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jueves, 18 de noviembre de 2021

Curso sobre liturgia del profesor Augusto Merino Medina

El Centro de Estudios Ciudad Católica ha vuelto a impartir durante este año el curso, ya realizado por primera vez en 2019, sobre liturgia católica impartido por el profesor Augusto Merino Medina, conocido de los lectores de nuestro blog. En esta oportunidad, el curso ha se denomina "La Misa tradicional y su reforma" y ha sido programado con un formato virtual, a través de videos que se van subiendo a Youtube una vez que la clase se realiza. Esto permite que aumente el número de personas que pueden acceder a una documentada discusión sobre la liturgia de la Iglesia y, en especial, la reforma sufrida entre 1955 y 1970.

Augusto Merino Medina
(Foto: El Mercurio)

Además de los artículos publicados en este blog, el Profesor Augusto Merino ha sido el traductor al castellano del libro Resurgimiento en medio de la crisis: Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia, de Peter Kwasniewski (véase aquí la reseña que publicamos). Hace pocas semanas acaba de aparecer su última traducción. Se trata de La Misa tradicional: Historia, forma y teología del rito clásico romano, de Michael Fiedrowicz, que puede ser adquirido por impresión bajo demanda en Amazon. 

En esta entrada dejaremos los videos con las clases del profesor Augusto Merino, que están alojados en el canal de Youtube del Centro de Estudios Ciudad Católica. Pronto publicaremos los textos de cada una de las clases, que también puede ser de interés. 

Clase 1


Clase 2




Clase 3




Clase 4 


Clase 5


Clase 6



Clase 7



Clase 8




Clase 9 



Clase 10


miércoles, 15 de septiembre de 2021

Conferencia del Prof. Augusto Merino Medina acerca del rito y el culto en la sociedad actual

El próximo jueves 23 de septiembre, a las 19.00 horas, a través de la plataforma Meets de Google, y gracias a la gentil acogida de la Universidad Gabriela Mistral, el Prof. Augusto Merino Medina, asiduo colaborador de esta bitácora, impartirá una conferencia intitulada "Racionalismo y cultura en el crepúsculo de la modernidad. Reflexiones en torno al rito y al culto en la sociedad actual". 

Se trata de una excelente oportunidad para profundizar en un aspecto de enorme importancia para entender la dimensión cultural que tienen los ritos y el culto, algo sobre lo que ha insistido también el filósofo Byung-Chul Han en su reciente libro La desaparición de los rituales: Una topología del presente (2019). 

sábado, 23 de enero de 2021

La importancia de la retaguardia

Les ofrecemos hoy un interesante ensayo de Augusto Merino Medina, conocido de nuestros lectores, sobre la importancia de la simiente cultural que permite que el catolicismo se asiente. A partir de una carta enviada a un conocido periódico chileno hace algún tiempo por parte de un grupo de estudiantes de la Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde se niega la posibilidad de un Dios castigador, el autor insiste en la enseñanza tradicional respecto de la infinita justicia y misericordia de Dios e indaga en las causas de estas afirmaciones. A su juicio, el problema de fondo es cultural, de suerte que la restauración de la cultura cristiana requiere, previo a la evangelización, un nuevo movimiento que recupere el humanismo. Algo muy similar decía Nicolás Gómez Dávila, cuando en uno de sus escolios señalaba: "Mientras el clero no haya terminado de apostatar, va a ser difícil convertirse". La reforma de la reforma está agotada, y sólo es posible volver a la Tradición perenne si se comienza de nuevo. 

Augusto Merino Merina

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La importancia de la retaguardia

Augusto Merino Medina

Una de las maniobras más astutas y más exitosas del demonio en el mundo moderno ha sido la de privar a los cristianos de la noción de que la vida sobre la tierra es una de continuas guerras. Del mismo modo se ha borrado conscientemente de la mente cristiana la idea de que Dios es Amor que castiga: de hecho, los castigos de Dios son todos amorosos y remediales, son correctivos para que el pecador se corrija, se arrepienta y se salve de acuerdo con la voluntad divina (contrariada en esto como en todo, con excepción del castigo eterno, que es consecuencia de no querer el pecador salvarse cuando Dios quiere que lo haga). Hace algún tiempo, en un diario de Santiago, un par de “estudiantes de teología” de la Pontificia Universidad Católica de Chile (cuán elocuente es este dato) escribió al Director de la publicación una carta inefable en que, aludiendo a ciertos comentarios sobre el carácter de “castigo de Dios” que tenía la epidemia de coronavirus, afirmaron que la idea de que Dios castiga no sólo es falsa, sino que ni siquiera es cristiana. Bella forma de echarse al bolsillo la mitad de las Sagradas Escrituras y, en especial, los Evangelios, exhibiendo con ello al mundo el estilo de su aprendizaje en dicha Pontificia Universidad.

Todo esto, y mucho más, apunta a hacer del cristianismo una hermosa filosofía social de la solidaridad y la fraternidad humanas, para no mencionar la igualdad y la libertad, que se silencian a fin de no hacer demasiado evidente las fuentes desde donde mana esta estupenda concepción de una religión perfecta y prolijamente emasculada. Y así, apenas finalizada una de las etapas de mayor brutalidad colectiva en Chile, en que la población, especialmente la juvenil, se abandonó a la mayor borrachera destructiva de que haya memoria en este país, sale ese par de teólogos a vocear la idea demoníaca de que en el cristianismo no hay castigos y, evidentemente, tampoco guerras ni vencedores ni vencidos ni estrategias ni tácticas ni nada que tenga ni de lejos un aroma o un parecido con nada castrense ni marcial ni bélico.

Sin embargo, quienes tienen la fortuna de rezar todas las noches la hora canónica de Completas, repiten, todos los días del año, desde hace quince o más siglos, ese pasaje severo de la primera epístola de san Pedro, incomparable en concisión, fuerza y realismo: “sed sobrios y velad, porque vuestro enemigo el diablo ronda rugiendo como león y buscando a quien devorar: resistidle firmes en la fe” (1 Pe 5, 8-9). Sí, la vida del hombre sobre la tierra es una perenne guerra, sin cuartel, sin “treguas de Dios”, como era el caso en la caballerosa y mal llamada “edad media” de la historia europea. Y eso se ha entendido así desde Cristo mismo, desde sus apóstoles y sus descendientes, desde siempre.

Quema de la Iglesia de San Francisco de Borja de Santiago durante manifestaciones 
(Foto: La Tercera)

El enemigo de Cristo, de Dios, de la Iglesia y de nuestras almas, que desde la Resurrección vive sofocado por un mortal reconcomio, ha redoblado sus esfuerzos por derrotarnos (su lengua es de mantequilla, pero su garganta es un abismo, como dice el salmo): hace no menos de 300 años que se dedica, con su malvada paciencia y astucia, a desplegar la táctica más evidente que se ofrece a quien desea derrotar a un ejército: aislarlo de todos los ejércitos vecinos y, en especial, de la retaguardia. C. S. Lewis, en un ensayo notable, “Las categorías del pensamiento moderno”, destaca cómo esta táctica es típica de la modernidad: a fin de destruir la cristiandad, hay que aislarla de todo aquello que le pueda servir de apoyo o de base, entendiendo aquí por tal a ese riquísimo mundo antiguo con el que se encontró la naciente Iglesia, a la cual ofreció resistencia, en cierta medida; pero que le proporcionó, por otra parte, todo el material conceptual para expresar teológicamente su fe (véase a santo Tomás de Aquino, por ejemplo) e innumerables recursos de belleza y espiritualidad para enriquecer su cultura y ennoblecer su liturgia.

En otras palabras, y prescindiendo por un momento de la metáfora: para destruir el cristianismo, comience por aislárselo de esa antigüedad greco-romana que le proporcionó tan magnífico pedestal sobre el cual erigirse y, a continuación, demuélase todo lo que el cristianismo tomó de ella para construir su propio edificio (cosa que hizo luego de examinarlo todo y quedarse sólo con lo bueno, según el consejo del apóstol). Idea que se puede expresar también de otro modo: destrúyase la Tradición que nos une con la antigüedad en todos sus aspectos, tanto humanos (la tradición greco-latina) como sagrados (restrínjase la Revelación Divina solamente a la Escritura).

Entre los grandes rasgos de la modernidad “ilustrada” o “Ilustración” (como con soberbia adolescente gustaba de llamarse a sí misma esa medio muerta), está, pues, el de arremeter contra la Tradición para ensalzar solamente la razón humana, transformada en cerebral y quebradiza criba por la que ha de pasar todo lo humano. Ridiculizar la Tradición y racionalizarlo todo se transformó en la entretención favorita de los “philosophes”, en una actitud que terminó por transformar, como se quería, no sólo el escenario religioso de Europa sino, al cabo de un par de siglos, también su horizonte cultural, cosa que también se quería. Y de esto, el indicio individual más caracterizado e importante fue la abolición del latín de la enseñanza y de la filosofía y las ciencias, a las cuales había servido como lengua propia desde hacía más de mil años. ¡A sólo cincuenta años de Newton, que escribió sus Principia Mathematica (1687)ven latín, la ciencia descendió hasta el vernáculo! Y Descartes, gran “amateur”, que no entendió jamás la teoría hilemórfica de Aristóteles, se dedicó a sus pasatiempos filosóficos en francés, cosa que le resultaba mucho más fácil y estaba a su corto alcance.

José Gallegos y Arnosa (1857-1917), En Misa
(Imagen: Tradical)

En muchos países de América del Sur, la masonería triunfante, que se posesionó de la educación pública (en Chile lo hizo apenas don Andrés Bello dejó la Universidad de Chile, en el último tercio del siglo XIX), arremetió contra el latín por un prurito anticatólico (el latín era la lengua de la Iglesia), aunque también movida por la vulgaridad cortoplacista de querer enseñar “lenguas útiles”, como las modernas en que se hacía el comercio, sin darse cuenta (o, peor, dándose cuenta) de que con esto se desmoronaba la estructura espiritual de Occidente, dejando el campo aplanado y listo para edificar sobre él el caedizo edificio de la “modernidad”, que hoy se está viniendo abajo por su propio peso (el fin de la modernidad hace concordar a la izquierda y a la derecha intelectuales). ¡Todavía hacia fines de ese siglo algunos privilegiados miembros de la élite (los últimos) seguían entre nosotros aprendiendo las letras latinas y ejercitándose en la traducción de los clásicos, como Cicerón, Tito Livio, Séneca, Virgilio! Que fue el odio al catolicismo lo que promovió la erradicación de la enseñanza de las lenguas clásicas en la América católica parece demostrarlo el hecho de que éstas nunca han desaparecido de la educación (al menos la más cuidada) en países, como Inglaterra, donde la religión anglicana es la predominante (por ahora): en esas partes, el latín no se asociaba con la religión católica, por lo cual no fue víctima de la furia sectaria ni de masones ni de “philosophes”. Y es en países donde el catolicismo no tiene la relevancia que en América del Sur, como los Estados Unidos de Norteamérica, donde el latín y su enseñanza están renaciendo hoy con inusitado vigor: en la Universidad de Harvard, por ejemplo, se enseña y practica esta lengua con asiduidad.

Sin latín y sin griego, el ejército de Occidente ha quedado separado, aislado, de su retaguardia, desde donde recibía la alimentación cultural y espiritual que lo configuró (algunos dicen, como se sabe, “se es lo que se come”). Toda la inmensa sabiduría humana y la experiencia de mil años de cultura greco-latina son hoy, para nosotros, un mundo ajeno, desconocido, cuya existencia apenas sospechamos. Todo el caudal de la poesía latina (algún moderno por casualidad descubre a veces el genio de Catulo o de Marcial, como se ha dicho de Nicanor Parra y otros), toda la ingente masa de la literatura, todo el teatro, todo ello no es nada para nosotros, que nos vemos obligados a beber en las sucias charcas de la estética contemporánea, cultora del feísmo, de la desmesura, de la ridiculez, so capa de “libertad artística”, de “respeto al derecho a expresarse”, de “autonomía del sujeto” y otra inepcias de cuyo verdadero significado ni siquiera se sospecha y que la aíslan, del modo más escandalosamente elitista, del contacto y del diálogo con la polis (que fue uno de los más gloriosos rasgos de las artes antiguas).

El feroz golpe en la nuca que le ha dado a la Iglesia el modernismo, redivivo después incluso de San Pío X, ha causado la ceguera y la necedad de que padecen sus ministros desde hace no menos de cincuenta años, y quizá más. Por eso nadie en las curias episcopales se percató de la gravedad de la supresión del latín como lengua sagrada de la liturgia, de la cual era el contenedor que, una vez roto, permitió el derrame de los contenidos. Ni tampoco estos “guardianes”, privados de ladrido, se percataron de lo absurdo de la supresión del latín en la comunicación dentro de la Iglesia, precisamente cuando, como nunca antes en la historia, era tan necesario un lenguaje universal para un mundo globalizado, una lingua franca, para que se entendieran los jerarcas entre sí y con el pueblo. Hoy, para algunos (y muy altamente ubicados), ni siquiera el inglés sirve con ese fin, porque no lo conocen ni conocen ninguna otra lengua salvo su lunfardo nativo.

C. S. Lewis

Lo que hemos dicho aquí ha sido motivado, en primer lugar, por la ruina litúrgica a que la supresión del latín, aparte de otras causas, precipitó a la Iglesia. Pero, en seguida, por esa “abolición del hombre” a que aludía también C. S. Lewis, cuyo origen puede rastrearse tan fácilmente a la falta de conexión con la retaguardia greco-latina: la vanguardia, privada de alimento y enceguecida, se precipita en abismos inadvertidos por los “planificadores” de la sociedad moderna, y termina boqueando por obra de una absurda partícula que la priva de oxígeno, aunque, en verdad, ya era cadáver desde hace al menos cincuenta años. Recurriendo por ultima vez en esta oportunidad a Lewis, habrá que reflexionar en que, si se trata de volver a enrielar la civilización de Occidente, que hoy tiene ribetes planetarios, habrá que evangelizarla de nuevo a partir, prácticamente, de cero. Pero para poder hacerlo, es imprescindible, una condición sine qua non, que los “pastores” con su “pastoral” ignorante, cargada de prejuicios e intelectualmente anémica, son incapaces de concebir: una nueva evangelización requiere una nueva y previa humanización, es decir, partir de cero, para instilar humanidad en esas masas incivilizadas, bárbaras, que forman la mayor parte de las actuales multitudes, habitantes de un super-establo-super-mercado-super-abastecido. 

La primera evangelización, la de los Padres de la Iglesia, se enfrentó a una inocencia pagana en que las virtudes humanas espontáneas podían florecer gracias al cultivo de los clásicos y de su rico legado. Y gracias a esa inocencia, a ese candor, pudieron aquellos hombres ver la luz de la fe, que se revela a quienes tienen la limpia mirada de los niños. Hoy nos enfrentamos a ex-cristianos, que perdieron su inocencia corrompidos por la “modernidad” y que son tan diferentes de aquellos primeros paganos como lo es una virgen de una divorciada -dice Lewis-. Hay, por tanto, que volver a implantarlos en aquel nutricio humus de las letras antiguas, de la estética clásica greco-latina. Así como dicen, con deleite, los actuales “sacerdotes” convertidos en trabajadores sociales, no se puede predicar a un estómago vacío (y lo dicen porque ello justifica su desviación profesional), así tampoco se puede predicar a una mente vaciada de las nociones humanas más primarias, como el sentido de lo bello, de lo justo, de lo bueno, de lo piadoso, de lo heroico, que se contienen en forma sobreabundante en el alimento clásico. Es una propedéutica de la fe (y de la liturgia y de todo lo que sigue) que resulta urgente comenzar a poner por obra.  

sábado, 3 de octubre de 2020

¿Significa “participatio actuosa” lo mismo que “participación activa”?

Les ofrecemos hoy un artículo de Augusto Merino Medina, conocido de nuestros lectores, donde aborda una cuestión trascendental para entender los cambios experimentados por la liturgia romana en el último siglo. Se trata del concepto de "participación activa", que se ha esgrimido como el argumento de mayor peso pastoral para el cambio de los ritos: el objetivo detrás de la reforma es que los fieles puedan participar de manera más directa e intensa en la liturgia. Sin embargo, si se acude a las fuentes, se comprueba que ese término significa en realidad otra cosa, y que nada tiene que ver sólo con comportamientos externos o con la lengua usada en las oraciones. El artículo recurre a esas fuentes y a los propósitos detrás del Movimiento Litúrgico al que se refería Pío XII en Mediator Dei (1947) para dar luz sobre el verdadero sentido que tiene la participación de los fieles en la liturgia, que puede explicarse también con aquella frase de San Juan de dar a Dios culto en espíritu y verdad (Jn 4, 23). 

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¿Significa “participatio actuosa” lo mismo que “participación activa”?

Augusto Merino Medina 

Como se sabe, entre los varios propósitos con que se llevó a cabo la supuesta “reforma” litúrgica posconciliar por los miembros de Consilium, figura de modo muy preeminente, entre los que fueron declarados abiertamente, el de facilitar la “participación” de los fieles en la liturgia.  

El tema había sido recurrente, y muy apreciado, por los miembros del Mouvement Liturgique, cuyas ideas fueron las que, sin contrapeso, dominaron en la fabricación de la nueva Misa. Dom Bernard Botte (1883-1980), benedictino belga que formó parte de Consilium y a quien se debe, en gran parte, la creación -de infausta memoria- de la “Plegaria Eucarística II”, ilustra muy bien, al comienzo de su “Le mouvement liturgique. Temoignage et souvenirs”, el clima en que se abordaba esta cuestión: “La Misa era dicha por un viejo Padre casi afónico; incluso desde las primeras filas no se oía más que un murmullo. Nos poníamos de pie al evangelio, pero a nadie se le ocurría decirnos de qué hablaba este Evangelio. No se sabía ni siquiera qué santo se celebraba o por qué difuntos se decía la Misa con ornamentos negros. No existía el misal de los fieles. Uno podía sumergirse en algún libro de oraciones, sin importar cuál, pero nos espantaban la somnolencia, de vez en cuando, haciéndonos recitar en voz alta algunas decenas del rosario o cantar algún motete en latín o algún cántico en francés. El único momento en que rezábamos con el sacerdote tenía lugar al final de la Misa, cuando el celebrante, arrodillado delante del altar, recitaba las tres Avemarías y la Salve y demás oraciones prescritas por León XIII. […] En las dos parroquias de mi ciudad natal, las cosas no eran mucho mejores. Había Misas cantadas, pero se trataba de un diálogo entre el clero y el organista. El pueblo permanecía mudo y pasivo. Cada uno podía, a su antojo, recitar el rosario o zambullirse en Las más bellas oraciones de San Alfonso de Liguori o en la Imitación de Cristo. […] Era, pues, el clero quien tenía a su cargo la liturgia”[1].

Como se puede apreciar, es la “pasividad” de los fieles el blanco al que se dirige todas las críticas y el mal que, supuestamente, la reforma litúrgica debía remediar.

Dom Bernard Botte OSB
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

Aparte de que, en un mundo como el moderno, la “actividad”, sobre todo la “productiva”, cuenta con todas las alabanzas y la “pasividad” merece todos los juicios peyorativos, fueron precisamente algunos Papas, comenzando por San Pío X, considerado por muchos como el martillo del modernismo, quienes se refirieron primeramente, en la época contemporánea, a lo que hoy se conoce como “participación” de los fieles. San Pío X, en el motu proprio Inter pastoralis officii sollicitudines, de 22 de noviembre de 1903, más conocido y citado por su título italiano, Tra le sollicitudine, escribe “participatio divinorum mysteriorum atque Ecclesiae communium et solemnium precum”. En la traducción castellana, a “participatio” (“participación”) se añadió, sin justificación alguna, el adjetivo “activa”, que no figura en el texto latino: “la participación activa en los sacrosantos misterios y en la pública y solemne oración de la Iglesia”. Y lo mismo ocurre con la traducción del mencionado texto al italiano y a las demás lenguas modernas.

En este caso, Pío X se refería, concretamente, a estimular en los fieles el canto gregoriano durante las celebraciones litúrgicas. Pío XI recogió la preocupación por el uso del gregoriano y, para conmemorar el vigésimo quinto aniversario del motu proprio de Pío X, publicó la Constitución Apostólica Divini cultus, de 20 de diciembre de 1928, donde escribe “fideles conveniunt ut pietatem inde, tamquam ex praecipuo fonte, hauriant, veneranda Ecclesiae mysteria ac publicas sollemnesque preces actuose participando”, agregando en el núm. IX del mismo texto: “Quo autem actuosius fideles divinum cultum participent”. La traducción al castellano que se hizo del primero de dichos textos fue: “la participación activa en los sacrosantos misterios y en la oración solemne de la Iglesia”. Y la del segundo: “A fin de que los fieles tomen parte más activa en el culto divino”. En este caso, el adjetivo “actuosius” fue traducido como “más activo”. De nuevo, en las traducciones al italiano y demás lenguas modernas se procedió del mismo modo.

En su encíclica Mediator Dei, Pío XII aborda extensa y profundamente el tema de la participación del pueblo en la sagrada liturgia, sin dejar lugar a dudas sobre cuál es el verdadero sentido de la participación de los fieles en ella, es decir, una penetración cada vez más profunda en el espíritu sacrificial de la acción sagrada y el ofrecimiento espiritual de sí mismo por parte de cada cristiano que asiste al Santo Sacrificio, en unión lo más íntima posible con el sacrificio que Jesús ofrece de Sí Mismo por manos del sacerdote. En el horizonte de la mente del Papa está, finalmente, la actitud contemplativa, que es la cima de la actividad espiritual, la actividad espiritual más intensa, e insiste en los muy diversos medios que existen para acceder a ella, y que están a disposición de los fieles, además del misal individual.

En este breve análisis de las traducciones de estos textos papales, nos limitaremos aquí, en el caso de Pío XII, a señalar que, cuando éste se refiere a la “participación” de los fieles, lo hace continuando el uso de la misma expresión empleada por Pío X, como lo ilustra, entre otros muchos, el siguiente texto: “atque adeo christiana plebs Liturgiam tam actuose participet, ut haec reapse sacra actio fiat”. Ahora bien, este texto, siguiendo el hilo de incorrectas traducciones, que data desde Pío X, está vertido al castellano del siguiente modo: “y así el pueblo fiel participe tan activamente en la liturgia, que realmente sea una acción sagrada”.

Se puede apreciar que, de este modo, a lo largo de medio siglo, los traductores de los textos latinos han dado, mañosamente, en verter la expresión latina “actuose” por “activamente”. No sorprende, pues, que la Constitución Sacrosanctum Consilium sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano haya usado las mismas expresiones ya referidas, poniendo en práctica la estrategia de los modernistas del Mouvement Liturgique de no llamar la atención de la jerarquía con sus novedades.

En efecto, dicha Constitución dice lo siguiente: “Ideo sacris pastoribus advigilandum est ut in actione liturgica non solum observentur leges ad validam et licitam celebrationem, sed ut fideles scienter, actuose et fructuose eandem participent” (núm,. 11), lo cual está traducido, como era de esperarse, del siguiente modo: “sino también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente”.

Pío XII en su oratorio privado
(Foto: FSSPX)

Este juego de prestidigitación lingüística continúa en el resto de los lugares donde dicha Constitución habla de participación de los fieles: “Valde cupit Mater Ecclesia ut fideles universi ad plenam illam, consciam atque actuosam liturgicarum celebrationum participationem ducantur” (núm. 14) (“La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas”); “Quae totius populi plena et actuosa participatio, in instauranda et fovenda sacra Liturgia, summopere est attendenda” (núm. 14) (“hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo”); “Liturgicam institutionem necnon actuosam fidelium participationem, internam et externam”(núm. 19) (“Los pastores de almas fomenten con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles, interna y externa”); “eaque populus christianus, in quantum fieri potest, facile percipere atque plena, actuosa et communitatis propria celebratione participare possit” (núm. 21) (“el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria”); “cum frequentia et actuosa participatione fidelium” (núm. 27) (“con asistencia y participación activa de los fieles”); “Ad actuosam participationem promovendam, populi acclamationes, responsiones, psalmodia, antiphonae, cantica, necnon actiones seu gestus et corporis habitus foveantur” (núm. 30) (“Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales”); “in plenaria et actuosa participatione totius plebis” (núm. 41) (“la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios”); “sacram actionem conscie, pie et actuose participent” (núm. 48) (“participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada”); “atque pia et actuosa fidelium participatio facilior reddatur” (núm. 50) (“más fácil la piadosa y activa participación de los fieles”); “ratione habita normae primariae de conscia, actuosa et facili participatione fidelium” (núm. 79) (“la norma fundamental de la participación consciente, activa y fácil de los fieles); “populus actuose participet” (núm. 113) (“el pueblo participa activamente”); “universus fidelium coetus actuosam participationem sibi propriam praestare valeat, ad normam art. 28 et 30” (núm. 114) (“toda la comunidad de los fieles pueda aportar la participación activa que le corresponde, a tenor de los artículos 28 y 30”); ad fidelium actuosam participationem obtinendam idoneae sint” (núm. 124) (“para conseguir la participación activa de los fieles”).

Por su parte, en el mismo período, es decir, la primera mitad del sigo XX, los experimentadores litúrgicos anteriores al Concilio Vaticano II, especialmente los pertenecientes al Mouvement Liturgique, todos los cuales, por lo general, procedieron en sus experimentos sin autorización de la jerarquía o a espaldas de ella, desarrollaron la idea de “actividad” de los fieles en el rito sagrado, concibiendo ésta principalmente de un modo exterior, como un conjunto de acciones físicas de los fieles, en reacción contra esa “somnolencia”, “mudez” y “pasividad” física que era, según decía Dom Botte -partícipe de dicho Mouvement-, la tónica de su presencia en la Misa.

El punto, naturalmente, es si tal modo de entender la participación de los fieles coincide con lo que los Papas, durante ese período, han entendido y expresado mediante el término “actuosus”, prolongando la doctrina católica.

El tema de la traducción defectuosa, sea por ignorancia o por algún motivo no declarado, es de máxima importancia. Quizá sería excesivo sospechar de intenciones ocultas en los traductores de Tra le sollicitudine, aunque en aquella época de lucha contra el modernismo ello no sea imposible como manifestación solapada de éste. Lo que ocurrió ya durante Pío XI y Pío XII, plantea, en cambio, dudas justificadas, considerando especialmente que el modernismo, lejos de desaparecer de la Iglesia después de la arremetida de Pío X, se había replegado, escondido y camuflado en los centros de estudio de la liturgia, como el citado Mouvement Liturgique. Es sabido que, por la vía de las traducciones, los modernistas, ya sin freno después del Concilio, incurrieron en gravísimas distorsiones. Como ilustración de esto, basta recordar lo que, al respecto, cuenta el P. Louis Bouyer: “En una de sus reuniones [de la Comisión Teológica Internacional] el P. Lubac aprovechó la ocasión para someter a la consideración de los miembros de lengua francesa una carta destinada al Papa [Pablo VI] que ponía en evidencia todos los disparates, evidentemente deliberados, existentes en la versión francesa de los nuevos libros litúrgicos, que había sido, no obstante, declarada conforme al texto latino auténtico por Bugnini […] Todos, impactados por el carácter escandaloso de esta manipulación, incluido el P. Congar, tan preocupado de no oponerse a lo que él llamaba “la renovación de la Iglesia”, firmaron este documento abrumador sin dudarlo un instante. Ocho días después, Bugnini era expulsado por el Papa […]”[2].

No hay motivos, pues, para creer inocente el agregado del adjetivo “activa” al texto antes citado de Pío X ni la traducción de “actuosa” por “activa” en los textos de los otros Papas mencionados y, especialmente en los textos de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia. En efecto, la idea de una “actividad” de los fieles laicos en el Santo Sacrificio no fue pensada por los modernistas sólo a fin de poner término a una “pasividad” negativa que los alejaba de los misterios sagrados, privándolos, supuestamente, de las gracias que ésos confieren, sino que como un paso práctico hacia la derogación teórica de la doctrina sobre la diferencia esencial entre el sacerdocio común de los fieles, que adquieren éstos por el bautismo, y el sacerdocio ministerial, que se adquiere por el sacramento del orden sagrado. 

Recuérdese que, desde comienzos del siglo XX, coincidiendo con el inicio de su perversión respecto de la concepción inicial del Mouvement Liturgique, Dom Lambert Beauduin (1873-1960) y otros miembros de éste vincularon íntimamente la liturgia con el movimiento ecuménico, por lo que, como al final vino a quedar claro, al momento de llevarse a cabo la revisión ordenada por el Concilio Vaticano II, entre los objetivos que se habían propuesto los miembros de Consilium para dicha revisión estaba el de quitar de la liturgia de la Misa todo rastro ritual y, por ende, teológico que pudiera ofender la sensibilidad protestante, la cual en este punto, como se sabe, no reconoce la especificidad del sacerdocio ministerial conferido por el sacramento del orden sagrado[3]. Encargar a los laicos determinadas actividades y funciones en la Misa fue, pues, un modo de proclamar de modo práctico que ellos tienen derecho a realizarlas debido a un sacerdocio, cada vez más conceptualmente inespecífico, del que forman parte. Naturalmente, tal cosa es absolutamente ajena a la doctrina católica. Hay que puntualizar, con todo, que los noveles modos de actividad de los fieles laicos y las nuevas funciones que se les asignó fueron frecuentemente resultado más de los abusos litúrgicos que se iniciaron acabadas las tareas de Consilium, pero al amparo del clima que éste creó y fomentó.

Dom Lambert Beauduin OSB

Una sencilla revisión de cualquier diccionario latino nos revela que “actuosus” no significa “activo”, sino que conlleva la idea, más bien, de intensidad, vehemencia, profundidad, vivacidad en una determinada acción.  La “actuositas” puede consistir en una experiencia interior profunda, vívida, honda, perfectamente compatible con una total falta de actividad corporal exterior. De hecho, la actividad específicamente humana, máximamente humana por tanto, es la de conocer intelectualmente, cuya culminación es, al cabo, la contemplación pura. Esta no requiere de movimientos corporales exteriores, porque, al contrario, como se sabe, suele realizarse de mejor modo en la más perfecta quietud, reposo y silencio. Es cierto que las acciones interiores de un ente corpóreo, como es el hombre, se manifiestan exteriormente de algún modo o en algún grado; pero la experiencia contemplativa, por ejemplo, difícilmente se expresará en acciones tales como leer la epístola desde el presbiterio sin estar autorizado para ello, o en trajinar por él llevando copones consagrados, o en distribuír la comunión sin ser clérigo de manos ungidas.

Una participación “actuosa” puede, pues, alcanzar el máximo de intensidad asequible al ser humano sin necesidad de desplazamiento físico, sin gesticulaciones ni gestos, sin decir ni hacer nada audible o visible. Y es a ésta a la que se han referido los pontífices antes mencionados cuando hablaron de “participatio” y de “participatio actuosa”. De ellos, quien más se ha extendido en este tema, abordándolo sistemáticamente, es Pío XII en su ya mencionada encíclica.

Parte diciendo el pontífice que “para que todos los pecadores se purifiquen en la sangre del Cordero, es necesaria su propia colaboración. Aunque Cristo, hablando en términos generales, haya reconciliado a todo el género humano con el Padre por medio de su muerte cruenta, quiso, sin embargo, que todos se acercasen y fuesen llevados a la cruz por medio de los sacramentos y por medio del sacrificio de la Eucaristía, para poder obtener los frutos de salvación por Él en la misma cruz ganados. Con esta participación actual y personal, de la misma manera que los miembros se asemejan cada día más a la Cabeza divina, así también la salvación que de la Cabeza viene, afluye en los miembros, de manera que cada uno de nosotros puede repetir las palabras de San Pablo: «Estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo, y yo vivo, o más bien no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí»” (Mediator Dei, núm. 97).

Esa colaboración de que habla el Papa se materializa en el esfuerzo de cada uno por unirse al Santo Sacrificio: “Conviene, pues, venerables hermanos, que todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y su mayor dignidad consiste en la participación en el sacrificio eucarístico; y eso, no con un espíritu pasivo y negligente, discurriendo y divagando por otras cosas, sino de un modo tan intenso y tan activo, que estrechísimamente se unan con el Sumo Sacerdote, según aquello del Apóstol: «Habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo»; y ofrezcan aquel sacrificio juntamente con Él y por Él, y con Él se ofrezcan también a sí mismos” (Mediator Dei, núm. 99).

Este ofrecimiento del sacrificio por parte de los fieles y este ofrecimiento de sí mismos es objeto de un análisis cuidadoso de Pío XII: “al poner el sacerdote sobre el altar la divina víctima, la ofrece a Dios Padre como una oblación a gloria de la Santísima Trinidad y para el bien de toda la Iglesia. En esta oblación, en sentido estricto, participan los fieles a su manera y bajo un doble aspecto; pues no sólo por manos del sacerdote, sino también en cierto modo juntamente con él, ofrecen el sacrificio; con la cual participación también la oblación del pueblo pertenece al culto litúrgico” (Mediator Dei, núm. 113). Inmediatamente el Papa aclara el sentido de este ofrecimiento por parte de los fieles, como si hubiera tenido presentes las tendencias protestantizantes, en lo relativo al sacerdocio cristiano, que comenzaban a aflorar en medios cercanos al Mouvement Liturgique: “Pero no se dice que el pueblo ofrezca juntamente con el sacerdote porque los miembros de la Iglesia realicen el rito litúrgico visible de la misma manera que el sacerdote, lo cual es propio exclusivamente del ministro destinado a ello por Dios, sino porque une sus votos de alabanza, de impetración, de expiación y de acción de gracias a los votos o intención del sacerdote, más aún, del mismo Sumo Sacerdote, para que sean ofrecidos a Dios Padre en la misma oblación de la víctima, incluso con el mismo rito externo del sacerdote” (Mediator Dei, núm. 115).

El Papa insiste especialmente en este punto, que posteriormente dio pie a tantos errores teológicos y abusos litúrgicos: “En estos casos se alega erróneamente el carácter social del sacrificio eucarístico” (Mediator Dei, núm. 118). Inmediatamente se sale al paso de las nuevas teorías teológicas que comenzaban a campear ya en aquella época, y aclara el papa: “de ningún modo se requiere que el pueblo ratifique lo que hace el ministro del altar” (Mediator Dei, núm. 118).

El P. Louis Bouyer (der.)
(Foto: Aleteia)

Con todo, el ofrecimiento que el fiel hace de sí mismo uniéndose a este sacrificio es presentado como algo que, en hondura y extensión, abarca a la vida entera, no limitándose a una vivencia restringida al momento en que se realiza la acción sagrada:

“120. Mas para que la oblación con la cual en este sacrificio los fieles ofrecen al Padre celestial la víctima divina alcance su pleno efecto, conviene añadir otra cosa: es preciso que se inmolen a sí mismos como hostias.

“121. Y ciertamente esta inmolación no se reduce sólo al sacrificio litúrgico, pues el Príncipe de los Apóstoles quiere que, puesto que somos edificados en Cristo como piedras vivas, podamos como «un orden de sacerdotes santos ofrecer víctimas espirituales que sean agradables a Dios por Jesucristo»; y el apóstol San Pablo, sin hacer ninguna distinción de tiempo, exhorta a los cristianos con estas palabras: «Os ruego... que le ofrezcáis vuestros cuerpos como una hostia viva, santa y agradable a sus ojos, que es el culto racional que debéis ofrecerle».

“122. Mas cuando sobre todo los fieles participan en la acción litúrgica con tan gran piedad y atención, que de ellos se puede decir en verdad: «cuya fe y devoción te es conocida» entonces no podrá menos de suceder sino que la fe de cada uno actúe más vivamente por medio de la caridad, que la piedad se fortalezca y arda, que todos y cada uno se consagren a procurar la divina gloria y que, ardientemente deseosos de asemejarse a Jesucristo, que sufrió tan acerbos dolores, se ofrezcan como hostia espiritual con el Sumo Sacerdote y por su medio”.

Y a fin de que quede clara la profundidad que se exige a la participación del fiel cristiano, añade el pontífice:

“Y casi del mismo modo, en los sagrados libros de la liturgia, se advierte a los cristianos que se acercan al altar para participar en el santo sacrificio: «Ofrézcase en este... altar el culto de la inocencia, inmólese la soberbia, sacrifíquese la ira, mortifíquese la lujuria y toda lascivia, ofrézcase en vez de incienso el sacrificio de la castidad, y en vez de pichones el sacrificio de la inocencia». Así pues, mientras estamos junto al altar hemos de transformar nuestra alma de manera que se extinga totalmente en ella todo lo que es pecado, e intensamente se fomente y robustezca cuanto engendra la vida eterna por medio de Jesucristo, de modo que nos hagamos, junto con la Hostia inmaculada, víctima aceptable al Eterno Padre” (núm. 123).

Es ésta la participación “actuosa”, es decir, intensa, profunda, viva, que se pide a los fieles, más que cualquier actividad exterior como el cantar o el desempeñar determinados encargos y movimientos y traslaciones dentro del templo. Vale la pena citar en extenso algunos otros párrafos de Mediator Dei en que el Papa desarrolla estas ideas:

125. Todos los elementos de la liturgia conducen, pues, a que nuestra alma reproduzca en sí misma la imagen de nuestro divino Redentor, según aquello del Apóstol de las gentes: «Estoy clavado juntamente con Cristo en la cruz, y yo vivo, o más bien no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí». Por lo cual nos hacemos como una hostia, juntamente con Cristo, para aumentar la gloria del Eterno Padre.

“126. A eso, pues, los fieles deben dirigir y elevar sus almas al ofrecer la víctima divina en el sacrificio eucarístico. Pues si, como escribe San Agustín, nuestro misterio está puesto en la mesa del Señor, es decir, el mismo Cristo Señor nuestro en cuanto es Cabeza y símbolo de aquella unión por la cual nosotros somos el Cuerpo místico de Cristo y miembros de su Cuerpo; si San Roberto Belarmino, conforme a la mente de San Agustín, enseña que en el sacrificio del altar está significado el sacrificio general por el cual todo el Cuerpo místico de Cristo, es decir, todo el mundo redimido, es ofrecido a Dios por el gran Sacerdote, Cristo; nada puede pensarse más recto ni más justo que el inmolarnos también todos nosotros al Eterno Padre, juntamente con nuestra Cabeza, que por nosotros sufrió. Porque en el sacramento del altar, según el mismo San Agustín, se muestra a la Iglesia que en el sacrificio que ofrece, ella misma es ofrecida.

“127. Adviertan, pues, los fieles cristianos a qué dignidad los ha elevado el sagrado bautismo, y no se contenten con participar en el sacrificio eucarístico con aquella intención general que es propia de los miembros de Cristo y de los hijos de la Iglesia, sino que, unidos de la manera más espontánea e íntima que sea posible con el Sumo Sacerdote y con su ministro en la tierra, según el espíritu de la sagrada liturgia, se unan con El de un modo particular cuando se realiza la consagración de la Hostia divina, y la ofrezcan juntamente con El al pronunciarse aquellas solemnes palabras: «Por El, con El y en El, a ti, Dios Padre omnipotente, en unidad del Espíritu Santo, es dada toda honra y gloria por todos los siglos de los siglos»; a las cuales palabras el pueblo responde: «Amén». Y no se olviden los fieles cristianos de ofrecer, juntamente con su divina Cabeza clavada en la cruz, a sí propios, sus preocupaciones, sus dolores, angustias, miserias y necesidades”.

Ahora bien, para salir al encuentro de críticas como las que hace Dom Botte, que hemos citado anteriormente, el Papa escribe:

“128. Son, pues, muy dignos de alabanza los que, deseosos de que el pueblo cristiano participe más fácilmente y con mayor provecho en el sacrificio eucarístico, se esfuerzan en poner el «Misal Romano» en manos de los fieles, de modo que, en unión con el sacerdote, oren con él con sus mismas palabras y con los mismos sentimientos de la Iglesia; y del mismo modo son de alabar los que se afanan por que la liturgia, aun externamente, sea una acción sagrada, en la cual tomen realmente parte todos los presentes. Esto puede hacerse de muchas maneras, bien sea que todo el pueblo, según las normas de los sagrados ritos, responda ordenadamente a las palabras del sacerdote, o entone cánticos adaptados a las diversas partes del sacrificio, o haga entrambas cosas, o bien en las misas solemnes responda alternativamente a las preces del mismo ministro de Jesucristo y se una al cántico litúrgico”.

Monseñor Annibale Bugnini con el papa Pablo VI

Pío XII, sin embargo, con auténtico espíritu “pastoral”, lleno de comprensión y pronto a rechazar exigencias de comportamiento externas  uniformes por parte de los fieles, agrega, en un párrafo que, seguramente, ha de haber causado escozor entre los adeptos del Mouvement Liturgique, que se constituían en exigentes “peritos” y jueces de los asistentes a la Santa Misa:

133. […] no pocos fieles cristianos son incapaces de usar el «Misal Romano», aunque esté traducido en lengua vulgar; y no todos están preparados para entender rectamente los ritos y las fórmulas litúrgicas. El talento, la índole y la mente de los hombres son tan diversos y tan desemejantes unos de otros, que no todos pueden sentirse igualmente movidos y guiados con las preces, los cánticos y las acciones sagradas realizadas en común. Además, las necesidades de las almas y sus preferencias no son iguales en todos, ni siempre perduran las mismas en una misma persona. ¿Quién, llevado de ese prejuicio, se atreverá a afirmar que todos esos cristianos no pueden participar en el sacrificio eucarístico y gozar de sus beneficios? Pueden, ciertamente, echar mano de otra manera, que a algunos les resulta más fácil: como, por ejemplo, meditando piadosamente los misterios de Jesucristo, o haciendo otros ejercicios de piedad, y rezando otras oraciones que, aunque diferentes de los sagrados ritos en la forma, sin embargo concuerdan con ellos por su misma naturaleza”.

Esto trae a la memoria los sardónicos comentarios de Dom Botte sobre el pueblo que “permanecía mudo y pasivo. Cada uno podía, a su antojo, recitar el rosario o zambullirse en Las más bellas oraciones de San Alfonso de Liguori o en la Imitación de Cristo. Quizá esos cristianos “mudos y pasivos” se unían interiormente con una intensidad mucho mayor y más profunda al Santo Sacrificio que otros que se perdían en el misal buscando sin éxito, durante largos minutos, esta página o la otra. Esa participación, hecha de un modo espiritual e intenso, puede llegar a su culminación en la “comunión del augusto sacramento”.

Finalmente, y ante la insistencia de los miembros del Mouvement Liturgique en una participación exterior visible y audible de los fieles en la liturgia, el Papa declara:

Pero todavía hay algo de mucho mayor importancia, venerables hermanos, que queremos recomendar con especial interés a vuestra diligencia y celo apostólico. Todo lo que se refiere al culto religioso externo tiene realmente su importancia; pero el alma de todo ello ha de ser que los cristianos vivan la vida de la liturgia, nutriendo y fomentando su inspiración sobrenatural” (núm. 242).

Así pues, Pío XII realiza una magistral exposición del sentido que tiene una “participatio actuosa”, que no se confunde para nada con esa “participación activa” que ha llegado a ser hoy el criterio de la participación de los fieles en la liturgia reformada, especialmente del Santo Sacrificio, para cuya realización se los somete a una regimentación de las posturas corporales como nunca se había dado antes en la Iglesia, se los “anima” mediante explicaciones extemporáneas, sobre la marcha, de los ritos, rompiendo con ello impertinentemente el clima sagrado de recogimiento que debe existir en la acción sagrada, y se les impone la realización de una serie de actividades y funciones que siempre fueron propias del clero ungido, comunicando con ello la sensación de que el pueblo es tan sacerdote, y al mismo título, que el celebrante. Y todo ello sin que el pueblo haya mejorado un ápice su adecuada comprensión de lo que es, en esencia, la Misa; por el contrario, se le ha inculcado la errónea idea protestante de que ella no es sino “la cena del Señor”, expresión prácticamente inexistente en los dos mil años de existencia de la Iglesia, la cual fue empleada por primera vez, con asiduidad, por Lutero.


[1] Botte, B., Le Mouvement Liturgique. Témoignage et souvenirs, París, Desclée et Cie., 1973, p. 10.

[2] Bouyer, L., Mémoires, París, Editions du Cerf, 2014, pp. 203-204.

[3] Annibale Bugnini, quien dirigió el Consilium, haciendo de él lo que quiso según sus propios objetivos, declaró en una entrevista  que la reforma litúrgica llevaba la impronta del “deseo de apartar cualquier piedra que pudiera constituir aunque fuera la mera sombra de un obstáculo o de un desagrado para los hermanos separados”. Citado por Petrucci, Pier Paolo, “Per non dimenticare”, Una Vox, enero de 2014, disponible aquí. El propio Pablo VI declaró en una oportunidad que “[a]l esfuerzo que se pide a los hermanos separados para que vuelvan a la unidad, debe corresponder el esfuerzo, por mortificante que nos resulte, de purificar a la Iglesia romana en sus ritos, para que se vuelva deseable y habitable”. Véase Guitton, J., Paolo VI segreto, Milán, San Paolo, 4a ed., 2004, p. 59.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Soberbia y repetición en la liturgia

Les ofrecemos hoy un artículo del Prof. Augusto Merino Medina, conocido por nuestros lectores, donde se aborda el sentido que tenía la eliminación de reiteraciones en la liturgia romana. Deliberado o no, el resultado fue atenuar el carácter propiciatorio de la Misa, ocultando uno de sus fines a los fieles. Algo similar acabó pasando con los fines latréutico e impetratorio, quedando el Santo Sacrificio representado como una cena donde la comunidad se reúne para dar gracias a Dios, sin unirse real, verdadero y sustancialmente con su Muerte en el Calvario. Se trata de un texto que hace pensar si de verdad el resultado de la reforma litúrgica fue un provecho para los fieles. 

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Soberbia y repetición

Augusto Merino Medina

De las muchas calamidades que se infligió al rito romano de la Misa durante la supuesta “reforma” posconciliar (que fue, en realidad, su “destrucción” posconciliar), hay una que quisiéramos comentar aquí por las gravísimas consecuencias que tuvo.

En el texto de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia se lee: “Los ritos deben resplandecer con una noble sencillez; deben ser claros en su brevedad, y eviten las repeticiones inútiles” (núm. 34).

¿Qué es una repetición inútil? Así como es clara la idea de repetición, no lo es la de su inutilidad, porque la vida misma está llena de repeticiones inútiles que nadie, en sus cabales, se atrevería a criticar, y mucho menos suprimir. Las veces que un enamorado dice “te quiero” a quien ama (o las veces que una madre se lo dice a su hijo), ¿alcanzará, después de cierto número de repeticiones, la calidad de “inútil”? Para juzgar esa calidad, ¿qué cantidad de repeticiones será suficiente? ¿Debiera estimarse que, en un determinado momento, la expresión de un sentimiento intenso ya no debiera ser repetida ni una sola vez más por “inútil”? En el cortejo, ¿será la mujer (que siempre se rinde por lo que oye) la que decidirá que la declaración ya está suficientemente clara y su repetición, no obstante las variaciones (infinitas) de tono, de voz, de intensidad, de halagüeñas comparaciones (rosa, perla, etcétera), es superflua y no le causa ya efecto alguno? O, para aclarar el punto, ¿deberemos -lo que estaría mucho más a tono con el ambiente en que la “reforma” se dio- echar mano de la segunda ley de la dialéctica materialista, que postula la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos y analizar la cuestión desde esta perspectiva?

Vamos, con todo, a un terreno más próximo. ¿Será porque se trata de “repeticiones inútiles” que se ha dejado de rezar el rosario, o que ya nadie usa y ni siquiera conoce las letanías lauretanas? Parece que no, porque cada vez hay más “espíritus libres” dispuestos a repetir “om” y otros “mantras” hasta la extenuación y el sueño (que es en lo que suelen terminar esas “meditaciones”, como comprobó el propio Heidegger, en una época en que se interesó en el budismo zen). Entonces, ¿qué?

(Imagen: Pinterest)

No faltará el avispado que diga que a Dios no es necesario repetirle nuestras peticiones, citando probablemente a Jesús, quien dice (Mt. 6, 7): “Y orando, no seáis habladores, como los gentiles, que piensan ser escuchados por su mucho hablar”. Pero lo que aquí nos enseña el Señor es a ser sobrios en el hablar, así sea con Dios, recogiendo la antigua sabiduría de Israel: “No abras inconsideradamente tu boca, ni sea ligero tu corazón en proferir palabras delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú en la tierra; por eso, sean pocas tus palabras” (Eclesiastés 5, 1; trad. de Straubinger. La primera edición de la Biblia de Jerusalén, de 1956, traduce la última oración de este versículo del siguiente modo: “Donc sois sobre de discours”). Es improbable (no imposible) que haya alguien tan osado o tan necio como para sugerir que la liturgia de la Iglesia romana, antes de su destrucción postconciliar, carecía de sobriedad, especialmente cuando se la compara no ya con las liturgias paganas, sino incluso con las demás liturgias cristianas.

Por otra parte, es también probable que alguien traiga, desubicadamente, a colación aquello que agrega Jesús en el mismo pasaje: “No os asemejéis, pues, a ellos [los paganos], porque vuestro Padre conoce las cosas de que tenéis necesidad antes de que se las pidáis” (Mt. 6, 8). Al respecto, C.S. Lewis, en su artículo “Trabajo y oración”, escribe lo siguiente:

“El argumento contra la oración […] dice lo siguiente: lo que uno pide, o bien es bueno para uno y para el mundo en general, o bien no lo es. Si es bueno, un Dios bueno y sabio lo hará de todos modos. Si no lo es, entonces Él no lo hará. En cualquier caso, la oración es superflua. Pero si resulta que este argumento es correcto, será un buen argumento no sólo contra la oración, sino también contra toda forma de acción. En cada acción, tal como en cada oración, uno trata de alcanzar ciertos resultados, que pueden ser buenos o malos. ¿Por qué, entonces, no argumentar, tal como hacen los opositores a la oración, que si el resultado es bueno, Dios hará que ocurra sin necesidad de nuestra participación, y que, si es malo, Dios lo impedirá, hagamos lo que hagamos? ¿Para qué lavarse las manos? Si Dios quiere que estén limpias, lo estarán sin necesidad de que nos las lavemos. Y si Él no lo quiere, permanecerán sucias (como lo descubrió Lady Macbeth) aunque usemos muchísimo jabón. ¿Para qué pedir que nos pasen la sal? ¿Para qué ponerse los zapatos? ¿Para qué hacer cualquier cosa?”.

Pero, despejado este punto y el de la supuesta falta de sobriedad de la liturgia romana, acerquémonos todavía un poco más a lo nuestro. ¿Cuál, de todas las repeticiones de gestos y palabras que figuraban en el rito milenario de la Misa, es la que parece ser el blanco más importante de esta impía poda practicada con las “repeticiones inútiles”? Se fueron las repeticiones tri-partitas del “Kyrie/Christe eleyson” (quizá por su excesivo carácter trinitario, poco amable con la sensibilidad arriana de muchos de los “expertos” litúrgicos). Partieron también las señales de la cruz hechas por cada uno sobre sí mismo (final del Gloria, del Credo, del Sanctus), o por el sacerdote sobre las especies eucarísticas. Partieron las muchas genuflexiones. Partieron también los muchos besos al altar. Pero, en rigor, a pesar de todo esto, todavía podría haberse conservado indemne la esencia misma de la Misa. ¿Cuál fue, entonces, el verdadero blanco al que se apuntó? Fue el ofertorio en su conjunto. Y ¿por qué?

Algunos explicarán su supresión por el deseo confeso de los “reformadores litúrgicos” de depurar la Misa de las “excrecencias” medievales que se le fueron añadiendo a lo largo de los siglos de la Alta Edad Media, entre las cuales la más importante fue, precisamente el Ofertorio. Pero no se trata de una “simple” excrecencia más, como podría considerarse que son las oraciones al pie del altar, o la recitación del Ultimo Evangelio. Si se examina someramente las oraciones que lo componen, se advertirá que prácticamente todas ellas rezuman la idea de “sacrificio”: “Recibe, oh Padre Santo […] esta hostia inmaculada que […] ofrezco a Ti, que eres mi Dios vivo y verdadero, por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias, y por todos los presentes y también por todos los fieles cristianos vivos y difuntos; a fin de que a mí y a ellos nos aproveche para la salvación y la vida eterna”; “Ofrecémoste, Señor, el cáliz de la salud […] por nuestra salvación y por todo el mundo entero”; “Recibe, Trinidad Santa, esta oblación […] para que […] a nosotros nos aproveche para la salvación”. 

En realidad, toda las preciosas oraciones del Ofertorio están empapadas de la idea de sacrificio. Pero no sólo eso: se alude en ellas -y este es el quid del asunto- a un sacrificio “propiciatorio”, que es el concepto que constituye la verdadera piedra de toque del rechazo protestante a la concepción de la Misa como sacrificio. Cranmer, el gran reformador protestante inglés, decía, respondiendo a un oponente: “Me interpreta mal [al decir] que yo niego el sacrificio de la Misa […] La controversia no se refiere a si la sagrada comunión es o no un sacrificio (porque en esto el Dr. Smith y yo estamos de acuerdo con el citado Concilio de Éfeso), sino a si se trata o no de un sacrificio propiciatorio […]” (Works, Cambridge, Parker Society, 1844, t. 1, p. 363, apud Cekada, A., Work of Human Hands, West Chester, Ohio, SGG Resources, 2015, 2a ed., p. 109).

El asunto queda, pues, perfectamente claro. El hecho de que el Ofertorio es como un primer ofrecimiento de la Sagrada Víctima, que se repite después en el Canon, fue presentado como una duplicación previa e innecesaria de algo que se hace posteriormente en el Canon, por lo que aquel pasaje de la Sacrosanctum Concilium sobre las “repeticiones inútiles” (que parece haber sido puesto allí -como una bomba de tiempo- con la sola intención de justificar luego la supresión del Ofertorio con todas sus consecuencias teológicas) se invocó aquí y, de un golpe, se acabó con la molesta proclamación de la Misa como “sacrificio propiciatorio”, que la programada supresión del Canon romano (salvado a último momento por Pablo VI) habría hecho desaparecer sin dejarse huella alguna. Pero aunque esa supresión fue un objetivo de los “reformadores litúrgicos” que no pudo cumplirse tan limpiamente como era su propósito, se logró de todos modos oblicuamente por la desaparición en la práctica del Canon romano, reemplazado casi universalmente por la “Plegaria Eucarística II”, en la cual se evita cuidadosamente el concepto de “sacrificio propiciatorio”.

(Foto: Pinterest)

Cabe preguntarse: si el Ofertorio no ofreciera una parte de la Misa de contenido teológico tan fundamental, los “reformadores litúrgicos” ¿hubieran emprendido la impía tarea de podar las “inútiles repeticiones” que encontramos en la Misa? Muy probablemente no, porque si se suprimió la reiteración del Kyrie y otros elementos, todo se hizo a fin de poder justificar con ello también la supresión del Ofertorio, como una repetición o una “excrecencia” más.

Cuando se mira este aspecto de la “reforma litúrgica” se encoge el corazón ante el espectáculo de la soberbia que llevó a la supresión, en el Novus Ordo de la Misa, de tantos elementos de gran belleza, cargados de sentido y de significación. No se puede menos que ver en todo esto otra manifestación de la soberbia diabólica que dirigió la impía destrucción del rito más sagrado de la fe, del “misterio de la fe”. Pretender que lo que se repite en el rito romano es “inútil” o carente de significado es incurrir en la necedad de que hablamos al comienzo de estas líneas. Y ello es, precisamente, soberbia. Quienes tienen espíritu de niños, tan esencial para entrar al reino de los cielos (“si no os volviereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”, Mt. 18, 3), se encantan con las repeticiones: ¿no piden acaso los niños que se les lea una y otra y otra vez el mismo cuento favorito antes de dormirse? 

Escribe Chesterton en el capítulo “La ética de Elfland” de Ortodoxia

“Porque los niños abundan en vitalidad, porque son de espíritu valiente y libre, quieren que las cosas se repitan y permanezcan siempre iguales. Los niños siempre dicen: “¡Otra vez!”, y los mayores las repiten una y otra vez hasta casi morir de cansancio. Los mayores no son lo suficientemente fuertes como para exultar en la monotonía. Pero quizá Dios sí es lo suficientemente fuerte como para exultar en la monotonía. Es posible que Dios, cada mañana, le diga al sol “¡Hazlo otra vez!, y cada atardecer le diga a la luna “¡Hazlo otra vez!”. Puede que no sea una necesidad automática lo que hace que todas las margaritas sean iguales; puede ser que Dios haga cada margarita por separado, sin haberse cansado nunca de hacerlas. Puede que Dios tenga el apetito eterno de la infancia, porque nosotros hemos pecado y hemos envejecido, pero nuestro Padre es más joven que nosotros”.