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jueves, 18 de octubre de 2018

Martin Mosebach nos convoca a un nuevo y gran esfuerzo

Les ofrecemos a continuación un texto del escritor alemán Martin Mosebach escrito para servir de prólogo al folleto que recoge los once sondeos realizados entre 2000 y 2017, primero en Francia y después en siete países de Europa (Italia, Suiza, Alemania, España, Portugal, Polonia y Gran Bretaña) y, finalmente, en Brasil, por Paix Liturgique respecto de la situación de la Misa de siempre. El texto ha sido publicado en francés por dicho sitio y traducido por la Redacción. 

 Martin Mosebach

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Martin Mosebach nos convoca a un nuevo y gran esfuerzo

Martin Mosebach, famoso escritor alemán (Gran Premio de Literatura de la Academia Bávara, Premio Georg Büchner, etcétera), es autor de novelas (como Un hasard nécessaire, Grasset, 2013 [original: Was davor geschah, Hanser, 2010]), cuentos, ensayos (como Das Leben ist kurz. Zwölf Bagatellen [La vida es corta, doce bagatelas], Rowolt Verlag, 2016), poemas, libretos de ópera (como los diálogos de Fidelio para la Ópera Garnier), obras de teatro y piezas radiofónicas, numerosos artículos de literatura, arte, política, religión. En un país donde la Iglesia está enferma debido a las tensiones progresistas que no cesan de debilitarla, Martin Mosebach constituye uno de los principales representantes del pensamiento y la palabra de Benedicto XVI. Mosebach, junto con personalidades tales como Nikos Salingaros, Steven J. Schloeder, Steen Heidemann, Ducan G. Stroik, Pietro de Marco, Enrico Maria Radaelli, ha firmado un llamado “lleno de tristeza y de aguda preocupación por la terrible situación actual de todas las artes que han acompañado siempre a la sagrada liturgia”, y fue invitado a pronunciar una conferencia sobre liturgia ante la asamblea del catolicismo alemán, de tendencia progresista, el Katholikentag, de 2004, donde desarrolló el tema “La crisis de la liturgia no es para mí una forma de decadencia: es algo infinitamente más grave; representa una catástrofe inédita, una catástrofe espiritual y cultural”. En esta línea, Mosebach es autor de un libro muy original, Häresie  der Formlosigkeit: die römiche Liturgie und ihr Feind (Hanser, 2002), publicado en francés con el título La liturgie et son ennemie: l’hérésie de l’informe [La liturgia y su enemigo: la herejía de lo informe] (Hora Decima, 2005). Es a él que, naturalmente, Paix Liturgique ha recurrido para el prefacio de la edición alemana de su folleto de presentación de once sondeos realizados entre 2000 y 2017, primero en Francia y después en siete países de Europa (Italia, Suiza, Alemania, España, Portugal, Polonia y Gran Bretaña) y, finalmente, en Brasil, en 2017, todos los cuales han revelado (y la han revelado a Mosebach en lo relativo a sus proporciones) la existencia de un importante grupo de “silenciosos” que sufren y penan en una Iglesia contagiada por esa herejía de lo informe.

Juan de Juanes, La Última Cena (circa 1562, Museo del Prado)
(Imagen: Wikimedia Commons

Prefacio de Martin Mosebach

Quien desee en Alemania hablar de sus experiencias en materia de liturgia católica tiene que comenzar por mencionar su edad y su origen, porque este país, dividido en lo relativo a la religión, presenta tales diferencias entre las regiones que lo componen, que no se puede hablar de “catolicismo alemán” sino en un sentido extremadamente superficial, aun cuando en los últimos tiempos una reciente y muy nueva evolución ha tenido una influencia poderosamente unificadora.

Así, cuando digo que nací en 1951 en Fráncfort del Meno, significa que nací en una gran ciudad, de mayoría protestante, que forma parte de la diócesis de Limburgo, la cual siempre ha mantenido una cierta distancia frente a Roma. Yo no conocí, por otra parte, la “cultura católica” de antes del Concilio: destruidas durante la guerra, las iglesias fueron posteriormente reconstruidas en un estilo que las despojó de su esplendor. Las liturgias que conocí en mi infancia desaparecían casi totalmente tras un biombo de cantos y lecturas de textos alemanes proclamados ante la asamblea, los cuales, en su mayor parte, no eran ni siquiera traducciones de las oraciones en latín. Esta “Misa rezada y cantada”, como se la llamaba entonces en Alemania, con cantos que se había autorizado que reemplazaran las partes más importantes del Ordinario -el Gloria, el Sanctus- contribuyó de modo decisivo a socavar todo sentimiento litúrgico. Entre los simples creyentes, eran muchos los que, ganados por la emoción, cantaban durante el Ofertorio versos llenos de piedad, compuestos en melodías agradables al oído, pero que, simplemente, hacían caso omiso de importantes partes de la Santa Misa. A los que eramos monaguillos se nos entrenaba para recitar a toda velocidad las respuestas en latín, con un sacerdote, a cuyo cargo estábamos, que medía la velocidad con un cronómetro. Es muy elocuente el que, más tarde, a fin de hacer aceptar la reforma de la Misa de Pablo VI, este mismo sacerdote celebrara “Misas Coca-Cola” en su parroquia.

Puede ser que, en algunos lugares, las cosas se hayan dado de modo diferente, quizá en las viejas regiones católicas de Alemania, en los territorios que han pertenecido desde siempre a Baviera, en la región de Münster, en Maguncia; pero forzosamente hay que constatar que, desde mucho antes del Concilio Vaticano II, la práctica litúrgica en Alemania estaba estaba, casi siempre, muy lejos de ser satisfactoria. Desde la década de 1920, los movimientos juveniles católicos organizaban “Misas experimentales” que se parecían asombrosamente a lo que la reforma de Pablo VI instauró más adelante. Desde muy temprano este “movimiento litúrgico”, especialmente floreciente en Alemania, fue más propiamente un “movimiento antilitúrgico”, impulsado por teólogos importantes que estaban lejos de ser todos progresistas. El propio Romano Guardini, que tanto veneraban los católicos conservadores, tuvo en este campo un influjo cargado de pesadas consecuencias.  

La reforma de la Misa llegó, pues, a un terreno bien preparado: grandes sectores de la sociedad ignoraban del todo qué era la liturgia; el sentido del acontecimiento sobrenatural que se produce en el misterio sacramental se había grandemente debilitado, especialmente entre las clases cultivadas. Como consecuencia, el efecto producido por esta reforma no fue sino más sorprendente todavía: ella fue en su mayor parte bien acogida, a pesar del modo brutal e irrespetuoso en que se la llevó a la práctica; pero, al mismo tiempo, las iglesias se vaciaron. El católico medio aceptó, es cierto, la reforma; pero, simultáneamente, renunció a ir a la iglesia. Fue como si, según suele ocurrir en los fenómenos físicos, la reforma hubiera disuelto el magnetismo del rito. Las heridas profundas inferidas al culto, incomparables con cualesquiera otras en la historia de la Iglesia, fueron justificadas por necesidades pastorales, pero fue precisamente en este aspecto que fracasaron. Incluso hay algunos altos dignatarios actuales de la Iglesia que afirman que, sin esta reforma, la pérdida de amor por la Iglesia hubiera sido más dramática todavía; pero este argumento no es satisfactorio, porque la historia no conoce el tiempo condicional.

Dos soldados caminan por la Catedral de Colonia, dañada por los bombardeos (George Silk, 1945)
(Foto: Pinterest)


No me explico cómo, en circunstancias como las descritas, un significativo número de católicos alemanes pudo permanecer fiel al rito tradicional, ni cómo esos católicos pudieron interesarse en éste. Me refiero sobre todo a la nueva generación de sacerdotes, hombres jóvenes, que jamás conocieron lo que se podría llamar “una cultura católica”, quienes parecen atisbar que, sin una liturgia transmitida, el sacerdocio queda incompleto. Pero, incluso entre los laicos, se siente crecer algo así como un sentimiento de inmensa pérdida, sin que puedan discernir lo que la provoca. Los representantes oficiales de la Iglesia se mantienen en su actitud de rechazo, aunque han renunciado a gran parte de su furor ideológico. Se constata que es evidente que la reforma post-Vaticano estuvo lejos de provocar un nuevo Pentecostés y que, al contrario, fue causa de una profunda incertidumbre y debilidad. Poco a poco parece imponerse la idea de que no se puede eliminar en Alemania una práctica milenaria mediante un simple decreto administrativo. La historia alemana sabe de muchas profundas rupturas, pero sabe también de otras tantas continuidades que duran más que aquéllas, y puede ser que este nuevo apego al rito tradicional de la Iglesia surja de este hecho.

El creciente favor que encuentra la liturgia antigua no debe, con todo, engañarnos con cifras, por mucho que éstas impresionen. La verdad teológica y mística del culto tradicional no depende de su aceptación por grandes mayorías. En la Iglesia, el rito tradicional no deriva su legitimidad de que “agrade” a un número cada vez más grande de creyentes, ni del hecho de que les “interese”, ni tampoco de que cada vez haya más creyentes que “puedan imaginarse que eventualmente podrían celebrarlo”. Es cierto, empero, que esas cifras pueden hacer que reflexionen aquellos que en las diócesis son responsables del modo cómo se administra los sacramentos. Ellos tienen, o más bien debieran tener, el papel de hacer que los sacerdotes y obispos, en estos tiempos en que la Iglesia pierde peso, reflexionen sobre cómo enfrentar el proceso, no poniendo trabas, por ejemplo, a quienes solicitan con convicción la celebración regular del rito antiguo, sino, por el contrario, obedeciendo el motu proprio de Benedicto XVI y accediendo generosamente y en toda la línea a esas solicitudes.

 Misa tradicional en la Catedral de Espira (Speyer)

Sin embargo, cualquiera que haya penetrado de verdad y profundamente en el pensamiento del rito tradicional no tiene necesidad alguna de encontrar consuelo en el creciente número de fieles que lo redescubren. La verdad del rito tradicional no depende de adhesiones masivas sino que, por el contrario, es totalmente independiente de ellas. Tampoco hay que dejarse engañar por esta adhesión que crece sin cesar: el rito antiguo es difícil, exige ser frecuentado a lo largo de toda una vida, y lo digo por experiencia propia. Luego de haber pasado más de 30 años en temas de liturgia, todavía hoy descubro en él cosas nuevas que se me habían escapado. La religión cristiana puede ser vivida a diferentes niveles, cada uno de los cuales tiene su explicación: tanto la fe ingenua de los niños como la meditación filosófica; la ascesis vivida lejos del mundo como el amor de la belleza y los sentidos vivido en el mundo; y la liturgia de la Iglesia puede ser celebrada tanto por analfabetos como por intelectuales de las grandes ciudades; pero nada de esto cambia el hecho de que ella es, en su misma esencia, un misterio iniciático que no se revela a la primera mirada, ni a la segunda, ni siquiera a la tercera, sino que se abre, siempre más profundamente, a quien busca, y también a quien estudia. Y aunque no fuera más que por esta causa, ella no podrá jamás depender del sufragio de la mayoría. Lo cual nos muestra también lo esencial de lo que se juega en los círculos que se esfuerzan por hacer perdurar el rito antiguo, es decir, la formación litúrgica de los creyentes, que no deberían quedarse en un vago sentimiento de bienestar ni en una especie de inclinación instintiva hacia él, si es que el nuevo arraigo de la liturgia tradicional ha de triunfar a largo plazo. Son demasiado numerosos los que hoy frecuentan la Misa del rito antiguo sin siquiera saber hasta qué punto tienen razón al hacerlo y cuán bien hacen con ello. He aquí por qué el número sorprendente de fieles que en Alemania declaran gustar de la antigua liturgia es, sobre todo, un llamado a un nuevo y gran esfuerzo.

Las comunidades de sacerdotes que se consagran exclusivamente al rito antiguo, y también el número creciente de sacerdotes que lo celebran de vez en cuando, deben, en sentido literal, en el sentido más estricto del término, ser considerados misioneros. Así es como podrá ser aceptado, con el reconocimiento que merece, el milagro de que, cincuenta años después de una reforma litúrgica introducida a paso forzado, y nacida en gran parte en Alemania, la chispa de la liturgia tradicional no haya cesado jamás de brillar.  

jueves, 26 de enero de 2017

Entrevista a Martin Mosebach y comentarios de Paix Liturgique

Reproducimos a continuación una entrevista al destacado novelista, ensayista y periodista católico alemán Martin Mosebach (nacido en Francoforte del Meno en 1951), receptor de numerosos premios literarios y que en el mundo cercano a la liturgia tradicional es especialmente conocido por su brillante colección de ensayos intitulado La herejía de lo informe: la liturgia romana y su enemigo (Häresie der Formlosigkeit: die römische Liturgie und ihr Feind), aparecido en 2002 y traducido a varios idiomas, entre los que no se cuenta el español (véase la nota final de esta entrada), donde defiende vigorosamente la necesidad de la restauración de la liturgia plurisecular de la Iglesia de Occidente

La traducción ha sido hecha por la Redacción del texto publicado en la carta núm. 577 de la versión francesa del sitio Paix Liturgique, que fue publicada el 11 de enero pasado. El original en alemán (disponible sólo para suscriptores) puede ser consultado en este enlace

Martin Mosebach
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Un servicio que se hace no sólo al cristianismo sino al mundo entero

Anticipándose al décimo aniversario del motu proprio Summorum Pontificum, el diario católico alemán Die Tagespost ha publicado, el 30 de diciembre de 2016, una entrevista con Martin Mosebach, de la cual ofrecemos esta semana una traducción. 

Novelista de fama en Alemania, autor de cuentos, poemas, artículos sobre arte y literatura, escenarios fílmicos y libretos de óperas, Martin Mosebach es también autor de un libro sumamente original, Häresie der Formlosigkeit: die römische Liturgie und ihr Feind (Hanser, 2002) [La herejía de lo informe: la liturgia romana y su enemigo], publicado en francés con el título La liturgie et son ennemie: l’hérésie de l’informe por Hora Decima en 2005, el cual hemos tenido a menudo ocasión de citar en nuestras cartas, especialmente debido a la cercanía entre Martin Mosebach y el cardenal Joseph Ratzinger.


Foto: dtv

I. La entrevista hecha a Martin Mosebach por Regina Eiling para la edición de Die Tagepost del 30 de diciembre de 2016

1) Señor Mosebach, los fieles tradicionalistas celebrarán en 2017 el décimo aniversario del motu proprio Summorum Pontificum. Al generalizar la autorización del rito romano tradicional, ¿ha querido el papa Benedicto XVI hacer un regalo sólo a quienes ya creían en Cristo?

Yo no calificaría Summorum Pontificum simplemente de “regalo”. De lo que se trató, más bien, fue de un intento serio de corregir una falta masiva y peligrosa para toda la Iglesia. La reforma litúrgica originada en el Concilio Vaticano II, realizada por desgracia en un mundo marcado por los acontecimientos de 1968, condujo finalmente en diversos lugares a una dramática falta de certeza sobre la naturaleza de la Eucaristía. El intento de erradicar totalmente la única forma de Misa válida hasta entonces, constituyó una ruptura de la Tradición, porque jamás la Iglesia ha prohibido un rito antiguo.

 S.S. Benedicto XVI
(Foto: dapd, Gregorio Borgia/RP Online)

2) ¿Cuál es la contribución, en el plano doctrinal, de la liturgia tradicional?

Por muchos reproches que se le haya podido hacer a la antigua liturgia, ella nunca permitió, a diferencia de la liturgia reformada, error alguno sobre su naturaleza. Es debido a esto que era necesario reconocerle un lugar de honor entre los libros litúrgicos. Quisiera subrayar, además, que se trata de un servicio hecho no sólo al cristianismo, sino al mundo entero. Porque la liturgia tradicional, en tanto que forma visible del cristianismo, es fundamento no sólo de la Iglesia sino también de la cultura que emana de ésta.  Dicha liturgia es el auténtico arquitecto de nuestros grandes edificios religiosos: ella es quien ha inspirado la música, la pintura y la escultura. La basílica romana, la catedral gótica, la iglesia barroca hablan de ella. Sin la liturgia tradicional, todos estos edificios son incomprensibles, porque fue para ella que se los construyó. El hecho de que perduren, de un modo u otro, como santuarios de nuestra religión, es altamente significativo del hecho de que el culto que les dio origen no ha caído en el olvido.

3) ¿Por qué aquéllos que buscan a Dios encuentran a veces más fácilmente la verdad del Evangelio en la celebración de la liturgia tradicional que en el rito nuevo? 

Quienes están alejados de la Iglesia, a quienes este mundo secularizado no satisface, se asombran a menudo al constatar, en contacto con la antigua liturgia, que su mundo material antimetafísico presenta fallas y trizaduras: descubren que ese mundo no es la única realidad y que hay otro mundo más allá. A sus ojos, el reproche que más frecuentemente se hace a la liturgia tradicional de no saber pertenecer “a nuestro tiempo”, aparece al contrario como una cualidad de gran valor porque ellos quieren, justamente, entrar en contacto con una realidad diferente de la que los rodea y ahoga.

4) Según el papa Francisco, Benedicto XVI respondió simplemente a las expectativas “de algunos grupos y personas que tenían nostalgia” [Nota de la Redacción: la frase fue dicha por el Santo Padre en una entrevista concedida el al periódico italiano Il Giornale y aparecida en la edición del 10 de noviembre de 2016, reproducida después en la recopilación hecha por el P. Antonio Spadaro SJ a la que se hace referencia aquí]. ¿Qué piensa usted de estos reproches de nostalgia y de esteticismo que a menudo se hace a los creyentes apegados al antiguo rito romano?

Este reproche es un estupendo ejemplo de la “mentalidad de la posverdad (postfaktisch)” [Nota de la Redacción: neologismo alemán que proviene del término inglés post-truthque significa “que no se preocupa de la verdad”] que caracteriza a nuestra época. El combate por la liturgia comenzó hace casi medio siglo. Sus primeros defensores están, en su mayoría, muertos. Unas generaciones totalmente diferentes continúan este combate. Quien pelea hoy por la liturgia tradicional no la conoció, por lo general, en su juventud: aquí no hay lugar alguno para la nostalgia. En lo que toca al reproche de esteticismo, es un hecho que, entre nuestros contemporáneos, existe desconfianza e incluso odio a la belleza. Es un fenómeno muy extendido que tiene que ver con la psicopatología: mientras que antaño la belleza era una prueba de Dios, hoy la liturgia tradicional suscita reacciones violentas simplemente porque es bella.   

 Misa tradicional en Notre-Dame de París

5) “La ley de la oración corresponde a la ley de la fe”: ¿puede hacerse sentir la sal de la liturgia tradicional en una Iglesia donde el propio Magisterio parece haber depuesto las armas?

¡Es una razón más para recurrir a ella! En medio de la tormenta de las opiniones y de las luchas partidistas, cuando el magisterio parece andar en busca de un nuevo papel, es importante no perder de vista la tarea propia de la Iglesia: poner a los creyentes en relación con Cristo, presente en los sacramentos. En la Iglesia de Cristo, la doctrina y la moral vienen sólo en segundo lugar. Una Misa tiene infinitamente más significación que las palabras del Papa. Y la tendrá tanto más cuanto más se la celebre en una forma que manifieste sin ambigüedades lo que en ella se contiene. 

6) Para sorpresa de sus formadores, el clero joven se siente cada vez más atraído por la liturgia tradicional. Nadie ha guiado a estos sacerdotes y seminaristas jóvenes hacia el camino de la antigua Misa. ¿Cómo explica usted este fenómeno?

El que hoy se siente llamado al sacerdocio –y no hay nadie a quien admire tanto como a estos jóvenes- comprende muy rápidamente que el sacerdocio es indisociable de los sacramentos. Si no se tiene una idea clara de los sacramentos, se puede ser un asistente social, un docente, un responsable comunitario, pero no un sacerdote. El sacerdocio depende de la Misa que el sacerdote celebra in persona Christi. Pues bien, es evidente que ese obrar in persona Christi salta a la vista en el rito tradicional.

7) ¿Existe algún impulso misionero que se desprenda de las grandes demostraciones de la fe –como, por ejemplo, la peregrinación a Chartres- organizadas por quienes cultivan el rito romano clásico?

Pienso que los acontecimientos como esa peregrinación realmente única a Chartres [Nota de la Redacción: peregrinación sobre la cual publicamos una entrada, y que tiene un equivalente en Argentina], están destinados sobre todo a dar seguridad a los propios participantes: éstos se dan cuenta de que no son los únicos en tener semejantes convicciones, que participan de la misma fe que muchos otros y que pueden en verdad tener la experiencia de ser miembros de la Iglesia. Evidentemente, también ocurre que, de regreso a casa, los participantes sienten crecer en ellos el coraje y el entusiasmo por difundir su fe en su medio cotidiano.

[…]

 Peregrinaje de París a Chartres

8) ¿Cómo ve usted el futuro?

Pienso que, a largo plazo, el motu proprio Summorum Pontificum va a producir todos sus efectos. Se ha dicho que la Misa antigua y la nueva son “dos usos de un único y mismo rito”. Si ello quiere decir lo que en realidad intenta decir, el nuevo rito debe, entonces, poder cumplir las normas del antiguo. Es claro que, por el momento, no hay nada de eso. Pero, tarde o temprano, hasta el más ciego verá que en la relación entre los dos ritos hay algo que no funciona. Estará cerca, entonces, el día de una “reforma de la reforma”…

II. Las reflexiones de Paix Liturgique

1) Un diario católico de gran tiraje, que se interese en el mundo tradicional y que, honesta y libremente, dé la palabra a uno de los actores de ese mundo y no a uno de sus detractores, ¿es, entonces, posible? ¿Incluso en Alemania, país donde el modernismo teológico y litúrgico sigue haciendo de las suyas? Esto puede servirnos de fundamento para formular el voto, para este 2017, de ver a La Croix poner en portada el retrato del Abad de Le Barroux o de Fontgombault, o del párroco de San Eugenio y Santa Cecilia [Nota de la Redacción: la iglesia parisina que tiene confiada la celebración diaria de la liturgia tradicional].

2) Hay que decir que Martin Mosebach es considerado como uno de los grandes novelistas alemanes. Casado con una luterana convertida, su itinerario no deja de tener semejanzas con el de G.K. Chesterton: no es un autor cristiano que publica para una minoría, sino un escritor de primer rango que habla con libertad de su fe católica. Por este motivo su libro sobre la liturgia constituyó en 2002 un auténtico acontecimiento en Alemania, hasta el punto de que Martin Mosebach fue invitado a dar una conferencia sobre sus ideas litúrgicas ante la asamblea del catolicismo alemán, de tendencia muy progresista, el Katholikentag, en la cual fue derechamente al corazón mismo del tema: “La crisis de la liturgia no es para mí una forma de decadencia: ella es algo infinitamente más grave. Ella representa, a mi juicio, una inédita catástrofe, una catástrofe espiritual y cultural”. 

3) “La liturgia tradicional, en tanto que forma visible del cristianismo, es el fundamento no sólo de la Iglesia sino también de la cultura que emana de ella”: la sensibilidad de Martin Mosebach confluye aquí con la de innumerables artistas, católicos o no, que desde la reforma litúrgica han alertado a la Iglesia contra la tentación de hacer tabla rasa de su patrimonio, el cual pertenece también, y en una parte no menor, a la humanidad entera. Martin Mosebach se contó entre los firmantes, en 2009, de una llamada a Benedicto XVI para “volver a un arte sagrado auténticamente católico”. Posteriormente estuvo entre los artistas que el Papa recibió en la Capilla Sixtina el 21 de noviembre de 2009.  Igual que el filósofo Robert Spaemann [Nota de la Redacción: del cual hemos hablado aquí, aquí y aquí], Mosebach se cuenta entre los amigos de Joseph Ratzinger y puede ser considerado como uno de los intérpretes de aquél a quien la historia considerará, en definitiva, como el Papa de Summorum Pontificum, que opuso una primera reacción oficial e institucional contra esa “herejía de lo informe” representada por la nueva liturgia desde el punto de vista tanto estético como del teológico.

 Encuentro de S.S. Benedicto XVI con artistas (2009)
(Foto: Die Zeit)

4) En un mundo en plena crisis de identidad, en que la pérdida de raíces y la hybris tecnológica van a la par, la Misa tradicional es una garantía de equilibrio y de estabilidad, pues ella ordena todas las cosas a Dios, y no sólo religa a la creatura con su Creador, sino también al hombre moderno con las generaciones que lo preceden, al tiempo que lo abre a las generaciones que vendrán. Ella “manifiesta sin ambigüedad lo que en ella se contiene”, de acuerdo con el perfecto resumen que hace Mosebach.

5) Refiriéndose a la peregrinación a Chartres, Martin Mosebach considera que su primera virtud –y la de otros acontecimientos similares- es la de “dar seguridad”, en el sentido de dar nuevos estímulos, a quienes participan en ellos. Esta visión un poco restrictiva de lo que es la más importante manifestación visible de la juventud y de la vitalidad de la liturgia tradicional en el mundo, no deja por ello de ser verdadera. Es verdadera desde un punto de vista espiritual, porque la multitud de Chartres restaura el alma de los peregrinos con tanta fuerza como podría hacerlo un retiro solitario en el silencio de una abadía. Pero es también verdadera desde un punto de vista eclesial, porque devuelve a los fieles que se sienten a menudo aislados en el plano diocesano –aun cuando participen de una comunidad tradicional activa- el sentido de pertenencia a la comunidad eclesial. Lo que fue verdadero en los tiempos del motu proprio Ecclesia Dei [1988], que veía a los fieles tradicionales como una comunidad aparte de la Iglesia local, sigue desgraciadamente siendo todavía verdadero después de 10 años del motu proprio Summorum Pontificum [2007], el que, sin embargo, trata a los fieles tradicionales como miembros de pleno derecho de la parroquia. Es que, por ahora, la práctica no está todavía a la altura de la teoría [Nota de la Redacción: véase los esfuerzos de restauración parroquial de los que dábamos cuenta aquí, aquí y aquí].

Nota de la Redacción: En la presentación de esta entrada hemos dicho que la colección de ensayos de Martin Mosebach sobre la liturgia tradicional, que lleva el sugerente título de La herejía de lo informe, no está traducido al español, como sí lo está a otros idiomas (por ejemplo, el inglés, italiano o francés). Sin embargo, esto sólo es cierto en cuanto a la existencia de una edición formal, pues los distintos ensayos que componen el libro están disponibles en español en el sitio The Whiskerer.