martes, 11 de agosto de 2015

Aviso importante: Misa cantada en la Solemnidad de la Asunción

Se invita cordialmente a todos los fieles a la Santa Misa cantada que se celebrará con ocasión de la Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, el próximo sábado 15 de agosto a las 12:00 hrs. en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, Av. Bellavista 37 (entre Pío Nono y Pinto Lagarrigue, metro L1 y L5 Baquedano). Para la ocasión, la Schola interpretará la Missa cum Iubilo y la Salve solemne.

Les agradecemos desde ya a nuestros lectores la difusión de esta noticia entre sus familiares y amigos, así como su propia participación. 

 Ticiano, La Asunción de la Virgen (Basílica Santa Maria Gloriosa dei Frari, Venecia)

Conviene recordar aquí que esta fiesta litúrgica recuerda la gloriosa Asunción de la bienaventurada Virgen María en cuerpo y alma a los cielos, según lo definiera infaliblemente como dogma de Fe el Siervo de Dios Pío XII en la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, del 1° de noviembre de 1950 (CCE 966).


lunes, 10 de agosto de 2015

La indiferencia católica ante la liturgia

Les presentamos a continuación un reciente artículo de Peter Kwasniewski Ph.D., Profesor de filosofía y teología del Wyoming Catholic College y destacado articulista en temas litúrgicos. El artículo original, publicado en el sitio New Liturgical Movement, puede leerse aquí (en inglés). Agradecemos al Profesor Kwasniewski por su gentil autorización para traducir y publicar su artículo en esta bitácora. 

En sintonía con este artículo, esperamos ofrecerles pronto unas notas de lectura sobre el interesante libro intitulado Cartas entre el Cielo y la Tierra. La Misa explicada a un "católico no practicante" (Madrid, Voz de Papel, 2014), de que es autor el Rvdo. Ricardo Reyes Castillo (a quien también pertenece la obra La unidad en el pensamiento litúrgico de Joseph Ratzinger, Madrid, BAC, 2013).



Indiferencia católica ante la liturgia

Peter Kwasniewski

Una de las cosas más sorprendentes en la Iglesia Católica es la casi universal indiferencia de sus miembros (incluido el clero) ante la sagrada Liturgia como tal. Por cierto, los estacionamientos de muchas parroquias están llenos los domingos por la mañana. Gran parte del laicado está “comprometido” en algún ministerio. Hay mucha actividad social en torno a la Misa –a veces, con demasiado entusiasmo, en los bancos de iglesia, tanto antes como después de la Misa. Son frecuentes por doquier las tertulias. Y los sacerdotes trabajan duro, a menudo en tareas que nadie agradece. Pero cuando se trata de “impregnarse totalmente del espíritu y de la fuerza de la liturgia” (Sacrosanctum Concilium 14) o de “vivir una vida litúrgica” (cfr. Sacrosanctum Concilium 18 y 42), no hay absolutamente nada que exhibir. 


Una de las grandes quejas del Movimiento Litúrgico anterior al Concilio fue que los católicos, en general, no poseían un conocimiento interiorizado del tesoro de su liturgia, ni apreciaban mayormente el deseo intenso de vivir “bajo el signo” de los tiempos y fiestas litúrgicos. Una combinación de clericalismo y de creciente secularización había alejado a los fieles del contacto estrecho con los sagrados misterios que tenían lugar en la Iglesia, y pareció que se había abierto un abismo entre los aspectos sociales del cristianismo, su misión en medio del mundo actual lleno de necesidades, y la actualización ritual de augustas ceremonias, de siglos de antigüedad. A pesar del torbellino de corrientes contrapuestas en la sala del Concilio Vaticano II, prevaleció la opinión de que la liturgia es la fuente y la culminación de la Iglesia, “fuente y cumbre” (o “manantial y cima”) de la vida cristiana, una conclusión que seguramente pareció bastante rara en aquel entonces, pero no tan rara como parece hoy, cuando se ha vuelto derechamente incomprensible.

 ¿Acaso no conocemos católicos que, a pesar de su fe sincera, parecen no “sintonizar” cuando se trata de la liturgia, que simplemente no podrían estar de acuerdo con la declaración de que ésta es “la fuente y la culminación” de lo que ellos mismos son, de lo que hacen, de por qué viven, de adónde se encaminan, y de qué hay que hacer para llegar allí? El Cardenal George parece haber acertado cuando acotó una vez: “Los estadounidenses son protestantes que van a Misa los domingos”. Una combinación nefanda de individualismo y colectivismo impide que muchos católicos, cualquiera sea su nivel de educación, perciban la pérdida del espíritu litúrgico en el contexto de la forma ordinaria, la pérdida de la primacía de lo trascendental y de la adoración. Les impide también añorar algo más auténticamente católico, y de aprovecharlo incluso cuando ello está al alcance de su mano, en su propio vecindario. El individualismo nos pone anteojeras y nos hace conformarnos con el criterio de lo mínimo, es decir, con un “me basta con esto”; el colectivismo alienta una mentalidad de rebaño que es un obstáculo para el sentido común, para el legítimo pensamiento crítico, y para el deseo de algo mejor.

Al cabo, parece simplemente que hay otras cosas en la vida más importantes que la liturgia. Esta no es lo primero y lo último, no tiene precedencia ni determina el curso de nuestros días, semanas y años. Reconozcámoslo: para tales católicos, el Concilio Vaticano II se equivocó con aquello de “fuente y culminación”, tal como demasiados dirán que Pablo VI se equivocó con Humanae Vitae, o Juan Pablo II con Ordinatio Sacerdotalis.


¿Cómo, pues, podría describirse la opinión predominante, aquélla que podríamos encontrar tanto en los pasillos de la curia como en el hogar más modesto? Podría resumírsela del siguiente modo: la liturgia es una vía particular, entre muchas otras, de vivir una concepción personal de la vida cristiana. Esta es un popurrí o mezcolanza de prácticas portadoras de sentido para las personas o, en el mejor de los casos, un mosaico de piezas pegadas con artística discreción. Resulta inconfundible aquí la huella del subjetivismo moderno y también, quizá, de la naturaleza desarticulada, aislada y excesivamente activa de la vida moderna. Para aquellas personas que quisieran tener alguna actividad además de la familia y el trabajo, puede resultar difícil interesarse en salir de su mundo privado a fin de entrar en el mundo colectivo y objetivo de la liturgia (1).

Es una de las grandes ironías del período posconciliar el que los católicos que más en serio están tomando la sagrada liturgia –aquellos que están, con conciencia, edificando su vida cotidiana sobre ella y en torno a ella, siguiendo los tiempos litúrgicos, frecuentando los sacramentos y usando los sacramentales- sean los fieles que acuden a la Misa tradicional en latín, especialmente donde quiera que es ofrecida, como alimento cotidiano, en alguna capilla o parroquia. Aquellas iglesias donde se celebra la Misa “no reformada” están demostrando a la Iglesia en su conjunto lo que el Concilio quiso decir con aquello de “vivir una vida litúrgica”, por “el espíritu y la fuerza” de la propia liturgia. Tales fieles son la mayoría de los que compran libros como “We and Our Children: How to Make a Catholic Home”, de Mary Reed Newland, y “The Little Oratory”, de David Clayton.

Algunas ironías adicionales incluyen el hecho de que, de muchas maneras, hay más participación activa en esas comunidades que lo que es común en la Iglesia en general (véase aquí); de que en ellas se implementa mucho más seriamente el magisterio de Juan Pablo II sobre el matrimonio y la familia, o en lo referente a la confesión sacramental, y de que dichas comunidades son, según todos los estándares de identidad y misión católicas, firmes como una roca y vigorosas. ¿Podría uno sorprenderse de esto si es que es verdad lo que dijo el Concilio Vaticano II sobre la liturgia, y si ello es puesto en práctica?

Exceptuando estos enclaves, sin embargo, me parece que estamos más lejos que nunca de recuperar la percepción y experiencia, genuinamente católicas, de que la sagrada liturgia es la actividad fundacional, central y definitoria de los católicos, el origen de nuestra identidad, el propósito de nuestra existencia sobre la tierra. Esto no quiere decir que nuestra identidad se agote en la liturgia, o que no necesitemos procurar también ciertos bienes subordinados (2). Lo que sí quiere decir es que el principio de nuestra vida es el bautismo, y que la culminación en esta vida de nuestra amistad con Dios, así como nuestro más vital medio de permanecer vivos, es la comunión con la carne y sangre de nuestro Señor. Fuera de estos medios, no tenemos vida en nosotros, ni tenemos vida que comunicar al mundo [recuérdese que la Misa es precisamente un envío a comunicar al mundo lo recibido tras participar en el Sacrificio Redentor de Cristo, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica 1332]. Somos cristianos en la medida en que somos sacramentados, litúrgicos y eucarísticos; no hay otra forma. Incluso nuestras obras de caridad son cristianas sólo si están totalmente sumergidas en la adoración de Dios y en el Espíritu de Cristo, que bebemos a través de la liturgia de Su Iglesia.

 ¡Sursum corda!
Foto: Rorate caeli

¿Cuáles son los prerrequisitos para vivir una vida verdaderamente litúrgica? La liturgia exige tiempo. Uno tiene que estar dispuesto a renunciar a algo –ya sea tiempo extra en la oficina, en la recreación con amigos, en el descanso en el hogar-. Uno tiene que estar, al menos en algún grado, en paz, lo suficiente para advertir la necesidad de oración y meditación como algo más importante que innumerables cosas “urgentes” que, en el trabajo o la distracción, reclaman nuestra atención. Hay que creer profundamente en aquellas palabras de Jesús: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo el resto se os dará por añadidura” (Mt. 6:33). Hay que reconocer que el culto formal, objetivo, público, ofrecido a Dios por la Iglesia es, en sí mismo, muy superior a nuestras oraciones privadas, aunque éstas sean indispensables en su nivel propio.

Una de las razones, según me parece, por las que estamos más lejos que nunca de desarrollar y practicar estos hábitos es que, siendo la liturgia moderna en ocasiones superficial, horizontal y mutable, no estamos realmente dispuestos a permitirle que sea la actividad fundacional, central y decisiva de nuestras vidas de católicos. Sentimos, inconscientemente, que no sirve para este propósito: es demasiado exigua, demasiado amorfa, demasiado humana, demasiado insustancial. Como diría P.G. Wodehouse, “no tiene agarre”. Como no es ni ese depósito de contemplación que es la Misa rezada, ni la majestuosa ceremonia que es la Misa solemne según la forma extraordinaria, va y viene sin atrapar ni nuestra imaginación ni nuestro corazón. Si seguimos yendo a Misa semana tras semana, es más por un sentido del deber y de afecto por lo comunitario. Si, como lo hace una creciente cantidad de católicos, nos alejamos poco a poco de ella, es porque, en el fondo, no había mucho de qué alejarse. Se ha proporcionado a los católicos modernos una doctrina light y un culto light en vez de una filosofía de vida omnicomprensiva y muy exigente que aspira a una inmersión total en el Misterio de Dios. Lo último es digno de que se viva y se muera por él. Pero, ¿lo otro?…


NOTAS

(1) Recuerdo aquí las palabras del filósofo presocrático Heráclito (ca. 535-475 AC): “Porque aunque todas las cosas vienen al ser de acuerdo con este logos, pareciera que los hombres jamás se hubieran encontrado con él, cuando se encuentran con palabras y actos como los que he explicado, separando cada cosa de acuerdo con su naturaleza y explicando cómo está hecha. En cuanto al resto de los hombres, son inconscientes de lo que hacen una vez que se despiertan, tal como se olvidan de lo que hicieron una vez que se duermen. ¿Qué inteligencia o comprensión tienen? Creen en los cantantes populares, y toman como maestro al populacho, ignorando que la mayor parte de ellos son malos, y pocos son buenos”. Acerca de la naturaleza pública, objetiva y –en cierto sentido- no emocional de la liturgia, véase los extractos que publiqué aquí del primer capítulo de “El espíritu de la liturgia”, de Romano Guardini. 

(2) Así lo dice el Concilio Vaticano II. Véase Sacrosanctum Concilium, 9.

viernes, 7 de agosto de 2015

Federico García Lorca en tres actos (III)

Para concluir nuestra serie sobre Federico García Lorca (cuya primera y segunda entrega pueden leerse  aquí y aquí), queremos compartir con nuestros lectores una breve nota publicada por el periodista Alfredo Amestoy en el periódico español ABC el 15 de junio de 2004 respecto de la última Solemnidad de Corpus Christi que vivió el poeta andaluz. 



El último «Corpus» de García Lorca



Alfredo Amestoy


No era un día de Corpus, como hoy; ni lucía el sol en Toledo. Era una mañana invernal de 1961 cuando, entre plano y plano del rodaje de «Viridiana», Luis Buñuel me concedió una entrevista. Me confesó que hacía veinticinco años que no había vuelto a Toledo, la ciudad que más visitó desde que llegó a Madrid en 1921. «Veníamos gente de la Residencia de Estudiantes. Casi siempre solos Federico, Salvador y yo. Y lo pasábamos en grande…». Para García Lorca, Dalí y Buñuel, ¿qué había significado Toledo? Me dijo que estaba seguro de que los tres eran creyentes, aunque en «La Orden de Toledo», de la que fueron fundadores, no había preocupaciones religiosas, sino líricas y etílicas. Pero de estos hombres educados en la fe religiosa, Federico es el más «fervoroso». Entre el Corpus granadino de su infancia y el Corpus toledano de su juventud, se vislumbra un García Lorca que se refugia en la Eucaristía, y es en este misterio en el que mejor se acomodan su devoción y su admiración por el rito.

 De izq. a der.: Salvador Dalí, José Moreno Villa, Luis Buñuel, 
Federico García Lorca y José Antonio Rubio Sacristán (1926)

Pepín Bello, otro miembro de la Residencia y de la Orden de Toledo, es el que consideró a Federico «el poeta místico del siglo XX». Bello conoció mejor que nadie a García Lorca. Y Bello fue el que recibió, y luego puso en manos del Primado toledano la carta desde Nueva York donde le cuenta que «hoy he salido dando vivas al portentoso, bellísimo catolicismo español… Esta mañana fui a una misa dicha por un inglés. Y ahora veo lo prodigioso que es cualquier cura andaluz diciéndola. Hay un instinto nato de la belleza en el pueblo español y una alta idea de la presencia de Dios en el templo. Ahora comprendo el espectáculo fervoroso, único en el mundo, que es una misa en España. La lentitud, la grandeza, el adorno del altar, la cordialidad en la adoración del Sacramento, el culto a la Virgen son en España de una enorme poesía» [Nota de la Redacción: el Primado de Toledo, don Marcelo González Martín ,publicaría posteriomente un artículo en el ABC, al que ya nos referimos en otra entrada]. 

La «cordialidad», la «familiaridad» con la Eucaristía, vuelve a aparecer en una carta a sus padres: «La solemnidad en lo religioso es “cordialidad” porque es una prueba viva de la presencia de Dios. Es como decir “Dios está con nosotros, démosle culto y adoración”. Es una gran equivocación suprimir el ceremonial. Es la gran cosa de España. Son las formas exquisitas, la hidalguía con Dios». Bello, en defensa del «misticismo» lorquiano, escribe que «se ha querido desconocer la angustia de la Fe que latía en la profundidad de Federico y que dejaba asomar sin ninguna prevención».

 García Lorca con Manuela Arniches en el Paseo de Recoletos, Madrid, julio de 1936.
Foto: Huerta San Vicente. Casa Museo de Federico García Lorca

A esta falta de «prevención» de Federico y que se manifestaba en declaraciones como «soy católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista y monárquico» llamó Gabriel Celaya con disgusto «actitud insensata», y, más tarde, adjudicó a tal «insensatez» el origen del desatino de su muerte. Pero quizás no era un despropósito la definición de Federico capaz de hacer compatibles catolicismo y comunismo; monarquía y anarquía… Lo cierto es que García Lorca marcha a su tierra cuatro días antes del Alzamiento [Nota de la Redacción: ocurrido el 18 de julio de 1936] porque había sido tiroteado al salir de casa y sospechaba que ya todo sería posible en Madrid.

Lo que le había ocurrido el 11 de junio, día del Corpus, cuando toma un taxi en la Gran Vía fue muy significativo. Observa desde el coche cómo caminan nerviosas por la acera dos mujeres jóvenes. Una lleva una especie de maletín en la mano… Por su atuendo y el pañuelo con que cubren la cabeza, Federico sospecha algo. Manda parar el taxi, se dirige a ellas y les ofrece acercarlas a donde vayan. Le dicen que van a Chamberí. Y a Chamberí manda al taxista que se dirija. Las jóvenes recelan cuando les pregunta qué es lo que llevan en ese maletín que parece el estuche de una máquina de escribir. Le contestan que, en efecto, es una máquina de escribir. García Lorca bromea diciéndoles que no tienen aspecto de «taquimecas». Ya el poeta, perspicaz, ha confirmado su primera impresión: se trata de dos monjas que se han quitado el hábito y se han puesto la primera ropa que han encontrado para poder salir a la calle camufladas. Le dicen que así es. «Y… ¿para qué llevan ustedes una máquina de escribir?». Las monjitas, desconcertadas, no se atreven a decirle la verdad. Se miran entre ellas. Por fin, la mayor se acerca a Federico y le dice al oído: «Le hemos sacado de nuestra casa para ponerle a buen recaudo en otro convento. Aquí llevamos… al Señor». «¿Al Señor?». Sin dudarlo un instante, conturbado, Federico se pone de rodillas en el taxi y se santigua, como lo hacía desde niño siempre que se cruzaba en la calle con el Viático.

 Javier Ciga Echandi (1877-1960), Un Viático en el Baztán (1917)

Este fue el extraño y misterioso último Corpus de García Lorca, vivido en Madrid, días después de su cumpleaños del 5 de junio y días antes de su muerte en Granada [Nota de la Redacción: justo un mes después del Alzamiento, el 18 de agosto de 1936].

Este Federico genuflexo es el que ya había escrito «Oda al Santísimo Sacramento del altar», que celebró Unamuno.

martes, 4 de agosto de 2015

El Cardenal Biffi y el Anticristo según Soloviev

El 11 de julio pasado falleció el Cardenal Giacomo Biffi, Arzobispo Emérito de Bolonia. 

 S. Emcia. Revma. Giacomo Cardenal Biffi (1928-2015)

Nacido en Milán el 13 de junio de 1928, realizó sus estudios en el seminario de la arquidiócesis de dicha ciudad, recibiendo la ordenación sacerdotal el 23 de diciembre de 1950 de manos del Beato Alfredo Ildefonso Schuster OSB, Cardenal Arzobispo de Milán.

Entre 1951 y 1960, Biffi enseñó Teología Dogmática en el seminario de Milán. En 1955 obtuvo el doctorado en Teología de la Facultad de Teología de Venegano. 

Entre 1960 y 1975, realizó trabajo pastoral en la Arquidiócesis de Milán. En 1975, fue nombrado obispo auxiliar de Milán y Titular de Fidenae, recibiendo la consagración episcopal el 11 de enero de 1976. Fue nombrado Arzobispo de Bolonia en 1984 y creado cardenal en 1985. 

Fue autor de numerosas obras sobre teología, catequética y meditación, entre las que se cuenta El quinto evangelio, obra de refinada ironía. Se destacó especialmente como estudioso y divulgador de la obra de Vladimir Soloviev (1853-1900), filósofo, teólogo y poeta ruso, famoso por su profundo interés por el catolicismo romano y por haber propugnado la superación del Cisma de Oriente, y que influyó a notables pensadores católicos, como al sacerdote chileno Osvaldo Lira SS.CC. [véase su «Soloviev y la misión de Rusia», Revista Estudios (Santiago de Chile), 1947, núm. 169-170, págs. 3-28; reeditado en la colección de artículos La vida en torno, Santiago, Centro de Estudios Bicentenario, 2a ed.,  2004] o al Padre Leonardo Castellani (véase sobre todo su interpretación sobre el pecado contra el Espíritu Santo y el fariseísmo). 

 Vladimir Soloviev por Iván Kramskoy (1885)

Fue precisamente el pensamiento de Soloviev el tema de la prédica del Cardenal Biffi para el retiro de cuaresma de 2007 donde asistieron el papa Benedicto XVI y la Curia Romana. Les ofrecemos a continuación, con leves adaptaciones y destacados de la Redacción, el reporte que en ese entonces publicó la Agencia Zenit a partir de una síntesis de la predicación difundida por Radio Vaticano. 

En su predicación, el Cardenal Biffi se detuvo sobre la figura del Anticristo, cuya venida ha de preceder a la Parusía y al Fin de los Tiempos (véase el Catecismo de la Iglesia Católica, §§ 675 ss.), según la interpretación que de esta figura hace Soloviev, refiriéndose a los peligros y tentaciones que, según las advertencias proféticas del pensador ruso, se ciernen sobre los cristianos.

 Luca Signorelli, La predicación y las obras del Anticristo 
(1500-1504, detalle, capilla de San Bricio, catedral de Orvieto)

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 28 febrero 2007 (ZENIT.org).- El cardenal Giacomo Biffi ha presentado a Benedicto XVI y a la Curia Romana «la advertencia profética de Vladimir S. Soloviev» sobre el Anticristo.

El predicador de los ejercicios espirituales hizo referencia al filósofo y poeta ruso, que vivió entre 1853 y 1900, para explicar que el Anticristo, en realidad, consiste en reducir al cristianismo a una ideología, en vez de ser un encuentro personal con Cristo Salvador.

Citando la obra de Soloviev, «Tres diálogos» (1899), el arzobispo emérito de Bolonia recordó que «el Anticristo se presenta como pacifista, ecologista y ecumenista».

«Convocará un Concilio ecuménico y buscará el consenso de todas las confesiones cristianas, concediendo algo a cada uno. Las masas le seguirán, a excepción de pequeños grupos de católicos, ortodoxos y protestantes», dijo.

Según la síntesis de su predicación de este martes por la tarde, ofrecida por «Radio Vaticano», el cardenal explicó que «la enseñanza que nos dejó el gran filósofo ruso es que el cristianismo no puede ser reducido a un conjunto de valores. En el centro de ser cristianos está, de hecho, el encuentro personal con Jesucristo».

«Llegarán días en los que en la cristiandad se tratará de resolver el hecho salvífico en una mera serie de valores», escribió Soloviev en esa obra.

En su «Relato sobre el Anticristo», Soloviev prevé que un pequeño grupo de católicos, ortodoxos, e hijos de la Reforma resistirán y le responderán al Anticristo: «Tú nos das todo, menos lo que nos interesa, Jesucristo».

 Retrato de Soloviev por Nikolai Yaroshenko (1892)

Para el cardenal Biffi esta narración es una advertencia. «Hoy, de hecho, corremos el riesgo de tener un cristianismo que pone entre paréntesis a Jesús con su Cruz y Resurrección», lamentó.

El arzobispo explicó que, si los cristianos se «limitaran a hablar de valores compartibles serían mejor aceptados en los programas de televisión y en los grupos sociales. Pero de esta manera habrían renunciado a Jesús, a la realidad sobrecogedora de la Resurrección».

Para el purpurado italiano, éste es «el peligro que los cristianos corren en nuestros días»: «el Hijo de Dios no puede ser reducido a una serie de buenos proyectos homologables con la mentalidad mundana dominante».

Sin embargo, precisó el purpurado, «esto no significa una condena de los valores, sino que éstos deben ser sometidos a un atento discernimiento. Hay valores absolutos, como el bien, la verdad, la belleza. Quien los percibe y los ama, ama también a Cristo, aunque no lo sepa, porque Él es la verdad, la belleza, la justicia».

El predicador de los ejercicios precisó en la capilla «Redemptoris Mater» del Palacio Apostólico del Vaticano que, por otra parte, «hay valores relativos, como la solidaridad, el amor por la paz y el respeto por la naturaleza. Si estos se convierten en absolutos, desarraigando o incluso oponiéndose al anuncio del hecho de la Salvación, entonces estos valores se convierten en instigación a la idolatría y en obstáculos en el camino de la Salvación».

Al concluir, el cardenal Biffi afirmó que «si el cristiano para abrirse al mundo y dialogar con todos diluye el hecho salvífico, se cierra a la relación personal con Jesús y se pone de parte del Anticristo».

Actualización [22 de marzo de 2016]: El sitio Exscriptor ofrece para su descarga el libro Relato sobre el Anticristo de Soloviev. Según el P. Castellani, ésta es la que más se ciñe al Apocalipsis de San Juan de entre las novelas apocalípticas. Compartimos con nuestros lectores el enlace para su descarga y felicitamos esta nueva iniciativa de poner a disposición de la red libros de actualidad. 

domingo, 2 de agosto de 2015

Hacia un enriquecimiento de la forma ordinaria

Les ofrecemos a continuación un artículo de Peter Kwasniewski, profesor de teología y filosofía del Wyoming Catholic College  (para otros artículos traducidos del autor véase aquí y aquí), aparecido en el sitio New Liturgical Movement. En su artículo, el Profesor Kwasniewski realiza una interesante propuesta práctica para llevar a la realidad el deseo manifestado por el papa emérito Benedicto XVI de un enriquecimiento mutuo de las dos formas del rito romano (véase: Carta a los obispos que acompaña el motu proprio Summorum Pontificum, 2007) y, en concreto, de cómo imbuir en el Novus Ordo una mayor sacralidad (íbid.), asegurándose así una continuidad con el Usus antiquior, la que, atendido el modo en que se celebra en muchos lugares la liturgia reformada, desgraciadamente hoy no es evidente.   

Las propuestas del Profesor Kwasniewski constituyen sin duda un valioso aporte para comenzar a hacer realidad la reforma de la reforma en materia litúrgica anunciada durante el pontificado de Benedicto XVI y, en cierta forma, reafirmada por el cardenal Sarah (véase la traducción que publicamos aquí). 

La traducción es de la Redacción, así como los destacados. El original (en inglés) puede leerse aquí. Agradecemos cordialmente al Profesor Kwasniewski por su gentil autorización para traducir y publicar su artículo en esta bitácora.


Infundiendo la espiritualidad de la forma extraordinaria en la ordinaria

Peter Kwasniewski 

Es un hecho ampliamente reconocido que la Misa del Rito Romano moderno adolece, en muchos aspectos, de una aguda discontinuidad con la tradición litúrgica precedente y que las muchas simplificaciones, innovaciones y opciones la han privado, en alarmante medida, de la atmósfera intensamente devota tan característica del rito romano tradicional.


El papa Benedicto XVI, reconociendo más claramente que muchos este hecho, expresó su deseo de un “mutuo enriquecimiento”, que redundaría en que la gente pudiera encontrar en la Misa nueva la “sacralidad” que tanto ama en la Misa antigua (1). Sin embargo, como se sabe, este redescubrimiento y recuperación de la sacralidad en el Novus Ordo no se habrá de producir automáticamente, sino que requerirá dar pasos precisos, dentro de los límites de las actuales leyes litúrgicas. Nos alegramos, con razón, de los beneficios para la Iglesia de la mutua coexistencia de ambas formas, pero “buscar reconciliación” requiere también encontrar una expresión interior, porque, de otro modo, la distancia entre la celebración de ellas (es decir, teniendo en mente la celebración parroquial corriente de la forma antigua y la celebración de la forma nueva apegada a las rúbricas), seguirá siendo demasiado grande (2).

Hay, por lo tanto, algunos pasos voluntarios que los celebrantes pueden dar para maximizar la continuidad entre la forma clásica de la Misa Romana y su derivado moderno, de modo que este último sea más espiritualmente fructífero, tanto para el sacerdote como para el pueblo. El proceso de enriquecimiento puede ser guiado por los tres principios siguientes.


I. El principio de la continuidad

El principio de la continuidad nos dice lo siguiente: cada vez que las rúbricas permitan optar, se debiera hacer siempre lo que está más en continuidad con la tradición precedente (3). En la misma línea, y ya que “la grandeza de la liturgia depende de la ausencia de espontaneidad” (Ratzinger), se debiera, como principio, evitar la variedad en medio de la plétora de opciones (4). Como C.S. Lewis ha dicho con tanta razón, tal variedad arruina el placer propio de una acción ritual. He aquí algunos ejemplos de cómo aplicar este principio de la continuidad:

1) Léase o cántese las antífonas de Entrada o de Comunión (a menos que ya estén siendo leídas o cantadas por la schola o por el pueblo).

2) Úsese el saludo “El Señor está con vosotros” y, en general, bájese la vista cuando se saluda al pueblo, en vez de procurar establecer contacto visual, el cual produce el efecto de llamar la atención de un modo tal que puede hacer descender la liturgia a un plano puramente horizontal (o quizá “centrado en el hombre”).

3) Úsese el rito penitencial A, es decir, el Confiteor y Kyrie.

4) Omítase la Oración Universal o de los Fieles en días de semana y, cuando se las use, tómeselas o créeselas inspirándose en los modelos más tradicionales .

5) Hágase en silencio la preparación de las Ofrendas, en vez de hacerlo en voz alta.

6) Dígase “Orad, hermanos”, en vez de “Orad, hermanos y hermanas” (5).

7) Úsese el Canon Romano, mencionando todos los santos y usando las conclusiones “Por Cristo nuestro Señor”.

8) Inclinarse ostensiblemente sobre la hostia y el cáliz, y recitar las palabras de la consagración de modo lento y pausado, dándoles su debido peso metafísico.

 Parroquia El Sagrario de Lima, Misa Novus Ordo (foto: página oficial de FB)

9) Manténganse unidos el pulgar y el dedo índice desde la consagración hasta las abluciones.

10) Omítase el saludo de la paz, el cual, como lo dicen claramente las rúbricas, es opcional.

11) Háganse cuidadosamente las abluciones, primero con vino y después con agua y vino, con los dedos puestos sobre el cáliz.

12) Úsese la despedida “La Misa ha terminado, vayan en paz” (o, mejor, “Ite, missa est”). 

13) Inclínese la cabeza, tal como indican las rúbricas -rara vez respetadas-, a la mención de las Tres Personas Divinas, del nombre de Jesús, del nombre de la Santísima Virgen María y del santo en cuyo honor se celebra la Misa.

Incluidas en esta categoría están también todas aquellas prácticas explícitamente permitidas pero muy raramente seguidas: celebración del sacrificio ad Orientem (que está supuesta en las rúbricas mismas del Misal de la Forma Ordinaria); el canto de los textos litúrgicos tradicionalmente cantados por el sacerdote; el bienvenido silencio, especialmente después de la Comunión; el uso generoso de incienso; el uso de ornamentos y vasos sagrados hermosos ; la distribución de la Comunión a los fieles arrodillados. La mayor parte de estos ejemplos dependen exclusivamente del celebrante, y pueden ponerse en obra de inmediato.

 S.S. el Papa Francisco celebra la Misa ad Orientem  (Novus Ordo)
   
II. El principio del incremento.

En segundo lugar tenemos lo que se podría llamar “el principio del incremento”, es decir, la búsqueda de vías adecuadas por las cuales ciertos elementos del antiguo rito puedan encontrar (de modo discreto, por supuesto) lugar en el rito nuevo a fin de aumentar la piedad y devoción del celebrante –las cuales, como nos recuerda Santo Tomás, afectan la eficacia de una determinada Misa en lo que se refiere a la consecución de las gracias por las que en ella se pide-. He aquí algunos ejemplos de cómo aplicar este principio:

1) Úsese el manípulo y el birrete, y la capa pluvial para las procesiones y el Asperges/Vidi aquam.

2) Al caminar hacia el altar –o en la sacristía antes de la Misa, si la distancia al altar es muy corta- recítese el Salmo 42 en silencio o en voz baja.

3) Al subir las gradas del altar y al besarlo, recítese en silencio el “Aufer a nobis” y el “Oramus te, Domine”.

4) Si el tamaño del santuario o la extensión de Aleluya lo permiten, añádase, a la fórmula más extensa del “Munda cor meum” del Usus antiquior, luego de decir el “Limpia mi corazón”, de una línea.

5) Junto con la recitación de las oraciones para la presentación de las Ofrendas, añádase alguna parte de las oraciones del antiguo ofertorio, o todas ellas, como devoción privada – práctica que, en principio, no resulta diferente a la de exclamar en silencio “Señor mío y Dios mío” a la elevación de la Hostia- (6).

6) Recítese el Canon Romano en un tono de voz más bajo, para invitar a los fieles a un momento de intensa oración meditativa; y, como se ha dicho anteriormente, pronúnciense las palabras de la consagración con especial gravedad (7). Es un hecho curioso, que he advertido frecuentemente, cuán profundo es el silencio y concentración de los asistentes cuando el sacerdote habla en tono bajo.

7) Recítense, antes de la comunión, ambas oraciones de preparación –una, según está estipulado, y la otra, como devoción privada-.

8) Al purificar los vasos, además de rezar lo que está estipulado (“Quod ore sumpsimus”), añádase el “Corpus tuum” del misal antiguo, como devoción privada.

9) Después de la bendición final, recítese el “Placeat tibi” al volverse al altar, besarlo y alejarse de él.

10) Recítese el prólogo del Evangelio de San Juan al regresar a la sacristía, o en ella, antes de bendecir a los acólitos.



11) Como alternativa, recítese el “Placeat tibi” y el prólogo del Evangelio de San Juan en voz alta, como devoción colectiva. Después de todo, todo el mundo se siente autorizado a añadir las oraciones de su preferencia, ya sea durante la Misa o a su término, y hay suficientes razones para añadir éstas, consagradas por tantos siglos de uso.

De este modo, cuando el sacerdote no puede, en una determinada situación, celebrar el “usus antiquior”, puede sin embargo tomar contacto con elementos de profunda piedad sacerdotal y eucarística: puede respirar su atmósfera devota y comenzar así –al menos en su corazón- a superar la ruptura experiencial entre las dos formas.

Se podría objetar, frente a este segundo principio y práctica, que las sugerencias hechas aquí contradicen las rúbricas de la Instrucción General del Misal Romano. Sin embargo, no es tal el caso, porque las prácticas que hemos mencionado son elementos o bien de devoción interior privada, o bien añadidos exteriores permitidos por las rúbricas mismas. Es cierto que hay algunos pasajes en la publicación Notitiae [medio de difusión preparado por la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos], especialmente en la década de 1970, que se oponen a estas sugerencias, pero Notitiae desempeña un papel asesor o de comentarios, y es difícil atribuirle autoridad magisterial. Sólo para reiterar un ejemplo, digamos que no existe prohibición alguna de usar el manípulo o el birrete, a pesar de ser ambos raros en la forma ordinaria en estos tiempos (8).

En Austria conocí a un sacerdote (uno de los mejores predicadores que jamás he oído) que celebrara ambas formas del misal romano y que, cuando usaba el Misal de Pablo VI, practicaba todo lo que he mencionado en este artículo: lo hacía con discreción y eficiencia, de modo que no había ni confusión ni retardo. Y me dijo que le parecía mucho más fácil oficiar el Novus Ordo reverentemente cuando estaba enriquecido, según hemos dicho, con elementos del rito romano tradicional. En su opinión, eran particularmente valiosas las oraciones del Ofertorio tradicional (9).

Parroquia El Sagrario de Lima, Misa Novus Ordo (foto: página oficial de FB)
  
III. El principio mnemónico

Finalmente, el principio mnemónico consiste en recordar al pueblo, con gentileza y oportunidad, aquellas cosas relacionadas con el Usus Antiquior que, lamentablemente, no se encuentran en el ámbito de la forma ordinaria, pero que ciertamente no son incompatibles con ella.

El ejemplo más notable sería el de los santos que ya no se celebran en el nuevo calendario. Así, el 14 de febrero, el sacerdote podría predicar un poco sobre San Valentín y también sobre los Santos Cirilo y Metodio, o el 10 de marzo, sobre los 40 Mártires; el 17 de septiembre, el sacerdote podría recordar que es la fiesta tradicional de la impresión de los estigmas en San Francisco, y proceder a continuación a relacionar esto con las lecturas (o, partiendo por las lecturas, poner a San Francisco como ejemplo). También podría predicar sobre la Epifanía y la Ascensión en los días propios, aparte de hacerlo en los días a que han sido trasladadas. Podría asimismo citar alguna colecta, secreta o poscomunión tradicional como parte de sus reflexiones en el día de la fiesta, o en el tiempo litúrgico. Puede también reintroducir bendiciones especiales en ciertas fiestas, usando las oraciones del Rituale Romanum. Por medio de estas referencias y devociones, se pone suavemente a los fieles en contacto con su propia tradición, que se hace así parte de su mentalidad católica, tal como debería ser. La referencia frecuente al Usus Antiquior sirve, pues, como una catequesis para la recuperación de la Tradición.

Giotto, San Franciso recibe los estigmas

Dado que el Usus Antiquior preserva de un modo particularmente intenso la teología y la piedad de muchos siglos de Fe, una imitación o adopción juiciosa de sus elementos de santidad y “buenas formas” puede significar un auténtico cambio en la devoción del celebrante y unos resultados mucho más fructíferos de la Misa (10).

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(1) Ver, de Benedicto XVI, la “Carta a los Obispos con ocasión de la publicación de la Carta Apostólica Summorum Pontificum”, especialmente el párrafo que comienza “Es verdad que ha habido exageraciones [....]”.

(2) Hay muy pocos lugares (por ejemplo, el Brompton Oratory) donde la percepción de la distancia no es, en absoluto, muy grande, y más de alguien ha salido de la Misa dominical cantada (forma ordinaria) en Brompton confundido acerca de qué “forma” era la que se había empleado. Lamentablemente, también hay lugares donde la forma extraordinaria se celebra de un modo descuidado, incompetente o derechamente extraño, como cuando algún Obispo dice una Missa cantata sin estar asistido por un presbítero, un diácono y un subdiácono, práctica que es, de hecho, ilícita.

(3) Esto podría llamarse también “el principio del P. Fessio”, ya que es él quien, incansablemente, lo ha propuesto. Léase su artículo, escrito en dos partes, aquí y aquí y véase el popular librito de Ignatius Press “The Mass of Vatican II”.

(4) Véase mi artículo “Indeterminacy and Optionitis”.

(5) Adviértase que “Orad, hermanas y hermanos” no es ni siquiera optativo en el Misal, a pesar de su casi universal adopción.

(6) Dado que quienes hicieron las reformas declararon explícitamente su intención de abolir el ofertorio, en sentido estricto, y de reemplazarlo por una preparación de las ofrendas que se podría calificar en cierta forma de "operaísta" (workerist), que no tiene casi nada en común con el ofertorio tal como ha sido entendido tradicionalmente, parece especialmente importante imbuir la exigua “preparación” con la rica intencionalidad sacrificial del ofertorio clásico.

(7) Recuerdo una divertida historia acerca de una Misa celebrada según la forma ordinaria por un sacerdote ad Orientem y con el Canon Romano leído en voz baja. Un joven serio se le acercó después y le dijo: “Me encantó verdaderamente la forma cómo dijo la Misa, pero no pude oírlo durante la Plegaria Eucarística”. A lo cual el sacerdote replicó de inmediato: “Pero si yo no estaba hablando contigo”.

(8) En el tema del manípulo en particular, véase aquí y aquí.

(9) Ver la alocución “The Five Wounds of the Liturgical Mystical Body of Christ”, del Obispo Schneider.

(10) Véase mi artículo “Two Different Treasure Chests”, acerca de cómo la forma de la Misa, lejos de ser una cuestión indiferente o de meras preferencias, está en la encrucijada de nuestra maduración espiritual y de nuestro desarrollo en la gracia.


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Actualización [25 de noviembre de 2015]: El sitio New Liturgical Movement ha dado a conocer recientemente la iniciativa de un grupo de estudiantes de la Universidad de Friburgo (Suiza), quienes, con el apoyo del nuevo capellán, organizan desde septiembre pasado cada miércoles  una Misa Novus Ordo celebrada en latín, ad Orientem y con canto gregoriano, en la cual los fieles reciben la Santa Comunión al modo tradicional (de rodillas y en la boca). El artículo, con fotografías de la Misa celebrada con ocasión de la fiesta de San Martín, puede leerse aquí. Esta iniciativa es otra muestra más de que, en la línea del anhelo de S.S. Benedicto XVI de una “Reforma de  la Reforma”, la Misa del Novus Ordo puede enriquecerse con elementos de la Forma Extraordinaria, para así rendir un culto más perfecto y digno a Dios y por el bien de las almas. 

Actualización [9 de diciembre de 2015]: El sitio Secretum meum mihi da noticia de que S.E.R. James Conley, arzobispo de Lincoln, Nebraska, ha hecho público que celebrará nuevamente la Santa Misa ad orientem durante el Adviento, siguiendo el ejemplo del papa Benedicto XVI, como un modo de manifestar la conversión del corazón que exige este tiempo penitencial.  

Actualización [9 de enero de 2016]: S.E.R. Rogelio Cabrera López, Arzobispo de Monterrey (México), ha dispuesto que a partir del 1° de enero de 2017 se lea el Prólogo del Evangelio de San Juan al acabar cada Misa celebrada en su diócesis. De más está decir que esta instrucción se refiere a las Misas celebradas conforme a la forma ordinaria, puesto que en las Misas tradicionales la recitación del último Evangelio, salvo contadas excepciones, se hace al finalizar cada Misa después de la bendición que imparte el sacerdote. Véase aquí la noticia que publica en inglés el sitio Rorate Caeli, y aquí la información oficial en español.