jueves, 26 de octubre de 2017

Las fundaciones carmelitas tradicionales


Coro de monjes del Monasterio de la Santísima Virgen María del Monte Carmelo
(Foto: Carmelite Monks)

En este artículo continuamos con nuestra serie sobre las órdenes y familias religiosas tradicionales, dedicándolo especialmente a las fundaciones de espiritualidad carmelita que preservan el rito de Jerusalén, o también llamado rito carmelitano. Para lo anterior, es conveniente explicar brevemente la historia de la Orden Carmelita hasta su reforma impulsada por Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz, que dio origen en el siglo XVI a la Orden Carmelita “descalza” o reformada. Esta última adoptó el uso de los libros litúrgicos del rito romano codificados en el Concilio de Trento a diferencia de la Orden antigua que conservó el rito original. Posteriormente, trataremos en términos generales las peculiaridades del rito de Jerusalén o carmelita, que permaneció en uso general en las fundaciones carmelitas “calzadas” o no reformadas hasta la entrada en vigor del Misal romano de S.S. Pablo VI, el cual fue finalmente implementado a comienzos de la década de 1970.

A raíz de la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI, que declaró la vigencia de los ritos tradicionales de la Iglesia, se ha dado un impulso a la preservación y difusión de esta clase de ritos de antiguo y venerable uso, asociados a una determinada familia religiosa. Así como el rito dominicano (que ya hemos tratado aquí, a propósito de la Fraternidad Sacerdotal San Vicente Ferrer), son cada vez más las fundaciones carmelitas que adoptan los libros litúrgicos propios de su carisma así como aquellas que preservan el rito romano tradicional, algunas de las cuales trataremos al final de esta entrada.

Historia de la Orden Carmelita

Los primeros padres carmelitas se establecieron como eremitas en el Monte Carmelo (Palestina) durante el período de las Cruzadas, venidos a Tierra Santa ya como peregrinos o como caballeros cruzados. Estos monjes adoptaron de particular manera un modelo de vida inspirado en la devoción a la Santísima Virgen María y la vida del profeta Elías, carisma que ha sido transmitido y preservado a las generaciones sucesivas. San Alberto, Patriarca de Jerusalén (1149-1214), por solicitud de San Brocardo, prior del monasterio del Monte Carmelo, redactó la Regla que regiría en lo sucesivo a esta orden contemplativa, estableciendo la forma de vida a través del cual los carmelitas buscan a Dios y la perfección en la vida cristiana. Este breve documento regula los elementos básicos que deben sostener la vida de estos monjes, destacando la estricta obediencia al prior del monasterio, oración individual y comunitaria, votos de obediencia y pobreza, así como un estricto régimen de ayuno y abstinencia. Esta regla fue posteriormente aprobada, sin mayores modificaciones, por los papas Honorio III en 1226 y Gregorio IX en 1229.


Pietro Novelli, La Santísima Virgen María junto a Santos Carmelitas

Con el paso del tiempo y, debido al establecimiento de la dominación musulmana en territorio palestino, la Orden Carmelita se encontró en medio de una feroz persecución, viéndose forzados a abandonar su ubicación original en el monte Carmelo. Hacia el año 1238 estos monjes se trasladaron primero a Chipre y Sicilia, para luego instalarse en el año 1242 en las localidades de Aylesford y Hulne, Inglaterra. A contar de esa fecha, el número de fundaciones y vocaciones a la vida carmelita presenta un desarrollo exponencial en toda Europa, y particularmente en la isla británica. Este incremento está particularmente vinculado al gobierno de San Simón Stock (1165-1265), a quien la Santísima Virgen otorgó el escapulario del Carmen y quien fuera elegido superior de la orden en 1245. Hacia el año 1274 existían más de cuarenta fundaciones entre Inglaterra y Francia, once en España, tres en Escocia, así como otros conventos en Italia y Alemania.


Visión del Escapulario, Santuario de Aylesford, Kent
(Imagen: Catholic Herald)

Debido a su nueva ubicación en Europa y las necesidades evangelizadoras de la Iglesia, nació en esta Orden la intención de renovar su estilo monacal para adaptarlo al de las órdenes mendicantes propias de la baja Edad Media, como la Orden de Santo Domingo y la Orden Franciscana. El Papa Inocencio IV, mediante la bula Quem honorem Conditoris (1274), modificó la Regla de la Orden. Por de pronto, las fundaciones ya no tendrían que estar necesariamente ubicadas en lugares aislados, permitió la recitación del Oficio Divino y relajó las reglas de abstinencia.

Durante los siglos XIV y XV, los Carmelitas, así como otras órdenes religiosas, experimentaron un declive, que hizo imperativa su reforma. En 1432, los Carmelitas obtuvieron del Papa Eugenio IV la bula Romani pontificis, que mitigó la Regla de San Alberto y su modificación de 1247, bajo el argumento de ser extremadamente exigente para los monjes. Los principales cambios corresponden al relajamiento del estricto ayuno impuesto por la regla original y la obligación de permanencia en sus celdas individuales, la autorización para comer carne hasta tres veces a la semana, y el permiso para deambular por los pasillos del claustro. Si bien esta reforma asimiló la Regla Carmelitana a la de otras órdenes mendicantes, constituyó una fuente de tensión al interior de la Orden. Para muchos religiosos significó una pérdida del espíritu y objetivo original de la misma. Fruto de estas tensiones, tres prioratos ubicados en Valais, Toscana y Mantua rechazaron la bula papal y conservaron la estricta observancia de la Regla original. Si bien el papa Eugenio IV reconoció a este capítulo de monasterios como independientes y con el derecho a conservar la observancia a la regla original, fue gracias a los esfuerzos reformadores del beato Juan Soreth (1394-1471), fundador de la Segunda y Tercera orden Carmelitana, que estos monasterios se reconciliarían y reintegrarían la orden original.


José de Ribera, Santa Teresa de Jesús

Sin duda, uno de los momentos más significativos en la historia de la Orden fue la labor reformadora llevada a cabo en España por Santa Teresa de Jesús (1515-1582) y San Juan de la Cruz (1542-1591). Más que un carisma de reforma o de abandono del pasado, estos santos fundadores y doctores de la Iglesia, buscaron renovar el Carmelo mediante la primacía de su Regla y la vida mantenida por sus eremitas fundadores, entendiendo que un retorno a las primeras fuentes serviría como camino para ascender al Carmelo en la búsqueda de Dios, así como conseguir que esta la Orden se adaptara a los principios establecidos por el Concilio de Trento. En 1580, los Carmelitas Descalzos fueron creados como una provincia separada de la Orden Carmelita mediante el decreto “Pia consideratione” del Papa Gregorio XIII, pudiendo nombrar sus propios superiores y redactar sus propias constituciones. En consecuencia, desde entonces coexisten la Orden Carmelitana no reformada o “calzada”, junto con la Orden Carmelita descalza.

A diferencia de la Orden descalza que se inclinó por adoptar el Misal Romano una vez que este fue Promulgado por San Pío V, la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo conservó el Rito Carmelita hasta la Reforma Litúrgica introducida por el Concilio Vaticano II. En tal contexto, nos centraremos en las Fundaciones que siguen el modelo del Carmelo no reformado, ya que nos permiten ilustrar como el motu proprio Summorum Pontificum facilita la materialización del anhelo de S.S. Benedicto XVI de permitir la coexistencia de ritos al interior de la Iglesia latina, tal como siempre ocurrió en el pasado, en especial, si estos ritos están especialmente vinculados a la espiritualidad particular de una determinada familia religiosa.

El rito carmelita

El rito carmelita, también llamado de Jerusalén o del Santo Sepulcro, se encuentra íntimamente conectado a la influencia latina en territorio palestino durante el tiempo de las Cruzadas. En efecto, sus primeros registros se encuentran en el siglo XII, derivando de la familia galicana del rito romano, probablemente en razón de que una gran parte del clero que acompañó las Cruzadas era originario del reino franco. El lugar donde este se desarrolló como rito independiente también desempeñó un papel importante. Su vecindad con el monte de los Olivos, Betania, Belén, y por supuesto, Jerusalén permitía dar una natural vinculación a los acontecimientos del año litúrgico con los lugares en que estos precisamente ocurrieron y, en consecuencia, originar imponentes ceremonias.


Rito Carmelita

En términos generales, se podría describir el rito carmelita como uno ubicado entremedio de los ritos de la cartuja y el rito dominicano. Presenta en sus orígenes signos de gran antigüedad, como por ejemplo la ausencia de colores litúrgicos, el escaso uso de candelabros (uno durante la Misa rezada, ninguno durante la Misa solemne, usándose ceroferarios con antorchas en su lugar), un uso restringido del incienso, la ausencia de genuflexiones, entre otros. En cuanto a la celebración de la Santa Misa, ésta también presenta ciertas particularidades. Por ejemplo, el altar permanece cubierto hasta la Ante-misa, y se vuelve a recubrir inmediatamente antes de su término. En las fiestas, el Introito se entona tres veces, así como se lee una lectura profética adicionalmente a la Epístola y el Evangelio. El propio de los Santos también presenta importantes variaciones respecto al usado en el rito romano, conmemorando santos vinculados principalmente a Tierra Santa, como los primeros obispos de Jerusalén.

Monasterios Carmelitas tradicionales

1) Monasterio de la Santísima Virgen María del Monte Carmelo (Montañas Rocosas, Wyoming)

El monasterio de la Santísima Virgen María del Monte Carmelo, ubicado en las cercanías del parque nacional de Yellowstone, Estados Unidos, corresponde a una comunidad monástica de estricta clausura fundada en el año 2003, cuyo objetivo es perpetuar este peculiar carisma, de acuerdo con las prescripciones establecidas por la regla carmelita primitiva y la observancia tradicional de los monasterios carmelitas masculinos. En esta búsqueda de la santidad a través del cumplimiento de la regla original, buscan vivir la espiritualidad en la forma que inspiró a San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús para su reforma al Carmelo descalzo. Esto incluye la clausura monástica, dos horas diarias de oración contemplativa, estudio, lectura espiritual y trabajo manual, la celebración de la Liturgia y el rezo del Oficio Divino conforme al rito carmelita tradicional.


Monjes en terrenos del monasterio

El monasterio ha recibido un abundante número de vocaciones a la vida religiosa, en la cual el hermano lego santifica su vida a través del trabajo manual y la oración, y el sacerdote adicionalmente mediante la celebración de los Sacramentos, la predicación y la dirección espiritual. En la actualidad, se encuentra en plena construcción un nuevo e imponente monasterio en la diócesis de Cheyenne para acoger a esta comunidad.


Proyecto de nuevo monasterio carmelita en Wyoming
(Imagen: Carmelite Monks)

2) Hermanos Ermitaños de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo (Sao Paulo, Brasil)

Los Hermanos Ermitaños de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo son un Instituto Religioso de Derecho Diocesano nacido en el año 2002 en la diócesis de Bragança Paulista (Estado de Sao Paulo, Brasil) que adoptó el año 2009, merced de la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum los libros litúrgicos propios del rito carmelita. Esta fundación constituye una restauración original del carisma carmelitano de acuerdo con su Regla original. Siguen, en este respecto, el propósito de Santa Teresa de Jesús de vivir íntegramente la regla de San Alberto, siendo sus constituciones las mismas que redactó en el siglo XIX el beato Francisco Palau para la formación de un Carmelo eremítico de España. Así, viven en soledad compartida en pequeñas ermitas alrededor de un oratorio en el que se reúnen para la Santa Misa y el rezo del Oficio Divino.


Monasterio de los Hermanos Ermitaños

Asimismo, junto a esta fundación existe el grupo de las Hermanas Ermitañas de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, que comparte el mismo carisma y espíritu.

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