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sábado, 24 de abril de 2021

El padre Reese y los peligros de la Misa tradicional

Hace algunos día fue noticia, incluso en los medios en castellano (véase aquí y aquí, por ejemplo), la columna del sacerdote jesuita Thomas Reese, por años profesor de la Universidad de Georgetown y columnista de Religion News Service, donde advierte sobre los peligros de la Misa tradicional y la imperiosa necesidad de alejar de ella a los niños y jóvenes. Se trata de una reacción que tiene una base cierta: a la Misa tradicional asisten sobre todo jóvenes y familias. Les ofrecemos hoy la respuesta de Jane Stannus a dicha columna, donde explica las razones del combate contra la Misa de siempre. Detrás existe una batalla cultural y teológica, cuyo objetivo es cambiar las bases de la fe católica y los resabios de su influencia que aún quedan en la sociedad. Defender la Misa tradicional y el Catecismo Romano no son caprichos de añoranza por lo antiguo, sino combates que hay que dar por la subsistencia de la verdadera fe católica. 

Jane Stannus es periodista y traductora. Sus columnas aparecen de manera regular en The Catholic Herald de Londres, The Spectator de EE.UU., y The National Catholic Reporter. El artículo que ahora les ofrecemos fue publicado en Crisis Magazine y ha sido traducido por la Redacción. 

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El padre Reese y los peligros de la Misa tradicional

Jane Stannus

(Imagen: artículo original)

¡Piensen un poco en los progresistas! La vida no ha sido últimamente miel sobre hojuelas para quienes quisieran ver nacer una nueva Iglesia. Así, al menos, lo deja entrever el P. Thomas Reese, s.j. en su última columna sobre el futuro de la reforma católica de la liturgia en Religion News Service. Hay mucho camino que andar -sus preocupaciones se centran en torno a ocho problemas litúrgicos- y, al parecer, la cantidad de progresistas jóvenes es insuficiente para recorrerlo.

¿Qué está pasando con la nueva generación, podría uno preguntarse? Lo que está pasando -para mal del P. Reese- es que está asistiendo a la Misa tradicional, como si el Concilio Vaticano II no hubiera jamás existido. O si no es toda esa generación, es al menos una parte lo suficientemente importante como para que el P. Reese suplique al Vaticano: “¡Haced algo!”. Escribe: “La Iglesia debe tener claro que lo que desea es que la liturgia anterior a la reforma desaparezca, y que sólo se la permitirá por condescendencia pastoral con la gente mayor que no comprende la necesidad del cambio”. “No se debiera permitir que los niños y los jóvenes asistieran a esa Misa”.

Por cierto, a pesar de que en este aspecto ha habido muchos abusos en los últimos 50 años, ni el Vaticano ni los obispos tienen, técnicamente hablando, autoridad para impedir la celebración de la Misa tradicional, ni para prohibir a los laicos (de cualquier edad) asistir a ella. San Pío V otorgó a todos los sacerdotes el derecho universal y a perpetuidad de celebrar la Misa tridentina en su bula Quo Primum (1570), derecho que fue reiterado por Benedicto XVI en su motu proprio Summorum Pontificum (2007). Ningún Papa ha osado revocar formal y expresamente la Quo Primum, redactada en términos tan enérgicos que cualquier intento de hacerlo sería de dudosa validez. Pero con autoridad o sin ella, los obispos pueden hacerles la vida sumamente desagradable a los sacerdotes que insisten en celebrar la Misa tradicional y a los laicos que los apoyan. Lo que está pidiendo el P. Reese es que se reanude la persecución a este nivel primario.

Pero es una delicia ver cómo el P. Reese admite abiertamente el poder que la Misa tradicional tiene de atraer a las almas. ¡Sólo mediante el ejercicio autoritario del poder, piensa él, puede hacer que los niños y los jóvenes dejen de asistir a ella! Con todo, lo que la famosa reforma litúrgica del Concilio Vaticano II supuestamente quiso lograr fue precisamente atraer a la juventud, actualizar la Iglesia, ponerla a tono con los tiempos. Pero el asunto ha resultado ser un tan feo tiro por la culata que esa codiciada juventud está votando mediante su forma de comportarse y atestando las Misas tradicionales. Y, lo que es peor, ¡se está casando y llevando también a la Misa tradicional a su numerosa progenie! ¿Es que jamás acabará la Edad Oscura?

¡Pobres progresistas! ¿Cuáles serán sus tristes pensamientos? Quizá algo del siguiente tenor: “Los jóvenes no son capaces de apreciar las cosas buenas que nosotros, envejecidos revolucionarios, negociamos y maquinamos a su tiempo. Les trajimos diversión a las iglesias, guitarras, música pop, espontaneidad, besos de la paz. Les dimos una Misa en vernáculo para que, por primera vez en muchos siglos, pudieran tener al menos una idea de qué se trataba todo esto. Hicimos que el sacerdote se diera vuelta hacia ellos para que sintieran que la Misa era algo de ellos en vez de ser el sacrificio del Calvario. Suprimimos temas como los cambios de vida, como el pecado mortal y la Realeza Social de Cristo y nuestra misión de convertir el mundo al catolicismo. Les dimos libertad para que vivieran no según los Diez Mandamientos sino según las tendencias del día: cambio climático, inmigración, temas raciales, justicia social. Nada de andar preocupados del Reino de los Cielos en la próxima vida; se puede alcanzar la salvación aquí, construyendo hoy la utopía”.

Fieles de Saint-Germain-en-Laye, Francia, oyen Misa en la calle debido a los cierres de templos decretados por la pandemia de COVID-19
(Foto: Notiulti)

Pero la Tradición es el opio del pueblo. En vez de dedicarse alegremente a construir la utopía intramundana, se verá los domingos a esa ingrata juventud de rodillas -¡de rodillas!- contemplando a un sacerdote con casulla que se dirige a Dios en una lengua que Él entiende, pero que los progresistas naturalmente ni entienden ni quieren entender. Los jóvenes permanecen en silencio durante largos y aburridos períodos de inacción, y no dejan que sus niños hablen ni jugueteen -inquietante regreso a la áspera disciplina de tiempos ya superados-. Las exóticas melodías del canto gregoriano se alzan en medio de ellos mezcladas con incienso, esa sustancia deliberadamente retrógrada. Y cuando menos se piensa, se ponen a rezar por la conversión de los no católicos y a comprar ejemplares del Catecismo tradicional.

Lo que los tradicionalistas están haciendo pareciera ser cosa pacífica, pero los progresistas saben que se trata de algo violento: “están alejando violentamente de nuestra utopía de amor, tolerancia y bienestar el foco de la religión; están poniendo los ojos en algo ultramundano, algo que está más allá, más alto. Cada una de sus genuflexiones es un desafío al dogma que hemos tratado, con tanto cuidado, de instilar en la Iglesia: Dios está más dentro que fuera; a Dios hay que encontrarlo en nosotros mismos, en el espíritu de nuestros tiempos, en la comunidad, en la interacción con los seres humanos”. El P. Reese escribe: “Más importante que la transformación del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo es la transformación de la comunidad en el cuerpo de Cristo, para que podamos hacer real la alianza que tenemos gracias a Cristo”.

¡Cuánta soberbia tienen estos reaccionarios, que creen que pueden sencillamente dejar de lado los monumentales avances teológicos de los últimos 60 años y seguir llamándose católicos! Tenemos que retocar la liturgia un poco más todavía para asegurarnos que todos comprendan la nueva teología: “Demasiadas [plegarias eucarísticas] se centran exclusivamente en la consagración del pan y del vino, ignorando el significado de la plegaria”, dice el P. Reese. La consagración del cuerpo y de la sangre de Cristo es obviamente secundaria en la plegaria eucarística, que podría referirse al Evangelio o al problema social del momento -lo que es importante es la comunidad y sus acciones, no la reactualización del sacrificio del Calvario-.

La Misa tradicional es, al mismo tiempo, peligrosamente popular y, de suyo, resistente a las mejoras litúrgicas necesarias para alcanzar nuestra brava utopía. Debe acabarse, por lo tanto. La inculturación, una de las principales preocupaciones litúrgicas de P. Reese, es un estupendo ejemplo. No se puede inculturar la Misa tradicional. Donde quiera que se le ha permitido desarrollarse, se aferra más y más al terreno, transformándose en el fundamento e inspiración para una nueva cultura local, específicamente católica. Nosotros no queremos que la liturgia sea ella misma fuente de cultura: por el contrario, queremos que sea servidora de la cultura que la precede y que la domina. Por esta razón es que nos gusta tanto la Iglesia Amazónica.

“Cada conferencia episcopal -escribe el P. Reese- necesita que se la aliente para reunir académicos, poetas, músicos, artistas y pastores que desarrollen liturgias para sus culturas propias”. Los tradicionalistas recalcitrantes dirán, sin duda, “¿Y qué hay de los académicos, poetas, músicos, artistas y pastores que, en 1971, suplicaron al papa Pablo VI que no destruyera la Misa tradicional, que había inspirado una multitud de valiosos logros en las artes, no sólo obras de místicos, sino también de poetas, filósofos, músicos, arquitectos, pintores y escultores de todos los países y épocas? ¿No es eso suficiente inculturación?”.

(Foto: Connect SP)

Pero no captan la idea. Los firmantes de esta carta a Pablo VI (entre quienes estuvieron el pianista Vladimir Ashkenazy, el historiador del arte Kenneth Clark, la soprano Joan Suterland y las novelistas Agatha Christie y Nancy Mitford) no fueron artistas como es debido. Cualesquiera fueran sus creencias religiosas, su obra estaba inextricablemente unida a la cultura creada por la Europa católica (y construida sobre ella), por la Misa de todos los tiempos. Nosotros, los progresistas, queremos liturgia que esté inculturada en culturas no católicas, no en culturas católicas. Necesitamos alejarnos de lo que el P. Reese denomina “las bases europeas” del catolicismo. ¡Descolonizar (¿o descristianizar?) la liturgia!

Esto lo he escrito con algo de ironía. Pero los católicos no debieran cometer la locura de despachar columnas como la del P. Reese como insensateces. Los progresistas tiene metas bien determinadas para la Iglesia. Y cuando tienen la bondad de explicarnos sus planes, debiéramos prestarles atención y reflexionar: ¿queremos que la Iglesia termine yendo donde el P. Reese quiere que vaya? Si no, cada uno de los puntos de su programa nos indica dónde tenemos que dar la pelea.

¿Quieren inculturación? No nos hagamos a un lado, para no molestar a nadie; por el contrario, adoptemos firmemente la postura de que una cultura católica fundada en la Misa católica e inspirada por ella es la mejor cultura. ¿Quieren más ecumenismo? Consideremos cómo el ecumenismo impide a las almas recibir la gracia santificante y las confina a estar fuera de la Iglesia de Jesucristo, sin tener nada que ver con ella. ¿Quieren que la Misa tradicional desaparezca? Consideremos cuidadosamente cómo la Misa tradicional impide que alcancen sus metas, y apoyemos entonces esa Misa con perseverancia: ella es nuestra fortaleza, construida para nosotros por los Papas, santos y mártires y antecesores nuestros desde los primeros siglos. Cuando estamos con ella, entonces estamos seguros y somos auténticamente católicos.

sábado, 2 de enero de 2021

Por qué la plena restauración del rito romano no es “arqueología tradicionalista”

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski, bien conocido de nuestros lectores. Aunque fue escrito en 2019, conserva su vigencia porque aborda el complicado asunto de fijar una fecha para la restauración litúrgica que sea coherente con la Tradición. A juicio del autor, ni el Misal intermedio de 1965 ni el de 1962 son expresión fiel de las oraciones y prescripciones que San Pío V, siguiendo las directrices del Concilio de Trento, ordenó codificar como rito romano. El objetivo era fijar una regla invariable para el culto en los tiempos en que el protestantismo se extendía por Europa. Pero San Pío V dejó a salvo aquellos ritos de más de doscientos años, los podían seguir siendo utilizados. Hay que tener en cuenta que el Código de Derecho Canónico de 1983 todavía señala que la ley no tiene fuerza derogatoria de la costumbre centenaria o inmemorial (canon 28), precisamente porque expresa un sentir del Pueblo de Dios que los dictados humanos no pueden contradecir. En materia litúrgica, esto significa un reflejo del sensum fidei que expresa una regla de fe. Habiendo fracasado el experimento de una "reforma de la reforma", queda preguntarse cómo volver a establecer una Misa que sea reflejo del culto a Dios en espíritu y verdad, guardando el gusto equilibrio entre Tradición e innovación, vale decir, que sea reflejo de un desarrollo orgánico del rito, el que no es ni puede quedar petrificado. El autor intenta responder esta pregunta. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan la versión original. 

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Por qué la plena restauración del rito romano no es “arqueología tradicionalista”

Peter Kwasniewski 

El estolón (y no visible, la casulla plegada), ambas abolidas por Pío XII

En un reciente discurso, el arzobispo Thomas Gullickson, nuncio papal en Suiza y Lichtenstein, ha hecho un arrebatador alegato en favor de “volver a fojas cero” en el caso de la liturgia romana, abandonando lo que es ya un experimento fallido y reponiendo los ritos tradicionales de la Iglesia católica. Lo que ha hecho es proporcionarnos un vigoroso resumen de las materias a que se refiere, muy detalladamente, un libro recién publicado, The Case for Liturgical Restoration [Las razones para una restauración litúrgica].

Y, a continuación, con admirable franqueza, el arzobispo Gullickson formula la pregunta del millón de dólares:

 “Quiero evitar el tema candente de proponer una fecha a la cual hacer retroceder todo. Pensé hace algún tiempo que era suficiente con regresar al Misal de 1962 y a la reforma del Breviario de San Pío X, pero las maravillas del Triduo pre-Pío XII, tal como las hemos venido experimentando, me han dejado sin palabras en este punto. Quizá las enseñanzas de Benedicto XVI sobre el enriquecimiento mutuo de las dos formas puedan proporcionar el paradigma para resolver la cuestión de qué Misal y qué Breviario. Mi llamado a regresar a los textos actualmente aprobados de la forma extraordinaria está, entonces, inspirado en cierta urgencia por avanzar, de hacer progresar el proceso. No me siento cualificado para proponer una opinión en el punto específico de dónde comenzar la restauración”.

La postura que ha predominado en la “esfera tradicional” durante mucho tiempo es que debiéramos contentarnos con 1962 como punto de partida para una sana liturgia futura. Después de todo, la de 1962 es la última editio typica anterior a las conmociones causadas por el Concilio, se la reconoce todavía como en continuidad con el rito tridentino, y ha sido impuesta por la autoridad de la Iglesia en el motu proprio Summorum Pontificum.

Desde una postura contraria, Dom Hugh Somerville-Knapman, de Dominus mihi adjutor, insiste en que debemos tomar en serio la constitución Sacrosanctum Concilium y, si lo hacemos, el Misal de 1962 no reunirá los requisitos exigidos:

“Todavía advierto cierta validez en una reforma moderada de la liturgia de acuerdo con el tono modesto que quiso el Concilio: lecturas en vernáculo, abandono de la duplicación que supone que el celebrante tenga que decir las oraciones, etcétera, cuando son cantadas por otros ministros, una preparación del sacerdote menos obstructiva al comienzo de la Misa, etcétera. Y la orden conciliar de hacer una reforma no puede simplemente ser olvidada como si nunca hubiera existido: hay que enfrentarla y asumirla, ya sea reformando la reforma hecha en su nombre, o mediante un acto específico del magisterio que la abrogue”.

“Es por esto que los ritos interinos me interesan: OM65 [el Ordo Missae de l965] es, claramente, la Misa del Concilio Vaticano II, y además está en continuidad orgánica con la tradición litúrgica. Dejó intacto el Canon, así como también conservó el respeto integral propio de la acción litúrgica. Incluso Lefebvre la aprobó. Lo que distorsiona nuestra percepción del OM65 es que hemos asistido a 50 años de desarrollos desde entonces, y no podemos evitar ver el OM65 como contaminado por éstos”.

“Además, el MR62 [Misal Romano de 1962] es un punto más bien arbitrario  de detención de la tradición litúrgica. Para algunos tradicionalistas comprometidos, dicho Misal es imperfecto, incluso contaminado. ¿Es mejor un Misal pre-1953? ¿O uno pre-Pío XII? ¿O, quizá, uno pre-Pío X? ¿Por qué no tomar el toro por las astas y defender el Misal pre-Trento -después de todo, Geoffrey Hull ve en éste la semilla de la decadencia litúrgica-? De este modo vamos a terminar en una situación en que cada uno elige sus propios principios idiosincráticos de un conjunto variable de ellos. Lo cual es eclesiológicamente imposible. La Iglesia católica tiene una autoridad magisterial que establece la unidad en la liturgia. Que ella, lastimosamente, haya estado ausente en las últimas décadas no es un argumento para ignorar totalmente su existencia. Por ese camino podríamos terminar siendo protestantes”.

Dom Hugh está dispuesto a admitir que Bugnini & Co. estuvieron atareados detrás de las bambalinas durante las décadas de 1960 y 1970 complotando y, eventualmente, llevando a cabo la violación y pillaje de todo lo que quedaba de la tradición litúrgica occidental. Piensa, sin embargo, que puertas afuera del Politburó, el Misal de 1965 fue visto en general por todos -y todavía puede ser así visto hoy- como la reforma que cumple con los deseos del Concilio. Este debería, pues, ser el punto al que nos lleva el “volver a fojas cero”” (para redondear en el tema de cómo fue el Misal de 1965, léase el informe de monseñor Charles Pope).

Un Misal de mediados de la década de 1960: tratando de mantenerse al día con los cambios

Con todo, a mi parecer las posiciones de 1962 (purista) y de 1965 (reformista) están rápidamente perdiendo adeptos en todo el mundo, especialmente a medida que Internet sigue extendiendo la conciencia de las inconsultas y, a veces, catastróficas reformas que se hicieron, a lo largo del siglo XX, a varios aspectos de la liturgia romana, entre las cuales destacan las hechas a la Semana Santa. Puesto que yo también estoy en desacuerdo con las posiciones de 1962 y 1965, quisiera argumentar en favor del regreso a la última editio typica anterior a las revolucionarias alteraciones de Pío XII: el Missale Romanum de Benedicto XV, publicado en 1920[1].

El principal argumento usado para defender la adhesión a 1962 es que todos debiéramos hacer “lo que la Iglesia nos pide que hagamos”. Pero ¿quién, o qué, es “la Iglesia” aquí? En esta época de caos ya no es evidente de por sí que “Iglesia” se refiere a una autoridad que está dictando leyes para el bien común del pueblo de Dios. Desde al menos 1948 en adelante, “Iglesia” en el ámbito litúrgico ha significado un conjunto de radicales que luchan por cortar los vínculos con la Tradición y que han procurado cumplir su agenda de simplificación, abreviación, modernización y utilitarismo pastoral en la Iglesia, con aprobación papal, es decir, con abuso del poder papal. No se trata de órdenes jurídicamente correctas que hay que obedecer, sino de aberraciones que merecen ser resistidas -por cierto, con paciencia, inteligencia y según modos ajustados a principios, pero igualmente con la intención firme de restaurar la integridad y plenitud del rito romano al punto como existía antes de que el Movimiento Litúrgico, en su fase cancerígena, tomara el control en los niveles superiores y llevara al rito romano al punto muerto del Novus Ordo-.

Durante un largo período traté, sinceramente, de comprender, apreciar y adherir a Sacrosanctum Concilium. Pero no me fue posible, después de leer a Michael Davies y, posteriormente, Phoenix from the Ashes de Henry Sire y la biografía escrita por Yves Chiron de Annibale Bugnini, ver en aquel documento sino un programa, cuidadosamente urdido, de revolución litúrgica. Dicho documento se contradice en varios puntos y se refugia frecuentemente en burdas ambigüedades que fueron deliberadamente implantadas en él -y sabemos esto último por investigaciones fundadas en documentos; no hacen falta aquí teorías conspirativas-.

Me convencí de la evaporación de la validez de Sacrosanctum Concilium luego de una profunda reflexión y gracias a una conferencia de Wolfram Schrems sobre el significado de la abolición, realizada por ella, de la hora de Prima en el Oficio Divino. Un Concilio que osa abolir un antiguo oficio litúrgico, recibido ininterrumpidamente de modo universal, se vicia a sí mismo desde la partida. Dado que ninguno de los documentos del Concilio Vaticano II contiene declaraciones de fide ni anathemas, no queda expresamente comprometido el carisma de la infalibilidad. Y supuesta su naturaleza misma, un puñado de recomendaciones pastorales prácticas puede estar equivocado, y existen pruebas, que aumentan continuamente, de que los fines y los medios del ala radical del Movimiento Litúrgico erraron gravemente el blanco. Las suposiciones del Concilio sobre lo que “había que hacer” a la liturgia fueron una errónea lectura de sociología y de  psicología de la religión. Sus propuestas de reforma se fundaron en suposiciones modernas que no han resistido el paso del tiempo y, de hecho, fueron ya eficazmente criticadas antes del Concilio y durante él. Por esto es que me parece insustancial el que el año 1965 refleje mejor las ideas, mutuamente conflictivas y a veces problemáticas, del Concilio.

Además, resulta difícil sostener la idea de que el Ordo Missae de 1965 representa la implementación de Sacrosanctum Concilium, a la luz de las reiteradas declaraciones de Pablo VI de que lo que promulgó en 1969 es el cumplimiento cabal de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia (véase aquí y aquí los ejemplos seleccionados por el selectivo y papólatra sitio Pray Tell; analizo aquí los desastrosos discursos de 1965 y 1969). Públicamente se presentó a 1965 (aunque no siempre coherentemente) como un paso intermedio en el proceso evolucionario que se alejaba de la liturgia medieval-barroca y se encaminaba a una liturgia moderna relevante.

El “momento de la verdad” llega, me parece, cuando los estudiantes de liturgia se dan cuenta de que 1962 es extremadamente parecido a 1965 en el siguiente aspecto: se trató de un Misal intermedio en cuya preparación Bugnini y los demás liturgistas que trabajaban en el Vaticano cambiaron todo lo que pensaron que podían hacer pasar disimuladamente. Incluso atribuyéndoles las mejores intenciones, aquellos liturgistas habían experimentado un triunfo renovacionista con la “reforma” de la Semana Santa de Pío XII, una reforma notable como ejemplo de dramática deformación de algunos de los más antiguos e intensos ritos de la Iglesia -y siguieron adelante con el impulso de ahí derivado-. La abolición en tiempos de Pío XII de la mayor parte de las octavas y vigilias, de múltiples colectas, de las casullas dobladas, entre otras cosas, es parte del mismo triste cuento de podar partes de lo que era más distintivo y valioso de la herencia romana[2].

Esta es la razón de por qué no es arbitrario que los tradicionalistas digan que el Misal circa 1948 -lo cual significa, en la práctica, la editio typica de 1920- es el punto al que hay que volver. El motivo es sencillo:  con excepción de unas pocas fiestas añadidas (el calendario es la parte de la liturgia que más cambia), es, en todos los aspectos más importantes, el Misal codificado por Trento. Es, simplemente, el rito tridentino. Para quienes creemos que el rito tridentino representa, en su totalidad y en cada una de sus partes, el apogeo, orgánicamente desarrollado, del rito romano, el cual es nuestro deber recibir con gratitud como un legado intemporal (al modo como los católicos griegos reciben sus ritos litúrgicos, que también alcanzaron la madurez durante la Edad Media), un Misal pre-Pacelli nos proporciona todo lo que estamos buscando, e incontaminado.

Hay quienes gustan de indicar cuáles son las “mejoras” que se podría hacer al antiguo Misal, pero los que han vivido muchos años, e íntimamente, con sus contenidos, son normalmente los menos convencidos de que las mejoras serían realmente tales. He mostrado algunos ejemplos aquí, aquí y aquí[3].

Un Misal de altar de 1931 de la Abadía de Maria Laach

Algún interlocutor podría decirnos: “Aguarde un poco. ¿No es todo esto “anticuarianismo tradicionalista”? ¿No somos culpables de hacer lo mismo que hacen nuestros oponentes, es decir, retroceder a formas más antiguas y despreciar los desarrollos posteriores?”.

No: nada de lo que aquí propongo significa “anticuarianismo tradicionalista”. Lo que sí está claro es que el Movimiento Litúrgico se descarriló después de la Segunda Guerra Mundial. Los cambios que se hicieron a los libros litúrgicos desde ese momento en adelante fueron motivados por teorías globales sobre “qué es lo mejor para la Iglesia moderna”, lo cual condujo a las abundantes contradicciones y ambigüedades de la Sacrosanctum Concilium, al reino del terror de Montini-Bugnini y a esa desgraciada coronación de todo esto que fue el Ordo Missae de 1969, junto con otros ritos de ese período.

La idea no es retroceder indefinidamente, sino tomar un Misal que es, en esencia, el codificado por Trento y Pío V, con el tipo de pequeñas adiciones o enmiendas que caracteriza al lento progreso de la liturgia a través de las épocas. Como el P. Hunwicke gusta de decir, durante muchos siglos desde Pío V ha sido posible tomar un Misal viejo, ponerlo sobre el altar y decir la Misa. Los cambios son tan menores que el Misal es virtualmente el mismo desde Quo Primum hasta el siglo XX[4]. Los santos van y vienen, pero incluso el calendario permanece notablemente estable. Sin embargo, luego del reinado de Pío XII, es mucho más difícil que un Misal “viejo” y uno “nuevo” (por ejemplo, los de 1955 de Pacelli, 1962 de Roncalli y 1965 de Montini) compartan el mismo espacio eclesial: no se los puede intercambiar unos por otros incluso en algunos momentos muy importantes del año litúrgico. Esto ya demuestra, de un modo basto y general, que se ha producido una ruptura, incluso antes del Novus Ordo.

La condición impuesta por Pío V de que sólo los ritos que tuvieran más de 200 años pudieran seguir usándose después de la promulgación del Misal tridentino es otra forma de explicar que nuestra argumentación aquí se basa en el sentido común. Un rito de menos de 200 años podría parecer como algo improvisado a nivel local, pero un rito que tiene 200 años o más posee el peso de lo “inmemorial”, algo que no debe ser ni perturbado ni reemplazado. He aquí, en verdad, la razón fundamental de la ilegitimidad del Novus Ordo: aquello que éste vino a reemplazar no era simplemente algo con más de 200 años, sino con 2000 años de historia de uso continuo, que muestra ausencia de rupturas mayores y sólo exhibe una asimilación y expansión graduales. Pero la norma de 200 años de Pío V sugiere también que resucitar algo con menos de 200 años no es necesariamente un ejemplo de anticuarianismo, sino que podría ser una recuperación, simple e inteligente, de algo que se perdió por casualidad, por error en la transmisión, o por una mala política. Así, si ciertas octavas y vigilias se abolieron sólo hace unas cuantas décadas, y si la racionalidad de ello merece ser rechazada, la recuperación de las mismas no puede ser, de modo alguno, ejemplo de anticuarianismo. Después de todo, tal como lo muestra The Case por Liturgical Restoration (pp. 14 y 16), el Antiguo Testamento proporciona ejemplos de restauraciones litúrgicas mucho más dramáticas que lo que la recuperación de ritos pre-Pacelli es para nosotros.

El anticuarianismo o arqueologismo -a menudo acompañado del adjetivo “falso”- es el intento de saltarse a pies juntos los desarrollos medievales y de la Contra-Reforma, a fin de llegar una liturgia cristiana supuestamente “original, auténtica”. El término anticuarianismo no puede aplicarse correctamente cuando se hace a un lado deformaciones modernistas, progresivistas o utilitarias. ¡Qué irónico resultaría si una reacción contra el falso anticuarianismo pudiera ser ahora catalogada como un ejemplo de lo mismo! Digámoslo del siguiente modo: los católicos han sido siempre inteligentemente anticuarios en cuanto que se han preocupado muchísimo y han procurado preservar su legado y tratado de recuperarlo, cuando ha sido saqueado o dañado. El Movimiento Litúrgico, por otra parte, nos dio el espectáculo de un anticuarianismo arbitrario, violento, programático. Estos dos fenómenos son tan distintos entre sí como el patriotismo y el nacionalismo.

Nuestra situación, en la Iglesia latina, ha alcanzado la nitidez de un dibujo impreso: (1) el rito papal moderno, risiblemente denominado rito romano, se ha afirmado como una pseudo-tradición vernacular, “versus populista”, informal, banal y horizontal, como un colaborador de New Liturgical Movement, William Riccio, lo ha descrito con feroz acierto; (2) la “reforma de la reforma”, por la que habían apostado todo lo que les quedaba algunos conservadores esperanzados durante el reinado de Benedicto XVI, no sólo está muerta, sino enterrada y profundamente enterrada; (3) la liturgia latina tradicional, aunque no está fácilmente disponible para todos los que la deseen, está firmemente enraizada en las nuevas generaciones, en todos los continentes y casi en todos los países del mundo, y no da señales de debilidad. Muchos clérigos tradicionalistas preferirían usar un Misal de la primera mitad del siglo XX, y los que no, de los cuales hay muchos, admitirán, en momentos de sinceridad con amigos de confianza, que experimentan dificultades con el ersatz de Semana Santa y con el Misal de Juan XXIII. Para parafrasear a C.S. Lewis, si uno ha doblado en la dirección equivocada, la única manera de seguir adelante es volver atrás; tal es el modo más rápido de continuar.

En este artículo he explicado por qué es legítimo, digno de alabanza y verdaderamente necesario buscar la restauración de la plenitud de la liturgia romana que se perdió en el período post-guerra. No toco aquí la cuestión, más delicada y discutible, de qué clase de autorización, dada por quién, se requiere o podría requerirse para usar una versión más antigua del Misal. No se sigue, del simple hecho de que una versión anterior del Misal es mejor, que cada cual está ipso facto autorizado para permitirse el uso del mismo. Pero sin embargo de los permisos ya otorgado o de los que falta que se otorguen, no deberíamos considerar el año 1962 como el vecindario en que la vida litúrgica puede asentarse. En comparación con el gueto, asolado por las riñas, del Novus Ordo, en que las bandas opuestas de progresistas y conservadores se trenzan en una guerrilla interminable, el statu quo de 1962 parece como mucho más seguro, más amable, más cómodo. Sin embargo, es un estacionamiento, una estación de paso en el camino hacia algo mejor.


[1] No hace falta decir que las fiestas particulares que entraron posteriormente en el calendario, como la de santa Teresa de Lisieux, debieran quedar incluidas.

[2] El arzobispo Gullickson dice, en el mismo discurso: “Y a propósito: en cuanto al calendario, ¿no es mejor el más viejo? Yo diré un vibrante 'sí', en especial si se habla de vigilias y octavas, y si se trata de dar el nombre correcto a los tiempos del año”.

[3] La cuestión de la reforma del Oficio Divino por Pío X es un semillero de problemas aparte. Es fácil advertir que la Iglesia debiera restaurar algunos elementos del Oficio romano tradicional que se perdieron, como los salmos Laudate en Laudes, pero no es en absoluto fácil decir cómo debiera hacerse. La situación del Oficio es muchísimo más compleja que la del Misal del altar o de los otros ritos sacramentales. Afortunadamente, los monjes benedictinos tienen la posibilidad de usar el Antiphonale Monasticum, que quedó casi intacto cuando la ruptura de Pío X.

[4] Se ven cambios más dramáticos en la explicitación de las rúbricas. Clemente VIII hizo un considerable “relanzamiento” del Misal de Pío V, enderezado a aclarar las rubricas. Cualquier edición del Misal, desde Pío X en adelante, incluye un enorme bloque de rúbricas al comienzo, que nunca había estado ahí. Sin embargo, es indiscutible que uno podría usar cualquier edición del Misal, con efecto en la mayoría de las fiestas y del ciclo temporal.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Un profético discurso del primer presidente de la Federación Una Voce

En la entrada que dedicamos al Dr. Eric de Saventhem, primer presidente de la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra asociación es capítulo chileno desde su fundación en 1966, hacíamos referencia al discurso que éste pronunció el año en que comenzó a regir el rito de la Misa reformada y que el tiempo ha demostrado ser una profecía de lo ha ocurrido en estas casi cinco décadas de vigencia. Los "frutos del Concilio", ostensibles para cualquiera que mire la situación de la Iglesia con una mirada no cegada por la ideología o la candidez forzada, muestran la actualidad de esas palabras que debieran ser lectura obligada para cualquiera que quiera entender las raíces de la crisis que hoy remece la barca de Pedro. El Dr. de Saventhem enuncia puntos de acción concretos (aquí destacados en negrilla) para los capítulos de Una Voce, los que no han perdido ni un ápice de su oportunidad y pueden ser aplicados con gran provecho por cualquier coetus fidelium formado en torno a la Misa de siempre.

El discurso fue pronunciado el 13 de junio de 1970 y estaba dirigido a los miembros de la Federación Internacional Una Voce reunidos en la ciudad de Nueva York con ocasión de la primera asamblea general. El original en inglés puede ser consultado aquí seguido de un colofón de 2014 escrito por James Bogle (Una Voce Australia), entonces presidente de la Federación, que también se ha ofrece en esta versión al español. La traducción pertenece a la Redacción.  

 Dr. Eric de Saventhem

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Como la mayoría de ustedes sabe, Una Voce ha pasado por un tiempo de prueba. La promulgación del nuevo Ordo Missae nos enfrentó a lo que se está convirtiendo rápidamente en el problema número uno del católico leal: ¿cómo combinar la sumisión filial al Santo Padre con la crítica respetuosa pero abierta de algunos de sus actos?

En asuntos tan delicados, la primera necesidad es ser precisos tanto en nuestro pensamiento como en nuestras palabras. Cuando los delegados de las catorce asociaciones federadas de Una Voce se reunieron en Zúrich en febrero, decidieron por unanimidad que la Federación debería esforzarse por obtener la conservación de la Misa tridentina "como uno de los ritos reconocidos en la vida litúrgica de la Iglesia universal". Pero esto no equivalía a una condena del nuevo Ordo. Que sea "para" el rito tridentino de la Misa no significa que estamos "en contra" del nuevo Ordinario de la Misa en el sentido de un rechazo absoluto hacia ella. Así como no estábamos "en contra" de la lengua vernácula cuando abogábamos por "la conservación del latín litúrgico".

En la Iglesia siempre ha existido una pluralidad de ritos reconocidos y de lenguajes litúrgicos. Pero ese "pluralismo", para usar la palabra moderna, surgió del "respeto a la Tradición": así, el mismo San Pío V, cuando introdujo el Misal romano uniforme después del Concilio de Trento, confirmó específicamente la legitimidad de otros ritos de venerable origen y uso. Permítanme, en este punto, recordarles que la santa unificación de los ritos de la Misa que se logró con el Misal de San Pío V fue llevada a cabo por el Papa a petición expresa de los obispos reunidos en el Concilio. Por lo tanto, no fue un acto de la Curia o de desprecio romano por la individualidad legítima de la expresión litúrgica. Los propios obispos pidieron a Roma que prescribiera un rito uniforme para toda la Iglesia latina porque habían descubierto que, en el plano diocesano o incluso sinodal, era imposible detener o incluso reducir la proliferación de textos no autorizados para la celebración de los sacramentos.

Simplemente estamos presenciando una repetición, tanto de la proliferación de textos no autorizados como de la incapacidad episcopal para enfrentarlos. Quizá también podamos ver una repetición de ese acto de sabiduría que, hace más de 400 años, hizo que los obispos le pidieran al Papa que redactara y promulgara "a perpetuidad" el ritual uniforme de la Misa que fue sancionado en 1570 y que ha traído consigo una inmensa bendición a la Iglesia.

El pluralismo de hoy es de otra índole: es la consigna y el grito de guerra de aquellos que quieren dejar de lado la Tradición. Por eso, en medio de una nueva proliferación de ritos y textos litúrgicos, asistimos a la supresión práctica del único rito que de manera perfecta consagra el tesoro más sublime de la Iglesia, el santo misterio de la Misa.

Hasta ahora, la supresión se logra solo de facto y no de iure. De hecho, sería impensable que el viejo Ordo Missae haya sido prohibido oficialmente. Para justificar esto, uno tendría que argumentar que de alguna manera ese rito fue "incorrecto" o "malo", ya sea doctrinal o pastoralmente. Demostrar cualquiera de esos calificativos sería equivalente a negar que la Iglesia es guiada por el Espíritu Santo. Por lo tanto, es inadmisible incluso sugerir que el viejo Ordo podría ser abrogado.

Pero la supresión de facto es, sin embargo, lo suficientemente real, y debemos luchar contra ella con todos los medios a nuestra disposición. Un argumento es, por supuesto, el mismo "pluralismo" que los reformadores invocan constantemente: a menos que abarque la existencia continua del antiguo rito, uno al lado del otro, el "pluralismo" en la liturgia se expone inmediatamente como pura hipocresía, un leve velo tanto del desprecio por la Tradición como del arrogante sesgo anti-romano de las jerarquías nacionales y sus comisiones litúrgicas.

Valga recordar que las tres nuevas plegarias eucarísticas, o cánones, se introdujeron, no en lugar de, sino además, del antiguo canon romano, el que fue expresamente confirmado e incluso se le otorgó un lugar de honor (en el papel) para las Misas celebradas los domingos. Por lo tanto, es perfectamente legítimo y razonable pedir que el nuevo Ordo Missae se ofrezca, de la misma manera, como una forma adicional y alternativa de celebrar la Misa, y no como un reemplazo absoluto del antiguo rito de San Pío V.

 7 de marzo de 1965: Pablo VI celebra la primera Misa en italiano
(Foto: Combonianum)

En cuanto al nuevo Ordo, como todos ustedes saben, se ha convertido en objeto de críticas fuertes, generalizadas y extremadamente convincentes. Esto se aplica al orden y las oraciones de la Misa en sí, y a la llamada Institutio generalis u "Ordenación general del Misal romano". La crítica se refiere a los textos latinos oficiales y, en muchos países aún más fuertemente, a sus traducciones vernáculas. Se ha hecho evidente que los textos reflejan algunas de las nuevas tendencias teológicas que inspiraron el notorio "Catecismo holandés" y que Roma misma ha condenado. Esto ocurre incluso cuando estas tendencias no se reflejaban en las palabras utilizadas en el nuevo Ordo o en la Institutio generalis, sino que se hayan inequívocamente en el contexto y, más particularmente, en los efectos psicológicos a los que apunta claramente el nuevo rito. Por estas razones, Una Voce, al igual que muchos otros, se ha sentido con el derecho, y no obligada, a criticar al nuevo Ordo, de la misma manera que hemos criticado antes otros aspectos de la reforma post-conciliar.

¿Está mal esta crítica? ¿Es impropia porque proviene de aquellos que se consideran a sí mismos como católicos leales y como hijos fieles del Santo Padre? Después de todo, el nuevo Missale Romanum fue promulgado por el pontífice reinante, por lo que se debe estar seguro de que él considera que no sólo está libre de errores, sino que también de tendencias y ambigüedades potencialmente peligrosas, y que estima su introducción como algo necesario para el mayor bien de la Iglesia. Veamos este problema por un momento. Veamos qué sucedió con los documentos recientes más importantes de la guía papal para la Iglesia en asuntos de fe, moral y liturgia.

Recuerdése Mediator Dei, con sus imperiosas exhortaciones contra las aberraciones litúrgicas que se han convertido en práctica cotidiana. Recuerdése la Veterum Sapientia de Juan XXIII, con sus graves advertencias para salvaguardar el uso del latín, particularmente en la liturgia y los seminarios. Recuérdese Mysterium Fidei, con su clara condena de algunas nuevas interpretaciones sobre el misterio de la transubstanciación. Recuérdese la Constitución Sacrosanctum Concilium promulgada por el papa Pablo VI, con su decisiva orientación sobre la conservación del latín como idioma principal de la liturgia y su permiso cuidadosamente circunscrito para el uso de la lengua vernácula en ciertas partes de la Misa. Recuérdese el "Credo del Pueblo de Dios", con su reafirmación de todas las verdades esenciales del catolicismo y con su advertencia implícita contra cualquier doctrina que empobrezca o falsifique el Depositum Fidei. Recuérdese, más recientemente, el Decreto Memoriale Domini, que desaprueba formalmente la práctica de la comunión en la mano. Y todos ustedes están demasiado familiarizados con las advertencias semanales del Santo Padre contra las innumerables formas de sutil subversión desde adentro, desde los cardenales hasta los vicarios enardecidos, desde los llamados "teólogos eminentes" hasta los irresponsables periodistas calificados como "católicos".

Los últimos veinte años nos han dado muchos ejemplos de Papas reinantes que expresan su clara e inequívoca desaprobación de ciertas ideas, ciertas tendencias, ciertas prácticas, ciertas sugerencias y actitudes que se han manifestado dentro de la Iglesia. Casi todos han sido ignorados por completo, por laicos, por sacerdotes, por obispos y cardenales, y de hecho, en la cima misma, donde más de un pontífice reinante ha ido en contra de los precisos preceptos de sus predecesores inmediatos.

 Ludolf Bakhuizen, Cristo en la tormenta en el Mar de Galilea (1695, Indianapolis Museum of Art)

Después de esta digresión, permítanme volver a Una Voce y sus dos preocupaciones principales: el latín, con el canto gregoriano, y la Misa tridentina.

Es totalmente erróneo etiquetarnos como reaccionarios, como personas que se aferran tercamente a los caminos de ayer, cuyas mentes están cerradas a una reforma necesaria y beneficiosa, o cuyos conceptos personalizados de oración litúrgica reflejan el individualismo de una época pasada. Por el contrario, nuestra insistencia en que en la liturgia deberíamos usar un lenguaje específico y un determinado estilo música, y que para la Misa deberíamos seguir utilizando un rito cuya inspiración es teológica más que sociológica, hierática más que comunitaria, constituye en realidad un acto de "contestación" con miras al futuro.

Se trata de una contestación contra una noción empobrecida de lo que es la liturgia. La liturgia es mucho que el "diálogo entre Dios y su gente". Es la representación ordenada jerárquicamente de lo sagrado en la realidad profana. La liturgia es, de hecho, una acción sagrada. Como tal, es esencialmente escritural. Afirmar que la liturgia se ha convertido en "más escritural" gracias a lecturas más y más variadas de la Biblia y al uso liberal de los Salmos para los cantos antifonales y responsoriales, es engañoso cuando al mismo tiempo ella está siendo despojada de la mayoría de las palabras y los gestos y accesorios que denotan la sacralidad de la acción y que transmiten esa sacralidad a los participantes y provocan una respuesta de sus corazones en lugar de sus cabezas.

Esta contestación se dirige también contra un concepto empobrecido del sacerdocio. Simplemente pregúntense esto: ¿la "crisis del sacerdocio" habría ocurrido y asumido las dimensiones aterradoras que presenciamos cada día, si el sacerdote hubiera sido el "ministro del altar" (en lugar de la gente), actuando "in persona Christi", en lugar de ser un mero "presidente de una asamblea"? Y el latín, sólo porque ha sido durante tanto tiempo un lenguaje reservado para el uso eclesiástico y particularmente para el uso en la liturgia, dio expresión tangible al carácter esencialmente supra-natural del sacramento. De todos modos, tenemos pocos medios para manifestar nuestros sentidos, es decir, los oídos, los ojos, la nariz, la boca y el tacto, la diferencia esencial entre una acción sagrada y una profana. El latín, la vestimenta, el incienso, la oblea de la Hostia, la indicación de que los pulgares e índices del sacerdote se unan después de la consagración, la prohibición de que los laicos toquen los vasos sagrados o las especies consagradas; todo esto era necesario y, en la mayoría de los casos, constituían medios elegidos espontáneamente, manifestando esa diferencia esencial. Y debido a esto, dieron un propósito y una dignidad únicos al sacerdote que celebra y a su auto-elegido aislamiento en el celibato, otro "signo" de la distinción esencial entre el sacerdocio "ministerial" del ministro ordenado para el servicio del altar, y el sacerdocio común de todos los católicos bautizados. Eliminar los "signos" siempre afecta lo que significan, y es por esto que las recientes reformas litúrgicas se encuentran entre las principales causas de la crisis del sacerdocio.

 Misa Novus Ordo

Ante todo esto: ¿qué podemos, qué debemos hacer?

Sobre todo: debemos ganar nuevos miembros para Una Voce. No por un número mayor, sino para fortalecer nuestra resolución mutua y abordar más eficazmente las numerosas tareas que nos esperan. ¿Cuáles son estas tareas?

Primero: preservar entre nosotros y difundir más allá de este círculo limitado la familiaridad con el latín litúrgico. Esto es requerido por el propio Concilio. Los textos litúrgicos latinos deben entenderse, y para eso no hay que convertirte en un "erudito". Es otra virtud de este invaluable lenguaje "muerto" que, en la forma en que nos ha llegado como el latín de la Iglesia, es un lenguaje fácil, infinitamente más fácil que la mayoría de los idiomas modernos. Y si incluso estos se pueden dominar razonablemente bien en unos pocos meses para un entendimiento básico, entonces eso vale a fortiori para el latín eclesiástico. El conocimiento básico del propio lenguaje de la Iglesia da un sentido atemporal a nuestro sentido de pertenencia y proporciona un vínculo particular con los grandes santos del pasado. Incluso si hacemos poco uso de nuestro conocimiento fuera de la liturgia, el hecho de estar familiarizados con la Iglesia en latín fortalecerá nuestro "sensus ecclesiae". Y, dado que los sacerdotes están hoy en día tan ansiosos por emular a los laicos, nuestro interés por el latín puede incluso traerlo de vuelta a los seminarios. Así que aquí hay algo que sus capítulos pueden y deben hacer: organizar cursos para el latín eclesiástico, con especial énfasis en los textos litúrgicos.

No se piense, sin embargo, que el latín en la liturgia debe ser entendido por todos antes de que pueda recuperar el lugar que le corresponde. El énfasis prevaleciente en la comprensión racional de cada palabra hablada en el altar o ambón es otro de esos empobrecimientos que cuestionamos. Pero nos corresponde a nosotros hacer el esfuerzo adicional de aprender el latín de la Iglesia, no sólo para poder transmitir a nuestros hijos el mínimo de conocimiento lingüístico que anteriormente formaba parte de su instrucción religiosa ordinaria.

En segundo lugar: el canto gregoriano debe ser practicado. Si no se puede hacer esto en la iglesia, entonces hay que crear una sociedad coral. Cuando sea demasiado difícil, el capítulo podría celebrar reuniones periódicas en las que se reproduzcan algunos registros de canto gregoriano, de modo que los oídos de los miembros, y los de sus hijos, o de los amigos a los que se pueda llevar con mayor facilidad a este tipo de encuentro que a una reunión formal de Una Voce, permanezcan familiarizados con su belleza, y de ese modo guarden sintonía con su calidad única de oración.

 (Foto: Regina Magazine)

En tercer lugar: los miembros de Una Voce deben estar razonablemente bien formados en la doctrina de la Iglesia sobre asuntos litúrgicos y deben conocer el patrón básico de la historia litúrgica. Muy a menudo nos quedamos indefensos, por mera falta de conocimientos básicos, cuando discutimos con otros católicos o con sacerdotes que han leído los últimos libros. Los capítulos deben organizar grupos de estudio y conferencias, y la sede debe difundir el conocimiento básico a través de su boletín informativo, y debe proporcionar a los capítulos una biografía seleccionada para el uso de líderes de grupo o de los miembros individuales.

En cuarto lugar, y esto es lo más importante: llegar a los jóvenes. Sin saberlo todavía, necesitan desesperadamente una liturgia que sea más rica en contenido y expresión que el mero "diálogo" (del cual obtienen más que suficiente en todas las demás esferas de la vida de la Iglesia), mero entretenimiento o incluso catequesis, más rica que la unión o un ejercicio de entrenamiento en "sensibilidad" (o deberíamos decir "insensibilidad"). Necesitan la atmósfera de abstinencia, de recuerdo, del verdadero "laus Dei", que es totalmente diferente de alabar descaradamente al "Señor del Universo" a través de las hazañas o el progreso del hombre. Necesitan el encuentro, de hecho, la confrontación con el "signo de contradicción", re-presentado todos los días en el "Mysterium Tremendum" de la Santa Misa.

Vendrá un renacimiento: el ascetismo y la adoración, como la fuente de la total dedicación directa a Cristo, volverán. Se formarán cofradías de sacerdotes, entregadas al celibato y a una vida intensa de oración y meditación. Los religiosos se reagruparán en casas de "estricta observancia". Surgirá una nueva forma de "Movimiento litúrgico", dirigida por jóvenes sacerdotes y que atraerá principalmente a jóvenes, en protesta contra las liturgias planas, prosaicas, filisteas o delirantes que pronto crecerán y finalmente sofocarán incluso los ritos recientemente revisados.

Es de vital importancia que estos nuevos sacerdotes y religiosos, estos nuevos jóvenes con corazones ardientes, encuentren, aunque sólo sea en un rincón de la mansión de la Iglesia, el tesoro de una liturgia verdaderamente sagrada que todavía brilla suavemente en la noche. Y es nuestra tarea, ya que se nos ha dado la gracia de apreciar el valor de este patrimonio, preservarlo de la destrucción, de ser enterrado, despreciado y, por tanto, perdido para siempre. Es nuestro deber mantenerlo vivo: por nuestro propio vínculo afectivo, por nuestro apoyo a los sacerdotes que lo hacen brillar en nuestras iglesias, por nuestro apostolado en todos los niveles de persuasión.

Que Dios nos dé valor, sabiduría y perseverancia, y que fortalezca y profundice ahora más que nunca antes nuestro amor por la Iglesia y por Ella, a quien el Santo Padre proclamó solemnemente Mater ecclesiae: María, la Santísima Madre de Dios y nuestra Santísima Reina y Madre.

 Eric de Saventhem y su mujer Elisabeth, nacida von Plettenberg
(Foto: FIUV)

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Estas palabras del presidente han demostrado ser proféticas. Como sabemos ahora, el movimiento para la preservación y la celebración de los ritos antiguos y tradicionales de la Iglesia católica es un movimiento que concita mayoritariamente a los jóvenes.

También hemos visto en nuestro tiempo un florecimiento de sociedades sacerdotales y religiosas dedicadas a celebrar los ritos antiguos de la Iglesia con devoción, cuidado y amor.

Sobre todo, las palabras proféticas del fundador se cumplieron con la promulgación para la Iglesia universal, por parte del papa Benedicto XVI, el 14 de septiembre de 2007, Fiesta de la  Exaltación de la Santa Cruz, del motu proprio Summorum Pontificum, que declara abiertamente lo que Dr. Saventhem ya había comprendido: que los ritos de siempre nunca habían sido abrogados (numquam abrogatam).

Es apropiado recordar la inmensa cantidad de trabajo que el Dr. de Saventhem y su mujer dedicaron para ayudar a restablecer el lugar de los ritos tradicionales en la Iglesia, que vieron su fruto en ese motu proprio. Su trabajo, y el de la Federación, contribuyeron también a la creación del entorno en el que éste se emitió.

No olvidemos nunca al Dr. de Saventhem y su mujer, Elizabeth, en nuestras oraciones.

James Bogle
Agosto de 2014

sábado, 27 de octubre de 2018

El rito bracarense

El rito bracarense o de Braga (ritus Bracarensis) es un antiguo rito litúrgico perteneciente a la familia litúrgica de los ritos latinos, utilizado principalmente por la arquidiócesis de Braga (Portugal), de donde recibe su nombre. 

 (Imagen: Wikimedia Commons)

El rito se consolidó entre los siglos XI y XIII, siendo el llamado Misal de Mateus (siglo XII) la fuente más antigua conocida. Luego de la promulgación del Misal de San Pío V, Braga pudo mantener el uso de sus libros litúrgicos propios, pues tenían una antigüedad mayor a doscientos años, conforme lo autorizó la bula Quo primum tempore,​ de 14 de julio de 1570, y debido a los empeños del arzobispo de Braga, el Beato Bartolomé de los Mártires O.P. (1514-1590). Sin embargo, pese a la protección jurídica de la que gozaba el rito de Braga, la celebración del rito romano se hizo cada vez más presente en la arquidiócesis y elementos romanizantes ajenos al rito bracarense terminaron también por ser introducidos en éste. Después de algunos conflictos resultantes a causa de los intentos de introducir el rito romano, el rito de Braga fue restaurado por el sínodo de 1918. Gracias a los esfuerzos de monseñor Manuel Vieira de Matos (1861-1932), arzobispo de Braga a partir de 1914, se llevó a cabo un proceso de revisión de los libros litúrgicos, a fin de extirpar las imperfecciones y los elementos extraños al rito. El nuevo breviario fue aprobado por el papa Benedicto XV con la bula Sedis huius Apostolicae, de 14 de mayo de 1919. En 1924, bajo el pontificado de Pío XI, se aprobó asimismo el misal y, desde año, ambos libros litúrgicos tornáronse obligatorios para toda la arquidiócesis. 

 (Imagen: Wikimedia Commons)

En la época de la reforma litúrgica luego del Concilio Vaticano II, la arquidiócesis de Braga carecía de los medios para revisar sus rituales, por lo que se adoptó el rito romano reformado (un reporte de la época de la reforma litúrgica sobre la situación del rito de Braga puede leerse aquí, en traducción inglesa).
A partir de 1971, el uso del rito bracarense se hizo facultativo, lo cual en la práctica implicó su casi total abandono. El rito nunca experimentó una reforma luego del Concilio, como sí fue el caso del rito ambrosiano, el que desde 1990 cuenta con un Misal reformado. En la actualidad, el uso público del ritual de Braga se limita prácticamente a la catedral y a celebraciones ocasionales, especialmente en la Fiesta de la Presentación del Señor (2 de febrero), el Domingo de Ramos y la Semana Santa. Por fortuna, la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum (2007) y de la Instrucción Universae Ecclesiae (2011) ha impulsado los intentos de algunos sacerdotes, de momento aislados, por rescatar el rito del desuso en que se encuentra, como también ha ocurrido con otros ritos latinos y aquellos propios de órdenes religiosas.

En general, las diferencias con el rito romano son más bien menores, lo cual da lugar al debate entre aquellos estudiosos que lo consideran un rito propiamente tal y otros que lo clasifican más bien como un uso o variante del rito romano. Cualquiera sea el caso, una de las peculiaridades del rito de Braga es la recitación del Ave María al comienzo de la Misa y de la oración mariana del Sub tuum praesidium al final de ella. Asimismo, el sacerdote prepara el cáliz con el vino y el agua al comienzo de la Misa, antes de las oraciones al pie del altar. El rito exhibe una gran riqueza de lecturas y oraciones propias, muchas de ellas diversas de aquellas del rito romano, aunque, curiosamente, el rito de Braga ha preservado algunas oraciones que provienen del rito romano, pero que luego se perdieron en éste. 

 Misal bracarense de 1924, Fiesta de la Purificación (2 de febrero). El himno, O beata infantia, no se encuentra en el rito romano
(Foto: New Liturgical Movement/Alma Bracarense)

Como lo destacó el entonces Cardenal Ratzinger en un discurso con ocasión de los diez años del motu proprio Ecclesia Dei, de 1988, el rito de Braga es, junto con los otros ritos latinos pretridentinos que allí menciona, prueba de que la pluralidad litúrgica ha sido siempre una característica de la Iglesia de Occidente, lo cual nunca fue motivo de escándalo para nadie, desestimándose así el argumento de quienes, sin base alguna, sostienen que la coexistencia de la forma tradicional del rito romano junto al rito romano reformado constituye una amenaza a la unidad de la Iglesia.

Para quienes deseen saber más sobre el Misal del rito bracarense, existe una bitácora dedicada a éste, Alma Bracarense (en inglés y parcialmente en portugués). Quienes tengan interés en conocer la música sacra propia del rito de Braga, incluidos videos de un grupo coral portugués, Capella Duriensis, que ha hecho diversos esfuerzos por rescatar piezas históricas del repertorio bracarense (incluyendo el lanzamiento de un CD), pueden leer más aquí.

Concluimos esta entrada con una galería fotográfica que permitirá a nuestros lectores hacerse una idea de qué aspecto tiene la liturgia celebrada conforme al rito de Braga, particularmente de sus singularidades. Las fotos corresponden a una Missa cantata, celebrada en 2010 en Fátima (Portugal), con ocasión de una peregrinación de un grupo de Canónigos de San Juan de Kenty. El celebrante es el P. Joseph Santos, nacido en EE.UU., pero ordenado en Braga. Fotos de una Misa rezada celebrada por el mismo sacerdote, también en Fátima, pueden verse aquí. Asimismo, una galería de fotos de la celebración del Domingo de Ramos (2018) conforme al rito bracarense en una parroquia portuguesa de EE.UU. por un sacerdote incardinado en Braga (todo sacerdote allí incardinado cuenta automáticamente con un indulto para celebrar en cualquier lugar conforme al rito propio, como ocurre con el rito ambrosiano) puede verse aquí.


 Preparación del cáliz al comienzo de la Misa


 Oraciones al pie del altar con el cáliz cubierto sobre el altar

 Canto de la epístola



 "Sursum corda"

 Elevación de la Preciosa Sangre, con la peculiaridad de que el cáliz permanece cubierto

 "Ecce Agnus Dei"

 Luego de la comunión de los fieles, el sacerdote permanece arrodillado mientras un sacerdote asistente guarda el Santísimo en el Tabernáculo


Al final de la Misa, el sacerdote, de rodillas, recita la conmemoración de la Bienaventurada Virgen María