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sábado, 13 de abril de 2019

Las estaciones cuaresmales

Las estaciones cuaresmales consisten en una compleja liturgia católica, de carácter estacional, que se desarrolla en los días de Cuaresma en la diócesis de Roma (si bien existen y han existido intentos, con mayor o menor éxito, de llevarla a otras diócesis, como ocurría en el antiguo rito parisino). El nombre que recibe esta liturgia procede del latín statio, vocablo militar que significa "estar en guardia, velar", para significar que este modo de proceder era una manera de recordar al cristiano la necesidad de permanecer vigilantes en estos días. Así "hacer estación" o "estar de estación" llevaba implícita la necesidad penitencial de ayunar y de velar en la fe. 

 Juan XXIII preside la cuarta estación cuaresmal (12de marzo de 1961)

En principio se trataba de reunirse en un lugar conveniente para la liturgia cuaresmal presidida por el obispo de Roma, que honraría sucesivamente con su presencia las comunidades más significativas en la que se ejercía su jurisdicción litúrgica. Con el paso del tiempo, a esta práctica se fue añadiendo la costumbre de que los fieles se reunieran en un lugar fuera de la iglesia para dirigirse luego en procesión hacia ella, llevando, donde la hubiere, la reliquia de la “Vera Cruz”. La procesión simboliza el camino penitencial de la Cuaresma como tránsito hacia la Pascua. Era costumbre que la iglesia estacional estuviera engalanada y abierta al pueblo durante todo el día en que le correspondía su turno. 

Esta práctica, que se remonta a los siglos V y VI, pero con antecedentes en otros lugares de la Cristiandad, tuvo su origen en la antigua costumbre de los Papas de celebrar la Eucaristía asistidos por todos los presbíteros de Roma en una de las 43 basílicas estacionales de la ciudad de Roma; aunque el término “estación” se aplicaba ya desde el siglo II a la reunión de la comunidad los días de ayuno y oración (miércoles y viernes). De un primer momento histórico proceden las estaciones a las basílicas principales romanas, San Pedro, San Pablo, Santa María la Mayor, San Lorenzo y Santa Cruz de Jerusalén. En estos templos tenían lugar los oficios litúrgicos los domingos y las ferias importantes de la semana (miércoles, viernes y sábado). Al surgir esta costumbre, la elección de la basílica quedaba al arbitrio del Papa, pero pronto fue regulada según un orden fijo más estable, y explicitada en los libros litúrgicos. En un momento posterior, en el siglo V, se fueron incorporando más templos para cubrir todos los días de la semana, excepto los jueves. Del siglo VIII proceden las Misas estacionales de este último día. La observancia de las estaciones sufrió con el exilio de Aviñón y con los tiempos turbulentos que lo siguieron, evitando la participación en persona de los Papas, pero la costumbre experimentó un resurgimiento luego de las reformas tridentinas.  

En cuanto al desarrollo de las estaciones, cada día se reunía la comunidad en una iglesia menor (llamada collecta). El Papa salía desde el palacio de Letrán en procesión. Lo precedían los acólitos, luego los siete diáconos de Roma junto a sus subdiáconos, y finalmente el Papa montado a caballo. No se dirigía a la iglesia estacional, sino a la iglesia menor, ya referida, en donde lo esperaba la asamblea de los fieles. Al llegar, entraba a la sacristía y se revestía con el alba, la tunicela, la dalmática, la casulla, el palio y la mitra. Ya revestido, subía al altar y saludaba al pueblo. Luego decía “Oremus”. En ese momento el diácono pedía a todos que se arrodillaran (flectamus genua) y, tras un momento de oración en silencio, pedía que se incorporaran (levate). Cuando todos se habían puesto de pie, el Papa rezaba la oración colecta estacional. 

Cuando terminaba la oración colecta, el diácono mandaba iniciar la procesión (procedamus in pace, a lo que se respondía In nomine Christi). Entonces se iniciaba una procesión hacia la iglesia estacional. El subdiácono llevaba la cruz procesional, a la que seguía la férula papal. A la usanza imperial, avanzaba un turiferario y siete acólitos con candeleros. El Papa caminaba asistido por dos diáconos. Mientras tanto se entonaban himnos penitenciales. Cerca de la iglesia estacional el subdiácono que portaba la cruz iniciaba el canto de las Letanías de los Santos.

 Juan XXIII peregrinando hacia Santa Sabina
(Foto: Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española)

Llegados a la iglesia estacional, el Santo Padre se dirigía al presbiterio y se cantaba el introito de la Misa. Al concluir, omitido el Kyrie porque ya se había cantado en las letanías, el Papa decía “Oremus”. Nuevamente el diácono pedía a los fieles arrodillarse por un momento, tras lo cual el Papa rezaba la oración colecta de la Misa. Luego la Misa continuaba como de costumbre hasta antes de la comunión.

Los sacerdotes que acudían a esta celebración recibían una partícula del pan consagrado por el Romano Pontífice. Este fragmento se llamaba fermentum. Esta partícula la llevan a sus iglesias para añadirla al pan que ellos consagraban o al cáliz (costumbre que es el origen de la partícula del Agnus Dei). Con este fermentum se significaba la unión de las demás Misas con la estación papal, y era un signo de comunión con el Santo Padre.

Como algunos fieles se retiraban de la iglesia antes de la comunión, el subdiácono anunciaba antes de dicho momento en dónde se celebraría la siguiente estación: "Crastina die veniente collecta erit in Ecclesia N., statio in Ecclesia N.", a lo que respondía la schola: "Deo gratias".

Tras la oración después de la comunión, el diácono pedía a todos los presentes que inclinaran la cabeza. Entonces el papa rezaba una oración sobre el pueblo. Luego, el diácono terminaba la celebración con el Ite Missa est.

 (Foto: Liturgia papal)

Si el Papa no podía presidir la estación, un acólito le llevaba un algodón mojado en el aceite de las lámparas de la iglesia estacional y le decía: “Hoy ha sido la estación en Santa Sabina, que te saluda”. El Santo Padre recibía el algodón y lo entregaba a su cubiculario, quien lo conservaba para rellenar la almohada fúnebre del pontífice.

Las oraciones y las lecturas hacían referencia a los santos y mártires relacionados con esos templos. A veces, la relación era sencilla de identificar; en otros casos, la referencia era muy sutil. Por ejemplo, el día en que se celebraba en la Iglesia de San Vital, que fue arrojado a una fosa, se leía la historia del patriarca José, que fue arrojado por sus hermanos a un pozo; en Santa Susana, mártir romana, se leía la historia de Susana en el libro de Daniel; en San Marcos, donde está la tumba de los santos Abdón y Senén, que llegaron a Roma desde Persia, se leía la historia de Naamán, que peregrinó desde Siria hasta Israel para encontrarse con el profeta Eliseo; en Santa Prudenciana, se leía un evangelio relacionado con san Pedro, que se alojó en su casa; etcétera. 

Al pasar de los años esta práctica fue cayendo en desuso, aunque la Iglesia de Roma siempre la conservó. Para el resto de la Iglesia (salvo intentos de revitalizar la práctica, como por ejemplo en Venecia, donde la costumbre fue introducida en 1917), progresivamente quedó  solamente como reminiscencia el hecho que en los misales se especificara la iglesia en la cual debía hacerse la estación ese determinado día de Cuaresma. Así, por ejemplo, para el Miércoles de Ceniza, cuya estación era celebrada en la Basílica de Santa Sabina, el misal decía: “Miércoles de Ceniza: Feria de primera clase. Estación en Santa Sabina”.

Las estaciones romanas se suspendieron en 1870, año en que los saboyanos insurgentes tomaron Roma y prohibieron los actos de culto fuera de los templos. Fueron restauradas, tras sesenta años, en 1931, gracias al ambiente favorable creado por los Pactos Lateranenses de 1929. Tras una fuerte decadencia en los años setenta del siglo XX, en que la mayoría del clero las consideró obsoletas, hoy se asiste en Roma a una progresiva recuperación. En 1993 el Oficio Litúrgico del Vicariato publicó nuevos textos y esquemas celebrativos. Incluso, desde 2010, en su difusión, se realizan convocatorias para colocar en los templos con fechas y horarios estacionales. En la actualidad, el Papa celebra una estación romana el Miércoles de Ceniza. Se reúnen la asamblea en la Iglesia de San Anselmo, y desde ahí parten a la Iglesia de Santa Sabina, en donde el Santo Padre celebra la Misa. En los demás días de Cuaresma, y en la Octava de Pascua, se celebran estaciones en las iglesias estacionales que corresponden a cada día. Suelen hacerse dos celebraciones al día: una en la mañana y otra en la tarde. Esta última se procura que sea presidida por el cardenal titular de la iglesia y, de no ser posible, por un obispo.

Hoy en día se está experimentando la promoción en zonas de la periferia de la urbe de iglesias estacionales vicarias, para los fieles a los que les es dificultoso por la distancia asistir a las tradicionales. De la misma manera se ha trasplantado esta costumbre fuera de Roma, por ejemplo en Chieti, por citar algún lugar de Italia, e incluso en algunas diócesis de Estados Unidos.

 (Foto: Liturgia papal)

Por último consignamos aquí el listado de estaciones cuaresmales (disponible en la página de la Santa Sede):

Miércoles de Ceniza Sta. Sabina, en el Aventino
Jueves S. Jorge al Velabro
Viernes Ss. Juan y Pablo, en el Celio
Sábado S. Agustín, en Campo Marzio
Domingo I de Cuaresma S. Juan de Letrán
Lunes S. Pedro en Cadenas, en Colle Oppio
Martes Sta. Anastasia (S. Teodoro), en el Palatino
Miércoles Sta. María la Mayor
Jueves S. Lorenzo, en Panisperna
Viernes Ss. XII Apóstoles, en el Foro de Trajano
Sábado S. Pedro en la Ciudad del Vaticano
Domingo II de Cuaresma Sta. María en Domenica alla Navicella
Lunes S. Clemente, junto al Coliseo
Martes Sta. Balbina, en el Aventino
Miércoles Sta. Cecilia, en Trastévere
Jueves Sta. María en Trastévere
Viernes S. Vital en Fovea (Via Nazionale)
Sábado Santos Marcelino y Pedro, en Letrán (Via Merulana)
Domingo III de Cuaresma S. Lorenzo extramuros
Lunes S. Marcos, en el Capitolio
Martes S. Prudenciana en el Viminal
Miércoles S. Sixto (Ss. Nereo y Aquiles)
Jueves Ss. Cosme y Damián in Via Sacra (Foros Imperiales)
Viernes S. Lorenzo en Lucina
Sábado Sta. Susana en las Termas de Diocleciano
Domingo IV de Cuaresma S. Cruz de Jerusalén
Lunes Los Cuatro Santos Coronados en el Celio
Martes S. Lorenzo en Dámaso
Miércoles S. Pablo Extramuros
Jueves Ss. Silvestre y Martín en el Monte
Viernes S. Eusebio en el Esquilino
Sábado S. Nicolás in Cárcere
Domingo  V de Cuaresma S. Pedro en la Ciudad del Vaticano
Lunes S. Crisógono en Trastevere
Martes S. Ciríaco (S. María en via Lata al Corso)
Miércoles S. Marcelo en el Corso
Jueves S. Apolinar en el Campo Marzio
Viernes S. Esteban en el Celio
Sábado S. Juan ante la Puerta Latina
Domingo de Ramos S. Juan de Letrán
Lunes Sta. Práxedes en el Esquilino
Martes Sta. Prisca all'Aventino
Miércoles Sta. María la Mayor
Jueves S. Pedro en la Ciudad del Vaticano (Misa Crismal) -S. Juan de Letrán (Misa in Coena Domini)
Viernes Sta. Cruz de Jerusalén (Liturgia de la Pasión del Señor)
Sábado S. Juan de Letrán (Vigilia Pascual)
Domingo de Pascua Sta. María la Mayor (Misa del día de Pascua de Resurrección).
Lunes del Ángel S. Pedro en la Ciudad del Vaticano
Martes S. Pablo extramuros
Miércoles S. Lorenzo extramuros
Jueves Ss. XII Apóstoles, en el Foro de Trajano
Viernes Sta. María de los Mártires, en Campo Marzio (Panteón)
Sábado S. Juan de Letrán
Domingo II de Pascua (in Albis) S. Pancracio

Respecto del listado anterior, cabe hacer notar que
antes de la reforma litúrgica (1969), existía un período de antecuaresma en la que ya se practicaba el rito estacional: el Tiempo de Septuagésima, tres semanas de transición entre las alegrías de la Navidad y la Epifanía y las austeridades cuaresmales. Sus iglesias estacionales indicaban una gradualidad ascendente: San Lorenzo Extramuros, San Pablo Extramuros y San Pedro del Vaticano.

Nota de la Redacción: La presente entrada ha sido preparada a partir de las siguientes fuentes de información: (i) la entrada de Wikipedia en español dedicada a las estaciones cuaresmales; (ii) la sección dedicada a la liturgia estacional romana cuaresmal en Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española; (iii) las entradas que dedica la bitácora Principios católicos a la liturgia estacional y las iglesias estacionales; (iv) la entada sobre las Misas estacionales en el sitio Liturgia papal; (v) la entrada sobre el sentido y significado de las estaciones cuaresmales en la bitácora Antorcha de Cristo. 

sábado, 29 de diciembre de 2018

"Noche de paz" cumple su segundo centenario

Les presentamos una traducción de un artículo del Dr. Peter Kwasniewski sobre el bicentenario del que es probablemente el villancico más famoso de todo el orbe, Noche de Paz (Stille Nacht), conmemoración a propósito de la cual el autor nos recuerda la importancia de preservar la hermosa costumbre de cantar villancicos en el tiempo de Navidad.

El artículo fue publicado originalmente en New Liturgical Movement, de donde ha sido traducido por la Redacción. 

 El Vicario Josef Mohr, autor de la letra de Noche de Paz (vitral en la capilla conmemorativa en Oberndorf)


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Feliz 200° cumpleaños para Noche de paz, y por qué es tan importante cantar villancicos


Peter Kwasniewski

Hace exactamente 200 años, el 24 de diciembre de 1818, el entrañable villancico navideño Noche de paz (Stille Nacht), con letra del Rvdo. Josef Mohr y música del organista Franz Xaver Gruber, fue interpretado por primera vez en la Iglesia parroquial de San Nicolás, en Oberndorf bei Salzburg, Austria.

Puede se una sorpresa saber que el villancico original tenía un acompañamiento de guitarra. En 2008, The Wyoming Catholic College Choir grabó esta versión (tomada del The New Oxford Book of Carols) en el CD Christmas in God's Country. En ella se percibe de inmediato el parentesco de la música con las encantadoras canciones populares de la campiña austriaca:


En parte por afecto hacia la hermosa melodía, y en parte por el deseo de darle a la pieza un aspecto algo más oscuro, hice mi propio arreglo en 2010 para un coro SATB, con un doble descenso en la segunda estrofa y un acompañamiento opcional de flauta en la tercera. Para cualquiera que esté interesado en cantarlo, he puesto la partitura (que figura en mi libro Sacred Choral Works) al pie de este artículo. La siguiente versión, cantada por el Coro del Oratorio de St. Mary bajo la dirección de Patrick Burkhart, usa el ajuste SATB para las tres estrofas, sin discanto ni flauta:



Hay un poder emocional y una fuerza espiritual en ciertos villancicos de Adviento y Navidad que nunca se desvanecen, aun cuando muchas otras cosas cambien en la Iglesia y en el mundo. Noche de paz es un ejemplo particularmente bueno: por su simplicidad e incluso, en cierto modo, por su sentimentalismo, ahí donde el villancico ha echado raíces la Navidad de alguna manera parecería incompleta sin ella. Adeste, fideles es otro de esos casos, y se podría citar muchos más.

En un libro llamado The Ministry of Catechising, que apareció originalmente en francés en 1868 (una traducción al inglés se publicó en Londres en 1890), monseñor Felix Dupanloup narraba los recuerdos de su Primera Comunión:

Quedamos encantados con los himnos. Los cantamos con todo nuestro corazón, y gradualmente, por la dulzura o la energía del canto, los pensamientos y las máximas de la fe fueron injertados en nuestras almas. A decir verdad, fue la vida del catecismo. Sin los himnos, todo hubiera sido muy frío. Para mí, fueron los himnos antes que cualquier otra cosa los que me convirtieron y me unieron para siempre con la religión.

Si bien es sabido que la Misa en sí misma no es el lugar óptimo para los himnos, que pertenecen con mayor propiedad al Oficio Divino (con la excepción del Gloria y, si uno lo considera un himno, el Sanctus), hay una importante verdad para la cual sirve de testigo Dupanloup: el valor de cantar juntos hermosas canciones religiosas vernáculas que tienen el poder de moldear los sentidos, la imaginación y la memoria, y, a través de ellos, moldear el corazón y la mente.

 Franz Xaver Gruber, organista y autor de la melodía (vitral en la capilla conmemorativa en Oberndorf)

Hemos sido bendecidos con un rico repertorio de famosos villancicos, himnos y canciones de Adviento, Navidad y Epifanía, y debemos usarlos abundantemente en nuestros hogares, grupos de jóvenes, en reuniones de oración o adoración, cuando cantemos villancicos en el vecindario, visitando un hogar de ancianos o una prisión, o cualquier otro entorno apropiado. ¡No rindamos el mundo del sonido al contenido secular, sino que llenémoslo con cantos alegres! Esto es, en más de un sentido, una obra de misericordia corporal y espiritual.

Especialmente los niños merecen tener brillantes recuerdos  de villancicos, tal y como relata Dupanloup. Esta es una predicación del Evangelio "antes de la edad de la razón", una predicación a todas las facultades del alma, no sólo al intelecto, que se ha enfatizado excesivamente en las últimas décadas. La catequesis comienza por los sentidos y la imaginación.

En sus memorias, los hermanos Ratzinger, Joseph y Georg, relatan cómo su círculo familiar a menudo estaba animado por el sonido del canto y los instrumentos, y cómo sus primeros recuerdos están relacionados con la música y las canciones cristianas. Uno de estos hombres llegó a convertirse en un eminente músico y director coral, mientras que el otro se convirtió en el papa Benedicto XVI. Si bien no puedo prometer que sus hijos tendrán carreras tan ilustres, no hay duda de que parte de la restauración de la cultura católica supone recuperar una cultura sólida de canto familiar y comunitario.

martes, 20 de noviembre de 2018

Robert Spaemann: Recuerdos de Hayingen

Les ofrecemos hoy unos recuerdos del filósofo Robert Spaeman sobre Hayingen, un pequeño pueblo del estado Baden-Wurtemberg (Alemania) situado en la zona montañosa del Jura de Suabia, entre los ríos Neckar y Danubio, donde vivió su abuela. La crónica de esos años previos a la Segunda Guerra Mundial sirven de pretexto para reflexionar sobre lo que él llama la "musealización" de las cosas, vale decir, un mero conservar lo que existe para preservarlo para las generaciones futuras, sin que ellas se hagan propias. Ese es uno de los riesgos que corre la Misa tradicional: ser celebrada sólo como el recuerdo de algo que fue, y no como parte integrante del tiempo en que vivimos. Porque siempre hay que recordar que la Tradición es la conservación de lo vivo útil, de suerte que el rito comporta algo que forma parte de nuestro día a día. 

 Robert Spaemann (2015)

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Recuerdos de Hayingen

Robert Spaemann

Para mí fue un sueño paradisíaco la primera visita a mi abuela en el verano de 1938. Por entonces acababa de mudarse a una vieja casita de Hayingen, una ciudad de seiscientas almas en el Jura de Suabia. Yo tenía once años, y hasta entonces desconocía la vida en el campo. Después de las vacaciones tuve que redactar una disertación escolar sobre lo vivido en ellas. Escribí acerca del primer encuentro con este tipo de vida, y aquel trabajo lo recuerdo como mi primer fragmento de poesía, de acuerdo con mis propias medidas y posibilidades. Intenté evocar algo de la belleza de un mundo que en mi corta retrospectiva se manifestaba como la última sentencia de una milenaria vida rural, el último rastro de un mundo que definitivamente ya no existe en nuestro país.

Dos años más tarde puede participar durante seis meses de esa sencilla forma de vida; trabajé con labradores y recibí lecciones privadas del maestro del pueblo y del párroco, en matemáticas y en latín, durante un período sin clases en la escuela. Para tener dos horas de clase debía ir corriendo a buscar a un joven párroco a otro pueblo. En invierno me dejaba pernoctar en su casa. Celebraba los domingos y las fiestas con todos, y organicé con gente de mi edad un grupo de teatro. Los fines de semana distraíamos a la gente del pueblo con nuestras pequeñas funciones en un granero.

Imaginaba que el “Teatro natural” de Hayingen –que hoy es conocido en toda la región- regresaría con esa pequeña iniciativa. Los muchachos de Hayingen habían encontrado el gusto a la representación teatral. ¡Y los domingos! Los domingos incluso las gallinas cacareaban de forma distinta a los días laborables. Todo era distinto. A la Misa acudía casi toda la pequeña ciudad. En todo caso los hombres permanecían delante de la iglesia de pie, y charlaban hasta que terminaba la homilía, cuando comenzaba propiamente la Liturgia. En verano anunciaba el párroco desde el púlpito una eventual dispensa de la prohibición de trabajar en domingo cuando por la circunstancia climática lo exigía la premura de la cosecha. Que el párroco decidiera sobre esto tenía la ventaja de que no se dividiera la comunidad de los vecinos en piadosos y menos piadosos, y así también se podían ahorrar a las gentes ciertos conflictos.

 Aloysius O'Kelly, Misa en una choza en Connemara (1883)

Hasta ahora permanece en mi memoria el recuerdo de un mundo perdido. En él cada uno tenía su puesto. Allí estaban las dos pobres mujeres que tenían que contar las espigas para el pan diario. El labrador al que ayudaba en la cosecha me indicaba cuántas espigas había que dejar a esas mujeres. Ahí estaba el viejo Aurelio, ciego de nacimiento, a quien cuidaba en su casa su hermana soltera y a quien alguna vez yo le leía algo. A veces le llevaba hasta la torre de la iglesia, donde el tableteo de la maquinaria del campanario le sumía, antes del toque de las horas, en un embeleso siempre nuevo. Aún le veo ante mi frotándose las manos y reprimiendo la risa. Los días de mercado anual su hermana le arreglaba con el traje de domingo y la corbata para pedir limosna tendiendo el sobrero. Sus grandes momentos eran los óbitos. Recuerdo la muerte de un pastor que fue abatido por un rayo. Tres largos días se juntaron el pueblo y los pastores de los pueblos cercanos para el rezo del Rosario en la capilla del cementerio, y Aurelio ejercía su oficio de conducir el rezo. Y allí estaba la antigua compañera de juegos de mi madre, que de niña iba de vacaciones a Hayingen, una mujer muy guapa, ella y su hermana hijas solteras de la prestigiosa propietaria de la casa de huéspedes Bierhalle. Allí estaba el joven labrador soltero con sus dos vacas, que cada atardecer se sentaba delante de la puerta de su casa y aprendía francés, con diccionario, pero sin haber usado nunca una gramática o las reglas de pronunciación. Su mejor momento parecía llegar cuando los prisioneros de guerra franceses arribaban al pueblo. Desgraciadamente se comprobó que lo que había aprendido era totalmente inadecuado para cualquier forma de comunicación hablada.

Y allí también estaban aquellos prisioneros, que trabajaban ocupando el puesto de los hijos del labrador, que les trataba como si fueran sus propios hijos. Después de la guerra, algunos de ellos iban a de vez en cuando a visitar a su “familia de acogida” de aquella época. Durante un breve tiempo tomé parte en lo que Marx denomina “la idiotez de la vida en el campo”. Si yo realmente perteneciese a ese mundo, pronto habría sentido la necesidad de salir de él. Pero también sabría hacia dónde tenía que dirigir mis pasos si quería ir a casa.

Ese mundo ya no existe. Y la desaparición es preferible a la perpetuación museística. Me resultaba extraña la idea -desarrollada en el círculo de Ritter, ante todo por mi amigo Hermann Lübbe- de que la musealización fuese una forma plena y legítima de preservar los orígenes. Por lo que a mí respecta, no pude alegrarme después de la guerra con la reconstrucción en Münster de la Plaza del mercado, entre el Ayuntamiento y la iglesia de San Lamberto. Vistas con más detalle, las fachadas que se volvieron a levantar eran tan solo imitaciones, bambalinas. Los gigantescos ventanales que lucían los comercios que había en la mayor parte de la plaza ya no estaban cubiertos, sino que se percibían inmediatamente por debajo de las casas, que sobresalían por detrás. Yo estaba en contra del nuevo Teatro local, que por fuera no conservaba ninguna reminiscencia del antiguo destruido, a excepción –como alguien ha señalado- de las ruinas del muro antiguo en el patio interior.

 Ayuntamiento de Hayingen
(Foto: Wikimedia Commons)

Mi informe sobre la modernidad tiene sus raíces en la veneración de lo que se fue a pique. Siempre me ha conmovido profundamente el motivo por el que los atenienses fundaron su democracia. El último rey, Kodros, había ofrecido su vida por Atenas y nadie fue estimado digno de sucederle. Este hecho constituye la más hermosa justificación de la democracia que conozco.

En cuanto a la conversión en museo, he aquí una bonita historia. Hace unos años, el ayuntamiento de Stuppach decidió –no sin oposición ni debate- prestar su famosa Madonna, de Grünewald, a la Galería estatal de Stuttgart, durante unas semanas, que la expuso en un lugar preferente, como si fuese una especie de Mona Lisa de Stuttgart. Poco después de su instalación en el museo, llegó una delegación del ayuntamiento de Sttupach y pidió al director que les mostrara “su” Madonna. El director cayó en una mezcla de confusión y estremecimiento cuando los visitantes espontáneamente se arrodillaron y cantaron un himno a la Virgen.

 Mathias Grünewald, Madonna de Stuppach (1514-1516)

Algo parecido sucedió con el Papa Pablo VI en julio de 1967. A la entrada de Hagia Sophia, en Constantinopla, convertida en museo, y para indignación y espanto de sus acompañantes turcos –funcionarios laicistas- se arrodilló delante del mosaico de Cristo, devolviendo así a la imagen por algunos minutos su verdadero significado.

El recuerdo más temprano que conservo de dolorosa musealización se remonta a una visita que hice a un tío mío en Núremberg. Me llevó por el hermoso casco viejo de la ciudad, realmente digno de verse. Pero lo que me repugnó, y casi me hizo sufrir con la visita, fueron los letreritos que se habían colocado ante las casas antiguas y los monumentos para informar a los turistas sobre el origen, importancia e historia de cada edificio. Esos letreritos me estropearon mi punto de alegría. Me parecían algo así como ostentosos entrecomillados con los que la ciudad se ponía a sí misma entre paréntesis. 

Pensaba: el que desee saber quién habitó esta casa o a qué finalidad servía, tendría que dejar que se le contasen, lo mismo que yo lo había oído de mi tío, o bien debería leerlo en una guía de la ciudad. Esas casas ya me parecían en gran medida destruidas, antes de que unos años más tarde fueran realmente aniquiladas por las bombas.

 Cristo Pantocrátor, Basílica de Hagia Sophia (Constantinopla)

En una ocasión Proust escribió que prefería ver las catedrales de Francia destruidas a verlas alejadas de su objetivo primordial de servicio a Dios. ¿Consigue la representación museística recrear el pasado? La pregunta también me la hago cuando ha de soportar que me llueva encima la música de las catedrales francesas. Tras la eliminación del canto gregoriano riguroso en el oficio divino, la música gregoriana hay que conservarla enlatada con el peculiar tonillo piadoso que se le endosa. No puedo evitar la sensación de burla reluciente que me produce semejante “virtualización”.

Así veía las cosas de niño sin poder expresarlo. Perfectamente expresado encontré lo que desde muy temprano sentía cuando, a propósito de la redacción de mi libro sobre De Bonald, leí la crítica de Charles Péguy al antimodernismo de los conservadores franceses. Para Péguy las gentes de la Revolución Francesa pertenecían aún a la Francia antigua: creían en la justicia. En efecto, eran hombres que sencillamente creían en algo. Por contraste, Péguy definía el modernismo como “no creer lo que se cree”: funcionalizar, por razones políticas, todas las convicciones básicas (instrumentalizarlas, subordinarlas a esos fines).

Más adelante también se me antojaba modernista Richard Rorty con su rotundo rechazo a algo así como la “verdad”, y con su definición de la ironía como el único objetivo posible que hoy ha de plantearse la educación: una relación irónica con el mundo (no tomarse nada en serio). Poner el “mundo” entre comillas. Consecuencia de esto es lo que el Papa (emérito) Benedicto  XVI ha denominado “dictadura del relativismo”.

En nuestro país [Alemania] ha penetrado de forma inconsciente una mala costumbre, ostensible en todos aquellos que a sí mismos se tienen por intelectuales: un uso inflacionario de la expresión “por así decirlo” (sozusagen) por parte de la inmensa mayoría de las personas llamadas “cultas”. Precisamente también entre los filósofos la extensión de este uso lingüístico ha llegado a ser grotesca. Ha alcanzado a los medios de comunicación, e incluso ha penetrado entre las vendedoras de las tiendas y comercios. Este uso tampoco se inhibe de poner la prudente cláusula (de relatividad) a cualquier afirmación que haya de proferirse. Si a lo largo de tres frases no ha salido aún a relucir el palabro, entonces uno ya no puede contenerse y se hace preciso mascullar algo parecido a: “está lloviendo, por así decirlo”.

Nota de la Redacción: El texto está tomado de Spaemann, R., Sobre Dios y el mundo. Una autobriografía dialogada, trad. de José María Barrio Mestre y Ricardo Barrio Moreno, Madrid, Ediciones Palabra,  2014, pp. 27-33. En el proceso de edición se han castellanizado algunos nombres propios y denominaciones geográficas que en el original figuraban en alemán.

viernes, 11 de mayo de 2018

Un cura que desaparece

Compartimos a continuación con nuestros lectores un valioso artículo de un cura párroco barcelonés (de quien previamente habíamos publicado un artículo sobre el enriquecimiento de la vida litúrgica de una parroquia popular), publicado originalmente en el excelente sitio Germinans Germinabit. En él, el sacerdote aboga por el rescate de la figura tradicional del párroco, que puede resumirse en su "presencia habitual, cotidiana y disponible en la parroquia", especialmente en lo que atañe a la vida litúrgica y devocional de ésta y en la disposición para administrar los sacramentos.

Desgraciadamente, hoy en día muchos párrocos mantienen una comprensión errada de lo que significa la participación de los laicos en la vida de la Iglesia, renunciando inexplicablemente a lo propio de su ministerio sacerdotal, delegándolo en toda clase de "ministerios laicales", especialmente en la tan abusada institución de los "ministros extraordinarios de la Eucaristía", que poco tienen de extraordinario en las parroquias de hoy, asumiendo de modo habitual la distribución de la Eucaristía en la Misa parroquial y el encargo de llevar el viático a los enfermos y ancianos. Esta situación sólo se ve agravada por la creciente burocratización de las diócesis, lo que aparta todavía más a muchos párrocos de su tarea primordial, que no es otra que la de estar disponible para el servicio espiritual de su parroquia.


***

Era el tipo de sacerdote que desde el Concilio de Trento (Sesión XXIII de julio de 1563), quiso consolidar la doctrina del sacerdocio católico y extirpar todos los desarreglos, excesos y desviaciones arraigadas a lo largo del Medioevo, queriéndolo extender por toda la Iglesia. El Concilio Vaticano II reiteró la teología del sacerdocio del tridentino, como no podía ser de otra manera, y presentó ante el mundo y la Iglesia contemporánea la grandeza y sublimidad del sacerdocio católico. 

En el orden práctico y desde una mirada simple, a ras de suelo, la primera característica de ese modelo de sacerdocio es la presencia habitual, cotidiana y disponible en su parroquia. Presencia que desde el celo por las almas comienza por su intima unión con el templo parroquial. El sacerdote es el responsable último del decoro, belleza y accesibilidad a su iglesia parroquial. Con especial centralidad, comprende que el Tabernáculo con la reserva eucarística sea el centro devocional de la vida de oración de sus feligreses. Importancia que comparte con el confesionario, estando siempre disponible para ese ministerio, por encima de otra ocupación. Esa importancia sacramental nace de su conciencia de ser el ministro por excelencia del culto. Culto que debe cuidar y engrandecer en la preparación litúrgica de las celebraciones. Es posible que, habiéndose sobredimensionado la colaboración de monitores, lectores, cantores, acólitos, ministros de la comunión, en faltando estos (cosa que ocurre cada vez con más frecuencia), tenga la impresión de que las celebraciones no sean hermosas y cuidadas. 

El sacerdote debe ejercitarse por tanto en el ejercicio subsidiario de estos servicios. Sin cantores, no debe sentirse fuera de lugar: debe ser capaz de entonar y cantar algunos cantos básicos en las celebraciones, al menos en las dominicales (para ello hace falta interés y delicadeza). Tampoco ha de considerar un menoscabo de la solemnidad si él mismo debe hacer las lecturas. Ni debe agobiarse si por ausencia de ministros de la eucaristía, la comunión distribuida por él solo dura más tiempo de lo habitual; o si a falta de monaguillos, debe acomodar a su alcance los objetos litúrgicos que normalmente le acercarían los acólitos bajo otra responsabilidad. 

Si la reforma litúrgica conciliar expresó la necesidad del cuidado de la homilía, ésta debería ser habitual de manera cotidiana (aunque sea una brevísima reflexión) y muy preparada para los días festivos. Es desalentador constatar como muchos sacerdotes sustituyen el esfuerzo de preparación homilética, por la lectura monótona y estereotipada de homilías prefabricadas que aburren hasta a las ovejas y no conectan con la peculiaridad e idiosincrasia de su feligresía. 

En diverso orden debe preocuparse por el acompañamiento y fruto espiritual de los demás sacramentos: velar por la pronta recepción del bautismo de los recién nacidos, por la preparación catequética de los padres y por el celo en animar a los jóvenes a contraer el santo matrimonio, a los niños a hacer la primera Comunión, y a los adolescentes a recibir el sacramento de la Confirmación, previas las respectivas y específicas preparaciones catequéticas.

Ha de tener un celo especial en la visita a los enfermos, que de ningún modo ha de admitir que quede reducida a la que ofrecen las instituciones a regañadientes en los hospitales, servidos habitualmente por capellanes ad hoc; sino que ha de asumir la responsabilidad de visitar en sus domicilios a los enfermos de su parroquia. Se trata de procurar a los impedidos, que ya no pueden acudir a la Misa parroquial, la asistencia espiritual y sacramental necesaria. Y animarles, a una recepción consciente y serena de la unción de enfermos, especialmente a los más graves. 

Y si todo esto es trascendental, cómo no lo será la preparación catequética de los niños y niñas para la primera comunión. Catequistas y formadores (habitualmente, formadoras) de buena doctrina y ejemplaridad cristiana, textos de doctrina recta y correctos para cada edad y tipología infantil. Cuidado personal en iniciarlos en la oración y el trato íntimo con el Señor, en la adoración y la acción de gracias especialmente. Y predicar e insistir sobre la sublimidad del sacramento de la Confirmación, para que cada año sean muchos jóvenes los que lo reciban y les sea de provecho. 

Para todo ello, no debe cesar el sacerdote de poner todos los medios sustanciales y accidentales. Desde ilusionar a los niños y jóvenes con la hermosa tradición de los belenes y las representaciones navideñas, hasta las sesiones de villancicos, pasando por la participación en las celebraciones tanto litúrgicas como populares de Semana Santa y Pascua. En todo ello, el sacerdote a la cabeza. 


Misa en el Camarín de Montserrat

Cuán edificante es ver al párroco presidiendo los Vía Crucis los viernes de Cuaresma por el interior del templo. Y atraer a sus feligreses hacia esa práctica devocional que tanto fruto reporta a las almas. Qué hermoso verle coordinando todos los actos populares de la Semana Santa con entusiasmo y esmero: la procesión de Ramos, el Monumento de Jueves Santo y su Vigilia de Adoración, el Vía Crucis por las calles de su pueblo o barrio. Los actos pascuales… Toda la liturgia del Triduo Pascual, centro y culmen de todas las celebraciones litúrgicas de la Iglesia.

¡Qué importante un sacerdote mariano! Presente (aunque sea salteado: porque ése es un momento excelente para estar en el confesionario) en el rezo comunitario del Rosario, en el mes de María, en las procesiones de la Virgen, en la novena de la Inmaculada de tanta tradición en toda España… 

Qué bello ver a un párroco formar espiritualmente y ocuparse de sus monaguillos: si puede ser, con la colaboración de algún catequista o ex-monaguillo. Salir con ellos de tanto en tanto sea de romería o a ver una peli buena en el cine. Organizar juegos con ellos, atraer a otros chicos hacia el amor al altar y al celo por el culto. Crear una auténtica escuela de monaguillos para darle esplendor al culto. 

Y se me quedan en el tintero decenas de actividades y detalles, de misiones y empeños en los que un sacerdote debe singularizarse. El despacho parroquial, por ejemplo, que muchos convierten en una burocrática oficina administrativa. ¡Cómo agradecen los fieles poder encontrar al párroco allí para intercambiar cuatro palabras con un sacerdote que les conoce y se interesa por sus cosas, alegrías y penas! Un párroco no encerrado en su iglesia y sacristía, en su despacho o en su casa. Un sacerdote que se patee el barrio, que esté dispuesto a recibir a todos, a hablar con todos, a escuchar a todos, sin excepción: son vecinos de su barrio o pueblo. Se debe a ellos: son ovejas aunque no vengan a Misa o ni siquiera sean católicos. 

Qué tristeza me producen las Cáritas parroquiales, tan vivas y auténticas antaño, que van apagándose y desapareciendo en virtud de convenios con Cruz Roja o Ayuntamientos, sin la presencia de las voluntarias parroquiales (¡cuánto valen las mujeres para esto, y qué dispuestas siempre!) y también del párroco que cela, repito cela, por el bienestar de sus hijos e hijas. Porque sí, sus feligreses y todos los vecinos de la jurisdicción parroquial son sus hijos e hijas. Con amor de padre debe quererlos, rezar y sacrificarse por ellos. Y acompañarlos en el tránsito y traspaso a la casa del Padre. Y acompañar a la familia en ese momento, y en las exequias y funerales. Nunca pude imaginar que mis años de capellanía en el Tanatorio de Santa Coloma llegaran a ser tan provechosos para mi experiencia sacerdotal y para las familias. ¡Y ya van veintidós años! 

Pero este modelo de cura está en vías de extinción: parece que ha entrado en vía muerta, porque son más las defunciones que los nacimientos. Y los curas que se están gestando en nuestros seminarios no están siendo preparados para ser el tipo de cura que he descrito, el que ha formado parte de nuestras vidas. Son muy pocos y están siendo preparados para un futuro cuyo parecido con nuestro presente y con nuestra feliz memoria del sacerdote, será puramente accidental. 


 Mn. Francesc M. Espinar Comas

Estos son los pensamientos que me ha inspirado la llegada del Jueves Santo y con él, la renovación íntima y sincera de mis promesas sacerdotales. No quería dejar de compartirlas con todos vosotros, lectores habituales de mis glosas dominicales, de mis artículos litúrgicos y de mis relatos históricos (centrados este año en la egregia figura de Pablo VI, cuya canonización viviremos, Dios mediante, este próximo otoño). Gracias a todos los que de una u otra manera hacéis real y concreto mi ministerio. 



Mn. Francesc M. Espinar Comas

Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

Crédito de las fotos: todas las imágenes acompañan al artículo original.

jueves, 12 de abril de 2018

Del silencio en la liturgia

Recientemente, un gran Príncipe de la Iglesia y pastor valiente y fiel, el Cardenal Sarah, nos quiso recordar en un libro el valor inestimable del silencio en la vida del espíritu. Sin embargo, al mismo tiempo, altos jerarcas de la Iglesia, tristementemente y en contra de la enseñanza y la práctica de la Iglesia durante dos milenios, relativizan el valor del silencio y la contemplación. 

Por eso conviene recoger testimonios sencillos como el siguiente, el cual, desde la perspectiva de un fiel, rescata el sentido del silencio en la vida de oración y, especialmente, en la liturgia. Difícilmente puede en este punto la liturgia reformada, a menudo llena de cháchara y escasa en momentos de silencio, equipararse a la liturgia tradicional, la cual sabe, particularmente en la Misa baja o rezada, darle el lugar que le corresponde al silencio, que no es en caso alguno un silencio vacío, como la modernidad, amante del ruido, suele pensar, sino un silencio colmado de sentido y de la Presencia de Dios. 

El autor, John Paul Sonnen, quien cuenta con estudios de pregrado en la University of Saint Thomas (St. Paul, EE.UU.) y de pregrado en la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino de Roma (Angelicum), es docente de historia, operador turístico y escritor de temas de viajes. Ha sido responsable de varios blogs, entre ellos Orbis Catholicus Travel. El artículo apareció originalmente en la página Liturgical Arts Journal y la traducción es de la Redacción.

 (Foto: OC-Travel)


Del silencio en la liturgia

J.P. Sonnen


Recientemente, durante una peregrinación con el P. William Barker, FSSP (de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei), experimenté el privilegio sobrecogedor de asistir su Misa rezada privada en la diminuta "Capilla de las zapatillas" (Slipper Chapel) de la Basílica Católica de Walsingham [Nota de la Redacción: llamada así por la costumbre de los peregrinos de removerse el calzado al llegar a esta capilla para continuar descalzos durante la última milla hasta Walsingham, la llamada "milla santa"].

Este oculto lugar de peregrinaje es uno de los secretos católicos mejor guardados del mundo angloparlante. Es un santuario encantador y un venerable lugar de peregrinaje. La capilla, la cual se remonta a 1340, es tan pequeña que sólo puede acoger a un reducido grupo. Un escenario muy apropiado, pensé, para la "Misa silenciosa" ("Quiet Mass"), la Forma Extraordinaria del Rito Romano [Nota de la Redacción: en inglés la denominación "Quiet Mass" es una forma coloquial de referirse a la Misa baja o rezada].
 
Para mi meditación diaria aproveché el silencio del Canon Romano. Siempre he dicho que uno de los puntos fuertes de la Misa de la Forma Extraordinaria es el silencio que promueve al murmurar el sacerdote en voz en voz baja el Canon de la Misa.
 
En un mundo de ruido estático, este silencio es una bienvenida tregua y un reposo para el cerebro. El silencio litúrgico no es vacío, está lleno de respuestas. Vale la pena hacer notar que los estudios recientes prueban que el silencio es mucho más importante para nuestros cerebros de lo que jamás pudimos haber imaginado. Por esta razón, siento que su papel debe ser reconocido y restaurado en la liturgia.

El efecto que la contaminación acústica puede tener en la ejecución de tareas cogniticas ha sido intensamente estudiado y documentado. En mi opinión, el ruido puede dañar el desempeño de las tareas, especialmente la oración, y puede ser la causa de motivación disminuida respecto de la oración mental.

Mientras que el silencio revitaliza nuestros recursos cognitivos, el ruido puede tener un marcado efecto físico en las personas, resultando en un elevado nivel de hormonas del estrés. Esto no es auspicioso para la oración.

Las funciones cognitivas más fuertemente afectadas por el ruido son la atención lectora, la concentración, la memoria y la resolución de problemas. Por supuesto esto incluye la capacidad de rezar.

Cuando se promueve un entorno silencioso con bajos niveles de estímulos sensoriales, el cerebro es capaz de recobrar algunas de sus habilidades cognitivas, bajando la "guardia sensorial" y restaurando algo de lo que se ha perdido a través del exceso de ruido.

Mientras que el ruido puede causar estrés, el silencio alivia la tensión del cerebro y del cuerpo, a través de cambios en la presión sanguínea y en la circulación sanguínea en el cerebro. El silencio es atractivo. Calma el alma y el cuerpo. En el acto de rezar, el cerebro está descansando, al tiempo que constantemente internaliza y evalúa la información que recibe.

El silencio le deja al cerebro en su trabajo consciente un espacio para descansar y procesar información y emociones. Durante los momentos de silencio en los textos litúrgicos, el cerebro tiene la libertad que añora, permitiéndole encontrar su lugar en el mundo interno y externo.
 
El silencio permite al cerebro pensar acerca de cosas profundas de un modo imaginativo. Como alguna vez escribiera el escritor del "Renacimiento Americano" Herman Melville: "Todas las cosas profundas y las emociones respecto de las cosas son precedidas y asistidas por el silencio".