domingo, 25 de octubre de 2015

Un testimonio sobre la Misa tradicional


El Congreso Litúrgico Summorum Pontificum, que tuvo lugar el pasado mes de julio (una crónica del mismo se puede consultar aquí) contó no sólo con la asistencia de presbíteros y religiosos, sino que también de laicos interesados en profundizar el conocimiento y la vida de fe en torno a la Santa Misa de rito romano. Valga recordar que aun son pocos los lugares donde se ofrece la celebración de la denominada forma extraordinaria, por lo que este Congreso fue una gran oportunidad para su difusión a muchas personas que no tienen la oportunidad de acudir regularmente a los sacramentos según los libros litúrgicos vigentes al año 1962.

A continuación les ofrecemos el testimonio que preparó Cecilia González, de nacionalidad boliviana y asistente del Congreso, donde nos relata su experiencia en torno a la Misa tradicional. Sus reflexiones se dirigen primeramente a su vivencia de la fe católica, y recalcan aquella verdad tantas veces olvidada: que la Santa Misa es un perfecto culto latréutico a Dios y de excelente provecho para las almas.

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"Como tierra reseca te busqué"

Mi encuentro con la Misa tradicional



Desde mi nacimiento mis padres me criaron en la Iglesia Católica. Asistí a un colegio “católico” y pensé que eso era todo lo que había dentro de esta Iglesia. Con el paso de los años empecé a entender la Misa según la forma ordinaria, que es el único rito que se celebra en mi país.

Hace cinco años retorné definitivamente a casa, luego de mucha confusión, pruebas y renuncias. Mucho ayudó el ver el compromiso con la fe por parte de varias personas en Estados Unidos. Allí aprendí temas que no se tocan en las catequesis de preparación a los sacramentos en la ciudad donde vivo ahora.

En esta búsqueda empecé a cuestionar si el rito en el que yo nací y crecí era todo lo que había. En la lectura de distintos textos del Concilio Vaticano II, descubrí que varias cosas ahora se permitían y muchas de las que yo veía no estaban ni siquiera mencionadas allí. Un documento conecta a otro, y cuando fue el momento, empecé a leer sobre el rito que ahora llaman "extraordinario" o, como muchos le llaman despectivamente, "Misa en latín".

Ya en Estados Unidos me sorprendió ver muchas jóvenes usando el velo en Misa y Adoración Eucarística. Por ello, también leí sobre esta costumbre y llegó un día en que decidí que era mi turno. Poco a poco busqué incorporar a mi vida de oración un reto más (además de ampliar el tiempo) y empecé a aprender el rezo del Padre Nuestro y el Ave María en latín. Luego vinieron los videos de Misas celebradas por Santo Padre Pío de Pietrelcina y papa Pío XII. Es importante recordar que el Papa Benedicto XVI en el motu proprio Summorum Pontificum reitera la unidad del rito romano o latino, el cual se expresa en dos formas: la ordinaria y la extraordinaria. Sin embargo, muchos pasan por alto este documento.

Luego de esta revisión, fue evidente que mi curiosidad creció a un punto máximo. Empecé a preguntar y nadie en mi país celebraba este rito antiguo. Empecé a buscar en países vecinos, encontré algunos lugares donde quizás podría ir. Quise ir al encuentro sobre Liturgia Sacra en Nueva York, pero el tema económico y de tiempo no coincidían. Cuando me resigné a dejar esta inquietud, encontré un día el anuncio del congreso Summorun Pontificum en Chile.

Cuando revisé la factibilidad de asistir, todo dio positivo. ¿Entonces para qué esperar más?

El primer día donde hubo la celebración de Misa por la mañana, me fui directo al rito extraordinario. Un poco nerviosa porque aun no domino las posiciones y no tenía un misal. Al final, en caso de duda uno puede permanecer de rodillas y no hay problema. ¿La primera impresión de la Misa rezada? Yo y el otro asistente a la Misa no “participábamos” de manera activa. Y sí, uno pasa de rodillas más tiempo que en la Misa normal, pero las horas frente al Santísimo ya me dieron entrenamiento para estar en esta posición.

El segundo día fui primero a la Misa de rito ordinario en latín (las lecturas se realizan en español). Esto me dio la posibilidad de simplemente observar la celebración del rito extraordinario. Descubrí con cuidado muchas cosas que leí cuando preparé alguna catequesis sobre Liturgia, cuando hablé sobre el sacramento de la Eucaristía, las que no me cuadraban en el rito que celebran en mi ciudad. De cerca, y con la posibilidad de observar y casi escuchar el susurro del sacerdote en la celebración, pude ir comprendiendo este sacrificio incruento en el altar. Todos los gestos, el cuidado, el respeto, la solemnidad tanto del sacerdote como del monaguillo eran para mi impresionantes.

Ese segundo día, en horas de la tarde se celebró la Misa cantada. La primera Misa cantada en mi vida. Me conmovió ver a las demás mujeres y niñas con el velo, pensando para mi misma que ahora sí no soy la “rara”. En el motu propio del Santo papa Pío X Tra Le Sollecitudini se menciona que la música está al servicio del culto, razón por la que no puede ser la protagonista de una Misa. En este caso, desde el canto de entrada, el Gloria, el Kyrie, el canto de la comunión y hasta el final, la música no incomodó ni protagonizó; al contrario, acompañó en lo solemne de la celebración.


En esta celebración, fue más evidente algo que es muy importante en el rito ordinario: la participación activa del quien asiste a la Misa. En ésta pasé mucho tiempo de rodillas, en oración en mi corazón, observando algo extraordinario, donde ni yo ni mis hermanos reunidos en el templo teníamos que ser los protagonistas. El incienso se usa de manera constante, y si bien alguna vez pensé que este podría causarme alergia, uno reconoce que ese olor está asociado a algo fuera de este mundo. Entre lágrimas reconocí cómo este es el sacrificio de Jesús al Padre, por amor a los que en silencio estábamos presentes, y por amor a aquellos que esperamos algún día estén presentes. Esta presencia real de Jesús y su Corte Celestial fue evidente, de rodillas y mirando fijamente el altar, me sentía estremecer. Uno, que se reconoce pecador, se siente conmovido de poder estar allí presente, cada músculo tiembla de emoción y se conmueve con el santo Sacrificio de Jesús.

Comprendí a cabalidad por qué debo respeto a un sacerdote, pues esas manos, en el momento de la Misa, tocan a mi Señor. Comprendí muchas cosas más con mi mente, al mismo tiempo que mi corazón clamaba por dentro: ¡ESTE ES EL CULTO QUE TÚ TE MERECES, DIOS TODOPODEROSO! ¡A ti, el Honor y la Gloria por los siglos de los siglos! Creo que todos los salmos de alabanza de la Liturgia de las Horas brotaron desde lo más profundo de mi ser.



¡El momento de la Comunión fue realmente de gozo! Hace unos meses estuve meditando sobre este momento. El mismo Cristo resucitado ofreciéndome el alimento que mi alma necesita para la vida eterna. Realmente tiene sentido recitar el acto de contrición y repetir tres veces el “Señor, no soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra Tuya bastará para salvarme”. Allí, de rodillas esperando mi turno para recibir a Cristo en tan humilde forma, mi corazón latía como cuando uno va enamorado al encuentro del Amado. Y en ese instante escuché: “Corpus Domini nostri Jesu Christi custodiat animam tuam in vitam aeternam. Amen” (“El Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo guarde tu alma para la vida eterna. Amen”).

¡Cuánta belleza! ¡Cuánta sacralidad y respeto! Si el problema es que mucha gente se queja porque consideran que la Misa es aburrida, es porque no han vivido esta celebración y definitivamente ignoran lo que acontece. Al final de la Misa, no pude evitar pensar que mucha gente jamás es preparada para asistir a ella y mucho menos tiene la oportunidad de conocer este rito como parte de la riqueza que preserva la Iglesia.


No pude evitar tampoco sentir mucha tristeza, porque estuve a la entrada del Cielo, y ahora me toca volver a una ciudad donde ni siquiera el rito ordinario se celebra con esmero. Del monte donde vi a mi Señor, al desierto donde la Misa es maltratada por complacer a los asistentes, por agradar al mundo. Muchos pensamientos más tuve luego de esta experiencia, pero ahora comprendo porqué la búsqueda, el prepararme… y es que a falta de una guía por parte de los sacerdotes, un católico debería prepararse a sí mismo. El rezo del Rosario, la Adoración Eucarística, la Confesión y la oración constante fueron creando en mi un espíritu dispuesto a la contemplación, razón por la cual pude vivir y sentirme en casa durante las Misas de rito extraordinario. Me bajé de mi comodidad y flojera, para buscar al Amado, al que sacia mi sed. Y cuanto amor derramó sobre mi, pequeña hijita suya.

Ruego a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y pido la intercesión y oración de los ángeles, santos y de nuestra Madre, para que más cristianos puedan conocer, educarse y tener la dicha que yo experimenté por breve tiempo.

Porque al final sólo cabe decir con el salmista: Judica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta.


Cecilia González Paredes
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Nota de la Redacción: El presente testimonio se puede consultar también en el sitio Adelante la Fe, donde fue publicado antes con el consentimiento de la autora. 

Actualización [7 de agosto de 2016]: La Misa tradicional concita especialmente a muchos jóvenes alrededor del mundo, quienes se sienten atraídos por ella en su búsqueda de recuperar la sacralidad perdida. Durante la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Polonia, varios grupos ligados a la Misa de siempre participaron de las actividades y vivieron un encuentro de fe con toda la Iglesia. Dada la universalidad del latín, las diferencias idiomáticas desaparecen. Fue así como se conocieron dos jóvenes, él polaco y ella brasileña. Ambos habían coincidido en la pasada Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro. En ésta y tras asistir a la Misa tradicional, Szimon le pidió matrimonio a s u novia Jessica y el momento quedó inmortalizado en la foto que sigue. El hecho fue difundido por Radio Vaticano en español y, posteriormente, por otros medios. Véase aquí la noticia publicada en Religión en libertad.  

viernes, 23 de octubre de 2015

Valeroso testimonio de médico rumana en el Sínodo de la Familia


Como informa Lifesite News, la Dra. Anca-Maria Cernea, del Centro de Diagnóstico y Tratamiento Victor Babes y presidente de la Asociación de Médicos Católicos de Bucarest (Rumania), pronunció el pasado viernes 16 de octubre durante las sesiones del Sínodo de la Familia en Roma la ponencia que a continuación transcribimos para nuestros lectores.

Se trata de un valeroso testimonio de una mujer laica, en tiempos en que muchos obispos e incluso cardenales o bien callan sobre la Verdad que la Iglesia ha recibido el mandato de enseñar o, peor aún, propagan doctrinas incompatibles con la Fe Católica, especialmente en lo que respecta a los sacramentos y la familia, y que importan una completa rendición ante el espíritu del mundo. 


Es imposible no pensar en otras mujeres en la historia de la Iglesia, como Santa Catalina de Siena o Santa Juana de Arco, que han sido instrumento de Dios para recordarle a los hombres de Iglesia su deber, que no es otro que proclamar el Evangelio de Cristo y llamar al mundo a la conversión verdadera, promoviendo la santidad universal a la que nos urgía el Concilio Vaticano II (LG 41).



Dra. Anca-Maria Cernea

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Santidad, Padres Sinodales, hermanos, represento a la Asociación de Médicos Católicos de Bucarest.

Pertenezco a la Iglesia Católica rumana de rito griego.

Mi padre era un dirigente político cristiano que estuvo encarcelado durante diecisiete años por los comunistas. Aunque mis padres estaban comprometidos para casarse, no pudieron hacerlo hasta 17 años después.

Durante todos aquellos años, mi madre esperó a mi padre, sin saber siquiera si estaría aún vivo. Fueron heroicamente fieles a Dios y a su compromiso.

Su ejemplo demuestra que la gracia de Dios puede sobreponerse a unas circunstancias sociales terribles y a la pobreza material.


Los médicos católicos que defendemos la vida y la familia vemos que, ante todo, nos encontramos en una batalla espiritual.

La pobreza material y el consumismo no son la causa primera de la crisis de la familia.

La causa primera de la revolución sexual y cultural es ideológica. Nuestra Señora de Fátima dijo que los errores de Rusia se propagarían por todo el mundo.

Se hizo primero de forma violenta, con el marxismo clásico, matando a decenas de millones de personas.

Ahora se hace mediante el marxismo cultural. Hay una continuidad, desde la revolución sexual leninista, a través de Gramsci y de la Escuela de Frankfurt, hasta la actual ideología de los derechos homosexuales y de género.

El marxismo clásico pretendía rediseñar la sociedad adueñándose por medios violentos de la propiedad.

Ahora la revolución va más lejos: pretende redefinir la familia, la identidad sexual y la naturaleza humana.

Esta ideología se hace llamar progresista, pero no es otra cosa que la tentación de la serpiente antigua para que el hombre se haga el amo, reemplace a Dios y organice la salvación en este mundo.

 Miguel Ángel, Caída del Hombre, pecado original y expulsión del Paraíso terrenal 
(Capilla Sixtina, Roma)

Es un error de naturaleza religiosa; es gnosticismo.

Los pastores tienen la misión de reconocerlo y de alertar al rebaño de este peligro.


“Buscad, pues, primero el Reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura”.

La misión de la Iglesia es salvar almas. En este mundo el mal proviene del pecado. No de la disparidad de ingresos ni del “cambio climático”. La solución es clara: evangelización y conversión.

No reside en un dominio cada vez mayor por parte de las autoridades, ni en un gobierno mundial. Esos son hoy en día los agentes principales de la imposición del marxismo cultural, por medio del control de la natalidad, la salud reproductiva, los derechos de los homosexuales, la ideología de genero, etcétera.

Lo que el mundo necesita hoy en día no es que se limite la libertad, sino libertad verdadera, que es liberación del pecado y salvación.

Nuestra Iglesia estuvo prohibida durante la ocupación soviética. Pero ninguno de nuestros doce obispos traicionó la comunión con el Santo Padre. Nuestra Iglesia sobrevivió gracias a la determinación y el ejemplo de nuestros obispos, que resistieron en las cárceles y entre el terror.

 El Siervo de Dios Iuliu Hossu (1885-1970), obispo greco-católico rumano,
muerto en cautiverio y ejemplo de resistencia heroica por la Fe.

Nuestros prelados pidieron a los fieles que no siguieran al mundo ni cooperasen con los comunistas.

Ahora necesitamos que Roma le diga al mundo como Cristo: “Arrepentíos de vuestros pecados y volved a Dios, porque el Reino de los Cielos está cerca”.


No sólo nosotros los católicos laicos, sino también muchos cristianos ortodoxos están rezando fervorosamente por este Sínodo. Porque, como ellos dicen, si la Iglesia Católica se entrega al espíritu de este mundo, será muy difícil para todos los demás cristianos resistirlo.

[Traducción de Alex Bachmann, publicada en el sitio Adelante la Fe, con destacados y pequeñas correcciones de estilo de la Redacción]

Actualización [18 de noviembre de 2015]: La bitácora Wanderer Revisited ha publicado una entrevista a Anca María Cernea, donde se refuerzan las ideas expuestas en su intervención ante el Sínodo y ofrecidas en esta entrada. La versión original (en inglés) puede consultarse aquí. La traducción es de Jack Tollers.

martes, 20 de octubre de 2015

Preparación del sacerdote a la celebración de la Misa y posterior acción de gracias


Les presentamos a continuación, en la traducción de la Redacción, una nueva colaboración del Prof. Dr. Peter Kwasniewski, aparecida originalmente en el sitio New Liturgical Movement, cuyo original (en inglés) puede leerse aquí.  

En su artículo, el Prof. Kwasniewski invita a redescubrir la importancia de la preparación para la Santa Misa y la acción de gracias posterior a ella como fuentes de inmensos y abundantes frutos espirituales, materia de la cual habíamos tratado brevemente en una entrada anterior. Sus reflexiones se dirigen especialmente a sacerdotes y ministrantes, pero son también sin duda de inmenso provecho para los fieles. Todos, cada cual según su condición, estamos llamados a prepararnos para participar digna y devotamente del Sacrificio Eucarístico y a dar gracias luego de él a Nuestro Señor, quien se ofrece por nosotros cada vez sobre el altar.


Foto: New Liturgical Movement


Preparación del sacerdote a la celebración de la Misa y posterior acción de gracias

Peter Kwasniewski

Por la gracia de Dios, he sido católico toda mi vida y durante décadas he podido observar a muchos sacerdotes en el cumplimiento de sus deberes. Una de las diferencias más fascinantes que se da entre ellos es su actitud antes y después de la Misa. Me tomó mucho tiempo darme cuenta de cuán grande es el importe de tal actitud, sea para bien, sea para mal.

Tomemos como punto de partida unas maravillosas líneas del Código de Derecho Canónico. El canon 909 dice lo siguiente: “No deje el sacerdote de prepararse debidamente con la oración para celebrar el Sacrificio eucarístico, y dar gracias a Dios al terminar”.

Casi como si comentara este canon, el Obispo Marc Aillet ha escrito: “[Los ritos litúrgicos], al alejarnos del mundo profano y, por ende, de la tentación del inmanentismo, tienen la virtud de sumergirnos de improviso en el Misterio y abrirnos a lo Trascendente. En este sentido, es imposible exagerar la importancia del silencio que precede a la celebración litúrgica, ese atrio interior donde nos liberamos de las preocupaciones, por legítimas que sean, del mundo profano, para penetrar en el espacio y el tiempo sagrados en que Dios revela su Misterio. No se puede subrayar suficientemente la importancia del silencio en la liturgia a fin de abrirse el hombre más cabalmente a la acción de Dios. Ni se puede recalcar todo lo conveniente que resulta, para comprender el sentido interior de la misión que nos espera una vez vueltos al mundo, un momento de acción de gracias, esté o no integrado a la celebración”.

El espacio anterior a la Misa


Consideremos primeramente el espacio antes de la Misa. Shawn Tribe ha escrito en este sitio [Nota de la Redacción: se refiere al sitio New Liturgical Movement], hace ya varios años, un artículo que me impactó profundamente, un artículo que urgía a recuperar el espíritu de reverencia, de respeto y de quietud en la sacristía antes de la celebración de la Misa. Advertía que muchas sacristías ostentan un letrero que dice “SILENTIVM”, y recordaba la muy antigua costumbre de los sacerdotes de recitar, al revestirse con cada uno de los ornamentos, ciertas venerables plegarias en preparación para ofrecer el Santo Sacrificio [Nota de la Redacción: su texto ha sido mencionado en esta bitácora al repasar los distintos ornamentos con que se revista el sacerdote para celebrar la Santa Misa]. Antes de la Misa cantada, de la Misa Solemne o de otras funciones litúrgicas importantes, la multitud de los acólitos estará sumamente atareada, pero no hay razón alguna para que no estén silenciosamente atareados, aprendiendo a moverse, en preparación y anticipación, en una atmósfera de recogimiento, hablando en voz baja en su conversación sobre las cosas que deben preparar.

Sacerdote en la sacristía antes de la Misa
 (Foto: The Holy Mass)


Los sacerdotes más santos que he conocido (aunque la norma tiene excepciones) llegaban por lo general temprano a la sacristía, a fin de prepararse sin apresuramientos. Y he notado que recitan cuidadosamente las oraciones al revestirse y, una vez listos, esperan, a menudo con los ojos puestos en algún crucifijo en la pared, que los acólitos acaben de preparase. Cuando suena la campana, o el reloj da la hora, tales sacerdotes están listos para ponerse en movimiento con un “Procedamus in pace” en los labios. ¡Qué profunda “onda expansiva”  produce en la sacristía y en todos los que trabajaban en ella, su actitud seria, calmada y recogida!


Compárese esto con el sacerdote que llega corriendo a último minuto, convertido en un torbellino: mira de un lado para otro, quizá dándole una rápida mirada al Ordo, procurando ganarle la carrera al reloj. Abre a toda prisa el armario y coge el alba y la casulla, casi sin tiempo para revestirse correctamente antes de salir caminando hacia la nave. ¿Dónde queda la “debida preparación” a que alude el canon 909 antes citado? ¿Se compenetran los acólitos de un verdadero espíritu de reverencia hacia esta acción, la más sagrada de todas las acciones? ¿Se dan verdaderamente cuenta de que el sacerdote está emprendiendo una acción divina de la que es, igual que ellos, absolutamente indigno, a la cual asistimos con temor y temblor? O piénsese en el otro caso, el del "Padre Bocina", cuya llegada advierten todos porque se lo puede oír hablando a voz en cuello en la sacristía, antes de la Misa, sobre el clima, o el fútbol, o algo que pasó en las noticias, o la tía enferma de alguien, o sobre cualquier “tema del día”. Podría ser incluso que estuviera dando órdenes sobre los preparativos de la liturgia, pero los modos de “generalísimo” son capaces de impedirle a cualquiera orar.


“¿Se compenetran los acólitos de un verdadero espíritu de reverencia (...)?”
(Ilustración: Servimus Unum Deum)



La verdad es bien simple: tanto el "Padre Bocina" como el "Reverendo Correcaminos" no son edificantes. Lo que necesitamos es un clero que, antes de la Misa, procure concienzudamente lograr un espíritu de recogimiento, de oración, de humildad y paz. Al fin y al cabo, ello no va en beneficio sólo de un lote desordenado y variopinto de acólitos o de fieles medio dormidos en los bancos, sino que en su propio beneficio, porque el éxito o la pérdida de su vocación se juegan en el modo como enfocan la realización del trabajo para el cual han sido elegidos. Digamos que el diablo nunca deja de prepararse para cualquier oscura tarea que se trae entre manos, y parece apuntar hacia aquéllos que se han olvidado de su propia dignidad. No debemos dejar de prepararnos para subir al monte del Señor en compañía de los ángeles.





El espacio después de la Misa

Volvámonos ahora a los momentos después de la Misa. Aunque mientras crecía en una parroquia estadounidense promedio de los años 1970 y 1980, no me tocó nunca conocer esta costumbre, comencé a fijarme, en la universidad y después, que los sacerdotes más conservadores o tradicionalistas, al volver a la sacristía, decían “Prosit” a los acólitos puestos de rodillas, y les daban la bendición. Se trata de una laudable costumbre que merece, sin duda, ser conservada donde quiera que exista, o ser recuperada si se la ha olvidado.

Pero, ¿qué debiera tener lugar a continuación? El mejor modo de responder esta pregunta es describir lo que hacía un sacerdote amigo mío, cuyo ejemplo en este aspecto fue todo lo luminoso que se puede ser. Después de dar la bendición a los acólitos, se quitaba calmadamente los paramentos (nada de bromas de sacristía y muy poco de “evaluación luego del partido”), e inmediatamente se dirigía a la iglesia, se arrodillaba a un costado, y oraba por varios minutos. A veces usaba las oraciones de acción de gracias del Missale Romanum, otras veces, no. Claramente no hacía esto para ser visto por la gente, pero la gente, a pesar de todo, lo advertía. Y así es como debiera ser. ¿Cómo podría el sacerdote que ha ofrecido el Santo Sacrificio de la Misa, el acto de adoración más sublime sobre la faz de la tierra, éxtasis de los ángeles, terror de los demonios, volver de inmediato al mundo profano, de la charla ligera, de los mensajes de texto o de voz o de los correos electrónicos, o salir a escape a hacer otras cosas (salvo el caso de una verdadera emergencia)?

 Bendición en la sacristía luego de la Misa.

El santo sacerdote a que acabo de referirme es el polo opuesto del otro que parece no poder escaparse suficientemente rápido apenas termina la Misa. Se esfuma del presbiterio o de la nave central (según haya sido la ruta de escape elegida), deja tirados los ornamentos y se escurre por la puerta antes de que uno alcance a decirle “Padre, ¿tiene un momento para confesarme?”. Para cualquier laico, esto es una experiencia desalentadora. A mí me enseñaron en la escuela primaria a quedarme un momento después de la Misa y hacer acción de gracias. ¿Por qué nuestro sacerdote, nuestro líder, no hace lo mismo? Siempre se ha dicho que el ejemplo es más elocuente que las palabras. 

Tenemos enseguida al sacerdote que piensa, obviamente, que el tiempo después de la Misa existe para hacer vida social, a veces muy larga, ya sea en el atrio o justo afuera de la puerta principal de la iglesia. No me parece que sea mala idea saludar a la gente, darle la mano y preguntarle “¿Cómo está su madre?” u otras cosas por el estilo. De hecho, los días domingo parecen ser una oportunidad especialmente apropiada para hacer ese tipo de contacto “horizontal” que debiera evitarse durante el Santo Sacrificio de la Misa. Sin embargo, cuando la bonhomía post-litúrgica adquiere tal entusiasmo y vigor que los fieles que tratan de orar en el templo pueden oír las risotadas y palmoteos que fluyen a raudales desde el atrio, o cuando la duración de la vida social impide al sacerdote hacer su acción de gracias, nos estamos enfrentando a una confusión del sentido de las prioridades.


Cuando hemos recibido al Señor en la Santa Comunión, Él está presente en nuestro interior, durante unos preciosos momentos, de modo real, verdadero, sustancial. Si estamos en estado de gracia (y no debiéramos comulgar si así no fuera), Él está siempre, espiritualmente, con nosotros. Pero no está siempre con nosotros del modo milagroso de su presencia física en la Eucaristía. Estos son momentos únicos, de una particular intimidad y amor, en que se vuelcan hacia afuera, con gran abundancia, nuestra alabanza a Dios y Sus favores, en que, sobre todo, nosotros estamos cobijados en Él y Él en nosotros. No desperdiciemos este don del Señor, y que ojalá el clero dé el ejemplo, vigoroso y sincero, de cómo regocijarnos y dar gracias. Recuerdo unas palabras atribuidas a San Pío X: “Sacerdote angelical, pueblo santo; sacerdote santo, pueblo bueno; sacerdote bueno, pueblo mediocre; sacerdote mediocre, pueblo bestial”.

Las ventajas del “Usus Antiquior”

Como reflexión final, tengo cada vez más la impresión, a través de los años, de que uno de los grandes méritos del usus antiquior es que ya tiene incorporadas la preparación y la acción de gracias. Sí: es cierto que todavía hay un pequeño espacio para ambas cosas en el Novus Ordo, pero nada comparable al salmo 42, o al “Placeat” y al Ultimo Evangelio. Con ellos uno siente que ha decididamente comenzado y decididamente terminado. Hay una transición, psicológica y espiritualmente adecuada, desde el mundo profano al sagrado, y luego desde el sagrado al profano. Y, sin embargo, paradójicamente, es entre los sacerdotes que celebran según el usus antiquior que tiendo a encontrar el mayor recogimiento y espíritu de oración tanto antes como después de la Misa. Lo cual me hace pensar que es precisamente la reducción de los rituales de preparación y acción de gracias de la forma ordinaria lo que ha causado un efecto desangrante en los tiempos anteriores y posteriores a la liturgia.

 Oraciones al pie del altar.
(Foto: Introibo!)

He aquí la razón por la que debiéramos oponernos cerradamente a toda “reforma” del Missale Romanum de 1962 que tienda a abolir las oraciones al pie del altar y el Ultimo Evangelio. Aquellos que hablan del valor del Misal de 1965 –supuesta implementación de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium– como si fuera la realización de la legítima reforma litúrgica, no han reflexionado con suficiente cuidado acerca de por qué, en primer lugar, estas partes introductorias y conclusivas se hicieron tan populares y por qué fueron luego, bajo la influencia del Espíritu Santo, incorporadas en la liturgia.