sábado, 24 de abril de 2021

El padre Reese y los peligros de la Misa tradicional

Hace algunos día fue noticia, incluso en los medios en castellano (véase aquí y aquí, por ejemplo), la columna del sacerdote jesuita Thomas Reese, por años profesor de la Universidad de Georgetown y columnista de Religion News Service, donde advierte sobre los peligros de la Misa tradicional y la imperiosa necesidad de alejar de ella a los niños y jóvenes. Se trata de una reacción que tiene una base cierta: a la Misa tradicional asisten sobre todo jóvenes y familias. Les ofrecemos hoy la respuesta de Jane Stannus a dicha columna, donde explica las razones del combate contra la Misa de siempre. Detrás existe una batalla cultural y teológica, cuyo objetivo es cambiar las bases de la fe católica y los resabios de su influencia que aún quedan en la sociedad. Defender la Misa tradicional y el Catecismo Romano no son caprichos de añoranza por lo antiguo, sino combates que hay que dar por la subsistencia de la verdadera fe católica. 

Jane Stannus es periodista y traductora. Sus columnas aparecen de manera regular en The Catholic Herald de Londres, The Spectator de EE.UU., y The National Catholic ReporterEl artículo que ahora les ofrecemos fue publicado en Crisis Magazine y ha sido traducido por la Redacción. 

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El padre Reese y los peligros de la Misa tradicional

Jane Stannus

(Imagen: artículo original)

¡Piensen un poco en los progresistas! La vida no ha sido últimamente miel sobre hojuelas para quienes quisieran ver nacer una nueva Iglesia. Así, al menos, lo deja entrever el P. Thomas Reese, s.j. en su última columna sobre el futuro de la reforma católica de la liturgia en Religion News Service. Hay mucho camino que andar -sus preocupaciones se centran en torno a ocho problemas litúrgicos- y, al parecer, la cantidad de progresistas jóvenes es insuficiente para recorrerlo.

¿Qué está pasando con la nueva generación, podría uno preguntarse? Lo que está pasando -para mal del P. Reese- es que está asistiendo a la Misa tradicional, como si el Concilio Vaticano II no hubiera jamás existido. O si no es toda esa generación, es al menos una parte lo suficientemente importante como para que el P. Reese suplique al Vaticano: “¡Haced algo!”. Escribe: “La Iglesia debe tener claro que lo que desea es que la liturgia anterior a la reforma desaparezca, y que sólo se la permitirá por condescendencia pastoral con la gente mayor que no comprende la necesidad del cambio”. “No se debiera permitir que los niños y los jóvenes asistieran a esa Misa”.

Por cierto, a pesar de que en este aspecto ha habido muchos abusos en los últimos 50 años, ni el Vaticano ni los obispos tienen, técnicamente hablando, autoridad para impedir la celebración de la Misa tradicional, ni para prohibir a los laicos (de cualquier edad) asistir a ella. San Pío V otorgó a todos los sacerdotes el derecho universal y a perpetuidad de celebrar la Misa tridentina en su bula Quo Primum (1570), derecho que fue reiterado por Benedicto XVI en su motu proprio Summorum Pontificum (2007). Ningún Papa ha osado revocar formal y expresamente la Quo Primum, redactada en términos tan enérgicos que cualquier intento de hacerlo sería de dudosa validez. Pero con autoridad o sin ella, los obispos pueden hacerles la vida sumamente desagradable a los sacerdotes que insisten en celebrar la Misa tradicional y a los laicos que los apoyan. Lo que está pidiendo el P. Reese es que se reanude la persecución a este nivel primario.

Pero es una delicia ver cómo el P. Reese admite abiertamente el poder que la Misa tradicional tiene de atraer a las almas. ¡Sólo mediante el ejercicio autoritario del poder, piensa él, puede hacer que los niños y los jóvenes dejen de asistir a ella! Con todo, lo que la famosa reforma litúrgica del Concilio Vaticano II supuestamente quiso lograr fue precisamente atraer a la juventud, actualizar la Iglesia, ponerla a tono con los tiempos. Pero el asunto ha resultado ser un tan feo tiro por la culata que esa codiciada juventud está votando mediante su forma de comportarse y atestando las Misas tradicionales. Y, lo que es peor, ¡se está casando y llevando también a la Misa tradicional a su numerosa progenie! ¿Es que jamás acabará la Edad Oscura?

¡Pobres progresistas! ¿Cuáles serán sus tristes pensamientos? Quizá algo del siguiente tenor: “Los jóvenes no son capaces de apreciar las cosas buenas que nosotros, envejecidos revolucionarios, negociamos y maquinamos a su tiempo. Les trajimos diversión a las iglesias, guitarras, música pop, espontaneidad, besos de la paz. Les dimos una Misa en vernáculo para que, por primera vez en muchos siglos, pudieran tener al menos una idea de qué se trataba todo esto. Hicimos que el sacerdote se diera vuelta hacia ellos para que sintieran que la Misa era algo de ellos en vez de ser el sacrificio del Calvario. Suprimimos temas como los cambios de vida, como el pecado mortal y la Realeza Social de Cristo y nuestra misión de convertir el mundo al catolicismo. Les dimos libertad para que vivieran no según los Diez Mandamientos sino según las tendencias del día: cambio climático, inmigración, temas raciales, justicia social. Nada de andar preocupados del Reino de los Cielos en la próxima vida; se puede alcanzar la salvación aquí, construyendo hoy la utopía”.

Fieles de Saint-Germain-en-Laye, Francia, oyen Misa en la calle debido a los cierres de templos decretados por la pandemia de COVID-19
(Foto: Notiulti)

Pero la Tradición es el opio del pueblo. En vez de dedicarse alegremente a construir la utopía intramundana, se verá los domingos a esa ingrata juventud de rodillas -¡de rodillas!- contemplando a un sacerdote con casulla que se dirige a Dios en una lengua que Él entiende, pero que los progresistas naturalmente ni entienden ni quieren entender. Los jóvenes permanecen en silencio durante largos y aburridos períodos de inacción, y no dejan que sus niños hablen ni jugueteen -inquietante regreso a la áspera disciplina de tiempos ya superados-. Las exóticas melodías del canto gregoriano se alzan en medio de ellos mezcladas con incienso, esa sustancia deliberadamente retrógrada. Y cuando menos se piensa, se ponen a rezar por la conversión de los no católicos y a comprar ejemplares del Catecismo tradicional.

Lo que los tradicionalistas están haciendo pareciera ser cosa pacífica, pero los progresistas saben que se trata de algo violento: “están alejando violentamente de nuestra utopía de amor, tolerancia y bienestar el foco de la religión; están poniendo los ojos en algo ultramundano, algo que está más allá, más alto. Cada una de sus genuflexiones es un desafío al dogma que hemos tratado, con tanto cuidado, de instilar en la Iglesia: Dios está más dentro que fuera; a Dios hay que encontrarlo en nosotros mismos, en el espíritu de nuestros tiempos, en la comunidad, en la interacción con los seres humanos”. El P. Reese escribe: “Más importante que la transformación del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo es la transformación de la comunidad en el cuerpo de Cristo, para que podamos hacer real la alianza que tenemos gracias a Cristo”.

¡Cuánta soberbia tienen estos reaccionarios, que creen que pueden sencillamente dejar de lado los monumentales avances teológicos de los últimos 60 años y seguir llamándose católicos! Tenemos que retocar la liturgia un poco más todavía para asegurarnos que todos comprendan la nueva teología: “Demasiadas [plegarias eucarísticas] se centran exclusivamente en la consagración del pan y del vino, ignorando el significado de la plegaria”, dice el P. Reese. La consagración del cuerpo y de la sangre de Cristo es obviamente secundaria en la plegaria eucarística, que podría referirse al Evangelio o al problema social del momento -lo que es importante es la comunidad y sus acciones, no la reactualización del sacrificio del Calvario-.

La Misa tradicional es, al mismo tiempo, peligrosamente popular y, de suyo, resistente a las mejoras litúrgicas necesarias para alcanzar nuestra brava utopía. Debe acabarse, por lo tanto. La inculturación, una de las principales preocupaciones litúrgicas de P. Reese, es un estupendo ejemplo. No se puede inculturar la Misa tradicional. Donde quiera que se le ha permitido desarrollarse, se aferra más y más al terreno, transformándose en el fundamento e inspiración para una nueva cultura local, específicamente católica. Nosotros no queremos que la liturgia sea ella misma fuente de cultura: por el contrario, queremos que sea servidora de la cultura que la precede y que la domina. Por esta razón es que nos gusta tanto la Iglesia Amazónica.

“Cada conferencia episcopal -escribe el P. Reese- necesita que se la aliente para reunir académicos, poetas, músicos, artistas y pastores que desarrollen liturgias para sus culturas propias”. Los tradicionalistas recalcitrantes dirán, sin duda, “¿Y qué hay de los académicos, poetas, músicos, artistas y pastores que, en 1971, suplicaron al papa Pablo VI que no destruyera la Misa tradicional, que había inspirado una multitud de valiosos logros en las artes, no sólo obras de místicos, sino también de poetas, filósofos, músicos, arquitectos, pintores y escultores de todos los países y épocas? ¿No es eso suficiente inculturación?”.

(Foto: Connect SP)

Pero no captan la idea. Los firmantes de esta carta a Pablo VI (entre quienes estuvieron el pianista Vladimir Ashkenazy, el historiador del arte Kenneth Clark, la soprano Joan Suterland y las novelistas Agatha Christie y Nancy Mitford) no fueron artistas como es debido. Cualesquiera fueran sus creencias religiosas, su obra estaba inextricablemente unida a la cultura creada por la Europa católica (y construida sobre ella), por la Misa de todos los tiempos. Nosotros, los progresistas, queremos liturgia que esté inculturada en culturas no católicas, no en culturas católicas. Necesitamos alejarnos de lo que el P. Reese denomina “las bases europeas” del catolicismo. ¡Descolonizar (¿o descristianizar?) la liturgia!

Esto lo he escrito con algo de ironía. Pero los católicos no debieran cometer la locura de despachar columnas como la del P. Reese como insensateces. Los progresistas tiene metas bien determinadas para la Iglesia. Y cuando tienen la bondad de explicarnos sus planes, debiéramos prestarles atención y reflexionar: ¿queremos que la Iglesia termine yendo donde el P. Reese quiere que vaya? Si no, cada uno de los puntos de su programa nos indica dónde tenemos que dar la pelea.

¿Quieren inculturación? No nos hagamos a un lado, para no molestar a nadie; por el contrario, adoptemos firmemente la postura de que una cultura católica fundada en la Misa católica e inspirada por ella es la mejor cultura. ¿Quieren más ecumenismo? Consideremos cómo el ecumenismo impide a las almas recibir la gracia santificante y las confina a estar fuera de la Iglesia de Jesucristo, sin tener nada que ver con ella. ¿Quieren que la Misa tradicional desaparezca? Consideremos cuidadosamente cómo la Misa tradicional impide que alcancen sus metas, y apoyemos entonces esa Misa con perseverancia: ella es nuestra fortaleza, construida para nosotros por los Papas, santos y mártires y antecesores nuestros desde los primeros siglos. Cuando estamos con ella, entonces estamos seguros y somos auténticamente católicos.

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