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sábado, 20 de marzo de 2021

FIUV 30: La participación de los niños en la forma extraordinaria

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el Misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 30 y que versa sobre la participación de los niños en la forma extraordinaria, cuyo original en inglés se puede consultar aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de diciembre de 2016. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del resumen (Abstract) que lo precede. 

Cabe recordar que en su día dedicamos una entrada de esta bitácora al significado que tiene la Misa de siempre para los niños. 


***

La participación de los niños en la forma extraordinaria

Resumen

Dado que la forma extraordinaria atrae a muchas familias jóvenes, a menudo sus celebraciones se caracterizan por la presencia de muchos niños. La forma extraordinaria no puede ser adaptada a los niños del mismo modo en que lo es, a veces, la forma ordinaria, pero tiene, sobre ésta, ciertas ventajas en relación con los niños, especialmente su uso de formas no verbales de comunicación, la predictibilidad de sus ritos, y la relativa informalidad de los fieles durante la Misa. La poderosa impresión que causan en los niños las ceremonias solemnes y expresivas tienen un antecedente en las experiencias de los niños en las Escrituras, cuando asistían a la lectura solemne de la Ley, o eran bendecidos por el Señor, y cuando proclamaron su realeza en su entrada a Jerusalén. Todo esto denota también el valor objetivo que, para los niños, tiene la liturgia, comprendidas las muchas bendiciones que ésta da a los fieles. Sobre todo, una experiencia sólida de la liturgia, con los adultos que proporcionan un modelo de adecuado compromiso, es una “escuela de oración” tanto para los niños como para los adultos.

Los comentarios a este texto pueden enviarse a positio@fiuv.

(Foto: Oklahoman)

Texto

Introducción.   

1. Puesto que la liturgia es tanto la “fuente” como la “cumbre” de la vida cristiana[1], es un medio indispensable , así como también un punto de llegada, en la tarea de atraer a los jóvenes hacia una realización plena de su vocación cristiana. Este documento se propone explicar que la forma extraordinaria tiene un valor especial en esta tarea, como lo muestra la experiencia no sólo de las generaciones pasadas, sino también la de los católicos que adhieren hoy a esta forma, cuyas familias, como lo ha dicho el cardenal Darío Castrillón, “son frecuentemente enriquecidas por muchos niños”[2].

2. El Directorio para las Misas con niños (1973) de la Congregación del Culto Divino, que ha tenido mucha influencia, dice: “En la educación de los niños en la Iglesia surge una especial dificultad por el hecho de que las celebraciones litúrgicas, especialmente la Eucaristía, no pueden desplegar su inherente fuerza pedagógica sobre los niños. Aunque se use ahora el vernáculo en la Misa, las palabras y signos no han sido suficientemente adaptados a la capacidad de los niños. De hecho, incluso en la vida cotidiana los niños no siempre comprenden todas sus experiencias con los adultos; por el contrario, las encuentran aburridas. No se puede, por tanto, esperar de la liturgia que todo en ella sea inteligible para aquellos. No obstante, existe el temor de un daño espiritual si, a lo largo de los años, los niños experimentan en la Iglesia cosas que son apenas comprensibles, ya que un estudio psicológico ha comprobado cuán profundamente se forman los niños con las experiencias religiosas de la infancia y de la primera niñez debido a la particular receptividad religiosas propia de esos años”[3].

3. El Directorio propone, especialmente, la adaptación a los niños de los textos litúrgicos y el énfasis en los “valores humanos”[4] más que en las realidades sobrenaturales. Tales adaptaciones no son posibles en la forma extraordinaria, y argüiremos aquí que ella puede superar el problema de otros modos.


Los niños y la comunicación verbal.

4. La forma extraordinaria no es un rito que esté diseñado para ser comprensible verbalmente y que, en el caso de los niños, falla en este aspecto. Más bien, es un rito que no tiene como primer objetivo la comprensión verbal.

5. Así, el Canon en silencio lleva a cabo una comunicación no-verbal a los fieles, de un modo especialmente poderoso[5]. Aunque es verdad que, como lo advierte el Directorio, los niños carecen de experiencia en la interpretación de los “signos” usados en la liturgia, la atmósfera que crea el Canon silencioso, junto con los gestos del sacerdote, con el uso del incienso y de las campanillas, y con la respuesta de los demás fieles a todo esto, está, como colección de signos, magníficamente adecuada para la transmisión, incluso a los niños muy pequeños, de la solemnidad, sacralidad e importancia de lo que está teniendo lugar.

6. La forma extraordinaria, tomada en su conjunto y especialmente cuando se la celebra en sus formas más solemnes, idealmente en una iglesia decorada al modo tradicional, acompañada de música sagrada bien ejecutada, es una experiencia inmensamente rica, atractiva, atmosférica y cargada de símbolos que apelan a todos los sentidos.

7. El que la forma extraordinaria dé precedencia a formas no verbales de comunicación la hace más accesible a los niños y, en general, a quienes tienen menos educación. Todos ellos, por supuesto, tienen mucho que aprender sobre liturgia mediante una catequesis litúrgica formal o informal, pero, en el contexto de la forma extraordinaria, el poder de las ceremonias para comunicar se vería disminuido, no aumentado, si se las simplificara o se las sometiera a comentarios ex tempore. Como aconsejaba la teórica católica de la educación María Montessori, “la enseñanza de la Misa no debe mezclarse con la participación en ella”[6].


La transmisión de realidad sobrenaturales.

8. Analizando el tema de los valores humanos y cristianos, el Directorio trata de evitar el aburrimiento de la incomprensión[7] atrayendo la atención de los niños hacia temas que pueden entender más fácilmente. Sin embargo, la experiencia revela otro peligro: el aburrimiento que surge de la banalidad. Lo más atractivo para los niños es lo que despierta la curiosidad: como en los tradicionales cuentos infantiles, debiera existir algo cuya profundidad supere lo que es inmediatamente comprensible, algo que prometa una mayor comprensión si se lo mira con atención. Además de lo dicho en el numeral anterior, “comprensión” debe separarse aquí de la idea de “ser capaz de articular”, ya que muchas de nuestras experiencias más importantes son aquéllas que no pueden ser articuladas, o no pueden serlo totalmente. Como ha escrito Louis Bouyer: “el propósito principal de la liturgia no es enseñarnos esta lección o aquélla convertidas fácilmente en fórmulas mnemotécnicas, sino poner a los fieles, sin que éstos sepan cómo, en cierto estado espiritual que sería perfectamente inútil tratar de recrear mediante su explicación”[8].

9. Estas observaciones nos ayudan a imaginar cómo habrán sido las experiencias litúrgicas o paralitúrgicas en que se incluía a los niños en las Escrituras: las experiencias de asistir a la solemne lectura de la Ley[9], o las penitencias públicas[10], o a las bendiciones que les daba el Señor[11], o la de proclamar su realeza en su entrada a Jerusalén[12].

10. Aquellos niños no habrían podido exponer el significado teológico de tales experiencias, pero lo entendieron al nivel apropiado a su edad gracias a la “especial receptividad religiosa” a que alude el Directorio. Absorbieron la tremenda solemnidad propia de la Ley, la sinceridad de la penitencia, la gran santidad de Cristo y el amor que les tenía cuando “los abrazaba… y los bendecía”, y el gozo y esperanza escatológicos de Su entrada en Jerusalén.


11. La asimilación de estas ideas tuvo en ellos un gran potencial transformador. No sólo defiende el Señor la participación de los niños en los ejemplos del Nuevo Testamento, sino que los considera como ejemplo de quienes reciben el Reino y como instrumentos de Dios en la proclamación del Salvador[13].

12. Estas experiencias constituyen un paralelo de las experiencias litúrgicas de los niños que hoy asisten a la forma extraordinaria. Conviene recordar lo dicho por Jun Pablo II sobre el uso del latín, que “por su carácter dignificado produce un profundo sentido del misterio Eucarístico”[14]. Este sentido ciertamente no queda restringido sólo a los fieles adultos.

13. Las experiencias mencionadas sirven también para responder a la cuestión de si no sería mejor no llevar los niños pequeños a la iglesia[15], como ha sido la práctica en ciertos períodos históricos[16]. Los niños reciben gracias por su contemplación de la liturgia y también por las oraciones ante el Santísimo Sacramento, por las comuniones espirituales, el uso del agua bendita, la ocasional veneración de reliquias después de la Misa, las muchas bendiciones que forman parte de la liturgia[17], y por la experiencia de estar en un edificio consagrado con sus imágenes devotas bendecidas.


La formalidad e informalidad en la liturgia.

14. Un importante contraste entre las formas ordinaria y extraordinaria es el papel de la formalidad en ellas. En la forma extraordinaria se da una gran formalidad en todo lo que tiene lugar en el presbiterio, pero el comportamiento de los fieles no está sometido a normas obligatorias respecto a la postura corporal; las respuestas que tienen que pronunciar son muy pocas y, como lo reiteraba Pío XII[18], son libres de decir sus propias oraciones.

15. La forma ordinaria, especialmente la que es presentada a los niños, permite muchas opciones y cierto grado de espontaneidad en las palabras y las acciones, pero a menudo se hacen esfuerzos para imponer a los fieles una estructura más compleja de comportamiento, con detalladas instrucciones sobre las posturas físicas, sobre una gran cantidad de respuestas y aun sobre los gestos.

16. La naturaleza estructurada y predictible de los textos y ceremonias de la forma extraordinaria facilita la familiarización con ceremonias que son, en sí mismas, profundamente expresivas y dramáticas. La relativa informalidad de los fieles en la nave, en cambio, es menos exigente en materia de comportamiento, especialmente de los niños pequeños, que no necesitan ser obligados a realizar muchas acciones que quizá no comprenden, ni ser interrumpidos en su involucramiento, más lleno de sentido, en la liturgia.


Conclusión.

17. Los fieles adeptos de la forma extraordinaria están, en general, muy conscientes de su obligación de asegurarse de que sus hijos reciban una adecuada catequesis[19], que incluye oportunas explicaciones de la liturgia, y de mantener la práctica de las oraciones en familia, que sirve de preparación, tanto espiritual como práctica, para la liturgia debido a que inculca hábitos de concentración y sosiego.

18. Sin embargo, las explicaciones de la liturgia tienen poco valor sin una continua asistencia a ella, y es la liturgia misma la que tiene el poder de transformar a nuestros hijos en cuanto suprema “escuela de oración”[20], tiempo especial de gracias y en cuanto reflejo de la eterna liturgia del cielo.

19. Se ha observado a menudo que los niños parecen más inclinados al sosiego -ya se trate de niños muy chicos que juegan silenciosamente mientras transcurre la Misa, ya de niños mayores que asisten a ella- en el caso de la forma extraordinaria. Esto puede advertirse en el caso de niños pequeños que asisten a ella por primera vez. Lo cual no debiera sorprender, ya que los niños pequeños no entienden fácilmente la necesidad de estar sosegados en un ambiente que, en sí mismo, no es tranquilo.

20. Por esta razón, retirar a los niños de una parte de la Misa para que asistan a una “liturgia de los niños” paralitúrgica es cosa ajena a la forma extraordinaria[21]. El ideal es, por el contrario, que los niños absorban la liturgia y vean a los adultos que conocen y respetan (ojalá sus propios padres) asistir a ella, como modelos que deben imitar. Esto sirve también para subrayar la idea, esencial para que los niños retengan el interés a medida que crecen, que la liturgia no es algo que se deja atrás cuando uno se acerca a la adultez, sino que es una actividad de adultos.

21. El éxito de la forma extraordinaria en relación a los niños es, inevitablemente, difícil de cuantificar, aunque parece ser evidente por el gran número de vocaciones que provienen de colectividades adeptas a ella. Bastaría este solo hecho para demostrar claramente la verdad de lo dicho por Benedicto XVI respecto a que “los jóvenes también han descubierto esta forma litúrgica, han sentido su atractivo y han encontrado en ella una forma de encuentro con el Misterio del Santísimo Sacramento que les resulta particularmente adecuado”[22].

(Foto: Etsy)

Apéndice A: 

Cómo hacer fácil el involucramiento de los niños con la forma extraordinaria.

En este documento hemos advertido que no se puede adaptar a los niños la forma extraordinaria, tal como es el caso con la forma ordinaria, mediante textos especialmente compuestos o seleccionados. Además, hemos visto que es ajeno a la práctica de la forma extraordinaria el retirar a los niños de una parte de la Misa para hacerlos participar en una “liturgia de los niños”. En cambio, lo que ayudará a los niños a asistir sosegadamente a ella y entender su estructura y sus símbolos es, sobre todo, su preparación fuera de ella. Podría preguntarse qué se puede hacer dentro de ella, cuando asisten niños, para que no sólo sus padres y maestros sino también las parroquias y los celebrantes los ayuden.

En primer lugar debe advertirse que existen para esto muchos libros disponibles, algunos publicados por primera vez antes del Concilio Vaticano II, algunos escritos más recientemente, que tienen la finalidad de ayudar a los niños, con hermosos dibujos, oraciones sencillas y breves explicaciones, a seguir la Antigua Misa, tanto fuera de ella (como instrumentos catequéticos) como dentro de ella.

Desde el punto de vista pastoral, la consideración más importante puede ser, sencillamente, el horario de la Misa. La capacidad de los niños pequeños de concentrarse y de comportarse bien se ve afectada, hasta un nivel crítico, por su necesidad de comer y de dormir, y las Misas programadas a horas de comidas, o cuando los niños pequeños debieran estar durmiendo (ya sea temprano, de mañana, a después de almuerzo o muy avanzada la tarde), serán inevitablemente más difíciles para ellos. Esto tiene importancia, porque muchas celebraciones de la forma extraordinaria se ajustan de modo de respetar el horario de las celebraciones de la forma ordinaria de la parroquia, debido a lo cual se las pone en los horarios menos cómodos. Desde que se ha comenzado a reconocer que la forma extraordinaria atrae a las familias con niños pequeños, este punto es de gran importancia.

Además de lo que hemos dicho en este documento sobre la informalidad de los fieles que, en la forma extraordinaria, ocupan la nave, los párrocos debieran prestar atención a la necesidad de los niños pequeños de moverse, quizá en un área en la parte de atrás de la iglesia, y a la necesidad, a veces, de que los padres saquen afuera a los niños. Una cantidad grande de arte devoto en las iglesias puede tener gran importancia al permitir que los niños chicos, de edad insuficiente para involucrarse bien, o por períodos largos, en las ceremonias, puedan, sin embargo, seguir tomando parte en la atmósfera religiosa de la liturgia, de un modo que hubiera sido familiar para nuestros antepasados en la Iglesia occidental, tal como ocurre hoy con nuestros hermanos orientales. En otras palabras, es preferible que un niño contemple una estatua devota o un ícono mientras se desarrolla la Misa a que su atención se vuelque a cosas totalmente seculares.

En este documento hemos hablado también del valor de la música sagrada. No hace falta adaptar esta música a la sensibilidad de los niños: como los niños pequeños no tienen prejuicios musicales, rápidamente asociarán los tradicionales estilos sagrados con la liturgia, de modo que al oírlos reforzará inmediatamente en ellos la atmósfera reverente y les ayudará al recogimiento y la devoción. Los niños mayores son perfectamente capaces de cantar en canto gregoriano los ordinarios de las Misas, aunque para ello sea ideal una preparación fuera de la Misa. Los niños que asisten a Misas durante la semana con canto gregoriano y quizá con polifonía sagrada, tendrán una oportunidad de desarrollar el oído en la música sagrada de que pocos católicos adultos disfrutan. La disponibilidad de música verdaderamente litúrgica, bien preparada, recompensará largamente el tiempo y esfuerzo que se requiera para ello, especialmente por su efecto duradero en los niños.

Finalmente, no hay que mirar en menos el valor que tiene para los niños jóvenes el servicio del altar. Se sabe que los niños experimentan especiales dificultades para quedarse quietos durante períodos largos, pero también aprecian la disciplina y el ritual. Ayudar a la Misa, aunque sea sólo ocasionalmente, les da la oportunidad de aprender sobre las ceremonias y desarrollar su natural piedad, todo lo cual es también importante en la gestación de vocaciones[23].

(El libro Conoce tu Misa es una historieta acompañada de viñetas explicativas, y se puede adquirir aquí en formato físico y aquí en formato digital)

Apéndice B: 

El P. Bryan Houghton sobre los niños que asisten a Misa.

Citemos su novela Mitre and Crook [Mitra y báculo] [24]. El personaje principal, un obispo, habla de su propia niñez, antes de la reforma litúrgica.

“Aprendí a rezar mis oraciones en las rodillas de mi madre, y sigo diciendo las mismas todas las noches. Pero aprendí a orar cuando me arrastraron a Misa los domingos. Algo se alteró con mamá y papá. No se hablaban ni se miraban. Mamá repasaba normalmente su rosario. Papá hojeaba de vez en cuando un ejemplar de Garden of Soul que todavía usa uno de mis sobrinos. Mi hermana mayor, Gertrudis, que se hizo monja benedictina, se arrodillaba muy derecha, con los ojos normalmente cerrados. Alrededor de mí, todos nuestros demás parientes y vecinos hacían lo mismo. Lo más insólito es que nadie me prestaba la más mínima atención. Incluso si tiraba la falda de mi madre, ella se limitaba a alejarme suavemente. Una vez intenté encaramarme en la espalda de papá, que me levantó y me dejó debajo del asiento. También era extraño que, aunque estaba vestido con mis mejores ropas de domingo, me permitían arrastrarme debajo de los asientos, siempre que no hiciera ruido. Por muy simpático que fuera de niño, me daba perfectamente cuenta de que algo estaba ocurriendo.

“Allá, en el altar, estaba el P. Gray, un viejo severo. Yo solía esconderme en el baño cuando venía de visita. Llevaba puestas ropas de colores brillantes y parecía una mariposa gorda. La mayor parte del tiempo no decía nada. Miraba en otra dirección y prestaba a mi mamá y papá tan poca atención como a mí.

“No creo haber sido un niño especialmente precoz, pero ciertamente fue de muy joven que me di cuenta de que toda esta gente estaba orando sin decir oraciones, como hacía yo. Los niños imitan: yo también quise orar sin decir oraciones. Me dirigí a mi hermana Gertrudis, que me dijo “Siéntate bien quieto, como un buen niño. Eres demasiado chico para arrodillarte. Pon también tus manos sin moverse, sobre las rodillas. Trata de no mirar alrededor, y mantén los ojos cerrados, si puedes. Y di solamente “Jesús” cuando respires, lenta pero constantemente. Te daré un golpecito cuando haya que decir “Tú eres mi Señor y mi Dios”, y puedes repetirlo conmigo”.

“Así es, supongo, mutatis mutandis, como todos aprendimos a orar. A lo que me refiero es a que la Misa misma fue nuestra escuela de oración. Fue durante ella que aprendimos a olvidarnos de nosotros mismos, a desapegarnos y recogernos y a adherir a la Divina Presencia. Es también en Misa que los fieles sencillos practican la oración durante toda su vida. Puede que sepan poca teología, pero oran como los teólogos rara vez lo hacen. Además, el fiel más sencillo alcanza alturas de piedad y de santidad que me sobrepasan del todo”.        



[1] Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium (1963), núm. 10 y 14.

[2] Entrevista con el cardenal Darío Castrillón Hoyos, Latin Mass Magazine, mayo de 2004. 

[3] Congregación para el Culto Divino, Directorio para Misas con niños (1973), núm. 2: “Quoad pueros in Ecclesia educandos peculiaris difficultas ex eo oritur, quod celebrationes liturgicae, praesertim eucharisticae, vim innatam paedagogicam in pueros plene exercere non possunt. Quamvis nunc in Missa sermonem patrium adhibere liceat, tamen verba et signa captui puerorum non satis aptata sunt. Re quidem vera pueri etiam in vita sua cotidiana non semper omnia intellegunt, quae cum adultis experiuntur, quin iis ex hoc taedium oriatur. Inde nec pro liturgia postulari potest ut semper omnia et singular iis intellegibilia esse debeant. Tamen damnum spiritale timendum est, si pueri per annos in Ecclesia iterum iterumque vix comprehensibilia experiantur; recens enim psychologia probavit, quam profunde pueri experientia religiosa infantiae et primae pueritiae formentur vi capacitatis religiosae singularis, qua gaudent”.

[4] Congregación para el Culto Divino, Directorio para Misas con niños, núm. 9. La frase es “valores humani”, en contraste con “valores christiani”.

[5] Ratzinger, J., The Spirit of the Liturgy (San Francisco, Ignatius Press, 2000), pp. 215-216: “Quienquiera que haya experimentado una iglesia unida en la silenciosa recitación del Canon sabrá qué es un silencio verdaderamente preñado: es, al mismo tiempo, un grito fuerte y penetrante a Dios, y un acto de oración lleno del Espíritu. Aquí todos juntos rezan el Canon, aunque en unión con la especial tarea del ministerio sacerdotal. Aquí todos se unen con los lazos de Cristo, introducidos por el Espíritu Santo en esa oración común al Padre que es el verdadero sacrificio, del amor que reconcilia y une al mundo y a Dios”. Véase FIUV, Position Paper 9: El silencio y la inaudibilidad en la forma extraordinaria.

[6] Montessori, M., The Mass Explained to Children (Kettering OH, Angelico Press, 2015), p. 4 (la primera edición es de 1933): “Ellos [los adultos] todavía creen necesario interferir, continua y directamente, para impedir que hagan daño; y los profesores se imaginan que el niño es incapaz de hacer el bien sin su exhortación y ejemplo”. Estas observaciones se relacionan con una actitud fundamental de la filosofía educacional de Montessori: “La ayuda fundamental para el desarrollo, especialmente en el caso de niños de tres años de edad, consiste en no interferir. La interferencia detiene la actividad y la concentración” (Montessori, M., The Child, Society and the World: Unpublished Speeches and Writings (Santa Bárbara, ABC-Clio Press, 1989), p. 16). [N0ta de la Redacción: véase asimismo esta entrada que dedicamos a María Montessori, con especial referencia a su libro La Santa Misa vivida por los niños].

[7] El aburrimiento (“taedium”) es un constante problema en el Directorio. Además de aburrimiento por la falta de comprensión (núm. 2), hace ver el peligro de aburrimiento por oír a la misma persona leer muchos textos (núm. 24), e incluso el “peligro de aburrimiento” (“periculum taedii”) por la asistencia a Misa diariamente. Por las razones explicadas en este documento, la forma extraordinaria no enfrenta esta dificultad, según la experiencia de las familias que asisten regularmente a ella.

[8] Bouyer, L., The Memoirs of Louis Bouyer: from youth and conversion to Vatican II, the Liturgical Reform, and after (trad. de John Pepino, Kettering OH: Angelico Press, 2015), p. 67.

[9] Dt 31, 12 (orden dada por Moisés): “Y que se reúna todo el pueblo, tanto hombres como mujeres, niños y extranjeros que estén dentro de las murallas: para que oyendo puedan aprender, y temer al Señor su Dios y observar y cumplir todas las palabras de esta ley” (“Et in unum omni populo congregato, tam viris quam mulieribus, parvulis, et advenis, qui sunt intra portas tuas: ut audientes discant, et timeant Dominum Deum vestrum, et custodiant, impleantque omnes sermones legis huius”). Cf. Jos 8, 35 (por orden de Josué) y 2 Re, 23, 1-2 (por orden del Rey Josías).

[10] Jl 2, 15-17: “Tocad la trompeta en Sión, santificad el ayuno, convocad una asamblea solemne. Reunid a todo el pueblo, santificad la asamblea, reunid a los ancianos y a los niños pequeños y a los que todavía maman a los pechos: que el novio salga del lecho y la novia de la cámara nupcial. Entre el atrio y el altar los sacerdotes, ministros del Señor, llorarán y dirán: Salva, Señor, salva a tu pueblo, y no entregues tu herencia al desprecio, para que la gobiernen los gentiles” (“Canite tuba in Sion sanctificate ieiunium vocate coetum. Congregate populum sanctificate ecclesiam coadunate senes congregate parvulos et sugentes ubera egrediatur sponsus de cubili suo et sponsa de thalamo suo. Inter vestibulum et altare plorabunt sacerdotes ministri Domini et dicent parce Domine populo tuo et ne des hereditatem tuam in obprobrium ut dominentur eis nations.). Esto es parte de la Epístola que se lee en la forma extraordinaria el Miércoles de Ceniza. Cf. Jon, 3, 5-8.

[11] Mc 10, 13-16: “Y le trajeron niños pequeños para que los tocara. Y los discípulos reprendían a quienes se los traían, pero cuando lo vio Jesús, se enfadó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque de quienes son como ellos es el reino de Dios. En verdad os digo, quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y abrazándolos e imponiéndoles las manos, los bendecía” (“Et offerebant illi parvulos ut tangeret illos discipuli autem comminabantur offerentibus. Quos cum videret Iesus indigne tulit et ait illis sinite parvulos venire ad me et ne prohibueritis eos talium est enim regnum Dei. Amen dico vobis quisque non receperit regnum Dei velut parvulus non intrabit in illud. Et conplexans eos et inponens manus super illos benedicebat eos”). Cf. Mt 19, 13-15 y Lc 18, 15-16 (donde se habla de infantes). Debiera también tomarse en cuenta la experiencia litúrgica de nuestro Señor mismo cuando niño, ya que se nos dice que a la edad de doce años (si no más temprano) peregrinó a Jerusalén con sus padres para la Pascua, y se familiarizó con el Templo y sus eruditos (Lc 2, 41-47). Los niños tienen un importante papel en la celebración judía de la Pascua, ya que es el más joven de la familia quien debe preguntar las “Cuatro Preguntas” sobre la importancia de la celebración. No resulta demasiado extravagante relacionar este papel litúrgico de los más jóvenes con el cuestionamiento de los Doctores de la Ley por el niño Jesús en el Templo.

[12] Mt 21, 15-16: “Y los jefes de lo sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía y los niños que gritaban en el Templo, le dijeron: ¿Oyes lo que dicen éstos? Sí, y vosotros, ¿no habéis jamás leído: por boca de los infantes y de los niños de pecho ha hecho perfecta la alabanza?” (“Videntes autem principes sacerdotum et scribae mirabilia quae fecit, et pueros clamantes in templo, et dicentes: Hosanna filio David: indignati sunt, et dixerunt ei: Audis quid isti dicunt? Jesus autem dixit eis: Utique. Numquam legistis: Quia ex ore infantium et lactentium perfecisti laudem?”) Cita el Señor el Sal 8, 3.

[13] Véase los textos citados en las notas 9 y 10 precedentes.

[14] Juan Pablo II, Encíclica Dominicae Coenae (1980), núm. 10: “indole sua dignitatis plena altum sensum Mysterii eucharistici excitavit”. Cfr. Juan Pablo II, Encíclica Orientale Lumen (1995), núm. 11, sobre la liturgia de las Iglesias Orientales: “La larga duración de las celebraciones, las repetidas invocaciones, todo expresa la gradual compenetración con el misterio de toda su persona” (“Extractum longius celebrationum tempus, iteratae invocationes, omnia denique comprobant aliquem paulatim in celebratum mysterium ingredi tota sua cum persona”).

[15] Véase, por ejemplo, Hull, G., The Banished Heart: Origins of Heteropraxis in the Catholic Church (Londres, T.& T.Clark Ltd., 2010), p. 321, n. 2, donde escribe que “los padres responsables… se abstienen, caritativamente de traer infantes a las ceremonias de la iglesia”, y denuesta a los padres que sí los llevan. Sorprende enterarse de que Hull es también partidario de la práctica de dar la Comunión a los infantes en las Iglesias Orientales (p. 300).

[16] La posibilidad de dejar infantes y niños pequeños en casa depende de la disponibilidad de una amplia oferta de Misas a corta distancia del hogar, ya que ambos padres (y los domésticos que haya) tienen que cumplir con su obligación dominical. El sociólogo Callum Brown advierte que las madres en Gran Bretaña fueron de hecho excluidas de la ceremonia anglicana de media mañana en los siglos XIX y XX, sobre todo por la necesidad de preparar el almuerzo dominical, mientras que las madres católicas podían asistir una Misa dominical en la mañana temprano. Brown, C. G., The Death of Christian Britain: Understanding Secularisation 1800-2000 (Londres, Routledge, 2a ed., 2009), p. 161. Estas posibilidades no existen para muchos católicos actualmente, especialmente los adeptos a la Forma Extraordinaria.

[17] Además de la bendición de los fieles en los ritos finales, los fieles asistentes a la Misa celebrada en la forma extraordinaria reciben, se puede decir, una bendición con el Asperges o Vidi aquam, en la Pax y en otras ocasiones cuando el celebrante, habiendo besado el altar, da la paz de Cristo a los fieles con las palabras Dominus vobiscum. Véase FIUV, Position Paper 19: El beso de la paz, núm. 1 y 9.

[18] Pío XII, Encíclica Mediator Dei (1947), núm. 108: “Los talentos y caracteres de los hombres son tan variados que es imposible que todos sean movidos y atraídos hasta el mismo punto por las oraciones colectivas, por los himnos y las ceremonias litúrgicas. Además, las necesidades e inclinaciones no son las mismas en todos, ni son siempre constantes en un mismo individuo. ¿Quién podría, pues, sobre la base de semejante prejuicio, decir que ninguno de estos cristianos puede participar en la Misa y recibir sus frutos? Por el contrario, ellos pueden adoptar algún otro método que resulte más fácil para ciertas personas, por ejemplo, pueden meditar piadosamente sobre los misterios de Jesucristo o realizar otros ejercicios de piedad o recitar oraciones que, aunque difieran de los sagrados ritos, están sin embargo esencialmente en armonía con ellos” (“Ingenium, indoles ac mens hominum tam varia sunt atque ab-similia, ut non omnes queant precibus, canticis sacrisque actionibus, communiter habitis, eodem modo moveri ac duci Ac praeterea animorum necessitates et propensa eorum studia non eadem in omnibus sunt, neque in singulis semper eaderr permanent. Quis igitur dixerit, praeiudicata eiusmodi opinionf compulsus, tot christianos non posse Eucharisticum participare Sacri icium, eiusque perfrui beneficiis? At ii alia ratione utique possunt, quae facilior nonnullis evadit; ut, verbi gratia, Iesu Christi mysteria pie meditando, vel alia peragendo pietatis exercitia aliasque fundendo preces, quae, etsi forma a sacris ritibus differunt, natura tamen sua cum iisdem congruunt”).

[19] Cfr. Dt 6, 6-7: “Y estas palabras que te ordeno hoy día, estarán en tu corazón, y las dirás a tus hijos, y meditarás sobre ellas cuando estés sentado en tu casa, o cuando vayas de camino, durmiendo y levantándote” (“Eruntque verba haec quae ego praecipio tibi hodie in corde tuo. Et narrabis ea filiis tuis et meditaberis sedens in domo tua et ambulans in itinere dormiens atque consurgens”).

[20] Benedicto XVI, Audiencia general, miércoles 4 de mayo de 2011.

[21] Igualmente raro es el uso de habitaciones a prueba de ruidos para los niños pequeños, que los separan de los demás fieles y, sobre todo, de la atmósfera creada por a liturgia.

[23] Pío XII, Encíclica Mediator Dei, núm. 200: “Si estos jóvenes [los acólitos] son, con la cuidadosa vigilancia de los sacerdotes, adecuadamente entrenados y animados a cumplir la tarea que se les encomienda de modo exacto, reverente y constante, de entre ellos mismos surgirán fácilmente nuevos candidatos al sacerdocio” (“Quodsi opportune hi iuvenes excolantur, ac vigilanti sacerdotum cura ad creditum sibi ministerium statutis horis reverenter constanterque obeundum excitentur, tum facile eveniet ut novi ex iisdem sacerdotii candidate oriantur”). Se ha reiterado esta idea por parte de la Congregación par el Culto Divino al normar la situación de las niñas que sirven en la Misa de la forma ordinaria (véase Notitiae, núm. 30 (1994), pp. 333-335, y Notitiae, núm. 37 (2001), pp. 397-399). Sobre este punto véase FIUV, Position Paper 1: El servicio hombres y niños en el altar, núm. 3 y Apéndice [Nota de la Redacción: véase asimismo lo dicho en estas tres entradas: ¿Mujeres diaconisas?, Los laicos en las funciones litúrgicas y Los ministerios femeninos y el espíritu de ruptura].

[24] Houghton, B., Mitre and Crook (Harrison NY: Roman Catholic Books, 1979), pp. 168-169.

lunes, 27 de abril de 2020

¿Hay que regular las posiciones de los fieles en la Misa?

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski, aparecido hoy. En él se reproduce un intercambio epistolar con uno de us lectores respecto de las posturas de los fieles durante la Santa Misa celebrada segú la forma extraordinaria. El argumento es que lo importante no es el racionalismo de los comportamientos, sino que la posición del cuerpo sea también una forma de oración. 

El artículo hace recordar la anécdota que contaba uno de los miembros en esas tertulias nocturnas que ya no podemos celebrar. Contaba esta persona sobre su experiencia viviendo en una residencia administrada por una institución religiosa en otro país. En ella se decía cada día la Misa reformada ante una feligresía poco numerosa. Nuestro amigo oía dicha Misa y adoptaba las posturas corporales que son todavía habituales en la mayoría de las iglesias chilenas, vale decir, se arrodillaba durante toda la recitación de la plegaría eucarística y también antes de la comunión. Al cabo de unas semanas, el director de esa residencia se acercó a él cuando salían de Misa, y le dijo que evitara seguir sus prácticas de piedad, adaptándose al resto, porque lo importante era la unidad de la Iglesia. Así como la Iglesia era una, todos debían ser uno con ella, le sañaló. Nuestro amigo intentó explicarle que la nota de unidad significaba algo completamente distinto, porque ella apunta a la fe, los sacramentos y la autoridad, pero no a cuestiones que son de orden práctico y de derecho litúrgico, de manera que cambian de un lugar a otro y de una época a otra. Fue en vano, porque pronto aparecieron los argumentos de autoridad de lo que ya decía, hacía o había visto el fundador. Seguir el diálogo era inútil. 



Nuestro amigo optó por la solución más razonable: dejó de ir a Misa en la residencia y comenzó a hacerlo en otra iglesia de la ciudad, donde por lo demás se guardaba mucho mejor esa "hermenéutica de la continuidad" en la que insitió (lamentablemente sin muchos frutos ostensibles) el papa Benedicto XVI. Ahí puso seguir adoptando las posturas que le parecían más convenientes al momento de la Misa, y nadie le dijo nada. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan al artículo original. 

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¿Es necesario regular, normar o revisar las posturas de los laicos en la Misa tradicional?

Peter Kwasniewski

A lo largo de los años he advertido la existencia de un interesante grupo de personas apasionadas por el tema de las posturas de los laicos en la Misa tradicional [Nota de la Redacción: véase aquí la entrada que dedicamos  ellas]. En algunas ocasiones exhiben un celo de cruzados que combaten a un pertinaz enemigo, ya sea la Indiferencia (laicos a quienes no les importa en absoluto quién se arrodilla o quién se levanta o quién se sienta, ni cuando, ni por qué), o la Diversidad (diferentes costumbres entre países o incluso entre templos), o el Desorden (falta de uniformidad en una misma Misa). Es muy importante para ellos que se cree y se ponga en vigor una rúbrica coherente, derivada de la costumbre o de algún tipo de razonamiento.


Un plan, pero no el único plan

Al cabo, se puede simpatizar con ellos. Todos conocemos el enredo que puede ocurrir al interior de la iglesia cuando la congregación está compuesta por una mezcla de asistentes habituales y otros nuevos que no sospechan los que está teniendo lugar en la Misa tradicional. En diversos momentos, ciertos individuos decididos se arrodillan decididamente, y otros miran en torno ovejilmente, como tratando de averiguar qué se espera que hagan ellos. A veces, está de visita un europeo o quizá un norteamericano que estudia intensamente los folletos del Movimiento Litúrgico y que sigue un conjunto diferente de costumbres. La confusión aumenta. Se puede, pues, entender, desde un punto de vista puramente pragmático,  por qué una rúbrica común podría ser útil.

La siguiente es la perspectiva que me dio a conocer un amigo que me envió una carta:

“Desde que comencé a asistir a la Misa tradicional el año pasado, me he preguntado sobre los gestos físicos que hacen quienes me rodean. Por ejemplo, hacen la señal de la cruz en la oración después del Confiteor, durante el Gloria y durante el Sanctus, y se golpean el pecho durante la consagración. No sé si se supone que debo hacer estos mismos gestos (ni sé cuáles son todos los gestos convenientes: ¿existe una lista de ellos en alguna parte?)”. 

“Debido a que crecí con el Novus Ordo, estoy acostumbrado a ver que toda la gente hace lo mismo, y siempre se me dijo que estaba mal que ciertos individuos siguieran sus propios usos (por ejemplo, arrodillarse durante el Agnus Dei), teniendo como fundamento la idea de que “puesto que la Iglesia no dice que debamos hacer esos gestos, no debemos hacerlos”. ¿Me equivoco si pienso que determinado gesto de los fieles debe ser aprobado o estar dispuesto por la OGMR? ¿Se aplicaría esto sólo a la Misa de Pablo VI?

“Supongo que mi inclinación por la uniformidad de los gestos me viene del deseo de que el cumplimiento de aquello de “diga lo que está en negro, haga lo que está en rojo”, propio de la Misa tridentina, debe aplicarse igual a los laicos que al sacerdote. Quiero ir a Misa y (como usted dijo en este artículo) quiero “saber qué voy a oír y ver. Los mismos textos, los mismos gestos, el mismo ethos, la misma religión católica”. ¿Me equivoco al querer que esa coherencia se dé también entre los fieles que asisten?

“En cierto sentido me inclino a desear hacer más gestos como laico. No sé bien por qué, pero me parece una experiencia más completa de recogimiento el que mis brazos simbolicen una verdad de la liturgia, además de mis piernas (arrodillarse y estar de pie). Por otra parte, mi deseo de “hacer” más podría ser sólo del contagio con el deseo incorrecto del antiguo Movimiento Litúrgico de crear más oportunidades para la “participación activa”, como si el estar de pie participando de modo reverente y atento no fuera suficiente. Estoy perplejo y no sé qué hacer, ni en la Misa antigua ni en la nueva”.


Formulario IKEA para la adoración (la ficha está disponible también en otros 67 idiomas)

A continuación va mi respuesta.

Todo esto plantea la gran cuestión de la participación del cuerpo. Lo maravilloso de la antigua Misa es que las posturas y gestos corporales de los laicos no fueron jamás normados. Durante casi 2.000 años, e incluso hoy, no han existido normas que digan qué deben hacer los laicos, si levantarse, sentarse, arrodillarse, golpearse el pecho, santiguarse: todo esto depende de ellos.

Los reformadores litúrgicos, que tuvieron por lo general una mentalidad burocrática e incluso fascista, se sintieron incómodos con esta falta de uniformidad, que les pareció devocionalismo, e incluso relajación, y lograron crear, para el Novus Ordo, un conjunto de comportamientos perfectamente normados para ser observado por los fieles. El problema es que lo que acordaron es más bien minimalista, por lo que se da la sorprendente paradoja de que el antiguo rito tendía, en las costumbres a que dio lugar, a promover más actividad corporal durante la Misa, en tanto que el nuevo rito tiende a alentar algo que es más racionalista y pasivo. En este artículo (que se transformó en un capítulo de este libro), documento la gran variedad de acciones que se ve a menudo en la Misa tradicional (nota: como costumbres, no como exigencias).

Le sugiero abandonar la muy moderna idea de que todo el mundo debiera hacer lo mismo al mismo tiempo. Puede que sea conveniente hacer ciertos gestos físicos, pero no se puede, sencillamente, imponerlos o exigirlos. Parece que es mejor que los libros (o alguna ocasional homilía) explique a los fieles que su imitación discreta de algunos de los gestos del sacerdote puede ser un modo de hacer su oración más holística, más inclusiva de toda la persona, y fomentar una auténtica oración, sin que se exija nada de esto. En el fondo, si le ayuda, hágalo; si no, no se tome la molestia.

A mi juicio, en el Novus Ordo hay que tomar una decisión personal. Si se procura realizar en él todos los antiguos gestos, probablemente ello constituirá una distracción para los demás e incluso para uno mismo. Si, por el contrario, nadie advierte lo que uno hace, ¿por qué no hacer algunos de los gestos que uno haría en la antigua Misa? Esto podría ser una forma de “mutuo enriquecimiento”, del tipo que pedía Benedicto XVI. Mientras todavía asistía al Novus Ordo, me encontré haciendo todo tipo de signos de la cruz “extra rúbricas” y arrodillándome cuando no se “suponía” que debía hacerlo, etcétera. Pude salirme con la mía fácilmente porque siempre me hallaba en el espacio del coro, allá arriba.

¿Se ha permeado nuestro pensamiento con la OGMR?

Mi intrépido amigo me respondió lo siguiente:

“El artículo de usted de OnePeterFive hace un buen trabajo clarificando que la participación activa está más presente en la Misa tradicional, idea que me acuerdo haberle leído también en “Resurgimiento en medio de la crisis” [Nota de la Redacción: se trata del libro que tradujo al castellano nuestra Asociación]. Pero todavía estoy confuso.

“Usted decía que yo debería abandonar la idea moderna de que todo el mundo debiera hacer lo mismo. Puedo ver que esta idea es un error cuando está motivada por intenciones burocráticas o fascistas, pero no entiendo qué podría haber de malo en ella si surge de un auténtico deseo de unidad litúrgica en los laicos, coherente con la precisión de la unidad litúrgica exigida a los sacerdotes en la Misa. Si se exige hasta en el mínimo detalle que el sacerdote observe ciertos gestos físicos específicos, ¿por qué habría de ser poco razonable exigir ciertos gestos físicos específicos a los laicos?

“Pareciera que una exigencia así promovería la unidad litúrgica y la coherencia que usted alaba tan seguido. Recuerdo que alguna vez me dijo por qué las rúbricas de la Misa tradicional habían sido originariamente “clavadas”: muchos años de variaciones litúrgicas regionales habían producido cierta anarquía en el culto católico. Para recuperar la unidad litúrgica frente a los protestantes, la Iglesia exigió que los sacerdotes adhirieran a las rúbricas que se les imponían, que no eran una novedad sino que se habían desarrollado orgánicamente con el paso de los siglos.

“La situación de los laicos me parece ser la misma. Incluso si el único resultado negativo de la ausencia de unidad gestual es la distracción por lo que otros hacen idiosincráticamente durante la Misa, esa ausencia misma parece contradecir el espíritu maravillosamente disciplinado de la antigua Misa. ¿No sería conveniente que la Iglesia estableciera una serie de rúbricas en la Misa tradicional que definitivamente declarara qué gestos desea que hagan los fieles, siempre que esos gestos fueran los que se han desarrollado orgánicamene durante siglos de Tradición?

“Quizá esté interpretando mal los inconvenientes del conjunto regulado de acciones creado por los reformadores litúrgicos. Pero, para evitar el peligro de minimalismo, ¿no sería mejor establecer una rúbrica más completa y bien ordenada?

“La referencia a gestos “extra rúbricas” en el Novus Ordo que hace usted me sorprende, considerando que la OGMR 42 dice (edición 2011, EE.UU.): “Los gestos y la postura corporal tanto del sacerdote como del diácono, de los ministros y del pueblo, deben conducir a hacer brillar toda la celebración con belleza y noble simplicidad, a dejar claro el verdadero y pleno significado de sus diferentes partes, y a fomentar la participación de todos. Por tanto, debe prestarse atención a lo que está prescrito por esta Instrucción General y por la práctica tradicional del rito romano y a lo que sirve al bien común espiritual del Pueblo de Dios más que a la inclinación privada o a la elección arbitraria. Una postura corporal común, que se debe observar por todos los que participan, es una señal de unidad de los miembros de la comunidad cristiana reunida para la sagrada liturgia, porque expresa las intenciones y la actitud espiritual de los participantes y la fomenta”.

“La parte que puse con itálicas [Nota de la Redacción: aquí, en texto normal] me parece razonable. ¿O estoy totalmente equivocado?”.



Mi respuesta fue la siguiente:

Hay algo indescriptiblemente hermoso en que la gente pueda orar a su propio modo y en paz. Ahora, obviamente, se puede esperar que todos adopten algunas posturas importantes, lo cual es coherente con la piedad, y ¿quién podría quejarse de ello? Todos nos ponemos de pie para los dos Evangelios (el Evangelio del día y el último Evangelio), todos nos arrodillamos al “et incarnatus est” y durante el Canon. Hay también otras costumbres muy difundidas.

Pero apenas se trata de legislar sobre detalles como “que todos hagan la señal de la cruz en estas ocho oportunidades, que todos se golpeen el pecho en estas cuatro ocasiones, y que todos inclinen sus cabezas en estos cinco casos”, etcétera, ello se hace muy difícil de llevar a cabo y de exigir, y se transforma además en la ocasión para fiscalizar e intimidar. Es muy difícil exigir esto de todo el mundo todo el tiempo. Por cierto, yo mismo no hago siempre lo mismo cada vez que voy a Misa: depende que cuán lenta o cuán rápidamente el sacerdote está celebrándola, de cuán bien se puede oír al sacerdote o a los acólitos[1].

Para lograr una total uniformidad, había que hacer marchar a la gente con el mismo paso, como una banda o un escuadrón de soldados. Además, se estaría forzado a simplificar hasta un extremo minimalista, como ha ocurrido de hecho con las rúbricas del Novus Ordo para los laicos. Sólo pensar en ello me pone los pelos de punta. Honestamente, no creo que sea ni posible ni deseable. Está bien lograr algunos acuerdos amplios sobre las posturas más importantes, y tener una actitud amplia respecto de todo lo demás.

Incluso en el caso de las posturas más importantes, difieren las costumbres de un país a otro. ¿Por qué habrían de ser los obispos o liturgistas de Estados Unidos o Canadá, el Reino Unido o Irlanda, Polonia o Alemania, etcétera, quienes decidieran cómo el resto del mundo debe comportarse?

Jacques y Raïssa Maritain estaban convencidos de que Roma era amiga de la libertad en este sentido, incluso hasta poco antes del Concilio Vaticano II y, quizá, lo fue en el pasado. He aquí lo que ambos dicen en un libro publicado en francés en 1959 y en inglés en 1960:

“En contra de las exageraciones pseudo-litúrgicas, lo que nos corresponde es defender la libertad de las almas […] Roma ha estado siempre pronta a oponerse a todo intento de regimentar las almas, porque sabe que el espíritu de la liturgia exige respetar la libertad evangélica propia de la Nueva Ley. En cambio, los que confunden liturgia con para-liturgia y sostienen como válida una forma única de piedad, en que cada uno obra en común con los otros, y exigen de todos que, en su palabra y gestos, obedezcan las formas litúrgicas con una precisión militar; y desafían o cuestionan las devociones privadas, e incluso la adoración del Santísimo Sacramento fuera de la Misa, lo que hacen es imponer a las almas unos esquemas rígidos y abrumarlas con obligaciones exteriores que pertenecen al mismo tipo que las observancias de la Ley Antigua”[2]. 


Los Maritain al comienzo de su carrera

Así pues, con un espíritu verdaderamente católico, debiéramos dejar que los irlandeses se arrodillen durante toda la Misa solemne si así es como oran mejor, y dejar que los norteamericanos, en cambio, estén mucho de pie, y dejar que algunos países respondan todos los diálogos de la Misa, y que otros respondan sólo a unos pocos o a ninguno. La catolicidad conlleva tanto el realizar en común las cosas más importantes, como el permitir una amplia variación y flexibilidad en cómo se hacen las cosas que no son materia de ley natural o divina. Recuerdo un antiguo adagio, que no es menos válido por ser vago y manoseado: “In necessariis unitas, in dubiis libertas, in ómnibus caritas” (“en lo necesario, unidad; en lo dudoso, libertad, y en todo, caridad”). Sería extremadamente difícil sostener que una uniformidad normada de las posturas y gestos de los laicos durante la Misa es esencial para nuestra fructífera participación en la liturgia.
           
Como ha escrito Michael Fiedrowicz:

“En la típica vastedad católica, no es necesario normar en ninguna forma la gran variedad de posibilidades individuales de participación que acompañan a la estrictez de rúbricas del rito, sino que lo que hay que hacer es respetarlas. Incluso el estar presente en silencio y solamente mirando no significan necesariamente falta de compromiso interior. El mero acto de oír, sea con los oídos o con el corazón, es sin duda alguna una forma de participación activa”[3]. 

Me atrevería a afirmar que la mayoría de los católicos tradicionales prefieren que todos hagan las mismas cosas en lo que se refiere a las acciones más importantes de ponerse de pie, sentarse y arrodillarse, ya que ello quita las ocasiones de distracción y ayuda al compromiso fervoroso con la liturgia. Pero lo que me ha quedado en claro de todos mis viajes es que, cada vez que algo no me es familiar, no me siento en la primera fila sino, más bien, en las últimas, observando alrededor de mí, y miro lo que hace la mayoría y observo las costumbres locales, como recomendaba San Agustín hace mucho tiempo en su carta 54 a Januarius. Hay pocas cosas peores que el extranjero que obra como un ángel enviado por Dios para corregir él solo los caprichos de palurdos rústicos. Si a usted le importa mucho respetar las posturas a que está acostumbrado, siéntese bien atrás, donde no sea una molestia para el resto (el P. Z. da un consejo parecido).

Resta un solo tema que examinar: el problema de los bancos. Puesto que todas las iglesias católicas de Occidente tienen hoy día bancos, atornillados para hacerlos permanentes, el tópico es mucho más especulativo que lo que hemos analizado previamente, y merece ser tratado aparte.  
       


[1] Recomiendo dos artículos para profundizar más en este tema: “ASK FATHER: Excessive pious gestures during Mass” y “Is Passivity Mistaken for Piety? On the Perils and Pitfalls of Participation”. Respecto de la OGMR, este artículo analiza dos enfoques diferentes acerca de las rúrbicas del Novus Ordo. 

[2] Maritain, J./Maritain, R., Liturgy and Contemplation (trad. de Joseph W. Evans, Nueva York, P.J. Kennedy & Sons, 1960), pp. 88-90.

[3] Fiedrowicz, M., The Traditional Mass: History, Form, and Theology of the Classical Roman Rite (Brooklyn, NY: Angelico Press, 2020), p. 228.