jueves, 16 de noviembre de 2017

La vida eremítica tradicional

Un ermitaño, eremita o anacoreta es una persona que elige profesar una vida solitaria y ascética, sin contacto permanente con la sociedad. El término procede del latín eremīta, que a su vez deriva del griego ἐρημίτης o de ἔρημος, que significa «del desierto». En sentido amplio, la expresión se extendió para significar a todo aquél que vive en soledad, apartado de los vínculos sociales, sirviéndose de la metáfora de la huida al desierto, lugar donde Cristo pasó cuarenta días de ayuno y oración como preparación de su vida pública. Esta forma de vida puede ser vivida de manera individual o colectiva. La primera es la seguida por los que propiamente revisten el carácter de ermitaños o anacoretas, los cuales deben reconocidos por el ordinario respectivo y dependen de él. Su situación es distinta de las órdenes monásticas eremíticas, que si bien se apartan del mundo para dedicarse a la oración y a la penitencia al igual que los ermitaños o anacoretas, hacen vida común en fraternidad, observan una regla de vida o estatutos y viven bajo la obediencia de un Superior. Ellas son, por tanto, institutos de vida consagrada. 

 Retrato de San Pablo Ermitaño (llamado también San Pablo el Egipcio), por José de Ribera (1640, El Prado)

En el cristianismo, la vida eremítica tiene por finalidad alcanzar una relación con Dios que se considera más perfecta. La vida del ermitaño está por lo general caracterizada por el ascetismo, la penitencia, el alejamiento del mundo urbano y la ruptura con las preferencias de éste, el silencio, la oración, el trabajo y, en ocasiones, la itinerancia. Se estima que el eremitismo nació hacia fines del siglo III o principios del siglo IV,​ particularmente tras la paz constantiniana (313), cuando los llamados «Padres del Desierto» abandonaron las ciudades del Imperio romano y zonas aledañas para ir a vivir en aislamiento y en el rigor de los desiertos de Siria y Egipto, especialmente en el desierto de la Tebaida. Una forma particular de esta vida eremítica fue la vivida por los estilitas, nombre con el que se conoce a aquellos monjes solitarios que vivían en el Medio Oriente a partir del siglo V y tenían la particularidad de transcurrir su vida de oración y penitencia sobre una plataforma colocada en la cima de una columna (de ahí su nombre: de stylos, columna en griego) permaneciendo allí durante muchos años e incluso hasta la muerte. Esta especie de monacato era especialmente practicado en el Oriente cristiano, sobre todo en las cercanías de Antioquía y en Siria. En la iglesia griega se mantuvo hasta después del cisma (1050) y entre los rusos hasta el siglo XV. Su institución se atribuye a Simón el Estilita (390-459). 

Durante el siglo XI se fundaron dos órdenes de vida eremítica. La primera es la Orden de la Camáldula, fundada por San Romulado en torno a los años 1024 y 1025, como una reforma que buscaba la pureza de la Regla benedictina según la forma de vida eremítica. Por su parte, en 1084 San Bruno fundó la Orden de los Cartujos, cuyo lema es "Stat Crux dum volvitur orbis" ("La Cruz permanece estable mientras el mundo da vueltas"). Los cartujos se rigen por el Statuts, cuya última versión fue aprobada por el Capítulo general de 1987, siendo el fin último de cada uno de ellos la contemplación en una vida monástica de oración pura y continua. De ahí que la primera característica de un monje cartujo sea la búsqueda de Dios en la soledad, la cual supone tres niveles: (i) la separación del mundo, (ii) la guarda de la celda y (iii) la soledad interior o soledad del corazón. 

Durante la secularización que trajo consigo la Ilustración alemana del siglo XVIII, surgió en la primera mitad del siglo XIX una nueva fraternidad eremítica en la diócesis de Ratisbona, Alemania. Los miembros de la fraternidad vivían como terciarios de San Francisco de Asís, y se extendieron por zonas yermas de Alemania, Suiza y Austria.

 Ilustración que representa a un eremita (1811)

En el siglo XX, el eremitismo tomó diferentes formas. Algunos de los ermitaños más conocidos pertenecían a órdenes religiosas, aunque debían solicitar permiso para llevar una vida eremítica. Tales fueron los casos de María Boulding (benedictina, 1929-2009) o Thomas Merton (cisterciense, 1915-1968). Ha habido ermitaños que no pertenecen a ninguna orden religiosa, como la hermana Wendy Beckett (quien provenía de las Hermanas de Nuestra Señora de Namur) o Jan Tyranowski (1901-1947), un laico que desempeñó un papel central en la formación de San Juan Pablo II.

El beato Carlos de Foucauld (1858-1916) constituye un caso emblemático. Habiendo sido un militar de vida disipada y un explorador de Marruecos, se convirtió al catolicismo y vivió como monje trapense, primero en Francia y luego en Siria. Más tarde abandonó la Trapa para llevar una vida eremítica aún más exigente en el Sahara argelino, aunque su espiritualidad incluyó numerosos rasgos de servicio hacia los más abandonados. Su figura, simbolizada en la célebre Oración de abandono, constituye una renovación del eremitismo y de la llamada «espiritualidad del desierto» en pleno siglo XX.

 El Beato Carlos de Foucauld

Después de la Segunda Guerra Mundial hubo un renovado interés por la vida solitaria. Esto explica que, si bien de manera implícita, el Concilio Vaticano II se refiera a los eremitas en un texto referido a la vida en soledad (LG 43 y PC 1). Como fuere, en la Iglesia latina las disposiciones canónicas en torno a la vida eremítica son recientes. El Código de Derecho Canónico de 1983 sitúa el único canon sobre los eremitas dentro de la disciplina de la vida consagrada y sujeta su aprobación al obispo diocesano. Tal es lo que dispone el canon 603:

1. Además de los institutos de vida consagrada, la Iglesia reconoce la vida eremítica o anacorética, en la cual los fieles, con un apartamiento más estricto del mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia, dedican su vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo.

2. Un ermitaño es reconocido por el derecho como entregado a Dios dentro de la vida consagrada, si profesa públicamente los tres consejos evangélicos, corroborados mediante voto u otro vínculo sagrado, en manos del Obispo diocesano, y sigue su forma propia de vida bajo la dirección de éste.

Retrato de San Jerónimo, por Francesco Bassano El Joven
(Imagen: Wikimedia Commons)

El lenguaje usado por el código recuerda el parágrafo sobre los contemplativos del Decreto Perfectae Caritates (1965) sobre la adecuada renovación de la vida religiosa (cfr. PC 7). La principal responsabilidad legal recae en el obispo diocesano, como pastor propio de la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiado. Hay muchas cuestiones importantes que varían de un país a otro y de una cultura a otra: la madurez y la salud físicas y psicológicas, la formación, el seguro médico, la financiación, el discernimiento, la dirección espiritual, la seguridad física y la disposición de las estructuras necesarias para el sostenimiento de esta vocación única. Con todo, el código no se refiere a otra posibilidad de ermitaños: los que, sin dejar de ser religiosos y bajo la dirección de sus superiores, viven una vida eremítica aparte de la comunidad, una práctica reconocida ya desde los tiempos de san Benito. Es el caso de María Boulding y Thomas Merton ante mencionado. Por su parte, la Iglesia oriental tiene su propia legislación en relación con los eremitas (cánones 481-485 CCEO). 

De igual forma, San Juan Pablo II alabó la vida eremítica como forma especial de consagración en la exhortación apostólica Vita consagrata (1996): "Es motivo de alegría y esperanza ver cómo hoy vuelve[n] a florecer […] los eremitas y las eremitas, pertenecientes a órdenes antiguas o a institutos nuevos o incluso dependientes directamente del obispo, quienes con su separación interior y exterior del mundo testimonian el carácter provisorio del tiempo presente […] Esta vida 'en el desierto' es una invitación para los demás y para la misma comunidad eclesial a no perder de vista la suprema vocación, que es la de estar siempre con el Señor [8]" (núm. 7).

El lugar de un eremita moderno puede estar en un sitio apartado o en la soledad de una ciudad moderna. Dada la novedad de la regulación sobre este estado de vida, y en especial debido al creciente interés por ella, la Iglesia tiene todavía mucho que aprender sobre esta vocación que el Espíritu ha revivido en su seno. 

Aunque la vida eremítica está menos difundido que en otros lugares (por ejemplo, en Alemania existen cerca de ochenta personas que viven este estilo de vida), también en Hispanoamérica existen hoy hombres y mujeres consagrados ermitaños según el canon 603 CIC. Un ejemplo reciente es Jerónimo Fernández, sacerdote diocesano de Córdoba, España, quien desde hace cuatro años vive como eremita, sin descuidar los encargos pastorales que su obispo le ha confiado (véase el reportaje que le dedicó Alfa y Omega). 

 El eremita español P. Jerónimo Fernández saluda al Cardenal Sarah durante una visita de éste a Córdoba
(Foto: Diócesis de Córdoba/Alfa y Omega)

Algunos de esos ermitaños modernos han adoptado la forma extraordinaria. Les ofrecemos a continuación un recuento de algunos de ellos (los dos primeros son propiamente eremitas, mientras que las siguientes tres fundaciones son comunidades de vida semieremítica). En una entrada posterior haremos referencia a las particularidades de la liturgia de los cartujos. 

1. El Santuario de Valdejimena (Salamanca, España)

Valdejimena
 es una localidad española del municipio de Horcajo Medianero, en la comarca de la Tierra de Alba, provincia de Salamanca, Comunidad autónoma de Castilla y León, España. Ahí se encuentra el Santuario de la Virgen de Valdejimena, el tercero desde los orígenes de esta devoción, y situado a 40 kms de la capital de la provincia. La actual eremita es de estilo barroco y comenzó a construirse en 1683, concluyéndose en 1698. Cada 4 de junio se realiza en ella una romería en honor de su patrona. 

Por siglos la ermita fue servida por ermitaños, hasta que a fines del siglo XX se asentó allí, una comunidad de vida activa. Aunque hicieron mucho, no era su carisma y acabaron marchándose. Para reemplazar a esta comunidad no se logró encontrar a ningún contemplativo dispuesto a vivir en estas austeras soledades. 

 Santuario de Valdejimena

En el Santuario de Valdejimena vive como ermitaño benedictino desde 2011 el padre Francisco, originario de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. En unión con el espíritu de los monjes de las otras abadías tradicionales y con el cumplimiento del espíritu tradicional que no se encuentra en otros monasterios, este sacerdote sigue la Regla de San Benito en medio de la sierra castellana. Celebra  la Santa Misa tridentina los festivos y domingos con grupos que deseen participar a las 11.30 en la capilla monástica. Tiene además una hospedería para los que deseen hacer retiros o que están en búsqueda interior. Mayor información puede ser obtenida en su bitácora, donde están asimismo los datos de contacto.  

2. La Ermita de Nuestra Señora del Huerto Cerrado (Warfhuizen, Países Bajos)

Esta ermita está ubicada en Warfhuizen, un pueblo en la provincia neerlandesa de Groninga, la más septentrional de dicho país. La ermita, que solía ser la iglesia reformada del pueblo (originalmente contruida en el siglo XIII, pero reemplazada en 1858 por una iglesia neoclásica) antes de ser adquirida por un grupo de católicos, fue fundada en 2001 y alberga al único ermitaño de los Países Bajos, el Hermano Hugo, quien hizo sus votos ante el obispo de Groninga-Leeuwarden, diócesis de la cual depende.  Pese a que siempre se ha mantenido la costumbre de que algunos miembros de órdenes religiosas pidan permiso a sus superiores para llevar una vida eremítica aparte de su comunidad, el último eremita neerlandés había muerto alrededor de 1930. 

 Iglesia de la ermita de Nuestra Señora del Huerto Cerrado de Warfhuizen

Reja que separa la sección del ermitaño de aquella destinada a los peregrinos

El nombre de la ermita deriva del tema pictórico de la Virgen del Huerto Cerrado (hortus conclusus), que representa a Nuestra Señora y al Divino Niño en un huerto florido cercado, normalmente de naturaleza paradisíaca, el que representa su Virginidad.  Como es típico en la antigua tradición eremítica neerlandesa (la que se manifestó con especial fuerza en Limburgo y Brabante Septentrional durante la Contrarreforma), la ermita es también un santuario con culto público, dedicado a la Santísima Virgen, bajo la advocación de la Madre Dolorosa de Warfhuizen, y a San Ludgero, y que atrae un gran número de peregrinos (la temporada de peregrinaje va desde aproximadamente mediados de abril hasta la fiesta patronal de Nuestra Señora de los Dolores, el 15 de septiembre), además de contar con una cofradía masculina y femenina. Debido a la advocación de Nuestra Señora de los Dolores, muchos de los peregrinos acuden al santuario a pedir por sus hijos, o por personas enfermas o accidentadas, o que han perdido el rumbo en sus vidas.

Martin Schongauer, Madona en el jardín de rosas (circa 1473)
(Imagen: Wikimedia Commons)

La imagen de Nuestra Señora fue colocada en 2003 y es obra del escultor español Miguel Bejarano Moreno, quien es muy conocido por las imágenes que ha tallado para la Semana Santa sevillana, lo cual atrae a muchos peregrinos españoles residentes en los Países Bajos. En torno al pañuelo que sostiene la imagen de Nuestra Señora para enjugar sus lágrimas se ha creado la tradición del trueque del pañuelo: una persona pide por intermedio del ermitaño el pañuelo a Nuestra Señora y lo cambia por uno nuevo; el pañuelo viejo es entregado a una persona enferma o anciana o a alguien que enfrente una dificultad o prueba, como por ejemplo un examen. La imagen cuenta además con varios mantos festivos, los que son cambiado a lo largo del año litúrgico; algunos evocan el origen andaluz de la imagen, mientras que otros la tradición de los santuarios neerlandeses de la Contrarreforma.

Nuestra Señora de Warfhuizen, con el manto de octubre
(Imagen: Wikimedia Commons)


La imagen con un célebre manto confeccionado por el diseñador local Ramiro Koeiman (2010)
(Foto: Wikimedia Commons)


En la ermita se reza naturalmente el oficio divino. Hasta 2009, el ermitaño observaba el oficio de San Benito, pero a partir de ese año decidió cambiar al oficio de San Juan Casiano (siglo V), el que se inspiró para sus horarios en las costumbre de los Padres del Desierto,  por lo que resulta especialmente apropiado para la vida eremítica. El oficio de San Juan Casiano se diferencia principalmente de aquel de San Benito en que, en lugar de los ocho oficios tradicionales, están previstas dos vigilias largas, una al comenzar y otra al terminar la noche, las que en Warfhuizen se cantan en latín en voz baja. Las otras horas canónicas no tienen un oficio con salmos, por lo que se rezan en silencio, por influencia de la espiritualidad del cristianismo oriental, mediante la Plegaria de Jesús

 Icono de San Juan Casiano
(Imagen: Wikimedia Commons)

En el santuario, además, se observan además muchas devociones orientadas a los peregrinos, como el rezo del Rosario y de numerosas letanías, y se realizan frecuentes procesiones. Desde 2009, el obispo de Groninga-Leeuwarden autorizó el culto eucarístico en el lugar, exponiéndose a diario el Santísimo. El santuario cuenta además con reliquias de San Antonio Abad y de San Gerlaco, ermitaño neerlandés del siglo XII, las que son objeto de gran veneración por los peregrinos.

3. Los Hermanos Ermitaños de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo (Brasil)

Durante el siglo XX, el carisma eremítico de franciscanos y carmelitas (ambas órdenes fundados en el siglo XIII) logró recuperarse y se formaron nuevas comunidades eremíticas bajo una renovada legislación canónica que las hacía posible. Uno de esos casos es el los Hermanos Ermitaños de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo (a quienes nos hemos referido ya en una entrada previa sobre carmelitas tradicionales), un instituto religioso de derecho diocesano surgido en 2002 en la diócesis de Bragança Paulista (Sao Paulo, Brasil). Su iniciador fue un ex-carmelita descalzo, quien en 2007 se integró al clero secular por no estar conforme con la adopción de la liturgia tradicional por parte de su comunidad. 

De esta manera, Fray Santiago de San José, actual Prior, se quedó solo y tuvo que volver a empezar. La Virgen Santísima lo auxilió y pronto llegaron vocaciones. En 2009, el instituto adoptó el tradicional Rito Carmelitano de la Misa, así como el Oficio propio y el Ritual carmelitanos.

 (Foto: Divinas Vocaciones)

Esta nueva fundación constituye una restauración del original carisma monástico del Carmelo tal y como era hasta finales del siglo XIII, antes de su incorporación a las Órdenes Mendicantes que tienen apostolado activo. Siguen el propósito de Santa Teresa de Jesús de vivir sin mitigaciones la Santa Regla primitiva de San Alberto de Jerusalén, siendo sus Constituciones aquellas mismas que redactó en el siglo XIX el Beato Francisco Palau para un Carmelo eremítico en España. Viven en soledad compartida en pequeñas ermitas entorno a un oratorio en el que se reúnen para la Santa Misa y el Oficio Divino. También disfrutan de las alegres recreaciones teresianas. Su liturgia está abierta a los fieles, dando magníficos frutos de apostolado entre la juventud y las familias. 

Junto a los Hermanos han nacido las Hermanas Ermitañas de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, con idéntico carisma y espíritu.

4. La Comunidad de los eremitas de la Virgen del Socorro (Minucciano, Italia). 

La Comunidad de los eremitas de la Virgen del Soccoro vive desde 1982 en el santuario mariano del cual toma el nombre, situado a dos kilómetros de Minucciano (Toscana), insertándose en una tradición eremítica que tiene su origen en las peregrinaciones provenientes de Garfagnana hacia fines del siglo XVI. La pequeña comunidad, presidida por el hermano anciano, está integrada por tres ermitaños, uno de los cuales es sacerdote. Tiene reconocimiento canónico de la Arquidiócesis de Lucca desde 1994 como asociación pública masculina no clerical.  A ella se encuentra adscrito un grupo de oblatos laicos. 

Fra Mario
(Foto: Romualdica)

La comunidad observa la Regla de San Benito, la que se vive conforme al Espíritu de los Eremitas Camaldulenses de Monte Corona. Esta última es una orden religiosa monacal de derecho pontificio fundada por Pablo Justiniani el 7 de mayo de 1529, separando el monasterio de Monte Corona, situado cerca de Perugia, de la Orden Camaldulense. Los eremitas de Monte Corona se dedican a la vida contemplativa, integrando elementos del cenobitismo con algunas características eremíticas. De esta manera, cada eremita vive en soledad en su propia ermita, con su capilla y su baño, totalmente separadas una de otra, y sólo sale de ella para vivir algunos momentos de vida comunitaria, como la oración, el trabajo y la recreación. A los monasterios se les llama yermos y se asemejan a pequeñas aldeas. El 10 de octubre de 1997 la Congregación de los eremitas de Monte Corona reconoció la filiación espiritual de la comunidad que habita en el Santuario de la Virgen del Socorro. 


Yermo de la Virgen del Socorro

Los eremitas de la Virgen del Socorro celebran la Santa Misa tradicional dos veces a la semana. Asimismo, en los retiros que predican para sus oblatos sólo se reza la Misa de siempre. 

Mayor información puede obtener en este folleto publicado por la Arquidiócesis de Lucca (en italiano). Además, el sitio italiano Romualdica ha dado cuenta de un hermoso libro de fotografías de Giovanni Nardini, dedicado a esta comunidad eremítica, publicado recientemente e intitulado L'Anima del monaco. Vita nell'Eremo de Minucciano (Pezzini Editore, Viareggio, 2017, 96 pp.).

5. Los benedictinos ermitaños de Cerdeña

En otra entrada hemos mencionado esta fundación benedictina de la isla italiana de Cerdeña. El sitio The Eponymous Flower informaba en 2012 sobre los inicios de un claustro de eremitas benedictinos en ese lugar. Once años antes, un grupo de personas había solicitado al obispo de Tempio-Ampurias que autorizase la celebración de la Santa Misa tradicional. El obispo no accedió sus requerimientos, pero pronto fue reemplazado por otro. Poco a poco, el grupo comenzó a recibir la asesoría espiritual de un sacerdote perteneciente a un instituto Ecclesia Dei, viviendo según la regla benedictina y participando de la liturgia de siempre. En 2012, la comunidad comenzó la construcción de su propio monasterio, como fue reportado por Messa in latino.  Sin embargo, fuera del correo electrónico que se entrega (eremitani@hotmail.it), no hay mayor información sobre el estado actual del monasterio o su ubicación exacta, ni tampoco sobre si han obtenido el reconocimiento canónico por parte de la diócesis.

 Bendición del terreno donde se levantaría el monasterio de los benedictinos ermitaños de Cerdeña
(Foto: Messa in latino)


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Actualización [11 de enero de 2018]: Infocatólica ha publicado una artículo sobre los camaldunenses de Herrera, situados cerca de Miranda del Ebro, España, donde se cuenta el resurgir que ha experimentado el eremitismo. Su comunidad, por ejemplo, tienen cuatro postulantes en espera, uno de los cuales es un joven de 21 años y que probablemente se incorporará a ella dentro de poco tiempo.  

Actualización [14 de mayo de 2018]: Rorate Caeli informa que S.E.R Ronald Gainer, Obispo de Harrisburg, Pennsylvania, ha bendecido una nueva comunidad religiosa. Se trata de los Eremitas de Nuestra Señora del Monte Carmelo, erigidos como asociación de fieles de derecho diocesano. La nueva fundación sigue la regla carmelita original escrita por San Alberto de Jerusalén en el siglo XIII. 

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