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sábado, 12 de febrero de 2022

El núcleo del integrismo

Uno de los más destacados liturgistas contemporáneos, el Dr. Peter Kwasniewski, en su libro Resurgimiento en medio de la crisis. Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia, cuya edición castellana fue financiada por nuestra Asociación, sostiene que el desorden -y aun parálisis- que afecta a la Iglesia actualmente sólo podrá superarse si se cura la amnesia católica respecto de tres puntos esenciales: el olvido de la liturgia tradicional, el olvido de la enseñanza de Santo Tomás de Aquino como maestro común, y el olvido de la enseñanza social de la Iglesia en su integridad (véase aquí y aquí). En relación con este último punto, es necesario hacer presente que, desde hace al menos 300 años, la Iglesia ha venido declarando cuál es su pensamiento sobre las realidades temporales, que el predominio de la mentalidad liberal en los últimos 50 ó 60 años de la vida eclesiástica ha oscurecido en su parte medular. El siguiente texto apunta a la importancia que tiene ese pensamiento de la Iglesia considerado en su totalidad, sin exclusiones temáticas ni atenuaciones doctrinarias, y procura poner de vuelta, en el primer plano, las graves cuestiones que componen ese cuerpo de doctrina.

Su autor es el diácono James H. Toner, profesor emérito de liderazco y ética en Academia de la Fuerza Aérea de EE.UU. Oficial reiterado y doctor, es autor de Morals Under the Gun y otros libros. Ha enseñado en diversos centros de EE.UU., como Notre Dame, Norwich, Auburn y el Colegio y Seminario de los Santos Apóstoles. Actualmente sirve su ministerio en la Diócesis de Charlotte.

El artículo original fue publicado en Crisis Magazine y ha sido traducido por la Redacción. 

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El núcleo del integrismo

 James H. Toner 

Pareciera que el integrismo es el tema de moda entre los intelectuales católicos de hoy. Ahmari, Bouyer, Coulombe, Deneen, Douthat, Dreher, Feser, Fimister y Crean, French, George, Hahn y McGinley, Hanby, Kwasniewski, Maritain, Miller, Murray, Pappin, Pink, Rawls, Reilly, Reno, Schindler, Spadaro, Stannus, Tollefsen, Trabbic, Vermeule, Voegelin, Waldstein, Weigel, Wiker: lo anterior es solo una enumeración parcial de los análisis, en su mayor parte contemporáneos, que disectan el fenómeno del integrismo.

La definición que de él da el P. Waldstein es la siguiente: “El integrismo católico es una tradición de pensamiento que, rechazando la separación que hace el liberalismo de la política, por una parte, y la preocupación por la finalidad de la vida humana, por otra, sostiene que el gobierno político debe ordenar al hombre hacia su último fin. Sin embargo, dado que el hombre tiene tanto un fin temporal como un fin eterno, el integrismo sostiene que hay dos potestades que lo gobiernan: una potestad temporal y una espiritual. Y puesto que el fin temporal del hombre se subordina a su fin eterno, la potestad temporal debe subordinarse a la potestad espiritual”.

El integrismo, pues, procura integrar lo secular en lo sagrado, modificándolo y metamorfoseándolo en algo que, si bien no está totalmente subordinado a la ortodoxia y la ortopraxis católicas, contribuye a ellas.

Rafael, La coronación de Carlomagno, 1516-1517, Museos Vaticanos
(Imagen: artículo original)

Esta concepción ha dado lugar a una tempestuosa controversia en los círculos intelectuales católicos. El integrismo tiene hábiles y entusiastas defensores, así como también estridentes detractores. El consiguiente debate se encarniza sobre el integrismo y sus corolarios, tales como: ¿nos hace el integrismo regresar a las apetecidas raíces católicas clásicas y sus recursos? ¿es un subproducto de mentalidades fascistas, absolutamente opuestas a la “libertad religiosa”? Y, en todo caso, ¿cuál es la actitud auténticamente católica ante dicha libertad? ¿Fue el documento Dignitatis Humanae, del Concilio Vaticano II, una floración del pensamiento social católico o una cobarde capitulación ante el decadente modernismo? ¿Es el liberalismo un pecado (como fue sugerido por el P.Félix Sardá y Salvany)? ¿Es el integrismo una velada fuerza reaccionaria sostenedora de ideas y prácticas sociales periclitadas? ¿Debiera alentarse el instinto integrista que se encamina a un Estado católico plenario, omnicomprensivo, o es suficiente el “modelo pluralista estadounidense”? Estas son sólo algunas de las preguntas que se arremolinan en torno a las controversias levantadas por el integrismo.

En efecto, hay mucho de encomiable en el centro del integrismo -su promisoria teoría-; pero, en su circunferencia -en sus decisiones prácticas y en sus detalles- requiere una prudente supervigilancia. Es necesario combinar, ética y eficientemente, fuerza y derecho, Saúl y Samuel, poder y probidad, cosas que, durante siglos, han abrumado al ingenio y a la sabiduría de Atenas, o de Jerusalén (véase, por ejemplo, la “alegoría de los árboles” en Jue 9, 7-15), o de Roma y de todos sus sucesores. Nadie -ni políticos, ni sacerdotes, ni obispos, ni siquiera Frodo Baggins- es inmune a la libido dominandi, el deseo de poder. Y el necesario papel moral de la Iglesia en lo relativo a la supervisión del ámbito cívico no debe implicar un papel eclesiástico práctico en el cumplimiento de los deberes corrientes del estado (para una analogía arbórea, véase este artículo).

Aquí no vamos a resolver estas cuestiones esotéricas y laberínticas. Mi propósito, más bien, es tocar un tema sobre el cual demasiado pocos han reflexionado: ¿”Y qué importancia tiene todo esto”? ¿Se preocupa acaso el mítico fiel corriente del integrismo y sus temas vinculados? Hace poco, Anthony Esolen se lamentaba del triste estado del conocimiento en las “elites”, pero ¿quién es, al cabo, este agustiniano individuo?

La realidad, con todo, es todavía más grave. En la Misa, el que lee (no diré “lector”) anuncia “Lectura tomada de la Carta de San Pablo a los Filipinos”. Como diácono, he procurado dar a los lectores algunas pistas de cómo pronunciar los nombres en Hch 2, 5-12, pero, a menudo, sin éxito. ¿Y qué se puede hacer cuando el sacerdote piensa que el libro bíblico “Hebreos” está en el Antiguo Testamento, quizá entre Isaías y Jeremías? Nosotros sabemos que está en el Nuevo Testamento, justo después de la Epístola a los Filipinos... Esto, claro, es una prueba anecdótica, aunque demasiado rápida y lamentablemente multiplicada, de una amplia ignorancia de la catequesis y sus fuentes y de apatía frente a ella.

Dado el estado del aprendizaje hoy, tanto dentro como fuera de la Iglesia, ¿cómo se puede analizar las facetas del integrismo? Una vez pronuncié una homilía, en una capilla militar, basándome en el pasaje de Hch 5, 29 -debemos obedecer a Dios antes que a los hombres (lo que es la esencia, dicho sea de paso, del integrismo)-. Después de la Misa se me acercó alguien, indignado por mi supuesta falta de patriotismo. Yo lo conocía: se trataba de un hombre “educado”, de cerca de cuarenta años, católico practicante que asistía normalmente, y absolutamente ignorante de nuestra primordial responsabilidad de seguir al Señor antes que a los políticos. 

¿De qué tema de la filosofía integrista podía yo hablarle? (En todo caso, este problema es incluso peor -¡imagínese!- cuando se trata de discutir temas de bioética). Si tomamos el texto “Venid y entendámonos” (Is 1, 18), “entenderse” es prácticamente imposible cuando no existe ningún fundamento sobre el cual levantar el edificio del pensamiento lógico. Ya el profeta Oseas nos prevenía: “Perece mi pueblo por falta de conocimiento” (4, 6).

Así como hay importantes diferencias entre la “escuela del Derecho natural” y la “nueva escuela del Derecho natural”, existen también diferencias críticas entre quienes están a favor del integrismo y quienes lo ven con malos ojos. Los católicos corrientes no saben de estos abstrusos debates ni les importan. Pero los católicos corrientes pueden -y creo que deben- compartir una lapidaria serie de verdades, de cuyo despliegue pleno y erudito no necesitan, francamente, preocuparse (cfr. Ecl 3, 21; Hch 26, 4).

Cristo Rey
(Imagen: Pinterest)

He aquí diez elementos que hay que considerar para comprender la política desde el punto de vista católico.

1. Dios existe.

2. Pecamos (CCE 1739).

3. Necesitamos un Dios-Salvador, no un príncipe-salvador (cfr. Job 19, 25).

4. Vivimos en el presente buscando asiduamente la gracia de Dios, para vivir después con Él.

5. Nuestra vida actual significa que estamos inevitablemente involucrados en asuntos políticos, ya que la sociedad civil, en el mejor de los casos, tolera, y en el peor de ellos, infunde terror a los devotos de Cristo y de su Iglesia (Ef 2, 2; St 4, 4).

6. Las soluciones plenas y finales sólo advendrán con la Parusía, cuando Nuestra Señora sea Reina de los Cielos y la Tierra (quinto misterio glorioso). No se espere el paraíso de ningún partido político: “Quantula sapientia regitur mundus”, como dijo alguna vez Axel Oxenstierna.

7. Oramos y trabajamos para que la voluntad de Dios se haga en el Cielo y en la Tierra (Padre Nuestro), y procuramos cotidianamente iluminar nuestras terrenales vidas personales y políticas con la luz de la ley moral natural (véase, por ejemplo, CCE 1955, 2044, 2244).

8. Debemos tratar de “infundir el espíritu cristiano en la mentalidad y las costumbres, en las leyes y en las estructuras de las comunidades en que vivimos” (Apostolicam Actuositatem 13; cf. 31b, CCE 2105).

9. El Señor concede el poder a César (Sb 6, 1-11; Mt 22, 21; Rm 13, 1-5) -la “Ciudad del Hombre”- y cumplimos a conciencia nuestros deberes sociales a menos que contravengan “las exigencias del orden moral”; violen “los derechos fundamentales de las personas”, u obstaculicen “las enseñanzas del Evangelio” (CCE 2242).

10. Cristo es Rey (cfr. Jn 19, 15 [¡profunda advertencia contra la tiranía!], y sólo a Él debemos inviolable fidelidad (Mt 6, 33). A todos los demás gobiernos, organizaciones, o proyectos, sólo debemos fidelidad circunstancial, condicional, contextual y contingente.

Para ser un buen chofer no hace falta conocer las complicaciones de la ingeniería del automóvil; sí hay que conocer y cumplir las normas básicas de la carretera. De igual modo, no hace falta conocer todos los problemas y posibilidades de un integrismo, a veces sinuoso, para ser un ciudadano católico responsable; pero sí hay que comprender y obedecer las normas básicas de la ley moral natural (sobre las cuales y para las cuales el integrismo, evidentemente, existe).

Aquí, pues, está el corazón de la auténtica educación, que nos lleva a la Luz de Cristo, gracias a la cual somos capaces de discernir el orden y la finalidad de la vida (véase el excelente ensayo breve de Russell Kirk). Los fieles podemos -y debemos- “razonar conjuntamente”, porque gracias a las dos alas de la fe y de la razón “el espíritu humano se alza a la contemplación de la verdad”, y llega al conocimiento de quiénes somos, a qué estamos destinados y cómo encontrar el camino a casa (cf. Juan Pablo II, Fides et ratio). La Epístola a los Hebreos nos da un sabio consejo espiritual y político: “este mundo no es nuestro hogar permanente; esperamos un hogar que ha de venir” (13, 14). Tal es el núcleo del integrismo.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Dorothy Day y la liturgia

Dorothy Day (1897-1980) fue una periodista, activista social y oblata benedictina. Si bien es conocida gracias a sus campañas por la justicia social y en defensa de los pobres en los Estados Unidos, no siempre se menciona que era una fiel y devota católica de profunda vida interior, cuya acción en el mundo estuvo siempre inspirada por la Doctrina social de la Iglesia reflejada en la enseñanza de las Sagradas Escrituras y el Magisterio. Fue este ímpetu el que la llevó a fundar, junto con Peter Maurin (1877-1949), el Movimiento del Trabajador Católico en 1933, que todavía existe y está basado en los principios del distribucionismo. Así lo recordó el papa Francisco en su discurso pronunciado ante el Congreso de los Estados Unidos el 24 de septiembre de 2015: "Su activismo social, su pasión por la justicia y la causa de los oprimidos estaban inspirados en el Evangelio, en su fe y en el ejemplo de los santos”. La vida de Dorothy Day sirve de recordatorio que la verdadera transformación del mundo según la ley del amor requiere previamente una conversión personal y una profunda vida sacramental y de oración. La acción de los laicos en medio del mundo debe estar inspirada por la gracia que actúa en sus almas, recordando que Cristo pidió al Padre no que quitase a sus discipulos del mundo, sino que los perservase del mal que ahí campea (Jn 17, 15). Sólo de este modo resulta posible trabajar con eficacia por un orden social cristiano. El 16 de marzo de 2000, el papa Juan Pablo II autorizó al Arquidiócesis de Nueva York para iniciar el proceso de promover su causa para la canonización. Desde entonces, Dorothy Day es sierva de Dios.  

Su vida es un buen ejemplo de la transformación radical que provoca la conversión de un alma que se vuelve a Cristo. Dorothy Day fue una mujer divorciada que abortó por miedo a ser abandonada por su amante. Trabajó como periodista de la izquierda estadounidense, defendiendo con ardor los derechos de las mujeres, el amor libre y el aborto. Pero estos pecados no le impidieron lograr una sincera conversión, la cual fue un estímulo para tratar de contagiar el Evangelio en la sociedad y así ser ejemplo de santidad en medio de lo cotidiano. Conocida es su respuesta a un periodista: "No me llame santa. No quiero que me despache tan fácilmente", recordando que la santidad no es un estado permanente, sino un camino largo y estrecho donde el alma debe identificarse con la voluntad de Dios, venciéndose a sí misma. Por eso, en una catequesis sobre la conversión hacia el final de su pontificado, Benedicto XVI elogiaba su "capacidad de oponerse a las lisonjas ideológicas de su tiempo para elegir la búsqueda de la verdad y abrirse al descubrimiento de la fe".  

Dorothy Day oyendo Misa (1973)

Dorothy Day dejó escrito el testimonio de su vida en dos libros: el primero de ellos se intitula Mi conversión. De Union Square a Roma y fue publicado en 1938 como una suerte de diálogo a su hermano menor, seducido por las ideas del marxismo, a quien está dedicado; el segundo es el más conocido, lleva por título La larga soledad y fue publicado en 1952. Ambos han sido traducidos a diversos idiomas, entre ellos el castellano. 

En el relato de su conversión, Day deja claro cómo la liturgia fue influyendo de manera paulatina en su encuentro definitivo con Dios. Como recuerdan Mark y Louise Zwick, "el catolicismo era para Dorothy el centro de su existencia. Su nervio vital [...] Participaba en la Misa diaria, visitaba al Santísimo Sacramento diariamente, rezaba la liturgia de las horas, rezaba el rosario y se confesaba semanalmente". Para llegar a esa vida de piedad, donde tampoco faltaba la lectura espiritual, primero tuvo que sortear diversos obstáculos y ser dócil a la gracia. 

Pero dejemos que sea la propia Dorothy Day quien cuente la influencia que tuvieron los ritos de la Iglesia católica en su camino hacia ella: 

Tal vez te sorprenda saber que, muchas mañanas, después de pasar la noche sentada en una taberna o al volver de bailar en Webster Hall, entaba en St. Joseph para oír la primera Misa. La iglesia estaba a la vuelta de la esquina de mi casa y me llamba la atención ver entrar a la gente a primera hora para la Misa diaria. ¿Qué encontraban allí? Era como si palpara la fe de quienes me rodeaban y tuviera ansias de ella. Por eso, solía entrar y quedarme arrodillada en el último banco de St. Joseph y es posible que incluso suplicara: "Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador". 

Interior de la Parroquia Saint Joseph (Yorkville, Manhattan) en la época en que Dorothy Day asistía a ella

Se trabajaba mucho [en el hospital], pero la alegría y el entusiasmo de la señorita Adams resultaban contagiosos. Era católica y durante el año siguiente llegamos a mantener una relación tan estrecha que acabé admirándola mucho, y atribuía su bondad natural y su competencia a la fe que profesaba. Sólo asistía a Misa una vez a la semana y nunca hablaba de religión. En su habitación no había libros católicos, a excepción de un devocionario, que utilizaba en contadas ocasiones. Pertenecía a esa clase de católicos cuya fe forma parte de su vida de un modo tan sólido que no necesitaba hablar de ella. Yo percibía la salud de su alma. La notaba fuerte y vigorosa, pero la señorita Adams no hablaba de ello porque más de lo que lo hacía de su salud física. Empecé a acompañarla a Misa los domingos por la mañana, aunque eso significara privarse de una pocas horas de descanso muy necesario. La Misa se celebraba a las cinco o cinco y media. Nosotras trabajábamos de siete de la mañana a siete de la tarde y librábamos medio día de domingo y otro medio día entre semana. Se suponía que por las tardes teníamos dos horas libres, pero en realidad las dedicábamos a las clases. 

[En Nueva Orleans] Vivíamos en St. Peter Street, enfrente del Cabildo y de la Catedral. Yo encontré trabajo en un periódico matutino, The Item, y ese invierno me dediqué exclusivamente al periodismo, escribiendo entrevistas y reportajes de interés humano. Muchas tardes tenía trabajo que hacer, pero, cuando no era así y oía las campanas de la catedral llamando a algún acto vespertino [Nota de la Redacción: las Misas vespertinas sólo fueron autorizadas por el papa Pío XII en 1957], solía entrar en el templo. Fue la primera vez que asistí a una Bendición y me causó una profunda impresión. Solamente la devoción que reflejaba la postura corporal de quienes estaban allí me hacía me hacía inclinar la cabeza. ¿Percibía tal vez una presencia? No lo sé. Pero sí recordaba estas palabras de la Imitación [de Cristo] [del que en otra parte del libro dice: "es un libro que me ha acompañado toda la vida"]: "¿Quién, llegando humildemente a la fuente de la suavidad, no vuelve con algo de dulzura? ¿O quién está cerca de algún gran fuego, que no reciba algún calor?" (Libro IV, Capítulo IV). 

Quería saber qué decían los himnos de la Bendición y compré un librito de oraciones en una tienda de objetos religiosos de esa misma calle, un poco más abajo. Leía la Misa. Por las mañanas tenía que estar en el trabajo en torno a las siete y los domingos estaba demasiado cansada para levantarme temprano. Pero ese librito me enseñó muchas cosas. No conocía a ningún católico en Nueva Orleans. Si alguno de mis conocidos lo era, siquiera de nombre, no me lo dijo. Nadie me habló de ese tema. Pero mi pieda era sincera y continué haciendo "visitas".

El arzobispo Marcelino Olaechea imparte la bendición con el Santísimo Sacramento en la Parroquia de Nuestra Señora del Socorro, de Valencia (1961)

Ahora voy a Misa todos los domingos por la mañana [Nota de la Redacción: se refiere al período en que vivía en la Isla Staten, en el estado de Nueva York, sin haber sido todavía recibida formalmente en la Iglesia católica]. 

Mi hija [Teresa] nació en marzo [de 1926], al final de un crudo invierno. En diciembre tuve que dejar el campo y alquilar un pequeño departamento en la ciudad [de Nueva York]. Se estaba bien allí, cerca de los amigos, cerca de una iglesia en la que poder detenerme a rezar. Leía mucho la Imitación de Cristo. Sabía que iba a bautizar a mi hija en la Iglesia católica, por alto que fuera el precio. Sabía que no la iba a dejar dando tumbos durante años, como me había ocurrido a mí, entre dudas y vacilaciones, sin disciplina y sin moral. Creía que era lo mejor que me podía hacer por un hijo. En cuanto a mí, pedí el don de la fe. Estaba y no estaba segura. Y posponía mi decisión. 

Finalmente, llegó el gran día y pasó. [En julio de 1927] Teresa recibió el bautismo y se convirtió en miembro del Cuerpo Místico de Cristo. Yo no sabía nada del Cuerpo Místico: de otro modo, tal vez me habría inquietado separarme de ella. 

Por fin, precipitadamente y llena de dudas derivadas de esa prisa indecorosa, tomé la decisión de acabar con mis titubeos y me bauticé. 

Fue un día tristísimo de diciembre de 1927 [el 28 de ese mes, fiesta de los Santos Inocentes, que hoy también sirve para conmemorar a los niños abortados], y el viaje desde la ciudad hasta Tottenville, en Staten Island, se me hizo largo. Mientras cruzaba la brumosa bahía en el ferry, no me abandonó la lúgubre idea de que estaba actuando con demasiada precipitación. No me sentía en paz, ni alegre, ni siquiera convencida de que estaba en lo correcto. Simplemente, era algo que tenía que hacer, una tarea que cumplir. Cuando me permitía pensar, dudaba de mí misma. Me odiaba por ser débil e indecisa. Me consumía la inquietud y no hacía más que caminar de aquí para allá en la cubierta del ferry; mi angustiado espíritu casi me hacía gemir. Quizá el demonio estuviera en el barco. 

Allí me estaba esperando la hermana Aloysa [que pertenecía a las Hermanas de la Caridad] para actuar de madrina. Ni siquiera sé si hubo padrino. El padre Hyland, amablemente y con discreción, sin expresar ninguna emoción, me oyó en confesión y me bautizó. 

Por fin era católica, aunque nunca he sentido menos la paz, la alegría y el consuelo que posteriores experiencias me han demostrado que la religión es capaz de aportar. 

Al año, celebré llena de gozó mi confirmación y nunca pasa Pentecostés sin un renovado sentimiento de felicidad y agradecimiento por mi parte. Fue entonces cuando me abandonó la incertidumbre para -¡gracias a Dios!- no regresar jamás. 

Dorothy Day recogida durante la Misa (1973)

A comienzo de la década de 1940, Dorothy Day comenzó a participar de la espiritualidad benedictina. En 1955 profesó como oblata de la Abadía de San Procopio, de Lisle, Illinois. Los cambios litúrgicos que trajo consigo el Concilio Vaticano II no fueron indiferentes para Dorothy Day. En una columna publicada en The Catholic Worker en de marzo de 1966 escribió: "Me temo que soy un tradicionalista, porque no me gusta ver la Misa ofrecida con una gran taza de café como cáliz". También es conocida la reconvención que hizo al R.P. Daniel Berrigan, S.J., cuando éste iba a decir la Santa Misa en una de las granjas de trabajadores católicos que había en Nueva York. Berrigan estaba a punto de salir de la sacristía revestido sólo con la estola, como empezó a ser costumbre por aquellos años. Day lo detuvo y le insistió en que se pusiera las vestimentas adecuadas antes de comenzar la Misa. Cuando Berrigan se quejó de estos escrúpulos respecto del vestuario litúrgico que contrariaban los signos de los tiempos, ella le respondió: "En esta granja obedecemos las leyes de la Iglesia". El sacerdote volvió atrás, se revistió correctamente y volvió a salir para rezar la Santa Misa con los ornamentos que manda la Iglesia.

Sin embargo, no todos los cambios de aquellos años le desagradaban, puesto que consideraba que la nueva liturgia ayudaba a acercar a los fieles al misterio. También le gustaban los cantos de los salmos según las composiciones del R.P. Joseph Gellineau, S.J. Siguió asistiendo devotamente a Misa todos los días, pues señalaba que necesitaba del alimento espiritual tanto como del corporal. 

Dorothy Day concluye su libro La larga soledad casi de la misma manera como acaba la Divina Comedia de Dante: "La palabra final es amor. […] No podemos amar a Dios, si no nos amamos unos a otros, y para amar tenemos que conocernos unos a otros. A Él le conocemos en el acto de partir el pan, y unos a otros nos conocemos en el acto de partir el pan y ya nunca estamos solos. El cielo es un banquete y la vida es también un banquete, aun con un mendrugo de pan, allí donde hay comunidad. Todos hemos conocido la larga soledad y todos hemos aprendido que la única solución es el amor y que el amor llega con la comunidad". Todo converge hacia el Amor, aquel que mueve el sol y todas las demás estrellas, aquel en que en el otoño de nuestras vidas seremos juzgados, aquel que es constitutivo formal de Dios, aquel que es el contenido del libro que el Ángel entrega al profeta en el Apocalipsis. Ese Amor es "el corazón de la fe cristiana", porque refleja "la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino", como enseña el papa Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est (2005). 

El amor de Cristo por el mundo, al cual amó hasta el extremo, Dorothy Day lo veía reflejado sobre todo en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, hoy tan menospreciado

La pregunta es: ¿por qué instituyó Cristo este sacramento de su Cuerpo y su Sangre? La respuesta es muy sencilla: porque nos amaba y deseaba estar con nosotros. "Mis delicias son estar con los hijos de los hombres". Él nos ha creado y nos ama. Su presencia en el Santísimo Sacramento es la gran prueba de ese amor. 

En su ejemplar del libro Piedad litúrgica, de su contemporáneo el R.P. Louis Bouyer, C.O., Dorothy Day había subrayado un pasaje sobre el sentido que tiene el tomar la propia cruz para el cristiano. Bouyer decía en ese texto que uno “no puede evitar sobrellevar la carga de su dolor sobre sí mismo. Pero este hecho e también es lo que permite que el cristiano ame al mundo con el amor de Aquel que 'tanto amó al mundo que dio Su Hijo Unigénito'". El amor cristiano nace del sacrificio de Cristo en la cruz, el cual se renueva diariamente sobre el altar en la Santa Misa. Se comprueba así cuán cierta es esa triple amnesia que sufrió la Iglesia después del Concilio Vaticano II y que denunciaba el Dr. Peter Kwasniewski, consistente en haber dejado de lado la sagrada liturgia, la doctrina social y el pensamiento de Santo Tomás de Aquino como tres elementos que deben estar unidos (véase aquí y aquí el capítulo 14 de su libro Resurgimiento en medio de la crisis: Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia).

Dorothy Day en Misa. La foto fue tomada en 1973

Nota de la Redacción: Las referencias sobre la importancia de la liturgia en su conversión y sobre el significado de la presencia de Jesús bajo las especies eucarísticas están tomadas de Day, D., Mi conversión. De Union Square a Roma (trad. de Gloria Esteban, Madrid, Rialp, 2014), pp. 93-94, 98, 110-111, 123, 128, 137, 140-141 y 158. La cita de La larga soledad procede del artículo de Jaime Nubiola publicado en Omnes. Las anécdotas relativas a la Misa reformada provienen de un artículo publicado en The ISM Yale Review y de Wikipedia. Para los datos biografías de Dorothy Day se ha acudido a Wikipedia (en castellano y en inglés), Aciprensa y Encuentra, además del prólogo y el epílogo del libro Mi conversión (pp. 11-14 y 169-174, respectivamente). Los créditos de las fotografías se indican al pie de cada una de ellas. 

domingo, 29 de octubre de 2017

Criterios para votar por la familia y la vida

Palacio de la Moneda
(Foto: gob.cl)

Ya aproximándonos a las elecciones presidenciales y parlamentarias a celebrarse el 19 de noviembre en todo nuestro país, es conveniente recordar a todos nuestros amigos y lectores la importancia que presenta -para todos los católicos- su participación en la vida política del país. En efecto, el magisterio de la Iglesia ha sido enfático en señalar el grave deber que pesa sobre los católicos al respecto: Cristo es Rey no solo en un sentido espiritual, sino que también temporal, lo que necesariamente “exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos” (Pío XI, Quas Primas N.°33). Es por tanto deber de los católicos, en especial si ellos se encuentran en un régimen de elección directa de sus representantes, que promuevan con su voto y acción a aquellos candidatos -presidenciales y parlamentarios- que de modo claro defiendan y promuevan una concepción cristiana de la sociedad, basada en la Ley Natural y los principios del Evangelio.

Es en este contexto que ponemos a disposición de nuestros lectores, una breve guía preparada por un grupo de laicos (https://parlamento.familiayvida.cl) que nos ha parecido de suma claridad y utilidad, ilustrando ciertos criterios a seguir en el discernimiento de nuestro sufragio para “votar por la familia y por la vida”. El documento se puede descargar e imprimir desde aquí. Cabe recordar que estos principios, denominados como no negociables en el magisterio del Papa Emérito Benedicto XVI, de un tiempo a esta parte han sido gravemente conculcados en nuestro país con iniciativas legislativas tales como la legalización del aborto (sobre la cual ya hemos tratado aquí) y el proyecto denominado de "matrimonio igualitario". Por lo anterior, resulta de suma importancia votar por candidatos -presidenciales y parlamentarios- que de modo claro promuevan la derogación de estas leyes inicuas, para restaurar el orden social gobernado por los principios del Evangelio de Cristo.

En la Fiesta de Cristo Rey en el calendario tradicional, este domingo, hacemos votos a su Deífico Corazón para que ilumine la mente de tantos votantes que en los próximos días decidirán con su sufragio el destino de esta nación. Nos acogemos para ello a la poderosa intercesión de la Santísima Virgen del Carmen, soberana de nuestra patria.


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CRITERIOS PARA VOTAR
POR LA FAMILIA Y
LA VIDA

Pantrocrátor del Frontal de Equius

Guía para la evaluación de quienes serán candidatos en las próximas elecciones, a la luz de los valores del Evangelio y los principios morales de la Ley Natural

PRINCIPIOS GENERALES

1. Los ciudadanos somos moralmente corresponsables por la sociedad en que vivimos, especialmente en una democracia, donde somos convocados a elegir los representantes que van a gobernarnos y legislar en nuestro nombre.

2. Ya que la finalidad del voto es, en última instancia, promover el bien común de la sociedad, la calidad de un candidato no debe medirse en base a su personalidad privada -simpatía, oratoria, capacidad de gestión, etcétera-, sino a su personalidad pública: Los principios y programas que pretende aplicar para promover el bien común.

3. El Catecismo de la Iglesia Católica nos menciona los componentes esenciales del bien común: Los derechos fundamentales e inalienables de la persona humana (N.° 1907), el bienestar social -que incluye educación, cultura, trabajo, salud, etcétera (N.° 1908)-, la paz y la seguridad ciudadana (N.° 1909). Sólo el orden social que se basa en la verdad y se edifica en la justicia, “es vivificado por el amor” (cfr. N.° 1912).

4. Entre los componentes del bien común, existe una jerarquía: Algunos de ellos son esenciales y no negociables, en tanto que otros son contingentes y permiten diversas propuestas.

5. Los valores no negociables deben primar en las preferencias de un elector católico, porque se trata de derechos inherentes a la persona humana y, por ende, fundamentales para la vida social. Su violación constituye un mal intrínseco, que ningún motivo o circunstancia, por difícil que sea, puede justificar.

6. La posición de un candidato respecto de los valores no negociables debe ser, por lo tanto, el criterio esencial para juzgar su aptitud para desempeñar un cargo público.

7. Los valores no negociables para un elector católico son:

-          la protección de la vida humana inocente desde la concepción hasta la muerte natural;

-     el reconocimiento y la promoción de la estructura natural de la familia, fundada en el  matrimonio entre un hombre y una mujer;

-          la protección del derecho prioritario de los padres a educar a sus hijos.

(Papa Benedicto XVI, discurso a un grupo de parlamentarios europeos, 30-3-2006)

8. Escoger por quien se puede votar es una tarea a veces difícil; pero determinar por quien no se debe votar, resulta fácil: Son todos aquellos candidatos que promueven la violación de valores no negociables, porque ellos son enemigos del bien común y su eventual elección acarrearía graves males.

Principios Morales que obligan a excluir
del voto a los candidatos favorables
al aborto

Pieter Paul Rubens, La Masacre de los Inocentes

1. La regla fundamental de la moral es hacer el bien y evitar el mal, lo que no será posible si no sabemos los bienes que debemos buscar y, sobre todo, los males que debemos evitar sin excepción.

2. La moral católica, basada en los Mandamientos de Dios y en la Ley Natural, es la que nos proporciona los criterios que nos permiten hacer tal discernimiento: “Dios creador es la fuente única y definitiva del orden moral en el mundo creado por Él. El hombre no puede decidir por sí mismo lo que es bueno y malo, no puede conocer el bien y el mal como dioses” (San Juan Pablo II, encíclica Dominum et vivificantem, N.°36).

3. De ahí resulta que la conciencia -dice San Buenaventura- es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey. Y de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza de obligar” (San Juan Pablo II, encíclica Veritatis Splendor, N.° 58).

4. Para votar en conciencia, los electores católicos, debemos primero formarla de acuerdo con las enseñanzas de Cristo y del magisterio perenne de la Iglesia.

5. Las leyes humanas obligan en conciencia sólo en la medida que son justas. Cuando prescriben algo inmoral, no sólo no obligan, sino que es pecado obedecerlas (cf. Act. 5, 29). Es intrínsecamente injusto (es decir, es pecado y grave) promover o elaborar una ley semejante, o votar en su favor.

6. Votar por un candidato -del partido político que fuere-, que promueve la violación de valores no negociables, equivale a hacerse cómplice en la comisión de los pecados que, inevitablemente, resultarán de la aprobación legal de tal violación del orden moral.

7. En el caso reciente de la aprobación del aborto, votar por un candidato abortista, equivale a asociarse en la comisión de lo que la Iglesia ha calificado como “crimen abominable” (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes, N.°51).

REGLAS ELEMENTALES DE
PRUDENCIA A LA HORA DE VOTAR

1. Informarse de la postura de los candidatos respecto de los valores no negociables.

2. No confiar solamente en la afiliación partidaria de los candidatos, ni en lo que dice su propaganda.

3. Si alguno no se ha manifestado, interpelarlo para que exponga públicamente su posición al respecto.

4. Desconfiar especialmente de quienes dicen ser católicos y personalmente contrarios al aborto, pero votaron a favor de esa ley injusta, o no están dispuestos a apoyar su derogación. Quienes tienen un discurso de ese tipo, o bien quieren engañarnos, o tienen un grave problema de personalidad, ya que no se puede contradecir en la vida pública, la fe y la moral que se declara tener en la vida privada.

LA IGLESIA ACONSEJA

Virgen del Carmen, Reina de Chile
(Foto: Aciprensa)

1. “Con sinceridad les decimos a quienes así no procedan [los diputados que no rechacen el aborto], que no será lícito para ningún católico votar por ellos, conforme lo afirman las enseñanzas del Magisterio sobre la ilicitud moral de dar el voto a proyectos o candidatos que favorezcan el aborto: “...ni participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 24-11-2002).

2. “Será nuestra obligación de Pastores advertir a nuestros fieles que, independientemente de las legítimas opciones políticas que cada uno pueda tener, a ellos también les cabrá la prohibición moral de dar el voto a favor de un candidato que haya apoyado el proyecto de aborto. Cosa que nos corresponderá recordar también por ocasión de las próximas elecciones” (+Francisco Javier Stegmeier, Obispo de Villarrica; +Felipe Bacarreza Rodríguez, Obispo de Los Ángeles; +Carlos Pellegrin, Obispo de Chillán; +Jorge Patricio Vega Velasco, Obispo de Illapel; +Guillermo Vera Soto, Obispo de Iquique).

3. “Quienes se hacen cómplices de tal atrocidad [la legalización del asesinato de un inocente] no deben recibir el voto de ningún cristiano, voto que los pueda conducir al desempeño de cargos públicos, a menos que, con anterioridad a las elecciones, hayan manifestado públicamente su arrepentimiento”. (+Jorge Medina Estévez, Cardenal).

4. “¿Qué viene ahora para los que estamos por la vida y la familia y en contra de la cultura de la muerte? Votar sólo por candidatos pro vida dispuestos a derogar la ley del aborto. Si nos duele el dolor de la mujer con embarazo vulnerable y el aborto, a los abortistas les duele el voto” (+Francisco Javier Stegmeier Sch., Obispo de Villarrica).

5. “Quiero enfatizar con todas mis fuerzas que el aborto es un pecado grave, porque pone fin a una vida humana inocente” (Papa Francisco, carta apostólica Misericordia et Misera)


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Para solicitar gratuitamente ejemplares físicos de esta guía, escribir a: parlamentoporlafamiliaylavida@gmail.com

Para mayor información: https://parlamento.familiayvida.cl

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Actualización [4 de noviembre de 2017]: Después de cinco años, la Conferencia Episcopal de Chile ha presentado una carta pastoral intitulada Chile, un hogar para todos. El documento busca entregar lineamientos sobre diferentes temas de actualidad que enfrenta la sociedad chilena, tales como el individualismo, el apoyo que necesita la familia, la coherencia en la defensa de la vida y la reivindicación de la “altísima vocación” de la política, todo ello a tres semanas de las próximas elecciones donde el país ha de elegir Presidente de la República, diputados, la mitad de los senadores y los consejeros regionales. Aquí puede consultarse un resumen de dicha carta pastoral y descargarse sus dos partes. 

sábado, 1 de julio de 2017

50 años de Magnificat: conferencia del Rvdo. Andrés Chamorro (anexos)

Les ofrecemos hoy la tercera y última parte de la ponencia presentada por el Rvdo. Andrés Chamorro de la Cuadra, miembro de la Comisión Doctrinal y ex Rector del Seminario de la Diócesis de San Bernardo, en el II Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile, celebrado en 2016 para festejar el quincuagésimo aniversario de nuestra Asociación. Ella corresponde a los anexos que, no incluidos en el texto que sirvió de base para la exposición oral (publicados en dos partes, aquí y aquí), formaban parte de aquel enviado para su publicación en esta bitácora. 

 Rvdo. Don Andrés Chamorro


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Santa Misa, verdadero Sacrificio: sus fines y sus frutos

Rvdo. Andrés Chamorro 



Anexo 1: 

Los textos definitorios del Concilio de Trento 

Capítulo 1. De la institución del sacrosanto sacrificio de la Misa 

Como quiera que, en el primer Testamento, según testimonio del Apóstol Pablo, a causa de la impotencia del sacerdocio levítico no se daba la consumación, fue necesario, por disponerlo así Dios, Padre de las misericordias, que surgiera otro sacerdote según el orden de Melquisedec (Gen. 14, 18; Ps. 109, 4; Hebr. 7,11), nuestro Señor Jesucristo, que pudiera consumar y llevar a perfección a todos los que habían de ser santificados (Hebr. 10, 14). Así pues, el Dios y Señor nuestro, aunque había de ofrecerse una sola vez a Sí mismo a Dios Padre en el altar de la cruz, con la interposición de la muerte, a fin de realizar para ellos la eterna Redención; como, sin embargo, no había de extinguirse su sacerdocio por la muere (Hebr. 7, 24 y 27), en la Última Cena, la noche que era entregado, para dejar a su esposa amada, la Iglesia, un sacrificio visible, como exige la naturaleza de los hombres (Can. 1), por el que se representara aquel suyo sangriento que había una sola vez de consumarse en la cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos (1 Cor. 11, 23 ss), y su eficiencia saludable se aplicara para la remisión de los pecados que diariamente cometemos, declarándose a sí mismo constituido para siempre sacerdote según el orden de Melquisedec (Ps. 109, 4), ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies de pan y de vino y bajo los símbolos de esas mismas cosas, los entregó, para que los tomaran, a sus Apóstoles, a quienes entonces constituidos sacerdotes del Nuevo Testamento, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, les mandó con estas palabras: "Haced esto en memoria mía", etc. (Lc. 22, 19; 1 Cor. 11, 24) que los ofrecieran. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia (Can. 2). Porque celebrada la antigua Pascua, que la muchedumbre de los hijos de Israel inmolaba en su memoria de la salida de Egipto (Ex. 12, 1 ss), instituyó una Pascua nueva, que era Él mismo, que había de ser inmolado por la Iglesia por ministerio de los sacerdotes bajo signos visibles, en memoria de su tránsito de este mundo al Padre, cuando nos redimió por el derramamiento de su sangre, y nos arrancó del poder de las tinieblas y nos trasladó a su reino (Col. 1, 13). 

Y esta es ciertamente aquella oblación pura, que no puede mancharse por indignidad o malicia alguna de los oferentes, que el Señor predijo por Malaquías (1, 11) había de ofrecerse en todo lugar, pura, a su nombre, que había de ser grande entre las naciones, y a las que no oscuramente alude el Apóstol Pablo escribiendo a los corintios, cuando dice, que no es posible que aquellos que están manchados por la participación de la mesa de los demonios, entren a la parte en la mesa del Señor (1 Co. 10, 21), entendiendo en ambos casos por mesa al altar. Esta es, en fin, aquella que estaba figurada por las varias semejanzas de los sacrificios, en el tiempo de la naturaleza y de la ley (Gen. 4, 4; 8, 20; 22; Ex. passim), pues abraza los bienes todos por aquéllos significados, como la consumación y perfección de todos. 

Cap. 2. El sacrificio visible es propiciatorio por los vivos y por los difuntos. 

Y porque en este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo cruentamente en el altar de la cruz (Hebr. 9, 27); enseña el santo Concilio que este sacrificio es verdaderamente propiciatorio (Can. 3), que por él se cumple que, si con corazón verdadero y recta fe, con temor y reverencia, contritos y penitentes nos acercamos a Dios, conseguimos misericordia y hallamos gracia en el auxilio oportuno (Hebr. 4,16). Pues aplacado el Señor por la oblación de este sacrificio, concediendo la gracia y el don de la penitencia, perdona los crímenes y pecados, por grandes que sean. Una sola y la misma es, en efecto, la víctima, y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a Sí mismo en la cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse. Los frutos de esta oblación suya (de la cruenta, decimos), ubérrimamente se perciben por medio de esta incruenta: tan lejos está que a aquélla se menoscabe por ésta en manera alguna (Can. 4). Por eso, no sólo se ofrece legítimamente, conforme a la tradición de los Apóstoles, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades de los fieles vivos, sino también por los difuntos en Cristo, no purgados todavía plenamente (Can. 3) 

Cánones sobre el santísimo sacrificio de la misa 

Can. 1. Si alguno dijere que en el sacrificio de la Misa no se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio, o que el ofrecerlo no es otra cosa que dársenos a comer Cristo, sea anatema (cf. 938). 

Can. 2. Si alguno dijere que con las palabras: "Haced esto en memoria mía" (Lc. 22, 19; 1 Cor. 11, 24), Cristo no instituyó sacerdotes a sus Apóstoles, o que no les ordenó que ellos y los otros sacerdotes ofrecieran su Cuerpo y su Sangre, sea anatema (cf. 938). 

Can. 3. Si alguno dijere que el sacrificio de la Misa sólo es de alabanza y de acción de gracias, o mera conmemoración del sacrificio cumplido en la cruz, pero no propiciatorio; o que sólo aprovecha al que lo recibe; y que no debe ser ofrecido por los vivos y los difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades, sea anatema (cf. 940). 

Can.4. Si alguno dijere que por el sacrificio de la Misa se infiere una blasfemia al santísimo sacrificio de Cristo cumplido en la cruz, o que éste sufre menoscabo por aquél, sea anatema (cf. 940).

Sesión del Concilio de Trento (pintura atribuida a Paolo Farinati, S. XVI)
(Imagen: Wikimedia Commons

Anexo 2: 

Congregación para el Clero, Decreto Mos Iugiter sobre los estipendios en la Misa, de 22 de febrero de 1991

Es costumbre constante en la Iglesia -como escribe Pablo VI en el motu proprio Firma in traditione- que «los fieles, impulsados por su sentido religioso y eclesial, quieran unir, mediante una más activa participación en la celebración eucarística, un concurso personal, contribuyendo así a las necesidades de la Iglesia y particularmente al sostenimiento de sus ministros» (AAS 66[1974], 308). 

Antiguamente este concurso consistía prevalentemente en dones en especie; en nuestros tiempos ha pasado a ser casi exclusivamente pecuniario. Pero las motivaciones y las finalidades de los ofrecimientos de los fieles han permanecido iguales y han sido sancionadas también en el nuevo Código de Derecho Canónico (cfr. cáns. 945 § 1; 946). 

Desde el momento en que la materia toca directamente el augusto sacramento, cualquier apariencia de lucro o de simonía causaría escándalo. Por ello la Santa Sede ha seguido siempre con atención el desarrollo de esta pía tradición, interviniendo oportunamente para cuidar sus adaptaciones a las mudables situaciones sociales y culturales, con el fin de prevenir o de corregir, cuando ha sido necesario, eventuales abusos conexos a tales adaptaciones (cfr. CIC cáns. 947 y 1385). 

Ahora en estos últimos tiempos, muchos obispos se han dirigido a la Santa Sede para obtener aclaraciones en lo que se refiere a la celebración de Santas Misas por intenciones llamadas «colectivas», según una práctica bastante reciente. 

Es verdad que desde siempre los fieles, especialmente en regiones económicamente deprimidas, suelen llevar al sacerdote estipendios modestos, sin pedir expresamente que para cada una de estas Misas sea celebrada una Misa individual según una particular intención. En tales casos es lícito unir los diversos estipendios para celebrar tantas Santas Misas como correspondan a las tasas diocesanas. 

Los fieles además son siempre libres de unir sus intenciones y estipendios para la celebración de una sola Santa Misa por tales intenciones. 

Bien diverso es el caso de aquellos sacerdotes que, recogiendo indistintamente los estipendios de los fieles destinados a la celebración de Santas Misas según intenciones particulares, los acumulan en un único estipendio y los satisfacen con una única Santa Misa, celebrada según una intención llamada precisamente «colectiva». 

Los argumentos a favor de esta nueva práctica son engañosos y un pretexto, cuando no reflejan también una errada eclesiología. 

En todo caso, este uso puede llevar consigo el riesgo grave de no satisfacer una obligación de justicia ante los donantes de los estipendios y, si se extiende, de agotar progresivamente y de extinguir del todo en el pueblo cristiano la sensibilidad y la conciencia por la motivación y las finalidades del estipendio para la celebración del santo sacrificio según intenciones particulares, privando por lo demás a los sagrados ministros que viven de estos estipendios, de un medio necesario de sustentamiento y sustrayendo a muchas iglesias particulares los recursos para su actividad apostólica. 

Por lo tanto, en ejecución del mandato recibido del Sumo Pontífice, la Congregación para el Clero, en cuyas competencias se incluye la disciplina de esta delicada materia, ha efectuado una amplia consulta, escuchando también el parecer de las conferencias episcopales. 

Después de un atento examen de las respuestas y de los diversos aspectos del complejo problema, en colaboración con los otros Dicasterios interesados, la misma Congregación ha establecido cuanto sigue: 

Art. 1. § 1. De acuerdo con la norma del can. 948, deben ser aplicadas «Misas distintas según las intenciones de aquellos por los cuales el estipendio dado, aunque exiguo, ha sido aceptado». Por lo tanto, el sacerdote que acepta el estipendio por la celebración de una Santa Misa por una intención particular, está obligado en justicia a satisfacer personalmente la obligación asumida (cfr. CIC can. 949), o bien a encomendar su cumplimiento a otro sacerdote, según las condiciones establecidas por el derecho (cfr. CIC cáns. 954-955). 

§ 2. Contravienen, por lo tanto, esta norma, y asumen la correspondiente responsabilidad moral, los sacerdotes que recogen indistintamente estipendios para la celebración de Misas según particulares intenciones y, acumulándolos en una única oferta sin conocimiento de los fieles, lo satisfacen con una única Santa Misa celebrada según una intención llamada «colectiva». 

Art. 2. § 1. En el caso en que los oferentes, previa y explícitamente advertidos, consientan libremente que sus estipendios sean acumulados con otros en un único estipendio, se puede satisfacer con una sola Santa Misa, celebrada según una única intención «colectiva». 

§ 2. En este caso es necesario que sea públicamente indicado el día, el lugar y el horario en el cual tal Santa Misa será celebrada, no más de dos veces por semana. 

§ 3. Los pastores en cuyas diócesis se verifiquen estos casos, tomarán cuenta de este uso, que constituye una excepción a la vigente ley canónica, y en el caso en que se extienda excesivamente -también basándose en ideas erradas sobre el significado de los estipendios por las Santas Misas- debe ser considerado un abuso y podría generar progresivamente en los fieles el desuso de ofrecer el óbolo para la celebración de Santas Misas según intenciones individuales, extinguiendo una antiquísima costumbre saludable para cada alma y para toda la Iglesia. 

Art. 3. § 1. En el caso de que se habla en el art. 2 § 1, al celebrante le es lícito retener sólo la limosna establecida en la diócesis (cfr. CIC can. 950). 

§ 2. La suma restante que excede de tal estipendio será consignada al ordinario de que se habla en el can. 951 § 1, que la destinará a los fines establecidos por el derecho (cfr. CIC can. 946).

(Ilustración: Traditional Catholic Priest

Art. 4. Especialmente en los santuarios y en los lugares de peregrinación, a los que habitualmente afluyen numerosos estipendios para la celebración de Misas, los rectores, con obligación de conciencia, deben atentamente vigilar que sean cuidadosamente aplicadas las normas de la ley universal en esta materia (cfr. principalmente CIC cáns. 954-956) y las del presente decreto.

Art. 5. § 1. Los sacerdotes que reciben estipendios por intenciones particulares de Santas Misas en gran número, por ejemplo en ocasión de la conmemoración de los fieles difuntos o de otra circunstancia particular, que no los puedan satisfacer personalmente en el plazo de un año (cfr. CIC can. 953), en vez de rechazarlo, frustrando la pía voluntad de los oferentes y apartándolos de su buen propósito, deben transmitirlos a otros sacerdotes (cfr. CIC can. 955) o bien al propio ordinario (cfr. CIC can. 956). 

§ 2. Si en circunstancias iguales o similares se configura cuanto está descrito en el art. 2 § 1 de este decreto, los sacerdotes deben atenerse a las disposiciones del art. 3.

Art. 6. Compete particularmente a los obispos diocesanos el deber de dar a conocer con prontitud y con claridad estas normas, válidas tanto para el clero secular como el religioso, y cuidar su observancia. 

Art. 7. Es necesario además que también los fieles sean instruidos en esta materia, mediante una catequesis específica, cuyos ejes principales son: 

(a) el alto significado teológico del estipendio dado al sacerdote para la celebración del sacrificio eucarístico, con la finalidad sobre todo de prevenir el peligro de escándalo por la apariencia de un comercio con cosas sagradas; 

(b) la importancia ascética de la limosna en la vida cristiana, enseñada por Jesús mismo, de la cual el estipendio para la celebración de Santas Misas es una forma excelente; 

(c) la participación de todos en los bienes, por la cual mediante el ofrecimiento de intenciones de Misas los fieles ayudan al sostenimiento de los ministros sagrados y a la realización de las actividades apostólicas de la Iglesia. 

El Sumo Pontífice, en fecha 22 de enero de 1991, ha aprobado en forma específica las normas del presente decreto y ha ordenado su promulgación y entrada en vigor. 

Roma, en el Palacio de la Congregación para el Clero, 22 de febrero de 1991. 

Antonio card. Innocenti 
Prefecto 

+ Gilberto Agustoni 
Arzob. tit. de Caorle