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lunes, 27 de diciembre de 2021

Domingo de la infraoctava de Navidad

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 2, 33-40):

“En aquel tiempo, José y María, madre de Jesús, estaban maravillados de lo que oían decir de Él. Y los bendijo Simeón y dijo a María, su madre: Sábete que Éste ha sido puesto para ruina y para resurrección de muchos en Israel y como signo de contradicción; y una espada traspasará tu alma, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones. Había allí una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser; ésta era ya muy anciana y había vivido siete años con su marido desde su virginidad. Y esta viuda, que tenía 84 años, no se apartaba del Templo, sirviendo en él día y noche con ayunos y oraciones. Ésta, pues, sobreviniendo a la misma hora, alababa al Señor, y hablaba de Él a todos los que esperaban la redención de Israel. Y cuando hubieron cumplido todas las cosas conforme a la Ley del Señor, volviéronse a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Y el Niño crecía y se robustecía, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba en Él”.

 ***

Después de la dulzura de la Navidad, que el mundo actual ha transformado en abominable azucaramiento desprovisto de todo sentido, la Iglesia nos recuerda, de inmediato, que el Niño que ha nacido no es sólo motivo de arrobamiento y gratitud a Dios por la inefable bondad que ha tenido con nosotros al entregar a su Hijo por nuestra salvación. Por el contrario, inmediatamente nos hace presente la otra cara de la medalla, ésa que los pastores modernistas actuales le escamotean escandalosamente al Pueblo de Dios poniendo en terrible peligro precisamente esa salvación que el Niño nos trae: porque, en efecto, no es cierto que ya estamos todos salvados y que nos encontramos ya en la otra orilla, la orilla segura, de la cual nada ni nadie podrá arrancarnos. No. Estamos todavía en la lucha cotidiana, que sostenemos merced a la gracia salvadora que nos trae Jesús recién nacido. Y aunque sea una batalla cuya victoria se nos asegura si somos fieles, podemos no serlo y perder esta guerra: como dice San Pablo, “no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires” (Ef 6, 12). Y si perdemos la batalla, ese Niño, esa misma Divina creaturita que yace hoy en el pesebre, será el Juez que nos ha de juzgar en el momento siguiente a nuestra muerte, dándonos en pago la ruina si no hemos sabido aprovecharnos de su bondad. Todo bondad hasta que morimos. Todo severidad desde que morimos.

Porque tal es la realidad que nos revela el Evangelio de hoy. Ese Jesús accesible con sólo desearlo, esa fuente infinita de bondad y misericordia que ha de manar para nosotros hasta el último instante de nuestra vida, se transformará, en el primer instante que sigue a esta vida terrena, en un abrir y cerrar de ojos, en el juez riguroso y severo, que no dejará céntimo sin cobrar (cf. Mt 5, 26) y que, llegado el caso de merecerlo, nos enviará al lugar de la oscuridad donde rechinan los dientes, “donde el gusano no muere ni el fuego se apaga” (Mc 9, 48), sin que haya ya una muerte segunda que nos libre de ambos. “Terrible cosa es caer en las manos del Dios vivo” (Hb 10, 31), “el que tiene la llave de David, que abre y nadie cierra, y cierra y nadie abre” (Ap 3, 7).

“Ah”, dicen los modernistas, “religión del castigo y del miedo; religión de un Dios veterotestamentario y cruel, que no atrae a la salvación, que, por el contrario, repele y atemoriza y hace huir a quienes lo miran”. Como si hubiera dos dioses: el del Antiguo Testamento, y el del Nuevo Testamento. Como si el del Nuevo Testamento fuera absolutamente Otro, que no condena, que no castiga, que no amenaza, que no es “ruina […] para muchos en Israel”, como dice el Evangelio de hoy.

Tal es la predicación mentirosa y peor, herética, que muchos pastores realizan hoy, dando la salvación individual como un hecho, negando el castigo eterno (“sería una crueldad inaceptable en un Dios”), y reemplazándolo, a lo más, por una aniquilación que reduce al hombre a la nada y le evita tener que sufrir por el mal que, en vida, se deleitó haciendo. Ni el agnóstico de Kant concibió tamaña injusticia: para este filósofo, la existencia de Dios venía exigida por la aplicación de la justicia, en otra existencia, a los malos que no han recibido su castigo en esta vida. Pero esos pastores no se rinden ni ante el mensaje expreso del Evangelio ni ante la especulación de la filosofía. Así se han endurecido en su error y así hacen errar a sus ovejas.

El Evangelio de hoy nos ofrece, pues, la posibilidad de contemplar algo tan maravilloso como realista: ese mismo Jesús que, hasta que exhalemos nuestro último suspiro es un Dios que derrocha misericordia y perdón a quien meramente se lo pide, es también un Juez insobornable que, por amor a la Justicia, no perdona ni la ofensa más insignificante.

La presentación de Jesús en el Templo, con la profetiza Ana de rodillas ante el Mesías al que comienza a anunciar

jueves, 26 de agosto de 2021

Fiesta del Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 19, 25-27):

“En aquel tiempo, estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver, pues, Jesús a su Madre y al discípulo amado que estaba en pie, dice a su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu Madre”. Y desde aquella hora recibióla el discípulo en su casa”.

 ***

En la iconografía cristiana se pinta a menudo a la Madre de Jesús postrada a los pies de la cruz, o recostada en brazos de las otras mujeres, desfalleciente, agotada por el sufrimiento. Pero el Evangelio nos dice otra cosa: la Virgen “stabat iuxta crucem”, es decir, estaba de pie y erguida junto a la cruz, en la posición que adoptaban los soldados que hacían la “statio”, la guardia, diurna o nocturna, de la ciudad. Una posición firme, igual que la del discípulo amado.

Son muchas las consideraciones que esta información que nos da el Evangelio sugiere, en esta fiesta del Corazón Inmaculado de María. Porque el símbolo del Corazón de la Virgen se refiere a lo más íntimo, lo más secreto, de su ser, donde tiene su asiento el amor -tal es el simbolismo del corazón- de María.

En muchas ocasiones la Iglesia reúne ambos Sagrados Corazones, el de Jesús y el de María, y en las imágenes se rodea el Corazón de Jesús con una corona de espinas, y el de María, con una de rosas. Pero la verdad es que la fiesta de hoy nos remite a ese corazón inmaculado y doloroso, que a falta de corona de espinas fue traspasado por una espada, como se lo había predicho Simeón (Lc 2, 34-35),  sufriendo de esta otra forma el suplicio a que estaba sometido su Hijo.

Y ese suplicio la Virgen lo sobrelleva de pie, en posición firme. ¡Cuando uno podría, dejándose llevar por la sensibilidad normal, contemplar un corazón tierno y doliente, se encuentra, por el contrario, con el de una mujer que soporta de pie el intenso dolor a que está sometida!

No es que falten en la figura de la Virgen maravillosas notas de blandura femenina, de ternura, de calor maternal: nadie es más Madre que la que ha dado luz al Hijo; ella es la Madre por excelencia, y su regazo es, como el de toda mujer que vive la maternidad, el mejor hogar del hombre: su mismo cuerpo es el primer domicilio del ser humano, y el más seguro.

Pero esta Virgen Madre no es de alfeñique, sino que es la Virgen poderosa que recordamos en las letanías lauretanas, cuya boca resume el espíritu fuerte de todas las grandes mujeres de la historia de Israel: en el Magnificat, la Virgen habla con la fortaleza, e incluso el rigor, de quien reconoce la realidad y no se arredra ante ella. “Desplegó el poder de su brazo y dispersó a los soberbios; derribó de su trono a los poderosos, y exaltó a los humildes; colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos los despidió sin nada” (Lc 1, 46-55). 

Y, como Madre que es, la Virgen Santísima es la primera y más fiera defensora de sus hijos, que somos todos nosotros, representados, en aquella escena maravillosa, por San Juan. Ella es la gran guerrera que nos defiende, que vigila constantemente la casa común, la Iglesia, siempre asediada por el Enemigo, la mujer que no descansa procurando el bien de sus hijos, como aquella matrona admirable que describe la Escritura: “Ella busca lana y vino, y trabaja con la destreza de sus manos. Es como nave de mercader, que desde lejos trae su pan. Se levanta antes de que amanezca, para distribuir la comida a su casa, y la tarea a sus criadas. […] Se ciñe de fortaleza y arma de fuerza sus brazos. Ve gustosa sus ricas ganancias, y ni de noche apaga su lámpara. Aplica sus manos a la rueca y sus dedos manejan el huso. Abre su mano al pobre, y la alarga al mendigo. No teme su familia a causa de la nieve, pues todos los de su casa tienen vestidos forrados. Labra ella alfombras de fino lino, y púrpura es su vestido […] Fortaleza y gracia forman su traje, y está alegre ante el porvenir. Abre su boca con sabiduría, y la ley del amor gobierna su lengua. Vela sobre la conducta de su familia, y no come ociosa el pan. Alzanse sus hijos y la llaman bendita […] Muchas hijas obraron proezas, pero tú las superas a todas” (Prov 31, 13-29).

Por esto no extraña que la Iglesia, en la primera antífona del tercer nocturno de Maitines, cante: “Alégrate, María, tú sola has destruido todas las herejías en el orbe entero”. Y este pensamiento cobra en la Iglesia de hoy, asediada por herejes ya no en su alrededor sino desde adentro, una renovada vigencia, y nos llena de alegría y seguridad, si nos acogemos al manto protector de esta Madre Virgen cuyo Corazón celebramos.

Repitamos, pues, la antiquísima oración que la Iglesia le dirige: “Ora por el pueblo, intervén por el clero, intercede por el devoto sexo femenino; que experimenten tu auxilio todos cuantos celebran tu santa festividad” (responsorio del tercer nocturno de Maitines de hoy).

(Imagen: Cope)

viernes, 20 de agosto de 2021

Comentarios del Evangelio según el año litúrgico

"En el tiempo de la Iglesia, situado entre la Pascua de Cristo, ya realizada una vez por todas, y su consumación en el Reino de Dios, la liturgia celebrada en días fijos está toda ella impregnada por la novedad del Misterio de Cristo" (CCE 1164). "El año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos del único misterio pascual" (CCE 1171), de suerte que no sigue la cronología del año civil: comienza el primer Domingo de Adviento y concluye el sábado siguiente al Último Domingo de Pentecostés (Domingo XXIV después de Pentecostés). Se compone de estaciones o Tiempos litúrgicos, llamados Ciclo Temporal o Propio de su tiempo. Su objetivo es mostrarnos a nuestro Señor en el marco tradicional de los grandes misterios de nuestra fe. Simultáneamente con este Ciclo se desenvuelve otro secundario, denominado Ciclo Santoral o Propio de lo Santos, que se compone de todas las fiestas de las almas santas que Dios asocia a Jesús en su obra salvífica, comenzando por su Santísima Madre, ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la Encarnación y de la Redención. 

El Ciclo Temporal está dividido en dos partes: el Ciclo de Navidad y el Ciclo Pascual. Cada uno de ellos se subdivide a su vez en un Tiempo antes, durante y después de esta dos grandes fiestas centrales de la fe cristiana, los que tienen por finalidad preparar al alma, hacérselas celebrar solemnemente y prolongarlas durante varias semanas.

El Ciclo Santoral "venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo" (CCE 1172) y "hace memoria de los mártires y los demás santos" (CCE 1173) que cantan la gloria de Dios. Durante este tiempo se celebran las fiestas de la Santísima Virgen María, de los Santos Ángeles y de los demás santos, donde comparecen San Juan Bautista, precursor del Mesías, San José, San Pedro y San Pablo, los demás Apóstoles y todos aquellas personas cuya santidad ha sido declarada por la Iglesia durante los siglos, con indicación de una fecha concreta en la que se celebra su fiesta o memoria. Las distintas fiestas de este Ciclo tienen una jerarquía establecida. 

Para cada uno de los domingos y fiestas señalados a continuación hemos publicado en esta bitácora un comentario con el Evangelio del día, que esperamos sea de provecho espiritual para nuestros lectores. Los propios del año pueden ser descargados desde este sitio. 

***

CICLO DE NAVIDAD (MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN)


El Ciclo de Navidad celebra el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y se extiende entre el Primer Domingo de Adviento y el Domingo de Septuagésima. Se compone de un tiempo de preparación (Tiempo de Adviento), un tiempo de celebración (Navidad y Epifanía) y un tiempo de prolongación (Tiempo después de Epifanía). Sus colores son, respectivamente, el morado, el banco y el verde. 

Tiempo de Adviento

Domingo I de Adviento

Domingo II de Adviento

Domingo III de Adviento (Gaudete)

Domingo IV de Adviento

Tiempo de Navidad

Natividad del Señor (25 de diciembre)

Domingo en la Infraoctava de Navidad

Circuncisión del Señor (1° de enero)

Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús (domingo después de la Circuncisión o 2 de enero)

Tiempo de Epifanía

Epifanía del Señor (6 de enero)

Fiesta de la Sagrada Familia (Domingo I de Epifanía)

Conmemoración del Bautismo de Nuestro Señor

Domingo II de Epifanía

Domingo III de Epifanía

Domingo IV de Epifanía

Domingo V de Epifanía

Domingo VI de Epifanía

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CICLO DE PASCUA (MISTERIO DE LA REDENCIÓN)

El Ciclo de Pascua celebra el Misterio de la Encarnación y se extiende entre el Domingo de Septuagésima y el Primer Domingo de Adviento. Se compone de un tiempo de preparación, que se divide a su vez en tres tiempos menores: preparación remota (Tiempo de Septuagésima), preparación próxima (Tiempo de Cuaresma) y preparación inmediata (Tiempo de Pasión); un tiempo de celebración (Pascua, Ascensión y Pentecostés) y un tiempo de prolongación (Tiempo después de Pentecostés). Sus colores son, respectivamente, el morado, el blanco y el rojo, y el verde. 

Tiempo de Septuagésima

Domingo de Septuagésima

Domingo de Sexagésima

Domingo de Quincuagésima

Tiempo de Cuaresma

Miércoles de Ceniza

Domingo I de Cuaresma

Domingo II de Cuaresma

Domingo III de Cuaresma 

Domingo IV de Cuaresma (Laetare) 

Tiempo de Pasión 

Domingo I de Pasión

Domingo II de Pasión (Domingo de Ramos)

Jueves Santo

Viernes Santo 

Vigilia Pascual

Tiempo Pascual

Domingo de Resurrección

Domingo de la Octava de Pascua (Domingo in Albis)

Domingo II después de Pascua (Domingo del Buen Pastor)

Domingo III después de Pascua

Domingo IV después de Pascua

Domingo V después de Pascua

Tiempo de la Ascensión

Ascensión de Nuestro Señor

Domingo después de la Ascensión

Tiempo de Pentecostés

Domingo de Pentecostés

Tiempo después de Pentecostés

Fiesta de la Santísima Trinidad (Domingo I después de Pentecostés)

Fiesta del Santísimo Cuerpo de Cristo (Corpus Christi)

Domingo de la infraoctava del Santísimo Cuerpo de Cristo

Domingo II después de Pentecostés

Fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús

Domingo de la infraoctava del Sagrado Corazón (Domingo III después de Pentecostés)

Domingo IV después de Pentecostés

Domingo V después de Pentecostés

Domingo VI después de Pentecostés

Domingo VII después de Pentecostés

Domingo VIII después de Pentecostés

Domingo IX después de Pentecostés

Domingo X después de Pentecostés

Domingo XI después de Pentecostés

Domingo XI después de Pentecostés

Domingo XII después de Pentecostés

Domingo XIII después de Pentecostés

Domingo XIV después de Pentecostés

Domingo XV después de Pentecostés

Domingo XVI después de Pentecostés

Domingo XVII después de Pentecostés

Domingo XVIII después de Pentecostés

Domingo XIX después de Pentecostés

Domingo XX después de Pentecostés

Domingo de Cristo Rey (último domingo de octubre)

Domingo XXI después de Pentecostés

Domingo XXII después de Pentecostés

Domingo XXIII después de Pentecostés

Último Domingo (Domingo XXIV después de Pentecostés)

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CICLO SANTORAL 

El Ciclo Santoral presenta diferencias entre el calendario de la Iglesia universal y el de las distintas diócesis, así como entre países o familias espirituales. Revisar las distintas fiestas y memorias de esta Ciclo resulta casi imposible. Hemos hecho una selección de algunas de ellas basada en aquellas que menciona el Catecismo de San Pío X. Los propios de los santos pueden ser descargados desde este sitio. 

Fiestas de la Santísima Virgen María

Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre)

Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América (12 de diciembre)

Purificación de María (21 de febrero)

Anunciación de María (25 de marzo)

María Reina (31 de mayo)

Visitación de Santa María (2 de julio)

Nuestra Señora del Carmen (16 de julio)

Asunción de María (15 de agosto)

Inmaculado Corazón de María (22 de agosto)

Natividad de María (8 de septiembre)

Santísimo Nombre de María (12 de septiembre)

Siete Dolores de María (15 de septiembre)

Maternidad de la Bienaventurada Virgen María (11 de octubre)

Presentación de María (21 de noviembre)

Fiestas de los Santos Ángeles

San Gabriel Arcángel (24 de marzo)

San Miguel Arcángel (29 de septiembre)

San Rafael Arcángel (24 de octubre)

Santos Ángeles Custodios (2 de octubre)

Fiestas de los Santos

San Esteban, protomártir (26 de diciembre)

San Juan, Evangelista (27 de diciembre)

Santos Inocentes (28 de diciembre)

San José (19 de marzo)

San Juan Bautista (24 de junio)

San Pedro y San Pablo (29 de junio)

Santiago el Mayor (25 de julio)

Dedicación de la Catedral 

San Mateo, Evangelista (21 de septiembre)

San Marcos, Evangelista (25 de abril)

San Lucas, Evangelista (18 de octubre)

Todos los Santos (1° de noviembre)

Todos los fieles difuntos (2 de noviembre)

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Nota de la Redacción: El texto que sirve de introducción a esta entrada ha sido tomado de Misal diario y Vesperal de Dom Gaspar Lefebvre (trad. de Dom Germán Prado, Brujas Desclée de Brouwer y Cía, 1946, pp. 10-11), con algunas adaptaciones de estilo y la inclusión de algunas citas del Catecismo de la Iglesia Católica. El listado de las fiestas del temporal reproduce aquel que se ofrece en el Missel quotidien complet pour la forme extraordinaire du rite romain (Le Barroux, Éditions Sainte-Madeleine, 2016, p. 2). Los créditos de las imágenes utilizadas en esta entrada son los siguientes: el calendario litúrgico proviene de Et maintenant une histoire!, mientras que los grabados de la Adoración de los Magos, la Crucifixión y la Santísima Virgen se encuentran publicados en Pinterest (aquí, aquí y aquí, respectivamente). 

martes, 17 de agosto de 2021

Domingo XII después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto de Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 10, 23-37):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis. Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron. Levantóse en esto un doctor de la Ley, y le dijo por tentarle: Maestro, ¿qué haré para poseer la vida eterna? Y él le dijo: ¿Qué es lo que se halla escrito en la Ley? ¿qué es lo que en ella lees? Respondió él: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y todas tus fuerzas y todo tu entendimiento; y a tu prójimo como a ti mismo. Bien has respondido, díjole Jesús, haz esto y vivirás. Mas él, queriendo pasar por justo, dijo a Jesús: Y ¿quién es mi prójimo? Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones, los cuales le despojaron, y después de haberlo herido, lo dejaron medio muerto, y se fueron. Llegó a pasar por el mismo camino un sacerdote; y aunque lo vio, pasó de largo. Asimismo un levita, y llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó también de largo. Mas un viajero samaritano se llegó cerca de él, y cuando le vio, movióse a compasión. Y acercándose, le vendó las heridas, echando en ellas aceite y vino, y montándolo en su jumento, lo llevó a una venta, y lo cuidó. Y al día siguiente sacó dos denarios y diólos al posadero, diciéndole: Cuídamelo, y cuanto gastares de más, yo te lo abonaré cuando vuelva. ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo de aquél que cayó en manos de los ladrones? Respondió el doctor: El que usó con él de misericordia. Díjole Jesús: Pues vete, y haz tú otro tanto”.

 ***

El comentario que Dom Prosper Guéranger hace de este texto en El año litúrgico, es el siguiente:

“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y todas tus fuerzas y todo tu entendimiento; y a tu prójimo como a ti mismo”. La Iglesia, en la Homilía sobre el texto sagrado que hoy presenta a sus fieles, como de costumbre, en el tercer Nocturno de Maitines, no extiende su interpretación más allá de la pregunta de aquel doctor de la Ley: basta con demostrar que, según su modo de pensar, la última parte del Evangelio, aunque más larga, no es sino una conclusión práctica de la primera, según esta expresión del Apóstol: La fe obra por medio de la caridad (Gal 5, 6). Y, efectivamente, la parábola del buen samaritano, que por otro lado, tiene tantas aplicaciones del más elevado simbolismo, no fue expuesta por los labios del Señor, en su sentido literal, sino para destruir perentoriamente las restricciones que habían hecho los judíos en el gran precepto del amor.

“Si toda perfección se halla condensada en el amor, si ninguna virtud produce sin él su fruto para la vida eterna, el amor mismo no es perfecto si no se extiende también al prójimo; y en este último sentido, sobre todo, dice San Pablo que el amor es el cumplimiento de la ley (Rom 13, 8) y que es la plenitud de toda ella (Rom 13, 10). Porque la mayoría de los preceptos del Decálogo, se refieren directamente al prójimo, y la caridad debida a Dios, no es perfecta sino cuando se ama juntamente con Dios a lo que Él ama, es decir, aquello que hizo a su imagen y semejanza. De suerte que el Apóstol, no distingue, como lo hace el Evangelio, entre los dos preceptos del amor, pues osa decir: 'Toda la ley está contenida en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo' (Gal 5, 14).

“Pero cuanto mayor es la importancia de este amor, tanto mayor es también la necesidad de no equivocarse acerca del significado y extensión de la palabra prójimo. Los judíos no consideraban como tales sino a los de su raza, siguiendo en ello las costumbres de las naciones paganas, para quienes los extranjeros eran enemigos. Mas he aquí que interrogado por un representante de esta Ley mutilada, el Verbo divino, autor de la Ley, la restablece por entero. Pone en escena a un hombre que sale de la ciudad santa, y a un samaritano, el más despreciado de los extranjeros enemigos y el más odioso para un habitante de Jerusalén. Y, con todo eso, por la confesión del doctor que le interroga, como indudablemente de todos los que le escuchan, el prójimo, para el desdichado caído en manos de los ladrones, no lo es tanto en este caso el sacerdote o el levita de su raza, como el extranjero samaritano, que, olvidando los resentimientos nacionales, ante su miseria, no ve en él sino a su semejante. Convenía decir que ninguna excepción podía prevalecer contra la ley suprema del amor, tanto aquí abajo como en el cielo; y que todo hombre es nuestro prójimo, a quien podemos hacer o desear el bien, y que es nuestro prójimo todo aquél que practica la misericordia, aunque sea samaritano”.

 Eugène Delacroix, El buen samaritano, 1849
(Imagen: Arts Dot)

domingo, 8 de agosto de 2021

Domingo XI después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mc 7, 31-37):

“En aquel tiempo, saliendo Jesús de tierras de Tiro, se fue por Sidón hacia el mar de Galilea, atravesando por mitad de la Decápolis. Y le trajeron un sordomudo, suplicándole pusiese la mano sobre él para curarle. Y apartándose del tropel de la gente, metió los dedos en sus oídos y con la saliva le tocó la lengua; y alzando los ojos al cielo, suspiró y díjole: “¡Efeta!”, que quiere decir “abríos”. Y a punto se le abrieron los oídos y se le soltó el impedimento de su lengua, y hablaba correctamente. Y les mandó que a nadie lo dijesen. Pero cuanto más se lo mandaba, tanto más lo divulgaban, y más crecía su pasmo, y decían: Todo lo ha hecho bien; ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos”.

***

Frente a estos pobres miserables que Jesús sana, nosotros nos sentimos aliviados y al mismo tiempo agradecidos de estar libres de aquellos males que el Señor cura.

Pero debemos recordar que los signos, como éste, que el Señor hace, tienen no sólo la intención inmediata de hacer el bien a quienes se lo piden (“Todo lo hizo bien”), sino que están dirigidos principalmente a nuestra enseñanza espiritual. Y si miramos la escena de hoy desde una perspectiva espiritual, advertiremos que nosotros también somos enfermos de sordera y de mudez y necesitamos que el Señor nos sane.

Jesús introduce sus dedos en los oídos del enfermo. Esos dedos son el Espíritu Santo, a quien la Iglesia designa como “Dedo de Dios” en el himno Veni Creator Spiritus. Y la gracia del Espíritu Santo obra el primero de los dos milagros que el Señor hace con este enfermo: le abre los oídos, es decir, lo hace capaz de oír la palabra de Dios, de conocer lo que el Señor se ha dignado revelarnos mediante esas dos vías que el catolicismo reconoce desde sus mismos comienzos: la Sagrada Tradición y, luego, la Sagrada Escritura.

Pero no sólo abre el Señor los oídos de aquel hombre para que oiga la palabra divina que le llega por la Tradición y la Escritura, sino que, además, Jesús le toca la lengua, y el hombre aquel empieza a “hablar correctamente”. Sí, es por gracia de Dios que podemos hablar correctamente; si no es por gracia divina ni siquiera podemos decir “¡Jesús, Señor!” (1 Cor 12, 3).

Dios nos hace primero capaces de oír la palabra, y luego nos habilita para hablar de ella y pregonarla y hacer de nuestra vida misma, de toda ella, un verdadero pregón (“que hable la voz, que hable la vida, que hablen las obras”). Si bien no todos recibimos la misión de salir a predicar sermones a nuestros hermanos, todos tenemos la misión de hablarles con nuestras buenas obras: “Así ha de lucir vuestra luz antes los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos” (Mt 5, 16). Todas las maravillas que, a lo largo de los siglos, Dios ha realizado en favor de su pueblo escogido, que en el Antiguo Testamento es Israel y, en el Nuevo, la Iglesia, tienen por finalidad que esos hombres que Él ha escogido uno a uno, a quienes conoce individual e íntimamente (Is 43, 1: “No temas, porque yo te he rescatado, yo te llamé por tu nombre”), “guarden sus preceptos y observen sus leyes” (Sal 104, 45, Vulg) y las den a conocer a los demás hombres: “Lo que hemos oído y sabemos, lo que nos contaron nuestros padres, no lo encubriremos a sus hijos, contando a las generaciones futuras las glorias de Yavé y su poderío y los prodigios que ha obrado. Pues dio una norma en Jacob y estableció una ley en Israel: que mandó a nuestros padres enseñar a sus hijos, para que las conociese la generación venidera y los hijos que habían de nacer se las contasen a sus propios hijos, para que éstos pusieran en Dios su confianza y no olvidaran las gestas de Dios y guardasen sus mandatos” (Sal 77, 3-7 Vulg).

Para transmitir lo que oímos es que el Señor nos abre los oídos, de modo que, a continuación, hablando correctamente, lo difundamos a nuestros hijos y a las generaciones futuras. Pero para eso es necesario, primero oír la palabra de Dios, aprender la doctrina, estudiar, estudiar, estudiar. Siempre a la medida de nuestras posibilidades; pero no transmitiremos palabra alguna si no oímos palabra alguna. Y fijémonos bien que en este milagro, el Señor primero abre los oídos y sólo después desata la lengua para que aquel hombre “hable correctamente”.

En estos aciagos tiempos que vive la Iglesia, es deber nuestro gravísimo -¡gravísimo!- aprender la doctrina de la fe para hablarla a nuestros hijos y a nuestro alrededor. Con todo, más elocuente que el mejor de los discursos o sermones o lecciones sobre la palabra de Dios que podamos dar a nuestros hijos y a nuestros semejantes, es el ejemplo. Un buen ejemplo de vida vale más que mil sermones. Eso es algo que saben los padres de familia. Y de ellos debemos aprender. “Que hable la voz, que hable la vida, que hablen las obras”.            

Léonard Gaultier, La curación del sordomudo, 1579
(Imagen: Ciudad nueva)

martes, 3 de agosto de 2021

Domingo X después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 18, 9-14):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a ciertos hombres que presumían de justos, y despreciaban a los demás, esta parábola: Dos hombres subieron al Templo para orar: uno fariseo y otro publicano. El fariseo, en pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Dios, gracias te doy porque yo no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana; pago los diezmos de cuanto poseo!” El publicano, al contrario, puesto allá lejos, ni se atrevía a levantar los ojos al cielo; sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Dios mío, te misericordia de mí, que soy un pecador!” Os digo que éste es el que volvió justificado a su casa, mas no el otro; porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.

*** 

Hoy es frecuente ver, en la prensa, a grandes sinvergüenzas que declaran, con toda la tranquilidad del mundo y con gran sonrisa, segura de sí: “¡Tengo mi conciencia muy tranquila; no me reprocha nada!”. Pero no sólo los grandes sinvergüenzas adoptan esta actitud apologética de sí mismos, sino que ella ha llegado a ser lo normal en todo tipo de personas: sus conciencias no les reprochan nada; ellos actúan como quieren, por cierto; pero sus conciencias todo lo aprueban.

En un mundo que se hunde en la corrupción del relativismo, en el que cada cual declara ser su supremo legislador y decide, por tanto, qué es lo bueno y qué es lo malo; un mundo en que la moral objetiva es rechazada con escándalo, por querer imponer a todos los mismos “gustos“ (léase “valores”) en materia de comportamiento (creen que “sobre gustos no hay nada escrito”); en un mundo como éste, las palabras de Jesús nos condenarían a todos por fariseos.

No hay empleado ni esclavo ni siervo más sumiso, obediente y obsecuente que la conciencia propia, que parece tener una función más de tranquilizarnos interiormente que la de recriminarnos. Las técnicas para acallar la conciencia son muchas y todas muy de moda: es “malsano”, dicen, culparse a sí mismo de algo, es síntoma de una “enfermedad” psicológica denominada “complejo de culpa”; es también señal de un patológico odio de sí mismo, que es efecto de algún trauma interior que proviene de la remota infancia, y que se aloja en lugares que asumen, a veces, rasgos auténticamente míticos, como el “subconsciente” o cosas semejantes. Siempre hay algún pasaje de Freud que nos ayuda a hacer lo que queremos sin escrúpulo alguno. Los jóvenes parisienses que en mayo de 1968 escribían en las paredes de París “sólo queremos que nos dejen gozar en paz”, eran discípulos de discípulos de Freud, que habían mezclado, con las ideas de éste, algunas provenientes del marxismo cultural decadente, cuyo propósito era demoler la moral cristiana desde dentro y permitir con ello el desplome de la Iglesia. ¡Ah cuán engañoso resultó ser todo ello, cuán seductor y mentiroso, cuántas falsas promesas jamás cumplidas! ¿En qué terminaron todos esos goces y gozadores?

El mundo del cristiano es, en cambio, el mundo de la verdad. Y por eso el cristianismo valora la humildad, la cual, según la famosa definición de Santa Teresa de Ávila, consiste en “caminar en la verdad”. La humildad no es andar el hombre acusándose, neuróticamente, de cosas inexistentes, o inventándose pecados; no: se trata, sencillamente, de la verdad. En virtud de ella, el cristiano puede y debe reconocer, agradecidamente, las cosas buenas que hay en sí mismo, porque sabe que no provienen de sí sino que son un don de Dios, un regalo, una gracia: no se es bueno por fuerza propia, sino por gracia de Dios. Por gracia de Dios somos buenos y hacemos méritos, y verdaderos méritos, que, a continuación, Dios premia en su bondad. De Él, al cabo, proviene toda bondad: “Todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba” (Sant 1, 17).

Si al cristiano la luz de la verdad lo ilumina interiormente no podrá sino darse cuenta de que hay en él todavía muchas imperfecciones que lo alejan de la santidad que Dios nos manda alcanzar (recordemos que el llamado a ser santos no es una mera invitación del bondadoso Jesús, sino un mandato perentorio de ese mismo Jesús bondadoso). Esa luz de la verdad, esa humildad, no es algo espontáneo sino algo que hay que cultivar pacientemente: es como un rayo de luz que, de a poco,  vamos haciendo crecer para iluminar un cuarto obscuro, donde comienza a revelar cosas, objetos y rincones que todavía permanecen en la semisombra. Ese cuarto obscuro es nuestra naturaleza caída, donde ha reinado el diablo, del cual nos ha librado la muerte del Señor. Pero la morada donde ha reinado el diablo es una morada inmunda, que hay limpiar continuamente con la ayuda de la gracia sacramental. Y debe ser una limpieza continua y frecuente, porque tan pronto como limpiamos este rincón de aquí, ensuciamos de nuevo el de allá, o aparece a la luz un tercer rincón en el que no nos habíamos fijado antes.

Este rayo de luz verídica tiene traspasar la más densa de las oscuridades de nuestro espíritu, la soberbia, que nos impide ver y que es responsable de esas alegres y mentirosas declaraciones de que “mi conciencia no me reprocha nada”. Por eso el Salmo 18 pide a Dios que nos libre de “los pecados que se nos ocultan” para quedar liberados también del gran pecado, la soberbia, el más grave de todos, la fuente de todos los demás: “Límpiame de los que se me ocultan, y retrae a tu siervo de la soberbia; entonces seré irreprochable y purificado del gran pecado” (Sal 18 Vg, 13-14). No hay que olvidar que "también los demonios creen, y tiemblan" (Sant 2, 19).

(Imagen: Zhyty-Slovom)

miércoles, 28 de julio de 2021

Domingo IX después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 19, 41-47):

“En aquel tiempo, al llegar Jesús cerca de Jerusalén, mirando a la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: ¡Ah! ¡Si conocieses también tú, por lo menos en este día que se te ha dado, lo que puede atraerte la paz! Mas ¡ahora está todo oculto a tus ojos! Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te circunvalarán, y te rodearán, y te estrecharán por todas partes, y te arrasarán con tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra; por no haber conocido el tiempo en que Dios te ha visitado. Y habiendo entrado en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en él, diciéndoles: Escrito está: ¡Mi casa es casa de oración, y vosotros la tenéis convertida en cueva de ladrones! Y enseñaba todos los días en el Templo”.

***

Al leer este texto es fácil acordarse de la situación actual de la Iglesia, que ignora qué es lo que puede atraerle, finalmente y después del Concilio Vaticano II, la paz; un Papa a cuyos ojos el verdadero bien de la Iglesia está oculto, por la propia mirada ideológica y la de quienes lo rodean; el templo transformado en una cueva de ladrones de la más alta jerarquía cardenalicia (esta semana que comienza va a ser sometido a juicio a un cardenal por gravísimos delitos económicos, y los prelados de todo el orbe que han cometido delitos sexuales son multitud); una turbamulta de feroces enemigos, capitaneados por la masonería, que no sólo la circunvalan y rodean y estrechan por todas partes, sino que ya han logrado traspasar los muros y atrincherarse en su interior, desde donde la carcomen con astucia. Si Jesús, que no lloraba con frecuencia, según los Evangelios, lloró sobre aquella Jerusalén de la que no había de quedar piedra sobre piedra, ¡cómo llorará sobre esta Ciudad suya, salida de su costado abierto por la lanza, viéndola en una situación tan atroz, enfrentada -según lo decía, paradojalmente, el Papa que fue uno de los demoledores- a un proceso de auto demolición (discurso de Pablo VI de 7 de diciembre de 1968; discurso de 29 de junio de 1972) en que no va quedando piedra sobre piedra! 

Pero esta es una lectura, por decirlo así, exterior: aunque somos parte de Ella, la Iglesia está ahí, afuera de nosotros mismos, y si bien está también en nuestras manos, vela sobre Ella, finalmente, la decisiva y paternal Providencia de Dios que, al final, impedirá que la derrote el enemigo. Debemos, con todo, leer este texto como profético también de nuestra vida personal: tal como las profecías describen una situación que remite a otra, más grave y de carácter espiritual, así esta profecía sobre Jerusalén y, luego sobre la Iglesia, nos remite a nuestro interior.

Porque nosotros somos, como dice la Escritura, templos vivos de Dios (1 Cor 6, 19), en cuyo sagrado recinto hemos permitido que se instale el pecado y la corrupción. Si por ventura luchamos y limpiamos este templo, nos descuidamos luego de modo catastrófico por la “concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida” (1 Jn 2, 16); y los demonios, que habíamos expulsado por nuestro efímero arrepentimiento, se dan cuenta de que su antigua morada está ahora limpia y ordenada, y vuelven a ella, a nuestra alma, con más número y fuerza que antes, y quedamos en un estado peor que el primero (Mt 12, 45).  

Estos son demonios que, según dice Jesús, sólo se expulsa mediante la oración y la penitencia (Mt 17, 21). Cosas ambas que escasean en nuestras vidas: la necesidad de orar “sin cesar” (1 Ts 5, 17) es algo que ha desaparecido de nuestra mente, engañada por una supuesta necesidad de actuar continuamente y de ser eficientes en ello. Y hacer penitencia (negarse a sí mismo en las sensualidades y otros pecados, mortificarse, que no es otra cosa que lograr matar a nuestro enemigo interior y tomar control de nosotros mismos) es, contra lo que dice Jesús (Lc 13, 3: “si no hacéis penitencia, todos por igual pereceréis”), considerado patológico, antinatural. Tanto se oculta la realidad a nuestros ojos, igual que sucedió con Jerusalén, que no vemos lo que ha de traernos la paz, ni vemos tampoco cuál es el tiempo que se nos ha dado. Vivimos esta vida como si hubiera de durar para siempre, como los necios mientras Noé construía el arca, o como los escribas y sacerdotes de Jerusalén a apenas unas cuantas décadas de la destrucción de la ciudad. ¿Cuántos católicos que hoy andan en los 30 ó 40 años se han dado cuenta (indicios al respecto les sobran) de que no ha de quedar de ellos piedra sobre piedra?

Fijémonos un poco más en eso que dice el Señor: “¡Si conocieses […] lo que ha de atraerte la paz!”. La paz es consecuencia de la justicia, y la justicia es producto del orden. Y el orden es el reinado de la ley de Dios: de esa ley que Él, el Creador, ha benignamente impuesto a toda la realidad, la visible y la invisible, para que sea armoniosa y produzca, como una orquesta cósmica, una espléndida música, una música perfecta porque está siempre sometida a orden y medida, que son la esencia misma de la música. Está a nuestra vista y a nuestro alcance el goce de la paz, sin el cual ningún otro goce es cabal, completo. Pero sólo si la buscamos. En la Creación, el mayor experto en goces es Dios, que la ha creado y ha creado los goces, para cuya preservación ha impuesta en ella la ley del orden y de la medida.

¡Qué menoscabado es el goce sin paz, sin sujeción a la ley del Creador, que sabe cuál es el goce perfecto que Él mismo ha concebido para cada una de sus creaturas! ¡Qué menoscabado, qué mezquino es el goce en el desorden del pecado, goce sin paz porque viola la ley musical de Dios Bondadoso! El animal goza en paz consigo mismo. Pero a nosotros, que somos libres, la paz no se nos da automáticamente, y se nos dice “Busca la paz y ve tras ella” (Sal 34, Vulg. 33, 15). Jerusalén no se dio cuenta del momento en que la visitaba Dios, del tiempo que se le había dado, y no supo atraerse la paz sometiéndose al orden querido por Dios. Y terminó destruida hasta el punto de que, al cabo de pocos años (tan pocos como el de una vida normal) no quedó de ella piedra sobre piedra.

La oración de hoy expresa magníficamente estas verdades: “Ábranse, Señor, los oídos de tu misericordia a las súplicas de los que te imploran, y para que les concedas lo que desean, haz que te pidan lo que te es grato conceder”. 

Doménikos Theotokópoulos (El Greco), La expulsión de los mercaderes, 1571-1576, Instituto de Arte de Minneapolis (EE.UU.)
(Imagen: Wikipedia)

jueves, 22 de julio de 2021

Suspensión indefinida de la Santa Misa dominical

Con hondo pensar, la Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat comunica a todos sus feligreses y bienhechores la suspensión indefinida de la Santa Misa celebrada conforme con los libros litúrgicos anteriores a la reforma de 1970. 

Como es sabido, el pasado 16 de julio, mientras el país celebraba la fiesta de su patrona la Virgen del Carmen, fue promulgado el motu proprio Custodes Traditionis, que restringe la celebración de la Misa tradicional según las indicaciones que prevea al efecto el Ordinario del lugar. Dicho documento entró de vigor de inmediato y en él se establece que es necesario que el Obispo designe un delegado que se encargue de la celebración de la Santa Misa y de la atención pastoral de aquellos grupos de fieles que viven su fe según los antiguos libros litúrgicos. Esa celebración no puede tener lugar en iglesias parroquiales, como lo venía haciendo nuestra Asociación desde que las medidas sanitarias decretadas por la pandemia de COVID-19 permitieron la reanudación del culto litúrgico. 

Para cumplir con la nueva normativa, realizaremos las gestiones correspondientes con el fin de poder volver a celebrar la Santa Misa como se ha hecho de forma ininterrumpida desde 1966. Mientras tanto, pedimos a todos quienes participan de nuestra Asociación que tengan en sus oraciones este propósito. 

Les informaremos a través de esta bitácora y de nuestras redes sociales cuando reanudemos la celebración de la Santa Misa.  Quien desee asistir a Misa de siempre puede hacerlo en alguno de los otros lugares donde ella se reza cada domingo. En esta entrada hicimos un directorio de Misas tradicionales en Chile, aunque desconocemos si en esos lugares se sigue diciendo la Misa en los horarios señalados. 

Esta bitácora continuará actualizándose de la manera acostumbrada. 

Pedro Subercaseaux, La primera Misa celebrada en Chile, 1904, Museo Nacional de Bellas Artes (Chile)
(Imagen: Wikipedia)

martes, 20 de julio de 2021

Domingo VIII después de Pentecostés

 


Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 16, 1-9):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: Erase un hombre muy rico, que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como dilapidador de sus bienes. Llamóle, pues, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo de ti? Rinde cuenta de tu administración, porque en adelante ya no podrás ser mi mayordomo. Entonces el mayordomo se dijo: ¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración de sus bienes? Para cavar no valgo, el mendigar me causa vergüenza. Mas ya sé lo que he de hacer, para que, cuando fuere removido de mi mayordomía, halle quienes me reciban en su casa. Llamó, pues, a cada uno de los deudores de su amo, y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? Y éste le respondió: cien barriles de aceite. Díjole: toma tu escritura, siéntate luego y haz otra de cincuenta. Después dijo a otro: ¿Y tú cuánto debes? Y él respondió: cien cargas de trigo. Díjole: toma tu obligación y escribe otra de ochenta. El amo alabó a este mayordomo infiel por su previsión, porque los hijos de este siglo son en sus negocios más sagaces que los hijos de la luz. Así os digo Yo a vosotros: Haceos amigos con las riquezas, instrumentos de pecado, para que cuando falleciereis, seáis recibidos en las eternas moradas”.

***   

Hay católicos necios que, cuando se les menciona la muerte, comentan “para qué hablar de cosas tristes; no seas pesimista; olvídate de eso y piensa en positivo”. ¡Pensar en positivo llaman a no tomar en cuenta el dato más sólido de la vida, más cierto en su ocurrencia, y más inesperado en su cuándo, la muerte!

El Señor alaba en este texto no la malvada astucia del mayordomo, que roba a su amo confirmando, precisamente, su fama de ladrón, sino su previsión, su preparación para lo que ha de sobrevenirle con toda seguridad: la pérdida de la mayordomía.

Lo que cada uno de nosotros ha de perder, de modo inevitable, con certeza absoluta y absoluta ignorancia del momento decisivo, es nada menos que la vida, no este cargo o aquél, no es este bien o el otro; lo perderá todo. Y la muerte será el momento en que tendremos que presentarnos a rendir cuenta de cómo hemos administrado el tiempo que se nos dio, es decir, de cómo hemos vivido; porque el tiempo de que disponemos es vida; nuestra vida es nuestro tiempo, nuestro tiempo es nuestra vida; y es un tiempo tal que cada día que pasa es un día menos de vida que tenemos, no un día más. Un cumpleaños no es un año más de vida; es un año menos. Los años no aumentan, sino que disminuyen. La vida es un plazo. Y, como dice el adagio popular, “no hay deuda que no se pague, ni plazo que no se cumpla”.

¿Cómo es posible tanta necedad como es necesaria para procurar olvidarse de esto? No es que se trate de un simple olvido; es que hay un esfuerzo por no acordarse de esta realidad. El mundo moderno huye de esta realidad (y, al cabo, de toda realidad) por todos los medios posibles, y procura quitarla de la vista: ya no se habla de “muertos” sino de “fallecidos”; en las exequias fúnebres los curas modernos ya no usan el negro, sino el blanco, color de alegría; ya no se ora por el muerto porque ¿para qué, si ya está gozando “en la casa del Padre”? Se piensa, por lo visto, en un Padre que no pide cuentas, que se deja burlar…

El Evangelio es, de este modo, silenciado en lo que nos enseña de esta verdad, tal como es silenciado por la modernidad en tantos otros aspectos: el Padre, con ser el mejor de todos los Padres y el más misericordioso, hace expulsar de la sala del banquete al invitado (no se trata de alguien que se ha “colado” a la fiesta, sino que de un “invitado, nada menos) que se presenta con la ropa sucia o inadecuada. De Dios nadie se ríe. Nadie debe reírse de un padre bueno, sino procurar no irritarlo ni enfadarlo, sino, por el contrario, intentando hacer lo que a él le gusta, precisamente porque es tan bueno.

¿Cómo puede un católico que siente y piensa de este modo tan necio recitar aquella parte del Padrenuestro que dice “venga a nosotros tu reino”? ¿No se da por enterado de que la llegada de ese reino es el fin de nuestro tiempo, el momento decisivo del encuentro con nuestro Amo y Señor? ¡Y Jesús no sólo nos anima a no olvidarlo, sino a pedir que venga!

¿Qué medidas tomar para encontrarnos en buen pie el día de nuestra muerte? ¿Qué preparación hemos de hacer? Lo primero, y quizá lo único importante, es lavar nuestro traje de fiesta para presentarnos al banquete. Es decir, arrepentirnos de nuestros pecados. Nos dice San Agustín en su sermón 20: “si quieres que Él te perdone [tus pecados], tú reconócelos. El pecado no puede quedar sin castigo: no sería lo propio, no correspondería, no sería justo. Por ello, ya que el pecado no puede quedar sin castigo, castígalo tú mismo, para no ser castigado a causa de él. Que tu pecado encuentre en ti a su juez, no a su defensor. En el tribunal de tu alma procede tú contra ti mismo, y acúsate como reo ante ti mismo. No te escondas detrás de ti, para que Dios no te ponga frente a Sí. Y por eso, a fin de encontrar más fácilmente piedad, dice el salmista: "Porque yo reconozco mi iniquidad, y tengo siempre ante mí mi pecado" (Sal 50). Que es como decir: "ya que mi pecado está ante mí, no esté ante Ti, y ya que yo lo reconozco, tú ignóralo".

La oración de la Misa de hoy es un tesoro de densidad, concisión y elegancia: “Largire, Domine, quaesumus, Semper spiritum cogitandi quae recta sunt, propitius et agendi: ut, qui sine te esse non possumus, secundum te vivere valeamus”: Concédenos siempre, propicio Señor, el espíritu de pensar lo que es bueno y de obrarlo, para que quienes no podemos existir sin Ti, podamos vivir de acuerdo contigo”.

Marinus van Reymeswale, Parábola del mayordomo infiel, circa 1540, Museo de Historia del Artes de Viena (Austria)
(Imagen: Wikipedia)

lunes, 12 de julio de 2021

Domingo VII después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 7, 15-21):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros vestidos con piel de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Por ventura se cogen uvas de los espinos, o higos de los zarzales? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo produce frutos malos. No puede el árbol bueno dar malos frutos, ni el árbol malo darlos buenos. Todo árbol que no da buen fruto será cortado y echado al fuego. Así, pues, por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice: “¡Señor, Señor!” entrará por eso en el reino de los cielos, sino el que hiciere la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos”.

***

Hay muchos que conciben la vida cristiana ideal como un estado de paz consigo mismos y tranquilidad con Dios: “tengo mi conciencia tranquila y sé que Dios me ama”. Bueno: los más grandes criminales dicen, casi sin excepción, que ellos tienen la conciencia muy tranquila, por lo que la tranquilidad de conciencia no es un estado que deba inspirarnos confianza; nuestra conciencia es traicionera y puede jugarnos una muy mala pasada, de la cual despertaremos en el juicio personal, inmediatamente después de la muerte. Por eso dice San Pablo: “Cierto que nada me arguye la conciencia, mas no por eso me creo justificado; quien me juzga es el Señor” (1 Co 4, 4).

Y en cuanto al amor de Dios, es excelente saber que Él nos ama; pero lo que, en definitiva importa para nuestro destino eterno, es saber si nosotros lo amamos a Él: Él, en su infinita bondad, nos ha amado primero; y eso nos hace capaces de amarlo en respuesta. Pero ¿cómo sabemos que verdaderamente lo amamos? La pura piedad y sentimientos religiosos y emociones sagradas, de ésas que llevan a veces a exclamar, en una especie de éxtasis exprés, “¡Señor, Señor!”, no son un indicio suficiente de que amamos verdaderamente a Dios. Lo dice el Señor en este texto: la “prueba del amor” que nos pide Dios es que cumplamos su voluntad. Y esa voluntad está expresada, primero y sobre todo y con la máxima claridad, en los mandamientos: “Pues este es el amor de Dios, que guardemos sus preceptos” (1 Jn 5, 3).

Por lo cual hay que modificar esa idea, tan consoladora como falsa, que nos hacemos de una vida cristiana de paz de conciencia y tranquilidad con Dios: lo que hay que hacer, por el contrario, es vivir en permanente vigilancia, sin quedarse dormidos espiritualmente; es imprescindible estar en continua vigilia, como empleados domésticos que esperan el regreso del dueño de casa para abrirle la puerta y servirlo; dueño de casa que llegará a la hora que uno menos lo espere: “Tened ceñidos vuestros lomos y encendidas las lámparas, y sed como hombres que esperan a su amo a la vuelta de las bodas, para que, al llegar él y llamar, al instante le abran” (Lc 12, 35-38).

Pero en el Evangelio de hoy el Señor nos llama a estar en una continua vigilancia no sólo para abrir al dueño de casa, sino que también para protegernos de los enemigos que nos rondan y quieren adormecernos: “Cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros vestidos con piel de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces”. Se refiere aquí el Señor a “los falsos profetas”, es decir, a maestros de la fe, posiblemente teólogos e incluso pastores de la Iglesia que, siendo falsos maestros, se hacen pasar por buenos, y diseminan una falsa enseñanza, o una enseñanza confusa que cada cual puede interpretar a su gusto para favorecer sus situaciones personales. Y esto no es algo que ocurra sólo raramente en la vida, en ocasiones muy especialmente terribles, como, quizá, aquella que vivimos hoy en la Iglesia; por el contrario, el enemigo nos ronda continuamente, como nos dice San Pedro: “Sed sobrios y vigilad, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quien devorar” (1 Pe 5, 8).

Pero el Señor nos advierte que hay un modo de conocer los falsos profetas, que son como malos árboles: los conoceremos por sus frutos. Naturalmente, esto exige de nosotros un conocimiento adecuado y recto de la doctrina de la fe, es decir, de todo aquello en que hay que creer para salvarnos, a fin de que no caigamos, por ignorancia, en manos de los falsos profetas, esos lobos, ese león que ronda buscando a quien devorar. La ignorancia es la mayor enemiga de la fe que nos salva. Desgraciadamente, vemos hoy que la enorme mayoría de los católicos tiene, apenas, una “fe del carbonero”, es decir, no educada, no profundizada, sino hecha de una serie de fórmulas cuyo sentido no se comprende bien, que llevan a unas prácticas religiosas rutinarias igualmente ineducadas. Hay que repetirlo: la ignorancia es el peor enemigo de la fe. ¡Y cuánta ignorancia existe hoy en la Iglesia, incluso en los pastores de más alto nivel, que han sido encargados de “confirmar” a sus hermanos, de aclararles lo que debe ser creído y lo que no!

Quizá hoy como nunca es urgente que los católicos estudien su fe en la buena escuela, que es la escuela de la tradición dos veces milenaria de la Iglesia, recurriendo a textos a la vez sencillos pero profundos y perfectamente seguros, como el Catecismo de San Pío X, o el Catecismo del Concilio de Trento. No hay mejores lugares para aprender la verdadera fe y estar en condiciones de descubrir a los lobos disfrazados de oveja con que nos encontramos casi a diario en los templos mismos y en las redes sociales.

Con lo dicho pareciera que toda esperanza de una vida cristiana de paz y tranquilidad se esfuma. Dios mismo nos lo ha advertido: “¿No es milicia la vida del hombre sobre la tierra?” (Job 7, 1). Y Jesús nos dice: “Yo he venido a echar fuego en la tierra […] ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que no, sino la disensión. Porque en adelante estarán en una casa cinco individuos, tres contra dos, y dos contra tres” (Lc 12, 49-52).

Sin embargo, no debemos descorazonarnos ni desanimarnos, porque el mismo Jesús nos dice en otra parte: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 29-29).

Luca Signorelli, El sermón y las obras del Anticristo (detalle), 1499, Catedral de Orvieto (Italia)
(Imagen: Wikioo)