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martes, 11 de agosto de 2026

Conferencia del LX Aniversario: "La Misa, corazón de la cultura cristiana" (Rubén Peretó)

Les ofrecemos el texto íntegro de la conferencia pronunciada el sábado 8 de agosto de 2026 en la sede Bellavista de la Universidad San Sebastián por el Prof. Rubén Peretó Rivas, profesor titular de filosofía medieval de la Universidad Nacional de Cuyo, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), y director del Centro Internacional de Estudios Litúrgicos (CIEL), con ocasión de los festejos por el LX Aniversario de nuestra asociación. Basada en la obra de John Senior (1923-1999), de quien el Prof. Peretó ha sido traductor, la conferencia se tituló "La Misa, corazón de la cultura cristiana". 

El Prof. Rubén Peretó impartiendo su conferencia magistral en el LX Aniversario de nuestra Asociación 
(Imagen: Asociación Litúrgica Magnificat)

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La Misa, corazón de la cultura cristiana

Rubén Peretó Rivas

I. Una pregunta y una respuesta escandalosa

Quisiera comenzar con una pregunta que parece sencilla y no lo es: ¿qué es la cultura cristiana? Si la formuláramos hoy en una universidad, recibiríamos respuestas eruditas y vagas: un conjunto de valores, una herencia artística, una cierta ética, quizás un capítulo venerable pero clausurado de la historia de Occidente. Todas esas respuestas tienen algo de verdad y ninguna toca el centro.

John Senior, aquel profesor de la Universidad de Kansas que convirtió a centenares de jóvenes con la sola fuerza de los grandes y buenos libros y de la verdad dicha sin rodeos, respondió a esa pregunta con una afirmación que a muchos les pareció, y les sigue pareciendo, escandalosa: ¿Qué es la cultura cristiana? Esencialmente, la Misa. Y se apresuraba a aclarar que esto no era una opinión personal, ni una teoría, ni un piadoso deseo, sino el hecho central de dos mil años de historia. La Cristiandad —eso que el secularismo prefiere llamar, con nombre neutro, Civilización Occidental— es la Misa y todo el aparato que la protege y la favorece. Toda la arquitectura, el arte, las instituciones políticas y sociales, la economía entera, las formas de vivir, de sentir y de pensar de los pueblos, su música y su literatura: todas estas realidades, cuando son buenas, son medios de favorecer y de proteger el santo sacrificio de la Misa.

Nosotros, que amamos la liturgia latina tradicional y hemos organizado buena parte de nuestras vidas en torno a ella —a veces con sacrificios considerables de tiempo, de distancias, de incomprensiones—, intuimos que esa frase no es una exageración retórica. Pero quisiera que hoy la tomáramos completamente en serio, que la siguiéramos hasta sus últimas consecuencias. Porque si Senior tiene razón, entonces se siguen dos cosas de enorme importancia práctica. Primera: que la cultura cristiana no murió por accidente, sino que empezó a morir cuando su corazón —el culto— fue debilitado, oscurecido, retirado de la experiencia sensible de los hombres. Y segunda: que su restauración no comenzará por la política, ni por los medios de comunicación, ni siquiera por las escuelas, con ser todo eso necesario, sino por el altar. Quien quiera restaurar la cultura cristiana debe empezar por restaurar el culto cristiano.

John Senior

II. El culto es la raíz de la cultura

Empecemos por lo más elemental, que es lo que con más frecuencia olvidamos: la palabra misma. Cultura viene de cultus, y cultus significa, antes que nada, culto: el cultivo de lo que se venera. El campesino cultiva la tierra; el pueblo cultiva a sus dioses. No es un juego etimológico. Es la constatación, que cualquier historiador honrado puede verificar, de que toda gran cultura de la historia ha nacido alrededor de un templo. "El culto es la base de la cultura", escribió Senior; y el cardenal Ratzinger, desde una sensibilidad distinta pero convergente, lo confirmaba: el núcleo de las grandes culturas es que interpretan el mundo en relación con lo divino.

Josef Pieper lo demostró con un ejemplo luminoso: la fiesta. No existe, decía, una fiesta "sin dioses", una fiesta desvinculada del culto. Desde la Revolución Francesa se ha intentado una y otra vez fabricar fiestas laicas, celebraciones cívicas sin referencia al culto divino, y el esfuerzo penoso que exige darles alguna apariencia festiva es la mejor prueba de que la festividad solo es posible donde el culto divino sigue siendo un acto vivo. Comparen ustedes una fiesta tradicional, enraizada en el culto —una Navidad de verdad, un Corpus Christi con su procesión—, con una de esas celebraciones artificiales, cuidadosamente preparadas y sin espontaneidad alguna, tan artificiales, como encender luces navideñas en agosto, o lanzar fuegos artificiales al mediodía. La diferencia salta a la vista, y la diferencia es Dios.

Ahora bien: si toda cultura nace del culto, la cultura cristiana nace del culto cristiano, y el culto cristiano tiene un centro absoluto, que no es una idea ni un sentimiento, sino un acto: el santo sacrificio de la Misa, la plegaria perfecta de Cristo mismo, sacerdote y víctima, en la cual el sacrificio del Calvario se hace presente de modo incruento sobre nuestros altares. Todo lo demás —la doctrina, la moral, la piedad, el arte— brota de ahí y remite ahí. La religión no es primero un catecismo que luego se celebra; es primero una Presencia que se adora, y de esa adoración nace todo lo demás, incluido el catecismo.

Y aquí conviene hacer una precisión que nos concierne muy directamente: la cultura no es un lujo, ni un adorno de la fe. La cultura es parte de los medios ordinarios de la salvación. ¿Por qué? Porque la gracia supone la naturaleza, y la naturaleza del hombre incluye los sentidos, la imaginación, las emociones. La fe entra normalmente en el alma por los ojos y los oídos; se apoya en imágenes, en músicas, en gestos, en historias. Un niño que crece rodeado de campanas, de procesiones, del aroma del incienso, de imágenes de la Virgen, de cantos que hablan de Dios, tiene la imaginación preparada para creer; el acto de fe encontrará en él un terreno arado y abonado. Un niño que crece en un ambiente donde nada le habla de Dios tendrá que hacer el mismo acto de fe, pero en un terreno de cemento. Es la observación de Newman sobre las poblaciones católicas de la vieja Europa: para ellas el Señor, la Santísima Virgen, los ángeles y los santos, el cielo y el infierno estaban tan presentes como si fueran objetos visibles. Eso es una cultura cristiana: un mundo donde lo invisible se ha hecho, por así decirlo, sensible; donde la Presencia lo penetra todo.

Procesión de la Diosa de la Razón durante la Revolución Francesa (1793)

III. Cómo la Misa construyó un mundo

Veamos ahora cómo ocurrió esto históricamente, porque la afirmación de Senior no es una tesis abstracta sino la descripción de mil años de historia europea, aproximadamente desde san Benito hasta el final de la Edad Media, o si se prefiere otra periodización, desde Carlomagno hasta la Revolución Francesa.

Pensémoslo con la sencillez con que lo pensaban nuestros padres. Para celebrar la Misa hace falta un altar; y sobre el altar, un techo, por si llueve. Para reservar el Santísimo Sacramento construimos una pequeña Casa de Oro, y sobre ella una Torre de Marfil con una campana, y alrededor un jardín con rosas y lirios, emblemas todos de la Virgen María —Rosa Mystica, Turris Davidica, Turris Eburnea, Domus Aurea—, que llevó en su seno el Cuerpo y la Sangre del Señor. Junto a la iglesia, el cementerio donde duermen los fieles difuntos, esperando. Alrededor viven quienes se ocupan de ella: el sacerdote y los religiosos, cuyo trabajo es la oración y que custodian el misterio de la fe en ese tabernáculo de música y de palabras que es el Oficio Divino. Y en torno a ellos se reúnen los fieles, que participan del culto y realizan todos los demás trabajos necesarios para perpetuar y hacer posible el Sacrificio: producen el alimento, confeccionan el vestido, construyen, guardan la paz, para que las generaciones futuras puedan vivir por Aquel por quien el Sacrificio continuará hasta la consumación de los siglos.

Eso es una civilización. No un sistema económico con capillas decorativas, sino un pueblo entero ordenado, como los radios de una rueda, hacia un centro que es un altar. La arquitectura renació en la Edad Media para dar una casa digna al sacrificio de la Misa; la escultura y la pintura, para adornar esa casa y señalar los misterios que en ella se celebran; la música y la literatura, para cantar y comentar esos misterios. Chartres no es un museo con techo alto: es, como toda iglesia, una custodia de piedra. El canto gregoriano en sus diversas versiones, no es música religiosa antigua: es la oración de la Iglesia hecha melodía, tan casta y tan objetiva que puede sostener siglos de contemplación sin gastarse. Y hasta el orden social —el campesino, el artesano, el clérigo, el soldado— puede entenderse, en su forma cristiana, como cultivo y protección del Santísimo Sacramento.

Esta ordenación llegaba a los detalles más pequeños de la vida, y ahí precisamente estaba su fuerza, porque una cultura no se compone de grandes declaraciones sino de detalles cotidianos. Antiguamente los límites de la parroquia los marcaba la distancia hasta donde llegaba el sonido de la campana. Recordemos el cuadro de Millet, el Ángelus: el labrador cansado, de pie en medio del campo, con el sombrero en la mano y su mujer al lado, la cabeza inclinada, porque la campana lejana anuncia que el Verbo se hizo carne; y su jornada de trabajo agotador queda unida, por ese instante de oración, al otro trabajo más grande de gratitud que el sacerdote eleva a Dios en la iglesia que apenas se ve en el horizonte. En las iglesias también sonaban las campanas en el momento de la elevación, para que los que trabajaban en el campo o yacían enfermos pudieran hacer su comunión espiritual. El tiempo mismo estaba consagrado: el año era el año litúrgico, la semana desembocaba en el domingo, el día estaba jalonado por el Ángelus. Y la primera ley de la economía cristiana, que hoy nos suena increíble, era esta: el fin del trabajo no es la ganancia, sino la oración.

Detengámonos un momento aquí, porque este punto suele malinterpretarse. No se trata de idealizar la Edad Media, que fue con frecuencia brutal. Se trata de reconocer un principio de orden. Aquella sociedad estaba llena de pecadores, como la nuestra; la diferencia es que sabía hacia dónde miraba. Sus pecados eran caídas en un camino; los nuestros son, cada vez más, la negación de que exista camino alguno. Y ese principio de orden era litúrgico antes que político: los hombres vivían, sentían y pensaban juntos en relación con Cristo y con su Cruz porque cada semana, cada día, el sacrificio de la Cruz se hacía presente en medio de ellos.

Jean-François Milet, El Ángelus (Museo de Orsay, 1857-1859)
(Imagen: Wikicommons)

IV. La muerte de la cultura cristiana: la retirada de la Presencia

Si esto es así, entonces la decadencia de la cultura cristiana no puede explicarse sólo por causas políticas o económicas. Hay que buscar la herida en el corazón. Y Senior la formuló en una frase que merece ser meditada palabra por palabra: rigurosamente, paso a paso, durante los últimos cuatrocientos años —el triunfo sucesivo del racionalismo, del liberalismo y del modernismo—, la persona de Cristo ha sido retirada de nuestra experiencia. Las generaciones crecen en un vacío religioso, en una atmósfera cargada, por así decirlo, con su ausencia.

Insisto: retirada de nuestra experiencia. No dice, en primer término, de nuestras ideas. El proceso fue más sutil y más devastador. El racionalismo redujo la religión a una idea; el romanticismo la redujo a una emoción; el modernismo la redujo a una metáfora, a un símbolo. En cada etapa, Cristo se volvía menos real, menos presente, menos alguien con quien uno se encuentra y más algo sobre lo cual uno opina. La fe fue confinada al ámbito de lo privado, de las preferencias personales, junto a los gustos musicales y culinarios. Y una vez allí, el paso siguiente era inevitable: del "cualquier creencia puede ser errónea" del viejo agnosticismo se pasó al dogma actual, autocontradictorio pero imperante, de que toda creencia debe ser errónea; un liberalismo dogmático e inquisitorial, decía Senior, que propone la infidelidad a punta de espada.

¿Y cuál es el resultado? Anthony Esolen lo ha descrito. Imaginemos, propone, que preguntáramos a un antropólogo, al margen del ruido político, cuáles serían los signos de una cultura moribunda, de una cultura suicida. La respuesta compone un retrato que reconocemos con escalofrío. Una cultura así estaría más preocupada por la muerte que por la vida: reclamaría el derecho a morir, pero de la vida haría no un don sino una cosa, desechable como la basura. No vería belleza alguna en el rostro humano ni en el niño en el seno materno. Rechazaría la fecundidad, el matrimonio, la inocencia de los niños. Derribaría las estatuas de sus mayores, porque estos habrían caído primero en los corazones. Su arte se volcaría a lo brutal y a lo informe; su humor sería gris; su pecado dominante, la acedia, esa tristeza espiritual que se disfraza de activismo incesante. Habría sustituido la esperanza por el optimismo, que es su parodia. Y como un estribillo fúnebre, después de cada síntoma, la misma frase: nada es sagrado. Ese es el diagnóstico entero en tres palabras. Una cultura muere cuando pierde el sentido de lo sagrado; y pierde el sentido de lo sagrado cuando lo sagrado mismo —la Presencia real de Dios en medio de su pueblo— ha sido retirado de su experiencia, o velado, o tratado con negligencia por quienes debían custodiarlo.

Porque este es el punto doloroso que no podemos esquivar: la retirada de la Presencia no fue obra únicamente de los enemigos de la Iglesia. En las décadas anteriores al Concilio Vaticano II, la celebración de la Misa seguía siendo reverente y hermosa —"la cosa más bella a este lado del cielo", la llamaba el padre Faber—, aunque el mundo circundante se había vuelto ya sordo a sus signos. Tras el Concilio, el remedio que muchos juzgaron conveniente fue rebajar el nivel de la celebración litúrgica al nivel empobrecido de la cultura contemporánea: música ligera en lugar del gregoriano, improvisación en lugar de rito, banalidad en lugar de misterio. Con la introducción del nuevo rito en 1969, muchos aprovecharon para adoptar novedades tomadas de un entorno cultural que había rechazado esencialmente a Dios e introducirlas en la celebración eucarística, a punto tal que muchas veces cada misa es única porque se adapta a la creatividad del celebrante de turno. Y esto no hizo más que acelerar la debacle, porque una misa indignamente celebrada no cultiva el sentido de lo sagrado ni la comprensión de lo que en ella ocurre, y por tanto no puede revitalizar cultura alguna. Lo más grave, en el orden espiritual, es que la libre elección haya pasado a ser parte constitutiva de las reglas para la celebración del acto más grande del universo. El afán de novedades e informalidades en todas las cosas es un signo seguro de vacío espiritual; como los enfermos del poema de Baudelaire, que creen que sanarán si les cambian la cama.

No se trata de discutir aquí las controversias canónicas y teológicas. Situémonos en otro plano, el plano cultural, que no es algo menor ni accidental, sino indispensable en los medios ordinarios de la salvación. Y en ese plano debemos pedir que se restaure la gran liturgia gregoriana que se celebraba antes de la reforma de Pablo VI, sin cuestionar a esta última. Y desde el plano cultural lo pedimos porque la misa tradicional del rito romano es la obra de arte más refinada y más bella que haya existido en el mundo; el corazón, el alma, la fuerza más determinante de nuestra civilización occidental; y la madre nutricia de tantos santos.

José Roldán y Martínez, Una misa (Museo del Prado, 1859)
(Imagen: Museo del Prado)

V. Por qué la restauración comienza en el altar

Llegamos así al centro de nuestro argumento. Si la cultura nace del culto, la restauración de la cultura debe comenzar por la restauración del culto. No es la única tarea, pero es la primera, y las demás dependen de ella. El cardenal Ratzinger lo formuló de manera lapidaria: la Iglesia se levanta y cae con la liturgia. Cuando la adoración de la Trinidad decae, cuando la fe ya no aparece en su plenitud en la liturgia de la Iglesia, la fe ha perdido el lugar donde se expresa y donde habita. Por ello, la verdadera celebración de la liturgia es el centro de toda renovación de la Iglesia.

Quisiera mostrarles por qué esto es así, no como consigna militante sino como verdad antropológica. Y para eso hay que mirar de cerca qué hace la liturgia tradicional en el alma del que la frecuenta.

Pensemos primero en el silencio. En el corazón de la Misa, el canon se pronuncia en voz baja; el Cuerpo del Señor es elevado en silencio, y el sonido de la campanilla no rompe ese silencio sino que lo acentúa, apagando el ruido del mundo. En el santo sacrificio de la Misa Cristo mismo pronuncia las palabras de la consagración a través de lo que Senior llamaba el suicidio voluntario de la personalidad del sacerdote: el sacerdote se convierte en pura persona o máscara según la etimología griega de la palabra, en instrumento a través del cual suena una voz que no es la suya, y es Cristo, no el sacerdote, quien dice: Hoc est Corpus meum. Y luego: Hic est calix Sanguinis mei. En la consagración, la Sangre de Cristo se hace presente sobre el altar sacramentalmente separada de su Cuerpo, renovación incruenta del derramamiento de la Sangre en la Cruz. Este es el Misterio de la Fe. En ese momento hasta los ángeles detienen su canto, el silencio invade la corte del cielo, y sobre la tierra se extienden las tinieblas hasta la hora nona. El velo del templo se rasga de arriba abajo.

Una liturgia que custodia ese momento con silencio, con orientación, con gestos medidos y heredados, enseña sin palabras qué es lo que allí ocurre. El niño que ve a todos arrodillarse, que oye callar hasta a los mayores, aprende en el cuerpo, antes de poder formularlo, que allí está Dios. Esa es la pedagogía del rito: educa los sentidos y la imaginación, y por ellos dispone el intelecto y la voluntad. Los católicos empeñados en salvar la fe solo a fuerza de catecismo y doctrina —siendo el catecismo y la doctrina irrenunciables— olvidan la "música": eso que alimenta la fe y el amor, y que atrae al hombre hacia el misterio. La fe no es solo pensamiento; implica, como recordaba Benedicto XVI, al ser entero: espíritu, alma y cuerpo. Cuando la liturgia habla también a los sentidos —el gregoriano al oído, el incienso al olfato, el oro y la penumbra a la vista, el ayuno y la genuflexión al cuerpo entero—, la fe encuentra dónde habitar.

Pensemos también en la lengua. La oración latina no es un arcaísmo ni una afectación de anticuario. Dos mil años de oración de la Iglesia están tan íntimamente unidos al latín que cualquier intento de vivir la vida católica prescindiendo enteramente de él termina erosionándola. La lengua sagrada hace por el oído lo que el cancel y el atrio hacen por el espacio: marca un umbral, dice al alma que entra en otro ámbito. Y el gregoriano, que es esa lengua hecha canto, es una solemne oración: no música para acompañar el culto, sino culto hecho música.

Y pensemos, finalmente, en la memoria. Esolen ha observado la fuerza del Unde et memores del canon: en él nos declaramos memoriosos, hacemos memoria, pero no de un suceso lejano, sino del sacrificio de Cristo re-presentado, hecho presente ante nosotros ahora. El Señor no mandó a los Apóstoles "recordar esto", sino "hacer esto en memoria mía". La liturgia tradicional es la gran escuela de esa memoria que no es nostalgia sino presencia: en ella el tiempo se abre, y el hombre moderno, ese desterrado crónico que ya no sabe de dónde viene ni adónde va, encuentra el camino de vuelta a casa. Una cultura es precisamente eso: una memoria compartida que se transmite como un don. Por eso una civilización que asesina su memoria muere, y por eso el acto supremo de memoria —el memorial del sacrificio de la Cruz— es la semilla de toda cultura posible.

Enrique Simonet, La primera Misa (1907)
(Imagen: Wikicommons)

VI. El programa práctico: qué podemos hacer

Pero no se trata de escribir obituarios. "La cuestión es qué se puede hacer, qué puede y debe ser hecho, porque no tenemos opción". Es imprudente hablar de desastre irreversible: publicando sus logros se le da al demonio más ventaja de la que merece. Permítanme entonces, en la última parte, bajar al terreno práctico, a partir de la experiencia de las últimas décadas.

Lo primero ya lo hemos dicho, pero hay que decirlo como tarea: asistir, sostener y transmitir el culto digno, cum Petro et sub Petro. Nuestra acción, cualquier cosa que hagamos en el orden político y social, debe tener su fundamento indispensable en la oración, cuyo corazón es el santo sacrificio de la Misa. Cuando ustedes llevan a sus hijos a la Misa tradicional, no están cultivando una preferencia estética ni un apego sentimental al pasado: están reconstruyendo, piedra a piedra, el fundamento de una civilización. Benedicto XVI, al reconocer en 2007 que el misal antiguo nunca había sido abrogado y devolverle carta de ciudadanía en la vida ordinaria de la Iglesia con el motu proprio Summorum pontificum, sabía que después de un colapso semejante el progreso sólo podía ser lento y gradual; y estaba convencido de que la presencia visible del rito gregoriano influiría favorablemente sobre toda la vida litúrgica de la Iglesia, inclinándola hacia la reverencia. Esa convicción nos asigna un papel que excede nuestras parroquias y capillas: somos custodios de un patrimonio que pertenece a toda la Iglesia y que la Iglesia entera volverá a necesitar.

Lo segundo: extender el culto más allá de la Misa, hasta que vuelva a estructurar el tiempo. La Misa es el sol, pero el sol tiene su cortejo. El Oficio Divino, ante todo: la oración pública y perfecta de la Iglesia, que los laicos podemos compartir asistiendo a las horas que se celebren públicamente, o rezando en casa algunas horas del oficio, o el oficio parvo de la Santísima Virgen. Y las devociones aprobadas que constituyen, decía Senior con una expresión fortísima, una obligación de caridad en una época en que la oración ha sido prácticamente silenciada: la bendición del Santísimo Sacramento, el Ángelus, el Vía Crucis, las Cuarenta Horas, el Rosario. Cada familia que reza el Ángelus al mediodía está volviendo a consagrar el tiempo; cada Rosario en familia vuelve a encender un fuego en el hogar. Y recuerden la regla de San Benito: si los contemplativos dan a Dios la vida entera y los sacerdotes una gran parte, a los laicos nos corresponde al menos el diezmo de nuestro tiempo. Calculen lo que es el diezmo de las horas de vela de un día. Todos dirán al unísono que no es posible darle tanto tiempo a Dios porque tenemos muchas ocupaciones importantes. Y esa reacción, respondía Senior, es exactamente la medida de lo lejos que estamos de una vida cristiana.

Lo tercero: la vida monástica. Puede sorprender que un programa de restauración cultural culmine en los monasterios, pero es la lección más segura de la historia: la cristiandad la sembraron los monjes, y la más simple y práctica restauración de la cultura cristiana será la restauración de los conventos y monasterios contemplativos. Sin publicidad y sin grandes colectas, porque la gracia no se ve ni se oye y es muy pobre: una casa humilde con algunas almas consagradas totalmente a la oración puede revitalizar la vida espiritual de una ciudad moribunda. De la obra de Senior nacieron vocaciones que llenaron abadías donde la liturgia tradicional se canta íntegra día y noche; quien haya visitado alguna sabe que no hay argumento apologético comparable. De ahí un deber concreto para padres y educadores: proponer a los jóvenes la vida contemplativa como una opción a considerar, organizar visitas y retiros a los monasterios que conservan la liturgia latina, poner en sus manos libros que expliquen qué es un monje.

Santa Misa celebrada en la abadía benedictina del Barroux (Francia)

VII. Conclusión

Hemos recorrido un argumento simple: la cultura nace del culto; la cultura cristiana nació de la Misa y vivió mil años como el conjunto de las cosas que la protegen y la favorecen; murió en la medida en que la Presencia de Cristo fue retirada de la experiencia de los hombres, por la obra de los filósofos primero y por la negligencia de los cristianos después; y renacerá —si Dios quiere que renazca, y los signos de estos años permiten esperarlo— desde donde nació: desde el altar.

Nosotros, que hemos hecho lo posible por mantenernos fieles a la liturgia de nuestros padres, consideremos una advertencia y una consolación. La advertencia: la fidelidad litúrgica no basta si se queda en trinchera estética o en señal de identidad. Un gran peligro es que acabemos pareciéndonos a los fariseos: católicos, sí, pero fría y absolutamente determinados a tener siempre razón. La liturgia tradicional no nos es dada para tener razón, sino para aprender a amar; ella es la escuela del lenguaje del amor, y quien sale de la Misa sin más caridad hacia su mujer, sus hijos y sus enemigos, no ha entendido lo que allí se ofrece. El camino real de Cristo es un camino caballeresco, lleno de fuego y de pasión; y la vida cristiana no consiste solamente en evitar el infierno, sino en amar como Él nos amó primero: ese es el unum necessarium, y esa caridad —no otra cosa— es la música de la cultura cristiana.

Y la consolación. Una cultura moribunda repite que nada es sagrado. Nosotros sabemos que no es verdad, y lo sabemos no por un razonamiento sino por un hecho que ocurre cada mañana sobre miles de altares: Dios está en medio de su pueblo, Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Mientras eso ocurra, ninguna decadencia es definitiva, porque el corazón de la cultura cristiana no ha dejado de latir ni un solo día desde el Jueves Santo. La única cosa segura sobre el futuro es que estará lleno de sorpresas: cayó Babilonia, cayó Roma, cayeron cien años de profecías que se creían científicas; y en otro tiempo de tinieblas, los hebreos marcaron las puertas de sus casas con la sangre del cordero. En este mismo momento, María pasa delante de la puerta de nuestros corazones y los marca con la Sangre preciosa de su Hijo.

Recemos para que ella nos alcance la gracia de ser, no anticuarios de una liturgia, sino constructores de una cristiandad; de trabajar, rezar y sufrir —las tres cosas— para restaurar un culto que sostenga una fe viva, donde los signos sensibles cultiven la vida interior y renueven el sentido de lo sagrado. Entonces la liturgia volverá a inspirar la cultura, como la inspiró durante mil años.

Procesión de entrada de la Misa de acción de gracias por el LX Aniversario de nuestra Asociación 
(Imagen: Asociación Litúrgica Magnificat)

domingo, 2 de junio de 2024

La liturgia tradicional con los ojos de Manuel Vicent

Les ofrecemos hoy una columna del escritor y columnista valenciano Manuel Vicent sobre la conversión de Paul Claudel. Si bien sobre este último autor hemos tratado con anterioridad en esta bitácora (véase aquí), el texto resulta de interés por provenir de un autor que se declara de izquierdas y anticlerical, como se comprueba de algunas de las afirmaciones que vierte, y que escribe a propósito del restablecimiento de la liturgia antigua por parte del papa Benedicto XVI a través del motu proprio Summorum Pontificum (2007). 

Más allá de algunas alusiones provocadoras, la columna demuestra el atractivo que la liturgia tradicional despierta en las personas abiertas a la sensibilidad artística y con inquietudes culturales. Son innumerables los ejemplos a través de la historia. Quizá el más elocuente sea la carta dirigida por un grupo de intelectuales al papa Pablo VI pidiendo la conservación de la Misa de siempre, que dio lugar al llamado "indulto inglés" o "indulto Agatha Christie". Entre otras cosas, ahí se dice: "Los firmantes de este pedido [...] quieren llamar la atención de la Santa Sede sobre la apabullante responsabilidad en la que incurriría en la historia del espíritu humano si se negara a permitir la subsistencia de la Misa Tradicional".

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La cáscara

Manuel Vicent

El poeta Paul Claudel era todavía un ateo militante cuando una Nochebuena en medio de la soledad de París, bajo una intensa nevada, entró en la catedral de Notre-Dame para guarecerse. Se estaba celebrando en ese momento la misa del Gallo. El poeta acababa de ver innumerables poetas ateridos bajo los puentes del Sena, e imbuido en la propia desesperación, de pronto, fue acogido por un tibio perfume de incienso y el sonido del órgano que acompañaba el Adeste fideles cantado por un coro de infantes. En el altar brillaban los los brocados de las vestiduras de los oficiantes confundidas con las ascuas de las lámparas y los dorados del retablo. A través de aquel compacto resplandor también sonaban palabras en latín, que no comprendía. "Algo parecido a esta gloria debe ser el cielo", pensó Paul Claudel, quien trasportado por la belleza de la liturgia, olvidó las miserias de este mundo y se convirtió al catolicismo. Lutero se había llevado la nuez de la fe dejando la cáscara de la religión para la Iglesia romana, pero esta envoltura barroca y resplandeciente, sin nada adentro, acabó por adquirir la máxima profundidad estética que tienen las formas. El Concilio Vaticano II trató de recuperar la pureza de la fe limpiándola de las adherencias del teatro. En el desguace desapareció el latín, la polifonía de Palestrina fue sustituida por guitarras aflamencadas y las casullas bordadas por unos jerséis de grano gordo, tipo peruano. Los curas desde el altar tuvieron que dar la cara y hablar en la lengua nacional. Muchos fieles comenzaron a alarmarse al comprobar que lo entendían todo. "Yo soy el pastor y vosotros sois las ovejas", decía el oficiante, y algunos devotos se miraban sorprendidos. "¿Has oído eso? Nos está llamando borregos." Quedó patente que las epístolas, antífonas y salmos no transportaban sino pensamientos vulgares, mientras, a su vez, el gregoriano exquisito se transformó en canciones desafinadas, llenas de mansedumbre, cantadas por la grey. Un día, en una misa mayor de un pueblo mediterráneo, los fieles entonaban a coro una de estas plegarias al Señor, todos excepto un jornalero adusto que permanecía con la boca cerrada. "¿Por qué no cantas?", le cuchicheo el vecino de banco. El jornalero contestó como en el tute: "No cantó porque me falta el caballo". Benedicto XVI quiere recuperar la cáscara antigua y retornar a la liturgia en latín, cosa que celebran los estetas, pero, si hay que preservar la fe, lo mejor es no entender nada. 

Primera Misa solemne transmitida por televisión desde la catedral de Notre-Dame de París. Se trata de la Misa de Navidad celebrada en la medianoche del 24 de diciembre de 1948 por el cardenal Emmanuel-Célestin Suhard
(Foto: Te Igitur)

Nota de la Redacción: El texto está tomado de Vicent, M., El cuerpo y las olas, Barcelona, Alfaguara, 2007, pp. 219-220.

sábado, 31 de diciembre de 2022

In memoriam S.S. Benedicto XVI (Joseph Ratzinger)

El papa emérito Benedicto XVI ha muerto a las 9.34 de esta mañana en el Monasterio Mater Ecclesiae, situado al interior de la Ciudad del Vaticano, donde residía desde su renuncia al ministerio de obispo de Roma y sucesor de Pedro. Para el mundo tradicional será recordado por su deseo de preservar el rico legado litúrgico de la Iglesia latina y restablecer, en igual de condiciones y con libertad de celebración, los sacramentos vigentes hasta la reforma dispuesta por el Concilio Vaticano II mediante el motu proprio Summorum Pontificum (2007), además de buscar la paz al interior de la Iglesia militante. De hecho, al cumplirse el septuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal publicamos una entrada en esta bitácora recordando las ocasiones en que, siendo cardenal y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cantó la Misa tradicional. 

Benedicto XVI

Joseph Ratzinger nació en Marktl am Inn, diócesis de Passau (Alemania), el 16 de abril de 1927 (Sábado Santo), y fue bautizado ese mismo día. Su padre, comisario de la gendarmería, provenía de una antigua familia de agricultores de la Baja Baviera, de condiciones económicas más bien modestas. Su madre era hija de artesanos de Rimsting, en el lago Chiem, y antes de casarse trabajó de cocinera en varios hoteles.

Pasó su infancia y su adolescencia en Traunstein, una pequeña localidad cerca de la frontera con Austria, a treinta kilómetros de Salzburgo. En ese marco, que él mismo ha definido "mozartiano", recibió su formación cristiana, humana y cultural. El período de su juventud no fue fácil. La fe y la educación de su familia lo preparó para afrontar la dura experiencia de esos tiempos, en los que el régimen nazi mantenía un clima de fuerte hostilidad contra la Iglesia católica. El joven Joseph vio cómo los nazis golpeaban al párroco antes de la celebración de la Santa Misa. Precisamente en esa compleja situación, descubrió la belleza y la verdad de la fe en Cristo; para ello fue fundamental la actitud de su familia, que siempre dio un claro testimonio de bondad y esperanza, arraigada en la pertenencia consciente a la Iglesia. En los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial fue enrolado en los servicios auxiliares antiaéreos.

Entre 1946 y 1951 estudió filosofía y teología en la Escuela Superior de Filosofía y Teología de Frisinga y en la Universidad de Múnich. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1951 junto con su hermano Georg (1924-2020). Un año después, inició su actividad de profesor en la Escuela Superior de Frisinga. En el año 1953 se doctoró en teología con la tesis intitulada Pueblo y casa de Dios en la doctrina de la Iglesia de san Agustín. Cuatro años más tarde, bajo la dirección del conocido profesor de teología fundamental Gottlieb Söhngen (1892-1971), obtuvo la habilitación para la enseñanza con una disertación que tuvo por título La teología de la historia de san Buenaventura.

Tras ejercer el cargo de profesor de teología dogmática y fundamental en la Escuela Superior de Filosofía y Teología de Frisinga, prosiguió su actividad de enseñanza en Bonn, de 1959 a 1963; en Münster, de 1963 a 1966; y en Tubinga, de 1966 a 1969. En este último año pasó a ser catedrático de dogmática e historia del dogma en la Universidad de Ratisbona, donde ocupó también el cargo de vicepresidente de la Universidad.

De 1962 a 1965 hizo una notable contribución al Concilio Vaticano II como "experto", donde acudió como consultor teológico del cardenal Joseph Frings (1887-1978), arzobispo de Colonia.

Joseph Ratzinger junto con Yves Congar O.P.
(Foto: How to Fight Poverty)

Su intensa actividad científica lo llevó a desempeñar importantes cargos al servicio de la Conferencia episcopal alemana y en la Comisión Teológica Internacional.

En 1972, juntamente con Hans Urs von Balthasar (1905-1988), Henri de Lubac (1896-1991) y otros grandes teólogos, inició la revista de teología Communio, que todavía existe.

El 25 de marzo de 1977, el papa Pablo VI lo nombró arzobispo de Múnich y Frisinga. El 28 de mayo sucesivo recibió la consagración episcopal. Fue el primer sacerdote diocesano, después de 80 años, que asumió el gobierno pastoral de la gran archidiócesis bávara. Escogió como lema episcopal: "Colaborador de la verdad". Él mismo explicó el sentido de su decisión: "Por un lado, me parecía que esa era la relación entre mi tarea previa como profesor y mi nueva misión. A pesar de los diferentes modos, lo que estaba en juego y seguía estándolo era seguir la Verdad, estar a su servicio. Y, por otro, escogí ese lema porque en el mundo de hoy el tema de la Verdad se omite casi totalmente, pues parece algo demasiado grande para el hombre y, sin embargo, todo se desmorona si falta la verdad".

Pablo VI lo creó cardenal, del título presbiteral de Santa María de la Consolación en Tiburtino, en el consistorio del 27 de junio de ese mismo año.

En 1978 participó en el Cónclave, celebrado del 25 al 26 de agosto, que eligió a Juan Pablo I, el cual lo nombró enviado especial suyo al III Congreso mariológico internacional, celebrado en Guayaquil (Ecuador), del 16 al 24 de septiembre. En el mes de octubre de ese mismo año participó también en el Cónclave que eligió a Juan Pablo II.

Pablo VI junto con el cardenal Joseph Ratzinger
(Foto: Yahoo Style)

Actuó de relator en la V Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, celebrada en 1980, sobre el tema: "Misión de la familia cristiana en el mundo contemporáneo", y presidente delegado de la VI Asamblea general ordinaria, celebrada en 1983, sobre "La reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia".

Juan Pablo II lo nombró prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional el 25 de noviembre de 1981. El 15 de febrero de 1982 renunció al gobierno pastoral de la arquidiócesis de Múnich y Frisinga. Juan Pablo II lo elevó también al orden de los obispos, asignándole la sede suburbicaria de Velletri-Segni el 5 de abril de 1993.

Fue presidente de la comisión para la preparación del Catecismo de la Iglesia católica, que, después de seis años de trabajo (1986-1992), presentó al Santo Padre el nuevo Catecismo. Siendo ya Papa, en 2005 le correspondió publicar un compendio de dicho catecismo. 

El Santo Padre, el 6 de noviembre de 1998, aprobó la elección del cardenal Ratzinger como vicedecano del Colegio cardenalicio, realizada por los cardenales del orden de los obispos. Y el 30 de noviembre de 2002, aprobó su elección como decano; con dicho cargo le fue asignada, además, la sede suburbicaria de Ostia.

En 1999 fue enviado especial del Papa a las celebraciones con ocasión del XII centenario de la creación de la diócesis de Paderborn, Alemania, que tuvieron lugar el 3 de enero.

En 1992 fue elegido miembro de la Academia de las Ciencias Sociales y Políticas de París. Desde el 13 de noviembre de 2000 se desempeñó como Académico honorario de la Academia Pontificia de las Ciencias.

En la Curia romana, fue miembro del Consejo de la Secretaría de Estado para las Relaciones con los Estados; de las Congregaciones para las Iglesias Orientales, para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, para los Obispos, para la Evangelización de los Pueblos, para la Educación Católica, para el Clero y para las Causas de los Santos; de los Consejos Pontificios para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y para la Cultura; del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica; y de las Comisiones Pontificias para América Latina, Ecclesia Dei, para la Interpretación Auténtica del Código de Derecho Canónico y para la Revisión del Código de Derecho Canónico de las Iglesias Orientales. En esos cargos le correspondió intervenir en la redacción de la Instrucción Quattuor abhinc annos (3 de octubre de 1984), que permitió por primera vez la Misa tradicional bajo el régimen de indulto, y de la Comisión de Cardenales constituida en 1986 que pretendía una liberalización mucho mayor. Como recuerda el cardenal Tarcisio Bertone, quien fuera después, siendo ya Papa, su secretario de Estado, "el Prefecto Joseph Ratzinger decía a menudo que su tarea consistía en proteger la fe de los pequeños, de los humildes que no disponen de las herramientas culturales adecuadas para contrarrestar los escollos de un mundo cada vez más descristianizado y secularizado". 


El cardenal Joseph Ratzinger dando la comunión a Juan Pablo II

Entre sus numerosas publicaciones ocupa un lugar destacado el libro Introducción al Cristianismo, recopilación de lecciones universitarias publicadas en 1968 sobre la profesión de fe apostólica; Dogma y revelación (1973), antología de ensayos, predicaciones y reflexiones, dedicadas a la pastoral, y Jesús de Nazaret, publicado en dos tomos (2007 y 2011), que se complementan con un tercer volumen sobre la infancia de Jesús (2012). Dejó también un libro de memorias, publicado en 1998, que abarca sus primeros cincuenta años de vida (entre 1927 y 1977). Su vasta obra se completa con títulos como Evangelio (1996), La fe como camino (1997), De la mano de Cristo (1998) y Verdad, valores y poder (1998), entre otros. 

Obtuvo gran resonancia el discurso que pronunció ante la Academia Católica Bávara sobre el tema "¿Por qué sigo aún en la Iglesia?", en el que, con su habitual claridad, afirmó: "Sólo en la Iglesia es posible ser cristiano y no al lado de la Iglesia".

La serie de sus publicaciones prosiguió abundante en el decurso de los años, constituyendo un punto de referencia para muchas personas, especialmente para los que querían profundizar en el estudio de la teología. En 1985, justo en la víspera del Sínodo extraordinario sobre la celebración, la verificación y la promoción del Concilio Vaticano II, publicó el libro-entrevista Informe sobre la fe. Después vendrían otros libros del mismo formato: La sal de la tierra (1996), Dios y el mundo (2002), Luz del mundo (2010) y Últimas conversaciones (2016). Asimismo, con ocasión de su 70° cumpleaños, se publicó el libro: En la escuela de la verdad (1997), en el que varios autores ilustran diversos aspectos de su personalidad y su obra.

El 19 de abril de 2005, con setenta y ocho años de edad, Joseph Ratzinger fue elegido Romano Pontífice. Con el nombre de Benedicto XVI sucedía a Juan Pablo II, que había fallecido el 2 de abril, después de haber ocupado el trono de San Pedro durante veintiséis años. El cónclave eligió nuevo Papa en apenas dos días, una de las decisiones más rápidas de la historia, tras las de Julio II (1503) y Clemente VIII (1592), que fueron elegidos en un solo día. Desde la logia de la Basílica de San Pedro se asomó “un humilde servidor de la viña del Señor” que se convertía en el Papa número 265, el primero elegido en el siglo XXI después de los ocho del siglo XX, y en el séptimo alemán, tras Gregorio V (996-999), Clemente II (1046-1047), Dámaso II (1048, porque falleció al cabo de un mes), León IX (1049-1054), Víctor II (1055-1057) y Adriano VI (1522-1523).

Tomó un nombre inesperado en honor de Benedicto XV (el genovés Giacomo della Chiesa, papa entre 1914 y 1922, después de haber servido como Arzobispo de Bolonia), que se distinguió por la búsqueda de la paz en la Primera Guerra Mundial y favoreció la creación del Partido Popular, embrión de la futura Democracia Cristiana. Fue este Papa quien, además, publicó el Código de Derecho Canónico de 1917.

Escudo de armas del cardenal Joseph Ratzinger
(Imagen: Wikipedia)

Benedicto XVI publicó tres encíclicas (Deus caritas est, 2006; Spes salvi, 2007; Caritatis in Veritate, 2009), cuatro exhortaciones apostólicas (Sacramentum Caritatis, 2007; Verbum Domini, 2010; Africae munus, 2011; Ecclesia in Medio Oriente, 2012), e hizo 24 viajes apostólicos fuera de Italia, visitando países de los cinco continentes. 

Con la salud debilitada, el 11 de febrero de 2013 Benedicto XVI anunció su renuncia al papado, la que se haría efectiva a partir del 28 de ese mes, bajo el argumento de que "para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado". La decisión fue considerada histórica, por datarse su más cercano precedente siete siglos atrás, cuando en 1294 Celestino V renunció para hacerse ermitaño. El 13 de marzo de 2013, el cónclave eligió como nuevo pontífice al cardenal Jorge Mario Bergoglio, por entonces Arzobispo de Buenos Aires, quien adoptó el nombre de Francisco. 

Tras su renuncia, Benedicto XVI mantuvo su nombre y ostentó el título de "Papa emérito" o "Pontífice emérito", así como obispo emérito de Roma, con el tratamiento de Su Santidad. Fijó su residencia en el monasterio Mater Ecclesiae, al interior de la Ciudad del Vaticano. En adelante mantuvo un perfil bajo, con pocas apariciones públicas. Con los años su estado de salud fue empeorando progresivamente, hasta la enfermedad final que condujo a su muerte este 31 de enero. Sus últimas palabras fueron "Jesus, ich liebe dich" ("Jesús, te amo").

La decisión del papa Francisco de revertir la liberalización de la Misa de siempre a través del motu proprio Traditionis Custodes (2022) causó mucho dolor a Benedicto XVI. En una entrevista para Die Tagespost, S.E.R. Georg Gänswein, secretario privado del Papa emérito, señaló que "la lectura del nuevo motu proprio rompió el corazón del papa Benedicto porque su intensión había sido ayudar a que todos aquellos cuyo hogar era la misa tradicional encontraran la paz interior, la paz litúrgica". De hecho, consta que envío una carta privada al Superior de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro con ocasión de las nuevas y restrictivas normas dictadas respecto de su rito propio. No hay que olvidar que Joseph Ratzinger, en una carta dirigida al profesor Wolfgang Waldstein en 1976, aseguraba: "El problema del nuevo Misal está, por el contrario, en su abandono de un proceso histórico siempre continuado, antes y después de San Pío V, y en la creación de un volumen todo nuevo, si bien compilado con material viejo, cuya publicación fue acompañada de una suerte de prohibición de lo que había estado antes, prohibición desconocida en la historia jurídica y litúrgica; puedo decir con seguridad, basándome en mi conocimiento de los debates conciliares y en la repetida lectura de los discursos de los Padres conciliares, que esto no corresponde a las intenciones del Concilio Vaticano II". 

Joseph Ratzinger hablaba diez idiomas, de los que dominó por lo menos seis: alemán, italiano, francés, latín, inglés y español. Además, leía griego antiguo y hebreo. Durante su vida recibió numerosos doctorados honoris causa por el College of St. Thomas de St. Paul (Minnesota, Estados Unidos), en 1984; por la Universidad Católica de Eichstätt, en 1985; por la Universidad Católica de Lima, en 1986; por la Universidad Católica de Lublin, en 1988; por la Universidad de Navarra (Pamplona, España), en 1998; por la Libre Universidad María Santísima Asunta (LUMSA) Roma, en 1999; por la Facultad de Teología de la Universidad de Wroclaw (Polonia) en 2000.

De momento, el cuerpo del Papa emérito permanecerá en la capilla del monasterio donde vivía. A partir del 2 de enero de 2023 por la mañana, será velado en la Basílica de San Pedro del Vaticano. Sus exequias serán celebradas el jueves 5 de enero por el papa Francisco. La Santa Sede ha anunciado que su funeral será sencillo, siguiendo el deseo expresado por  Benedicto XVI. 

Cumpliendo los deseos del Papa emérito, la Santa Sede ha hecho público también su testamento espiritual. El texto puede ser leído aquí.  

La Asociación Litúrgica Magnificat ofrece sufragios por el descanso de su alma. 

Requiem aeternam dona ei Domine.
Et lux perpetua luceat ei.
Requiescat in pace.

El Papa emérito junto a su sucesor 
(Foto: Portafolio)

Nota de la Redacción: La biografía que aquí ofrecemos proviene de tres fuentes. La primera parte está tomada de aquella que tiene publicada la Santa Sede en el sitio dedicado al papa Benedicto XVI. Desde la elección como Romano Pontífice, el texto reproduce parcialmente a Fernández, T. y Tamaro, E., "Biografía de Benedicto XVI [Joseph Ratzinger]", disponible en Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Ambas versiones ha sido ajustada en cuestiones menores de estilo o redacción. Se ha empleado también como complemento la versión española de Wikipedia. 

lunes, 9 de mayo de 2022

"La verdadera obediencia en la Iglesia", nuevo libro de Peter Kwasniewski

Acaba de aparecer la traducción al castellano de un nuevo libro del Dr. Peter Kwasniewski, cuyos trabajos solemos publicar en esta bitácora. El libro se llama La verdadera obediencia en la Iglesia y aborda un tema crucial para el catolicismo de hoy. De momento, puede ser adquirido a través de Amazon y Amazon (España).

Como se explica en la contraportada, la obra parte de la perplejidad de muchos fieles. En el motu proprio Summorum Pontificum (2007), el papa Benedicto XVI afirmó el sostenido crecimiento y la perpetua validez de la Misa de siempre, insistiendo en que “lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser de improviso totalmente prohibido o incluso perjudicial.” Sin embargo, con la publicación del motu proprio Traditionis Custodes (2021), su sucesor ha declarado precisamente lo opuesto, enviando ondas de choque a través de la Iglesia llamando a la restricción, y a la eventual supresión, de la más bella y venerable forma de culto, y la única que experimenta el crecimiento más dramático y apasionado. Ante una situación como ésta, ¿qué es lo debe hacer un católico consciente?

El libro del Dr. Peter Kwasniewski ofrece una exposición esencial sobre la cuestión de la obediencia en la Iglesia: de dónde procede, y cómo debe entenderse y vivirse correcta y prudentemente. Explora los lineamientos de Santo Tomás de Aquino sobre la materia: cuál es la obediencia necesaria para la salvación y cuándo es legal o ilegal. ¿Puede haber situaciones donde las estructuras usuales de obediencia se transformen en impedimentos o bien, en facilitadores de la misión de la Iglesia y del bien de las almas? ¿Se han dado casos en la historia de la Iglesia donde los sacerdotes fieles han ejercido su ministerio violando las normas canónigas ordinarias? ¿Cómo debe responder el clero si se les prohíbe la Misa de siempre o si ésta fuera declarada como “abrogada”? Una lectura imprescindible. 

Cumple recordar que el primer libro aparecido en castellano de este autor fue traducido gracias al apoyo de la Asociación Litúrgica Magnificat. Resurgimiento en medio de la crisis también se puede comprar a través de Amazon y Amazon (España). 

jueves, 3 de febrero de 2022

A propósito del fin de Pro Liturgia y sus esfuerzos por hacer realidad la "hermenéutica de la continuidad"

En los últimos días,  el mundo católico francés quedó sorprendido por la decisión de Denis Crouan, fundador de Pro Liturgia, de poner fin a dicho blog dedicado a la implementación digna de la Misa reformada. El trabajo de esta asociación había comenzando en 1988, año que Jean Madiran ha calificado como "climatérico" porque coincidió con la excomunión de monseñor Marcel Lefebvre y la promulgación del motu proprio Eclessia Dei Afflicta que dio origen a la regularización y creación de los institutos tradicionales. La idea era ofrecer a los lectores recursos para poder celebrar la Misa reformada, como liturgia común de la Iglesia, conforme a la tradición bimilenario que tiene el culto católico romano. En otras palabras, Denis Crouan y su iniciativa han sido defensores de la llamada “reforma de la reforma”, es decir, de la idea de que se podía salvar la liturgia católica de la ruina que le sobrevino después del Concilio Vaticano II, mediante el expediente de atenerse con fidelidad a las normas conciliares sobre la materia, que no fueron respetadas por quienes realizaron las “reformas”, y de incorporar en ella elementos de la liturgia auténtica de la Iglesia, en concordancia con la “hermenéutica de la continuidad”, propiciada por el papa Benedicto XVI.

En su carta núm. 846, de 2 de febrero de 2022, Paix Liturgique comenta la decisión de Denis Crouan de poner fin a esta encomiable tarea, que él mismo llama “aventura”. Crouan lo ha hecho mediante un “último mensaje” en el blog de Pro Liturgia. Les ofrecemos a continuación las traducciones de ambos textos, que ha sida preparadas por la Redacción y muestran que el camino consiste en volver la Misa tradicional porque sólo ahí se encuentra aquella liturgia que es "centro y culmen de la vida cristiana", como dijeron los padres conciliares.  

Imagen publicada en la página de inicio del sitio web de Pro Liturgia 
(Imagen: Pro Liturgia)

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Ultimo mensaje de Pro Liturgia (25 de enero de 2022)

Denis Crouan

Pedir al clero actual que se respete la liturgia es una pérdida de tiempo: con una obstinación a menudo fortalecida por una profunda incultura, quienes ocupan los lugares desde los que se supone que enseñan, encabezan y conducen a los fieles -y esto en todos los niveles de la Iglesia, desde el Papa hasta el simple cura de parroquia- parecen querer sabotear sistemáticamente el culto divino de un modo que resulta perfectamente incomprensible.

Es necesario alejarse de este clero que desde hace años se dedica a elucubrar celebraciones litúrgicas con inexplicable perseverancia, y que no parece ya sino un conjunto de ingenuos, de “continuistas” que ponen su necesidad de convivialidad y de sentimentalismo por encima de cualquier preocupación por la verdad de la fe y del sentido litúrgico, hasta el punto de olvidarse de ellas, de negarlas y de privar de las mismas a quienes las necesitan.

Es necesario alejarse de un clero y seguidores confortados y acompañados por obispos extraviados en las lecturas sesgadas que hacen de los textos magisteriales, como lo demuestra su forma de leer y aplicar tanto el Concilio Vaticano II como el motu proprio Traditionis Custodes del papa Francisco. Que quienes quieran seguir poniendo por obra extravagancias y niñerías y seguir cantando disparates en sus Misas tan kitsch como aburridas, lo hagan con toda libertad: no transmitirán nada a las generaciones futuras.

Que quienes quieran adherir a la rigidez de las casullas o al encaje de las albas, marca de fábrica de las celebraciones falsamente “tradicionales”, puedan hacerlo, si es que ello los hace felices: en estos tiempos, hay que considerar aceptable cualquier forma de celebrar la liturgia.

Que los obispos que quieran hacerse heraldos de una pastoral sin fundamento, que no ha producido nunca nada, lo puedan hacer, si es que eso les proporciona la sensación de estar a la altura de su misión: las extravagancias de que son capaces, y que ya ni siquiera causan asombro, están lejos de agotarse.

Que el papa Bergoglio prefiera interesarse más en Lutero o en la Pachamama que en la doctrina y la moral de la Iglesia, es asunto suyo. Cada cual podrá considerarlo lamentable y más que riesgoso.

Sea ello como fuere, todo eso, toda esa forma como se presenta la Iglesia y su liturgia ya no tiene ningún interés para el fiel corriente, que desea escapar de las traiciones de un clero que se conforma con gestionar parroquias vacías, donde no vibran mas que algunos “laicos comprometidos” que pretenden “animar” liturgias  que son, a lo más, sopas tibias que, en el mejor de los casos, se traga por espíritu de mortificación, y en el peor de los casos, son veneno para la paz interior y el equilibrio psicológico.

Por cierto, quedan remansos de paz, los monasterios que han resistido el viento del modernismo y que han recibido y aplicado el Concilio Vaticano II con fe e inteligencia. Pero un monasterio, si en ocasiones puede ser un lugar para volver a las fuentes, no es el santuario parroquial que un fiel laico tiene que frecuentar normalmente, con la seguridad de vivir y alimentar en él su fe, en el silencio y la contemplación.

Para apartarse de esta situación eclesial que se ha hecho delirante y tóxica, hasta el punto de dañar la paz interior y la fe católica, hemos decidido poner término a la “aventura” de Pro Liturgia. Lo exige la situación actual, sin esperanza, sostenida por un clero en parte errático y por laicos que han aceptado que se los desoriente hasta el punto de no cuestionarse ya lo que se les hace hacer en las Misas.

La orden del día de nuestros obispos es que no hay que confiar Misas ni a los “tradicionalistas” ni a los fieles que respetan las decisiones del Concilio Vaticano II en materias litúrgicas, sino solamente a quienes maltratan el culto divino. Por tanto, tratar de argumentar con estos pastores mitrados, cuya lógica es impenetrable, es perder el tiempo (e incluso la fe).

Denis Crouan
(Foto: DNA)

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Denis Crouan, defensor de una liturgia nueva “dignamente celebrada” tira la esponja 

El 25 de enero de 2022, Denis Crouan, que ha publicado numerosas obras, que ha luchado y ha escrito artículos y notas en su blog, anunció, con un mensaje muy fuerte, muy duro, muy desilusionado, que ponía fin a la “aventura de Pro Liturgia”. Rindamos homenaje a este luchador de lo imposible, que ha defendido toda su vida la idea que se hizo de lo que debiera haber sido la liturgia de Pablo VI.

Los liturgistas del Vaticano II

Si se acepta, con Denis Crouan, que la nueva liturgia va un poco más allá de lo que exigía estrictamente el Concilio Vaticano II en la Constitución Sacrosanctum Concilium (el abandono de la celebración al oriente, por ejemplo, no está en absoluto pedido por los padres conciliares, pero se ha convertido, sin embargo, en la norma en la mayor parte de las parroquias después del Concilio), no se puede negar que Sacrosanctum Concilium inauguró una gran cantera de reformas litúrgicas; que quienes trabajaron y redactaron Sacrosanctum Concilium son los mismos que redactaron el nuevo Misal y los demás libros; que el Papa los promulgó legítimamente, y que esta liturgia inventada se caracteriza, en lo más profundo y en nombre de la prioridad pastoral, por un determinado número de rasgos que se expresan en la celebración de cara al pueblo, en el abandono del latín y del gregoriano, en la simplificación de los ritos, en la sistematización de opciones y en la obligación de elegir, en el debilitamiento del aspecto sacrificial de la Misa, en la disminución del papel del sacerdote, en la intrusión de lo profano en el espacio sagrado…

El falso ejemplo de Solesmes

Y cuando Denis Crouan habla de los “monasterios que han resistido el viento del modernismo y que han recibido y aplicado el Concilio Vaticano II con fe e inteligencia”, quisiéramos, respetuosamente, hacerle ver que, en realidad, esos monasterios no usan el Misal nuevo, sino que eligen aplicar algunas opciones del nuevo Misal entre las muchas posibilidades oficiales ofrecidas por la liturgia reformada; y han elegido, hacia la década de 1970, aquello que se acercaba más a la liturgia tradicional para mantener, todo lo posible, la dimensión cultual y sacrificial de la liturgia, evitando ensuciarse las manos con las difíciles batallas que caracterizan a la historia de la Iglesia desde hace 50 años. Pero estas elecciones, aunque evitan las dificultades de conciencia, no permiten frenar la decadencia pastoral inédita que vive la Iglesia, al menos en Occidente. Ellas -lo que es lo más dañino- son un obstáculo para los tesoros teológicos y místicos que hacen de la liturgia tradicional lo que ella es. Todavía más: ellas, como lo advierte Denis Crouan, ¿no son acaso viables solamente en las comunidades monásticas gracias a la unidad que se vive alrededor del padre abad, lo que no es posible en absoluto en la vida de las parroquias, como lo prueba el mosaico ritual de las diócesis e iglesias de Francia?

Los defensores de la liturgia tradicional no se rendirán jamás

En su mensaje, Denis Crouan escribe: “Para apartarse de esta situación eclesial que se ha hecho delirante y tóxica, hasta el punto de dañar la paz interior y la fe católica, hemos decidido poner término a la “aventura” de Pro Liturgia. Lo exige la situación actual, sin esperanza, sostenida por un clero en parte errático y por laicos que han aceptado que se los desoriente hasta el punto de no cuestionarse ya lo que se les manda hacer en las Misas. La orden del día de nuestros obispos es que no hay que confiar Misas ni a los “tradicionalistas” ni a los fieles que respetan las decisiones del Vaticano II en materias litúrgicas, sino solamente a quienes maltratan el culto divino. Por tanto, tratar de argumentar con estos pastores mitrados, cuya lógica es impenetrable, es perder el tiempo (e incluso la fe)”.

Aunque comprendemos bien su desaliento y aunque con aflicción constatamos con él el relativismo horizontal que reina en todas partes en materia litúrgica y, por ende, en materia de fe y, por tanto, de moral y, por consiguiente, la decadencia de la civilización cristiana, no podemos seguir a Denis Crouan en su capitulación y en su renuncia a discutir con nuestros obispos y con todo el clero de nuestras iglesias y con nuestros hermanos cristianos. No obstante, no les pedimos que se respete y practique la liturgia reformada de la Iglesia porque, desgraciadamente -y ahí está todo el problema-, se la respeta en la mayor parte de los casos. Es respetada cuando se reemplaza el Introito por un canto de entrada, cuando los niños depositan al pie del altar sus manualidades de papel crepé, cuando las mujeres leen las lecturas, cuando se usa la plegaria eucarística para las Misas con niños número 1, cuando la paz de Cristo se transforma en abrazamientos fraternales, cuando se distribuye descuidadamente la comunión, cuando…

Nosotros, que hemos sido “invisibilizados”, investigados, ridiculizados, amenazados, exiliados, lo que pedimos incansable, firme y filialmente, es que se respete y restaure la liturgia sin más. Que el culto que se rinde a Dios recupere su verticalidad, que la alabanza y el sacrificio recuperen el sentido expresado admirablemente por los libros litúrgicos anteriores a la reforma. En el fondo, más que los derechos de los laicos, lo que exigimos es que sean respetados los derechos del Señor, que no murió en la cruz para que la renovación incruenta de su Sacrificio sea tratada como se lo está haciendo, en nombre de una prioridad pastoral ya fracasada.

¡No, querido Denis Crouan! La situación actual no carece de porvenir. Nosotros afirmamos, y lo haremos siempre, precisamente que el porvenir de la Iglesia es la liturgia tradicional.

Misa reformada celebrada siguiendo la "hermenéutica de la continuidad" durante el Sacred Music Colloquium de 2013