obra Opera Omnia, dedicado a la liturgia, y recientemente publicado: "En los años que siguieron al Concilio Vaticano II, volví a tomar conciencia de la prioridad de Dios y de la liturgia divina. El malentendido de la reforma litúrgica que se ha extendido ampliamente en la Iglesia católica ha llevado a poner cada vez más en primer lugar el aspecto de la instrucción y el de la propia actividad y creatividad. La acción de los hombres llevó casi a olvidar la presencia de Dios. En tal situación, cada vez es más claro que la existencia de la Iglesia vive de la justa celebración de la liturgia y que la Iglesia está en peligro cuando la primacía de Dios no aparece ya en la liturgia y, por tanto, en la vida".


Benedicto XVI arrodillado durante el Credo de la Misa de Navidad de 2010

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La belleza como elemento esencial de la sagrada liturgia

“Oh, Señor, he amado
la belleza de tu casa” (Ps 26, 8)

En la Exhortación post-sinodal Sacramentum Caritatis, Benedicto XVI escribe: “La belleza […] no es un mero elemento decorativo sino una parte esencial de la acción litúrgica porque es un atributo de Dios mismo y de su revelación” (núm. 35). La belleza, por tanto, no es algo meramente exterior, sino que, al contrario, es inseparable de la liturgia. Una cosa es decir esto en abstracto, pero entenderlo en la realidad concreta es mucho más difícil. Para comprender cómo la belleza es un elemento esencial de la liturgia analizaremos los escritos de Joseph Ratzinger/Benedicto XVI, para elucidar tres de los principales indicadores de belleza: la liturgia (i) debe ser cristocéntrica, (ii) debe estar situada en la inmemorial y sagrada Tradición de la Iglesia, y (iii) debe estar empapada de bella música. 

I. La liturgia debe ser cristocéntrica.

En la cita precedente de su exhortación apostólica, Benedicto XVI añade lo siguiente: “El 'sujeto' de la intrínseca belleza de la liturgia es Cristo mismo que, resucitado y glorificado en el Espíritu Santo, incluye en su obra a la Iglesia” (núm. 36). Si la liturgia ha de ser bella, sólo puede serlo porque Cristo mismo es el centro de la celebración y del sacrificio. El mismo Cristo nos dio el modelo de la sagrada liturgia en la Última Cena, el cual se ha ido transmitiendo y desarrollando orgánicamente por medio de la Tradición de la Iglesia. Cristo mismo es el sacrificio: Él es al mismo tiempo Sacerdote y Víctima, como se lee en la epístola a los Efesios: “Cristo nos amó y se entregó por nosotros como aromática ofrenda y sacrificio a Dios” (5, 2; cfr. Summa Theologica III, q. 22, a. 2). Como Ratzinger expresa elocuentemente en su texto "The Feeling of Things, the Contemplation of Beauty" [“La vivencia de las cosas, la contemplación de la belleza”], Cristo es la belleza misma: “No es sólo la belleza exterior del aspecto del Redentor lo que es glorificado, sino que en Él aparece la belleza de la Verdad, la belleza de Dios mismo quien nos atrae a Sí y, al mismo tiempo, nos cautiva con la herida del Amor, la pasión sagrada (eros), que nos hace capaces de avanzar juntos, con y en la Iglesia su Esposa, para encontrarnos con el Amor que nos llama”.


Jesús está presente en la Eucaristía «verdadera, real y sustancialmente» (Denzinger-Schönmetzer 1651). 

Si Cristo mismo es la Belleza del Amor sagrado, ¿cómo podría no estar Él en el centro de nuestra sagrada liturgia? Si la presencia de Cristo es aquello que permea la sagrada liturgia, ésta no puede ser bella por sí misma. Cuando queremos “fabricar” nuestra liturgia y redirigir su foco hacia nosotros mismos, no podemos sino hacer de la liturgia una cosa horrible, puesto que su foco se vuelve antropocéntrico en vez de ser cristocéntrico. Aunque la comunidad humana es ciertamente parte de la celebración litúrgica, si se convierte en el foco Cristo ya no es más el motivo de la liturgia. Por el contrario, la liturgia se enfoca hacia los logros propios del hombre y hacia sus propios deseos. Ahora, cuando nos alejamos de Cristo, que se nos dio para ser nuestra comida y bebida espiritual, en ese preciso momento nos olvidamos de quien es la Belleza en sí, y corremos el riesgo de convertir la belleza en mera estética, fundada en nuestra comprensión cultural de la belleza. 

II. La liturgia debe estar situada en la inmemorial y sagrada Tradición de la Iglesia.

Asegurarnos de que Cristo, que es la Belleza misma, está en el centro de nuestra sagrada liturgia no es algo que podamos alcanzar con nuestras propias fuerzas. De hecho, si ponemos la confianza en nosotros, probablemente convertiremos la liturgia en algún tipo de acto referido a nosotros mismos. Por tanto, para estar seguros de que la liturgia está centrada en Cristo, ella debe ubicarse en la sagrada tradición de la Iglesia Católica. Como escribe Benedicto XVI en Sacramentum Caritatis: “La celebración de la Eucaristía implica e involucra a la Tradición viva” (núm. 37). Si separamos la sagrada liturgia de la Tradición de la Iglesia, corremos el riesgo de perder la belleza que nos ha sido transmitida por sus santos. Deberíamos tener presente que el rito romano, anterior a las convulsiones litúrgicas de la década de 1960, ha formado, durante siglos, a los santos, lo cual es atribuible al hecho de que esa liturgia está enteramente centrada en Cristo, el más hermoso de los hijos de los hombres (Ps 45, 2).


Misas rezadas de los monjes benedictinos del  Monasterio de Santa Magdalena del Barroux
(Foto: Pinterest)

Es importante explorar la autobiografía de Ratzinger, para percatarnos de cómo la belleza y la tradición están íntimamente relacionadas: “El año litúrgico dio al tiempo su ritmo, lo cual experimenté con gran gratitud y gozo ya desde niño y, en verdad, especialmente cuando niño. Durante el Adviento, la 'liturgia de los ángeles' [Misa Rorate] se celebraba al alba con gran solemnidad en medio de una total obscuridad, iluminada sólo por las velas. El gozo anticipado de la Navidad daba a los oscuros días de diciembre su carácter propio […] Durante los jueves de Cuaresma, se practicaba la devoción del “Monte de los Olivos”, cuya seriedad y sentido de la confianza en Dios penetraba siempre en mi alma. Luego, al atardecer del Sábado Santo, la celebración de la Resurrección era particularmente impresionante. A lo largo de la Semana Santa las ventanas habían estado cubiertas por cortinas negras, de modo que incluso durante el día todo el espacio estaba lleno de una misteriosa oscuridad. Cuando el sacerdote cantaba las palabras '¡Cristo ha resucitado!', las cortinas caían súbitamente y todo se inundaba con una luz radiante. Esto es la imagen más impresionante de la Resurrección del Señor que se pueda imaginar” (Milestones: Memoirs 1927-1977 [San Francisco, Ignatius Press, 1998], pp. 18-19).

Hay varias cosas que advertir aquí. Primero, la belleza de la liturgia está íntimamente ligada con el calendario litúrgico, que es una tradición de la Iglesia porque ella siempre ha celebrado las grandes fiestas, año tras año, con solemne regularidad. La belleza de la Misa Rorate y de la celebración de la Semana Santa proviene de que es celebrada todos los años, y cada año nos preparamos para la llegada de las fiestas, y recordamos la salvación que Cristo obtuvo para nosotros en la Cruz. La anamnesis de la Iglesia es estimulada cuando celebra las antiguas tradiciones y recuerda a los antiguos santos que también celebraron estas mismas fiestas. En vez de enfocarse solamente en la comunidad humana, la celebración anual de las fiestas une a la Iglesia con el Cuerpo Místico de Cristo en el Cielo, y la Iglesia peregrina en la tierra se une a esa “gran multitud de testigos” (Hb 12, 1) en el reino celestial. 


Celebración de la Vigilia Pascual en la Parroquia de San Juan Cancio de Chicago

Además, cada fiesta tiene su propio modo de celebrarse. La novedad en la celebración de las fiestas no ayuda a hacer más bella la liturgia: las fiestas son bellas precisamente por no ser novedad. Y aunque esas celebraciones son una parte propia de la colectividad bávara –una especie de inculturación-, es claro que se trata de fiestas de la Iglesia universal por el modo cómo se las celebra. La tradición inmemorial está presente en la comunidad bávara de Ratzinger, y quizá se puede decir que esto es lo que explica que tanto él como su hermano Georg sintieran la llamada al sacerdocio. La belleza de la liturgia atrajo a Ratzinger al corazón de la Iglesia, al corazón de Cristo. Si se concibiera la vida sin Iglesia ni liturgia, dice Ratzinger, “[l]a vida simplemente caería en el vacío, perdería el terreno firme que la sostenía y le daba sentido” (Milestones, cit., pp. 17-18). La regularidad y el modo tradicional de celebrar las fiestas de la Iglesia daba sentido a la vida de aquellos bávaros. En nuestra cultura secular, ¿cuántos de nosotros pueden decir que la liturgia da a sus vidas un sentido tan íntimo? ¿No se ha convertido la liturgia, simplemente, en algo que “hacemos” en vez de ser algo que da forma y sentido a nuestras vidas? ¿No se da acaso con frecuencia el hecho de que la liturgia es una cosa extrínseca a nuestra vida cotidiana y no intrínseca a ella? Es porque la liturgia era esencialmente bella para Ratzinger y para otros, que daba un sentido tan profundo a sus vidas.

III.  La liturgia debe estar empapada de bella música. 

Finalmente, en tercer lugar, la música sagrada es un componente esencial de la liturgia. Explica Benedicto XVI que “[l]a profunda conexión entre la belleza y la liturgia debiera llamar nuestra atención hacia todas las obras de arte que están puestas al servicio de la celebración […] Todo lo que se relaciona con la Eucaristía debiera estar marcado por la belleza” (Sacramentum Caritatis, núm. 41). Esto significa, especialmente, la música sagrada que acompaña a la liturgia: “Por cierto, en lo que se refiere a la liturgia, no se puede decir que una música vale tanto como cualquiera otra” (Sacramentum Caritatis, núm. 42). Por ello tenemos que prestar especial atención a la música que se ejecuta y canta en la sagrada liturgia, porque ella está íntimamente conectada con la belleza de la liturgia. La música de la liturgia da forma a ésta. En Informe sobre la fe [intitulado en inglés Ratzinger Report] leemos:  “Una Iglesia que hace uso sólo de 'música utilitaria' ha optado por lo que es, de hecho, inútil, y se ha vuelto inútil ella misma, porque su misión es más elevada […] La Iglesia no debe conformarse con lo que es meramente cómodo y sirve a nivel parroquial, sino que debe despertar la voz del cosmos y, glorificando al Creador, hacer lucir la gloria del cosmos mismo, haciéndolo glorioso también, y bello, y habitable y amable” (The Ratzinger Report [San Francisco, Ignatius Press, 1985], p. 129).


Santa Misa celebrada en la Abadía de Clear Creek por el Cardenal Raymond Leo Burke
(Foto: Rorate Caeli)

La Iglesia debe “despertar la voz del cosmos”. A pesar de los nuevos desarrollos en la música de la Iglesia, nada se puede comparar con los antiguos modos y composiciones del canto gregoriano y de la polifonía, que alimentaron el espíritu de tantos santos. Lo que es esencialmente bello en la música sagrada de la Iglesia es que fomenta un espíritu receptivo. Después del Concilio Vaticano II, aunque Sacrosanctum Concilium alabó la música sagrada de la Iglesia como “un tesoro de inestimable valor” (núm. 112), los “expertos” decidieron que la antigua música de la Iglesia era insuficiente y que lo que se necesitaba era, más bien, una participatio actuosa de la comunidad eclesial. Y, así, la gran polifonía y el canto gregoriano de la Iglesia fueron reemplazados por una banal música utilitaria, orientada al “hombre moderno” y a sus deseos y sensibilidad. Como con razón dice Ratzinger, sin embargo, “[s]e ha desplazado la gran música de la Iglesia en nombre de la 'participación activa', pero ¿no puede esta 'participación' incluir también receptividad por parte del espíritu y de los sentidos? ¿Acaso no hay nada de 'activo' en percibir, recibir y ser interiormente movido?” (Ratzinger Report, cit., p. 128). La música sagrada de la Iglesia es verdadera y esencialmente bella porque toca al hombre en lo más profundo de su alma, y lo hace ser interiormente receptivo para recibir la Palabra Divina. Al contrario de la música utilitaria, que toca al hombre sólo en sus sentidos y apetitos físicos, el gran repertorio de música sagrada de la Iglesia une al hombre más íntimamente con Cristo, quien es el centro de la acción litúrgica.

Al cabo, Ratzinger lo dice desembarazadamente en Informe sobre la fe“Si la Iglesia ha de continuar transformando y humanizando el mundo, ¿cómo podrá prescindir de la belleza en sus liturgias, de esa belleza que está tan íntimamente conectada con el amor y el esplendor de la Resurrección? No. Los cristianos no deben darse por satisfechos tan fácilmente, sino que deben hacer de su Iglesia un lugar donde la belleza –y, por tanto, la verdad- se sienta en casa. Sin esto, el mundo se convertirá en el primer círculo del infierno” (p. 130).


Misa Rorate celebrada en la Parroquia de Santa María Magdalena de Brighton

En verdad, tenía razón Dostoiewski cuando afirmaba que “la belleza salvará al mundo”. Cristo es la Belleza misma, y ha salvado al mundo por su sacrificio. La belleza de su amor sigue empapando a la Iglesia por medio de la sagrada liturgia: si fracasamos en manifestar el elemento esencial de la belleza en la liturgia, ¿cómo se salvarán las almas? ¿Cómo se fomentará las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada? ¿Cómo podrán las familias enseñar a sus hijos a amar a su Señor con todo el corazón, toda su mente y todo su cuerpo? Es por medio de la liturgia que encontramos a Cristo, y por esa razón nuestras liturgias deben ser intrínsecamente bellas, orientándonos, más allá del cosmos glorioso, a la gloria de la Visión Beatífica.