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martes, 14 de marzo de 2017

Instrucciones para introducir buena música católica en una parroquia

Les ofrecemos a continuación la traducción de un artículo escrito por David Clayton para New Liturgical Movement, el cual contiene algunas instrucciones para introducir buena música sagrada en las parroquias. El texto es, entonces, la continuación de otro que hemos publicado previamente (véase aquí) y que versaba sobre la relación existente entre los cantorales y la disminución de la asistencia a la Misa parroquial. El artículo original puede verse aquí. La traducción ha sido hecha por la Redacción.  

Domenico Ghirlandaio, Adoración de los Magos (detalle)
(Imagen: Web Gallery of Art)

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“Va a correr sangre”
Instrucciones para introducir buena música en una parroquia

David Clayton

Luego de mi reciente artículo “De mal en peor” [Nota de la Redacción: la traducción de dicho artículo fue publicada previamente en esta bitácora], un buen número de lectores, muchos de ellos directores de coro, me escribieron para pedir asesoría práctica en la introducción del gregoriano en algunas parroquias que actualmente emplean la música eclesiástica contemporánea.

En respuesta, transcribo a continuación las experiencias de un director de coro de una pequeña iglesia en la Georgia rural, Nuestra Señora de las Montañas, quien describe cómo él y el párroco han trabajado en conjunto para ganar la parroquia para su propósito en este sentido. Lo que sigue no pretende ser una fórmula que vaya a convenir a toda parroquia, pero tengo la esperanza de que a través de ella se vea cómo los principios usados por dicho director pueden ser aplicados en otras situaciones.

Antes de comenzar, me parece interesante destacar que el desarrollo de un ethos católico en el culto, que el director describe, está en conexión con el proceso de mejoramiento de la música en la liturgia: y en vigorosa relación con ello están también los encargos de muchas obras de arte relacionadas con la liturgia. El punto de cómo puede una pequeña parroquia encargar tantas obras de arte, será tratado en un futuro artículo.

El título del presente artículo proviene de una frase en la sección final de la carta del mencionado director de coro. Quizá es un poco melodramático en su formulación, pero el fondo del asunto es claro. El director explica que, sin importar cuán sensible y diplomático sea el manejo de los cambios propuestos, jamás va a convencer a todo el mundo [véase la nota de la Redacción agregada al final]. Para muchos, la música litúrgica es una cuestión de emociones, y habrá muchos que objeten los cambios. Algunos lo harán con energía y llevarán a cabo todo lo que puedan para desacreditar los cambios. Por eso, aunque debamos hacer todo lo que podamos para conquistar a la gente, dice el director, debemos aceptar el hecho de que algunos jamás serán conquistados, sin que ello nos amilane. Con todo, creo que hay que subrayar que el tono de este artículo es, en general, optimista.

Pienso que no existe una fórmula única para abordar esta tarea de cambiar administrativamente algo, y el dar con el enfoque apropiado dependerá de muchos factores. Lo que haya que hacer dependerá de cuán grande sea la distancia entre la situación actual y el ideal; de si se cuenta o no con el apoyo del párroco y con el del obispo cuando ellos reciban las quejas, etcétera. Además, el enfoque variará según estemos hablando de la forma extraordinaria o de la ordinaria, ya que la flexibilidad extra de esta última puede ser una ayuda. Por lo tanto, quisiera animar a todos a que nos escriban sus propias experiencias de cómo triunfar en esto, recurriendo a los comentarios que se hacen más abajo, para que mucha gente pueda leerlos.

Quisiera referirme a un punto más, basado en mi experiencia propia. Sugerí una vez a un director de coro, que me contó que su párroco no estaba interesado en hacer ningún cambio en la Misa, que reuniera a un grupo comprometido a cantar Laudes o Vísperas en la iglesia todos los domingos. Aunque es de esperar que al párroco le gustara estar incluido, no es necesario que él participe y, si su presencia no hace falta, tendrá menos objeciones que hacer.   

Otro ejemplo de una situación algo diferente, pero también atingente: estuve una vez buscando un lugar para dar una serie de talleres semanales sobre ejercicios espirituales orientados a discernir la vocación personal, cada uno de los cuales había de terminar con el canto de Vísperas. Fui a ver al párroco de una iglesia católica y le expliqué lo que queríamos hacer, incluyendo el que íbamos a cantar Vísperas. Yo desconocía la opinión de este sacerdote sobre el canto tradicional, y a juzgar por sus Misas dominicales, era probable que no tuviera en él mucho interés. Sin embargo, esto no fue un obstáculo en nuestra conversación, porque el grupo no quería interferir para nada en lo que él hacía. Sobre esta base, nos permitió muy amablemente reunirnos en el salón parroquial, y estamos felices de hacerlo ahí (para todos quienes estén cerca de East Bay en California y deseen asistir, he aquí algunos detalles sobre The Vision for Your Group).

A lo que me refiero aquí es que si uno cree que tiene que hacer cambios gradualmente (los que en algunos casos serán inevitables), considere si hay algún aspecto de la liturgia sobre el que pueda adquirir total control y en que el ideal sea exhibido en toda su plenitud. Así, la gente podrá contemplarlo desde el comienzo, y esto la inspirará para involucrarse en el proyecto central. Aquí también agradeceré las opiniones de los lectores.

He aquí, pues, el artículo, que puede encontrarse también publicado en el sitio web de la parroquia.

 Orazio Gentileschi, Santa Cecilia con un ángel
(Imagen: Wikimedia Commons)

***

Cuando el párroco de Nuestra Señora de las Montañas, el Rvdo. Charles Byrd, recurrió a mí la primera vez, tenía un proyecto y necesitaba mi experiencia y formación para hacerlo realidad. No podía ofrecerme mucho, a modo de compensación, pero sí ofreció su apoyo y confianza totales. A mí, a su vez, me motivó su amor por la Iglesia y el culto divino. El párroco quería ser obediente en palabras y obras, y tenía claro que la música sagrada era parte de esa obediencia. La atención que prestaba a los detalles del culto fue suficiente para hacer que yo deseara formar parte del pueblito en cuestión, pero puse mi confianza en sus directivas.

Paso uno: espíritu de confianza y colaboración entre el párroco y el director musical. 

Esto tiene que operar en ambos sentidos. Los recursos que el Rvdo. Charles Byrd había heredado cuando llegó a Nuestra Señora de las Montañas eran poquísimos. La tercera edición del misal romano nos dio la oportunidad para deshacernos de los libros, muy inadecuados, que se usaban por los fieles, y para investigar entre los nuevos himnarios y misales que se estaban publicando. Se formó un comité para evaluar diversos himnarios, sobre la base de criterios provenientes de una compilación de varios documentos eclesiales relativos a la música sagrada. ¿Contenía un determinado himnario al menos algunos cantos en latín para la Misa? ¿Tenía alguna versión estilo gregoriano o polifónico de la Misa en inglés? ¿Tenían los himnos un formato noble y un texto conforme con la doctrina católica? ¿Se incluía cantos gregorianos provenientes de Jubilate Deo?

Puesto que no podíamos reemplazar todos los himnarios y los cantorales al mismo tiempo, para partir escogimos un himnario. El Himnario de San Miguel nos ofreció un aliciente por el hecho de que incluía las sencillas Antífonas de Introito de Richard Rice, y vimos en esto un primer paso que nos permitía alejarnos de las liturgias dominadas por los cantos a que estaba acostumbrada la feligresía. Para el coro, compramos el Choral Gradual, también de Richard Rice. Estas versiones SATB de los salmos son una introducción perfecta al canto de los Propios de la Misa, y ya que los miembros del coro estaban acostumbrados a los himnos a cuatro voces, esto fue un buen modo de transitar desde una música fundamentalmente melódica hacia una música más cercana al estilo gregoriano de antífonas y versículos. Los Chabanel Psalms de Jeff Ostrowski nos permitieron disponer de un digno salmo responsorial cada semana.

Por otra parte, simplemente dejamos de usar los salmos rítmicos y sincopados impresos en las hojitas litúrgicas que se pone en los bancos, y comenzamos a cantar las composiciones de Chabanel. Los fieles prestaron atención a lo que oían y cantaron a continuación lo que había escuchado. También el Rvdo. Byrd cantaba, como forma de instruir a los fieles con su ejemplo.

Paso dos: escójase un himnario permanente (no uno desechable) y otros elementos que cumplan con la visión que la Iglesia tiene de la renovación del canto litúrgico, tal como ello está prescrito en los documentos del Concilio Vaticano II, y que usen extensamente el tesoro gregoriano de la Iglesia. 

Una vez que dispusimos de nuestro himnario, pudimos comenzar a introducir el concepto de una Antífona de Entrada. Como en la mayor parte de las parroquias de los Estados Unidos de América, los fieles sabían poco y nada de  los Propios. Tuvimos que comenzar de a poco, de modo que las primeras semanas todo lo que hicimos fue cantar la antífona dos veces –primero la cantaba el coro o el director del canto, y después los fieles-, entonando luego alguno de los cantos ya conocidos.

Con el tiempo, fuimos agregando versículos a la antífona, y la gente empezó a cantar después de cada versículo. Al cabo, el “himno de entrada” fue reemplazado por los textos del Propio de la Misa, y los fieles comenzaron a cantar a viva voz la antífona. Junto con esto, comenzamos a usar el himnario para aprender una nueva versión inglesa de la Misa para el tiempo ordinario, y una versión de la Misa en latín para Adviento y Cuaresma.

Poco a poco aprendimos una versión más en latín, la Missa de Angelis, para el tiempo de Pascua y el de Navidad. El Rvdo. Byrd ayudó mucho en la enseñanza de las partes de la Misa en latín, porque las cantaba no sólo en las Misas dominicales sino también en la Misa diaria. Quienes asistían a esta Misa diaria aprendieron rápidamente los cantos gregorianos y fueron de gran ayuda cuando se trató de que los cantaran los fieles en las Misas masivas de los domingos. Cantar en gregoriano las oraciones dialogadas fue considerado también un elemento esencial para el proyecto general. El párroco puso mucho énfasis en que se enseñase estas partes en gregoriano, de acuerdo con lo que establece la Instrucción General del Misal Romano, en el sentido de que esto debiera tener primacía en el canto durante la Misa.

 Max Scholz, Concierto coral

Paso tres: comenzar de a poco. 

Nunca tuvimos de una sola vez todos los recursos que necesitábamos, pero trabajamos con lo que tuvimos a mano. Que todo sea sencillo, pero noble. Introdúzcanse gradualmente las cosas nuevas, sin apresuramiento.

Paso cuatro: esto es crucial: ¡comiencen a hacer más numeroso el coro de niños! 

A los niños el gregoriano se les da con naturalidad, no tienen resquemores con el latín, lo hacen todo con entusiasmo y alegría, y eso es contagioso. Cómprese suficientes ejemplares del Liber Cantualis para que cada miembro del coro tenga uno: son de tamaño pequeño, y las manos pequeñas los manejan perfectamente. ¡Los niños gozan usándolos! Enséñese solfeo. Que aprendan los pneumas. Enséñese polifonía fácil. Enséñese técnicas vocales adecuadas. Identifíquese tempranamente a los que tengan talento y comiéncese a entrenarlos. Los niños se convertirán en abogados del programa de música sagrada (son miembros del pueblito), además de que se convertirán en miembros del futuro coro de adultos.

Contando con gente visionaria en el Consejo Económico de la Parroquia (¡es útil hacer que el Presidente del Consejo sea parte del coro!), nos tomó alrededor de un año tener el dinero para comprar misales permanentes para los fieles. No constituímos un comité para seleccionar esos misales, pero el Rvdo. Byrd y yo teníamos algunos criterios para evaluar las alternativas: en aquel tiempo, la única opción viable que concordaba con tales criterios era el misal Lumen Christi, de Adam Bartlett. Se preparaba otros misales, pero el Lumen Christi ya estaba disponible y tenía todo lo que estábamos buscando: las lecturas del Leccionario y las Antífonas para domingos y fiestas mayores, así como gregoriano para el Propio de la Misa en vernáculo.

Tengan presente que estábamos partiendo de cero, por lo que los miembros del coro estaban aprendiendo sobre música sagrada al mismo ritmo que el resto de los fieles. La mayor parte de quienes participaban en el coro estaba constituida por cantantes sin entrenamiento que entregaban generosamente su tiempo, pero que estaban lejos de poder cantar la música del Graduale Romanum. El misal Lumen Christi ofrecía justo lo que necesitábamos: música de estilo gregoriano simple, pero digna, para las Antífonas en inglés, con acompañamiento de órgano, si era necesario. Teníamos la seguridad de que nuestros cantantes iban a progresar lo suficiente para poder cantar el contenido del Graduale Romanum, por lo que fue muy bueno que el misal Lumen Christi trajera el texto latino de los Propios junto con su traducción al inglés para los fieles: nadie iba a poder decir que no entendía lo que el coro cantaba porque no sabía latín. 

Paso cinco: que el Consejo Económico sea parte del pequeño círculo. 

No hace ningún mal que uno o dos miembros del coro sean parte de ese Consejo, o del Consejo Pastoral, o de los Caballeros de Colón… creo que se entiende la idea.

 Jan van Eyck, Políptico de Gante (detalle)
(Imagen: Wikimedia Commons)

Paso seis: Cómprese un misal de los fieles permanente que venga completo, con música para quienes cantan, para el coro y para el organista.

Y, a propósito de organista, viene el paso siete.

Paso siete: conseguirse un órgano y contratar un organista (o entrenar a uno, que es lo que nosotros hicimos). 

El único instrumento que había en la iglesia cuando llegó el Rvdo. Charles Byrd era un piano eléctrico. No había dinero en el presupuesto para comprar un órgano, pero luego de un año trabajando en el proyecto de cantar en la Misa, apareció un donante anónimo con los fondos necesarios, que se había impresionado por los esfuerzos que hacía nuestro grupo y se había convencido por el efecto que la música sagrada estaba produciendo en nuestra parroquia. Léase esto de nuevo: convencido por el efecto de la música sagrada. Porque se estaba produciendo una transformación entre los miembros del coro y entre los fieles: comenzaba a florecer una espiritualidad más honda entre quienes participaban en el culto. El regalo del órgano fue resultado de esta nueva realidad. Pero, ¿dónde encuentra uno un organista dispuesto a venir a este apartado lugar a trabajar en un incipiente programa de música sagrada? Ocurrió que el pianista que habíamos contratado para tocar en el pequeño piano Kawai estaba a punto de convertirse en organista. Aquí, nuevamente, el Consejo Económico ayudó a conseguir los fondos que necesitábamos para pagar lecciones de órgano, y el organista de la catedral accedió a trabajar con nuestro joven y talentoso pianista.

Paso 8: Inviértase en la gente. 

Páguese buenos cantantes. Contrátese directores de conjuntos. Páguese talleres y educación, como la que da el coloquio que organiza la Church Music Association of America (CMAA Colloquium) o lecciones para un cantante o un organista.  El dinero que se ahorrará al no invertirse en el conglomerado Big Three de música de iglesia puede alcanzar para mucho si se lo gasta en la parroquia. Y ya que estamos hablando de educación, mencionaré que ella fue y sigue siendo una parte importante de nuestro programa de música sagrada. Ya sea a través del boletín, o de la homilía, o de conferencias o de volantes o de nuestro sitio web (olmjasper.com), lo primero que procuramos hacer fue preparar un buen y fértil terreno donde sembrar nuestras semillas.

Todo esto exige tiempo y cuidadosa planificación. Léase esto de nuevo: tiempo y planificación. La ocasión para introducir nuestra Missa de Angelis fue un tema tan importante como el modo de hacerlo y el porqué. El por qué se canta una Antífona de Entrada en vez de un canto inicial fue considerado tan importante como el modo de hacerlo. Estuvimos durante meses preparándonos para cuando llegara el nuevo misal. A veces, nuestro boletín estaba tan lleno de insertos que parecía más una revista que un volante. El Rvdo. Byrd desarrolló un sitio web que tenía como sus fines primordiales la formación y la educación. Sí: figuran en él los horarios de Misa e instrucciones para la parroquia, pero hay también artículos que hablan de diversos santos o de himnos o de muchos otros tópicos que forman mejor a un católico. Se sube al sitio web archivos de sonido para que la gente pueda oírlos y aprender la música en su casa. Esto toma tiempo y exige una muy buena coordinación y cooperación en la parroquia, pero el resultado que se obtiene es un fundamento sólido. Y, a propósito, no exigimos derechos de autor por cosa alguna, de modo que cualquiera puede sentirse libre para copiar y adaptar desde nuestro sitio lo que fuere, para ser usado en su parroquia.

Paso nueve: la educación y la formación son esenciales. 

Hay que predisponer y preparar a la gente para los cambios. Esto toma tiempo.

Paso diez: fórmese un ethos católico. 

Esto puede parecer simplista o quizá vago, pero no hay cómo exagerar la importancia de crear un medioambiente donde la verdad y la belleza de nuestra fe sea evidente en cada rincón y rendija de nuestra vida parroquial. Comencé este artículo describiendo el sencillo exterior de una pequeña iglesia de pueblo, pero no podría dejar de mencionar la nobleza que se advierte cuando uno entra en ella. Cada cosa que se ve es señal de una gran devoción a Nuestro Señor Jesucristo y a su Madre. Los fieles están rodeados de santos y ángeles representados en obras de arte pictóricas, en cristal, madera y piedra. En el recinto donde canta el coro hay íconos, encargados hace poco, de San Gregorio, San Ambrosio, Santa Cecilia y Santa Hildegarda, quienes bendicen, con su mirada atenta, a los grupos que los han tomado como patrones. En un futuro no muy distante, desde magníficos vitrales el rey David, el salmista, y el rey Josías, el gran reformador, mirarán a los músicos que cantan y tocan bajo sus rostros estoicos.   

Los ritos litúrgicos son realizados con gran dignidad y solemnidad, y quienes tienen la responsabilidad de cantar esos ritos están siempre conscientes de que su tarea es santa en la medida en que está referida íntimamente a la liturgia. La música sagrada no existe en el vacío, no tiene vida propia aparte de la lex orandi y de la lex credendi de la Santa Madre Iglesia.

 Jan van Eyck, Políptico de Gante (detalle)
(Imagen: Fine Art America)

Y, finalmente: VA A CORRER SANGRE. No se trata aquí de dar pasos para crear un programa de música sagrada en la parroquia. Esto es ya una realidad. No todos querrán ser parte de esta colectividad. De hecho, habrá quienes preferirían ver arder la parroquia antes que ver que aceptar cambios que no están de acuerdo con lo que ellos consideran apropiado. Va a haber furiosos correos electrónicos, y ejemplares de On Eagles’ Wings dejados anónimamente en la puerta de la oficina. Habrá una franca rebelión por parte de algunos y, cuando se den cuenta de que no van a salir con la suya, habrá quienes se vayan de la parroquia. Habrá que explicar una y otra vez que el Concilio Vaticano II no prohibió el latín, y que aprender el texto de una Misa en latín no es tan catastrófico.

Mandarán cartas a la Cancillería del Obispo con todo tipo de quejas expresadas con los más vívidos detalles: ¡el gregoriano! ¡el incienso! ¡el latín! ¡qué horror! Pero al cabo ustedes verán, como nos ocurrió a nosotros, que la diócesis los va a apoyar (¡gracias, arquidiócesis de Atlanta!). Puede, incluso, que el asunto se ponga muy feo. Por eso, empiecen a rezar por los fieles y no cesen de hacerlo. Lentamente, los contumaces se habrán ido o se quedarán quietos, y se podrá ver cómo la parroquia se llena de gente que busca aquello que falta en las parroquias de la gran ciudad o en las del pueblo vecino. Y habrá paz… la mayor parte del tiempo.

Para finalizar, quisiera agregar que, cuando somos obedientes a Dios en la vida religiosa y moral, las cosas se van aclarando. Puede que nuestro mundo siga en la confusión pero, al mismo tiempo, nosotros estaremos menos confusos acerca del bien y del mal, y entenderemos por qué las cosas son como son. Esto no significa que siempre seamos perfectos, pero sí que al menos reconocemos nuestros propios errores. Y lo mismo puede decirse de la liturgia. Cuando nos proponemos vivir plenamente según la liturgia de la Iglesia, son muchas las cosas que aprendemos. Aprendemos que no necesitamos un podio con oradores ni tambores bongó en nuestro culto católico. Ni necesitamos tener un coro lleno de graduados de la Julliard School, que puede que no crean en Dios. Lo más grande no es siempre lo mejor. Créannos cuando decimos que el culto auténticamente católico (como se lo piensa en los documentos litúrgicos oficiales de la Iglesia) es ideal para un coro o feligresía de cualquier tamaño, y cuando se logra que la gente cante antífonas y oiga y cante más y más la Sagrada Escritura en la Misa, se logra cosa muy buena. Cuando se vive realmente lo que la Iglesia piensa de la liturgia, nuestra visión se hace mucho más clara.

Dicho simplemente, nuestra tarea no es entretener a la gente. Por el contrario, a lo que se nos llama es a cumplir un papel que ha sido respetado a lo largo de los siglos en la vida litúrgica de la Iglesia, es decir, entonar y cantar exactamente los textos que se nos ha legado por los santos desde tiempos antiguos. Tal es la vocación del coro: permitir que el Espíritu nos enseñe a orar, de modo que el Cuerpo de Cristo pueda ofrecer al Padre una digna y adecuada alabanza. No estamos aquí inventando nada. Ello es así de claro. Y lo que hacemos es tratar de obedecer esa idea. Por ello creemos que nuestros coros pueden crecer en santidad y lo mismo pueden otros a nuestro alrededor. Y si lo que hemos aprendido aquí, en nuestra pequeña parroquia, puede servir a otros, alabado sea el Señor.   


John Melhuish Strudwick, Vísperas de Santa Cecilia
(Imagen: Wikimedia Commons)

Nota de la Redacción: Al igual que el artículo anterior, inspirado en el nombre de una conocida serie televisiva, el título de este trabajo proviene de la película homónima producida en Estados Unidos a partir del libro Oil! (1927) de Upton Sinclair (1878-1968). Dicha película fue dirigida por Paul Thomas Anderson y se estrenó en 2007.  En España, ella se tradujo como Pozos de ambición y en Hispanoamérica como Petróleo sangriento. El argumento gira en torno al descubrimiento de un yacimiento de petróleo bajo un pequeño pueblo del oeste estadounidense, donde la única diversión consiste en oír los sermones del carismático pastor de la iglesia pentecostal. Nadie del pueblo sabía de esa riqueza que se escondía bajo sus mismos pies. Sin embargo, esta riqueza acaba por provocar una serie de conflictos, los que acaban en un torbellino de violencia y destrucción. En el artículo de Clayton (cuyo título le fue sugerido por el director de coro que le escribía la carta que le sirvió de base) sólo se pone el énfasis en la primera consecuencia: la riqueza oculta de la música sagrada, que pasa inadvertida para tantos católicos. De ahí que el autor destaque la visión optimista de su escrito. 

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Actualización [28 de julio de 2018]: David Clayton ha publicado un muy recomendable artículo en New Liturgical Movement sobre algunas técnicas de oración mental que son posibles utilizando el arte sacro, cuyo propósito es elevar el alma hacia Dios. 

martes, 3 de enero de 2017

Acerca de los cantorales y la disminución de la asistencia a Misa

Ofrecemos a nuestros lectores una traducción hecha por la Redacción del artículo de David Clayton aparecido hace algunas semanas en The New Liturgical Movement (véase aquí el original en inglés), sitio del cual es colaborador habitual. El autor ocupa actualmente el cargo de preboste de la Pontifex University. El asunto del que trata el artículo es de mucho interés, pues se refiere a la relación que existe entre la música que se canta habitualmente en las iglesias y el decenso de la asistencia de fieles. 

 David Clayton

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De mal en peor [*]: los cantos de los “misalitos” son causa importante
de la caída en la asistencia a Misa

David Clayton

¿Por qué la asistencia a Misa ha disminuido tan dramáticamente en los últimos 50 años?

Hay todo un elenco de explicaciones, por cierto, y prácticamente todos los artículos en este blog [Nota de la Redacción: se refiere el autor al sitio The New Liturgical Movement] abordan este problema de un modo u otro; pero, en mi opinión, uno de los factores que más ha contribuido a ello es la música que se oye normalmente en la Misa. Pienso que es el estilo de la música que se sugiere en los “misalitos” [Nota de la Redacción: "missalette" en el original, que en inglés designa a los misalitos parroquiales desechables, impresos periódicamente para el uso de los fieles, normalmente para un año determinado, con las lecturas de la Misa, algunas devociones y los himnos cantados con más frecuencia] más comunes lo que más poderosamente influye en esa disminución.


Me refiero aquí a cierto estilo musical que parece haber comenzado a desarrollarse hacia el final de la década de 1960, y que me suena a una especie de fusión de folk estadounidense (cosecha 1967), con clásicos pop del siglo XIX, musicales de Broadway y un toque de himnos religiosos “victorianos” para darle cierto toque. Como quiera que se denomine a este género musical, tengo la convicción de que es responsable de que mucha gente no vaya más a la iglesia.


Antes de que nadie me diga cuánto le gusta la música que se oye cada domingo, o cuán grande es la calidad del pianista o del conjunto que toca y con cuánto entusiasmo los fieles presentes participan en ella, quisiera decir lo siguiente: mi posición no se basa en la creencia de que se trata de mala música. Tengo una opinión formada en ese aspecto, pero mis preferencias personales no influyen aquí en la conclusión a la que llego; más bien, mi argumentación es que la filosofía misma que ha conducido a la composición de semejante música está básicamente errada y es causa del daño producido.

Así pues, para presentar aquí mi argumentación supongamos que la música que oímos en Misa es la de más alta calidad en su género. Aun así, yo afirmaría que habría de producir el mismo efecto, es decir, alejar de la Misa a la gente. Y sostendría lo mismo incluso si la habilidad musical de los intérpretes fuera de primera calidad y el coro estuviera compuesto por los cantantes profesionales más connotados.

A mi juicio, el problema reside en el mismo ethos que subyace a la composición de la música que acompaña a los “misalitos”. Pareciera que su finalidad es conectarse con la gente mediante el expediente de darle una música derivada de formas ya populares. El problema de esta estrategia es que ella conecta sólo con la gente que, de hecho, ya oye por placer esa música fuera de la iglesia. Pero la sociedad occidental está hoy tan fracturada que los gustos varían enormemente y no existe estilo alguno de música profana que sea del agrado de todos. El resultado de esto es que, cualquiera sea el estilo que se elija, y cualquiera sea la excelencia de su ejecución, sólo se puede esperar que atraiga a una pequeña parte de la población. El resto se sentirá excluido porque no le agrada. Por tanto, si componemos música que atrae a quienes eran jóvenes a fines de los años 1960, la detestarán quienes fueron jóvenes a finales de los 1970 (como yo) y todos los que son todavía más jóvenes. 

Si apostamos por algo que sea realmente un éxito hoy por coincidir con la cultura joven actual, aunque conecte con los adolescentes de 17 años que oyen esa música, va a alejar a las otras generaciones e incluso a otros jóvenes, puesto que la cultura juvenil está también internamente fracturada y no existe un único estilo que plazca a todos los que tienen 17 años. Al respecto, recuerdo lo que ocurría cuando yo mismo tenía 17 años.  Hacia 1970 el sexto grado de la Birkenhead School, en el norte de Inglaterra (para que se entienda por los estadounidenses, el sexto grado comprende los dos últimos años de la educación media) se dividía entre punks, fanáticos del heavy metal y aficionados al rock progresivo, más unos pocos que disfrutaban con la música disco, el funk y el soul. (Por si interesara la información, a mí me gustaba el oscuro rock progresivo y el jazz fusión, tal como en Return to Forever, Frank Zappa y Be-Bop Deluxe. Me encantaba que me vieran llevar, bajo el brazo, discos LP que anunciaran al mundo que yo poseía un muy bien desarrollado gusto musical).   

Existía por entonces un pequeño grupo de cristianos que querían ser cool y tenían su propia música rock cristiana. El conjunto que a todos ellos les gustaba era After the Fire. A mí me parecía un triste lote que no tenía ni la más mínima sospecha de lo que era buena música. Eran el hazmerreír de todos.

Fue mucho años después que comencé a tomar la Fe en serio, es decir, cuando cumplí los 26 años y conocí a un cristiano a quien le desagradaba ese cristianismo cool tanto como a mí, y quien no tenía la menor intención de ser cool y a la moda. Simplemente eso no le interesaba en absoluto.


Lo que a mí me atrajo fue la fe y la cultura que le estaba asociada y que conocí en el Oratorio de Brompton, que hablaba de un mundo más amplio que el de las preocupaciones mezquinas y mundanas que me habían absorbido hasta entonces. Y no creo ser el único en esto (para confirmar esto, véase los recientes artículos de Gregory DiPippo en este blog intitulados “La tradición es para los jóvenes”) [Nota de la Redacción: la serie de artículos a la cual se refiere el autor fue íntegramente traducida al castellano y publicada en este sitio].

Pero para que no nos sintamos tan confortables, los tradicionalistas no son totalmente inmunes a la mala música. Hay mucha música eclesiástica “tradicional” –especialmente himnos- que comete los mismos errores. Holy God We Praise Thee e Immaculate Mary son simplemente los On Eagles's Wings [Nota de la Redacción: se refiere a un himno religioso compuesto por Michael Joncas (1951), sacerdote católico autor de música devocional para la liturgia posconciliar reformada] de la época de las bisabuelas. Muchos de estos cantos, incluso la mayor parte de los himnos no gregorianos en los cantorales considerados tradicionales, tal como la colección Adoremus o el himnario St. Michael, suenan desalentadoramente “beatos” [Nota de la Redacción: "churchy" en el original] para la mayoría de la gente que no va a la iglesia, y tal como ocurre con aquella de los “misalitos”, es música que aleja más gente que la que atrae. Se trata de un género musical que no es universal y, por tanto, interesa sólo a una pequeña parte de la población.

Yo, al menos, no resisto ninguno de esos himnos. Suenan tal como los himnos con que crecí, cuando asistía a una iglesia metodista, los cuales no me gustaron a mis ocho años y siguen sin gustarme hoy: constituyen una de las principales razones por las que dejé de ir a la iglesia apenas me dejaron en libertad de acción a los trece años. Pero aún si este no hubiera sido el caso y hubiera llegado a gustar de los himnos metodistas tradicionales y, por ende, me gustaran hoy los himnos católicos decimonónicos, tal cosa no constituiría un argumento a favor de incluirlos en la liturgia: a la mayor parte del resto de la gente no le gustarían, y además no son intrínsecamente litúrgicos.

Creo que pasa lo mismo con la música decimonónica inspirada en el estilo operático, tan fuertemente criticada por San Pío X. Podrá parecernos una forma de música más elevada que la que canta en la liturgia un grupo de rock cristiano, pero también atraerá a un muy reducido grupo de personas y ahuyentará a las demás. Lo cual es verdad aun si esa música fuera escrita para la Misa en latín.

Si se critica la música en la Misa, a menudo se responde que tenemos que obrar “pastoralmente”. Y se dirá que a la mayoría de los que van a Misa les gusta la música que se les da. Se argumenta que habría una revuelta si se les cambiara algo que les resulta tan familiar, por lo que no podemos correr el riesgo de cambiar la música aunque lo quisiéramos.


San Pío X

A esto respondo que posiblemente sea cierto que a quienes asisten a Misa les gusta la música que oyen: van a Misa porque esa música les gusta o, al menos, les resulta tolerable. Los que no resisten la música que se oye en la Misa, simplemente no asisten: encuentran tan terrible esa experiencia, tan banal, que prefieren irse a trotar o se ponen a leer los diarios del domingo mientras se toman un café. He aquí la razón, me parece, por la que los adolescentes dejan de ir a Misa apenas se les da la libertad para decidir si ir o no a la iglesia. Y por las razones que ya he explicado, esto ocurriría incluso si quisiéramos encontrar un tipo de música que les gustara a algunos adolescentes: no existe una música profana que le guste a la mayoría de ellos. Simplemente no existe.

Podemos avanzar en esta postura y sugerir otra razón más por la que la música corriente del “misalito”, que imita a la música popular, ha de causar inevitablemente una disminución de la asistencia a Misa. Supongamos una sociedad en que la cultura en general fuera más homogénea y hubiera una mayor continuidad de gustos entre las generaciones: pensar así seguiría constituyendo una estrategia errada.

Por ejemplo, entiendo que muchas culturas africanas son más homogéneas, menos fracturadas, que la cultura occidental. En este caso, incluso si la música en la Misa reprodujera a la perfección el estilo popular africano, ello no sería la estrategia apropiada. Quizá podría apelar a una porción mayor de la población y podría darse una mayor asistencia a Misa, pero no facilitaría una participación más profunda y activa en la liturgia.

Y la razón de ello es que  la liturgia es la fuente de su propia cultura, y una auténtica cultura litúrgica ha de estar en el corazón mismo de cualquier cultura de la fe: ella es un mundo aparte que interpela lo que es universalmente humano en nosotros y nos atrae a Dios de un modo que resulta imposible para la cultura profana. La música que nos atrae más hacia Él y nos encamina más poderosamente hacia la Eucaristía es la que proviene de una cultura litúrgica; música que, según enseña la Iglesia, es el canto gregoriano.

Podría ser que alguna forma profana de música nos acercara a Dios, pero si está muy alejada de la auténtica cultura litúrgica, entonces, aun en el contexto de la liturgia, tendería a conducirnos de nuevo hacia valores profanos, no hacia la Eucaristía. Una música de este tipo tiene menos posibilidades de llevarnos a una participación más genuina y activa en el culto divino. A largo plazo, por lo tanto, toda música profana, aunque atraiga a alguna gente a la Misa, inevitablemente alejará de ella a más gente debido que a que la distrae de lo que está en el corazón de la Misa. El resultado es que ya no hay una fuerza suficiente que nos atraiga a la transformación sobrenatural en Cristo. Habrá menos cristianos capaces de transmitir una alegría auténticamente cristiana a aquellos con quienes interactúan a diario, fuera de la Misa y la liturgia. Con esta disminución de nuestro poder de evangelizar, habremos perdido lo más vital en nosotros.

Es en estos términos, pues, que haremos que la gente vuelva a asistir a Misa. La primera prioridad es lograr un encuentro con la más alta posibilidad de transformación de los presentes, por pocos que puedan ser todavía. Estos atraerán a su vez a otros a la fe por las razones adecuadas, y aquellos a quienes atraigan encontrarán, cuando asistan a la Misa, la fuente de lo que andan buscando.


Todo esto explica que el Cardenal Sarah, en su discurso dado en el Congreso Sacra Liturgia celebrado en Londres, haya dicho que incluso la liturgia en África no es el lugar para incorporar la cultura africana. Por el contrario, debido a que la liturgia tiene su propia cultura, que es única y universalmente cristiana, debiera insertarse en las culturas profanas en general y transformarlas en algo más grande, algo que, de algún modo, deriva de la liturgia y apunta a ella, conservando sin embargo sus rasgos claramente africanos.  

La única esperanza de que la Misa sea una atracción a largo plazo, capaz de conmover el corazón de los que no tienen interés en asistir a ella, es concentrarse en hacer del canto llano la forma musical predominante. Debemos incluso estar dispuestos a perder algunos cuantos de los que usan en la Misa el “misalito”, y que asisten por motivos equivocados, y debemos prepararnos incluso para proceder a pesar de las protestas que puedan realizar.

Ahora bien, aunque cantar gregoriano en Misa sería una ayuda, no creo que ello vaya a ser suficiente.

Lo que hay que hacer es cantar de tal modo que enganche al individuo corriente, y esto implica probablemente cantar a una altura que a los hombres les resulte natural. Se me ha dicho, por ejemplo, que es menos probable que los hombres canten si quienes guían el canto son mujeres. No se trata aquí de sexismo, sino que la voz femenina es un sonido puro, y a los hombres les resulta difícil seguir el canto cuando tienen que hacerlo una octava más bajo que el guía, porque ello los separa totalmente de lo que oyen. Por el contrario, si quien guía el canto que debe entonar la gente es un hombre o un coro masculino, los hombres presentes pueden ponerse a tono con lo que oyen, y a las mujeres les resulta fácil unirse al canto porque la voz masculina posee una mayor cantidad de armónicos que permiten a las mujeres conectarse. Por eso, una forma de abordar esto es disponer de una voz masculina (o de voces mixtas) en aquellas partes en que lo que se quiere es que toda la concurrencia cante también, y disponer de voces femeninas solamente en aquellas partes en que se desea que la concurrencia sólo escuche, o en que deben cantar sólo las mujeres de entre ella. Incluso cuanto los hombres entonan el canto llano, suele favorecerse un estilo de voces delgadas, forzadas y altas. Esto me parece un poco afeminado, y creo que a la concurrencia le presenta un problema análogo: no sólo es difícil a los hombres cantar asemejándose a la voz femenina, sino que resulta también difícil de oír, ya que el oyente trata de conectarse con una voz que registra como muy diferente de la propia.

Si nuestra estrategia musical es correcta (¿se atrevería uno a pedir más?), y si se celebra la liturgia del modo que la Iglesia quiere, ¿atraerá esto a grandes números a volver al templo? Yo diría que, a largo plazo, sí. Pero, a corto plazo, casi con toda seguridad, no. Pero atraería inmediatamente a la iglesia a quienes están auténticamente buscando aquello que el canto llano les pone al alcance: Dios. A largo plazo, esto habrá de tener un efecto dominó. Habría en  Misa más personas que participan de un modo más profundo, y se transformarían en emisarios de la Nueva Evangelización, haciendo brillar la luz de Cristo en sus actividades cotidianas. Y esto atraería a otros hacia Cristo. Debido a que somos libres, nunca esto va a ser así con toda la población; pero habrá mucha más gente en la iglesia que lo que vemos hoy.

¿Habrá llegado a su fin la época del “misalito” desechable? Probablemente no, a juzgar por el apoyo que tantos obispos, sacerdotes y directores de coro dan a este estilo, impulsados por un falso pastoralismo que, en realidad, aliena a mucha gente. Pero, debido a esta alienación, contiene la semilla de su propia destrucción. Si no es reemplazado por algo diferente debido a la influencia de pastores y directores de coro valientes, preparados para adoptar una estrategia verdaderamente pastoral que tome en cuenta a esa mayoría que no va a la iglesia, creo que estamos condenados a un creciente declinar de la asistencia, al menos hasta que la generación actual que gusta de este estilo musical envejezca y termine por desaparecer.

La Fe nos dice que el parásito morirá antes de matar a su huésped. La Iglesia parmanecerá; de este modo es necesario concluir que en algún punto la música cambiará antes de causar el colapso  del edificio completo. Rezo para esto ocurra pronto.



[*] En el original se dice "breaking bad", expresión que, en el habla coloquial estadounidense designa algo que se ha deteriorado o resulta mal, así como la conducta de alguien que da un giro de su conducta hacia la inmoralidad o el delito. La expresión aquí alude también a la conocida serie televisiva de ese nombre, representada en la segunda imagen que acompaña este artículo [Nota de la Redacción].

Crédito de las fotografías: Las imágenes son las que acompañan el artículo original en New Liturgical Movement, salvo la primera, que está tomada de otro artículo del mismo sitio, y aquella de San Pío X. 

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Actualización [6 de marzo de 2017]: El papa Francisco ha dirigido el discurso de cierre a los participantes del Congreso Internacional de Música Sacra, organizado por el Pontificio Consejo de la Cultura, que versó sobre el tema “Música e Iglesia: culto y cultura a 50 años de la Musicam sacram”. El congreso se celebró en Roma entre el 2 y el 4 de marzo pasados. En dicho discurso, el Papa ha denunciado la mediocridad, superficialidad y banalidad que se observa habitualmente en la música litúrgica y ha pedido una mejor formación y una renovación en la calidad musical que ayude a los fieles a acercarse mejor a Dios. El texto original del discurso, leído en italiano, puede verse aquí.