Uno de los más
destacados liturgistas contemporáneos, el Dr. Peter Kwasniewski, en su libro Resurgimiento en medio de la crisis. Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia, cuya edición castellana fue financiada por nuestra Asociación, sostiene que el desorden -y aun parálisis- que afecta a la Iglesia actualmente
sólo podrá superarse si se cura la amnesia católica respecto de tres puntos
esenciales: el olvido de la liturgia tradicional, el olvido de la enseñanza de
Santo Tomás de Aquino como maestro común, y el olvido de la enseñanza social de
la Iglesia en su integridad (véase aquí y aquí). En relación con este último punto, es necesario
hacer presente que, desde hace al menos 300 años, la Iglesia ha venido
declarando cuál es su pensamiento sobre las realidades temporales, que el
predominio de la mentalidad liberal en los últimos 50 ó 60 años de la vida
eclesiástica ha oscurecido en su parte medular. El siguiente texto apunta a la
importancia que tiene ese pensamiento de la Iglesia considerado en su
totalidad, sin exclusiones temáticas ni atenuaciones doctrinarias, y procura
poner de vuelta, en el primer plano, las graves cuestiones que componen ese
cuerpo de doctrina.
Su autor es el diácono James H. Toner, profesor emérito de liderazco y ética en Academia de la Fuerza Aérea de EE.UU. Oficial reiterado y doctor, es autor de Morals Under the Gun y otros libros. Ha enseñado en diversos centros de EE.UU., como Notre Dame, Norwich, Auburn y el Colegio y Seminario de los Santos Apóstoles. Actualmente sirve su ministerio en la Diócesis de Charlotte.
El artículo original fue publicado en Crisis Magazine y ha sido traducido por la Redacción.
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El núcleo del integrismo
James H. Toner
Pareciera que el integrismo es el
tema de moda entre los intelectuales católicos de hoy. Ahmari, Bouyer, Coulombe,
Deneen, Douthat, Dreher, Feser, Fimister y Crean, French, George, Hahn y
McGinley, Hanby, Kwasniewski, Maritain, Miller, Murray, Pappin, Pink, Rawls,
Reilly, Reno, Schindler, Spadaro, Stannus, Tollefsen, Trabbic, Vermeule,
Voegelin, Waldstein, Weigel, Wiker: lo anterior es solo una enumeración parcial
de los análisis, en su mayor parte contemporáneos, que disectan el fenómeno del
integrismo.
La definición que de él da el P.
Waldstein es la siguiente: “El integrismo católico es una tradición de
pensamiento que, rechazando la separación que hace el liberalismo de la
política, por una parte, y la preocupación por la finalidad de la vida humana,
por otra, sostiene que el gobierno político debe ordenar al hombre hacia su último fin. Sin embargo, dado que el hombre tiene tanto un fin temporal como un
fin eterno, el integrismo sostiene que hay dos potestades que lo gobiernan: una
potestad temporal y una espiritual. Y puesto que el fin temporal del hombre se
subordina a su fin eterno, la potestad temporal debe subordinarse a la potestad
espiritual”.
El integrismo, pues, procura
integrar lo secular en lo sagrado, modificándolo y metamorfoseándolo en algo
que, si bien no está totalmente subordinado a la ortodoxia y la ortopraxis
católicas, contribuye a ellas.
Rafael, La coronación de Carlomagno, 1516-1517, Museos Vaticanos
(Imagen: artículo original)
Esta concepción ha dado lugar a una
tempestuosa controversia en los círculos intelectuales católicos. El integrismo
tiene hábiles y entusiastas defensores, así como también estridentes detractores.
El consiguiente debate se encarniza sobre el integrismo y sus corolarios, tales
como: ¿nos hace el integrismo regresar a las apetecidas raíces católicas
clásicas y sus recursos? ¿es un subproducto de mentalidades fascistas,
absolutamente opuestas a la “libertad religiosa”? Y, en todo caso, ¿cuál es la
actitud auténticamente católica ante dicha libertad? ¿Fue el documento Dignitatis Humanae, del Concilio Vaticano II, una
floración del pensamiento social católico o una cobarde capitulación ante el
decadente modernismo? ¿Es el liberalismo un pecado (como fue sugerido por el P.Félix Sardá y Salvany)? ¿Es el integrismo una velada fuerza reaccionaria sostenedora
de ideas y prácticas sociales periclitadas? ¿Debiera alentarse el instinto
integrista que se encamina a un Estado católico plenario, omnicomprensivo, o es
suficiente el “modelo pluralista estadounidense”? Estas son sólo algunas de las
preguntas que se arremolinan en torno a las controversias levantadas por el
integrismo.
En efecto, hay mucho de encomiable
en el centro del integrismo -su promisoria teoría-; pero, en su circunferencia
-en sus decisiones prácticas y en sus detalles- requiere una prudente
supervigilancia. Es necesario combinar, ética y eficientemente, fuerza y
derecho, Saúl y Samuel, poder y probidad, cosas que, durante siglos, han
abrumado al ingenio y a la sabiduría de Atenas, o de Jerusalén (véase, por
ejemplo, la “alegoría de los árboles” en Jue 9, 7-15), o de Roma y de todos
sus sucesores. Nadie -ni políticos, ni sacerdotes, ni obispos, ni siquiera
Frodo Baggins- es inmune a la libido
dominandi, el deseo de poder. Y el necesario papel moral de la Iglesia en
lo relativo a la supervisión del ámbito cívico no debe implicar un papel
eclesiástico práctico en el cumplimiento de los deberes corrientes del estado
(para una analogía arbórea, véase este artículo).
Aquí no vamos a resolver estas
cuestiones esotéricas y laberínticas. Mi propósito, más bien, es tocar un tema
sobre el cual demasiado pocos han reflexionado: ¿”Y qué importancia tiene todo
esto”? ¿Se preocupa acaso el mítico fiel corriente del integrismo y sus temas
vinculados? Hace poco, Anthony Esolen se lamentaba del triste estado del conocimiento en las “elites”, pero ¿quién es, al cabo, este agustiniano
individuo?
La realidad, con todo, es todavía
más grave. En la Misa, el que lee (no diré “lector”) anuncia “Lectura tomada de
la Carta de San Pablo a los Filipinos”. Como diácono, he procurado dar a los
lectores algunas pistas de cómo pronunciar los nombres en Hch 2, 5-12, pero,
a menudo, sin éxito. ¿Y qué se puede hacer cuando el sacerdote piensa que el
libro bíblico “Hebreos” está en el Antiguo Testamento, quizá entre Isaías y
Jeremías? Nosotros sabemos que está en el Nuevo Testamento, justo después de la
Epístola a los Filipinos... Esto, claro, es una prueba anecdótica, aunque demasiado
rápida y lamentablemente multiplicada, de una amplia ignorancia de la
catequesis y sus fuentes y de apatía frente a ella.
Dado el estado del aprendizaje hoy,
tanto dentro como fuera de la Iglesia, ¿cómo se puede analizar las facetas del
integrismo? Una vez pronuncié una homilía, en una capilla militar, basándome en
el pasaje de Hch 5, 29 -debemos obedecer a Dios antes que a los hombres (lo
que es la esencia, dicho sea de paso, del integrismo)-. Después de la Misa se
me acercó alguien, indignado por mi supuesta falta de patriotismo. Yo lo
conocía: se trataba de un hombre “educado”, de cerca de cuarenta años, católico
practicante que asistía normalmente, y absolutamente ignorante de nuestra
primordial responsabilidad de seguir al Señor antes que a los políticos.
¿De qué tema de la filosofía
integrista podía yo hablarle? (En todo caso, este problema es incluso peor
-¡imagínese!- cuando se trata de discutir temas de bioética). Si tomamos el
texto “Venid y entendámonos” (Is 1, 18), “entenderse” es prácticamente imposible
cuando no existe ningún fundamento sobre el cual levantar el edificio del
pensamiento lógico. Ya el profeta Oseas nos prevenía: “Perece mi pueblo por
falta de conocimiento” (4, 6).
Así como hay importantes diferencias
entre la “escuela del Derecho natural” y la “nueva escuela del Derecho
natural”, existen también diferencias críticas entre quienes están a favor del
integrismo y quienes lo ven con malos ojos. Los católicos corrientes no saben
de estos abstrusos debates ni les importan. Pero los católicos corrientes
pueden -y creo que deben- compartir una lapidaria serie de verdades, de cuyo
despliegue pleno y erudito no necesitan, francamente, preocuparse (cfr.
Ecl 3, 21; Hch 26, 4).
Cristo Rey
He aquí diez elementos que hay que
considerar para comprender la política desde el punto de vista católico.
1. Dios
existe.
2. Pecamos
(CCE 1739).
3. Necesitamos
un Dios-Salvador, no un príncipe-salvador (cfr. Job 19, 25).
4. Vivimos en
el presente buscando asiduamente la gracia de Dios, para vivir después con Él.
5. Nuestra
vida actual significa que estamos inevitablemente involucrados en asuntos
políticos, ya que la sociedad civil, en el mejor de los casos, tolera, y en el
peor de ellos, infunde terror a los devotos de Cristo y de su Iglesia (Ef 2, 2; St 4, 4).
6. Las
soluciones plenas y finales sólo advendrán con la Parusía, cuando Nuestra
Señora sea Reina de los Cielos y la Tierra (quinto misterio glorioso). No se
espere el paraíso de ningún partido político: “Quantula sapientia regitur
mundus”, como dijo alguna vez Axel Oxenstierna.
7. Oramos y
trabajamos para que la voluntad de Dios se haga en el Cielo y en la Tierra (Padre
Nuestro), y procuramos cotidianamente iluminar nuestras terrenales vidas
personales y políticas con la luz de la ley moral natural (véase, por ejemplo, CCE 1955, 2044, 2244).
8. Debemos
tratar de “infundir el espíritu cristiano en la mentalidad y las costumbres, en
las leyes y en las estructuras de las comunidades en que vivimos” (Apostolicam Actuositatem 13; cf. 31b, CCE 2105).
9. El Señor
concede el poder a César (Sb 6, 1-11; Mt 22, 21; Rm 13, 1-5) -la
“Ciudad del Hombre”- y cumplimos a conciencia nuestros deberes sociales a menos
que contravengan “las exigencias del orden moral”; violen “los derechos
fundamentales de las personas”, u obstaculicen “las enseñanzas del Evangelio”
(CCE 2242).
10. Cristo es
Rey (cfr. Jn 19, 15 [¡profunda advertencia contra la tiranía!], y sólo a Él
debemos inviolable fidelidad (Mt 6, 33). A todos los demás gobiernos,
organizaciones, o proyectos, sólo debemos fidelidad circunstancial,
condicional, contextual y contingente.
Para ser un buen chofer no hace
falta conocer las complicaciones de la ingeniería del automóvil; sí hay que
conocer y cumplir las normas básicas de la carretera. De igual modo, no hace
falta conocer todos los problemas y posibilidades de un integrismo, a veces
sinuoso, para ser un ciudadano católico responsable; pero sí hay que comprender
y obedecer las normas básicas de la ley moral natural (sobre las cuales y para
las cuales el integrismo, evidentemente, existe).
Aquí, pues, está el corazón de la
auténtica educación, que nos lleva a la Luz de Cristo, gracias a la cual somos
capaces de discernir el orden y la finalidad de la vida (véase el excelente ensayo breve de Russell Kirk). Los fieles podemos -y debemos- “razonar
conjuntamente”, porque gracias a las dos alas de la fe y de la razón “el
espíritu humano se alza a la contemplación de la verdad”, y llega al
conocimiento de quiénes somos, a qué estamos destinados y cómo encontrar el
camino a casa (cf. Juan Pablo II, Fides et ratio). La Epístola a los
Hebreos nos da un sabio consejo espiritual y político: “este mundo no es
nuestro hogar permanente; esperamos un hogar que ha de venir” (13, 14). Tal es
el núcleo del integrismo.