domingo, 26 de marzo de 2017

Fe católica y conciencia

Les ofrecemos la traducción de un artículo escrito por el Rvdo. Mark Pilon y publicado el pasado 22 de febrero de 2017 en el sitio The Catholic Thing, que aborda el problema de la conciencia y su relación con la Fe. El original puede leerse aquí. La traducción ha sido preparada por la Redacción.

El Rvdo. Mark A. Pilon es sacerdote de la Diócesis de Arlington, Virginia (Estados Unidos de América) y se doctoró en Sagrada Teología en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. Ha sido profesor de Teología Sistemática en en Seminario Mount Saint Mary (Arquidiócesis de Baltimore) y editor de Triumph Magazine. Es asimismo profesor emérito y visitante de la Escuela de Graduados Notre Dame del Christendom College. Escribe regularmente en Littlemore Tracts.


El autor
(Foto: Arlington Catholic Herald) 

***

Breve resumen sobre la fe católica y la conciencia


Rvdo. Mark A. Pilon


En 1930 la Comunión Anglicana abandonó la enseñanza moral, universal en el cristianismo durante dos mil años, que condenaba el control artificial de la natalidad como un grave mal moral, contra naturam, y destructor del matrimonio. Esto lo hizo al permitir a la conciencia subjetiva individual abolir la norma moral absoluta de que tales acciones son intrínsecamente malas, por lo que no se admite excepciones.

Esto fue un “toque a difunto” para el anglicanismo como autoridad moral. El resultado ha sido no sólo que los anglicanos se han independizado totalmente respecto de su tradicional enseñanza moral, sino también el colapso de la práctica religiosa en el laicado (con la excepción de las ramas africanas de esta Comunión, antes tan llena de vida). La religión fundada en la fe simplemente ya no es posible donde la conciencia privada, subjetiva, se convierte en la suprema autoridad moral. 


Conferencia de Lambeth de 1930, reunión en la que la Comunión anglicana autorizó el uso de métodos anticonceptivos en el matrimonio

Por eso resulta impactante que, ochenta y siete años más tarde, algunas conferencias episcopales católicas hayan tomado el mismo camino. En la práctica, el ascenso de la conciencia subjetiva hasta llegar a ser el supremo principio moral comenzó justo después de la encíclica Humanae Vitae (1968) en muchas iglesias particulares, especialmente en Europa. En la actualidad, los obispos de Malta, Argentina y Alemania están cometiendo el mismo error respecto del divorcio y de la vuelta a casarse, del adulterio y de las normas sacramentales atingentes.

Esta solución, denominada “pastoral”, es exactamente el mismo camino emprendido por la jerarquía anglicana en relación con la contracepción unos cuarenta años, más o menos, antes de Humanae Vitae; solución que, se aseguró a los fieles anglicanos, se aplicaría raramente y sólo por motivos muy graves. En la realidad, ella produjo rápidamente una mentalidad de contracepción y de relativismo moral, elementos claves de la revolución sexual de la década de 1960 y de la aun más radical relativización de todas las normas morales. También comenzaron a debilitarse algunos obispos y jerarquías católicas. Y fue sólo cuestión de tiempo (cincuenta años, más o menos) para que esta falsa noción de conciencia se extendiera a otras enseñanzas morales poco populares, como el divorcio y las segundas nupcias adúlteras. Hoy ya estamos en presencia de todo ello, y se trata sólo del comienzo.

Tal como ocurrió con la Iglesia de Inglaterra, que en la década de 1960 adoptó un enfoque de conciencia subjetiva frente a la vida moral, al hacer hoy lo mismo la Iglesia en Europa ha acelerado la decadencia de la práctica religiosa. Un estudio sociológico reciente ha establecido que en Francia los católicos realmente practicantes son un 2% de la población. Unos pocos más asisten ocasionalmente a Misa u otras funciones, pero de éstos muchos no son católicos realmente “creyentes”. Muchos de tales católicos que “van a Misa” son católicos nostálgicos o lo que dicho estudio denomina “católicos festivos”, o sea, que van a la iglesia sólo en ocasiones sociales, como un bautismo o un matrimonio.

Las cifras son más o menos las mismas hoy día en la mayor parte de los países europeos. Italia está apenas un poco mejor. Y ahora, si es que la historia nos enseña alguna cosa, en Malta, que fue alguna vez el más católico de dichos países, pronto comenzará la tendencia a una declinación de la fe y de la práctica. El asunto se entiende fácilmente una vez que se capta lo que la fe realmente es, y cómo se relaciona la conciencia con la fe.

Comencemos con un hecho antropológico: la conciencia es una función o acto del juicio práctico, o sea, una función del intelecto humano, y no solamente algún imaginario poder místico del alma. Así, la conciencia, como otras funciones intelectuales, tiene que ser educada e informada desde afuera: ella no se auto-informa, ni está innatamente informada. Posee, por cierto, algunos primeros principios innatos, tal como lo tiene el intelecto teorético o especulativo; pero incluso estos principios, con la sola excepción de unos pocos absolutamente primarios, están a menudo oscurecidos en el intelecto.

(Foto: Walter Weinberg/Daily Mail) 

El problema, como nos lo enseña la Revelación, está en nuestra naturaleza caída: el intelecto ha sido debilitado y oscurecido. Las potencias inferiores del hombre caído, los apetitos y pasiones, se rebelan a menudo frente a las superiores, como la inteligencia práctica y la voluntad.

Por lo tanto, nuestra conciencia herida necesita ser educada, informada por la verdad. No nacemos dotados de verdades científicas innatas, sino que tenemos que aprenderlas. Así, también, tenemos que aprender las verdades y las normas morales a fin de juzgar correctamente cómo obrar. De otro modo, la conciencia obrará ciegamente y llegará muchas veces a juzgar falsamente, especialmente en las ocasiones en que está involucrado el interés propio.

Incluso los no creyentes necesitan formar su conciencia con algunos maestros de gran sabiduría, con grandes figuras morales, tanto del pasado como del presente, cuya razón está más perfeccionada, si bien no es infalible, ya que el error se encuentra aun en los más grandes filósofos.

Pero para aquellos que se dicen cristianos, la correcta educación de la conciencia exige la obediencia total de la persona a las enseñanzas de Dios, ese Dios que nos enseña a través de los representantes por Él designados.

Para los protestantes bíblicos, la adecuada formación de la conciencia individual supone adecuar la conciencia a las enseñanzas de la Sagrada Escritura, interpretada por grandes maestros a lo largo de los siglos. Pero tampoco éstos son infalibles en su autoridad docente.


(Foto: Seek First the Kingdom)


En lo que se refiere a los católicos, formar correctamente la conciencia propia significa someterse a las enseñanzas de la Sagrada Tradición y de la Sagrada Escritura, interpretadas por los grandes doctores y Padres de la Iglesia, y comunicada con autoridad a través del tiempo y desarrollada por el Magisterio de la Iglesia, por los herederos de los apóstoles a quienes dijo Jesús: “el que a vosotros escucha, a Mí me escucha”. En la aplicación que los fieles hacen de las normas morales a las situaciones particulares también interviene la razón, pero ésta tiene también que estar sometida a la fe, es decir, a la guía del Magisterio.

Cualquier otra postura es sustraerse a lo que San Pablo llama “la obediencia de la fe”. Se podría argumentar que, en algunas raras ocasiones, el católico puede tener buena conciencia aun si disiente. Pero sería absurdo sostener que quien disiente puede, a pesar de ello, estar en total comunión con la Iglesia.

La verdad de casi todas las enseñanzas morales de la Iglesia está garantizada por el Espíritu Santo simplemente porque ella ha sido desde antiguo enseñada por el Magisterio Ordinario Universal, como lo han dicho claramente los Concilios Vaticano I y II. Puede haber unos pocos problemas morales, surgidos recién en los últimos tiempos, sobre los cuales no hay todavía una enseñanza hecha con autoridad y que están abiertos, por tanto, a la libre discusión y al desacuerdo. Pero no se incluye entre éstos las enseñanzas en materias como la contracepción, o el divorcio y la vuelta a casarse (que es una forma de adulterio), como tampoco las enseñanzas sobre el robo, la fornicación, el homicidio, etcétera. 

En el centro de la prohibición de que los divorciados y vueltos a casarse puedan comulgar está el hecho de que no se encuentran en plena comunión de fe con la Iglesia. Y esto tiene, al cabo, consecuencias aún más serias, como es la pérdida de la fe católica. Es esta pérdida lo que ha vaciado nuestra iglesias, y continuará haciéndolo mientras no se corrija con firmeza y claridad esta falsa noción de conciencia. 


Nota de la Redacción: Este artículo fue publicado originalmente en The Catholic Thing (www.thecatholicthing.org). Copyright 2017. Todos los derechos reservados. Publicado con autorización.

jueves, 23 de marzo de 2017

FIUV Position Paper 7: El latín como lengua litúrgica

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers (PP) sobre el misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966.
 
En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 7 y que versa sobre el latín como lengua litúrgico, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de junio de 2012. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del resumen (Abstract) que lo precede. Como nota de la Redacción hemos indicado al final, luego de las notas al texto, algunas entradas relacionadas publicadas en esta bitácora. 


***

El latín como lengua litúrgica

Resumen

El latín es, en la Iglesia latina, el idioma normativo de la liturgia, así como también de la gran mayoría de los documentos magisteriales y administrativos de la Iglesia, y ello desde muy antiguo. Las enseñanzas de San Juan XXIII en Veterum Sapientia enfatizan el valor del latín como algo universal, inmutable y digno. El alza de la migración en las décadas recientes ha dado particular valor a la universalidad del latín. Permanece como el lenguaje esencial de la cultura y la espiritualidad de la Iglesia. Su uso en la liturgia, incluso allí donde la congregación pueda tener escaso conocimiento del idioma, puede dar lugar, como lo expresó San Juan Pablo II, a un "profundo sentido del misterio eucarístico", por cuanto puede ayudar a comunicar la grandeza y la importancia de la acción litúrgica. Particularmente en el contexto de una formación litúrgica apropiada, lejos de ser una barrera a la participación, por lo tanto, el latín puede promoverla. El papa Benedicto XVI ha pedido que a los seminaristas se les enseñe a celebrar la Misa en latín, notando que a los fieles puede enseñárseles muchos textos y cantos.

Los comentarios a este texto pueden enviarse a positio@fiuv.

San Jerónimo en su estudio (taller de Jan van Eyck, 1442)
(Imagen: Wikimedia Commons) 

Texto

Introducción

1. La relación entre la tradición litúrgica de Occidente y el latín es extremadamente estrecha. La traducción del texto normativo latino de la liturgia romana a diversas lenguas vernáculas para uso opcional, como es el caso de la forma ordinaria, es totalmente diferente del establecimiento, por ejemplo, del copto o del eslavo eclesiástico como lenguas litúrgicas propias de ciertas iglesias locales, como ocurre en algunas iglesias de Oriente [1]. El lenguaje de la liturgia de rito latino sigue siendo, en términos estrictos, el latín, incluso en la forma ordinaria [2].

2. El propósito de este artículo es explicar el valor del latín no sólo en los textos normativos de la liturgia sino también en su celebración concreta. Hay actualmente muchos católicos no familiarizados con la idea de una liturgia en latín, y los argumentos que se dan en favor de ella tienen que ser expuestos. El tema del reemplazo de las lecturas en latín por traducciones al vernáculo, que se permite en la Misa rezada (Missa lecta) en virtud de la Instrucción Universae Ecclesiae [3] , exige un tratamiento por separado. Aquí abordamos la cuestión más de fondo, relativa a la noción misma de un lenguaje litúrgico no vernáculo, el latín.

3. La liturgia latina de Occidente parece haber sido compuesta –más que traducida desde otra lengua- en una fecha temprana pero incierta [4]. El uso del latín como lengua sagrada, junto con el hebreo y el griego, ha sido relacionado con su empleo en la inscripción puesta sobre la Cruz tanto por San Hilario [5], como por Santo Tomás de Aquino [6] y muchos otros [7]. Como se comentó en el Position Paper 5 [8], la liturgia romana usó un latín cristiano con características muy propias que, al revés del latín altamente complejo de los grandes escritores paganos, no fue en absoluto el latín hablado en las calles, que ya era diverso según las diferentes partes del Imperio. No todos los habitantes del Imperio de Occidente hablaban fluidamente el latín, en especial fuera de las ciudades [9]. El latín de la Iglesia fue universal, no local, y alejado del lenguaje que era fácilmente comprensible para el pueblo. Fue con la liturgia hablada en esta lengua que San Patricio evangelizó a los irlandeses, que no hablaban latín, y lo propio hizo San Agustín de Cantorbery con los ingleses y San Bonifacio con los germanos. 

 Evangeliario de San Agustín de Cantorbery (S. VI)
(Imagen: Wikimedia Commons)


Las ventajas prácticas del latín 

4. Reflexionando sobre la tradición del uso del latín, San Juan XXIII citaba a Pío XII en un resumen de sus ventajas prácticas: “a fin de que la Iglesia abarque a todas las naciones y pueda perdurar hasta el fin de los tiempos, se requiere de un lenguaje que sea universal, inmutable y no vernáculo” [10].

Si la Iglesia usara simplemente las lenguas corrientes, vernáculas, se crearía confusión por la vastedad de los períodos de tiempo y de las áreas geográficas que la Iglesia debe abarcar, única en esto entre las instituciones humanas. Aunque el latín de la administración y de la teología se ha ido desarrollando a lo largo de los siglos, todavía los cultores actuales del latín entienden los escritos de los eclesiásticos que escribieron en dicha lengua en las diversas épocas de la vida de la Iglesia y en cada rincón del mundo. Esta universalidad no es menos valiosa en la liturgia, ya que nos permite compartir la misma liturgia, o los ritos y usos cercanos existentes dentro del rito latino, en todas las épocas y países. La forma extraordinaria se ve, por ello, libre de tener que ser re-traducida periódicamente, y sirve por ello para enfatizar la unidad del culto de la Iglesia en todos los tiempos y lugares.

5. La forma extraordinaria tiene las ventajas, descritas por San Juan XXIII, especialmente en el contexto de las emigraciones masivas, que producen tanto en los individuos como en las colectividades dificultades por el idioma oficial del país que los recibe, y también en el caso de las lenguas minoritarias: “Por su naturaleza misma el latín es máximamente apropiado para la promoción de todas las culturas entre pueblos diversos, puesto que no da origen a celos y no favorece a grupo alguno, sino que se presenta con imparcialidad, y es amable y amigable con todos” [11]. Desde este punto de vista, constituye una valla contra el peligro, advertido en la Instrucción Varietates Legitimae, de que la multiplicidad de idiomas en el culto conduzca a comunidades cristianas ensimismadas, y el de que la inculturación sea usada con fines políticos [12].

 San Juan XXIII


El latín, la cultura cristiana y las devociones

6. El papa Pablo VI fue más allá de las meras consideraciones prácticas cuando escribió del latín: “Porque esta lengua es, en la Iglesia latina, un manantial abundante de cultura cristiana y un riquísimo tesoro de devoción” [13].

7. El latín es “un manantial abundante de cultura cristiana” porque es la lengua de casi todos los textos litúrgicos de la Iglesia latina –desde el canon romano hasta los textos del canto gregoriano y las oraciones compuestas a lo largo de los siglos-, además de serlo de obras teológicas y muchas otras creaciones culturales, como las composiciones musicales, que influyeron en ellas y recibieron al mismo tiempo su influencia. Por esto la liturgia latina tiene en la cultura cristiana un valor incomparable, insustituible por ninguna traducción por buena que sea [14]. 

8. Es también un “riquísimo tesoro de devoción” por cuanto es, en gran medida, por la meditación de los textos latinos, escriturales y litúrgicos, y de los comentarios de éstos, que la Iglesia latina ha desarrollado su vida espiritual a través de los siglos [15]. Tampoco aquí puede una traducción sustituir las palabras propias del salterio latino o del Cantar de los Cantares, que dieron lugar a los comentarios de San Agustín de Hipona y de San Bernardo de Claraval, que tienen tanta importancia en la teología y la espiritualidad de la Iglesia latina. 

 San Bernardo de Claraval (vitral, circa 1450)


El uso del latín en la liturgia

9. Queda por resolverse el punto del valor que, el oír la liturgia en latín, puede tener para los fieles que no conocen esta lengua. Que ello tiene valor es una cuestión que ha sido sostenida de modo constante por la enseñanza y la práctica de la Iglesia. Siguiendo a San Juan XXIII en su apoyo al latín en la liturgia [16], la Constitución del Concilio Vaticano II sobre Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, expone con toda claridad: “El uso del latín deberá preservarse en los ritos latinos, salvo privilegio en contrario” [17].

Se entendió que el uso del vernáculo debía considerarse como una concesión en casos específicos, como lo dice la Instrucción de la Sagrada Congregación de Ritos In edicendis normis [18], que siguió prontamente a Sacrosanctum Concilium [19]. El papa Benedicto XVI ha querido no sólo que los seminaristas comprendan el latín para los fines de sus estudios, sino para que sean capaces de usarlo en la liturgia una vez que se ordenen, haciendo presente que a los mismos fieles se les puede enseñar latín para las oraciones y cantos  [20].

10. En relación con esto ha de observarse, como lo indica Benedicto XVI, que la asistencia frecuente a liturgias en latín hace que los fieles se familiaricen con muchos textos, que por tanto puede comprender aun sin necesidad de una traducción simultánea. Apenas una breve catequesis es suficiente para que los fieles conozcan traducciones de textos familiares como, por ejemplo, el Gloria, y puedan meditarlos. La familiaridad con un repertorio mayor de textos litúrgicos permite a los fieles reconocer palabras y frases en latín e identificar a qué se refiere un texto, cuando se lo lee en la liturgia, y a recordar lo que puedan haber aprendido de su contenido.

11. Sacrosanctum Concilium [21] enfatiza mucho la importancia de la formación litúrgica. La forma extraordinaria está enriquecida con una gran tradición de misales individuales de los fieles y de otras ayudas para seguir y aprender la liturgia. Los comentarios sobre el año litúrgico escritos por Dom Prosper Guéranger, el beato Ildefonso Schuster y Pius Parsch, son verdaderos monumentos de la tradición, dignos de estudio por sí mismos [22].

12. Vale la pena decir también que el número relativamente limitado de textos litúrgicos en el misal de 1962 es una gran ventaja para los fieles que asisten a la Misa en latín. El tamaño limitado del leccionario, el uso frecuente de un número limitado de Comunes de los Santos y de Misas Votivas, la repetición de la Misa del domingo en los días de feria, el número limitado de Prefacios, etcétera, hacen que sea posible para los católicos corrientes adquirir un sólido conocimiento del misal.

13. Además, el uso del latín puede llegar a ser una clara ayuda para la participación en la liturgia. San Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Dominicae Coenae (1980) lo hace ver en relación con la experiencia de los fieles que participan en la tradición litúrgica antigua: “Sin embargo, hay también quienes, educados en la antigua liturgia en latín, sufren la ausencia de este 'único lenguaje' que fue, en todo el mundo, la expresión de la unidad de la Iglesia y que, por su dignidad, favorecía un profundo sentido del Misterio Eucarístico” [23].

Esta dignidad y universalidad del latín, según lo hizo ver San Juan XXIII [24], son en realidad componentes esenciales de la “sacralidad” de la forma extraordinaria, indicada por Benedicto XVI [25]. La necesidad de que la liturgia use un lenguaje separado, en cierta forma, del lenguaje que se habla cotidianamente, ha sido repetidamente objeto de énfasis en las décadas recientes [26].  

14. Estamos tratando aquí de un tópico ya abordado en el Position Paper 3 [27]. La forma extraordinaria tiene muchos rasgos que pueden parecer obstáculos para su comprensión, como la complejidad ritual, lo reservado de ciertas ceremonias, el hecho de que algunos textos son leídos en silencio y, sobre todo, el uso del latín [28]. Pero éstos no son, de hecho, obstáculos para la participación, si entendemos la participación en términos del impacto de la liturgia en el fiel, de la creación de “un profundo sentido del misterio eucarístico”. Tales aparentes obstáculos son parte de un todo que comunica efectivamente, tanto de modo no verbal como verbalmente, el significado trascendente de la acción litúrgica. De todos los aspectos que la antigua tradición litúrgica latina que contribuyen a este resultado, el uso del latín parece ser el más obvio e importante.

 El Beato Ildefonso Schuster




[1] Cfr. Instrucción Varietates Legitimae (1994), núm. 36: “El proceso de inculturación no considera la creación de nuevas familias de ritos; la inculturación responde a las necesidades de una cultura específica y conduce a ciertas adaptaciones que siguen formando parte del rito romano”. El pasaje citado termina con una nota al pie que remite al discurso de San Juan Pablo II a la asamblea plenaria de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de 26 de enero de 1991, núm. 3: AAS 83 (1991), p. 940 (en parte): “Ni se entiende la inculturación como creación de ritos alternativos”.

[2] Cfr. Código de Derecho Canónico, canon 928: “La celebración eucarística debe efectuarse en latín u otra lengua, siempre que los textos litúrgicos hayan sido legítimamente aprobados” (“Eucharistia celebratio peragatur lingua latina aut alia lingua, dummodo textus liturgici legitime approbati fuerint”).

[3] Pontificia Comisión Ecclesia Dei, Instrucción Universae Ecclesiae (2011), núm. 6.

[4] Ciertamente antes del término del reinado del papa Dámaso (366-384). Cfr. San Ambrosio, De Sacramentis 4.5.21 y ss.

[5] San Hilario de Poitiers (+ 366), Hil.-Pict, Tractatus super Psalmos, prol. 15 (CSEL 22.13): “el misterio de la voluntad de Dios y la esperanza del Reino bienaventurado se predica especialmente en estas tres lenguas. Esto explica la acción de Pilato, quien escribió 'Jesucristo Rey de los Judíos' en estas tres lenguas”. Cfr. Juan 19, 19-20: “Y Pilato escribió una inscripción y la puso sobre la cruz. Y lo escrito era: 'Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos'. Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde crucificaron a Jesús estaba cerca de la ciudad, y estaba escrita en hebreo, griego y latín”.

[6] Santo Tomás de Aquino, Super Sent. Lib. 4, d.q. 2, a. 4, qc 3 expos.: “Sépase que en la celebración de la Misa, en que se representa la Pasión, se usan ciertas palabras en griego… algunas en hebreo… y algunas en latín… porque en estas tres lenguas estaba escrita la inscripción sobre la cruz de Cristo”.

[7] Véase Lang, U. M., The Voice of the Church at Prayer: Reflections on Liturgy and Language (San Francisco, Ignatius Press, 2012), pp. 48-50 y 143-144.

[8] Federación Internacional Una Voce, Position Paper 5: La Vulgata y los antiguos salterios.

[9] San Agustín decía: “Es una cosa excelente que los cristianos de Cartago llamen al Bautismo nada menos que salvación, y al sacramento del Cuerpo de Cristo nada menos que vida”. (“Perdón, justas penas por los pecados y bautismo de los infantes”, 1.24.34). Cfr. San Agustín, Epístola 84 y 209.3, sobre la necesidad de clero que hable púnico.

[10] Juan XXIII, Constitución Apostólica Veterum Sapientia (1962), núm. 4: “Etenim Ecclesia, ut quae et nationes omnes complexu suo contineat, et usque ad consummationem saeculorum sit permansura…, sermonem suapte natura requirit universalem, immutabilem, non vulgarem”, cita de la Carta Apostólica de Pío XI, Officiorum Omnium (1922), 452. Cfr. Pío XII, Encíclica Mediator Dei (1947), núm. 60: “El uso del latín, acostumbrado en una considerable porción de la Iglesia, es un signo manifiesto y hermoso de unidad, como también un efectivo antídoto contra cualquier corrupción de la verdad doctrinal” (“Latinae linguae usus, ut apud magnam Ecclesiae partem viget, perspicuum est venustumque unitatis signum, ac remedium efficax adversus quaslibet germanae doctrinae corruptelas”).

[11] Juan XXIII, Veterum Sapientia, núm. 3: “Suae enim sponte naturae lingua Latina ad provehendum apud populos quoslibet omnen humanitatis cultum est peraccomodata: cum invidiam non commoveat, singulis gentibus se aequabilem praestet, nullius partibus faveat, omnibus postremo sit grata et amica”.

[12] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Varietates Legitimae (1994), núm. 49. Para el contexto de esta cita, véase Varietates Legitimae, núm. 7: “En algunos países, sin embargo, donde conviven varias culturas, especialmente como resultado de la inmigración, es necesario tomar en cuenta los problemas que esto suscita (cfr. más abajo núm. 49)”. Refiriéndose de nuevo a este problema, la Instrucción  prosigue diciendo (núm. 49): “En varios países hay diversas culturas que coexisten y a veces se influyen recíprocamente de modo tal que ello conduce gradualmente a la formación de una nueva cultura, en tanto que, a  veces, ellas procuran afirmar su propia identidad e incluso se oponen mutuamente a fin de robustecer su propia existencia. Puede ocurrir que la costumbre llegue a tener poco más que interés folclórico. La conferencia episcopal habrá de examinar cuidadosamente cada caso individual, y debiera respetar las riquezas de cada cultura y a quienes la defienden, pero no debiera ignorar o descuidar las culturas minoritarias con que no se tiene familiaridad. Debiera también sopesar el riesgo de que una comunidad cristiana se ensimisme, como también de que la inculturación sea usada para fines políticos”.

[13] Pablo VI, Instrucción Sacrificium Laudis (1968): “In Ecclesia latina christiani cultus humani fons uberrimus et locupletissimus pietatis thesaurus”.

[14] Se enfatizó este punto en la petición de 1971 de personalidades intelectuales y culturales de Inglaterra y Gales al papa Pablo VI, que condujo al [así denominado] “Indulto inglés” de 1971. Decía en parte: “El rito en cuestión, en su magnífico texto latino, ha inspirado también a una multitud de invaluables logros en las artes –no sólo obras místicas, sino también obras de poetas, filósofos, músicos, arquitectos y escultores en todos los países y épocas. De este modo, él pertenece tanto a la cultura universal como a los clérigos y cristianos propiamente tales”.

[15] Esto es así también en el contexto del latín tradicional de la liturgia romana, incluyendo la Vulgata y el antiguo salterio latino: véase Federación Internacional Una Voce, Position Paper 5: La Vulgata y los antiguos salterios.

[16] Juan XXIII, Veterum Sapientia, núm. 11, 2: “En el ejercicio de su paternal cuidado [los obispos y superiores generales] deberán estar precavidos para que ninguno de los sometidos a su jurisdicción, movido por el deseo de cambios revolucionarios, escriba contra el uso del latín en la docencia de los estudios sagrados superiores o en la liturgia, o reste importancia a los deseos de la Santa Sede en este aspecto, o los interprete erróneamente” (“Paternam iidem sollicitudine caveant, ne qui e sua adicione, novarum rerum studiosi, contra linguam Latinam sive in altioribus sacris disciplinis tradendis sive in sacris habendis ritibus usurpandam scribat, neve praeiudicati opinione Apostolicae Sedis voluntatem hac in re extenuent vel perperam interpretantur”).

[17] Concilio Vaticano II, Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium (1963), núm. 36, 1: “Linguae latinae usus, salvo particulari iure, in Ritibus latinis servetur”. Cf el núm. 101.1: “De acuerdo con la secular tradición del rito latino, la lengua latina ha de conservarse por los clérigos en el oficio divino. Pero en casos individuales, el ordinario tiene la potestad de conceder el uso de alguna traducción al vernáculo para aquellos clérigos a quienes el uso del latín presenta un obstáculo grave en la recitación apropiada del oficio” (“Iuxta saecularem traditionem ritus latini, in Officio divino lingua latina clericis servanda est… singulis pro casibus, iis clericis, quibus usus linguae latinae grave impedimentum est quominus Officium debite persolvant”).

[18] Congregación de Ritos, Instrucción In edicendis normis (1965), preámbulo: “Al dictar las normas que se refieren a la lengua que ha de usarse en el oficio divino en coro, en común o en privado, el Concilio Vaticano II tuvo a la vista tanto la salvaguardia de las centenarias tradiciones de la Iglesia latina como la promoción del bien espiritual de todos aquellos a quienes corresponde esta recitación o que participan de ella. Por esta razón, estimó oportuno conceder el uso de la lengua vernácula en determinadas ocasiones y respecto de un tipo bien definido de personas” (“In edicendis normis quae linguam respiciunt adhibendam in celebratio Officii in choro, in communi aut solo, sacrosanctum Concilium Oecumenicum Vaticanum secundum prae oculis habuit et saecularem Ecclesiae latinae traditionem tutandam et bonum spirituale promovendum eorum omnium qui ad hanc precationem sunt deputati vel ipsam participant. Hac de causa opportunum duxit, quibusdam in adjuncti et personarum bene determinatis ordinibus, usum linguae vernaculae concedere”). Continúa diciendo el documento en la sección 1, citando a Sacrosanctum Concilium, núm. 101, que: “Los religiosos [es decir, las comunidades] “obligadas al coro” están obligados a la celebración del Oficio Divino “en coro” en latín” (“Religiones clericales “choro adstrictae” Officium Divinum “in choro” lingua latina celebrare tenentur”), y hace una cantidad de concesiones específicas para el uso del vernáculo, por ejemplo en los países de misión, con el permiso de las autoridades competentes.

[19] La Constitución Sacrosanctum Concilium se promulgó el 4 de diciembre de 1963, y la instrucción In edicendis normis fue publicada el 23 de noviembre de 1965.

[20] Benedicto XVI, Exhortación apostólica post-sinodal Sacramentum Caritatis (2007), núm. 62:  “Pedimos a los futuros sacerdotes que, desde sus tiempos de seminario, reciban la preparación necesaria para entender y celebrar la Misa en latín, y también que usen los textos latinos y canten el canto gregoriano. Y no debemos olvidar que se puede enseñar a los fieles a recitar las oraciones más comunes en latín y a cantar en gregoriano algunas partes de la liturgia” (“In universum petimus ut futuri sacerdotes, inde a Seminarii tempore, ad Sanctam Missam Latine intelligendam et celebrandam nec non ad Latinos textus usurpandos et cantum Gregorianum adhibendum instituantur; neque neglegatur copia ipsis fidelibus facienda ut notiores in lingua Latina preces ac pariter quarundam liturgiae partium in cantu Gregoriano cantus cognoscant”). Cfr. Código de Derecho Canónico, canon 249: “El programa de formación de los sacerdotes ha de proveer que los estudiantes reciban una cuidada educación no sólo en su lengua nativa sino también que entiendan bien el latín” (“Institutionis sacerdotalis Ratione provideatur ut alumni non tantum accurate linguam patrian edoceantur, sed etiam linguam latinam bene calleant”). Cfr. también Concilio Vaticano II, Decreto Optatam totius sobre la formación sacerdotal (1965), núm. 13: en lo que se refiere a los seminaristas, “[a]demás han de adquirir un conocimiento del latín que les permita entender y usar las fuentes de tantas ciencias y de los documentos de la Iglesia. Es necesario el estudio de la lengua litúrgica propia de cada rito, y debe alentarse ampliamente un conocimiento adecuado de las lenguas de la Biblia y de la Tradición”.

[21] Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, núm. 41-46.

[22] Dom Prosper Guéranger, Abad de Solesmes: L'Année Liturgique, en francés, publicado en 15 volúmenes entre 1841 y 1844 (publicado en inglés como The liturgical year en 1949). El beato Ildefonso Schuster, Arzobispo de Milán: Liber sacramentorum, en italiano, publicado en 5 volúmenes en 1919 (publicado en inglés como The Sacramentary en 1924). Pius Parsch: Das Jahr des Heiles, publicado en 3 volúmenes en 1923 (publicado en inglés como The Church's Year of Grace en 1953). Estas obras, especialmente las de Guéranger y Parsch, fueron y están siendo hoy difundidas ampliamente. El texto de L'Année Liturgique está disponible en línea, al menos en parte, en francés (véase aquí), inglés (véase aquí) y español (véase aquí). 

[23] Carta Apostólica Dominicae Coenae de San Juan Pablo II (1980), 10: “Non tamen desunt qui, secundum veteris liturgiae Latinae rationem acriter instituti, defectum huius “unionis sermonis” percipiunt, qui in universo orbe terrarum unitatem Ecclesiae significat et índole sua dignitatis plena altum sensum Mysterii eucharistici excitavit”.

[24] San Juan XXIII, citando de nuevo a Pío XI, habla de sus “rasgos concisos, ricos, variados, majestuosos y solemnes” (“Neque hoc neglegatur oportet, in sermone Latino nobilem inesse conformationem et proprietatem; siquidem loquendi genus pressum, locuples, numerosum, maiestatis plenum et dignitatis (4) habet, quod unice et perspicuitati conducit et gravitati”). Cfr. Veterum Sapientia, núm. 3. La cita de Pío XI es Epist. Apost. Officiorum Omnium, 1 de agosto de 1922: A.A.S. 14 (1922), pp. 452-453.

[25] Carta de Benedicto XVI a los obispos, que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum (2007).

[26] Varietates Legitimae, núm. 39: la lengua de la liturgia “debe expresar siempre, junto con las verdades de la fe, el grandeza y santidad de los misterios que se celebra”. La Instrucción Liturgiam Authenticam (2001) exige el desarrollo de “un estilo sagrado que llegue a ser reconocido como propio del lenguaje litúrgico” (núm. 27).

[27] Federación Internacional Una Voce, Position Paper 3: La piedad litúrgica y la participación, especialmente núm. 8-10.

[28] El argumento de que estos rasgos son un obstáculo para la participación, formulado en el Sínodo de Pistoya (1786), fue condenado por Pío VI en Auctorem Fidei (1794), núm. 33: “La proposición del sínodo en que se muestra ansioso de remover la causa de que, en parte, se haya inducido el olvido de los principios relativos al orden de la liturgia, 'volviéndola (a la liturgia) a una mayor simplicidad de los ritos, expresándose en la lengua vernácula, y recitando en alta voz'; como si el actual orden de la liturgia, recibido y aprobado por la Iglesia, hubiera emanado en algún momento del olvido de los principios por los que debiera regularse –áspero, ofensivo para oídos piadosos, insultante para la Iglesia, favorable a los ataques de los herejes contra ella-".

***

Nota de la Redacción: Sobre el uso del latín en la liturgia hemos tratado, por ejemplo, aquí, aquí, aquí y aquí. De mucho interés es también una reciente publicada en Wanderer (véase aquí). 

martes, 21 de marzo de 2017

El nombre de Dios es misericordia (II)

El papa Francisco convocó un Año jubilar de la misericordia entre el 8 de diciembre de 2015 y el 20 de noviembre de 2016 a través de la bula Misericordiae Vultus. Su objetivo era profundizar en la correcta implantación del Concilio Vaticano II y situar en un lugar central la Divina Misericordia, con el fortalecimiento de la confesión. Además, para favorecer el encuentro de los fieles con la misericordia de Dios dio una larga entrevista a Andrea Tornielli, periodista del diario italiano La Stampa, que fue recogida en forma de libro y traducido a más de veinte idiomas. Éste lleva por título El nombre de Dios es misericordia. En una entrada anterior reprodujimos algunos pasajes seleccionados por nuestro equipo de Redacción y tomados de la edición española comercializada por Planeta. Les ofrecemos ahora una segunda entrega, muy apropiada para este tiempo de Cuaresma, sobre todo cuando en los últimos días el Papa Francisco ha vuelto a referirse a la importancia de este sacramento (véase aquí y aquí). 

Andrea Tornielli

***

El nombre de Dios es misericordia
Una conversación con Andrea Tornielli

Francisco P.P.

¿Por qué es importante confesarse? Usted fue el primer Papa en hacerlo públicamente, durante las liturgias penitenciales de la Cuaresma, en San Pedro… Pero, ¿no bastaría, en el fondo, con arrepentirse y pedir perdón solos, enfrentarse solos con Dios?

Fue Jesús quien les dijo a sus apóstoles: «Aquellos a quienes perdonen los pecados, serán perdonados; aquellos a quienes no se les perdonen, no serán perdonados» (Evangelio de San Juan 20, 19-23). Así pues, los apóstoles y sus sucesores –los obispos y los sacerdotes que son sus colaboradores– se convierten en instrumentos de la misericordia de Dios. Actúan in persona Christi. Esto es muy hermoso. Tiene un profundo significado, pues somos seres sociales. Si tú no eres capaz de hablar de tus errores con tu hermano, ten por seguro que no serás capaz de hablar tampoco con Dios y que acabarás confesándote con el espejo, frente a ti mismo. Somos seres sociales y el perdón tiene también un aspecto social, pues también la humanidad, mis hermanos y hermanas, la sociedad, son heridos por mi pecado. Confesarse con un sacerdote es un modo de poner mi vida en las manos y en el corazón de otro, que en ese momento actúa en nombre y por cuenta de Jesús.


El papa Francisco confesándose en la Basílica de San Pedro en 2014
(Foto: Aciprensa)

Es una manera de ser concretos y auténticos: estar frente a la realidad mirando a otra persona y no a uno mismo reflejado en un espejo. San Ignacio, antes de cambiar de vida y de entender que tenía que convertirse en soldado de Cristo, había batido en la batalla de Pamplona. Formaba parte del ejército del rey de España, Carlos V de Habsburgo, y se enfrentaba al ejército francés. Fue herido gravemente y creyó que iba a morir. En aquel momento no había ningún cura en el campo de batalla. Y entonces llamó a un conmilitón suyo y se confesó con él, le dijo a él sus pecados. El compañero no podía absolverlo, era un laico, pero la exigencia de estar frente a otro en el momento de la confesión era tan sincera que decidió hacerlo así. Es una bonita lección. Es cierto que puedo hablar con el Señor, pedirle enseguida perdón a Él, implorárselo. Y el Señor perdona, enseguida. 

Pero es importante que vaya al confesionario, que me ponga a mí mismo frente a un sacerdote que representa a Jesús, que me arrodille frente a la Madre Iglesia llamada a distribuir la misericordia de Dios. Hay una objetividad en este gesto, en arrodillarme frente al sacerdote, que en ese momento es el trámite de la gracia que me llega y me cura. Siempre me ha conmovido ese gesto de la tradición de las Iglesias orientales, cuando el confesor acoge al penitente poniéndole la estola en la cabeza y un brazo sobre los hombros, como en un abrazo. Es una representación plástica de la bienvenida y de la misericordia. Recordemos que no estamos allí en primer lugar para ser juzgados. Es cierto que hay un juicio en la confesión, pero hay algo más grande que el juicio que entra en juego.

Es estar frente a otro que actúa in persona Christi para acogerte y perdonarte. Es el encuentro con la misericordia.


Una mujer se confiesa en el Domingo de Resurrección de 1991 en Albania
(Foto: LJWord)

¿Qué puede decir de su experiencia como confesor? Se lo pregunto porque parece una experiencia que ha marcado profundamente su vida. En la primera Misa celebrada con los fieles tras su elección, en la parroquia de Santa Ana, el 17 de marzo de 2013, usted habló de aquel hombre que decía: «Oiga, padre, yo he hecho malas cosas…», y al cual usted contestó: «Ve a ver a Jesús, que Él lo perdona y lo olvida todo». En esa misma homilía recordaba que Dios nunca se cansa de perdonar. Poco después, en el ángelus, recordó otro episodio, el de la viejecita que le había dicho confesándose: «sin la misericordia de Dios, el mundo no existiría».

Recuerdo muy bien este episodio, que se me quedó grabado en la memoria. Me parece que aún la veo. Era una mujer mayor, pequeñita, menuda, vestida completamente de negro, como se ve en algunos pueblos del sur de Italia, en Galicia o en Portugal. Hacía poco que me había convertido en obispo auxiliar de Buenos Aires y se celebraba una gran Misa para los enfermos en presencia de la estatua de la Virgen de Fátima. Estaba allí para confesar. Hacia el final de la Misa me levanté porque debía marcharme, pues tenía una confirmación que administrar. En ese momento llegó aquella mujer, anciana y humilde. Me dirigí a ella llamándola abuela, como acostumbramos a hacer en Argentina. «Abuela, ¿quiere confesarse?» «Sí», me respondió. Y yo, que estaba a punto de marcharme, le dije: «Pero si usted no ha pecado…».

Su respuesta llegó rápida y puntual: «Todos hemos pecado». «Pero quizá el Señor no la ha perdone...», repliqué yo. Y ella: «El señor lo perdona todo». «Pero ¿usted cómo lo sabe?» «Si el Señor no lo perdonase todo –fue su respuesta–, el mundo no existiría.»


El papa Francisco confesando a una joven en la Plaza de San Pedro el 23 de abril de 2016
(Foto: Infobae)

Un ejemplo de la fe de los sencillos, que tienen ciencia infusa aunque jamás hayan estudiado teología. Durante ese primer ángelus dije, para que me entendieran, que mi respuesta había sido: «¡Pero usted ha estudiado en la Gregoriana!». En realidad, la autentica respuesta fue: «¡Pero usted ha estudiado con Royo Marín!». Una referencia al padre dominicano Antonio Royo Marín, autor de un famoso volumen de teología moral. Me impresionaron las palabras de aquella mujer: sin la misericordia, sin el perdón de Dios, el mundo no existiría, no podría existir. Como confesor, incluso cuando me he encontrado ante una puerta cerrada, siempre he buscado una fisura, una grieta, para abrir esa puerta y poder dar el perdón, la misericordia.

Usted una vez afirmó que el confesionario no debe ser una «tintorería» ¿Qué significa eso? ¿Qué quería decir?

Era un ejemplo, una imagen para dar a entender la hipocresía de cuantos creen que el pecado es una mancha, tan solo una mancha, que basta ir a la tintorería para que la laven en seco y todo vuelve a ser como antes. Como cuando se lleva una chaqueta o un traje para que le saquen las manchas: se mete en la lavadora y ya está. El pecado es una herida, ha que curarla, medicarla. Por eso usé esa expresión: intentaba evidenciar que ir a confesarse no es como llevar el traje a la tintorería.


San Pío de Pietralcina sentado al confesionario
(Foto: Cacciopoli)

Cito otro ejemplo suyo: ¿qué significa que el confesionario no debe ser tampoco una «sala de tortura»?

Esas eran las palabras dirigidas más bien a los sacerdotes, a los confesores. Y se referían al hecho de que quizá puede existir en uno un exceso de curiosidad, una curiosidad un poco enfermiza. Una vez oí decir a una mujer, casada desde hacía años, que no se confesaba porque cuando era una muchacha de trece o catorce años el confesor le había preguntado dónde ponía las manos cuando dormía. Puede haber un exceso de curiosidad, sobre todo en materia sexual. O bien una insistencia en que se expliciten detalles que no son necesarios. El que se confiesa está bien que se avergüence del pecado: la vergüenza es una gracia que hay que pedir, es un factor bueno, positivo, porque nos hace humildes. 

Pero en el dialogo con el confesor hay que ser escuchado, no ser interrogado. Además, el confesor dice lo que debe, aconsejando con delicadeza. Es esto lo que quería expresar hablando de que los confesionarios no deben ser jamás cámaras de tortura.

¿Jorge Mario Bergoglio ha sido un confesor severo o indulgente?

He intentado siempre dedicarle tiempo a las confesiones, incluso siendo obispo o cardenal. Ahora confieso menos, pero aún lo hago. A veces quisiera poder entrar en una iglesia y sentarme en el confesionario. Así pues, para contestar a la pregunta: cuando confesaba siempre pensaba en mí mismo, en mis pecados, en mi necesidad de misericordia y, en consecuencia, intentaba perdonar mucho.



[…]


El papa Francisco confesando a un joven en la Plaza de San Pedro el 23 de abril de 2016

¿Qué consejos le daría a un penitente para hacer una buena confesión?

Que piense en la verdad de su vida frente a Dios, qué siente, qué piensa. Que sepa mirarse con sinceridad a sí mismo y a su pecado. Y que se sienta pecador, que se deje sorprender, asombrar por Dios. Para que Él nos llene con el don de su misericordia infinita debemos advertir nuestra necesidad, nuestro vacío, nuestra miseria. No podemos ser soberbios. Me viene a la cabeza la historia que me contó una vez un dirigente argentino al que conocía. Tenía un colega que parecía muy comprometido con la vida cristiana: rezaba el rosario, hacía lecturas espirituales, etcétera. Un día le había confesado, en passant, como quien no quiere la cosa, que tenía una relación con su propia empleada del hogar. Y le había dado a entender que le consideraba algo normal, pues –decía– estas personas, es decir, los criados, en el fondo estaban allí también «para eso». Mi amigo se había escandalizado, pues el colega en definitiva le estaba diciendo que creía en la existencia de seres humanos superiores e inferiores: estos últimos destinados a ser explotados y «usados», como aquella empleada del hogar. Me impresionó ese ejemplo: a pesar de todas las objeciones que se le hacían, aquel hombre seguía firme en su idea, impermeable. Y seguía considerándose un buen cristiano porque rezaba, leía textos espirituales cada día y los domingos iba a Misa. He aquí un caso de soberbia, lo contrario de ese corazón hecho pedazos del que hablan los padres de la Iglesia.


Sacerdote confesando
(Foto: Agnus Dei)

Y, en cambio, ¿qué consejos el daría a un sacerdote que se los pidiera, que le preguntara: «Cómo hago para ser un buen confesor»?

Creo haber respondido ya en parte con lo que hemos dicho antes. Que piense en sus pecados, que escuche con ternura, que le pida al Señor que le dé un corazón misericordioso como el suyo, que no tire nunca la primera piedra porque también él es un pecador necesitado de perdón. Y que trate de parecerse a Dios en su misericordia. Esto es lo que se me ocurre decirle. Debemos ir con la mente y con el corazón a la parábola del hijo pródigo, el más joven de los dos hermanos, que al recibir su parte de la herencia del padre la dilapidó toda llevando una vida disoluta y para sobrevivir se encontró pastoreando cerdos. Admitiendo su error, regresó a la casa familiar para pedirle a su padre que lo admitiera al menos entre sus siervos, pero el padre, que estaba esperándolo y que escrutaba el horizonte, le salió al encuentro y, antes de que el hijo dijera nada, antes de que admitiera sus pecados, lo abrazó. Esto es el amor de Dios, esta es su superabundante misericordia. Hay algo sobre lo que meditar, la actitud del hijo mayor, el que se había quedado en casa trabajando con el padre, el que siempre se había portado bien. Él, cuando toma la palabra, es el único que, en el fondo, dice la vedad: «O sea, que yo hace años que te sirvo y no he desobedecido nunca una de tus órdenes, y tú no me has dado jamás un solo cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. Pero ahora que regresa este hijo tuyo, que ha malgastado tu fortuna con prostitutas, para él has matado el becerro gordo» (Evangelio de San Lucas 15, 29-30). Dice la verdad, pero al mismo tiempo se autoexcluye.

[…]

 ¿Qué piensa de quien confiesa siempre los mismos pecados?

Si se refiere a la repetición casi automática de un formulario, diría que el penitente no está bien preparado, no ha sido bien catequizado, no sabe hacer examen de conciencia y no conoce muchos de los pecados que se cometen y de los que no es consciente…A mí me gusta mucho la confesión de los niños, pues ellos no son abstractos, dicen las cosas tal como son. Te hacen sonreír. Son sencillos: dicen lo que ha sucedido, saben que lo que han hecho está mal.

Si hay una repetitividad que se convierte en costumbre, es como si no se llegara a creer en el conocimiento de uno mismo y del Señor; es como no admitir haber pecado, tener heridas por curar.

El papa Francisco confesando a una joven en la Plaza de San Pedro el 23 de abril de 2016
(Foto: Infobae)

La confesión como rutina es un poco ejemplo de la tintorería que ponía antes. Cuánta gente herida, también psicológicamente, que no admite estarlo. Esto lo diría pensando en quien se confiesa con el formulario…

Otra cosa es quien recae en el mismo pecado y sufre por ello, aquel a quien le cuesta volver a levantarse. Hay muchas personas humildes que confiesan sus recaídas. Lo importante, en la vida de cada hombre y de cada mujer, no es no volver a caer jamás por el camino. Lo importante es levantarse siempre, no quedarse en el suelo lamiéndose las heridas. El Señor de la misericordia me perdona siempre, de manera que me ofrece la posibilidad de volver a empezar siempre. Me ama por lo que soy, quiere levantarme, me tiende su mano. Esta también es una tarea de la Iglesia: hacer saber a las personas que no hay situaciones de las que no se puede salir, que mientras estemos vivos es siempre posible volver a empezar, siempre y cuando permitamos a Jesús abrazarnos y perdonarnos.

En la época en que era rector del Colegio Máximo de los jesuitas y párroco en Argentina, recuerdo a una madre que tenía niños pequeños y había sido abandonada por su marido. No tenía un trabajo fijo y tan solo encontraba trabajados temporales algunos meses al año. Cuando no encontraba trabajo, para dar de comer a sus hijos era prostituta. 


El P. Celso Romanin SJ recibiendo una confesión en Adjumani, Uganda, hacia mediados de la década de 1990

Era humilde, frecuentaba la parroquia, intentábamos ayudarla a través de Cáritas. Recuerdo que un día –estábamos en la época de las fiestas navideñas– vino con sus hijos al colegio y preguntó por mí. Me llamaron y fui a recibirla. Había venido para darme las gracias. Yo creía que se trataba del paquete con los alimentos de Cáritas que le habíamos hecho llegar: «¿Lo ha recibido?», le pregunté.

Y ella contestó: «Sí, sí, también le agradezco eso. Pero he venido aquí para darle las gracias sobre todo porque usted no ha dejado de llamarme señora». Son experiencias de las que uno aprende lo importante que es acoger con delicadeza a quien se tiene delante, no herir su dignidad. Para ella, el hecho de que el párroco, aun intuyendo la vida que llevaba en los meses en que no podría trabajar, la siguiese llamando «señora» era casi tan importante, o incluso más, que esa ayuda concreta que le dábamos. 


El papa Francisco confesando al interior de la Basílica de San Pedro en 2014
(Foto: Diario ABC)

Nota de la Redacción: El texto aquí reproducido está tomado de Francisco, El nombre de Dios es misericordia. Una conversación con Andrea Tornielli, trad. de María Ángeles Cabré, Santiago, Planeta, 2016, pp. 41-48, 59-62 y 71-73.