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sábado, 31 de diciembre de 2022

In memoriam S.S. Benedicto XVI (Joseph Ratzinger)

El papa emérito Benedicto XVI ha muerto a las 9.34 de esta mañana en el Monasterio Mater Ecclesiae, situado al interior de la Ciudad del Vaticano, donde residía desde su renuncia al ministerio de obispo de Roma y sucesor de Pedro. Para el mundo tradicional será recordado por su deseo de preservar el rico legado litúrgico de la Iglesia latina y restablecer, en igual de condiciones y con libertad de celebración, los sacramentos vigentes hasta la reforma dispuesta por el Concilio Vaticano II mediante el motu proprio Summorum Pontificum (2007), además de buscar la paz al interior de la Iglesia militante. De hecho, al cumplirse el septuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal publicamos una entrada en esta bitácora recordando las ocasiones en que, siendo cardenal y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cantó la Misa tradicional. 

Benedicto XVI

Joseph Ratzinger nació en Marktl am Inn, diócesis de Passau (Alemania), el 16 de abril de 1927 (Sábado Santo), y fue bautizado ese mismo día. Su padre, comisario de la gendarmería, provenía de una antigua familia de agricultores de la Baja Baviera, de condiciones económicas más bien modestas. Su madre era hija de artesanos de Rimsting, en el lago Chiem, y antes de casarse trabajó de cocinera en varios hoteles.

Pasó su infancia y su adolescencia en Traunstein, una pequeña localidad cerca de la frontera con Austria, a treinta kilómetros de Salzburgo. En ese marco, que él mismo ha definido "mozartiano", recibió su formación cristiana, humana y cultural. El período de su juventud no fue fácil. La fe y la educación de su familia lo preparó para afrontar la dura experiencia de esos tiempos, en los que el régimen nazi mantenía un clima de fuerte hostilidad contra la Iglesia católica. El joven Joseph vio cómo los nazis golpeaban al párroco antes de la celebración de la Santa Misa. Precisamente en esa compleja situación, descubrió la belleza y la verdad de la fe en Cristo; para ello fue fundamental la actitud de su familia, que siempre dio un claro testimonio de bondad y esperanza, arraigada en la pertenencia consciente a la Iglesia. En los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial fue enrolado en los servicios auxiliares antiaéreos.

Entre 1946 y 1951 estudió filosofía y teología en la Escuela Superior de Filosofía y Teología de Frisinga y en la Universidad de Múnich. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1951 junto con su hermano Georg (1924-2020). Un año después, inició su actividad de profesor en la Escuela Superior de Frisinga. En el año 1953 se doctoró en teología con la tesis intitulada Pueblo y casa de Dios en la doctrina de la Iglesia de san Agustín. Cuatro años más tarde, bajo la dirección del conocido profesor de teología fundamental Gottlieb Söhngen (1892-1971), obtuvo la habilitación para la enseñanza con una disertación que tuvo por título La teología de la historia de san Buenaventura.

Tras ejercer el cargo de profesor de teología dogmática y fundamental en la Escuela Superior de Filosofía y Teología de Frisinga, prosiguió su actividad de enseñanza en Bonn, de 1959 a 1963; en Münster, de 1963 a 1966; y en Tubinga, de 1966 a 1969. En este último año pasó a ser catedrático de dogmática e historia del dogma en la Universidad de Ratisbona, donde ocupó también el cargo de vicepresidente de la Universidad.

De 1962 a 1965 hizo una notable contribución al Concilio Vaticano II como "experto", donde acudió como consultor teológico del cardenal Joseph Frings (1887-1978), arzobispo de Colonia.

Joseph Ratzinger junto con Yves Congar O.P.
(Foto: How to Fight Poverty)

Su intensa actividad científica lo llevó a desempeñar importantes cargos al servicio de la Conferencia episcopal alemana y en la Comisión Teológica Internacional.

En 1972, juntamente con Hans Urs von Balthasar (1905-1988), Henri de Lubac (1896-1991) y otros grandes teólogos, inició la revista de teología Communio, que todavía existe.

El 25 de marzo de 1977, el papa Pablo VI lo nombró arzobispo de Múnich y Frisinga. El 28 de mayo sucesivo recibió la consagración episcopal. Fue el primer sacerdote diocesano, después de 80 años, que asumió el gobierno pastoral de la gran archidiócesis bávara. Escogió como lema episcopal: "Colaborador de la verdad". Él mismo explicó el sentido de su decisión: "Por un lado, me parecía que esa era la relación entre mi tarea previa como profesor y mi nueva misión. A pesar de los diferentes modos, lo que estaba en juego y seguía estándolo era seguir la Verdad, estar a su servicio. Y, por otro, escogí ese lema porque en el mundo de hoy el tema de la Verdad se omite casi totalmente, pues parece algo demasiado grande para el hombre y, sin embargo, todo se desmorona si falta la verdad".

Pablo VI lo creó cardenal, del título presbiteral de Santa María de la Consolación en Tiburtino, en el consistorio del 27 de junio de ese mismo año.

En 1978 participó en el Cónclave, celebrado del 25 al 26 de agosto, que eligió a Juan Pablo I, el cual lo nombró enviado especial suyo al III Congreso mariológico internacional, celebrado en Guayaquil (Ecuador), del 16 al 24 de septiembre. En el mes de octubre de ese mismo año participó también en el Cónclave que eligió a Juan Pablo II.

Pablo VI junto con el cardenal Joseph Ratzinger
(Foto: Yahoo Style)

Actuó de relator en la V Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, celebrada en 1980, sobre el tema: "Misión de la familia cristiana en el mundo contemporáneo", y presidente delegado de la VI Asamblea general ordinaria, celebrada en 1983, sobre "La reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia".

Juan Pablo II lo nombró prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional el 25 de noviembre de 1981. El 15 de febrero de 1982 renunció al gobierno pastoral de la arquidiócesis de Múnich y Frisinga. Juan Pablo II lo elevó también al orden de los obispos, asignándole la sede suburbicaria de Velletri-Segni el 5 de abril de 1993.

Fue presidente de la comisión para la preparación del Catecismo de la Iglesia católica, que, después de seis años de trabajo (1986-1992), presentó al Santo Padre el nuevo Catecismo. Siendo ya Papa, en 2005 le correspondió publicar un compendio de dicho catecismo. 

El Santo Padre, el 6 de noviembre de 1998, aprobó la elección del cardenal Ratzinger como vicedecano del Colegio cardenalicio, realizada por los cardenales del orden de los obispos. Y el 30 de noviembre de 2002, aprobó su elección como decano; con dicho cargo le fue asignada, además, la sede suburbicaria de Ostia.

En 1999 fue enviado especial del Papa a las celebraciones con ocasión del XII centenario de la creación de la diócesis de Paderborn, Alemania, que tuvieron lugar el 3 de enero.

En 1992 fue elegido miembro de la Academia de las Ciencias Sociales y Políticas de París. Desde el 13 de noviembre de 2000 se desempeñó como Académico honorario de la Academia Pontificia de las Ciencias.

En la Curia romana, fue miembro del Consejo de la Secretaría de Estado para las Relaciones con los Estados; de las Congregaciones para las Iglesias Orientales, para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, para los Obispos, para la Evangelización de los Pueblos, para la Educación Católica, para el Clero y para las Causas de los Santos; de los Consejos Pontificios para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y para la Cultura; del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica; y de las Comisiones Pontificias para América Latina, Ecclesia Dei, para la Interpretación Auténtica del Código de Derecho Canónico y para la Revisión del Código de Derecho Canónico de las Iglesias Orientales. En esos cargos le correspondió intervenir en la redacción de la Instrucción Quattuor abhinc annos (3 de octubre de 1984), que permitió por primera vez la Misa tradicional bajo el régimen de indulto, y de la Comisión de Cardenales constituida en 1986 que pretendía una liberalización mucho mayor. Como recuerda el cardenal Tarcisio Bertone, quien fuera después, siendo ya Papa, su secretario de Estado, "el Prefecto Joseph Ratzinger decía a menudo que su tarea consistía en proteger la fe de los pequeños, de los humildes que no disponen de las herramientas culturales adecuadas para contrarrestar los escollos de un mundo cada vez más descristianizado y secularizado". 


El cardenal Joseph Ratzinger dando la comunión a Juan Pablo II

Entre sus numerosas publicaciones ocupa un lugar destacado el libro Introducción al Cristianismo, recopilación de lecciones universitarias publicadas en 1968 sobre la profesión de fe apostólica; Dogma y revelación (1973), antología de ensayos, predicaciones y reflexiones, dedicadas a la pastoral, y Jesús de Nazaret, publicado en dos tomos (2007 y 2011), que se complementan con un tercer volumen sobre la infancia de Jesús (2012). Dejó también un libro de memorias, publicado en 1998, que abarca sus primeros cincuenta años de vida (entre 1927 y 1977). Su vasta obra se completa con títulos como Evangelio (1996), La fe como camino (1997), De la mano de Cristo (1998) y Verdad, valores y poder (1998), entre otros. 

Obtuvo gran resonancia el discurso que pronunció ante la Academia Católica Bávara sobre el tema "¿Por qué sigo aún en la Iglesia?", en el que, con su habitual claridad, afirmó: "Sólo en la Iglesia es posible ser cristiano y no al lado de la Iglesia".

La serie de sus publicaciones prosiguió abundante en el decurso de los años, constituyendo un punto de referencia para muchas personas, especialmente para los que querían profundizar en el estudio de la teología. En 1985, justo en la víspera del Sínodo extraordinario sobre la celebración, la verificación y la promoción del Concilio Vaticano II, publicó el libro-entrevista Informe sobre la fe. Después vendrían otros libros del mismo formato: La sal de la tierra (1996), Dios y el mundo (2002), Luz del mundo (2010) y Últimas conversaciones (2016). Asimismo, con ocasión de su 70° cumpleaños, se publicó el libro: En la escuela de la verdad (1997), en el que varios autores ilustran diversos aspectos de su personalidad y su obra.

El 19 de abril de 2005, con setenta y ocho años de edad, Joseph Ratzinger fue elegido Romano Pontífice. Con el nombre de Benedicto XVI sucedía a Juan Pablo II, que había fallecido el 2 de abril, después de haber ocupado el trono de San Pedro durante veintiséis años. El cónclave eligió nuevo Papa en apenas dos días, una de las decisiones más rápidas de la historia, tras las de Julio II (1503) y Clemente VIII (1592), que fueron elegidos en un solo día. Desde la logia de la Basílica de San Pedro se asomó “un humilde servidor de la viña del Señor” que se convertía en el Papa número 265, el primero elegido en el siglo XXI después de los ocho del siglo XX, y en el séptimo alemán, tras Gregorio V (996-999), Clemente II (1046-1047), Dámaso II (1048, porque falleció al cabo de un mes), León IX (1049-1054), Víctor II (1055-1057) y Adriano VI (1522-1523).

Tomó un nombre inesperado en honor de Benedicto XV (el genovés Giacomo della Chiesa, papa entre 1914 y 1922, después de haber servido como Arzobispo de Bolonia), que se distinguió por la búsqueda de la paz en la Primera Guerra Mundial y favoreció la creación del Partido Popular, embrión de la futura Democracia Cristiana. Fue este Papa quien, además, publicó el Código de Derecho Canónico de 1917.

Escudo de armas del cardenal Joseph Ratzinger
(Imagen: Wikipedia)

Benedicto XVI publicó tres encíclicas (Deus caritas est, 2006; Spes salvi, 2007; Caritatis in Veritate, 2009), cuatro exhortaciones apostólicas (Sacramentum Caritatis, 2007; Verbum Domini, 2010; Africae munus, 2011; Ecclesia in Medio Oriente, 2012), e hizo 24 viajes apostólicos fuera de Italia, visitando países de los cinco continentes. 

Con la salud debilitada, el 11 de febrero de 2013 Benedicto XVI anunció su renuncia al papado, la que se haría efectiva a partir del 28 de ese mes, bajo el argumento de que "para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado". La decisión fue considerada histórica, por datarse su más cercano precedente siete siglos atrás, cuando en 1294 Celestino V renunció para hacerse ermitaño. El 13 de marzo de 2013, el cónclave eligió como nuevo pontífice al cardenal Jorge Mario Bergoglio, por entonces Arzobispo de Buenos Aires, quien adoptó el nombre de Francisco. 

Tras su renuncia, Benedicto XVI mantuvo su nombre y ostentó el título de "Papa emérito" o "Pontífice emérito", así como obispo emérito de Roma, con el tratamiento de Su Santidad. Fijó su residencia en el monasterio Mater Ecclesiae, al interior de la Ciudad del Vaticano. En adelante mantuvo un perfil bajo, con pocas apariciones públicas. Con los años su estado de salud fue empeorando progresivamente, hasta la enfermedad final que condujo a su muerte este 31 de enero. Sus últimas palabras fueron "Jesus, ich liebe dich" ("Jesús, te amo").

La decisión del papa Francisco de revertir la liberalización de la Misa de siempre a través del motu proprio Traditionis Custodes (2022) causó mucho dolor a Benedicto XVI. En una entrevista para Die Tagespost, S.E.R. Georg Gänswein, secretario privado del Papa emérito, señaló que "la lectura del nuevo motu proprio rompió el corazón del papa Benedicto porque su intensión había sido ayudar a que todos aquellos cuyo hogar era la misa tradicional encontraran la paz interior, la paz litúrgica". De hecho, consta que envío una carta privada al Superior de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro con ocasión de las nuevas y restrictivas normas dictadas respecto de su rito propio. No hay que olvidar que Joseph Ratzinger, en una carta dirigida al profesor Wolfgang Waldstein en 1976, aseguraba: "El problema del nuevo Misal está, por el contrario, en su abandono de un proceso histórico siempre continuado, antes y después de San Pío V, y en la creación de un volumen todo nuevo, si bien compilado con material viejo, cuya publicación fue acompañada de una suerte de prohibición de lo que había estado antes, prohibición desconocida en la historia jurídica y litúrgica; puedo decir con seguridad, basándome en mi conocimiento de los debates conciliares y en la repetida lectura de los discursos de los Padres conciliares, que esto no corresponde a las intenciones del Concilio Vaticano II". 

Joseph Ratzinger hablaba diez idiomas, de los que dominó por lo menos seis: alemán, italiano, francés, latín, inglés y español. Además, leía griego antiguo y hebreo. Durante su vida recibió numerosos doctorados honoris causa por el College of St. Thomas de St. Paul (Minnesota, Estados Unidos), en 1984; por la Universidad Católica de Eichstätt, en 1985; por la Universidad Católica de Lima, en 1986; por la Universidad Católica de Lublin, en 1988; por la Universidad de Navarra (Pamplona, España), en 1998; por la Libre Universidad María Santísima Asunta (LUMSA) Roma, en 1999; por la Facultad de Teología de la Universidad de Wroclaw (Polonia) en 2000.

De momento, el cuerpo del Papa emérito permanecerá en la capilla del monasterio donde vivía. A partir del 2 de enero de 2023 por la mañana, será velado en la Basílica de San Pedro del Vaticano. Sus exequias serán celebradas el jueves 5 de enero por el papa Francisco. La Santa Sede ha anunciado que su funeral será sencillo, siguiendo el deseo expresado por  Benedicto XVI. 

Cumpliendo los deseos del Papa emérito, la Santa Sede ha hecho público también su testamento espiritual. El texto puede ser leído aquí.  

La Asociación Litúrgica Magnificat ofrece sufragios por el descanso de su alma. 

Requiem aeternam dona ei Domine.
Et lux perpetua luceat ei.
Requiescat in pace.

El Papa emérito junto a su sucesor 
(Foto: Portafolio)

Nota de la Redacción: La biografía que aquí ofrecemos proviene de tres fuentes. La primera parte está tomada de aquella que tiene publicada la Santa Sede en el sitio dedicado al papa Benedicto XVI. Desde la elección como Romano Pontífice, el texto reproduce parcialmente a Fernández, T. y Tamaro, E., "Biografía de Benedicto XVI [Joseph Ratzinger]", disponible en Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Ambas versiones ha sido ajustada en cuestiones menores de estilo o redacción. Se ha empleado también como complemento la versión española de Wikipedia. 

domingo, 24 de abril de 2022

Circula entre los cardenales un memorándum sobre el próximo cónclave

El siguiente texto, publicado por Maximilien Bernard en Riposte Catholique y apoyado en un artículo de Sandro Magíster, uno de los más serios y respetados vaticanistas en la actualidad, puede constituir un balde de agua fría para muchos católicos, y quizá un escándalo para una mayoría de ellos que, desde hace al menos 170 años (desde el reinado de Pío IX) han estado acostumbrados a una exaltación y exorbitación de la figura del Papa que no se dio jamás en los siglos anteriores, desde la fundación misma de la Iglesia.

Porque, en efecto, en el catolicismo, y debido a la suprema importancia del papado en la constitución de la Iglesia por parte del Señor, siempre se diferenció lo que era el papado, de la figura del hombre concreto, del Papa específico que se sentaba en el trono de Pedro.  En cierto modo, lo que diferencia a un católico de todo otro tipo de cristiano (protestante, ortodoxo, anglicano, etcétera), es su afirmación de la importancia sustancial y real del papado, al cual se le reconoce un papel no meramente honorífico o figurativo (“primero entre iguales”), sino una posición jurídicamente superior y gubernativamente efectiva, por mucho que su poder no sea, ni haya sido jamás, absoluto dentro de la Iglesia, sino sometido a la Sagrada Tradición, que nos trae al presente las enseñanzas apostólicas desde el primer momento, como fuente de la divina revelación que ella es. Pero jamás el criterio católico pensó que no se podía criticar a la persona concreta de un Papa, hecho con circunspección y respeto.

Por eso, la crítica católica a las acciones del Papa son siempre una crítica a las obras de un hombre concreto, no a la institución del papado. Desde este punto de vista es no sólo perfectamente legítimo someter a crítica la bondad o maldad de las acciones de un Papa, así como las políticas y decisiones de gobierno que adopte, sino que ello es necesario e incluso un deber de todos los fieles, siempre que se haga con el respeto debido a la institución y a la investidura. 

A esto hay que agregar algo de máxima importancia, para captar adecuadamente el pensamiento católico de siempre: lo que se critica son las acciones de un determinado Papa, no su persona: si bien las acciones pueden ser, y deben ser, calificadas doctrinal y moralmente, ello no debe acarrear un juicio sobre la persona misma. Se critica acciones, no personas. El juicio de la bondad o maldad de una persona es algo que al católico le está prohibido por el Señor en términos tajantemente claros, que no admiten discusión: “No juzguéis, y no seréis juzgados” (Lc 6, 37). Sólo Dios conoce el fuero interno del ser humano, y sólo Él puede imputarle o no una determinada acción: “escrito está 'A mí la venganza, yo haré justicia, dice el Señor'” (Rm 12, 19).

Por lo tanto, abrir los ojos a la realidad de las acciones de un Papa y de sus colaboradores no puede significar la imputación de un pecado, ni siquiera del más leve. Pero, obviamente, si no pudiéramos juzgar la bondad o maldad de las acciones de cualquier hombre (incluido un Papa y, sobre todo, de un Papa) se haría imposible la vida moral tal como la concibe la Iglesia, y caeríamos, en el mejor de los casos, en la lenidad moral y, en el peor de los casos, en el relativismo moral, uno de los mayores males que afecta al mundo moderno. 

Dicho lo anterior, es de gran importancia que los católicos que aman a la Iglesia y al papado sean capaces de considerar, con gran sobriedad y moderación en lo humano, con recta doctrina y recta moral en lo propiamente religioso y con esperanza teologal y caridad en lo espiritual, las informaciones que hoy se tiene de lo que ocurre en el Vaticano. Y, a continuación, poner cada uno lo que está de su parte para que lo que está mal se corrija: lo principal será la oración por el Papa y quienes tienen en sus manos el gobierno de la Iglesia, y luego los demás medios espirituales que están al alcance de todo católico, como la mortificación y la penitencia, que agradan sobremanera al Señor y poseen la capacidad de obtener de Él lo que le pedimos.

(Foto: Magna carta)

***

Circula entre los cardenales un memorándum sobre el próximo cónclave

Maximilien Bernard 

Un artículo de Sandro Magister hace un balance descarnado del pontificado de Francisco. Desde comienzos de la Cuaresma, los cardenales que erigirán al próximo Papa se transmiten unos a otros este memorándum. Su autor, que usa el pseudónimo de Demos, “pueblo” en griego, es desconocido, pero exhibe gran dominio de su tema. No se excluye que sea un cardenal.

Las comentadores de todas las escuelas, con la notable excepción del P. Antonio Spadaro, s.j., están de acuerdo en decir que este pontificado es desastroso desde varios puntos de vista, una verdadera catástrofe.

El Vaticano en la actualidad

1. El sucesor de San Pedro es la roca sobre la que está edificada la Iglesia, es fuente y fundamente de unidad en el mundo. Históricamente (según San Ireneo), el Papa y la Iglesia de Roma tienen un papel único en la preservación de la tradición apostólica, regla de la fe, y en el aseguramiento de que las Iglesias continúen enseñando lo que Cristo y los apóstoles mismos han enseñado. Antaño se decía: Roma locuta. Causa finita est [Habló Roma. La cuestión terminó]. Hoy se dice: Roma loquitur. Confusio augetur [Roma habla. La confusión aumenta].

(A) El sínodo alemán habla de homosexualidad, de mujeres sacerdotes, de la comunión a los divorciados. El papado calla.

(B) El cardenal Hollerich rechaza la enseñanza cristiana sobre la sexualidad. El papado calla. Lo cual es tanto más significativo cuanto que este cardenal es explícitamente herético: no usa ni claves ni alusiones. Si este cardenal siguiera adelante sin corrección de parte de Roma, ello constituiría una ruptura adicional y aun más profunda con la disciplina, con pocos precedentes en la historia -si es que hay alguno-. La Congregación para la Doctrina de la Fe debe actuar y hablar.

(C) Este silencio es más abrumador todavía porque contrasta con la persecución activa que se hace de los tradicionalistas y de las órdenes contemplativas. 

2. La dimensión cristocéntrica de la enseñanza se ha debilitado: Cristo es desplazado del centro. A veces, Roma misma parece confusa sobre la importancia de un monoteísmo estricto, y se refiere a veces a un cierto concepto de divinidad más amplio, que no es cabalmente panteísmo pero que se parece a una variante del panteísmo hindú.

(A) Pachamama es idolatría, aun si esto no haya sido, sin duda, la intención inicial.

(B) Las religiosas contemplativas son perseguidas, y hay actualmente iniciativas en curso para cambiar la enseñanza de los carismáticos.

(C) La herencia cristocéntrica de San Juan Pablo II en fe y moral es objeto de ataques sistemáticos. Una gran parte de los profesores del Instituto romano para la Familia han sido despedidos, y la mayor parte de los estudiantes se ha ido. La Academia para la Vida ha sido gravemente amagada, y algunos de sus miembros, por ejemplo, han hecho recientemente la apología del suicidio asistido. Ciertos miembros de las academias pontificias y algunos de sus oradores apoyan el aborto.

3. La falta de respeto a la ley en el Vaticano corre el riesgo de transformarse en un escándalo internacional. Estos problemas se han cristalizado por el actual procesamiento de diez personas acusadas de malversaciones financieras, pero el problema es anterior y más grande. 

(A) El Papa ha cambiado cuatro veces la ley en el transcurso del proceso, a fin de ayudar a la acusación. 

(B) El cardenal Becciu no ha sido tratado de manera justa, puesto que ha sido privado de sus funciones y despojado de su dignidad cardenalicia sin proceso de ningún tipo: no ha tenido derecho a un proceso justo, cuando todo el mundo tiene derecho a un proceso justo.

(C) Dado que el Papa es cabeza del Estado del Vaticano y es la fuente de toda autoridad legal, ha usado sus poderes para interferir en los procesos legales.

(D) El Papa gobierna a veces, e incluso a menudo, mediante decretos pontificios (motu proprio) que privan a los interesados de toda posibilidad de apelar.

(E) Numerosos miembros del personal, sobre todo sacerdotes, han sido expulsado sumariamente de la Curia vaticana, a menudo sin razón válida.

(F) Las escuchas telefónicas son cosa de todos los días. No sé exactamente con qué frecuencia son autorizadas.

(G) En el proceso inglés contra Torzi, el juez ha criticado duramente al procurador del Vaticano: son incompetentes o actúan por influjos, y se les impide revelar el cuadro completo. 

(H) La irrupción de la gendarmería vaticana, a las órdenes de M. Giani, en 2017, en las oficinas del auditor financiero Libero Milone, en territorio italiano, fue probablemente ilegal y ciertamente intimidante y violenta. Es posible que se haya fabricado pruebas contra Milone.

(Imagen del artículo original)

4. La situación financiera del Vaticano es grave. 

(A) Los últimos diez años, al menos, han sido casi todos deficitarios. Antes de la pandemia de Covid-19, este déficit giraba alrededor de 20 millones de euros al año. En los tres últimos años, se ha elevado a 30-35 millones al año. Los problemas datan de antes del papa Francisco y del papa Benedicto.

(B) El Vaticano enfrenta un importante déficit en sus fondos de pensiones. Hacia 2014, los expertos del COSEA estimaban que este déficit se elevaría a 800 millones de euros en 2030. Esto era antes del Covid-19.

(C) Se estima que el Vaticano ha perdido 217 millones de euros en el affaire del inmueble londinense de Sloane Avenue. En los años 80, el Vaticano se vio forzado a desembolsar 203 millones en la secuela del escándalo de la Banca Ambrosiana. La ineficacia y la corrupción de estos últimos 25-30 años han costado al Vaticano al menos 100 millones de euros adicionales, y sin duda mucho más todavía, quizá 150-200 millones.

(D) A pesar de la reciente decisión del Santo Padre, los procedimientos de inversión todavía no se han centralizado (como COSEA lo había recomendado en 2014 y como el Secretario para la Economía intentó hacer en 2015-2016), y se sigue ignorando los consejos de los expertos. Durante decenios, el Vaticano ha tenido tratos con financistas de pésima reputación, mantenidos al margen por todos los bancos respetables de Italia.

(E) La renta de las 5.261 propiedades del Vaticano sigue siendo escandalosamente baja. En 2019, antes del Covid-19, la renta media era de alrededor de 4.500 euros al año. En 2020 cayó a 2.900 euros por propiedad.

(F) La actitud cambiante del papa Francisco en las reformas financieras, que han logrado progresos incompletos aunque sustanciales en la lucha contra la criminalidad financiera, y que siguen tratando de corregir las cuentas (salvo en el Instituto para las Obras de Religión), sigue siendo un misterio y un enigma.   

En una primera época, el Santo Padre alentó vigorosamente las reformas. Con posterioridad, ha impedido la centralización de las inversiones, se ha opuesto a las reformas y a la mayoría de las tentativas de terminar con la corrupción, y apoyó al entonces arzobispo Becciu, quien era en esa época el centro de todo el establishment financiero del Vaticano. Pero luego, en 2020, el Papa se volvió contra Becciu y son, al cabo, no menos de 10 personas las que han sido inculpadas y perseguidas. En el pasado, los informes de infracción de la Autoridad de Información Finnciera raramente daban lugar a procedimientos penales.

Los auditores externos de PWC y de Cooper han sido despedidos, y el auditor general Libero Milone fue obligado a renunciar por acusaciones falsas en 2017. Todos ellos se habían acercado demasiado a la corrupción de la Secretaría de Estado. 

5. La influencia política del papa Francisco y del Vaticano son mínimas. Intelectualmente, el nivel de los escritos papales va en descenso en relación con los estándares de San Juan Pablo II y del papa Benedicto XVI. Las direcciones y las orientaciones políticas se limitan a menudo a lo “políticamente correcto”, pero ha habido graves fallas en la defensa de los derechos humanos en Venezuela, Hong Kong, China continental y actualmente, frente a la invasión rusa.

No hay ningún apoyo público a los fieles católicos de China que han sido regularmente víctimas de persecuciones debido a su lealtad hacia el papado, desde hace más de 70 años. Ningún apoyo público de Vaticano a la comunidad católica de Ucrania, sobre todo a los greco-católicos.

Estos problemas deberán ser reexaminados por el próximo Papa. El prestigio político del Vaticano está en su punto más bajo.

6. En otro ámbito, menos importante, la situación de los tradicionalistas tridentinos (católicos) debería ser regularizada.

En un nivel todavía más anecdótico, la celebración “individual” y en pequeños grupos de las Misas matinales en la Basílica de San Pedro, debiera ser nuevamente autorizada. Por ahora, esta gran basílica parece un desierto por las mañanas.

La crisis del Covid-19 ha disimulado el importante descenso de los peregrinos que asisten a las audiencias del Papa y a las Misas.

El Santo Padre goza de un débil apoyo entre los seminaristas y los sacerdotes jóvenes y existe una disociación generalizada en el seno de la Curia vaticana.

El próximo cónclave

1. El Colegio de Cardenales se ha debilitado por nombramientos excéntricos, y no se ha reunido desde el rechazo de las opiniones del cardenal Kasper durante el consistorio de 2014. Hay numerosos cardenales que no se conocen unos a otros, lo que añade una dimensión de imprevisibilidad adicional al próximo cónclave.

2. Desde el Concilio Vaticano II, las autoridades católicas han subestimado a menudo el poder hostil de la secularización, del mundo, de la carne y del diablo, sobre todo en Occidente, y han sobreestimado la influencia y el poder de la Iglesia católica.

Somos hoy más débiles que hace 50 años, y hay numerosos factores cuyo control se nos ha escapado, al menos a corto plazo, como la disminución del número de creyentes, la asistencia a Misa y la declinación o extinción de numerosas órdenes religiosas. 

3. El Papa no tiene por qué ser el mejor evangelizador del mundo, ni una fuerza política. El sucesor de Pedro, en tanto que jefe del colegio de obispos, que son también sucesores de los apóstoles, juega un papel fundamental en la unidad y la doctrina. El nuevo Papa deberá comprender que el secreto de la vitalidad cristiana y católica viene de la fidelidad a las enseñanzas de Cristo y a las prácticas católicas. No viene de la adaptación al mundo ni del dinero.

4. El primer trabajo del nuevo Papa consistirá en restaurar la normalidad, la claridad doctrinal en materia de fe y moral; en restaurar el respeto al derecho y la garantía de que el principal criterio para el nombramiento de los obispos será la aceptación de la tradición apostólica. La competencia y la cultura teológicas representan una ventaja y no un obstáculo para todos los obispos, y sobre todo para los arzobispos.

Tales son los fundamentos necesarios para vivir y predicar el Evangelio. 

5. Si las reuniones sinodales continuaran en todo el mundo, ello significaría malgastar mucho tiempo y dinero en detrimento de la evangelización y del servicio, más que un fortalecimiento de estas actividades esenciales.

Dar autoridad doctrinal a los sínodos nacionales o continentales sería un nuevo peligro para la unidad mundial de la Iglesia, supuesto que, por ejemplo, la Iglesia alemana adopta puntos de vista doctrinales que no son compartidos por las otras Iglesias y que no son compatibles con la tradición apostólica.

Si no viene de Roma una corrección de estas herejías, la Iglesia se verá reducida a una vaga federación de Iglesias locales, con visiones diferentes, probablemente más cercana a un modelo anglicano o protestante que a uno ortodoxo.

Una de las primeras prioridades del próximo Papa será eliminar y prevenir semejante desarrollo, tan peligroso para el porvenir, exigiendo unidad sobre lo esencial y no permitiendo diferencias doctrinales inaceptables. La moralidad de los actos homosexuales será uno de los puntos críticos.

6. Dado que el clero joven y los seminaristas son casi todos ortodoxos y, a veces, bastante conservadores, el nuevo Papa deberá estar consciente de los cambios sustanciales aportados al liderazgo de la Iglesia desde 2013, quizá sobre todo en América del Sur y América Central. Asistimos a un nuevo impulso en el despertar del protestantismo liberal en el seno de la Iglesia católica.

Es poco probable que el cisma venga de la izquierda, a la que generalmente le importan poco las cuestiones doctrinales. Hay más posibilidades de un cisma desde el ala derecha, lo que es siempre posible cuando se inflaman las cuestiones litúrgicas y no se las controla.

Unidad en lo esencial. Diversidad en lo secundario. Caridad en todo.

7. A pesar de su peligrosa declinación en Occidente, de su fragilidad intrínseca y de su inestabilidad en numerosos lugares, debería tomarse en serio la factibilidad de una visita apostólica a la orden de los jesuitas, quienes enfrentan una disminución numérica catastrófica, desde los 36.000 miembros durante el Concilio Vaticano II a menos de 16.000 en 2017 (con probablemente un 20-25% de ellos mayores de 75 años). En ciertos lugares, se asiste igualmente a una declinación moral catastrófica. 

La orden jesuita es muy centralizada y muy susceptible de reformas o de ruina, comenzando por su cabeza. El carisma y el aporte de los jesuitas ha sido y sigue siendo tan importante en la Iglesia que no se los debiera relegar a los libros de historia o reducirlos a una comunidad afro-asiática sin nada que hacer. 

8. Hay que preocuparse del declinar de los católicos y de la expansión del protestantismo en América del Sur. Casi no se habló de esto en el sínodo de la Amazonia. 

9. Hay claramente una gran cantidad de reformas que hacer en el Vaticano, pero ello no debiera ser el principal criterio de selección del próximo Papa.

El Vaticano no tiene deudas importantes, pero un déficit anual persistente terminará por conducirlo a la quiebra. Naturalmente, se tomará medidas para remediarlo, para separar al Vaticano de sus cómplices criminales y volver a poner orden en las cuentas. El Vaticano deberá dar pruebas de competencia y de integridad para atraer las donaciones importantes que ayudarán a resolver este problema.

A pesar del mejoramiento de los procedimientos financieros y de una mayor transparencia, las dificultades financieras persistentes van a seguir constituyendo un problema importante, aunque mucho menos importantes que las amenazas doctrinales y espirituales con que la Iglesia está enfrentada en el Viejo Mundo.

(Foto: Aciprensa)

martes, 21 de diciembre de 2021

¿Pueden los católicos “reconocer y resistir”?

Siguiendo con el artículo publicado el domingo del Dr. Peter Kwasniewski , les ofrecemos hoy otro de Eric Sammons sobre la resistencia ante medidas que se consideran injustas. El autor se pregunta si se puede, en verdad, reconocer y resistir en situaciones como éstas, concluyendo que los católicos han visto siempre al Romano Pontfice como un hombre imperfecto que ocupa un puesto importante y necesario, pues fue instituido por Cristo para regir su Iglesia en la tierra, sin excluirlo de la debida sujeción a la Revelación. De esta manera, no se ha producido nunca el dilema entre ese reconocimiento de su augusta posición y el tener que resistirlo si actuaba contra la tradición aceptada.

El artículo fue publicado originalmente en OnePeterFive y ha sido traducido por la Redacción. Eric Sammons es el director ejecutivo de Crisis Publications, además de autor de ocho libros, entre los cuales se incluye Deadly Indifference: How the Church Lost Her Mission, adn How We Can Reclaim It.

El argumento de Sammons ha sido también repetido en varias ocasiones por Caminante Wanders. Les recomendamos igualmente la lectura de esta entrada del Padre de familia y la reseña del libro del Prof. Roberto De Mattei sobre el Vicario de Cristo, ambas publicadas en esta misma bitácora. 

Eric Sammons

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¿Pueden los católicos “reconocer y resistir”?[1]

Eric Sammons

“Con filial espíritu filial de obediencia, desobedezco, me rehúso, y me rebelo”. Aunque pronunciadas estas palabras por un obispo inglés del siglo XIII, ellas, dirigidas de forma osada y paradojal al Papa, representan bien la tensión que encontramos en el movimiento contemporáneo “Reconozco y resisto” existente en la Iglesia católica. Reconocemos que Francisco es el legítimo Papa y que, en cuanto tal, es nuestro Santo Padre, que merece nuestra obediencia. Pero, al mismo tiempo, resistimos aquellos aspectos de su obra que son contrarios a la tradición apostólica.

¿Es verdaderamente católica esta postura de “reconocer y resistir” (R&R), fundada claramente en una paradoja (algunos dirían “contradicción”)?

Aclaremos, en primer lugar, los términos que usamos. La primera “r”, “reconocer”, es sencilla: quiere decir que quienes están en esta postura reconocen que Jorge Mario Bergoglio es actualmente el legítimo Romano Pontífice, que reina como papa Francisco, y como tal, tiene autoridad legítima sobre la Iglesia, definida específicamente según el Concilio Vaticano I.

Lo anterior diferencia R&R de tres otros grupos que también se oponen a la obra de Francisco: (1) aquéllos que creen que no hay actualmente un Papa legítimo (sedevacantistas); (2) aquéllos que creen que Francisco ocupa materialmente, pero no formalmente el cargo de papa (sedeprivacionistas), y (3) aquéllos que creen que el papa Benedicto XVI es todavía el legítimo papa (beneplenistas).

La otra “r”, “resistir” puede ser definida más latamente. Hay muchos católicos conservadores que asisten al Novus Ordo y que, a veces, critican al Papa, a quienes se podría aplicar la etiqueta R&R. Con todo, la etiqueta se destina normalmente a los tradicionalistas que formulan críticas más fuertes y constantes al papa Francisco.

En esencia, “resistir” quiere decir oponerse al programa global del papa Francisco, que incluye la narrativa dominante de las élites culturales sobre temas como el cambio climático y el covid-19, y procura marginalizar la liturgia y la teología católica tradicionales. No se trata, simplemente, de una que otra crítica, sino de un rechazo de la visión que Francisco tiene de la Iglesia.

Pablo reprende al arrepentido Pedro, de Guido Reni
(Imagen: artículo original)

Aclarado el significado de “reconocer y resistir”, surge una cuestión más importante: ¿es ésta una postura legítima que un católico, especialmente uno tradicionalista, pueda adoptar? Porque, después de todo, uno de los fundamentos del catolicismo es el papado, por lo que ¿cómo podría ser tradicional el “resistir” al hombre que uno reconoce que ocupa ese cargo?

Como adherente al ámbito R&R, reconozco esta paradójica tensión. Cuando hace casi 30 años me convertí al catolicismo, no me habría jamás imaginado que dedicaría tiempo a alegar, en muchas ocasiones, que el Papa está equivocado en temas católicos fundamentales, como la finalidad de la liturgia o la moralidad de la pena de muerte. Aunque algunos amigos católicos en aquella época me argumentaban que los católicos no adoran al Papa y que éste puede equivocarse, jamás me imaginé que podía equivocarse tanto.

Así pues, todo católico que se goza o se consuela con que el Papa conduzca a la gente al error, no es muy buen católico. “Reconocer y resistir” es vivir el Viernes Santo, no el Domingo de Resurrección.

Sin embargo, hay católicos que sostienen que R&R es intrínsecamente anti-tradicional, puesto que parece contradecir los escritos de los pontífices, especialmente los de la última parte del siglo XIX y los del siglo XX, sobre el papel del Papa en la vida de un católico. Ser católico, según esto, significa aceptar devotamente todas las opiniones del Papa reinante (y si sus opiniones contradicen la enseñanza y la práctica católicas anteriores, hay que concluir que, o bien dichas enseñanzas previa son hoy erróneas, o bien que el Papa no es Papa).

Sin embargo, esta concepción no abarca la totalidad de los 2 mil años de tradición. Las generaciones anteriores de católicos no vieron al Papa como la versión católica del Oráculo de Delfos, sino que lo vieron como un hombre imperfecto que ocupa un puesto importante y necesario. Para ellos no era problema resistirlo si actuaba contra la tradición aceptada, incluso reconociendo su augusta posición.

Naturalmente, el fundamento de la postura R&R está en la Sagrada Escritura. En la Epístola a los Gálatas, San Pablo nos dice que cuando San Pedro, nuestro primer Papa, se apartó equivocadamente de la compañía de los creyentes no circuncidados, “en su misma cara le resistí, porque se había hecho reprensible” (2, 11). El Apóstol de los Gentiles no rechazó la autoridad del príncipe de los Apóstoles, pero lo resistió cuando Pedro actuó contra el Evangelio.

Otro ejemplo histórico de R&R lo da la vida de Roberto Grosseteste, un obispo de Lincoln, Inglaterra, del siglo XIII. Grosseteste fue un gigante en su tiempo, y aunque nunca se lo canonizó, hubo muchos que lo veneraron como santo, por los muchos milagros que se atribuyeron a su intercesión en el cielo. Pero no se trató sólo de un hombre santo, sino que fue uno de los intelectuales líderes de su época, y Roger Bacon fue uno de sus alumnos. En 1253, el papa Inocencio IV ordenó que una canonjía vacante se le entregara a un sobrino suyo. El obispo Grosseteste rechazó la orden, y escribió una larga carta al nuncio papal explicando su decisión, en la que dijo lo siguiente: “Es bien sabido que soy pronto a obedecer las órdenes apostólicas con filial afecto, y con toda devoción y reverencia, pero que me opongo a aquellas cosas que se oponen a los mandatos apostólicos, por celo del honor de mi padre […] Con espíritu filial y de obediencia, desobedezco, me rehúso y me rebelo” (filialiter et obedienter non obedio, contradico et rebello)[2].

Esa última línea “Con espíritu filial y de obediencia, desobedezco, me rehúso y me rebelo” resume bien la posición R&R. Esta es filial y obediente porque adhiere a las doctrinas y prácticas de la fe que se nos han legado desde el tiempo de los Apóstoles, y reconoce al Papa como el legítimo padre que normalmente debe ser obedecido. Sin embargo, cuando el papa contraría los “mandatos apostólicos”, no se le debe obedecer y hay que rehusar hacerlo.

(En siglos recientes algunos protestantes han procurado reclamar a Grosseteste como uno de los suyos pero, como lo expresa la Catholic Encyclopedia de 1910, “Es cierto que se opuso con todo su poder a los abusos de la administración papal, pero el estudio de sus cartas y escritos hace tiempo debiera haber destruido el mito de que puso en duda la plena potestas de los Papas”).

Sin embargo, Grosseteste no es el único ejemplo histórico de semejante actitud ante el papado. El famoso décimo arzobispo de Canterbury, San Dunstán (909-988), excomulgó en cierta oportunidad a un noble, quien luego se fue a Roma a pedir que se le levantara la excomunión. Probablemente mediante una coima, la excomunión le fue levantada. Cuando el noble regresó a Inglaterra, San Dunstán simplemente ignoró el alzamiento de la excomunión por el Papa y dio la orden de que siguiera vigente. Este santo reconocía la autoridad suprema del Papa, pero resistió el ejercicio ilegítimo de la misma.

San Dunstán, arzobispo de Canterbury 
(Imagen: Look and learn)

Se podría alegar que estos ejemplos históricos no son iguales que los errores papales de hoy o sus injustos mandatos. Después de todo, ningún Papa medieval, a pesar de su corrupción, intentó jamás suprimir la Misa de todos los tiempos o erosionar la práctica eucarística perenne de la Iglesia en cuanto a quienes están en pecado mortal. Lo cual es verdad. Pero me parece que el principio sigue siendo válido. En el medioevo política y religión no eran entidades separadas: si alguien se oponía a lo que se podría llamar las órdenes “políticas” de un Papa, podía ser excomulgado, poniendo en peligro su alma inmortal. En la mente medioeval, existía una íntima fusión entre política y religión, por lo que resistir a un Papa por motivos que hoy consideraríamos políticos constituía una declaración teológica.

“Reconocer y resistir” vuelve a ser una posición necesaria hoy día, que permite a los católicos vivir fielmente en la Iglesia divinamente instituida, sin dejar que sus aspectos humanos los desvíen: no conduce a callejones espirituales sin salida que cuestionan la legitimidad de la Iglesia, ni sucumbe a un anti-intelectualismo que tiende a ver lo blanco como negro, ni a poner las cosas de cabeza.

Sí: existen riesgos en la postura R&R. Resistir al Papa puede fácilmente convertirse en rechazar al Papa, y hacerlo constituiría un protestantismo práctico. No podemos erigirnos en papas privados que determinan lo que es y lo que no es doctrina católica legítima. Pero, al mismo tiempo, por algo tenemos a la Tradición: la tenemos para poder saber qué es lo que se nos ha transmitido desde los Apóstoles. Si cualquier dirigente de la Iglesia, incluido el papa, obra o enseña de un modo contrario a la Tradición, ha sido siempre doctrina católica que tal acción o enseñanza puede y debe ser resistida.

Así pues, creo que “reconocer y resistir” es la única posición legítima para un católico en la actualidad. Pero, a nivel práctico, diría que, para la mayor parte del laicado, una posición mejor sería “reconocer e ignorar casi totalmente”. Tal fue, por lo demás, la postura de los católicos antes del advenimiento de los medios modernos de comunicación. El campesino medieval inglés ni conocía ni le importaba cuál era la posición del Papa en cada tema posible: vivía, sencillamente, su vida de trabajo, de familia, de oración y de sacramentos en el contexto de su parroquia local. Mientras para algunos es un deber trabajar para resistir públicamente cosas tales como los mandatos no apostólicos del Papa, para la mayoría de los católicos el modus operandi debiera ser vivir simplemente como fieles, sin una referencia constante a las últimas entrevistas hechas al Papa, a sus últimos discursos y acciones.


[1] Nota del Traductor: la frase aquí usada por el autor –“reconocer y resistir”- corresponde, latamente, al adagio castellano, a menudo empleado en América frente a casos de leyes injustas o inconvenientes dictadas por el Rey en Madrid, “se acata, pero no se cumple”. Con estas palabras, los súbditos americanos reconocían que el Rey tenía la facultad de dictar las leyes consideradas injustas o inconvenientes, pero no las cumplían precisamente por tener ambos defectos. Con todo, en el término “acatar” no está claramente incluida la idea -que se daba por supuesta en la época monárquica americana- de la legitimidad del Monarca. Por eso hemos preferido no referirnos en la traducción a dicho adagio, ya que con la idea de “reconocer” que usa aquí el autor se remite éste a la cuestión, debatida actualmente, de si el papa Francisco es o no legítimo Romano Pontífice. Salvado este punto, sin embargo, bien podría decirse en castellano, ante casos como el motu proprio Traditionis Custodes, que “se acata pero no se cumple”.

[2] Citado en Stephens, W.R.W., The English Church: From the Norman Conquest to the Accession of Edward I (Londres, Macmillan & Co., Londres, 1909), p. 242.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Conferencia del Prof. Augusto Merino Medina acerca del rito y el culto en la sociedad actual

El próximo jueves 23 de septiembre, a las 19.00 horas, a través de la plataforma Meets de Google, y gracias a la gentil acogida de la Universidad Gabriela Mistral, el Prof. Augusto Merino Medina, asiduo colaborador de esta bitácora, impartirá una conferencia intitulada "Racionalismo y cultura en el crepúsculo de la modernidad. Reflexiones en torno al rito y al culto en la sociedad actual". 

Se trata de una excelente oportunidad para profundizar en un aspecto de enorme importancia para entender la dimensión cultural que tienen los ritos y el culto, algo sobre lo que ha insistido también el filósofo Byung-Chul Han en su reciente libro La desaparición de los rituales: Una topología del presente (2019). 

sábado, 10 de julio de 2021

Liturgia como trabajo versus liturgia como ocio

Les ofrecemos hoy la segunda parte de una serie de dos entregas del Dr. Peter Kwasniewski referida a la necesidad de apartar los deseos del activismo para que la vida espiritual fructifique. La primera parte, que publicamos la semana pasada, puede verse en este enlace. El objetivo del autor es mostrar la prioridad que tiene la contemplación, de la cual debe nacer la verdadera fuerza del cristiano. El mensaje recuerda la enseñanza de San Rafael Arnaiz (1911-1938), conocido como el Hermano Rafael, quien dejó escrito: "¿Por qué se extraña el mundo de que unos hombres llenos de buena voluntad se dediquen a hincar sus rodillas y eleven su corazón a Dios? Los creen inútiles, los llaman egoístas, locos, y que están perdiendo su tiempo...; pero no es así, los hombres que se dedican a la oración son los únicos que saben aprovecharlo" (Saber esperar, núm. 719). Para este santo, la oración es lo único que impide a Dios barrer con la humanidad (Saber esperar, núm. 720). Por eso, hay que convertir el tiempo en gracia y plenitud, siguiendo el consejo de "velad y orad" (Mt 26, 41).

El artículo fue publicado por New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes provienen de la versión original. 

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Liturgia como trabajo versus liturgia como ocio

(Segunda parte de una serie de dos, “Exorcizar el demonio del activismo”)

Peter Kwasniewski 

La semana pasada escribí sobre la tendencia de los cristianos modernos a priorizar la actividad -buenas obras, trabajo social, en breve, la dimensión “horizontal”- por sobre la dimensión “vertical” de la relación individual y colectiva con Dios y su Reino, tal como la encontramos y cultivamos en la oración personal y litúrgica. Para nadie es un secreto que lo que domina en nuestro mundo es la actitud pragmática y utilitaria, que domina también, lamentablemente, en nuestra Iglesia. Es inusual el pastor de almas que se toma a sí mismo en serio y, a continuación, enseña a los demás, con su ejemplo y su palabra, que buscar la unión contemplativa con Dios es, de modo absoluto, la primera prioridad en la vida de todos los hombres que han existido y que existirán, y que ello significa dar a Dios lo mejor de nuestro tiempo y de nuestros recursos. A veces pienso que el juicio final ha de girar inicialmente en torno a la cuestión de por qué dimos a Dios tan poco de nuestro tiempo, de nuestra atención y de nuestro amor cuando Él estuvo entre nosotros en símbolos y en la Presencia Real, y que sólo después de que este defecto fundamental haya sido detenidamente examinado, se llevará a cabo la aterradora revisión de nuestros particulares pecados, ofensas y negligencias.

El heroico jesuita P. Willie Doyle, s.j. (1873-1917), que gastó su vida al servicio de sus hombres en el campo de batalla, durante la Primera Guerra Mundial, como bienamado y valiente capellán militar (y que, por tanto, no puede ser acusado de piadosas ensoñaciones), dijo una vez: “¿Ha pensado usted alguna vez en que cuando el Señor señaló las “mieses listas para la cosecha” no mandó a sus Apóstoles ir a recogerla, sino rezar?” (recordemos Mt 9, 37-38: “Entonces dijo a sus discípulos: La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”).

La crítica que hizo el papa San Juan Pablo II al empobrecimiento de las relaciones personales en la sociedad materialista sugiere un impactante paralelo con la confusión de lo primario con lo secundario en la vida de la Iglesia: “El criterio de la dignidad de la personal -que exige respeto, generosidad y servicio- es reemplazado por el criterio de la eficiencia, de la funcionalidad y de la utilidad: los demás son considerados no por lo que “son” sino por lo que “tienen,  y hacen, y producen” (Evangelium Vitae, núm. 23).

Los reformadores litúrgicos cometieron una torpeza análoga. El criterio de la dignidad litúrgica -que exige un profundo respeto por la tradición (prerrequisito para internalizar su sabiduría), una generosa auto-renuncia ante sus demandas de ascesis y de cumplimiento de las rúbricas, y un sincero servicio a los fieles al ofrecerles una continua formación-, fue reemplazado por los criterios activistas de eficiencia, funcionalidad y utilidad ad extra. Había que juzgar la liturgia no por lo que ella es, en su esencia misma, sino por sus externalidades, su facilidad en relación con nosotros, su satisfacción de nuestras necesidades no educadas, su satisfacción de nuestros deseos y, poniéndonos en el mejor de los casos, su estimulación de nuestras actividades apostólicas. La liturgia se transformó en una sociedad mutualista para el deísmo moralístico y terapéutico, con un toque católico decorativo.

Un ritual contemplativo, como el que la Iglesia ofreció a Dios antes de mediados de la década de 1960, no podrá jamás resistir las incesantes demandas del pragmático de producir resultados instantáneos o de producir “algo” continuamente. Todo esto se debe a un error fundamental: se toma el trabajo, más que el reposo, como el paradigma de lo que está en acto. Conviene que nos detengamos en este punto.

Aristóteles introdujo en la filosofía una de las distinciones más útiles que jamás se ha hecho, la diferencia entre “acto primero” y “acto segundo” (o, según algunas traducciones, actualidad primera y actualidad segunda). Podemos entender esta distinción, que no es lógica sino metafísica, considerando una serie de ejemplos tomados de la experiencia común e intuyendo qué es lo que tienen en común: por ejemplo, ser capaz de ver versus ver efectivamente; estar vivo pero dormido versus estar despierto; ser capaz de conocimiento intelectual o habitual versus entender efectivamente una esencia, algo que ocurre cuando el conocedor y lo conocido, sujeto y objeto, son uno y lo mismo. Esta última situación es “estar en pleno quehacer” (en el lenguaje de Joe Sachs, influido por Heidegger), pero, paradojalmente, no se trata de estar trabajando laboriosamente en algo, sino de permanecer activamente en posesión de una forma o de una perfección. La capacidad de trabajar está ordenada hacia el trabajar (lograr actualidad), pero el trabajo está ordenado hacia un cierto “descanso” (actualidad plenamente lograda). Lo que Abraham Maslow llama “un estado de flujo” es precisamente -a esto se refiere Aristóteles- este segundo acto/actualidad, en su cúspide.

La solemne liturgia pública de la Iglesia, aunque supone los esfuerzos conjuntos de diversas personas, es esencialmente esta última clase de trabajo: es estar “en situación de pleno trabajo” en la actualidad de Cristo, que Él comparte con nosotros como un desbordamiento, como una redundantia, del cielo, al que nos unimos como ramas u hojas que van flotando curso abajo más que como camiones que acarrean gravilla o aplanadoras que aplanan asfalto. No estamos haciendo un mundo mejor por el trabajo de nuestras manos, sino que estamos siendo rehechos a la imagen de Dios, que es acto puro.

El libro más conocido de Joseph Pieper se titula El ocio y la vida intelectual. Por “ocio” Pieper entiende lo que hacemos por razón de sí mismo, una vez que todas nuestras demás necesidades prácticas están satisfechas. El ocio no es relajo, que es un intervalo de inacción antes de reanudar nuestras acciones. Ni es tampoco exactamente lo mismo que recreación, que es entretenemos a nosotros mismos, o mutuamente unos con otros, de una manera más o menos dignificada. El ocio es la actividad refleja y contemplativa de gozarse en lo que es real, con toda la mente y el corazón, sin ningún otro negocio que nos urja o nos distraiga; es descansar con admiración y gratitud en la bondad de la creación y de su Creador; es aquello a que el hombre virtuoso se esfuerza por dar cabida, porque es la mejor de las actividades humanas y, de hecho, algo que es más que humano.

Ver la “liturgia como trabajo” y ver la “liturgia como ocio” son, pues, dos formas básicas de ver esta realidad. La primera es activista, la segunda, contemplativa; una está basada en el paradigma del compromiso y la producción, la otra en el paradigma de la receptividad, del abandono, del descanso. Los partidarios de la primera concepción se imaginan a sí mismos haciendo lo correcto, construyendo en la realidad un correcto estado de cosas, y piensan por ello que sus oponentes son “pasivos”, “observadores mudos”. Los partidarios de la segunda concepción se ven a sí mismos primariamente como contemplando y amando lo que es bello o noble de por sí, y consideran, por tanto, que un cierto tipo de pasividad es una virtud, y que la observación reposada es una forma de abrir el alma al poder de alguien que actúa para conformarla a Sí mismo. Como dice Andrew Louth, “participar contemplando le parece un defecto sólo a la atareada mente occidental” (The Study of Spirituality, p. 187). 

Profesiones monásticas: todos en esta foto son receptivos en postura y acción

Misas privadas monásticas (véase aquí algunas fotos recientes)

El P. Ray Blake se pregunta “¿por qué los contemplativos con problemáticos?”, y responde:

“Parece que es debido a algo relacionado con la 'otreidad' de sus vidas […] sus valores no son los del mundo contemporáneo: tienden a permanecer quietos más que a salir a las periferias del pensamiento contemporáneo, stat crux dum volvitur orbis, lo que significa que no coinciden 'con el programa'. Hay algo relacionado con la trascendencia y otreidad de sus vidas que dice cosas importantes sobre Dios; que Él está por sobre nosotros y más allá de nosotros, que es incognoscible, inefable, lo cual quiere decir que está fuera del control de los Reyes y de los gobiernos, e incluso de los eclesiásticos. La guerra contra la liturgia que habla de lo trascendente del período post-conciliar usa los mismos argumentos (o la misma falta de ellos) que usan quienes tienen problemas con la vida contemplativa. La liturgia que es sólo culto, que no pretende enseñar, o construir la comunidad o “celebrar”, en el sentido contemporáneo del término, es igualmente incomprensible: está más acerca del esse [ser] que del agere [obrar]”.

En su hermosa obra Love and Truth: The Christian Path of Charity (pp. 225-226), Jean Borella analiza brillantemente la mentalidad que hay detrás de la supresión de la oración y de la liturgia por razón de “necesidades sociales”:

“Ser universal, este mandamiento [del amor] es, por definición, una premisa aplicada a todo hombre; pero su cumplimiento no requiere, para que sea perfecto y para que nosotros seamos perfectos, que lo apliquemos sucesivamente a cada uno de los hombres. Esta interpretación es la que está implicada, sin embargo, en el modo cómo nuestros contemporáneos se han intoxicado con una caridad cuantitativamente ilimitada. Además, ¿por qué limitar el alcance de este mandamiento a la humanidad? ¿Acaso el orden cósmico no incluye a toda la creación, y no ha mandado Cristo que se enseñe el Evangelio a toda creatura, no sólo al hombre? Por otra parte, siendo inagotables, por definición, la imperfección, la miseria y la injusticia, el trabajo de la justicia exige la totalidad de mi tiempo y, por tanto, la totalidad de mi vida.

Por consiguiente, todo lo que no es derechamente un trabajo individual o colectivo de justicia [es considerado] un pecado mortal. La oración y la liturgia, que requieren momentáneamente la totalidad del hombre y la cesación de toda otra actividad en beneficio de la colectividad, se convierten ellas mismas en pecados mortales. Porque para orar, necesitamos retirarnos del mundo. No somos nosotros lo que lo decimos, sino Cristo, y todo lo que necesitamos es señalar que el mandamiento de la oración viene inmediatamente después de aquel pasaje tan frecuentemente citado, como si el Evangelio hubiera querido adelantarse a los errores modernos de interpretación: 'Tú, cuando ores, entra en tu habitación y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará' (Mt 6, 6).

El hic et nunc [aquí y ahora] de nuestra situación existencial implica unidad de acción. No podemos hacer varias cosas al mismo tiempo. El acto de orar y la liturgia excluyen, concretamente, la acción social y viceversa. Si la caridad activa significa absorber la totalidad de la capacidad caritativa, todo lo que se le opone debiera ser eliminado. Y por eso pensamos que la concepción moderna conduce directa y lógicamente a la eliminación del culto litúrgico y de la vida espiritual, es decir, a la eliminación de la Iglesia y, en último término, del teísmo, porque su oposición, in concreto, es estrictamente inevitable”.

Ahora bien, lo que describe Borella puede estimarse como un “caso límite” que jamás se alcanzará en este mundo, a pesar de los efectos sumados del activismo, la indiferencia y la maldad en las altas esferas y las bajas. Sin embargo, la lógica que lleva a él deja detrás de sí una estela de destrucción, a cuya vera yacen las vocaciones perdidas o jamás renovadas de decenas de miles de religiosos contemplativos después del Concilio, un enorme vacío en el Cuerpo Místico en la tierra que ninguna campaña de caridad, ni ningún programa pastoral, ni ninguna reforma litúrgica podría jamás llenar. Habrá una restauración del dinamismo misionero de la Iglesia y de su trabajo, antes incomparable, de caridad en el mundo, el día y lugar en que se redescubra y se vuelva a abrazar la primacía de la contemplación y del auténtico ocio de la liturgia. De un modo maravilloso, ocurre que el camino para alcanzar esa meta tan deseada es la meta misma: oración y culto. Los medios y el fin coinciden, porque nuestro “pan de cada día” es, por excelencia, el Hacedor del pan y de la Vida que El mismo imparte.