martes, 19 de enero de 2016

Sermón de Mons. Guido Pozzo durante la peregrinación Summorum Pontificum 2015

Cada año se organiza en Roma una peregrinación Summorum Pontificum para dar gracias a Dios por la restauración de la liturgia tradicional de la Iglesia merced al motu proprio de ese nombre del papa Benedicto XVI. La ocasión permite a los peregrinos estar en la Ciudad Eterna viviendo unos días de intensa unión espiritual con el Romano Pontífice y uniéndose a sus intenciones por el bien de la Iglesia y la propagación de la Fe Católica. La convocatoria para este año 2016 ya ha sido hecha, quedando todos invitados para sumarse a la peregrinación que tendrá lugar en Roma entre el 27 y el 30 de octubre, coincidiendo en esta ocasión con el Jubileo de la Misericordia convocado por el papa Francisco. Más información aquí y aquí

En la versión 2015 de esta peregrinación, S.E.R. Guido Pozzo, Secretario de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, celebró una Misa pontifical en la histórica iglesia de Santa María in Portico in Campitelli, confiada a la Orden de la Madre de Dios, a cuya labor tanto debemos los chilenos. En dicha imagen se venera a la Santísima Virgen bajo la advocación de Porto de la romana sicurezza. Aunque la bitácora El búho escrutador ya ha ofrecido parte de la homilía pronunciada en esa ocasión por monseñor Pozzo, creemos que una versión más extensa preparada de las notas tomadas por Guillaume Ferluc, de Paix Liturgique, puede ser del interés de nuestros lectores. Reproducimos aquí su traducción preparada por la Redacción.  

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 S.E.R. Mons. Guido Pozzo lee la homilía durante la Misa Pontifical
(Foto: Una Cum Papa Nostro)

Sermón de Mons. Guido Pozzo
Misa de la Peregrinación Internacional Summorum Pontificum

Santa Maria in Campitelli, Roma, 23 de octubre de 2015

(extracto)

Este año habéis nuevamente venido en peregrinación a Roma, a visitar la tumba de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, para realizar, como peregrinos, un recorrido exterior, visible, de devoción y homenaje que, sin embargo, es sobre todo un recorrido interior de fe, de búsqueda, de profundización de vuestro encuentro con el Dios Vivo.

Los tiempos que vivimos son difíciles, pero no debemos desalentarnos ni ceder a la renuncia y al pesimismo. No olvidemos que, en el contexto cultural presente, hay numerosas personas que, aunque no reconocen el don de la fe, buscan sinceramente el verdadero sentido de la vida, y que esta búsqueda es un auténtico prólogo de la fe porque encamina a estas personas por la vía que conduce al misterio de Dios.

Pero estos buscadores del espíritu experimentarán, con todo, dificultades para encontrar al verdadero Dios y a la verdadera Iglesia si nosotros mismos no somos testigos creíbles de este encuentro. Lo que el mundo especialmente necesita hoy día, es un testimonio creíble de cristianos capaces de abrir el corazón y el espíritu de los hombres a un deseo de Dios y de verdadera vida, que no termina.

La misión del cristiano no consiste solamente en comunicar un mensaje, sino también en ayudar a los hombres a encontrar al Señor para que tengan la experiencia íntima de Su amor y de Su misericordia. La invitación a salir de sí mismos para evangelizar es un breve resumen del existir cristiano. Y vuestra peregrinación a Roma es el signo concreto de que queréis salir de vosotros mismos para comunicar, a los hombres que no lo conocen o que se han apartado de El, el gozo de haber encontrado a Dios. Vuestra peregrinación debe haceros sentir como comunidad de discípulos misioneros.

El evangelio habla de un grano que, una vez sembrado, crece aun cuando el sembrador duerme (Mc., 4, 26-29). La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y durante esta peregrinación, la Iglesia es una comunidad misionera, como nos lo ha recordado el papa Francisco.

Pero surge aquí una pregunta: ¿podemos dar a los demás algo que no hayamos experimentado primero en nosotros mismos? ¿Cómo podemos ayudar a los demás a encontrar a Cristo, el Dios viviente, si previamente no lo hemos encontrado nosotros mismos, si no lo hemos conocido y si no hemos contemplado el misterio de Dios en nuestra vida?

Pero, ¿dónde podemos vivir, contemplar e interiorizar, de modo privilegiado y seguro, el encuentro con el misterio divino?

La grandeza de la liturgia consiste no en ofrecer un espectáculo espiritual, por placentero que sea, sino en dejarse tocar por el misterio de Dios que se presenta a nosotros, ya que, por nuestras solas fuerzas, no conseguiríamos jamás acercarnos a Él.

 Elevación 

La celebración de la Santa Misa según el rito romano tradicional pone en evidencia ciertos elementos y aspectos indispensables para hacernos percibir la sacralidad del rito, la presencia real de Cristo, el carácter sacrificial de la Misa que es, precisamente, el sacrificio de Cristo. Todo esto contribuye a la construcción del cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

La liturgia antigua no es una reliquia del pasado sino una realidad viva de la Iglesia, que contribuye a hacer actual el patrimonio de santidad y de oración que la Tradición nos ha transmitido.

La celebración de la Santa Misa según la liturgia tradicional nos hace también tomar conciencia, en mejor forma, de aquello que es la razón de ser de la liturgia, la adoración del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La grandeza y la fuerza de la liturgia están en educar a los fieles en la adoración: sólo en la adoración puede madurar la experiencia profunda del encuentro vivido con el Dios vivo. En el acto de adoración madura, igualmente, la misión social de la eucaristía que no sólo borra las distancias entre Dios y nosotros, sino que también destruye las fronteras que nos separan a unos de otros y que impiden la reconciliación fraternal y el entendimiento entre los hombres.

Durante vuestra peregrinación romana, ahora que está a punto de inaugurarse el Año Jubilar de la Misericordia, proclamad en voz alta la profesión de nuestra fe católica. Creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Fortalecidos con esta segura confianza, nos confiamos a Él: Cristo, presente en medio de nosotros, vence el poder del Maligno, mientras la Iglesia, como comunidad visible de su misericordia, se nos presenta como signo de nuestra reconciliación definitiva con el Padre.

En este santo templo, dedicado a la Virgen protectora, comprendemos cómo el Señor ha querido permanecer en el templo que es María y ofrecer así, al mundo entero, una casa, casa que es la fe, que tiene como modelo a María, la madre de todos los creyentes. Es la fe la que nos ofrece una verdadera morada en este mundo y que nos reúne en la Iglesia, donde todos somos hermanos y hermanas.

 Inciensación del icono de Nuestra Señora de Campitelli
(Foto: François Pierre-Louis)

Pidamos a la Santísima Virgen que mire con ternura nuestras almas y nuestras familias a fin de que, como peregrinos, aprendamos, de esta peregrinación, a continuar nuestro camino hacia la morada definitiva, hacia la Ciudad eterna, hacia el gozo de nuestra Patria celestial. Amén.


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Como Redacción, sólo nos resta agregar que los próximos 1° y 2 de febrero se celebrará en la iglesia de Santa María in Portico in Campitelli la memoria del patrocinio de la Santísima Virgen, cuyo icono se conserva en el altar mayor. Presidirán los oficios el cardenal Raymond Leo Burke y el cardenal Ennio Antonelli, ambos varias veces referido en esta bitácora. Puede verse aquí la nota de prensa al respecto. 

sábado, 16 de enero de 2016

Los accesorios del altar (IV)

En el altar y encima del ara se extiende el corporal, sobre el cual descansa el cáliz y a su tiempo la hostia y el copón. Ellos contienen la materia del sacramento de la Eucaristía, que son, por institución de Cristo, el pan y el vino mezclado con agua (OGMR 319). 


Sacerdote celebrando la Santa Misa según la forma extraordinaria

El corporal es un trozo de lino o cáñamo, generalmente cuadrado y de unos 50 centímetros por cada lado, que recibe este nombre por su contacto inmediato con el Cuerpo de Cristo, dado que sobre él reposan las oblatas que serán consagradas en la Sana Misa o bien el Santísimo Sacramento que usa durante la adoración y bendición. Esta función, así como el hecho de ser uno de los paramentos de más antigua data (su uso está documentado al menos desde el siglo IV), ha traído consigo que sea considerado un símbolo de la sábana donde fue envuelto Jesús en el sepulcro (Mt 27, 59; Mc 15, 46; Lc 23, 53), la cual, según la tradición, se conserva y venera en la catedral de Turín. Por el uso que recibe, conviene que no tenga bordada una cruz u otro adorno ni en el centro ni en ninguna parte de su cara delantera , para permitir al celebrante recoger de mejor manera las partículas. Cabe recordar que en España y sus reinos de Ultramar existía la práctica de desplegar no uno sino dos corporales: el «verdadero» de lino sencillo y otro un poco mayor muy almidonado con bordados y profusión de encajes. 

El corporal se lleva al altar doblado en nueve partes dentro de una bolsa del color de los ornamentos del día, costumbre que se ha ido perdiendo. Esta bolsa es una especie de carpeta formada por dos piezas de cartón de forma cuadrada, unidas y forradas generalmente con la misma tela del terno vestido por los ministros. 

Paños sagrados 
(Ilustración: La Misa de Siempre)

El copón, píxide o ciborio es un recipiente con tapa en que se conservan las Sagradas Hostias, para poder llevarlas a los enfermos (generalmente a través de una caja más pequeña llamada teca) y emplearlas en las ceremonias de culto. En la actualidad, los copones suelen ser de menos estatura y con una forma distinto que los cálices para distinguirlos de ellos. De ser más de uno los copones con formas a consagrar, habrán de extenderse sobre el altar uno o más corporales suplementarios, dado que los vasos sagrados no pueden estar posados ni siquiera un milímetro directamente sobre el mantel (cfr. también OGMR 248  249). 

La patena es uno de los vasos sagrados más importantes (OGMR 327), que consiste en un platillo de oro o plata o de otro metal, dorado, en el cual se pone la hostia antes y después de consagrada. Previo al Ofertorio y tras la Consagración va cubierta por un pedazo de lienzo circular y que se llama también hijuelaEs curioso que los términos hijuela y palia se usan, según las regiones, para referirse ya a la palia que cubre el cáliz (paño cuadrado), ya a la palia que cubre la patena (paño circular), lo que causa confusión al leer algunos manuales de ceremonias antiguos. Propiamente, conviene reservar este término para el último uso señalado. Las hijuelas las hay acartonadas y sin acartonar. Para las hostias que serán consagradas puede utilizarse provechosamente una patena más amplia en la que se ponga el pan, tanto para el sacerdote y el diácono, como para los demás ministros y para los fieles (OGMR 331).

La hijuela o palia redonda con una presilla o botoncito es uso exclusivo de España y sus antiguos provincias ultramarinas. Se cubre con ella la hostia en la patena hasta el ofertorio. Su origen puede ser el siguiente: la palia cuadrada en España era de reducidas dimensiones, a menudo sin acartonar, y se colocaba dentro del corporal doblado, de manera que al desplegarlo quedaba en el cuadrante medio derecho. Nunca salía la palia del corporal, sin duda por respeto, al haber estado en contacto con la Sangre de Cristo que tras la sunción podría haber quedado en el borde de la copa del cáliz. Siendo impensable cubrir la hostia directamente con el velo del cáliz, se ideó esta hijuela para protegerla hasta el Ofertorio. 

El pan (la hostia) debe ser de harina pura de trigo, sin mezcla de ninguna sustancia extraña, y ácimo (OGMR 320). La harina con que se lo prepara ha de ser reciente (OGMR 320), y las hostias se renovarán con la frecuencia ordenada por el Ordinario (OGMR 323). 

La naturaleza misma del signo sacramental exige que la materia de la celebración eucarística aparezca verdaderamente como alimento. Por eso, conviene que el pan eucarístico, aunque sea ácimo y elaborado en la forma tradicional, se haga de tal forma, que el sacerdote en la Santa Misa celebrada con pueblo, pueda realmente partir la Hostia en varias partes y distribuirlas, por lo menos a algunos fieles, sin que de ningún modo se excluyen las hostias pequeñas, cuando lo exija el número de los que van a recibir la Sagrada Comunión y otras razones pastorales (OGMR 321). 


Vasos sagrados
(Ilustración: La Misa de Siempre)

Junto a la patena, el cáliz es un el más importante de los vaso sagrados, pues sobre él se vierte el vino que se transubstanciará en la Sangre de Cristo (OGMR 327). Es un recipiente en forma de copa alta con ancha apertura, que recuerda a aquel humilde vaso que Jesús utilizó en la Última Cena para realizar la primera consagración eucarística. Nos recuerda ciertos pasajes bíblicos en los cuales Nuestro Señor asocia a sí mismo y de una nueva manera el uso de una copa: los discípulos "tomarán de la copa que Jesús tomará" (Mc 10, 38);  en la Última Cena les da a beber de la la copa que contenía vino que "es Su Sangre" (Mt 26, 27-28; Mc 14, 24; Lc 23, 17-18), y en Getsemaní ora para que, si es posible, se aparte de él "la copa" (Mt 26, 39; Mc 14, 36; Lc 23, 42).

Históricamente, los cálices para el servicio del altar se clasifican en tres tipos: (i) consagrados o sacrificiales, que son aquellos que se emplean en la liturgia; (ii) ministeriales, que servían para administrar a los fieles la comunión bajo la especie de vino; y (iii) ofertorios, que tenían por objeto reunir el vino que los fieles entregaban en el Ofertorio de la Misa. De ellos, sólo la primera función se conserva en la actualidad. 

De igual modo, su forma, materia y estilo han variado mucho en el curso de la historia. El material en que están fabricados los cálices fue muy diverso en los primeros siglos, empleándose de igual forma la plata, el oro, la piedra ágata, el vidrio, el cuerno y la madera, según los recursos de las Iglesias o de los donantes. Pero ya a mediados del siglo IX el papa León IV (847-855) prohibió los de madera, plomo y vidrio, bastante raros ya desde el siglo VII, y a principios del XIII se suprimieron todos los que no tuvieran la copa de oro, plata o estaño, quedando también excluido este último metal en la época moderna (OGMR 328). Hoy, y bajo ciertas condiciones, pueden ser también de ciertas maderas nobles (OGMR 329), con la condición que que el material, cualquiera que éste fuere, no absorba líquidos (OGMR 330).

La palia es una pieza de tela cuadrada, de unos 12 centímetros por lado, y reforzada generalmente con cartón, madera o plástico duro en el interior. De uso opcional, ella se utiliza para cubrir el cáliz durante la Santa Misa y proteger su contenido del polvo, insectos, etcétera. Si tiene forma redonda se la llama hijuela. Puede estar decorada en su cara superior. Su origen proviene del doble uso que tenía en su origen el corporal y que todavía conservan los cartujos en su rito propio. Éste era cuadrado o rectangular y se doblaba de forma que en su parte delantera contuviese la hostia, y la parte posterior pudiese doblarse para cubrir el cáliz. Al parecer desde el siglo XVI, esta segunda función pasó a ser cumplida por un trozo de tela cuadrado, generalmente reforzado con almidón, quedando el corporal reservado para que sobre él (y no sobre la patena, como hoy) se dispusiese la hostia que debía transubstanciarse durante la Misa en el Cuerpo de Nuestro Señor.

El vino ha de ser natural y puro de vid, sin mezcla de otras sustancias, y no corrompido (canon 924 § 3 CIC). El sacerdote, al Ofertorio, mezcla en el cáliz una pequeña cantidad de agua (canon 924 § 1 CIC), ya directamente desde la vinajera, ya ayudado por una pequeña cucharilla.

Es privilegio hispánico que el cáliz pueda estar preparado de antemano sobre el altar para las misas rezadas, ya extendido sobre los corporales, el misal abierto y registrado. Pueden asimismo ponerse el vino y el agua inmediatamente antes de iniciar la Santa Misa, como ocurre en en el rito dominicano.

Exquisita diligencia han de poner los que preparan las hostias y el vino para la celebración del Santo Sacrificio de la Misa, pues toda adulteración es ilícita, y puede ser tal, que comprometa la validez misma del sacramento (canon 924 CIC). Por cierto, está terminantemente prohibido, aun en caso de extrema necesidad, consagrar una materia sin la otra, o ambas fuera de la celebración eucarística (canon 927 CIC). De hecho, si después de la consagración o cuando toma la Comunión, el sacerdote advierte que no había sido vino lo que había vertido, sino agua, dejada ésta en un vaso, ha de verter en el cáliz vino y agua, y lo consagrará, diciendo la parte de la narración que corresponde a la consagración del cáliz, pero sin que sea obligado a consagrar de nuevo el pan (OGMR 324). 

 Preparación del cáliz
(Ilustración: La Misa de Siempre)

Al preparar el cáliz, se coloca sobre la copa el purificador, un lienzo de lino o cáñamo que sirve para enjugar su interior y limpiar los dedos del celebrante. Se suele plegar longitudinalmente en tres partes. Encima de él, se dispone la patena con la hostia de mayor tamaño, cubierta con la hijuela, y todo ello con el velo del cáliz (llamado por eso también cubrecáliz), que será del color litúrgico del día. Sobre este velo se deposita la bolsa que contiene el corporal plegado en nueve cuadrados iguales, según se ha dicho, también del color litúrgico que corresponda, sobre la que no debe llevarse ninguna cosa (permiten algunos que excepcionalmente se ponga encima la llave del sagrario o la caja que la contiene). 

El turíbulo o incensario es un brasero pequeño con cadenillas y tapa, que sirve para incensar. Dentro de él y merced a un carbón previamente encendido arde el incienso, que es una gomorresina en forma de lágrimas, de color amarillo blanquecino o rojizo, fractura lustrosa, sabor acre y olor aromático al arder. Proviene de árboles de la familia de las Burseráceas, originarios de Arabia, de la India y de África, y se quema en las ceremonias religiosas. Una vez bendecido es un sacramental. La quema del incienso significa celo y fervor; su fragancia: virtud; el humo que se eleva: las oraciones del Pueblo de Dios que ascienden al Cielo. Se usa en la Santa Misa para el libro de los Evangelios, el altar, la feligresía, los ministros y el pan y el vino. Se usa también en la bendición con el Santísimo y en procesiones. El incienso se guarda en una naveta provista de una cucharilla, con la que el ministro lo vierte dentro del turíbulo. 

Los portadores de incensarios durante la Santa Misa se llaman turiferariosEn España e Hispanoamérica existe el privilegio de que quien oficia de turiferario que no sea diácono. De esta manera, un acólito puede incensar al coro y a los ministros en la Misa solemne. Naturalmente, el diácono es quien inciensa al celebrante.

 Turíbulo o inciensario

Otro elemento material de la liturgia es el agua bendita. Consiste ésta en un sacramental obtenido a partir de la bendición que un presbítero, obispo o diácono hace del agua contenida en un recipiente para propósitos de bautismo y otros rituales y prácticas religiosas. La tradición dice que fue el papa san Alejandro I († 115) quien instituyó el uso del agua bendita, a la que había que añadir sal, para purificar las casas cristianas. Como todo sacramental, el agua bendita representa un signo sagrado instituido por la Iglesia cuyo fin es preparar a los hombres para recibir el fruto de los sacramentos y santificar las diversas circunstancias de la vida, en este caso, aplicando sobre las personas y cosas asperjadas la bendición recibida en su momento por dicho elemento material de parte de un ministro instituido (CEC 1668, 1671 y 1677). El agua bendita es un recuerdo del bautismo (CEC 1668), sacramento por el cual una persona se incorpora espiritual y jurídicamente a la Iglesia (cánones 204 y 849 CIC). Tiene especial importancia en el rito preparatorio de la Santa Misa  dominical conocido como asperges o aspersión, también existente en la forma ordinaria (OGMR 51).  

El agua bendita se asperge mediante el acetre y el hisopo. El acetre es un caldero pequeño en que se lleva el agua bendita para las aspersiones litúrgicas. Dentro de él descansa el hisopo, que es el utensilio usado para dar o esparcir agua bendita, consistente en un mango de madera o metal, con frecuencia de plata, que lleva en su extremo un manojo de cerdas o una bola metálica hueca y agujereada, en cuyo interior hay alguna materia que retiene el agua.

Acetre e hisopo


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Actualización [10 de julio de 2017]: La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha hecho pública una carta circular dirigida a los obispos sobre ciertos aspectos que deben cuidarse en relación con el pan y el vino que se utilizan en la Santa Misa. Ahí se dice, por ejemplo, que las hostias sin gluten no sirven para ser consagradas, pero sí el mosto de uva, en caso necesario, si no se ha cambiado "su naturaleza". Incluso las materias primas pueden provenir de cultivos modificados genéticamente. El documento sugiere que los obispos pueden crear un sello de calidad que garantice la fidelidad del producto de acuerdo a las normas de la Iglesia. La versión castellana de su texto puede ser consultada aquí.

jueves, 14 de enero de 2016

Misa de Réquiem tradicional para Gabriela Mistral

El pasado 10 de enero, quincuagésimo noveno aniversario de su muerte, se celebró en la iglesia de la Inmaculada Concepción de María de la ciudad de Vicuña (Chile) una Misa de Réquiem en la forma tradicional del rito romano por el descanso eterno del alma de la gran poetisa chilena y premio Nobel de Literatura (1945) Gabriela Mistral, nacida en dicha ciudad en 1889 como Lucila Godoy Alcayaga y fallecida en 1957 en Nueva York.

 Gabriela Mistral

Son innumerables los poemas de Gabriela Mistral que dan cuenta de una profunda religiosidad. La poetisa se sintió durante su vida especialmente cercana a la espiritualidad franciscana y a la figura de San Francisco de Asís, uniéndose en 1924 durante un viaje a Asís a la Tercera Orden Franciscana. Dirá en una entrevista: "Yo era mística. Soy ahora católica y más aún, pertenezco a la Orden Tercera de San Francisco". Ya en Desolación (1922) canta su predilección por el Poverello ("Yo vi a Francisco, a aquel fino, como las rosas,/ pasar por su campiña mas leve que un aliento,/ besando el lirio abierto y el pecho purulento,/ por besar al Señor que duerme entre las cosas") y le dedicará posteriormente un libro completo, sus Motivos de San Francisco, publicado póstumamente en 1965. Fue su última voluntad el ser sepultada amortajada con el hábito franciscano y le entregó la custodia de parte de su legado a la Orden Franciscana en Chile, incluida la medalla y el pergamino del Nobel, los que se encuentran en el Museo Franciscano de Santiago.

 José de Ribera, San Francisco en éxtasis (1639)

Reproducimos a continuación para nuestros lectores la nota que publicó el periódico local El Vicuñense sobre la Misa de Réquiem. Un video con un reportaje preparado por la agencia Mazimagen puede verse aquí. El video de la homilía pronunciada durante la Misa está disponible aquí.


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El Vicuñense. Con gran asistencia de feligreses se desarrolló este sábado 9 de enero, una Misa de Réquiem para conmemorar 59 años desde el fallecimiento de Lucila de María Godoy Alcayaga, Gabriela Mistral, evento que tuvo lugar en la Iglesia Inmaculada Concepción de María de la ciudad de Vicuña.

 Iglesia de la Inmaculada Concepción de Vicuña


El evento fue organizado por el Museo Gabriela Mistral, la agrupación cultural Elqui-Jote, la municipalidad de Vicuña y la parroquia de la comuna elquina.


La misa realizada en latín, fue oficiada por el párroco de Algarrobito, presbítero Carlos Bolelli. Se llevó a cabo con la premisa de recordar el 59º aniversario del fallecimiento de Gabriela Mistral, ocurrido el 10 de enero de 1957 en Nueva York. “Los organizadores solicitaron esta forma extraordinaria de realizar la misa, tal como ocurrió aquel año y fue cantada íntegramente en latín (canto gregoriano), esto atrae notoriamente al valor de la vida espiritual y a la mística de la oración el poder tener estos espacios de silencio, de oración y de recogimiento tan profundo”, sostuvo.


Por su parte, Hernán Geisse, Director Ejecutivo de la Agrupación Elqui-Jote, resaltó la importancia de este evento realizado en memoria de Gabriela Mistral. “Siempre hemos tenido en cuenta la espiritualidad de Gabriela, hay registros de su hermana Emelina que dejó pagadas misas gregorianas para encomendar el alma de Mistral al señor, por lo mismo nosotros hemos querido rememorar aquello, con una misa de Requiem, que fue la forma en la que se despidieron los restos mortales de Lucila Godoy”, explicó.

En la ocasión y para quienes no estaban familiarizados con el ceremonial en latín, se dispuso de textos o misales para seguir esta tradicional eucaristía. Participaron en esta misa damas vestidas con velos y mantillas negras, tal como se usaba en aquellos días en que la muerte de Mistral sacudió a los amantes de las letras y los vecinos del valle elquino.


 Inciensación del catafalco durante la Misa de Réquiem
(Foto: El Vicuñense)


Una de ellas fue la concejala Miriam Rojas, para quien fue una ceremonia muy hermosa en recuerdo de esta gran mujer elquina. “Para mí ha sido maravilloso, es primera vez que participó en este tipo de misa, quise venir con este velo negro, tal como lo decía la invitación, muy orgullosa de haber participado de este evento”, dijo la concejala.

Para el Alcalde de Vicuña, Rafael Vera, fue una muy hermosa forma de recordar una noticia que hace 59 años fue terrible para nuestro país. “Es de esas noticias que a nadie le gusta escuchar. Se nos había ido una mujer de mucha importancia para la historia de Chile y el mundo. Esta misa ha sido bellísima, tuvimos el privilegio de vivirla en latín, tal como ocurrió hace 59 años”, dijo el edil.

Posterior al oficio religioso, se exhibió un video realizado por el equipo del Museo Gabriela Mistral que rememora las diferentes reacciones de la sociedad y la prensa tras el anuncio de la muerte de Gabriela Mistral, en enero de 1957, además de un recuerdo de sus exequias en Nueva York, Santiago, Vicuña y Montegrande.

domingo, 10 de enero de 2016

Diecisiete consejos prácticos para aprovechar mejor la Santa Misa

El sitio Religion en libertad ofrece un artículo sobre el reciente libro de Fernando Poyatos, donde se entregan algunos consejos prácticos para aprovechar mejor la asistencia a la Santa Misa. Ciertamente, el autor se refiere a la Santa Misa según la forma ordinaria del rito romano, pero los consejos que da son válidos para cualquier celebración. 

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Hay quien a lo largo de su vida ha asistido a Misa todos los domingos, e incluso todos los días, "sin reconocer que lo que en ella ocurre tenía que tocar siempre su corazón".


Que eso cambie es uno de los objetivos de Fernando Poyatos, quien ya en otras ocasiones ha compartido sus reflexiones espirituales con los lectores de ReL. Ha sido catedrático en la Universidad de New Brunswick y durante muchos años agente laico de Pastoral de la Salud en Canadá y en España. Además de su labor profesional sanitaria, colabora en revistas como Phase, una de las más importantes en España en el ámbito litúrgico, o Dolentium Hominum, que edita el Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud. 

Su inquietud como escritor le ha llevado a elaborar sus propios materiales para la pastoral litúrgica, prebautismal o de enfermos, y algo de todo ello ha cuajado en su última obra,"Quédate con nosotros, Señor". Para una experiencia plena de la Santa Misa (Ediciones de Buena Tinta).


Es una completa guía para conocer y vivir la Misa católica, no sólo destinada a quienes ya lo hacen, sino a quienes la ignoran. Va siguiendo paso por paso las oraciones del ordinario de sacerdote y fieles, explicadas de forma que no sólo conocemos qué sucede cuando se elevan al cielo, sino cómo y por qué sucede, con todas sus implicaciones teológicas. 

De su lectura es posible extraer algunos consejos muy prácticos, y que sólo dependen de nosotros mismos, para extraer todo su fruto al misterio y milagro de la celebración eucarística. Nos centramos en los destinados a los laicos, pero los hay también en Quédate con nosotros, Señor para los sacerdotes. 

Fernando Poyatos, autor de Quédate con nosotros, Señor.

SE trata de cambios de actitud exterior e interior que nos predisponen mejor (hagan lo que hagan los demás, incluido el sacerdote) para que nuestro corazón sea tocado por el misterio de la liturgia.

1. Respetar la integridad de la celebración. 

La puntualidad no es sólo una cortesía sino una obligación. Para ir al cine somos puntuales porque consideramos importante también el principio. ¿Va a ser menos la Misa? "No reconocemos la importancia teológica de cuanto ocurre desde el mismo saludo inicial del sacerdote, ni la gravedad de perdernos lo que Dios estaba ya diciéndonos".

2. Respetar al sacerdote. 

Con algo tan simple como, al finalizar la celebración, no movernos de nuestro lugar hasta que él haya abandonado el altar. Tal desaire no se hace sólo al presbítero. "Esta actitud de impaciencia refleja un deseo de ausentarnos cuanto antes... cumplir (o eso creemos) con el precepto de Dios lo más rápidamente posible y pasar a otras cosas que no esperan".

3. Santiguarnos con agua bendita. 

Si la hay, claro. En tal caso, usar este sacramental e incluso compartirlo con quien viene detrás. No como gesto vacío, sino "pidiendo a nuestra Trinidad que nos purifique y libere de todo lo que podamos traer que, no siendo de Dios, pueda dañarnos y distraernos, para que nos disponga para nuestra cita con Él".

4. Genuflexión ante Jesús Sacramentado. 

No sólo porque merece ese gesto de adoración, sino porque nos prepara a la importancia de lo que va a suceder minutos después, pues así "estamos reconociendo la permanente presencia eucarística de nuestro Salvador en el tabernáculo de cualquier iglesia del mundo, el mismo Cristo que recibimos en la Comunión".

5. Juntarnos a los demás y situarnos cerca del altar. 

Es frecuente intentar colocarse en un lugar alejado del resto de fieles, sobre todo si no se les conoce. Y a todos es familiar la imagen de una ristra de bancos vacíos entre el altar y los primeros asistentes. "Es un deber moral ante Cristo -que nos reúne en su casa para compartir su Sacrificio con nosotros sus hermanos- precisamente ponernos cerca de quienes ya estén allí, y a partir de los primeros bancos, alrededor del altar. Tengamos la fraterna cortesía cristiana de reconocer la presencia de los hermanos a cuyo lado nos sentamos... y la delicadeza cristiana de no sentarnos sin siquiera mirar a quien tenemos al lado".

6. Reconocer la importancia del altar. 

Y, cuando no proceda la genuflexión por coincidir su ubicación con la del sagrario, "nunca dejar de venerarlo haciendo una profunda y pausada inclinación desde la cintura, no simplemente de cabeza".

7. Un examen preparatorio. 

Para esto es preciso, lógicamente, haber llegado con unos minutos de anticipación. Bastan algunas reflexiones: "¿Cuál es mi motivación?... ¿Traigo conmigo cosas que me abruman o van a distraerme, sean buenas o malas?". Y la más importante: si no estamos en disposición de comulgar, "acercarme al confesionario antes de empezar y quedarme tranquilo con la absolución que Dios me dará a través de su ministro".

8. Vivir conscientemente el acto penitencial. 

Que no sea rutinario: "Debemos desear sinceramente purificarnos de cuantas faltas necesitemos deshacernos antes de presentarnos ante Dios y así abrirnos conscientemente (nunca recitándolo mecánicamente) a cuantos favores quiera él concedernos, física, emocional o espiritualmente, a través de la Palabra y la Eucaristía".

9. Escuchar atentamente la Palabra. 

Parece algo obvio, pero es donde las distracciones son más frecuentes. Poyatos realza los porqués de una escucha particularmente atenta: "Debemos desear que lo que el Señor tiene que decirnos a través de sus Escrituras toque nuestro corazón y el de nuestros hermanos... Prestemos a la Palabra la reverente atención que merece su proclamación, y no dejemos que nada ni nadie nos distraiga, que es Dios quien nos está hablando".

10. Repensar la homilía. 

Para muchos fieles, es una parte de la Misa determinante de que ésta guste o no guste. Pero más allá de eso, que no depende del laico, lo que el sacerdote dice lo dice "con autoridad", y por eso siempre es aconsejable, de forma inmediata (sobre todo si se deja un breve silencio para ello), repasar brevemente lo que acabamos de oír, de donde "podemos también sacar una aplicación para cada uno de nosotros".

11. ¡Ojo con el ofertorio! 

La Misa es un sacrificio, y por tanto la ofrenda es un momento esencial. Pero por su ubicación entre la tensión de la homilía y el inminente momento cumbre de la consagración, y porque es donde suele hacerse la colecta económica, "esos minutos pueden convertirse indebidamente en una simple laguna o pausa en mitad de la liturgia, como un breve descanso". Hay que reaccionar para que no sea así, y asociarnos a lo que el sacerdote hace en el altar.

12. ¿Cuánto dar? 

Aquí Poyatos cede la palabra a quien será (desde el próximo 4 de septiembre) Santa Teresa de Calcuta: "Tenéis que dar hasta que os duela y luego continuar dando hasta que deje de doleros".

13. Arrodillarse (al menos) en la Consagración. 

"Por medio del sacerdote, ministro y representante de Cristo, va a obrarse el milagro mayor que jamás pudo imaginar la humanidad, el regalo para nosotros cuyo precio fue la muerte en la cruz de Dios Hijo, de Jesucristo, por cada uno de los que estamos presentes: el pan y el vino van a transformarse en su Cuerpo y Sangre, junto con su alma y divinidad, toda su persona. ¿Es que es posible asistir a algo así en otra actitud que no sea de adoración?".

14. Las siete peticiones del Padrenuestro. 

Es una oración tan habitual que podemos convertirla en intrascendente. Sin embargo contiene elementos suficientes para que, meditada convenientemente (y la Misa es el momento perfecto para hacerlo), se convierta en "un buen examen de conciencia", y justo antes de comulgar.

15. Al dar la paz... 

Vivimos adecuadamente es rito "no solo deseándoles la paz de verdad, sino rezando en ese momento por ellos mentalmente".

16. "No soy digno". 

Lo decimos antes de comulgar, ¡y es verdad! Por eso Poyatos recuerda el "silencioso recogimiento" previo a ese momento, pues "el fruto que recibamos estará en proporción directa a nuestra disponibilidad y preparación". Y añade incluso que ese instante es "el único en que debemos aislarnos de los hermanos y recogernos en nosotros mismos".

17. Un poquito más marca la diferencia. 

"Es bueno, si podemos, quedarse unos momentos en la iglesia después de la Misa, mejor aún en la capilla del Santísimo, ante el sagrario, es decir, con el Señor y con nosotros mismos. Y allí, con Él a solas, tratar de ver qué ha hecho en nosotros esta celebración eucarística, si nos ha afectado en algo".

"Quédate con nosotros, Señor" sienta así las bases para que la asistencia a Misa produzca los frutos y bienes para los que fue instituido el santo sacrificio del altar. Y siempre teniendo en cuenta que esta obra no es un recetario, sino una completa aproximación teológica y didáctica a todos los ritos de la misa, y un trabajo completado en sus apéndices y esquemas con una nutrida información útil sobre denominación y origen de los distintos objetos sagrados, vestiduras sagradas y libros sagrados, descripción y explicación del año litúrgico.

Actualización [2 de septiembre de 2016]: compartimos con nuestros lectores dos videos (aquí y aquí) del P. Jonathan Romanoski, sacerdote de la FSSP residente en México, los que esperamos puedan ser de ayuda a los fieles para aprovechar mejor la Santa Misa.

jueves, 7 de enero de 2016

La reforma litúrgica (anexo)

Para cerrar la serie sobre la reforma litúrgica preparada a partir de la conferencia impartida en julio de 2015 por el Dr. Augusto Merino en el I Congreso Summorum Pontificum celebrado en Santiago de Chile, ofrecemos a nuestros lectores un anexo a la conferencia, redactado por el mismo autor, que contiene interesante información.

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La reforma litúrgica (anexo)
La supresión de elementos en la liturgia

Prof. Augusto Merino Medina


A. Un listado no taxativo de los elementos suprimidos por la “Misa Normativa”, que dio posteriormente origen a la hoy llamada “forma ordinaria”, y de otros que se realizaron más tarde, debería incluir los siguientes:

1) De las 14 genuflexiones de la Misa anterior, sólo se conservaron 3.

2) Se suprimió la rúbrica según la cual el sacerdote debía mantener unidos el índice y el pulgar después de la consagración del pan (y también, la posterior purificación de los dedos).

 Ilustración de una revista de 1959
(Foto tomada de Adelante la Fe)

3) La distribución de la comunión ya no es hecha exclusivamente por el celebrante, sino por simples laicos, de uno u otro sexo.

4) La recepción de la comunión dejó de hacerse de rodillas y en la lengua, y se la comenzó a hacerse de pie y en la mano en virtud de un indulto que por su extendida utilización acabó siendo la regla general. 

5) Se suprimieron los tres signos de la cruz sobre o con las oblatas en la “preparación de los dones”, que reemplazó al Ofertorio.

6) De los 24 signos de la cruz sobre las oblatas que señalaba el Canon Romano, no quedó más que una en las cuatro “plegarias eucarísticas” aprobadas, incluyendo la primera.

7) Se suprimieron los 3 signos de la cruz que se hacían en la preparación del celebrante para comulgar, y se suprimieron además los signos de la cruz hechos con las especies sagradas al comulgar el celebrante y al dar la comunión a los fieles.

8) Se separó el altar del sagrario, para realzar el nuevo significado de “mesa de la cena” que se le quiso dar ahora.

9) Se suprimió la reserva a los ministros sagrados de las lecturas de la Sagrada Escritura, separando visiblemente éstas del papel que a su respecto desempeña el Magisterio de la Iglesia, representado por el celebrante (véase el artículo que publicamos aquí sobre este tema).


10) De las más de 10 veces que en el ofertorio y el canon se suplicaba a Dios que “aceptara” o “recibiera” la ofrendas del celebrante que se reconocía como “indigno”, no quedó prácticamente ninguna.

11) Del mismo modo la expresión “por nuestro Señor Jesucristo”, que abundaba anteriormente, se suprimió casi del todo en las plegarias eucarísticas.

12) Se suprimió la mayor parte de las 200 oraciones con las que el misal anterior invocaba el mérito de los santos, quedando sólo 3 de ellas en carácter obligatorias en el año litúrgico.

13) Las oraciones para ser “purificados de los pecados”, frecuentes en el misal anterior (10 veces sólo en el santoral de agosto), quedaron reducidas a unas cuantas en las misas feriales de cuaresma.

14) Al orar por los difuntos en la Misa, se suprimió toda mención de las penas que pueden estar sufriendo en el Purgatorio.

15) En relación con este mismo punto, se suprimió la secuencia Dies Irae, y el tracto y la antífona del Ofertorio de la misa de difuntos del misal tradicional.

16) Pese a la indicación de las rúbricas latinas, la Misa dejó de celebrarse “ad orientem” o “coram Deo” (véase el artículo que publicamos aquí sobre este tema).

Celebración versus populum de la Misa del Ordo de 1965
(Foto: The Saint Bede Studio Blog)

17) Aunque la autorización de reemplazar el latín por las lenguas vernáculas fue restrictiva, en la práctica el reemplazo terminó siendo la norma general, quedando el latín enteramente abandonado, mediante el expediente de dejar entregada la decisión a los obispos, quienes invariablemente han creído mejor suprimirlo.

18) La práctica acabo por reemplazar en muchos lugares los ornamentos sacerdotales sólo por un alba y una estola, sin prohibición expresa en sentido contrario.

Ahora bien, no se escribieron nuevas rúbricas que prohibieran muchos de estos elementos, sino que, al reescribirse los libros litúrgicos, simplemente no se los incluyó (como el gesto de juntar los dedos después de la consagración, o las genuflexiones), salvo algunas pocas excepciones de expresa supresión. En esto se advierte un criterio general de las reformas efectuadas: supresión, silenciamiento, omisión.

Ninguno de estos cambios carece de consecuencias, ninguno es mudo, todos ellos dicen algo. Y lo primero que dicen es que se desenfatiza la sacralidad de la Santa Misa, que es esencialmente acción de Cristo (basta pensar en la supresión de las genuflexiones, numerosas en el rito anterior). Por cierto, dicen también que la importancia de la Tradición es menor.

B. La supresión más importante, con todo, es la del Ofertorio que fue, al parecer, considerado una “duplicación” del Canon Romano, lo que lo hacía caer bajo la norma del núm. 50 de la SC. Sin embargo, un estudio de los ritos de las iglesias ortodoxas nos muestra que en ellas el rito equivalente a nuestro “Ofertorio” tiene una enorme importancia. Y no se trata, como parecen haberlo creído ciertos liturgistas asesores del Concilio, de un “pequeño Canon” que no hace más que duplicar por anticipado lo que tenía lugar, propiamente, en el Canon mismo. Se trata más bien de lo que puede llamarse “prolepsis”, una figura que consiste en dar a una cosa un nombre antes de que el nombre le pertenezca. En otros términos, se trata de un discurso –en este caso, una larga oración- que va procediendo en círculos o avanzando en espiral, con traslapo o superposición de elementos. Esto resulta realmente irritante para la ilustrada mentalidad rectilínea, propia de la modernidad, que imperó en los cambios litúrgicos del Concilio. Si pudiéramos recurrir a un símil para explicar esta idea, diríamos que la liturgia multisecular de la Iglesia fue siempre polifónica, según un esquema que está tan bien representado por Bach en la música, en tanto que la mentalidad del “siglo de las luces” sólo gusta de la claridad de una única línea melódica, según el modelo bien conocido de la música de Mozart. 

 Ofertorio de la Misa tradicional

En relación con este importantísimo tema, se sugiere leer en el sitio The New Liturgical Movement una serie de artículos que ha publicado, a partir de febrero de 2014,Gregory DiPippo, en especial los núm. 4 y 6. 

C. La Misa tridentina como tal nunca fue, en cambio, suprimida ni por el Concilio ni por Pablo VI. En la Iglesia tradicionalmente no se ha suprimido jamás rito alguno de los muchos que han coexistido en diferentes épocas (la Iglesia jamás ha exigido uniformidad en estas materias, sino unidad de contenido esencial). Y ello se explica por cuanto la mera aceptación de un rito supone la aceptación de la teología en él vaciada. No hay campo en este terreno para “corrección” de desviaciones, porque ello supondría que los ritos suprimidos eran heterodoxos, lo cual sugeriría, a su vez, que la indefectibilidad de la Iglesia no existe. Los ritos que han desaparecido lo han hecho por simple desuso. En relación con esto es importante recordar lo declarado en el núm. 4 de la SC: “Por último, el Sacrosanto Concilio, ateniéndose fielmente a la tradición, declara que la Santa Madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los Ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios”.

El verdadero encarnizamiento que, a veces, se advierte en los partidarios de la “forma ordinaria” en su intento de impedir que se celebre la “forma extraordinaria” es un fenómeno nuevo, propio de fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI. No es de extrañar, pues, que el motu proprio Summorum Pontificum haya recordado que la Misa tridentina no estaba en absoluto abrogada y puede, por tanto, celebrarse.