domingo, 22 de febrero de 2015

Admisión a la Comunión

Compartimos con nuestros lectores una carta del Presidente de nuestra Asociación, Prof. Dr. D. Julio Retamal Favereau, publicada en la edición del día de hoy de El Mercurio (p. A2) y referida a la admisión de los divorciados a la comunión sacramental. Sobre este tema, de gran actualidad, estamos todos los católicos llamados a permanecer firmes en la Verdad de Cristo, que es inmutable, y a anunciarla sin recortes ni compromisos, especialmente en tiempos en que se intenta por muchos diluirla o falsearla.



Señor Director:

El debate sobre este tema merece otros enfoques o puntos de vista, dada la importancia del mismo. Uno que me ha impresionado mucho ha sido el de la actitud de los afectados con la suspensión de comulgar.

Me refiero a aquellos cristianos que, en lugar de pedir el "derecho" a recibir la comunión, han aceptado la sentencia con toda humildad, conscientes de que en el mensaje de Cristo hay razones válidas para suspender la comunión ante determinados actos o conductas que Él señala. En vez de rebelarse y exigir la posibilidad de comulgar, reconocen que han incurrido en falta y aceptan las consecuencias, que conocían desde antes.

Por tanto, no se apartan de la Iglesia; siguen creyendo, asistiendo a misa y tratando de vivir el mensaje de Cristo de la mejor manera. Además, saben que todos somos pecadores, pero que los pecados se pueden borrar por intermedio del sacerdocio, ante la decisión de pedir perdón a Dios y no de forzar situaciones teológicamente justificadas.

Tal vez es del caso recordar que la comunión no es un acto de exhibicionismo social, para mostrar que somos "justos" (santos), sino la forma más alta de practicar el acto de adoración a Dios. La misa es perfectamente válida y lícita, sin comulgar, tanto para los sancionados como para los que no lo están. Durante incontables siglos se nos dijo que la obligación era "comulgar por Pascua de Resurrección" y no a diario.

Como decía, la actitud de varios de mis amigos, de ambos sexos, que no han dejado de creer, de rezar, de tratar de llevar una vida de moral trascendente, me parece la más ejemplar en este caso tan complejo. Saben que, mediante un gran acto de contrición, aunque sea en el momento de morir, se salvarán junto con los demás. Han sido fuente de edificación personal en mi caso. Pero, claro, esta actitud de sumisión no va en consonancia con el espíritu actual de protesta, rebelión y exigencias (no compensadas por la práctica de las virtudes) que exhiben los campeones del perdón sin condiciones.

Para concluir, creo que la situación se puede ilustrar muy bien con lo expuesto en el Evangelio de San Lucas, capítulo 18. Se trata del caso de dos hombres que fueron a orar al Templo. Uno era un fariseo, arrogante, despreciativo y lleno de amor propio, que de pie y en voz alta, daba gracias a Dios de ser tan bueno. El otro era un publicano que, al fondo del Templo, en actitud humilde pedía perdón a Dios por ser un pecador. Cristo comentó a sus discípulos que el publicano salió justificado por su humildad, en tanto que el fariseo no fue justificado, lo que indica que su arrogancia no sirvió para nada. Y lo que indica que el Señor no es solo perdonador...


Julio Retamal Favereau

sábado, 21 de febrero de 2015

Robert Spaemann sobre los fundamentos de la cultura y el "nihilismo banal"

Les ofrecemos a continuación un interesante texto del gran filósofo alemán contemporáneo Robert Spaemann (Berlín, 1927), donde nos presenta sus profundas reflexiones acerca de los fundamentos necesarios de la cultura occidental, que hunde sus raíces en el cristianismo, contraponiéndola a lo que llama "el nihilismo banal". El Profesor Spaemann se detiene especialmente en el papel que le cabe desempeñar a la Iglesia Católica en la tarea de redescubrir y revitalizar los fundamentos de la cultura europea, con importantes repercusiones para la liturgia y el culto público de la Iglesia.




La cultura europea y el nihilismo banal, o La unidad de mithos, culto y ethos*

 

por Robert Spaemann



La naturaleza del hombre, su humanidad, no se hace de por sí, «naturalmente», los hombres no pueden, como decimos en alemán, «conducir su vida». Para ser hombres, tienen que dar forma a su vida. Esto sólo se logra cuando la vida tiene un contenido que va más allá de la pura conservación y reproducción de la especie. Un contenido que trasciende al hombre. El hombre es el ser de la auto trascendencia. Necesita algo por lo que merezca la pena vivir. El cor curvatum in se ipsum, del que habla San Agustín, el corazón que sólo mira hacia sí mismo, ya no es humano en sentido propio. Lo que llamamos cultura es la marca de la vida de una comunidad por aquellos contenidos que estructuran la vida y le dan un sentido.

Todos estos contenidos son relativos en última instancia. Al único objeto adecuado de la autotrascendencia humana lo llamamos Dios. Friedrich Nietzsche consideraba la idea cristiana del amor de Dios como la más elevada idea que había producido hasta la fecha la Humanidad, porque enseña a los hombres a dirigirse a algo que es más grande que el hombre y porque de este modo el hombre aprende a crecer más allá de sí mismo. Sólo así el hombre se hace humano en el verdadero sentido del término. En este sentido escribía Andréi Siniavski, en medio de la más profunda postración, en el gulag siberiano: «Ya hemos pensado demasiado en los hombres. Es hora de pensar en Dios».

Nietzsche consideraba muerto a Dios y, para llenar ese hueco, inventó el superhombre, como equivalente funcional de la idea de Dios. La utopía del superhombre fue, como todas las utopías de la edad moderna, un sustitutivo de la religión. Como decían Feuerbach y Marx, las utopías debían llevar al mundo futuro lo que hasta entonces los hombres habían proyectado en el cielo. El sentido de la acción humana debía en última instancia obtenerse del futuro terrenal de la humanidad. El hombre «tal y como lo vemos» no es digno de veneración para Marx, sino sólo el hombre del futuro. Pero ¿por qué va a ser mejor este hombre sólo porque le vaya mejor? El futuro se convirtió en el opio del pueblo. Las utopías proyectaban sin duda tan sólo un débil brillo de lo que para el creyente es actualidad viva hacia un indeterminado futuro en la tierra. Dios es actualidad viva. Y en los tiempos cristianos, el mundo futuro de Dios lanzaba su brillo de mil maneras sobre la vida cotidiana de los hombres, no sólo en Navidad y en Semana Santa, ni sólo los domingos, aunque sí especialmente en esos días. 

Este brillo penetraba la a menudo penosa vida real de los hombres y los arrancaba de la banalidad. Convertía también la pobreza en «noble pobreza», como decía Juan XXIII refiriéndose a su infancia. La presencia del mundo divino en lo humano significa también que el trabajo, que todo lo que se hace bien y es hermoso, no sólo se ve justificado por su posterior utilidad, sino que tiene su sentido aquí y ahora, porque, como se dice en la Biblia, «está hecho en Dios». Esto hace tanto de las fiestas como del trabajo elementos de la cultura humana, teniendo las fiestas prioridad. Ellas actualizan una y otra vez el sentido presente del absoluto.

La utopía moderna sustituyó la esperanza de la vida divina inmortal por aquella que se extiende a través de la perspectiva de las mejores condiciones de vida terrena de los hombres que vivirán después. Para eso se necesitaba la transformación de la sociedad en una organización racional de objetivos que debía llevar a cabo tales mejoras. Entonces, la vida actual, incluso bien y correctamente vivida, deja de tener un sentido de eternidad en sí misma. En realidad, la cultura ya no existe, debe ser el futuro resultado del trabajo presente. Tampoco hay realmente nada que celebrar. El lugar de la fiesta lo ocupa el tiempo libre. En todo caso, la utopía no permite ver cómo la mejora de la vida de las futuras generaciones podría arrancar esa vida de las garras de la banalidad. 

Entretanto, la utopía ha muerto. Más muerta de lo que Dios estuvo nunca. Se ha demostrado que la organización de la sociedad al servicio de la utopía más bien impedía que fomentaba las mejoras materiales. Pero ¿qué queda cuando el sustituto de la religión ha resultado ser una ilusión? Naturalmente, lo más fácil es el retorno del sustitutivo al original. Pero el retorno a Dios no sucede nunca de forma automática. Es siempre la consecuencia del despuntar de cada persona. Para este despuntar siempre hay una alternativa. ¿Cuál es la alternativa hoy? El lugar de la utopía como sustituto de la religión lo ocupa hoy una antiutopía radical, que rechaza totalmente la idea de la trascendencia del hombre. Un prestigioso filósofo estadounidense de la actualidad, Richard Rorty, ha desarrollado no hace mucho esa antiutopía. Se trata de la imagen de los deseos de una sociedad liberal en la que las exigencias cognitivas, éticas y religiosas de absoluto han desaparecido y en la que «nada se considera real salvo el placer y el dolor». Todo lo que importa a los hombres, todo lo que es serio para ellos, es ilusión. Ya no debemos tomarnos nada en serio. El resultado máximo de la educación es la ironía. Por lo demás queremos sentirnos bien, eso es todo. El lugar del nihilismo heroico lo ocupa lo que yo llamaría «nihilismo banal».


Clarividentemente, Nietzsche caracterizó este nihilismo banal con cien años de antelación. Hablaba en relación con esto del «último hombre». «"¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es nostalgia? ¿Qué es estrella?", pregunta el último hombre, y parpadea. Entonces, la tierra se hace diminuta, y sobre ella bailotea el ultimo hombre, que todo lo empequeñece... "Hemos inventado la felicidad", dicen los últimos hombres, y parpadean. Han dejado las tierras en las que vivir era duro; porque se necesita calor. Se ama al vecino y se roza uno con él; porque se necesita calor... Un poco de veneno aquí y allá: eso produce sueños agradables. Y mucho veneno al final, para una cómoda muerte. Se trabaja aún, porque el trabajo es un entretenimiento. Pero se cuida de que el entretenimiento no asalte. Ya no se es pobre ni rico; ambas cosas son demasiado gravosas. Nada de pastor ni rebaño. Todo el mundo quiere lo mismo, todo el mundo es igual. El que piensa otra cosa va voluntariamente al manicomio... Hay placeres para el día y placeres para la noche: pero se venera la salud. "Hemos inventado la felicidad", dicen los últimos hombres, y parpadean." [Nota de la Redacción: la cita está tomada de Así habló Zaratustra, 5].

El último hombre de Nietzsche es la encarnación del nihilismo banal. Hoy, se llama a sí mismo «liberalismo» y tiene listo el vocablo intimidatorio «fundamentalismo» para todo lo que no se le suma. Un fundamentalista es en este sentido todo aquel que se toma en serio algo que no está a su disposición. Para el liberalismo banal, libertad significa multiplicación de las posibilidades de elegir. Pero no permite que se abra paso ninguna opción por la que merezca la pena renunciar a todas las demás. De una opción así habla el Evangelio, del tesoro en el campo y la valiosa perla por el que el que la encuentra lo vende todo.



Fue este tesoro el que dio a la cultura europea su centro vital. Aquellos que por ese tesoro realmente lo vendieron todo fueron los santos. La Europa cristiana no estuvo formada predominantemente por santos. Al contrario. Pero existió en tanto no puso en duda que los santos habían elegido la mejor parte. Fueron ellos los que representaron la escala de valores válida en última instancia. Cuando Europa pierde este tesoro, solamente le queda el nihilismo banal, es decir, el fin de toda cultura digna de tal nombre.

Por eso, si en el plan de Dios estuviera volver a convertir a la Iglesia en Europa en una fuerza culturalmente significativa, ello sólo será posible si se hace visible como la patria de aquellos que están hartos de banalidad, es decir, como lo verdaderamente distinto, como verdadera alternativa a la civilización de la banalidad, y eso significa: como Iglesia de los santos. La renovación cristiana de Europa no partirá de simposios y congresos, ni de oficinas de planificación, academias católicas ni facultades de Teología, ni tampoco de instituciones eclesiásticas de tipo sociopedagógico, que hace ya mucho tiempo que no tienen cristianos lo suficientemente creyentes como para trabajar desde un espíritu auténticamente cristiano. En el futuro, una iglesia adaptada al espíritu de los tiempos interesará cada vez menos. Los grandes estallidos cristianos siempre fueron precedidos por épocas de retraimiento, de toma de distancia y de introversión. Sin la retirada de San Benito a la soledad de Subiaco, este santo no se hubiera convertido en Patrón de Europa. Y la renouveau catholique, la dedicación de grandes grupos de intelectuales y artistas a la iglesia a principios del siglo XX no fue un fruto del catolicismo ilustrado del siglo XVIII, sino que le precedió la llamada a la lucha del «Syllabus» de Pío IX contra el liberalismo religioso del siglo XIX, que envió a la Iglesia durante un tiempo a una especie de gueto. Como posición de partida para la misión cristiana, el destierro temporal al llamado gueto es a todas luces más favorable que la adaptación al espíritu de los tiempos, que hace que poco a poco la sal se vuelva sosa.


Si la presencia de lo divino en la sociedad es el núcleo de toda auténtica cultura, la fuerza cultural de la Iglesia para Europa consiste ante todo y sobre todo en representar esa presencia. Por tanto, si la Iglesia ha de tener una importancia decisiva para la cultura de Europa dependerá de si es enteramente ella misma, de si conserva o recupera su identidad en doctrina, culto y ethos. Esta presencia tiene una doble figura, una cognitiva y una práctica, mithos y ethos. El centro del que ambos proceden, el sacrum commercium, el sagrado intercambio del mundo divino y el humano es el culto, el sacrificio del culto. 

Por mithos entiendo una interpretación de la realidad que se distingue por principio de la interpretación científica. La ciencia siempre antepone el mundo como un todo, y establece regularidades y leyes dentro del mundo. Allá donde las ciencias naturales narran, en vez de esto, historias singulares —como la historia de la evolución del universo material—, se trata de reconstrucciones hipotéticas basadas en unos datos de partida dados y unas leyes naturales conocidas. En cambio, el mithos es una historia transmitida, previa a toda teoría. Se refiere al mundo como un todo, como un suceso único, a su origen, su destino, a la causa de su insatisfactoria organización y al camino para superarla. La auténtica cultura siempre antepone una narración así, que interpreta el mundo como un todo. El mito del cristianismo comienza con la creación del mundo. En el centro está la aparición de Dios en el mundo en la figura de Jesús de Nazaret, su nacimiento de una virgen, su muerte bajo Poncio Pilatos y su resurrección física. Al mismo tiempo, al contrario que el mithos de los héroes, el cristianismo entiende su mithos como realidad histórica. Es decir, como algo que se articula en tales frases, es decir, en dogmas. Por la verdad se libraron en Europa guerras asesinas entre hermanos, hasta que se impuso el principio de la resignación, que Thomas Hobbes formulaba así: «non ventas sed auctoritas facit legem».  

La Iglesia ha aprendido entre tanto a comprender la verdad a ella confiada como una verdad tal que por su esencia sólo puede ser aprehendida a través del libre consentimiento, y cuya predicación no puede, por tanto, poner en peligro la paz pública. Pero eso no cambia nada en la exigencia de absoluto de ese mensaje. El liberalismo religioso sólo puede seguir viendo a la Iglesia como adversario, tal como John Henry Newman [Nota de la Redacción: a cuyo pensamiento litúrgico hemos dedicado previamente una entrada] lo veía a él. Sólo bajo estos presupuestos puede el cristianismo seguir siendo el fermento de la cultura europea o volver a serlo. Porque el relativismo y el escepticismo son no sólo la muerte espiritual del alma, sino también la muerte de toda cultura vital. Pero sobre todo de la europea, porque Europa no puede relativizar su mithos como particularidad regional sin renunciar a Él por completo. O Cristo nació realmente de una virgen y resucitó de entre los muertos o no lo hizo. Tertium non datur. Como está referida a la verdad, la cultura cristiana de Europa es esencialmente universalista, y por tanto, misionera en lo que respecta al núcleo de su fe. La cultura europea moriría del cor corvatum in se ipsum de un eurocentrismo que se relativiza a sí mismo. 

La actualización del mithos no ocurre a través de medios anónimos, sino, en primer lugar, mediante la narración boca a boca de personas reales; pero, en segundo lugar, sobre todo a través del culto. Lex orandi lex credendi. El sacrum commercium de la realidad divina y humana tiene lugar en la celebración ritual. «Por el misterio de esta agua y este vino, déjanos tomar parte en la divinidad de Aquel que se rebajó para adoptar nuestra humana naturaleza», reza diariamente la Iglesia católica en su antigua liturgia romana de la Misa (Es incomprensible que precisamente este texto fuera eliminado por la reforma litúrgica).

El culto cristiano es la actualización de un sacrificio. El sacrificio es la negación real y violenta de la autoafirmación de lo finito frente a Dios. «No se haga mi voluntad, sino la tuya», dice Cristo al comienzo de su pasión. La víctima del Gólgota es por tanto el fin de todos los altares de sacrificio de la Historia, porque es el cumplimiento de la intención de todos esos altares. En el centro del sacrificio cúltico de la Iglesia está la transubstanciación, el paradigma de todo el arte de Europa que era más que mero entretenimiento. Durante más de un milenio, la celebración de este culto fue el núcleo de la cultura artística y del continente, una fuente incesante de inspiración para las artes plásticas, la poesía y la música hasta mediados de nuestro siglo. Hay que permitirse meditar por qué desde los años sesenta ha dejado de serlo repentina y completamente.


Entre las autorrenovaciones de la Iglesia relevantes para la cultura, está en primer término el restablecimiento de una celebración de la Misa en la que el carácter mistérico, el carácter sacrificial y el carácter de oración destacan de forma inconfundible. Esto incluye que haya que apartar de esta celebración muchas discrecionalidades. Una gran obra de arte no tolera discrecionalidad alguna. Corresponde además que se elimine la posibilidad de confundir la celebración de la Misa con un acto de pedagogía popular. Esto puede hacerse, sobre todo, restableciendo una orientación común de la oración del sacerdote y el pueblo. El establecimiento general de los llamados altares populares borra la diferencia entre altar y púlpito. Y si se añade el micrófono en el altar, se produce casi inevitablemente la impresión sensorial de que el sacerdote fuera un animador, que nos quiere llevar a rezar, a través de algo distinto a que él mismo rece.

Por lo demás, para la Europa central y occidental la lengua latina, que el Concilio Vaticano II exigía como verdadera lengua litúrgica, es una contribución esencial a la unidad de la Iglesia europea y nuestra cultura. En mi ciudad, sólo allá donde se celebra una Misa en latín se reúnen como católicos los domingos alemanes, franceses, polacos, rumanos e italianos, mientras que en todos los demás lugares las nacionalidades se separan para la celebración de la liturgia. Menciono solamente algunos detalles para llamar la atención sobre el hecho de que las cosas no pueden seguir como están si la celebración del misterio de nuestra salvación ha de volver a ser el centro de la vida cultural de Europa. 

El culto ritual es en el cristianismo símbolo de la vida ética del cristiano como «culto interior», y la transubstanciación, el punto de partida más íntimo de la trascendencia y humanización de la naturaleza. Pero sobre esto se apoya toda cultura. El sacrum commercium del mundo divino y el humano tiene su analogía en el sacrum commercium de espíritu y naturaleza en el hombre mismo. La moderna civilización científica enfrenta, siguiendo a Descartes, res cogitans y res extensa. Por una parte, hay un sujeto abstracto, llamado «la ciencia», y por otra, todo el mundo natural, que es rebajado a mero objeto de esa ciencia. Pero donde el espíritu no tiene una dimensión natural y la naturaleza no tiene una dimensión espiritual, ya no se puede hablar de cultura. Cultura significa originariamente cultivo, es decir, ennoblecimiento de la naturaleza. La civilización científica tiene una tendencia tanto al espiritualismo como al materialismo, hostiles ambos a la cultura. 

La lucha de la Iglesia Católica por una concepción espiritual de la naturaleza humana y una concepción natural de la personalidad humana combate esta descomposición, y es la más importante contribución práctica del cristianismo a la conservación de una cultura humana. Esta resistencia se expresa tanto en la lucha contra el aborto como contra la eutanasia, la contraconcepción y la fertilización in vitro. La unidad de naturaleza y personalidad en un hombre viviente tiene su comienzo en la unidad de la unión sexual y la concepción. La resistencia contra la separación artificial de ambos, la resistencia contra la fabricación de personas en una probeta se fundamenta en el genitum non factum, que ha de regir para cada persona. Por desgracia, en esta resistencia la Iglesia tiene que renunciar en gran medida a la ayuda de aquellos que están llamados a dar sentido y a interpretar esta resistencia. Las academias católicas de mi país, pagadas por los creyentes, pero mantenidas por los obispos, ponen su aparato al servicio de la propaganda contra la doctrina de la Iglesia a este respecto. Si los obispos callan ante esto, es algo que habrá de ser naturalmente interpretado por los creyentes según la regla: qui tacet consentire videtur. 

Lo que hoy parece a mucha gente un estúpido aferrarse de la Iglesia a modelos tradicionales de comportamiento ha de ser visto bajo una nueva luz: como resistencia contra lo que C. S. Lewis ha llamado «la abolición del hombre» («abolition of man»). La civilización científica, con su tendencia al espiritualismo y materialismo, a la descomposición de la naturaleza humana, es la tendencia a esta abolición. Si Europa no vuelve a encontrar la perla más preciosa que era su centro, se convertirá en el lugar del que partirá la abolición del hombre de este planeta.



* Título original: Die europäische Kultur und der banale Nihilismus oder: Die Einheit von Mythos, Kult und Ethos. El texto fue leído por el Profesor Spaemann como discurso en noviembre de 1991 en Roma, con ocasión del simposio presinodal sobre cristianismo y cultura, publicándose posteriormente en la revista Umkehr (febrero de 1993). La traducción corresponde, con correcciones menores de la Redacción, a la publicada en AA.VV., Cristianismo y Cultura en Europa, Rialp, Madrid, 1992, pp. 31 y ss. (© Rialp, 1992). El texto original alemán puede consultarse aquí.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Miércoles de Ceniza

El comienzo de la Cuaresma está marcado por la ceremonia de la imposición de las cenizas, rica en contenido. Las cenizas simbolizan el carácter efímero de todo lo terreno -incluida la vida humana-, así como la penitencia por el pecado, que trajo la muerte al mundo. Las cenizas son preparadas a partir de los ramos bendecidos en el Domingo de Ramos del año anterior, y desde el siglo X son bendecidas solemnemente por el sacerdote. Originalmente, las cenizas eran impuestas solamente a los penitentes públicos; más tarde se extendió esta conmovedora ceremonia a todos los fieles, en tanto todos debemos sentirnos y reconocernos como pecadores. Las cenizas bendecidas le otorgan a los fieles en cuanto sacramental el verdadero espíritu de penitencia.*

Julian Fałat, Miércoles de Ceniza (1881)

 Antífona

Immutémur hábitu in cínere et cilício; jejunémus, et plorémus ante Dóminum; quia multum miséricors est dimíttere peccáta nostra Deus noster. 

Cambiemos nuestro vestido por ceniza y el cilicio; ayunemos y lloremos delante del Señor, porque nuestro Dios es compasivo y misericordioso para perdonar nuestros pecados.



Responsorio

Emendémus in mélius quae ignoránter peccávimus; ne súbito praeoccupáti die mortis, quaerámus spátium poeniténtiae, et inveníre non possímus.
Atténde, Dómine, et miserére; quia peccávimus tibi.
Adjuva nos, Deus salutáris noster, et propter honórem nóminis tui, Dómine, libera nos. 

Enmendemos aquello que en ignorancia hemos cometido, no sea que, sorprendidos por el día de la muerte, busquemos el tiempo de hacer penitencia, sin poder encontrarlo.
Escúchanos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra Ti.
Socórrenos, Dios Salvador nuestro, por el honor de tu Nombre, líbranos, Señor.



* Traducción desde el alemán, levemente adaptada por la Redacción, de la nota del día de la edición de 1962 del Misal de Anselm Schott O.S.B.

domingo, 15 de febrero de 2015

Por qué llevo a mis hijos a Misa Tradicional

Les ofrecemos a continuación el testimonio de un padre de familia, quien nos explica por qué lleva a sus hijos a la Misa Tradicional. La nota fue publicada originalmente en el sitio Adelante la Fe, a cuyo equipo editorial expresamos nuestro agradecimiento.

 

Por qué llevo a mis hijos a Misa Tradicional

Siempre me he planteado la cuestión de porqué mis padres hicieron la comunión a temprana edad y sin embargo el latín no fue dificultad para ellos para comprender el misterio. De verdad, es interesante planteárselo, porque no faltan los que siempre aducen los motivos de que es mejor usar la lengua vernácula. Sin embargo mis padres sabían a Quién recibían y no tenían ninguna dificultad para oír misa. Parece que tenían mucho más claro que yo a esa misma edad este gran misterio.

Así que con este pequeño artículo respondo a Mónica C. Ars

Voy a contar lo que mi mujer y yo hemos hecho.

Hace unos meses decidimos que nuestros hijos de 8 años (mellizos) asistieran los domingos a misa tradicional. Aún no han hecho la primera comunión. Les relato  los motivos que nos han llevado a mi esposa y a mi a tomar esta decisión.

Preparando a mis hijos para la primera comunión, el tema central sobre lo que gira todo es la Misa, la Eucaristía, el Sacrificio del Calvario, en donde debemos mostrar adoración a Dios, reverencia, respeto, piedad y prepararnos para recibir al Señor. Si les explico esto a mis hijos y luego al ir a la misa tienen que ver que antes de la misa casi nadie hace una genuflexión frente al Sagrario, la gente habla sin ningún recato, incluso dando la espalda al Sagrario, como si estuvieran en un bar. Luego durante la misa, no faltan las personas que se las pasan cotilleando sin mostrar ningún signo externo de adoración, a la hora de la consagración sólo ven espaldas (nadie se arrodilla), y a la hora de comulgar apenas ven un mínimo de reverencia hacía Cristo Eucaristía. Pueden imaginar que toda la catequesis que les doy a los críos se va al traste.

Después de meditar esto. ¿Dónde van a ver y a vivir lo que les he explicado de manera radical? La respuesta vino rápida, en la misa tradicional, la misa de siempre. Sin lugar a dudas, la disposición de todos “ad orientem”, el latín, la vox secreta en la consagración y muchos otros detalles son radicales a la hora de dar una catequesis visual y práctica de lo que les estoy explicando a mis chiquillos. 

Así mismo, sondeado el panorama catequético, decidimos también ser los padres quienes le demos las catequesis, a algunos esto les puede parecer que es marginar a los niños al excluirlos de las catequesis parroquiales y las misas de niños. Cada uno es libre de pensar lo que quiera, por supuesto. Pero a mi me sorprenden más los esfuerzos que realizan los padres por llevar a sus hijos a los mejores colegios, o los esfuerzos para llevarlos a actividades extraescolares, pero que luego les importe un pimiento la formación espiritual y la Fe de los chiquillos. Cuando en realidad el Señor nos pedirá cuentas sobre todo del esfuerzo que hemos puesto en la salvación de nuestros hijos. No hay que olvidar esta gran responsabilidad.

Santiago Llull




Fotos:  1) blog Sancte Pater (© Amber Arnold) ; 2) about.com (© Scott P. Richert); 3) blog New Liturgical Movement.

viernes, 13 de febrero de 2015

Calendario tradicional

Para quienes lo deseen, el práctico calendario tradicional preparado por nuestros amigos de Una Voce Sevilla puede ser descargado aquí.


Compartimos también con ustedes el enlace para descargar el Propio del Domingo de Quincuagésima (domingo 15 de febrero), gentileza de nuestros amigos de Una Voce México. Como lo comunicamos oportunamente, durante el mes de febrero la Misa de la Asociación se celebra exclusivamente en la parroquia San Juan de Dios (Av. Tres 220, Cerrillos, frente a la plaza Buzeta) a las 20.00 hrs. (aquí su ubicación), reanudándose la celebración de la Santa Misa en Nuestra Señora de la Victoria a partir del primer domingo de marzo, en el horario habitual de 12.00 hrs.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Benedicto XVI y la Liturgia (III)



Coincidiendo con el segundo aniversario de su abdicación del Trono de San Pedro, la que recordamos hoy, proseguimos con la serie dedicada a los escritos del Papa Emérito S.S. Benedicto XVI relativos a la liturgia. De ellos se desprende el lugar destacado que el Papa Emérito le dio a ésta durante su Pontificado (2005-2013), recordándonos en todo momento que la liturgia debe estar en el centro de la vida de la Iglesia y de todo cristiano. Sus enseñanzas son un llamado apremiante «a hacer que la liturgia sea comprendida de un modo siempre más profundo y celebrada dignamente» (Benedicto XVI, Opera omnia, Prefacio al Tomo IX, Teologia della Liturgia, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 2010, 9). 

  


1. Benedicto XVI, Encuentro con los sacerdotes de la diócesis de Albano, Castelgandolfo, 31 de agosto de 2006



Por lo que respecta a la vida interior, a la que usted ha aludido, es esencial para nuestro servicio sacerdotal. El tiempo que dedicamos a la oración no es un tiempo sustraído a nuestra responsabilidad pastoral, sino que es precisamente “trabajo” pastoral, es orar también por los demás. En el «Común de pastores» se lee que una de las características del buen pastor es que «multum oravit pro fratribus». Es propio del pastor ser hombre de oración, estar ante el Señor orando por los demás, sustituyendo también a los demás, que tal vez no saben orar, no quieren orar o no encuentran tiempo para orar. Así se pone de relieve que este diálogo con Dios es una actividad pastoral.


Por consiguiente, la Iglesia nos da, casi nos impone –aunque siempre como Madre buena– dedicar tiempo a Dios, con las dos prácticas que forman parte de nuestros deberes: celebrar la santa misa y rezar el breviario. Pero más que recitar, hacerlo como escucha de la Palabra que el Señor nos ofrece en la liturgia de las Horas. Es preciso interiorizar esta Palabra, estar atentos a lo que el Señor nos dice con esta Palabra, escuchar luego los comentarios de los Padres de la Iglesia o también del Concilio, en la segunda lectura del Oficio de lectura, y orar con esta gran invocación que son los Salmos, a través de los cuales nos insertamos en la oración de todos los tiempos. Ora con nosotros el pueblo de la antigua Alianza, y nosotros oramos con él. Oramos con el Señor, que es el verdadero sujeto de los Salmos. Oramos con la Iglesia de todos los tiempos. Este tiempo dedicado a la liturgia de las Horas es tiempo precioso. La Iglesia nos da esta libertad, este espacio libre de vida con Dios, que es también vida para los demás.


Así, me parece importante ver que estas dos realidades, la Santa Misa, celebrada realmente en diálogo con Dios, y la liturgia de las Horas, son zonas de libertad, de vida interior, que la Iglesia nos da y que constituyen una riqueza para nosotros. Como he dicho, en ellas no sólo nos encontramos con la Iglesia de todos los tiempos, sino también con el Señor mismo, que nos habla y espera nuestra respuesta. Así aprendemos a orar, insertándonos en la oración de todos los tiempos y nos encontramos también con el pueblo.


Pensemos en los Salmos, en las palabras de los profetas, en las palabras del Señor y de los Apóstoles; pensemos en los comentarios de los santos Padres. Hoy tuvimos el maravilloso comentario de san Columbano sobre Cristo, fuente de «agua viva», de la que bebemos. Orando nos encontramos también con los sufrimientos del pueblo de Dios hoy. Estas oraciones nos hacen pensar en la vida de cada día y nos guían al encuentro con la gente de hoy. Nos iluminan en este encuentro, porque a él no sólo acudimos con nuestra pequeña inteligencia, con nuestro amor a Dios, sino que también aprendemos, a través de esta palabra de Dios, a llevarles a Dios. Esto es lo que ellos esperan: que les llevemos el «agua viva», de la que habla hoy san Columbano.


La gente tiene sed. Y trata de apagar esta sed con diversas diversiones. Pero comprende bien que esas diversiones no son el «agua viva» que necesitamos. El Señor es la fuente del «agua viva». Pero en el capítulo 7 de san Juan nos dice que todo el que cree se convierte en una «fuente», porque ha bebido de Cristo. Y esta «agua viva» (v. 38) se transforma en nosotros en agua que brota, en una fuente para los demás.


Así, tratemos de beberla en la oración, en la celebración de la Santa Misa, en la lectura; tratemos de beber de esta fuente para que se convierta en fuente en nosotros, y podamos responder mejor a la sed de la gente de hoy, teniendo en nosotros el «agua viva», teniendo la realidad divina, la realidad del Señor Jesús, que se encarnó. Así podremos responder mejor a las necesidades de nuestra gente.




2. Benedicto XVI, Discurso al final del encuentro con los obispos de Suiza, 9 de noviembre de 2006



Por eso, la pastoral tiene como misión fundamental enseñar a orar y aprenderlo personalmente cada vez más. Hoy existen escuelas de oración, grupos de oración; se ve que la gente la desea. Muchos buscan la meditación en alguna otra parte, porque piensan que en el cristianismo no pueden encontrar la dimensión espiritual. Nosotros debemos mostrarles de nuevo que esta dimensión espiritual no sólo existe, sino que además es la fuente de todo.


Con este fin debemos multiplicar esas escuelas de oración, donde se enseñe a orar juntos, donde se pueda aprender la oración personal en todas sus dimensiones: como escucha silenciosa de Dios, como escucha que penetra en su Palabra, que penetra en su silencio, que sondea su acción en la historia y en mi persona; comprender también su lenguaje en mi vida y luego aprender a responder orando con las grandes plegarias de los Salmos del Antiguo y del Nuevo Testamento.


Las palabras para dirigirnos a Dios no las tenemos por nosotros mismos, sino que nos han sido concedidas: el Espíritu Santo mismo ya ha formulado palabras de oración para nosotros; podemos penetrar en ellas, orar con ellas, aprendiendo así también la oración personal, aprendiendo cada vez más “a Dios” para tener certeza de él, aunque calle; para alegrarnos en Dios.


Este íntimo estar con Dios y, por tanto, la experiencia de la presencia de Dios es lo que nos permite experimentar continuamente, por decirlo así, la grandeza del cristianismo, y luego nos ayuda también a atravesar todos los pequeños detalles en los cuales, ciertamente, debemos vivirlo y realizarlo día a día, sufriendo y amando, en la alegría y en la tristeza.


Desde esta perspectiva, a mi entender, se ve el significado de la liturgia también precisamente como escuela de oración, en la que el Señor mismo nos enseña a orar, en la que oramos con la Iglesia, tanto en la celebración sencilla y humilde con unos cuantos fieles, como también en la fiesta de la fe. Ahora, en las diversas conversaciones, he vuelto a comprobar precisamente cuán importante es para los fieles, por una parte, el silencio en el contacto con Dios y, por otra, la fiesta de la fe; cuán importante es poder vivir la fiesta.


También el mundo tiene sus fiestas. Nietzsche llegó a decir: sólo podemos hacer fiesta si Dios no existe. Pero eso es absurdo: sólo puede haber una verdadera fiesta si Dios existe y nos toca. Y sabemos que estas fiestas de la fe abren de par en par el corazón de la gente y producen impresiones que ayudan con vistas al futuro. En mis visitas pastorales a Alemania, Polonia y España he comprobado nuevamente que allí la fe se vive como una fiesta y que acompaña luego a las personas y las guía. 


3. Benedicto XVI. Discurso en el encuentro con los párrocos y sacerdotes de la diócesis de Roma, 22 de febrero de 2007


En la liturgia el Señor nos enseña a rezar, primero dándonos su Palabra y después introduciéndonos mediante la oración eucarística en la comunión con su misterio de vida, de cruz y de resurrección. San Pablo dijo en una ocasión que «no sabemos cómo pedir para orar como conviene» (Rm 8, 26): no sabemos cómo rezar, qué decirle a Dios. Por eso Dios nos ha dado las palabras para la oración, tanto en el Salterio, como en las grandes oraciones de la sagrada liturgia o en la misma liturgia eucarística.


Aquí nos enseña a rezar. Entramos en la oración que se ha formado a lo largo de los siglos bajo la inspiración del Espíritu Santo, y nos unimos al coloquio de Cristo con el Padre. Por tanto, la liturgia es sobre todo oración: primero escucha y después respuesta, sea en el salmo responsorial, sea en la oración de la Iglesia, sea en la gran plegaria eucarística. La celebramos bien, si la celebramos con actitud “orante”, uniéndonos al misterio de Cristo y a su coloquio de Hijo con el Padre. Si celebramos la Eucaristía de este modo, primero como escucha y después como respuesta, o sea, como oración con las palabras indicadas por el Espíritu Santo, la celebramos bien. Y la gente es atraída a través de nuestra oración común hacia la comunidad de los hijos de Dios.



4. Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual, 22 de marzo de 2008



En la Iglesia antigua existía la costumbre de que el obispo o el sacerdote, después de la homilía, exhortara a los creyentes exclamando: «Conversi ad Dominum», «Volveos ahora hacia el Señor». Eso significaba ante todo que ellos se volvían hacia el Este, en la dirección por donde sale el sol como signo de Cristo que vuelve, a cuyo encuentro vamos en la celebración de la Eucaristía. Donde, por alguna razón, eso no era posible, dirigían su mirada a la imagen de Cristo en el ábside o a la cruz, para orientarse interiormente hacia el Señor. Porque, en definitiva, se trataba de este hecho interior: de la conversio, de dirigir nuestra alma hacia Jesucristo y, de ese modo, hacia el Dios vivo, hacia la luz verdadera.


Además, se hacía también otra exclamación que aún hoy, antes del Canon, se dirige a la comunidad creyente: «Sursum corda», «Levantemos el corazón», fuera de la maraña de nuestras preocupaciones, de nuestros deseos, de nuestras angustias, de nuestra distracción. Levantad vuestro corazón, vuestra interioridad. Con ambas exclamaciones se nos exhorta de alguna manera a renovar nuestro bautismo. Conversi ad Dominum: siempre debemos apartarnos de los caminos equivocados, en los que tan a menudo nos movemos con nuestro pensamiento y nuestras obras. Siempre tenemos que dirigirnos a él, que es el camino, la verdad y la vida. Siempre hemos de ser «convertidos», dirigir toda la vida a Dios. Y siempre tenemos que dejar que nuestro corazón sea sustraído de la fuerza de gravedad, que lo atrae hacia abajo, y levantarlo interiormente hacia lo alto: hacia la verdad y el amor.


En esta hora damos gracias al Señor, porque en virtud de la fuerza de su palabra y de los santos sacramentos nos indica el itinerario correcto y atrae hacia lo alto nuestro corazón. Y lo pedimos así: Sí, Señor, haz que nos convirtamos en personas pascuales, hombres y mujeres de la luz, llenos del fuego de tu amor. Amén




5. Benedicto XVI, lectio divina en el encuentro con los párrocos y sacerdotes de la diócesis de Roma, 10 de marzo de 2011



Y el último versículo: «Cuando terminó de hablar, se puso de rodillas y oró con todos ellos» (Hch 20, 36). Al final, el discurso se transforma en oración y san Pablo se arrodilla. San Lucas nos recuerda que también el Señor en el Huerto de los Olivos oró de rodillas, y nos dice que del mismo modo san Esteban, en el momento del martirio, se arrodilló para orar. Orar de rodillas quiere decir adorar la grandeza de Dios en nuestra debilidad, dando gracias al Señor porque nos ama precisamente en nuestra debilidad. Detrás de esto aparece la palabra de san Pablo en la carta a los Filipenses, que es la transformación cristológica de una palabra del profeta Isaías, el cual, en el capítulo 45, dice que todo el mundo, el cielo, la tierra y el abismo, se arrodillará ante el Dios de Israel (cfr. Is 45, 23). Y san Pablo precisa: Cristo bajó del cielo a la cruz, la obediencia última. Y en este momento se realiza esta palabra del Profeta: ante Cristo crucificado todo el cosmos, el cielo, la tierra y el abismo, se arrodilla (cfr. Flp 2, 10-11). Él es realmente expresión de la verdadera grandeza de Dios. La humildad de Dios, el amor hasta la cruz, nos demuestra quién es Dios. Ante él nos ponemos de rodillas, adorando. Estar de rodillas ya no es expresión de servidumbre, sino precisamente de la libertad que nos da el amor de Dios, la alegría de estar redimidos, de unirnos con el cielo y la tierra, con todo el cosmos, para adorar a Cristo, de estar unidos a Cristo y así ser redimidos.



6. Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el Congreso de la Fundación ‘Romano Guardini’ de Berlín, 29 de octubre de 2010 


En su acompañamiento a la juventud, Guardini buscó también una nueva aproximación a la liturgia. Para él, el redescubrimiento de la liturgia fue un redescubrir la unidad de cuerpo y espíritu en la totalidad de un único ser humano, ya que la acción litúrgica es siempre un acto al mismo tiempo corporal y espiritual. El rezar se expande a través del actuar corporal y comunitario, y así se revela la unidad de toda la realidad. La liturgia es un acto simbólico. El símbolo por excelencia de la unidad entre lo espiritual y lo material se pierde donde ambos aspectos se separan, donde el mundo se quiebra en una dualidad de cuerpo y espíritu, objeto y sujeto. Guardini estaba profundamente convencido de que el hombre es espíritu en un cuerpo y cuerpo en un espíritu y que, por tanto, la liturgia y el símbolo lo conducen a la esencia de sí mismo. Lo llevan en definitiva, a través de la adoración, a la verdad.