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jueves, 5 de enero de 2017

50 años de Magnificat: la conferencia de Augusto Merino (cuarta parte)

Les ofrecemos a continuación la cuarta entrega de la conferencia impartida por el Profesor Augusto Merino Medina en el II Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile el pasado mes de agosto de 2016.

 Prof. Augusto Merino

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Lex orandi, lex credendi: cómo alterar la fe sin tocar la doctrina (IV)
Cantar es orar dos veces: doble vía para la invasión

1. Hemos visto que el manejo sutil de los textos de la liturgia, cuando es hecho con la debida ambigüedad y gradualidad, puede conducir a un clima espiritual notablemente diferente del que existía en el punto de partida. Se puede así, sin rozar siquiera formulación alguna doctrinal, comenzar una lenta transformación de la sensibilidad, de los afectos y, al cabo, de la fe. La fórmula, como hemos señalado, ha sido suficientemente probada en la historia. Por ejemplo, durante las primeras décadas de que siguieron a la reforma luterana, poca gente cayó en la cuenta de que se había cambiado radicalmente la religión, dado que los cambios que veían les parecían secundarios e incluso pastoralmente convincentes. Algo similar había ocurrido hacia el siglo IV cuando la herejía arriana se extendió por toda la Cristiandad.

Ahora bien, el lenguaje musical tiene tal poder de informar el alma humana que ya los Santos Padres miraban con algún temor su tremenda fuerza, capaz de mover el corazón del hombre en las más diversas direcciones. En relación con esto, la postura de San Agustín es especialmente reveladora: el santo obispo de Hipona fue tan sensible a la música que, como se sabe, fue el oír el canto de los salmos en Milán lo que, finalmente, junto con la predicación de San Ambrosio, desencadenó su conversión al catolicismo. Esta circunstancia de su conversión no fue en absoluta muda para él: gracias a ella captó inmediatamente el poder casi irresistible del lenguaje musical y se dio cuenta de que, a menos que estuviera severamente controlado, no podía servir a los fines de mover el alma hacia Dios[1]. 

Nicolo di Pietro: San Agustín y Alipio reciben la visita de Ponticiano (circa 1413, Musée des Beaux-Arts de Lyon)
(Imagen: Wikimedia Commons)

La manipulación de la música en el postconcilio ha tendido hacia lo que es una primera etapa transitoria, que ha de conducir a la etapa final: la etapa de tránsito es la transformación del significado de la Misa, que en la fe católica es un sacrificio, en un banquete en que la asamblea recibe festivamente el cuerpo del Señor, con todas las manifestaciones de alegría propias de un banquete; y la etapa final es convertir ese banquete, rodeado inicialmente de la parafernalia de lo sagrado, en una festividad más en que la colectividad humana se celebra a sí misma y comparte simbólicamente ciertos dones, en una actitud “fraternal” y “solidaria” que refuerza su unidad colectiva[2]. Del sacrificio redentor no queda, entonces, más que una reminiscencia vaciada de cualquier significado.

2. En diversas ocasiones en la historia de la Iglesia la belleza de un determinado lenguaje musical ha difuminado los límites que existen entre la música sagrada, es decir, compuesta para la sagrada liturgia, y la música profana: la consecuencia es que se ha importado esa belleza profana al interior de la liturgia, desvirtuándose el espíritu de ésta. Y ello ha sido visto por los pastores no como un problema adicional más, entre los muchos que han afectado la vida de la Iglesia, sino como uno centralísimo y grave. El mejor testimonio de ello es la drástica reacción de San Pío X frente a la “operatización” de la música sagrada a fines del siglo XIX, uno de los motivos que lo movió a escribir su famoso motu proprio Tra le sollicitudine (1903), que definió lo que es música sagrada, la única digna de ser introducida en el culto católico.

Considerando el tremendo poder de la música, es claro que cualquiera que esté interesado en cambiar la fe en un sentido o en otro, sin exponerse a los riesgos de hacerlo de modo paladino, directo e inequívoco y eligiendo, en consecuencia, una vía gradual y ambigua, tiene abierto este camino inmensamente poderoso y elocuente del arte musical para avanzar en su propósito.

San Pío X
(Foto: Wikimedia Commons) 

El ejemplo más importante de esto es el de Lutero, ya en parte anunciado. Este rebelde contra Roma se dio inmediatamente cuenta de que necesitaba establecer entre sus seguidores y Roma un corte emocional, afectivo, y recurrió para ello, antes incluso de consolidar la formulación de los artículos de la nueva fe, cosa que le llevó varias décadas, a la creación de un nuevo lenguaje musical, el “coral”, que debía proporcionar al pueblo “reformado” su identidad propia, distinta de la católica. Para esto, Lutero se rodeó de un grupo de conocedores, y contó con la ayuda de Johann Walther (1496-1570), su principal colaborador en estas materias desde Wittenberg, quien ya en 1524 publicó una colección de corales a cuatro y cinco voces. La necesidad de hacer cantar al pueblo llevó a Lutero a hacer obligatoria la enseñanza musical en las escuelas, y la música para la nueva fe fue siempre una de sus principales preocupaciones, que todavía persiste[3].

Ahora bien, aun cuando el Concilio Vaticano II no quiso que se innovara en la música patrimonial de la Iglesia latina, y aunque incluso el Consilium, que fue el autor de la revolución litúrgica, adhirió al concepto de música sagrada expuesto por San Pío X, las puertas abiertas a la revolución litúrgica fueron prontamente aprovechadas por quienes deseaban introducir cambios en la fe católica mediante bien calculados cambios en la lex orandi, que les habían de proveer del más estupendo apoyo imaginable en su propósito. Y los cambios en la música fueron importantes.

Como se sabe, el modernismo teológico propugna la inmanentización de las verdades de la fe, la supresión de todo supernaturalismo que desafíe a la razón, el sometimiento de la Revelación a la evolución del conocimiento humano. Su proyecto es, en otros términos, echar los fundamentos de una religión “dentro de los límites de la razón”, etapa fundamental dentro de los cambios culturales revolucionarios de la Ilustración. Y lograr esto exige la ruptura con lo sagrado, con lo numinoso, con el misterio, como manifestaciones de una mentalidad tradicional pre-científica, racionalmente insostenible.

Misa Novus Ordo con guitarras y "monaguilla" 
(Foto: Apostolado Eucarístico)

Si hubiera que develar el punto central de la estrategia modernista en la promoción de cambios litúrgicos que habrán de conducir a la etapa final recién aludida, habría que señalar que él es, como lo decíamos anteriormente, la desacralización de la liturgia. Y ello se puede comenzar a producir de modo insuperablemente cómodo y eficiente mediante la música. Aun antes de intervenir los textos de lo que se canta –cosa que también se hizo y se sigue haciendo- es esencial intervenir el lenguaje musical que se usa.

En este punto es conveniente tener presente que la táctica de los gramscianos en la solapada demolición de la cultura cristiana de Occidente consiste no sólo en inducir éstos o aquéllos cambios que se desea, sino aprovechar la decadencia de la propia cultura en determinados aspectos, como el hedonismo, por ejemplo: no es al pensamiento de Gramsci que se debe el hedonismo en que se ha sumido la cultura occidental; pero la descendencia intelectual de Gramsci sabe sacar de él todo el partido posible a fin de derrumbar instituciones fundamentales, como la familia. Es evidente que el arte musical en Occidente ha atravesado en el siglo XX un período de notable crisis que se puede sintetizar, de modo quizá insuperable, con el término “des-formación”, es decir, pérdida de la forma[4]. Y ello ha sido aprovechado por los reformadores dentro de la Iglesia.

Y, tal como a fines del siglo XIX la música sagrada experimentó el influjo de la música operática y se “operatizó”, perdiendo su espíritu propiamente sagrado, así ahora los estilos en que se manifiesta esa “des-formación” de la música en Occidente han contagiado también a la música sagrada. Aunque no podemos entrar en ese tema aquí, habría que sugerir que todo el arte supuestamente sagrado de la Modernidad experimenta igual dolencia, de índole esencialmente subjetivista, haciendo pasar la falta de cánones –característica de la des-formación- bajo el sacrosanto manto de la “libertad de creación artística” y el supremo recurso de aludir a la –supuestamente- impenetrable subjetividad del gusto estético: “sobre gustos no hay nada escrito”. Pero, como se sabe, hay mucho escrito, ya a partir de Aristóteles, quien piensa que no todos los hombres están igualmente bien cualificados para emitir juicios estéticos. El problema no es que no haya nada escrito, sino que la gente no lee.


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[1] Otro caso notable de conversión provocada por la música es la de Paul Claudel [nota de la Redacción: véase lo dicho al respecto en esta entrada].

[2] El planteamiento teórico de fondo que se divisa aquí no es otro que el que propone Émile Durkheim (1858-1917), desde su positivismo sociológico y como modo de explicar la realidad de la religión, en su libro intitulado Las formas elementales de la vida religiosa (1912).

[3] Sobre la importancia de la música en la rebelión luterana, véase este interesante artículo.

[4] Véase Scruton, R., “Post modern music: groans wrapped in mathematics”, en The Imaginative Conservative, 16 de junio de 2016, disponible aquí. 

martes, 6 de diciembre de 2016

El legado de Lutero

Reproducimos a continuación una columna sobre el legado de Lutero, del célebre novelista y columnista español Juan Manuel de Prada, de quien recientemente hemos publicado otra entrada sobre el mismo tema. El artículo fue publicado en cuatro partes en el periódico ABC los días 22, 27 y 29 de agosto y 3 de septiembre de 2016. Posteriormente, fue ofrecido como un conjunto por el sitio Religión en Libertad, desde donde se ha tomado. 

 Juan Manuel de Prada junto a un retrato de la Princesa de Éboli
(Foto: © ABC)


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El legado de Lutero 

Juan Manuel de Prada

I


En breve comenzarán los fastos del quinto centenario del llamado Día de la Reforma, en el que Lutero clavó sus célebres 95 tesis en la puerta de una iglesia de Wittemberg. Aquellas tesis, que romperían la unidad de la fe, cambiarían también traumáticamente las concepciones filosóficas, políticas, económicas y culturales vigentes, hasta el punto de convertir la protesta luterana en uno de los hechos más importantes de la Historia. La llamada Reforma, a diferencia del cisma de Oriente, no fue una mera controversia eclesiástica, sino que supuso un expreso rechazo del Dogma y la Tradición, así como una negación del valor de los sacramentos. Y los dogmas religiosos no son, como el ingenuo (creyente o incrédulo) piensa, meras entelequias sin consecuencias sobre la realidad, sino condensación de verdades sobrenaturales que ejercen un influjo muy hondo sobre nuestra vida. No se puede cortar el tallo de un rosal y pretender que los pétalos de la rosa no se marchiten.

 Francisco Sans Cabot, Lutero en el Infierno; escena de Los Sueños de Quevedo (1858)

Durante todo un año, vamos a recibir un bombardeo apabullante sobre las presuntas bondades del legado luterano. Nosotros, en la serie de cuatro artículos que hoy iniciamos, ofreceremos a las tres o cuatro lectoras que todavía nos soportan un modesto antídoto contra tal avalancha. Ciertamente, la Reforma de Lutero llegó cuando la decadencia de la Iglesia (minada por el concubinato del clero, la rapacidad y avaricia de muchos religiosos y la simonía institucionalizada) alcanzaba cotas lastimosas. Pero no se pone remedio a los errores cayendo en uno más grande; y la parábola evangélica del trigo y la cizaña ya nos advierte contra el peligro de arrancar la cizaña antes de tiempo (que fue, exactamente, lo que quiso hacer Lutero, logrando tan sólo desperdigarla).

Al fondo de aquel furor reformista de Lutero palpitaba el fracaso espiritual de un hombre que había hecho esfuerzos ímprobos por alcanzar la unión con Dios. Pero todas sus sacrificios, penitencias y abnegaciones habían sido en vano; y seguían abrasándolo las concupiscencias más torpes (en cuya descripción, por pudor, no entraremos), que le causaban enorme angustia y ansiedad. Lutero consideró entonces (haciendo una proyección teológica de sus propias debilidades) que el hombre pecador nada podía hacer por alcanzar la salvación. Así fue como concluyó que Cristo ya había sufrido por nuestros pecados; y que, por lo tanto, ya estábamos perdonados. De modo que, para salvarnos, bastaba con que se nos aplicasen los méritos de Jesús por medio de la fe.

Esta justificación a través exclusivamente de la fe se funda en una concepción pesimista de la naturaleza humana, que niega la libertad humana para vencer las tentaciones y también la gracia de los sacramentos. El hombre luterano, sin capacidad para sobreponerse al pecado y alumbrado por la sola fide, suprime la mediación de la Iglesia; y será su conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, la que ordene su propia vida religiosa e interprete libremente las Escrituras. Y, como escribió el gran Leonardo Castellani con su habitual gracejo, «desde que Lutero aseguró a cada lector de la Biblia la asistencia del Espíritu Santo, esta persona de la Santísima Trinidad empezó a decir unas macanas espantosas». El libre examen luterano desató la enfermedad de la inteligencia denominada diletantismo, que luego ha contagiado, por proceso virulento de metástasis, toda la cultura occidental, primeramente con los ropajes del fatuo endiosamiento intelectual, por último con los harapos lastimosos del deseo de saber sin estudiar y la soberbia de la ignorancia. Las consecuencias de la Reforma luterana en el plano filosófico y moral no se harían esperar.

 El P. Leonardo Castellani

II

Al afirmar el principio del libre examen, que atribuye al hombre una facultad omnímoda para ordenar su vida religiosa, Lutero anticipa el imperativo categórico de Kant, que proclamaría la suficiencia absoluta de la voluntad humana para emanar normas de conducta, erigiéndose así el hombre en único legislador y árbitro de su vida moral. A la vez, con su tesis del servo arbitrio, que juzga al hombre incapaz de elegir el bien, Lutero se convierte involuntariamente en promotor del nihilismo filosófico y ético.

Lutero, discípulo de los nominalistas Wesel y Biel, injertó en el pensamiento de sus maestros un asfixiante pesimismo antropológico. Juzgaba que la inteligencia humana, tarada por el pecado original, estaba incapacitada para abstraer lo universal y pensar las cosas del espíritu; pero, al mismo tiempo, consideraba que era muy apta para desenvolverse con pragmatismo en el mundo. Inevitablemente, un hombre dispensado de discernir un orden moral objetivo puede refugiarse en su conciencia subjetiva. El bien ya no será una categoría que el hombre discierne a través de la razón, sino lo que en cada momento determine que es bueno (o, dicho más descarnadamente, lo que le convenga), y el mal lo que entienda que es malo (o sea, lo que le perjudique). Danilo Castellano observa con perspicacia que esta consideración de la conciencia permitirá luego a Rousseau afirmar en el Emilio que «la conciencia es la voz del alma, como las pasiones lo son del cuerpo». Esta conciencia, reducida a mera pulsión subjetiva, acabará conformando al hombre de nuestra época, un amasijo instintivo sin guía ni freno, huérfano de razón y responsabilidad. Un hombre que guía sus decisiones (que, inevitablemente, ya no serán morales) por la pura espontaneidad, que es la que le permite afirmarse y ser “auténtico”, y hasta creer (risum teneatis) que es libre como el viento, aunque sólo sea esclavo de sus pasiones. Y de la conciencia instintiva al subconsciente freudiano hay un solo paso.

Inevitablemente, esta concepción luterana del hombre, incapacitado para abstraer lo universal, impondrá el abandono de la metafísica, que posteriores corrientes filosóficas declararán inaccesible (y, con el tiempo, inútil). Como luego afirmaría Hegel, «la verdadera figura en que existe la verdad no puede ser sino el sistema científico de ella». Es decir, cada escuela filosófica debe crear un sistema que se erija en la verdad (por supuesto, refutada por la siguiente escuela). Así, se concluye en la extravagancia de pensar que la razón humana es suficiente para dar fundamento a toda la vida del hombre, quedando excluido el orden sobrenatural. Y, con el tiempo (porque los sistemas filosóficos, al faltarles el sustento de una verdad universal, se tornan pendulares), se concluye en la extravagancia contraria, según la cual la razón humana carece de autoridad para fundamentar la vida, lo que desembocará en los sucesivos escepticismos, relativismos y nihilismos del pensamiento contemporáneo.

Como sostiene Belloc en Europa y la fe, «al negarse la realidad y hasta el ser, se crean sistemas que se mueven en un vacío atroz, para asentarse finalmente en una negación y desafío universales lanzados contra toda institución y todo postulado». La desaparición del saber metafísico acaba degenerando en la búsqueda de verdades “sociológicas”, siempre coyunturales y cambiantes, carentes de fundamentación real. Y, tarde o temprano, propicia malformaciones y excrecencias irracionales; pues, allá donde falta la metafísica, afloran como setas un sinfín de supersticiones enloquecidas, fanáticas e imprevisibles. Y surgen entonces, inevitablemente, conceptos políticos morbosos. Porque el legado de Lutero tiene también, por supuesto, consecuencias políticas.

 Hilaire Belloc

III

Si la inteligencia humana, tarada por el pecado original, está incapacitada para abstraer lo universal, no pude aspirar a entender las leyes de la política. De este modo, la doctrina de Lutero se convierte en legitimadora del Estado moderno, concebido como instrumento para ordenar la vida social y reprimir la intrínseca maldad humana, convirtiendo sus leyes positivas en norma ética. Frederick D. Wilhemsen nos hace reparar en la paradoja de que Lutero, que empezó azuzando la rebelión de los campesinos alemanes contra sus príncipes (pensando que los campesinos lo apoyarían en su lucha contra Roma), acabase exhortando a los príncipes a aplastar del modo más inmisericorde las revueltas campesinas (después de que los príncipes abrazasen con su doctrina). «En último término –escribe Wilhemsen--, el luteranismo predica que el ciudadano tiene que obedecer al príncipe en todo, de una manera ciega, pues el cristiano sabe que la autoridad del príncipe viene de Dios, pero no sabe nada de la ley natural, debido a la corrupción de su razón, el único instrumento capaz de descubrir esa ley».

Por supuesto, la monarquía ya había tenido tentaciones de hacerse absoluta antes de Lutero. Pero los reyes estaban limitados por una ley humana, la costumbre, y por una ley divina que no podían conculcar. Ambas barreras serán anuladas por Lutero, que en su obsesión por combatir al papado convierte al rey en representante de Dios en la tierra, afirmando que todo auténtico cristiano está obligado a someterse incondicionalmente a él. La monarquía, antes de Lutero, se había acomodado a la sentencia de San Isidoro ("Rex eris si recte facias; si non facias, non eris"); y así había llegado a ser, en palabras de Donoso, «el más perfecto de todos los gobiernos posibles, por ser uno, perpetuo y limitado». Al apartar esos límites que constreñían al monarca, Lutero instaura la deificación del poder civil. El monarca se convierte en objeto de adoración ciega; su poder ya nunca más se asentará en la "auctoritas" ni en la "potestas", sino que será puro ejercicio de la fuerza sin restricciones (o sin más restricciones que los reglamentos que él mismo evacua, sometidos a su conveniencia y capricho).

Así se corrompe el principio de autoridad, hasta su confusión con la mera fuerza despótica. Este quebrantamiento del orden político –afirma Belloc-- iba a tener un efecto explosivo: el poder que mantenía las cosas unidas se convertirá a partir de ese momento en un poder que separa cada una de las partes componentes. En efecto, el poder absoluto mostrará pronto, bajo una falsa fachada unificadora, su íntima vocación disgregadora, haciendo de la disputa por el poder, la tensión social y la guerra constante el clima natural de una Europa dividida.

Por supuesto, la doctrina luterana sobre la soberanía absoluta de los reyes será la que luego, convenientemente desplazada de sujeto, fundamentará el principio de la soberanía popular. La omnipotencia del príncipe se convierte en voluntad popular soberana, cuya esencia sigue siendo la fuerza despótica, capaz de determinar mediante mayorías el bien y la verdad según su conveniencia y capricho.

Wilhemsen sostiene que «la pasividad del alemán frente a su gobierno, sea éste monárquico, imperial, republicano o nazi, refleja una teología y una religión cuya negación de la ley natural exige que el hombre obedezca pasivamente, sin preguntar el “por qué”». Sospecho que esta reflexión que Wilhemsen circunscribe al alemán podría extenderse en general al hombre contemporáneo, que creyéndose más soberano que nunca está en realidad sometido pasivamente a poderes ilimitados que ya no controla. Empezando por el poder del Dinero, que el protestantismo liberó.

 Frederick Wilhelmsen a mediados de los sesenta
(Foto: Crisis Magazine)
IV

La rebelión de Lutero daría alas a otro clérigo levantisco, Calvino, que como él afirmó la depravación de la naturaleza humana y negó que el hombre tuviera libre albedrío. Calvino añadió, sin embargo, una dimensión nueva a la doctrina luterana, afirmando la monstruosa doctrina de la predestinación. Pero, aunque el hombre nada pueda hacer por salvarse, puede –según Calvino– saber anticipadamente cuál es su destino, pues la prosperidad material se erige en signo de afecto divino. Esta doctrina abominable desataría la avaricia de los pudientes, que empezaron a agitar a las masas contra el Papado; y, mientras las masas estaban entretenidas agitándose y disfrutando de la anarquía moral generada por la ruptura con Roma, los ricos las despojaron de sus tierras. «Siempre resulta ventajoso para el rico –afirma Belloc– negar los conceptos del bien y del mal, objetar las conclusiones de la filosofía popular y debilitar el fuerte poder de la comunidad. Siempre está en la naturaleza de la gran riqueza (…) obtener una dominación cada vez mayor sobre el cuerpo de los hombres. Y una de las mejores tácticas para ello es atacar las restricciones sociales establecidas». A los hacendados y poseedores de grandes fortunas les había llegado, en efecto, una gran oportunidad con la Reforma. En todos los lugares donde la riqueza se había acumulado en unas pocas manos, la ruptura con las antiguas costumbres fue para los ricos un poderoso incentivo. Hicieron como si su objetivo fuese la renovación religiosa; pero su verdadero fin era el Dinero. Y así lograron que su desmesurado afán de lucro resultase menos insoportable a los ojos de los pobres, entretenidos con el caramelito de la renovación religiosa. La doctrina católica habría combatido el industrialismo y la acumulación de riqueza; pero el protestantismo hizo del afán de lucro un signo de salvación.

Y, mientras crecía el afán de lucro, se consumó el “aislamiento del alma”, que Belloc considera con razón el más nefasto legado de la Reforma y define como una «pérdida del sustento colectivo, del sano equilibrio producido por la vida comunitaria». En efecto, el protestantismo introdujo un aislamiento de las almas que, además de gangrenar la teología, la filosofía, la política, la economía y la vida social, destruyó la unidad psíquica de la persona. Pues, al cuestionar toda institución humana y toda forma de conocimiento, abocó a los seres humanos a un desarraigo creciente y a una exaltación del individualismo cuya estación final es la desesperación, como comprobamos en las sociedades modernas, integradas por individuos enfermos de solipsismo y, a la vez, estandarizados y amorfos. Y la disolución de la religión colectiva facilitaría, en fin, el encumbramiento de sucesivas idolatrías sustitutivas, llamadas pomposamente ideologías, cuyo cáliz amargo seguimos hoy apurando hasta las heces.

 Egbert II van Heemskerck, Calvino en el Infierno (circa 1700-1710)

Y, para terminar –last, but not least–, no podemos dejar de referirnos, entre las consecuencias del luteranismo, a su iconoclasia furibunda, que generaría un arte inane y acabaría desembocando en el feísmo más exasperado, puro vómito de una esterilidad engreída, que denominamos eufemísticamente “arte contemporáneo”. Si la tradición católica, en su esfuerzo por penetrar mejor el contenido de la Revelación, había fomentado un arte riquísimo que halla su paradigma en la belleza inmaculada de María, la reforma protestante, al declarar la ilicitud del culto a la Virgen y a los santos engendraría un arte fosilizado y deshumanizado, cuando no vesánicamente nihilista.

Todas estas delicias del legado luterano, y algunas más que se nos quedan en el tintero, vamos a celebrar en este centenario tan divino de la muerte que se nos viene encima.

Máscara mortuoria de Lutero expuesta en Halle
(Foto: © Deutsche Zentrale für Tourismus e.V. /Andrews, J.D.)


Actualización [10 de diciembre de 2016]: El sitio Religión en libertad ofrece la traducción al español de una interesante entrevista concedida por el Dr. Danilo Castellano, Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Udine, al periódico digital La Nuova Bussola Quotidiana (el original puede verse aquí). En ella se refiere a su reciente libro traducido al español, intitulado Martín Lutero. El canto de gallo de la modernidad (Madrid, Marcial Pons, 2016), donde busca mostrar que el heresiarca alemán fue el padre del laicismo y del poder desligado de cualquier concepto objetivo de bien, dado que emprendió una revolución gnóstica sin precedentes que todavía perdura.  

martes, 15 de noviembre de 2016

La verdad sobre Lutero

El sacerdote agustino Martín Lutero (1483-1546) elaboró en 1517 en Wittenberg (Alemania) una propuesta para debatir la doctrina y práctica de las indulgencias. Aunque intitulada en realidad Disputatio pro declaratione virtutis indulgentiarum (Cuestionamiento al poder y eficacia de las indulgencias), esta propuesta fue popularmente conocida como "Las 95 tesis" dada su estructura basada en afirmaciones o proposiciones. Poco más de tres años después, y tras negarse a la petición del papa León X de corregir 41 puntos de su doctrina, Lutero fue excomulgado mediante la bula Decet Romanum Pontificem, de 3 de enero de 1521.  

Como reacción a diversas "conmemoraciones" o derechamente "celebraciones" del quinto centenario de la rebelión de Lutero, ofrecemos a continuación a nuestros lectores un breve artículo del destacado novelista y columnista español Juan Manuel de Prada (1970), aparecido el pasado 5 de noviembre en su columna semanal del periódico ABC, donde comenta el libro del Prof. Miguel Ayuso sobre las nefastas consecuencias jurídico-políticas del luteranismo.


 Juan Manuel de Prada

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La verdad sobre Lutero 

Juan Manuel de Prada

Quinientos años después de la protesta de Lutero, uno puede hacerse el sueco, para obtener el aplauso del mundo, o bien puede atreverse a analizar con rigor intelectual lo que con aquel acontecimiento se sustanció. Esta segunda actitud, que en un mundo donde lo que mola es hacerse el sueco causa escándalo, es la que nos propone el excelente volumen Consecuencias político-jurídicas del protestantismo (Ediciones Marcial Pons), al cuidado del profesor Miguel Ayuso, en el que un selecto grupo de juristas procuran al lector consciente una serie de aproximaciones al pensamiento de Lutero y señalan las lacras políticas que en él tienen su origen. Celebrar el centenario de la protesta luterana es como si el sifilítico celebrase el día en que contrajo la sífilis.

Habría que empezar señalando, como hace el profesor Juan Fernando Segovia en una de las aportaciones más enjundiosas del libro, que al afirmar la salvación por la sola fe Lutero niega toda autoridad a la Iglesia, así como su papel mediador entre el creyente y Dios y la eficacia de los sacramentos. La Iglesia, para Lutero, es una organización opresora; y el Papado, la sede del Anticristo. Pero el libro que recomendamos hoy es valioso sobre todo porque nos desvela cómo las nociones teológicas oscurantistas de Lutero (depravación de la naturaleza humana, negación del libre albedrío, etcétera) corrompen y destruyen las instituciones políticas y sociales. Si el hombre es malo por naturaleza y su razón está corrompida, el poder se tendrá que erigir en puro ejercicio de la fuerza que reprima sus tendencias malignas. Así, ante la revuelta campesina de 1525, Lutero puede celebrar que se alce "la espada vengadora" contra los príncipes; y cuando los campesinos son derrotados puede solicitar tan pichi a los príncipes: "Perseguidlos y matadlos como a perros rabiosos. Dios os lo premiará". Pues un poder civil entendido al modo luterano puede (¡viva la alternancia!) cambiar de titular como de chaqueta. 

 Egbert II van Heemskerck, Lutero en el infierno (1700-1710)

Por otro lado, como nos recuerda José Luis Widow en otro pasaje del libro, establecida la premisa desquiciada de que la naturaleza humana está por completo corrompida, Lutero piensa lógicamente que la razón es "ciega, sorda, necia, impía y sacrílega"; de tal modo que está negada para querer el bien, incapacitada para el juicio moral. De ahí que Lutero pudiera recomendar a uno de los príncipes a los que adulaba que "pecase fuertemente", aduciendo que su mera fe bastaría para salvarlo. La justificación por la sola fe conduce inevitablemente a la emancipación de la conciencia del juicio moral sobre nuestras acciones; y así se entroniza el puro subjetivismo, hasta que la tendencia natural al desorden exija la intervención de una ley humana que se imponga como ejercicio de poder. Pero, como señala el profesor Segovia, al afirmar la absoluta corrupción de la naturaleza humana, Lutero niega el valor de la ley: pues al mandar realizar tal o cual obra, la ley no hace sino (en palabras de Lutero) "poner de manifiesto la enfermedad, el pecado, la maldad" del hombre, a quien inevitablemente "asalta la tristeza, se siente afligido, hasta cae en la desesperación". Que es, en efecto, la estación última del hombre concebido al modo luterano.

En Consecuencias jurídico-políticas del protestantismo se desgranan otras calamidades que tienen su origen en el pensamiento de Lutero, como la reducción de lo político a lo estatal, el nacionalismo, el capitalismo desembridado o la instauración de una libertad que no se orienta por la razón, sino por una "autodeterminación" cuyo único límite es no hacer daño a terceros (límite que, por supuesto, se acaba infringiendo, cuando tal daño beneficia al titular del poder). Así hasta desvelar la verdad sobre Lutero que otros prefieren ignorar, haciéndose los suecos.