martes, 20 de diciembre de 2016

Las costumbres de Adviento

El Adviento y, singularmente, el tiempo de Navidad son una época del año cargada de festividades, celebraciones y ritos de gran calado popular. En la actualidad, el año litúrgico comienza con ese tiempo preparación para el nacimiento de Cristo que se celebra en durante los días de Navidad, donde convergen los anhelos de la Iglesia por la venida del Señor. Surge en la Galia e Hispania hacia el siglo IV, y hoy se compone de cuatro semanas, que incluyen los cuatro domingos anteriores al 25 de diciembre. A continuación revisaremos algunas de las costumbres antiguas y recientes que se viven durante el Adviento. 

 Robert Campin, La Anunciación (circa 1420-1440)
(Imagen: Wikimedia Commons) 

Costumbres antiguas

1. La confesión sacramental

Los tiempos litúrgicos de Adviento y Cuaresma tienen un carácter marcadamente penitencial, el que se refleja en los ritos y en el color morado de los ornamentos. Desde el siglo VIII está documentada la confesión durante el tiempo de Adviento. Aunque la Iglesia sólo imponga el mandamiento de confesarse una vez al año y en peligro de muerte, el creyente sabe que no puede celebrar con coherencia el Nacimiento de Aquel "que salvará al pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21) sin un esfuerzo por morir al propio pecado viviendo en la  espera vigilante del Señor que volverá al final de los tiempos. De ahí que, hasta el día de hoy, sigue siendo una costumbre muy arraigada del pueblo cristiano el acercarse al Sacramento de la Reconciliación antes de Navidad. 

2. Las Misas Rorate

Las Misas Rorate son Misas votivas de la Santísima Virgen, celebradas a comienzos del Adviento, y denominadas así por el canto del Rorate Caeli ("Cielos, lloved desde lo alto") en el introito. Es tradición que se celebren con cantos gregorianos y a la luz de las velas. Se las conoce también como Misas de aguinaldo, dado que dicha expresión es sinónima de los tradicionales villancicos que se cantan por Navidad. Por su importancia, en especial por la recomendación de su celebración hecha hace algunos días por el papa Francisco, dedicaremos a estas Misas una entrada separada durante esa semana (véase aquí dicha entrada). 

3. Las Antífonas de la O

Los últimos ocho días del Adviento tienen una gran carga simbólica, por la cercanía del nacimiento de Jesús, al punto que el Primer Concilio de Zaragoza (380) exhorta a la asistencia diaria a Misa a partir del 17 de diciembre.  Esos días se denominan las “ferias mayores de Adviento”. La antífona del Magníficat de las Vísperas comienza todos los días con una exclamación y una invocación a Cristo: ¡Oh Señor…!, ¡Oh, Raíz…!, ¡Oh, Hijo de David…! A partir de estas antífonas tiene su origen la advocación de Virgen de la Esperanza o de la O, cuya celebración tiene lugar el 18 de diciembre, la fiesta mariana más importante de la liturgia visigótica. Precisamente de la celebración de las ferias de la O, también llamadas olerías, deriva el Olentzero, figura que anuncia la Navidad en el ámbito vasco.


Virgen de la Esperanza (Hermandad de la O, Sevilla)

De estos usos litúrgicos sólo han quedado las antífonas de la O que claman a Jesús utilizando títulos mesiánicos sacados del Antiguo Testamento. Se utilizan como versículo del aleluya (a cantarse antes del Evangelio) y expresan la riqueza poética de la liturgia. En cada uno de los textos se une un título mesiánico de Cristo con una súplica para que venga pronto con su salvación. Expresan muy bien el espíritu del Adviento. Se utilizan también para las antífonas de Vísperas del Oficio Divino.

4. Las Témporas de Adviento 

Las Témporas son una antiquísima institución litúrgica vinculada a las cuatro estaciones del año, para reunir a la comunidad, instando al ayuno y a la oración, para dar gracias a Dios por los frutos de la tierra y pedir su bendición sobre el trabajo de los hombres. Nacieron en Roma y se difundieron con la liturgia romana. Al principio se celebraban en otoño, invierno, y verano, en los meses de septiembre, diciembre, y junio, que son los que corresponden a esas estaciones en el hemisferio norte. Por los sermones de San León Magno se conoce el significado de estas jornadas penitenciales, las que quedaron fijadas de forma definitiva por Gregorio VII en el siglo XI como breves ciclos litúrgicos estacionales.  

En la ordenación anterior a la reforma posconciliar se celebraban las Témporas correspondientes al inicio del invierno, de la primavera, del verano y del invierno. Era el tiempo designado también, junto con las plegarias, rogativas y ayuno, para conferir las órdenes sagradas. En la actual ordenación del calendario litúrgico se celebra una sola vez al año el día de acción de gracias. Es un día al final del verano en el que agradece los frutos de las cosechas. Su localización en el calendario e incluso su duración dependen de las Conferencias Episcopales de cada país, dada la disparidad de las estaciones. Por ejemplo, dicha celebración ha sido fijada en España para el día 5 de octubre, y en Estados Unidos de América para el cuarto jueves de noviembre, cuando se celebra el tradicional Día de Acción de Gracias (Thankgiving Day).

En cada una de las Témporas, la Iglesia nos invita a vivir el ayuno y la oración durante tres días (miércoles, viernes y sábado) con el fin de implorar al Señor sus bendiciones para la estación, pedir los frutos de la tierra y suplicar por nuevas vocaciones sacerdotales. El tercer día (sábado) queda destinado a la administración de las órdenes sagradas.

Las Témporas de Invierno (o cuartas) son las que corresponden al Adviento. Ellas se celebran el miércoles, viernes y sábado siguientes al 13 de diciembre, día de Santa Lucía. Si este día cae en miércoles, entonces las témporas serán el miércoles, viernes y sábado de la semana siguiente.

A las Cuatro Témporas hemos dedicado también una entrada separada. 

 Misa Rorate
(Foto: FSSP)

5. Las dramatizaciones de Adviento

Las dramatizaciones que se realizan durante el Adviento pueden tener una triple finalidad: conversión, catequesis y regalos. Existe una especie de auto de fe acerca de Adán y Eva o de los Apóstoles. Antes de volver a este mundo, Jesús envía a sus discípulos para que investiguen la vida de los hombres. Regresan y cuentan de toda clase de vicios, por eso exigen un castigo. La Virgen María, San Wenceslao y otros santos intervienen ante Dios para pedir clemencia.

6. Las posadas

La piedad popular celebró, y sigue celebrando, los últimos días previos a la Navidad con la costumbre de las posadas. Esta celebración, también denominadas las jornaditas, tiene especial importancia en Hispanoamérica, y singularmente en México, y se ha conservado también entre las tradiciones de los conventos femeninos de clausura. Consiste en que durante los siete días finales de Adviento se lleva una imagen de la Madre de Dios encinta de casa en casa y entre vecinos se reúnen para rezar y cantar. A veces también se llevan las estatuas de María y José. 

Otra tradición mexicana muy popular son las pastorelas. Ellas consisten en la recreación de los problemas que enfrenta un grupo de pastores para llegar a la adoración del Niño Jesús nacido en Belén. En el trayecto luchan contra Lucifer quien, representando los siete pecados capitales, pone todo tipo de trampas, obstáculos y tentaciones para hacerlos desistir. El Arcángel San Miguel libra una intensa batalla con él y finalmente lo vence. Se trata de un enfrentamiento entre el bien y el mal del que se desprenden ciertas lecciones. Estas representaciones adquieren un nuevo carácter al salir de los atrios de las iglesias para escenificarse en las calles y plazas, donde se recogen las costumbres y prácticas de cada región. 

7. El canto de la antífona Alma Redemptoris Mater

Desde el comienzo del Adviento y hasta el 2 de febrero, día de la Purificación de la Virgen o fiesta de la Candelaria, se canta la antífona mariana que lleva por nombre Alma Redemptoris Mater debido a la frase con la que comienza ("Augusta Madre del Redentor..."). 

Se atribuye la creación de esta antífona al monje benedictino alemán Herman de Reichenau o Augiensis, más conocido como Herman Contracto (1013-1054). Se trataba de uno de esos extraordinarios personajes que surgieron en la Edad Media, de saber poliédrico, que dominaban variadas disciplinas del conocimiento humano, prefigurando así el ideal humanista. Además de cronista, poeta y compositor se dedicó a las matemáticas, la astronomía, la geografía y la medicina.

Herman Contracto compuso la antífona Alma Redemptoris Mater basándose en los escritos de san Ireneo de Lyon (130-202), san Epifanio de Salamina (315-403) y san Fulgencio de Ruspe (462/467-527/533). El primero de ellos, padre de la Iglesia al que puede considerarse casi apostólico (pues fue discípulo de san Policarpo de Esmirna, quien lo fue, a su vez, del apóstol san Juan), fue quien habló de las dos Evas, asimilando María a la madre de todo el género humano: por ésta vino el pecado y por Aquélla la redención. San Epifanio (siglo IV) fue el primero en usar la expresión “siempre virgen” para referirse a la Santísima Virgen. Por su parte, san Fulgencio destacó el importante papel desempeñado por María en la economía de la salvación como madre del Redentor. 

La antífona fue usada originalmente como canto procesional de la hora de Sexta del oficio de la Ascensión. Fue el papa Clemente VI quien en 1350 determinó su lugar actual en el rezo de las horas canónicas, asignándole el tiempo de Adviento y Navidad (cada unas de las cuatro antífonas marianas tiene un tiempo litúrgico propio). Geoffrey Chaucer la menciona en Los Cuentos de Canterbury hacia fines del siglo XIV.

El Alma Redemptoris Mater ha inspirado hermosas composiciones musicales a lo largo de la historia. Aparte de las melodías gregorianas (en tono solemne y en tono simple), destacan el coro de Leonel Power († 1442), la bellísima polifonía a seis voces de Orlando di Lasso (1532-1594) y el coro a capella de Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525-1594), quizá una de las interpretaciones más conocidas.  


 Corona de adviento

Costumbres modernas

1. El repique de campanas de Adviento

Durante quince minutos se repican las campanas la víspera del I Domingo de Adviento, anunciando así el inicio de este tiempo de preparación para la venida de Cristo.

2. La corona de Adviento

Se trata de un conjunto de ramas verdes, de preferencia de especies perennifolias y en cualquier caso sin flores debido a la austeridad propia del Adviento, dispuestas o trenzadas en círculo, a las que se suman cuatro cirios ubicados en la periferia. Habitualmente, estos cirios son del color litúrgico del tiempo, vale decir, hay tres morados y uno rosado. El primer cirio se enciende el I Domingo de Adviento, junto con la lectura de un pasaje bíblico (generalmente, el Evangelio de ese día) o la realización de plegarias. Sucesivamente se encienden los restantes cirios, uno nuevo en cada uno de los siguientes domingos, hasta que en el domingo previo a la Navidad se encienden los cuatro cirios. A menudo, se coloca en el centro un quinto cirio de color blanco, que se enciende en Nochebuena o el propio día de Navidad. La costumbre se observa tanto en reuniones familiares como en servicios litúrgicos públicos, por lo que es usual verla en las iglesias durante este tiempo. 

Cada uno de los elementos de la corona posee un significado. El círculo es un símbolo del ciclo eterno de las estaciones, mientras que las especies perennifolias en general simbolizan la inmortalidad, y la luz se identifica con el espíritu y la fuerza de la vida que persiste, aún en medio de los días cortos y del frío que gobierna usualmente el Hemisferio Norte en el tiempo de Adviento. Esta luz que representa a Cristo, a partir del Evangelio de Juan que lo presenta como la "luz del mundo" (Jn 8, 12). De ahí que ella vaya naciendo durante el Adviento y se consume con la Navidad. El simbolismo es, pues, muy cercano con aquel que representa en toda su magnificencia la liturgia de la Vigilia Pascual. 

3. El pregón de Adviento

El pregón de Adviento tiene dos manifestaciones. La primera y más popular consiste en que grupos de niños, jóvenes y adultos recorren la ciudad y anuncian el Adviento mediante canciones apropiadas. La otra es de carácter más litúrgico y consiste en el texto que se lee en la Misa recordando los misterios que recuerda este tiempo. Nuevamente, existe un paralelo con la Vigilia Pascual, que se inicia con el pregón que bendice la culpa que nos ha merecido tan grande Redentor. 

4.  Los almanaques de Adviento

Los llamados "almanaques de Adviento" tienen formas diversas. Algunos son de cartón con 24 ventanillas: cada día se abre una y se descubre el mensaje que ella guarda. Otros consisten en una hoja de papel para cada día, el que lleva escrito oraciones o sugerencias para buenas acciones. En algunas regiones se conocen como las "maderas de Adviento", pues el propietario talla una ranura por cada buena acción realizada. Una versión comercial son las cajas con ventanilllas que esconden en su interior una chocolatina. 

Los niños pueden fabricar su propio almanaque personal, dividiendo una hoja de papel en tantas partes como días tiene el Adviento. Para cada día anotan una buena acción que quieren realizar: cantar una canción, lustrar los zapatos, comprar el pan, cuidar a los hermanos menores, jugar con los más pequeños, visitar a los abuelos, renunciar a los dulces o golosinas, compartir parte de la mesada con los pobres, etcétera.

 Almanaque de Adviento alemán

5. La preparación del pesebre

Aunque se ha ido implantando en los últimos tiempos el árbol de Navidad, la principal manifestación decorativa navideña ha sido siempre la instalación del belén, nacimiento o pesebre. Su finalidad es rememorar gráficamente el acontecimiento originario de la Navidad, el nacimiento de Jesucristo en el portal de Belén. Su origen puede remontarse a San Francisco de Asís, quien para celebrar la Navidad de 1223 construyó una reproducción del pesebre de Belén en un gruta de Greccio, y ha dado lugar a espectaculares manifestaciones artísticas, también notables por su valor etnográfico. Conocida es, por ejemplo, la tradición belenista de Nápoles. 

De esta forma, durante el Adviento se prepara el ambiente externo del pesebre (sin las estatuillas) y los niños pueden colocar un trozo de paja o un algodón para el Niño por cada buena acción que han realizado por amor a Dios . En otros lugares se coloca por cada día una figura más, de manera que el día 24 están ya todas las figurillas menos la del Niño. Ésta llegará sólo el día siguiente, cuando se conmemora la Natividad del Señor. 

Benedicto XVI recordaba sobre el pesebre de su infancia: "Cada año, nuestro 'Nacimiento' aumentaba con alguna figura y era siempre motivo de gran alegría ir con mi padre al bosque a coger musgo, enebro y ramitas de abeto" (Ratzinger, J., Mi vida, trad. de Carlos Dd'Ors Fühers, Madrid, Cristiandad, 7ª ed., 2005, p. 39).

En la Plaza de San Pedro es ya habitual la instalación tanto de un árbol de Navidad como de un pesebre. En 2016, el primero es un abeto rojo de 25 metros proveniente de los bosques de Scurelle, donado por la región de Trento, el que está decorado con bolas confeccionadas por los niños internados en los departamentos de oncología de los hospitales italianos y 18 mil luces LED de bajo consumo. Por su parte, el belén es un regalo de la arquidiócesis y el Gobierno de Malta y obra del artista Manwel Grech, ganador del concurso que se organizó para su diseño. El Nacimiento, colocado a los pies del obelisco, reproduce el paisaje maltés con su arquitectura, fauna y flora locales. También incluye la tradicional cruz de Malta y un “luzzu”, la típica embarcación de madera de Malta pintada de color azul y amarillo, que alude a la situación de los refugiados e inmigrantes que cruzan el Mediterráneo sobre barcazas para llegar a Europa. La obra mide 17 metros de largo, 12 de profundidad y 8 de alto, y cuenta con 17 figuras, sin incluir los animales.

El 1° de diciembre de 2019, coincidiendo con el Primer Domingo de Adviento, el papa Francisco ha publicado la carta apostólica Admirabile signum sobre el valor y significado del pesebre. En ella, el Santo Padre insta a conservar y recuperar esta bella y antigua tradición que "forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe": "Espero que esta práctica [de preparar en familia el pesebre] nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada".

6. Las plantas de Santa Bárbara.

En la fiesta de Santa Bárbara (4 de diciembre) se siembra maíz u otra semilla en recipientes con tierra. Se riegan cada día y así se dispone de un césped para adornar el pesebre cuando llegue la Navidad.

 7. San Nicolás

Al comienzo del Adviento, el 6 de diciembre, el calendario litúrgico recuerda la conmemoración de San Nicolás, un santo muy relacionado con la infancia. Esto explica que en tiempos antiguos ese día fuese la fiesta escolar por excelencia, por cuanto el santo se había alzado con el patronazgo de los escolares, entendiéndose estos por los miembros de una schola o escolanía. Su culto se difundió extraordinariamente, sobre todo desde que sus reliquias se trasladaron a la ciudad italiana de Bari en 1087. San Nicolás es el primer estadio de la popular figura de Santa Claus (corrupción de su nombre latino Sanctus Nicolaus) o Papá Noel de la tradición nórdica y anglosajona, ampliamente difundida con posterioridad a escala mundial. 

Para el día de San Nicolás existe la costumbre en algunos lugares de revestir de obispo a un amigo de la familia, quien visita a los niños. El personaje alaba a los pequeños por sus buenas obras y los invita a corregir sus defectos como preparación para la Navidad. Finalmente, les entrega algunos regalos. 

 Pesebre austríaco

8. El canto de los villancicos

Los primeros villancicos que se conocen fueron compuestos por los evangelizadores en el siglo V con la finalidad de llevar la Buena Nueva a los aldeanos y campesinos que no sabían leer. Sus letras hablaban en lenguaje popular sobre el misterio de la Encarnación y estaban inspirados en la liturgia de la Navidad. Estas composiciones recibieron el nombre de villanus por estar dirigidos a los aldeanos, y con el tiempo el nombre cambió a "villancicos". Éstos hablan en un tono sensible e ingenioso de los sentimientos de la Virgen María y de los pastores ante el Nacimiento de Cristo. En el siglo XIII se extienden por todo el mundo junto con los nacimientos de San Francisco de Asís.

El famoso Stabat Mater Speciosa es atribuido a Jacopone Todi (1230-1306), mientras que el popular Adeste Fideles data del siglo XVII y es de origen probablemente portugués. 

Los villancicos favorecen la participación en la liturgia de Adviento y de Navidad. Cantar villancicos es un modo de demostrar nuestra alegría y gratitud a Jesús y escucharlos durante el Adviento ayuda a la preparación del corazón para el maravilloso acontecimiento de la Navidad.

Nota de la Redacción: La presente entrada ha sido redactada a partir de la información suministrada por el sitio de los Misioneros del Sagrado Corazón, la cual ha sido complementada y reformulada. 


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Actualización [26 de diciembre de 2016]: En su edición del pasado 24 de diciembre, El Mercurio de Santiago publicó un reportaje sobre la larga tradición de los pesebres en Chile. Ahí se da cuenta de cómo una costumbre que llegó al país durante el período indiano, como parte de la evangelización de estas tierras, fue paulatinamente inculturizándose con elementos locales. 

Actualización [20 de diciembre de 2017]: El sitio Liturgia y Tradición católica ha publicado una entrada sobre le mensaje que ocultan las antífonas que se recitan entre el 17 y el 23 de diciembre, conocidas como "Antífonas de la ''O", respecto de las cuales hemos tratado en el cuerpo de esta entrada. Leídas en sentido inverso las iniciales latinas de la primera palabra después de la "O", dan el acróstico "ero cras", que significa "seré mañana" o "vendré mañana", la cual comporta la respuesta del Mesías a la súplica de sus fieles que esperan su venida el día de Navidad (siguiente al último en que se cantan las referidas antífonas). 

Actualización [5 de enero de 2018]: Lex orandi reproduce un artículo publicado originalmente en Liturgia y espiritualidad por Jaume González Padrós y referido a la ubicación del pesebre. Suele ser usual que en las parroquias se instale un pesebre que recuerde el nacimiento de Jesús en Belén, y no pocas veces éste se sitúa delante del altar. El artículo fundamenta por qué esa práctica, no obstante la piedad que la inspira, debe ser evitada, cuidando de no hacer perder la centralidad que el altar debe tener dentro del templo. Lo mismo cabría decir de las figuras que se utilizan, como recuerda El búho escrutador a propósito del pesebre de la Plaza de San Pedro del Vaticano.  

Actualización [2 de diciembre de 2019]: El día de ayer, Primera Domínica de Adviento, fue publicada la carta apostólica Admirabile signum sobre el valor y significado del pesebre. Hemos añadido la referencia a ella en el cuerpo de esta entrada. 

domingo, 18 de diciembre de 2016

50 años de Magnificat: la conferencia de Augusto Merino (segunda parte)

Publicamos a continuación la segunda parte de la conferencia dictada por el Profesor Augusto Merino Medina en el II Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile (2016).


 Prof. Augusto Merino
(Foto: USS)

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Lex orandi, lex credendi: cómo alterar la fe sin tocar la doctrina (II)

La modificación de la sensibilidad, afectividad y mentalidad católicas tradicionales

Para presentar en forma sucinta nuestras ideas no nos ha quedado más remedio que aproximar tres conceptos, el de sensibilidad, el de afectividad y el de mentalidad, que si bien no son equivalentes, tienen innumerables conexiones, de modo que su mero acercamiento, sin despejar naturalmente todas las cuestiones que se suscitan, realza el parentesco e ilumina, confiamos, el ámbito de la realidad espiritual a que nos queremos referir.

Con “mentalidad católica” aludimos aquí a esa “visión de mundo” o Weltanschauung propia del catolicismo, atendiendo para su especificación sobre todo a la sensibilidad que es propia del modo católico de abordar la vida religiosa con sus prácticas, sus devociones, sus formas de dirigirse a Dios, a Cristo, a la Virgen, a los Santos y de relacionarse con ellos. Con la aproximación de estas realidades, que se intersectan en innumerables lugares pero que no se confunden, queremos apuntar a que, lo que el católico “siente” cuando entra en la esfera de la religión, está empapado, en muy diversos grados pero siempre inconfundiblemente, por lo que cree. O sea, se ora según lo que, sin necesidad de expresión explícita, se cree. Esto no es raro, supuesto que exista un mínimo de “unidad de vida”–que casi siempre se da en el orden de “lo que se cree y lo que se siente”, aunque no en el orden “de lo que se cree y se obra”-. 

 (Foto: Church Militant)

Para decirlo de otro modo, estamos aquí en presencia de lo que podríamos denominar el “sentido común” católico. De ordinario el sentido común no es una instancia reflexiva de la vida del individuo, en la cual éste explicita lo que entiende de la realidad, sino que se manifiesta con espontaneidad, y lo hace a menudo en una forma que conlleva no sólo un juicio implícito sobre alguna realidad que se le presenta, sino también una reacción sensible o afectiva, ya sea de atracción o de rechazo. La sensibilidad aprueba o desaprueba sin que preceda necesariamente una intervención de la inteligencia que emite un veredicto sobre la verdad o falsedad, sobre la bondad o maldad de una cosa. No es que, al cabo, la sensibilidad prescinda totalmente de veredictos de ese tipo, sino que de ordinario éstos son, podríamos decir, mecánicos, condicionados por el hábito, por lo que se ha aprendido y asimilado según el medio en que se vive.

Precisamente porque el sentido común tiene que ver con eso que hemos llamado “unidad de vida”, que recibe el influjo del medio, es que resultan de particular interés los análisis que de él ha hecho Antonio Gramsci (1891-1937), los cuales explican la importancia que este autor le atribuye en cuanto manifestación de una hegemonía cultural; sentido común que él explica en términos de hegemonía de una clase social sobre otra en el marco de un “bloque histórico”. En el caso de nuestro estudio, la hegemonía cultural se explica por el predominio de una forma de religiosidad sobre otra o, atendiendo al momento reflexivo, de una teología sobre otra. Y, tal como en el caso de los análisis de Gramsci sobre el sentido común, es este sentido común religioso o cultura religiosa de raigambre finalmente teológica, lo que mantiene unida, o cementada, la trama de toda la vida de la colectividad religiosa, con sus creencias, sus prácticas, sus ritos, sus devociones. Si se modifica dicha cultura en sus sensibilidades y afectos, cambia la vida religiosa en su realidad cotidiana, incluso antes de que cambie, formalmente, la fe que se tiene. En un primer momento, se vive y se siente; en un segundo momento, reflexivo, se advierte cuál y cómo es la fe asociada y se procede a teologizar.

 Antonio Gramsci (1915)

Ahora bien, precisamente porque el hombre común vive primero y luego reflexiona, es que lo que se le habitúa a oír, o a ver, o a contemplar, o a hacer, tiene tan grande importancia: ello moldea o condiciona, finalmente, su Weltanschauung. Y con ello moldea o condiciona también su identidad colectiva misma: yo soy africano, yo soy europeo; yo soy burgués, yo soy proletario; yo soy esto o lo otro. Gramsci y otros autores marxistas afines lo han visto muy bien: mediante el cambio del sentido común, se puede inducir un cambio de la identidad. En otras palabras, si se va modificando paulatinamente la sensibilidad y, con ella, la mentalidad, se puede conseguir como resultado un cambio de identidad junto con un cambio de teología.

Pido excusas por lo tosco de este desarrollo que, más que adecuadamente explicado y fundamentado, quisiera dejar aquí sólo sugerido.

Es a su luz que se podrá comprender lo que expondré a continuación, cuyo hilo central es el siguiente: mediante el cambio de las palabras y símbolos de la Misa y de la liturgia y mediante el cambio en la música, mediante los cuales tradicionalmente se ha expresado la fe, se ha ido cambiando gradualmente los afectos que la gente experimenta al participar en los ritos, y el cambio de la sensibilidad ha abierto la puerta al cambio de lo que, en el momento de la reflexión, se reconoce creer.

El paulatino cambio del “sentido común” católico, especialmente por el flanco de la sensibilidad y la afectividad, tiene, en efecto, como última etapa, el cambio en la fe. Pero la fe no se toca directamente o de buenas a primeras. Tal como el propio Gramsci, en lo que se refiere al ámbito político-social, lo ha sugerido en innumerables ocasiones, lo que ha de hacerse, ha de hacerse de modo oblicuo, disimulado y gradual, empleando toda la ambigüedad conceptual de que se sea capaz. Este cambio de estrategia en el contexto del marxismo, comparada con la estrategia de un Lenin, por ejemplo, es quizá lo más relevante de Gramsci para el tema de este trabajo. Es, por lo demás, como diremos, una estrategia empleada con éxito por reformadores de siglos anteriores, como Cranmer en la Inglaterra del siglo XVI.

 Gerlach Flicke, Retrato de Thomas Cranmer (1545)


Devaluar el statu quo litúrgico

Debido a que es necesario dar nacimiento a una nueva sensibilidad, lo primero que importa es ir creando, en la liturgia, un “clima” general de nuevas ideas, de nuevas apreciaciones, de nuevas valoraciones. Esto no es difícil en el mundo contemporáneo, en que hay un prejuicio institucionalizado a favor de lo nuevo y en contra de lo antiguo: lo moderno no es hoy algo que deriva orgánicamente de lo antiguo, sino algo que desecha lo antiguo, lo rechaza y plantea una novedad a partir de cero. Ese es el mensaje de la famosa “querella de los antiguos y los modernos” que tuvo lugar en el siglo XVII. Esto está ya plenamente consolidado en la vida cotidiana: el hombre actual está acostumbrado a que cada nuevo año haya una nueva versión de tablet, o de iPhone, o de automóvil, que trae tales o cuales innovaciones sin los cuales no parece posible seguir viviendo… En resumen, lo nuevo es siempre mejor que lo antiguo, y la novedad, más interesante que lo archiconocido, sobre todo si se trata de novedades que, se nos suele decir, vienen inspiradas por el Espíritu.

Por ejemplo –y esto es algo que ya parece haberse conseguido en el nivel del sentido común de los fieles-, hay que machacar que, en las funciones del culto, es más importante la calidez que el cumplimiento de las normas litúrgicas, o sea, que la “rigidez”; es más importante la espontaneidad en la manifestación de las emociones que el deber de respetar las rúbricas; más importante la “apertura” que la “cerrazón” en materia de nuevas formas de celebración; más importante la flexibilidad y la sorpresa que lo estricto en las ceremonias. Según decía Mario Benedetti, hay tres cosas que se debe evitar en geometría: el triángulo amoroso, el círculo vicioso y la mente cuadrada. Quien valora la Tradición es cuadrado, rígido, cerrado, estricto, cosas todas que hoy se consideran negativas.

 Misa Novus Ordo con globos en Australia (2002)
(Foto: Stat Veritas)

No es, pues, necesario entrar a la crítica de nada en concreto, ni someter a escrutinio ritos o costumbres o actitudes porque los fieles no están en condiciones, normalmente, de seguir una argumentación de este tipo ni de comprenderla. Lo que importa es la “sensación” que se deja, el desconcierto o duda que se siembra en los corazones sobre aquello que se quiere desacreditar. Lo que interesa, al cabo, es hacer triunfar la idea de que es más importante lo informe que lo formal, pero entendiendo por “informe” la “sustancia”: al espíritu irreflexivo esto le parece como una verdad apodíctica: es más importante la sustancia que la forma. Y como la mayor parte de los seres humanos no reflexionan, o reflexionan de acuerdo con las directrices que proporcionan los medios de comunicación y la propaganda, la batalla se gana con asombrosa facilidad.

Y con eso estamos ya en el corazón de la “herejía litúrgica”, que consiste en el odio a la Tradición y a las formas tradicionales o, más radicalmente todavía, a todas las formas, consideradas como opuestas al “fondo”, evaluadas como meras “formalidades” en conflicto con la “sustancia”.

La estrategia normalmente seguida por los modernistas en materia litúrgica es el ataque oblicuo, disimulado (muy en el espíritu gramsciano). Si se me permite recordar una analogía que ha sugerido Christopher Ferrara en su libro The Great Façade, cuando se quiere ir de a poco desmontando una joya, lo que se hace es ir debilitando su engarce, retirando las pequeñas piedras preciosas que la rodean y mantienen en su lugar y, en cierto modo, la protegen. Se comienza con tocar, por ejemplo, el Santo Rosario, con cambiarlo, o por quitarle presencia, o por asociarlo a una “piedad de viejas” o “preconciliar”. Y lo mismo ocurre con otras manifestaciones de piedad, como el uso del agua bendita, o la invocación o el culto a los santos, o el uso de jaculatorias a lo largo del día, o el empleo del escapulario. En la Iglesia contemporánea hay un claro movimiento de alejamiento de estas formas de piedad, sin que se llegue a desaconsejar, por ejemplo, la asistencia diaria a Misa, o la confesión frecuente, aunque a veces también se oyen consejos en ese sentido. Pero se disminuye, con razón o sin ella, el número de Misas que se celebran (hoy los sacerdotes prefieren decir una sola Misa concelebrada), y se dificulta al máximo la administración de la confesión.

 Concelebración masiva
           
Es impresionante constatar, en este aspecto, la similitud de la estrategia y de la secuencia de cambios litúrgicos realizados en la Iglesia católica durante eel siglo XX con la usada por el obispo Cranmer en la Inglaterra del siglo XVI bajo el lema de la ambigüedad y la gradualidad. Basta hacer un rápido recuento: 

1. El primer y más impactante cambio es, como se sabe, el reemplazo del latín por el vernáculo, pero, enseguida, la supresión del silencio en el Canon. Entre nosotros el reemplazo del latín se hizo de modo gradual[1], exactamente igual que en la Inglaterra de Cranmer[2].

2. Segundo, el cambio de la posición del altar, separado de la pared o del retablo y, sobre todo, del tabernáculo, y su reemplazo por una mesa, con la consiguiente práctica, que rompe con quizá la única tradición cuya existencia está sólidamente documentada en la más remota antigüedad cristiana, del rezo hecho de cara al Oriente, es decir, de cara a Dios[3]. Cranmer, del mismo modo, ordenó la destrucción de los altares ya en 1548, dando lugar a terribles episodios de iconoclastia, en que se destruyó el ara y se la puso en el piso del atrio del templo, para que los fieles pudiesen también pisarla al entrar o salir. La idea detrás de esto era que los cristianos no necesitaban un lugar para el sacrificio, ya que no había víctima que poner sobre él. En lugar del altar se instaló en el presbiterio de las iglesias inglesas una mesa de madera, que no necesitaba estar orientada hacia el Oriente, que es la correcta orientación sacrificial. Calvino, cuya influencia se dejó sentir en esto, decía que “Dios nos ha dado la mesa, ante la cual debemos festejar, y no un altar sobre el cual se deba ofrecer una víctima: Él no ha consagrado sacerdotes para ofrecer sacrificios, sino ministros para distribuir el banquete sagrado”[4]. Como se sabe, entre nosotros la conceptualización de la Santa Misa como “cena” ha sido un poderosísimo caballo de batalla. A menudo se oye al sacerdote decir al final de la Misa: “Podéis ir en paz. Hemos celebrado la cena del Señor”…

3. Tercero, la supresión de la mayor parte de los ornamentos del clero que oficia en el altar, reduciéndolos a un mero mínimo, que en ocasiones es solamente la estola, el menos aparente o visible de ellos, así como de los objetos preciosos usados en el culto. Y, sobre todo, la alteración del estilo: en la obsesión por romper todo lazo con la Iglesia posterior a Trento, se abandonaron las casullas barrocas, reemplazándolas por –oh, paradoja- las propias de la Edad Media, el período más odiado por los reformadores, pero que, en este aspecto, permitía evocar de algún modo los ropajes de determinados períodos del Imperio Romano. Naturalmente, el mensaje detrás de este expolio es que entre el sacerdote y los laicos no hay una radical diferencia en el orden del sacerdocio. La iconoclastia en este aspecto ha sido, en Chile, tan feroz que hasta hoy se puede encontrar a la venta, incluso en los anticuarios más modestos, todo un despliegue de casullas, estolas, manípulos y velos de cáliz (cuatro piezas que iban normalmente hermanadas). A veces también se alude a la necesidad de impregnar las ceremonias del culto de una “noble simplicidad”, como si el rito romano no fuera ya uno de los más parcos, escuetos y simples en todas sus expresiones, tanto visuales como auditivas y conceptuales; “noble simplicidad” que jamás ha sido definida, por cierto. De modo análogo a lo sucedido entre nosotros, en Inglaterra se llevó a cabo igual expolio. De acuerdo con las disposiciones del arzobispo de York durante Isabel I, Edmund Grindal, en documento expedido en 1571, “todas las vestimentas, albas, túnicas, estolas, manípulos, copones, medallas, incensarios, crismatorios, cruces, velones, agua bendita […] imágenes, reliquias y monumentos de la superstición y la idolatría deberán ser completamente mutilados, rotos y destruidos”[5].

 La revuelta iconoclasta calvinista del 20 de agosto de 1566 en Amberes (Frans Hogenberg)
(Imagen: Wikimedia Commons)

4. Cuarto, la recepción de la comunión de pie y en la mano por fieles que hacen una fila en vez de presentarse de rodillas a los pies del presbiterio, tiene también un inmediato impacto en la exterioridad, pero con una intencionalidad tan trascendental como puede advertirse en igual cambio realizado por los reformadores ingleses en el siglo XVI, es decir, la negación de la Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo en las especies consagradas.

Durante todo el período de demolición de los símbolos e imágenes y, al cabo, de transformación de la sensibilidad y del sentido común del católico inglés, Cranmer mantuvo en la oscuridad la teología que estaba poniendo por obra. Esta sólo vino finalmente a salir a la luz cuando el Prayer Book ya estuvo consolidado en 1553 [Nota de la Redacción: el autor se refiere al Book of Common Prayer, cuya primera edición es de 1549], es decir, unos 20 años después de comenzados los cambios litúrgicos. Y lo mismo ha sucedido entre nosotros: la presentación en sociedad de la “teología del misterio pascual”, que viene a reemplazar a la “teología de la redención”, aunque ya había sido tímidamente sugerida antes, sólo vino a hacerse con la debida publicidad y solemnidad cuando las reformas litúrgicas ya estaban debidamente y seguramente encaminadas[6].



[1] En este sentido, un paso intermedio de gran importancia fue el Misal de 1965. En Chile, la primera Misa en español y siguiendo las reformas inspiradas en la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre sagrada liturgia fue celebrada el 7 de junio de 1964.

[2] Davies, El ordo divino de Cranmer, cit., cap. XI.

[3] Cfr. Pío XII, Encíclica Mediator Dei, núm. 80.

[4] Davies, El ordo divino de Cranmer, cit., citando a Calvino, J., Institutes of the Christian Religion, Londres, 1838, Libro IV, XVIII, vol. II, núm. 12, p. 526. 

[5] Davies, El ordo divino de Cranmer, cit., citando a Bridgett, T. E., A History of the Eucharist in Britain, Londres, 1908, p. 63.

[6] Cfr. Centro de Pastoral Litúrgica de París, El misterio pascual, trad. española, Salamanca, Ediciones Sígueme, 1967, especialmente el artículo de Aimon-Marie Roguet, “¿Qué es el misterio pascual?”, pp. 15-32.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Exposición del Hogar Catequístico

El hall de acceso a la Casa Central de la Pontificia Universidad Católica de Chile (Av. Libertador Bernardo O'Higgins 340, Santiago, Metro L1 Universidad Católica) alberga actualmente una interesante exposición con hermoso material didáctico para la catequesis preparado por el Hogar Catequístico en el curso de sus ochenta años de historia, los que se conmemoran este año. La exposición estuvo antes en el Campus San Joaquín de la misma universidad, como daba cuenta en su día la noticia aparecida en el sitio oficial de la Iglesia de Santiago. 

El Hogar Catequístico, según lo consigna su página oficial, es una institución sin fines de lucro, nacida el 4 de agosto de 1936 por iniciativa de la Sra. Elisa Valdés Ossa (1894-1973) y un grupo de laicos que asumió el compromiso de la necesidad de formar maestras de Religión y así colaborar con la misión evangelizadora de la Iglesia, y específicamente en el ministerio de la educación religiosa escolar, formando lo que en esa época se designaba como profesorado catequístico, y en la creación de material didáctico para la catequesis.

En 1940, de acuerdo a la experiencia alcanzada y desde el reconocimiento de la excelencia en la formación, el Hogar Catequístico fue declarado Instituto Anexo de Catequesis a la Pontificia Universidad Católica de Chile, pudiendo conferir el título de “Pedagogía en Catequesis”. Esto se ajusta a los marcos legales de la profesión docente vigentes desde 1939.

En 1989 la Fundación Hogar Catequístico, considerando la experiencia sistematizada y el conocimiento logrado, creó el Instituto Profesional Hogar Catequístico, para ofrecer las carreras de profesor de Educación Religiosa para la Enseñanza Básica y Media. La aprobación eclesiástica fue otorgada por el Decreto núm. 241,  de 10 de julio de 1989, y obtuvo el reconocimiento del Ministerio de Educación mediante el Decreto Exento núm. 188, de 27 de noviembre de 1989.


S.Em.R. Ricardo Ezzati, Arzobispo de Santiago, visitando la exposición cuando fue inaugurada en el Campus San Joaquín de la Pontificia Universidad Católica de Chile

En diciembre de 2006 obtiene la autonomía plena ante el Ministerio de Educación, iniciándose un nuevo desafío, la acreditación institucional y de sus carreras.

Luego, en 2008, se produce una nueva reforma de los Estatutos de la Fundación que tuvo por objeto la incorporación plena del Instituto a la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Actualmente, el Instituto forma profesores y profesoras de Religión a través de las carreras de Pedagogía en Educación Religiosa para la Educación Básica y Pedagogía en Educación Religiosa para la Educación Media, además del Programa Académico de Pastoral Catequística y la Mención en Religión para Profesores de Educación General Básica, Educadores(as) de Párvulos, Profesores de Educación Básica en un Sector de Aprendizaje y Profesores de Educación diferencial.

A continuación les ofrecemos a nuestros lectores una selección de fotografías del material catequético que puede verse en la exposición, entre las que se cuentan las figuras didácticas que representan la celebración de la Santa Misa.