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domingo, 17 de abril de 2022

Sábado Santo

 Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 25, 1-7): 

Pasado el sábado, ya para alborear el día primero de la semana, vino María Magdalena, con la otra María, a ver el sepulcro. Y sobrevino un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, removió la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Era su aspecto como el relámpago, y su vestidura blanca como la nieve. De miedo de él temblaron los guardias y se quedaron como muertos. El ángel, dirigiéndose a las mujeres, dijo: No temáis vosotras, pues sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí, ha resucitado, según lo había dicho. Venid y ved el sitio donde fue puesto. Id luego y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos y que os precede a Galilea; allí lo veréis. Es lo que tenía que deciros.

***

El Sábado Santo ha sido tradicionalmente dedicado por la Iglesia a la contemplación del gran silencio y del dolor de María. En las Escrituras, María habla sólo lo estrictamente necesario. Sus últimas palabras fueron “Haced lo que Él os diga”. Pero en su silencio meditaba todo lo que iba guardando en su corazón (Lc 2, 20).

Pero ¡qué explosión de silenciosas verdades y de emociones en este día silencioso! ¡Qué caridad la del Padre, que no dudó en entregar a su Hijo por nosotros! ¡Qué caridad la del Hijo, que, por nosotros, no dudó en arrastrar al sufrimiento a su misma Madre! Porque bien pudo la Providencia haberse llevado a la Virgen al cielo antes de la Pasión, para que no fuera testigo de aquellos atroces sufrimientos; pero Él que lo entregó todo por nosotros, no dudó en entregar también a su Madre, que contempló, en el más profundo silencio, el Magno Dolor que nos ha redimido de la Magna Culpa. Que no se diga que el dolor compartido es menor: ¡el dolor compartido es doblemente doloroso! Y ¡que haya quienes, en su incomprensible impiedad, no consientan en llamar Corredentora a quien sufrió, en silencio, el filo de la espada que Simeón profetizó que había de traspasarle el alma!

Si la teología puede vacilar entre aceptar que la Virgen murió para participar de la muerte de su Hijo y aceptar que no murió por estar libre del pecado de origen, no puede dudar aquí del dolor que Ella soportó al pie de la Cruz, porque está documentado y descrito con toda la dura sobriedad de los Evangelios. Y no estuvo ahí en el desvanecimiento y desmayo de quien pierde noción de lo que ocurre a su alrededor, sino que estuvo de pie (stabat iuxta crucem Jesu mater eius), estuvo firme de pie (stabat), al lado de la Cruz, mirando con intensa mirada cada rictus de ese rostro moribundo, cada lento y doloroso movimiento de ese cuerpo torturado, cada palabra que salía de esa boca. Y Jesús no sólo la arrastra tras de sí hasta ese momento atroz, sino que la entrega, literalmente, a Juan, y en éste, nos la entrega a nosotros. “Y habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). ¡Tanto amó Dios al mundo… tanto nos amó Jesús a nosotros!

Y luego, antes de llevarlo a la tumba, le entregaron el cuerpo exánime del Hijo. Pero una mujer no quiere sólo la piel y las vísceras entreabiertas por la lanza de aquel que llevó en el útero: ella lo quiere a Él con su cuerpo y su alma, quiere su presencia. Pero Él ya se ha ido. Ya no está ahí en esos despojos. Sin duda la Virgen creyó que el Señor, como lo había anunciado tantas veces, había de resucitar; pero esa fe no devaluó ni el dolor del Hijo que fue clavado al madero ni el de la Madre que tuvo en su falda el cuerpo muerto.

Pero no sufrió María un dolor desesperado, sin sentido, rabioso, nihilista y aborrecible, sino que su dolor fue un padecimiento con esperanza. Y en el silencio de este Sábado ella espera dolorosamente. Así como el dolor de la Pasión y de la Muerte se reactualiza sacramentalmente para ser ofrecido al Padre en sacrificio, así se reactualiza el dolor sacramental de la Madre Corredentora: ella, hoy, sufre y su dolor es también ofrecido. Pero sufre con esperanza, con sentido. Y por eso conviene aquí recordar que la esperanza es una virtud teologal y, aunque parece la más pequeña, la menor (así la llamaba Péguy en su vasto poema) es tan indispensable para nuestra salvación como las otras dos.

Hoy es el día del silencio, del dolor de María, y de la esperanza. En el salmo de Maitines de hoy se dice “Una cosa pido al Señor, y es lo que busco: habitar en la casa del Señor toda mi vida” (Sal 26, 4). Y más adelante, movido el salmista por la preciosa esperanza que Dios infunde en nuestra alma y que debemos cultivar día a día, dice “Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (Sal 26, 13-14).

Annibale Carracci, Santas Mujeres ante la tumba de Cristo, 1590, Museo del Hermitage (Rusia)
(Imagen: Wikipedia)

sábado, 16 de abril de 2022

Viernes Santo

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 18, 1-40; 19, 1-42):

Prisión de Jesús

Diciendo esto, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos. Judas, el que había de traicionarle, conocía el sitio, porque muchas veces concurría allí Jesús con sus discípulos. Judas, pues, tomando la cohorte y los alguaciles de los pontífices y fariseos, vino allí con linternas, y hachas, y armas. Conociendo Jesús todo lo que iba a sucederle, salió y les dijo: ¿A quién buscáis? Respondiéronle: A Jesús Nazareno. Él les dijo: Yo soy. Judas, el traidor, estaba con ellos. Así que les dijo: Yo soy, retrocedieron y cayeron en tierra. Otra vez les preguntó: ¿A quién buscáis? Ellos dijeron: A Jesús Nazareno. Respondió Jesús: Ya os dije que Yo soy; si, pues, me buscáis a mí, dejad ir a éstos. Para que se cumpliese la palabra que había dicho: De los que me diste no se perdió ninguno. Simón Pedro, que tenía una espada, la sacó e hirió a un siervo del pontífice, cortándole la oreja derecha. Este siervo se llamaba Malco. Pero Jesús dijo a Pedro: Mete la espada en la vaina; el cáliz que me dio mi Padre, ¿no he de beberlo? La guardia, pues, y el tribuno, y los alguaciles de los judíos se apoderaron de Jesús y le ataron. Y le condujeron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, pontífice aquel año.

Jesús en el palacio del Sumo Pontífice

Era Caifás el que había aconsejado a los judíos: “Conviene que un hombre muera por el pueblo”. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del pontífice y entró al tiempo que Jesús en el atrio del pontífice, mientras que Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió, pues, el otro discípulo, conocido del pontífice, y habló a la portera e introdujo a Pedro. La portera dijo a Pedro: ¿Eres tú acaso de los discípulos de este hombre? Él dijo: No soy. Los siervos del pontífice y los alguaciles habían preparado un brasero, porque hacía frío, y se calentaban, y Pedro estaba también con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote preguntó a Jesús sobre sus discípulos y sobre su doctrina. Respondióle Jesús: Yo públicamente he hablado al mundo; siempre enseñé en las sinagogas y en el templo, adonde concurren todos los judíos; nada hablé en secreto, ¿qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído qué es lo que Yo les he hablado; ellos deben saber lo que les he dicho. Habiendo dicho esto Jesús, uno de los ministros, que estaba a su lado, le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes al Sumo Sacerdote? Jesús le contestó: Si hablé mal, muéstrame en qué, y si bien, ¿por qué me pegas? Anás le envió atado a Caifás, el Sumo Sacerdote. Entretanto, Simón Pedro estaba de pie calentándose, y le dijeron: ¿No eres tú también de sus discípulos? Negó él, y dijo: No soy. Díjole uno de los siervos del pontífice, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja: ¿No te he visto yo en el huerto con Él? Pedro negó de nuevo, y al instante cantó el gallo.

Jesús ante Pilato

Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era muy de mañana. Ellos no entraron en el pretorio por no contaminarse, para poder comer la Pascua. Salió, pues, Pilato fuera y dijo: ¿Qué acusación traéis contra este hombre? Ellos respondieron, diciéndole: Si no fuera malhechor, no te lo traeríamos. Díjoles Pilato: Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley. Le dijeron entonces los judíos: Es que a nosotros no nos es permitido dar muerte a nadie. Para que se cumpliese la palabra que Jesús había dicho, significando de qué muerte había de morir. Entró Pilato de nuevo en el pretorio, y, llamando a Jesús, le dijo: ¿Eres tú el rey de los judíos? Respondió Jesús: ¿Por tu cuenta dices eso o te lo han dicho otros de mí? Pilato contestó: ¿Soy yo judío por ventura? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí, ¿qué has hecho? Jesús respondió: Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi reino, mis ministros habrían luchado para que no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. Le dijo entonces Pilato: ¿Luego tú eres rey? Respondió Jesús: Tú dices que soy rey. Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye mi voz. Pilato le dijo: ¿Y qué es la verdad? Y dicho esto, de nuevo salió a los judíos y les dijo: Yo no hallo en éste ningún crimen. Hay entre vosotros costumbre de que os suelte a uno en la Pascua ¿Queréis, pues, que os suelte al rey de los judíos? Entonces de nuevo gritaron diciendo: ¡No a éste, sino a Barrabás! Era Barrabás un bandolero. Tomó entonces Pilato a Jesús y mandó azotarle. Y los soldados, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, le vistieron un manto de púrpura y, acercándose a Él, le decían: Salve, rey de los judíos, y le daban bofetadas. Otra vez salió fuera Pilato y les dijo: Aquí os lo traigo, para que veáis que no hallo en El ningún crimen. Salió, pues, Jesús fuera con la corona de espinas y el manto de púrpura, y Pilato les dijo: Ahí tenéis al hombre. Cuando le vieron los príncipes de los sacerdotes y sus satélites, gritaron diciendo: ¡Crucifícale, crucifícale! Díjoles Pilato: Tomadlo vosotros y crucificadlo, pues yo no hallo crimen en Él. Respondieron los judíos: Nosotros tenemos una ley, y, según la ley, debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios. Cuando Pilato oyó estas palabras, temió más, y, entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Jesús no le dio respuesta ninguna. Díjole entonces Pilato: ¿A mí no me respondes? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte? Respondióle Jesús: No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto; por esto el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado. Desde entonces Pilato buscaba librarle; pero los judíos gritaron diciéndole: Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey va contra el César. Pero los judíos gritaron diciéndole: Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey va contra el César. Cuando oyó Pilato estas palabras, sacó a Jesús fuera y se sentó en el tribunal, en el sitio llamado “lithóstrotos”, en hebreo “gabbatha.” Era el día de la Parasceve, preparación de la Pascua, alrededor de la hora sexta. Dijo a los judíos: Ahí tenéis a vuestro rey. Pero ellos gritaron: ¡Quita, quita! ¡Crucifícale! Díjoles Pilato: ¿A vuestro rey voy a crucificar? Contestaron los príncipes de los sacerdotes: Nosotros no tenemos más rey que el César. Entonces se lo entregó para que le crucificasen. 

La crucifixión 

Tomaron, pues, a Jesús; que, llevando su cruz, salió al sitio llamado Calvario, que en hebreo se dice “Gólgota”, donde le crucificaron, y con Él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en medio. Escribió Pilato un título y lo puso sobre la cruz; estaba escrito: Jesús Nazareno, rey de los judíos. Muchos de los judíos leyeron ese título, porque estaba cerca de la ciudad el sitio donde fue crucificado Jesús, y estaba escrito en hebreo, en latín y en griego. Dijeron, pues, a Pilato los príncipes de los sacerdotes de los judíos: No escribas rey de los judíos, sino que Él ha dicho: Soy rey de los judíos. Respondió Pilato: Lo escrito, escrito está. Los soldados, una vez que hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida toda desde arriba. Dijéronse, pues, unos a otros: No la rasguemos, sino echemos suertes sobre ella para ver a quién le toca, a fin de que se cumpliese la Escritura: “Dividiéronse mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes”. Es lo que hicieron los soldados. Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaban allí, dijo a la madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

Muerte de Jesús

Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura dijo: Tengo sed: Había allí un botijo lleno de vinagre. Fijaron en un venablo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando hubo gustado el vinagre, dijo Jesús: Todo está acabado, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos, como era el día de la Parasceve, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el día de sábado, por ser día grande aquel sábado, rogaron a Pilato que les rompiesen las piernas y los quitasen. Vinieron, pues, los soldados y rompieron las piernas al primero y al otro que estaba crucificado con Él; pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; él sabe que dice verdad, para que vosotros creáis; porque esto sucedió para que se cumpliese la Escritura: “No romperéis ni uno de sus huesos”. Y otra Escritura dice también: “Mirarán al que traspasaron”.

Sepultura de Jesús

Después de esto, rogó a Pilato José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque secreto por temor de los judíos, que le permitiese tomar el cuerpo de Jesús, y Pilato se lo permitió. Vino, pues, y tomó su cuerpo. Llegó Nicodemo, el mismo que había venido a Él de noche al principio, y trajo una mezcla de mirra y áloe, como unas cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo fajaron con bandas y aromas, según es costumbre sepultar entre los judíos. Había cerca del sitio donde fue crucificado un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual nadie aún había sido depositado. Allí, a causa de la Parasceve de los judíos, por estar cerca el monumento, pusieron a Jesús.

El Greco, La Crucifixión, 1597-1600, Museo del Prado
(Imagen: Museo del Prado)

***

En la narración de la Pasión según San Juan, que se lee en el oficio de hoy, los autores espirituales suelen destacar, entre las innumerables riquezas que sirven de fundamento a la contemplación, lo que se dice de San Pedro. “Iba Simón Pedro siguiendo a Jesús, con otro discípulo, conocido del Pontífice. Este otro discípulo entró con Jesús en el palacio del Pontífice”, y, como era amigo de la portera, le franqueó después la entrada a Pedro. En la narración de la Pasión que ofrece San Lucas, que se ha leído el Miércoles Santo, se dice que “Pedro le seguía de lejos”, y en el Evangelio de San Marcos, el evangelista más cercano a San Pedro, cuya narración leímos el Martes Santo, y que seguramente recogió los recuerdos de labios del propio Pedro, se dice que “Pedro le fue siguiendo a lo lejos, hasta dentro del palacio del Sumo Sacerdote”.

Detengámonos en este pasaje. Pedro siguió a Jesús, pero “de lejos”. El seguir de lejos a Jesús, sin comprometerse “exageradamente” con el Maestro (la exageración aquí ¿no es acaso posible? ¿no está la virtud en el medio, al cual suele llamarse aurea mediocritas?) lleva a menudo a negarlo, que es lo que Pedro terminó haciendo al poco rato. Este “seguir de lejos” es uno de los más graves peligros de la vida espiritual porque es, también, uno de los menos visibles (“¿acaso no vamos, después de todo, siguiendo a Jesús?”), pero acaba, cuando la prueba se hace dura y brutal, en la negación, que es lo que ocurrió a Pedro a poco de entrar en el patio del Pontífice.

Los autores espirituales suelen llamar tibieza a este “seguir de lejos”. Es decir, un creer y un amar, pero sin un verdadero ímpetu interior, sin una íntima pasión, dejándose siempre una vía de escape, por si acaso… Vía de escape que nuestra débil conciencia moral está siempre pronta a ofrecernos, en forma de justificaciones, de explicaciones que apelan a evitar la “exageración”, o a practicar el “discernimiento” que siempre encuentra excepciones, o a recurrir a discursos psicologizantes que nos recomiendan “dar rienda” para evitar el estrés, etc. A menudo se traduce la tibieza en un decir “Basta: es suficiente”. Pero decir “basta” en la vida espiritual, disminuyendo el tranco o deteniéndose, es retroceder. Lo dice nada menos que San Agustín. Así de simple: es perder lo ganado, es despreciar el bien que Dios nos ha concedido hasta ahora. Es un “volverse a las creaturas” para echarles otra mirada más, una mirada que añora, que echa de menos… y que instala la duda y debilita la voluntad, que el Señor nos ha ido fortaleciendo generosamente. 

Hay algunos grandes santos que han verdaderamente dado oídos a lo que dice el Señor: “mi yugo es suave, y mi carga ligera”. Y se han dado cuenta de que el Señor es verdaderamente nuestro Cireneo que, aún esa “carga ligera”, nos la hace todavía más fácil de llevar. Y han entonces tendido con máxima generosidad a la perfección, llegando a formular, como Santa Teresa de Ávila, el voto de hacer siempre lo que le pareciera más perfecto (o sea, de apartarse lo más radicalmente posible de ese “seguir de lejos” al Señor). Pero aun en la vida cotidiana del ser humano corriente, no necesariamente cristiano, se oye a cada instante el caso de madres que “lo dan todo por sus hijos” y, más todavía, sin un esfuerzo aparente. Es que el cariño es el gran Cireneo. Y Jesús, con el amor sobrenatural que nos comunica si “lo seguimos de cerca”, es el supremo Cireneo de la vida cristiana. 

Naturalmente, la autoexigencia, igual que la tibieza, puede ser una terrible enfermedad espiritual, sobre todo en naturalezas psicológicamente débiles, expuestas a caer en neurosis y obsesiones. Por eso resulta indispensable en la vida del alma contar con un director espiritual (lo que hoy suele denominarse, por la frenética huida de toda tradición, que es lo que impera, “acompañamiento espiritual”). Quizá se nos entenderá mejor si hablamos de un “gurú”, o si traemos a la mente la imagen de esos viejos “maestros” de las artes marciales que vemos en películas, quienes aconsejan, mirando desde afuera, nuestros esfuerzos, y nos guían con una crítica prudente y positiva, para evitar los excesos de una pasión religiosa desbocada (toda pasión es “desbocable”, y la religiosa no es una excepción).

Es aquí donde la Iglesia, en su milenaria sabiduría, ha hecho intervenir el tino y la medida, y ha propuesto siempre recurrir al consejo de quienes nos rodean (es lo que se conoce como “corrección fraterna”), pero especialmente al de quienes, entre ellos, son más experimentados y tienen más estudios. 

¿Cuán “lejos” es seguir a Jesús “de lejos”; cuán cerca es lo que se nos pide que le sigamos? Como en todo juicio, que versa siempre sobre una cuestión individual y específica, se requiere de un juez, un “director espiritual”, que nos ayude con su dictamen. Sin él, es difícil calibrar la proximidad o la lejanía de nuestro seguir a Jesús, de nuestra “imitación de Cristo”, en que se resume la práctica de la virtud sobrenatural.

Luis de Morales, La Piedad del Divino Morales, circa 1560, Museo del Ángel (Sevilla)
(Imagen: Gente de Paz)

Nota de la Redacción: Para la transcripción del relato de la Pasión según San Juan se ha utilizado la versión de la Biblia Nácar-Colunga, cuya traducción al castellano proviene de los textos originales en griego y hebreo. Los títulos para separar los distintos momentos vividos por Jesús entre la noche del Jueves Santo y la tarde del Viernes Santo están tomados del Misal diario y Vesperal de Dom Gaspar Lefebvre. 

viernes, 15 de abril de 2022

La estética del recogimiento en siete obras de arte

Les ofrecemos hoy, el día en que la Iglesia conmemora la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, un interesante reportaje publicado en Visión Informa, un periódico quincenal desarrollado por la Dirección de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica de Chile para contar a la comunidad las novedades que ocurren al interior de dicha casa de estudios. El número de esta quincena está dedicado a la Semana Semana, conocida también como Semana Mayor por su importancia dentro del Año litúrgico. Ahí se incluye el reportaje de la periodista Marcela Guzmán que compartimos, donde se hace un recorrido sobre el sentido cristiano del recogimiento a través del arte, invitándonos a meditar a partir de las obras elegidas.

El artículo ha sido adaptado al formato habitual de esta bitácora y también corregido en cuanto a su estilo, agregando algunas explicaciones y enlaces. Las imágenes proceden de Wikicommons, como también sucede en la versión original, salvo el primer ícono. 
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La estética del recogimiento en siete obras de arte

Marcela Guzmán

Entre las diversas expresiones artísticas religiosas destaca la rica iconografía en torno los diferentes episodios bíblicos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo que se evocan en Semana Santa. Artistas de todos los tiempos han dedicado parte importante de su obra a interpretar las escenas más significativas de la vida de Cristo, acentuando la dimensión mística y religiosa a través de la estética.

"Los tiempos litúrgicos como la Semana Santa se viven y se van construyendo en función de los relatos bíblicos del Nuevo Testamento. Allí se narran estos acontecimientos de la vida de Jesús que son el centro del ciclo pascual que abre un nuevo tiempo", señala Federico Aguirre, vicedecano de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

(Imagen: Pinterest)

En la historia del arte y también en la vida de la Iglesia "se han desarrollado imágenes con un fundamento muy fuerte en el hecho de que Dios se hizo hombre, con un rostro donde su imagen se muestra y se revela. Lo interesante es que estas imágenes van mostrando lo que dicen los relatos bíblicos de una manera mucho más directa, a través de la contemplación y, además, incorporan ciertos elementos que no están en los relatos, pero que forman parte de la tradición", señala el profesor Aguirre, que experto en teología del arte y pintura de íconos religiosos.

Hay que hacer una distinción importante entre aquellas imágenes religiosas y las imágenes de culto. Las representaciones artísticas, por ejemplo de Semana Santa, son descritas por el teólogo italiano Romano Guardini como las primeras. Es decir, “son imágenes de contenido religioso, pero que se mueven en el campo de la apreciación estética”, y son diferentes a aquellas imágenes de culto, explica Federico Aguirre. En cambio, las segundas “se reproducen y se reciben en el contexto del culto y de una comunidad creyente que ocupa la imagen como un instrumento para conectarse con lo sagrado. Por tanto, esta imagen tiene funciones y una forma de producirse que no necesariamente responden a los cánones de apreciación artística de cada época, como los íconos bizantinos”.

Entre las representaciones iconográficas que destacan dentro del ciclo pascual están, por ejemplo, la entrada de Jesús a Jerusalén, la Última Cena con los apóstoles, la coronación de espinas, y la Crucifixión, Muerte y Resurrección. A lo largo de la historia del arte son innumerables las obras que abordan estos tipos iconográficos, dándole una nueva dimensión al relato religioso de Semana Santa a través del arte. Ofrecemos aquí un recorrido por siete de ellas.

1. Entrada en Jerusalén, de Giotto di Bondone (1302-1305).

La capilla Scrovegni o capilla de la Arena en Padua, Italia, alberga en su interior uno de los más afamados conjuntos murales realizados en pleno Trecento italiano (siglo XIV). Compuesto entre los años 1302 y 1305, la Entrada en Jerusalén, de Giotto di Bodone (1267-1337), muestra a Jesús sobre un pollino–un símbolo de humildad– y a cuyos pies un hombre extiende su manto, que se quita para recibirlo. En el Domingo de Ramos, el Mesías es acompañado por sus discípulos y recibido con esperanza y alegría a su llegada a la ciudad santa, incluso por personas trepadas sobre los árboles para ver mejor la escena (Mt 21, 1-11; Mc 11, 1-11; Lc 19, 28-44; Jn 12, 12-19).

Giotto di Bondone, Entrada en Jerusalén (1302-1305)

2. La Última Cena, de Leonardo Da Vinci (1495-1498)

Este fresco del artista renacentista por antonomasia, Leonardo Da Vinci (1452-1519), fue realizado entre los años 1495 y 1498 en una de las paredes del refectorio del convento dominico de Santa Maria delle Grazie, en Milán, Italia.

Este mural representa la última comida que tuvo Jesús con sus apóstoles, celebrada la noche del Jueves Santo en Jerusalén, como conmemoración de la Pascua judía (Mt 26, 17–30; Mc 14, 12–26; Lc 22, 7–39; Jn 13, 1–17). Mide más de 4 metros de alto por casi 9 metros de ancho y fue encargado a Leonardo por el duque Ludovico Sforza. A diferencia de los frescos tradicionales, La Última Cena fue realizado con temple y óleo sobre capas de yeso. Por la maestría de Leonardo y la majestuosidad de la obra, este mural es considerado como una de las mejores obras pictóricas del mundo, como se comprueba con el gran número de visitas que recibe cada año. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1980.

Leonardo Da Vinci, La Última Cena, 1495-1498

3. La coronación de espinas, de Anthony Van Dyck (1620).

La escena de la coronación de espinas ha sido representada por artistas como El Bosco, Tiziano o Caravaggio. En este célebre óleo realizado por el pintor flamenco Anthony Van Dyck (1599-1641) cerca del año 1620, Jesús es vestido y coronado con espinas –con un dejo de burla– como el rey de los judíos. El cuadro que recrea los crudos acontecimientos que componen la Pasión de Jesús durante el Viernes Santo se encuentra en el Museo del Prado, en Madrid, desde 1839 y, a lo largo de su historia, estuvo en posesión de Rubens y Felipe IV.

Anthony van Dyck, La coronación de espinas, 1620

4. Cristo abrazando a la cruz, de El Greco

Esta fue una de las escenas ampliamente desarrolladas por los artistas de la sociedad toledana de la Contrarreforma, que la liturgia cristiana revive en el Vía Crucis (Mt 27, 31-33; Mc 15, 20-22,; Lc 23, 26-32; Jn 19, 16-18​). Doménikos Theotokópoulos (1541-1614), conocido por su apodo de El Greco, representa en esta obra del año 1580 a Jesús cargando la cruz con ojos lagrimosos, pero con serenidad, en su camino por el Calvario del Viernes Santo. El pintor cretense muestra una figura alargada de Jesús, donde los pliegues de su túnica están modelados con luz y color al estilo de la escuela veneciana. Cristo abrazando a la Cruz está actualmente en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (MOMA).

El Greco, Cristo abrazando la cruz, 1580

5. Cristo crucificado, de Diego de Velázquez (1632).

También custodiada por el Museo del Prado, en Madrid, esta pintura al óleo sobre lienzo del pintor español Diego de Velázquez (1599-1660) –considerado uno de los máximos exponentes del barroco español– entrega otra de las escenas cruciales de Semana Santa y punto cúlmine de la economía de la salvación: la Crucifixión. En Cristo crucificado (conocido también como Cristo de San Plácido, dado que en su origen estuvo situado el Convento de San Plácido de Madrid), obra realizada en el año 1632, su autor muestra a Jesús en un desnudo frontal sin más apoyo narrativo que su misma figura, captando con maestría la belleza y la expresión serena de Jesús crucificado. La atmósfera de la obra se ve realzada por la unión de la humana corporalidad del Mesías y su divinidad. Cabe recordar que, durante la Semana Santa, se leen los cuatro relatos de la Pasión ofrecidos por los Evangelistas: se comienza el Domingo de Ramos (II Domingo de Pasión) con la Pasión según San Mateo, se sigue el Martes Santo con la Pasión según San Marcos, se continúa el Miércoles Santo con la Pasión según San Lucas, y se concluye con el mediante la lectura de la Pasión según San Juan. 

Diego de Velásquez, Cristo crucificado, 1632

6. La piedad, de Miguel Ángel (1498-14998)

Esta magnífica obra escultórica representa el momento en el que una bella y piadosa Virgen María sostiene a Cristo, su Divino Hijo, ya muerto. Miguel Ángel Buonarotti (1475-1564) comenzó a trabajar en ella cuando tenía 24 años, escogiendo personalmente el bloque de mármol más apropiado para la obra, en las canteras de los Alpes Apuanos de la Toscana italiana. La Piedad del Vaticano, o simplemente Pietà, es un grupo escultórico realizado en mármol entre los años 1498 y 1499, y fue encargada al artista italiano por el cardenal de Saint Denis, Jean Bilhères de Lagraulas o de Villiers, embajador de la Corona francesa ante la Santa Sede, al que el artista conoció en Roma. En esta obra escultórica que representa una de las escenas del Viernes Santo y que hoy se encuentra en la primera capilla de la derecha de la Basílica de San Pedro del Vaticano, puede leerse "Miguel Ángel Buonarroti, florentino, lo hizo".

Miguel Ángel Buonarotti, La Piedad, 1498-1499

7. La resurrección de Cristo, de Rafael Sanzio

La resurrección de Cristo, del maestro renacentista Rafael Sanzio (1483-1520), es posiblemente una de las primeras obras de este artista florentino. Realizada entre los años 1499 y 1502 y en un pequeño formato de 52 cm. x 44 cm., la obra representa uno de los acontecimientos más importantes de la doctrina cristina y su teología: la resurrección de Jesús, que se conmemora en la Vigilia Pascual y el Domingo de Gloria. Según los textos del Nuevo Testamento, Jesús fue crucificado, muerto y puesto en un sepulcro excavado en piedra, resucitando al tercer día. El cuadro, donde Cristo resucitado sostiene un estandarte y se eleva por sobre cuatro soldados, se convirtió en una de las escenas pictóricas más representadas en el Renacimiento.

Rafael Sanzio, La resurrección de Cristo, 1499-1502

Jueves Santo

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 13, 1-15):

“La víspera del día solemne de Pascua, sabiendo Jesús que era llegada la hora de su tránsito de este mundo al Padre, como hubiese amado a los suyos, que vivían en el mundo, los amó hasta el fin. Y así, acabada la cena, cuando ya el diablo había sugerido al corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, el designio de entregarle, Jesús, sabiendo que el Padre le había puesto todas las cosas en sus manos, y que como había venido de Dios a Dios volvía, levántase de la mesa y quítase sus vestidos, y habiendo tomado una toalla, se la ciñe. Echa después agua en una jofaina, y pónese a lavar los pies de los discípulos y a limpiarlos con la toalla que se había ceñido. Viene a Simón Pedro, y Pedro le dice: ¡Señor! ¿Tú lavarme a mí los pies? Respondióle Jesús, y le dijo: Lo que Yo hago tú no lo entiendes ahora, lo entenderás después. Dícele Pedro: ¡Jamás me lavarás Tú a mí los pies! Respondióle Jesús: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Dícele Simón Pedro: ¡Señor! No solamente los pies, sino las manos también y la cabeza. Jesús le dice: El que acaba de lavarse, no necesita lavarse más que los pies, estando como está limpio todo lo demás. Y en cuanto a vosotros, limpios estáis, mas no todos. Como sabía quién era el que la había de hacer traición, por eso dijo: No todos estáis limpios. Habiéndoles ya lavado los pies y tomando otra vez su vestido, puesto de nuevo a la mesa, les dijo: ¿Sabéis lo que acabo de hacer con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si Yo, que soy el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, debéis vosotros también lavaros los pies uno a otro. Ejemplo os he dado, para que así como Yo he hecho con vosotros, así lo hagáis también vosotros”.

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San Juan, cuyo Evangelio agrega cosas que los otros tres evangelistas, en su concisión, han omitido, trae esta espléndida escena, en que la impetuosidad de Pedro (“no sólo los pies, sino las manos también y la cabeza”) seguramente habrá causado hilaridad en los presentes, y en que, precisamente en el día de la institución de la Sagrada Eucaristía, pone en primer plano el tema de la purificación antes de acercarse a las cosas santas. En el rito mozárabe el Sacerdote, antes de proceder a distribuir la comunión a los fieles, proclama “¡Las cosas santas para los santos!”, y lo mismo sucede en otros antiguos ritos cristianos.

Por su parte, San Pablo, en un texto que, luego de la llamada “reforma” litúrgica de la década de 1960, ya no se lee más en su integridad en la liturgia católica, y que hoy se lee en la Epístola de la Misa (1 Co 11, 20-32), nos dice: “Examínese cada uno a sí mismo”. Jesús dice a sus discípulos: “Vosotros estáis limpios” y añade después: “mas no todos”. Del mismo modo nos dice el Apóstol que hay quienes se hacen reos del cuerpo y de la sangre del Señor. Temamos la muerte de éstos y examinémonos a nosotros mismos; examinemos nuestra conciencia antes de acercarnos a la Sagrada Mesa. El pecado mortal y el afecto al pecado, trocarían en veneno el alimento que da la vida al alma. Si debemos tener gran reverencia a la Mesa del Señor, para presentarnos a ella sin las manchas por las cuales pierde el alma toda semejanza con Dios y la entrega a los dardos terribles del diablo, debemos también, por respeto a la santidad divina que va a venir a nosotros, purificar hasta las más leves manchas, con las que pudiéramos ofenderla.

Hoy suele decirse, con engañosa condescendencia, incoherente con la escena que acabamos de contemplar, que “la Eucaristía no es para los santos sino para los pecadores”, y que es el alimento que éstos necesitan para salir del pecado. Sin duda la Eucaristía es tal alimento, y lo es para los pecadores: todos somos pecadores mientras dura nuestra vida sobre la tierra; pero ello no nos dispensa del examen de conciencia que, so pena de ser reos de muerte si lo omitimos, prescribe el Señor a través de San Pablo, ni de la limpieza que el propio Jesús nos enseña en este Evangelio. Hay algo de incoherente en esas largas filas que, amparadas por una falsa doctrina, se acercan al comulgatorio cuando se piensa en lo cortas, y aún muy cortas, que son las filas ante el confesonario. El ser pecadores y necesitar de la Eucaristía no nos exime de lavarnos los pies (“y las manos también y la cabeza”) para acercarnos dignamente a recibir el alimento que nos ayudará a salir de nuestra condición pecadora. Sí, vivimos en una condición pecadora; pero debemos pedir perdón por los pecados específicos y concretos que en ella cometemos antes de acercarnos al Santo de los Santos. Si fuera necesario otro episodio en que el Señor mismo nos previene sobre la necesidad de presentarnos dignamente ante Él, recordemos la parábola de las bodas en que el rey sale a saludar a los invitados y se encuentra con que uno de éstos se ha presentado sin estar adecuadamente vestido: se trata, recordemos, de invitados que han sido “obligados a entrar”; sin embargo, el rey dice al sujeto: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda? El enmudeció. Entonces el rey dijo a sus ministros: Atadle de pies y manos y arrojadle a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y crujir de dientes” (Mt 22, 11-13).

Antonio Arias Fernández, Jesucristo lavando los pies a San Pedro, 1670, Museo del Prado (España)
(Imagen: Museo del Prado)

jueves, 8 de abril de 2021

Domingo de Pascua de Resurrección

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mc 16, 1-7):

“En aquel tiempo, María Magdalena, y María madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para venir y embalsamar a Jesús. Y muy de mañana, el primer día después del Sábado, llegaron al sepulcro, salido ya el sol. Decían entre sí: ¿Quién nos rodará la piedra de la entrada del sepulcro? Y mirando, vieron rodada la piedra, que era muy grande. Y entrando en el sepulcro, vieron un joven sentado a la diestra, vestido de blanco, y se asustaron. Mas él les dijo: No temáis; buscáis a Jesús Nazareno, que fue crucificado; pues bien, resucitó; no está aquí; ved el lugar donde le pusieron. Y ahora id y decid a sus discípulos y a Pedro que va delante de vosotros a Galilea: allí le veréis, como Él os lo dijo”.

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La resurrección de Jesús ha cambiado el curso de la vida en la tierra. Y, como todos los hechos fundamentales de la realidad, como la propia creación del mundo, tan indudable como fuera del alcance de la vista y el conocimiento humanos, y como la creación de cada ser humano individual, ocultos ambos hechos por la inmensidad de la distancia en el tiempo y por la pequeñez del mundo celular, la resurrección está piadosamente envuelta en el velo de la oscuridad, puesta fuera del alcance de la concupiscencia de los ojos (I Jn 2, 16), que sólo busca saciar la curiosidad de cosas insólitas y maravillosas y superar, vanamente, el tedio de la vida.

Pero su resurrección ha alterado para siempre, por voluntad de Dios, Supremo Autor de todas las leyes que rigen la materia, las regularidades de la biología. Este domingo 4 de abril de 2021, según el calendario gregoriano, transcurre en una etapa absolutamente nueva de la historia de la vida sobre el planeta. ¡Hablar de la ciencia física cuando se habla de la resurrección de Jesús! Sí, por varios motivos. Primero, porque hay herejes que, desde su modernismo impenitente, han querido propagar la idea de que la resurrección del Señor es algo que no tiene un referente físico objetivo, que no es “real” en el sentido en que es real el nacimiento de una espiga a partir de un grano de trigo que se descompone en la tierra y permite el desarrollo del germen que encerraba, sino que es una forma simbólica de aludir a una manera de vida no física que, tras la muerte, se prolonga en el tiempo. Segundo, porque saliendo al paso del irrestricto acatamiento (paradojalmente lleno de soberbia) de las leyes científicas, el avance precisamente de la ciencia nos ha hecho posible, en el siglo XX, caer en el mayor de los asombros ante los aspectos científicamente inexplicables de la Santa Sábana de Turín, que envolvió el cuerpo de Jesús, y del Santo Sudario de Oviedo, que cubrió su cabeza: a los estudios científicos que confirman la autenticidad de ambas reliquias se añade el registro de anomalías que se produjeron en el funcionamiento de los instrumentos sensibles a las perturbaciones electromagnéticas cuando, hace cinco años, se abrió el sepulcro del Señor y quedó al descubierto la roca caliza sobre la cual yació el Cuerpo muerto.

La bondad de Dios ha permitido que, en unos tiempos de máximo descreimiento, se nos ponga delante estos hechos, cuyas verdaderas concomitancias científicas no hubieran sido cognoscibles en épocas anteriores ni hubieran podido ser adecuadamente apreciadas. No se puede menos que recordar aquellas palabras del Señor. “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 18, 8). Es como si la misericordia del Señor hubiera querido venir, en “estos tiempos que envejecen” (San Agustín), a prestarnos un especial auxilio ante la reciedumbre de la guerra que enfrentamos y habremos de enfrentar.

Pero pareciera que la mano del Señor se hubiera quedado corta, porque ¿no le era posible, acaso, en este mundo tenebroso (“esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”, Lc 22, 53), pérfido y blasfemo que nos toca vivir, derrotar con un claro milagro visible por todos e irredargüible, las fuerzas del mal y la cohorte innumerable de incrédulos dominadas por ellas, en vez de obrar maravillas sin testigos, en la oscuridad de la noche, como fue el caso del sepulcro? No, no se ha quedado corta, sino que, por su respeto a la libertad del hombre, ha querido dar lugar todavía a que surja en éste y crezca la fe, como libre acto virtuoso cuya ejecución Él mismo ha hecho posible. Sólo la fe puede darnos acceso a la realidad de la resurrección, el mayor milagro, es decir, la mayor interrupción de la legalidad natural que el propio Dios ha impreso en su creación. Sin fe, no existe en absoluto el milagro tan inmenso que sea capaz de convencer al incrédulo: sería insuficiente para ello si la cúpula de San Pedro en Roma apareciera, de improviso, plantada en los hielos de Islandia. Ya nos lo dice el Evangelio en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se dejarán persuadir si un muerto resucita” (Lc 16, 31).

Para muchos es un escándalo “el silencio de Dios”. Pero Él sabe que cualquier conato Suyo paralizaría la frágil, quebradiza libertad humana, arruinando el orden que Él mismo ha diseñado para la creación, un orden insuperablemente perfecto y bello, que tiene a la libertad como pieza clave. Por eso, debemos nosotros afirmarnos en la fe (“bienaventurados los que sin ver creyeron”, Jn 20, 29). Y pedir en este día y todos los días de nuestra vida lo que aquel padre desesperado por la salvación de su hijo: “¡Creo! ¡Ayuda a mi incredulidad!” (Mc 9, 24).   

Piero della Francesca, La resurrección de Cristo, 1463-1465, Museo Cívico de Sansepolcro (Italia)
(Imagen: Wikipedia)

domingo, 4 de abril de 2021

Feliz Pascua de Resurección

Jesús, el crucificado, no está aquí, pues resucitó como lo dijo 
(Del Evangelio de la Vigilia Pascual, Mt 28, 1-7)

La Asociación Litúrgica Magnificat les desea a todos sus miembros, amigos y benefactores, así como a los lectores de esta bitácora, una muy feliz y santa Pascua de Resurrección. Se recuerda asimismo que la Santa Misa se celebra en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de El Salto, comuna de Recoleta, con las medidas sanitarias adoptadas por el poder civil y el Arzobispado de Santiago para las comunas en fase 1. 

Jerónimo Cósida, Noli me tangere, 1570, Museo del Prado (España)
(Imagen: Baúl del Arte)

miércoles, 31 de marzo de 2021

Domingo de Ramos

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio que se lee hoy en la Misa es la Pasión según San Mateo, continuando el resto de la Semana Santa con la lectura de la versión que ofrecen los demás Evangelistas. En el Tercer Nocturno de Maitines de este día, el texto del Evangelio, que muchos Padres han comentado, es el siguiente (Mt 21, 1-9):

“Cuando próximos ya a Jerusalén, llegaron a Betfagé, junto al Monte de los Olivos, envió Jesús a dos discípulos diciéndoles: Id a la aldea que está al frente, y luego encontraréis una borrica atada y, con ella, el pollino; soltadlos y traédmelos, y si algo os dijeren, diréis: El Señor los necesita, y al instante los dejarán. Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por el profeta: 'Decid a la hija de Sión: He aquí que tu rey viene a ti, manso y montado sobre un asno, sobre un pollino hijo de una bestia de carga'. Fueron los discípulos e hicieron como les había mandado Jesús; y trajeron la borrica y el pollino, y pusieron sobre ellos los mantos, y encima de ellos montó Jesús. Los más de entre la turba desplegaban sus mantos por el camino, mientras que otros, cortando ramos de árboles, los extendían por la calzada. La multitud que le precedía y la que le seguía gritaba, diciendo: '¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas'”.

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Dom Guéranger, en El año litúrgico, comenta así este pasaje:

“Dos discípulos aparejan al pollino con sus vestidos; Jesús entonces, viendo realizar el vaticinio del profeta, monta sobre el animal y se prepara de este modo a entrar en la ciudad. Mientras tanto en Jerusalén corre el rumor de que Jesús se aproxima. Inspirados por el Espíritu divino la turba de judíos de toda Palestina, reunidos en la ciudad para celebrar en ella la Pascua, sale a recibirle con palmas y gritos clamorosos. El cortejo que iba acompañando a Jesús desde Betania, se confunde con esta multitud ferviente de entusiasmo; unos tienden sus vestidos por el camino, otros enarbolan ramos de palmera a su paso. Resuena el grito de "Hosanna" y recorre la ciudad la noticia de que Jesús, hijo de David, entra en ella como Rey.

“Así fue cómo Dios, ejerciendo su poder sobre los corazones, preparó, en la ciudad en que pocos días después sería pedida su sangre a gritos, un triunfo para su Hijo. Este día Jesús tuvo un momento de gloria y la Iglesia quiere que renovemos cada año el recuerdo de este triunfo del Hijo del hombre. Cuando nacía el Emmanuel, vimos llegar del lejano oriente a Jerusalén a los Magos en busca del Rey de los judíos, para adorarle y ofrecerle sus presentes; hoy es la misma Jerusalén la que sale a recibirle. Ambos acontecimientos tienen un mismo fin: reconocer a Jesucristo como Rey; el primero por parte de los gentiles, el segundo por parte de los judíos. Era menester que el Hijo de Dios recibiese ambos tributos antes de su Pasión. La inscripción que Pilatos pondrá dentro de poco sobre la cabeza del Redentor: Jesús Nazareno, Rey de los judíos, será el carácter indispensable de su mesianismo. Inútiles serán los esfuerzos de los enemigos de Jesús para cambiar los términos de lo escrito; no lograrán su fin. "Lo que he escrito, escrito está", respondió el gobernador romano. Su mano confirmó, sin saberlo, las profecías. Israel proclama hoy a Jesús por su Rey; bien pronto será dispersado en castigo de su perjurio; pero ese Jesús, a quien ha proclamado, permanecerá siempre Rey. De este modo se cumplió a la letra aquel mensaje del Ángel que dijo a María anunciándole la grandeza del hijo que iba a concebir: "El Señor le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente". Jesús comienza en este día su reinado sobre la tierra; y como el primer Israel va a sustraerse de su cetro, un nuevo Israel, nacido del resto fiel del antiguo, va a nacer, formado de gentes de todas las partes del mundo, y ofrecerá a Cristo el imperio más extenso que jamás ha ambicionado un conquistador.

“Tal es el misterio glorioso de este día en medio del duelo de la Semana de Pasión. La Iglesia quiere que nuestros corazones se desahoguen en un momento de alegría en el que saludamos a Jesús como Rey. Ha organizado la liturgia de este día de tal forma que encierre en sí juntamente alegría y tristeza; la alegría al unirse a las aclamaciones con que resonó la ciudad de David; la tristeza volviendo en seguida al curso de sus gemidos por los dolores de su Esposo divino”.

Y agrega San Ambrosio, comentando esta entrada de Jesús y su subida al templo:

“Sube Jesús al templo, tras abandonar a los judíos, aquel Señor que había de habitar en los corazones de los gentiles. El verdadero templo es aquel en el cual el Señor es adorado en espíritu, que está constituido por el encadenamiento de las verdades de la fe. El Señor abandona a los judíos que le odiaban, y escoge a los gentiles que iban a amarlo. Sube el Monte de los Olivos para plantar con su virtud divina estos nuevos retoños de olivo que tienen por madre a la Jerusalén celestial. En este monte está Él, celestial agricultor, para que cuantos se hallan plantados en la casa de Dios puedan decir, con el Salmo: “Yo soy como olivo fructífero, plantado en la casa del Señor”.

“Aquel monte significa a Cristo… Él es aquel por quien subimos y hacia quien subimos. Es el camino, es la puerta que se abre y quien la abre; donde llaman los que quieren entrar, y el Dios a quien adoran los que merecen entrar”.

Hoy es un día de gloria para Jesús. Y lo es también para nosotros: siendo gentiles, hemos sido llamados para ocupar el lugar de los judíos que, habiendo sido los primeros llamados por Dios, lo abandonaron después.

Pedro de Orrente Jumilla, Entrada de Jesús en Jerusalén, 1620, Museo del Ermitage (Rusia)

domingo, 12 de abril de 2020

Feliz Pascua de Resurrección

Angélicos testes, sudárium et vestes
(Vi ángeles como testigos; vi el sudario y los vestidos)

De la secuencia de la Misa del Domingo de Resurección (de Wipo, fallecido en 1039)

La Asociación Litúrgica Magnificat les desea a todos sus miembros, amigos y benefactores, así como a los lectores de esta bitácora, una muy feliz y santa Pascua de Resurrección. Se recuerda asimismo que la Santa Misa que se celebra en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria se encuentra suspendida hasta nuevo aviso debido a las medidas sanitarias adoptadas por el poder civil y el Arzobispado de Santiago. Se informará oportunamente por este medio la reanudación del culto público. 

Hans Rottenhammer, Resurrección de Cristo (siglo XVI)
(Imagen: Wikicommons)

Asimismo, les ofrecemos una columna del Prof. Roberto de Mattei publicada el pasado 8 de abril en Corrispondeza Romana sobre la particularidad de esta Pascua de Resurrección y la importancia de volvernos ala Santísima Virgen en medio de las calamidades. La traducción ha sido hecha por la Redacción. 

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Una Pascua que pasará a la historia

Roberto de Mattei

La semana de Pascua de 2020 está destinada a pasar a la historia por su excepcionalidad, como aquel día de febrero de 2013 en que Benedicto XVI anunció su renuncia al pontificado. Un hilo conductor misterioso parece ligar estos dos eventos. Los liga un mismo sentido del vacío.

Benedicto XVI ha renunciado jurídicamente al mandato petrino, sin explicar los legítimos motivos morales que podrían dar razón de este gesto extremo. El papa Francisco, por su parte, conserva jurídicamente ese mandato, pero no lo ejerce y parece en efecto querer despojarse del más alto título que le compete, el de Vicario de Cristo, transcrito, en la última edición del Anuario Pontificio, como un apelativo histórico, y no constitutivo. Si Benedicto XVI ha renunciado al ejercicio jurídico del Vicariado de Cristo, pareciera que el papa Francisco ha renunciado al ejercicio moral de su misión. La suspensión de las ceremonias religiosas en todo el mundo, aquejado por el coronavirus, parece una expresión simbólica, pero real, de una situación inédita, en que la Divina Providencia sustrae a los pastores el pueblo que ellos han abandonado.

No sabemos cuáles serán las consecuencias políticas, económicas y sociales del coronavirus, pero en estos días estamos calculando sus consecuencias para la Iglesia. Un velo parece haberse alzado: es la hora del vacío, de la grey privada de sus pastores. La plaza de San Pedro, vacía para el Domingo de Ramos, estará vacía también el Domingo de Pascua. “El Santo Padre -ha comunicado el Vaticano- celebrará los ritos de la Semana Santa en el altar de la Cátedra, en la basílica de San Pedro, sin la asistencia de pueblo, como consecuencia de la extraordinaria situación que ha sobrevenido a causa de la difusión de la pandemia del COVID-19.

Según la philosophia perennis, la naturaleza tiene horror al vacío (natura abhorret a vacuo). En la hora del vacío espiritual, el alma de quien tiene fe se vuelve instintivamente a Aquella que no está vacía, porque está llena de todas las gracias: la Santísima Virgen María. Sólo en Ella puede el alma encontrar esa plenitud espiritual y moral que la plaza de San Pedro y las innumerables iglesias cerradas en todo el mundo ya no ofrecen. Una Misa en streaming puede satisfacer los ojos, pero no llena el alma. Pero el papa Francisco, en vez de alimentar la devoción y el culto a María, quiere despojarla incluso de aquellos títulos que le corresponden. Ya el 12 de diciembre de 2019 el Papa había liquidado la posibilidad de nuevos dogmas marianos, como el de María corredentora, afirmando: “cuando llegan historias de que se debiera declarar esto o establecerse este dogma o aquél, no nos perdamos en necedades”. Y el 3 de abril de 2020 ha declarado que la Virgen “no ha pedido ser cuasi redentora, ni corredentora. No. El redentor es uno solo. Ella es solamente discípula y madre”.

Estas palabras fueron proferidas en vísperas de Semana Santa, que es aquélla en que la Virgen completa, en el Calvario, su misión de corredentora y mediadora de todas las gracias. El papa Benedicto XV explica así el porqué: “Así como ella sufrió y casi murió con su Hijo sufriente y moribundo, así renunció, por la salvación de los hombres, a sus derechos de madre de este Hijo y lo inmoló para aplacar la justicia divina, por lo que se puede decir, con razón, que Ella ha redimido con Cristo al género humano. Evidentemente, por esta razón es que todas las diversas gracias del tesoro de la redención son distribuidas por las manos de la Dolorosa” (Carta Apostólica Inter sodalicia).

Pietro Perugino, Crufixión con Santa María y San Juan (parte central del tríptico de Galizia), 1482-1485, National Gallery of Art (Washington D.C.)
(Imagen: Wikicommons)

Según algunos teólogos, la palabra corredentora incluye la de mediadora; según otros, como don Manfred Hauke, la expresión “mediación universal de María” se presta para un significado más amplio que el de corredención, cuyo contenido queda incluído en ella (Introduzione alla MariologiaLugano, Eupress FTL, 2008, pp. 275-277). Esa expresión integra el aspecto “descendente”, por el cual las gracias llegan a los hombres, con el aspecto “ascendente”, expresado por la palabra corredención, a través de la cual la Virgen se une al sacrificio de Cristo. Ambos títulos son, de algún modo, complementarios, como enseña Mons. Brunero Gherardini en su ensayo La corredentrice nel mistero di Cristo e della Chiesa (Viverein, Roma, 1998), y se unen al título de Reina del cielo y de la tierra.

Pero ¿hace falta seguir? San Bernardo dice: “De Maria nunquam satis” ("Sermón de la Natividad de María", en Patrologia Latina, vol. 183, col. 437D), y san Alfonso María de Ligorio afirma: “Cuando alguna opinión honra en cualquier forma a la Santísima Virgen, tiene algún fundamento y no contiene nada contrario a la fe ni a los decretos de la Iglesia ni a la verdad, no aceptarla y contradecirla porque la opinión contraria podría ser verdadera, denota poca devoción a la Madre de Dios. Yo no quiero ser contado entre estos espíritus poco devotos, ni quisiera que lo fuera mi lector, sino que, al contrario, quisiera ser contado entre quienes creen plena y firmemente todo aquello que, sin error, se puede creer de la grandeza de María” (Las glorias de María, cap. V, párrafo 1).

Los devotos de María son una familia espiritual que tiene su propio prototipo y patrono en san Juan Evangelista, el apóstol predilecto, que recibió de Jesús, en el Calvario, una herencia inmensa. Todo se contiene en las palabras de Jesús cuando, desde la Cruz, “viendo a su madre y al discípulo que amaba, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo”, y volviéndose a san Juan “he ahí a tu madre” (Jn. 19, 26-27). Con estas palabras, Jesús estableció un vínculo divino e indisoluble no sólo entre María Santísima y san Juan, representante del género humano, sino entre Ella y todas las almas que siguieran el ejemplo de san Juan de fe y de fidelidad. San Juan es el modelo de quienes, en la hora de la traición y de la renuncia, permanecen fieles a Jesús, a través de María. “Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en Ella y por medio de Ella y le dice “in electis meis mitte radices” (Ecl. 24, 12)”, escribe san Luis Gignion de Monfort (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, núm. 34), asegurándonos que sus devotos recibirán una fe firme e indestructible que les hará permanecer firmes y constantes en medio de todas las tempestades (ibid., núm. 214). Plinio Corrêa de Oliveira ha demostrado cómo la devoción mariana, no exterior ni inconstante sino firme y perseverante, es un factor decisivo en el confrontamiento de la Revolución con la Contra-revolución, que se hará cada vez más agudo en los tiempos oscuros que nos aguardan. María, mediatriz universal es, efectivamente, el canal por el cual pasan todas las gracias, y las gracias lloverán con abundancia sobre quien le reza y lucha por Ella (Rivoluzione e Contro-Rivoluzione, ed.italiana, Milán, Sugarco, 2009, pp. 319-332).

El gran archidiácono d’Evreux, Henri-Marie Boudon, en cuya espiritualidad se formó san Luis María de Monfort, escribía que, en las calamidades públicas, como las guerras o las epidemias, echamos la culpa a otros, cuando sería necesario echarnos la culpa a nosotros y a nuestros pecados: “Dios nos golpea para que lo contemplemos y nosotros, en cambio, no levantamos los ojos de las creaturas” (La dévotion aux saints angesCondé-su-Noireau, Clovis, 1998, p. 265). En estos días inquietantes, nos fatigamos buscando dónde está la mano de los hombres detrás de esta pandemia. Contentémonos con descubrir la mano de Dios. Y puesto que la Virgen, además de corredentora y mediatriz, es también reina del universo, no nos olvidemos que Dios le ha confiado la misión de intervenir en la historia, oponiéndose a la acción que lleva a cabo el demonio. Por esto es que, cuando el Señor flagela a la humanidad, el único refugio es María. De Ella recibe su fuerza quien no abandona su puesto sino que permanece en el campo para combatir la última batalla, la batalla por el triunfo de su Corazón Inmaculado.