viernes, 18 de mayo de 2018

In memoriam Cardenal Darío Castrillón Hoyos

Ha fallecido en Roma en la madrugada de hoy, 18 de mayo, el Cardenal Darío Castrillón Hoyos (1929-2018), quien asumiera, entre otras importantes responsabilidades pastorales y de la curia romana, la presidencia de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei entre los años 2000 y 2009.

Cardenal Darío Castrillón Hoyos

El Cardenal Castrillón Hoyos nació el 4 de julio de 1929 en Medellín, Colombia, hijo de don Manuel Castrillón Castrillón y doña María Hoyos Salas. Estudió en los seminarios de Antioquía y de Santa Rosa de Osos, para luego continuar sus estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo su doctorado en Derecho Canónico, y cursó estudios de sociología en la Universidad de Lovaina, Bélgica. Fue ordenado sacerdote por Monseñor Alfonso Carinci el día 26 de octubre de 1952 en la Basílica de los Santos Apóstoles de Roma, incardinándose para la diócesis de Santa Rosa de Osos. Se desempeñó inicialmente en diversas labores como vicario parroquial y colaboró con diversas iniciativas diocesanas, como director de los Cursillos de Cristiandad, la juventud obrera católica y la Legión de María.

En 1966, fue nombrado secretario general de la Conferencia Episcopal colombiana, asumiendo además el cargo de catedrático de Derecho Canónico en la Universidad Libre con sede en Bogotá. Asimismo, participó como delegado en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Medellín, el año 1968.

Su Eminencia celebrando Misa Pontifical

El 2 de junio de 1971 el papa Pablo VI lo nombra obispo titular de Villa del Re y obispo coadjutor, con derecho a sucesión, de la Diócesis de Pereira. Fue consagrado obispo el 18 de julio de ese mismo año por Angelo Palmas, entonces nuncio de Su Santidad en Colombia. Asumió como obispo de Pereira el 1 de julio de 1976. En 1979 participó en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Puebla. Fue secretario general del CELAM desde 1983 hasta 1987 y presidente del mismo organismo desde ese año hasta 1991 y colaborando en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Santo Domingo (1992). Destacó en todos sus encargos un estricto apego a las enseñanzas tradicionales de la Iglesia, aún en medio de los aires de cambio y progresismo dominantes en la época.

El 16 de diciembre de 1992 fue promovido a la sede metropolitana de Bucaramanga como su arzobispo. En tales años, asumió una lucha frontal contra el narcotráfico y el terrorismo imperantes en dicho país, denunciando las atrocidades cometidas por todos los grupos guerrilleros de entonces. Popularmente conocida es la acción que desarrolló en la escena política colombiana, ya que emprendía largas caminatas por la montaña para visitar a líderes guerrilleros con el fin de explicarles las bondades de deponer su acción violentista. Se dice que incluso visitó disfrazado a Pablo Escobar, para convencerlo de entregarse a la justicia.

Su Eminencia recibiendo la birreta cardenalicia de manos de San Juan Pablo II

El 15 de junio de 1996, el papa San Juan Pablo II lo nombra Pro-prefecto de la Congregación para el Clero, por lo que renuncia al gobierno de su arquidiócesis el 15 de junio de 1996. Dos años más tarde, el 21 de febrero de 1998, fue creado cardenal en el séptimo Consistorio de San Juan Pablo II, recibiendo la diaconía del Santísimo Nombre de María en el Foro Trajano, y nombrado Prefecto de la Congregación para el Clero. Como prefecto impulsó la modernización tecnológica de su dicasterio, promoviendo iniciativas como la página clerus.org y “bibliaclerus”. En otras responsabilidades encomendadas por el Papa San Juan Pablo II, se le encomendó servir como enviado especial de Su Santidad para la firma del Acuerdo Definitivo entre Perú y Ecuador para resolver su disputa fronteriza en Brasilia el 26 de octubre de 1998.

El 14 de abril de 2000 fue nombrado por el papa San Juan Pablo II como presidente de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei. Bajo su administración se promulgó el Motu Proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI, el cual permitió la libertad del uso del Misal y los demás libros litúrgicos editados el año 1962, reconociendo que el rito romano nunca había sido abrogado. Durante esos años, realizó una infatigable labor por lograr un acuerdo práctico para regularizar la situación canónica de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, así como servir de pastor y vínculo con la curia vaticana de numerosas agrupaciones religiosas surgidas al alero de la Pontificia Comisión que él presidía.

Su Eminencia celebrando Misa Tradicional

Su actividad no estuvo restringida solamente a la vida de la curia vaticana, sino que continuó sirviendo como representante de Su Santidad en diversos eventos de la vida de la Iglesia hispanoamericana. En nuestro medio, valga recordar su misión como enviado especial del Papa San Juan Pablo II para la clausura del Congreso Eucarístico Nacional en Chile y la dedicación de la nueva Catedral en la diócesis de San Bernardo, el mes de noviembre del año 2000.

El 8 de julio de 2009, el Santo Padre Benedicto XVI, acepta su renuncia como presidente de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei por motivos de edad, tras haber cumplido 80 años de edad el 4 de julio, sucediéndole el Cardenal William Joseph Levada. Tras su retiro de la actividad pública, permaneció residiendo en la ciudad del Vaticano, donde falleció en la madrugada del pasado 17 de mayo, a sus 88 años, producto de problemas hepáticos y dolencias propias de su avanzada edad.


Como Asociación nos sumamos a las muestras de pesar suscitadas con ocasión de su fallecimiento y nos adherimos con nuestras oraciones en sufragio del alma de un pastor que dedicó tantos esfuerzos por el reconocimiento del debido lugar de la Santa Misa tradicional en la vida de la Iglesia. Que el Señor reconforte a sus seres más queridos, y que a él lo recompense abundantemente y le conceda la Gloria de la visión beatífica. Requiescat in Pace. Amen.

jueves, 17 de mayo de 2018

Liturgia y obviedad

Ofrecemos a continuación a nuestros lectores un nuevo artículo de opinión del Prof. Augusto Merino Medina, en el cual el autor prosigue su reflexión crítica personal acerca de la reforma litúrgica posconciliar, en especial respecto del Novus Ordo Missae.


El autor
(Foto: pantallazo Youtube)

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La tentación de lo obvio en la liturgia

Augusto Merino Medina

La liturgia reformada tiene sólo cincuenta años de existencia. Si se considera el conjunto de la historia de la Iglesia y la larga extensión de sus períodos de estabilidad litúrgica, parece que se trata de una realidad novísima que, por lo mismo, no ha calado todavía muy hondo. Esto podría traer algún consuelo a quienes consideramos que, más que una “reforma”, lo que se ha hecho con la liturgia católica después del Concilio Vaticano II ha sido deformarla y degradarla de un modo absolutamente inaudito, y que una vuelta atrás, una debida restauración, podría no ser tan difícil, después de todo. Pero vuelve al ánimo la zozobra cuando se piensa que el ritmo de los hechos históricos y de las transformaciones culturales se ha acelerado hoy como nunca antes en la vida humana desde que hay registros. Y ello explica que, en cincuenta años, dicha “reforma” haya penetrado profundamente en los fieles, hasta el punto de que ha pasado a constituir el sentido común litúrgico en nuestros días.

Luchar contra el sentido común es arduo, y aquí revisaremos dos ideas corrientes que, profundamente erradas como son, lo expresan y traducen. Propóngase el tema a cualquier católico, incluso medianamente educado, y se verá qué es lo que le resulta obvio en cada caso.

Veamos, primero, lo relativo al uso del vernáculo. Sería excepcionalmente raro encontrar un asistente a la Misa de Pablo VI que no piense que el uso del idioma vernáculo es una de las mayores ventajas de la “reforma”. Tal uso, sin embargo, resulta ser profundamente inconveniente, hasta el punto de constituir uno de los grandes responsables de la actual ruina litúrgica.

Porque, en efecto, la introducción del vernáculo (que el propio Concilio autorizó sólo excepcionalmente, recomendando la mantención del latín) ha facilitado la extensión de la mayor de las plagas de la “reforma”, la pérdida del sentido de lo sagrado y la secularización de la liturgia. Ambas cosas son columnas angulares del proyecto modernista de destrucción de la liturgia y, con ella, de la fe católica (la efectividad de esta secuencia ya está demostrada con creces en los últimos cincuenta años). Con el pretexto de que el pueblo de Dios debe “comprender” lo que se dice y hace en la liturgia para poder adherir a los sagrados ritos y vivirlos intensamente, se ha tirado por la borda un elemento claramente presente en todas las grandes religiones, el uso de una lengua sagrada, que es uno de los mayores baluartes de la tradición.

Pero el modernismo considera precisamente a la tradición como su mayor enemigo, y por eso apuntó, desde el primer momento, a destruirla de raíz usando un argumento -la comprensibilidad de las palabras- que parece inobjetable. La verdad, por cierto, es que el uso del vernáculo no ha aumentado ni un ápice la “comprensión” de lo que tiene lugar en la liturgia, especialmente en la Misa, sino que, por el contrario, la ha disminuido hasta el punto de que, por lo general, ni clero ni fieles tienen hoy un concepto católico de ella. Es más: para el católico corriente de hoy, el uso del vernáculo es, para usar términos que hoy son casi lo único intocable que va quedando, un “derecho humano” de los fieles. Hemos oído por ahí decir que la celebración de cara al pueblo, para que todos vean todo lo que se hace sobre el altar, y en lengua vernácula, para que nada de lo que se dice quede oculto a nadie, es lo único compatible con la democracia, actual “ídolo del foro”.

 Un obispo auxiliar norteamericano celebra una Misa versus populum en 1970

Como el valor de la democracia resulta ser “obvio” para todo el mundo, el cambio litúrgico ya está sólidamente abrochado para un largo, y aun larguísimo, futuro. Sin embargo, la necesidad más urgente de la corrupta liturgia de Pablo VI, es decir, la recuperación del sentido de lo sagrado, se ve obstaculizada gravemente por este sentido de lo “obvio”. Es esencial recobrar la idea de que la liturgia es culto de adoración que se dirige a Dios y no toda esa serie de cosas que hoy se enseña al pueblo que es: celebración de la fe, fiesta de fraternidad y de caridad, momento semanal de reencuentro con el Señor, etc. etc. Cualquiera de estas finalidades se realiza inmejorablemente en lengua vernácula; pero ninguna de ellas es finalidad esencial de la liturgia.

La segunda idea que pasa por “obvia” entre los católicos actuales (clérigos y laicos) es que la participación “activa” a que aspiraba el Concilio consiste en la realización por los laicos de una serie de actividades y funciones que antes estaban reservadas al clero -cosa que, según la actual irracional valoración de la “inclusión”, parece intolerable-. Tales actividades son todas, naturalmente, exteriores y conllevan gran cantidad de movimientos físicos y desplazamientos, los que imprimen a la celebración litúrgica una “dinámica” que parece ser el desiderátum de los párrocos. Mientras más a voz en cuello se cante, mientras más invadan los laicos el presbiterio -hasta rodear tumultuosamente el altar-, mientras más gente se levante de los bancos para acarrear esto o lo otro, o para hablar en tales o cuales momentos, o para “animar” aquello y lo de más allá, más “participativa” parece la “asamblea”.

Esta actitud olvida del todo, por cierto, que la principal actividad que tiene lugar en la Misa -para ir a lo central-, el principal acto que tiene lugar en ella, no es un acto ni del sacerdote, ni de la asamblea, ni de ente alguno racional humano o angélico. No: es un acto de Nuestro Señor Jesucristo, y no un acto suyo cualquiera, sino el acto supremo de su vida, para el cual tomó carne: el ofrecimiento de su muerte en pago por nuestros pecados. Esa es la actividad de la Misa, ése es el acto primero y primordial. Es un acto de Dios. Pero, ¿y qué pasa entonces con la “asamblea” cantante, aplaudiente y ruidosa? Pues, pasa que lo que le corresponde hacer es asistir a ese acto de Dios del modo más recogido y reverente posible, contemplarlo, adherir espiritualmente a la acción redentora de la cual esa “asamblea” es beneficiaria. O sea, lo que le corresponde “hacer” a la “asamblea” es recibir el beneficio y dar gracias espiritualmente por él. Para lo cual lo que se requiere no es que se mueva en sus asientos o bata palmas, o circule de un lado para otro en el templo, sino que comprenda interiormente -no siempre de un modo racional o discursivo- lo que está teniendo lugar ante ella, realizado no por ella, sino para ella por Él.

La viejecita o el joven que, en tiempos pre-conciliares, seguían la Misa con su misal, lleno de buenas explicaciones, llevaban la “participación activa” a su máximo humanamente posible: era su alma la que se movía, no sus miembros corporales. Ese movimiento espiritual era el movimiento propiamente “humano” más excelso que se puede realizar por un miembro de la especie. Pero, claro, no es un acto “obvio”, no se ve con los ojos, ni se oye con los oídos. ¿Será esta explicación suficiente para que al clero, y en especial a los párrocos, les vuelva el alma al cuerpo y dejen de pensar que el sosiego litúrgico es ausencia, indiferencia, desinterés causado por su falta de celo -supuesto, claro, que hayan recuperado su preconciliar actividad catequística-? ¿Dejarán con esto los sacerdotes de creer que su papel es “presidir” una “asamblea” gesticulante, movediza y clamorosa, y se convencerán de que su papel es, más bien, desaparecer, en calidad de instrumentos racionales, para ser usados, sin el estorbo de sus personalidades e idiosincrasias, por el Señor?

Quisiéramos responder a estas preguntas, con todas las fuerzas de nuestra alma, con un “obvio”. Pero será lo que el Señor quiera, y cuando lo quiera.

domingo, 13 de mayo de 2018

Ornamentos papales (ix): la férula papal

Se conoce como férula el bastón pastoral que usa el Papa en las celebraciones litúrgicas, de forma similar al báculo que usan los obispos. La diferencia entre uno y otro es que la primera, en lugar del acabado circular o en voluta, tiene una cruz sin la imagen de Cristo. 

El báculo como insignia pontifical de los obispos y de los abades se remonta al siglo VII, aunque su uso podría ser más antiguo. Parece que el báculo comenzó a ser utilizado en la península ibérica, desde donde pasó más tarde a Inglaterra, la Galia y Alemania. Hacia el siglo IX, el báculo era ya una insignia litúrgica utilizada por muchos obispos. Constituía un símbolo de la jurisdicción que se le otorgaba al obispo electo por parte del Romano Pontífice, recibiéndolo el día de su consagración. Esta potestad sobre la diócesis quedaba indisolublemente unida a su ministerio pastoral respecto de la porción del Pueblo de Dios que se le confiaba. 

El papa Francisco durante su viaje a Egipto (2017), sosteniendo la férula del beato Pablo VI
(Imagen: Coopticocc)

Es seguro que el Romano Pontífice jamás utilizó báculo, puesto que de las descripciones de la solemne Misa papal en los Ordines Romani no se evidencia su uso. Asimismo, las representaciones de los Papas confirman que el báculo episcopal no formaba parte de las insignias del Romano Pontífice porque no se lo ve en ningún monumento iconográfico realizado en Roma. Por eso, Inocencio III († 1216) escribe categóricamente en su De sacro altaris mysterio: "El romano Pontífice no utiliza báculo pastoral" (“Romanus Pontifex pastorali virga non utitur”) (I, 62). A fin de cuentas, el Papa goza de jurisdicción universal sobre la Iglesia y no necesita de símbolos externos para hacerla evidente. Santo Tomás de Aquino explica esta idea de la siguiente forma: “El Romano Pontífice no hace uso del báculo [..] ésta también es una señal de que él no tiene poder limitado, lo que se significa con la curvatura del báculo” (“Romanus pontifex non utitur baculo […] etiam in signum quod non habet coarctatam potestatem, quod curvatio baculi significat”) (Super Sent., lib. 4 d. 24 q. 3 a. 3 ad 8).

Detalle de la llamada "férula de San Pedro" (siglo X), que se conserva en la Catedral de Limburgo (Alemania)
(Foto: Wikipedia)

Como fuere, en el siglo X se alude a la existencia de una ferula pontificalis a propósito de la deposición del papa Benedicto V por el emperador Otón I (964). Sin embargo, este bastón era una insignia de su potestad temporal y no un símbolo de su investidura divina, como el báculo que portan los obispos, puesto que el Papa sólo recibe su potestad de Dios, según la conocida frase de Bernardo Bortono de Parma. La forma de esta férula no se conoce bien, pero al parecer se trataba de un asta de madera rematada en uno de sus extremos. La costumbre medieval era que, cuando después de su elección el Papa tomaba posesión de la Basílica Lateranense, se le presentaba la férula del prior de San Lorenzo (conocida como Sancta Sanctorum) como “signum regiminis et correctionis”, vale decir, como símbolo de gobierno que incluye el castigo y la penitencia. La presentación de la férula era un acto importante, pero no tenía el mismo significado que la imposición del palio en la Misa de coronación del Romano Pontífice. Esta particularidad se debe al deseo de mantener la antigua tradición romana, que se suele justificar acudiendo a una curiosa leyenda, según la cual San Pedro entregó su báculo a San Marcial enviado por él como misionero a las Galias para resucitar a San Autricliniano, compañero suyo, muerto repentinamente en el camino. La práctica cayó en desuso hacia el comienzo del siglo XVI.

Estatua de San Silvestre
(Foto: Wikipedia)

El hecho de la que férula papal tuviese un significado de poder temporal explica que los legados puedan usarla de manera transitoria, puesto que representan al Romano Pontífice ahí donde han sido enviados. Lo mismo ocurre con el cardenal que ostenta el cargo de Camarlengo de la Iglesia Católica, pues a éste corresponde el gobierno de los bienes temporales de la Santa Sede mientras dura el período de sede vacante. Cuando el Romano Pontífice nombra a la persona que servirá este cargo, le entrega una férula de oro que simboliza el poder que tendrá cuando él ya no esté. 

El Cardenal Bertone, con su férula en la mano, cierra los aposentos papales al comienzo de la sede vacante (2013)

Cuando correspondía celebrar alguna función en la que el Pontifical Romano preveía el uso del báculo por parte del obispo de modo ritual y no sólo como una ayuda para desplazarse (como sucede en la procesión de entrada y de salida), aquél usaba una cruz procesional, que es la que hoy se mienta como férula y se identifica como una insignia propia del Santo Padre. Así ocurría, por ejemplo, para la apertura de la Puerta Santa de un jubileo o la consagración de una iglesia. Por lo demás, el no llevar báculo para la procesión de entrada y salida iba ligado al uso de la silla gestatoria: no se usa báculo cuando se es transportado, puesto que no resulta práctico ni necesario. Como era raro que el Papa celebrara alguna de estas funciones solemnes, no era frecuente que se utilizara y, cuando ocurría, el Santo Padre la sostenía en sus manos durante breves momentos: tomaba la férula para golpear tres veces la puerta y para dibujar el alfabeto latino y griego sobre el pavimento de la iglesia. El resto del tiempo la cruz abría la procesión, tras la cual se situaba el Romano Pontífice.


Pío XI abre la Puerta Santa durante el Año Santo de la Redención (1933)
(Foto: Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española)



Esta cruz procesional propia de la liturgia papal adoptada dos modalidades. La primera era una variante de la cruz patriarcal, pues conviene recordar que el Obispo de Roma era (hasta la renuncia del título por parte de Benedicto XVI) el Patriarca de Occidente. Ella se forma por tres travesaños de desigual extensión, los que se van reduciendo hacia arriba. Las tres cruces simbolizan, al igual que sucede en la tiara, el triple poder de orden, jurisdicción y magisterio que tiene el Romano Pontífice sobre la Iglesia.  La segunda modalidad era similar a la cruz procesional común, que acaba en un cruz sin crucifijo. 



San Juan Pablo II abre la Puerta Santa durante el Jubileo de la Redención (1983)

La situación cambió a partir del pontificado de Pablo VI. Después de su elección en 1963, el beato Pablo VI encargó al escultor napolitano Lello Scorzelli (1921-1997) un bastón pastoral para las solemnes celebraciones litúrgicas. Confeccionado en plata, éste retomó de la tradicional forma de cruz, pero con el añadido de la figura del Crucificado. Pablo VI la utilizó por primera vez con ocasión de la clausura del Concilio Vaticano II, el 8 de diciembre de 1965. Sucesivamente, adoptó la férula en modo análogo al báculo del obispo, incluso combinándola con la silla gestatoria. Esto significa que, en adelante, ella se lleva con la mano izquierda y se emplea en la procesión de ingreso, la proclamación del Evangelio, el rito de confirmación, la a bendición final y la procesión de salida. La única excepción es la homilía, donde el obispo sí usa el báculo, sin que hasta ahora se haya visto el empleo de la férula por parte del Santo Padre.

El beato Pablo VI con la férula diseñada por Lello Scorzelli 

Pablo VI sobre la silla gestatoria y portando la férula
(Foto: Wikipedia)

Los pontífices que lo sucedieron continuaron usando la férula en las mismas situaciones.

Juan Pablo I con la férula de su predecesor, usando por última vez la silla gestatoria
(Foto: Wikipedia)

San Juan Pablo II
(Foto: Wikipedia)

Benedicto XVI



Francisco
(Foto: Wikipedia)

Para el Domingo de Ramos de 2008, el papa Benedicto XVI sustituyó la férula que había confeccionado Lello Scorzelli (usada también por Juan Pablo I, Juan Pablo II y por él mismo druante sus primeros tres años de pontificado) por una que remataba en una cruz dorada, regalada por el Círculo de San Pedro al beato Pío IX en 1877, con ocasión del quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal. Este bastón había sido adoptado como férula ya por San Juan XXIII para varias celebraciones litúrgicas durante el Concilio Vaticano II. El propósito tras este cambio fue el de recuperar el uso de una férula sin crucifijo, como ocurría hasta antes del cambio introducido por Pablo VI.

San Juan XXIII con la férula de Pío IX durante el Concilio Vaticano II

Benedicto XVI con la férula de Pío IX
(Foto: Wikipedia)

Con la celebración de las Primeras Vísperas de Adviento de 2009, Benedicto XVI comenzó a usar un nuevo báculo, que le fue regalado por el Círculo de San Pedro, similar en la forma al de Pío IX. Éste era más pequeño y además de menor peso (véase aquí la explicación de su simbología por parte de la Oficina de Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice). 

Benedicto XVI con la nueva férula usada entre 2009 y 2013

Francisco con la férula de Benedicto XVI

El papa Francisco ha usado diversos modelos de férula, incluidos las confeccionadas para el beato Pablo VI y Benedicto XVI. 








viernes, 11 de mayo de 2018

Un cura que desaparece

Compartimos a continuación con nuestros lectores un valioso artículo de un cura párroco barcelonés (de quien previamente habíamos publicado un artículo sobre el enriquecimiento de la vida litúrgica de una parroquia popular), publicado originalmente en el excelente sitio Germinans Germinabit. En él, el sacerdote aboga por el rescate de la figura tradicional del párroco, que puede resumirse en su "presencia habitual, cotidiana y disponible en la parroquia", especialmente en lo que atañe a la vida litúrgica y devocional de ésta y en la disposición para administrar los sacramentos.

Desgraciadamente, hoy en día muchos párrocos mantienen una comprensión errada de lo que significa la participación de los laicos en la vida de la Iglesia, renunciando inexplicablemente a lo propio de su ministerio sacerdotal, delegándolo en toda clase de "ministerios laicales", especialmente en la tan abusada institución de los "ministros extraordinarios de la Eucaristía", que poco tienen de extraordinario en las parroquias de hoy, asumiendo de modo habitual la distribución de la Eucaristía en la Misa parroquial y el encargo de llevar el viático a los enfermos y ancianos. Esta situación sólo se ve agravada por la creciente burocratización de las diócesis, lo que aparta todavía más a muchos párrocos de su tarea primordial, que no es otra que la de estar disponible para el servicio espiritual de su parroquia.


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Era el tipo de sacerdote que desde el Concilio de Trento (Sesión XXIII de julio de 1563), quiso consolidar la doctrina del sacerdocio católico y extirpar todos los desarreglos, excesos y desviaciones arraigadas a lo largo del Medioevo, queriéndolo extender por toda la Iglesia. El Concilio Vaticano II reiteró la teología del sacerdocio del tridentino, como no podía ser de otra manera, y presentó ante el mundo y la Iglesia contemporánea la grandeza y sublimidad del sacerdocio católico. 

En el orden práctico y desde una mirada simple, a ras de suelo, la primera característica de ese modelo de sacerdocio es la presencia habitual, cotidiana y disponible en su parroquia. Presencia que desde el celo por las almas comienza por su intima unión con el templo parroquial. El sacerdote es el responsable último del decoro, belleza y accesibilidad a su iglesia parroquial. Con especial centralidad, comprende que el Tabernáculo con la reserva eucarística sea el centro devocional de la vida de oración de sus feligreses. Importancia que comparte con el confesionario, estando siempre disponible para ese ministerio, por encima de otra ocupación. Esa importancia sacramental nace de su conciencia de ser el ministro por excelencia del culto. Culto que debe cuidar y engrandecer en la preparación litúrgica de las celebraciones. Es posible que, habiéndose sobredimensionado la colaboración de monitores, lectores, cantores, acólitos, ministros de la comunión, en faltando estos (cosa que ocurre cada vez con más frecuencia), tenga la impresión de que las celebraciones no sean hermosas y cuidadas. 

El sacerdote debe ejercitarse por tanto en el ejercicio subsidiario de estos servicios. Sin cantores, no debe sentirse fuera de lugar: debe ser capaz de entonar y cantar algunos cantos básicos en las celebraciones, al menos en las dominicales (para ello hace falta interés y delicadeza). Tampoco ha de considerar un menoscabo de la solemnidad si él mismo debe hacer las lecturas. Ni debe agobiarse si por ausencia de ministros de la eucaristía, la comunión distribuida por él solo dura más tiempo de lo habitual; o si a falta de monaguillos, debe acomodar a su alcance los objetos litúrgicos que normalmente le acercarían los acólitos bajo otra responsabilidad. 

Si la reforma litúrgica conciliar expresó la necesidad del cuidado de la homilía, ésta debería ser habitual de manera cotidiana (aunque sea una brevísima reflexión) y muy preparada para los días festivos. Es desalentador constatar como muchos sacerdotes sustituyen el esfuerzo de preparación homilética, por la lectura monótona y estereotipada de homilías prefabricadas que aburren hasta a las ovejas y no conectan con la peculiaridad e idiosincrasia de su feligresía. 

En diverso orden debe preocuparse por el acompañamiento y fruto espiritual de los demás sacramentos: velar por la pronta recepción del bautismo de los recién nacidos, por la preparación catequética de los padres y por el celo en animar a los jóvenes a contraer el santo matrimonio, a los niños a hacer la primera Comunión, y a los adolescentes a recibir el sacramento de la Confirmación, previas las respectivas y específicas preparaciones catequéticas.

Ha de tener un celo especial en la visita a los enfermos, que de ningún modo ha de admitir que quede reducida a la que ofrecen las instituciones a regañadientes en los hospitales, servidos habitualmente por capellanes ad hoc; sino que ha de asumir la responsabilidad de visitar en sus domicilios a los enfermos de su parroquia. Se trata de procurar a los impedidos, que ya no pueden acudir a la Misa parroquial, la asistencia espiritual y sacramental necesaria. Y animarles, a una recepción consciente y serena de la unción de enfermos, especialmente a los más graves. 

Y si todo esto es trascendental, cómo no lo será la preparación catequética de los niños y niñas para la primera comunión. Catequistas y formadores (habitualmente, formadoras) de buena doctrina y ejemplaridad cristiana, textos de doctrina recta y correctos para cada edad y tipología infantil. Cuidado personal en iniciarlos en la oración y el trato íntimo con el Señor, en la adoración y la acción de gracias especialmente. Y predicar e insistir sobre la sublimidad del sacramento de la Confirmación, para que cada año sean muchos jóvenes los que lo reciban y les sea de provecho. 

Para todo ello, no debe cesar el sacerdote de poner todos los medios sustanciales y accidentales. Desde ilusionar a los niños y jóvenes con la hermosa tradición de los belenes y las representaciones navideñas, hasta las sesiones de villancicos, pasando por la participación en las celebraciones tanto litúrgicas como populares de Semana Santa y Pascua. En todo ello, el sacerdote a la cabeza. 


Misa en el Camarín de Montserrat

Cuán edificante es ver al párroco presidiendo los Vía Crucis los viernes de Cuaresma por el interior del templo. Y atraer a sus feligreses hacia esa práctica devocional que tanto fruto reporta a las almas. Qué hermoso verle coordinando todos los actos populares de la Semana Santa con entusiasmo y esmero: la procesión de Ramos, el Monumento de Jueves Santo y su Vigilia de Adoración, el Vía Crucis por las calles de su pueblo o barrio. Los actos pascuales… Toda la liturgia del Triduo Pascual, centro y culmen de todas las celebraciones litúrgicas de la Iglesia.

¡Qué importante un sacerdote mariano! Presente (aunque sea salteado: porque ése es un momento excelente para estar en el confesionario) en el rezo comunitario del Rosario, en el mes de María, en las procesiones de la Virgen, en la novena de la Inmaculada de tanta tradición en toda España… 

Qué bello ver a un párroco formar espiritualmente y ocuparse de sus monaguillos: si puede ser, con la colaboración de algún catequista o ex-monaguillo. Salir con ellos de tanto en tanto sea de romería o a ver una peli buena en el cine. Organizar juegos con ellos, atraer a otros chicos hacia el amor al altar y al celo por el culto. Crear una auténtica escuela de monaguillos para darle esplendor al culto. 

Y se me quedan en el tintero decenas de actividades y detalles, de misiones y empeños en los que un sacerdote debe singularizarse. El despacho parroquial, por ejemplo, que muchos convierten en una burocrática oficina administrativa. ¡Cómo agradecen los fieles poder encontrar al párroco allí para intercambiar cuatro palabras con un sacerdote que les conoce y se interesa por sus cosas, alegrías y penas! Un párroco no encerrado en su iglesia y sacristía, en su despacho o en su casa. Un sacerdote que se patee el barrio, que esté dispuesto a recibir a todos, a hablar con todos, a escuchar a todos, sin excepción: son vecinos de su barrio o pueblo. Se debe a ellos: son ovejas aunque no vengan a Misa o ni siquiera sean católicos. 

Qué tristeza me producen las Cáritas parroquiales, tan vivas y auténticas antaño, que van apagándose y desapareciendo en virtud de convenios con Cruz Roja o Ayuntamientos, sin la presencia de las voluntarias parroquiales (¡cuánto valen las mujeres para esto, y qué dispuestas siempre!) y también del párroco que cela, repito cela, por el bienestar de sus hijos e hijas. Porque sí, sus feligreses y todos los vecinos de la jurisdicción parroquial son sus hijos e hijas. Con amor de padre debe quererlos, rezar y sacrificarse por ellos. Y acompañarlos en el tránsito y traspaso a la casa del Padre. Y acompañar a la familia en ese momento, y en las exequias y funerales. Nunca pude imaginar que mis años de capellanía en el Tanatorio de Santa Coloma llegaran a ser tan provechosos para mi experiencia sacerdotal y para las familias. ¡Y ya van veintidós años! 

Pero este modelo de cura está en vías de extinción: parece que ha entrado en vía muerta, porque son más las defunciones que los nacimientos. Y los curas que se están gestando en nuestros seminarios no están siendo preparados para ser el tipo de cura que he descrito, el que ha formado parte de nuestras vidas. Son muy pocos y están siendo preparados para un futuro cuyo parecido con nuestro presente y con nuestra feliz memoria del sacerdote, será puramente accidental. 


 Mn. Francesc M. Espinar Comas

Estos son los pensamientos que me ha inspirado la llegada del Jueves Santo y con él, la renovación íntima y sincera de mis promesas sacerdotales. No quería dejar de compartirlas con todos vosotros, lectores habituales de mis glosas dominicales, de mis artículos litúrgicos y de mis relatos históricos (centrados este año en la egregia figura de Pablo VI, cuya canonización viviremos, Dios mediante, este próximo otoño). Gracias a todos los que de una u otra manera hacéis real y concreto mi ministerio. 



Mn. Francesc M. Espinar Comas

Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

Crédito de las fotos: todas las imágenes acompañan al artículo original.

miércoles, 9 de mayo de 2018

La Misa iluminista

Publicamos a continuación un artículo de opinión del Prof. Augusto Merino Medina, colaborador habitual de esta bitácora, en las que expresa una personal visión crítica acerca de la reforma litúrgica y de cómo el iluminismo influyó en ella. Por tal se entiende aquel movimiento cultural e intelectual (cuyo ámbito de alcance fue especialmente Francia, Reino Unido y Alemania)​ que comenzó en Inglaterra con John Locke (1632-1704) y la así llamada "Revolución Gloriosa" (1688), y se desarrolló desde mediados del siglo XVIII, teniendo como fenómeno histórico, simbólico y problemático la Revolución Francesa (1789) y el nuevo orden de cosas que de ahí surgió (la modernidad). Los pensadores ilustrados sostenían que el conocimiento humano podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía para construir un mundo mejor. De esta manera, la razón era el medio de desterrar la ignorancia que el antiguo orden social y la fe católica habían sembrado en el mundo.  

Como hemos dicho en otras ocasiones (véase, por ejemplo, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), la postura oficial de esta bitácora es que el rito reformado, pese a sus numerosas y evidentes falencias (las cuales no se refieren exclusivamente a los abusos litúrgicos, sino que comprenden también los defectos, ambigüedades y omisiones que se observan en la propia estructura del rito), es susceptible de ser enriquecido con la forma tradicional para hacerlo más digno y acorde con la tradición litúrgica de la Iglesia. Sólo así será posible hablar en verdad de dos formas de un único rito romano, como era el deseo de Benedicto XVI al permitir el libre uso de la liturgia de siempre por cualquier sacerdote. 

El autor

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La Misa “iluminista”

Augusto Merino Medina

La “Ilustración”, conocida también como “Iluminismo” es, como se sabe, aquel movimiento crucial de la historia cultural de Occidente, que se aceleró a mediados del siglo XVII, en que todas las fuerzas anticristianas y, especialmente anticatólicas, que venían incubándose en Europa desde hacía unos trescientos años, se instala en la vida del Viejo continente y en sus extensiones en otras partes del mundo, con el propósito de descristianizar la cultura, de derribar la sociedad cristianamente construida que había sido la tarea de la Iglesia por más de mil años, y de reemplazarla por algo radicalmente diferente, algo lleno de luz que, se decía, despejara las oscuridades del cristianismo, las supersticiones, las tenebrosas alianzas entre el trono y el altar. La revolución francesa de 1789 y otra serie de acontecimientos concomitantes dieron a la “Ilustración” el necesario apoyo geopolítico para poder desarrollarse durante el siglo XIX y XX. La revolución misma fue, en alguna medida importante, efecto de ese “siglo de las luces” como también se suele llamar al siglo XVIII por los “ilustrados”.

Pero, como la “Ilustración” aspiraba, en primer lugar, a “proyectar luz” sobre las inteligencias de los hombres, lo más importante fue el afán didáctico, pedagógico, de los “ilustrados”. El ejemplo de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), uno de los padres indirectos de la revolución francesa, quien dedicó su obra más cuidada, Emilio (1762), al tema de la educación de- los niños (para escribir la cual en paz se desprendió de todos sus hijos abandonándolos para siempre en un orfanato), es suficientemente elocuente: educar el logos por el logos aunque, en el caso de Rousseau, la formación de las emociones y de la sensibilidad ocupan también un importante lugar. Entre los masones, que vieron en esa revolución cultural su gran oportunidad de acabar con la Iglesia, el tema de la educación ha sido y es, coherentemente, primordial, testigo de lo cual es la historia de la educación pública (en todos sus niveles) en Hispanoamérica, la que casi en todas partes pasó, en el siglo XIX, a estar controlada por la masonería, hasta prácticamente el día de hoy (también los masones quisieron “hacer su América” aprovechando el desmembramiento del imperio español en estas tierras y la confusión que le siguió).

La “modernidad Ilustrada” nació, pues, con el afán de enseñar, con la misión pedagógica de formar el nuevo logos no cristiano con un nuevo logos, y con una intención clara y específicamente anticatólica. No es por eso extraño que el modernismo ilustrado, en su apogeo, aspirara por todos los medios a penetrar en la Iglesia, que había sido puesta en alerta por los papas desde el Beato Pío IX y, especialmente, por San Pío X. Como éstos y otros papas pusieran obstáculos a esta movida, el modernismo eligió, como estrategia, entrar por la puerta, supuestamente insospechable, de la liturgia, en la cual muy pocos pastores tuvieron la precaución de fijarse. Y así es como en el “Movimiento Litúrgico” que desde comienzos del siglo XX adquirió vigor en Europa, especialmente en Francia y en Alemania, los “modernos” o “iluministas” advirtieron que la Misa, es decir, la raíz misma de la vida cristiana, era una estupenda oportunidad para lograr sus propósitos: en primer lugar, la llamada “Misa de los catecúmenos” era el espacio pedagógico perfecto para inculcar nuevas ideas; pero, en segundo lugar, la Misa propiamente tal, que comienza a continuación con el Ofertorio es, por su riquísimo lenguaje simbólico, un vehículo incomparable para penetrar sin logos, o sea, sin ser advertidos, en el corazón mismo del pueblo católico.

Cuando, finalmente, con el Concilio Vaticano II, las tesis y proyectos de los “iluministas” infiltrados en la Iglesia e instalados cómodamente en ella tuvieron su gran oportunidad, el nuevo rito de la Misa fue transformado en su misma esencia y puesto al servicio de la “modernización”, es decir, de lo que se conoció como aggiornamento, que no era sino la revolución cultural y espiritual que había estado esperando la ocasión de demoler la Iglesia desde hacía 200 años. Pero esta vez no se trató de un asedio desde el exterior, sino que el ataque se realizó desde el interior, desde el corazón mismo de quien había sido la enemiga, “la infame”, en términos de Voltaire. Los tiempos actuales son especialmente apropiados para contemplar este fenómeno, que se desarrolla hoy con especial fuerza y desenfado.

En este texto, lo que nos interesa destacar es precisamente el carácter pedagógico de que se empapó el nuevo rito y que contribuyó poderosamente a la desvirtuación de la Misa tradicional, atenuando en ella la fuerza de los símbolos sagrados.

 Primera edición del Emilio de Juan Jacobo Rousseau

Como se sabe, desde los primeros siglos cristianos se incorporó a la liturgia de la Iglesia y, específicamente, a la Misa un elemento de catequesis, que servía para hacer participar a los catecúmenos en la fe que habían de profesar luego una vez bautizados (naturalmente, la catequesis se hacía de modo más extenso y profundo en otras instancias). Es la “Misa de los catecúmenos”, que consiste en las lecturas de la Sagrada Escritura y la explicación de las mismas por la homilía. Esta parte, en el rito romano, concluye con la recitación del Credo que, según algunos, se hacía en los primeros tiempos en forma de preguntas y respuestas, como en un aula, tal como se puede apreciar hoy en la Vigilia Pascual revisada por Pío XII. Finalizado el Credo, los catecúmenos debían abandonar el templo antes del comienzo de la acción propiamente sagrada, la renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz, que comienza con la preparación de las especies que se ha de consagrar.

Es innegable que la Misa propiamente tal es una ocasión de aprendizaje de vida cristiana de un valor y eficacia incomparables, pero no forma en absoluto parte de sus fines el enseñar a los fieles con tono e intención pedagógicos, o el ser una especie de “escuela dominical” al estilo de muchas protestantes. Los fines de la Misa, como sabemos desde el catecismo, son cuatro: latréutico o de adoración; eucarístico o de acción de gracias; propiciatorio o satisfactorio, e impetratorio o de petición. Si la Misa es vehículo de enseñanza, lo es por la riqueza inconmensurable de su realidad, no porque sus ritos tengan una finalidad específicamente docente. La enseñanza o docencia de la fe, de sus verdades y de la práctica de la vida cristiana la Iglesia siempre la hizo en otras oportunidades, y hasta época muy reciente, sobre todo antes del Concilio Vaticano II. Cursos de retiro, conferencias, catequesis en las parroquias, círculos de estudio, en fin, el número de iniciativas de específica formación religiosa era casi inagotable. A ello se agregó siempre, por cierto, la preocupación de la Iglesia por la formación humana de los cristianos, de lo cual son preclaro ejemplo las universidades, que nacieron al alero de la Iglesia, y las obras educacionales que, sin interrupción a lo largo de los siglos, la Iglesia ha fomentado, en la cual se han empeñado una cantidad de grandes santos y a la cual se han dedicado muchísima órdenes religiosas y congregaciones.

Desde esta perspectiva, incluso los elementos de la “ante Misa” o “Misa de los catecúmenos” no tienen tanto un propósito didáctico -aun cuando en los primeros tiempos, como decíamos, sí se enseñaba con ellos a los catecúmenos- cuanto uno propiamente sagrado, integrante del fin latréutico: la lectura de la Palabra de Dios no está ahí primeramente para cumplir con ciertas finalidades pedagógicas sino para agradecer la bondad divina que, mediante la Palabra, se revela a los seres humanos. Por eso, la lectura del Evangelio, por ejemplo, está rodeada en el rito romano (y esto se suele respetar incluso en el rito de Pablo VI), de ceremonias y gestos como el incensamiento, la procesión con la cual se lleva el libro sagrado hasta el lugar apropiado, los cirios, el canto (y no la mera lectura) de las palabras de la Escritura, etcétera. Nada de esto tendría sentido si el propósito de las lecturas fuera comunicar un contenido intelectual a los fieles, o sea, si se procurara entregarles una información teológica por importante que fuere. Por el contrario, todo lo que hay de comunicación lógica y abstracta en la Misa -todo aquellos que no es comunicación simbólica-, es parte del culto sagrado, y debe observarse a su respecto el máximo de formalidad y de respeto ritual. Esta es una de las razones por las que, en el rito romano y otros de la Iglesia latina, no deja de causar cierta perplejidad la irrupción de la homilía, incluso cuando se la pronuncia con sentido sacral y sin el ánimo histriónico que a menudo la empapa y desfigura y que echa mano de recursos como la comicidad u otros análogos. Y no se diga nada de los concomitantes anuncios parroquiales de la índole más profana y prosaica.

¿Acaso significa todo esto que en la Santa Misa debe desterrarse, proscribirse y evitarse toda pendiente o derivación o efecto pedagógico propiamente tal? No, en absoluto. Por lo demás, si la Misa es celebrada con estricto apego a Tradición y a las rúbricas, ello es del todo imposible: la riqueza inagotable de los símbolos y ritos, hasta de los menores, es tal que los fieles son espiritualmente educados (mucho más que meramente “enseñados”) del modo más sobrenaturalmente eficaz que se puede imaginar. Esta educación traduce mucho más profunda y fielmente la idea de una “pedagogía” que la palabrería con que a veces se la pretende realizar. Palabrería que es, por cierto, quizá la nota más distintiva de la Misa “iluminista”, encarnada de modo insuperable en la Misa de Pablo VI: precisamente la idea de los ilustrados y modernistas en la Iglesia es hacer lógico y verbal cada rito, cada ceremonia, cada episodio, cada paso en el desarrollo de la Misa a fin de que los fieles “entiendan”. En la Misa de Pablo VI el asunto es clarísimo: todo se ha pensado a fin de que los fieles lo vean todo, lo oigan todo, lo comprendan inmediatamente todo -debido esto último a que el propio Concilio Vaticano II pedía, la “simplificación” de los ritos…-. La claridad, la “clarté” de Descartes, padre de los ilustrados franceses y de los modernos, es la norma litúrgica primordial en los ritos de Pablo VI, sin dejar espacio alguno para la contemplación espiritual (que es mucho más que la comprensión lógica de lo que fuere), para el lento decantar del sentido a lo largo de la vida del espíritu, para la mística profundización en las riquezas insondables de Dios.

Las explicaciones que dan los “animadores” de la Misa anunciando los pasos que vienen luego en ella; las intercalaciones espontáneas que los celebrantes se permiten introducir para declarar el sentido de los ritos que están realizando; las glosas que, incluso de las lecturas, dan los “animadores”, todo ello es una detestable intromisión en el curso de la acción sagrada de los criterios de los enemigos modernistas de la Fe, y debiera ser drásticamente reprimido. Supuesto, naturalmente, que hubiera en la Iglesia quienes ejercieran drásticamente su potestad de reprimir lo malo y de alentar lo bueno, por políticamente incorrecto que ello sea en la vida eclesial de nuestros días.