martes, 11 de agosto de 2026
Conferencia del LX Aniversario: "La Misa, corazón de la cultura cristiana" (Rubén Peretó)
domingo, 2 de junio de 2024
La liturgia tradicional con los ojos de Manuel Vicent
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La cáscara
Manuel Vicent
El poeta Paul Claudel era todavía un ateo militante cuando una Nochebuena en medio de la soledad de París, bajo una intensa nevada, entró en la catedral de Notre-Dame para guarecerse. Se estaba celebrando en ese momento la misa del Gallo. El poeta acababa de ver innumerables poetas ateridos bajo los puentes del Sena, e imbuido en la propia desesperación, de pronto, fue acogido por un tibio perfume de incienso y el sonido del órgano que acompañaba el Adeste fideles cantado por un coro de infantes. En el altar brillaban los los brocados de las vestiduras de los oficiantes confundidas con las ascuas de las lámparas y los dorados del retablo. A través de aquel compacto resplandor también sonaban palabras en latín, que no comprendía. "Algo parecido a esta gloria debe ser el cielo", pensó Paul Claudel, quien trasportado por la belleza de la liturgia, olvidó las miserias de este mundo y se convirtió al catolicismo. Lutero se había llevado la nuez de la fe dejando la cáscara de la religión para la Iglesia romana, pero esta envoltura barroca y resplandeciente, sin nada adentro, acabó por adquirir la máxima profundidad estética que tienen las formas. El Concilio Vaticano II trató de recuperar la pureza de la fe limpiándola de las adherencias del teatro. En el desguace desapareció el latín, la polifonía de Palestrina fue sustituida por guitarras aflamencadas y las casullas bordadas por unos jerséis de grano gordo, tipo peruano. Los curas desde el altar tuvieron que dar la cara y hablar en la lengua nacional. Muchos fieles comenzaron a alarmarse al comprobar que lo entendían todo. "Yo soy el pastor y vosotros sois las ovejas", decía el oficiante, y algunos devotos se miraban sorprendidos. "¿Has oído eso? Nos está llamando borregos." Quedó patente que las epístolas, antífonas y salmos no transportaban sino pensamientos vulgares, mientras, a su vez, el gregoriano exquisito se transformó en canciones desafinadas, llenas de mansedumbre, cantadas por la grey. Un día, en una misa mayor de un pueblo mediterráneo, los fieles entonaban a coro una de estas plegarias al Señor, todos excepto un jornalero adusto que permanecía con la boca cerrada. "¿Por qué no cantas?", le cuchicheo el vecino de banco. El jornalero contestó como en el tute: "No cantó porque me falta el caballo". Benedicto XVI quiere recuperar la cáscara antigua y retornar a la liturgia en latín, cosa que celebran los estetas, pero, si hay que preservar la fe, lo mejor es no entender nada.
Nota de la Redacción: El texto está tomado de Vicent, M., El cuerpo y las olas, Barcelona, Alfaguara, 2007, pp. 219-220.
sábado, 31 de diciembre de 2022
In memoriam S.S. Benedicto XVI (Joseph Ratzinger)
El papa emérito Benedicto XVI ha muerto a las 9.34 de esta mañana en el Monasterio Mater Ecclesiae, situado al interior de la Ciudad del Vaticano, donde residía desde su renuncia al ministerio de obispo de Roma y sucesor de Pedro. Para el mundo tradicional será recordado por su deseo de preservar el rico legado litúrgico de la Iglesia latina y restablecer, en igual de condiciones y con libertad de celebración, los sacramentos vigentes hasta la reforma dispuesta por el Concilio Vaticano II mediante el motu proprio Summorum Pontificum (2007), además de buscar la paz al interior de la Iglesia militante. De hecho, al cumplirse el septuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal publicamos una entrada en esta bitácora recordando las ocasiones en que, siendo cardenal y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cantó la Misa tradicional.
Joseph Ratzinger nació en Marktl am Inn, diócesis de Passau (Alemania), el 16 de abril de 1927 (Sábado Santo), y fue bautizado ese mismo día. Su padre, comisario de la gendarmería, provenía de una antigua familia de agricultores de la Baja Baviera, de condiciones económicas más bien modestas. Su madre era hija de artesanos de Rimsting, en el lago Chiem, y antes de casarse trabajó de cocinera en varios hoteles.
Pasó su infancia y su adolescencia en Traunstein, una pequeña localidad cerca de la frontera con Austria, a treinta kilómetros de Salzburgo. En ese marco, que él mismo ha definido "mozartiano", recibió su formación cristiana, humana y cultural. El período de su juventud no fue fácil. La fe y la educación de su familia lo preparó para afrontar la dura experiencia de esos tiempos, en los que el régimen nazi mantenía un clima de fuerte hostilidad contra la Iglesia católica. El joven Joseph vio cómo los nazis golpeaban al párroco antes de la celebración de la Santa Misa. Precisamente en esa compleja situación, descubrió la belleza y la verdad de la fe en Cristo; para ello fue fundamental la actitud de su familia, que siempre dio un claro testimonio de bondad y esperanza, arraigada en la pertenencia consciente a la Iglesia. En los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial fue enrolado en los servicios auxiliares antiaéreos.
Entre 1946 y 1951 estudió filosofía y teología en la Escuela Superior de Filosofía y Teología de Frisinga y en la Universidad de Múnich. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1951 junto con su hermano Georg (1924-2020). Un año después, inició su actividad de profesor en la Escuela Superior de Frisinga. En el año 1953 se doctoró en teología con la tesis intitulada Pueblo y casa de Dios en la doctrina de la Iglesia de san Agustín. Cuatro años más tarde, bajo la dirección del conocido profesor de teología fundamental Gottlieb Söhngen (1892-1971), obtuvo la habilitación para la enseñanza con una disertación que tuvo por título La teología de la historia de san Buenaventura.
Tras ejercer el cargo de profesor de teología dogmática y fundamental en la Escuela Superior de Filosofía y Teología de Frisinga, prosiguió su actividad de enseñanza en Bonn, de 1959 a 1963; en Münster, de 1963 a 1966; y en Tubinga, de 1966 a 1969. En este último año pasó a ser catedrático de dogmática e historia del dogma en la Universidad de Ratisbona, donde ocupó también el cargo de vicepresidente de la Universidad.
De 1962 a 1965 hizo una notable contribución al Concilio Vaticano II como "experto", donde acudió como consultor teológico del cardenal Joseph Frings (1887-1978), arzobispo de Colonia.

Su intensa actividad científica lo llevó a desempeñar importantes cargos al servicio de la Conferencia episcopal alemana y en la Comisión Teológica Internacional.
En 1972, juntamente con Hans Urs von Balthasar (1905-1988), Henri de Lubac (1896-1991) y otros grandes teólogos, inició la revista de teología Communio, que todavía existe.
El 25 de marzo de 1977, el papa Pablo VI lo nombró arzobispo de Múnich y Frisinga. El 28 de mayo sucesivo recibió la consagración episcopal. Fue el primer sacerdote diocesano, después de 80 años, que asumió el gobierno pastoral de la gran archidiócesis bávara. Escogió como lema episcopal: "Colaborador de la verdad". Él mismo explicó el sentido de su decisión: "Por un lado, me parecía que esa era la relación entre mi tarea previa como profesor y mi nueva misión. A pesar de los diferentes modos, lo que estaba en juego y seguía estándolo era seguir la Verdad, estar a su servicio. Y, por otro, escogí ese lema porque en el mundo de hoy el tema de la Verdad se omite casi totalmente, pues parece algo demasiado grande para el hombre y, sin embargo, todo se desmorona si falta la verdad".
Pablo VI lo creó cardenal, del título presbiteral de Santa María de la Consolación en Tiburtino, en el consistorio del 27 de junio de ese mismo año.
En 1978 participó en el Cónclave, celebrado del 25 al 26 de agosto, que eligió a Juan Pablo I, el cual lo nombró enviado especial suyo al III Congreso mariológico internacional, celebrado en Guayaquil (Ecuador), del 16 al 24 de septiembre. En el mes de octubre de ese mismo año participó también en el Cónclave que eligió a Juan Pablo II.
Actuó de relator en la V Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, celebrada en 1980, sobre el tema: "Misión de la familia cristiana en el mundo contemporáneo", y presidente delegado de la VI Asamblea general ordinaria, celebrada en 1983, sobre "La reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia".
Juan Pablo II lo nombró prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional el 25 de noviembre de 1981. El 15 de febrero de 1982 renunció al gobierno pastoral de la arquidiócesis de Múnich y Frisinga. Juan Pablo II lo elevó también al orden de los obispos, asignándole la sede suburbicaria de Velletri-Segni el 5 de abril de 1993.
Fue presidente de la comisión para la preparación del Catecismo de la Iglesia católica, que, después de seis años de trabajo (1986-1992), presentó al Santo Padre el nuevo Catecismo. Siendo ya Papa, en 2005 le correspondió publicar un compendio de dicho catecismo.
El Santo Padre, el 6 de noviembre de 1998, aprobó la elección del cardenal Ratzinger como vicedecano del Colegio cardenalicio, realizada por los cardenales del orden de los obispos. Y el 30 de noviembre de 2002, aprobó su elección como decano; con dicho cargo le fue asignada, además, la sede suburbicaria de Ostia.
En 1999 fue enviado especial del Papa a las celebraciones con ocasión del XII centenario de la creación de la diócesis de Paderborn, Alemania, que tuvieron lugar el 3 de enero.
En 1992 fue elegido miembro de la Academia de las Ciencias Sociales y Políticas de París. Desde el 13 de noviembre de 2000 se desempeñó como Académico honorario de la Academia Pontificia de las Ciencias.
En la Curia romana, fue miembro del Consejo de la Secretaría de Estado para las Relaciones con los Estados; de las Congregaciones para las Iglesias Orientales, para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, para los Obispos, para la Evangelización de los Pueblos, para la Educación Católica, para el Clero y para las Causas de los Santos; de los Consejos Pontificios para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y para la Cultura; del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica; y de las Comisiones Pontificias para América Latina, Ecclesia Dei, para la Interpretación Auténtica del Código de Derecho Canónico y para la Revisión del Código de Derecho Canónico de las Iglesias Orientales. En esos cargos le correspondió intervenir en la redacción de la Instrucción Quattuor abhinc annos (3 de octubre de 1984), que permitió por primera vez la Misa tradicional bajo el régimen de indulto, y de la Comisión de Cardenales constituida en 1986 que pretendía una liberalización mucho mayor. Como recuerda el cardenal Tarcisio Bertone, quien fuera después, siendo ya Papa, su secretario de Estado, "el Prefecto Joseph Ratzinger decía a menudo que su tarea consistía en proteger la fe de los pequeños, de los humildes que no disponen de las herramientas culturales adecuadas para contrarrestar los escollos de un mundo cada vez más descristianizado y secularizado".
Entre sus numerosas publicaciones ocupa un lugar destacado el libro Introducción al Cristianismo, recopilación de lecciones universitarias publicadas en 1968 sobre la profesión de fe apostólica; Dogma y revelación (1973), antología de ensayos, predicaciones y reflexiones, dedicadas a la pastoral, y Jesús de Nazaret, publicado en dos tomos (2007 y 2011), que se complementan con un tercer volumen sobre la infancia de Jesús (2012). Dejó también un libro de memorias, publicado en 1998, que abarca sus primeros cincuenta años de vida (entre 1927 y 1977). Su vasta obra se completa con títulos como Evangelio (1996), La fe como camino (1997), De la mano de Cristo (1998) y Verdad, valores y poder (1998), entre otros.
Obtuvo gran resonancia el discurso que pronunció ante la Academia Católica Bávara sobre el tema "¿Por qué sigo aún en la Iglesia?", en el que, con su habitual claridad, afirmó: "Sólo en la Iglesia es posible ser cristiano y no al lado de la Iglesia".
La serie de sus publicaciones prosiguió abundante en el decurso de los años, constituyendo un punto de referencia para muchas personas, especialmente para los que querían profundizar en el estudio de la teología. En 1985, justo en la víspera del Sínodo extraordinario sobre la celebración, la verificación y la promoción del Concilio Vaticano II, publicó el libro-entrevista Informe sobre la fe. Después vendrían otros libros del mismo formato: La sal de la tierra (1996), Dios y el mundo (2002), Luz del mundo (2010) y Últimas conversaciones (2016). Asimismo, con ocasión de su 70° cumpleaños, se publicó el libro: En la escuela de la verdad (1997), en el que varios autores ilustran diversos aspectos de su personalidad y su obra.
El 19 de abril de 2005, con setenta y ocho años de edad, Joseph Ratzinger fue elegido Romano Pontífice. Con el nombre de Benedicto XVI sucedía a Juan Pablo II, que había fallecido el 2 de abril, después de haber ocupado el trono de San Pedro durante veintiséis años. El cónclave eligió nuevo Papa en apenas dos días, una de las decisiones más rápidas de la historia, tras las de Julio II (1503) y Clemente VIII (1592), que fueron elegidos en un solo día. Desde la logia de la Basílica de San Pedro se asomó “un humilde servidor de la viña del Señor” que se convertía en el Papa número 265, el primero elegido en el siglo XXI después de los ocho del siglo XX, y en el séptimo alemán, tras Gregorio V (996-999), Clemente II (1046-1047), Dámaso II (1048, porque falleció al cabo de un mes), León IX (1049-1054), Víctor II (1055-1057) y Adriano VI (1522-1523).
Tomó un nombre inesperado en honor de Benedicto XV (el genovés Giacomo della Chiesa, papa entre 1914 y 1922, después de haber servido como Arzobispo de Bolonia), que se distinguió por la búsqueda de la paz en la Primera Guerra Mundial y favoreció la creación del Partido Popular, embrión de la futura Democracia Cristiana. Fue este Papa quien, además, publicó el Código de Derecho Canónico de 1917.
Benedicto XVI publicó tres encíclicas (Deus caritas est, 2006; Spes salvi, 2007; Caritatis in Veritate, 2009), cuatro exhortaciones apostólicas (Sacramentum Caritatis, 2007; Verbum Domini, 2010; Africae munus, 2011; Ecclesia in Medio Oriente, 2012), e hizo 24 viajes apostólicos fuera de Italia, visitando países de los cinco continentes.
Con la salud debilitada, el 11 de febrero de 2013 Benedicto XVI anunció su renuncia al papado, la que se haría efectiva a partir del 28 de ese mes, bajo el argumento de que "para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado". La decisión fue considerada histórica, por datarse su más cercano precedente siete siglos atrás, cuando en 1294 Celestino V renunció para hacerse ermitaño. El 13 de marzo de 2013, el cónclave eligió como nuevo pontífice al cardenal Jorge Mario Bergoglio, por entonces Arzobispo de Buenos Aires, quien adoptó el nombre de Francisco.
Tras su renuncia, Benedicto XVI mantuvo su nombre y ostentó el título de "Papa emérito" o "Pontífice emérito", así como obispo emérito de Roma, con el tratamiento de Su Santidad. Fijó su residencia en el monasterio Mater Ecclesiae, al interior de la Ciudad del Vaticano. En adelante mantuvo un perfil bajo, con pocas apariciones públicas. Con los años su estado de salud fue empeorando progresivamente, hasta la enfermedad final que condujo a su muerte este 31 de enero. Sus últimas palabras fueron "Jesus, ich liebe dich" ("Jesús, te amo").
La decisión del papa Francisco de revertir la liberalización de la Misa de siempre a través del motu proprio Traditionis Custodes (2022) causó mucho dolor a Benedicto XVI. En una entrevista para Die Tagespost, S.E.R. Georg Gänswein, secretario privado del Papa emérito, señaló que "la lectura del nuevo motu proprio rompió el corazón del papa Benedicto porque su intensión había sido ayudar a que todos aquellos cuyo hogar era la misa tradicional encontraran la paz interior, la paz litúrgica". De hecho, consta que envío una carta privada al Superior de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro con ocasión de las nuevas y restrictivas normas dictadas respecto de su rito propio. No hay que olvidar que Joseph Ratzinger, en una carta dirigida al profesor Wolfgang Waldstein en 1976, aseguraba: "El problema del nuevo Misal está, por el contrario, en su abandono de un proceso histórico siempre continuado, antes y después de San Pío V, y en la creación de un volumen todo nuevo, si bien compilado con material viejo, cuya publicación fue acompañada de una suerte de prohibición de lo que había estado antes, prohibición desconocida en la historia jurídica y litúrgica; puedo decir con seguridad, basándome en mi conocimiento de los debates conciliares y en la repetida lectura de los discursos de los Padres conciliares, que esto no corresponde a las intenciones del Concilio Vaticano II".
Joseph Ratzinger hablaba diez idiomas, de los que dominó por lo menos seis: alemán, italiano, francés, latín, inglés y español. Además, leía griego antiguo y hebreo. Durante su vida recibió numerosos doctorados honoris causa por el College of St. Thomas de St. Paul (Minnesota, Estados Unidos), en 1984; por la Universidad Católica de Eichstätt, en 1985; por la Universidad Católica de Lima, en 1986; por la Universidad Católica de Lublin, en 1988; por la Universidad de Navarra (Pamplona, España), en 1998; por la Libre Universidad María Santísima Asunta (LUMSA) Roma, en 1999; por la Facultad de Teología de la Universidad de Wroclaw (Polonia) en 2000.
De momento, el cuerpo del Papa emérito permanecerá en la capilla del monasterio donde vivía. A partir del 2 de enero de 2023 por la mañana, será velado en la Basílica de San Pedro del Vaticano. Sus exequias serán celebradas el jueves 5 de enero por el papa Francisco. La Santa Sede ha anunciado que su funeral será sencillo, siguiendo el deseo expresado por Benedicto XVI.
Cumpliendo los deseos del Papa emérito, la Santa Sede ha hecho público también su testamento espiritual. El texto puede ser leído aquí.
La Asociación Litúrgica Magnificat ofrece sufragios por el descanso de su alma.
lunes, 9 de mayo de 2022
"La verdadera obediencia en la Iglesia", nuevo libro de Peter Kwasniewski
Como se explica en la contraportada, la obra parte de la perplejidad de muchos fieles. En el motu proprio Summorum Pontificum (2007), el papa Benedicto XVI afirmó el sostenido crecimiento y la perpetua validez de la Misa de siempre, insistiendo en que “lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser de improviso totalmente prohibido o incluso perjudicial.” Sin embargo, con la publicación del motu proprio Traditionis Custodes (2021), su sucesor ha declarado precisamente lo opuesto, enviando ondas de choque a través de la Iglesia llamando a la restricción, y a la eventual supresión, de la más bella y venerable forma de culto, y la única que experimenta el crecimiento más dramático y apasionado. Ante una situación como ésta, ¿qué es lo debe hacer un católico consciente?
El libro del Dr. Peter Kwasniewski ofrece una exposición esencial sobre la cuestión de la obediencia en la Iglesia: de dónde procede, y cómo debe entenderse y vivirse correcta y prudentemente. Explora los lineamientos de Santo Tomás de Aquino sobre la materia: cuál es la obediencia necesaria para la salvación y cuándo es legal o ilegal. ¿Puede haber situaciones donde las estructuras usuales de obediencia se transformen en impedimentos o bien, en facilitadores de la misión de la Iglesia y del bien de las almas? ¿Se han dado casos en la historia de la Iglesia donde los sacerdotes fieles han ejercido su ministerio violando las normas canónigas ordinarias? ¿Cómo debe responder el clero si se les prohíbe la Misa de siempre o si ésta fuera declarada como “abrogada”? Una lectura imprescindible.
Cumple recordar que el primer libro aparecido en castellano de este autor fue traducido gracias al apoyo de la Asociación Litúrgica Magnificat. Resurgimiento en medio de la crisis también se puede comprar a través de Amazon y Amazon (España).
jueves, 3 de febrero de 2022
A propósito del fin de Pro Liturgia y sus esfuerzos por hacer realidad la "hermenéutica de la continuidad"
En los últimos días, el mundo católico francés quedó sorprendido por la decisión de Denis Crouan, fundador de Pro Liturgia, de poner fin a dicho blog dedicado a la implementación digna de la Misa reformada. El trabajo de esta asociación había comenzando en 1988, año que Jean Madiran ha calificado como "climatérico" porque coincidió con la excomunión de monseñor Marcel Lefebvre y la promulgación del motu proprio Eclessia Dei Afflicta que dio origen a la regularización y creación de los institutos tradicionales. La idea era ofrecer a los lectores recursos para poder celebrar la Misa reformada, como liturgia común de la Iglesia, conforme a la tradición bimilenario que tiene el culto católico romano. En otras palabras, Denis Crouan y su iniciativa han sido defensores de la llamada “reforma de la reforma”, es decir, de la idea de que se podía salvar la liturgia católica de la ruina que le sobrevino después del Concilio Vaticano II, mediante el expediente de atenerse con fidelidad a las normas conciliares sobre la materia, que no fueron respetadas por quienes realizaron las “reformas”, y de incorporar en ella elementos de la liturgia auténtica de la Iglesia, en concordancia con la “hermenéutica de la continuidad”, propiciada por el papa Benedicto XVI.
En su carta núm. 846, de 2 de febrero de 2022, Paix Liturgique comenta la decisión de Denis Crouan de poner fin a esta encomiable tarea, que él mismo llama “aventura”. Crouan lo ha hecho mediante un “último mensaje” en el blog de Pro Liturgia. Les ofrecemos a continuación las traducciones de ambos textos, que ha sida preparadas por la Redacción y muestran que el camino consiste en volver la Misa tradicional porque sólo ahí se encuentra aquella liturgia que es "centro y culmen de la vida cristiana", como dijeron los padres conciliares.
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Ultimo mensaje de Pro Liturgia (25 de enero de 2022)
Denis Crouan
Pedir al clero actual que se respete la liturgia es una pérdida de tiempo: con una obstinación a menudo fortalecida por una profunda incultura, quienes ocupan los lugares desde los que se supone que enseñan, encabezan y conducen a los fieles -y esto en todos los niveles de la Iglesia, desde el Papa hasta el simple cura de parroquia- parecen querer sabotear sistemáticamente el culto divino de un modo que resulta perfectamente incomprensible.
Es necesario alejarse de este clero que desde hace años se dedica a elucubrar celebraciones litúrgicas con inexplicable perseverancia, y que no parece ya sino un conjunto de ingenuos, de “continuistas” que ponen su necesidad de convivialidad y de sentimentalismo por encima de cualquier preocupación por la verdad de la fe y del sentido litúrgico, hasta el punto de olvidarse de ellas, de negarlas y de privar de las mismas a quienes las necesitan.
Es necesario alejarse de un clero y seguidores confortados y acompañados por obispos extraviados en las lecturas sesgadas que hacen de los textos magisteriales, como lo demuestra su forma de leer y aplicar tanto el Concilio Vaticano II como el motu proprio Traditionis Custodes del papa Francisco. Que quienes quieran seguir poniendo por obra extravagancias y niñerías y seguir cantando disparates en sus Misas tan kitsch como aburridas, lo hagan con toda libertad: no transmitirán nada a las generaciones futuras.
Que quienes quieran adherir a la rigidez de las casullas o al encaje de las albas, marca de fábrica de las celebraciones falsamente “tradicionales”, puedan hacerlo, si es que ello los hace felices: en estos tiempos, hay que considerar aceptable cualquier forma de celebrar la liturgia.
Que los obispos que quieran hacerse heraldos de una pastoral sin fundamento, que no ha producido nunca nada, lo puedan hacer, si es que eso les proporciona la sensación de estar a la altura de su misión: las extravagancias de que son capaces, y que ya ni siquiera causan asombro, están lejos de agotarse.
Que el papa Bergoglio prefiera interesarse más en Lutero o en la Pachamama que en la doctrina y la moral de la Iglesia, es asunto suyo. Cada cual podrá considerarlo lamentable y más que riesgoso.
Sea ello como fuere, todo eso, toda esa forma como se presenta la Iglesia y su liturgia ya no tiene ningún interés para el fiel corriente, que desea escapar de las traiciones de un clero que se conforma con gestionar parroquias vacías, donde no vibran mas que algunos “laicos comprometidos” que pretenden “animar” liturgias que son, a lo más, sopas tibias que, en el mejor de los casos, se traga por espíritu de mortificación, y en el peor de los casos, son veneno para la paz interior y el equilibrio psicológico.
Por cierto, quedan remansos de paz, los monasterios que han resistido el viento del modernismo y que han recibido y aplicado el Concilio Vaticano II con fe e inteligencia. Pero un monasterio, si en ocasiones puede ser un lugar para volver a las fuentes, no es el santuario parroquial que un fiel laico tiene que frecuentar normalmente, con la seguridad de vivir y alimentar en él su fe, en el silencio y la contemplación.
Para apartarse de esta situación eclesial que se ha hecho delirante y tóxica, hasta el punto de dañar la paz interior y la fe católica, hemos decidido poner término a la “aventura” de Pro Liturgia. Lo exige la situación actual, sin esperanza, sostenida por un clero en parte errático y por laicos que han aceptado que se los desoriente hasta el punto de no cuestionarse ya lo que se les hace hacer en las Misas.
La orden del día de nuestros obispos es que no hay que confiar Misas ni a los “tradicionalistas” ni a los fieles que respetan las decisiones del Concilio Vaticano II en materias litúrgicas, sino solamente a quienes maltratan el culto divino. Por tanto, tratar de argumentar con estos pastores mitrados, cuya lógica es impenetrable, es perder el tiempo (e incluso la fe).
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Denis Crouan, defensor de una liturgia nueva “dignamente celebrada” tira la esponja
El 25 de enero de 2022, Denis Crouan, que ha publicado numerosas obras, que ha luchado y ha escrito artículos y notas en su blog, anunció, con un mensaje muy fuerte, muy duro, muy desilusionado, que ponía fin a la “aventura de Pro Liturgia”. Rindamos homenaje a este luchador de lo imposible, que ha defendido toda su vida la idea que se hizo de lo que debiera haber sido la liturgia de Pablo VI.
Los liturgistas
del Vaticano II
Si se acepta, con Denis Crouan, que la nueva liturgia va un poco más allá de lo que exigía estrictamente el Concilio Vaticano II en la Constitución Sacrosanctum Concilium (el abandono de la celebración al oriente, por ejemplo, no está en absoluto pedido por los padres conciliares, pero se ha convertido, sin embargo, en la norma en la mayor parte de las parroquias después del Concilio), no se puede negar que Sacrosanctum Concilium inauguró una gran cantera de reformas litúrgicas; que quienes trabajaron y redactaron Sacrosanctum Concilium son los mismos que redactaron el nuevo Misal y los demás libros; que el Papa los promulgó legítimamente, y que esta liturgia inventada se caracteriza, en lo más profundo y en nombre de la prioridad pastoral, por un determinado número de rasgos que se expresan en la celebración de cara al pueblo, en el abandono del latín y del gregoriano, en la simplificación de los ritos, en la sistematización de opciones y en la obligación de elegir, en el debilitamiento del aspecto sacrificial de la Misa, en la disminución del papel del sacerdote, en la intrusión de lo profano en el espacio sagrado…
El falso ejemplo
de Solesmes
Y cuando Denis Crouan habla de los “monasterios que han resistido el viento del modernismo y que han recibido y aplicado el Concilio Vaticano II con fe e inteligencia”, quisiéramos, respetuosamente, hacerle ver que, en realidad, esos monasterios no usan el Misal nuevo, sino que eligen aplicar algunas opciones del nuevo Misal entre las muchas posibilidades oficiales ofrecidas por la liturgia reformada; y han elegido, hacia la década de 1970, aquello que se acercaba más a la liturgia tradicional para mantener, todo lo posible, la dimensión cultual y sacrificial de la liturgia, evitando ensuciarse las manos con las difíciles batallas que caracterizan a la historia de la Iglesia desde hace 50 años. Pero estas elecciones, aunque evitan las dificultades de conciencia, no permiten frenar la decadencia pastoral inédita que vive la Iglesia, al menos en Occidente. Ellas -lo que es lo más dañino- son un obstáculo para los tesoros teológicos y místicos que hacen de la liturgia tradicional lo que ella es. Todavía más: ellas, como lo advierte Denis Crouan, ¿no son acaso viables solamente en las comunidades monásticas gracias a la unidad que se vive alrededor del padre abad, lo que no es posible en absoluto en la vida de las parroquias, como lo prueba el mosaico ritual de las diócesis e iglesias de Francia?
Los
defensores de la liturgia tradicional no se rendirán jamás
En su mensaje, Denis Crouan escribe: “Para apartarse de esta situación eclesial que se ha hecho delirante y tóxica, hasta el punto de dañar la paz interior y la fe católica, hemos decidido poner término a la “aventura” de Pro Liturgia. Lo exige la situación actual, sin esperanza, sostenida por un clero en parte errático y por laicos que han aceptado que se los desoriente hasta el punto de no cuestionarse ya lo que se les manda hacer en las Misas. La orden del día de nuestros obispos es que no hay que confiar Misas ni a los “tradicionalistas” ni a los fieles que respetan las decisiones del Vaticano II en materias litúrgicas, sino solamente a quienes maltratan el culto divino. Por tanto, tratar de argumentar con estos pastores mitrados, cuya lógica es impenetrable, es perder el tiempo (e incluso la fe)”.
Aunque comprendemos bien su desaliento y aunque con aflicción constatamos con él el relativismo horizontal que reina en todas partes en materia litúrgica y, por ende, en materia de fe y, por tanto, de moral y, por consiguiente, la decadencia de la civilización cristiana, no podemos seguir a Denis Crouan en su capitulación y en su renuncia a discutir con nuestros obispos y con todo el clero de nuestras iglesias y con nuestros hermanos cristianos. No obstante, no les pedimos que se respete y practique la liturgia reformada de la Iglesia porque, desgraciadamente -y ahí está todo el problema-, se la respeta en la mayor parte de los casos. Es respetada cuando se reemplaza el Introito por un canto de entrada, cuando los niños depositan al pie del altar sus manualidades de papel crepé, cuando las mujeres leen las lecturas, cuando se usa la plegaria eucarística para las Misas con niños número 1, cuando la paz de Cristo se transforma en abrazamientos fraternales, cuando se distribuye descuidadamente la comunión, cuando…
Nosotros, que hemos sido “invisibilizados”, investigados, ridiculizados, amenazados, exiliados, lo que pedimos incansable, firme y filialmente, es que se respete y restaure la liturgia sin más. Que el culto que se rinde a Dios recupere su verticalidad, que la alabanza y el sacrificio recuperen el sentido expresado admirablemente por los libros litúrgicos anteriores a la reforma. En el fondo, más que los derechos de los laicos, lo que exigimos es que sean respetados los derechos del Señor, que no murió en la cruz para que la renovación incruenta de su Sacrificio sea tratada como se lo está haciendo, en nombre de una prioridad pastoral ya fracasada.
¡No, querido Denis Crouan! La situación actual no carece de porvenir. Nosotros afirmamos, y lo haremos siempre, precisamente que el porvenir de la Iglesia es la liturgia tradicional.


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