miércoles, 10 de febrero de 2016

Miércoles de Ceniza: comienza la Cuaresma

Cambiemos nuestro vestido por ceniza y el cilicio; ayunemos y lloremos delante del Señor, porque nuestro Dios es compasivo y misericordioso para perdonar nuestros pecados. (Joel, 2, 13)

Hoy concluye el tiempo de Septuagésima (véase aquí la entrada que le dedicamos hace unas semanas) y comienza la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza, el cual toma su nombre de la ceremonia de la imposición de las cenizas, rica en contenido. Las cenizas simbolizan el carácter efímero de todo lo terreno -incluida la vida humana-, así como la penitencia por el pecado, que trajo la muerte al mundo. Las cenizas son preparadas a partir de los ramos bendecidos en el Domingo de Ramos del año anterior, y desde el siglo X son bendecidas solemnemente por el sacerdote. Originalmente, las cenizas eran impuestas solamente a los penitentes públicos; más tarde se extendió esta conmovedora ceremonia a todos los fieles, en tanto todos debemos sentirnos y reconocernos como pecadores. Las cenizas bendecidas le otorgan a los fieles en cuanto sacramental el verdadero espíritu de penitencia. (1)

 Imposición de la ceniza, parroquia de los Santos Inocentes, Nueva York (2015)

Romano Guardini, en su libro Los signos sagrados (2), nos regala una hermosa meditación sobre el significado de las cenizas que el sacerdote nos impondrá durante la Santa Misa de este día, de la cual transcribimos para nuestros lectores un fragmento: 

" ¡Recuerda, hombre:
   Polvo eres,
   y al polvo regresarás!

Lo efímero - eso es lo que dice la ceniza. Nuestra naturaleza efímera - ¡no la de los demás, sino la mía! Mi caducidad me habla cuando el sacerdote, al comienzo de la Cuaresma, con la ceniza de los ramos otrora frescos y verdeantes del  Domingo de Ramos del año pasado, traza en mi frente la Cruz:     

   Memento homo
   Quia pulvis es
   Et in pulverem reverteris!

Todo se converti en ceniza. Mi casa, mi vestido, mis instrumentos y mi dinero; el campo, el prado, el bosque. El perro que me acompaña, y el animal en el establo. La mano con la que escribo, el ojo que lee, mi cuerpo entero. Las personas que amé, las que odié, y las que temí. Todo cuanto en la tierra me pareció grande, y lo que me pareció pequeño - todo ceniza".

Notas:

(1) Cfr. la nota del día del Misal de Anselm Schott O.S.B., edición típica de 1962.

(2) Romano Guardini, Von heiligen Zeichen, Matthias-Grünewald-Verlag, Maguncia, 1966, p. 38. Traducción desde el alemán de la Redacción. Una traducción castellana completa del pasaje se encuentra aquí.

sábado, 6 de febrero de 2016

Los principios de interpretación del motu proprio Summorum Pontificum (I)

Jaime Alcalde Silva, uno de los miembros de nuestro equipo de Redacción, ha preparado una completa recensión del libro publicado por Dom Alberto Soria Jiménez OSB, Los principios de interpretación del motu proprio Summorum Pontificum, Madrid, Cristiandad, 2014, 552 pp., que corresponde a la tesis doctoral en derecho canónico defendido por el autor. El texto íntegro ha sido publicado con el mismo título del libro reseñado en los Anales de la Fundación Francisco Elías de Tejada XXI (2015), pp. 171-220 (véase aquí la versión publicada). En razón de su extensión hemos dividido su publicación en diez entradas. Hoy les ofrecemos la primera de ellas.

 Misa tradicional celebrada en el Seminario Salesiano de Lad (Polonia)
(Foto: blog Santa Misa Gregoriana)

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Dom Alberto Soria Jiménez OSB, Los principios de interpretación del motu proprio Summorum Pontificum, Madrid, Cristiandad, 2014, 552 pp*


Dr. D. Jaime Alcalde Silva 

El libro aquí referido corresponde a la versión revisada de la tesis doctoral en derecho canónico preparada por Dom Alberto Soria Jiménez OSB bajo la dirección del profesor Roberto Serres López de Guereñu y que lleva por título «La unidad del rito romano como principio de interpretación de la carta apostólica en forma motu proprio Summorum Pontificum». Ella fue leída el 29 de mayo de 2013 en la Universidad Eclesiástica de San Dámaso (Madrid) ante un tribunal integrado por los profesores Juan Manuel Cabezas Cañabate (presidente), Nicolás Álvarez de las Asturias Bohorques y de Heredia (censor) y Manuel González López-Corps (vocal). Ahora Ediciones Cristiandad pone a disposición del público en general, a través de una edición de tirada reducida, este interesante estudio canónico, histórico y litúrgico en torno a la unidad del rito romano como principio de interpretación de la carta apostólica en forma de motu proprio de 7 de junio de 2007 merced a la cual el papa Benedicto XVI permitió la celebración de la Santa Misa y de los demás sacramentos de acuerdo a los libros litúrgicos vigentes en 1962. No extraña, por consiguiente, que la presentación del libro estuviese a cargo de S.E.R. Antonio Cañizares Lovera, por entonces Prefecto de la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos y hoy Arzobispo de Valencia (pp. 9-26), y que él mismo venga dedicado al papa emérito Benedicto XVI (p. 5), a quien se debe además una vasta obra teológica sobre la liturgia[1]. Con todo, se trata de la segunda tesis doctoral preparada y publicada por el autor, pues con anterioridad había aparecido el libro proveniente de la tesis en derecho internacional elaborada bajo la dirección del profesor Antonio Fernández Tomás y defendida en la Facultad de Derecho de Albacete de la Universidad de Castilla-La Mancha en 1994[2].

En su presentación, el Cardenal Cañizares menciona que las críticas a la concesión del libre uso del misal romano de 1962 no sólo atañen al aspecto litúrgico, sino que dejan entrever una concepción acerca del último concilio y de la reforma litúrgica que lo siguió inspirada en una «hermenéutica de la ruptura» (pp. 10 y 19). A ella se refería el papa Benedicto XVI algunos meses después de ser electo en su célebre discurso a la Curia Romana previo a la Navidad de 2005, donde llamaba a dejar de lado esa matriz de interpretación y adoptar, en cambio, una postura constructiva y asentada en la Tradición viva de la Iglesia, que denominó «hermenéutica de la continuidad» (cfr. pp. 257-260). Sobre este criterio volvió el Papa con ocasión del Año de la Fe (Porta Fidei, 5) y en varios otros documentos (cfr. pp. 260-261). Dicha clave de lectura es, con todo, contemporánea con el propio concilio. Basta recordar que ya el 24 de julio de 1966 el cardenal Alfredo Ottaviani (1890-1979), entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hizo pública una «Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales sobre los abusos en la interpretación de los decretos del Concilio Vaticano II», donde insistía en importancia de la continuidad del sensum fidei como base de una fe vivida por el Pueblo de Dios que debe ser conservada y transmitida (1 Co 11, 23)[3]. La idea fue reafirmada por el mismo dicasterio el 29 de junio de 2007 en su documento intitulado «Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia»[4]. También el propio cardenal Ratzinger había aludido a la importancia de la Tradición en la interpretación del Magisterio, para entenderla como una continuidad y no como ruptura dentro del Cuerpo Místico de Cristo, en la alocución a los obispos de Chile pronunciada durante su visita a ese país en julio de 1988[5]. Este marco conceptual permite explicar la petición de perdón que hacía el papa Juan Pablo II en 1980 «por todo lo que, por el motivo que sea y por cualquiera debilidad humana, impaciencia, negligencia, en virtud también de la aplicación a veces parcial, unilateral y errónea de las normas del Concilio Vaticano II, pueda haber causado escándalo y malestar acerca de la interpretación de la doctrina y la veneración debida a este gran Sacramento [de la Eucaristía]» (Carta Dominicae Cenae, 12). 

 S.S. Benedicto XVI celebra la Misa de la Fiesta de Corpus Christi (2012)
(Foto: L'Osservatore Romano)

La razón de esta crisis litúrgica estribó en que, si bien una profundización y renovación de la liturgia era necesaria hacia mediados del siglo XX, como lo entendió el papa Pío XII en 1948 al instituir una comisión con ese fin, muchos de los cambios se realizaron «con un espíritu superficial» (p. 14), considerando la constitución conciliar como «un libro de recetas de lo que podemos hacer con la liturgia» (p. 16), y ello condujo a que la Santa Misa perdiese la solemnidad que merece como «cumbre y fuente de la vida eclesial» (SC 10 y LG 11), olvidando que es el acto supremo de adoración y unión a Dios en espíritu y verdad (Jn 4, 24) por el que entramos en comunión efectiva con Cristo (1 Co 10, 16). De ahí que los padres conciliares hayan dejado constancia de que «para conservar la sana tradición y abrir, con todo, el camino a un progreso legítimo, debe preceder siempre una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral, acerca de cada una de las partes que se han de revisar» (SC 23).

Advierte también el Cardenal Cañizares que esta obra que ahora se reseña comporta una «guía para la aplicación práctica de Summorum Pontificum y de la instrucción Universae Ecclesiae» (p. 11), pues suministra importantes herramientas para el intérprete. A este respecto se debe tener en cuenta que el mentado motu proprio comporta una ley eclesiástica para la Iglesia de rito romano (pp. 59 y 123) y, como tal, se debe interpretar «según el significado propio de las palabras, considerado en el texto y en el contexto; si resulta dudoso y obscuro se ha de recurrir a los lugares paralelos, cuando los haya, al fin y circunstancias de la ley y a la intención del legislador» (canon 17 CIC). El presente libro ayuda, entonces, a entender tanto el texto como el contexto de los dos documentos antes mencionados, facilitando su aplicación y desentrañando la intención del legislador tras la permisión general del misal romano de 1962. Con igual función comparecen los principios generales sobre la liturgia recogidos en los primeros diez números de la Constitución Sacrosanctum Concilium (pp. 15 y 21-23), pues (y aquí el cardenal Cañizares cita al papa Benedicto XVI) la celebración de la antigua liturgia comporta una realización del concilio «incluso más fiel que lo que actualmente se presenta como realización» de éste (p. 17). Y esto no debe extrañar, dado que la liturgia que conocían los padres conciliares era aquella contenida en el misal de 1962 y el resultado de la votación del 27 de octubre de 1967 sobre la estructra general de la así denominada «Misa normativa» oficiada en la Capilla Sixtina (preludio del Novus Ordo Missae) mostró el desconcierto ante los cambios anunciados por parte de los 183 obispos que asistieron a su celebración: placet, 71 votos; non placet, 43 votos; placet iuxta modum, 62 votos; abstenciones, 4[6].

 S.E.R. Mons Antonio Cañizares celebra una Misa Pontifical (usus antiquior)
en el seminario del ICRSP en Griciliano, Italia.
(Foto: blog Hoc signo

Pero no se trata de una obra que interese sólo a especialistas, pues para el público en general su lectura invita a una enriquecedora reflexión acerca de la liturgia como un bien a conservar (p. 11) e incrementar (pp. 14-15), donde se expresa la fidelidad a la fe común, a los sacramentos que la Iglesia ha recibido de Cristo y a la comunión jerárquica instituida por su mismo Fundador (p. 22). Esto queda de manifiesto con el encanto que la Misa tradicional despierta entre los jóvenes, suscitando un sinnúmero de vocaciones al sacerdocio y la vida consagrada, siempre en unión filial al Romano Pontífice, la que se beneficia de la situación jurídica sólida y bien definida desde una coherencia teológica que suministran las reglas del motu proprio Summorum Pontificum (p. 18). En ella se hace presente a ese hombre corriente y sensual a quien se dirige la predicación de Cristo la posibilidad de acercarse a Dios (Sal 42), como un encuentro que rompe la cotidianidad de su vida (Jn 17, 15), y que lo enfrenta a una experiencia de divinidad y sacralidad a través de la propia experiencia sensible (y no meramente sentimental) que vive en la celebración del rito[7]. A la vez, el misal romano de 1962 sirve como una eficaz medida de inmunización ante esa tendencia denunciada por Juan Pablo II de laicizar a los sacerdotes y clericalizar a los laicos (contraria a SC 28), que proviene de un mal entendido alcance del sacerdocio común de los fieles (LG 10, con fuente en 1 Pe 2, 9).  

El misal de 1962 puede comportar asimismo una verdadera escuela de piedad tanto para los sacerdotes como para los demás fieles que usan aquel publicado por Pablo VI y reeditado en ediciones sucesivas (p. 23), puesto que «la garantía más segura para que el Misal de Pablo VI pueda unir a las comunidades parroquiales y sea amado por ellas consiste en celebrar con gran reverencia de acuerdo con las prescripciones» (GF 9), manifestando así, «en un modo más intenso de cuanto se ha hecho a menudo hasta ahora, aquella sacralidad que atrae a muchos hacia el uso antiguo» (GF 9). Tampoco, advierte el cardenal Cañizares, se debe olvidar la dimensión ecuménica que representa la normalización del misal romano de 1962, donde se hallan presentes una serie de aspectos que la Iglesia latina tenía en común con la tradición oriental (p. 17). 

 Misal Romano (1962)

Después de la referida presentación y de un apartado de agradecimientos (pp. 27-28), la obra en comento se estructura con una introducción (pp. 35-38), un capítulo inicial no numerado dedicado a ciertas cuestiones preliminares (pp. 39-60) y tres partes (pp. 61-385), compuestas cada una de ellas de tres capítulos, que están referidas respectivamente a la edición típica del misal romano de 1962 en la regulación canónica de su celebración (pp. 61-156), a éste en cuanto forma extraordinaria del rito romano (pp. 157-238) y a la función que aquél desempeña en la unidad de este rito de acuerdo con el pensamiento de Benedicto XVI (pp. 239-385). Cierra la obra un cuerpo de conclusiones (pp. 387-399). De gran utilidad son para el lector la tabla inicial de siglas y abreviaturas (pp. 29-34), que se agradece dada la extensión y similitud del título de algunos documentos, y los índices onomástico (pp. 541-548) y sistemático (pp. 549-552) con que concluye la edición. Sorprende favorablemente el volumen que ocupa el listado de fuentes utilizadas (pp. 401-435) y de la bibliografía de que se ha servido el autor (pp. 437-540), el cual pone en evidencia la seriedad en la investigación de un tema que, en ocasiones, se aborda con aproximaciones preconcebidas de orden ideológico o sentimental (cfr. pp. 9 y 36-37).

Es digno de encomio, entonces, el esfuerzo del autor por reconducir la cuestión bajo una clave puramente académica, con opiniones suficientemente documentadas que permiten situar el motu proprio Summorum Pontificum (7 de julio de 2007) en el lugar que le corresponde dentro de la historia canónica de la liturgia romana (cfr. p. 9). Así se comprueba de la abundante bibliografía utilizada, la mayoría de la cual viene extractada en las notas a pie de página, permitiendo un segundo nivel de lectura para quien desee profundizar en la materia. El trabajo contribuye además a aumentar la literatura especializada en castellano, que es escasa en comparación con la existente en otros idiomas (cfr. p. 9). El resultado es el fruto esperado de un hijo de San Benito (p. 26), a cuya benemérita orden tanto debe la restauración litúrgica de la mano de Dom Prosper Guéranger (1805-1875), abad de Solesmes, y de otros que siguieron su ejemplo[8].  




* Abreviaturas: CCEO (Código de los Cánones de las Iglesias Orientales); CEC (Catecismo de la Iglesia Católica); CIC (Código de Derecho Canónico); EU (motu proprio Ecclesia Unitatem); GF (carta a los obispos que acompaña el motu proprio Summorum Pontificum); LG (Constitución dogmática Lumen gentium); OGMR (Instrucción general del misal romano); PO (Decreto Presbyterorum ordinis); SC (Constitución Sacrosanctum Concilium); SP (motu proprio Summorum Pontificum); UE (instrucción Universae Ecclesiae). 

[1] Ahora reunida en Ratzinger, J./Benedicto XVI, Obras completas, XI: Teología de la liturgia, trad. de Irene Szumlakowski, Roberto Bernet y Pablo Cervera Barranco, Madrid, BAC, 2012.

[2] Soria Jiménez, A., La excepción por actividades comerciales a las inmunidades estatales, Madrid, Ministerio de Justicia, 1995, 313 pp.

[3] Véase Comisión Teológica Internacional, El sensus fidei en la vida de la Iglesia, Madrid, BAC, 2014.

[4] Véase Vadillo Romero, E. (ed.), Documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1966-2007), Madrid, BAC, 2008, pp. 28-31 y 784-789.

[5] La cobertura de esa visita y los textos de las intervenciones del cardenal Ratzinger pueden ser revisados en el cuaderno Humanitas 20 (2008) publicado por la Pontificia Universidad Católica de Chile.

[6] Cfr. Caprile, G., «Il Sinodi de Vescopi», La Civiltà Cattolica 118/4 (1967), p. 601.

[7] La actuosa participatio que promovió el Movimiento Litúrgico y reconoció la constitución conciliar como una de las bases de la reforma litúrgica implica una profundización de los fieles en el misterio eucarístico, cada uno a su manera, y no una intervención meramente vocal o gestual en paridad con el sacerdote. Su correcta comprensión exige, por consiguiente, tanto evitar reducir la Misa a la sola celebración ritual como identificar la participación de los fieles con aspectos funcionales o externos, incluyendo el referido a la diferencia esencial y no sólo de grado existente entre el sacerdote y los fieles (CEC 1547). Ella está totalmente orientada hacia la unión de los fieles con Cristo (CEC 1382), a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana (CEC 1332). Por eso, por ejemplo, el Catecismo mayor de San Pío X, al responder la pregunta de si el rezo del Rosario u otras preces estorba oír la Santa Misa, señalaba que no era así «con tal de que se procure buenamente seguir las ceremonias del santo sacrificio» (núm. 270). Véase, por ejemplo, Gutiérrez, J. L., Liturgia. Manual de iniciación, Madrid, Rialp, 3ª ed., 2006, pp. 188-194. El mismo fenómeno, con claro riesgo de inmanentismo, se observa cuando se abandona la enseñanza catequética tradicional basada en realidades objetivas (las cuatro partes en que hoy se divide el CEC) y se sustituye por otra basada en la progresión de la propia experiencia de vida (CEC 1074). Véase Madiran, J., Histoire du catéchisme. 1955-2005, París, Consep, 2005.

[8] Véase Garrido Bonaño, M., Grandes maestros y promotores del movimiento litúrgico, Madrid, BAC, 2008.

jueves, 4 de febrero de 2016

Cómo introducir en las parroquias la forma extraordinaria de un modo pacífico y estable

Durante el I Congreso Summorum Pontificum celebrado en la ciudad de Santiago de Chile, el Rvdo. don Milan Tisma, titular de la Parroquia de San Juan de Dios en la Población Buzeta, comuna de Cerrillos, y capellán de la Asociación Litúrgica Magnificat, ofreció una interesante conferencia sobre su experiencia celebrando ambas formas del rito romano (véase aquí el reporte que publicamos sobre dicho congreso). 

En esa ocasión llamó a recuperar el sentido de lo sagrado, a poner a disposición de los fieles el tesoro de la liturgia tradicional y a contribuir, por medio de una eficaz acción pastoral, a la reconciliación y a la paz litúrgica dentro de la Iglesia. Su intervención finalizó con algunas directrices de orden práctico para introducir la celebración de la forma extraordinaria en una comunidad, atendiendo a los criterios de gradualidad y de incremento. Paix Liturgique, que envió un corresponsal a cubrir el congreso, ha publicado una de sus cartas donde se relata la ponencia del Rvdo. Tisma. La Redacción la ha traducido del francés para ofrecerla a nuestros lectores (hay también una versión en inglés, que puede revisarse aquí). 

El texto se completará próximamente con la traducción de la entrevista hecha por el mismo sitio Paix Liturgique (difundida después por varios sitios afines) al Rvdo. Claude Barthe, conocido promotor de la forma extraordinaria, donde se comentan los consejos y comentarios formulados por nuestro capellán en la nota que enseguida reproducimos con algunas correcciones. 

El Pbro. don Milan Tisma durante el I Congreso Summorum Pontificum de Santiago (2015) 

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Cómo introducir en las parroquias la forma extraordinaria de un modo pacífico y estable

Volvemos de nuevo esta semana a la conferencia, muy interesante y original, leída por el Pbro. don Milan Tisma, como resumen del primer Congreso Summorum Pontificum de Chile, realizado en julio de 2015.

Don Milan Tisma es capellán de la asociación Magnificat, capítulo chileno de la Federación Una Voce, y es también titular de la parroquia San Juan de Dios, en la comuna de Cerrillos de la cuidad de Santiago. El Pbro. Tisma celebra la Misa tradicional desde su ordenación, en 1997, por el Cardenal Oviedo, en aquel entonces arzobispo de Santiago de Chile, y quien siempre fue un firme apoyo en su vocación.

Don Milan, que ha conocido la Misa tradicional desde sus años de colegio gracias a un padre jesuita que era, en aquel tiempo, capellán de Magnificat, tiene una larga y original experiencia, que le ha servido de base para dirigirse a los participantes del congreso Summorum Pontificum de Santiago sobre el tema de la celebración de la forma extraordinaria en el ámbito de una parroquia.

Expondremos a continuación los puntos más importantes de la conferencia de don Milan.

I. Recuperar el sentido de lo sagrado.

Desde mucho antes de convertirse en el Papa del motu proprio Summorum Pontificum (2007), el cardenal Ratzinger explicaba ya, con constancia y claridad, por qué la crisis de la Iglesia depende del modo cómo tratamos la liturgia. Posteriormente, ha insistido a menudo en el hecho de que la pérdida del sentido de lo sagrado es un elemento fundamental de esta secularización, que ha enfrentado vigorosamente a lo largo de su magisterio pontifical.

Y porque una de las consecuencias más evidentes y dramáticas de la reforma litúrgica es, precisamente, esta pérdida del sentido de lo sagrado, el Pbro. Tisma afirma que el redescubrimiento de dicho sentido debe ser el objetivo primero de toda renovación litúrgica parroquial.

Apelando a la definición de lo sagrado formulada por el teólogo luterano alemán Rudolf Otto (1869-1937)[1] como “mysterium tremendum et fascinans”, don Milan cree que el regreso del hombre contemporáneo hacia lo sagrado pasa, precisamente, por el reencuentro con el más perfectamente “terrible” y “fascinante” de los misterios, a saber, la irrupción del Cielo en la Tierra en la persona de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Qué puede haber de más terrible y fascinante, para los mortales que somos, que la Encarnación del Hijo de Dios, Su Vida, Su Muerte y Su Resurrección?

 S.E.R. Mons. Alexander Sample, arzobispo de Portland (Oregon), celebra una Misa Pontifical 
conforme a la forma tradicional del rito romano (Foto: blog Liturgy Guy)

La liturgia católica, tradicionalmente “Casa de Dios y Puerta del Cielo”, como la Virgen María, ha sido desde antiguo el fiel reflejo de este gran misterio constituido por el descenso del Cielo a la Tierra. Desgraciadamente, la liturgia moderna ha perdido su capacidad de atracción al volver la espalda al mysterium tremendum. La pérdida del carácter sacrificial de la Santa Misa –tema recordado frecuentemente en nuestras cartas, incluyendo por ejemplo, hace poco, el discurso del cardenal Ranjith al congreso eucarístico indio (carta 517) y las 10 razones para escoger la liturgia tradicional expuestas por el profesor Kwasniewski (carta 514 [nota de la Redacción: en esta bitácora está publicada una traducción directa del inglés de este artículo])- en el misal de Pablo VI y su traducción a las lenguas vernáculas, ha abierto el camino a su negación por un número demasiado grande de celebrantes, ya sea que se pongan incluso –literalmente- a bailar alrededor del altar, ya sea que se contenten con conmemorar únicamente el banquete pascual. Ahora bien, sin sacrificio, no hay misterio. Ni tremendum ni fascinans. 

El Pbro. Tisma agrega, por otra parte que, sin misterio, la liturgia deja de ser una epifanía (manifestación) de la gloria y de la perfecta santidad de Dios.

Para don Milan resulta claro que “el apostolado de la forma extraordinaria puede y debe colaborar a la recuperación de este sentido del misterio”. Ya sea rezada, o cantada, o solemne, la Misa tradicional lo tiene todo para despertar el sentido y, por lo tanto, el deseo de lo sagrado en nuestros contemporáneos. Corresponde a los sacerdotes, especialmente los párrocos, saber usarla atinadamente para producir un shock –en el sentido médico del término- en sus ovejas, sin causar en ellas una reacción adversa.

II. Contribuir a la paz litúrgica.

A 12.000 kilómetros de Nanterre, donde nació la aventura de Paix Liturgique, hay un párroco para quien la celebración in utroque usu, en una forma como en la otra del rito romano, es, sin duda alguna, un instrumento de la paz litúrgica. Para el Pbro. Tisma los curas tienen el deber de obrar la reconciliación entre los fieles, sin excepción, por todos los medios litúrgicos a su disposición, comenzando por la celebración regular de la forma extraordinaria en su parroquia para quienes la deseen. ¿Qué mejor?

III. (Re)construir una casa común.

Desde la reforma litúrgica, hay muchas generaciones de cristianos que no han conocido sino una liturgia devastada, deformada y superficial. Y han perdido, de este modo, no solamente el conocimiento y el gusto de lo sagrado, sino también su casa común, aquello que Klaus Gamber (1919-1989) llamaba “Heimat”, la “pequeña patria”, la localidad de origen, el hogar propio, de los católicos.

 P. Klaus Gamber (1919-1989)

Esta pequeña patria se ha perdido porque ya no existen dos Misas idénticas en todo el orbe, puesto que de una iglesia en otra, de un domingo al siguiente, los sacerdotes celebran según entienden, como pueden, como quieren. Privado de esta pequeña patria común, el católico se transforma en un apátrida litúrgico, un fiel sin un lugar seguro donde nutrir su fe y reposar. “Nosotros, los párrocos -afirma el Pbro. Tisma- podemos y debemos ayudar a reconstruir esta pequeña patria para ofrecer de nuevo un hogar a nuestros fieles”. Es ahí donde interviene la contribución que los sacerdotes pueden hacer a la reforma de la reforma: “Podemos ser los actores del enriquecimiento mutuo, dando vida a las dos formas del rito romano, la una junto a la otra”.

IV. Obrar gradualmente.

¡Cuidado con responder a la revolución con una contra-revolución y engendrar así el desorden!

El Pbro. Tisma no vacila en absoluto al momento de establecer la primera norma para la introducción en las parroquias, de modo durable y perenne, de la forma extraordinaria: la gradualidad. Ir demasiado rápido o con demasiada intensidad es una tentación que hay que resistir, porque normalmente debe llevarse a cabo toda una reeducación litúrgica entre los fieles. Los cambios litúrgicos deberían ir acompañados de una catequesis adecuada sobre la liturgia misma, su estructura, su calendario, el servicio del altar, pero también sobre la música, los ornamentos, el uso del latín, etcétera.

Por otra parte, pocas parroquias pueden, de un día para otro, encontrar los recursos necesarios para la celebración litúrgica tradicional, ya que ellos a menudo han sido vendidos, dilapidados o destruidos después del concilio.

Otro principio mencionado por don Milan es el de la continuidad. Con una cita del profesor Kwasniewski, nos invita a aprovechar el carácter permisivo de las rúbricas del nuevo misal para escoger, cada vez que sea posible, aquello que parezca más en continuidad con la tradición anterior [nota de la Redacción: la mención hace referencia al artículo que publicamos, traducido al español, en esta entrada]. Este principio complementa la regla de la gradualidad y permite, tanto a los fieles como a quienes ayudan a la Misa, asimilar poco a poco “la nueva liturgia de Benedicto XVI”.

V. Concretamente, visiblemente.

He aquí las iniciativas que, apoyándose en su propia experiencia, propone el Pbro. Tisma a los párrocos que deseen reorientar su liturgia, a fin de dar a Dios, de un modo perdurable, el culto que le es debido. La directiva principal es sencilla: poner nuevamente a Cristo en el centro de la atención.

El presbiterio debe volver a ser el templo del Señor, y ya no más la escena donde se agita el celebrante. El párroco, con la ayuda de su sacristán, debe seguir el ejemplo de Benedicto XVI y reponer la cruz y los candelabros sobre el altar. Eventualmente, y si es posible, debe poner más atrás el altar moderno, si es que está demasiado cercano a la nave. La idea es no tener ya sino un solo altar, para ofrecer a los fieles una sola pequeña patria.

Además, como lo recuerda Klaus Gamber, el altar debe estar vestido y revestido. En su parroquia don Milan ha restablecido el uso del antipendio. Ello proporciona una estabilidad visual a los fieles y permite acostumbrarlos a los tiempos litúrgicos mediante el cambio del color del frontal, cuando ello es posible. 

La etapa siguiente, una vez que se ha restaurado el presbiterio, es la celebración versus Deum, que debe ser acompañada de una adecuada catequesis. El Pbro. Tisma ya lo había hecho, por su parte, durante el Adviento, con ocasión de iniciarse un nuevo año litúrgico.

 Sacerdote celebra ad orientem la Santa Misa según el rito reformado (Novus Ordo Missae)

Enseguida, el Pbro. Tisma propone usar los tiempos fuertes del año litúrgico para que los fieles descubran progresivamente la forma extraordinaria, usando la gradualidad propia de la liturgia tradicional –véase nuestras tres cartas sobre “La misa tradicional en todas sus formas”, que acaban de ser recopiladas en una pequeña obra[2]. En su parroquia, don Milan se ha apoyado en una instrucción del episcopado chileno que data de 1960, aplicable por lo tanto al misal de san Juan XXIII, que fomenta la misa llamada “comunitaria”, que es de hecho una misa rezada pero con un laico que guía a la asamblea en las actitudes de oración y en los cantos [nota de la Redacción: se trata del Directorio Pastoral para la Santa Misa aprobado por la Asamblea Plenaria del Episcopado Chileno en 1960, el que puede ser consultado aquí].

VI. En el transcurso de la celebración.

Los consejos que siguen se refieren a la celebración de la forma ordinaria. El Pbro. Tisma las ha expuesto, sobre todo, en respuesta a la petición de los participantes en el congreso. No se trata de normas rígidas, sino más bien de sugerencias que pueden ser adoptadas una a una por cada sacerdote, en función de las circunstancias de la parroquia en la que se desempeña y de su preparación personal.

He aquí, para comenzar, las que se refieren a los aspectos públicos de la celebración:

  • recitar el Credo en latín.
  • omitir el signo de la paz durante la semana.
  • fomentar los momentos de silencio.
  • restablecer el uso del incienso en las Misas dominicales o en los días de fiesta.
  •  dar regularmente una catequesis sobre la comunión.
  •  practicar la Adoración del Santísimo, y dar una catequesis sobre el arrodillarse.
En lo que respecta más personalmente al celebrante:

  • preparar las ofrendas en silencio.
  • mantener el pulgar y el índice unidos después de la consagración.
  • purificarse los dedos, después de la comunión, con vino y agua, según la práctica tradicional.
  • inclinar la cabeza al mencionar a las tres Personas de la Santísima Trinidad, de Jesús, de María, del Santo Padre y del Santo del día.

Para los sacerdotes que han avanzado más en el acercamiento a las dos formas del rito romano, sea que celebren ya la forma extraordinaria o que deseen solamente familiarizarse con ella, don Milan propone, por último, los siguientes ejercicios de devoción privada: recitar el salmo 42 (el de las oraciones al pie del altar) al dirigirse desde la sacristía al altar; recitar el Aufer a nobis, al subir al altar; recitar las tres oraciones de la comunión en el momento de silencio que sigue al Agnus Dei; y recitar el último evangelio (el Prólogo de San Juan) al dejar el altar. Además, nada impide que el sacerdote use el birrete o el manípulo, si lo desea.

Agregaremos que, en respuesta a la pregunta de un sacerdote extranjero, don Milan ha explicado que, por razones históricas, la celebración de la forma extraordinaria estuvo a menudo caracterizada por una fuerte influencia francesa. Pero Chile es de tradición española. Por lo tanto, don Milan se esfuerza, y con él la Asociación Litúrgica Magnificat, por defender y promover los usos españoles como, por ejemplo, la mención del santo titular de la iglesia en el rezo del Confiteor, el empleo de la cucharilla para agregar agua al vino vertido en el cáliz, el de la palmatoria en la comunión o el de los ornamentos azul claro para las fiestas de la Inmaculada.

Todos los elementos mencionados por el Pbro. Tisma concurren para ofrecer a los fieles la patria pequeña más bella y acogedora, de la cual sólo Cristo es el único y eterno soberano.

VII. ¿Quiénes son los fieles?

Para terminar su riquísima y original intervención, el Pbro. Tisma ha querido hacer un bosquejo de los fieles que, luego de casi 20 años, ve aproximarse y acostumbrarse a la liturgia tradicional. Y lo maravilloso es que esta descripción es claramente universal.

 Fieles durante una Misa celebrada conforme al Usus antiquior

“Están, en primer lugar, los veteranos que se acuerdan de la pequeña patria de su infancia, que pueden recitar la Misa de memoria, que han atravesado los años de conmociones y que portan cicatrices, pero que miran con esperanza las señales de una nueva paz litúrgica; están, enseguida, los heridos por la nueva misa, que han sufrido los desvaríos de la liturgia posconciliar y se sienten sin hogar; finalmente, están los jóvenes ávidos de lo sagrado, que navegan por Internet buscando lo que llaman “la nueva misa de Benedicto XVI”. Por cierto, en cada una de estas categorías hay simples curiosos, aficionados y también fanáticos. Pero, agrega con una sonrisa, no más que en la forma ordinaria”.

Notas:

[1] En su obra Das Heilige (1917), disponible en francés: Le Sacré, Payot, 1995 [nota de la Redacción: también hay edición española: Lo santo. Lo racional y lo irracional en la idea de Dios, Madrid, Alianza Editorial, 2001].

[2] La Messe traditionnelle en tous ses états [La Misa Tradicional en todas sus formas. Explicación de los diversos tipos de celebración: misa pontifical, misa solemne, misa rezada], Edition de L’Homme nouveau, collection Paix Liturgique, prefacio del Pbro. Claude Barthe, 2015 [nota de la Redacción: para quien le interesa, el libro puede ser comprado aquí].

Actualización [5 de febrero de 2016]: El sitio italiano Messa in Latino ha publicado una breve entrada, en que se da cuenta de la conferencia de don Milan Tisma, recomendando su lectura a quienes siguen la señalada bitácora. La entrada puede leerse aquí (en italiano).

Actualización [17 de febrero de 2016]: Hemos publicado hoy la entrada prometida con la entrevista hecha por el sitio Paix Liturgique al Rvdo. Claude Barthe a propósito del artículo sobre la conferencia que hemos reproducido (traducida al español) arriba. Puede verse dicha entrada aquí

Actualización [13 de abril de 2018]: En esta entrada, el Rvdo. Milan Tisma ha expuesto algunas ideas para introducir la Misa tradicional en las parroquias. Siempre hemos creído que lo natural es que ella se inserte normalmente en la vida parroquial, como una manera distinta de celebrar, pero que no por eso deja de estar al alcance de los fieles. La Misa que la Iglesia celebró por tantos siglos no puede quedar relegada a grupos aislados y que reúnen en lugares casi recónditos, porque así no se logra la concordia que deseaba Benedicto XVI al dictar el motu proprio Summorum Pontificum. Una solución que satisface parcialmente este fin es el de la erección de parroquias personales para el rito tradicional, como hizo el propio Papa en Roma para llevar a efectos las disposición por él dictadas. Desde Estados Unidos llega la noticia que S.E.R. Charles Chaput, Arzobispo de Filadelfia, ha erigido una cuasi-parroquia para la forma extraordinaria, la que ha quedado confiada a la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro. 

Actualización [7 de febrero de 2019]: El sitio New Liturgical Movement ha publicado una entrada relativa a la publicación de un hermoso y cuidado libro conmemorativo sobre la que probablemente fue la primera parroquia personal dedicada exclusivamente al usus antiquior luego de la puesta en marcha de la reforma litúrgica. Se trata de la  parroquia de San Clemente, en Ottawa (Canadá), comunidad que en 2018 cumplió cincuenta años de existencia y que actualmente está confiada a la Fraternidad de San Pedro (FSSP). Pese a que fue erigida formalmente como parroquia recién en 1997 y que cuenta con una iglesia propia solamente desde 1993, el grupo de fieles que dio lugar a ella, preocupados por el curso que estaban tomando las reformas litúrgicas, se reunió en 1968 para dar lugar, en la práctica, a una verdadera cuasiparroquia. Los fieles tuvieron la fortuna de encontrar en aquel entonces un pastor verdaderamente preocupado de la salus animarum de los fieles confiados a su cuidado, el otrora arzobispo de Ottawa, Mons.  Joseph-Aurele Plourde (1915-2013), quien acogió favorablemente la petición de los fieles y dispuso que un sacerdote, capellán de las Hermanas Adoradoras de la Preciosa Sangre, celebrara cada domingo para el naciente coetus una Misa rezada de acuerdo con los libros litúrgicos vigentes en 1962 . Para quienes se interesen en el libro, en el enlace precedente pueden encontrar la información necesaria para adquirirlo.

Actualización [5 de abril de 2019]: Life Site News ha publicado un esperanzador reportaje (el original, en inglés, puede verse aquí, incluyendo un breve video de un reportaje de un canal de televisión local) de cómo el retorno de la Misa tradicional a la histórica parroquia de St. Mary's (fundada en 1853) en Providence, Rhode Island (EE.UU.), aumentó considerablemente el número de fieles y las donaciones y colectas, lo cual permitió evitar el cierre inminente de la parroquia. Hasta que en agosto de 2018 el obispo de Providence, Mons. Thomas J. Tobin, decidió encomendar la parroquia a la Fraternidad de San Pedro (FSSP), la congregación había estado luchando en contra de una dramática reducción en el número de fieles.

martes, 2 de febrero de 2016

Aviso sobre la suspensión de la Santa Misa durante febrero

La Asociación Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce, lamenta comunicar que la celebración dominical de la Santa Misa en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria (Bellavista 37) se suspende durante el mes de febrero, reanudándose el servicio litúrgico el primer domingo de marzo. Esta bitácora seguirá actualizándose normalmente.