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martes, 5 de marzo de 2019

Reseña de la biografía de Dom Gérard Calvet, de Yves Chiron

Les ofrecemos a continuación una reseña de la biografía de Dom Gérard Calvet O.S.B. (1927-2008), monje benedictino, fundador y primer abad del monasterio de Santa María Magdalena de Le Barroux (Francia), recientemente aparecida en francés y escrita por el prolífico escritor Yves Chiron.

La reseña aparece en el núm. 569-570 de la Revista Verbo, correspondiente a los meses de noviembre y diciembre de 2018 (véase aquí el original). Ella se reproduce aquí con algunos ajustes menores. 

El libro ha suscitado cierta polémica por el retrato parcial que hace de monseñor Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, a quien contrapone con la figura del biografiado. Sobre el punto, el Rvdo. Paul Aulagnier, originalmente miembro de esa hermandad y después uno de los fundadores del Instituto del Buen Pastor, ha escrito una interesante carta intitulada "En memoria de monseñor Lefebvre y por su honor", la cual puede leerse aquí (en francés). 

El libro de Chiron también ha sido reseñado por Fray Antoine-Marie de Araujo en la revista Sedes Sapientatiae, núm. 146 (2018), pp. 86-103, donde se señala que "el autor parece no tener empatía hacia el combate rendido por Dom Gérard" (p. 102). Especial hincapié se hace en dicha recensión respecto de la supuesta falta de obediencia del biografiado o del abuso de poder cometido. En realidad, el voto de obediencia tiene por consecuencia que no se puede colaborar con una injusticia, como es privar a una comunidad y a los fieles de la liturgia tradicional (p. 93). El verdadero abuso de poder consiste en prohibir la liturgia tal y como ella ha sido siempre celebrada y imponer en su lugar otra reconstruida artificialmente (p. 95).

 Dom Gérard Calvet O.S.B.

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Yves Chiron, Dom Gérard (1927-2008). Tourné vers le Seigneur, Le Barroux, Éditions Sainte-Madeleine, 2018, 688 págs.

Manuel Anaut

Yves Chiron (1960) es un especialista de historia religiosa contemporánea, conocido principalmente por las biografías que ha publicado de un buen número de papas de los últimos siglos (Pío IX, Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Juan XXIII y Pablo VI), algunas de ellas traducidas al castellano. Es autor igualmente de importantes investigaciones históricas sobre las beatificaciones, las canonizaciones, las apariciones marianas, los milagros de Lourdes o el padre Pío de Pietralcina. En tercer lugar ha prestado atención al mundo contrarrevolucionario y al nacionalismo francés, con libros sobre Burke, Barrès o Maurras. Desde 2008, finalmente, dirige el Dictionnaire de biographie française (Diccionario de biografía francesa).

En este nuevo libro nos ofrece la biografía de Dom Gérard Calvet (1927-2008), que entró en la orden benedictina en 1950 –siguiendo la tradición de la familia monástica del padre Muard, Dom Romain Banquet y la madre Marie Cronier–, fue monje en Madiran y, al trasladarse la comunidad, en Tournay. Ordenado sacerdote en 1956, fue enviado luego al Brasil entre 1963 y 1968. A su vuelta a Francia no termina de encontrarse en paz en su monasterio, alterado por los aires del Concilio y el cambio de la liturgia, y peregrina por ello de Tournay a Montrieux, luego a Fontgombault y de ahí a Montmorin. Se instala solo en Bedoin en 1970, donde funda un monasterio de espíritu tradicional, que se traslada en 1981 a Le Barroux, en Provenza. En situación canónica irregular, acude al arzobispo Lefebvre, que le asegura las ordenaciones de sus monjes. Pasa incluso por la tentación sedevacantista, de la mano de su estimado padre Guérard de Lauriers, O.P. Y, en 1988, cuando monseñor Lefebvre consagra cuatro obispos sin mandato y contra la expresa prohibición de Roma, asiste a la ceremonia en señal de gratitud a quien tanto debía, pero no por eso deja de recoger la invitación de Roma de regularizar su situación. Esto no se lo perdonará ni el arzobispo ni su entorno, en un ambiente crispado y dividido. Recibirá la bendición abacial, tras haber visto erigido canónicamente el monasterio, en 1989. En 2003, enfermo y cansado renuncia al cargo de abad, para el que será elegido Dom Louis Marie. Y muere en 2008.

Antes de su entrada en religión, que constituye el hilo conductor –claro está– de su vida, se narran con pormenor sus años de infancia y adolescencia, donde adquiere particular importancia el paso por el colegio de Maslascq, dirigido por André Charlier, por quien conocerá también a su hermano Henri, y donde tendrá a Jean Madiran como profesor. La herencia de Péguy, recibida a través de los Charlier, será en su quehacer más relevante que la de Maurras, a diferencia de Madiran, verdadera síntesis de ambas tradiciones.

 La abadía de Santa Magdalena de Le Barroux

El libro, preciso y agudo, es extraordinario. La figura y la peripecia del protagonista atrapan al lector desde el comienzo. Y, sin dejar de hacerle justicia, exhibe con frecuencia –no siempre–un verdadero entusiasmo por sus dichos y hechos. Hay, sin embargo, un punto polémico, pues el asunto sigue resultando delicado en extremo pese a los tres decenios pasados. Se trata de las relaciones con el arzobispo Lefebvre, sobre todo a propósito de las consagraciones de 1988 y sus resultas. Creo honradamente que, en este extremo, el libro es parcial y faccioso al tiempo. Creo que las consagraciones sin mandato constituyen un acto de enorme gravedad que está con toda lógica castigado severamente. Pero en el juicio sobre la culpabilidad, basado en la situación de necesidad, nadie puede sustituir a la conciencia de monseñor Lefebvre. Es lo que dijo Madiran, citando a Péguy: Quand il y a une éclipse, tout le monde est à l’ombre. No se trata, pues, de un cisma, como incluso algunos eclesiásticos romanos han reconocido, aunque sí de una desobediencia grave sancionada con la excomunión por razones disciplinarias. Que puede en algunos o incluso muchos miembros de la Hermandad de San Pío X o sus fieles haber inducido o creado una mentalidad cismática. Lo que no es de suyo. El libro, en cambio, que insiste en el cisma y presenta al arzobispo Lefebvre como un simple político endurecido, es unilateral. Podemos sentirnos, como Chiron, más atraídos por la actitud de Dom Gérard (con frecuencia, por cierto, contradictoria) que por la de monseñor Lefebvre (no exenta desde luego tampoco de contradicciones: desde el «dejadnos hacer la experiencia de la Tradición» a las consagraciones sin mandato). Pero la presentación de este último es poco menos que caricaturesca. Es una pena, a nuestro juicio, que el excelente historiador y biógrafo que es Chiron no haya podido sustraerse a la gravitación del pathos en asunto tan sensible. A nuestro juicio, lamentándolo, no empece sin embargo el valor de la obra.

Un último punto, necesario en una revista de la naturaleza de Verbo. Quizá el único necesario, pues hubiéramos podido prescindir de lo anterior, que no deja de ser un juicio personal, discutible como todos, pero que nos parecía exigido por la justicia. Se trata de la atención prestada por Dom Gérard a los aspectos de la civilización cristiana y su andamiaje político, la Cristiandad. La primera publicación impresa en el Barroux fue su opúsculo Regard sur la Chrétienté, ampliado luego y convertido en Demain la Chrétienté.

Pero antes, en el curso de Derecho público de la Iglesia que dio en 1978 a sus monjes, por exhortación de Lefebvre, se refería a la «funesta» declaración conciliar Dignitatis humanae, que estaría en «ruptura total» con la «noción tradicional». Según el autor Dom Gérard habría cambiado de criterio en los años 1987-1988, razón por la que se habría negado a reeditar el trabajo con posterioridad. Sin discutir esto último, quizá influido por Dom Basil, uno de sus monjes, autor de una abstrusa y poco convincente tesis sobre el asunto, lo cierto es que la declaración en cuestión ha sido funesta, al margen de que quizá sea posible interpretarla sin entrar en colisión (o sólo parcialmente) con la doctrina tradicional.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Algunos recuerdos de Robert Spaemann sobre la liturgia

Robert Spaemann (Berlin, 1927) es probablemente, junto con el ya fallecido Josef Pieper, el filósofo católico de habla alemana más importante de la segunda mitad del siglo XX. Spaemann fue bautizado en 1930 luego de la conversión de sus padres a la Fe católica. Luego de la temprana muerte de su madre en 1936, su padre se ordenó sacerdote en 1942 y ejerció labores de capellán en Dorsten, lugar donde transcurrieron los años de colegio de Spaemann.

Spaemann estudió Filosofía, Historia, Teología y Romanística en las universidades de Münster, Múnich, Friburgo (Suiza) y París. En 1952 obtuvo con una tesis sobre Louis-Gabriel-Ambroise de Bonald el título doctoral bajo la dirección de Joachim Ritter, influyente discípulo de Ernst Cassirer que formó en torno a sí una escuela de filósofos interesados en reivindicar la filosofía práctica. Luego de ello, trabajó durante cuatro años en la editorial Kohlhammer, pasando a desempeñarse luego como asistente en la Universidad de Münster, donde aprobó en 1962 su tesis de habilitación al profesorado con un trabajo sobre François Fénelon. Como asistente en Münster participó en los seminarios del Collegium Philosophicum de Joachim Ritter.

Spaemann fue Profesor titular de Filosofía en las universidades de Stuttgart (hasta 1968), Heidelberg (1972) y Múnich, donde en 1992 se convirtió en Profesor Emérito. Ha recibido doctorados honoris causa de numerosas universidades de todo el mundo, incluyendo la Pontificia Universidad Católica de Chile (1998), y ha recibido los premios Roncesvalles (2001) de la Universidad de Navarra y Karl Jaspers de la ciudad y universidad de Heidelberg. Es miembro de la Pontificia Academia para la Vida y de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales, del Instituto de Chile.

En la obra de Spaemann destaca su interés por la protección de la dignidad de la persona humana y de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural, participando  a lo largo de su carrera en innumerables polémicas éticas sobre estas materias. Su pensamiento filosófico, que exhibe una fuerte influencia del aristotelismo y de la Escolástica, ha reivindicado la vigencia del Derecho Natural y la racionalidad de la creencia en Dios. La parte más importante de su producción ha sido traducida al castellano por distintas editoriales. 

En 2012 se publicó el libro Über Gott und die Welt: Eine Autobiographie in Gesprächen (Stuttgart, Klett-Cotta), traducido por la Editorial Palabra con el título de Sobre Dios y el mundo. Una autobiografía dialogada (2014), donde Spaemann hace un recuento de su vida en el marco de una conversación con Stephan Sattler. Queremos compartir con nuestros lectores algunos pasajes de ese libro que se refieren a la liturgia católica, los que muestran la sensibilidad que el filósofo alemán ha tenido hacia ella, como ya dimos cuenta en otra ocasión


 Robert Spaemann
(Foto: Infocatólica)


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Primeros recuerdos monásticos

El informe de estos recuerdos debería comenzarlo con el verso del salmo Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi: in domun Domini ibimus. Mi recuerdo más temprano de la infancia es la alegría -de la que precisamente trata ese canto del peregrinaje israelita-, la remembranza de un indescriptible bienestar del niño de tres años que, reposando en el regazo materno, despierta con la salmodia de los monjes que le habían cantado ya durante el sueño. Los padres pensaban que ya era suficiente y querían interrumpirlo. Pero yo les rogaba que continuaran. No podía apartar de mis oídos aquel cántico con sus infinitas repeticiones. Tampoco hoy puedo hacerlo. Fue la abadía benedictina de San José, en el Gerleve westfaliano (cerca de Münster), donde mis padres fueron admitidos en la Iglesia y donde me hicieron bautizar a los tres años.


Mi padrino de Bautismo era un viejo y barbudo hermano conventual llamado Radbod, que muy pronto me introdujo en los secretos del cultivo de abejas, mientras mis padres cubrían en la tienda del monasterio su necesidad de miel. Más tarde, ocasionalmente acompañé como acólito a un monje que llevaba el “Viático” a una de las granjas vecinas, donde después de la ceremonia me daban un rico desayuno, más rico que lo que era costumbre en el monasterio.

La relación con la abadía no se perdió al trasladarse mis padres a Colonia en el año 1932. La Pascua la celebrábamos casi siempre allí. En 1943 los monjes fueron expulsados. Por entonces escribí mi primer soneto, en un estilo algo patético inspirado en el de Reinhold Schneider, en el que veía a mi Patria abandonada al hundimiento, ya que se había expulsado y desterrado a los diez juntos por cuya causa Dios la habría personado, como lo intentó con Sodoma y Gomorra.

 Abadía de Gerleve

Gerleve, 1943

El pueblo que a sus orantes cobardemente traicionó,/los primogénitos de sus hijos,/ ¿imagina que se salvará/con el propio Nombre santo? De su seno huye//el venerado cántico,/que su nombre llevó y entre lágrimas/arrancó la bendición de Dios. Solo el sordo gemido/penetra en el abismo y estremecido ve//un ángel, que como su pueblo a los diez justos/arroja, para que por su causa Dios perdona/y a la propia Sodoma deje libre.//Ya sin remedio las fuerzas oscuras están ahí/desnudas y sin nombre./Solo nos quedas tú, Dios mío; ven y sálvanos.

La fiesta de Pascua de 1943 fue un momento inolvidable. Siete años antes había muerto mi madre. Como de costumbre, pasé la fiesta en Gerleve, esta vez acogido por un campesino. Entretanto, el monasterio se había transformado en lazareto (hospital militar). Con la amenaza de una huelga de suministros, los agricultores habían conseguido la reapertura de la iglesia abacial, así como se pudieran celebrar servicios religiosos periódicamente. De ese modo pudimos tener aquel día el oficio pascual. Los niños de la escuela popular de Gerleve cantaron, haciendo resonar con estrépito los himnos gregorianos: Kyrie, Gloria, Credo y Agnus Dei, con la melodía específica de Pascua.

Su maestro había ensayado con ellos. Siempre me pareció ridícula la idea – que más tarde se extendió con la reforma litúrgica- de que habría sido necesario suprimir el latín para lograr una participación activa de los fieles en la Liturgia. En todo caso, aquel instante fue terrible para mí, pues tuve que representar completamente solo al coro de monjes expulsados, interviniendo como solista en el llamado Proprium, uno de los más ricos y melismáticos cantos gregorianos de Pascua –himnos que a su vez cuentan entre los más bellos del año- y que eran una competencia importante de la pequeña schola monacal.

El breve tercio con el que comienza el Resurrexit es completamente distinto de los bombos y trompetas que en siglos posteriores se movilizaron para ese texto. El júbilo que emana de ahí se parece a la aurora que surge con el nuevo Eón. Nosotros no somos los aludidos en las palabras del salmo: “He resucitado y permanezco siempre junto a Ti” (Sal 138, 18). Se trata de un diálogo entre el Resucitado y el Padre.

Dos años más tarde regresaron los monjes. Después de todo lo ocurrido, es comprensible que quisiera ingresar en su comunidad, y también que el viejo y honorable abad, tal como prescribe la Regla benedictina, frenara mi entusiasmo y en ese momento me devolviera a la Universidad. Esa llamada a la puerta del monasterio permanecería en mis oídos como un episodio notable. (Eso es algo con lo que un sabio abad siempre cuenta). Precisamente un antiguo amigo y compañero de estudios que había regresado de la guerra, y que había llamado conmigo a la puerta, ingresó poco después, se hizo monje- un buen monje-, más tarde maestro de novicios, y hace ya mucho tiempo que alcanzó la meta de su empeño.

Mi contacto con la abadía se hizo más escaso. Solo muchos, muchos años más tarde, descubrí en la Provenza, al pie del Mont Ventoux, la nueva abadía de Ste. Medeleine en Le Barroux, donde volví a encontrar a los monjes de mi juventud, así como la grandiosa Liturgia romana, la rígida observancia monástica, el temprano comienzo diario, el estricto silencio y aquella obediencia que constituye el elemento vital del monje benedictino, lo que aporta sosiego y hace de la congregación de monjes una comunidad fraterna de ermitaños.

De la Abadía de Notre-Dame de Tournay surgió Dom Gérard Calvet, un monje que, en los tiempos de la confusión y relajamiento de la disciplina conventual tras el Concilio Vaticano II, con autorización del abad de su monasterio, lo dejó y comenzó a vivir como ermitaño en una pequeña iglesia de piedra vacía en la región de la Provenza. Decía la vieja Misa y recitaba las Horas litúrgicas. Pronto se reunió con él gente joven y comenzaron a formar juntos una nueva comunidad de monjes, y construyeron en Le Barroux un gran monasterio. Dos kilómetros más allá surgió un convento de mujeres parecido.

[...]

Si escribo sobre mi vida, tengo que comenzar por lo que no es. No soy monje. Pero mi trayectoria es un episodio pasajero en el universo. Importante es lo que siempre es. Los monjes atestiguan con su cántico y con la configuración de su vida cotidiana lo que siempre es, y precisamente lo testimonian como aquello que siempre es. Sin esto, lo que atestiguan sería lo que ahora es, un momentáneo episodio más en esta vida, al igual que en la vida de todos los demás: algo irrelevante, sin significado. Ni siquiera tendría ya el estatus del pasado cuando los recuerdos se apaguen.

 Le Barroux

La reforma de Pío XII a la Semana Santa


Dos ejemplos más de la agobiante irrupción del mundo virtual y de la latente virtualización del mundo real, procedentes de la Liturgia católica. Los traigo, con toda intención, no de la nueva liturgia reformada, sino de la celebración de la antigua.

Hacía poco que el Papa Pío XII había renovado la Vigilia pascual. En la catedral de Münster el canónigo celebrada la ceremonia de la bendición del fuego ante la entrada principal del templo, justo antes de la procesión ceremonial del cirio pascual en la iglesia. Yo permanecía dentro, con los otros fieles, y esperaba en el silencio del oscuro crucero la entrada con las tres invocaciones a la Lumen Christi.

El silencio lo interrumpió un altavoz que metía dentro del templo las oraciones del sacerdote ante el fuego fuera de la iglesia. Me quedé perplejo. Escribí al canónigo diciendo que en esa ceremonia había precisamente dos espacios, uno exterior y otro interior, y que era completamente contrario al espíritu de la Liturgia intervenir esa diferenciación espacial –que también posee carácter simbólico- con un altavoz, pues entonces esa distinción desaparece. Por otra parte, tampoco sería necesario que todo lo que en algún momento se dice en el marco de la Liturgia tenga que ser escuchado desde todos los rincones de la casa de Dios. El canónigo, Donders, figura venerable y brillante predicador de la Catedral, respondió diciendo que mi objeción le había convencido, y que en el futuro omitiría el empleo del micrófono durante dicha celebración. (Puedo imaginar cómo sonaría hoy una respuesta a semejante objeción).

Más tarde, en Stuttgart, igualmente en una Vigilia pascual, nuestro buen amigo el párroco Hermann Breucha, que era el celebrante, esperaba durante bastantes minutos la entrada ceremonial en la iglesia después de la bendición del fuego. ¿Por qué? También predicaba en la radio, y ese día se iba a retransmitir por radio el oficio litúrgico. Pero las instalaciones para la emisión se habían retrasado unos minutos. Censuré esto argumentando que ya de por sí era problemático transmitir la celebración de los Misterios por la radio. Pero lo que me parecía intolerable es que el ritmo de la Liturgia tuviera que adaptarse a las exigencias de su presentación exterior. Por lo demás, también entonces encontré comprensión. Breucha se sintió abochornado aquella noche.

¿Qué tiene que ver todo esto con mi dedicación a la Filosofía? Para mí es clarísimo de qué trata la Filosofía, cuál es su objeto: la defensa de la realidad en sí, del ser mismo en su propia originariedad[1]. Se trata de distinguir entre el ser y la apariencia, entre la realidad tal como es en sí misma (Selbst-sein) y la simulación. ¿Existe realmente esa diferencia? ¿Hay algo así como el ser-sí-mismo? ¿Qué distingue el ser de un murciélago del ser de un automóvil? El automóvil es lo que es solo para nosotros. En cambio, el murciélago es “él mismo” algo. De algún modo existe para ser un murciélago, mientras que el automóvil de ninguna manera existe para ser un auto, sino tan solo para que alguien lo conduzca.

El arte simula precisamente el no-simular. Por su parte, en el rito sacramental se constituye lo simbólico -¡no lo simulado!- por medio de acciones performativas: Verba efficiunt quod significant  (las palabras hacen lo que significan). Como en la obra de arte -y más aún que en ella-, de los oficiantes se espera algo que ha de bastarse a sí mismo. Allí no caben interrupciones que responsan a requerimientos ajenos al ritual. 

 Vigilia Pascual en Berlin, New Jersey (EE.UU.) celebrada conforme a las rúbricas previas a 1955 (2017)

El sentido de la liturgia

El liberalismo siempre trata de reconducir el valor de las representaciones comunes de la vida personal a la satisfacción de los individuos. Pongamos un ejemplo: una fiesta, ya sea religiosa, familiar o civil. Prepararla implica el esfuerzo de muchas personas. La fiesta debe ser un éxito. ¿Cuándo “ha salido bien” una fiesta? Pues cuando se consigue que los participantes queden contentos. Pero el éxito de una fiesta no se puede medir en función de la satisfacción de cada uno de los individuos que participan en ella. Es esencialmente un “bien común” (ein gemeinsames Gut), y solo existe como tal.

Esto también es válido para el domingo. La semana de trabajo flexible (en la que se puede liberar un día u otro) no puede sustituir el (valor público del) domingo, en el que incluso las gallinas cacarean en el campo de forma diferente a un día de trabajo. El domingo es una res publica (cosa de todos, öffentliche sache).


Por lo demás, tanto en la concepción católica como en la ortodoxa la Misa siempre tiene lugar con independencia del número de participantes. Ya se trate de una Misa cantada solemne en un día festivo con un sofisticado coro, o bien se trate de una “Misa silenciosa” que el sacerdote celebra solo en un altar lateral, la Misa es independiente del número de fieles asistentes. Lo que en ella se hace presente es la redención del género humano a través de la muerte de Jesús en la cruz, y eso no depende en modo alguno de los individuos que la celebran, y sin embargo es donde cada persona en particular encuentra su más elevada realización, porque su plenitud vital halla en ese sacrificio su más alta expresión. El sacrificio (la ofrenda) podría decirse que es el prototipo de la fiesta como realidad común, como res publica.

Nota de la Redacción: Los textos están tomados de Spaemann, R., Sobre Dios y el mundo. Una autobriografía dialogada, trad. de José María Barrio Mestre y Ricardo Barrio Moreno, Madrid, Ediciones Palabra, 2014, pp. 14-18, 61-63 y 327-328. Salvo el segundo, los títulos introducidos para separar los textos provienen del proceso de edición de esta entrada. Se ha alterado ligeramente el texto para corregir una inexactitud del autor. 
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[1] Traduzco así la expresión alemana “Aus- Sein-auf”, en su mismo manadero originario.

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Actualización [11 de diciembre de 2018]: El sitio Rorate Caeli ha informado del lamentable fallecimiento a los 91 años de edad y en su residencia en Stuttgart (Alemania) de Robert Spaemann, acaecido el día de ayer, 10 de diciembre. Robert Spaemann no fue solamente uno de los filósofos católicos más prominentes e influyentes del siglo XX, sino además un fiel defensor de la liturgia tradicional de la Iglesia. Requiescat in pace.

Actualización [21 de diciembre de 2018]: La bitácora El búho escrutador ha publicado una galería con fotografías tomadas en las exequias de Robert Spaemann, fallecido el pasado 10 de diciembre a los 91 años. La Misa de Réquiem por su eterno descanso tuvo lugar el miércoles de esta semana, día 19, en la Iglesia de Cristo Redentor de Stuttgart, según la forma extraordinaria del rito romano, la cual Spaemann amó y defendió con finura. Al inicio de la homilía, el celebrante advirtió que era voluntad explícita del difunto que no hubiese elogios ni discursos de ningún tipo, y que se hablase de la fe en la vida eterna.

martes, 6 de noviembre de 2018

La liturgia tradicional: fuente y culmen de la vida cristiana

Corresponde hoy ofrecer a nuestros lectores la continuación del artículo del Dr. Peter Kwasniewski publicado en esta bitácora la semana pasada. El argumento de esta secuela es que la Misa de siempre constituye en realidad ese paradigma con que los Padre conciliares definieron la Santa Misa, vale decir, es ella de la cual puede predicarse el ser en verdad la fuente y cumbre de la vida cristiana (Lumen Gentium, núm. 11). Esto se debe a que es la Misa tradicional la que atrae vocaciones, alimenta la vida contemplativa y apoya al sacerdocio, y su demostración de que así es resulta evidente incluso desde un punto de vista estadístico.  

La entrada fue publicada originalmente en New Liturgical Movement, y la traducción ha sido preparada por la Redacción. 

 Monjes en Clear Creek: ¡Aquí no faltan las vocaciones!
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La liturgia tradicional atrae vocaciones, alimenta la vida contemplativa y apoya al sacerdocio

Peter Kwasniewski

En mi artículo “La existencia de modelos políticos divergentes en las dos “formas” del rito romano” sostengo quienes llegan al Novus Ordo con una bien desarrollada vida de fe están equipados para derivar de él beneficios espirituales, en tanto que quienes asisten a la Misa tradicional se ven confrontados con una espiritualidad fuerte y definida que los hace profundizar en los misterios de la fe y en el ejercicio de las virtudes teologales. La forma nueva es un campo de juego vagamente demarcado donde se realizan ejercicios litúrgicos de puertas adentro, mientras que la forma antigua es una arena ascético-mística que educa a los soldados del Señor. La primera supone virtudes; la segunda, las produce.

¿Existen pruebas externas de que este análisis es correcto?

Yo diría que sí. Una señal de su acierto es la frecuencia con que uno encuentra gente joven que, o bien se ha convertido a la fe, o bien ha descubierto que tiene una vocación religiosa precisamente gracias a la liturgia tradicional: ha sido la liturgia misma la que los ha atraído poderosamente. Las historias de conversiones y de vocaciones en el Novus Ordo tienen mucho más que ver con “conocí a una persona maravillosa”, o “al leer la Biblia”, o “descubrí un gran libro de Ignatius Press”, o “pude conocer a las monjas de mi colegio”, o “su dedicación a los pobres era tan emocionante”.

Todas estas motivaciones son realmente buenas, y el Señor quiere servirse de todas ellas. Aun así, resulta notable que el Novus Ordo raramente actúa como un imán poderoso que atrae a las personas: lo que hace es que quienes han sido atraídos por otras causas sigan adelante y lo cultiven como el servicio usual de oración. Esto equivale a la diferencia entre confiar en la ayuda de un vecino y enamorarse. Hoy los jóvenes confían en la ayuda del Novus Ordo, pero se enamoran de la liturgia tradicional. También se puede decir que es como la diferencia entre actuar por deber y actuar por placer. Asistimos al Novus Ordo cumpliendo un deber, porque se lo considera “bueno para uno”, como comer avena al desayuno; pero nos entusiasmamos cuando tenemos una Misa tradicional a nuestro alcance, porque es deliciosa para el paladar espiritual.

Quizá los lectores piensen que estoy exagerando el contraste. Puede que tengan razón. Pero sólo puedo hablar desde mi propia experiencia y desde las conversaciones que, como profesor, director de coro o peregrino, he tenido con cientos de jóvenes durante los últimos veinte años. Me parece que hay una gran diferencia en la percepción de cuánto atrae o cuán deseable es la antigua liturgia si se la compara con la nueva. Y tanto es así que un colegio o universidad que quisiera aumentar la asistencia a la Misa diaria, lo que tendría que hacer sería ofrecer la Misa antigua, u ofrecerla más frecuentemente: el número de los asistentes se incrementaría significativamente. Pareciera que esto es contrario a lo que uno intuye que debiera ser el caso, pero la experiencia lo confirma una y otra vez en las capellanías de todo el mundo.


Un psicólogo o un sociólogo diría que esto puede tener muchas causas, pero lo que aquí me interesa es que existe una explicación teológica real. Es posible ver por qué, en términos litúrgicos, la forma antigua de la Misa (y del Oficio y de los sacramentos y de los sacramentales, etcétera), resulta poderosamente atractiva para la juventud de hoy que la descubre. Esas formas viejas de siglos, pre-industriales, pre-democráticas son mucho más ricas y densas, más simbólicas, envolventes y misteriosas, y apuntan más obviamente pero, al mismo tiempo, más oscuramente a lo sobrenatural, a lo divino, a lo trascendente, a lo gratuito, a lo inesperado: seducen, como sólo Dios puede seducir. Seduxisti me, Domine, et seductus sum: fortior me fuisti, et invaluisti (Jer. 20, 7). Esto es, al cabo, lo que tenía en mente Benedicto XVI cuando escribió a todos los obispos del mundo: “Se ha demostrado claramente que también los jóvenes han descubierto esta forma litúrgica, han sentido su atractivo, y han encontrado en ella un modo de relacionarse con el Misterio del Santísimo Sacramento que les resulta particularmente apropiado”.

La liturgia reformada, en su simplicidad ginebrina, no ha ganado jamás un premio por ser seductora. La gente apenas puede observarla cara a cara sin sentirse embarazada por su desnudez, sin tratar de revestirla con todos los adosamientos que puede encontrar o inventar. Tenemos que aportarle la devoción o la seriedad que ya tenemos nosotros mismos, si es que vamos a poder beneficiarnos con el divino sacramento que ella alberga espartanamente. Si no se existe un previo amor por el Señor, esa liturgia resulta ser un asunto tedioso, ingrato, como cuando tratamos de convencer de que se haga amigo nuestro a alguien a quien le resultamos indiferentes. Es una lucha cuesta arriba desde que empieza. ¿Por qué habrían de interesarse los jóvenes en algo que se parece tanto a una aburrida conferencia, lógica y eficiente, o que necesita endulzantes artificiales, como la música sagrada popular? La mayor parte de ellos preferiría estar en cualquier otra parte.

 Una monja de la congregación tradicional de las benedictinas de María

Cuando se trata de comprender cómo la liturgia ayuda u obstaculiza las vocaciones sacerdotales y religiosas, hay que tomar en cuenta las exigencias de la vida activa y de la vida contemplativa. Actualmente las comunidades religiosas sienten un fuerte atractivo hacia la vida activa, realizando apostolados en el mundo. Como lo han observado Dom Chautard y otros autores, los hombres modernos son poderosamente tentados a caer en la “herejía del activismo”, según la cual creemos que, con trabajar duramente, vamos a construir el reino de Dios en la tierra. La teología de la liberación es un ejemplo extremo de esta tendencia, pero ella ha estado operando desde, por lo menos, la herejía del americanismo, diagnosticada por León XIII en Testem benevolentiae, de acuerdo con la cual las denominadas “virtudes activas” del trabajo en el mundo han dejado atrás, en valor y relevancia, a las denominadas “virtudes pasivas” de la vida religiosa y contemplativa.

Puesto que el Novus Ordo valoriza lo activo y denigra lo pasivo, parece calzar bien con la mentalidad activista o americanista. Por ello, pareciera que las órdenes religiosas activas podrían, de algún modo, encontrarlo aceptable, siempre que pudieran inyectarle una vida interior cultivada mayormente con otros recursos. Pero el sacerdocio, que necesita estar enraizado en los misterios del altar a fin de permanecer robusto y fructífero, y la vida contemplativa, que se concentra en el ofrecimiento de un sacrificio de alabanza y no en el apostolado exterior, no pueden florecer con una dieta de subsistencia. Lo que puede parecer “suficiente” para el trabajador en la viña, es peligrosamente inadecuado para el sacerdote y el contemplativo, que necesitan una liturgia auténticamente sacerdotal y contemplativa si es que han de poder responder a su gran vocación.

He aquí por qué se advierte, en todo el mundo, que los sacerdotes y contemplativos serios “tradicionalizan” el Novus Ordo todo lo que pueden, o adoptan la Misa y el Oficio tradicional, o hacen ambas cosas. Podemos encontrar ejemplos de esta actitud, amigable con la Tradición, en comunidades como la Abadía de San José de Clairval, los Canónigos Regulares de San Juan de Kenty, la Comunidad de San Martín y los monjes de Nursia, Fontgombault, Clear Creek y Heiligenkreuz.

¿Quiere esto decir que las comunidades religiosas con buena salud (relativamente pocas) que usan el Novus Ordo estarían muchísimo mejor con el Vetus Ordo? Sí, absolutamente. El bien de que gozan se mutiplicaría, su poder de atraer y su poder de intercesión se verían grandemente intensificados. Sin embargo, por desgracia, incluso aquéllos que llegan a reconocer la superioridad de la Tradición, se desaniman por el clima hostil que el actual pontificado ha creado frente al regreso de la auténtica lex orandi de la Iglesia. Y procuran evitar la suerte que corrieron los Hermanos Franciscanos de la Inmaculada, o los Trapenses de Mariawald. En estas señales de oposición oficial a la restauración de la tradición católica, que necesitamos desesperadamente, se puede ver los típicos signos del implacable odio del Diablo hacia el celibato sacerdotal y la vida religiosa contemplativa.

Pero ni la oposición de los hombres ni de los ángeles debiera impedir a cualquier comunidad introducir, silenciosa y prudentemente, la liturgia tradicional en su vida cotidiana. “Este es un llamado a la resistencia y a la fe de los santos” (Apoc., 13, 10). Los antiguos ritos y usos litúrgicos latinos han alimentado a los santos de la Iglesia de occidente por más de 1600 años, y tienen el mismo perenne poder de hacer lo mismo con todos los santos que el Señor desea suscitar hoy día. Jamás la liturgia tradicional dejó de atraer vocaciones de todo tipo, o de sostener la vida cristiana del laicado, y sigue produciendo la misma fascinación y fortalecimiento entre nosotros. El rito litúrgico recientemente manufacturado está fallando, igual que el mundo americanista en el cual se inculturó. Está comenzando a reaparecer una Iglesia más sana, una más saludable ciudad espiritual. 

 Seminaristas de las FSSP en Alemania

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Crédito de las fotografías: Todas las imágenes de esta entrada acompañan al artículo original en New Liturgical Movement.