martes, 19 de noviembre de 2019

Un cuento sobre dos leccionarios

Les presentamos a continuación otro interesante artículo del Dr. Peter Kwasniewski, en el cual compara el leccionario tradicional con el reformado, dejando en evidencia las notorias deficiencias de este último.

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. 

 "Shakespeare resumido"

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Un cuento sobre dos leccionarios: calidad versus cantidad

Peter Kwasniewski

Desde hace algunos años he investigado el leccionario revisado, que es uno de los puntos que a menudo se presenta como uno de los grandes logros de la reforma litúrgica. Una presentación más completa de mis conclusiones se publicó en las actas de Sacra Liturgia 2015, Liturgy in the Twenty-First Century (pp. 287-320), pero se puede encontrar algunas consideraciones adicionales en un capítulo de mi libro Resurgimiento en medio de la crisis, en el prólogo al libro de Matthew Hazell Index Lectionum, en el ensayo con que he contribuido a un texto próximo a publicarse de Emmaus Road[1], en mi artículo sobre la escandalosa omisión de 1 Cor 11, 27-29 en el leccionario revisado, y en mi artículo sobre la purga de los salmos en la Liturgia de las Horas. Hay que admitir que, a medida que uno profundiza en este tema, se encuentra con cosas cada vez más inquietantes.

En su libro, de provocativa lectura, Work of Human Hands, el Rvdo. Anthony Cekada sostiene que el nuevo leccionario “contiene más Escritura, pero menos del mensaje real de ésta”[2]. A primera vista tal cosa parece increíble. Después de todo, ¿acaso el enorme aumento de pasajes que se lee automáticamente en voz alta no significa que más contenido de la palabra de Dios tiene que hacerse presente?

Sin embargo, resulta sencillo ilustrar este punto del Rvdo. Cekada mediante una comparación.

Supongamos que un erudito editor desea publicar una colección de “textos clásicos de Shakespeare”, y se impone la condición de que el libro sea relativamente compacto. Un editor hábil, perfectamente familiarizado con las obras, recorrería las tragedias, las comedias, las historias y los romances del Bardo, seleccionando algunos discursos célebres y algunos personajes favoritos, junto con algunos pocos otros pasajes menos conocidos, extraños, oscuros, curiosos o líricos. Aunque se decida incluir un porcentaje pequeño del contenido total de las obras, el florilegio resultante será, con todo, verdaderamente representativo del total, coloreado con todas las facetas del genio del Bardo. 

 Advertencia para The Family Shakespeare de Thomas Bowdler

Ahora, supongamos que otro editor, más al día en sus puntos de vista (y, por tanto, más estrecho de mente), reconoce que Shakespeare es, después de todo, un autor de gran calado, pero sólo en aquellos aspectos de su obra que resultan aceptables para los lectores modernos, ya que a los hombres y mujeres de hoy no les gusta que se les hable del pecado, de la muerte, del juicio, del infierno y de otras cosas desagradables. Este editor opina también que se ha exagerado el elemento trágico, por lo que quiere incluir párrafos de las comedias, de las historias y de los romances, pero nada de las tragedias. Y puesto que componer e imprimir se han hecho tan fáciles y baratos, decide que puede publicar una selección compuesta por muchos volúmenes. Y contrata a alguien a quien le da la orden de proceder como queda dicho aquí: hay que incluir una cantidad mucho mayor de textos de Shakespeare, pero se debe evitar las partes “difíciles”. Se realiza, pues, el trabajo, y tres brillantes volúmenes emergen de las prensas.

Para ser sinceros, ¿no deberíamos decir que, a pesar del mayor porcentaje de Shakespeare que resulta publicado en el conjunto de tres volúmenes, ellos no son, de hecho, representativos del todo, debido a esta decisión políticamente correcta (arbitraria y subjetiva, por tanto)? ¿No habría que decir que el volumen único del otro editor, aunque mucho más compacto, se puede considerar mucho más una sinopsis de Shakepeare? Pues, sí: eso es exactamente lo que habría que decir.

Este ejemplo hipotético da expresión a una verdad universal: primero hay que abarcar el todo como un todo antes de poder seleccionar algunas de sus partes como partes. En otras palabras, saber qué partes son importantes y saber cómo puede usárselas cuando se las extrae del contexto más amplio, exige comprensión del todo y sensibilidad para el peso relativo y la función de cada una de las partes.

Un ejemplo racial aclarará esto. Si se cree que todas las razas son iguales, se puede razonablemente escoger unos pocos individuos para cargos militares o gubernamentales descartando el resto, sin merecerse por ello la acusación de prejuicio racial. El que sólo unos pocos hayan sido seleccionados -y quizá sólo de una raza determinada-, no es cuestión de prejuicios sino de necesidad práctica: hay sólo unos pocos cargos que llenar, y se elige a los mejores. La selección óptima, en cualquier momento, no requiere necesariamente tomar en cuenta a todas las razas, sino que depende de la providencia divina. Si, por el contrario, se creyera que sólo los hombres de determinada raza son humanos o virtuosos, la consiguiente selección de individuos de sólo esa raza, descartando a los de otras, constituiría un problema.

Con los leccionarios ocurre exactamente esto. Los leccionarios históricos de la tradición occidental contienen relativamente pocos pasajes, pero éstos están bien escogidos para cumplir sus funciones latréuticas y educativas, y tiene una tremendo fuerza. El editor no se guió aquí, en la selección, por prejuicios contra pasajes difíciles, exigentes o políticamente incorrectos. El leccionario tradicional, con ser breve, ofrece de dulce y de agraz, y pasajes ya claros, ya obscuros, ya consoladores, ya inquietantes, ya pacíficos, ya violentos. Igual que en nuestro hipotético volumen sobre Shakespeare.

Sí, es cierto: el antiguo leccionario no incluye algunas de las historias favoritas de la Biblia. Pero el no ser completo en este aspecto no es en absoluto un defecto, ya que su propósito nunca fue simplemente instruir, y mucho menos entretener; sí incluye, en cambio, pasajes claros en todos los principales temas de doctrina  de moral. Lo que omite no le impide de modo alguno cumplir su función litúrgica. Además, no hay motivo para que no se le pudiera haber añadido, atinadamente, una cantidad de lecturas adicionales manteniendo la estructura existente, de acuerdo con lo que dice Sacrosanctum Concilium en los núm. 35 y 51, ya que, como sabemos, el desarrollo orgánico de la liturgia ocurre más a menudo por la adición que por la sustracción o la innovación a partir de cero.

Lo que los Prometeicos hicieron, en cambio, fue borrar el antiguo y milenario leccionario y partir de cero, guiados por dos falsos principios: (1) el propósito del leccionario es presentar al pueblo todo el contenido instructivo que sea posible; (2) este contenido instructivo debe evitar todo lo que sea “demasiado difícil para el hombre moderno”. El primer principio significa una mala teología de la liturgia; el segundo, una mala teología sobre la inspiración de la Biblia y su inerrancia. En conjunto, ambos equivalen a un rechazo del principio más fundamental de todos, es decir, la tradición litúrgica debe ser recibida con veneración y transmitida sin disminución ni corrupción.

Así pues, el nuevo leccionario está viciado en sus mismos principios, e independientemente de los beneficios que pueda ofrecer, no se lo puede considerar, en su conjunto, como un auténtico leccionario en el sentido en que la venerable tradición cristiana ha dado origen a esta clase de libros. Por el contrario, es producto de un comité que Dios, en su Misericordia, ha permitido que no carezca absolutamente de frutos. Mientras antes reconozcamos este hecho, más rápidamente podremos arrepentirnos de nuestra precipitación, y regresar a nuestro leccionario tradicional, que surge, sin filtros, de la fe y la piedad cristianas.

En conclusión, es perfectamente posible que un leccionario tenga más Escritura desde un punto de vista cuantitativo, pero menos Escritura desde un punto de vista cualitativo. El Leccionario romano tradicional da al pueblo más del mensaje total de la Escritura, aunque comprenda menos palabras, en tanto que el nuevo Leccionario da al pueblo menos del mensaje total, a pesar de su considerablemente mayor número de palabras.




[1] Mientras aparece esta publicación, la charla está disponible en mi página de Academia.edu.

[2] Hay mucho que es muy admirable en la investigación del Rvdo. Cekada, como ha dicho Mons. Andrew Wadsworth en su recensión de ella en Usus Antiquior. Pero, igual que Mons. Wadsworth, no puedo compartir muchas de las conclusiones del libro.

jueves, 14 de noviembre de 2019

Aviso importante: la Misa tradicional cambia su lugar de celebración

Queremos informar a todos nuestros feligreses, bienhechores y amigos que la Misa tradicional que nuestra Asociación celebra cada domingo y fiestas de preceptos cambiará su lugar de celebración a partir del próximo 17 de noviembre de 2019, Vigesimotercera Domínica después de Pentecostés. 

De momento, y mientras encontramos algún lugar que nos pueda acoger de manera estable, la Santa Misa se celebrará cada domingo, en el mismo horario de las 12.30 horas, en la parroquia que sirve nuestro capellán, el Rvdo. Milan Tisma Díaz. 

Se trata de la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de El Salto, situada en Av. Bombero Ramón Cornejo Núñez (ex Los Molles) 340, esquina con Avenida Las Torres, comuna de Recoleta. 


Vista del altar

Al lugar se puede acceder por Av. El Salto, que tiene tráfico en ambas direcciones. Esto significa que es posible ingresar a ella tanto desde Avenida Américo Vespucio como por Av. Perú, según desde donde se venga. Luego hay que virar por Av. Bombero Ramón Cornejo Núñez (ex Los Molles), que también tiene tránsito en ambos sentidos. Aquí puede verse el plano de ubicación de la parroquia. 

Fachada de la parroquia

El cambio se debe a las condiciones de seguridad y al abierto espíritu antirreligioso de las manifestaciones violentas que casi a diario se desarrollan en el entorno de Plaza Italia y sus alrededores, donde está emplazada la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria. Este ambiente ha llevado a la Universidad San Sebastián, que generosamente nos ha acogido desde 2011 a la fecha, a adoptar la triste decisión de suspender el culto en ese lugar mientras la situación social no se estabilice. Mientras pidamos a la Santísima Virgen del Carmen, Patrona de Chile que interceda por nuestra Patria. 


Oración por Chile


Virgen del Carmen, María Santísima,
Dios te escogió como Madre de su Hijo,
del Señor Jesús que nos trae el amor y la paz.
Madre de Chile,
a Ti honraron los Padres de la Patria
y los más valientes de la historia;
desde los comienzos nos diste bendición.

Hoy te confiamos lo que somos y tenemos;
nuestros hogares, escuelas y oficinas;
nuestras fábricas, estadios y rutas;
el campo, las pampas, las minas y el mar.

Protégenos de terremotos y guerras,
sálvanos de la discordia;
asiste a nuestros gobernantes;
concede tu amparo a nuestros hombres de armas;
enséñanos a conquistar el verdadero progreso,
que es construir una gran nación de hermanos
donde cada uno tenga pan, respeto y alegría.

Virgen del Carmen, Estrella de Chile,
en la bandera presides nuestros días
y en las noches tormentosas
sabiamente alumbras el camino.

Madre de la Iglesia,
Tú recibes y nos entregas a Cristo;
contigo nos ofrecemos a Él,
para que sobre Chile extienda
los brazos salvadores de su Cruz
y la esperanza de su resurrección.


AMÉN.

martes, 12 de noviembre de 2019

Una entrevista al Dr. Peter Kwasniewski: "La belleza, mensajera de Dios"

A continuación les presentamos una traducción de una notable entrevista al Dr. Peter Kwasniewski, colaborador habitual de esta bitácora, la cual fue concedida a la revista Calx Mariae. En ella, el Dr. Kwasniewski se refiere a la belleza y su relación con la espiritualidad cristiana, especialmente cuando se manifiesta en las diversas artes sacras vinculadas a la liturgia católica.

La entrevista fue publicada originalmente en New Liturgical Movement. La traducción es de la Redacción; las imágenes son las que acompañan la publicación original.


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Entrevista con el Dr. Kwasniewski acerca de “La belleza, mensajera de Dios”

Peter Kwasniewski

Quizá los lectores de New Liturgical Movement se interesen por conocer una nueva revista, Calx Mariae, que se publica cuatro veces al año por Voice of the Family en el Reino Unido. La editora, Maria Madise, me invitó a una imaginaria entrevista sobre el tema “La belleza, mensajera de Dios” para el núm. 3, que acaba de aparecer. Permítaseme decir, a pesar de ser yo mismo un colaborador, que el contenido y los valores de la producción son extremadamente elevados. Es verdaderamente, una de las mejores publicaciones que, desde hace mucho tiempo, he llegado a conocer, y los ojos irritados la apreciarán en estos días en que las noticias y novedades están dominadas por Internet. Para subscribirse o adquirir números individuales, véase el siguiente enlace.

Con autorización de la editora, se publica aquí la entrevista completa.

Maria Madise: A lo largo de la historia, la Iglesia ha procurado que exista música hermosa, arte, arquitectura y la más fina artesanía. ¿Por qué estas cosas tienen un papel crucial en la espiritualidad y la formación católicas?

Peter Kwasniewski: La razón es simple: fuimos creados por Dios como criaturas de carne y hueso. Aprendemos a partir de los sentidos. Cuando Dios le reveló la Ley a Moisés, recurrió a una alta montaña, con relámpagos, truenos, nubes negras, sangre y tablas de piedra. Cuando ordenó la construcción del Tabernáculo, mostró el modelo para el mismo, trabajado hasta en los detalles más mínimos, y exigió los materiales más caros. Cuando Dios habló a Elías, hizo primero un gran ruido, y luego se reveló a Sí mismo como una “voz pequeña y suave”. Cuando el Señor quiso entregarse más íntimamente a sus discípulos, usó pan y vino, en medio de un ritual religioso sumamente estructurado. Podemos pensar en miles de ejemplos, tomados de la revelación divina, de “teofanías”, o sea, de manifestaciones de Dios mediante diversos signos e imágenes. La liturgia judía continuó este modelo en el templo y en la sinagoga, y obviamente la liturgia cristiana hizo lo mismo, impulsada especialmente por el milagro del Hijo de Dios que se hizo de carne y hueso. La fe católica, respaldada con el poder de la Encarnación, desarrolló la más rica y más bella cultura que el mundo ha jamás conocido, pero lo hizo para el servicio de Dios, apuntando más allá de sí misma.

M.M.: ¿Cuál es la finalidad de la belleza? ¿Es práctica, o funcional?

P.K.: La belleza es el primer mensajero de Dios, y el último, y el más efectivo. Nos damos cuenta de que el mundo es bueno y ordenado debido a la belleza del cosmos, la que llegamos a entender intelectualmente sólo con posterioridad. Y tal como llegamos a conocer a Dios a través de su arte divino, conocemos también la belleza interior del hombre principalmente a través de las grandes obras del arte humano. Un pintor como Rembrandt nos ayuda a ver la belleza inmensa, conmovedora del rostro de un hombre o una mujer viejos, que quizá podríamos pasar por alto, o encontrar incluso feo. Cristo es “el más hermoso de los hijos de los hombres”, como dice la Escritura, pero Él mismo quiso convertirse en “un varón de dolores”, deforme más allá de todo lo imaginable, para decirnos a través de ello algo inolvidable sobre la invisible belleza del amor, del sacrificio por amor. La Iglesia, por lo tanto, no puede ni debe rehuir su papel de presentar a la humanidad este Amante inmortal, tanto por la belleza que apela a nuestros sentidos, como por aquel misterio más profundo que ningún sentido puede alcanzar.

M.M.: ¿Cuál es el papel de la belleza en la formación de los niños y de los jóvenes?

P.K.: Lo primero que ve un infante en el mundo es el rostro de su madre, que fundamenta una primera y permanente visión de la belleza, no tal como la ve el mundo, sino porque el amor revela la verdad. A medida que el niño crece en familia, sus padres tienen la obligación grave de entrenarlo en el amor a lo bello, mediante la lectura de buenos cuentos, la memorización de poesías, mostrándole buenas obras de arte, haciendo arte juntos, y asistiendo a una liturgia que sea muy bella en lo exterior, si ello es posible. Todas estas cosas son parte de una sutil y envolvente educación del gusto, de la sensibilidad, del instinto, de la intuición. Cuando crecemos con la belleza, adquirimos el sentido de lo apropiado, del respeto, de la nobleza, de la dignidad. Estas son actitudes proto-religiosas o para-religiosas que influyen grandemente en el curso de nuestras vidas. Sin ellas somos mucho más vulnerables a los vientos de las falsas doctrinas y de las excusas torpes.

 Una típica esquina europea

M.M.: ¿Cómo le explicaría usted a alguien qué es exactamente la cultura, y qué es cultura católica?

P.K.: No es fácil definir la cultura. En una reciente conferencia hice un ensayo al respecto: cultura “es el modo compartido en que una sociedad o un pueblo acostumbra a expresarse, a celebrar y a inculcar su visión de la realidad”. Quizá esto sea demasiado general. La cultura se preocupa siempre de la expresión concreta de las ideas y de los valores; de cómo comemos nuestros alimentos, de qué bebemos y cuándo y por qué; de cómo nos vestimos y hablamos; de cómo se ven nuestros edificios y vehículos. Todo esto es cultura y, de hecho, expresa una visión del mundo (o, quizá, una mezcla ecléctica de visiones del mundo).

Sobre todo en Europa, los católicos desarrollaron una cultura riquísima, en que incluso los objetos más pequeños de uso diario eran bellamente decorados y, a menudo, en relación con doctrinas de la fe. De este modo, existió un continuo desde una copa en el hogar hasta el cáliz sobre el altar, desde la campanilla de la mesa del comedor hasta la campana de la catedral, desde el mantel del comedor hasta el corporal en la iglesia. Las imágenes de la Virgen y de los santos presidían en todas partes -eran nuestros compañeros en este mundo, pero como recordatorio de que “no tenemos aquí ciudad duradera, sino que esperamos otra que ha de venir”-.

La cultura católica es, pues, lo producido y atesorado por una sociedad que se inspira en la fe, un ambiente que vuelve la mente hacia Dios de un modo suave y frecuente, haciendo uso de la refinada belleza de las bellas artes y del genio áspero del arte folclórico, de la majestad impresionante de los ceremoniales y de la fuerza estabilizadora de los ritos. El resultado es que toda la vida se impregna gozosamente de la inmensa realidad de Dios, demasiado grande para ser limitada a un determinado campo o por una determinada expresión.

M.M.: ¿Debiera haber un traslapo de la cultura litúrgica con la popular? En caso afirmativo, ¿en qué forma? En caso negativo, ¿por qué no?

P.K.: Creo, de hecho, que es una tragedia que la alta cultura y la cultura popular se hayan separado casi totalmente, y que la liturgia ya no sea el motor de la cultura, tal como lo fue por más de mil años. La “inculturación” actual es, a menudo, barata, azarosa y secular, debido a que no está guiada por un pensamiento sólido y claro, enraizado en la Revelación divina y en la Tradición de la Iglesia.

Por ejemplo, la gente trata de tomar la música pop contemporánea e introducirla en la liturgia. Esto es un enorme error, porque esa música está saturada de emocionalismo, y asociada estrechamente con la anti-cultura liberal y su promiscuidad sexual. Su efecto es exactamente el contrario de lo que la música de iglesia debe producir: elevar el alma a Dios, purificar el corazón de afectos desordenados, disciplinar el cuerpo. En vez de ayudar en nuestra asimilación de la Palabra de Dios, promueve, más bien, la secularización de la religión.

Pero también es posible realizar la inculturación. Los misioneros que vinieron de Europa al Nuevo Mundo, a menudo incorporaron los rasgos externos de las culturas evangelizadas en la música, las devociones, las artes visuales. Por ejemplo, los misioneros españoles en México enseñaron a los indígenas a componer en el estilo de la polifonía renacentista, pero permitieron y aun alentaron la inclusión de flautas indígenas y de percusión. El resultado tiene un sabor eclesiástico, pero con un toque centroamericano (si le interesa oír algo de ella, búsquela en el San Antonio Vocal Arts Ensemble, o SAVAE).

 El Hijo Pródigo como metáfora (detalle de Rembrandt)

M.M.: ¿Qué deberes tenemos como herederos de la Tradición católica? ¿Debiéramos reformarla, preservarla o recrearla?

P.K.: Esta es una pregunta importante. He aquí lo que el Señor mismo nos enseña en la parábola del hijo pródigo. Lo que le hacemos a nuestra herencia familiar, o lo que hacemos con él, demuestra lo que pensamos de nuestro padre, de toda nuestra familia. Ahora bien, nadie podría negar que cosas como el latín, el canto gregoriano y el celebrar la Misa ad orientem son tesoros centrales, constitutivos y característicos de nuestro patrimonio católico. La reforma litúrgica los suprimió o marginalizó, procediendo como el hijo pródigo que malgasta la riqueza de la familia en vivir mal, y termina empobrecido y miserable. La única vía de escape de esta situación es lo que nos dice la parábola: conversión, arrepentimiento, regreso y reinstalación en la casa del padre.

La actitud correcta frente a nuestra herencia es protegerla, preservarla, defenderla y usarla todo lo posible. Para ello debemos conocerla, y a medida que mejor la conozcamos, más la querremos. Este amor, a su vez, inspirará nuevas obras bellas en continuidad con lo que ha existido antes. Tal es la experiencia de todo artista católico serio -arquitecto, pintor, iconógrafo, escultor, compositor, poeta-. Si conocemos nuestra Tradición, la imitamos, la emulamos, la desarrollamos y la transportamos hasta el siglo XXI. No es necesario buscar originalidad. La única persona plenamente original es Dios Padre, puesto que Él no tiene origen en nadie más; incluso el Hijo no es original, sino originado; y el Espíritu Santo lo es por el Padre y el Hijo. Dios mismo nos enseña que la perfección de las personas, después del Padre, consiste en derivar unas de otras. La criatura que quiso ser enteramente original fue Lucifer, de quien el Señor dice que es “el padre de la mentira” porque “habla desde sí mismo”. A eso nos conduce la originalidad pura: al infierno. Y eso es, por cierto, lo que vemos en tantos artistas modernos.

A propósito, Martin Mosebach ha observado que la noción de reforma tiene sentido sólo si se toma la palabra en serio: un regreso a la forma, un formar de nuevo lo que ha perdido la buena forma. Reforma no significa un relajo, un largarse a vagar, un destruir las cosas, sino que más disciplina, más apego a los buenos modelos, más auto-control, más humildad al servicio de lo grande. Ese es el tipo de reforma que la Iglesia necesita siempre, no la “reforma” que se nos ha dado en el último medio siglo, que debiera llamarse más bien “deforma”.

M.M.: ¿Cómo describiría usted su propio descubrimiento de la Tradición católica y qué efecto tuvo ello en su formación y en su trabajo?

P.K.: Para mí, el descubrimiento del canto gregoriano fue una inmensa revelación. No podría decir porqué me fascinó tanto a la temprana edad de 17 años, pero el canto gregoriano es hipnotizante y cautivante de un modo en que ninguna otra música lo es. Al oír discos de la Wiener Hofburgkapelle, aprendí a leer los neumas en un viejo Graduale Romanum que había sido descartado en la escuela benedictina para niños a la que por entonces asistía. Pienso que también tuvieron importancia mis estudios de composición -a los que me introdujeron los corales de J.S. Bach, que trataba de imitar en mis ejercicios-: hay algo en este tipo de disciplina que ayuda al alma a percibir la belleza no como algo vago, esponjoso y sentimental, sino como resultado de trabajo, conocimiento, norma.

Otras influencias importantes al final del colegio fueron la lectura de los diálogos de Platón y del libro Fundamentals of Catholic Dogma [Manual de Teología Dogmática], de Ludwig Ott. Por aquel tiempo, pensaba que Platón, aunque pagano, era verdaderamente “uno de los nuestros” -una especie de “católico en el armario”- y que educarse significaba leer a Platón y otros autores como él. Todo esto me hizo desear ir a la universidad para poder sumergirme en las riquezas del catolicismo, que ya había comenzado a gustar. Es por eso que fui al Thomas Aquinas College, en California, donde pude estudiar los “Grandes Libros”.

El Thomas Aquinas College me introdujo a un mundo de inmensa profundidad y belleza, que incluía la Misa Tradicional, en la que anida todo lo que en la fe católica es purísimo, altísimo y amabilísimo. Pienso en aquel versículo del salmo: “Incluso el gorrión encuentra su morada, y la golondrina un nido para poner sus polluelos: tus altares, oh Señor de los ejércitos, mi Rey y mi Dios” (Sal. 84, 3). La Misa verdaderamente fue, y debe volver a ser, la fuerza que inspire a la cultura católica. Ciertamente para mí y para mi familia ha sido el lugar donde encontramos nuestro hogar espiritual, y donde podemos educar a nuestros hijos en la paz y el buen olor de Cristo.

 Una esquina para la oración

M.M.: Hay tanto en la cultura moderna que es feo, incluso grotesco, que muchos tienen una verdadera hambre de lo hermoso y lo bueno. ¿Podría sugerirnos cómo podemos satisfacer esta hambre?

P.K.: Creo firmemente, como lo dije antes, que necesitamos rodearnos de belleza. No me refiero a un amontonamiento de cosas o a un estilo kitsch, sino a una decoración adecuada, invirtiendo en obras de arte, si están a nuestro alcance, oyendo música verdaderamente buena (y con esto no me remito a ningún período en particular, pero ciertamente no al pop, al rock, al rap, al tecno ni ninguna de esas barbaridades, que son el equivalente musical de la comida chatarra o de las drogas), y tratando de entender el mejor arte que la civilización europea y católica nos ha legado. Podría recomendar varios pasos prácticos.

Primero, buscar la más bella celebración litúrgica que se pueda encontrar y asistir a ella. Si es en una iglesia bella, mejor todavía. La liturgia es el lugar donde la mayor parte de las bellas artes florecieron y donde se supone que se las experimenta, como ofrendas a Dios, capturadas por el movimiento ascendente de la oración (e idealmente colaborando con él). La liturgia no es sólo “la raíz y culminación” de la vida cristiana, sino que es también -o lo ha sido antes y debiera volver a serlo- la fuente y culminación también de la cultura cristiana.

Segundo, piense en las habitaciones donde vive y trabaja, y en cómo podría elevarlas con reproducciones, acuarelas, grabados, etcétera. Toma tiempo encontrar obras de arte “originales” pero, mientras tanto, o complementariamente, una buena cantidad de buenas reproducciones de Fra Angelico, Giotto, Rembrandt o Vermeer puede cambiar mucho el ambiente, favoreciendo un espíritu más contemplativo (recomiendo The Catholic Art Company, que tiene un buen surtido, y no vende basura ni apoya causas inmorales).

Tercero, elija un rincón de su casa y transfórmelo en “rincón de oración”, con íconos o imágenes sagradas, una vela, agua bendita, rosarios, flores. Debiera ser un lugar donde resulte natural reunirse para las oraciones de la mañana o de la noche (sobre esto se puede leer más en el libro The Little Oratory: A Beginner’s Guide to Praying in the Home, de David Clayton y Leila Lawler). A partir de este rincón se pueden desarrollar otras hermosas costumbres (véase el libro We and Our Children: How to Make a Catholic Home, de Mary Reed Newland).

Cuarto, compre algunos buenos discos de música sagrada o “clásica”, y dése el tiempo para escucharlos, para educar el oído y el alma (en LifeSite News he escrito algunos artículos atingentes: What makes Gregorian chant uniquely itself—with recommended recordings y These new recordings of sacred music will transport you to the courts of the King).

Quinto, dése tiempo para continuar su educación. No se puede encarecer suficientemente las conferencias del historiador del arte William Kloss, disponibles en The Great Courses: son exploraciones del genio de los grandes artistas, que abren los ojos y fascinan, que tienen un don especial para ver -ayudándonos a ver también nosotros- las luminosas profundidades de la realidad. Obviamente, si se puede visitar un buen o gran museo, habría que hacerlo de forma regular.

Sexto, al menos una vez al año, haga una peregrinación. El peregrino disfruta también de las vistas y sonidos del viaje y de su punto de llegada, pero tiene una finalidad más elevada que la del mero turista. La experiencia estética se hace más significativa cuando va unida al amor a Dios, a la práctica de la religión, y a la expresión de la devoción a un santo o al Señor mismo. Esto es lo que amé, dicho sea de paso, al asistir a la Misa pontifical de réquiem de Todos los Santos en la iglesia de San Juan Cancio el pasado 2 de noviembre: el coro y la orquesta interpretaron el Réquiem de Mozart en su auténtico contexto litúrgico: oírlo en el lugar y momento apropiado hizo la música todavía más hermosa.

Séptimo, si se tiene los medios, o si se tiene influencia sobre gente con medios, debiéramos tratar de patrocinar nuevas obras de arte que sean verdaderamente bellas y, si son para la Iglesia, verdaderamente sagradas también. Me causan admiración el clero y los laicos que, cuando se aproxima alguna ocasión especial, encargan una pieza de música o una pintura para ella. Obviamente, como compositor que soy, me doy cuenta de que si los católicos dejan de encargar y de desear buen arte para la Iglesia, los buenos artistas van a perecer de hambre y desaparecer. Lo mismo se puede decir del apoyo a los programas musicales y a las restauraciones correctas de las iglesias (que a menudo deshacen el daño producido por los iconoclastas posconciliares).

M.M.: En su nuevo libro Tradition and Sanity, usted presenta una cantidad de argumentos muy convincentes a favor del regreso a la liturgia tradicional, no sólo por razones litúrgicas o estéticas, sino porque el modo cómo vivimos el Sacrificio de la Misa, está en el corazón mismo de cada aspecto de nuestras vidas. ¿Podría explicarnos esto un poco más?

P.K.: Siguiendo con lo que dije anteriormente sobre cómo un hijo agradecido debiera tratar la casa de su padre y su patrimonio familiar, diría ahora que adorar a Dios con la liturgia romana en la forma en que se ha desarrollado orgánicamente durante un período de más de 1.500 años es crucial para tener (o, para muchos, para recuperar) una identidad estable, una espiritualidad profunda, un sano fundamento doctrinal, y una orientación para la vida moral. Y esto, además de los obvios méritos literarios y artísticos que tiene la antigua liturgia y que ha sido fuente de inspiración durante tantos siglos.

Dado que el catolicismo es, de por sí, una religión de tradición, debiera producirnos gran turbación que algunos católicos actuales oren de un modo terriblemente diferente, y aún contradictorio, del que usaron nuestros antepasados, incluida la gran mayoría de los santos. O éstos se equivocaron y nosotros tenemos la razón, o, lo que es más probable, nosotros nos hemos descarrilado en la búsqueda de la modernización, y necesitamos volver sobre nuestros pasos, si queremos alcanzar con seguridad nuestro destino. La liturgia no es algo que cada época necesite rediseñar y recrear a su propia imagen. Por el contrario, las vicisitudes de la historia son en gran medida trascendidas en un punto en reposo, en un centro inmovible, en una estrella polar con respecto a la cual podemos siempre orientarnos. Se podría aplicar a la Misa el lema cartujo: “la Cruz está inmóvil mientras el mundo da vueltas”. A mi juicio, ésta es la razón de por qué la antigua liturgia está actualmente ganando para sí a tantos “convertidos”. El mundo da vueltas a una velocidad enloquecida, sin control, y desgraciadamente, debido al prejuicio conciliar del aggiornamento, el mundo ha arrastrado en pos de sí a la liturgia, como una luna que órbita en torno a su planeta. La liturgia romana clásica permanece en su grandeza y al parecer, lo que no es sorprendente, es más “relevante” para nosotros hoy que lo que fue diseñado por un comité en la década de 1960.

Mi libro aborda todo esto, pero también la crisis del papado y de la evangelización, que me parecen estar vinculadas con la trágica decisión de “reorientar” el catolicismo según nuevas líneas. Esto no ha conducido a una renovación, sino a una acelerada deformación e irrelevancia. Gracias a Dios, vemos que un contra-movimiento adquiere fuerza en todo el mundo, caracterizado por su oposición, punto por punto, al programa oficial. Tal será el drama de las próximas décadas: cómo esta masiva “guerra civil” dentro de la Iglesia se desarrolla bajo las manos de la Providencia Divina.

He aquí el contenido del tercer número de Calx Mariae:

 

martes, 5 de noviembre de 2019

¿Por qué no celebran la reforma litúrgica?

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski, en el cual desarrolla una sugerente conjetura acerca de los motivos para la curiosa falta de celebraciones del cincuentenario de la promulgación del Misal reformado por parte de los adherentes del Novus Ordo.

El artículo fue publicado originalmente en New Liturgical Movement (y después republicado por Rorate Caeli) y ha sido traducido por la Redacción. 

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¿Por qué el “establishment” litúrgico no está celebrando el aniversario 50 del Novus Ordo?

Peter Kwasniewski

Un artículo publicado en New Liturgical Movement el jueves 24 de octubre (Lessons from the Sixties:Selective Synodality and Princely Protests) comienza del siguiente modo: “Es realmente sorprendente cuán poco se está conmemorando, en el año en curso, la reforma litúrgica de Pablo VI, especialmente el Novus Ordo Missae, promulgado hace cincuenta años”. Durante todo este año 2019 he estado pensando lo mismo.

Debiera resultarnos sumamente extraño, al menos en un primer análisis, que los comités litúrgicos, los dicasterios vaticanos, los departamentos de teología, las cancillerías, las órdenes religiosas y todo el resto del aparato burocrático posconciliar no esté entregado a una enorme celebración de las bodas de oro de la nueva Misa promulgada por Pablo VI el 3 de abril de 1969, que entró en vigencia, en la mayoría de los países, el primer domingo de Adviento de ese año, el 30 de noviembre (en forma análoga Summorum Pontificum se promulgó el 7 de julio de 2007, pero no entró en vigor sino en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el 14 de septiembre).

Por cierto, se podría pensar que si algo hay que merezca brindis, fiestas y palmaditas de orgullo en la espalda, habría de ser precisamente este monumental cambio moderno de imagen. Sin embargo, la cantidad de eventos, peor todavía, la cantidad de menciones hechas por los amigos del rito paulino, pueden contarse con los dedos de una mano. En cambio, el total de eventos celebratorios de los aniversarios, más bien modestos, de Summorum Pontificum (5 años, 10 años…), ya es de dos dígitos. Quizá lo más prominente (y no particularmente prominente) fue un artículo de L’Osservatore Romano, del 6 de abril de 2019, escrito por el P. Corrado Maggioni, S.M.M., Subsecretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que se publicó en inglés en PrayTell el 17 de abril [Nota de la Redacción: véase aquí la traducción castellana de ese artículo]. 

¿Cómo entender este sorprendente silencio? Creo que la respuesta puede compendiarse en el otro título que pensé poner a este artículo: “El agujero negro de la memoria: sobre la destrucción del conocimiento de la Tradición”.

Lo que me hizo llegar a pensar de este modo fue un interesante diálogo en Facebook, del cual voy a reproducir los segmentos más valiosos. El intercambio comenzó así:

“Me he topado con muchos que se llaman a sí mismos católicos, y que jamás han tenido ni la menor idea de que se hicieron cambios, que ignoran absolutamente lo que significa 'Novus Ordo'. Hasta tal punto se ha reescrito totalmente la historia”.

Otra persona intervino:

“Mientras estaba en la universidad, tuve una vaga conciencia de que, antes del Concilio Vaticano II, la Misa era en latín, pero pensé que la liturgia era exactamente igual a la que teníamos en la capilla de Steubenville, sólo que en latín. Pero después asistí a la Misa Tradicional por pura curiosidad, y descubrí cuándo equivocado estaba”.

La primera persona respondió:

“Yo supuse exactamente lo mismo. Hubiera sido necesaria la fuerza para convencerme de la idea de que alguien hubiera podido descaradamente confeccionar algo nuevo en un comité. No fue sino hasta que puse los dos textos uno al lado del otro y los comparé que me di cuenta de que habíamos sido engañados durante toda la vida. Comencé entonces a leer a Michael Davies y ahí fue el fin de todo”.

Una tercera persona intervino entonces:

“Yo me convertí al catolicismo desde el anglicanismo, luego de habérmelo leído todo en el camino. El Novus Ordo (aunque no me enteré entonces, ni por muchos años, de que se lo llamaba así) fue para mí un pequeño shock, pero pensé que las cosas eran simplemente así y tenía que tomarlas tal como eran. Ni siquiera supe que la Misa en latín todavía existía. Me arrepentí de la conversión, pero luego regresé y creeré siempre que no fue una mera coincidencia el que, después de confesarme, la Misa de día de semana a la que asistí haya sido la Misa Tradicional. Después de esto, viví lo normal en estos casos (lectura de Michael Davies, etcétera), experimenté toda la rabia ('Me han engañado'), hasta que lo superé. Bendito sea Dios”.

Surgió una pregunta: 

“¿Por qué hay tanta ignorancia entre los católicos no sólo de la historia en general, sino incluso de la historia reciente? Cincuenta años no es un período tan largo… Uno pensaría que una Iglesia que tiene 2.000 años estaría interesada en que sus miembros supieran lo grandioso que fue el que la vieja y polvorienta liturgia fuera reemplazada por un nuevo y brillante modelo”. 

A esta pregunta se dio la siguiente repuesta:

“La respuesta al puzzle es que ya no se espera en absoluto que se sepa que existe algo llamado Novus Ordo. Se supone que, simplemente, es 'la Misa'. Punto. Se supone que, con cada año que pasa, el hecho de que hubo cambios en la liturgia va cayendo al 'agujero negro' de la memoria. Se está muriendo la gente que recuerda bien la antigua Misa, esa gente que sabe cuán radicalmente diferente a la antigua es la nueva, y que recuerda con cuánta violencia se hizo los cambios. O sea, esa gente que no se dio simplemente por vencida ni se fue hace tiempo. Se supone que los católicos que todavía practican su fe no saben que existió un 'antiguo rito' ni que existe un 'rito nuevo'. El proyecto revolucionario consiste, en la etapa actual, en negar que haya existido cosa alguna que pueda llamarse 'la antigua fe'. En todo caso, esta es la razón de que estén furiosos como gatos metidos en un saco porque todavía hay tradicionalistas, y porque el movimiento tradicionalista está ganando terreno. Se suponía que los tradicionalistas habían desaparecido o habían sido desalojados, y el hecho de que haya tradicionalistas nuevos, gente como yo, que jamás supo, allá afuera, de la existencia del antiguo rito, y que haya ahora familias con doce hijos que van a la Missa Cantata, y todo eso del homeschooling y demás… Combínese eso con la capacidad de Internet de hacer que todo el mundo se entere de lo que realmente pasa, y además con muchas fotos hermosas, y se entiende que estén siendo víctimas de apoplejía”.


Víctimas de apoplejía, quizá; en todo caso, extrañamente silenciosos. ¿Cuántos sitios web hay que sigan una línea reformista dura? No muchos. Quizá uno solo: PrayTell. ¿Cuántos sitios web siguen una línea tradicionalista dura? Una buena cantidad. O sea, parece que los progresistas se han quedado sin combustible, o se mueven sin aplomo, o se quedan sin personal a bordo, o piensan que hablar mucho de ello tiene el riesgo de hacer que todavía más católicos conozcan algunos temas prohibidos y, por lo tanto, haya más posibles defecciones.

Un lector de OnePeterFive escribió al editor:

“Desde la escuela, ya buscaba a Dios, pero la plenitud, la realidad y la belleza de la Iglesia y de su Tradición me fue desconocida hasta que descubrí OnePeterFive… Declaro que mi encuentro con la Tradición fue una segunda conversión, porque mi experiencia inmediatamente después de mi bautismo y confirmación en la Iglesia de Francisco estuvo separada de todo conocimiento de que la Iglesia, con anterioridad a 1960, fue diferente de lo que es hoy”.

Exacto. El éxito de la “transformación de todas las formas” depende, al cabo, de que mucha gente en la Iglesia no sepa lo que pasó antes de 1969, o no se imagine que nuestro culto y nuestra vida podría, o debería, ser diferente de lo que el Vaticano, o la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, o la cancillería episcopal o [llénese aquí el espacio en blanco] quieren que pensemos que debe ser.

Actualmente estoy editando el manuscrito de la traducción de un muy buen libro de Michael Fiedrowicz, Die überlieferte Messe: Geschichte, Gestalt und Theologie des klassischen römischen Ritus [Nota de la Redacción: del cual nuestra bitácora publicó una reseña hace ya cinco años], que será publicado por Angelico con el título The Traditional Mass: History, Form, and Theology of the Classical Roman Rite. El siguiente párrafo resume, elocuentemente, los puntos que he presentado aquí:

"La celebración de la liturgia según su forma tradicional constituye, pues, un efectivo contrapeso a todos los achatamientos, reducciones, disoluciones y banalizaciones de la fe. Muchos de quienes no tienen familiaridad con la liturgia clásica y sólo conocen su forma re-creada, creen que lo que ven y oyen es la fe en su totalidad. Casi ninguno de ellos advierte que las oraciones de la Iglesia ya no combaten expresamente el error, ni ruegan por el regreso de los que se han extraviado, ni conceden una clara prioridad a lo celestial por sobre lo terreno; o que esas oraciones transforman a los santos en meros ejemplos de moralidad, o encubren la gravedad del pecado, o identifican a la Eucaristía con una mera cena. Casi nadie tiene conocimiento siquiera de las oraciones que la Iglesia pronunció, a lo largo de los siglos, en el lugar de la actual 'preparación de las ofrendas', ni sabe cómo aquellas oraciones demostraban la comprensión que la Iglesia tenía de la Misa como un sacrificio, ofrecido mediante las manos del sacerdote por vivos y difuntos”.

Recuerdo claramente que, a medida que descubría la Misa Tradicional en torno a los veinte años, me tropecé con importantes verdades de la fe -verdades enseñadas por la Biblia, los Padres de la Iglesia, los Concilios y, por cierto, por el misal tridentino- que habían sido enmudecidas, o hechas invisibles o incluso hechas desaparecer por el Novus Ordo. Y mis estudios posteriores han claramente confirmado la extensión de este sistémico sesgo. Por eso me gusta decir (aunque admito que es un poco exagerado) que “mi misal diario me transformó en tradicionalista”.

Los católicos que no se rindan confiadamente a los 2000 años de Tradición de la Iglesia no tendrán contacto con toda la doctrina y la moral del catolicismo. Esto es algo duro de oír, pero no es más que la enseñanza del Señor: “Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mat. 16, 24). En cierto sentido, lo mismo es verdad de la Tradición: tenemos que negar nuestros prejuicios modernos, tomar el bendito peso de la Tradición, y seguirla, a fin de ser totalmente católicos.

Joseph Ratzinger se hizo famoso repitiendo que el olvido de Dios es el problema mayor de Occidente. En su prólogo al libro The Organic Development of the Liturgy, de Dom Alcuin Reid, escribió:

“Si la liturgia aparece en primer lugar como un taller para desarrollar nuestra actividad, se olvidará lo esencial: Dios. Porque la liturgia no es acerca de nosotros, sino acerca de Dios. El olvido de Dios es el peligro más inminente de nuestra época. Frente a ello, la liturgia debiera constituirse como un signo de la presencia de Dios. Pero, ¿qué ocurrirá si es que se consolida el hábito de olvidar a Dios en la liturgia, y si en ésta sólo pensamos en nosotros mismos?”


“En nuestros días, cuando en vastas regiones del mundo la fe está en peligro de morir como una llama que ya no tiene combustible, la absoluta prioridad es hacer a Dios presente en este mundo y mostrar a hombres y mujeres las vías de Dios. No de cualquier dios, sino del Dios que habló en el Sinaí, del Dios cuyo rostro reconocemos en ese amor que llega 'hasta el extremo' (cf. Jn. 13, 1) en Jesucristo, crucificado y resucitado. El problema, en este momento de nuestra historia, es que Dios está desapareciendo del horizonte humano y, con la disminución de la luz que viene de Dios, la humanidad está perdiendo el rumbo, con efectos evidentemente cada vez más destructivos”.

Hoy todavía es difícil para muchos en la Iglesia darse cuenta -ya sea porque ignoran el pasado (como querían los revolucionarios) o porque, conociéndolo, tienen miedo de hacer su tarea y unir los trazos- de que los cambios en la liturgia han efectivamente contribuido, de modo profundo y duradero, a esta crisis de nuestro olvido de Dios, y de que la cura principal para esta amnesia es la restauración del rito romano clásico.

 De la ordenación de un sacerdote de la Fraternidad de San Pedro en 2017

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Actualización [15 de abril de 2021]: Religión en libertad ha publicado un reportaje sobre la conversión de Maren Latham, una mujer educada durante la década de 1980 en una devota familia mormona de Alberta, Canadá. Tuvo una infancia feliz dedicada a la oración y estudio de las Escrituras. Sin embargo, durante su juventud comenzó a descubrir la música, el latín y la belleza de la liturgia católica, las cuales le harían replantearse sus creencias y la llevarían a bautizarse durante la Vigilia Pascual de 2018.