jueves, 15 de agosto de 2019

Pistas de lectura: Resurgimiento en medio de la crisis, de Peter Kwasniewski

Según lo anunciáramos recientemente, ha aparecido bajo el sello Angelico Press el libro Resurgimiento en medio de la crisis: Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la iglesia (publicada originalmente en inglés en 2014), del Dr. Peter Kwasniewski, asiduo colaborador de esta bitácora (véase aquí la entrada que le dedicamos al libro en su día). La traducción es obra de Augusto Merino, también colaborador estable de esta bitácora, y nuestra Asociación estuvo a cargo del trabajo de edición y asumió el financimiento de este proceso. El libro, disponible en tapa dura y en rústica, puede adquirirse, además de en la página web de la editorial, aquí (envío desde EE.UU.) o aquí (envío desde España).

Hoy, además, queremos presentarles una recensión de la obra remitida por un lector, la que esperamos anime a muchos a leer este libro imprescindible para todo católico interesado en la auténtica renovación litúrgica, que no es otra cosa que el regreso al origen, vale decir, a la Misa de siempre.


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Kwasniewski, P., Resurgimiento en medio de la crisis. Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia, trad. de Augusto Merino Medina, Nueva York, Angelico Press, 2019, 288 pp.

Un católico perplejo

Peter Kwasniewski es uno de los más importantes escritores católicos contemporáneos, ampliamente versado en filosofía y teología y, además, un importante compositor de música sagrada. Desde que, en su juventud, descubrió la Misa tradicional, que la Iglesia posterior al Concilio Vaticano II quiso ocultar infructuosamente a los fieles haciendo como que había sido abolida, Kwasniewski experimentó una verdadera epifanía que lo ha llevado a dedicar toda su intensa actividad al estudio de la liturgia tradicional de la Iglesia y, ahora último, específicamente de la Sagrada Tradición, fuente de la Revelación Divina, de cuyo seno ha nacido -y en cuyo seno sigue existiendo lleno de vigor- este rito sagrado que el propio Vaticano II calificó de “raíz y cumbre de la vida cristiana”.

Este libro, que ya había sido publicado en inglés y en otros siete idiomas, está prologado, en su edición castellana, por Monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana, Kasajistán, quien, junto con un grupo de egregios prelados, encabeza el movimiento de regreso a la Sagrada Tradición de la Iglesia, especialmente en lo que se refiere a la liturgia de la Misa.

El libro tiene como base algunas publicaciones anteriores del autor, pero la clara unidad de su texto atestigua la coherencia de su pensamiento a lo largo del tiempo, y la fuerza con que Kwasniewski se expresa revela cuán profundamente siente él las ideas expresadas. Por su parte, el vigoroso impacto que produce en el lector ver reunidos en un solo libro todo el espectro de temas que se centran en la liturgia demuestra cuán actuales son las ideas expuestas, cuán vigentes, cuán importantes en los tiempos que corren, y cuán obligada resulta su lectura.

Con gran acierto, Kwasniewski aborda en el primer capítulo el tema de la solemnidad de las celebraciones litúrgicas. En realidad, tal es el mejor punto de partida, por cuanto el pecado capital de la “nueva Misa” de Pablo VI es, quizá, la pérdida de la sacralidad, del sentido de lo sagrado, que con tanta fuerza emergía del milenario rito romano. Lo que era, en la teología católica tradicional, esencialmente un “sacrificio”, con su connotación de “hacer sagrada” alguna realidad, ha sido reemplazado por una banal reunión dominical de la “asamblea” parroquial, donde las cosas se dan en el nivel prosaico de cualquier asamblea humana. Los gestos sagrados han sido reemplazados por gestos “de acogida”, de “simpatía”, de “fraternidad”, en una perspectiva horizontal en que todo lo referido a Dios pasa a segundo plano -si es que se lo retiene del todo-.

Y en el orden de un desarrollo que revela, de por sí, el potente concepto que el autor tiene de la Misa, se habla a continuación de la “palabrería” de que está infectado el rito de Pablo VI: se trata de un rito “ilustrado”, en que se subraya la supuesta “comprensibilidad” de los ritos y en que, por tanto, se echa mano del lenguaje verbal como supremo medio de comunicación. La verbosidad, la palabrería de la Misa de Pablo VI es su rasgo más inmediatamente perceptible y, quizá, más importante, también. Los reformadores litúrgicos que la inventaron creían que lo más necesario era hacer participar en ella a los fieles, y para tal fin no discurrieron nada mejor que hacerla “comprensible” por la palabra, reducida a un lenguaje cotidiano desprovisto de toda dignidad, una palabra llena del didacticismo de la Ilustración, y prescindiendo del lenguaje no verbal, que es mil veces más influyente en el alma y, sobre todo, del silencio, que marca esa “soledad” en que se da el íntimo contacto con Dios y que, además, simboliza, en la Misa tradicional, la soledad del celebrante que, de modo similar a lo que hacía el Sumo Sacerdote judío cuanto entraba solo en el Sancta Sanctorum una vez al año, entra solo en el tiempo sagrado del Canon, corazón del rito. 

 Peter Kwasniewski

Tuvo razón el Concilio Vaticano II cuando, en aquella confusa constitución Sacrosanctum Concilium, llena de ocultas “bombas de tiempo” que habrían de estallar en las décadas posteriores, dijo que la Misa es la “raíz y la cumbre” de la vida cristiana. No hay nada que forme más y de más excelente modo el alma y la sensibilidad de un católico que el milenario rito de la Misa tradicional. Y por eso su desmantelamiento de signos y símbolos sagrados, su auténtica “demolición” (en términos de algunos honestos reformadores litúrgicos que contemplaron posteriormente, con espanto, lo que habían hecho), es la más eficaz herramienta para la “descatolificación” de los fieles, lo que significa, al cabo, la pérdida de la fe. Y tal es, en efecto, el oculto propósito perseguido por Bugnini en el siglo XX, tal como lo fue el de Cranmer, en el siglo XVI: el cambio de la fe católica por otra. Cuál sea esa otra fe es algo incierto: por el momento, sí es posible afirmar que se apuntó a una fe protestante, pero no se sabe, a la larga, en qué fe -cristiana o no- ha de terminar el proceso, visto el camino de degeneración que el propio protestantismo ha venido recorriendo desde hace no menos de doscientos años.

Ese “desmantelamiento” de la Misa queda bien resumido en las “cinco llagas” de que ha escrito Mons. Schneider, que Kwasniewski aborda en otro capítulo, entre las que destaca, por su importancia simbólica, la supresión -hecha contra la voluntad del propio Concilio- del latín, como lengua sagrada. Son, en lo fundamental, llagas que desacralizan la Misa y, con ello, van reduciendo la vida cristiana entera, que aquella formaba tan maravillosamente, a una especie de ética humanística de tono masónico, en que los temas que predominan son el cuidado del medioambiente y la protección de las especies en peligro (salvo de los humanos en gestación), la promoción de un cristianismo que “no es una amenaza para nadie” y, al cabo, de una especie de religión universal que abarca en su monstruoso seno todo tipo de creencias y de prácticas, sin importar cuán aberrantes o incoherentes sean.

El último capítulo de este libro es un estupendo clarinazo sobre lo que debe hacerse si se quiere recuperar todo lo que la destructiva “reforma” litúrgica de Pablo VI arrasó impíamente. Una vuelta a la salud de la fe católica exige tres cosas: la restauración del antiguo rito de la Misa (punto en el cual el autor, en sus últimas publicaciones, insiste de modo cada vez más enérgico, sin concesiones a soluciones “intermedias”, como la teoría de las “dos formas”); recuperación de la teología de Santo Tomás de Aquino y de la “philosophia perennis” que le sirve de apoyo, a fin de contrarrestar el esmog intelectual del que surgió la “nouvelle théologie” y su expresión litúrgica y, finalmente, la proclamación de la “doctrina social” de la Iglesia, es decir, no sólo de lo que ella ha dicho sobre la “cuestión social” surgida en los últimos dos siglos, sino de todo el pensamiento católico sobre la polis y la vida colectiva, tal como se ha venido configurando, a partir de la fe apostólica, a lo largo de los siglos. Este capítulo es de lo más iluminador, dentro de su concisión, que se ha escrito en los últimos años, y unifica espléndidamente tres temas que, a poco avanzar en el análisis de la actual crisis de la Iglesia, aparecen como los más centrales y pertinentes.

Este libro de Kwasniewski sin duda habrá de causar en el lector un gran impacto en su primera lectura, y ello sugiere que merece absolutamente una segunda lectura meditada.

No existe en castellano, hoy por hoy, ningún otro texto comparable a éste en claridad, vigor, profundidad y capacidad de motivar una acción eficaz, sobre todo entre los laicos, a quienes parece haberles caído la principal responsabilidad, en estos aciagos tiempos, de revigorizar a la fe católica, maltratada por los jerarcas, incluso los más altos, de la Iglesia.

martes, 13 de agosto de 2019

Aviso importante: Missa cantata en la fiesta de la Asunción

Por ser día de precepto, se invita cordialmente a todos los fieles a la Santa Misa cantada que se celebrará con ocasión de la Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, el próximo jueves 15 de agosto a las 12:30 hrs. en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, Av. Bellavista 37 (entre Pío Nono y Pinto Lagarrigue, Metro L1 y L5 Baquedano). Como es habitual, la Santa Misa será acompañada por la schola cantorum de la Asociación. ´

Les agradecemos desde ya a nuestros lectores la máxima difusión de esta noticia entre sus familiares y amigos, así como su propia participación. 

Annibale Carracci, Asunción de la Virgen (Capilla Cerasi, Santa Maria del Popolo, Roma)
(Imagen: Wikimedia Commons)

miércoles, 7 de agosto de 2019

Cuando la realidad supera la ficción

Les ofrecemos hoy un nuevo trabajo del Dr. Peter Kwasniewski, quien está siendo traducido por varios sitios hispanoparlantes, donde aborda la coincidencia que existe entre la reforma protestante y la reforma litúrgica, y cómo el giro inmanentista conlleva la autodestrucción programada de un rito. 

El artículo apareció hace unos días en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las frases destacadas provienen de la versión original, así como las imágenes que acompañan esta entrada. 


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Sorprendentes coincidencias entre un libro de lectura
anticatólico y la reforma litúrgica

Peter Kwasniewski

¿Lutero indica el camino?

Los críticos de la reforma litúrgica de Pablo VI argumentan frecuentemente que ella fue “protestante” o “protestantizante”, cosa que es denodadamente negada por sus defensores. Para algunos tradicionalistas basta con señalar la presencia de observadores protestantes en Consilium, y otros se apoyan en el impactante reconocimiento hecho por Jean Guitton, gran amigo del Papa y respetado filósofo, quien declaró:

La intención del Papa Pablo VI en relación con lo que se denomina normalmente Misa, fue reformar la liturgia católica de un modo tal que casi coincidiera con la liturgia protestante […] Pablo VI tenía la intención ecuménica de erradicar, o al menos corregir o relajar, lo que había de demasiado católico, en el sentido tradicional, en la Misa y, lo repito, acercar la Misa católica al servicio calvinista”.

Pero, como lo hacer ver Yves Chiron en su biografía de Bugnini, los observadores del Consilium tuvieron un papel menor, adquiriendo relevancia sólo durante las discusiones del leccionario extendido. Por lo demás, no se debería aceptar, sin examen, la interpretación que hace una persona de los motivos de su amigo.

Sin embargo, es imposible negar la coincidencia fundamental de la visión histórica de los reformadores litúrgicos con la de los Reformadores protestantes. Ambos grupos consideraban la historia post-constantiniana de la Iglesia católica como un progresivo oscurecimiento y una vuelta al paganismo, una desviación de la fuente pura, simple y auténtica de los primeros cristianos, que se reunían en las casas para “partir el pan” y recordar a Jesús, el carpintero de Nazaret que obraba maravillas. Esta desviación alcanzó su nadir en la Edad Media, que procedió a transmitir a los siglos subsiguientes un culto supersticioso, embellecido en su transcurso por la cultura cortesana del barroco hasta que el espectáculo clerical de mimos, que es la Misa tridentina, alcanzó su congelada perfección. El ardiente soplo del espíritu pentecostal derritió este paradigma y lo reemplazó por formas de culto más en sintonía con la fe viviente de los cristianos, primero en la Reforma y luego, mucho más tarde, en el período del Concilio Vaticano II y de las arrasadoras reformas que introdujo.

Prácticamente no hay ningún libro de liturgia, escrito en la corriente dominante, desde más o menos 1965 hasta alrededor de 1985, que no exprese un punto de vista como éste, con diversos grados de burla del pasado y de confianza en el futuro de un culto en vernáculo, accesible, inclusivo del laicado. Estamos simplemente ante un indiscutido resumen de dónde ha estado la Iglesia y hacia dónde camina.

Imposible un punto de vista más protestante que éste. Uno de mis amigos me mostró el siguiente pasaje de un libro protestante de “homeschooling”, World History and Cultures in ChristianPerspective [La historia del mundo y de las culturas en perspectiva cristiana] publicado por Abeka:

Los paganos que adhirieron multitudinariamente a la Iglesia imperial [después del Edicto de Milán] la invadieron con sus creencias, prácticas y tradiciones paganas. En el siglo II, Justino Mártir describía el culto público como una simple reunión de creyentes el día del Señor para oír las Escrituras y su explicación, además de cantar himnos, de celebrar la Cena del Señor y recibir las ofrendas. La influencia del paganismo empezó a cambiar el servicio de culto en elaborados ritos y ceremonias con toda la parafernalia del culto en los templos paganos. Los presbíteros se transformaron en sacerdotes que ofrecían el cuerpo y la sangre del Señor como sacrificio por los vivos y los muertos. Poco a poco, estos errores y distorsiones se transformaron y dieron lugar a las enseñanzas y prácticas falsas de la Iglesia medieval […] Algunos devotos incluso compraban y adoraban reliquias […] Las exigencias de su religión condujo a los fieles a mirar a Cristo como un juez severo e inmisericorde más que como un salvador compasivo y amante, y comenzaron a tratar de aplacar la ira del Hijo por los pecados orando a su madre, la Virgen María, cuya intercesión procuraban. Debido a que incluso María parecía a veces inalcanzable, oraban también a los Apóstoles, muertos hacía mucho tiempo y a otros santos (cristianos difuntos reconocidos oficialmente por la Iglesia como santos debido a su martirio, a sus milagros y a otros méritos). Pero la Biblia enseña claramente que hay sólo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo (I Tim, 2, 5)”.

Podemos gemir y hacer muecas frente a semejante caricatura del antiguo catolicismo, pero resulta elocuente descubrir sentimientos similares esparcidos por todos los libros de los autores pertenecientes al Movimiento Litúrgico escritos en el siglo XX, los cuales pavimentaron el camino a Sacrosanctum Concilium y a la reforma de Pablo VI. De acuerdo con sus propios estilos, los cardenales Ottaviani y Bacci, hace cincuenta años en su Breve Examen Crítico, y el cardenal Ratzinger en su conferencia en Fontgombault de julio de 2001, reconocieron esta fuerte protestantización del pensamiento litúrgico católico (Ratzinger advirtió que ya casi ningún teólogo académico en Europa defiende la noción de la Misa como un sacrificio propiamente tal y verdadero: incluso los católicos han terminado estando de acuerdo con Martín Lutero).

En último término, la reforma litúrgica de Pablo VI se apoya en una interpretación protestante de la historia de la Iglesia y de la liturgia. Aceptarla significa aceptar, en mayor o menor grado, su fundamento en la visión de aquel libro de lectura protestante que considera al catolicismo como una historia de oscurantismo, de mistificación, de ritualismo clerical y de sistemática exclusión de las libertades evangélicas o, para decirlo brevemente, una historia de corrupciones.

La Edad Oscura por Vladimir Manyukhin

¿Podría decirse que uno de los problemas recurrentes de los protestantes (por cierto, uso aquí una brocha gorda) es que no valoran positivamente la obra del Espíritu Santo en la historia, a través del tiempo? Pareciera que no dan ningún peso propio al testimonio de las edades, a la suma total de lo contingente, al curso del desarrollo. Si hay algo bueno en el tiempo o en la historia, se trata de algo puramente casual o exterior. Por ejemplo, en un año cualquiera (1780 ó 1843 ó 1921) puede que tenga lugar un “encuentro-revival” en algún lugar, lo cual es, en sí, un acontecimiento positivo, pero que no tiene nada que ver con la religión cristiana como tal. Para los protestantes, todo dinamismo tiene lugar al nivel del hombre individual, en lo interior del corazón, donde actúa el Espíritu, sin que haya relación alguna entre el Espíritu y una Iglesia visible en tanto que un todo temporal/transtemporal.
           
Un católico, por su parte, ve la fe como algo histórico, social, visible, como una realidad encarnada, que vive una vida que se desarrolla y despliega, y que retiene en su interior las etapas más tempranas, a medida que las va dejando atrás. En esto reside el porqué de lo profundamente anti-protestante de la postura a que llega John Henry Newman en su Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana:

“El siguiente ensayo se dirige a solucionar la dificultad planteada, es decir, la dificultad -en la medida en que es real- del modo cómo usamos, en la discusión, el testimonio de nuestro informante más natural sobre de la doctrina y culto cristianos, o sea, la historia de los últimos mil ochocientos años. El punto de vista sobre el que este ensayo está escrito ha sido el que siempre fue adoptado, al menos implícitamente, por los teólogos y, según entiendo, ha sido ejemplificado recientemente por distinguidos escritores en el continente, como De Maistre y Möhler, es decir, la idea de que el incremento y expansión del credo y del ritual cristianos, y las variaciones que han tenido lugar en el proceso, en el caso de determinados escritores e Iglesias, son los mismos que han también, necesariamente, acompañado a toda filosofía o polis que hayan dominado el intelecto y el corazón y hayan tenido algún influjo amplio o prolongado; y de que, por la naturaleza misma de la mente humana, el tiempo es necesario para la plena comprensión y perfección de las grandes ideas; y de que las verdades más altas y más maravillosas, una vez comunicadas al mundo en algún determinado momento por inspirados maestros, no pudieron ser comprendidas inmediatamente por los recipientes sino que, a medida que fueron recibidas y transmitidas por mentes no inspiradas y por medios puramente humanos, requirieron solamente más tiempo y un escrutinio más profundo para llegar a ser plenamente elucidadas (Introducción, párrafo 21).

Para ser justos, supongamos que muchos de los católicos que se involucraron en la reforma litúrgica -o su mayor parte- no aceptaron una visión puramente protestante; pero para nadie es un misterio que su actitud fue, en el mejor de los casos, semi-protestante, en el sentido de que pensaron y actuaron sobre la base de un profundo escepticismo acerca de la mayor parte de la historia de la Iglesia, desde mediados del primer milenio hasta el fin del segundo milenio, período respecto del cual creyeron tener libertad para descartar todo rasgo que consideraran “corrupto”, “redundante”, “oscuro” o “pasado de moda”.

En otras palabras, su concepción de la fe no es la confianza, incarnacional y pneumatológica, en el despliegue de la Tradición que los católicos han tenido siempre sino que, como protestantes que buscan movimientos del corazón en sus tiendas del “campamento-revival”, traen a colación un conjunto de criterios subjetivos basados en lo que estiman “efectivo” o “relevante”. Así pues, tienen una postura básica de escepticismo ante la Tradición, lo cual es incompatible con el catolicismo.

El cardenal Journet cita un texto de Soloviev que resulta notablemente pertinente: 

Qué poco razonable es aquel que, no viendo en la semilla ni tronco ni ramas ni hojas ni flores, y deduciendo de ahí que todas estas otras partes se agregan después artificialmente desde el exterior, y que la semilla no tiene fuerza para producir tales partes, niega absolutamente que un árbol vaya a aparecer en el futuro, y admite sólo la existencia de la sola semilla. Así de poco razonable es quien niega las formas más complejas o las manifestaciones en que la gracia divina aparece en la Iglesia, y desea absolutamente regresar a las formas de la comunidad cristiana primitiva” (Teología de la Iglesia, 145).

Es sólo a primera vista que resulta paradojal que el arqueologismo y el modernismo vayan de la mano. El cardenal Newman advirtió su conexión cuando argumentó que el protestantismo dogmático, que se justificó con la proclamación del Evangelio “original e incorrupto”, tiende, debido a su subjetivismo hermenéutico, a degenerar en protestantismo liberal, que tiende, a su vez, a degenerar en racionalismo ético, naturalismo agnóstico, y secularismo ateo. En resumen, el protestantismo posee un mecanismo de auto-destrucción. Una vez que se comienza a descender por esa senda, se llega hasta el fin, a menos que se dé una milagrosa intervención divina. De ahí que, si la reforma litúrgica adoptara, frente al catolicismo histórico y tradicional, el mismo encuadre mental que adoptó el protestantismo dogmático del siglo XVI, sería una simple cuestión de tiempo antes de que esta nueva versión de catolicismo llegue a su edad madura liberal, y continúe, desde allí, hacia la decrepitud ética, agnóstica y atea.

De hecho, se puede argumentar con fundamento que, tal como en una película en cámara rápida sobre un árbol que pierde las hojas en otoño, la Iglesia (en su mayor parte) ya ha cruzado la segunda fase y está muy cerca de la final. Cuando un Papa da prioridad a la ética medioambiental, concede entrevistas a periodistas comunistas/ateos, y expurga las Escrituras de todo sentido sobrenatural,  ya estamos contemplando a la Iglesia de los Socinianos de los Últimos Días. A  nuestros hermanos separados les tomó varios siglos separarse de Cristo como Dios, de Dios como algo real y, por último, del hombre como hombre. Los católicos, cargados con su complejo de inferioridad, han hecho el recorrido en cuestión de décadas.

Los modernistas, contra los que batallaron Pío X y Pío XII, tenían, por cierto, su propia versión de “corrupción”. Con todo, para ellos no fue la inadecuación de la Iglesia medieval, sino la de la Cristiandad premoderna entera, desde la muerte del último Apóstol hasta el advenimiento del primer paleontólogo, lo que obligó a un cambio fundamental en la teoría y en la práctica. Respondiendo a un sacerdote renegado, a quien llama “Padre G.”, Teilhard de Chardin escribió el 4 de octubre de 1950:

Básicamente pienso -igual que Ud.- que la Iglesia (como toda realidad viviente, luego de algún tiempo) llega a un período de “mutación” o de “necesaria reforma” después de dos mil años: es inevitable. La humanidad está experimentando una mutación, ¿cómo podría la Iglesia no hacer lo mismo?”.

Esta mutación del catolicismo, desde su esencia dogmático-litúrgica a un vagamente definido deísmo moral terapéutico en forma de pantomima simbólica, está ocurriendo ya, y va a continuar ocurriendo, en la medida en que siga ejerciendo su imperio en el Vaticano, las academias, las cancillerías -y los altares de nuestras parroquias-, la desconfianza protestante de la eclesiología incarnacional y el escepticismo moderno respecto de la revelación divina y la tradición apostólica.

La solución está a la mano

Hay, sin embargo, una solución tan obvia como simple: adherir, una vez más, a la plenitud de la Tradición católica en su grandeza de siglos, barriendo con la verdadera corrupción que nos amenaza: la del rito de Pablo VI, sintonizado con lo moderno, falsamente antiguo, cripto-protestante.       

martes, 30 de julio de 2019

Resistir cuando la concelebración se vuelve obligatoria

Les ofrecemos hoy un artículo del Dr. Peter Kwasniewski, conocido en esta bitácora, sobre la obligatoriedad que se ha impuesto en algunos lugares a los sacerdotes de concelebrar, en desmedro de la Misa privada. Tal instrucción es contraria al derecho vigente y gravemente dañina de la espiritualidad sacerdotal, dado que el valor de cada Misa es infinito, incluso si no hay ningún otro fiel presente. Al respecto, puede revisarse lo que dijimos en esta entrada sobre los aspectos a tener en cuenta cuando se celebra una Misa privada, sin asistencia de ningún fiel.  

La versión original del artículo fue publicada en New Liturgical Movement. La traducción que ahora ofrecemos pertenece a la Redacción.  

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La creciente amenaza de las concelebraciones coercitivas

Peter Kwasniewski

Últimamente algunos sacerdotes me han contado que, en sus comunidades religiosas, en algunas escuelas o casas de formación y en algunas parroquias, así como en otras situaciones, se está intensificando una campaña para prohibir a los sacerdotes celebrar su propia Misa diaria, en las ocasiones en que no tienen obligación de celebrar el Santo Sacrificio con una congregación o para ella, y para forzarlos a concelebrar con sus colegas. La primera vez que se oyó acerca de esto fue en julio de 2017, cuando un documento que circuló en Roma trató de intimidar al clero a fin de que concelebrara, pasando a llevar con ello sus derechos canónicos. El inimitable P. Humwicke hizo algunos extensos comentarios sobre este y otros temas relacionados en una serie titulada “Concelebration in the Roman Colleges” [“Concelebración en los Colegios Romanos”].

Está claro que los modernistas y progresistas están enfurecidos y complotan contra el que los sacerdotes jóvenes se dirijan a los altares laterales a “decir Misa”, o contra el hecho de que los vicarios parroquiales monten dignos altares en su habitación para sus días de descanso, o contra los sacerdotes que, con curiosa coherencia, se ausentan de los “jamborees sacramentales” que pasan, en ocasiones especiales, por ser una Misa Crismal. Es que modernistas y progresistas comienzan a ver palabras escritas en la pared: ya llegan los tiempos en que se comenzará a considerar a la Tradición como una amenaza en serio, y en que toda benevolencia, real o simulada, será dejada de lado. Porque, en verdad, de lo que se trata es de una amenaza al castillo de naipes posconciliar con que muchos han sustituido a la Iglesia de Cristo, sólida como roca, y a su doctrina y liturgia perennes.


La generación más vieja, que todavía chapotea y petardea en un lago de refrescos Kool-Aid[1], quiere obstaculizar la recuperación de las Misas privadas[2], sobre todo porque estas Misas se celebran muy frecuentemente según el usus antiquior [Nota de la Redacción: Véase lo dicho sobre esta clase de Misas en esta entrada]. Con esta obstaculización se cometen simultáneamente dos delitos canónicos: uno, contra el Código deDerecho Canónico, y otro contra el motu proprio Summorum Pontificum y sus aplicaciones autorizadas en Universae Ecclesiae.

Permítasenos, pues, ser todo lo claros que podemos ser: no se puede forzar a un sacerdote a concelebrar, ni siquiera se puede disponer que debiera hacerlo “como norma general”. Menos, todavía, se puede excluir el usus antiquior de la Misa privada de un sacerdote -es decir, cuando éste no tiene el encargo de celebrar Misa en público con fieles-[3].

1. El canon 902 garantiza el derecho de todo sacerdote de celebrar individualmente, con la única condición de que quien celebre la Misa individualmente no lo haga en la misma iglesia u oratorio en que otra concelebración esté teniendo lugar (Nota bene: algunas traducciones al inglés dicen sencillamente “en que otra celebración esté teniendo lugar”, pero el latín es claro: non vero eo tempore, quo in eadem ecclesia aut oratorio concelebratio habetur). Por tanto, celebrar varias Misas simultáneas en los altares laterales está plenamente permitido incluso según el Código de Derecho Canónico de 1983.

2. El canon 904 recomienda que los sacerdotes celebren diariamente la Misa “ya que, incluso si los fieles no pueden estar presentes, se trata del acto de Cristo y de la Iglesia en que los sacerdotes cumplen su principal encargo [munus]”. La traducción inglesa estándar del Código de 1983 traduce munus como “función” en este canon, traducción que no es muy feliz.

3. El canon 906 prohíbe que un sacerdote celebre la Misa “sin la participación de al menos un fiel”, excepto “por alguna causa justa y razonable”. Queda claro, del contexto, que el cumplimiento de la recomendación del Canon 904, vale decir, la recomendación de que los sacerdotes celebren diariamente la Misa, es una causa justa y razonable.

4. Estas interpretaciones canónicas están bien apoyadas por el núm. 31 de la encíclica Ecclesia de Eucharistia, de Juan Pablo II, que dice, entre otras cosas:

“Si la Eucaristía es el centro y culminación de la vida de la Iglesia, es también el centro y culminación del ministerio sacerdotal. Por esta razón repito, con el corazón lleno de gratitud a nuestro Señor Jesucristo, que la Eucaristía 'es la razón de ser principal y central del sacramento del sacerdocio, que entró en vigencia en el momento de la institución de la Eucaristía'. […] Podemos comprender, pues, cuán importante es para la vida espiritual del sacerdote, como también para el bien de la Iglesia y del mundo, que los sacerdotes sigan la recomendación del Concilio de celebrar la Eucaristía diariamente: 'porque aun si los fieles no pueden estar presentes, ella es un acto de Cristo y de la Iglesia'. De este modo los sacerdotes podrán contrarrestar las diarias tensiones que conducen a una pérdida de foco, y encontrarán en el Sacrificio Eucarístico -verdadero centro de su vida y ministerio- la fuerza espiritual que necesitan para cumplir sus diversas responsabilidades pastorales. Su actividad diaria será, así, verdaderamente Eucarística”.

5. Se apoyan también en el núm. 80 de la Exhortación apostólica post-sinodal Sacramentum Caritatis de Benedicto XVI:

“La forma eucarística de la vida cristiana se advierte, de un modo muy especial, en el sacerdocio. La espiritualidad sacerdotal es intrínsecamente eucarística. […] Una intensa vida espiritual le hará posible [al sacerdote] entrar más profundamente en comunión con el Señor y dejarse poseer por el amor de Dios, siendo testigo de ese amor en todo tiempo, aun en el más oscuro y difícil. Con esta finalidad, me uno a los Padres Sinodales para recomendar 'la celebración diaria de la Misa, aun cuando los fieles no estén presentes' (Propositio, núm. 38). Esta recomendación es coherente con el valor objetivamente infinito de cada celebración de la Eucaristía, y es motivada por los frutos espirituales exclusivos producidos por la Misa. Si se la celebra de un modo lleno de fe y atento, la Misa es formativa en el más profundo sentido del término, ya que apoya la configuración del sacerdote con Cristo y fortalece su vocación”.

Estos dos documentos magisteriales renuevan la recomendación de la celebración diaria de la Misa incuso si no hay fieles presentes. Por cierto, es importante tener constantemente presente que la Misa jamás se celebra “en soledad”, porque siempre está presente la participación de los coros de los ángeles y la comunión de los santos.

6. En relación con la Misa de Pablo VI, la Instrucción General del Misal Romano contiene rúbricas para la celebración de la Misa cuando está presente sólo un ministro (núm. 252-272) y para su celebración sin la participación de un ministro (núm. 254). No tendría sentido formular esas rúbricas si no se considerara esta situación como de ocurrencia normal en la vida de los sacerdotes.

(Foto: Pinterest)

Los sacerdotes que sean víctimas del intento de excluir la Misa privada o de la exigencia de concelebrar deben resistir citando -y si es necesario, repetidamente y por escrito-[4] las normas del Derecho de la Iglesia, tal como las hemos resumido más arriba, omitiendo el atribuir motivaciones o el rencor, dejando el juicio de los corazones entregado a Dios Todopoderoso. Puesto que sabemos que hay hombres malvados en cargos elevados, en algunas ocasiones esta auto-defensa desencadenará enfrentamientos mayores. Estos no son nunca cosa agradable, pero pueden ser ocasión para una muy necesaria clarificación de cuáles son los límites de la autoridad y de la obediencia, e incluso momentos de gracia para discernir si una determinada situación pastoral o una determinada comunidad son sostenibles a largo plazo.

Una gran cantidad de hombres buenos situados en cargos elevados han dado este consejo: sean fuertes y defiendan sus derechos: esto vir, esto sacerdos Christi. Nadie tiene derecho a contradecir la ley universal. Mientras esa legislación se mantenga vigente, y mientras ninguna ley haya expresamente establecido excepciones, la ley universal es obligatoria para todos, sin excepción. Tal ha sido siempre el espíritu de la Iglesia.



[1] Nota del Traductor: Los refrescos Kool-Aid, inventados en la década de 1920, se hacen sobre la base de polvos saborizados a los que se agrega agua.

[2] Estoy consciente de las limitaciones de la expresión “Misa privada”, especialmente porque toda Misa es un acto social y público por su esencia misma, pero sigue siendo una expresión útil, cuyo significado todos captan con facilidad.

[3] La reciente carta del Gran Maestre de los Caballeros de Malta viola también los derechos del clero y de los laicos [Nota de la Redacción: Véase aquí el comunicado de la Federación Internacional Una Voce al respecto].

[4] Los matones rara vez quieren dejar nada por escrito, porque saben o intuyen que si escriben sus exigencias, pueden ser desafiados canónicamente y derrotados y avergonzados. Así pues, una defensa clave consiste en insistir que toda exigencia o requerimiento sea puesto por escrito, para que se sepa con certeza qué es lo que se está exigiendo y por qué. Si no lo hacen, puede uno entonces alegar que no entendió lo que pedían o que no se dieron razones suficientes o que se tienen dudas de conciencia sobre la validez de la petición, etcétera.

jueves, 25 de julio de 2019

Cómo la liturgia encarna la Tradición

Les ofrecemos a continuación la traducción de un excelente artículo del Dr. Peter Kwasniewski, habitual colaborador de esta bitácora, sobre la liturgia como concretización primordial de la Tradición. Si bien el texto fue escrito y publicado en 2015, no ha perdido su actualidad en razón de la materia que aborda. El propósito del autor es mostrar cómo la liturgia es un modo de encarnar y descubrir la Tradición, una de las fuentes de la Revelación, puesto que ella representa las formas rituales con las cuales la Iglesia eleva su oración a Dios y actualiza el Sacrificio Redentor de Cristo, además de aplicar las gracias de ahí emanan.

El artículo fue publicado originalmente en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las fotografías son las que acompañan al artículo original.

 El Cardenal Walter Brandmüller besa el Evangeliario durante la Misa solemne

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La liturgia, concretización primordial de la Tradición

Peter Kwasniewski

En la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación Dei Verbum, el Concilio Vaticano II enseña lo siguiente acerca de la relación entre la Escritura y la Tradición:

“Existe una estrecha conexión y comunicación entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura, porque ambas, manando de la misma fuente divina, confluyen, en cierto modo, en una unidad y tienden hacia el mismo fin. Porque la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios en cuanto está consignada por escrito bajo la inspiración del Espíritu divino, y la Sagrada Tradición toma la Palabra de Dios confiada por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles y la transmite a sus sucesores en toda su pureza, de modo que, conducidos por la luz del Espíritu de verdad, puedan, al proclamarla, preservar esa Palabra fielmente, explicarla y hacerla más ampliamente conocida. Por consiguiente, no sólo en la Sagrada Escritura encuentra la Iglesia la certeza sobre todo lo que ha sido revelado. Así pues, tanto la Sagrada Escritura como la Sagrada Tradición deben ser aceptadas y veneradas con igual sentido de lealtad y veneración. La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen el sagrado depósito de la Palabra de Dios, que ha sido confiado a la Iglesia”[1].

Cuando hablamos de la Escritura está claro (o suficientemente claro) que nos referimos a los contenidos de la Biblia, el canon de los escritos establecido por la Iglesia.  Pero cuando hablamos de Tradición, ¿a qué nos referimos, exactamente? ¿Dónde -para decirlo de modo más concreto- nos encontramos con la Tradición, o nos topamos con ella? ¿Cuándo es que estamos en su presencia? ¿Cómo sabemos que se trata de la “Sagrada Tradición” – ¡que el Concilio dice que es parte de la Palabra misma de Dios!- y no de meras “tradiciones humanas”, que pueden tanto ser como no ser de Cristo, el Señor?  

Dom Mark Kirby, Prior del Monasterio de Nuestra Señora del Cenáculo, en Irlanda, habla de “la antiquísima ley que fundamenta y moldea tanto la doctrina como la vida moral católicas: Lex orandi, lex credendi, lex vivendi[2]. Esto es un modo vigoroso de decir “la ley de la oración” (cómo oramos) moldea la “ley de la fe” (cómo creemos), la que, a su vez, da forma a la “ley del vivir” (cómo realmente conducimos nuestras vidas).

LEX ORANDI

Dom Mark comenta lo siguiente sobre el primero de estos componentes:

“La lex orandi es la puesta por obra de la sagrada liturgia, y está compuesta no sólo de textos, sino de todo el conjunto de signos sagrados, gestos y ritos por los que, mediante el sacerdocio de Jesucristo, los hombres se santifican y Dios es glorificado. La sagrada liturgia misma -que es el Santo Sacrificio de la Misa, los otros sacramentos, el Oficio Divino y los varios ritos y sacramentales que encontramos en los libros litúrgicos oficiales de la Iglesia- es la theologia prima de la Iglesia… La teología primordial de la Iglesia no es algo inventado por hombres eruditos, sino que se encuentra en el dato de la liturgia, que es el órgano primordial de la auténtica tradición de la Iglesia”.

Esta conclusión resuena en la elocuente declaración del P. Louis Bouyer:

“Es en la celebración de los misterios de la liturgia, y en toda la vida nueva, mística y comunal que fluye de ella, que la Iglesia conserva en unidad la conciencia, perpetua y perpetuamente viva, del depósito inmutable de la fe que se le ha encargado”.

Más sucintamente, Pío XI declara: 

La liturgia es el órgano principal del Magisterio ordinario de la Iglesia[3].

Un escritor anónimo contemporáneo deduce las implicaciones de este especial estatus:

“La liturgia es el manantial o fuente primaria de nuestro conocimiento de la Revelación… Es el contexto ordinario, normal, en que los fieles cristianos se encuentran con las divinas realidades de un modo tal que participan de ellas contemplando y orando. Las encíclicas y los concilios cumplen el propósito primario y didáctico de informar al intelecto de las verdades individuales de la fe, algo que es necesario para la vida cristiana. Pero la liturgia hace lo mismo y aun más. La liturgia es el lugar en que la formación del intelecto produce su fruto, la fe hecha vida. La liturgia es la fe puesta en práctica. Es el lugar en que los cristianos reciben la revelación, creen en ella y obran de acuerdo con esa fe mediante la adoración directa de su Creador… La liturgia es, también, un medio a través del cual la Revelación es comunicada. En realidad, como ya dijimos, es el contexto definitivo y primordial en que, para los cristianos, tiene lugar esta comunicación y recepción, debido precisamente a que es el acto central del culto cristiano. El culto es el principal acto de la religión: todos los demás actos son vanos a menos que estén dirigido hacia el acto de culto”[4].

Debido a esta íntima conexión entre el modo cómo oramos, lo que creemos y cómo nos conducimos en nuestra vida, es que los santos siempre han exhibido un amor ardiente por la liturgia y todo lo que se relaciona con ella: las frases y gestos de ésta han llenado su imaginación, y han experimentado un sentimiento de temor reverencial y de humildad frente a esta sagrada herencia, y han aconsejado prudencia al intervenir en ella. Un sabio benedictino de nuestros tiempos, Dom Bernard Capelle (1884-1961), al cual se le pidió, por una comisión vaticana, expresar su opinión sobre la reforma litúrgica, escribió en 1949:

“No debe cambiarse nada a menos que se trate de algún caso de necesidad indispensable. Esta es una sapientísima norma, porque la liturgia es verdaderamente un testamento y un documento sagrado -no tanto escrito como vivo- de la Tradición, que debe tratarse como un locus de teología y una purísima fuente de piedad y de espíritu cristiano”[5].

También podemos comenzar aquí a ver la conexión entre lo que he argumentado sobre el Apocalipsis (la centralidad cósmica del culto y la liturgia celestial de la Iglesia triunfante, paradigma para la Iglesia militante en la tierra) y lo que aprendemos en el libro Los signos sagrados, de Romano Guardini, acerca del lenguaje de los símbolos, mediante los cuales llegamos a comprender a Dios y a relacionarnos con Él, y por los cuales expresamos lo que es más interior y más elevado de nosotros mismos.

Reuniendo las ideas precedentes, Dom Daniel Augustine Oppenheimer nos muestra las exigencias éticas y espirituales que la sagrada liturgia hace al creyente:

“Antes que nada… el antecedente primordial es la humildad frente a la fuente misma. Ya está en acción el principio ascético de la fe, que entiende que la traditio litúrgica no es 'un viejo pedazo de tela', para usar la famosa expresión del cardenal Ottaviani, disponible para libres imaginaciones o cortes arbitrarios o remodelaciones. Los textos, gestos, signos, símbolos, música, todo el conjunto de la cultura litúrgica, todo eso posee una cohesión, un sentido, una profundidad y un carácter interiores. La liturgia merece reverencia en sí misma porque es santa y es la fuente principal de la Revelación”[6].



LEX CREDENDI Y LEX VIVENDI

Refiriéndose ahora al segundo y al tercer miembro de la “antiquísima ley”, Dom Mark escribe:

“La lex credendi es la articulación de lo que ya está dado, contemplado y celebrado en la lex orandi. La doctrina de la Iglesia emerge, con toda su brillante pureza -con el veritatis splendor- del manantial de su liturgia. La doctrina de la Iglesia, su theologia secunda, es fruto de su experiencia litúrgica. […] La lex vivendi es la vida moral católica, una vida animada por las virtudes teologales, una vida de obediencia a los mandamientos divinos, caracterizada por las virtudes cardinales, iluminada por las Bienaventuranzas, enriquecida por los Siete Dones del Espíritu Santo, y desplegada en los Doce Frutos del Espíritu Santo. La lex vivendi se refiere a todo lo que enseña a los hombres a vivir rectamente, a todas las cuestiones éticas y sociales, y a la búsqueda de aquella santidad que, ya ahora, contemplamos en los santos que la Iglesia nos presenta”.

El orden en que están puestos estos tres elementos no es en absoluto algo accidental: como hemos visto, la liturgia nos entrega la fe que profesamos o, en otras palabras, profesamos nuestra fe en y a través de la liturgia. El culto divino, en la forma en que nos ha sido legado por los apóstoles y sus sucesores, es lo primero, llena nuestras mentes y corazones, y nos muestra el camino; a continuación, en segundo lugar, viene la articulación teológica y la explicación de la fe, como internalización de lo que hacemos cuando celebramos los sagrados misterios -y reflexionamos sobre ellos-. Una vez que nos hemos vuelto en oración hacia el Dios viviente, que es Alfa y Omega, el Primero y el Último, reconociéndole la primacía que se le debe (la lex orandi), y una vez que hemos recibido de sus labios la verdad, dándole a ésta primacía en nuestras almas (lex credendi), ya podemos recibir nuestras “instrucciones para el camino” para nuestra vida en el mundo, para el cumplimiento de lo que es recto en el amor virtuoso de nosotros mismos y de nuestros vecinos (la lex vivendi). Dom Mark expresa bellamente este orden:

“La restauración de la doctrina católica a toda su belleza y riqueza, y la consiguiente recuperación de la disciplina católica como algo que sana y da vida, comenzarán con la restauración de la sagrada liturgia”.

Otro escritor, que escribe con pseudónimo, nos ofrece una vigorosa meditación sobre el super-realismo de la liturgia que, porque realmente contiene lo que representa, nos pone en contacto directo, inmediato, con las realidades últimas:

“La liturgia no sólo nos enseña la fe y nos transmite la gracia, sino que revive y renueva en el tiempo los sagrados misterios de Cristo para los fieles. Al hacerlo, nos encontramos con Cristo, los ángeles y los santos, y logramos un atisbo de la superior realidad espiritual del Señor mientras vivimos en la tierra, haciendo borrosas las líneas que separan lo eterno de lo temporal. Nos vamos de la liturgia y de la 'cena espiritual' de Cristo habiendo no sólo aprendido lo que creemos, sino también cómo creer cuando Él vuelva al mundo, fuera del templo… ¿Cómo nos orientamos hacia Dios y no hacia el pecado? ¿Cómo vemos el mundo y Dios como Él desea que veamos? Es la liturgia la que nos muestra cómo, además de ser el espacio para los sacramentos en que el Espíritu Santo actúa y hace inmediatamente accesible para el fiel la obra de Cristo… El propósito de la liturgia, especialmente durante los grandes tiempos del año, es unir a los fieles con Dios para que puedan conocerlo y salvar sus almas. Dios los une a Sí mismo y con su nueva Jerusalén, la Iglesia, y con su Cuerpo, también la Iglesia”[7].
         



[1] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum (1965), núm. 9.

[2] Todas las citas de Dom Mark están tomadas de su artículo “Liturgy, Doctrine, and Discipline: the Right Order”. Véase también el artículo de Joyce Little, “Lex Orandi, Lex Credendi:Many Young Catholics Find Liturgy Incomprehensible and Irrelevant. Is it?”.

[3] Citado por el cardenal George Pell en The Translation of Liturgical Texts (y por muchos otros autores).

[5] Citado en el excelente artículo de Pawel Milcareck Balance instead of Harmony.

[6] Dom Daniel Augustine Oppenheimer, Asceticism and Tradition.