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sábado, 28 de septiembre de 2019

Resistir la mediocridad litúrgica

Les ofrecemos hoy una nueva traducción del Dr. Peter Kwasniewski, quien vuelve sobre un a cuestión no siempre comprendida cuando se aborda la conservación los ritos reformados y el poco crecimiento del retorno a la Tradición. Una de las consecuencias del pecado natural es la tendencia del ser humano hacia la corrupción, alejándose de lo que es bueno y bello. Mientras más se aparta el hombre de la gracia de Dios, más bajo puede caer, y ni siquiera la Iglesia está a salvo de esta caída más que en aquellos elementos divinos para los que Cristo aseguró la indefectibilidad. Eso explica que la libertad que da el Misal reformado al celebrante para elegir entre muchas opciones de celebración, desde los diversos formularios y plegarias hasta la lengua y la orientación, acaban imponiendo un estándar de mediocridad, que busca igualar la liturgia siempre hacia abajo, olvidando que la enseñanza evangélica es buscar siempre la perfección porque ella es un atributo divino. 

El artículo fue publicado originalmente en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan al artículo original. 

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Resistencia al “mínimo común denominador”: el “cri du coeur” de un sacerdote

Peter Kwasniewski

Jesús no se conformó con el "mínimo común denominador"

Un sacerdote me comunicó algunas ideas luego de asistir a una reunión del presbiterio con su obispo diocesano. En el siguiente texto, haré uso de lo que me contó.

En la reunión, el obispo dijo que el clero debería luchar contra la tentación de contentarse con el “mínimo común denominador”. Porque si permitimos a cada miembro del clero explorar sin límites, por decirlo de algún modo, sin aspirar a los estándares de excelencia propios de la diócesis, el principio de la entropía, o digamos derechamente, la naturaleza caída del hombre, nos dice que las cosas tenderán a deslizarse colina abajo y a deteriorarse con el paso del tiempo y, eventualmente -en un punto no muy lejano en ese camino descendente- todas las parroquias se enfrentarán con la enorme presión de conformarse con el "mínimo común denominador", y terminarán ganando las opciones -cualesquiera sean- que resulten menos conflictivas, las más políticamente correctas, la más socialmente aceptables. Se necesita tener visión para divisar ese inevitable momento y para luchar contra él desde la partida. La libertad de elección puede ser atractiva, pero, al cabo, lleva a la división y la degradación. 

Reflexionaba el sacerdote, a continuación: es precisamente esto lo que yo y muchos hermanos sacerdotes hemos visto claramente que ocurre con la liturgia. Debido a la equívoca naturaleza del Misal de Pablo VI, que deja tanto a la elección del celebrante, nos hemos rápidamente deslizado al "mínimo común denominador" en todas las áreas en que hay libertad de elección. En otras palabras, no existe una libertad de elección que permanezca dentro del sistema.

Por ejemplo:

1. Cualquier sacerdote tiene libertad para celebrar ad orientem o versus populum: de hecho, el Misal supone la celebración ad orientem, lo que supondría que estamos en armonía con la Tradición. Pero debido al factor "mínimo común denominador", sólo se acepta el versus populum. Todo sacerdote que elige celebrar ad orientem, es visto como alguien que provoca divisiones, y se lo presiona para que se someta, a menos que quiera ser víctima del ostracismo, no sólo respecto de los fieles, sino también respecto del obispo y de sus hermanos sacerdotes. Pero, ¿es acaso el sacerdote la causa de la división? ¿O es la libertad de elegir cualquiera de las dos opciones lo que crea la división? Esto es el resultado inevitable del factor "mínimo común denominador". Se acusa a los sacerdotes de embarcarse en las llamadas “guerras litúrgicas”, pero ¿tienen ellos la culpa, o recae ésta derechamente en los hombros de Pablo VI y su ambivalente Misal?

2. Cualquier sacerdote puede hacer uso de todo el latín que quiera. Pero, debido al "mínimo común denominador", sólo es posible, de facto, el vernáculo -no obstante el anatema del Concilio de Trento: “Si alguno dice […] que la Misa debiera ser celebrada sólo en a lengua vernácula […], sea anatema”.

3. Cualquier sacerdote tiene la libertad de introducir la forma extraordinaria en su parroquia o en su ministerio, pero aquí también, debido al factor "mínimo común denominador", tal cosa es considerada como de extrema rigidez, y se la mira con tan malos ojos que, de facto, es casi imposible.

4. Ningún sacerdote tiene obligación de concelebrar, y es perfectamente libre de asistir a la Misa desde el coro, para poder decir su propia Misa, costumbre consagrada por muchos siglos de tradición en el rito romano y claramente autorizada por el nuevo Código de Derecho Canónico. Pero, de facto, se le aplica una enorme presión para que concelebre, debido al factor "mínimo común denominador", y no resignarse a ello implica recibir el mote de “no comunitario”. En algunas reuniones grandes, con ocasión de retiros, convenciones o simposios, no hay literalmente posibilidades de Misas privadas a menos que cada uno lleve su propio altar, ya que ni siquiera se contempla una alternativa a la concelebración.

5. Se supone que los sacerdotes usan una patena para la comunión y no recurren a ministros extraordinarios sino en circunstancias muy calificadas. Pero debido al habitual y sistemático abuso en la Iglesia estadounidense y al factor "mínimo común denominador", sería visto como algo extremo el que se usara patena o no se recurriera a dichos ministros. La norma pragmática, por el contrario, es no usar una patena para la comunión e insistir en la ayuda de ministros extraordinarios.  

6. Se anima a los fieles a recibir la comunión en la lengua, lo que es el uso tradicional y es todavía la norma universal según la Sede Apostólica; pero se les permite recibirla en la mano siempre que se den ciertas estrictas condiciones. Pero, debido al factor "mínimo común denominador", entre el 95% y el 98% de los fieles la reciben en la mano. En ninguna parte se enseña siquiera, a los niños que hacen su Primera Comunión, la existencia de aquella práctica tradicional, a pesar de que todavía está vigente.

7. Lo mismo se puede decir de la música sagrada, de la arquitectura eclesiástica, de los vasos sagrados, de los paramentos, de la prédica, y un largo etcétera. Hoy estamos todo forzados, por la presión social, a adaptarnos al "mínimo común denominador". Y ¿qué ocurre cuando un sacerdote no quiere someterse a éste, sino que quiere elevar los estándares? Bueno, la opción típica es someterse al "mínimo común denominador" o irse. La dinámica sutilmente corroe la integridad del obispo, porque cuando se lo confronta con las quejas acerca de un sacerdote “difícil” o “exigente” -identificado así rápidamente por Susana, la del Consejo Parroquial-, debe poner en riesgo su cuello y su reputación para defender al sacerdote, o tomar la opción, más pacífica, de presionarlo para que o acepte el "mínimo común denominador", o acepte la destitución.

Es como si todo el mundo estuviera bajo el círculo mágico del "mínimo común denominador": tal es la división que el Misal de Pablo VI ha sembrado en el corazón mismo de la Iglesia y, especialmente, en el corazón del sacerdocio y de la vida religiosa.

¿Orden o desorden?

El laicado debe entender este fenómeno si quiere comprender por qué tantos sacerdotes fieles, que quieren celebrar en armonía con la Tradición y desean que los fieles experimenten en plenitud este rico tesoro que tenemos como católicos, sienten temor de hacerlo, o sufren, quizá, una crisis cuando la tensión entre sus ideales y la realidad del "mínimo común denominador" se hace demasiado intensa. Algunos piensan que existe una enorme conspiración que planificó todo esto, y ciertamente ello puede ser cierto, ya que el disimulo y el diablo están aquí involucrados. Pero se lo puede explicar también como un resultado de la entropía social. Debido al pecado original, todo tiende a la corrupción, como vemos en las películas, en la música y en los medios sociales de nuestra cultura. La Iglesia es inmune a esta corrupción sólo en sus elementos divinos, pero no es en absoluto inmune a ella en sus elementos humanos, a menos que sus miembros luchen conscientemente y enérgicamente contra ella. La liturgia tradicional había sido desde antiguo una barrera contra este proceso natural, pero la nueva Misa ha permitido que él ingrese a la Iglesia como una avalancha.

“El caballo de Troya en la Ciudad de Dios” (para usar la expresión del gran Dietrich con Hildebrand), este caballo de Troya en el presbiterio, con forma de nueva Misa, no surgió de la nada. Sus principios se habían estado gestando entre los teólogos modernistas y sus herederos, los teólogos de la “nouvelle théologie”, expresada en la falsa distinción hecha por el P. Yves Congar entre las “estructuras inalterables” de la Iglesia y las “superestructuras accesorias, cambiables”.

Pero esta mentalidad es nada menos que traicionar a una persona mística, como un amante de la Tradición lo ha expresado poéticamente:

“No amo un esqueleto, ni órganos vitales, sino que amo Su rostro, Sus vestidos brillantes e incluso Sus sandalias, todo Su ser. Junto con el cántico espiritual, cantaré los cabellos en su cuello que nos encantó también a nosotros, sus hijos, igual que encantó al corazón de su Esposo. ¡Oh, ojalá entendieran los que aman a la Iglesia! En sus rasgos y en sus menores gestos hay algo indescriptiblemente exquisito que nos arrebata hasta la cumbre de su Misterio esencial. Los movimientos litúrgicos, los himnos, la ornamentación de las iglesias, las palabras del catecismo y de los sermones, esta carne, este modo de caminar, el sonido de la voz, el color de los ojos, revelaron su alma misma, instantáneamente, y fuimos golpeados y embriagados por ella, por Su alma antigua y universal. Su vida íntima, que vino a consolarnos, ¡era el Espíritu Santo en Persona!”[1].

Así es la reverencia que un católico debiera tener por los ritos heredados, que nos vienen de la Tradición, y por toda su ornamentación. Pero la nueva Misa encarna el falso principio del P. Congar, arrojando deliberadamente por la ventana todo esto, en una refacción masiva, dando la impresión a los católicos fieles y al mundo que la fe católica puede cambiar enteramente su apariencia. Desde que se cambió las llamadas “superestructuras accesorias, cambiables”, nos hemos dado cuenta, con dolor, que, por el contrario, eran parte importante de la sólida roca que constituía nuestro seguro fundamento o, para usar la imaginería ya aludida, los bellos trajes nupciales de la Santa Madre Iglesia, tan visiblemente radiante en sus ritos sagrados. Y ahora nos encontramos sobre un fundamento de arena, en constante movimiento y, si queremos ser honestos con nosotros mismos, un fundamento que se erosiona siempre descendiendo al "mínimo común denominador", una y otra vez, como un pájaro con un ala quebrada que sólo logra alzarse unos pocos centímetros, o como un aeroplano con motores dañados que se eleva sobre la pista de despegue sólo para estrellarse justo donde ésta termina.

Mi corresponsal terminó con este “cri de coeur”:

“Si otros sacerdotes quieren aceptar el statu quo, la tiranía del 'mínimo común denominador', ello es su propia decisión, algo entre ellos y Dios. Quizá no todos necesitan pelear en la vanguardia y resistir usque ad sanguinem. Pero nosotros, cuyo corazón pertenece a la Iglesia de siempre y a sus ritos tradicionales, no pedimos más que acceder a ellos con libertad, no pedimos más que vivir y morir con ellos, nada más que alimentar a los fieles con esta comida y bebida vigorosa. Quiera Dios suscitar más y más sacerdotes con un corazón así”.




[1] Tomado de la “Carta a mis amigos”, núm. 178, 6 de agosto de 1964, del Abbé Georges de Nantes (1924-2010). Como el Padre Pio de Pietralcina, Nantes reaccionó contra la devastación producida en la Misa tridentina a mediados de la década de 1960, antes del golpe de gracia de 1969. Véase aquí la cita, así como la referencia a Congar. 

jueves, 7 de septiembre de 2017

Graham Greene: hermano y amigo

El escritor inglés Graham Greene (1904-1991) cuenta sin duda alguna entre los más notables escritores del siglo XX, tanto en lo que a la recepción de la crítica como a su inmensa popularidad entre los lectores se refiere, siendo incluido en 1966 y 1967 en la "lista corta" del Premio Nobel de Literatura. Él supo describir como pocos la ambigüedad moral y las angustias e incertidumbre propias de la época en que vivió. 

 Graham Greene 

Greene se convirtió al catolicismo en 1926, luego de conocer a quien sería su mujer, Vivien Dayrell-Browning, también conversa (a quien abandonaría en 1948, siguiendo casados sin embargo también ante la ley civil hasta la muerte de Greene). Además de su vena algo más ligera (aunque no desprovista de trasfondo filosófico, político y moral), representada en sus novelas de intrigas, que él llamada "entretenimientos" (El tercer hombre, El americano impasible, Nuestro hombre en La Habana, por nombrar algunas), su fama descansa fundamentalmente en sus "novelas católicas" (calificativo que él rechazaba, pues se veía a sí mismo no como un "novelista católico", sino simplemente como un novelista que, además, era católico): Brighton Rock (1938), El poder y la gloria (The Power and the Glory, 1940), El revés de la trama (The Heart of the Matter, 1948) y El final de la aventura (The End of the Affair, 1951). 

Estas últimas novelas fueron siempre muy polémicas precisamente en ambientes católicos, pues Greene se engarza en una cierta tradición literaria del siglo XX que Juan Manuel de Prada ha llamado con acierto "catolicismo pesimista", entre la cual, pese a las enormes diferencias individuales y literarias, podrían incluirse también León Bloy, Joris-Karl Huysmans, Flannery O'Connor, Julien Green o David Lodge, entre otros. Así, en sus novelas, Greene no se refrena al momento de retratar nuestra naturaleza caída y sus personajes están habitualmente marcados por sus fallas y conflictos morales. La relación del propio Greene con su fe fue siempre problemática, dejando de frecuentar los sacramentos en los años cincuenta (describiéndose después incluso como un "católico agnóstico") y hasta su reconciliación con la Iglesia al final de su vida, etapa que transcurrió en Vevey, Suiza.


Tumba de Graham Greene en Corceaux, Suiza

En 1996, la Editorial Espasa publicó el libro intitulado Graham Greene. Hermano y amigo escrito por el Rvdo. Leopoldo Durán Justo (1917-2008), quien fue su confidente durante los últimos 20 años de vida del escritor inglés y que fuera determinante en el retorno final de Greene a la Fe. 

Algo cabe decir acerca de este sacerdote nacido en Orense (Galicia, España), quien había recibido su ordenación en 1943 como parte de la Congregación de la Misión, la que luego abandonó para integrarse al clero secular. Tuvo una intensa formación académica, doctorándose primero en Teología en el entonces Instituto Pontificio Angelicum de Roma, después en Literatura inglesa en el King's College de Londres, y finalmente en Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, lugar al que continúo ligado como profesor hasta su jubilación en la década de 1980. Durán residió casi tres décadas en Inglaterra y allí, en 1972, conoció a Graham Greene, que se puso en contacto con él al saber que había realizado su tesis doctoral sobre el sacerdocio en los escritos de Graham Greene, la cual fue publicada por la Biblioteca de Autores Cristianos (B.A.C.) en 1974. 

El sacerdote gallego acompañó al escritor británico tanto en sus estancias en Niza (Francia) como en Vevey (Suiza) adonde acudió para acompañarlo cuando Greene murió, en 1991. Pero sobre todo fue su compañero de andanzas en España y, de forma especial, en su tierra natal. En el monasterio de Oseira (Orense), en el que pasaron temporadas, todavía recuerdan la pasión de los dos por degustar vinos, especialmente aquellos que preparaba don Antonio, cuya casa de la localidad de Las Regadas visitaban casi cada año. Fruto de esos viajes, nació la novela de Graham Greene Monseñor Quijote (Monsignor Quixote), publicada en 1982 e inspirada en cierta forma en las correrías que el autor hizo con Durán por el norte de España. Conviene recordar que, en una entrevista hecha por John Cornwell y publicada en The Tablet el 23 de septiembre de 1989, Greene contó que su amigo sacerdote tenía "permiso de su obispo para celebrar la Misa en latín y en cualquier lugar" (Pearce, J., Escritores conversos, trad. de Gloria Esteban Villar, Madrid, Palabra, 4ª ed., 2009, p. 528), lo que era algo excepcional en esos años, sobre todo estando tan frescas en la memoria las consagraciones hechas el año anterior por Monseñor Lefebvre. 

 Pbro. Leopoldo Durán Justo 
(Foto: Luis Magán/El País)

El sacerdote fue también, con Vicente Cebrián-Sagarriga (1914-2010), X Conde de Creixell, patrono de la Fundación Graham Greene, que duró un par de años hasta que el titular decidió suprimirla, a pesar de que le servía para contrarrestar las acusaciones de que era comunista. El autor inglés solía decir, según recordaba Durán: '"Cómo voy a ser comunista si los encargados de mi fundación en España son un cura y un aristócrata".

A partir del íntimo relato del Rvdo. Leopoldo Durán, queremos ofrecer en esta entrada tres estampas del efecto que la liturgia católica provocó en el autor inglés. 

Primer acto: la Santa Misa de Pío XII y San Pío de Pietrelcina

En 1949 Graham Greene tuvo una audiencia con Pío XII, la que se prolongó por veinte minutos.  Esa vez, el Papa no lo invitó a sentarse, como haría alguno años más tarde el Papa Pablo VI. Previo a ser recibido, el autor inglés había tenido la oportunidad de oír la Santa Misa dicha por el Santo Padre. Tras un rato de charla, y según la narración del Rvdo. Leopoldo Durán, se produjo el siguiente diálogo: 

"Santidad, dos Misas me han impresionado en mi vida de manera especial". 

El Papa le preguntó cuáles. A lo que Graham contestó: 

"Una de ellas la que acaba de celebrar Vuestra Santidad". 

"¿Y la otra?", preguntó el Papa. 

"La que oír decir al Padre Pío".

Graham añade: 

"El Papa se puso serio, manteniendo distancias, en señal de desagrado".

 El Papa Pío XII
(Foto: Pinterest)

Sin embargo, antes de despedirse, Graham Greene le pidió al Papa que rezase por su amigo el obispo Mathews, quien estaba gravemente enfermo. Más tarde se enteró de que su amigo había recibido una caja de chocolatines que él prefería. El Papa había ordenado a una pastelería de Roma que se los enviase. 

El relato de esta anécdota requiere cierta contextualización, dado que hoy Pío de Pietrelcina (1887-1968) figura en el libro de los santos reconocidos por la Iglesia. Pero no siempre fue así, pues durante su vida el padre Pío fue objeto de numerosas investigaciones por parte de las autoridades eclesiásticas. En el período comprendido entre 1924 y 1931, la Sede Apostólica hizo varias declaraciones negando que los acontecimientos en la vida del Padre Pío se debieran a alguna causa de origen sobrenatural.​ En un momento dado, se le impidió públicamente incluso el desempeño de sus deberes sacerdotales, como el confesar y decir Misa. Por temor a disturbios locales, un plan para transferir al padre Pío a otro convento fue abandonado y un segundo plan fue cancelado cuando un motín estuvo a punto de suceder. En 1933, empero, la situación comenzó a cambiar y el papa Pío XI ordenó que se revirtiera la prohibición de celebrar Misa que pesaba sobre el capuchino. Al año siguiente se le permitió volver a escuchar confesiones. También se le dio permiso honorario para predicar, a pesar de no haber tomado el examen para la licencia de predicación.  Pío XII fue todavía más allá y animó a los devotos a visitar al padre Pío en su convento de Giovanni Rotondo. 

 San Pío de Pietrelcina celebrando la Santa Misa

El Rvdo. Leopoldo Durán nos cuenta cómo fue esa Misa celebrada por San Pío de Petralcina a la que asistió Graham Greene: 

Luego me contó la Misa celebrada por el padre Pío a quien Graham quería y admiraba. Desde esta Misa, que le había impresionado, llevaba siempre en su cartera una estampita del padre Pío. La Misa fue a las cinco de la mañana, pues el Vaticano así lo había ordenado al santo religioso. La gente había esperado a la puerta de la iglesia, durante horas, a que es les permitiese entrar y ver "al santo". Apareció el padre en el altar, con unos mitones en las manos para ocultar los estigmas de la Pasión. El padre pronunciaba distinta y pausadamente cada palabra, pero Graham le pareció que la Misa había durado el tiempo normal, no más de media hora. Al salir y mirar el reloj, vio el padre Pío había estado en el altar entre setenta y cinco minutos y hora y media. Un artículo calumnioso, publicado en Inglaterra, dijo que Graham se había salido de la Misa por parecerle demasiado larga. 

Un amigo de Graham quiso llevarle a la sacristía, antes o después de la Misa, para que allí viese al padre Pío. Pero Greene se negó, por temor a encontrase cara a cara con un santo. Luego el padre Pío preguntaba al amigo de Graham: 

"¿Qué es de tu amigo inglés, aquel que no se atrevió a venir a verme?"

Nadie le había dicho una palabra al padre Pío de aquel "amigo inglés". 


El amor que el Padre Pío sentía por la liturgia, donde se unía a Cristo en el Calvario, hizo que sintiese temor antes los cambios que comenzaban a verse. Si bien el Novus Ordo no entró en vigor oficial y obligatoriamente hasta  1969, seis meses después de su muerte, ya desde el primer domingo de Cuaresma de 1965 (que ese año cayó el día 7 de marzo) se habían comenzado a celebrar por primera vez Misas en lengua vulgar según los textos litúrgicos experimentales debidos a la labor del Consilium dirigido por el Cardenal Giacomo Lercaro (1891-1976) y secundado por monseñor Annibale Bugnini (1912-1982). Como es natural, esta liturgia experimental que abandonaba el latín y revolucionaba la formulación teológica del sacramento, no podía encontrar conformidad en el Padre Pío. 

Es así que, enterado de los cambios y antes de que la nueva liturgia fuese autorizada oficialmente, el 17 de febrero de ese año había solicitado poder seguir celebrando la Misa según el rito de siempre. Paulo VI accedió gustoso a esa petición del Padre Pío y el 9 de marzo envió personalmente al Cardenal Antonio Bacci (1885-1971), el mismo que unos años más tarde denunciaría junto con el Cardenal Alfredo Ottavini (189-1979) los puntos controvertidos de la nueva liturgia, a que llevara él mismo el indulto, autorizando al anciano capuchino a celebrar siempre la Santa Misa con que había sido ordenado sacerdote para el servicio del altar. El haber escogido al Cardenal Bacci no era azar. Aparte de que había sido uno de los pocos prelados que siempre manifestaron su apoyo y su amistad al Padre Pío en los momentos más difíciles de la segunda persecución, había sido también durante el Concilio -que terminaría pocos meses más tarde- uno de los más ardientes defensores del rito tradicional de la Iglesia. Después de haberle dado las gracias por ese indulto concedido por el Papa, el Padre Pío tomó las manos del cardenal y de rodillas le dijo con el rostro transido de dolor: "El concilio, por piedad, terminadlo pronto". Aunque el Concilio efectivamente terminó al poco tiempo, los cambios serían ya irreversibles y la ansiada primavera de la Iglesia nunca acabaría de llegar. 

 Encuentro de San Pío de Pietrelcina con S.E.R. Mons. Marcel Lefebvre (1967)
(Foto: Pellegrino di Padre Pio)

Segundo acto: Graham Greene y la reforma litúrgica

La reforma litúrgica tiene sus inicios a mediados de la década de 1960, cuando comenzaron a hacerse las primeras modificaciones al rito recién retocado por el Papa Juan XXIII. Ellas, conservando todavía un sustrato de desarrollo orgánico de la liturgia, no serían más que el preludio de la completa sustitución del rito romano por uno nuevo creado ex profeso por una comisión de expertos. En el Reino Unido, dicha reforma fue particularmente resistida, y no sólo por los católicos, quienes por siglos debieron preservar su Fe frente al avance impositivo del anglicanismo. Así lo demuestra la carta que una serie de intelectuales enviaron al Papa Pablo VI solicitando la conservación de la Misa tradicional, la que dio origen al primer indulto (conocido con el nombre de la escritora Agatha Christie) para Inglaterra y Gales. En otra entrada hemos referido el profundo dolor que las primeras reformas causaron en otro escritor inglés, Evelyn Waugh. 

De ahí que no sorprenda la opinión que Graham Greene tenía de la liturgia, según refiere el Rvdo. Leopoldo Durán:  

En el campo de la liturgia, Graham era marcadamente tradicional. ¿A qué simplificar tanto la liturgia?, pensaba. ¿Por qué omitir parte de las palabras del centurión, por ejemplo? [se refiere a la supresión de la triple repetición de la oración con que los fieles contestan al sacerdote que presenta al Cuerpo de Cristo antes de la comunión, que en la Misa reformaba sólo se dice una vez] El Evangelio de San Juan con el que se concluía la Misa es de una grandeza soberana. Ambos lo decimos con frecuencia en nuestra Misa en latín. 

La Misa de réquiem celebrada en la catedral de Westminster por Greene, muerto en Suiza, fue oficiada completamente en "ese latín tradicional que tanto amaba", como escribió The Times, predicando la homilía el Rvdo. Roderick Strange, ex capellán católico de la Universidad de Oxford. 

 El Pbro. Leopoldo Durán (izq.) y Graham Greene (der.) 
(Foto: Fdv/El Faro de Galicia)

Tercer acto: Monseñor Quijote

En 1982, como lo adelantábamos, Greene publica Monseñor Quijote (Monsignor Quixote). El libro recuerda tanto a las andanzas del Caballero de la Triste Figura como al inmortal Don Camilo creado por Giovannino Guareschi (1908-1968). Al hilo de las aventuras por una España que despierta de un letargo de cuatro décadas, el anciano párroco rural y el ex-alcalde comunista de El Toboso enhebran una plática que, en principio, parece recrudecer el antiguo pleito entre el marxismo y la doctrina católica, pero que pronto trasciende esa polémica y se sumerge en los temas que conciernen al hombre de cualquier tiempo: la Fe, el amor, la integridad moral, el enriquecimiento mutuo de dos hombres que deponen la acritud del dogmatismo para conversar.


Sabiendo el aprecio que Graham Greene tenía por la liturgia tradicional, no resulta extraña la apoteosis que se hace de ella en la escena final de Monseñor Quijote. Ahí el sacerdote y Sancho son llevados a un monasterio trapense donde, sonámbulo y en delirio, el primero se levanta de su cama por la noche, se dirige a la iglesia en pijama, celebra la Misa tradicional (en todo momento imaginando que tiene en sus manos pan y vino para consagrar) y entonces, en un postrer esfuerzo de una vida consumida por el servicio a Cristo y su Iglesia, da la comunión al ex alcalde comunista, ahora entrañable amigo, antes de hundirse muerto en los brazos de su amigo. Bien podría decirse, entonces, Ite, Missa est al cerrar el libro. 

 Escena de la Misa tridentina imaginaria en la versión televisiva (1985) de Monseñor Quijote, con Alec Guinness (der.) y Leo McKern (izq.)

En 1985, el propio Greene y el director Christopher Neame adaptaron Monseñor Quijote como una película para la televisión, protagonizada por Alec Guinness como el Padre Quijote y Leo McKern como Sancho, además de otros conocidos actores. En los viajes realizados por la península durante el rodaje, los acompañaba el Rvdo. Leopoldo Durán. 

 Graham Greene (centro) durante la filmación de Monseñor Quijote en España
(Foto: Thames Television/The Telegraph)

Nota de la Redacción: Los textos aquí transcritos han sido tomados de Durán, L., Graham Greene. Amigo y hermano, Madrid, Espasa, 1996, pp. 28-29 y 131-132.

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Actualización [17 de marzo de 2021]: Religión en libertad ha publicado la traducción de un interesante sobre las complejidades de la fe de Graham Greene.