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miércoles, 24 de junio de 2020

Nueva carta de monseñor Viganò: el Concilio Vaticano II “es preferible abandonarlo enteramente y dejarlo caer en el olvido”

Les ofrecemos hoy la traducción hecha por la Redacción de un artículo publicado por la Dra. Maike Hickson en Catholic Family News, donde colabora por primera vez.  Se trata de unas glosas a una nueva carta de S.E.R. Carlo Maria Viganò en la que insiste sobre su crítico juicio respecto del Concilio Vaticano II. Este nuevo texto, que forma parte de un intercambio epistolar entre el arzobispo y el Prof. Paolo Pasqualucci, complementa la larga carta que ya compartimos con nuestros lectores en una entrada anterior. Se trata de un valioso testimonio sobre el que conviene reflexionar. 

S.E.R. Carlo Maria Viganò

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Arzobispo Viganò sobre el Vaticano II: “Es preferible abandonarlo enteramente y dejarlo caer en el olvido”
  
Dra. Maike Hickson

S.E.R. Carlo Maria Viganò, en respuesta a un profesor italiano de Derecho, analiza el tema de cuál debería ser la respuesta de la Iglesia católica a las “proposiciones heréticas o que favorecen la herejía” del Concilio Vaticano II (1962-1965), y expresa que “deberían ser condenadas, y sólo queda esperar que ello sea hecho lo antes posible”. En leve discrepancia con S.E.R. Athanasius Schneider, el prelado italiano dice ahora que cree que el Concilio no debiera ser mencionado y debiera caer en el olvido. Hace suyas las palabras del profesor Paolo Pasqualucci: “Si el Concilio se ha desviado de la fe, el Papa tiene la potestad para invalidarlo. De hecho, tiene el deber de hacerlo”.

El trasfondo de esta nueva intervención de monseñor Viganò, publicada por el sitio tradicional católico Chiesa e post concilio (véase el texto completo más abajo), es un análisis iniciado por monseñor Schneider sobre algunos de los graves errores del Concilio Vaticano II. El 1 de junio pasado, este último había criticado la declaración del Concilio de que existe un derecho natural a la libertad religiosa y había añadido que esta enseñanza incorrecta tendrá que ser corregida por el Magisterio en el futuro. El obispo Schneider ve esta errónea enseñanza -la noción de que Dios querría positivamente que los hombres escogieran religiones falsas- en la base de la Declaracion Abu Dhabi de 4 de febrero de 2019, firmada por el papa Francisco, que dice que la “diversidad de religiones” es “querida por Dios”.

Como dice monseñor Schneider, “[h]a habido declaraciones hechas por otros Concilios Ecuménicos que han quedado obsoletas y han sido olvidadas o han sido incluso corregidas por el Magisterio posterior”.

En una respuesta de apoyo a esta intervención de monseñor Schneider, de 10 de junio, monseñor Viganò había concordado con la crítica del primero, pero había planteado cortésmente su desacuerdo con la declaración de éste de que, aunque el Concilio mismo podía seguir siendo válido, se podía corregir, de forma simplemente oficial, algunas de sus enseñanzas erróneas.

Ceremonia realizada en los jardínes del Vaticano durante el Sínodo de la Amazonía
(Foto: Zenit)

En su nueva intervención de 15 de junio, monseñor Viganò responde al comentario que el profesor Paolo Pasqualucci (véase más abajo su texto) hizo a lo expuesto en el texto de 10 de junio. Dicho profesor italiano de Derecho, ya jubilado, califica a los obispos Viganò y Schneider como “prelados valientes” y agradece sus intervenciones. Al mismo tiempo, plantea que el Magisterio futuro necesita rechazar en su totalidad el Concilio Vaticano II a causa de “los errores contra la fe que están esparcidos en sus documentos”. 

El Prof. Pasquealucci cree que “los problemas teológicos y canónicos planteados por esta increíble crisis de la Iglesia son muy grandes y muy difíciles de resolver”. El profesor añade: “tratamos de orientarnos recurriendo a la guía que nos ofrece la gracia de Dios a través de estos dos valientes y correctísimos obispos, los únicos, hasta ahora, que se han enfrentado con el enemigo, dirigiéndole un ataque frontal”.
           
Continúa el Prof. Pasqualucci: “Digo todo esto en mi calidad de laico, pero, a mi juicio, habiéndose proyectado luz sobre los subterfugios procedimentales y los errores contra la fe esparcidos en los diversos documentos, un Papa bien podría, al cabo, echar abajo el Concilio entero, 'confirmando con ello a sus hermanos en la fe'. Esto caería perfectamente dentro de la órbita de su summa potestas iurisdictionis (suma potestad de jurisdicción) sobre la Iglesia entera, iure divino (por derecho divino). El Concilio no es superior al Papa. Si el Concilio se ha desviado de la fe, el Papa tiene la potestad de invalidarlo. De hecho, tiene el deber de hacerlo”.

El Prof. Pasqualucci es uno de los signatarios de la carta abierta enviada por académicos y sacerdotes pidiendo al episcopado mundial investigar y, luego, eventualmente condenar, las enseñanzas del papa Francisco si ellas se apataban de la enseñanza tradicional de la Iglesia.

Como se puede ver en la declaración que transcribimos más abajo, monseñor Viganò está de acuerdo con los comentarios del Prof. Pasqualuci acerca del Concilio, y piensa asimismo que “un Papa podría perfectamente anular al cabo todo el Concilio”. Pero el prelado italiano piensa también, respecto del Concilio, que es “preferible abandonarlo enteramente y dejar que caiga en el olvido”.

“El simple hecho de que el Concilio Vaticano II sea susceptible de ser corregido”, explica monseñor Viganò, “debiera ser suficiente para echarle tierra encima, tan pronto como se vea con claridad sus errores más obvios”. Según este arzobispo, el Concilio, “aparte de sus formulaciones ambiguas e incoherentes, fue querido y concebido debido a su valor subversivo, por el cual ha ocasionado tantos males”.

S.E.R. Athanasius Schneider
(Foto: Liturgy guy)

En medio de este debate, monseñor Viganò insiste en que no existe oposición alguna entre él y monseñor Schneider, explicando que ”de este fructífero diálogo con mi hermano, el obispo Schneider, sale a luz cuánto deseamos ambos, de corazón, el restablecimiento de la fe católica como el fundamento esencial de la unión en Caridad. No existe conflicto, no hay oposición: nuestro celo brota y crece en el Corazón Eucarístico de Nuestro Señor y vuelve a él para ser consumido en el amor por Él”.

Queda claro que monseñor Viganò desea que tenga lugar en la Iglesia católica un debate abierto y honesto acerca de los problemas de la Iglesia y de sus causas. Ahora, tal como lo ha dicho en otra intervención, publicada por Marco Tosatti: “Aprendamos a llamar las cosas por su nombre, con sencillez y tranquilidad; dejemos de seguir, con el pretexto de vivir en paz, las ilusiones de quienes nos hablan de tolerancia y aceptación sólo cuando se trata de hacer lugar al error y al vicio; dejemos de usar palabras mágicas como 'diálogo', 'solidaridad' y 'libertad', que ocultan los engaños del enemigo y tienden un velo sobre la explotación y la tiranía que se ejerce sobre quienes disienten y la persecución a que se los somete”.

Véase a continuación el texto completo de la carta que comentamos, publicado con autorización de monseñor Viganò.

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Carta de S.E.R. Carlo Maria Viganò, publicada inicialmente en Chiesa e post concilio


14 de junio de 2020
Domingo en la Octava de Corpus Christi

Querido Doctor Guarini:

He recibido las observaciones del Prof. Pasqualucci que usted me ha amablemente enviado, y que procuraré responder, en la medida de lo posible, de modo conciso.

Acerca de la posibilidad de corregir los actos del Concilio Vaticano II, creo que podemos estar de acuerdo: las proposiciones heréticas y aquéllas que favorecen la herejía debieran ser condenadas, y sólo queda esperar que ello sea hecho lo antes posible.

Mi objeción a monseñor Schneider surge, más bien, de mi preocupación por la posibilidad de que se preserve, entre los actos oficiales de la Iglesia, un evento novedoso de características únicas que, más allá de sus formulaciones ambiguas de discontinuidad, fue querido y concebido debido a su valor subversivo, por el cual ha ocasionado tantos males. Desde un punto de vista jurídico, se puede quizá encontrar la solución más adecuada; pero desde el punto de vista pastoral -es decir, en lo que toca a la utilidad del Concilio para la edificación de los fieles- es preferible abandonarlo enteramente y dejar que caiga en el olvido. Y si es verdad, como lo afirma el Prof. Pasqualucci, que el error no constituye doctrina, es igualmente verdad que la sola condenación de las proposiciones heterodoxas no eliminaría las sombras que rodean a toda la empresa del Concilio como un todo complejo, y que dañan a todo el conjunto de sus documentos, ni eliminaría tampoco las consecuencias que se han derivado del Concilio. Debiera recordarse también que el acontecimiento del Concilio supera con mucho a los documentos por él producidos.

El simple hecho de que el Concilio Vaticano II sea susceptible de ser corregido debiera ser suficiente para echarle tierra encima, tan pronto como se vea con claridad sus errores más obvios. No es por nada que el Prof. Pasqualucci lo llama “conciliábulo (concilio diabólico)”, tal como el Sínodo de Pistoya, que mereció la condenación de todo el sínodo y no la mera condenación de los errores individuales que enseñó. Hago mía la siguiente declaración suya: “habiéndose proyectado luz sobre los subterfugios procedimentales y los errores contra la fe repartidos en los diversos documentos, un Papa bien podría, al cabo, echar abajo el Concilio entero, “confirmando con ello a sus hermanos en la fe”. Esto caería perfectamente dentro de la órbita de su summa potestas iurisdictionis (suma potestad de jurisdicción) sobre la Iglesia entera, iure divino (por derecho divino). El Concilio no es superior al Papa. Si el Concilio se ha desviado de la fe, el Papa tiene la potestad de invalidarlo. De hecho, tiene el deber de hacerlo”.


"Non possiamo, non dobbiamo, non vogliamo" (Pío  VII)
Detalle de La coronación de Napoelón, Jacques-Louis David, 1806-1807, Museo del Louvre
(Imagen: Wikicommons)

Permítaseme agregar que, enfrentado con la desastrosa situación en que se encuentra la Iglesia y los muchos males que la afligen, parecen inadecuados e inconducentes los largos discursos que intercambian los “especialistas”. Es urgente la necesidad de devolver a la Esposa de Cristo su Tradición de dos mil años y recuperar los tesoros que se ha saqueado y dilapidado, a fin de permitir al rebaño desorientado que se alimente plenamente con ellos. 

Cualquier discusión entre legítimas diferencias de opinión no puede tener como finalidad compromiso alguno con la distorsión de la Verdad, sino que debe tender a que la Verdad triunfe plenamente. La virtud es la media entre dos vicios, como la cumbre lo es entre dos valles: tal debería ser nuestra meta.

Me parece que, de este fructífero intercambio de ideas con mi hermano, el obispo Athanasius, lo que sale a luz es cuánto deseamos ambos, de corazón, el restablecimiento de la fe católica como el fundamento esencial de la unión en Caridad. No existe conflicto, no hay oposición: nuestro celo brota y crece en el Corazón Eucarístico de Nuestro Señor y vuelve a él para ser consumido en el amor por Él.

Permítame, querido Dr. Guarini, invitar a sus lectores a orar asiduamente por sus Pastores, especialmente por aquéllos que viven en medio de la presente crisis con esfuerzo y sufrimiento y que luchan por cumplir el mandato que han recibido de su divino Maestro. En tiempos en que se nos ataca a todos, sitiados por todas partes, es más necesario que nunca reunirnos, con fe y humildad, bajo el manto de Aquella que nos gobierna: el amor por la Reina de las Victorias que reúne a sus hijos es la prueba más evidente de que no puede ni debe existir entre nosotros divisiones, que son la señal propia del Enemigo.

Mi bendición para usted y sus lectores,

            + Carlo Maria Viganò

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He aquí algunos comentarios del Prof. Paolo Pasqualucci, extraídos de su texto completo, que motivaron la carta de Su Excelencia:

Agradecemos a monseñor Viganò su última y clarificadora intervención, hecha, como siempre, con gran lucidez y honestidad intelectual. También agradecemos al moneñor Schneider, que nos ilumina asimismo y nos conforta continuamente con sus preciosas intervenciones. Esperamos que pronto otros miembros del clero se les unan.

En cuanto a la crítica que monseñor Viganò parece haber hecho a monseñor Schneider, me parece que se puede decir lo siguiente. Monseñor Schneider parece enunciar un principio general: es posible cambiar una doctrina previa de la Iglesia, que es doctrina porque está contenida en “actos magisteriales”. Pero, a continuación, da ejemplos que no constituyen verdadera y propiamente “actos magisteriales”, por cuanto no se refieren a modificaciones a determinados aspectos de la doctrina, y no tienen relevancia desde un punto de vista doctrinal. Así, el principio enunciado por monseñor Schneider debe rechazarse si se lo quiere aplicar a la doctrina. A través de los siglos la Iglesia ha cambiado su opinión en algunos pocos temas, por ejemplo, en el cobro de interés por un préstamo (primeramente prohibido como usura, pero luego admitido con ciertas condiciones), y sobre el poder de gobierno temporal de los Papas, entendido primeramente como una autoridad directa sobre el mundo entero, aunque no ejercida directamente y, luego como una autoridad indirecta (por Belarmino). Pero estas cosas no involucran al dogma y, por tanto, no interesan a la doctrina propiamente tal, no interesan a la salvación de las almas. Entonces, ¿está todo bien en relación con las enseñanzas del Concilio? No.

Como se ha señalado, monseñor Schneider ha sostenido siempre la necesidad de un nuevo Syllabus (véase aquí) para rectificar ciertos aspectos del Concilio Vaticano II. Y no sólo esto: un Syllabus tiene importancia doctrinal y, efectivamente, los errores contenidos en el Concilio, aunque haya sido sólo un “concilio pastoral”, tienen relevancia doctrinal. Es imposible negar esto.

De modo que, en lo que se refiere al Syllabus propuesto, no se trata de cambiar una doctrina válidamente enseñada por los Papas en el pasado, sino solamente de erradicar los errores que la han penetrado. El error [del Concilio] no es doctrina; el error [del Concilio] niega total y completamente la doctrina. Y es un error propagado por una Asamblea que no sólo se presentó como exclusivamente pastoral, sino que además se manchó con graves y repetidas ilegalidades.

Honestamente, no veo cuál es el problema planteado aquí por monseñor Viganò en lo que se refiere a la específica intervención del futuro magisterio en los errores del Conciliábulo que fue el Vaticano II. Su tesis, si la he entendido correctamente, es obviamente válida en lo que se refiere a la verdadera doctrina de la Iglesia, pero no me parece aplicable a la falsa doctrina que se estableció, con la complicidad de los Papas entonces reinantes, por un Concilio tumultuoso realizado en un clima de continua confusión e ilegalidad.

Digo todo esto en mi calidad de laico, pero, a mi juicio, habiéndose proyectado luz sobre los subterfugios procedimentales y los errores contra la fe esparcidos en los diversos documentos, un Papa bien podría, al cabo, echar abajo el Concilio entero, “confirmando con ello a sus hermanos en la fe”. Esto caería perfectamente dentro de la órbita de su summa potestas iurisdictionis (suma potestad de jurisdicción) sobre la Iglesia entera, iure divino (por derecho divino). El Concilio no es superior al Papa. Si el Concilio se ha desviado de la fe, el Papa tiene la potestad de invalidarlo. De hecho, tiene el deber de hacerlo.


Vista de la Plaza de San Pedro durate el Concilio Vaticano II

Por otra parte, el Prof. Pasqualucci responde a la observación de un lector: “Le corresponde al arzobispo Viganò retractarse”.

Mirado el punto de cerca, no hay nada aquí de qué “retractarse”. Lo que le corresponde a monseñor Viganò es explicarse más, si le parece oportuno, de modo de ayudarnos a comprender mejor su pensamiento, ya que, como laicos, no tenemos los mismos instrumentos teológicos y canónicos que él tiene a la mano. Y no somos laicos que nos opongamos a los clérigos. Escribí “digo todo esto en mi calidad de laico”, no a fin de polemizar, sino simplemente para indicar que no soy teólogo o experto en estas materias y, por tanto, “razono como un laico” que tiene formación en Derecho y filosofía.

¡Ni monseñor Viganò ni monseñor Schneider son enemigos que haya que refutar! Los problemas teológicos y canónicos planteados por esta increíble crisis de la Iglesia son muy grandes y muy difíciles de resolver. Nosotros tratamos de orientarnos recurriendo a la guía que nos ofrece la gracia de Dios a través de estos dos valientes y correctísimos obispos, los únicos, hasta ahora, que se han enfrentado con el enemigo dirigiéndole un ataque frontal.

jueves, 15 de agosto de 2019

Pistas de lectura: Resurgimiento en medio de la crisis, de Peter Kwasniewski

Según lo anunciáramos recientemente, ha aparecido bajo el sello Angelico Press el libro Resurgimiento en medio de la crisis: Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la iglesia (publicada originalmente en inglés en 2014), del Dr. Peter Kwasniewski, asiduo colaborador de esta bitácora (véase aquí la entrada que le dedicamos al libro en su día). La traducción es obra de Augusto Merino, también colaborador estable de esta bitácora, y nuestra Asociación estuvo a cargo del trabajo de edición y asumió el financimiento de este proceso. El libro, disponible en tapa dura y en rústica, puede adquirirse, además de en la página web de la editorial, aquí (envío desde EE.UU.) o aquí (envío desde España).

Hoy, además, queremos presentarles una recensión de la obra remitida por un lector, la que esperamos anime a muchos a leer este libro imprescindible para todo católico interesado en la auténtica renovación litúrgica, que no es otra cosa que el regreso al origen, vale decir, a la Misa de siempre.


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Kwasniewski, P., Resurgimiento en medio de la crisis. Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia, trad. de Augusto Merino Medina, Nueva York, Angelico Press, 2019, 288 pp.

Un católico perplejo

Peter Kwasniewski es uno de los más importantes escritores católicos contemporáneos, ampliamente versado en filosofía y teología y, además, un importante compositor de música sagrada. Desde que, en su juventud, descubrió la Misa tradicional, que la Iglesia posterior al Concilio Vaticano II quiso ocultar infructuosamente a los fieles haciendo como que había sido abolida, Kwasniewski experimentó una verdadera epifanía que lo ha llevado a dedicar toda su intensa actividad al estudio de la liturgia tradicional de la Iglesia y, ahora último, específicamente de la Sagrada Tradición, fuente de la Revelación Divina, de cuyo seno ha nacido -y en cuyo seno sigue existiendo lleno de vigor- este rito sagrado que el propio Vaticano II calificó de “raíz y cumbre de la vida cristiana”.

Este libro, que ya había sido publicado en inglés y en otros siete idiomas, está prologado, en su edición castellana, por Monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana, Kasajistán, quien, junto con un grupo de egregios prelados, encabeza el movimiento de regreso a la Sagrada Tradición de la Iglesia, especialmente en lo que se refiere a la liturgia de la Misa.

El libro tiene como base algunas publicaciones anteriores del autor, pero la clara unidad de su texto atestigua la coherencia de su pensamiento a lo largo del tiempo, y la fuerza con que Kwasniewski se expresa revela cuán profundamente siente él las ideas expresadas. Por su parte, el vigoroso impacto que produce en el lector ver reunidos en un solo libro todo el espectro de temas que se centran en la liturgia demuestra cuán actuales son las ideas expuestas, cuán vigentes, cuán importantes en los tiempos que corren, y cuán obligada resulta su lectura.

Con gran acierto, Kwasniewski aborda en el primer capítulo el tema de la solemnidad de las celebraciones litúrgicas. En realidad, tal es el mejor punto de partida, por cuanto el pecado capital de la “nueva Misa” de Pablo VI es, quizá, la pérdida de la sacralidad, del sentido de lo sagrado, que con tanta fuerza emergía del milenario rito romano. Lo que era, en la teología católica tradicional, esencialmente un “sacrificio”, con su connotación de “hacer sagrada” alguna realidad, ha sido reemplazado por una banal reunión dominical de la “asamblea” parroquial, donde las cosas se dan en el nivel prosaico de cualquier asamblea humana. Los gestos sagrados han sido reemplazados por gestos “de acogida”, de “simpatía”, de “fraternidad”, en una perspectiva horizontal en que todo lo referido a Dios pasa a segundo plano -si es que se lo retiene del todo-.

Y en el orden de un desarrollo que revela, de por sí, el potente concepto que el autor tiene de la Misa, se habla a continuación de la “palabrería” de que está infectado el rito de Pablo VI: se trata de un rito “ilustrado”, en que se subraya la supuesta “comprensibilidad” de los ritos y en que, por tanto, se echa mano del lenguaje verbal como supremo medio de comunicación. La verbosidad, la palabrería de la Misa de Pablo VI es su rasgo más inmediatamente perceptible y, quizá, más importante, también. Los reformadores litúrgicos que la inventaron creían que lo más necesario era hacer participar en ella a los fieles, y para tal fin no discurrieron nada mejor que hacerla “comprensible” por la palabra, reducida a un lenguaje cotidiano desprovisto de toda dignidad, una palabra llena del didacticismo de la Ilustración, y prescindiendo del lenguaje no verbal, que es mil veces más influyente en el alma y, sobre todo, del silencio, que marca esa “soledad” en que se da el íntimo contacto con Dios y que, además, simboliza, en la Misa tradicional, la soledad del celebrante que, de modo similar a lo que hacía el Sumo Sacerdote judío cuanto entraba solo en el Sancta Sanctorum una vez al año, entra solo en el tiempo sagrado del Canon, corazón del rito. 

 Peter Kwasniewski

Tuvo razón el Concilio Vaticano II cuando, en aquella confusa constitución Sacrosanctum Concilium, llena de ocultas “bombas de tiempo” que habrían de estallar en las décadas posteriores, dijo que la Misa es la “raíz y la cumbre” de la vida cristiana. No hay nada que forme más y de más excelente modo el alma y la sensibilidad de un católico que el milenario rito de la Misa tradicional. Y por eso su desmantelamiento de signos y símbolos sagrados, su auténtica “demolición” (en términos de algunos honestos reformadores litúrgicos que contemplaron posteriormente, con espanto, lo que habían hecho), es la más eficaz herramienta para la “descatolificación” de los fieles, lo que significa, al cabo, la pérdida de la fe. Y tal es, en efecto, el oculto propósito perseguido por Bugnini en el siglo XX, tal como lo fue el de Cranmer, en el siglo XVI: el cambio de la fe católica por otra. Cuál sea esa otra fe es algo incierto: por el momento, sí es posible afirmar que se apuntó a una fe protestante, pero no se sabe, a la larga, en qué fe -cristiana o no- ha de terminar el proceso, visto el camino de degeneración que el propio protestantismo ha venido recorriendo desde hace no menos de doscientos años.

Ese “desmantelamiento” de la Misa queda bien resumido en las “cinco llagas” de que ha escrito Mons. Schneider, que Kwasniewski aborda en otro capítulo, entre las que destaca, por su importancia simbólica, la supresión -hecha contra la voluntad del propio Concilio- del latín, como lengua sagrada. Son, en lo fundamental, llagas que desacralizan la Misa y, con ello, van reduciendo la vida cristiana entera, que aquella formaba tan maravillosamente, a una especie de ética humanística de tono masónico, en que los temas que predominan son el cuidado del medioambiente y la protección de las especies en peligro (salvo de los humanos en gestación), la promoción de un cristianismo que “no es una amenaza para nadie” y, al cabo, de una especie de religión universal que abarca en su monstruoso seno todo tipo de creencias y de prácticas, sin importar cuán aberrantes o incoherentes sean.

El último capítulo de este libro es un estupendo clarinazo sobre lo que debe hacerse si se quiere recuperar todo lo que la destructiva “reforma” litúrgica de Pablo VI arrasó impíamente. Una vuelta a la salud de la fe católica exige tres cosas: la restauración del antiguo rito de la Misa (punto en el cual el autor, en sus últimas publicaciones, insiste de modo cada vez más enérgico, sin concesiones a soluciones “intermedias”, como la teoría de las “dos formas”); recuperación de la teología de Santo Tomás de Aquino y de la “philosophia perennis” que le sirve de apoyo, a fin de contrarrestar el esmog intelectual del que surgió la “nouvelle théologie” y su expresión litúrgica y, finalmente, la proclamación de la “doctrina social” de la Iglesia, es decir, no sólo de lo que ella ha dicho sobre la “cuestión social” surgida en los últimos dos siglos, sino de todo el pensamiento católico sobre la polis y la vida colectiva, tal como se ha venido configurando, a partir de la fe apostólica, a lo largo de los siglos. Este capítulo es de lo más iluminador, dentro de su concisión, que se ha escrito en los últimos años, y unifica espléndidamente tres temas que, a poco avanzar en el análisis de la actual crisis de la Iglesia, aparecen como los más centrales y pertinentes.

Este libro de Kwasniewski sin duda habrá de causar en el lector un gran impacto en su primera lectura, y ello sugiere que merece absolutamente una segunda lectura meditada.

No existe en castellano, hoy por hoy, ningún otro texto comparable a éste en claridad, vigor, profundidad y capacidad de motivar una acción eficaz, sobre todo entre los laicos, a quienes parece haberles caído la principal responsabilidad, en estos aciagos tiempos, de revigorizar a la fe católica, maltratada por los jerarcas, incluso los más altos, de la Iglesia.

miércoles, 12 de junio de 2019

"Declaración de verdades" de dos cardenales y tres obispos

Reproducimos a continuación la traducción que el sitio Adelante la Fe ha hecho de la Nota Explicativa a la Declaración de verdades de la Fe para remediar la «confusión y desorientación doctrinales casi universales» que pone en peligro la salud espiritual y la salvación eterna de las almas en la Iglesia de hoy, suscrita por los cardenales Raymond Burke y Janis Pujats, junto con otros tres obispos: Tomash Peta, Arzobispo de la arquidiócesis de María Santísima en Astana; Jan Pawel Lenga, Arzobispo-Obispo emérito de Karaganda; y Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de la arquidiócesis de María Santísima en Astana.

La traducción castellana de la Declaración misma, también realizada por Adelante la Fe y cuya lectura recomendamos encarecidamente a nuestros lectores, puede leerse aquí.

 S.E.R. el Cardenal Burke (izq.) y Mons. Athanasius Schneider
(Fotomontaje: Adelante la Fe)

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Nota explicatoria a la «Declaración de verdades relativas a algunos de los errores más comunes en la vida de la Iglesia de nuestro tiempo»

La Iglesia actual sufre una de las mayores epidemias espirituales. Es decir, una confusión y desorientación doctrinal de alcance casi universal, que suponen un peligro seriamente contagioso para la salud espiritual y la salvación eterna de numerosas almas. Al mismo tiempo, es preciso reconocer un letargo espiritual generalizado en el ejercicio del Magisterio a diversos niveles de la jerarquía de la Iglesia de hoy. En buena parte, ello obedece a que no se ha observado el deber Apostólico – según lo declarado también por el Concilio Vaticano II – que los obispos deben «con vigilancia, apartar de su grey los errores que la amenazan» (Lumen gentium, 25).

Los tiempos que vivimos se caracterizan por una aguda hambre espiritual de los fieles católicos de todo mundo para que se reafirmen las verdades que han sido oscurecidas, socavadas y negadas por algunos de los más peligrosos errores de nuestra época. Los fieles que padecen esta hambre espiritual se sienten abandonados, y se encuentran por eso en una especie de periferia existencial. Semejante situación requiere con urgencia un remedio concreto. No admite más demora una declaración pública de las verdades que se oponen a dichos errores. Tenemos, por tanto, presentes las siguientes palabras del papa San Gregorio Magno, válidas para todos los tiempos: «No flaquee nuestra lengua para exhortar y, habiendo asumido el cargo de obispo, no nos condene nuestro silencio ante el tribunal del justo Juez (…) La grey que nos ha sido encomendada abandona a Dios, y callamos. Vive en pecado, y no alargamos la mano para corregirla» (Hom. In ev., 17,3.14).

Somos conscientes de la grave responsabilidad que tenemos como obispos católicos conforme a la amonestación de San Pablo, que enseña que Dios dio a su Iglesia «pastores y doctores a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, al estado de varón perfecto, alcanzando la estatura propia del Cristo total, para que ya no seamos niños fluctuantes y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, al antojo de la humana malicia, de la astucia que conduce engañosamente al error. Sino que, andando en la verdad por el amor, en todo crezcamos hacia adentro de Aquel que es la cabeza, Cristo. De Él todo el cuerpo, bien trabado y ligado entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándole en el amor» (Ef 4, 12-16).

Con espíritu de caridad fraterna, publicamos la presente Declaración de verdades a modo de ayuda espiritual concreta para que los obispos, sacerdotes, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones de fieles laicos y particulares tengan oportunidad de confesar en privado o en público las verdades que más se niegan o desfiguran en nuestros tiempos. La siguiente exhortación del apóstol San Pablo debe entenderse como dirigida a cada obispo y fiel laico de hoy: «Lucha la buena lucha de la fe; echa mano de la vida eterna, para la cual fuiste llamado, y de la cual hiciste aquella bella confesión delante de muchos testigos. Te ruego, en presencia de Dios que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús –el cual hizo bajo Poncio Pilato la bella confesión– que guardes tu mandato sin mancha y sin reproche hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo» (1Tim 6,12-14).

Ante la mirada del Divino Juez y en su propia conciencia, todo obispo, sacerdote y fiel laico tiene el deber moral de dar testimonio inequívoco de las verdades que hoy en día se oscurecen, socavan y niegan. Declarando dichas verdades mediante actos públicos y privados se podría iniciar un movimiento de confesión de la Verdad, de defensa y reparación por los pecados generalizados contra la Fe y por los pecados secretos y públicos de apostasía, disimulada o manifiesta, de no pocos clérigos y seglares. Eso sí, hay que tener presente que lo que importa en tal movimiento no es el número de sus miembros, sino la verdad, como afirmó San Gregorio Nacianceno ante la confusión doctrinal generalizada de la crisis arriana, cuando declaró que Dios no se complace en los números (cf. Or. 42,7). 
San Gregorio Nacianceno


Al dar testimonio de la perenne fe católica, clero y fieles recordarán la verdad de que «la totalidad de los fieles no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando “desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos” presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 12).

Los santos y los grandes obispos que vivieron en tiempos de crisis doctrinales pueden interceder por nosotros y guiarnos mediante su enseñanza, como lo hacen las siguientes palabras de San Agustín dirigidas al Papa San Bonifacio I: «Dado que todos los que ejercemos el episcopado compartimos una misma atalaya pastoral (si bien tu vigilas desde una altura superior), hago lo que está en mis manos con respecto a mi pequeña porción del rebaño en la medida en que el Señor se digna concederme autoridad mediante la ayuda de tus oraciones » (Contra ep. pel., 1,2).

La voz unánime de los pastores y los fieles en una precisa declaración de verdades será indudablemente un medio eficaz de ayuda fraternal y filial al Sumo Pontífice en la extraordinaria situación actual de confusión doctrinal generalizada y desorientación que reina en la vida de la Iglesia.

Hacemos esta Declaración con espíritu de caridad cristiana, la cual se manifiesta velando por la salud espiritual de los pastores y los fieles; es decir, de todos los miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, teniendo presentes las siguientes palabras de San Pablo en su Primera Epístola a los Corintios: «Que no haya disensión en el cuerpo, sino que los miembros tengan el mismo cuidado los unos por los otros. Por donde si un miembro sufre, sufren con él todos los miembros; y si un miembro es honrado, se regocijan con él todos los miembros» (1Cor 12, 25-27), y en la carta a los Romanos: «Pues así como tenemos muchos miembros en un solo cuerpo, y no todos los miembros tienen la misma función, del mismo modo los que somos muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, pero en cuanto a cada uno somos recíprocamente miembros. Y tenemos dones diferentes conforme a la gracia que nos fue dada, ya de profecía para hablar según la regla de la fe, ya de ministerio, para servir; ya de enseñar, para la enseñanza; ya de exhortar, para la exhortación. (…) Aborreced lo que es malo, apegaos a lo que es bueno. En el amor a los hermanos sed afectuosos unos con otros; en cuanto al honor, daos preferencia mutuamente. En la solicitud, no seáis perezosos; en el espíritu sed fervientes; para el Señor sed servidores» (Rm 12, 4-11).

Los cardenales y obispos que firman esta “Declaración de verdades” la encomiendan al Corazón Inmaculado de la Madre de Dios bajo la advocación “Salus populi romani” (“Salvación del pueblo romano”) considerando el privilegiado significado espiritual que este ícono tiene para la Iglesia Romana. Que toda la Iglesia Católica, bajo la protección de la Virgen Inmaculada y Madre de Dios, “luche intrépidamente la buena batalla de la fe, persevere firmemente en la doctrina de los apóstoles y proceda seguramente entre las tempestades del mundo hasta llegar a la ciudad celestial” (Prefacio de la Misa en honor de la Bienaventurada Virgen María “Salvación del pueblo romano”).

31 de mayo de 2019


Cardenal Raymond Leo Burke, Patrono de la Soberana y Militar Orden de Malta

Cardinal Janis Pujats, Arzobispo emérito de Riga

Tomash Peta, Arzobispo de la arquidiócesis de María Santísima in Astana

Jan Pawel Lenga, Arzobispo-Obispo emérito de Karaganda

Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de la arquidiócesis de María Santísima en Astana
(Adelante la Fe. Original)


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Actualización [29 de agosto de 2019]: El cardenal Gerhard Ludwig Müller, que fuera prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha vuelto a publicar otro documento sobre el sínodo de la Amazonía, como hiciera el pasado 16 de julio (véase aquí). En este caso también se pronuncia sobre el camino sinodal de la Iglesia alemana. El documento ha sido publicado en primicia por InfoVaticana en consorcio con otros medios de todo el mundo, como LifeSiteNews y La Bussola Quotidiana. El cardenal Müller se suma así a las críticas de otro cardenal alemán, Walter Brandmüller, quien ha calificado al sínodo previsto para octubre próximo como una "estratagema para restructurar la Iglesia", con contenidos heréticos e importantes cambios en su doctrina multisecular (véase aquí y aquí). 

Actualización [28 de agosto de 2019]: El cardenal Raymond Leo Burke concedió una amplia entrevista en Youtube al periodista católico Patrick Coffin. En ella ha vuelto a calificar al documento de trabajo presentado para el próximo Sínodo de la Amazonia como una manifestación de apostasía, dado que ella comporta "una deserción completa de la fe, un alejamiento total de Cristo, y de las muchas verdades de fe". Infocatólica ha publicado una breve noticia con las frases dichas por el cardenal estadounidense, que insisten sobre la necesidad de preservar la fe católica. Sus palabras coinciden con las de S.E.R. José Luis Azcona, agustino recoleto y obispo emérito de la Prelatura de Marajó, sufragánea de la Arquidiócesis de Belén de Pará (Brasil) y que forma parte de la región amazónica, para quien el Instrumentum Laboris de dicho sínodo es algo completamente alejado de la realidad de esa zona, contrario a la fe y que entraña el peligro de provocar un cisma en la Iglesia (véase aquí la noticia publicada por Infocatólica). Y las críticas no cesan. Así, por ejemplo, en una entrevista concedida a LifeSiteNews, el Profesor Thomas Stark (Universidad de St. Pölten, Austria) ha asegurado que la teología de la liberación, condenada por la Congregación para la Doctrina de la Fe bajo el cardenal Josef Ratzinger (véase aquí y aquí), se ha transformado en "tribalismo" y ha sido asumido íntegra en el Instrumentum Laboris del Sínodo para la Amazonia. Éste promueve, entonces, una forma de socialismo radical cuyas consecuencias están lejos de avizorarse (véase aquí la traducción ofrecido por Infocatólica). 

Actualización [25 de octubre de 2019]: Es sabido que entre el 6 y el 27 de este mes se está celebrando en la Ciudad del Vaticano un Sínodo cuyo tema es "Amazonia: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral". Las críticas respecto de los resultados de este encuentro siguen siendo manifestadas por unos pocos prelados que, como los niños que denunciaban la desnudez del emperador que se creía ataviado por un fastuoso traje hecho con hilos preciosos, no tienen miedo en predicar la doctrina de Cristo recogida en las Sagradas Escrituras y la Tradición, únicas fuentes que nos permiten acceder a la Revelación. S.E.R. José Luis Azcona, agustino recoleto y obispo emérito de la Prelatura de Marajó (Brasil), ha vuelto a manifestarse, esta vez a través de un artículo, sobre los graves defectos y carencias del Instrumentum Laboris del Sínodo, denunciando sus silencios, heterodoxia y falta de contenido salvífico. El artículo y un resumen es accesible desde aquí. Por su parte, S.E.R. Rob Mutsaerts, obispo auxiliar de Den Bosch (Holanda), sostiene en un artículo publicado en su bitácora personal que el documento de trabajo sobre el discuten los obispos es un intento de convertir la fe católica en una "nueva religión" al "abrazar el panteísmo" y reconocer la "superstición pagana como fuente de revelación". El obispo asegura que el texto habla sobre todo de "eco-socialismo, cambio climático, ecumenismo, viri probati y la ordenación de mujeres", mientras que hay una "sola mención de Jesús", "pero no como Hijo de Dios y Salvador", sino como "Jesús el filósofo, revolucionario e hippie". Infocatólica entrega una versión castellana de algunos fragmentos de ese artículo. El diagnóstico es compartido por el conocido comentarista estadounidense Michael Voris, para quien el Sínodo tiene un propósito claro: cambiar la Iglesia universal por una "Iglesia mundialista" (véase aquí la fuente). Un comentario similar ha hecho el Cardenal Gerhard Müller, prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en una entrevista llevada a cabo por Matteo Matzuzzi para el diario Il Foglio (véase aquí el reportaje que hace de ella Infocatólica). En esa conversación, el cardenal ha vuelto a acusar al Sínodo para la Amazonia de expulsar a Jesús y advierte que el Señor "dio su vida para la salvación de los hombres, no del planeta". En palabras del teólogo George John Woodall, del Ateneo Pontificia Regina Apostolorum, "la creación no es sagrada. No podemos rezar a lo que no es Dios" (véase aquí el reportaje de Religión en libertad). De igual forma, en una nueva declaración sobre el Sínodo, el cardenal Walter Brandmüller ha advertido que la discusión entraña el reemplazo de la fe católica por "una religión panteísta natural del hombre", lo cual incluso hace pensar que podemos estar en los tiempos escatológicos profetizados en el Nuevo Testamento (véase aquí la fuente). También han surgido voces desde el interior de la Curia alertando contra la grave crisis que vive la Iglesia. Es el caso del Cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, quien ha recordado que "aquellos que anuncian en voz alta revoluciones y cambios radicales son falsos profetas", y contra ellos nos previene el Evangelio (véase aquí la fuente). De hecho, considera abominable que se use a los pobres del Amazonas para apoyar proyectos del cristianismo burgués, como "la ordenación de hombres casados, la creación de ministerios femeninos y la jurisdicción de los laicos" (véase aquí el reportaje de Infocatólica). Su consejo, como lo expone en su último libro que cierra una muy recomendable trilogía (Se hace tarde y anochece, publicado en  castellano en agosto de este año por Ediciones Palabra), es claro: “¡No dudéis! ¡Manteneos firmes en la doctrina! ¡Perseverad en la oración!” (véase aquí el reportaje de Religión en libertad). Sin embargo, y como ha recordado la bitácora The Wanderer, los orígenes de un peligroso sincretismo entre la fe católica y el paganismo son más antiguos y se pueden de encontrar ya en el pontificado de Juan Pablo II (véase aquí y aquí). En ese mismo lugar hay un muy recomendable artículo sobre el culto a los ídolos a propósito de una talla de madera que representa a la fecundidad que se vio en algunas ceremonias del Sínodo (el papa Francisco también ha recordado, en su catequesis del miércoles 23 de octubre, que el primer concilio de la Iglesia pidió a los paganos que rechazaran la idolatría). Esos ídolos fueron arrojados a las aguas del río Tíber por alguna persona anónima de buena voluntad (véase aquí el video).  

sábado, 9 de febrero de 2019

Sólo la fe católica es verdadera y querida por Dios

Luego de la firma en los Emiratos Árabes Unidos por parte del papa Francisco y del "Gran Imán de Al-Azhar" de la desafortunada declaración conjunta intitulada "Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común" (la cual, para confusión y escándalo de los fieles, parece abrazar el más desembozado indiferentismo religioso), el obispo auxiliar de Santa María en Astana (Kasajistán), S.E.R. Mons. Athanasius Schneider, resume en una breve pero brillante declaración la que ha sido desde siempre la doctrina de Cristo: solamente la religión católica es verdadera y querida por Dios. Ojalá más obispos siguieran el ejemplo de este pastor fiel y valeroso como pocos y fueran verdaderos testigos de Cristo y custodios de su Evangelio.

La traducción ha sido tomada del sitio Dominus est, con algunos pequeños ajustes editoriales de la Redacción.  El original, en inglés, puede leerse en Rorate Caeli.


Mons. Athanasius Schneider
(Foto: Liturgy Guy)


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El don de la adopción filial

La fe cristiana: la única religión válida y la única dispuesta por Dios.


La Verdad de la filial adopción en Cristo, que es intrínsecamente sobrenatural, constituye la síntesis de toda la Revelación Divina. Siendo adoptados por Dios como hijos es siempre un don gratuito de gracia, el regalo más sublime de Dios a la humanidad. Se obtiene, sin embargo, sólo a través de una fe personal en Cristo y a través de la recepción del bautismo, tal como el Señor mismo enseñó: “En verdad, en verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos. Lo que nace de la carne, carne es, pero lo que nace del Espíritu, es espíritu. No te maravilles porque te he dicho: Es preciso nacer de arriba” (Jn 3, 5-7).

En décadas pasadas solía escucharse a menudo –incluso por boca de algunos representantes de la jerarquía de la Iglesia– declaraciones sobre la teoría de “cristianos anónimos”. Esta teoría dice lo siguiente: la misión de la Iglesia en el mundo consistiría finalmente en elevar la conciencia de que todos los hombres deben tener su salvación en Cristo y consecuentemente de su filial adopción en Cristo. Ya que, según la misma teoría, incluso el ser humano posee ya la filiación de Dios en la profundidad de su personalidad. Sin embargo, tal teoría contradice de manera directa la Revelación Divina tal como Cristo la enseñó, y Sus Apóstoles y la Iglesia por más de dos mil años siempre la transmitieron inmutable y sin sombra de dudas.

En su ensayo “La Iglesia de los judíos y gentiles” (Die Kirche aus Juden und Heiden), Erik Peterson, el muy conocido converso y exégeta, ya desde hace mucho (1933) advirtió en contra del peligro de tal teoría, cuando afirmó que no se puede reducir el ser cristiano (“Christsein”) al orden natural, en el que los frutos de la redención logrados por Jesucristo serían imputados a cada ser humano de modo general como una especie de herencia, únicamente porque compartiría la naturaleza humana con la Palabra encarnada. No obstante, la adopción filial en Cristo no es un resultado automático, garantizado a través de la pertenencia a la raza humana.

San Atanasio (cfr. Oratio contra Arianos, II, 59) nos dejó una explicación simple y al mismo tiempo adecuada de la diferencia entre el estado natural de los hombres como criaturas de Dios y la gloria de ser un hijo de Dios en Cristo. San Atanasio desprende su explicación de las palabras del santo Evangelio según san Juan, que dice: “Mas a cuantos le recibieron dioles poder de venir a ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre. Que no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos” (Jn. 1, 12-13). Juan utiliza la expresión “son nacidos” para decir que los hombres se hacen hijos de Dios no por su naturaleza, sino por adopción. Esto muestra el amor de Dios, que Él quien es su creador se convierte entonces a través de la gracia en su Padre. Esto ocurre cuando, como dice el Apóstol, los hombres reciben en sus corazones el Espíritu del Hijo Encarnado, que les clama: “¡Abba, Padre!”. San Atanasio continúa su explicación diciendo que, como seres creados, los hombres no pueden hacerse hijos de Dios en ninguna otra manera que a través de la fe y el bautismo, cuando éstos reciben el Espíritu del Hijo de Dios natural y verdadero. Precisamente por esa razón el Verbo se hizo carne, para hacer a los hombres dignos de adopción como hijos de Dios y de la participación en la naturaleza Divina. Consecuentemente, por naturaleza de Dios, no es en el sentido propio de Padre de todos los seres humanos. Sólo si alguien de manera consciente acepta a Cristo y es bautizado, será digno de clamar con verdad: “Abba, Padre” (Rm. 8, 15; Gal. 4, 6).

Desde los comienzos de la Iglesia hubo la afirmación, como testifica Tertuliano: “Los cristianos no nacen, se hacen” (Apol., 18, 5). Y San Cipriano de Cartago formuló adecuadamente esta verdad, diciendo: «No puede tener a Dios por Padre, quien no tiene a la Iglesia por su madre” (De unit., 6).

La tarea más urgente de la Iglesia en nuestro tiempo es preocuparse por el cambio del clima espiritual y sobre la migración espiritual, concretamente, que el clima de falta de creencia en Jesucristo, el clima del rechazo a la majestad de Cristo, sean cambiados por un clima de fe explícita en Jesucristo, por la aceptación de Su majestad, y que los hombres puedan migrar de la miseria de la esclavitud espiritual de la falta de creencia hacia la felicidad de ser hijos de Dios, y de una vida de pecado a una estado de gracia santificante. Estos son los migrantes por los que debemos preocuparnos urgentemente.

El Cristianismo es la única religión dispuesta por Dios. Por lo tanto, ésta no puede ser colocada complementariamente a la par con otras religiones. Aquellos que afirman que la diversidad de religiones es la voluntad de Dios, violarían la verdad de la Revelación Divina, tal como está afirmada inequívocamente en el Primer Mandamiento del Decálogo. Según la voluntad de Cristo, la fe en Él y en su Divina enseñanza debe reemplazar a las demás religiones, sin embargo no por la fuerza, sino por persuasión amorosa, como está expresado en el himno de Laudes de la Fiesta de Cristo Rey: “Non Ille regna cladibus, non vi metuque subdidit: alto levatus stipite, amore traxit omnia” (“No con la espada, la fuerza y el miedo Él somete a los súbditos, sino exaltado en la Cruz atrae amorosamente todas las cosas hacia Él”).

Hay un solo camino hacia Dios, y éste es Jesucristo, pues Él mismo dijo: “Yo soy el Camino” (Jn. 14, 6). Hay una sola verdad, y ésta es Jesucristo, pues Él mismo dijo: “Yo soy la Verdad” (Jn. 14, 6). Hay solo una verdadera vida sobrenatural del alma, y ésta es Jesucristo, pues Él mismo dijo: “Yo soy la Vida” (Jn. 14, 6).

 Cristo Pantocrátor de la Basílica de Santa Sofía (Constantinopla)

El Hijo Encarnado de Dios enseñó que fuera de la fe en Él no puede haber una religión verdadera y agradable a Dios: “Yo soy la puerta; el que por mí entra se salvará” (Jn. 10, 9). Dios ordenó a todos los hombres, sin excepción, escuchar a Su Hijo: “Este es mi Hijo amado, ¡escuchadle!” (Mc. 9, 7). Dios no dijo: “Pueden escuchar a Mi Hijo o pueden escuchar a otros fundadores de alguna religión, pues es mi voluntad que existan diferentes religiones”. Dios nos ha prohibido reconocer la legitimidad de la religión de otros dioses. “No tendrás otro Dios que a mí” (Ex. 20, 3), y “¿Qué consorcio hay entre la luz y las tinieblas? ¿Qué concordia entre Cristo y Belial? ¿Qué parte del creyente con el infiel? ¿Qué concierto entre el templo de Dios y los ídolos?” (2 Cor. 6, 14-16).

Si otras religiones también correspondieran a la voluntad de Dios, no se habría dado la condenación divina al becerro de oro en el tiempo de Moisés (cfr. Ex. 32, 4-20); entonces los cristianos de hoy cultivarían impunemente la religión de un nuevo becerro de oro, ya que las religiones son, según aquella teoría, caminos agradables a Dios también.

Dios dio a los Apóstoles, y a través de ellos la Iglesia para todos los tiempos, la orden solemne de instruir a todas las naciones y a los seguidores de todas las religiones en la única y verdadera Fe, enseñando a todos a observar Sus Divinos mandamientos y bautizarlos (cfr. Mt. 28, 19-20). Desde la predicación de los Apóstoles y del primer Papa, el Apóstol San Pedro, La Iglesia siempre proclamó que no hay salvación en ningún otro nombre, por ejemplo, en ninguna otra fe bajo el cielo por la cual los hombres deban ser salvados, sino en el Nombre y en la Fe de Jesucristo (cfd. Hech. 4, 12).

Con palabras de San Agustín la Iglesia enseñó en todos los tiempos: “La religión cristiana es la única religión que posee el medio universal para la salvación del alma; ya que, salvo por este camino, nadie puede salvarse. Este es un tipo de camino real, que por sí solo conduce a un reino que no es mortal como todas las dignidades temporales, sino que permanece firme en los cimientos eternos” (De civitate Dei, 10, 32, 1).

Las siguientes palabras del Papa León XII el grande dan testimonio de la misma enseñanza inmutable del Magisterio en todos los tiempos, cuando afirmó: “La opinión de que todas las religiones son iguales, Conducta muy acertada para arruinar todas las religiones, singularmente la Católica que, como única verdadera, no puede ser igualada a las demás sin suma injusticia” (Encíclica Humanum genus, núm. 16).

Los Apóstoles e incontables mártires cristianos de todos los tiempos, especialmente aquellos de los primeros tres siglos, habrían evitado el martirio si hubieran dicho: “La religión pagana y su culto es un camino, el cual también corresponde a la voluntad de Dios”. No habría existido, por ejemplo, una Francia cristiana, ninguna “Hija Mayor de la Iglesia”, si San Remigio hubiera dicho a Clodoveo, rey de los francos: “No desprecies tu religión pagana, la que has celebrado hasta ahora, y adora ahora a Cristo, a quien has perseguido hasta ahora”. De hecho, el santo obispo habló muy diferente, aunque de una manera bastante ruda: “¡Adora lo que has quemado y quema lo que has adorado!”.

La verdadera hermandad universal sólo puede ser en Cristo, y concretamente entre los bautizados. La gloria plena de hijos de Dios puede alcanzarse sólo en la visión beatífica de Dios en el cielo, como enseña la Sagrada Escritura: “Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos. Por eso, el mundo no nos conoce, porque no le conoce a Él. Carísimos, ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que cuando aparezca seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn. 3, 1-2).

Ninguna autoridad sobre la tierra –ni siquiera la suprema autoridad de la Iglesia– tiene el derecho de dispensar al pueblo de otras religiones, de la Fe explícita en Jesucristo como Hijo Encarnado de Dios y único Salvador de la humanidad asegurando que diferentes religiones como aquellas están dispuestas por Dios mismo. Indelebles –porque están escritas por el dedo de Dios tan claras como el cristal en su significado– permanecen, no obstante, las palabras del Hijo de Dios: “Todo el que creyere en Él tenga la vida eterna”, pero “el que no cree, ya está juzgado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Jn. 3, 18). Esta verdad fue válida hasta ahora en todas las generaciones cristianas y permanecerá válida hasta el fin de los tiempos, independientemente del hecho de que algunas personas en la Iglesia de nuestra época tan voluble, cobarde, sensacionalista y conformista reinterprete esta verdad en un sentido contrario a su evidente expresión, vendiéndonos esta reinterpretación como continuidad en el desarrollo de la doctrina.

Fuera de la Fe católica ninguna otra religión puede ser un camino verdadero y dispuesto por Dios, ya que esta es la voluntad explícita de Dios, que todos los pueblos crean en Su Hijo: “Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga la vida eterna” (Jn. 6, 40). Fuera de la Fe católica ninguna otra religión es capaz de transmitir la verdadera vida sobrenatural: “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo” (Jn. 17, 3).

+ Athanasius Schneider,
Obispo Auxiliar 
Arquidiócesis de Santa María en Astana (Kazajistán)


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Actualización [13 de febrero de 2019]:  Su Emcia. Revma. el Cardenal Gerhard Müller, ante la turbación, confusión y escándalo causados por la heterodoxia doctrinal o bien por la renuencia a enseñar la doctrina de Cristo sin ambages ni recortes por parte de tantos miembros del alto clero y a petición de muchos obispos, sacerdotes y fieles,  ha publicado una Declaración de Fe Católica, con el versículo del Evangelio de Juan "¡No se turbe vuestro corazón!" (Jn 14, 1) como subtítulo, y cuya lectura atenta recomendamos vívamente. Quiera Dios que muchos otros cardenales y obispos se unan a este claro y valeroso testimonio de Fe del Cardenal Müller, tan necesario en estos tiempos aciagos. 

Actualización [22 de febrero de 2019]: Los cardenales Burke y Brandmüller, únicos sobrevivientes de entre los cuatro firmantes originales de las dubia planteadas al papa Francisco respecto del Sínodo de la Familia, las que hasta el día de hoy permanecen sin respuesta, han difundido una carta abierta a los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo que participan de la cumbre sobre abusos cometidos por parte de clérigos en el Vaticano. En dicha carta, los cardenales denuncian un clima de confusión generalizado en la Iglesia que va más allá de las dubia originales, y llaman a todos los cardenales y obispos a dejar de guardar silencio y alzar la voz para defender la integridad de la Fe católica. Los abusos clericales, por cierto un problema de la mayor gravedad, se enmarcan dentro de una crisis de mayor envergadura, que se define por la negación en palabras y hechos por parte de sectores del clero de la ley divina y natural y un alejamiento de la Verdad del Evangelio.

Actualización [8 de marzo de 2019]: Según lo difunde el sitio Life Site News en la forma de una entrevista concedida a dicho medio por Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de la diócesis de Santa María en Astana [aquí el original inglés; la traducción castellana de Dominus Est puede consultarse aquí],  los obispos de Kasajistán y Asia Central aprovecharon su entrevista con el Romano Pontífice con ocasión de la visita ad limina a Roma para plantearle diversas inquietudes sobre varios puntos en los que la ambigüedad del magisterio del Papa Francisco ha dado lugar a confusión y preocupación. Según lo consigna Mons. Schneider en la entrevista, él le planteó al Papa Francisco en específico el problema de la infortunada declaración conjunta con el "Gran Imán de Ab-Azhar", en la cual se señala, en contra de lo que enseña la Iglesia, que la diversidad de religiones es algo "querido por Dios". Según lo manifiesta Mons. Schneider, obtuvo del Papa Francisco la autorización para difundir la aclaración que la expresión sólo quiere decir "la voluntad permisiva de Dios". En la misma entrevista, Mons. Schneider compartió su opinión en el sentido que la reciente cumbre en Roma sobre abusos cometidos por clérigos puede ser considerada como un "espectáculo clerical" y un fracaso, pues no se abordaron las raíces profundas que explican la crisis ni se delinearon reglas y medidas concretas y claras para combatirla. A su vez, Mons. Schneider propone él mismo algunas normas y medidas que a su juició sí resultarían idóneas para ello.

Actualización [11 de marzo de 2019]: En estos tiempos de confusión es preciso acercarse a aquellos pastores que enseñan la Fe sin ambigüedades, ambages, recortes ni falsificaciones. Por ello es de saludar que Mons. Athanasius Schneider haya lanzado un sitio oficial de Internet con contenido catequético, homilético y magisterial en distintos formatos, al cual es posible suscribirse para recibir regularmente actualizaciones mediante correo electrónico. Mons. Schneider se suma con ello al Cardenal Raymond Leo Burke, quien también lanzó recientemente su sitio personal oficial.

Actualización [13 de marzo de 2019]: The Catholic World Report ha publicado una entrevista al Cardenal Müller en la que éste se refiere a su Declaración de Fe (ver actualización previa de 13 de febrero de 2019), responde a sus críticos y se pronuncia sobre la grave crisis que afronta actualmente la Iglesia. Una traducción castellana está disponible en el sitio Secretum Meum Mihi.