martes, 15 de junio de 2021
FIUV 31: La forma extraordinaria y la New Age
domingo, 13 de junio de 2021
Domingo infraoctava del Sagrado Corazón
El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 15, 1-10):
“En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los publicanos y pecadores para oírle. Y los fariseos y los escribas lo censuraban, diciendo: Este recibe los pecadores, y come con ellos. Mas Jesús propúsoles esta parábola: ¿Quién hay entre vosotros que, teniendo cien ovejas, y habiendo perdido una, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la perdida, hasta encontrarla? Y en hallándola la pone sobre sus hombros muy gozoso, y en llegando a su casa, llama a sus amigos y vecinos diciéndoles: Alegraos conmigo, porque he hallado a mi oveja, que se había perdido. Os digo que así también habrá más gozo en el cielo por un pecador que hiciere penitencia, que por noventa y nueve justos, que no han de ella menester. O ¿qué mujer, teniendo diez dracmas, si pierde una, no enciende luz y barre la casa, y lo registra todo, hasta dar con ella? Y en hallándola, convoca a sus amigas y vecinas, diciendo: Regocijaos, porque he hallado la dracma que había perdido. Así os digo, que habrá gran alborozo entre los Ángeles de Dios por un pecador que haga penitencia”.
***
¿Qué hemos de entender por “penitencia”, eso que causa tan gran alegría en el cielo a los Ángeles?
Sin duda, el término “penitencia” tiene “muy mala prensa” en el mundo de hoy, incluso en medios católicos de los mejor formados. Hace algún tiempo oíamos a una mujer de buena cultura católica decir que la penitencia era un exceso innecesario, considerando la gran carga de mortificación que, ya de por sí, trae la vida; y no sólo sufrimiento físicos sino, sobre todo, dolores morales: contradicciones en la existencia, preocupación por los hijos que se descarrían, inseguridad sobre el futuro, temor por las crisis del Estado y de la Iglesia… ¿No es, acaso, el echarse encima voluntariamente más dolores agregar nuevos elementos al agotamiento psicológico a que está expuesto el hombre contemporáneo, más que ningún otro hombre en la historia de la humanidad? Catástrofes naturales impensadas antiguamente, peligro real de inauditas guerras nucleares capaces de exterminar la vida misma en el planeta…
Sin embargo, no ése el significado más importante de la penitencia. Por de pronto, el Señor, ciertamente, no quiere nuestro sufrimiento sino que, a lo más, lo permite. Hay que entender adecuadamente, pues, la penitencia como lo dice su significado natural y obvio: es un sentir pena, un penar por algo que se ha hecho. Y la máxima pena que un hombre sensibilizado al dolor, como es el actual, puede sentir no puede ser sino la que causa haber ofendido a Dios, de Quien no hemos recibido sino bienes (“gracia tras gracia”, dice Jn 1, 16): darse cuenta de la propia ingratitud no puede sino provocar profunda pena en el ingrato. En otros términos, la penitencia es verdadero arrepentimiento, doloroso querer no haber hecho algo que hicimos, porque ofendió a Quien no ha hecho otra cosa que ser Bueno con nosotros.
Sabemos, sin embargo, que Dios lo perdona todo, absolutamente todo, al más leve signo de arrepentimiento: se podría decir que el Todopoderoso, cuya Inteligencia ha desplegado su inaudita belleza en el Cosmos, por cuya Voluntad subsisten las fuerzas de luz y de oscuridad que estructuran el Universo, está pendiente, a cada instante, a cada paso, del menor gesto de arrepentimiento de estas creaturas suyas tan mínimas como, en el conjunto de la Creación, somos nosotros los hombres. Y tan pronto como lo ve, perdona. El Santo Cura de Ars consolaba una vez a una viuda que se confesaba y le contaba el suicidio de su marido y el dolor que sentía por saber que se había condenado: “Se equivoca Ud., señora; porque en el mínimo lapso que transcurrió entre saltar del puente y caer a las aguas del Sena, su marido experimentó un relámpago de arrepentimiento y Dios lo tiene ahora en el cielo”.
“¡Es que yo no lo merezco! ¡Yo no tengo perdón de Dios!”: la vergüenza es, a veces, mayor que el miedo a encontrarse con un rechazo por parte de Dios. A esa pobre alma hay que anunciarle la magnífica “buena nueva”: ¡Dios nos perdonó cuando estábamos todavía inmundos con nuestro pecado! ¡No esperó a que estuviéramos siquiera “presentables”!: “Apenas habrá quien muera por un justo; quizá podría haber alguien que muriera por un bueno; pero Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros. Con mayor razón, pues, justificados ahora por Su sangre, seremos por Él salvados de la ira” (Rm 5, 7-9).
La Iglesia nos hace oír este Evangelio a tres días de la fiesta del Sagrado Corazón, que es, en medio de toda la inmensidad de la creación material, el preciso lugar físico donde late, corporalmente, “la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). Ese corazón, corazón de hombre, es el refugio del pecador temeroso y avergonzado, adonde puede entrar a guarecerse por la Puerta de la Misericordia: la abertura que la lanza hizo en Su costado.
lunes, 7 de junio de 2021
Domingo infraoctava de Corpus Christi
El texto del Evangelio de hoy es el
siguiente (Lc 14, 16-24):
“En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos esta parábola: Cierto hombre dispuso una gran cena, y convidó a muchos. Y envió a la hora de cenar a su siervo para decir a los convidados que viniesen, pues ya todo estaba dispuesto. Y empezaron todos a excusarse. El primero dijo: he comprado una granja y necesito ir a verla; ruégote que me des por excusado. El segundo dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas; dame, te ruego, por excusado. Otro dijo: acabo de casarme, y así no puedo ir allá. Habiendo vuelto el criado, refirió todo esto a su amo. Irritado entonces el padre de familias, dijo a su criado: Sal luego a las plazas y barrios de la ciudad, y tráeme acá cuantos pobres, lisiados, ciegos y cojos hallares. Dijo después el criado: Señor, se ha hecho todo como mandaste, y aún sobra lugar. Respondióle el amo: Sal a los caminos y cercados, e impele a cuantos hallares a que vengan, para que se llene mi casa. Pues os aseguro, que ninguno de los que antes fueron convidados, ha de probar mi cena”.
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Lo primero que ha de advertirse en este texto es que la parábola no está dirigida a las turbas o pueblo en general, sino a los fariseos, considerados los hombres más religiosos, piadosos y cumplidores de la ley. El Señor ha pensado sin duda en ellos al hablar de los primeros convidados, que habían tenido el honor de ser invitados. Esto nos motiva a rechazar una confianza excesiva en nuestro estatus religioso o en nuestro lugar en la Iglesia, o en nuestras prácticas de piedad, como garantía de estar salvados. Nadie por ser “laico comprometido” o por pertenecer a ésta o aquella congregación o movimiento o comunidad eclesial o por haber “optado por los pobres” o por estar caminando con “la Iglesia en salida” se sienta seguro. San Pablo es muy claro en este punto: “de nada me arguye la conciencia, mas no por eso me creo justificado; quien me juzga es el Señor” (1 Cor 4, 4). El fariseo está seguro de sí; el verdadero católico sólo está seguro de la misericordia del Señor.
En segundo lugar, llama la atención la plausibilidad de las excusas que presentan los primeros convidados: uno está recién casado; otro ha comprado una propiedad agrícola; otro ha hecho una adquisición de animales que necesita inspeccionar, etcétera. Pero cuando el Señor llama, no hay excusa que valga, por más plausible que sea: el primer mandamiento nos obliga a “Amar a Dios sobre todas las cosas”. En cambio, ¡cuántas disculpas infinitamente menos importantes damos a diario al Señor para posponer sus llamadas (más que eso, sus súplicas) a cumplir su voluntad, a intimar con Él en la oración, a realizar verdaderas obras de misericordia con nuestros hermanos, no obstante las incomodidades que puedan conllevar! No hay nada que hiera tanto al Señor como la ingratitud o la indiferencia en nuestra relación con Él. Pero la verdad es que tenemos un corazón de piedra. Aún así, Él nos dice que “quitaré de su cuerpo su corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 11, 19). Porque el Señor no dejará piedra por remover, con una paciencia infinita, para que aceptemos su salvación. Recordemos aquí el soneto de Lope de Vega, de insuperable elocuencia: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?/ ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,/ que a mi puerta, cubierto de rocío,/ pasas las noches del invierno oscuras?/ […] ¡Cuántas veces el ángel me decía: /Alma, asómate ahora a la ventana,/ verás con cuánto amor llamar porfía./ Y cuántas, hermosura soberana:/ Mañana te abriremos -respondía-,/ para lo mismo responder mañana”.
Esta infinita misericordia divina no puede excluir, sin embargo, a Su justicia. Por eso San Agustín nos advierte que si bien hoy, ahora, tenemos ese ofrecimiento inverosímil de la paciencia de Dios, puede que mañana ya no lo tengamos: hoy tenemos vida para aceptarlo, pero no sabemos si estaremos vivos mañana. Y escribe “Teme a Jesús que hoy pasa frente a ti, y que quizá ya no vuelva a pasar”. Aquí es donde adquiere su verdadera importancia aquel refrán que los paganos, antiguos y modernos, gustan de repetir en medio de sus carretes y conciertos en vivo: “Carpe diem”, “aprovecha el momento”. Pero, por piedad, ¿de qué momento estamos hablando? El momento trascendental de nuestra vida puede ser ese encuentro, hoy, inesperado, con el Señor que nos llama y nos busca y nos ofrece perdón y ayuda. Ese momento puede que se nos presente sólo hoy, y ya no mañana. ¡Es Él quien nos dice “Carpe diem”!
Y cuán consolador es lo que, a continuación, nos enseña la parábola: no es necesario pertenecer al grupo de los distinguidos, de los importantes, de los llenos de méritos. No: aunque vivamos en cualquier barrio de la ciudad, nos llega la llamada divina, aunque seamos lisiados o ciegos o vivamos en la parálisis de nuestros pecados, porque incluso si vamos pasando por casualidad por el camino, el llamado del Señor nos llega con la invitación a entrar a su cena.
“¡Es que yo no lo merezco, yo que he vivido una vida tan alejada de Él, que he sido tan malo, e ingrato, y pecador!”. Nada: por tu miseria misma has movido la misericordia del Señor. No tienes más que aceptar la invitación y acudir a la mesa. ¿Sin méritos? Podrás decir, si alguien te pregunta por ellos y te exige exhibirlos, lo que ha escrito San Bernardo en uno de sus sermones: “Mis méritos son Su misericordia”.
viernes, 4 de junio de 2021
Simplismo sin nobleza
Les ofrecemos hoy un artículo de Anthony Esolen, donde aborda el sentido que tiene la belleza exterior para iluminar los misterios de la fe. Desde mediados del siglo XX, y ostensiblemente tras la reforma litúrgica, la belleza ha dejado de acompañar a culto. Para recuperar la cultura cristiana, se hace imprescindible retornar al sentido de lo bello, que es uno de los trascendentales del ser junto con lo uno, lo bueno, lo verdadero, lo distinto, etcétera. Por cierto, la belleza implica una correcta proporción de las cosas que es objeto de contemplación, de suerte de que sus formas principales son la simetría, el tamaño, el orden y la delimitación. Ella no se opone a la simpleza.
Autor de origen italiano y criado en el Canadá, Esolen (1959) se graduó en Princeton en 1981 y posteriormente siguió estudios de máster y doctorado en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, donde obtuvo ese último grado con una tesis sobre la retórica de la ironía en Edmund Spencer. Entre 1988 y 1990 enseñó en Furman University. De ahí se trasladó al Providence College de los dominicos en Rhode Island. Permaneció ahí hasta 2016, cuando sus críticas hacia la cultura de la diversidad y el lenguaje inclusivo que imperaba en el establecimiento forzaron su salida en medio de una campaña de profesores y estudiantes en su contra. En 2017 fue contratado por Thomas More College of Liberal Arts de New Hampshire, donde permaneció hasta 2019. En la actualidad es profesor residente del Magdalen College of Liberal Arts, también en New Hampshire. Además de más de medio millar de artículos (aparecidos sobre todo en Crisis Magazine, First Things, Touchstone y otras revistas católicas), ha publicado diversos libros, entre ellos dos traducidos al castellano: Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental (Ciudadela, 2009) y 10 maneras de destruir la imaginación de tu hijo (Homolegens, 2019). Esolen es conocido asimismo por haber traducido al inglés La Divina Comedia de Dante Alighieri, Sobre la naturaleza de las cosas de Lucrecio y Jerusalén liberada de Torquato Tasso. En esta bitácora habíamos publicado ya un artículo suyo sobre Dietrich von Hildebrand y la Santa Misa. A su vez, Wanderer ofrece una entrevista subtitulada entre Dereck Buikema y Anthony Esolen que recomendamos.
El artículo fue publicado originalmente en Crisis Magazine y ha sido traducido por la Redacción.
Simplismo sin nobleza
Anthony Esolen
Según la Instrucción Inter Oecumenici (1964), debía revisarse
algunos de los ritos de la Misa para que las ceremonias pudieran “exhibir una
noble simplicidad acorde con el espíritu de los tiempos”. La noble simplicidad
exigía, aparentemente, que el llamado Último Evangelio, el tremendo prólogo del
Evangelio de San Juan, dejara de leerse al final de la Misa, lo que produjo
como resultado que los únicos fieles católicos que pueden escuchar esas
palabras una sola vez al año son los que asisten a la Misa del día de Navidad.
Quizá ese Evangelio esté asignado también a algún otro domingo; no estoy bien seguro. En todo caso, lo seguro es que fue desplazado de su lugar de honor, de su arquitectónica centralidad. Por cierto, él se merecía ese lugar de honor. No existe en la Escritura otro texto tan completo, ninguno expresa, de modo tan conciso, lo que los cristianos creen acerca de Dios Padre y de la creación, de la Palabra Encarnada y de la salvación del hombre pecador, de la Cruz y de la Resurrección, de la gracia, de la verdad y de la luz de la fe.
Me imagino que esa “noble simplicidad acorde con el espíritu de los tiempos” fue un gesto vagamente hecho a la avidez modernista de desterrar todo ornamento, de reducir, de desnudar. No tiene sentido, de otro modo, en cuanto juicio, ya sea cultural, ya sea intelectual. ¿En qué sentido era la vida en 1964 más simple que en 1864? ¿De qué modo era más simple en 1964 que en 1864 enfrentar -sin adherir a alguna ideología, siempre reduccionista- la historia humana?
Tomemos, por tanto, las palabras del Concilio sólo como una orientación estética. ¿Qué significa simplicidad cuando se habla de obras de arte? La liturgia es más que una obra de arte, pero, al menos, es eso. Tan pronto como hacemos esta pregunta, entramos en un terreno en que, en la actualidad, muy pocos profesores de literatura, de música, de arte o de arquitectura osan aventurarse. Para qué mencionar cualquier comité diocesano de liturgia. Porque hay una diferencia entre lo simple y lo simplista, entre lo intrincado y lo caótico, entre lo complejo y lo confuso. Muchos ensayos de estudiantes secundarios son caóticos y confusos y simplistas, en tanto que la obra de Santo Tomás de Aquino es intrincada y compleja, pero profundamente simple.
Procuraré dejar que unos pocos edificios civiles iluminen este punto. Hace unos días tuve que “viajar”, mediante la vista de calles en Internet, por las calles más recorridas de la capital del condado en que nacimos tanto el actual Presidente como yo: Lackawanna, Pennsylvania. Como muchas antiguas ciudades industriales, Scranton tiene hoy la mitad de la población que antaño, aunque ha conservado algunos de los nobles edificios que adornaban sus calles. El edificio de los tribunales del condado es, según creo, tan hermoso como cualquier otro en los Estados Unidos. Su plaza arbolada está adornada con monumentos a Kosciuszko, Pulaski y al gran defensor de los mineros, John L. Lewis.
El viejo Templo Masónico, con un auditorio art déco tan amplio como para albergar, en aquellos tiempos, combates de boxeos, de lucha libre y conciertos de bandas, es actualmente un centro dedicado a las artes. Luego, enfilando hacia el norte por la Avenida Washington, uno se encuentra con una estructura de un neogótico algo tímido, construida con hermosos bloques de piedra. El frente de las piedras ha sido dejado sin pulir, por lo que conservan sus diversos colores terrosos. Las paredes altas y largas, que bordean un amplio terreno, están coronadas con granito y bronce -este último ha adquirido una bonita pátina verde pálido-. Las paredes son almenadas, lo que sugiere una fortaleza, y además hay, en las esquinas, torreones semicirculares que sobresalen de los muros. Me he encontrado con cartas postales de alrededor de 1900 que fotografían este edificio, que alberga a la Cárcel del Condado de Lackawanna.
Desde 1964 no se ha construido en Scranton nada tan hermoso como esa cárcel, cosa que se puede constatar recorriendo las calles. Lo que se encontrará será confusiones simplistas por todas partes, porque se ha construido muchas cosas nuevas, pero ninguno de esos edificios parece tener un principio organizativo coherente, aparte de semejar estanques de almacenamiento o trampas de turistas. Se parecen al nuevo edificio de tribunales y cárcel del condado -dos en uno, por cierto- que construyeron en lo que era, por entonces, mi condado de adopción, Kent, Rhode Island.
Llamar a este edificio feo es más de lo que se merece. Un sapo es feo. Para ser feo, primero hay que ser algo. Pero el Edificio de Tribunales del Condado de Kent no es cosa alguna artísticamente coherente. Es una confusión de ladrillos, vidrio, rectángulos de acero y trapezoides, sin orden alguno, con el terreno de la cárcel pegado a un costado, como una cola, o un cáncer, con mucho acero y alambre de púas. El Edificio Tribunales del Condado de Lackawanna proclama, a su modo, “Apoyamos los nobles ideales de la justicia y del orden”. La Cárcel del Condado dice más o menos lo mismo, en tono menor. El Caos del Condado de Kent no dice nada, aunque quizá diga “Este es el lugar burocrático donde hay que entregar los formularios”, un lugar que es un no-lugar, para personas reducidas a funciones.
Ciertamente deberíamos construir iglesias que sean tan hermosas como, al menos, la Cárcel del Condado de Lackawanna. Pero para poder hacerlo, necesitamos volver a pensar qué es lo que hace que algo sea bello, término que no figura en Inter Oecumenici. Lo cual ofrece tema para mil ensayos; pero hay que partir por alguna parte. Y el actual es un buen lugar para hacerlo: la belleza, en tanto cuanto es auténticamente simple, exige un principio organizador, que dé a cada cosa su lugar y que, por consiguiente, haga brillar la luz de la claridad sobre el conjunto. Nada es ad-hoc, o un aparte, o un apéndice.
Es crucial que esto se entienda correctamente. A veces, lo meramente ordenado es desnudo, chato; a veces, no, y a veces nos encontramos con lo sublime justo donde lo que había sido complejo y recovequeado se resuelve, finalmente, en simplicidad. El barroco puede ser (y lo es normalmente) ordenado, en tanto que lo modernista puede ser (y a menudo lo es) un enredo.
George Herbert es un poeta barroco en que ni una sola sílaba está mal ubicada o carece de peso. El todo está en cada una de sus partes, y cada parte deriva su sentido sólo del todo, y así el poema va progresando hacia un clímax que resulta sorprendentemente claro: “La niñez es buena salud, nunca hubo pena como la mía, algo se entiende, ay, mi Dios, no sé qué: por tanto, me senté y comí”. O escúchese el trozo polifónico de Tallis para Laudes de Pascua, “Dum transisset”: no hay órgano, sólo se oyen voces humanas en un extraordinario tejido de líneas musicales, en que se enfatiza las voces juveniles altas; sin embargo, no sé de ninguna otra obra que capture tan bien la misteriosa paz del amanecer de ese día eterno, hora en la que María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé fueron a la tumba con ungüentos para ungir el cuerpo de Jesús. En comparación con el orden y la claridad de Tallis, los Glorias que se canta comúnmente en los Estados Unidos y Canadá son hipos y gesticulaciones aquí y allá, sin coherencia melódica; son los defectos del rococó sin su encanto decorativo.
Los hombres son atraídos por la belleza en todas las épocas, aunque el espíritu de los tiempos durante mi vida la ha despreciado de un modo sorprendente. Permitamos que la Iglesia nos reconduzca a los verdes prados, en vez de llevarnos a los estacionamientos de autos y a las oficinas fiscales.
domingo, 30 de mayo de 2021
Fiesta de la Santísima Trinidad
El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 28, 18-20):
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto Yo os he mandado. Y mirad que Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos”.
El sábado después de Pentecostés, al cumplirse la octava de Pentecostés (inexplicablemente suprimida, con grave perjuicio espiritual, por las supuestas “reformas” hechas después del Concilio Vaticano II), la Iglesia cierra el ciclo Pascual del año litúrgico (los cinco ciclos son el tiempo de Septuagésima, el tiempo de Cuaresma, el tiempo de Pasión, el tiempo Pascual, y el tiempo después de Pentecostés). Así pues, hoy, concluida la realización, en el tiempo histórico, de la obra de nuestra redención, la Iglesia da inicio al último de los mencionados ciclos con la Fiesta de la Santísima Trinidad.
Durante este tiempo, aunque quedan todavía importantes fiestas referidas a las Divinas Personas que van jalonando el paso de los meses hasta el comienzo de Adviento, la Iglesia resalta la celebración de los santos, que son el ejemplo vivo de la redención que el Hijo Encarnado ha obtenido para nosotros (por eso, quizá se podría llamar también a este último ciclo “el tiempo de los santos”). Los santos son el Evangelio puesto en vida, encarnado en las vidas tan disímiles entre sí de los numerosos fieles que nos han precedido en la fe. Se trata de un verdadero “Evangelio en acción”, ilustrado con los ejemplos de tantos hombres y mujeres, hermanos nuestros, que han cumplido, en plenitud, la voluntad de Dios. Porque en eso consiste la santidad: en cumplir la voluntad de Dios. No la voluntad nuestra, por muy meditada, madurada y bien aconsejada que se considere, por muy tranquila que esté nuestra conciencia con lo que hemos decidido hacer. Todo ello no sirve de nada: de nada en absoluto. Lo único que debemos hacer es la voluntad de Dios, no la nuestra. Es la voluntad de Dios la que ha definido, desde la eternidad y con su infinita sabiduría, el camino que cada uno de nosotros debe recorrer para llegar a la perfección de su ser y, llegado a ella, para gozar de la perfecta y sempiterna felicidad. Porque es la felicidad lo que Dios quiere para nosotros. Y el taimado empeño de buscarnos nuestra felicidad a nuestro modo está destinado inevitablemente al más perfecto fracaso.
Cómo habrá de ser esa felicidad perfecta que Dios nos tiene reservada es cosa que no podemos ni siquiera vislumbrar. San Pablo, que fue arrebatado en una visión a los cielos, se declara incapaz de comunicar lo que vio: “sé de un hombre en Cristo que […] fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede decir” (2 Co 12, 2-4), y agrega en otra parte “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co 2, 9). Los balbuceos teológicos (eso son incluso los del propio Santo Tomás de Aquino, el más grande de los teólogos, por propia declaración suya luego de tener, como San Pablo, una visión del cielo) nos indican que, por nuestra incorporación a la persona de Cristo (“el que come mi carne y bebe mi sangre está en Mí y Yo en él”, Jn 6, 56), somos incorporados a la vida de la Santísima Trinidad, somos “deificados”, se puede decir con toda razón (en una de las oraciones del Ofertorio, suprimido igualmente por aquellas tendenciosas “reformas”, se pide a Dios “danos […] participar de la divinidad de Jesucristo, Hijo Tuyo y Señor Nuestro, pues Él se dignó participar de nuestra humanidad”). Y así participamos de ese gran misterio, el misterio más importante y decisivo de nuestra fe, la Santísima Trinidad.
¿Qué se puede decir, con algún provecho, en un texto tan breve como éste, de ese misterio Trinitario, “Misterio tremendo” y, al mismo tiempo, “Misterio fascinante”? Siguiendo a algunos teólogos especialmente elocuentes, toda consideración sobre la Santísima Trinidad se condensa y resume diciendo que Ella es la expansión del Amor, es el despliegue eterno del Amor que une a las Tres Personas Divinas de un modo tan perfecto que son, efectivamente, una sola esencia o naturaleza divina; y cuya unión es tan absolutamente delicada que las Tres Personas Divinas no se reabsorben recíprocamente en la unidad de la naturaleza, sino que conserva cada una de Ellas su personalidad, lo que permite que haya entre Ellas un verdadero y perfecto diálogo de Amor absoluto, infinito y eterno.
San Juan, que se lanza siempre directamente al fondo abismal de la realidad, expresa esta expansión Trinitaria del Amor, que es Dios, apuntando a la esencia o naturaleza misma divina: “Dios es amor”. Y de ese Amor nosotros somos partícipes por nuestra incorporación al Cuerpo Místico de Cristo, una de las Tres Personas, infinita y perfecta y eterna y recíprocamente enamoradas.
¿Qué más se puede decir o siquiera imaginar de esto, que es la real realidad, puesto que las palabras faltan del todo? El propio San Juan, sin poder decir ya nada más, sólo atina a decirnos que nos aseguremos de amar a Dios con el propio amor con que Dios, a quien estamos incorporados en el Cuerpo Místico de Cristo, se ama: y la seguridad de estar en ese amor y de amar de ese modo es que cumplimos los mandamientos (“Sabemos que le amamos si guardamos sus mandamientos”, 1 Jn 2, 3); o sea, que hacemos la voluntad de Dios expresada en ellos. Precisamente para saber cómo se cumple de modo perfecto la voluntad de Dios es que, como decíamos, la Iglesia nos pone al frente, en este tiempo después de Pentecostés, las figuras de los santos, que los católicos celebramos con piedad, recordándonos que no se trata solamente de tomarlos como ejemplos, sino que, como amigos e intercesores, que viven ya la vida que a nosotros se nos ha prometido, nos ayudan desde el cielo, con perfecta caridad, a salvarnos.














