viernes, 12 de enero de 2018

Ornamentos papales (viii): el formal y el strogolo


Entre el 15 y el 18 de este mes, el papa Francisco visitará Chile. Se trata de la segundo visita papal que recibe el país, después de aquella de San Juan Pablo II en abril de 1987. Como Asociación venimos desde hace algún tiempo dedicando una serie a los ornamentos papales, precisamente como preparación de esa visita tan esperada. El programa del viaje apostólico del Santo Padre, que después continúa a Perú, puede consultarse en el sitio oficial creado por la Conferencia Episcopal chilena. 

En esta ocasión nos referiremos a una insignia papal y un mantel sagrado: el formal y el strogolo. Aprovechamos de hacer una prevención. Cuando hablamos de ornamentos para titular la serie, utilizamos el concepto en un sentido amplio, como sinónimo de todo elemento material utilizado en la liturgia, sea que se utilice como vestimenta o insignia, sea que sirva de adorno o implemento de altar. 

El formal


Los obispos diocesanos y los cardenales, al vestir la capa pluvial, y los Papas al vestir también el manto, colocaban encima del broche propio otro más ricamente adornado, llamado formal. San Juan Pablo II y Benedicto XIV usaron igualmente el formal con capas pluviales, como cualquier obispo. Este broche también se denomina a veces racional, pero conviene evitar esta denominación para que esta pieza no se confunda con aquella otra que es propia de las vestimentas pontificales e ciertos obispos (véase aquí la entrada respectiva). 

El Papa usaba tres tipos de formales: 

(a) El formal penitencial, que tenía tres piñas colocadas de modo triangular. Desde 1969, el Santo Padre había dejado de usar el formal penitencial, hasta que Benedicto XVI lo recuperó en las primeras Vísperas de Adviento de 2007. En esa oportunidad, uso el racional penitencial que la Orden Agustina le había regalado a León XIII en 1887. 





(b) El formal ordinario, consistente en una placa de oro labrada o grabada. 


(c) El formal precioso, usado en las ocasiones más solemnes, que se caracteriza por tener gemas y piedras preciosas incrustadas.



El strogolo

En las antiguas celebraciones papales se desplegaba sobre el altar un lienzo sagrado llamado strogolo. Se trata de trece trozos de tela rectangulares unidos entre sí por sus lados mayores con encaje de hilo de oro. Forma así una suerte de mantel que era utilizado en la Basílica de San Pedro del Vaticano en las Vísperas y Misas papales. Se colocaba en el altar, doblado en paralelo a los candelabros. Durante la Misa era desdoblado por el cardenal diácono y el subdiácono latino cuando se llegaba al "et incarnatus est" del Credo. Por su parte, durante el canto de las Vísperas lo desplegaban dos auditores de la Rota cuando correspondía entornar el Magnificat.

El strogolo no era un corporal, sino un sobremantel. Encima del strogolo se colocaba un corporal alargado y de gran tamaño llamado “corporale magnum” y, encima de éste, un segundo corporal más pequeño llamado “corporale parvum”.


El strogolo desplegado sobre el altar durante la consgración

martes, 9 de enero de 2018

La Fe de Tolkien y la Misa de Siempre

John Ronald Reuen Tolkien (1892-1973) fue un destacado escritor, filólogo y académico católico inglés, famoso en todo el mundo especialmente por la saga fantástica que trascurre en la Tierra Media imaginada por él y contenida fundamentalmente en El hobbit, El Señor de los Anillos y El Silmarillion, entre otros libros publicados en vida o póstumamente por su hijo Christopher. 

 J.R.R. Tolkien

Debido al trabajo de su padre, un administrador bancario, Tolkien nació en Sudáfrica, en el seno de una familia que remontaba sus orígenes a Alemania, desde donde emigraron a Inglaterra en el siglo XVIII. Cuando tenía tres años, viajó a Inglaterra junto a su madre y su hermano menor para lo que estaba planeado como una larga visita familiar. Sin embargo, el padre murió en Sudáfrica de fiebre reumática y la familia debió permanecer en Inglaterra, viviendo en un primer momento en la residencia de sus abuelos maternos. Las primeras lecciones las recibieron los dos hermanos de su madre, incluyendo conocimientos de botánica y los rudimentos del latín. Tolkien tuvo desde la más tierna infancia gran contacto con los libros, disfrutando especialmente los libros de cuentos de hadas y sobre las sagas nórdicas, todo lo cual tendría luego influencia en su creación literaria posterior.

En 1900, su madre, Mabel Tolkien, se convirtió al catolicismo, pese a la vehemente oposición de su familia, de religión bautista, la que cesó la ayuda financiera que hasta ese entonces le habían prodigado. Mabel murió de diabetes en 1904, mucho antes de que estuviera disponible el tratamiento con insulina, a la joven edad de 34 años y cuando Tolkien tenía doce años. Para asegurar que sus hijos crecieran en la Fe y la conservaran, Mabel dispuso que luego de su muerte un amigo sacerdote del Oratorio de Birmingham, el P. Francis Xavier Morgan, fuera el tutor de los niños.

 Edith Mary Bratt, luego Edith Tolkien

A la edad de 16 años, Tolkien conoció a Edith Mary Bratt (1889-1971), tres años mayor y también huérfana, con quien inició una relación sentimental. Su tutor consideraba que Edith era un peligro para los estudios y, dado que era protestante, también para la Fe del del joven Tolkien, por lo que le prohibió volver a verla hasta que cumpliera veintiún años. La prohibición fue acatada con gran pesar por Tolkien, por afecto a quien había sido un verdadero amigo y una figura paternal. En la víspera de su cumpleaños número veintiuno, Tolkien le escribió a Edith asegurándole que su amor seguía intacto y le pedía que se casara con él; Edith, luego de recibir la carta y de un encuentro en persona, rompió un compromiso con otro joven y se comprometió en matrimonio con Tolkien en 1913. Se casaron en 1916, luego de convertirse Edith al catolicismo. 

Tolkien realizó sus estudios en el Exeter College de Oxford, estudiando primero Clásicos y cambiando luego a Inglés y Literatura. Recurrió a un programa que, pese a la entrada de Inglaterra en la Gran Guerra en 1914, le permitió postergar su enrolamiento hasta 1915. Luego de recibir su entrenamiento militar, el joven Tolkien tuvo que despedirse de su mujer y partir al frente francés en 1916, con pocas esperanzas de regresar con vida. Afortunadamente, diversos problemas de salud salvaron a Tolkien de la primera línea de batalla. Casi todo su batallón sería exterminado, al igual que la mayoría de sus amigos más íntimos de infancia y juventud. 

 Tolkien en 1916

En 1920 pudo dejar el ejército. Sus primeros trabajos luego de la Guerra fueron como colaborador del Oxford English Dictionary y como instructor en la Universidad de Leeds. En 1925 se incorporó como fellow en el Pembroke College de Oxford, enseñando anglosajón, desempeñándose además como tutor de alumnas de colleges femeninos. En 1945 se traslada al Merton College, también en Oxford, ocupando una cátedra de Inglés y Literatura, donde permaneció hasta su jubilación en 1959. 

En sus últimos años ya gozaba de la fama y los ingresos que le habían traído sus libros, pero la atención de los admiradores se le hizo crecientemente abrumadora y el matrimonio Tolkien se mudó al balneario de Bornemouth. Luego de la muerte de su mujer, en 1971, los dos últimos años de su vida los pasó Tolkien en Oxford, viviendo en el Merton College, donde había sido académico. En 1972 recibió de manos de la Reina el título de Comendador de la Orden del Imperio Británico (CBE), así como un doctorado honoris causa de la Universidad de Oxford. Tolkien murió en 1973 a la edad de 81 años y sus restos yacen junto a su mujer en el cementerio Wolvercote de Oxford. La lápida, junto a sus nombres, consigna a los nombres de Lúthien (Edith) y Beren (Tolkien), personajes nacidos de la fantasía de Tolkien que reflejaban el gran amor que existió entre él y su mujer.

 Tumba de los Tolkien en el cementerio de Wolvercote, Oxford

Su Fe católica estuvo siempre intensamente presente en su vida y escritos. Los estudiosos de Tolkien recalcan la presencia de abundante simbología cristiana y de numerosos temas recurrentes de la teología católica en su obra literaria. Su amistad con C.S. Lewis, con quien, entre otros, formó el grupo literario conocido como The Inklings, desempeñó un papel importante en la conversión de éste al cristianismo, aunque Tolkien lamentaría que Lewis decidiera regresar a la Iglesia de Inglaterra de su infancia, en lugar de hacerse católico.

Tal como lo recuerda su nieto Simon Tolkien en su bitácora personal, en sus últimos años, Tolkien quedó profundamente decepcionado por algunas de las reformas y cambios llevados a cabo tras el Concilio Vaticano II, especialmente en el campo litúrgico​: "Recuerdo vívidamente cuando iba a la iglesia con él en Bournemouth. Era un católico romano devoto y fue poco después de que la Iglesia cambiase la liturgia del latín al inglés. Mi abuelo evidentemente no estaba de acuerdo con eso y daba todas sus respuestas en voz muy alta en latín mientras el resto de la congregación respondía en inglés. La experiencia me resultaba espantosa, pero mi abuelo hacía caso omiso de ello. Simplemente, tenía que hacer aquello que creía correcto."

 Tolkien y su mujer (1966)


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Actualización [14 de enero de 2018]: Religión en libertad informa que el Aula de Teología "Desde el Corazón de Cristo" de la Diócesis de Getafe ha organizado una jornada gratuita y abierta (con inscripción previa) sobre varios aspectos de espiritualidad cristiana relacionados con la obra de J.R.R. Tolkien, a quien dedicamos esta entrada. La jornada tendrá lugar el 17 de febrero en la Parroquia San José Obrero de Móstoles.

domingo, 7 de enero de 2018

Ornamentos papales (vii): los anillos del Papa

En una entrada anterior nos hemos referido al anillo que lleva todo obispo como insignia propia de su dignidad, el cual simboliza el desposorio con su iglesia particular, lo que queda patente en las palabras que se dicen durante su consagración episcopal cuando se le impone éste: "Recibe este anillo, signo de fidelidad, y permanece fiel a la Iglesia, esposa santa de Dios". Ahora corresponde tratar aquellos anillos que utiliza el Santo Padre, continuando así la serie de ornamentos papales.

La opinión común asocia el "anillo del pescador" (anulum piscatoris) o "piscatorio" como la insignia característica del pontificado romano. El propio Benedicto XVI, en la homilía pronunciada durante la Misa de inicio de su ministerio petrino como obispo de Roma, le atribuía este carácter al decir que "el segundo signo con el cual la liturgia de hoy representa el comienzo del Ministerio petrino es la entrega del anillo del pescador" (el primero de ellos era el palio). Sin embargo, éste no es el único anillo que usa el Santo Padre, y así lo ha demostrado el papa Francisco al volver a la práctica que era habitual hasta hace algunos años.


Pío XII con su anillo pastoral

Antiguamente existían tres anillos para uso del Papa: el anillo pontificio, el anillo pastoral y el anillo del pescador. 


El Papa usaba el anillo pontificio cuando celebra pontificalmente. Se trataba de un anillo dotado de un resorte, que permitía adaptarlo a las quirotecas, y que era utilizado en las funciones litúrgicas más solemnes. Excepcionalmente, el Papa no usaba este anillo en la celebración del Oficio de Viernes Santo y cuando presidía la Misas de exequias por algún cardenal, prácticas que todavía se conservan. El día de su coronación, el nuevo Papa recibía un anillo confeccionado especialmente para la ocasión. 



Anillo pontifical con un camafeo que representa a Pío VII 

El beato Pablo VI con quirotecas y anillo el día de su coronación

Conjuntamente con el anterior, el Papa usaba su anillo pastoral, el que se adornaba con un camafeo o piedra tallada, privilegio originariamente exclusivo suyo, de acuerdo con su propio gusto. Éste era su anillo personal, de uso diario y con diseño variable, que el Santo Padre era libre de alternar con cualquier otro. Así, por ejemplo, 
San Pío V utiliza un anillo con un rubí rectangular, que se conserva en el Tesoro de San Pedro; San Pío X usaba habitualmente uno con una esmeralda; Pío XII solía usar un anillo confeccionado con uno de los dos aretes de zafiros rodeados de brillantes de su madre; León XIII y el beato Pablo VI tenían varios anillos que intercambiaban, etcétera. De San Juan XIII se cuenta que poseía una vasta colección y que cada día elegía uno distinto. En octubre de 1962, éste hizo una ofrenda simbólica de uno de ellos a San José, puesto que había encomendado el fruto de los trabajos preparatorios del Concilio a su patrono. Para ese efecto, envió el anillo al santuario polaco de Kalisz, donde se conserva una imagen del Santo Esposo tenida por milagrosa. La misma razón llevó a este Papa a dictar el decreto Novis hisce temporibus, de 13 de noviembre de 1962, por el que se ordenó la inclusión del nombre del Santo Patriarca en la oración Communicantes del Canon romano. 

San Juan XXIII toma posesión de la Basílica de San Juan de Letrán mediante la entrega de sus llaves

Estos dos anillos no eran, en definitiva, distintos a los que pudiera usar en iguales condiciones cualquier otro obispo, según en su momento explicábamos. La diferencia residía en realidad en el anillo del pescador, custodiado aparte y que no se llevaba en el dedo, el cual era exclusivo del Romano Pontífice. Se trataba de un anillo que cumplía las funciones de sello pontificio y que era usado por los Papas para sellar los breves apostólicos y las encíclicas, en los que a continuación de la fecha se consignaba la fórmula "sub Annulo Piscatoris" para autenticarlos. Su nombre proviene de que éste tenía grabado sobre cristal de roca la imagen de San Pedro en una barca echando las redes, bordeado por el nombre en latín del Papa que en ese momento ocupaba la sede. Recuerda así el antiguo oficio de pescador del apóstol San Pedro, cuyo sucesor es el Pontífice reinante, a quien Cristo ordenó ser "pescador de hombres" (Mc 1, 17; Lc 5, 10). 


Anillo de Sixto IV con el sello sustituido

Su origen no remonta a San Pedro, como algunos autores han pretendido, sino que comienza a usarse a partir de comienzos del segundo milenio. La primera mención a su existencia se encuentra en una carta de Clemente IV (1265-1268) a su sobrino Pedro Grossi, datada el 7 de marzo de 1265, vale decir, dos días después de cumplirse un mes de su elección, donde aquél le dice: "Non ti scriviamo sotto la bolla de nostro casato, ma sotto il sigillo del pescatore, del quale i romani pontefici fanno uso nelle scritture segrete". Esta referencia hace pensar que el mentado anillo se venía usando desde hacía algún tiempo en la correspondencia privada del Romano Pontífice para presionar el lacre con que ésta se cerraba, mientras que los documentos oficiales se sellaban con un cuño sobre un sello de plomo. Este sello que pendía de ciertos documentos pontificios y que por un lado representaba las cabezas de san Pedro y san Pablo y por el otro lleva el nombre del Papa, recibía el nombre de bula, de donde pasó a designar los documentos de ese mismo nombre (conocidos como bulas papales o bulas pontificias). Fue a partir del pontificado de Martín V (1417-1431) cuando se empezaron a sellar con el famoso anillo también los breves dirigidos a obispos y cardenales, empleando para ello un lacre rojo especial. Desde 1600, el sello se puso en el reverso y no al final del documento. 



Sello de lacre de Clemente XII

Sello de plomo del beato Pío IX

Antes de la aparición del anillo piscatorio, cuya data exacta es desconocida, el Papa sellaba su correspondencia privada con su propio anillo personal. De ellos se conserva el de Deodato I (615-618), con la representación del Buen Pastor y el Alfa y la Omega. Esto explica que, a diferencia del anillo que el Santo Padre llevaban habitualmente y que podía ser muy rico, el anillo piscatorio siempre fue de escaso valor material, pues su función era más bien instrumental. A su vez, ella trajo consigo una desvinculación física del anillo con la persona del Papa. Con el tiempo, empero, aquél comenzó a confeccionarse en oro macizo. 


Sello para lacre de Pío IV, con el que se sellaron todos los documentos del Concilio de Trento

Paulatinamente, se impuso la costumbre de que cada sumo pontífice portase un anillo hecho con los restos del usado por el anterior. En él se grababa un nuevo sello, el cual correspondía en exclusiva al Obispo de Roma quien, como sucesor del apóstol San Pedro, comporta la cabeza visible de la Iglesia católica y detenta sobre ella una potestad suprema, plena, inmediata y universal. 

El anillo del pescador era puesto por el Camarlengo en el dedo anular de la mano derecha del Papa después de que éste había aceptado e cargo, para pasar de inmediato al Maestro de Ceremonias que se encargaba de grabar el nombre adoptado por el neoelecto. Una vez grabado, su custodia correspondía al Maestro de Cámara Pontificio. A su vez, un Cardenal de la Curia y, posteriormente, el Secretario de Breves tenía una copia para el sellado de los documentos oficiales. Esta réplica fue reemplazada después por un sello de plomo de mayor tamaño, el cual desde 1842 sustituyó completamente la función de autenticación que tenía el anillo del pescador. Por entonces se reemplazó también el lacre rojo por una tinta de igual color. Así pues, la situación era similar a la existente en Gran Bretaña con el Lord guardián del Sello Privado (Lord Privy Seal), quien era responsable del sello personal del monarca, mientras que el Gran Sello Real permanecía bajo la custodia del Lord Canciller. Con la supresión de la Cancillería por el motu propio Aptius quo (1973) del beato Pablo VI, la conservación del anillo del pescador pasó a la Secretaría de Estado.  



Bula con el sello de San Juan XXIII

Dada su función, el anillo del pescador siempre permanecía en Roma, aunque el Papa viajase fuera. Por ejemplo, cuando el general Étiene Radet (1762-1825) llegó hasta el Palacio del Quirinal para detener a Pío VII (1800-1823), éste previo a su salida rayó la superficie del anillo para dejarlo inútil como sello. Como el propio Papa le dijo a su captor después de cenar y escuchar las razones de su detención, "un soberano que no tiene de qué vivir más que con una corona al día no es un hombre que se deja intimidar fácilmente". Durante el tiempo que estuvo ausente de Roma, se sellaron los breves y bulas con un anillo de hierro en forma de escudo romano, con las figura de los Apóstoles, Pedro con las llaves y Pablo con la espada y un libro. En torno a ellos, la inscripción "Pius Papa VII" y, debajo, "Pro an. piscatorio". Hasta Benedicto XVI, éste era el único caso registrado en que el anillo del pescador se había inutilizado en vida de su titular.


El arresto de Pío VII desde el Palacio del Quirinal (Museo Chiaramonti)
(Imagen: Wikipedia)

La costumbre de destruir solemnemente el anillo del pescador a la muerte del papa comenzó con el deceso de León X (1513-1521), pues hasta entonces sólo se sustituía el sello por otro trozo de cristal. Desde ese momento, tras el reconocimiento y consignación por parte de un médico de la cesación de las funciones vitales del Santo Padre, un Notario de Cámara recibía el anillo del Maestro de Cámara y se lo entregaba al Camarlengo para su destrucción. Lo propio hacía la Cancillería con el sello en poder del Secretario de Breves, que se destruía conjuntamente con el anillo al que sustituía. En presencia de la congregación de cardenales, el Camarlengo inutiliza el anillo con dos cortes en forma de cruz efectuados con una cizalla, y el sello golpeándolo con un martillo de plata hasta deformarlo completamente. El material era utilizado para confeccionar el nuevo anillo destinado al siguiente papa.


Después del Concilio Vaticano II, el uso del anillo pontifical cayó en desuso al dejar de utilizarse las quirotecas en la Misa papal. No ocurrió lo mismo con los otros dos anillos, aunque su uso ha sido diverso por parte de Juan Pablo I, San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.

Aunque la Constitución apostólica Romano Pontifici eligendo (1975) preveía que "el Pontífice será coronado por el cardenal protodiácono" (núm. 92), Juan Pablo I prefirió decantarse por algo más simple y encargó a Virgilio Noè, maestro de ceremonias de la Casa Pontificia, que diseñase una ceremonia nueva para la Misa de inauguración de su pontificado. En ella le fue entregado el palio y el anillo del pescador. Sin embargo, este Papa solía llevar como anillo una ancha banda de oro similar en diseño a aquel que se había regalado a los obispos al finalizar el Concilio Vaticano II. 


Juan Pablo I y su anillo pastoral


Anillo que el beato Pablo VI regaló a los padres conciliares tras la clausura del Concilio Vaticano II

San Juan Pablo II mantuvo la Misa inaugural de inicio de pontificado en reemplazo de la antigua coronación. Pero al igual que su antecesor no usaba de diario el anillo del pescador, sino que lucía uno adornado con un ancho crucifijo de oro en el centro que había pertenecido al beato Pablo VI y donde estaba representado San Pedro como en una cátedra sobre una barca. Para los fines respectivos, usaba un sello de forma oval. La Constitución apostólica Universi Domini gregis (1996) elimino cualquier referencia a la coronación, reemplazádola por una "solemne ceremonia de inauguración del pontificado" (núm. 92). De hecho, este Papa regaló dos veces su anillo pastoral. La primera ocasión fue durante su visita a Río de Janeiro en 1980, cuando le dio su anillo al Rvdo. Italo Coelho, párroco de la favela de Vidigal. La segunda vez tuvo lugar en 2004, cuando repitió el gesto de San Juan XXIII e hizo ofrenda de su anillo a San José. Éste fue puesto por S.E.R. Franciszek Macharskiel, Arzobispo de Cracovia, en la tela de un cuadro del Santo Patriarca que se encuentra la iglesia de los carmelitas descalzos de Wadowice, ciudad natal de Karol Wojtyła.


Anillo pastoral utilizado por San Juan Pablo II

Sello empleado para autenticar los documentos durante el pontificado de San Juan Pablo II, debidamente anulado tras su muerte


Mientras que los rituales usados por los Papas recién referidos eran provisionales, el empleado por Benedicto XVI no lo fue. Todavía bajo Juan Pablo II, la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias había preparado una versión permanente del ritual para ser sometida a revisión y aprobación por parte de quien fuese elegido como su sucesor. El Ordo fue aprobado por Benedicto XVI a través del rescripto Ex audientia Summi Pontificis el 20 de abril de 2005, vale decir, el día siguiente de su elección como Sumo Pontífice, siendo publicado enseguida por la Libreria Editrice Vaticana con el título de Ordo Rituum pro Ministerii Petrini Initio Romae Episcopi (Orden de los rituales para el inicio del ministerio petrino del Obispo de Roma). En dicha ceremonia, ante la desaparición de los símbolos litúrgicos propios del Santo Padre, desde la tiara al fanón, se quiso dar un nuevo sentido al anillo del pescador, ya no como sello sino como insignia peculiar del Romano Pontífice. Desde ese momento, y como el propio Papa expuso en la homilía antes citada, el piscatorio pasó a ser uno de los elementos materiales que caracterizan al ministerio pretrino del Obispo de Roma junto con el palio, el cual también se quiso distinguir en su diseño del que emplean los metropolitanos. En el nuevo rito, la entrega del anillo está a cargo del Decano del Colegio Cardenalicio, mientras que el Cardenal protodiácono es quien pone el palio sobre los hombros del nuevo papa. Con Benedicto XVI, entonces, el anillo del pescador comenzó a ser utilizado durante todo el pontificado, desde que le fue impuesto en la mentada Misa de inicio de su ministerio petrino y hasta que se lo inutilizó como signo de la sede vacante. 


Benedicto XVI besa el altar al comienzo de la Misa de inicio del ministerio petrino del Obispo de Roma. A su derecha, dispuesto sobre una bandeja para su bendición, se encuentra el cofre con el anillo del pescador que le sería impuesto por el Cardenal Ángelo Sodano


Después de su elección, a Benedicto XVI le fueron presentados dos diseños de anillo del pescador para que escogiese, ambos del orfebre romano Claudio Franchi. El Papa eligió el que presentaba líneas más clásicas, confeccionado en oro amarillo satinado y oro blanco, y que medía 3 x 2,7 x 2,8 cm.



Benedicto XVI con el modelo de anillo finalmente elegido 



El otro diseño de anillo del pescador que le fue propuesto a Benedicto XVI 

Tras su renuncia, el anillo del pescador de Benedicto XVI no fue destruido, sino sólo marcado con una cruz para anularlo. Esto explica que al día de hoy, dada su calidad de Papa emérito, todavía lo use en vez del anillo pastoral que empleaba previo a su elección.


Benedicto XVI saluda al papa Francisco durante su encuentro de 28 de junio de 2016
(Foto: Yahoo News)

Al igual que su antecesor, el papa Francisco recibió el anillo del pescador en la Misa de inicio de su pontificado de manos del Cardenal Decano. Sin embargo, suele utilizar comúnmente uno más simple, que es el anillo pastoral que ha usado desde que fue consagrado obispo auxiliar de Buenos Aires. Rara vez usa otro, fabricado en una joyería Capdevilla de Barcelona, que le regaló un cardenal y que también es muy sencillo. Además, su anillo del pescador presenta algunas diferencias con el precedente: en él no parece San Pedro pescando, sino con las llaves, y fue fabricando en plata bañada en oro, puesto que no se utilizó el material de su antecesor. Su autor es el orfebre italiano Enrico Manfrini. En las ocasiones más importantes, el Papa lleva este anillo y no el propio. 


El papa Francisco recibe el anillo del pescador de parte del Cardenal Angelo Sodano durante la Misa de inicio de su ministerio petrino como Obispo de Roma

El anillo pastoral que el papa Francisco usa desde sus tiempos de obispo auxiliar de Buenos Aires
(Foto: Takepart)

El anillo confeccionado para el papa Francisco por la joyería Capdevilla
(Foto: La Vanguardia)

miércoles, 3 de enero de 2018

Dos monjes conversan acerca del Papado

Reproducimos a continuación para nuestros lectores un diálogo imaginario, aunque muy agudo y esclarecedor, entre dos monjes sobre la recta comprensión del Papado y sus atributos y potestades. Su autor es el Profesor Peter Kwasniewski, un antiguo y muy apreciado conocido de esta bitácora. 

En este diálogo, el Prof. Kwasniewski advierte especialmente sobre una comprensión incorrecta de la declaración dogmática del Concilio Vaticano I, interpretación que, de modo contrario a los restringidos términos del señalado dogma, deviene en un maximalismo papal, el que distorsiona la verdadera naturaleza del Papado y hace del Romano Pontífice una suerte de monarca omnímodo, que podría disponer a su antojo del depósito de la Fe. Contra esta desviación nos advirtió reiteradamente hace ya tiempo el recordado P. Leonardo Castellani (aquí, por ejemplo, lo que a este respecto dice en Cristo, ¿vuelve o no vuelve?). El diálogo es una buena excusa, además, para leer o releer la Carta al Duque de Norfolk, escrita por el beato John Henry Newman para rebatir las críticas ofensivas del político Gladstone hacia los católicos (el original en inglés puede leerse aquí; en castellano existe una traducción de RIALP). 

El artículo original fue publicado en el sitio One Peter Five y puede leerse (en inglés) aquí.


Max Barascudts (1869-1927), Im Scriptorium

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Diálogo entre dos monjes sobre el papado

Peter Kwasniewski

Hermano Barsanufio: Buenos días, hermano. Para sorpresa mía, la casa de huéspedes está ya totalmente preparada para la llegada de los huéspedes hoy, y tenemos todavía algún tiempo antes del próximo oficio. ¿Tiene tiempo para conversar? Podríamos continuar lo que estuvimos hablando.

Hermano Romualdo: Me parece estupendo. Sentémonos aquí, en el jardín de hierbas.

H. B.: Lo que me preocupa es la relación entre el instinto “conservador” de someterse al Papa, y el instinto “tradicionalista” de tomar la Tradición como una guía segura y como un parámetro. Por una parte, veo que el instinto de venerar al Papa y seguir sus enseñanzas es saludable, pero, por otra, conozco suficientemente la historia de la Iglesia como para saber que tal actitud no es a prueba de tontos. Además, saber qué es “enseñanza del Papa” está muy lejos de ser sencillo, puesto que esa enseñanza no es un cuerpo homogéneo sino que se presenta en varias formas y con diversos grados de autoridad.

H.R: ¡Tan típico de usted apuntar inmediatamente al centro del problema!

H.B.: Para algunos, la idea de tomar la Tradición como guía la erige en un constructo intelectual que no puede ser jamás certero, y alientan con ello, casi al estilo protestante, un espíritu de “juicio privado”.

H.R.: Pero, a juicio de otros, la actitud de someterse al Papa puede errar si, con un espíritu ultramontano, concede demasiado peso a los dicta et facta, o sea, a las palabras y las acciones, del pontífice reinante.

H.B.: Ese es el contraste, expuesto sintéticamente.

H.R.: Sin embargo, creo que ambas posturas se van a los extremos. Existe una genuina via media que sostiene tanto la auténtica primacía del Papa, como el carácter normativo de la Tradición a cuyo servicio él está llamado, y que puede traicionar de alguna u otra forma. 

H.B.: ¡Exactamente! Yo solía creer que un Papa no podía jamás ni decir ni hacer nada equivocado, como si su papel fuera ser una suerte de oráculo de Delfos que responde siempre con una respuesta inspirada, una especie de rey-Dios venerado por todos, una especie de “Gran Líder” casi al estilo comunista o fascista. 

H.R.: Sufría usted de una ilusión común a muchos católicos. La mayor parte de ellos no captan bien el significado y el papel del Papado.

H.B.: Exacto. Para mí fue un momento crucial el descubrir que nada menos que Joseph Ratzinger dice en El espíritu de la liturgia –espere un momento, tengo por aquí el libro…-. Ah, sí, aquí está:

“Después del Concilio Vaticano II surgió la impresión de que el Papa podía hacer auténticamente cualquier cosa en cuestiones litúrgicas, especialmente si lo hacía cumpliendo el mandato de un concilio ecuménico. Finalmente, la idea de la liturgia como algo que es una donación, el hecho de que no se puede hacer con ella lo que uno quiera, desapareció de la conciencia pública en Occidente. De hecho, el Concilio Vaticano I no definió en absoluto al Papa como un monarca absoluto, sino que, por el contrario, lo presentó como el garante de la obediencia a la Palabra revelada. La autoridad del Papa está limitada por la Tradición de la fe, y eso se aplica también a la liturgia, que no es algo “manufacturado” por las autoridades. Aun el Papa no puede ser más que un humilde servidor de su legítimo desarrollo y del respeto a su integridad e identidad […] La autoridad del Papa no es ilimitada, sino que está al servicio de la Sagrada Tradición”. 

 S.S. Benedicto XVI durante la vigilia pascual de 2011
(Foto: Filippo Monteforte/AFP/Getty Images /The Atlantic)

H.R.: Hermoso pasaje, en verdad, que revela una corriente profunda de su pensamiento. Porque, si no me equivoco, reiteró la misma posición como Papa en 2005.

H.B.: En eso tiene usted razón. Lo tengo impreso en un papel e insertada en este libro, porque me pareció tan importante:

“El poder que Cristo confirió a Pedro y a sus sucesores es, en términos absolutos, el mandato de servir. El poder de enseñar en la Iglesia implica una dedicación al servicio de la obediencia de la fe. El Papa no es un monarca absoluto cuyos pensamientos y deseos son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es una garantía de obediencia a Cristo y su Palabra. El Papa no debe proclamar sus propias ideas, sino constantemente obligarse y obligar a la Iglesia a obedecer la Palabra de Dios frente a cualquier intento de adaptarla o de aguarla, ante cualquier oportunismo […] El Papa sabe que en sus decisiones importantes está atado por la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, por las interpretaciones vinculantes que se han ido desarrollando a lo largo del peregrinar de la Iglesia. Así, su poder no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio. Lo que le corresponde es asegurarse de que esta Palabra siga estando presente en toda su grandeza y resonando con toda su pureza, de modo que el continuo cambio del uso no la haga pedazos”.

H.R.: Bien, parece entonces que estamos de acuerdo sobre el auténtico papel del Papa y las limitaciones de su oficio. Pero recuerdo que ayer se debatía usted con el problema de la conversión de John Henry Newman y la forma en que, de algún modo, cambió su adhesión a un constructo abstracto llamado “Tradición” por su adhesión a una realidad concreta llamada “Papado”.  

H.B.: Así es. En 1840 Newman creía que “Tradición=Catolicismo”, en tanto que en 1845 comenzó a creer que “Papa=Catolicismo”. “Ubi Petrus, ibi ecclesia”, y todo el resto.

H.R.: Sin embargo, a la luz de las recientes citas de Ratzinger, ¿no habría que sostener que la diferencia entre el Newman anglicano y el Newman católico no está en esto, sino en que, hacia 1845, llegó a ver que el Papa es una parte integral y central del cuadro, que es aquél que puede decidir y definir –como históricamente lo ha hecho- qué está y qué no está de acuerdo con la Tradición, o qué enseña la Escritura y qué no?  

H.B: Por cierto. Es la falta de este poder magisterial en el protestantismo lo que explica que existan en él más de 30.000 denominaciones. Alguien debe poder decir, cuando llega el momento álgido, qué es lo que la Escritura y la Tradición enseñan y qué no.

 El Cardenal Newman (al centro) en Roma (mayo de 1879)

H.R.: Sin duda que el paso siguiente es declarar que el Papa no puede, de ningún modo, añadir o quitar nada a la doble fuente de la Revelación, es decir, Escritura y Tradición. El magisterio interpreta la Revelación, no le da origen ni la modifica. El Magisterio es, ante ella, claramente secundario. Esto es catolicismo puro, sin una gota de anglicanismo de 1840. Se puede y se debe ver a la cabeza de la Iglesia en esta tierra como un signo visible y fuente de comunión al interior de la Iglesia, sin ver su autoridad como absoluta en lo relativo a la doctrina y a la disciplina.

H.B.: No podría estar más de acuerdo. Me parece cosa de sentido común. Pero, ¿cómo se puede saber cuándo un Papa actúa de acuerdo con su oficio y cuándo se aparta de él? ¿Es en absoluto posible saber si el Papa obra ultra vires, más allá de su competencia?

H.R.: Creo que sí tenemos que poder distinguir entre ambas situaciones. Algo, al menos, de la Revelación puede ser conocido por los católicos fieles con una certidumbre tal que si, quizá per impossibile, un Papa lo contradijera, ellos podrían conocer que el Papa está en un error y rehusar seguir ese error, a pesar del respaldo papal.

H.B.: Si se negara que la fe ortodoxa puede ser conocida de modo totalmente independiente de la enseñanza de quien ocupa el cargo de Papa, ¿en qué se diferenciaría tal situación del escepticismo epistemológico en lo relativo a la cognoscibilidad, objetividad, constancia y universalidad de la fe católica?

H.R.: En realidad, no seríamos capaces siquiera de reconocer la continuidad de la fe a lo largo del tiempo, ya que cualquier continuidad de ella que apareciera en los registros históricos sería meramente resultado de que a muchos Papas se les ocurrió querer la misma cosa. Tal continuidad no sería garantía de que aquello a que tales Papas adhirieron fuera la verdad, y de que nunca adherirían a nada diferente.

H.B.: Semejante postura negaría la antiquísima norma de San Vicente de Lerins, quien enseñó que debemos adherir a aquellas doctrinas en las que se ha creído “siempre, en todas partes, por todos”.

H.R.: Exacto. Querido hermano, seguramente ve usted ahora que no podemos excluir o esquivar la necesidad de criterios racionales para decidir cuándo y cómo obedecer al Papa o acoger sus declaraciones a fin de, precisamente, permanecer nosotros mismos fieles a la verdad inmutable de la Fe. Me refiero de este modo a que por mucho que nuestra comprensión de Dios pueda desarrollarse a lo largo del tiempo, ello jamás contradecirá lo que ha sido enseñado solemne y coherentemente con anterioridad.

H.B.: Como usted me lo explicaba la semana pasada, tal es la razón de por qué Juan de Santo Tomás, Cayetano, Belarmino, Melchor Cano y otros grandes teólogos del pasado escribieron extensamente sobre estas materias, distinguiendo cuidadosamente entre las declaraciones y juicios del Papa que deben ser aceptados, y los que pueden ser cuestionados o, en casos extremos, rechazados.

 San Roberto Belarmino (anónimo, Escuela Italiana)

H.R.: Quizá no debiéramos hablar tan hipotéticamente. Hay muchas cosas que han sido dichas y hechas por Papas recientes que resulta extremadamente difícil reconciliar con claras enseñanzas de concilios y Papas anteriores, e incluso con la Sagrada Escritura. A veces esto es derechamente un escándalo. ¡Simplemente, compare usted la encíclica Casti Connubii con la exhortación apostólica Amoris Laetitia!   

H.B.: Ah, hermano, toca usted un punto doloroso. Desde hace un tiempo harto largo, para serle franco, he evitado leer las noticias del Vaticano, para no descorazonarme, airarme, deprimirme o extraviarme.

H.R.: Comparto plenamente el deseo de no saber cómo se producen estos males, pero tenemos que reconocer que las ideas que están en juego -¡como la propuesta de que deberíamos invitar a comulgar a quienes viven objetivamente en estado de adulterio!- tienen que ver con la esencia de nuestra Fe. No podemos ignorarlas, deseando que desaparecieran.

H.B.: Además, la gente nos preguntará cuál es nuestra opinión. Como hombres de fe, tenemos el deber de estar bien informados y de formarnos bien. 

H.R.: Y de prepararnos para cuando se nos haga preguntas embarazosas después de Misa o en la tienda de regalos.

H.B.: ¡Ha dado usted en el clavo! Hace unas semanas atrás, cuando tenía la tienda a mi cargo, se me acercó un hombre y comenzó a hablar sobre que la situación de la Iglesia hoy día era tan mala, que era clara señal de que no teníamos un Papa legítimo. Traté de demostrarle la diferencia entre no tener en absoluto un Papa y tener un Papa malo. Si se tiene un mal Papa, se puede explicar, sin gran dificultad, la desesperada situación de la Iglesia. En tal caso, aplicamos, simplemente, la navaja de Ockham.

H.R.: ¿Pudo convencerlo?

H.B.: Creo que sí. Le dije que la situación no mejorará nunca a menos que recemos diariamente por el Papa y por la Iglesia, y a menos que se asegurara de estar protegido contra los espíritus diabólicos. Después de unas cuantas bromas y de una taza de té, compró un lote de medallas de San Benito, algunos rosarios y un librito con Prima y Completas, y se fue con el ánimo en alto.

H.R.: Buena noticia. Qué bendición es una tienda de regalos.

H.B.: Pero esa conversación me dejó melancólico. De hecho, es lo que provocó nuestra conversación ayer sobre la insistencia de los tradicionalistas en la enseñanza fija y definitiva de la Iglesia en el pasado, como, por ejemplo, en el caso de los decretos, cánones y anatemas del Concilio de Trento, parámetros para el presente. Y me hizo preguntarme si quizá estoy demasiado apegado a cierta visión del pasado…

H.R.: Todos podemos, a veces, sentir eso mismo. Sin embargo, el pasado se nos da como el fundamento sobre el cual se construye el presente, y no cambiamos el fundamento de un edificio a menos que queramos derribarlo.

H.B.: Una señal de que no estamos locos es la gran cantidad de sacerdotes, obispos e incluso cardenales que están impactados y horrorizados por lo que ven que ocurre en Roma. Esto no tiene nada que ver con desconfiar del Papa, o rechazar el papado, o exaltar el juicio privado, sino con desconfiar de aquéllos que están dañando la Iglesia y la Fe que enseñaron sus predecesores.

 Domingos Sequeira, La moneda del César (1790)

H.R.: Totalmente de acuerdo: se trata de mantenerse firmes en la enseñanza de Nuestro Señor en los Evangelios sobre el matrimonio y el divorcio, una enseñanza expuesta y fijada, sin dar lugar a duda alguna, por el magisterio de la Iglesia, incluso el más reciente (y reiterado) de San Juan Pablo II y Benedicto XVI.

H.B.: Amén. ¿Para qué existe el Papa, si no es para proteger y proclamar el depósito de la Fe de modo integral y sin adulteraciones?

H.R.: ¡Y pensar que antes esto se daba por descontado! Newman llama al Papa un ancla, “un rompeolas, un obstáculo, un muro contra la innovación”, como dice el genial P. Hunwicke. En virtud de su oficio mismo, el Papa tiene que ser porfiadamente conservador, doctrinalmente no original, absolutamente tradicional.

H.B.: Es por esto que fue famosa la Iglesia romana durante el primer milenio de cristiandad: su Canon romano es la más antigua y sin cambios de todas las anáforas. Y ella retuvo en gran medida este papel también en el segundo milenio.

H.R.: Sí, la Iglesia romana fue tan resistente al cambio que incluso por siglos no recitó el Credo en la Misa, ya que ello no formaba parte de la liturgia existente, y finalmente cedió cuando todo el mundo empezó a recitarlo en todas partes. 

H.B.: ¡Debiéramos haber recurrido a ese espíritu de resistencia cuando sobrevinieron los cambios en las décadas de 1960 y 1970, cuando la cultura secular transformó la evolución en algo así como una religión!

H.R.: Muy bien dicho.

H.B.: Sin duda, lo que necesitamos es un Papa reformista, alguien como San Gregorio VII, San Pío V o San Pío X, alguien que pueda venir y ser ese muro contra la innovación y, podría añadir, estar provisto de un par de brazos forzudos para barrer los establos de Augeas.

 San Pío X (1903)

H.R.: Lo realmente increíble es que haya por ahí quienes piensan que somos católicos desleales por decir cosas como éstas. ¡Qué poco saben de lealtad y de catolicismo!

H.B.: En todo caso, yo, con la gracia de Dios, no abandonaré jamás a Nuestro Señor ni a la Sede de Pedro ni a la Fe católica que nos ha sido transmitida por la doctrina oficial de la Iglesia a través de las generaciones. Como lo dijo el primer Papa: “¿A quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

H.R.: Bien dicho, aunque estemos legítimamente perplejos y heridos por el último sucesor de Pedro, a quien el Señor, si estuviera todavía en esta tierra, tendría toda la razón de decir las mismas palabras que le dijo al primer Papa: “Atrás de mí, Satanás: tú piensas con los pensamientos de los hombres, y no con los de Dios”.

H.B.: “Los pensamientos de los hombres y no los pensamientos de Dios”… Eso me hace recordar algo: ¿oyó usted lo de las Acta Apostolicae Sedis?

H.R.: Desgraciadamente, sí. ¿Qué piensa usted al respecto?

H.B.: En lo que se refiere al contenido del texto, no es nada nuevo. Algunos observadores astutos han sabido todo el tiempo que el acceso a los sacramentos para los católicos que viven en adulterio es hacia lo que tanto los Sínodos como Amoris Laetitia han apuntado desde el comienzo. Los conservadores que insistieron en hacer piruetas hermenéuticas para demostrar que “nada ha cambiado”, han quedado colgando en el vacío. Se ha dejado caer, sin ceremonia alguna, a los defensores de la continuidad, en tanto que los agentes de la revolución han recibido un mensaje: “adelante a toda marcha”. 

H.R.: Pero ¿acaso no mejora la apuesta el que se invoque la “autoridad magisterial” y se la publique en las Acta y todo lo demás?

H.B.: Parece ser un recurso de moda hoy día pensar que por pegarle a un paquete la etiqueta “magisterial” su contenido se vuelve instantáneamente comestible y aun saludable. Pero no: ello dependerá de los ingredientes, no de la etiqueta. ¿No lo advirtió usted cuando hablamos de esto hace un momento?

H.R.: Pero parece que incluir algo en las Acta es importante. Recuerdo haber leído, en un manual neoescolástico de la década de 1950, que “todo lo que aparezca en las actas de la Santa Sede se presume ser enseñanza vinculante, puesto que no existe otra manera más oficial que ésta de publicar los documentos que quieren obligar a los fieles a un religioso sometimiento de la voluntad y la inteligencia”.

H.B.: Para empezar, se olvida usted de Lumen Gentium. 

H.R.: Hay ciertas cosas que no me esfuerzo mucho por recordar.

H.B.: Pero, ¡vamos!: ese documento es amigo suyo, al menos en este punto. Dice, en efecto, que se debe sopesar las declaraciones de la autoridad de acuerdo con muchos criterios: el tipo del documento en cuestión, la reiteración de una doctrina, la intención clara de definir o de condenar. Aunque se la publique en las Acta, el documento reciente es sólo una carta dirigida a un pequeño grupo de obispos (ni siquiera a la conferencia episcopal), que enuncia una novedad en vez de reiterar lo que se ha enseñado siempre, y no está vertida en un lenguaje que pueda en caso alguno competir con el Canon 915, que expresa una enseñanza del Señor, o una conclusión derivada lógicamente de una enseñanza del Señor. 

H.R.: En resumen, no cambia nada de la doctrina ni de la disciplina de la Iglesia.

H.B.: Ni tampoco podría hacerlo. Es como decir: “Hay ciertas circunstancias en que podría ser apropiado cuadrar un círculo”. Pero jamás se puede cuadrar un círculo. Por lo tanto, esas circunstancias no surgirán jamás. 

H.R.: Bien dicho.

H.B.: Y volviendo al manual que usted cita, seamos francos: los manuales neoescolásticos tienen sus virtudes, pero no está entre ellas la explicación sana y moderada de la autoridad papal. ¿Recuerda cómo se quejaba Newman de las probables consecuencias de la proclamación del dogma de la infalibilidad en el Concilio Vaticano I?

H.R.: Newman predijo que iba a darse una peligrosa veneración y adulación de la persona y opiniones del pontífice reinante, contrarias a la acotada doctrina de la infalibilidad definida por ese concilio.

 Concilio Vaticano I (Karl Benzinger, grabado, 1873)

H.B.: Quizá lo que vivimos hoy es el confuso modo en que los problemas diagnosticados por Newman han de ser finalmente dilucidados y clarificados. Porque por más de un siglo ha existido un maximalismo y positivismo papales que no se compatibilizan fácilmente con gran parte de la Tradición católica, y podemos ver que esa postura se está claramente auto destruyendo en la actualidad. 

H.R.: En otras palabras, hemos tenido expectativas poco razonables en relación con el papado, y he aquí que el Señor nos está sometiendo a una prueba final a fin de ver si estamos suficientemente maduros en la fe como para lidiar con ellas.

H.B.: O para decirlo de manera más positiva: este pontificado va a obligar a los teólogos a hacer más distinciones que nunca antes acerca del ejercicio del oficio papal y de los precisos parámetros de la obediencia de los fieles. Solía ser un punto indiscutido –por ejemplo, en los manuales neoescolásticos- que la mera publicación de algo en las Acta Apostolicae Sedis era motivo suficiente para someterle religiosamente la voluntad y el intelecto. ¡Esta última publicación pone fin, de modo más o menos abrupto, a una deferencia tan exagerada!

H.R.: ¿Quiere decir usted que ella nos muestra que los supuestos de la década de 1950 son insostenibles?

H.B.: Exactamente. La década de 1950 nos proporciona dos ejemplos que dan para pensar: la Asunción y los supuestos de los reformadores litúrgicos que nos dieron la “Semana Santa reformada”. La primera es un dogma de Fe. Los segundos constituyen una ruptura trágica.

H.R.: Entiendo a lo que se refiere usted. Por mucho tiempo tuve la incómoda sensación de que la reforma de los ritos hecha por Pío XII era una pegatina de pedazos antiguos y modernos, hechos con el astuto criterio de alguien acerca de cómo debían ser las cosas. A mí nunca me parecieron bien.

H.B.: Y cuando nuestro monasterio volvió a los antiguos ritos de Semana Santa, yo me sentí, tengo que confesarlo, arrebatado por su grandeza, su majestad, su fuerza sobrehumana. Me sentí casi abrumado por su peso y, con todo, extrañamente libre para tomar en serio las más serias de todas las cosas.

 La Misa de Presantificados en Viernes Santo, conforme al rito previo a la reforma piana
(Foto: The Rad Trad)

H.R. (luego de un silencio): Se está volviendo místico, hermano…

H.B. (sonriendo): ¡Échele la culpa a la antigua liturgia!

H.R.: El punto es que necesitamos un criterio mejor que el automático de los neoescolásticos, que supone prácticamente que todo ocupante del trono papal es un santo y un doctor de la Iglesia. Nos hace falta algo que esté más de acuerdo con las intenciones y textos del Concilio Vaticano I, para no traer a colación la matizada comprensión, desarrollada a lo largo de diecinueve siglos, de la autoridad inherente a la Escritura, a la Tradición y al Magisterio.  

H.B.: Lo que usted dice me recuerda, en estas materias como en tantas otras, que somos inferiores a nuestros antepasados que, además de sus otras buenas cualidades, tendían a ser más flexibles, más realistas, más llenos de celo y con más sentido común que nosotros… Ah, ¿escucha usted la campana que nos llama a Vísperas? Vamos, para no llegar tarde.

H.R.: Rece por mí, hermano. Jamás imaginé que habría de vivir en tiempos como éstos.

H.B.: Ninguno de nosotros se lo imaginó. Pero estos son los tiempos que Dios ha querido para nosotros, para usted y para mí. Y aunque parezca extraño, es Él quien escogió para nosotros estos tiempos, Él quiso que estuviéramos aquí, viviendo, orando, sufriendo. Hemos mencionado mucho a Newman. usted conoce esa maravillosa meditación suya, que me ha traído tanto consuelo en estos años:

“Dios me creó para que le prestara un servicio determinado; me ha encargado a mí una tarea que no ha encargado a otros; por lo tanto, confiaré en Él. Como quiera que yo sea, donde quiera que yo esté, jamás seré desechado. Si estoy enfermo, mi enfermedad le servirá; si estoy perplejo, mi perplejidad puede servirle; si estoy triste, mi tristeza puede servirle. Mi enfermedad, o mi perplejidad, o mi tristeza pueden ser causas necesarias para algún gran fin, que está absolutamente más allá de nosotros. Él no hace nada en vano: puede alargar mi vida, puede acortarla, Él sabe lo que hace. Puede privarme de mis amigos, puede lanzarme en medio de extraños, puede hacer que me sienta desolado y hacer que se hunda mi ánimo y puede ocultarme el futuro […] Pero Él sabe lo que hace”.

Nuestro cometido es ofrecer un sacrificio puro de alabanza y cuidar celosamente la verdad que Él nos ha dado a conocer. Este será nuestro modo de “salvar la Iglesia”. No hay otro.

H.R.: Posee usted una gran sabiduría para su edad, joven. Pongámonos en camino.

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Actualización [13 de enero de 2018]: En respuesta al P. Mauricio Chiodi, quien hace algunos días señaló en una conferencia que la exhortación apostólica Amoris Laetitia permitía la revisión de las enseñanzas relativas a la moral conyugal, especialmente aquella sobre la anticoncepción, contenida en la encíclica Humanae Vitae (1968) del beato Pablo VI, el Prof. Josef Seifert, de la Academia Internacional de Filosofía, ha publicado una declaración en OnePeterFive, cuya traducción castellana ofrece Infocatólica, donde refrenda la doctrina tradicional de la Iglesia en esta materia.