martes, 24 de julio de 2018

¡Es el rito, estúpido!

Después de haber publicado hace un tiempo una nota sobre su estupor por la desaparición en la ciudad de Santiago de Chile de la antigua tradición de los monumentos de la Semana Santa, un padre de familia vuelve a escribirnos para compartir con nosotros algunas reflexiones personales que revelan una firme certeza: la grave crisis de la Iglesia de los últimos cincuenta años es conducible, en último término, al problema litúrgico y, en concreto, al abandono del modo de celebrar el Santo Sacrificio de la Misa que emplearon nuestros padres por siglos, el cual fue reemplazado por la obra de manos humanas.

 (Ilustración: Pinterest)

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¡Es el rito, estúpido!

Un padre de familia

En adelante, 
los protestantes pueden usar 
el Misal romano para celebrar la Cena,
teológicamente es posible

(Max Thurian, Comunidad de Taizé)

Poco antes de las elecciones presidenciales de 1992, el entonces Presidente George Bush era considerado imbatible por la mayoría de los analistas políticos, fundamentalmente debido a sus éxitos en política exterior, como el fin de la Guerra Fría y el rápido desenlace de la Guerra del Golfo Pérsico. De hecho, las encuestas le daban un índice de aceptación de 90%, un verdadero récord histórico, y su reelección era algo que se daba por descontado. James Carville, estratega de la campaña electoral de Bill Clinton, el candidato opositor, señaló que éste debía enfocarse sobre aquellas cuestiones más cercanas a la vida cotidiana de los estadounidenses y sus necesidades más inmediatas. Con el fin de mantener la campaña centrada en un mensaje concreto, Carville fijó una pizarra en la oficina central del comando electoral con tres puntos formulados casi como aforismos: “cambio versus más de lo mismo”, “la economía, estúpido”, y “no olvidar el sistema de salud”. Aunque el cartel era solo un recordatorio interno, la segunda de esas frases se convirtió en una especie de eslogan no oficial de la campaña del candidato demócrata, que resultó decisivo para modificar la relación de fuerzas y derrotar a Bush, algo impensable pocos meses antes. La estructura de la expresión acabó popularizándose para referir cualquier tema, siempre con el propósito de destacar lo esencial en determinada situación y no dejarse llevar por apariencias.


La célebre pizarra de Carville que marcó un giro en la campaña presidencial de 1992
(Foto: Mark Pack)

Algo parecido a esa estrategia electoral deberíamos hacer los católicos: fijar en un lugar bien visible y escrito con grandes caracteres un cartel con el título de esta entrada: ¡Es el rito, estúpido! De esa manera, esa frase se convertiría en un recordatorio cotidiano de que todos los problemas que vive la Iglesia se deben, directamente o indirectamente, a una cuestión ritual. El problema litúrgico es inseparable de la crisis de fe, porque la banalidad de la celebración responde a un cambio en las propias creencias, el que se manifiesta tanto en una dimensión teológica como sociológica. Porque desde el Concilio Vaticano II es el hombre, y no Dios, el centro de la religión. Y conste que no invento nada, sino que me limito a parafrasear el discurso de clausura de ese concilio hecho por el beato Pablo VI. Quien piense que ambos problemas, el litúrgico y el doctrinal, corren por carriles separados y es perfectamente posible creer lo que siempre se ha creído mientras la personal vida de piedad se ordena en torno a la Misa nueva yerra gravemente. Cincuenta años de Misa reformada acaban modificando hasta las más férreas certezas doctrinales. El que no me crea puede hacer la prueba por sí mismo y puede comenzar a preguntar a los fieles que salen de Misa en la parroquia que mejor sigue la hermenéutica de la continuidad algunas simples cuestiones de Fe. Para que no me digan que soy reaccionario, el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica sirve para este propósito tanto como el Catecismo de San Pío X. Pregunte usted si la gente cree en la existencia del infierno, la transustanciación u otras cosas parecidas. De verdad, les aseguro que las respuestas le causarán mucha sorpresa si se deciden a poner en práctica el ejercicio aquí propuesto. 

Toda la crisis de la Iglesia, y parece que ahora sí se percibe que ella existe, descansa en la cuestión litúrgica. Porque cuando la Iglesia quiso renovar la forma de transmisión de su mensaje lo hizo del modo exactamente contrario al que correspondía, pues en vez de certezas contribuyó con su propia aportación a una creciente sociedad líquida. Casi enseguida después de que el mundo mirase perplejo el Mayo francés y las mil repercusiones que se sucedieron (o incluso le antecedieron) en todo el orbe, fiel a ese deseo del Che Guevara de multiplicar los focos revolucionarios, la Iglesia católica prohibía seguir viviendo la Fe de sus antepasados. Por decreto pontificio, con anatemas y excomuniones incluidas, desde entonces y en adelante sólo se podía decir una Misa diseñada ex profeso en las oficinas de un heterogéneo grupo de expertos, que incluía historiadores de la liturgia que jamás habían celebrado una Misa solemne, lazaristas tan carentes de conocimientos como de escrúpulos (Bouyer dixit) y clérigos prontos a componer plegarias eucarísticas en la sobremesa de trattorias trasteverinas, después de haber bebido unas copas de chianti y mientras degustaban un amargo ristretto. En Roma se dieron prisa para cumplir los deseos que los jóvenes parisinos, impulsados por libertinos filósofos burgueses, dejaron escrito en una pared de Odeón: "Queremos las estructuras al servicio del hombre y no al hombre al servicio de las estructuras". Et voilà, une nouvelle Messe pour vous, toute elle moderne, comme il faut aujourd'hui. Al final, si como decía otra pintada, esta vez en Nanterre, "mis deseos son la realidad", ¿por qué no se puede tener una Misa que refleje la subjetividad del celebrante y no que haga que éste se oculte y desaparezca para que sólo Dios sea evidente? La forma de combatir la posmodernidad no era quitando los adoquines para que reluciera la arena de un movedizo rito supuestamente pastoral, más cercano y vernáculo. Lo que había que hacer era mantener la solidez de la Fe en un rito de santidad probada, como manda el Evangelio, haciendo algunos retoques que ciertamente eran necesarios y justificados. "Lo sagrado: ahí está el enemigo", decía otra pintada de Nanterre. Por eso, había como defender la Misa de siempre como una baluarte asediado por el mundo, costase lo costare, porque en ella lo sagrado resulta ostensible. Pero fueron muy pocos, y más laicos que clérigos, los que entendieron de que la defensa de la Fe iba en serio. 


Pintadas efectuadas el 17 de mayo de 1968 en la entrada a la capilla de La Sorbonne
(Foto: Esprit68)

Si seguimos el consejo que propongo, cada mañana, al despertarnos, miraríamos ese trozo de papel con nuestro recordatorio y volveríamos a pensar en que el rito no es un mero conjunto de palabras, prácticas corporales y utensilios que se coordinan para representar ciertos misterios. Es algo mucho más importante, porque expresa algo de por sí inefable y que nos conecta con una determinada tradición que hemos recibido y debemos conservar para otros. Incluso, podríamos tener la frase como jaculatoria y repetirla varias veces al día, conscientes de que la Iglesia se sostiene en la promesa de Cristo de que las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella. Por eso, los católicos no podemos ser pesimistas, aun cuando todo se desmorone a nuestro lazo, las iglesias se conviertan en discotecas o mezquitas, nuestros pastores siembren la cizaña codo a codo con los enemigos, y a veces con más bríos, o los neoconservadores quieran hacernos creer que el verano posconciliar ya ha llegado porque una despistada golondrina extravió su camino y se posó sobre nuestra ventana. 

Digo esto porque estoy seguro de que es cierta la afirmación hecha por Hans Küng en la introducción de su particular historia de la Iglesia: “Detrás de las estadísticas más impresionantes, las grandes ocasiones y las solemnes liturgias de las Misas católicas, hay con demasiada frecuencia un cristianismo superficial y tradicional de escasa sustancia” (Küng, H., La Iglesia católica, trad. de Albert Borràs, Barcelona, Debate, 2ª ed., 2016, p. 18). Esta superficialidad se evidencia en que muchas personas se sienten atraídas por la liturgia tradicional por una razón puramente estética, de suerte que, si la Misa dominical a la que asisten pasa a ser rezada, casi con seguridad regresarían a sus parroquias o bien comenzarían a frecuentar iglesias donde la Misa nueva se celebra con decoro y acompañamiento de órgano. Sirva un ejemplo cercano. Conozco una ciudad importante y con un número de habitantes que supera el millón de personas donde la Misa de siempre comenzó a celebrarse de manera estable cada domingo desde que entró en vigor el motu proprio Summorum Pontificum, hasta que se hizo un cambio de ubicación y de horario. Hoy, la Misa dominical se celebra con una feligresía que supera con suerte las ocho personas en la nave y el sacerdote que la dice. El centenar de personas que antes asistía a ella dejó de ir, y no creo que la causa de dicha desaparición haya sido la apostasía colectiva. Simplemente, esa gente se fue a otra iglesia a oír Misa nueva, como si nada hubiese pasado.


Hace 50 años, el Vaticano II abrió las puertas de la Iglesia...y la gente se fue
(Imagen: Catholic Scout)

Es verdad que la Misa romana fue desarrollándose con los siglos para ser cantada en grandes iglesias y con el despliegue de un gran número de personas. Para ese fin se ha compuesto las grandes piezas de la música sagrada, pensadas para ser interpretada en el marco de una Misa solemne y desde la majestuosidad de un coro integrado por muchas y variadas voces. No niego que tener la suerte de asistir a una Misa pontifical en San Pedro del Vaticano, a una Misa de Navidad en la Iglesia de San Eugenio y Santa Cecilia de París, o a la Misa de clausura de la peregrinación de Chartes sea algo verdaderamente impresionante, donde la belleza del culto católico produce un profundo arrobo y casi deja al fiel padeciendo el síndrome de Stendhal. Pero esa majestuosidad de la liturgia tradicional manifestada en todo su esplendor ceremonial no puede llevar a minusvalorar esa Misa rezada dicha por un sacerdote en una iglesia desangelada y vacía. Quien esto escribe ha oído muchas Misas así, donde en la iglesia no había más que el celebrante y este menda, y en todas ellas se hace evidente que el rito romano tradicional es mucho más perfecto que el reformado. A nadie que asista con un mínimo de piedad a una Misa rezada le pasa inadvertido que algo trascendental está ocurriendo delante, que ahí hay algo sagrado que cautiva nuestra atención. Toda la Misa, con sus oraciones, lecturas, genuflexiones, besos e inclinaciones, es una secuencia que nos introduce de la mano del sacerdote al hecho histórico más importante que ha existido: la muerte de Jesús de Nazaret, el Verbo de Dios encarnado, sobre la Cruz. El sacerdote, como otro Cristo, vuelve a ofrecer el Sacrificio de redención por el que el Hijo del hombre reconcilió a la humanidad con su Creador. Ahí delante, sobre el altar, está ocurriendo un sacrificio, nada más y nada menos, y eso es evidente en los signos y detalles.  

El problema está en que la belleza de una Misa solemne, o incluso de aquella simplemente cantada, puede hacernos olvidar lo esencial, quizá como consecuencia del deslumbramiento estético. Que la belleza nos lleve a Dios es algo innegable, pero hay que dar un paso más hacia la profundidad insondable del misterio. Lo que en realidad debe importarnos es el rito, porque todo el aparato ceremonial se ordena a hacer visible el signo del sacramento. De ahí esa conocida frase atribuida a Próspero de Aquitania: la ley de la oración es la ley de la Fe. Rezamos conforme a lo que previamente creemos, porque de lo contrario nuestra fe acaba diluida en un puro pietismo voluntarista, que cree lo que reza. Y uso el plural de manera deliberada, porque la Misa, como consumación de la oración cristiana, es algo necesariamente colectivo, que congrega a la Iglesia en sus distintas dimensiones: militante, purgante y triunfante. Por más que frente al altar esté el sacerdote solo, esa celebración nunca es estrictamente privada, como el antropocentrismo egoísta nos quiere hacer creer, favoreciendo así las Misas concelebradas. Que no sea así proviene de que existe la comunión de los santos, y esta verdad es algo que profesamos cada semana como dogma de fe en el Credo. Esto significa que toda la majestuosidad de ornamentos, cantos y despliegue escénico que se ve en la Misa tradicional tiene un fin que no es meramente estético, sino que participa de la función que cumplen los sacramentos dentro de la economía de la salvación: hacer visible, sensible y fácilmente perceptible por cualquiera un particular misterio de nuestra Fe. 


Misas rezadas en un seminario

En suma, el mensaje que quiero transmitir es que la Misa tradicional no es el gregoriano, las casullas barrocas, las nubes de incienso, el latín mejor o peor pronunciado, el sacerdote vuelto al Oriente, las puntillas de unos atildados monaguillos vestidos de sotana y sobrepelliz, los velos de las piadosas mujeres que asisten a la Misa como en otro tiempo las Santas Mujeres al Calvario, ni todo el resto de cosas que generalmente llaman la atención del fiel que por primera vez se acerca a una iglesia donde ella se celebra. Todo eso es accidental. En rigor, la Misa tradicional es el rito que hace patente sin lugar a dudas el sacrificio redentor de Cristo, que constituye la fuente y culmen de la vida cristiana, porque ahí está real, verdadera y sustancialmente presente Él, muerto por ti y por mí para nuestra salvación. Por eso, una Misa rezada con el misal de San Juan XXIII siempre es preferible a una Misa reformada donde los aspectos externos están cuidados con los mejores esfuerzos de continuidad hermeneútica. La diferencia no es meramente externa, sino interna. La cuestión de fondo no son los accesorios, sino la columna vertebral del rito que expresa una verdad de Fe. Cada parte de ese rito manifiesta una determinada verdad, de suerte que la Misa es, como dice Claude Barthe, un bosque de símbolos. Todo en la Misa tiene su razón de ser, siempre que las distintas partes se miren como formando parte de una realidad orgánica que las supera, y no por un mero afán de erudición histórica: desde los ornamentos y las oraciones revistas para revestirse con ellos hasta el Último Evangelio, desde las oraciones al pie del altar y doble Confíteor hasta las abluciones, desde el posición y la forma de leer la Epístola y el Evangelio hasta la comunión diferenciada del sacerdote y los fieles, desde el hecho que el sacerdote se quite la casulla y el manípulo, a la vez que se pone el birrete, para predicar la homilía hasta la precedencia del envío a la bendición, y cabe un largo etcétera. Frente a ello, la Misa nueva sólo hace patente la libertad que deja al celebrante y a su mayor o menos capacidad de improvisación o gusto por la espontaneidad. Es nuevamente el espíritu del Mayo francés: "La imaginación toma el poder". De ahí que no haya una Misa nueva igual a otra, y no sólo por una cuestión de idioma o de una sacristía mejor provista: el problema es, una vez más, la propia estructura del rito y sus múltiples elecciones dejadas al arbitrio del celebrante. Porque detrás hay una distinta concepción sociológica de la Iglesia y una teología diversa. 

Por cierto, esto no significa que la Misa reformada deba ser excluida precisamente por la deficiencia ritual que presenta. Esta cuestión reviste una mayor complejidad y cada uno debe obrar en conciencia, pero resulta evidente el riego que significa rechazar en conjunto las Misas reformadas por decir que en ellas (¡en todas ellas!) falta la intención del celebrante de hacer lo que la Iglesia hace. Siempre he creído que, para los que somos padres de familia, es mejor inculcar en los niños la necesidad de ir cada domingo a Misa por sobre la pureza del rito que ahí se celebra. Como dice el refrán popular, lo mejor es enemigo de lo bueno., y es mejor enseñar que la Iglesia es madre y maestra a que la conciencia puede acabar desplazado al Santo Sacrificio por un afán de purismo ritual. De lo contrario, los niños crecen con la idea de que en las cosas de la Fe se puede juzgar, casi al estilo protestante, eligiendo lo que mejor cuadra con nuestros sentimientos. Y la fe, es sabido, no es una cuestión sentimental, sino de orden racional. Cuestión aparte es que debamos instruir a nuestros hijos sobre la diferencia de ritos, siempre conforme a sus capacidades de comprensión, para mostrar lo que hay detrás de ellos y por qué la Misa de siempre tiene un lugar preferente.  

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Actualización [3 de septiembre de 2018]: El Dr. Peter Kwasniewski ha publicado recientemente en el sitio Lifesitenews un breve pero elocuente ensayo en el cual sugiere que la degradación de la liturgia luego del Concilio Vaticano II es un antecedente insoslayable de la corrupción moral de no pocos clérigos a partir de ese entonces y hasta el momento presente. Si tantos sacerdotes celebran la liturgia de modo indigno, sin ningún temor de Dios ni respeto por Jesús Sacramentado, ¿cómo habrían de tener respeto por el cuerpo del prójimo?

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