miércoles, 17 de marzo de 2021

Cuarto Domingo de Cuaresma

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (San Juan 6, 1-15):

“En aquel tiempo, pasó Jesús a la otra parte del mar de Galilea, que es el lago Tiberíades, y le seguía una grande multitud de gente, porque veían los milagros que hacía con los enfermos. Subió, pues Jesús a un monte, y sentóse allí con sus discípulos. Acercábase ya la Pascua, día de gran fiesta para los judíos. Habiendo, pues, alzado Jesús los ojos, y viendo que venía a Si tan gran multitud, dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para que coma esta gente? Esto lo decía para probarlo, pues Él sabía bien lo que había de hacer. Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no les alcanzan para que cada uno tome un bocado. Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, mas ¿qué es esto para tanta gente? Pero Jesús dijo: Haced sentar a esas gentes. En aquel lugar había mucha hierba. Sentáronse, pues, como unos cinco mil hombres. Tomó entonces Jesús los panes, y habiendo dado gracias a su Padre, los repartió entre los que estaban sentados, y lo mismo hizo con los peces, dando a todos cuanto querían. Y cuando se hubieron saciado dijo a sus discípulos: Recoged los trozos que han sobrado, para que no se pierdan. Hiciéronlo así, y llenaron doce cestos de los pedazos que habían sobrado de los cinco panes de cebada, después que todos hubieron comido. Aquellos hombres, cuando vieron el milagro que había hecho Jesús, decían: ¡Este es verdaderamente el profeta, que ha de venir al mundo! Y Jesús, notando que habían de venir para llevárselo y hacerlo Rey, huyó otra vez al monte Él solo”.

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San Agustín, en el tercer nocturno de Maitines de hoy domingo, comenta lo siguiente:

“Los milagros que hizo nuestro Señor Jesucristo son obras ciertamente divinas y estimulan a la mente humana a comprender a Dios a partir de lo visible. Dios no es sustancia tal que los ojos puedan ver, y sus milagros, por los que rige el mundo entero y gobierna toda la creación, por su frecuencia se han depreciado hasta el punto de que casi nadie se digna observar en cualquier grano de semilla las admirables y asombrosas obras de Dios. Por esto, según esa misma misericordia suya, se ha reservado ciertas obras para realizarlas en tiempo oportuno, fuera del curso y orden normales de la naturaleza, para que, aquellos que han despreciado las cotidianas, se queden estupefactos al ver otras no mayores, pero sí insólitas.

“En efecto, mayor milagro es el gobierno del mundo entero que saciar a cinco mil hombres con cinco panes; y, sin embargo, nadie se asombra de aquello; en cambio, se asombran los hombres de esto no por ser mayor, sino por ser raro. ¿Quién, en efecto, alimenta ahora al mundo entero, sino quien de pocos granos crea las mieses? Jesús, pues, obró como Dios, ya que, si con su poder hace que de pocos granos se multipliquen las mieses, con ese mismo poder multiplicó en sus manos lo cinco panes. La potestad estaba, en efecto, en las manos de Cristo; en cambio, los cinco panes eran cual semillas, no ciertamente echadas en tierra, sino multiplicadas por quien creó la tierra.

“Esto, pues, se hizo ante los sentidos para levantar la mente, y se mostró a los ojos para aguijonear la inteligencia, para que admirásemos, mediante las obras visibles, al invisible Dios y para que, erguidos hacia la fe y purgados por la fe, deseásemos ver invisiblemente al Invisible, que a partir de las cosas visibles habíamos conocido. No basta, sin embargo, mirar esto en los milagros de Cristo. Interroguemos a los milagros mismos, qué nos dicen de Cristo, ya que, si se los entiende, tienen su propio lenguaje porque, ya que Cristo es la Palabra de Dios, también las acciones de la Palabra son, para nosotros, palabra. Ya que hemos oído cuán grande es este milagro, busquemos también cuán profundo es; no nos deleitemos sólo en su superficie, sino investiguemos también su profundidad, pues lo que por fuera nos asombra, tiene algo dentro”.

¿Qué es, pues, lo que este milagro nos dice? ¿De qué nos habla? Nos habla del hambre humana. Un hambre que no puede saciarse con meras buenas intenciones, ni con declaraciones solemnes contenidas en grandes textos legales. Por mucho que se multiplique la declaración de los derechos humanos, el hambre no se calma leyendo tales declaraciones. Es necesario pasar a la acción. No bastan las buenas intenciones. De otro modo, lo que se entrega al hombre no es más que una comida simbólica, verbal, insustancial, incapaz de saciar verdaderamente el hambre.

Pero esa hambre humana no es sólo de pan. El mismo Señor ya nos ha dicho que “no sólo de pan vive el hombre”. Hay cristianos cuya penetración de la fe se detiene en el hambre de pan, y creen que, con proporcionar comida y bebida y techo y abrigo y educación y pasatiempos se ha hecho por los hombres todo lo que se podía hacer. Eso es lo que hacían los paganos, y lo hacían no por caridad o compasión, sino por consideraciones políticas: al pueblo había que darle “pan y circo” para mantenerlo políticamente sumiso, incluso aletargado.

La fe católica nos dice, en cambio, que el hambre que experimenta el hombre es, sobre todo, hambre de oír la palabra de Dios, de contemplar la belleza de la liturgia, de tomar contacto con lo sagrado y con el misterio que nos envuelve y nos supera, de alimentar nuestra esperanza en el premio que la bondad infinita de Dios nos tiene reservado.

Si la Iglesia no se consagra a satisfacer esta hambre espiritual, se corrompe y llega al estado de ONG, se transforma en una Iglesia asistencial; “en salida”, pero asistencial. Y esa es la peor corrupción, como ya sabían los romanos: “corruptio optimi, pessima”; la corrupción de lo que es más alto y elevado, es la peor de todas.

Giovanni Lanfranco, Milagro de los panes y los peces, 1620-1623, Galería Nacional de Irlanda
(Imagen: Wikipedia)

viernes, 12 de marzo de 2021

Tercer Domingo de Cuaresma

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 11, 14-28):

“En aquel tiempo, estaba Jesús lanzando un demonio, el cual era mudo. Y así que hubo lanzado el demonio, habló el mudo, y se maravillaron las turbas. Mas algunos dijeron: Por arte de Belzebub, príncipe de los demonios, expulsa los demonios. Y otros para tentarle, le pedían algún prodigio del cielo. Pero Jesús, cuando vio sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido en bandos quedará destruido, y toda casa se derrumbará. Pues si Satanás está también dividido contra sí mismo, ¿cómo subsistirá su reino? porque decís que Yo lanzo los demonios en virtud de Belzebub. Pues si Yo por virtud de Belzebub lanzo los demonios, vuestros hijos ¿por virtud de quién los lanzan? Por tanto ellos mismos serán vuestros jueces. Mas si con el dedo de Dios lanzo los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado ya a vosotros. Cuando un valiente armado guarda la puerta de su casa, está seguro todo cuanto posee. Mas si asaltándole otro más fuerte que él le venciere, le quitará todas sus armas, en que confiaba, y repartirá sus despojos.  El que no está conmigo, está contra Mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. Cuando el espíritu inmundo ha salido de un hombre, anda por lugares áridos buscando reposo; y no hallándolo, se dice: Volveré a mi casa, de donde salí. Y tornando a ella, la encuentra barrida y adornada. Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrando en ella moran allí, y así el último estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Y aconteció que diciendo Él esto, una mujer de en medio del pueblo levantó la voz y exclamó: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó, y los pechos que te amamantaron! Y Él dijo: Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios, y la practican”.

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De las muchas lecciones que nos deja el Evangelio de hoy, detengámonos en la liberación del endemoniado, a quien tenía atrapado un demonio mudo.

Dentro de las etapas del desarrollo normal de un hombre, llega cierta edad, la llamada “edad del uso de razón”, en que se adquiere los conceptos morales de “bueno” y de “malo”, que nos permiten distinguir entre estas dos realidades. Si se da el caso de un individuo que, superada ya la edad de la razón, no capta que hay una diferencia entre “lo bueno” y “lo malo”, estamos en presencia de una enfermedad psicológica, una anormalidad profunda que le impide el trato normal con el resto de los seres humanos (tal como no entender que “uno más uno es dos” impide igualmente una relación normal con los demás).

Quien está en esa situación patológica no puede, obviamente, ser juzgado por la ley moral como “moral” o “inmoral”: se trata de alguien profundamente enfermo de una enfermedad que, al cabo, le quita toda libertad de elegir entre el bien y el mal porque no es capaz de distinguir uno de otro.

Pero, desgraciadamente, en el mundo actual abundan, quizá más que en otros tiempos, aquellos que, sin ser enfermos, o sea, sin desconocer que existe “lo bueno” y “lo malo”, se encuentran atrapados por un demonio mudo, que les impide reconocerse pecadores. O sea: se justifican siempre a sí mismos. Su conciencia “la tienen siempre perfectamente tranquila”; no reconocen haber hecho jamás nada malo; creen ser buenos. Son, en otras palabras, “de conciencia muda”. Pedir a esos seres humanos que confiesen sus pecados, sus culpas, es decir, sus acciones “malas”, es toparse con un muro impenetrable: ellos piensan que no han pecado, que, simplemente, no pecan. Son moralmente mudos.

Pero no existe una supuesta “inocencia universal” que le quitaría el fundamento a la idea de pecado. No es esto lo que nos dice la religión católica, que nos enseña, por el contrario, que todos pecamos: “Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos” (I Jn 1, 8). “… [hasta] el justo cae siete veces” (Pr 24, 16); “no hay quien haga el bien, no hay ni uno solo” (Sl 52 Vulg., 4).

El “demonio mudo” ha atrapado a tantos pobres hombres: o bien les impide reconocer como pecado lo que es pecado, o bien les hace insuperablemente difícil confesar su pecado.

Pero una vez que el Señor, por nuestra incesante oración, nos libra de ese “demonio mudo”, fluye la confesión y el Señor nos perdona: “Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos” (I Jn 1, 9).

El demonio mudo sabe perfectamente que hemos pecado, pero nos impide reconocerlo y confesarlo, porque, odiándonos intensamente, se guarda para sí el placer demoníaco de acusarnos ante Dios en el día del Juicio. ¿Y qué diremos ahí, cuando tengamos todas las luces y nos demos cuenta de que, en efecto, sí habíamos pecado? Recordemos que “Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo” (Hb 10, 31). ¡Qué absurda es, si tenemos esto en cuenta, la vergüenza de confesar nuestros pecados, por grandes que sean!

Pero si nos adelantamos al acusador, si, como quien dice, “le quitamos la bandera” y nos acusamos a nosotros mismos ante Dios, confesando nuestro pecado, no pasaremos aquel día por esa atroz situación de ser acusados por el enemigo que nos odia: “Te confesé mi pecado y no oculté mi iniquidad. Dije: Confesaré a Yavé mi pecado; y Tú perdonaste la culpa de mi pecado” (Sl 31 Vulg., 5).

Pidamos a Dios con insistencia y perseverancia que no nos deje ser atrapados por un demonio mudo o que nos libre de él, si ya estamos endemoniados. Pidámosle la suprema gracia de acusarnos nosotros mismos en la confesión: esa confesión lo moverá infaliblemente a misericordia.

Jesús expulsa el demonio de un muchacho, tomado de Las muy ricas horas del Duque de Berry (1410)
(Imagen: Wikipedia)

jueves, 4 de marzo de 2021

Segundo Domingo de Cuaresma

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 17, 1-9):

“En aquel tiempo, tomó Jesús consigo a Pedro y a Santiago y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y allí se transfiguró en su presencia, resplandeciendo su rostro como el sol, y quedando sus vestiduras blancas como la nieve. Y en esto se aparecieron Moisés y Elías, hablando con Él. Tomó entonces Pedro la palabra y dijo a Jesús: Señor, bueno es que permanezcamos aquí; si quieres, hagamos aquí tres tiendas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías. Estaba Pedro hablando, cuando vino una nube resplandeciente a cubrirlos. Y de pronto se oyó una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias, ¡escuchadle! Y al oír esta voz los discípulos cayeron sobre su rostro en tierra, y tuvieron grande miedo. Mas Jesús se acercó a ellos y los tocó, y les dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos sus ojos no vieron a nadie sino sólo a Jesús. Y al bajar ellos del monte, les mandó Jesús diciendo: No digáis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

***

En la Transfiguración del Señor se cumple lo que Éste había dicho seis días antes: “Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras. En verdad os digo que hay algunos entre los presentes que no gustarán la muerte antes de haber visto al Hijo del hombre venir en su reino” (Mt 16, 27-28). Estas palabras, referidas al último día del mundo (como otros anuncios que el Señor hace sobre este punto), tenían también un significado para el presente: el Señor quiso, mostrando la misma gloria que lo rodeará el día del Juicio Final, dar a los tres discípulos que habrían de contemplar Su humillación en el Huerto de los Olivos, un anticipo de su Divinidad, para que ellos, al recordar después esta visión gloriosa, no se escandalizaran de verlo sudar sangre de miedo, en aquella terrible agonía a solas. Así pues, tuvo para esos tres su actualidad durante sus vidas, lo que habrá de ser una realidad también para todos nosotros el último día. Y los que sean llamados entonces a la derecha del Juez, experimentarán, como aquellos tres, el mismo deseo de permanecer así para siempre, ante la gloria de Dios. Pero entonces habrá no sólo tres tiendas, sino todas las que el Señor ha ido a preparar para sus elegidos. Y veremos cuán bueno es estar allí.

El papa San León Magno sigue explicando este episodio: “Al decir el Padre “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias, escuchadlo”, ¿no es evidente que lo que se ha oído es: “Éste es mi Hijo, que es salido de Mí y es Conmigo desde siempre”? Porque ni el que engendra es anterior al engendrado, ni el engendrado es posterior al que engendra. Éste es mi Hijo, de quien no me separa la deidad, ni me aleja el poder, ni me distingue la eternidad. Éste es mi Hijo, no adoptivo, sino propio; no creado a partir de otra cosa, sino engendrado por Mí; ni es de otra naturaleza que la mía y hecho comparable a Mí, sino que de mi esencia me ha nacido igual a Mí. Éste es mi Hijo, por quien todo ha sido hecho, y sin el cual no se ha hecho nada, quien hace igual que Yo todo lo que Yo hago, y todo lo que yo obro, lo obra conmigo inseparable e indiferentemente. Éste es mi Hijo, que es igual conmigo; igualdad que no apetece como si le fuera algo ajeno ni la tiene como usurpación, sino que permaneciendo en la misma forma de mi gloria, y a fin de reparar el género humano y para ejecutar una decisión que hemos tomado en común, inclinó la inconmutable Deidad hasta la forma servil”.

Sí: esto es lo que estamos contemplando en este tiempo de Cuaresma. Lo dice San Pablo, en un texto que iremos recitando en el Triduo Sacro (Fil 2, 6-8): Cristo, “quien a pesar de tener la forma de Dios, no reputó como algo codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y así, por el aspecto, siendo reconocido como hombre, se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, muerte de cruz”.

“Inclinó la inconmutable Deidad hasta la forma servil”, como dice San León Magno: para redimir la soberbia de quienes quisimos (¡aun lo queremos!) ser como Dios, Cristo humilla la Deidad hasta la forma servil; y para redimir la desobediencia de la ley de Dios que nos prohibió comer del árbol (¡y seguimos comiendo!), se hizo obediente, y obediente hasta la muerte. Pero, no, no es eso todo: porque no fue cualquier muerte, sino una muerte de cruz, que es quizá la más terrible forma de morir y, con toda seguridad, la más humillante, reservada a los esclavos.

Quiera Dios que nos estremezcamos finalmente de espanto, de estupor, por lo que se nos ha dicho en el día de hoy, y que escuchemos a ese Hijo que no trepidó, como tampoco su Padre, en humillar la Deidad por salvarnos.

Rafael Sanzio, La Transfiguración, 1517-1520, Pinacoteca Vaticana
(Imagen: Wikipedia)

jueves, 25 de febrero de 2021

Roma está sin Papa

Como primicia en castellano, les ofrecemos hoy la traducción de un controvertido artículo de Aldo Maria Valli, periodista y ensayista italiano, autor de diversos libros relacionados con el catolicismo, vaticanista de Tg3 e incansable acompañante de Juan Pablo II en sus viajes, sobre la ausencia del Papa en la vida de la Iglesia. El texto ha provocado gran discusión por la dureza de su argumento e invita a reflexionar y profundizar en el sentido teológico que tiene el primado de Pedro, instituido por Cristo como cabeza de su Iglesia. 

Por ejemplo, el historiador y periodista Andrea Cionci ha reproducido el texto en Il Libero Quotidiano precedido de la siguiente pregunta: "¿Cómo es posible que una parte muy importante de los más relevantes y estimados vaticanistas del panorama periodístico italiano se hayan convertido con el tiempo, unos antes, otros después, en fuertes críticos (por usar un eufemismo) del papa Francisco? Sandro Magister, Marco Tosatti, Antonio Socci, incluso el venerable Vittorio Messori, no se han ahorrado dardos contra Bergoglio". 

Cabe advertir que el autor no hace una llamada al sedevacantismo ni desconoce el hecho indiscutible de que el papa Francisco es el obispo de Roma y, por tanto, el Sumo Pontífice de la Iglesia católica. Su ensayo apunta a la imagen que se proyecta desde la Sede de Pedro al mundo, afectando la comprensión su función teológica y eclesiológica que tiene el primado pretrino.  De ahí que convenga tener presente cuál es la función del Santo Padre para un católico. Muy recomendable resulta para este fin la lectura del libro de Roberto de Mattei que reseñamos en esta entrada, o el este ensayo de El padre de familia también publicado en esta bitácora.  El ensayo de Valli, aunque  duro y provocador desde el título, hay que mirarlo como el esfuerzo de un hijo fiel que, perplejo, intenta racionalizar la crisis por la que atraviesa la Iglesia.  

La traducción ha sido hecha desde la versión en inglés publicada en OnePeterFive. El original en italiano puede verse aquí. 

Aldo Maria Valli 

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Roma está sin Papa

Aldo Maria Valli

Roma está sin Papa. La tesis que aspiro a demostrar se puede resumir en estas cuatro palabras. Cuando digo Roma, no me refiero sólo a la ciudad de la que el Papa es obispo. Cuando digo Roma, me refiero al mundo, me refiero a la realidad actual. El Papa, aunque físicamente presente, realmente no está allí, porque no hace lo que el Papa hace. Está allí, pero no cumple sus deberes como sucesor de Pedro y Vicario de Cristo. Quien está allí es Jorge Mario Bergoglio. No está Pedro.

¿Quién es el Papa? Las definiciones pueden ser diferentes, según se quiera enfatizar el aspecto histórico, o el teológico, o el pastoral. Pero, en esencia, el Papa es el sucesor de Pedro. ¿Y cuáles son las tareas que Jesús encargó al apóstol Pedro? Por un lado, “apacienta mis ovejas” (Jn 21, 17); por otro, “lo que ates sobre la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates sobre la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt 16, 19).

Esto es lo que un Papa debe hacer. Pero hoy no hay nadie que cumpla estas tareas. “Y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32). Esto se lo dice Jesús a Pedro. Pero hoy Pedro no pastorea sus ovejas y no las confirma en la fe. ¿Por qué? Alguno responderá: porque Bergoglio no habla de Dios, sólo de migrantes, ecología, economía y cuestiones sociales. Pero ello no es así. Bergoglio en realidad habla de Dios, pero lo que emerge de toda tu predicación es un Dios que no es el Dios de la Biblia, sino un Dios adulterado, un Dios, diría, debilitado o, mejor todavía, adaptado. ¿Adaptado a qué? Al hombre y sus exigencias de ser justificado viviendo como si el pecado no existiera.

Ciertamente Bergoglio ha puesto los temas sociales en el centro de su enseñanza y, con esporádicas excepciones, parece ser presa de las mismas obsesiones de la cultura dominante sobre lo que es políticamente correcto; pero pienso que no es ésta la razón por la que Roma está sin Papa. Si se pone el acento en temas sociales, es posible hacerlo desde una perspectiva auténticamente cristiana y católica. El problema con Bergoglio es otro: el problema es que su perspectiva teológica está desviada. Y esto ocurre por una razón bien específica: porque el Dios de que habla Bergoglio no es un Dios que perdona, sino uno que suprime todo reproche.  

En Amoris laetitia leemos: “La Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a los más frágiles de sus hijos” (cap. 8, núm. 291). Lo siento, pero ello no es así. La Iglesia debe convertir a los pecadores.

(Imagen del artículo original: OnePeterFive)

De nuevo leemos en Amoris Laetitia que “la Iglesia no desecha los elementos constructivos que hay en aquellas situaciones que no corresponden todavía, o que ya no corresponden, a su enseñanza sobre el matrimonio” (núm. 314). Lo lamento, pero estas palabras son ambiguas. En las situaciones que no corresponden a su enseñanza podrá haber también “elementos constructivos” (¿en qué sentido?); sin embargo, la misión de la Iglesia no es dar validez a esos elementos sino convertir las almas al amor divino, al cual se adhiere uno por el cumplimiento de los mandamientos. 

Leemos también en Amoris Laetitia: “Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites de cada uno, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo” (núm. 303). También aquí hay ambigüedad. Primero: no existe una “propuesta general” del Evangelio a la que uno pueda adherir más o menos. Todo lo que hay es, simplemente, el Evangelio y sus contenidos bien específicos: hay mandamientos claros. Segundo: Dios nunca -repito, nunca- puede pedir a alguien que viva en pecado. Tercero: nadie puede alegar tener “cierta seguridad moral” sobre lo que “Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites de cada uno”. Estas enredadas expresiones significan sólo una cosa: legitimación del relativismo moral y jugar con los mandamientos divinos.

Este Dios, comprometido más que nada con eximir al hombre de reproche, este Dios que busca circunstancias atenuantes, este Dios que se abstiene de condenar y prefiere comprender, este Dios que “nos es tan cercano como una madre que canta una canción de cuna”, este Dios que no es un juez sino que es “cercanía”, este Dios que habla de “fragilidad” humana y no de pecado, este Dios que se inclina por la lógica del “acompañamiento pastoral”, es una caricatura del Dios de la Biblia. Porque Dios, el Dios de la Biblia, es muy paciente, pero no descuidado; es amante, pero no permisivo; es considerado, pero no acomodaticio. En una palabra: es Padre en el sentido más pleno y auténtico de la palabra.

La perspectiva que adopta Bergoglio parece ser, en cambio, la del mundo, que a menudo no rechaza enteramente la idea de Dios, pero sí rechaza los rasgos de Dios que sintonizan menos con una rampante permisividad. El mundo que no quiere un verdadero padre, amante en la misma medida en que también juzga, sino que quiere un camarada; o mejor, todavía: un compañero de ruta que deja pasar las cosas y que dice “¿quién soy yo para juzgar?”.

En otras ocasiones he escrito que, con Bergoglio, triunfa una visión que destruye la verdadera: es la visión que nos dice que Dios no tiene derechos, sólo deberes: no tiene derecho a recibir un culto digno de Él, ni a que nadie se burle de Él, pero sí tiene el deber de perdonar. Según esta visión, sucede con el hombre todo lo contrario: éste no tiene deberes, sólo derechos; tiene derecho a ser perdonado, pero no el deber de convertirse. Es como si pudiera existir para Dios un deber de perdonar y un derecho del hombre de ser perdonado.

Pío XII
(Foto: Vatican News)

Esta es la razón por la que Bergoglio, caracterizado como el Papa de la misericordia, es, me parece, el Papa menos misericordioso que se pueda imaginar. En realidad, Bergoglio descuida la primera y más fundamental forma de misericordia que le corresponde y le corresponde sólo a él: predicar la ley divina y, al hacerlo, señalar a la creatura humana, desde lo alto de su autoridad suprema, el camino que lleva a la salvación y a la vida eterna.

Si Bergoglio ha inventado un “dios” de este tipo -al que me refiero, intencionalmente, con una “d” minúscula porque no es el Dios Uno y Trino que adoramos- es porque para Bergoglio no existe falta -ni personal ni colectiva, ni original ni actual- por la que el hombre deba pedir perdón. Pero si no hay falta, entonces no hay Redención, y sin la necesidad de Redención la Encarnación carece de sentido, y mucho más la tarea salvífica del Arca de salvación que es la Santa Iglesia. Uno se pregunta si ese “dios” no es, más bien, el simia Dei -la imitación de Dios-, Satán, que nos empuja hacia la condenación precisamente en el momento en que niega que los pecados y vicios con que nos tienta pueden matar nuestra alma y condenarnos a la eterna pérdida del Bien Supremo.

Así pues, Roma está sin Papa. Pero en tanto que en la distópica novela de Guido Morselli Roma senza Papa ello era así desde el punto de vista físico, ya que el Papa de la ficción se había ido a vivir en Zagarolo, hoy Roma está sin Papa en un sentido mucho más profundo y radical.

Me parece ya oír la objeción: ¿Pero cómo puede decir que Roma está sin Papa cuando Francisco está en todas partes? Está en la TV y en los periódicos. Ha estado en la portada de Time, Newsweek, Rolling Stone e incluso en Forbes y Vanity Fair. Está en sitios web y en incontables libros. Ha sido entrevistado por todo el mundo, incluso por la Gazzetta dello Sport [nota del traductor al inglés: el periódico italiano de deportes que es el periódico de cualquier tipo más leído en Italia]. Quizá nunca antes un Papa ha estado tan presente y ha sido tan popular. Respondo: todo ello es cierto, pero se trata de Bergoglio, no de Pedro.

Ciertamente no le está prohibido al Vicario de Cristo preocuparse de las cosas del mundo. Al contrario. La fe cristiana es una fe encarnada, y el Dios de los cristianos es un Dios que se ha hecho hombre, que se ha hecho historia; así se aparta el cristianismo del exceso de espiritualismo. Pero una cosa es estar en el mundo, y otra totalmente distinta llegar a parecerse al mundo. Al hablar como el mundo y razonar como razona el mundo, Bergoglio ha dejado que Pedro se evapore, y se ha puesto él en la primera línea.

Lo repito: el mundo, este mundo nacido de la revolución de 1968, no quiere un verdadero padre. Prefiere un camarada. La enseñanza de un padre, si es verdaderamente padre, es laboriosa, porque muestra el camino de la libertad con responsabilidad. Es mucho más conveniente tener simplemente al lado alguien que a uno lo acompaña, sin señalar nada. Y esto es precisamente lo que hace Bergoglio: muestra un “dios” que no es un padre, sino un camarada. No es una coincidencia que la “Iglesia en salida” de Bergoglio ame el verbo “acompañar”, igual que hace el modernismo. Se trata de una Iglesia que es un compañero de ruta, que lo justifica todo (mediante un distorsionado concepto de discernimiento) y, al cabo, lo relativiza todo.

Jesús es completamente claro en este punto. “Ay de vosotros cuando los hombres hablen bien de vosotros”(Lc 6, 26). “Bienaventurados seréis cuando os odien y os expulsen y os injurien o proscriban vuestro nombre como maldito por causa del Hijo del Hombre” (Lc 6, 22).

De vez en cuando circulan rumores de que Bergoglio está también pensando en renunciar, como Benedicto XVI. Creo que no piensa en absoluto en ello, y que el problema es otro: el problema es que Bergoglio se ha transformado en el protagonista de facto de un proceso de renuncia de los deberes de Pedro.

He dicho ya en algún lugar que Bergoglio se ha convertido en el capellán de las Naciones Unidas, y creo que esta decisión tiene una insólita gravedad. Sin embargo, más grave aún que su adhesión a la agenda de las ONU y a lo políticamente correcto es que ha dejado de hablarnos del Dios de la Biblia y de que el Dios que está en el centro de su predicación es un Dios que hace desaparecer la culpa de los hombres, no un Dios que perdona.

La crisis de la figura paterna y la crisis del papado van de la mano. Tal como el padre, rechazado y desmantelado, se transformó en un compañero genérico sin ningún derecho a indicar el camino, así también el Papa ha dejado de ser el portador e intérprete de la ley divina objetiva y ha preferido transformarse en un simple camarada.

De este modo, Pedro se ha evaporado justo cuando más necesitábamos que nos mostrara a Dios como un Padre que nos abraza, un Padre amoroso no porque es neutral, sino porque juzga; un Padre misericordioso no porque es permisivo sino porque está decidido a mostrar el camino al verdadero bien; un Padre compasivo no porque es relativista sino porque desea vivamente mostrar el camino a la salvación.

Pietro Vanucci (El Perugino), Entrega de las llaves a San Pedro, 1481-1482, Capilla Sixtina (Vaticano)
(Imagen: Wikipedia)

Advierto que el protagonismo a que se abandona Bergoglio no es una novedad, sino que tiene su raíz, en gran medida, en la nueva formulación conciliar antropocéntrica, de acuerdo con la cual los Papas, obispos y clérigos se anteponen a su sagrado ministerio, anteponen su voluntad a la de la Iglesia y sus opiniones a la ortodoxia católica, y sus particulares extravagancias litúrgicas a la sacralidad del rito.

Esta personalización del papado se ha hecho presente desde que el Vicario de Cristo, queriendo presentarse “como uno de nosotros”, renunció al uso de este plural humilitatis con el que mostraba que hablaba no a título personal sino en unión con todos sus predecesores y con el mismo Espíritu Santo. Piénsese en ello: ese sagrado “Nos” que hizo a Pío IX temblar al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, igual que tembló San Pío X al condenar el modernismo, no podría jamás haberse usado para apoyar el idolátrico culto de la Pachamama, ni para formular la ambigüedad de Amoris Laetitia o de Fratelli Tutti.

Sobre el proceso de personalización del Papado (al cual el arribo y desarrollo de los mass media hicieron una importante contribución), debemos recordar que hubo un tiempo en que, al menos hasta Pío XII (incluido éste), a los fieles no les importaba mucho quién era el Papa, porque en todo caso sabían que, fuere quien fuere, enseñaría siempre la misma doctrina y condenaría los mismos errores. Al aplaudir al Papa se aplaudía no tanto a quien estaba en el trono sagrado en ese momento sino al papado, la realeza sagrada del Vicario de Cristo, la Voz del Pastor Supremo, Jesucristo.

Bergoglio, a quien no le gusta presentarse a sí mismo como sucesor del Príncipe de los Apóstoles, y que ha relegado el título de “Vicario de Cristo” a las ultimas páginas del Annuario Pontificio, se separa implícitamente de la autoridad que Nuestro Señor confirió a Pedro y a sus sucesores. Y esto no es un punto meramente canónico, sino una realidad cuyas consecuencias son muy serias para el papado.

¿Cuándo volverá Pedro? ¿Por cuánto tiempo estará Roma sin Papa? No vale la pena preguntar. Los designios de Dios son misteriosos. Sólo podemos orar al Padre Celestial diciendo: “Que se haga tu voluntad, no la nuestra. Ten misericordia de nosotros, pecadores”.

martes, 23 de febrero de 2021

Primer Domingo de Cuaresma

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 4, 1-11):

“En aquel tiempo, fue llevado Jesús al desierto por el Espíritu Santo, para ser allí tentado por el diablo. Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre. Y llegándose a Él el tentador, le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Mas Jesús le respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces le transportó el diablo a la santa ciudad, y púsole sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo, porque escrito está: Que mandó a sus ángeles cerca de ti, y te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie contra alguna piedra. Jesús le dijo: También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios. De nuevo le subió el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo, y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si prosternándote me adorares. Díjole entonces Jesús: ¡Vete de aquí, Satanás! Porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a Éñ solo servirás. Entonces le dejó el diablo; y he aquí que los ángeles se acercaron y le servían”.

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Ya se nos ha advertido: batalla es la vida del hombre sobre la tierra. Nos lo han dicho al comenzar la Cuaresma. Y el Señor nos lo demuestra en forma realísima y gráfica en este estremecedor episodio del Evangelio.

Nadie podrá ir adonde Jesús y decirle “Señor, es que soy tentado todo el día, es que la tentación es demasiado feroz…”. El Señor le dirá: “Yo soy hombre igual que tú, y sé lo que es ser tentado; y sé lo que es la feroz tentación de la urgencia trófica, la del hambre desesperada, una tentación de comer en que al hombre se le va, literalmente, la vida; pero resistí y vencí y tú, que eres parte de mi Cuerpo Místico, puedes resistir y vencer conmigo”. ¡Con cuánta razón puede decir el Señor “hombre soy, y nada de lo que es humano desconozco”! ¡Y con cuánta misericordia permitió que la Bestia se le aproximara y le echara encima su fétido aliento, para poder darnos, con su victoria, ejemplo, aliento y ayuda! Sobre todo, ayuda: “fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas; antes dispondrá con la tentación el éxito para que podáis resistirla” (1 Co 10, 13). Más todavía: si queremos, el Señor permite que de la tentación aprendamos y saquemos beneficio, porque, como dice San Pablo, “la tribulación produce la paciencia; la paciencia, una virtud probada, y la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones” (Rm 5, 4-5).

Hay quienes, luego de largas y terribles luchas interiores, logran apartarse de la tentación, pero sin imaginárselo, de pronto ceden a ella y caen. Estando en el suelo y humillados, sobreviene la peor tentación de todas, la del desaliento, la de la soberbia herida que ve que, al fin y al cabo, uno es débil y no logra jamás consolidarse por sus propias fuerzas: porque, en efecto, no hay “técnica mental” o “espiritualidad oriental” capaz de purificarlo a uno por dentro y dejarlo convertido en un santo. El hombre santo no es el que no peca nunca sino el que, vencido por la tentación, cae y, caído, se levanta inmediatamente de un salto, como impulsado por un resorte, y se pone de pie y pide perdón a Dios. Perdón y ayuda. Aun más: agradece la humillación de la caída, y pide perdón y ayuda. “¡Gracias, perdón y ayuda!”: tal es la exclamación que debe estar en nuestros labios cada vez que pecamos.

Se dice que Lutero fue siempre víctima de terribles tentaciones de diverso tipo, y que ello terminó por hundirlo en una depresión que, al cabo, no es más que una profunda humillación, y a convencerlo de que la naturaleza humana no es capaz de vencer el mal: en último término, no es capaz de adquirir el mérito de vencer; es incapaz absolutamente de mérito.

Hay aquí varios errores juntos porque, primeramente, la tentación no es mala por sí misma: la tentación rechazada no es pecado, por mucho que nos zarandee y humille; y, en segundo lugar, si Cristo venció la tentación, nosotros, que somos parte de su Cuerpo Místico, también podemos vencer, pero no por ser nosotros quienes somos, no por nuestras propias fuerzas, sino por ser parte de ese Cuerpo y por la fuerza que, siéndolo, nos comunica Dios como a miembros suyos. Es la fuerza que Dios nos da lo que hace que podamos merecer y ser capaces del premio que Él nos tiene reservado: sin mérito, no hay premio, así como, sin culpa, no hay castigo. Pero nuestro mérito lo debemos a Su misericordia que nos da la fuerza para vencer y merecer. Por eso, San Bernardo dice, en uno de sus sermones, con fórmula breve y lapidaria: “mi mérito es tu misericordia”.

Finalmente, si las tentaciones nos agobian, huyamos de ellas. En otras palabras, evitemos las ocasiones de ser tentados. No nos pongamos al alcance del diablo. Santa Teresa de Ávila decía que el diablo es como un perro feroz, pero encadenado: no puede causarnos mal, si no nos acercamos a él. Y recordemos que el Señor nos da, junto con la lección tácita de estas tentaciones en el desierto, la lección expresa del Padre Nuestro: no le pedimos a Dios no ser tentados; lo que le pedimos es no caer en la tentación, no ceder a ella.

Sandro Botticelli, Las tentaciones de Cristo, 1498-1500, Capilla Sixtina (Vaticano)
(Imagen: Wikipedia)

sábado, 20 de febrero de 2021

Miércoles de Ceniza

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 6, 16-21):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Cuando ayunéis, no os pongáis tristes, como los hipócritas, los cuales desfiguran su rostro para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo, que ya recibieron su paga. Mas tú, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava bien tu cara, para que no conozcan los hombres que ayunas, sino solamente tu Padre, que está presente a todo, aun lo que hay de más secreto; y tu Padre que ve lo más secreto te lo premiará. No amontonéis tesoros en la tierra, donde el orín y la polilla los roen, y donde ladrones los desentierran y roban. Mas atesorad para vosotros tesoros en el cielo, donde no hay orín, ni polilla que los consuma; ni tampoco ladrones que los desentierren y roben. Porque en donde está tu tesoro, allí está también tu corazón”.

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La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud, según decía La Rochefoucault. Pero siendo un acto del vicio, la hipocresía es mala. Aun así, sólo hay hipocresía donde se distingue la virtud del vicio, el bien del mal. Que es más de lo que se puede decir del mundo moderno en que vivimos, donde la frontera entre lo bueno y lo malo ha desaparecido, y donde es “bueno” lo que “yo” digo que es: un “yo” que cree haber comido del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, pero que, en esto, está profundamente equivocado, no siendo más que una víctima del Enemigo que, como dice la Escritura, “fue mentiroso desde el principio”.

Siendo un mal, el Señor condena la hipocresía en el texto de hoy. Más que una condena, sin embargo, el Señor señala su necedad, aludiendo a aquel que se mortifica, pero deseando con ello solamente ser visto y admirado por quienes lo rodean. ¡Magro premio, dice el Señor!: ¡qué paga tan miserable, tan exigua, y tan frágil! ¡Mortificarse y hacer penitencia sólo por que los demás nos alaben -y nos envidien-!...

Y, llamándonos a la cordura, nos anima el Señor, en esta cuaresma que comienza, a hacer penitencia, pero de tal modo que sólo Dios lo sepa. Y añade: “y tu Padre que ve lo más secreto te lo premiará”.

Son muchas las veces que Jesús, en el Evangelio, habla del premio de nuestras buenas obras, incluida, ciertamente, la penitencia. También San Pablo, en la Epístola de Septuagésima que hemos leído hace algunas semanas, nos dice que los que corren en el estadio, haciendo todo tipo de esfuerzos y entrenándose y privándose de cosas con el fin de ser más rápidos, lo hacen por un premio corruptible, animándonos, de este modo, a mortificarnos por un premio incorruptible, que Dios tiene preparado a los que, corriendo espiritualmente, perseveran hasta el fin: “¿No sabéis que los que corren en el estadio todos corren, pero uno solo alcanza el premio? Corred, pues, de modo que lo alcancéis” (1 Co 9, 24)

El Señor nos premia, y nosotros no debemos despreciar ese premio que Él, a cada momento, nos pone ante la vista. Algunos maestros de vida espiritual dicen que el bien debe hacerse sólo por amor a Dios, olvidándonos del premio o, en otras palabras, que no debemos ser buenos por el premio que ello nos consigue. Pero Dios es más que un maestro espiritual, y sabe de qué barro estamos hechos, y nos sostiene en la lucha con la promesa del premio. ¿Cómo no desear ese premio? ¿Cómo decir “no quiero tu premio”, sino que te quiero a Ti? ¿Es que, realmente, podemos tenerlo a Él sin el premio que nos tiene preparado? ¡Y qué premio! Sobre él nos dice San Pablo: “Pero, según escrito está, ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co 2, 9).

Todavía más, el propio Señor nos ha dicho: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar” (Jn 14, 2).

Deseemos ese premio, esforcémonos en esta Cuaresma por correr para ganarlo, esperemos que el Señor cumpla su promesa. De este modo, estaremos ejercitando, en primer lugar, la virtud de la humildad, sin la cual no hay otra virtud posible: tengamos la humildad del que recibe agradecido, no la soberbia del campeón que declina aceptar la Gran Copa que ha ganado con un vanidoso “me basta con haber competido”. ¡Que a nosotros no nos baste!

Y estaremos ejercitando también la virtud de la esperanza: el Señor ha hecho una promesa (¡se ha dignado prometernos algo!), y debemos poner nuestra confianza en su Palabra y desear lo que nos quiere dar.

No seamos interiormente hipócritas: ya es suficiente desgracia ser hipócritas ante los demás; no queramos ser hipócritas ante nosotros mismos, diciéndonos en nuestra conciencia -que es nuestro “púbico” más querido- que somos buenos y admirables porque nos mortificamos “desinteresadamente”. Seamos humildemente interesados: con ello agradaremos más al Señor, empeñado en premiarnos, que si le dijéramos “sólo te quiero a Ti; guárdate tus premios”.

Joaquín Sorolla, Sevilla. Los nazarenos, 1914, Sociedad Hispánica de América (Nueva York, EE.UU.)
(Imagen: Wikipedia)

Nota bene: aquí se puede leer el Mensaje de Cuaresma para este año 2021 del papa Francisco, donde nos exhorta a renovar la fe, la esperanza y la caridad a partir de la perícopa "Mirad, estamos subiendo a Jerusalén..." (Mt 20, 18).

viernes, 19 de febrero de 2021

Reanudación de las Misas públicas (SUSPENDIDA)

Actualización [4 de marzo de 2021]: Por el paso de la comuna de Recoleta a fase 2 debido a las medidas sanitarias para enfrentar la pandemia de COVID-19, que impide la circulación durante el fin de semana, la Santa Misa celebrada en la Parroquia de Nuestra Señor del Carmen de El Santo SE SUSPENDE hasta nuevo aviso. Los mantendremos informados a través de nuestras redes sociales. 

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Debido a que la comuna de Recoleta se encuentra ahora en fase 3, lo que permite realizar actividades públicas durante los fines de semana con observancia de las medidas sanitarias impuestas por la pandemia de COVID-19, la Asociación Litúrgica Magnificat volverá a celebrar la Santa Misa tradicional de forma pública a partir de este domingo 21 de febrero, Primera Domínica de Cuaresma. 

Una vez más, y hasta que podamos volver a nuestra ubicación habitual, la Santa Misa se celebrará las 12.00 horas en la Parroquia Nuestra Señora del Carmen de El Salto, situada en calle Bombero Ramón Cornejo Núñez (ex Los Molles) 0340, El Salto, comuna de Recoleta (véase aquí el sitio web de la parroquia). En ella es titular nuestro capellán, el Rvdo. Milan Tisma Díaz.

Más información respecto de las condiciones de la Santa Misa en esta entrada. 

Recordamos que mientras no se restablezcan las condiciones normales, existe dispensa de cumplimiento del precepto dominical.