domingo, 29 de abril de 2018

Liturgia e individualismo

Hace algunas semanas, Religión en libertad publicó un artículo para explicar cuáles son las diez principales razones por las cuales han disminuido considerablemente las vocaciones al sacerdocio. Si bien los datos sobre los que se construye la argumentación están tomados de la realidad española, las conclusiones son perfectamente generalizables a otros países de Occidente. 

Para lo que ahora interesa, una de las razones que se esgrime para la disminución de vocaciones es el creciente individualismo de los jóvenes. Esto es cierto: la sociedad ha avanzando cada vez más hacia estados de atomización y aislamiento, lo que explica la constante búsqueda de las propias satisfacciones personales y el creciente aislamiento, incrementado por el uso de las redes sociales y los contactos virtuales. Sin embargo, curiosamente no se repara en que la Misa reformada contribuye a reforzar ese defecto. Es verdad que en la nueva liturgia se han conservado las oraciones que recuerdan que el sacerdote actúa in persona Christi, pero ellas quedan disminuidas dentro de un esquema ritual que tiende hacia lo prosaico. Al comienzo de la Misa, el sacerdote saluda a los fieles no en nombre propio, sino en el de Cristo: "El Señor esté con vosotros". Desde luego, que el sacerdote comparezca ante el altar revestido con una serie de ornamentos sobre su vestimenta habitual, cada uno de los cuales simboliza algo diverso, como hemos tenido ocasión de ir demostrando en las respectivas entradas dedicadas a cada uno de ellos, tiene ya un significado catequético: en la liturgia aquél actúa en la persona de Cristo y no en persona propia, de suerte que su identidad ordinaria desaparece bajo las vestimentas sagradas, pues con ellas quiere representar sensiblemente, por usar la expresión de San Agustín, que es otro Cristo, el mismo Cristo. Por eso, sus gestos, palabras y movimientos han de expresar no sus propias convicciones o perspectivas, sino las de Cristo en medio de su sacrificio redentor. Se entiende, entonces, que la respuesta de los fieles a esa oración de saludo sea "Y con tu espíritu", pues ellos no se dirigen al hombre concreto que dice la Misa, sino a Jesús, en cuya persona el sacerdote actúa presentando sus accidentes. 



Pero esta verdad, que formalmente está recogida en los ritos del misal reformado, no se condice con la propia puesta en escena de la Misa, que debería reflejar (y ser evidente para todo el mundo) lo que está ocurriendo sobre el altar: el sacrifico de Cristo consumado de una vez y para siempre sobre el Calvario para la redención de los hombres. Lo que usualmente se ve es un rito donde el protagonismo está en el sacerdote, quien se desempeña como el presidente de una asamblea, con un protagonismo desmesurado. No corresponde ahora volver sobre el "monicionismo", vale decir, sobre esa tendencia a glosar con comentarios personales cada una de las oraciones señaladas en las rúbricas (que, a fin de cuentas, muestra poco respeto por lo sacro y fue expresamente prohibida por el Concilio: "nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia") , o sobre la banalidad de la homilética contemporánea, que hace recordar el deseo de Bruckberger: cada vez que el predicador deje de referirse al Verbo hecho Hombre, debería producirse, primero un zumbido de advertencia, y luego el alboroto aumentar hasta que todas las bocas vociferaran ¡Jesucristo! ¡Jesucristo! La cuestión sobre la que se quiere insistir aquí es diferente y tiene que ver con la propia estructura del rito y la anulación de la propia individualidad.

La liturgia de siempre se puede describir con una sola palabra: sobriedad. Cualquiera que entre a una iglesia donde un sacerdote dice la Misa rezada no podría sino coincidir que ahí se está teniendo lugar una acción sagrada, donde el trato con Dios es íntimo y silencioso, sin importar el número de personas esparcidas en la nave. El silencio cumple la función de reforzar la sacralidad, de recordar al fiel que ahí, sobre el altar, en medio del tráfico de la vida diaria, está ocurriendo de nuevo algo verdaderamente importante: Cristo vuelve a ofrecerse en sacrificio por la redención de todos los hombres. Vale la pena recordar ese proverbio indio que aconseja que, cuando alguien quiera hablar, primero ha de procurar que sus palabras sean mejores que el silencio. Si ese silencio es el que confiere su peculiaridad al santuario, la exigencia es todavía mayor: lo que se va a decir tiene que ser realmente importante, pues de lo contrario las palabras rompen con la atmósfera de recogimiento que debe reinar en un lugar donde un Hombre (y Dios) volverá a morir para cumplir la función salvífica por la que vino al mundo. En una Misa rezada, por ejemplo, el sacerdote se vuelve hacia los fieles para instruirlos en la Palabra de Dios, mediante la lectura en vernáculo de la Epístola y el Evangelio. Vale decir, habla en la lengua del lugar para contar el modo en que Dios se ha revelado al mundo. Cuando lo vuelve a hacer para la homilía, su propia vestimenta marca la diferencia: el sermón se pronuncia sin manípulo y, generalmente, sin casulla y con birrete. Esto se hace con el propósito se mostrar a los fieles que las palabras que oirán del sacerdote no forman parte integrante del sacrificio, porque se está ejerciendo otra función. No se trata de santificar, que es el cometido propio de los sacramentos dentro de la economía de la salvación, sino de enseñar las verdades de la fe a partir de la Palabra de Dios que se ha leído.

(Foto: Deus lo Vult!)


El salmista dice que el Señor no desprecia un corazón contrito y humillado (Sal 51, 17). Por eso, el sacerdote comienza la Misa con un profundo acto de contrición pidiendo a Dios, que ha sido la alegría de su juventud, su especial auxilio y protección. El sentido penitencial diferenciado se observa en la distinta redacción del Confíteor que reza el sacerdote y los fieles: el primero se dirige a la asamblea, como testigo de su confesión y del perdón que implora a Dios para ser digno de subir a su altar; los segundos confiesan sus pecados al sacerdote, quien los absuelve de forma no sacramental merced a su propia función ministerial. En la Misa reformada esta sutil diferencia, rica en sentido teológico, desaparece y todos, sacerdote y feligreses, repiten al unísono la misma oración de arrepentimiento la cual la mayoría de las veces ni siquiera se reza (recuérdese que la nueva Misa tiene varias opciones de acto penitencial). Con esto, la diferencia sustancial (y no sólo de grado) entre el sacerdocio real de los fieles y el ministerial que corresponde al celebrante se atenúa.

Cuando termina de escucharse el Kyrie, prorrumpe la recitación del Gloria, que exalta la grandeza de Dios y continúa con las suplicaciones de la triple oración precedente. Recién entonces, cuando el sacerdote ha confesado su desamparo ante el Señor, sin el cual nada puede, la Palabra de Dios se escucha de sus labios. Muchas de las oraciones que éste dice para mostrar su entrega y abandono pasan desapercibidas si la Misa no se sigue con un misal. Sólo son ostensibles los golpes en el pecho, las puestas de rodillas y las inclinaciones que hace aquél, todas las cuales quieren mostrar que el hombre concreto debe desaparecer a la vista de todos, pues sólo Dios debe ser el centro de atención. De ahí que el silencio envuelva la iglesia, y que éste solamente se interrumpa por el sonido de las campanillas cuando el sacerdote muestre sobre su cabeza a Cristo hecho presente bajo las apariencias del pan y del vino. Se quiere expresar así la propia promesa del Señor: "Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia Mí" (Jn 12, 32). Los fieles no han podido oír, salvo que el presbiterio esté muy próximo, la diferencia de voz que ha hecho el celebrante. Antes de comenzar con las palabras de la consagración, el sacerdote eleva los ojos. La Iglesia quiere que, antes cumplir con la parte más importante de la Misa, aquél recuerde que no está obrando en su propio nombre, sino en persona de Quien está sentado a la derecha del Padre en los Cielos. Enseguida, el sacerdote ha de comenzar a repetir las palabras usadas por Cristo en voz baja, marcando la diferencia entre una y otra, siempre con un tono simple y unificado. Es lo que se conoce como el "tono consagratorio", que debe evitar toda expresión de piedad personal y mostrar que en esas palabras están siendo pronunciadas nuevamente, como en la Última Cena, por Cristo. La sacra situada al centro del altar cumple la función de facilitar esa recitación: el sacerdote no necesita mirar hacia la izquierda, donde está el misal, sino que puede tener su vista puesta en las ofrendas que tiene delante y que en unos segundos se convertirán en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Por eso, durante la consagración no debe haber música en la iglesia y sólo debe oírse, hasta donde sea posible, el rumor del celebrante que obra el milagro de la transustanciación.  



El rezo del Padrenuestro es también una forma de recordar que el sacerdote tiene un cometido propio que cumplir en el altar. No se trata de uno más entre los fieles que reza con ellos aquella oración que el mismo Cristo enseñó para dirigirse al Padre. El sacerdote cumple con la finalidad impetratoria que tiene la Misa, y por eso es él quien formula las peticiones del Padrenuestro en nombre de toda la asamblea, como aquel que ha sido elegido para representar al Pueblo (de ahí que todos miren al oriente, siendo el sacerdote el primero entre ellos, por corresponderle el derecho de ingreso al sanctasanctórum), sumándose los fieles sólo con la invocación final: líbranos de la maldad, esto es, cumple, Señor, con tu palabra de que las puertas del infierno no prevalecerán sobre tu Iglesia. 

En la comunión vuelve a ser evidente la diferencia: el sacerdote no comulga como un fiel más, sino de forma separada y previa. A él le corresponde con su comunión consumar el sacrifico cumplido por Cristo y actualizado en la Misa, mientras que los fieles lo hacen para recibir los frutos de la Redención. Por eso, el sacerdote vuelve a decir, profundamente inclinado, que como hombre no es digno de recibir al Santo entre los santos, como recuerda la liturgia mozárabe, pero debe hacerlo porque está ahí actuando en persona de Cristo, para darle el culto que éste merece en Espíritu y Verdad. Sólo después el sacerdote, ya consumado el sacrificio, baja del altar para dar a los fieles el Cuerpo de Cristo como alimento espiritual. 

(Imagen: Change.org)


Por cierto, en la Misa reformada la idea basal permanece, pero su expresión sensible ha sido atenuada por la confección de un nuevo rito que quiere expresar la teología del misterio pascual, con el claro riesgo de que ésta se entienda en un sentido puramente manducatorio, de memorial de la Cena del Jueves Santo, como decía en su origen la Instrucción General para el Misal Romano. Descubrir a Cristo es más difícil en estos nuevos ritos, porque la sobriedad ha desaparecido. Ella ha sido reemplazada por el carisma personal del celebrante y su mayor o menor locuacidad, sumado al gusto musical que tenga. La Misa ya no es la misma en cualquier lugar, porque depende de cuán cercano o innovador quiera ser el celebrante. El beato Pablo VI decía en la sesión de clausura del Concilio Vaticano II que "la religión del Dios que se ha hecho Hombre, se ha encontrado con la religión -porque tal es- del hombre que se hace Dios". Esta afirmación muestra que la principal verdad de nuestra fe, esa que hizo proferir el estremecedor grito de soberbia de Lucifer, es la divinización de la carne. Dios se hizo hombre, y ese Hombre venció a la muerte porque era Dios. Es dable sostener, entonces, que existe un materialismo cristiano: a Dios lo conocemos por las cosas que vemos, porque su inmensidad no cabe en la mente humana, y por eso existen los sacramentos como medios de santificación ordinaria. La materia ha sido tomada por Dios para restablecer de esa forma su unión con el género humano, haciendo parte de éste mediante la encarnación del Verbo Eterno en la persona de Jesús de Nazaret. Pero en la liturgia reformada vemos que esa convergencia que observaba el Papa Pablo en realidad no se da. De forma inversa, lo que ha acabado por ocurrir es que "la religión del hombre que se hace Dios" ha ocupado el lugar central. ¿Quién es verdaderamente el centro de la acción litúrgica, Dios o el celebrante?

Como dice Sebastián Randle en su biografía de Castellani, de las cuidadosas rúbricas conformadas con el lento correr de los siglos en la liturgia romana, "pasamos, sin paréntesis, al gran 'show' de la espontaneidad, al anárquico despliegue de sentimentalismos y experimentos. La Misa se transformó y en cosa de años pasaos del ritual romano al happening". Pero la culpa no la tienen los sacerdotes, muchos de ellos sin responsabilidad personal porque se han limitando a poner por obra lo que sus profesores de liturgia les enseñaron. La responsabilidad reside en las rúbicas del nuevo misal, en la libertad que confiere a los sacerdotes, quienes pueden elegir entre diversos formularios, agregar comentarios o darle una impronta personal a la celebración, sin hablar de la experimentación o improvisación propiamente ritual. Por algo, es el presidente de la asamblea, el que manda en medio de la comunidad reunida en torno al altar. Es cierto que, como quería el Movimiento Litúrgico, la Misa no podía ser un museo, sino que debía convertirse en una realidad viva en cada fiel. Para que la liturgia sea el centro y raíz de la vida cristiana, como quería el Concilio, es necesario una participación activa de los fieles. De eso no hay duda, y el propósito es ciertamente loable. El problema es que, por querer dejar atrás una liturgia supuestamente fosilizada, el remedio ha resultado peor que la enfermedad, y hemos acabado por presenciar una liturgia teatral, cuando no circense. No extraña, entonces, que entre las familias cercanas a la Misa de siempre las vocaciones sigan surgiendo, y que los institutos tradicionales deban abrir nuevos seminarios o casas para recibir el creciente número de postulantes. Ellos van ahí a doblegar su individualidad, para servir a Cristo, y eso lo aprendieron en la Misa de todos los siglos.

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