jueves, 16 de octubre de 2014

La celebración ad orientem

Quizá uno de los aspectos que más llama la atención cuando se asiste por primera vez a la Misa celebrada según la forma extraordinaria sea la orientación del sacerdote. Aunque nada impide que en el Novus Ordo el sacerdote celebre vuelto hacia Dios, como lo ha hecho públicamente el papa Francisco en altar de la basílica vaticana donde yace san Juan Pablo II, lo usual suele ser que aquél oficie de cara al pueblo (Instrucción General del Misal Romano, núm. 299). Sin embargo, la posición natural del sacerdote históricamente ha sido aquella que se denomina coram Deo o ad orientem, y ella no contradice sino que refuerza el deseo de los padres conciliares de que los nuevos edificios de culto se erigiesen de forma que favorezcan al máximo la participación de los fieles en los ritos (Constitución Sacrosanctum Concilium, núm. 124), como lo recordó el 25 de septiembre de 2000 la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos al recordar que la orientación del altar de modo que pueda celebrarse la Santa Misa de cara al pueblo es un mero consejo y no una obligación (Prot. núm. 2036/00/L). 


 Celebración ad Orientem del Papa Francisco en la Capilla Sixtina

Desde un punto de vista teológico, la Misa es «la comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios por las que la Iglesia es ella misma» (Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 1325), lo que explica que ella deba constituir una instancia de oración de la comunidad eclesial en la que todos se orienten hacia Dios, por Cristo y en el Espíritu Santo. No se debe olvidar que la Misa es la actualización del único sacrificio redentor de Cristo (Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 1330). De ahí que sea un grave error imaginar que la acción sacrificial de la Misa, por la que Cristo se hace real, verdadera y sustancialmente presente entre nosotros, ha de estar orientada principalmente hacia la comunidad y no hacia Dios (Marini, G., La liturgie. Mystère du salut, ed. francesa, 2010, p. 36). 

Esta posición, nos explica monseñor Guido Marini, maestro de ceremonias de los últimos dos papas, quiere demostrar la orientación del corazón hacia el oriente, punto cardinal que representa a Cristo, del que nos viene la redención y al cual hemos de tender por constituir el principio y fin de la historia (La liturgie, cit., p. 30). El sol se eleva cada mañana desde este punto cardinal, y dado que este astro es la representación de Cristo (Lc 1, 78), Sol de justicia que vence a la muerte y resucita en gloria y majestad para darnos una esperanza centrada en la Vida (Jn 14, 6), resulta evidente que el corazón contrito y humillado de los fieles (Sal. 51, 17) haya de volverse hacia aquel punto que quiere representar la venida del Redentor. Resulta natural, pues, que la construcción de las iglesias y la propia configuración del rito haya querido representar la oración de la comunidad eclesial en dirección al Levante, con un ábside ricamente decorado hacia el cual elevar una mirada orante. Cuando la situación geográfica hacía imposible que el ábside mirara hacia el oriente, la representación de Cristo era explícita: un gran crucifijo remataba la nave y permitía a los fieles volver la mirada hacia él. Esto explica también, por ejemplo, que Benedicto XVI haya propuesto que el altar tenga en el centro un crucifijo que permita al sacerdote mantener su mirada en dirección a Cristo, igual como la tienen los fieles orientados hacia el altar (Instrucción General del Misal Romano, núm. 308). A este respecto, monseñor Marini nos recuerda que esa cruz no oculta al fiel lo que está sucediendo al otro lado del altar, sino que le permite abrir el horizonte hacia la eternidad, hacia esa Luz de oriente que es Cristo, la única que es capaz de dar verdadero sentido a nuestra vida terrenal (La liturgie, cit., pp. 34-35).


 Si la Eucaristía es «el compendio y la suma de nuestra fe» (Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 1327), la oración del Pueblo de Dios sólo será expresión característica de un auténtico espíritu litúrgico en la medida que se dirige hacia el oriente (Marini, La liturgie, cit., p. 31). La oración es «la vida de un corazón nuevo» (Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 2697), el recuerdo de ese aspecto más profundo del ser que se vuelve hacia Dios como Padre y Señor de la historia. Por eso, cualquiera sea su forma, la oración expresa siempre el recogimiento del corazón (Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 2699), y es más grata a Dios cuando se realiza comunitariamente (Mt 18, 20), especialmente a través de la Eucarística dominical (Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 2698). Esto explica que el ordinario de la Misa sea una expresión patente de la invitación que el Señor nos hace, a través del sacerdote, de volver nuestro corazón hacia el sitio donde Cristo se hará sacramentalmente presente. No es, por tanto, una fórmula elegida al azar aquella en la que el celebrante nos invita a levantar nuestro corazón, y a la que respondemos indicando que tenemos vuelto éste hacia el Señor.

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