martes, 15 de junio de 2021

FIUV 31: La forma extraordinaria y la New Age

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el Misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 31 y que versa sobre la relación que se puede establecer entre la New Age y la forma extraordinaria, cuyo original en inglés se puede consultar aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de junio de 2017. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del resumen (Abstract) que lo precede. 


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La forma extraordinaria y la New Age

Resumen

El papa Juan Pablo II advirtió que el movimiento New Age rechaza toda religiosidad racionalista y, por esta razón, sus adherentes pueden encontrar atractivo el misterio, el ritual y el canto propios de la forma extraordinaria y su carácter incarnacional. La forma extraordinaria puede, por su parte, librar del pelagianismo a quienes se sienten atraídos por la New Age, debido a su reiterado énfasis en nuestra necesidad de gracia; puede librarlos de su subjetvismo espiritual debido a su objetividad; y puede librarlos de toda conexión con lo Oculto debido a su evidente poder espiritual. La potencial atracción que tiene la antigua liturgia para los adherentes de la New Age se advierte también en la gran cantidad de conversos a la fe que proceden del “decadente” romanticismo de fines del siglo XIX y del Hermetismo, ambos precursores del movimiento New Age.

Los comentarios a este texto pueden enviarse a positio@fiuv.

Ingreso a una cripta abandonada en el noroeste de Liguria, Italia
(Foto: CNN Style)

El desafío

1. Los diversos fenómenos conocidos vulgarmente como “New Age” se han convertido no sólo en una importante alternativa a la “religión organizada”, sino que, en sus manifestaciones más vagas y más populares, se han convertido, en círculos educados de habla inglesa, en una influencia casi ubicua. Juan Pablo II describió la New Age como “pseudo religioso”[1]. El propósito de este documento es analizar de qué modo la forma extraordinaria puede desempeñar un papel en una respuesta católica a dicho movimiento.

2. Mucho de lo que aquí se dirá se aplica también a otro grupo de fenómenos relacionados, como las espiritualidades orientales adoptadas en Occidente[2], el yoga[3], el neo-paganismo[4] y el ocultismo[5].

3. Algunos de los motivos prominentes del movimiento New Age[6] incluyen el monismo, el panteísmo, la reencarnación, la individuación, y el rechazo del pecado original, y él mismo se inspira en el budismo, el hinduismo, el esoterismo occidental (hermetismo)[7] y el psicoanálisis jungiano. El movimiento evidencia cierta unidad debido a la deuda profunda, aunque normalmente no reconocida, de muchos de sus principales pensadores -además de ciertos textos supuestamente “canalizados” a través de espíritus-, con la teosofía de Alice Bailey, la heredera intelectual de Madame Blavatsky[8].

4. Este movimiento rechaza el racionalismo y el materialismo y es crítico de la lógica binaria convencional, revistiendo algunos de sus postulados con una abstrusa terminología, pero sin rechazar la moral licenciosa de la modernidad. Una enseñanza frecuente de algunos textos “canalizados” es que la situación de un individuo determinado (de sufrimiento, de prosperidad, etcétera) es una experiencia de aprendizaje que, en cierto sentido, es provocada por el propio individuo y puede ser cambiada por éste. Se alcanza la sanación mediante técnicas psicológicas o espirituales, lo que instala en la New Age alguna forma de pelagianismo.

5. Uno de los textos más influyentes de la New Age proclama haber sido dictado por Jesucristo[9]. Pero, por otra parte, la Iglesia católica es el principal objetivo del New Age en su hostilidad contra el cristianismo[10].

6. Juan Pablo II advirtió el deseo de la New Age de “ir más allá de una religiosidad fría, racionalista”[11], y a menudo son las almas más generosas las que se sienten atraídas por este movimiento[12]. Con todo, Juan Pablo II condenó la influencia de ésta en la “predicación, la catequesis, los talleres de trabajo y los retiros” católicos[13].


La forma extraordinaria 

7. Es necesario responder positivamente a lo que hay de correcto en la New Age -la demanda de lo sobrenatural- y oponerse a sus errores, llevando a cabo esto último de un modo que sea convincente para quienes se sienten atraídos por aquélla.

8. La necesidad de que los católicos presenten más clara y vitalmente la espiritualidad propia de la Iglesia es un tema común en los escritos sobre este tema. Juan Pablo II escribía: “Los pastores deben preguntarse sinceramente si han prestado suficiente atención a la sed del corazón humano de esa verdadera “agua viva” que sólo Cristo, nuestro Redentor, puede dar (Cf. Jn 4, 7-13), y debieran insistir en la dimensión espiritual de la fe, en la perenne frescura del mensaje evangélico y en su capacidad para transformar y renovar a quienes lo aceptan”[14].

9. Donna Steichen, en su estudio sobre el incremento de las prácticas neopaganas y New Age en la Iglesia católica de los Estados Unidos de América, sugiere un vínculo con la reforma litúrgica: “¿Son atraídos por la idolatría -falsos dioses y falsos profetas- buscando satisfacciones que la iconoclastia postconciliar hizo desaparecer? [...] ¿Tienen hambre de lo sagrado, del rico y colorido drama simbólico, lleno de sentido y de misterio, que ha sido expulsado de la liturgia contemporánea; hambre de un sentido atrayente de algo que sea un fin último? El falso misticismo del feminismo neognóstico ofrece una ilusión de todas estas cosas”[15]. 

10. El telón de fondo de la New Age está constituido por la anglosfera protestante secularizada[16], un medio cultural en el que el cristianismo no parece ofrecer un sentido del misterio sagrado mediante el ritual[17] o el asceticismo[18], por lo que ello debe ser buscado en otras partes[19].

11. La New Age experimenta una poderosa atracción por la profundidad y autenticidad espiritual del canto gregoriano, hasta el punto de que se ha desarrollado, como un eco, todo un sector de música comercial[20].

12. La New Age pone también énfasis en la bondad de la naturaleza y en la posibilidad de lograr la plenitud mediante el contacto con las cosas naturales. La antigua tradición litúrgica es fuertemente incarnacional en su uso tanto de las cosas naturales (agua, sal, aceite, etcétera) como de las manufacturadas (pan y vino, el canto, las vestiduras, etcétera).

13. Por muchas vías, pues, la forma extraordinaria puede satisfacer directamente la demanda clave de la New Age, expresada por el teólogo Stratford Caldicott como “el contacto transformador con el misterio”[21]. El paralelo entre lo que quieren quienes son atraídos por el misticismo oriental y por la New Age y lo que la tradición litúrgica puede ofrecer, queda muy en claro en la intensa valoración del canto y de la liturgia tradicional que hace Thomas Merton[22].

14. La antigua tradición litúrgica de la Iglesia puede presentar la espiritualidad católica de un modo que no sólo satisface la genuina hambre de lo sobrenatural que experimenta la New Age, sino que también aparta suavemente a los cultores del mismo de cuatro de los errores claves de éste, en cuatro ámbitos.

15. Primero, la forma extraordinaria puede ayudar a la Iglesia a responder a la New Age gracias a su reiterada conexión entre la vida espiritual, la gracia y el pecado, tanto en las ceremonias (especialmente en los dos Confiteor), como en los textos de la Misa. En sus frecuentes alusiones a nuestra necesidad de la gracia, es un efectivo antídoto contra el pelagianismo; en su preocupación por el perdón, se opone tanto al sentido de superioridad moral como al libertinaje asociados a la New Age. En este contexto, resulta esencial que la necesidad de la gracia no es sólo una enseñanza abstracta, sino que forma parte integral de la vida espiritual y litúrgica.

16. Segundo, la antigua liturgia pone énfasis en la naturaleza objetiva de las realidades espirituales. Los ritos de la forma extraordinaria son objetivos tanto en cuanto no están sujetos a cambios arbitrarios[23], como en cuanto enfatizan su objetiva eficacia[24]. Esto es importante para rescatar a los partidarios de la New Age del subjetivismo espiritual de este movimiento. Y es también útil para todos los que están atrapados por grupos cuasi cúlticos de la New Age, gobernados por los caprichos arbitrarios del gurú o del líder del culto, o están atrapados por la actitud de manipulación mágica de lo Oculto.

17. Tercero, la antigua liturgia conecta la vida espiritual con la intelectual, demostrando la posibilidad de rechazar el materialismo sin tener que rechazar en bloque la tradición intelectual de Occidente. Las raíces teológicas patrísticas de la forma extraordinaria, que se encuentran, por ejemplo, en sus oraciones y en el Canon romano, así como también sus elementos escolásticos, nos hacen recordar los grandes recursos intelectuales de la fe, subrayando al mismo tiempo su preocupación por lo trascendente. En las tradiciones litúrgicas de la Iglesia el Occidente no ha olvidado ni descuidado, como la narrativa de la New Age sugiere[25], una sabiduría que sólo se ha preservado en Oriente, como consecuencia del racionalismo y el materialismo[26].

18. Cuarto, la aceptación que hace la forma extraordinaria de la realidad del mal, de los ángeles tanto buenos como malos, y su sentido de la poderosa santidad de la Misa y del Santísimo Sacramento, así como de los sacramentales tradicionales de la Iglesia, de las bendiciones y exorcismos, tienen un especial valor para los seguidores de la New Age que, consciente o inconscientemente, han efectuado un giro hacia lo Oculto[27].

Centro New Age en Las Rocas de Sedona, Arizona, EE.UU.
(Foto: Tripadvisor)

La atracción que ejerce la Iglesia en la New Age

19. La potencial atracción que sienten los vinculados con la New Age está insinuada por la que sintieron dos de sus movimientos precursores: el romanticismo “decadente”[28] y el hermetismo occidental.

20. Un número notable de románticos “decadentes” de fines del siglo XIX se hizo católico. El más famoso de ellos es Joris-Karl Huysmans, cuyo descenso al libertinaje y a lo Oculto constituye para los satanistas modernos el libro estándar de referencias litúrgicas[29]; pero Huysmans murió católico, luego de vivir algunos años como oblato benedictino[30]. Su ejemplo fue seguido por muchos otros en Francia e Inglaterra[31]. Para estos escritores, interesados en lo sensible y lo misterioso, la antigua liturgia de la Iglesia tenía una especial fascinación, como lo muestra el tratamiento que Oscar Wilde da a su decadente personaje de novela, Dorian Gray[32]. En el caso de muchas contrapartes de Dorian Gray en la vida real, la liturgia católica pudo, junto con otros factores, atraer a grandes pecadores a la conversión.

21. El hermético Valentín Tomberg también se convirtió al catolicismo, y advierte la simpatía que por la Iglesia tienen alguno escritores herméticos clave, especialmente el cabalista Eliphas Levi[33]. Tomberg, en su principal libro como católico, escribió lo siguiente: “¿No ha llegado finalmente el momento de que nosotros, los herméticos, tomemos en cuenta el hecho, indiscutible, de que es gracias a la Iglesia que tenemos aire para respirar y que tenemos en ella un amparo y un refugio en este mundo de materialismo, imperialismo, nacionalismo, tecnologismo, biologismo y psicologismo? Nosotros vivimos en la medida en que vive la Iglesia”[34].

22. Tomberg tiene una especial importancia ya que su obra sigue siendo leída en los círculos de la New Age, que encuentran en ella, entre otros elementos que son ajenos a la tradición católica, no sólo un respeto por la Iglesia, sino también una aguda crítica de importantes aspectos del pensamiento New Age, sobre todo de la tensión causada por la indiferencia, propia de una espiritualidad de inspiración oriental, y la solidaridad[35].

23. En la actualidad, pocos seguidores de la New Age tienen una idea clara del catolicismo, pero algunos de ellos lo han descubierto y han adherido a él, como Roger Buck, que fue un activista de la New Age[36]. Es evidente que, a medida que llegan a apreciar las deficiencias de sus creencias previas, sienten la necesidad de poder reconocer en la Iglesia y en su liturgia la realidad que habían estado buscando por tanto tiempo, o sea, no la afirmación de los valores seculares que se puede hallar en la “religiosidad racionalista”, sino lo sobrenatural. Es entonces que pueden apreciar la intuición de G.K. Chesterton, que vivió también la experiencia del espiritualismo: “Los verdaderos místicos no esconden los misterios, sino que los revelan: presentan las cosas a plena luz del día, y una vez que se las ha visto, siguen siendo un misterio. Pero los mistagogos esconden las cosas en la oscuridad y el secreto, y cuando se las llega a descubrir, resultan ser una mera banalidad”[37].

Solsticio de verano en Stonehenge, Reino Unido

Apéndice: 

Los herméticos y los decadentes hablan de la forma extraordinaria

Como queda dicho en este documento, el hermetismo occidental y el romanticismo decadente se cuentan entre los precursores de la New Age, y la actitud de ambos ante la antigua liturgia católica ejemplifica las posibilidades que ésta tiene respecto de la propia New Age.

Valentin Tomberg, hermético, convertido al catolicismo, cita al escritor cabalista francés, por un tiempo seminarista, Eliphas Levi: “Los antiguos ritos perdieron su eficacia cuando apareció el cristianismo en el mundo. La religión cristiana y católica es, de hecho, la hija legítima de Jesús, Rey de los Magos. Un simple escapulario usado por un verdadero cristiano es talismán más invencible que el anillo y el pentáculo de Salomón. La Misa es la más prodigiosa de las invocaciones. Los necrománticos invocan a los muertos, los magos invocan a los diablos y tiemblan, pero el sacerdote católico no tiembla al invocar al Dios viviente”[38].

Oscar Wilde, que terminó convirtiéndose al catolicismo, escribe, refiriéndose a su personaje novelesco, el romántico decadente Dorian Gray: “Se decía que estaba a punto de convertirse al catolicismo, y ciertamente el ritual romano había tenido siempre un gran atractivo para él. El sacrificio cotidiano, más imponente en verdad que todos los sacrificios del mundo antiguo, lo conmovía tanto por su soberbio rechazo de la evidencia de los sentidos como por la primitiva simplicidad de sus elementos y por el eterno pathos de la tragedia humana que procuraba simbolizar”[39].

Los textos citados fueron escritos antes de la reforma de la liturgia romana surgida del Concilio Vaticano II. Es evidente que es en la actual forma extraordinaria que se despliega claramente lo que estos autores encontraron interesante y atractivo en la Misa.   

Valentin Tomberg
       


[1] Juan Pablo II, Discurso a los obispos de Iowa, Kansas, Missouri y Nebraska, 28 de mayo de 1993, núm. 2.

[2] Especialmente el budismo, el hinduismo y, aunque de un carácter algo diferente, la fe Bahá’i. El espacio no nos permite un análisis detallado de todos éstos, pero en cuanto influencias importantes en la New Age, comparten con éste ciertos rasgos centrales.

[3] El yoga postural, tal como se lo encuentra hoy, es una invención moderna, que combina influencias de los movimientos de cultura física occidental de la primera mitad del siglo XX y las tradiciones espirituales indias: véase Jain, A., Selling Yoga: from Counterculture to Pop Culture (Oxford, Oxford University Press, 2015), p. 37. Las espiritualidades indias occidentalizadas que se encuentra en el movimiento yoga occidental dan a éste una gran afinidad con la New Age, y calza dentro de ella como una entre las muchas “técnicas espirituales” para la realización personal: véase infra, núm. 4. Algunos escritores indios que desean relacionar más firmemente el yoga con el hinduismo se quejan de su contaminación, en su forma occidental vulgarizada, con las “banalidades intelectuales del galimatías New Age” (citado por Jain, Selling Yoga, cit. p. 147).

[4] Movimiento cuya raíces históricas están, en su mayor parte, en las religiones pre-cristianas de Europa occidental.

[5] En el cual, como se dirá más adelante, la New Age enfatiza la meta de la sanación (o transformación) espiritual y emocional; el movimiento hermético precursor se focaliza en la comprensión (o conocimiento), en tanto que el neopaganismo y el ocultismo lo hacen en el poder. Sobre este último, véase Steichen, D., Ungodly Rage: The Hidden Face of Catholic Feminism (San Francisco, Ignatius Press, 1991), pp. 70-71.

[6] Véase el Pontificio Consejo para la Cultura y el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, Jesucristo, portador del agua de la vida. Una reflexión cristiana sobre la “Nueva Era” (2002). Otras guías útiles sobre este fenómeno desde el punto de vista católico son: Irish Theological Commission, A New Age of the Spirit? A Catholic Response to the New Age Phenomenon (Dublín, 1994); Caldicott, S., Understanding the New Age (Londres, Catholic Truth Society, 2006); Pacwa, M., Catholics and the New Age. How Good People are being drawn into Jungian Psychology, the Enneagram and the New Age of Aquarius (Ann Arbor, MI, Servant, 1992); Steichen,  Ungodly Rage: The Hidden Face of Catholic Feminism, cit., y Buck, R., Cor Jesu Sacratissimum: From Secularism and the New Age to Christendom Renewed (Kettering, OH, Angelico Press, 2016).

[7] Difuso movimiento influido por el gnosticismo, el cabalismo y varios textos mágicos occidentales y tradiciones de los períodos antiguo y medieval (tanto auténticos como supuestos). Se manifiesta en el rosacrucismo, la teosofía y la mágica ceremonial, y está vinculado con el ocultismo.

[8] Alice Bailey (1880-1949). Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891). Véase Buck, Cor Jesu Sacratissimum, cit., p. 63.

[9] A Course in Miracles, de Helen Schucman, publicado completo por primera vez en 1976. Schucman propone la idea de que el mensaje de Jesús fue corrompido por sus discípulos, especialmente por San Pablo, idea desarrollada por Alice Bailey (véase su Esoteric Astrology, Nueva York, Lucis Publisher, 1971, publicado por primera vez en 1942). Algunos escritores New Age se apropian a veces de figuras y términos teológicos cristianos, dándoles un significado totalmente diferente. También se han realizado esfuerzos por reconstruir un cristianismo auténtico remitiéndose al gnosticismo.

[10] “Es sobre todo la cristiandad católica el blanco natural del New Age liberal, aunque sus seguidores a menudo niegan que estén apuntando a blanco alguno” (Buck, Cor Jesu Sacratissimum, cit., p. 134). Del mismo modo, la Iglesia católica es el foco de los intentos ocultistas de derribar a Cristo, tarea emprendida por la “Ecclesia Gnostica Catholica” fundada por el ocultista Aleister Crowley a comienzos del siglo XX, y por la “Misa gnóstica” de Crowley.

[11] Juan Pablo II, Discurso a los obispos de Iowa, Kansas, Missouri y Nebraska, cit., núm. 2.

[12] Véase England, R., The Unicorn in the Sanctuary: the Impact of the New Age on the Catholic Church (Manassas VA, Trinity Communications, 1990), p. 150.

[13] Juan Pablo II, Discurso a los obispos de Iowa, Kansas, Missouri y Nebraska, cit., núm. 2.

[14] Juan Pablo II, Discurso a los obispos de Iowa, Kansas, Missouri y Nebraska, cit., núm. 3. Véase también Pontificio Consejo para la Cultura y el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, Jesucristo, portador del agua de la vida, cit., Prefacio: “Hay que reconocer que el atractivo que la Nueva Era tiene para algunos cristianos puede deberse, en parte, a la falta de atención seria, en sus colectividades, a temas que son realmente parte de la síntesis católica, como la importancia de la dimensión espiritual del hombre y su integración con el resto de su vida, la búsqueda del sentido de la vida, los vínculos ente los seres humanos y el resto de la creación, el deseo de transformación personal y social, y el rechazo de la visión racionalista y materialista de la humanidad”.

[15] Steichen, Ungodly Rage: The Hidden Face of Catholic Feminism, cit., p. 118.

[16] Buck, Cor Jesu Sacratissimum, cit., pp. 56, 62, y passim. Los movimientos esotéricos en Francia y otros países de pasado católico han tomado otro rumbo, con mucho menos hostilidad hacia el cristianismo: un ejemplo influyente es el austríaco Rudolf Steiner (1861-1925), cuyo rechazo de la Iglesia católica fue temperado por su convicción de que la Crucifixión es el punto central de la historia: véase Buck, Cor Jesu Sacratissimum, cit., p. 158.

[17] Las prácticas New Age incluyen rituales arbitrarios, estilo “hágalo usted mismo” (“do it yourself”), pero con la influencia de las religiones orientales pueden incorporar también rituales, por ejemplo, hinduistas, con un grado mayor de formalidad. El neopaganismo ha desarrollado rituales de gran complejidad (realizados, por ejemplo, en Stonehenge, en Inglaterra), que superan a veces a los complejos ritos de uno de los movimientos precursores de la New Age, la masonería (Foster Bailey, marido de Alice Bailey, fue un masón de alto grado). El yoga nos da ejemplos también del uso de ritos espiritualmente densos realizados por occidentales post-cristianos.

[18] La influencia del misticismo oriental ha promovido prácticas ascéticas y de autodisciplina que aíslan al individuo de las cosas mundanas y le ayudan a meditar. Véase Buck, Cor Jesu Sacratissimum, cit., pp. 144-146.

[19] Cfr. Hannah, W., Darkness Visible: a Christian Appraisal of Freemasonry (Londres, Baronius Press, 2008), un estudio clásico de la masonería británica publicado primeramente en 1952. En pp. 257-258 se dice: “En general, la masonería en Escocia es más popular y relativamente más numerosa que en Inglaterra, en parte debido a que suele ser más barata, y en parte porque el austero presbiterianismo ha eliminado gran parte del colorido, el glamour y el ceremonial del culto cristiano. Cuando el alma tiene hambre de estos elementos en la religión, tenderá naturalmente a compensarlos por vías menos recomendables. No es sólo la hostilidad hacia Roma lo que ha debilitado a la masonería en algunos países católicos”.

[20] El éxito comercial de las grabaciones de canto gregoriano es un indicador del potencial de éste en este aspecto. La música New Age ha adoptado el canto gregoriano como un elemento en su búsqueda de música que facilite la relajación y la meditación.

[21] Caldicott, Understanding the New Age, cit., p. 51: “[la New Age] busca un contacto transformador con el misterio (aquello que nos trasciende) y lo sobrenatural: tiene hambre de verdadero amor, de belleza, de sanación, de santos y milagros, de poesía, no de prosa”. De los dos fenómenos relacionados, el paganismo y el ocultismo, el primero está potencialmente más abierto a los aspectos incarnacionales de la tradición litúrgica, y el segundo más abierto a los ritos, las vestimentas, el canto.

[22] El entusiasmo por el misticismo oriental que evidenció, hacia el final de su vida, el P. Thomas Merton (1915-1968), popular autor y monje trapense, fue una importante influencia en la New Age dentro de la Iglesia católica. En 1967 escribía: “Nuestro gran peligro es deshacernos de cosas que son excelentes y que no comprendemos, y reemplazarlas por formas mediocres que nos parecen más significativas y que, de hecho, son triviales. Mucho me temo que, cuando se haya asentado el polvo, no nos quedará más que lo que merecemos, o sea, una serie más bien necia, rápida, aparentemente puesta al día, de formas litúrgicas desprovistas de la dignidad y significancia de las antiguas”. Sobre el canto gregoriano escribió en 1965: “Los monjes no pueden comprender el tesoro que poseen, y lo arrojan para buscar algo diferente, en tanto que los seglares, de los cuales la mayor parte no es siquiera cristiana, son capaces de amar este arte incomparable”. Citado en Hillis, G. K., “Communion of Love: Thomas Merton and Liturgical Reform”, ABC Religion and Ethics, 14 de septiembre de 2016 [fecha de consulta: 31 de mayo de 2017].

[23] En contraste con las “deformaciones arbitrarias” a que alude Benedicto XVI en su “Carta a los obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum”.

[24] En el sentido de “eficacia ritual” a que alude el sociólogo Anthony Archer (Archer, A., The Two Catholic Churches: a Study in Oppression, Londres, SCM Press, 1986, p. 142). Así, por ejemplo, el Canon no necesita ser recitado en voz alta para producir su efecto: no depende de las respuestas subjetivas de los miembros de la congregación.

[25] Algunos escritores New Age tratan, a veces, de crear una narrativa histórica occidental a partir de pensadores y movimiento opuestos al cristianismo ortodoxo, aun cuando sea esto lo único que tienen en común. Y así, a menudo sienten simpatía por los cátaros (aunque no los comprendan necesariamente). El trabajo de Philip Carr-Gomm es un ejemplo de esta tendencia.

[27] Véase especialmente la Irish Theological Commission, New Age of the Spirit?, cit., p. 32: “Existen varios métodos [en la New Age] de poseer espíritus familiares, disfrazados de “consejeros” o amigos que aconsejan a la gente en la toma de decisiones, y que pueden ser adquiridos a través de técnicas de control de la mente […] Cualquiera puede ser uno de estos consejeros, incluso los muertos o los espíritus demoníacos. Desde el momento en que se compromete a estos espíritus, se le dice a uno que debe rezarles y pedir su consejo en todas las cosas. Esto abre el alma a las influencias demoníacas, fuerzas sobre las que no tenemos control, porque la persona está en un estado de relajación en que se abre a recibir cualquier influencia, sin usar el filtro de la inteligencia o del pensamiento racional. Este proceso convierte también a la voluntad en algo flexible y dispuesto a obedecer, listo para recibir cualquier estímulo”. 

[28] Mientras que el movimiento romántico pone énfasis en la naturaleza, las emociones y la autenticidad, los decadentes o “románticos oscuros” buscaban experiencias más intensas mediante la lujuria, el libertinaje y lo Oculto.

[29] Joris-Karl Huysmans (1848-1907). En su novela Là-Bas, publicada en 1891, describe algunos ritos satánicos.

[30] Fue oblato en el monasterio de Ligugé, cerca de Poitiers (Francia). 

[31] Joseph Pierce, en su estudio sobre Oscar Wilde, incluye en una lista de los que siguen este camino, a los poetas ingleses Francis Thompson y Audrey Beardsley, los poetas franceses Charles Baudelaire, Paul Verlaine y Marc-André Raffalovich, a Robert Ross, amigo de Wilde, a los escritores ingleses Ernest Dowson y Lionel Johnson “y muchísimos otros”, igual que, al cabo, al propio Wilde. Pearce, P., The Unmasking of Oscar Wilde (San Francisco CA, Ignatius Press, 2000), p. 386. Un ejemplo proveniente de Italia sería el beato Bartolo Longo (1841-1926), fundador del santuario de Nuestra Señora de Pompeya, que fue un sacerdote satánico antes de su conversión en 1865.

[32] Véase el Apéndice.

[33] Eliphas Levi, seudónimo de Alphonse Louis Constant (1810-1875). Véase el Apéndice.

[34] Valentin Tomberg (1900-1973). Véase Anónimo [Valentin Tomberg], Meditations on the Tarot, pp. 189-190.

[35] Anónimo [Valentin Tomberg], Meditations on the Tarot, cit., p. 36.

[36] Buck describe su conversión en el libro citado en este documento (Buck, Cor Jesu Sacratissimum, cit., pp. 161-190). Son también notables las conversiones de occidentales previamente adeptos a las espiritualidades orientales: véase, por ejemplo, Paul Williams The Unexpected Way: On Converting from Buddhism to Catholicism (Londres, T&T Clark, 2002). Stratford Caldicot, uno de cuyos trabajos hemos citado en este documento, se convirtió desde la fe Bahá’i.

[37] Chesterton, G. K., Father Brown Stories (Londres, The Folio Society, 1959), p. 123 (de ‘The Arrow of Heaven’, publicado en The Incredulity of Fr. Brown en 1926). El uso que Chesterton hace del término “mistagogo” no es, por cierto, exacto: es sólo un término tradicional para catequistas.

[38] Citado en Anónimo [Valentin Tomberg], Meditations on the Tarot, cit., pp. 139-140.

[39] Wilde, O., The Picture of Dorian Gray (Londres, Folio Society, 2009), p. 128. El retrato de Dorian Grey (The Picture of Dorian Gray) se publicó primeramente en una revista en 1890, y revisado y ampliado, apareció como libro en 1891.

domingo, 13 de junio de 2021

Domingo infraoctava del Sagrado Corazón

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 15, 1-10):

“En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los publicanos y pecadores para oírle. Y los fariseos y los escribas lo censuraban, diciendo: Este recibe los pecadores, y come con ellos. Mas Jesús propúsoles esta parábola: ¿Quién hay entre vosotros que, teniendo cien ovejas, y habiendo perdido una, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la perdida, hasta encontrarla? Y en hallándola la pone sobre sus hombros muy gozoso, y en llegando a su casa, llama a sus amigos y vecinos diciéndoles: Alegraos conmigo, porque he hallado a mi oveja, que se había perdido. Os digo que así también habrá más gozo en el cielo por un pecador que hiciere penitencia, que por noventa y nueve justos, que no han de ella menester. O ¿qué mujer, teniendo diez dracmas, si pierde una, no enciende luz y barre la casa,  y lo registra todo, hasta dar con ella? Y en hallándola, convoca a sus amigas y vecinas, diciendo: Regocijaos, porque he hallado la dracma que había perdido. Así os digo, que habrá gran alborozo entre los Ángeles de Dios por un pecador que haga penitencia”.

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¿Qué hemos de entender por “penitencia”, eso que causa tan gran alegría en el cielo a los Ángeles?

Sin duda, el término “penitencia” tiene “muy mala prensa” en el mundo de hoy, incluso en medios católicos de los mejor formados. Hace algún tiempo oíamos a una mujer de buena cultura católica decir que la penitencia era un exceso innecesario, considerando la gran carga de mortificación que, ya de por sí, trae la vida; y no sólo sufrimiento físicos sino, sobre todo, dolores morales: contradicciones en la existencia, preocupación por los hijos que se descarrían, inseguridad sobre el futuro, temor por las crisis del Estado y de la Iglesia… ¿No es, acaso, el echarse encima voluntariamente más dolores agregar nuevos elementos al agotamiento psicológico a que está expuesto el hombre contemporáneo, más que ningún otro hombre en la historia de la humanidad? Catástrofes naturales impensadas antiguamente, peligro real de inauditas guerras nucleares capaces de exterminar la vida misma en el planeta…

Sin embargo, no ése el significado más importante de la penitencia. Por de pronto, el Señor, ciertamente, no quiere nuestro sufrimiento sino que, a lo más, lo permite. Hay que entender adecuadamente, pues, la penitencia como lo dice su significado natural y obvio: es un sentir pena, un penar por algo que se ha hecho. Y la máxima pena que un hombre sensibilizado al dolor, como es el actual, puede sentir no puede ser sino la que causa haber ofendido a Dios, de Quien no hemos recibido sino bienes (“gracia tras gracia”, dice Jn 1, 16): darse cuenta de la propia ingratitud no puede sino provocar profunda pena en el ingrato. En otros términos, la penitencia es verdadero arrepentimiento, doloroso querer no haber hecho algo que hicimos, porque ofendió a Quien no ha hecho otra cosa que ser Bueno con nosotros.

Sabemos, sin embargo, que Dios lo perdona todo, absolutamente todo, al más leve signo de arrepentimiento: se podría decir que el Todopoderoso, cuya Inteligencia ha desplegado su inaudita belleza en el Cosmos, por cuya Voluntad subsisten las fuerzas de luz y de oscuridad que estructuran el Universo, está pendiente, a cada instante, a cada paso, del menor gesto de arrepentimiento de estas creaturas suyas tan mínimas como, en el conjunto de la Creación, somos nosotros los hombres. Y tan pronto como lo ve, perdona. El Santo Cura de Ars consolaba una vez a una viuda que se confesaba y le contaba el suicidio de su marido y el dolor que sentía por saber que se había condenado: “Se equivoca Ud., señora; porque en el mínimo lapso que transcurrió entre saltar del puente y caer a las aguas del Sena, su marido experimentó un relámpago de arrepentimiento y Dios lo tiene ahora en el cielo”.

Quizá la peor tentación con que el Diablo pretende retener entre sus lazos al hombre pecador es procurar infundirle vergüenza y temor de acercarse a Dios para pedir perdón. Algún gran santo hablaba del “demonio mudo” que le aprieta la garganta al pecador y le dificulta proferir la palabra “¡perdón!”, porque sabe el Enemigo que, ante esa palabra, no hay Omnipotencia divina que valga: Dios, que es esencialmente Amor, se rinde de un modo absolutamente sorprendente ante esa súplica, no halla cómo resistirse a ella. Y perdona, y lo perdona todo, y “con yapa”: toma a la bestia extraviada sobre sus hombros, para que no se canse, cosa que no hace por ninguna de las noventa y nueve que no pecaron, y la lleva a cuestas de vuelta al redil, y hace fiesta por ella, la ingrata que se había apartado del rebaño.

“¡Es que yo no lo merezco! ¡Yo no tengo perdón de Dios!”: la vergüenza es, a veces, mayor que el miedo a encontrarse con un rechazo por parte de Dios. A esa pobre alma hay que anunciarle la magnífica “buena nueva”: ¡Dios nos perdonó cuando estábamos todavía inmundos con nuestro pecado! ¡No esperó a que estuviéramos siquiera “presentables”!: “Apenas habrá quien muera por un justo; quizá podría haber alguien que muriera por un bueno; pero Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros. Con mayor razón, pues, justificados ahora por Su sangre, seremos por Él salvados de la ira” (Rm 5, 7-9).

La Iglesia nos hace oír este Evangelio a tres días de la fiesta del Sagrado Corazón, que es, en medio de toda la inmensidad de la creación material, el preciso lugar físico donde late, corporalmente, “la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). Ese corazón, corazón de hombre, es el refugio del pecador temeroso y avergonzado, adonde puede entrar a guarecerse por la Puerta de la Misericordia: la abertura que la lanza hizo en Su costado.

José de Páez, Alegoría del Sagrado Corazón de Jesús, 1773-1775, Museo Soumaya (México)
(Imagen: Arts and Culture)     

lunes, 7 de junio de 2021

Domingo infraoctava de Corpus Christi

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 14, 16-24):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos esta parábola: Cierto hombre dispuso una gran cena, y convidó a muchos. Y envió a la hora de cenar a su siervo para decir a los convidados que viniesen, pues ya todo estaba dispuesto. Y empezaron todos a excusarse. El primero dijo: he comprado una granja y necesito ir a verla; ruégote que me des por excusado. El segundo dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas; dame, te ruego, por excusado. Otro dijo: acabo de casarme, y así no puedo ir allá. Habiendo vuelto el criado, refirió todo esto a su amo. Irritado entonces el padre de familias, dijo a su criado: Sal luego a las plazas y barrios de la ciudad, y tráeme acá cuantos pobres, lisiados, ciegos y cojos hallares. Dijo después el criado: Señor, se ha hecho todo como mandaste, y aún sobra lugar. Respondióle el amo: Sal a los caminos y cercados, e impele a cuantos hallares a que vengan, para que se llene mi casa. Pues os aseguro, que ninguno de los que antes fueron convidados, ha de probar mi cena”.

***

Lo primero que ha de advertirse en este texto es que la parábola no está dirigida a las turbas o pueblo en general, sino a los fariseos, considerados los hombres más religiosos, piadosos y cumplidores de la ley. El Señor ha pensado sin duda en ellos al hablar de los primeros convidados, que habían tenido el honor de ser invitados. Esto nos motiva a rechazar una confianza excesiva en nuestro estatus religioso o en nuestro lugar en la Iglesia, o en nuestras prácticas de piedad, como garantía de estar salvados. Nadie por ser “laico comprometido” o por pertenecer a ésta o aquella congregación o movimiento o comunidad eclesial o por haber “optado por los pobres” o por estar caminando con “la Iglesia en salida” se sienta seguro. San Pablo es muy claro en este punto: “de nada me arguye la conciencia, mas no por eso me creo justificado; quien me juzga es el Señor” (1 Cor 4, 4). El fariseo está seguro de sí; el verdadero católico sólo está seguro de la misericordia del Señor.

En segundo lugar, llama la atención la plausibilidad de las excusas que presentan los primeros convidados: uno está recién casado; otro ha comprado una propiedad agrícola; otro ha hecho una adquisición de animales que necesita inspeccionar, etcétera. Pero cuando el Señor llama, no hay excusa que valga, por más plausible que sea: el primer mandamiento nos obliga a “Amar a Dios sobre todas las cosas”. En cambio, ¡cuántas disculpas infinitamente menos importantes damos a diario al Señor para posponer sus llamadas (más que eso, sus súplicas) a cumplir su voluntad, a intimar con Él en la oración, a realizar verdaderas obras de misericordia con nuestros hermanos, no obstante las incomodidades que puedan conllevar! No hay nada que hiera tanto al Señor como la ingratitud o la indiferencia en nuestra relación con Él. Pero la verdad es que tenemos un corazón de piedra. Aún así, Él nos dice que “quitaré de su cuerpo su corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 11, 19). Porque el Señor no dejará piedra por remover, con una paciencia infinita, para que aceptemos su salvación. Recordemos aquí el soneto de Lope de Vega, de insuperable elocuencia: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?/ ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,/ que a mi puerta, cubierto de rocío,/ pasas las noches del invierno oscuras?/ […] ¡Cuántas veces el ángel me decía: /Alma, asómate ahora a la ventana,/ verás con cuánto amor llamar porfía./ Y cuántas, hermosura soberana:/ Mañana te abriremos -respondía-,/ para lo mismo responder mañana”.   

Esta infinita misericordia divina no puede excluir, sin embargo, a Su justicia. Por eso San Agustín nos advierte que si bien hoy, ahora, tenemos ese ofrecimiento inverosímil de la paciencia de Dios, puede que mañana ya no lo tengamos: hoy tenemos vida para aceptarlo, pero no sabemos si estaremos vivos mañana. Y escribe “Teme a Jesús que hoy pasa frente a ti, y que quizá ya no vuelva a pasar”. Aquí es donde adquiere su verdadera importancia aquel refrán que los paganos, antiguos y modernos, gustan de repetir en medio de sus carretes y conciertos en vivo: “Carpe diem”, “aprovecha el momento”. Pero, por piedad, ¿de qué momento estamos hablando? El momento trascendental de nuestra vida puede ser ese encuentro, hoy, inesperado, con el Señor que nos llama y nos busca y nos ofrece perdón y ayuda. Ese momento puede que se nos presente sólo hoy, y ya no mañana. ¡Es Él quien nos dice “Carpe diem”!

Y cuán consolador es lo que, a continuación, nos enseña la parábola: no es necesario pertenecer al grupo de los distinguidos, de los importantes, de los llenos de méritos. No: aunque vivamos en cualquier barrio de la ciudad, nos llega la llamada divina, aunque seamos lisiados o ciegos o vivamos en la parálisis de nuestros pecados, porque incluso si vamos pasando por casualidad por el camino, el llamado del Señor nos llega con la invitación a entrar a su cena.

“¡Es que yo no lo merezco, yo que he vivido una vida tan alejada de Él, que he sido tan malo, e ingrato, y pecador!”. Nada: por tu miseria misma has movido la misericordia del Señor. No tienes más que aceptar la invitación y acudir a la mesa. ¿Sin méritos? Podrás decir, si alguien te pregunta por ellos y te exige exhibirlos, lo que ha escrito San Bernardo en uno de sus sermones: “Mis méritos son Su misericordia”.   

Arcadia Mas y Fondevila, El Corpus Christi, hacia 1887, Museo del Prado (en depósito en otra institución)
(Imagen: Museo del Prado)

viernes, 4 de junio de 2021

Simplismo sin nobleza

Les ofrecemos hoy un artículo de Anthony Esolen, donde aborda el sentido que tiene la belleza exterior para iluminar los misterios de la fe. Desde mediados del siglo XX, y ostensiblemente tras la reforma litúrgica, la belleza ha dejado de acompañar a culto. Para recuperar la cultura cristiana, se hace imprescindible retornar al sentido de lo bello, que es uno de los trascendentales del ser junto con lo uno, lo bueno, lo verdadero, lo distinto, etcétera. Por cierto, la belleza implica una correcta proporción de las cosas que es objeto de contemplación, de suerte de que sus formas principales son la simetría, el tamaño, el orden y la delimitación. Ella no se opone a la simpleza. 

Autor de origen italiano y criado en el Canadá, Esolen (1959) se graduó en Princeton en 1981 y posteriormente siguió estudios de máster y doctorado en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, donde obtuvo ese último grado con una tesis sobre la retórica de la ironía en Edmund Spencer. Entre 1988 y 1990 enseñó en Furman University. De ahí se trasladó al Providence College de los dominicos en Rhode Island. Permaneció ahí hasta 2016, cuando sus críticas hacia la cultura de la diversidad y el lenguaje inclusivo que imperaba en el establecimiento forzaron su salida en medio de una campaña de profesores y estudiantes en su contra. En 2017 fue contratado por Thomas More College of Liberal Arts de New Hampshire, donde permaneció hasta 2019. En la actualidad es profesor residente del Magdalen College of Liberal Arts, también en New Hampshire. Además de más de medio millar de artículos (aparecidos sobre todo en Crisis Magazine, First Things, Touchstone y otras revistas católicas), ha publicado diversos libros, entre ellos dos traducidos al castellano: Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental (Ciudadela, 2009) y 10 maneras de destruir la imaginación de tu hijo (Homolegens, 2019). Esolen es conocido asimismo por haber traducido al inglés La Divina Comedia de Dante Alighieri, Sobre la naturaleza de las cosas de Lucrecio y Jerusalén liberada de Torquato Tasso. En esta bitácora habíamos publicado ya un artículo suyo sobre Dietrich von Hildebrand y la Santa Misa. A su vez, Wanderer ofrece una entrevista subtitulada entre Dereck Buikema y Anthony Esolen que recomendamos. 

El artículo fue publicado originalmente en Crisis Magazine y ha sido traducido por la Redacción. 

Anthony Esolen

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Simplismo sin nobleza

Anthony Esolen

Según la Instrucción Inter Oecumenici (1964), debía revisarse algunos de los ritos de la Misa para que las ceremonias pudieran “exhibir una noble simplicidad acorde con el espíritu de los tiempos”. La noble simplicidad exigía, aparentemente, que el llamado Último Evangelio, el tremendo prólogo del Evangelio de San Juan, dejara de leerse al final de la Misa, lo que produjo como resultado que los únicos fieles católicos que pueden escuchar esas palabras una sola vez al año son los que asisten a la Misa del día de Navidad.

Quizá ese Evangelio esté asignado también a algún otro domingo; no estoy bien seguro. En todo caso, lo seguro es que fue desplazado de su lugar de honor, de su arquitectónica centralidad. Por cierto, él se merecía ese lugar de honor. No existe en la Escritura otro texto tan completo, ninguno expresa, de modo tan conciso, lo que los cristianos creen acerca de Dios Padre y de la creación, de la Palabra Encarnada y de la salvación del hombre pecador, de la Cruz y de la Resurrección, de la gracia, de la verdad y de la luz de la fe.

Me imagino que esa “noble simplicidad acorde con el espíritu de los tiempos” fue un gesto vagamente hecho a la avidez modernista de desterrar todo ornamento, de reducir, de desnudar. No tiene sentido, de otro modo, en cuanto juicio, ya sea cultural, ya sea intelectual. ¿En qué sentido era la vida en 1964 más simple que en 1864? ¿De qué modo era más simple en 1964 que en 1864 enfrentar -sin adherir a alguna ideología, siempre reduccionista- la historia humana?

Tomemos, por tanto, las palabras del Concilio sólo como una orientación estética. ¿Qué significa simplicidad cuando se habla de obras de arte? La liturgia es más que una obra de arte, pero, al menos, es eso. Tan pronto como hacemos esta pregunta, entramos en un terreno en que, en la actualidad, muy pocos profesores de literatura, de música, de arte o de arquitectura osan aventurarse. Para qué mencionar cualquier comité diocesano de liturgia. Porque hay una diferencia entre lo simple y lo simplista, entre lo intrincado y lo caótico, entre lo complejo y lo confuso. Muchos ensayos de estudiantes secundarios son caóticos y confusos y simplistas, en tanto que la obra de Santo Tomás de Aquino es intrincada y compleja, pero profundamente simple.

(Imagen del artículo original)

Procuraré dejar que unos pocos edificios civiles iluminen este punto. Hace unos días tuve que “viajar”, mediante la vista de calles en Internet, por las calles más recorridas de la capital del condado en que nacimos tanto el actual Presidente como yo: Lackawanna, Pennsylvania. Como muchas antiguas ciudades industriales, Scranton tiene hoy la mitad de la población que antaño, aunque ha conservado algunos de los nobles edificios que adornaban sus calles. El edificio de los tribunales del condado es, según creo, tan hermoso como cualquier otro en los Estados Unidos. Su plaza arbolada está adornada con monumentos a Kosciuszko, Pulaski y al gran defensor de los mineros, John L. Lewis.

El viejo Templo Masónico, con un auditorio art déco tan amplio como para albergar, en aquellos tiempos, combates de boxeos, de lucha libre y conciertos de bandas, es actualmente un centro dedicado a las artes. Luego, enfilando hacia el norte por la Avenida Washington, uno se encuentra con una estructura de un neogótico algo tímido, construida con hermosos bloques de piedra. El frente de las piedras ha sido dejado sin pulir, por lo que conservan sus diversos colores terrosos. Las paredes altas y largas, que bordean un amplio terreno, están coronadas con granito y bronce -este último ha adquirido una bonita pátina verde pálido-. Las paredes son almenadas, lo que sugiere una fortaleza, y además hay, en las esquinas, torreones semicirculares que sobresalen de los muros. Me he encontrado con cartas postales de alrededor de 1900 que fotografían este edificio, que alberga a la Cárcel del Condado de Lackawanna.

Desde 1964 no se ha construido en Scranton nada tan hermoso como esa cárcel, cosa que se puede constatar recorriendo las calles. Lo que se encontrará será confusiones simplistas por todas partes, porque se ha construido muchas cosas nuevas, pero ninguno de esos edificios parece tener un principio organizativo coherente, aparte de semejar estanques de almacenamiento o trampas de turistas. Se parecen al nuevo edificio de tribunales y cárcel del condado -dos en uno, por cierto- que construyeron en lo que era, por entonces, mi condado de adopción, Kent, Rhode Island.

Llamar a este edificio feo es más de lo que se merece. Un sapo es feo. Para ser feo, primero hay que ser algo. Pero el Edificio de Tribunales del Condado de Kent no es cosa alguna artísticamente coherente. Es una confusión de ladrillos, vidrio, rectángulos de acero y trapezoides, sin orden alguno, con el terreno de la cárcel pegado a un costado, como una cola, o un cáncer, con mucho acero y alambre de púas. El Edificio Tribunales del Condado de Lackawanna proclama, a su modo, “Apoyamos los nobles ideales de la justicia y del orden”. La Cárcel del Condado dice más o menos lo mismo, en tono menor. El Caos del Condado de Kent no dice nada, aunque quizá diga “Este es el lugar burocrático donde hay que entregar los formularios”, un lugar que es un no-lugar, para personas reducidas a funciones.

Ciertamente deberíamos construir iglesias que sean tan hermosas como, al menos, la Cárcel del Condado de Lackawanna. Pero para poder hacerlo, necesitamos volver a pensar qué es lo que hace que algo sea bello, término que no figura en Inter Oecumenici. Lo cual ofrece tema para mil ensayos; pero hay que partir por alguna parte. Y el actual es un buen lugar para hacerlo: la belleza, en tanto cuanto es auténticamente simple, exige un principio organizador, que dé a cada cosa su lugar y que, por consiguiente, haga brillar la luz de la claridad sobre el conjunto. Nada es ad-hoc, o un aparte, o un apéndice.

Es crucial que esto se entienda correctamente. A veces, lo meramente ordenado es desnudo, chato; a veces, no, y a veces nos encontramos con lo sublime justo donde lo que había sido complejo y recovequeado se resuelve, finalmente, en simplicidad. El barroco puede ser (y lo es normalmente) ordenado, en tanto que lo modernista puede ser (y a menudo lo es) un enredo.

La Iglesia de Mézangers, Valle del Loira, Francia
(Foto: Flickr)

George Herbert es un poeta barroco en que ni una sola sílaba está mal ubicada o carece de peso. El todo está en cada una de sus partes, y cada parte deriva su sentido sólo del todo, y así el poema va progresando hacia un clímax que resulta sorprendentemente claro: “La niñez es buena salud, nunca hubo pena como la mía, algo se entiende, ay, mi Dios, no sé qué: por tanto, me senté y comí”. O escúchese el trozo polifónico de Tallis para Laudes de Pascua, “Dum transisset”: no hay órgano, sólo se oyen voces humanas en un extraordinario tejido de líneas musicales, en que se enfatiza las voces juveniles altas; sin embargo, no sé de ninguna otra obra que capture tan bien la misteriosa paz del amanecer de ese día eterno, hora en la que María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé fueron a la tumba con ungüentos para ungir el cuerpo de Jesús. En comparación con el orden y la claridad de Tallis, los Glorias que se canta comúnmente en los Estados Unidos y Canadá son hipos y gesticulaciones aquí y allá, sin coherencia melódica; son los defectos del rococó sin su encanto decorativo.

Los hombres son atraídos por la belleza en todas las épocas, aunque el espíritu de los tiempos durante mi vida la ha despreciado de un modo sorprendente. Permitamos que la Iglesia nos reconduzca a los verdes prados, en vez de llevarnos a los estacionamientos de autos y a las oficinas fiscales.

domingo, 30 de mayo de 2021

Fiesta de la Santísima Trinidad

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 28, 18-20):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto Yo os he mandado. Y mirad que Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos”.

 ***

El sábado después de Pentecostés, al cumplirse la octava de Pentecostés (inexplicablemente suprimida, con grave perjuicio espiritual, por las supuestas “reformas” hechas después del Concilio Vaticano II), la Iglesia cierra el ciclo Pascual del año litúrgico (los cinco ciclos son el tiempo de Septuagésima, el tiempo de Cuaresma, el tiempo de Pasión, el tiempo Pascual, y el tiempo después de Pentecostés). Así pues, hoy, concluida la realización, en el tiempo histórico, de la obra de nuestra redención, la Iglesia da inicio al último de los mencionados ciclos con la Fiesta de la Santísima Trinidad.

Durante este tiempo, aunque quedan todavía importantes fiestas referidas a las Divinas Personas que van jalonando el paso de los meses hasta el comienzo de Adviento, la Iglesia resalta la celebración de los santos, que son el ejemplo vivo de la redención que el Hijo Encarnado ha obtenido para nosotros (por eso, quizá se podría llamar también a este último ciclo “el tiempo de los santos”). Los santos son el Evangelio puesto en vida, encarnado en las vidas tan disímiles entre sí de los numerosos fieles que nos han precedido en la fe. Se trata de un verdadero “Evangelio en acción”, ilustrado con los ejemplos de tantos hombres y mujeres, hermanos nuestros, que han cumplido, en plenitud, la voluntad de Dios. Porque en eso consiste la santidad: en cumplir la voluntad de Dios. No la voluntad nuestra, por muy meditada, madurada y bien aconsejada que se considere, por muy tranquila que esté nuestra conciencia con lo que hemos decidido hacer. Todo ello no sirve de nada: de nada en absoluto. Lo único que debemos hacer es la voluntad de Dios, no la nuestra. Es la voluntad de Dios la que ha definido, desde la eternidad y con su infinita sabiduría, el camino que cada uno de nosotros debe recorrer para llegar a la perfección de su ser y, llegado a ella, para gozar de la perfecta y sempiterna felicidad. Porque es la felicidad lo que Dios quiere para nosotros. Y el taimado empeño de buscarnos nuestra felicidad a nuestro modo está destinado inevitablemente al más perfecto fracaso.

Cómo habrá de ser esa felicidad perfecta que Dios nos tiene reservada es cosa que no podemos ni siquiera vislumbrar. San Pablo, que fue arrebatado en una visión a los cielos, se declara incapaz de comunicar lo que vio: “sé de un hombre en Cristo que […] fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede decir” (2 Co 12, 2-4), y agrega en otra parte “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co 2, 9). Los balbuceos teológicos (eso son incluso los del propio Santo Tomás de Aquino, el más grande de los teólogos, por propia declaración suya luego de tener, como San Pablo, una visión del cielo) nos indican que, por nuestra incorporación a la persona de Cristo (“el que come mi carne y bebe mi sangre está en Mí y Yo en él”, Jn 6, 56), somos incorporados a la vida de la Santísima Trinidad, somos “deificados”, se puede decir con toda razón (en una de las oraciones del Ofertorio, suprimido igualmente por aquellas tendenciosas “reformas”, se pide a Dios “danos […] participar de la divinidad de Jesucristo, Hijo Tuyo y Señor Nuestro, pues Él se dignó participar de nuestra humanidad”). Y así participamos de ese gran misterio, el misterio más importante y decisivo de nuestra fe, la Santísima Trinidad.

¿Qué se puede decir, con algún provecho, en un texto tan breve como éste, de ese misterio Trinitario, “Misterio tremendo” y, al mismo tiempo, “Misterio fascinante”? Siguiendo a algunos teólogos especialmente elocuentes, toda consideración sobre la Santísima Trinidad se condensa y resume diciendo que Ella es la expansión del Amor, es el despliegue eterno del Amor que une a las Tres Personas Divinas de un modo tan perfecto que son, efectivamente, una sola esencia o naturaleza divina; y cuya unión es tan absolutamente delicada que las Tres Personas Divinas no se reabsorben recíprocamente en la unidad de la naturaleza, sino que conserva cada una de Ellas su personalidad, lo que permite que haya entre Ellas un verdadero y perfecto diálogo de Amor absoluto, infinito y eterno.

San Juan, que se lanza siempre directamente al fondo abismal de la realidad, expresa esta expansión Trinitaria del Amor, que es Dios, apuntando a la esencia o naturaleza misma divina: “Dios es amor”. Y de ese Amor nosotros somos partícipes por nuestra incorporación al Cuerpo Místico de Cristo, una de las Tres Personas, infinita y perfecta y eterna y recíprocamente enamoradas.

¿Qué más se puede decir o siquiera imaginar de esto, que es la real realidad, puesto que las palabras faltan del todo? El propio San Juan, sin poder decir ya nada más, sólo atina a decirnos que nos aseguremos de amar a Dios con el propio amor con que Dios, a quien estamos incorporados en el Cuerpo Místico de Cristo, se ama: y la seguridad de estar en ese amor y de amar de ese modo es que cumplimos los mandamientos (“Sabemos que le amamos si guardamos sus mandamientos”, 1 Jn 2, 3); o sea, que hacemos la voluntad de Dios expresada en ellos. Precisamente para saber cómo se cumple de modo perfecto la voluntad de Dios es que, como decíamos, la Iglesia nos pone al frente, en este tiempo después de Pentecostés, las figuras de los santos, que los católicos celebramos con piedad, recordándonos que no se trata solamente de tomarlos como ejemplos, sino que, como amigos e intercesores, que viven ya la vida que a nosotros se nos ha prometido, nos ayudan desde el cielo, con perfecta caridad, a salvarnos. 

Jan Cornelisz Vermeyen, La Santísima Trinidad, siglo XVI, Museo del Prado
(Imagen: Museo del Prado)