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miércoles, 29 de diciembre de 2021

Dorothy Day y la liturgia

Dorothy Day (1897-1980) fue una periodista, activista social y oblata benedictina. Si bien es conocida gracias a sus campañas por la justicia social y en defensa de los pobres en los Estados Unidos, no siempre se menciona que era una fiel y devota católica de profunda vida interior, cuya acción en el mundo estuvo siempre inspirada por la Doctrina social de la Iglesia reflejada en la enseñanza de las Sagradas Escrituras y el Magisterio. Fue este ímpetu el que la llevó a fundar, junto con Peter Maurin (1877-1949), el Movimiento del Trabajador Católico en 1933, que todavía existe y está basado en los principios del distribucionismo. Así lo recordó el papa Francisco en su discurso pronunciado ante el Congreso de los Estados Unidos el 24 de septiembre de 2015: "Su activismo social, su pasión por la justicia y la causa de los oprimidos estaban inspirados en el Evangelio, en su fe y en el ejemplo de los santos”. La vida de Dorothy Day sirve de recordatorio que la verdadera transformación del mundo según la ley del amor requiere previamente una conversión personal y una profunda vida sacramental y de oración. La acción de los laicos en medio del mundo debe estar inspirada por la gracia que actúa en sus almas, recordando que Cristo pidió al Padre no que quitase a sus discipulos del mundo, sino que los perservase del mal que ahí campea (Jn 17, 15). Sólo de este modo resulta posible trabajar con eficacia por un orden social cristiano. El 16 de marzo de 2000, el papa Juan Pablo II autorizó al Arquidiócesis de Nueva York para iniciar el proceso de promover su causa para la canonización. Desde entonces, Dorothy Day es sierva de Dios.  

Su vida es un buen ejemplo de la transformación radical que provoca la conversión de un alma que se vuelve a Cristo. Dorothy Day fue una mujer divorciada que abortó por miedo a ser abandonada por su amante. Trabajó como periodista de la izquierda estadounidense, defendiendo con ardor los derechos de las mujeres, el amor libre y el aborto. Pero estos pecados no le impidieron lograr una sincera conversión, la cual fue un estímulo para tratar de contagiar el Evangelio en la sociedad y así ser ejemplo de santidad en medio de lo cotidiano. Conocida es su respuesta a un periodista: "No me llame santa. No quiero que me despache tan fácilmente", recordando que la santidad no es un estado permanente, sino un camino largo y estrecho donde el alma debe identificarse con la voluntad de Dios, venciéndose a sí misma. Por eso, en una catequesis sobre la conversión hacia el final de su pontificado, Benedicto XVI elogiaba su "capacidad de oponerse a las lisonjas ideológicas de su tiempo para elegir la búsqueda de la verdad y abrirse al descubrimiento de la fe".  

Dorothy Day oyendo Misa (1973)

Dorothy Day dejó escrito el testimonio de su vida en dos libros: el primero de ellos se intitula Mi conversión. De Union Square a Roma y fue publicado en 1938 como una suerte de diálogo a su hermano menor, seducido por las ideas del marxismo, a quien está dedicado; el segundo es el más conocido, lleva por título La larga soledad y fue publicado en 1952. Ambos han sido traducidos a diversos idiomas, entre ellos el castellano. 

En el relato de su conversión, Day deja claro cómo la liturgia fue influyendo de manera paulatina en su encuentro definitivo con Dios. Como recuerdan Mark y Louise Zwick, "el catolicismo era para Dorothy el centro de su existencia. Su nervio vital [...] Participaba en la Misa diaria, visitaba al Santísimo Sacramento diariamente, rezaba la liturgia de las horas, rezaba el rosario y se confesaba semanalmente". Para llegar a esa vida de piedad, donde tampoco faltaba la lectura espiritual, primero tuvo que sortear diversos obstáculos y ser dócil a la gracia. 

Pero dejemos que sea la propia Dorothy Day quien cuente la influencia que tuvieron los ritos de la Iglesia católica en su camino hacia ella: 

Tal vez te sorprenda saber que, muchas mañanas, después de pasar la noche sentada en una taberna o al volver de bailar en Webster Hall, entaba en St. Joseph para oír la primera Misa. La iglesia estaba a la vuelta de la esquina de mi casa y me llamba la atención ver entrar a la gente a primera hora para la Misa diaria. ¿Qué encontraban allí? Era como si palpara la fe de quienes me rodeaban y tuviera ansias de ella. Por eso, solía entrar y quedarme arrodillada en el último banco de St. Joseph y es posible que incluso suplicara: "Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador". 

Interior de la Parroquia Saint Joseph (Yorkville, Manhattan) en la época en que Dorothy Day asistía a ella

Se trabajaba mucho [en el hospital], pero la alegría y el entusiasmo de la señorita Adams resultaban contagiosos. Era católica y durante el año siguiente llegamos a mantener una relación tan estrecha que acabé admirándola mucho, y atribuía su bondad natural y su competencia a la fe que profesaba. Sólo asistía a Misa una vez a la semana y nunca hablaba de religión. En su habitación no había libros católicos, a excepción de un devocionario, que utilizaba en contadas ocasiones. Pertenecía a esa clase de católicos cuya fe forma parte de su vida de un modo tan sólido que no necesitaba hablar de ella. Yo percibía la salud de su alma. La notaba fuerte y vigorosa, pero la señorita Adams no hablaba de ello porque más de lo que lo hacía de su salud física. Empecé a acompañarla a Misa los domingos por la mañana, aunque eso significara privarse de una pocas horas de descanso muy necesario. La Misa se celebraba a las cinco o cinco y media. Nosotras trabajábamos de siete de la mañana a siete de la tarde y librábamos medio día de domingo y otro medio día entre semana. Se suponía que por las tardes teníamos dos horas libres, pero en realidad las dedicábamos a las clases. 

[En Nueva Orleans] Vivíamos en St. Peter Street, enfrente del Cabildo y de la Catedral. Yo encontré trabajo en un periódico matutino, The Item, y ese invierno me dediqué exclusivamente al periodismo, escribiendo entrevistas y reportajes de interés humano. Muchas tardes tenía trabajo que hacer, pero, cuando no era así y oía las campanas de la catedral llamando a algún acto vespertino [Nota de la Redacción: las Misas vespertinas sólo fueron autorizadas por el papa Pío XII en 1957], solía entrar en el templo. Fue la primera vez que asistí a una Bendición y me causó una profunda impresión. Solamente la devoción que reflejaba la postura corporal de quienes estaban allí me hacía me hacía inclinar la cabeza. ¿Percibía tal vez una presencia? No lo sé. Pero sí recordaba estas palabras de la Imitación [de Cristo] [del que en otra parte del libro dice: "es un libro que me ha acompañado toda la vida"]: "¿Quién, llegando humildemente a la fuente de la suavidad, no vuelve con algo de dulzura? ¿O quién está cerca de algún gran fuego, que no reciba algún calor?" (Libro IV, Capítulo IV). 

Quería saber qué decían los himnos de la Bendición y compré un librito de oraciones en una tienda de objetos religiosos de esa misma calle, un poco más abajo. Leía la Misa. Por las mañanas tenía que estar en el trabajo en torno a las siete y los domingos estaba demasiado cansada para levantarme temprano. Pero ese librito me enseñó muchas cosas. No conocía a ningún católico en Nueva Orleans. Si alguno de mis conocidos lo era, siquiera de nombre, no me lo dijo. Nadie me habló de ese tema. Pero mi pieda era sincera y continué haciendo "visitas".

El arzobispo Marcelino Olaechea imparte la bendición con el Santísimo Sacramento en la Parroquia de Nuestra Señora del Socorro, de Valencia (1961)

Ahora voy a Misa todos los domingos por la mañana [Nota de la Redacción: se refiere al período en que vivía en la Isla Staten, en el estado de Nueva York, sin haber sido todavía recibida formalmente en la Iglesia católica]. 

Mi hija [Teresa] nació en marzo [de 1926], al final de un crudo invierno. En diciembre tuve que dejar el campo y alquilar un pequeño departamento en la ciudad [de Nueva York]. Se estaba bien allí, cerca de los amigos, cerca de una iglesia en la que poder detenerme a rezar. Leía mucho la Imitación de Cristo. Sabía que iba a bautizar a mi hija en la Iglesia católica, por alto que fuera el precio. Sabía que no la iba a dejar dando tumbos durante años, como me había ocurrido a mí, entre dudas y vacilaciones, sin disciplina y sin moral. Creía que era lo mejor que me podía hacer por un hijo. En cuanto a mí, pedí el don de la fe. Estaba y no estaba segura. Y posponía mi decisión. 

Finalmente, llegó el gran día y pasó. [En julio de 1927] Teresa recibió el bautismo y se convirtió en miembro del Cuerpo Místico de Cristo. Yo no sabía nada del Cuerpo Místico: de otro modo, tal vez me habría inquietado separarme de ella. 

Por fin, precipitadamente y llena de dudas derivadas de esa prisa indecorosa, tomé la decisión de acabar con mis titubeos y me bauticé. 

Fue un día tristísimo de diciembre de 1927 [el 28 de ese mes, fiesta de los Santos Inocentes, que hoy también sirve para conmemorar a los niños abortados], y el viaje desde la ciudad hasta Tottenville, en Staten Island, se me hizo largo. Mientras cruzaba la brumosa bahía en el ferry, no me abandonó la lúgubre idea de que estaba actuando con demasiada precipitación. No me sentía en paz, ni alegre, ni siquiera convencida de que estaba en lo correcto. Simplemente, era algo que tenía que hacer, una tarea que cumplir. Cuando me permitía pensar, dudaba de mí misma. Me odiaba por ser débil e indecisa. Me consumía la inquietud y no hacía más que caminar de aquí para allá en la cubierta del ferry; mi angustiado espíritu casi me hacía gemir. Quizá el demonio estuviera en el barco. 

Allí me estaba esperando la hermana Aloysa [que pertenecía a las Hermanas de la Caridad] para actuar de madrina. Ni siquiera sé si hubo padrino. El padre Hyland, amablemente y con discreción, sin expresar ninguna emoción, me oyó en confesión y me bautizó. 

Por fin era católica, aunque nunca he sentido menos la paz, la alegría y el consuelo que posteriores experiencias me han demostrado que la religión es capaz de aportar. 

Al año, celebré llena de gozó mi confirmación y nunca pasa Pentecostés sin un renovado sentimiento de felicidad y agradecimiento por mi parte. Fue entonces cuando me abandonó la incertidumbre para -¡gracias a Dios!- no regresar jamás. 

Dorothy Day recogida durante la Misa (1973)

A comienzo de la década de 1940, Dorothy Day comenzó a participar de la espiritualidad benedictina. En 1955 profesó como oblata de la Abadía de San Procopio, de Lisle, Illinois. Los cambios litúrgicos que trajo consigo el Concilio Vaticano II no fueron indiferentes para Dorothy Day. En una columna publicada en The Catholic Worker en de marzo de 1966 escribió: "Me temo que soy un tradicionalista, porque no me gusta ver la Misa ofrecida con una gran taza de café como cáliz". También es conocida la reconvención que hizo al R.P. Daniel Berrigan, S.J., cuando éste iba a decir la Santa Misa en una de las granjas de trabajadores católicos que había en Nueva York. Berrigan estaba a punto de salir de la sacristía revestido sólo con la estola, como empezó a ser costumbre por aquellos años. Day lo detuvo y le insistió en que se pusiera las vestimentas adecuadas antes de comenzar la Misa. Cuando Berrigan se quejó de estos escrúpulos respecto del vestuario litúrgico que contrariaban los signos de los tiempos, ella le respondió: "En esta granja obedecemos las leyes de la Iglesia". El sacerdote volvió atrás, se revistió correctamente y volvió a salir para rezar la Santa Misa con los ornamentos que manda la Iglesia.

Sin embargo, no todos los cambios de aquellos años le desagradaban, puesto que consideraba que la nueva liturgia ayudaba a acercar a los fieles al misterio. También le gustaban los cantos de los salmos según las composiciones del R.P. Joseph Gellineau, S.J. Siguió asistiendo devotamente a Misa todos los días, pues señalaba que necesitaba del alimento espiritual tanto como del corporal. 

Dorothy Day concluye su libro La larga soledad casi de la misma manera como acaba la Divina Comedia de Dante: "La palabra final es amor. […] No podemos amar a Dios, si no nos amamos unos a otros, y para amar tenemos que conocernos unos a otros. A Él le conocemos en el acto de partir el pan, y unos a otros nos conocemos en el acto de partir el pan y ya nunca estamos solos. El cielo es un banquete y la vida es también un banquete, aun con un mendrugo de pan, allí donde hay comunidad. Todos hemos conocido la larga soledad y todos hemos aprendido que la única solución es el amor y que el amor llega con la comunidad". Todo converge hacia el Amor, aquel que mueve el sol y todas las demás estrellas, aquel en que en el otoño de nuestras vidas seremos juzgados, aquel que es constitutivo formal de Dios, aquel que es el contenido del libro que el Ángel entrega al profeta en el Apocalipsis. Ese Amor es "el corazón de la fe cristiana", porque refleja "la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino", como enseña el papa Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est (2005). 

El amor de Cristo por el mundo, al cual amó hasta el extremo, Dorothy Day lo veía reflejado sobre todo en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, hoy tan menospreciado: 

La pregunta es: ¿por qué instituyó Cristo este sacramento de su Cuerpo y su Sangre? La respuesta es muy sencilla: porque nos amaba y deseaba estar con nosotros. "Mis delicias son estar con los hijos de los hombres". Él nos ha creado y nos ama. Su presencia en el Santísimo Sacramento es la gran prueba de ese amor. 

En su ejemplar del libro Piedad litúrgica, de su contemporáneo el R.P. Louis Bouyer, C.O., Dorothy Day había subrayado un pasaje sobre el sentido que tiene el tomar la propia cruz para el cristiano. Bouyer decía en ese texto que uno “no puede evitar sobrellevar la carga de su dolor sobre sí mismo. Pero este hecho e también es lo que permite que el cristiano ame al mundo con el amor de Aquel que 'tanto amó al mundo que dio Su Hijo Unigénito'". El amor cristiano nace del sacrificio de Cristo en la cruz, el cual se renueva diariamente sobre el altar en la Santa Misa. Se comprueba así cuán cierta es esa triple amnesia que sufrió la Iglesia después del Concilio Vaticano II y que denunciaba el Dr. Peter Kwasniewski, consistente en haber dejado de lado la sagrada liturgia, la doctrina social y el pensamiento de Santo Tomás de Aquino como tres elementos que deben estar unidos (véase aquí y aquí el capítulo 14 de su libro Resurgimiento en medio de la crisis: Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia).

Dorothy Day en Misa. La foto fue tomada en 1973

Nota de la Redacción: Las referencias sobre la importancia de la liturgia en su conversión y sobre el significado de la presencia de Jesús bajo las especies eucarísticas están tomadas de Day, D., Mi conversión. De Union Square a Roma (trad. de Gloria Esteban, Madrid, Rialp, 2014), pp. 93-94, 98, 110-111, 123, 128, 137, 140-141 y 158. La cita de La larga soledad procede del artículo de Jaime Nubiola publicado en Omnes. Las anécdotas relativas a la Misa reformada provienen de un artículo publicado en The ISM Yale Review y de Wikipedia. Para los datos biografías de Dorothy Day se ha acudido a Wikipedia (en castellano y en inglés), Aciprensa y Encuentra, además del prólogo y el epílogo del libro Mi conversión (pp. 11-14 y 169-174, respectivamente). Los créditos de las fotografías se indican al pie de cada una de ellas. 

sábado, 10 de julio de 2021

Liturgia como trabajo versus liturgia como ocio

Les ofrecemos hoy la segunda parte de una serie de dos entregas del Dr. Peter Kwasniewski referida a la necesidad de apartar los deseos del activismo para que la vida espiritual fructifique. La primera parte, que publicamos la semana pasada, puede verse en este enlace. El objetivo del autor es mostrar la prioridad que tiene la contemplación, de la cual debe nacer la verdadera fuerza del cristiano. El mensaje recuerda la enseñanza de San Rafael Arnaiz (1911-1938), conocido como el Hermano Rafael, quien dejó escrito: "¿Por qué se extraña el mundo de que unos hombres llenos de buena voluntad se dediquen a hincar sus rodillas y eleven su corazón a Dios? Los creen inútiles, los llaman egoístas, locos, y que están perdiendo su tiempo...; pero no es así, los hombres que se dedican a la oración son los únicos que saben aprovecharlo" (Saber esperar, núm. 719). Para este santo, la oración es lo único que impide a Dios barrer con la humanidad (Saber esperar, núm. 720). Por eso, hay que convertir el tiempo en gracia y plenitud, siguiendo el consejo de "velad y orad" (Mt 26, 41).

El artículo fue publicado por New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes provienen de la versión original. 

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Liturgia como trabajo versus liturgia como ocio

(Segunda parte de una serie de dos, “Exorcizar el demonio del activismo”)

Peter Kwasniewski 

La semana pasada escribí sobre la tendencia de los cristianos modernos a priorizar la actividad -buenas obras, trabajo social, en breve, la dimensión “horizontal”- por sobre la dimensión “vertical” de la relación individual y colectiva con Dios y su Reino, tal como la encontramos y cultivamos en la oración personal y litúrgica. Para nadie es un secreto que lo que domina en nuestro mundo es la actitud pragmática y utilitaria, que domina también, lamentablemente, en nuestra Iglesia. Es inusual el pastor de almas que se toma a sí mismo en serio y, a continuación, enseña a los demás, con su ejemplo y su palabra, que buscar la unión contemplativa con Dios es, de modo absoluto, la primera prioridad en la vida de todos los hombres que han existido y que existirán, y que ello significa dar a Dios lo mejor de nuestro tiempo y de nuestros recursos. A veces pienso que el juicio final ha de girar inicialmente en torno a la cuestión de por qué dimos a Dios tan poco de nuestro tiempo, de nuestra atención y de nuestro amor cuando Él estuvo entre nosotros en símbolos y en la Presencia Real, y que sólo después de que este defecto fundamental haya sido detenidamente examinado, se llevará a cabo la aterradora revisión de nuestros particulares pecados, ofensas y negligencias.

El heroico jesuita P. Willie Doyle, s.j. (1873-1917), que gastó su vida al servicio de sus hombres en el campo de batalla, durante la Primera Guerra Mundial, como bienamado y valiente capellán militar (y que, por tanto, no puede ser acusado de piadosas ensoñaciones), dijo una vez: “¿Ha pensado usted alguna vez en que cuando el Señor señaló las “mieses listas para la cosecha” no mandó a sus Apóstoles ir a recogerla, sino rezar?” (recordemos Mt 9, 37-38: “Entonces dijo a sus discípulos: La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”).

La crítica que hizo el papa San Juan Pablo II al empobrecimiento de las relaciones personales en la sociedad materialista sugiere un impactante paralelo con la confusión de lo primario con lo secundario en la vida de la Iglesia: “El criterio de la dignidad de la personal -que exige respeto, generosidad y servicio- es reemplazado por el criterio de la eficiencia, de la funcionalidad y de la utilidad: los demás son considerados no por lo que “son” sino por lo que “tienen,  y hacen, y producen” (Evangelium Vitae, núm. 23).

Los reformadores litúrgicos cometieron una torpeza análoga. El criterio de la dignidad litúrgica -que exige un profundo respeto por la tradición (prerrequisito para internalizar su sabiduría), una generosa auto-renuncia ante sus demandas de ascesis y de cumplimiento de las rúbricas, y un sincero servicio a los fieles al ofrecerles una continua formación-, fue reemplazado por los criterios activistas de eficiencia, funcionalidad y utilidad ad extra. Había que juzgar la liturgia no por lo que ella es, en su esencia misma, sino por sus externalidades, su facilidad en relación con nosotros, su satisfacción de nuestras necesidades no educadas, su satisfacción de nuestros deseos y, poniéndonos en el mejor de los casos, su estimulación de nuestras actividades apostólicas. La liturgia se transformó en una sociedad mutualista para el deísmo moralístico y terapéutico, con un toque católico decorativo.

Un ritual contemplativo, como el que la Iglesia ofreció a Dios antes de mediados de la década de 1960, no podrá jamás resistir las incesantes demandas del pragmático de producir resultados instantáneos o de producir “algo” continuamente. Todo esto se debe a un error fundamental: se toma el trabajo, más que el reposo, como el paradigma de lo que está en acto. Conviene que nos detengamos en este punto.

Aristóteles introdujo en la filosofía una de las distinciones más útiles que jamás se ha hecho, la diferencia entre “acto primero” y “acto segundo” (o, según algunas traducciones, actualidad primera y actualidad segunda). Podemos entender esta distinción, que no es lógica sino metafísica, considerando una serie de ejemplos tomados de la experiencia común e intuyendo qué es lo que tienen en común: por ejemplo, ser capaz de ver versus ver efectivamente; estar vivo pero dormido versus estar despierto; ser capaz de conocimiento intelectual o habitual versus entender efectivamente una esencia, algo que ocurre cuando el conocedor y lo conocido, sujeto y objeto, son uno y lo mismo. Esta última situación es “estar en pleno quehacer” (en el lenguaje de Joe Sachs, influido por Heidegger), pero, paradojalmente, no se trata de estar trabajando laboriosamente en algo, sino de permanecer activamente en posesión de una forma o de una perfección. La capacidad de trabajar está ordenada hacia el trabajar (lograr actualidad), pero el trabajo está ordenado hacia un cierto “descanso” (actualidad plenamente lograda). Lo que Abraham Maslow llama “un estado de flujo” es precisamente -a esto se refiere Aristóteles- este segundo acto/actualidad, en su cúspide.

La solemne liturgia pública de la Iglesia, aunque supone los esfuerzos conjuntos de diversas personas, es esencialmente esta última clase de trabajo: es estar “en situación de pleno trabajo” en la actualidad de Cristo, que Él comparte con nosotros como un desbordamiento, como una redundantia, del cielo, al que nos unimos como ramas u hojas que van flotando curso abajo más que como camiones que acarrean gravilla o aplanadoras que aplanan asfalto. No estamos haciendo un mundo mejor por el trabajo de nuestras manos, sino que estamos siendo rehechos a la imagen de Dios, que es acto puro.

El libro más conocido de Joseph Pieper se titula El ocio y la vida intelectual. Por “ocio” Pieper entiende lo que hacemos por razón de sí mismo, una vez que todas nuestras demás necesidades prácticas están satisfechas. El ocio no es relajo, que es un intervalo de inacción antes de reanudar nuestras acciones. Ni es tampoco exactamente lo mismo que recreación, que es entretenemos a nosotros mismos, o mutuamente unos con otros, de una manera más o menos dignificada. El ocio es la actividad refleja y contemplativa de gozarse en lo que es real, con toda la mente y el corazón, sin ningún otro negocio que nos urja o nos distraiga; es descansar con admiración y gratitud en la bondad de la creación y de su Creador; es aquello a que el hombre virtuoso se esfuerza por dar cabida, porque es la mejor de las actividades humanas y, de hecho, algo que es más que humano.

Ver la “liturgia como trabajo” y ver la “liturgia como ocio” son, pues, dos formas básicas de ver esta realidad. La primera es activista, la segunda, contemplativa; una está basada en el paradigma del compromiso y la producción, la otra en el paradigma de la receptividad, del abandono, del descanso. Los partidarios de la primera concepción se imaginan a sí mismos haciendo lo correcto, construyendo en la realidad un correcto estado de cosas, y piensan por ello que sus oponentes son “pasivos”, “observadores mudos”. Los partidarios de la segunda concepción se ven a sí mismos primariamente como contemplando y amando lo que es bello o noble de por sí, y consideran, por tanto, que un cierto tipo de pasividad es una virtud, y que la observación reposada es una forma de abrir el alma al poder de alguien que actúa para conformarla a Sí mismo. Como dice Andrew Louth, “participar contemplando le parece un defecto sólo a la atareada mente occidental” (The Study of Spirituality, p. 187). 

Profesiones monásticas: todos en esta foto son receptivos en postura y acción

Misas privadas monásticas (véase aquí algunas fotos recientes)

El P. Ray Blake se pregunta “¿por qué los contemplativos con problemáticos?”, y responde:

“Parece que es debido a algo relacionado con la 'otreidad' de sus vidas […] sus valores no son los del mundo contemporáneo: tienden a permanecer quietos más que a salir a las periferias del pensamiento contemporáneo, stat crux dum volvitur orbis, lo que significa que no coinciden 'con el programa'. Hay algo relacionado con la trascendencia y otreidad de sus vidas que dice cosas importantes sobre Dios; que Él está por sobre nosotros y más allá de nosotros, que es incognoscible, inefable, lo cual quiere decir que está fuera del control de los Reyes y de los gobiernos, e incluso de los eclesiásticos. La guerra contra la liturgia que habla de lo trascendente del período post-conciliar usa los mismos argumentos (o la misma falta de ellos) que usan quienes tienen problemas con la vida contemplativa. La liturgia que es sólo culto, que no pretende enseñar, o construir la comunidad o “celebrar”, en el sentido contemporáneo del término, es igualmente incomprensible: está más acerca del esse [ser] que del agere [obrar]”.

En su hermosa obra Love and Truth: The Christian Path of Charity (pp. 225-226), Jean Borella analiza brillantemente la mentalidad que hay detrás de la supresión de la oración y de la liturgia por razón de “necesidades sociales”:

“Ser universal, este mandamiento [del amor] es, por definición, una premisa aplicada a todo hombre; pero su cumplimiento no requiere, para que sea perfecto y para que nosotros seamos perfectos, que lo apliquemos sucesivamente a cada uno de los hombres. Esta interpretación es la que está implicada, sin embargo, en el modo cómo nuestros contemporáneos se han intoxicado con una caridad cuantitativamente ilimitada. Además, ¿por qué limitar el alcance de este mandamiento a la humanidad? ¿Acaso el orden cósmico no incluye a toda la creación, y no ha mandado Cristo que se enseñe el Evangelio a toda creatura, no sólo al hombre? Por otra parte, siendo inagotables, por definición, la imperfección, la miseria y la injusticia, el trabajo de la justicia exige la totalidad de mi tiempo y, por tanto, la totalidad de mi vida.

Por consiguiente, todo lo que no es derechamente un trabajo individual o colectivo de justicia [es considerado] un pecado mortal. La oración y la liturgia, que requieren momentáneamente la totalidad del hombre y la cesación de toda otra actividad en beneficio de la colectividad, se convierten ellas mismas en pecados mortales. Porque para orar, necesitamos retirarnos del mundo. No somos nosotros lo que lo decimos, sino Cristo, y todo lo que necesitamos es señalar que el mandamiento de la oración viene inmediatamente después de aquel pasaje tan frecuentemente citado, como si el Evangelio hubiera querido adelantarse a los errores modernos de interpretación: 'Tú, cuando ores, entra en tu habitación y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará' (Mt 6, 6).

El hic et nunc [aquí y ahora] de nuestra situación existencial implica unidad de acción. No podemos hacer varias cosas al mismo tiempo. El acto de orar y la liturgia excluyen, concretamente, la acción social y viceversa. Si la caridad activa significa absorber la totalidad de la capacidad caritativa, todo lo que se le opone debiera ser eliminado. Y por eso pensamos que la concepción moderna conduce directa y lógicamente a la eliminación del culto litúrgico y de la vida espiritual, es decir, a la eliminación de la Iglesia y, en último término, del teísmo, porque su oposición, in concreto, es estrictamente inevitable”.

Ahora bien, lo que describe Borella puede estimarse como un “caso límite” que jamás se alcanzará en este mundo, a pesar de los efectos sumados del activismo, la indiferencia y la maldad en las altas esferas y las bajas. Sin embargo, la lógica que lleva a él deja detrás de sí una estela de destrucción, a cuya vera yacen las vocaciones perdidas o jamás renovadas de decenas de miles de religiosos contemplativos después del Concilio, un enorme vacío en el Cuerpo Místico en la tierra que ninguna campaña de caridad, ni ningún programa pastoral, ni ninguna reforma litúrgica podría jamás llenar. Habrá una restauración del dinamismo misionero de la Iglesia y de su trabajo, antes incomparable, de caridad en el mundo, el día y lugar en que se redescubra y se vuelva a abrazar la primacía de la contemplación y del auténtico ocio de la liturgia. De un modo maravilloso, ocurre que el camino para alcanzar esa meta tan deseada es la meta misma: oración y culto. Los medios y el fin coinciden, porque nuestro “pan de cada día” es, por excelencia, el Hacedor del pan y de la Vida que El mismo imparte.  

jueves, 1 de julio de 2021

La Iglesia existe, primero que nada, para busca el Reino de Dios

Les ofrecemos hoy una nueva traducción del Dr. Peter Kwasniewski. Se trata de la primera parte de una serie de dos artículos dedicadas a combatir el activismo que muchas veces eclipsa la vida espiritual, porque se piensa que el celo por el mundo terreno refleja el cumplimiento del plan de Dios. Bajo distintas formas se insiste sobre la necesidad de preocuparse más de los cotidiano, dejando la piedad y la liturgia en un lugar secundario. Sin embargo, la enseñanza de Jesús apunta a distinguir entre lo principal (el Reino de Dios y su justicia) y lo accesorio (la añadidura), puesto que el propósito es adorar a Dios en espíritu y verdad (Mt 6, 33; Jn 4, 24). La Iglesia enseña que "el Reino de Dios es para nosotros lo más importante. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Última Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre" (CCE 2816). De ahí que los cristianos tengan la obligación grave de "distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime, sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz" (CCE 2820). Este artículo y el siguiente, que publicaremos la próxima semana, entregan algunas claves para subordinar la acción a la adoración. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes proviene de la versión original.  

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La Iglesia existe, primero que nada, para busca el Reino de Dios

(Primera parte de una serie de dos, “Exorcizar el demonio del activismo”)

 Peter Kwasniewski 

A medida que regresa la Misa tradicional y se multiplican las discusiones a su respecto, es posible oír objeciones como la siguiente (que escuché casi verbatim): “La Misa tradicional está demasiado focalizada en lo vertical y no lo está suficientemente en lo horizontal. Y fortalece una mentalidad de bunker o de fortificación. No se puede dejar que la gente se incline tanto hacia lo contemplativo: la gente debe prepararse para lanzarse con ímpetu a las batallas de la guerra de la cultura”.

Un ejemplo rampante de esto puede verse en las siguientes palabras, publicadas hace unos pocos años por un escritor católico que, me parece, ya no las suscribiría hoy:

“No sostengo que no haya habido aspectos del 'modo de orar' de la antigua liturgia que pudieran haber sido un peligro, de algún modo, para alcanzar una auténtica madurez cristiana. Puede que sea cierto, en cierta forma, como lo argumentaron algunos reformadores, que la antigua liturgia tendía a fomentar un tipo de piedad simplista, una fe 'celestial' sin relación con el 'aquí y ahora' de la llamada de Cristo a actuar en temas urgentes de caridad y de justicia social. En este sentido, algunos aspectos de la celebración de la antigua Misa, el incienso, los paramentos, el misterio, hacían que la gente se concentrara tanto en el 'cielo' que se olvidaba de la 'tierra'. Reconozco que esto puede haber sido y sea verdad, y constituya una preocupación para los reformadores verdaderamente comprometidos con la construcción del Reino, aquí y en el tiempo futuro”.

Si esta caricatura fuera verdad, ¿por qué los grandes santos de la caridad y la justicia social, como San Vicente de Paul en el siglo XVII o, en nuestra época, Dorothy Day, traumatizada por la revolución litúrgica, alientan una cuidadosa y bella celebración de la liturgia tradicional, que los alimentó a lo largo de toda su vida? Ellos sabían que lo que hagamos con la Hostia pobre, escondida, humilde y vulnerable, lo hacemos con Cristo glorioso, nuestro Juez en el cielo. De hecho, todo pecado que cometemos contra la divina liturgia lo cometemos contra nuestros hermanos y hermanas pobres, cuyo mayor tesoro en esta vida es la fe y el culto de la Iglesia. Porque es en la liturgia que se cumplen las consoladoras palabras del profeta Isaías:  “¡Oh, vosotros los sedientos, venid a las aguas, aun los que no tenéis dinero! Venid, comprad y comed; venid, comprad sin dinero, sin pagar, vino y leche. ¿A qué gastar vuestro dinero no en pan y vuestro trabajo no en hartura? Escuchadme y comeréis lo bueno y os deleitaréis con manjares suculentos” (Is 55, 1-2).

San Vicente de Paul y Dorothy Day

La historia de la Iglesia cuenta algo totalmente diferente, algo que C.S. Lewis ha escrito en un famoso pasaje de Mero Cristianismo y que vale la pena repetir siempre:

“Mirar continuamente adelante, hacia el mundo eterno, no es, como piensan algunos, una forma de escapismo o de auto-engaño, sino algo que los cristianos deben hacer. No significa que hemos de dejar el mundo actual tal como está. Si se lee la historia se verá que los cristianos que más hicieron por el mundo presente fueron justamente los que más pensaron en el mundo futuro. Los mismos apóstoles, que iniciaron la conversión del Imperio Romano, los grandes hombres que construyeron la Edad Media, los evangélicos ingleses que abolieron la trata de esclavos, todos ellos dejaron su huella en la Tierra precisamente porque en su mente se ocupaban del Cielo. Es a partir del momento en que los cristianos dejaron de pensar en el otro mundo que se han vuelto tan ineficientes en éste. Apunten al cielo y verán que se les da la tierra: apunten a la tierra, y no obtendrán ni el uno ni la otra”.

En el tráfago de una participación activa -en vernáculo familiar- en “ritos livianos”, se ha llegado a considerar casi indecente que los laicos pidan que la liturgia conduzca a la meditación, o que el clero espere que la Misa o el Oficio Divino favorezcan en sus almas la vida contemplativa. La observación de Lewis podría haber sido hecha teniendo en mente nuestra situación posconciliar: “Aspiren a adorar al Señor en espíritu y en verdad, y conseguirán con ello una participación activa; aspiren a una participación activa y no conseguirán ninguna de ambas cosas”.

Por el modo cómo los liturgistas siguen obrando, podría pensarse que se dicen unos a otros: “¿Qué vamos a hacer, para que todos hagan algo? ¿Qué vamos a cantar o decir? ¿Quién leerá las lecturas, quién traerá los dones al altar, quién aplaudirá con mano celebradora, quien palmoteará la espalda del vecino? ¿Cuándo nos hemos de poner de pie, y cuándo nos arrodillaremos?”. Y Jesús está ahí y nos dice: “Los paganos buscan todas estas cosas. Vuestro Padre sabe que las necesitáis, en tiempo y lugar oportuno. Buscad primero el Reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura”.

Si nos preocupamos más de la participación que de la realidad en que hay que participar, y si insertamos explicaciones e instrucciones en la liturgia (el “cómo”) en vez de esforzarnos por instruir al pueblo, en otra oportunidad, para que pueda verdaderamente entregarse en la liturgia, estaremos invirtiendo el orden correcto de los bienes, la jerarquía de valores y, por ahí, estaremos mereciendo que nos priven de esos bienes y que reine la anarquía en los valores.

Un escritor espiritual dominico, el P. Gerald Vann, articula esta relación de lo primario con lo secundario en su obra The Divine Piety (pp. 12-13):

“Sería posible decir 'preocúpate de la contemplación, asegúrate de que sea ferviente, asidua, y totalmente centrada en Dios, que la acción se preocupará de sí misma, la actividad redentora vendrá inevitablemente a continuación, de un modo u otro'; pero lo contrario ciertamente no sería verdad. ¿Cuál es el propósito de la gracia de Dios, del sistema sacramental, de todo el dinamismo de la vida sobrenatural, sino hacernos capaces de conocer a Dios, de amar a Dios, de servir a Dios? [...] Tener espíritu de pobres, ser mansos y puros de corazón: todo esto denota una actitud del alma hacia el mundo, pero denota, en primer lugar, una actitud del alma hacia Dios […] Sí, debemos anhelar y orar y trabajar para llenarnos de amor al prójimo; pero, primero que todo, sobre todo, debemos anhelar y orar y trabajar para tener lo único necesario, la substancia de la vida eterna, aquello de que esto otro, en su grado más fuerte y más profundo, es una expresión y una derivación”.

El abad Ildefonso Herwegen expresa el mismo sentimiento en su introducción de 1918 al libro El Espíritu de la Liturgia, de Romano Guardini (introducción que, lamentablemente, ya no se publica en la actualidad):

“No son ni las asambleas, ni las demostraciones, ni el favor de los estados o de los pueblos, ni las leyes de protección y los subsidios lo que hacen fuerte a la Iglesia. Y aunque nunca se hará lo suficiente ni en la predicación, ni en los confesonarios, ni en las misiones parroquiales, ni en la catequesis ni en las obras de misericordia, todas estas cosas, sin embargo, son meramente logros externos que fluyen de un poder interior. Sería en verdad perverso preocuparse principalmente de tales logros si se descuida lo relativo a la pureza, intensidad y crecimiento de la fuente interior. Cada vez que la Iglesia ora verdaderamente, vitalmente, brota por todas partes la santidad sobrenatural, la paz activa, la comprensión humana, y florece el verdadero amor al prójimo”.

Dom Gabriel Sortais, abad general de la Orden de los Cistercienses de Estricta Observancia entre 1951 a 1963, tenía también una profunda comprensión de la primacía y fertilidad de la contemplación (citado por Guy Oury, OSB, Dom Gabriel Sortais: An Amazing Abbot in Turbulent Times, trad. de Brian Kerns, OSCO [Kalamazoo, MI, Cistercian Publications, 2006], pp. 279 y 300):

“La Iglesia está íntimamente unida a la Palabra de Dios, que se hizo carne por la salvación de la humanidad, y es precisamente esta unión con el Hijo de Dios encarnado lo que es la fuente de la función pastoral […] Es por su unión con Cristo que predica, enseña y sufre, que ella transmite los beneficios de la oración, de la palabra y del sacrificio de Jesús. Una vez que existe una unión íntima, se da el apostolado verdadero y en salida. Sin íntima unión con Jesús, no se puede hablar de irradiación, de hacer que los otros lo conozcan y lo amen”.

Pintura alegórica mexicana de las heridas de Cristo como fuente de la vida (se representan las "cinco personas": Jesús, María, José, Ana y Joaquín). Para obtener más información sobre este tipo de imagen, consulte aquí.

Una Voce, el profeta Isaías, C.S. Lewis, el P. Gerald Vann, el abad Ildefonso Herwegen, Dom Gabriel Sortais: todos ellos nos hablan de la primacía de la contemplación, de centrarse en Dios, de festejar con el alimento que Él nos ofrece, de modo que el resto de lo que proyectamos hacer se permee con el “poder interior” de la gracia divina, buscada en esta “fuente interior” y recibida de ella: oración, liturgia, sacramentos. Todo esto orienta a los cristianos hacia la vida sin término, la vida del mundo que viene, el destino celestial para el que Cristo nos compró con el derramamiento de su Preciosa Sangre.

La Palabra se hizo carne no para proporcionarnos casas más grandes y de ambiente más amigable, con electricidad y agua corriente, y alfabetización e higiene, y derecho de voto y bancos virtuales. Ninguna de estas cosas evitará que paguemos todos la deuda de Adán: dolor, sufrimiento y muerte, seguida de juicio y de eterna felicidad o eterno llanto. La Palabra se hizo carne para elevarnos, cuerpo y alma, de modo que participemos de su resurrección de los muertos y de su indestructible gozo en su Padre.

jueves, 25 de febrero de 2021

Roma está sin Papa

Como primicia en castellano, les ofrecemos hoy la traducción de un controvertido artículo de Aldo Maria Valli, periodista y ensayista italiano, autor de diversos libros relacionados con el catolicismo, vaticanista de Tg3 e incansable acompañante de Juan Pablo II en sus viajes, sobre la ausencia del Papa en la vida de la Iglesia. El texto ha provocado gran discusión por la dureza de su argumento e invita a reflexionar y profundizar en el sentido teológico que tiene el primado de Pedro, instituido por Cristo como cabeza de su Iglesia. 

Por ejemplo, el historiador y periodista Andrea Cionci ha reproducido el texto en Il Libero Quotidiano precedido de la siguiente pregunta: "¿Cómo es posible que una parte muy importante de los más relevantes y estimados vaticanistas del panorama periodístico italiano se hayan convertido con el tiempo, unos antes, otros después, en fuertes críticos (por usar un eufemismo) del papa Francisco? Sandro Magister, Marco Tosatti, Antonio Socci, incluso el venerable Vittorio Messori, no se han ahorrado dardos contra Bergoglio". 

Cabe advertir que el autor no hace una llamada al sedevacantismo ni desconoce el hecho indiscutible de que el papa Francisco es el obispo de Roma y, por tanto, el Sumo Pontífice de la Iglesia católica. Su ensayo apunta a la imagen que se proyecta desde la Sede de Pedro al mundo, afectando la comprensión su función teológica y eclesiológica que tiene el primado pretrino.  De ahí que convenga tener presente cuál es la función del Santo Padre para un católico. Muy recomendable resulta para este fin la lectura del libro de Roberto de Mattei que reseñamos en esta entrada, o el este ensayo de El padre de familia también publicado en esta bitácora.  El ensayo de Valli, aunque  duro y provocador desde el título, hay que mirarlo como el esfuerzo de un hijo fiel que, perplejo, intenta racionalizar la crisis por la que atraviesa la Iglesia.  

La traducción ha sido hecha desde la versión en inglés publicada en OnePeterFive. El original en italiano puede verse aquí. 

Aldo Maria Valli 

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Roma está sin Papa

Aldo Maria Valli

Roma está sin Papa. La tesis que aspiro a demostrar se puede resumir en estas cuatro palabras. Cuando digo Roma, no me refiero sólo a la ciudad de la que el Papa es obispo. Cuando digo Roma, me refiero al mundo, me refiero a la realidad actual. El Papa, aunque físicamente presente, realmente no está allí, porque no hace lo que el Papa hace. Está allí, pero no cumple sus deberes como sucesor de Pedro y Vicario de Cristo. Quien está allí es Jorge Mario Bergoglio. No está Pedro.

¿Quién es el Papa? Las definiciones pueden ser diferentes, según se quiera enfatizar el aspecto histórico, o el teológico, o el pastoral. Pero, en esencia, el Papa es el sucesor de Pedro. ¿Y cuáles son las tareas que Jesús encargó al apóstol Pedro? Por un lado, “apacienta mis ovejas” (Jn 21, 17); por otro, “lo que ates sobre la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates sobre la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt 16, 19).

Esto es lo que un Papa debe hacer. Pero hoy no hay nadie que cumpla estas tareas. “Y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32). Esto se lo dice Jesús a Pedro. Pero hoy Pedro no pastorea sus ovejas y no las confirma en la fe. ¿Por qué? Alguno responderá: porque Bergoglio no habla de Dios, sólo de migrantes, ecología, economía y cuestiones sociales. Pero ello no es así. Bergoglio en realidad habla de Dios, pero lo que emerge de toda tu predicación es un Dios que no es el Dios de la Biblia, sino un Dios adulterado, un Dios, diría, debilitado o, mejor todavía, adaptado. ¿Adaptado a qué? Al hombre y sus exigencias de ser justificado viviendo como si el pecado no existiera.

Ciertamente Bergoglio ha puesto los temas sociales en el centro de su enseñanza y, con esporádicas excepciones, parece ser presa de las mismas obsesiones de la cultura dominante sobre lo que es políticamente correcto; pero pienso que no es ésta la razón por la que Roma está sin Papa. Si se pone el acento en temas sociales, es posible hacerlo desde una perspectiva auténticamente cristiana y católica. El problema con Bergoglio es otro: el problema es que su perspectiva teológica está desviada. Y esto ocurre por una razón bien específica: porque el Dios de que habla Bergoglio no es un Dios que perdona, sino uno que suprime todo reproche.  

En Amoris laetitia leemos: “La Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a los más frágiles de sus hijos” (cap. 8, núm. 291). Lo siento, pero ello no es así. La Iglesia debe convertir a los pecadores.

(Imagen del artículo original: OnePeterFive)

De nuevo leemos en Amoris Laetitia que “la Iglesia no desecha los elementos constructivos que hay en aquellas situaciones que no corresponden todavía, o que ya no corresponden, a su enseñanza sobre el matrimonio” (núm. 314). Lo lamento, pero estas palabras son ambiguas. En las situaciones que no corresponden a su enseñanza podrá haber también “elementos constructivos” (¿en qué sentido?); sin embargo, la misión de la Iglesia no es dar validez a esos elementos sino convertir las almas al amor divino, al cual se adhiere uno por el cumplimiento de los mandamientos. 

Leemos también en Amoris Laetitia: “Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites de cada uno, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo” (núm. 303). También aquí hay ambigüedad. Primero: no existe una “propuesta general” del Evangelio a la que uno pueda adherir más o menos. Todo lo que hay es, simplemente, el Evangelio y sus contenidos bien específicos: hay mandamientos claros. Segundo: Dios nunca -repito, nunca- puede pedir a alguien que viva en pecado. Tercero: nadie puede alegar tener “cierta seguridad moral” sobre lo que “Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites de cada uno”. Estas enredadas expresiones significan sólo una cosa: legitimación del relativismo moral y jugar con los mandamientos divinos.

Este Dios, comprometido más que nada con eximir al hombre de reproche, este Dios que busca circunstancias atenuantes, este Dios que se abstiene de condenar y prefiere comprender, este Dios que “nos es tan cercano como una madre que canta una canción de cuna”, este Dios que no es un juez sino que es “cercanía”, este Dios que habla de “fragilidad” humana y no de pecado, este Dios que se inclina por la lógica del “acompañamiento pastoral”, es una caricatura del Dios de la Biblia. Porque Dios, el Dios de la Biblia, es muy paciente, pero no descuidado; es amante, pero no permisivo; es considerado, pero no acomodaticio. En una palabra: es Padre en el sentido más pleno y auténtico de la palabra.

La perspectiva que adopta Bergoglio parece ser, en cambio, la del mundo, que a menudo no rechaza enteramente la idea de Dios, pero sí rechaza los rasgos de Dios que sintonizan menos con una rampante permisividad. El mundo que no quiere un verdadero padre, amante en la misma medida en que también juzga, sino que quiere un camarada; o mejor, todavía: un compañero de ruta que deja pasar las cosas y que dice “¿quién soy yo para juzgar?”.

En otras ocasiones he escrito que, con Bergoglio, triunfa una visión que destruye la verdadera: es la visión que nos dice que Dios no tiene derechos, sólo deberes: no tiene derecho a recibir un culto digno de Él, ni a que nadie se burle de Él, pero sí tiene el deber de perdonar. Según esta visión, sucede con el hombre todo lo contrario: éste no tiene deberes, sólo derechos; tiene derecho a ser perdonado, pero no el deber de convertirse. Es como si pudiera existir para Dios un deber de perdonar y un derecho del hombre de ser perdonado.

Pío XII
(Foto: Vatican News)

Esta es la razón por la que Bergoglio, caracterizado como el Papa de la misericordia, es, me parece, el Papa menos misericordioso que se pueda imaginar. En realidad, Bergoglio descuida la primera y más fundamental forma de misericordia que le corresponde y le corresponde sólo a él: predicar la ley divina y, al hacerlo, señalar a la creatura humana, desde lo alto de su autoridad suprema, el camino que lleva a la salvación y a la vida eterna.

Si Bergoglio ha inventado un “dios” de este tipo -al que me refiero, intencionalmente, con una “d” minúscula porque no es el Dios Uno y Trino que adoramos- es porque para Bergoglio no existe falta -ni personal ni colectiva, ni original ni actual- por la que el hombre deba pedir perdón. Pero si no hay falta, entonces no hay Redención, y sin la necesidad de Redención la Encarnación carece de sentido, y mucho más la tarea salvífica del Arca de salvación que es la Santa Iglesia. Uno se pregunta si ese “dios” no es, más bien, el simia Dei -la imitación de Dios-, Satán, que nos empuja hacia la condenación precisamente en el momento en que niega que los pecados y vicios con que nos tienta pueden matar nuestra alma y condenarnos a la eterna pérdida del Bien Supremo.

Así pues, Roma está sin Papa. Pero en tanto que en la distópica novela de Guido Morselli Roma senza Papa ello era así desde el punto de vista físico, ya que el Papa de la ficción se había ido a vivir en Zagarolo, hoy Roma está sin Papa en un sentido mucho más profundo y radical.

Me parece ya oír la objeción: ¿Pero cómo puede decir que Roma está sin Papa cuando Francisco está en todas partes? Está en la TV y en los periódicos. Ha estado en la portada de Time, Newsweek, Rolling Stone e incluso en Forbes y Vanity Fair. Está en sitios web y en incontables libros. Ha sido entrevistado por todo el mundo, incluso por la Gazzetta dello Sport [nota del traductor al inglés: el periódico italiano de deportes que es el periódico de cualquier tipo más leído en Italia]. Quizá nunca antes un Papa ha estado tan presente y ha sido tan popular. Respondo: todo ello es cierto, pero se trata de Bergoglio, no de Pedro.

Ciertamente no le está prohibido al Vicario de Cristo preocuparse de las cosas del mundo. Al contrario. La fe cristiana es una fe encarnada, y el Dios de los cristianos es un Dios que se ha hecho hombre, que se ha hecho historia; así se aparta el cristianismo del exceso de espiritualismo. Pero una cosa es estar en el mundo, y otra totalmente distinta llegar a parecerse al mundo. Al hablar como el mundo y razonar como razona el mundo, Bergoglio ha dejado que Pedro se evapore, y se ha puesto él en la primera línea.

Lo repito: el mundo, este mundo nacido de la revolución de 1968, no quiere un verdadero padre. Prefiere un camarada. La enseñanza de un padre, si es verdaderamente padre, es laboriosa, porque muestra el camino de la libertad con responsabilidad. Es mucho más conveniente tener simplemente al lado alguien que a uno lo acompaña, sin señalar nada. Y esto es precisamente lo que hace Bergoglio: muestra un “dios” que no es un padre, sino un camarada. No es una coincidencia que la “Iglesia en salida” de Bergoglio ame el verbo “acompañar”, igual que hace el modernismo. Se trata de una Iglesia que es un compañero de ruta, que lo justifica todo (mediante un distorsionado concepto de discernimiento) y, al cabo, lo relativiza todo.

Jesús es completamente claro en este punto. “Ay de vosotros cuando los hombres hablen bien de vosotros”(Lc 6, 26). “Bienaventurados seréis cuando os odien y os expulsen y os injurien o proscriban vuestro nombre como maldito por causa del Hijo del Hombre” (Lc 6, 22).

De vez en cuando circulan rumores de que Bergoglio está también pensando en renunciar, como Benedicto XVI. Creo que no piensa en absoluto en ello, y que el problema es otro: el problema es que Bergoglio se ha transformado en el protagonista de facto de un proceso de renuncia de los deberes de Pedro.

He dicho ya en algún lugar que Bergoglio se ha convertido en el capellán de las Naciones Unidas, y creo que esta decisión tiene una insólita gravedad. Sin embargo, más grave aún que su adhesión a la agenda de las ONU y a lo políticamente correcto es que ha dejado de hablarnos del Dios de la Biblia y de que el Dios que está en el centro de su predicación es un Dios que hace desaparecer la culpa de los hombres, no un Dios que perdona.

La crisis de la figura paterna y la crisis del papado van de la mano. Tal como el padre, rechazado y desmantelado, se transformó en un compañero genérico sin ningún derecho a indicar el camino, así también el Papa ha dejado de ser el portador e intérprete de la ley divina objetiva y ha preferido transformarse en un simple camarada.

De este modo, Pedro se ha evaporado justo cuando más necesitábamos que nos mostrara a Dios como un Padre que nos abraza, un Padre amoroso no porque es neutral, sino porque juzga; un Padre misericordioso no porque es permisivo sino porque está decidido a mostrar el camino al verdadero bien; un Padre compasivo no porque es relativista sino porque desea vivamente mostrar el camino a la salvación.

Pietro Vanucci (El Perugino), Entrega de las llaves a San Pedro, 1481-1482, Capilla Sixtina (Vaticano)
(Imagen: Wikipedia)

Advierto que el protagonismo a que se abandona Bergoglio no es una novedad, sino que tiene su raíz, en gran medida, en la nueva formulación conciliar antropocéntrica, de acuerdo con la cual los Papas, obispos y clérigos se anteponen a su sagrado ministerio, anteponen su voluntad a la de la Iglesia y sus opiniones a la ortodoxia católica, y sus particulares extravagancias litúrgicas a la sacralidad del rito.

Esta personalización del papado se ha hecho presente desde que el Vicario de Cristo, queriendo presentarse “como uno de nosotros”, renunció al uso de este plural humilitatis con el que mostraba que hablaba no a título personal sino en unión con todos sus predecesores y con el mismo Espíritu Santo. Piénsese en ello: ese sagrado “Nos” que hizo a Pío IX temblar al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, igual que tembló San Pío X al condenar el modernismo, no podría jamás haberse usado para apoyar el idolátrico culto de la Pachamama, ni para formular la ambigüedad de Amoris Laetitia o de Fratelli Tutti.

Sobre el proceso de personalización del Papado (al cual el arribo y desarrollo de los mass media hicieron una importante contribución), debemos recordar que hubo un tiempo en que, al menos hasta Pío XII (incluido éste), a los fieles no les importaba mucho quién era el Papa, porque en todo caso sabían que, fuere quien fuere, enseñaría siempre la misma doctrina y condenaría los mismos errores. Al aplaudir al Papa se aplaudía no tanto a quien estaba en el trono sagrado en ese momento sino al papado, la realeza sagrada del Vicario de Cristo, la Voz del Pastor Supremo, Jesucristo.

Bergoglio, a quien no le gusta presentarse a sí mismo como sucesor del Príncipe de los Apóstoles, y que ha relegado el título de “Vicario de Cristo” a las ultimas páginas del Annuario Pontificio, se separa implícitamente de la autoridad que Nuestro Señor confirió a Pedro y a sus sucesores. Y esto no es un punto meramente canónico, sino una realidad cuyas consecuencias son muy serias para el papado.

¿Cuándo volverá Pedro? ¿Por cuánto tiempo estará Roma sin Papa? No vale la pena preguntar. Los designios de Dios son misteriosos. Sólo podemos orar al Padre Celestial diciendo: “Que se haga tu voluntad, no la nuestra. Ten misericordia de nosotros, pecadores”.

viernes, 30 de octubre de 2020

Primero vinieron...

Después de mucho tiempo sin enviarnos ninguna colaboración, nos ha vuelto a escribir un Padre de familia. Nos cuenta que todo ha estado bien por su parte, pero que los afanes del siglo han hecho que no tenga el tiempo para escribir que desearía. Nos ha remitido un breve texto que compartimos ahora con nuestros lectores, donde nos presenta una versión libre del poema "Primero vinieron..." en clave escatológica. Una lectura breve e incisiva, muy acorde a los tiempos que nos toca vivir. 


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Primero vinieron...

Un padre de familia

Sólo el católico próximo a apostatar 

se irrita con las somnolencias providenciales de la Iglesia

Rafael Gómez Dávila

En medio de esta pandemia y viendo la situación del mundo y de la Iglesia, la reacción natural ha sido volcarse hacia la literatura escatológica. Estos meses han sido de mucha lectura y meditación, aprovechando el encierro mundial decretado por el Comité de Salvación Pública. Y es que la conclusión de lo que se ve y oye parece confirmar que el obstáculo que menciona San Pablo ha sido removido, y que el Anticristo con su misterio de inequidad se está declarando de modo abierto (2 Tel 2, 7). En uno de sus últimos textos, monseñor Carlo Viganò constataba lo que está sucediendo. Pero sabemos que, si eso está ocurriendo, nos encontramos más cerca de la segunda venida de Cristo y que Su promesa es que el triunfo se inclina a favor del Reino de Dios y su justicia. Las puertas del infierno jamás prevalecerán sobre su Iglesia. 

Movido por estos hechos y lecturas, compuse una versión libre del poema "Primero vinieron..." ("First the came...") escrito por el pastor luterano alemán Martin Niemöller (1892-1984) y difundido durante la década de 1950, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. En su versión original, dicho poema aborda la cobardía de los intelectuales alemanes tras el ascenso de los nazis al poder y la sucesiva consecución sus objetivos frente al silencio de muchos. El texto gira así sobre las ideas de persecución, culpa y responsabilidad. Se trata de algo parecido a aquella canción francesa de entreguerras Tout va très bien, madame la marquise (1935), que llama la atención sobre la despreocupación que todo el mundo tenía respecto de la amenaza que se estaba incubando en Alemania. Hasta que el incendio se desató y fue casi incontrolable, con profundas secuelas. 

Esta versión que ahora comparto está basada en lo que fue sucediendo en la Iglesia desde mediados del siglo XIX, sin que nadie se ocupara del significado de los hechos que se estaban produciendo. Los pocos que alertaron contra ellos fueron calificados, como siempre ocurre, de profetas de calamidades, recibiendo la reprobación mayoritaria de parte de los eclesiásticos y de los teólogos oficiales u oficiosos. Todos los hechos que nos toca vivir son consecuencias del modernismo que fue incubando lenta, pero persistentemente, hasta que se asentó la idea de que la Iglesia y sus dogmas son instituciones humanas, portadoras de rasgos debidos a su contexto histórico, de suerte que necesitan ser revisadas y reformadas según la época. En otras palabras, lo que ahora vemos no es más que el resultado de esa "ambición de eliminar a Dios de toda la vida social", que es la definición del modernismo teológico que dio Charles Périn (1815-1905), sumado a las consecuencias sociológicas de la propia forma en que la Iglesia se presentó ante el mundo desde el Concilio Vaticano I. Las referencias escatológicas finales  del texto están tomadas del Evangelio de la Fiesta de Cristo Rey (Jn 18, 33-37), de la novela distópica El Señor del mundo (1907) de Robert Hugh Benson (1871-1914) y de las palabras de Jesús a Nicodemo recogidas en el Evangelio de San Juan (3, 14-15). 

Incendio de la Iglesia San Francisco de Borja de Santiago de Chile, quemada el 18 de octubre de 2020 por turbas anarquistas
(Foto: ADN Radio)

Primero vinieron...

Primero vinieron por la teología, 

y yo no dije nada, porque no era modernista

Después vinieron por la liturgia, 

y yo no dije nada, porque no era liturgista

Luego vinieron por el derecho canónico, 

y yo no dije nada, porque no era canonista

Más tarde vinieron por la moral, 

y yo no dije nada, porque no era moralista

Siempre hay que obedecer a la jerarquía de la Iglesia, 

porque el que obedece no se equivoca

Y cumplir con las prácticas de piedad

Finalmente vinieron por la fe, 

pero ya no quedaba nadie que la defendiera 

A esas alturas todos eran apóstatas y profesaban la religión del hombre

Había llegado el momento tantas veces anunciado y despreciado por los falsos profetas

No había fe sobre la tierra cuando se consumara la segunda venida de Cristo

Y fue así como volvió Él 

para recordarnos que era Hijo de Dios y que su Reino no es de aquí

Entonces pasó este mundo, y su gloria quedó en nada

Y la promesa se cumplió

El Hijo del hombre fue levantado en lo alto sobre toda la Creación

Para que todos los que habían creído en Él tuviesen vida eterna