martes, 3 de diciembre de 2019

Por qué usar la patena de la comunión

A continuación ofrecemos a nuestros lectores una nueva traducción del Dr. Peter Kwasniewski, colaborador habitual de esta bitácora. El artículo llama a conservar o a reintroducir donde haya sido abandonado el uso de la patena de comunión para los fieles. En efecto, su uso muestra nuestra devoción y respeto hacia el Santísimo y reafirma de ese modo la fe de los fieles en la Presencia Verdadera.

El artículo fue publicado originalmente en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las fotos son las que acompañan al artículo original.


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Por qué debiera conservarse -o reintroducirse- el uso de la bandeja de comunión

Peter Kwasniewski

En la época en que todavía asistía yo diariamente a la Misa Novus Ordo, hubo un año en que, no sé debido a qué epidemia de dedos blandengues, pude muchas veces ver hostias que caían al suelo, cosa que ocurrió con tres sacerdotes diferentes. Estos episodios tuvieron dos consecuencias: me afirmaron en mi convicción de que no pudo darse nada más necio que cambiar el sistema de dar la comunión a los fieles en la lengua, arrodillados en el comulgatorio, por el otro, complicado e informal, de hacer cola y estirar la mano o la lengua -a diversas alturas en relación con quien daba la comunión-, y me impulsaron a investigar qué fue lo que ocurrió con la bandeja comunión, sostenida por un monaguillo para recoger las hostias o los fragmentos de ellas [Nota de la Redacción: véase la entrada que en su día le dedicamos a la bandeja de comunión en esta bitácora]. 

La historia de las bandejas de comunión resultó ser considerablemente más interesante que lo que me había imaginado: monseñor Charles Pope la cuenta aquí. Aunque se trata de un desarrollo reciente (siglo XIX), el uso de esas bandejas fue muy razonable. Después de todo, aunque el “mantel de comunión” fue el método tradicional y posee todavía un atractivo tanto estético como devocional, no resulta muy adecuado para recoger nada, a menos que se lo suspenda cuidadosamente bajo cada comulgante, tal como se observa en la práctica bizantina, o en las Misas de Primera Comunión del rito romano (véase la fotografía de más abajo). Así pues, la invención de la bandeja de comunión fue una idea brillante y fue muy merecida su aceptación universal en el mundo católico. Se la puede considerar un ejemplo clásico de desarrollo orgánico: se satisface una necesidad real con una solución apropiada que se acopla armoniosamente con lo que ya existe.

Ya nos podremos imaginar que ocurrió con esas bandejas en la década de 1960: en el prisa por modernizar, las patenas, junto con los manípulos, los birretes, los amitos, los manteles de comunión, los comulgatorios delante del altar y cientos de otros rasgos comunes de las iglesias católicas, fueron vistos como extras demasiado prolijos, complicaciones de sacristía, restos de escrupulosidades que interferían con las transacciones expeditivas y con las líneas puras de la nueva estética, en la que se pensaba que menos era más, más “auténtico” y más “espiritual”.

Sin embargo, no se requiere una experiencia muy larga para darse cuenta de que, cuando se usa una bandeja de comunión, a veces caen sobre ella fragmentos de hostias, que ahí quedan recogidos[1]. De por sí esto debiera bastar para volver a considerar seriamente la importancia de mantener el uso de la bandeja de comunión o de reintroducirlo ahí donde ha desaparecido.

Lo que me llama la atención es que esto es, también, mens ecclesiae, como se puede ver recientemente en 2004, en la Instrucción Redemptionis Sacramentum de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que declara (núm. 93): “La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento (Patina pro communione fidelium oportet retineatur, ad vitandum periculum ut hostia sacra vel quoddam eius fragmentum cadat)”.

En este punto, Redemptionis Sacramentum cita el núm. 118 de la Instrucción General del Misal Romano, que enumera todas las cosas que deben prepararse sobre la credencia y que incluye “la patena [patina] para la comunión de los fieles”[2]. Es cierto que una lectura atenta de la Instrucción General del Misal Romano parece sugerir que esta bandeja está mandada sólo para cuando se usa la intinción (véase núm. 287), pero se trata de una práctica de sentido común permitida por dicha Instrucción General y recomendable, ciertamente, por muchas razones.

 Mantel de comunión y la patena usándose simultáneamente (Primera Comunión en Alemania)

Una de ellas no la hemos mencionado todavía: además de su utilidad, la bandeja de comunión recuerda a los fieles el misterio de Aquel que se presenta a nosotros bajo la especie sacramental del pan. Él es el Señor de la gloria, oculto por el humilde velo de un alimento, y debemos aproximarnos a Él y tocarlo con la máxima reverencia. La bandeja es un modo simple y sutil de enfatizar que la comunión no es una señal meramente simbólica de pertenecer a una comunidad, sino una auténtica participación en la divina carne del Redentor. Cuando recuperamos pequeños signos como éste -y, en condiciones ideales, debiéramos restaurar también el comulgatorio, y el mantel de comunión- hacemos lo que está de nuestra parte para revertir las escandalosamente malas estadísticas sobre la ignorancia y falta de fe en la transubstanciación que caracteriza a los católicos estadounidenses y también a los católicos de muchas otras partes del mundo.

Otra razón para usar la bandeja de comunión es que sutilmente anima a los fieles a recibir la comunión en la lengua, ya que ella parece adquirir su utilidad máximamente en esa situación. Se transmite la señal de que con la recepción en la lengua ocurre algo especial que la recepción en la mano hace imposible. Desde un punto de vista psicológico, ello podría traducirse así: “La persona que me antecede recibe un trato especial, puesto que el sacerdote y el monaguillo cooperan en el acto de darle la comunión. Quizá yo debiera hacer lo mismo. Me parece ahora lo más apropiado”. Apostaría a que un “boomer” [Nota de la Redacción: Un “boomer” es una persona nacida durante el “baby boom” que tuvo lugar después de la Segunda Guerra Mundial, entre 1946 y 1965] no habrá de razonar de esta forma, pero sí lo harán otros con menos equipaje a cuestas.

Aunque a veces se usan bandejas de comunión sin mango, las que tienen un mango largo son mucho más apropiadas para los monaguillos. Si en algún lugar específico se sigue usando el modelo usual, ineficiente e impersonal, de “hacer fila”, el acólito debiera ponerse a un costado del sacerdote y sostener la patena bajo la barbilla de todo comulgante que reciba la hostia en la lengua. Es más difícil decir qué debiera hacerse en el caso de los que la reciben en la mano, aparte de decir que no debieran hacerlo, y punto. Pero esto ha sido abordado en muchos otros artículos de New Litiurgical Movement, y no es la cuestión central en éste.

Para quienes toman en serio aquello de “grano tras grano de arena”, reintroducir la bandeja de comunión sería un granito simple y barato, que podría contribuir de inmediato.




[1] No hay ningún método perfecto. Raramente una hostia dará en la bandeja un bote para luego caer a suelo, cosa que vi pasar una vez con la primera generación de hostias bajas en gluten, que tienden a ser más duras que blandas [Nota de la Redacción: La Congregación para la Doctrina de la Fe, en respuesta de 29 de octubre de 1982, señaló que no era posible consagrar hostias sin gluten, porque de esa forma desaparecen uno de los accidentes del pan]. Tales accidentes, en todo caso, pueden evitarse siempre que la patena quede bien cerca de la barbilla del comulgante, de modo que no haya mucho espacio por donde la hostia pueda caerse. 

[2] Nota de la Redacción: La traducción oficial al castellano disponible en el sitio web de la Sede Apostólica usa la expresión que hemos puesto en el cuerpo de este artículo, vale decir, habla de "la patena para la Comunión de los fieles" (núm. 118, c). El original en latín dice en esa parte: "patina pro Communione fidelium". Sin embargo, la forma usual de denominar el artículo en cuestión es "bandeja de comunión", que se utiliza en la versión castellana de la Instrucción Redemptionis Sacramentum

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