Mostrando las entradas con la etiqueta catolicismo y cultura. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta catolicismo y cultura. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de junio de 2024

La liturgia tradicional con los ojos de Manuel Vicent

Les ofrecemos hoy una columna del escritor y columnista valenciano Manuel Vicent sobre la conversión de Paul Claudel. Si bien sobre este último autor hemos tratado con anterioridad en esta bitácora (véase aquí), el texto resulta de interés por provenir de un autor que se declara de izquierdas y anticlerical, como se comprueba de algunas de las afirmaciones que vierte, y que escribe a propósito del restablecimiento de la liturgia antigua por parte del papa Benedicto XVI a través del motu proprio Summorum Pontificum (2007). 

Más allá de algunas alusiones provocadoras, la columna demuestra el atractivo que la liturgia tradicional despierta en las personas abiertas a la sensibilidad artística y con inquietudes culturales. Son innumerables los ejemplos a través de la historia. Quizá el más elocuente sea la carta dirigida por un grupo de intelectuales al papa Pablo VI pidiendo la conservación de la Misa de siempre, que dio lugar al llamado "indulto inglés" o "indulto Agatha Christie". Entre otras cosas, ahí se dice: "Los firmantes de este pedido [...] quieren llamar la atención de la Santa Sede sobre la apabullante responsabilidad en la que incurriría en la historia del espíritu humano si se negara a permitir la subsistencia de la Misa Tradicional".

***

La cáscara

Manuel Vicent

El poeta Paul Claudel era todavía un ateo militante cuando una Nochebuena en medio de la soledad de París, bajo una intensa nevada, entró en la catedral de Notre-Dame para guarecerse. Se estaba celebrando en ese momento la misa del Gallo. El poeta acababa de ver innumerables poetas ateridos bajo los puentes del Sena, e imbuido en la propia desesperación, de pronto, fue acogido por un tibio perfume de incienso y el sonido del órgano que acompañaba el Adeste fideles cantado por un coro de infantes. En el altar brillaban los los brocados de las vestiduras de los oficiantes confundidas con las ascuas de las lámparas y los dorados del retablo. A través de aquel compacto resplandor también sonaban palabras en latín, que no comprendía. "Algo parecido a esta gloria debe ser el cielo", pensó Paul Claudel, quien trasportado por la belleza de la liturgia, olvidó las miserias de este mundo y se convirtió al catolicismo. Lutero se había llevado la nuez de la fe dejando la cáscara de la religión para la Iglesia romana, pero esta envoltura barroca y resplandeciente, sin nada adentro, acabó por adquirir la máxima profundidad estética que tienen las formas. El Concilio Vaticano II trató de recuperar la pureza de la fe limpiándola de las adherencias del teatro. En el desguace desapareció el latín, la polifonía de Palestrina fue sustituida por guitarras aflamencadas y las casullas bordadas por unos jerséis de grano gordo, tipo peruano. Los curas desde el altar tuvieron que dar la cara y hablar en la lengua nacional. Muchos fieles comenzaron a alarmarse al comprobar que lo entendían todo. "Yo soy el pastor y vosotros sois las ovejas", decía el oficiante, y algunos devotos se miraban sorprendidos. "¿Has oído eso? Nos está llamando borregos." Quedó patente que las epístolas, antífonas y salmos no transportaban sino pensamientos vulgares, mientras, a su vez, el gregoriano exquisito se transformó en canciones desafinadas, llenas de mansedumbre, cantadas por la grey. Un día, en una misa mayor de un pueblo mediterráneo, los fieles entonaban a coro una de estas plegarias al Señor, todos excepto un jornalero adusto que permanecía con la boca cerrada. "¿Por qué no cantas?", le cuchicheo el vecino de banco. El jornalero contestó como en el tute: "No cantó porque me falta el caballo". Benedicto XVI quiere recuperar la cáscara antigua y retornar a la liturgia en latín, cosa que celebran los estetas, pero, si hay que preservar la fe, lo mejor es no entender nada. 

Primera Misa solemne transmitida por televisión desde la catedral de Notre-Dame de París. Se trata de la Misa de Navidad celebrada en la medianoche del 24 de diciembre de 1948 por el cardenal Emmanuel-Célestin Suhard
(Foto: Te Igitur)

Nota de la Redacción: El texto está tomado de Vicent, M., El cuerpo y las olas, Barcelona, Alfaguara, 2007, pp. 219-220.

lunes, 10 de octubre de 2022

Martín de Riquer y la Misa de siempre

Martín de Riquer y Morera (1914-2013), VIII conde de Casa Dávalos,​ fue un medievalista español, doctor en Filología Románica y especialista en literatura trovadoresca, además de senador en las Cortes Generales de España por designación real, donde le cupo intervenir en la redacción y aprobación de la Constitución de 1978. Entre sus obras destaca una historia de la literatura catalana y varios trabajados dedicados a Miguel de Cervantes y sus obra. En el discurso de contestación por su ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, Dámaso Alonso caracterizó a Martín de Riquer como un "caso portentoso" entre los filólogos. La razón residía en que era "preciso y riguroso en investigaciones de último pormenor, con capacidad a la par de intuición de grandes rasgos definidores de obras, escritores o épocas; que escribe para el más aquilatado especialista cuando hay que dirigirse a él, o, adaptándose, sin perder rigor científico, al público culto en general, cuando es a éste a quien hay que hablar". 

Pero Martín de Riquer fue también un hombre de profunda fe, apegado a la liturgia tradicional de la Iglesia en la época en que ésta experimentaba una reforma radical que cambió el culto católico hasta hacerlo para muchos irreconocible. Dos recuerdos tomados de la semblanza que Jordi Llovet le dedica en Mis maestros. Un homenaje (2022) sirven para formarse una idea del sufrimiento de Riquer frente a los cambios litúrgicos y cómo defendió la Misa frente a aquellos que, fundados en una falsa obediencia, se adaptaban a los tiempos. 

Martín de Riquer

Riquer fue un hombre enormemente religioso y muy enraizado en los principios sólidos de la civilización de la baja Edad Media y del tiempo del Humanismo, que se dedicó al estudio, la investigación y la docencia como podría haberlo hecho un maestro de la Sorbona, por ejemplo, en el siglo XVI. Iba a Misa con regularidad, y siempre lamentó no solo que muy poca gente leyera ya el latín, sino, en especial, que hubiese desaparecido de la liturgia católica. Esto le parecía incomprensible si se tenía en cuenta que el latín fue la lengua de la Iglesia desde Constantino y, por añadidura, la lengua de los hombres cultos hasta bien entrado el siglo XVIII. (Si le hubiesen preguntado qué lengua debería convertirse en la lengua oficial para toda Europa, Riquer no habría propuesto nunca el inglés, lengua que sabía leer, pero por la que no sentía gran admiración debido a su sintaxis confusa y deslavada, sino el latín). El hecho de que los fieles ya no comprendiesen lo que se decía cuando iban a Misa no le molestaba porque, decía, el latín tenía las propiedades misteriosas y elevadas de las que carecen las lenguas vulgares, precisamente por ser de uso común: toda religión consistiría en el vínculo entre un fiel y un orden verdaderamente superior, el teológico, propósito para el que, a su juicio, no servirían las lenguas neolatinas, aptas para el esparcimiento, las relaciones comerciales o el trato diario entre la gente. 

No me resisto a citar el chiste que, en este sentido, me contó una vez Badia y Margarit, que era mísero, algo que no puede decirse de Riquer, aunque fuese a Misa. Dos ancianas salen de la iglesia, terminada la Misa, cuando ya habían cambiado la lengua de la liturgia, y una le dice a la otra: "¡Lo que hay que ver! ¿Qué querrá decir eso de 'El Señor esté con vosotros'?". Era la primera vez que lo oían. La otra anciana le responde: "Sí, mujer, eso significa: Dominus vobiscum". He aquí la explicación paradójica de lo que acabo de apuntar sobre el poder ritual de las lenguas desconocidas. 

En su casa tenía una colección envidiable de Biblias de todo tipo y en todas las lenguas de cultura que conocía, en un sector privilegiado del trozo de biblioteca que había en el salón, entrando a mano izquierda; y cuando, una vez, se presentaron en su casa unos testigos de Jehová con la intención de venderle una Biblia, él los hizo pasar y les enseñó las suyas. Los testigos mostraron una gran perplejidad, y Riquer los despidió de ellos educadamente. 

En cuanto a la religión, es cierto que a veces exageraba y le gustaba manifestar, según la ocasión, que él era de antes del concilio. Y puntualizaba: no de antes del Concilio Vaticano II, sino de antes del Concilio de Trento. Es posible que alguna vez dijera "de antes del Concilio de Nicea", pero no puedo asegurarlo. Si le hubiesen dicho que era un hombre de la época de los Padres de la Iglesia, lo habría celebrado —¡Atanasio de Alejandría, Basilio, Ambrosio, san Agustín, Gregorio el Grande!—, pero le habría alegrado aún más que le compararan con uno u otro humanista del siglo XV o XVI, de los que unieron la fe cristiana y el legado clásico grecorromano, como Vives o Erasmo. Una vez, reunidos en mi casa unos cuantos amigos, se explayó a gusto haciendo desmesurado de las Misas que oficiaba en París monseñor Lefebvre, que, de tan retrógradas —palabra que yo nunca usaría para referirme a Riquer—, acabó suspendido a divinis por el Vaticano. Riquer había conservado algo de los enfants terribles de los tiempos de su abuelo, y tenía cierta afición a la provocación benigna. Le gustaba mucho la conversación inteligente, y es sabido que una provocación siempre da más de sí que un tópico, de manera que ese día se puso a ensalzar hasta tal punto las Misas de monseñor Lefebvre, que la mujer de José María Valverde, que profesaba un cristianismo muy aggiornato, como su marido —uno de esos cristianismos con acompañamiento de guitarra y cantos espirituales negros, como ya se ha dicho más arriba—, se sintió obligada a salir en defensa del Concilio Vaticano II, o de las bellas almas cristianas con vocación por las causas seculares. Le espetó: "Martín, con Dios no se juega". Riquer, que era rapidísimo en materia de controversia, la miró con gran calma, se sacó la pipa de la boca y le dijo: "Eso digo yo". 

Monseñor Marcel Lefebvre oficia Misa pontifical en la iglesia de San Nicolás del Chardonnet, en París, en el mes de mayo de 1977. A su derecha, arrodillado, se aprecia a monseñor François Ducaud-Bourget
(Foto: FSSPX)

_________________________________________

Nota de la Redacción: El texto transcrito proviene de Llovet, J., Mis maestros. Un homenaje (trad. de Lucas Villavecchia, Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2022), pp. 70-73.

sábado, 6 de agosto de 2022

Dos nuevos libros en español

Han aparecido dos libros recomendables en español durante los últimos meses. Se trata de Non nova, sed noviter: Los cuatro pilares de la Tradición, escrito por Aurelio Porfiri, y El nuevo orden mundial: El Apocalipsis en el que estamos viviendo, de S.E.R. Carlo Viganò. 

Se trata de textos breves que pueden ser comprados en Amazon (aquí y aquí, respectivamente). 

Les dejamos el texto de la contraportada de cada libro, invitándolos a su lectura. 


Ciertamente vivimos en una época en la que predomina un estilo de vida y de pensamiento antitradicional, y es por eso que los guerreros de la tradición deben desenvainar sus espadas y no encerrarse en sus propios refugios, a veces demasiado cómodos. El estilo tradicional nos remite a lo que realmente somos, nos reenfoca en nuestra identidad para hacernos disfrutar del verdadero sabor de la vida, que queremos pensar que no es solamente permitir a esa masa de células que también somos la purifique día tras día. Pero entonces debemos reflexionar sobre cuáles son los fundamentos de la tradición, los que yo llamo los “cuatro pilares de la tradición”. 



Está fuera de toda duda de que en los últimos años la figura de monseñor Carlo Maria Viganò ha emergido en la escena de la comunicación en el mundo de la Iglesia -pero no sólo en él- como una voz de denuncia y de apelación no sólo respecto a la corrupción y a la pobreza cultural y espiritual presentes en el mundo eclesial actual -a todos los niveles-, sino en la sociedad y en la política mundial. Una figura singular y un proceso de desvelamiento. Carlo Maria Viganò es un sacerdote que, luego de su ordenación en 1968 en Pavía, se orientó hacia la carrera diplomática. Nuncio en Nigeria, y luego Delegado para las Representaciones Pontificias en la Secretaría de Estado (un cargo muy delicado, bajo sus ojos pasan todos los ardientes expedientes personales de prelados y obispos); luego secretario para el Estado de la Ciudad del Vaticano, el Governatorato, y finalmente nuncio apostólico en Washington, sin duda uno de los seis destinos más prestigiosos para cualquier diplomático, con sotana o con hábito civil. Ciertamente, la nunciatura en el corazón del Imperio ofrece a su titular una perspectiva de extraordinaria amplitud y profundidad; le permite escudriñar los mecanismos del poder mundial, los resortes evidentes -y los ocultos- que están en la base de las elecciones y las decisiones. Es de este caudal de experiencia y conocimientos del cual muy pocos pueden presumir que nace la reciente presencia pública de Carlo Maria Viganò. Toda una carrera y una vida sacerdotal transcurridas en la necesaria discreción ligada a sus obligaciones profesionales y de rol se ven súbitamente trastocadas. En el verano de 2018 -no se han cumplido todavía cuatro años- monseñor Viganò tuvo el sensacional gesto de revelar las protecciones y complicidades que permitieron al entonces cardenal Theodore McCarrick llevar a cabo los abusos que finalmente le llevaron a las condenas que sufrió.

lunes, 9 de mayo de 2022

"La verdadera obediencia en la Iglesia", nuevo libro de Peter Kwasniewski

Acaba de aparecer la traducción al castellano de un nuevo libro del Dr. Peter Kwasniewski, cuyos trabajos solemos publicar en esta bitácora. El libro se llama La verdadera obediencia en la Iglesia y aborda un tema crucial para el catolicismo de hoy. De momento, puede ser adquirido a través de Amazon y Amazon (España).

Como se explica en la contraportada, la obra parte de la perplejidad de muchos fieles. En el motu proprio Summorum Pontificum (2007), el papa Benedicto XVI afirmó el sostenido crecimiento y la perpetua validez de la Misa de siempre, insistiendo en que “lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser de improviso totalmente prohibido o incluso perjudicial.” Sin embargo, con la publicación del motu proprio Traditionis Custodes (2021), su sucesor ha declarado precisamente lo opuesto, enviando ondas de choque a través de la Iglesia llamando a la restricción, y a la eventual supresión, de la más bella y venerable forma de culto, y la única que experimenta el crecimiento más dramático y apasionado. Ante una situación como ésta, ¿qué es lo debe hacer un católico consciente?

El libro del Dr. Peter Kwasniewski ofrece una exposición esencial sobre la cuestión de la obediencia en la Iglesia: de dónde procede, y cómo debe entenderse y vivirse correcta y prudentemente. Explora los lineamientos de Santo Tomás de Aquino sobre la materia: cuál es la obediencia necesaria para la salvación y cuándo es legal o ilegal. ¿Puede haber situaciones donde las estructuras usuales de obediencia se transformen en impedimentos o bien, en facilitadores de la misión de la Iglesia y del bien de las almas? ¿Se han dado casos en la historia de la Iglesia donde los sacerdotes fieles han ejercido su ministerio violando las normas canónigas ordinarias? ¿Cómo debe responder el clero si se les prohíbe la Misa de siempre o si ésta fuera declarada como “abrogada”? Una lectura imprescindible. 

Cumple recordar que el primer libro aparecido en castellano de este autor fue traducido gracias al apoyo de la Asociación Litúrgica Magnificat. Resurgimiento en medio de la crisis también se puede comprar a través de Amazon y Amazon (España). 

viernes, 15 de abril de 2022

La estética del recogimiento en siete obras de arte

Les ofrecemos hoy, el día en que la Iglesia conmemora la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, un interesante reportaje publicado en Visión Informa, un periódico quincenal desarrollado por la Dirección de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica de Chile para contar a la comunidad las novedades que ocurren al interior de dicha casa de estudios. El número de esta quincena está dedicado a la Semana Semana, conocida también como Semana Mayor por su importancia dentro del Año litúrgico. Ahí se incluye el reportaje de la periodista Marcela Guzmán que compartimos, donde se hace un recorrido sobre el sentido cristiano del recogimiento a través del arte, invitándonos a meditar a partir de las obras elegidas.

El artículo ha sido adaptado al formato habitual de esta bitácora y también corregido en cuanto a su estilo, agregando algunas explicaciones y enlaces. Las imágenes proceden de Wikicommons, como también sucede en la versión original, salvo el primer ícono. 
***

La estética del recogimiento en siete obras de arte

Marcela Guzmán

Entre las diversas expresiones artísticas religiosas destaca la rica iconografía en torno los diferentes episodios bíblicos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo que se evocan en Semana Santa. Artistas de todos los tiempos han dedicado parte importante de su obra a interpretar las escenas más significativas de la vida de Cristo, acentuando la dimensión mística y religiosa a través de la estética.

"Los tiempos litúrgicos como la Semana Santa se viven y se van construyendo en función de los relatos bíblicos del Nuevo Testamento. Allí se narran estos acontecimientos de la vida de Jesús que son el centro del ciclo pascual que abre un nuevo tiempo", señala Federico Aguirre, vicedecano de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

(Imagen: Pinterest)

En la historia del arte y también en la vida de la Iglesia "se han desarrollado imágenes con un fundamento muy fuerte en el hecho de que Dios se hizo hombre, con un rostro donde su imagen se muestra y se revela. Lo interesante es que estas imágenes van mostrando lo que dicen los relatos bíblicos de una manera mucho más directa, a través de la contemplación y, además, incorporan ciertos elementos que no están en los relatos, pero que forman parte de la tradición", señala el profesor Aguirre, que experto en teología del arte y pintura de íconos religiosos.

Hay que hacer una distinción importante entre aquellas imágenes religiosas y las imágenes de culto. Las representaciones artísticas, por ejemplo de Semana Santa, son descritas por el teólogo italiano Romano Guardini como las primeras. Es decir, “son imágenes de contenido religioso, pero que se mueven en el campo de la apreciación estética”, y son diferentes a aquellas imágenes de culto, explica Federico Aguirre. En cambio, las segundas “se reproducen y se reciben en el contexto del culto y de una comunidad creyente que ocupa la imagen como un instrumento para conectarse con lo sagrado. Por tanto, esta imagen tiene funciones y una forma de producirse que no necesariamente responden a los cánones de apreciación artística de cada época, como los íconos bizantinos”.

Entre las representaciones iconográficas que destacan dentro del ciclo pascual están, por ejemplo, la entrada de Jesús a Jerusalén, la Última Cena con los apóstoles, la coronación de espinas, y la Crucifixión, Muerte y Resurrección. A lo largo de la historia del arte son innumerables las obras que abordan estos tipos iconográficos, dándole una nueva dimensión al relato religioso de Semana Santa a través del arte. Ofrecemos aquí un recorrido por siete de ellas.

1. Entrada en Jerusalén, de Giotto di Bondone (1302-1305).

La capilla Scrovegni o capilla de la Arena en Padua, Italia, alberga en su interior uno de los más afamados conjuntos murales realizados en pleno Trecento italiano (siglo XIV). Compuesto entre los años 1302 y 1305, la Entrada en Jerusalén, de Giotto di Bodone (1267-1337), muestra a Jesús sobre un pollino–un símbolo de humildad– y a cuyos pies un hombre extiende su manto, que se quita para recibirlo. En el Domingo de Ramos, el Mesías es acompañado por sus discípulos y recibido con esperanza y alegría a su llegada a la ciudad santa, incluso por personas trepadas sobre los árboles para ver mejor la escena (Mt 21, 1-11; Mc 11, 1-11; Lc 19, 28-44; Jn 12, 12-19).

Giotto di Bondone, Entrada en Jerusalén (1302-1305)

2. La Última Cena, de Leonardo Da Vinci (1495-1498)

Este fresco del artista renacentista por antonomasia, Leonardo Da Vinci (1452-1519), fue realizado entre los años 1495 y 1498 en una de las paredes del refectorio del convento dominico de Santa Maria delle Grazie, en Milán, Italia.

Este mural representa la última comida que tuvo Jesús con sus apóstoles, celebrada la noche del Jueves Santo en Jerusalén, como conmemoración de la Pascua judía (Mt 26, 17–30; Mc 14, 12–26; Lc 22, 7–39; Jn 13, 1–17). Mide más de 4 metros de alto por casi 9 metros de ancho y fue encargado a Leonardo por el duque Ludovico Sforza. A diferencia de los frescos tradicionales, La Última Cena fue realizado con temple y óleo sobre capas de yeso. Por la maestría de Leonardo y la majestuosidad de la obra, este mural es considerado como una de las mejores obras pictóricas del mundo, como se comprueba con el gran número de visitas que recibe cada año. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1980.

Leonardo Da Vinci, La Última Cena, 1495-1498

3. La coronación de espinas, de Anthony Van Dyck (1620).

La escena de la coronación de espinas ha sido representada por artistas como El Bosco, Tiziano o Caravaggio. En este célebre óleo realizado por el pintor flamenco Anthony Van Dyck (1599-1641) cerca del año 1620, Jesús es vestido y coronado con espinas –con un dejo de burla– como el rey de los judíos. El cuadro que recrea los crudos acontecimientos que componen la Pasión de Jesús durante el Viernes Santo se encuentra en el Museo del Prado, en Madrid, desde 1839 y, a lo largo de su historia, estuvo en posesión de Rubens y Felipe IV.

Anthony van Dyck, La coronación de espinas, 1620

4. Cristo abrazando a la cruz, de El Greco

Esta fue una de las escenas ampliamente desarrolladas por los artistas de la sociedad toledana de la Contrarreforma, que la liturgia cristiana revive en el Vía Crucis (Mt 27, 31-33; Mc 15, 20-22,; Lc 23, 26-32; Jn 19, 16-18​). Doménikos Theotokópoulos (1541-1614), conocido por su apodo de El Greco, representa en esta obra del año 1580 a Jesús cargando la cruz con ojos lagrimosos, pero con serenidad, en su camino por el Calvario del Viernes Santo. El pintor cretense muestra una figura alargada de Jesús, donde los pliegues de su túnica están modelados con luz y color al estilo de la escuela veneciana. Cristo abrazando a la Cruz está actualmente en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (MOMA).

El Greco, Cristo abrazando la cruz, 1580

5. Cristo crucificado, de Diego de Velázquez (1632).

También custodiada por el Museo del Prado, en Madrid, esta pintura al óleo sobre lienzo del pintor español Diego de Velázquez (1599-1660) –considerado uno de los máximos exponentes del barroco español– entrega otra de las escenas cruciales de Semana Santa y punto cúlmine de la economía de la salvación: la Crucifixión. En Cristo crucificado (conocido también como Cristo de San Plácido, dado que en su origen estuvo situado el Convento de San Plácido de Madrid), obra realizada en el año 1632, su autor muestra a Jesús en un desnudo frontal sin más apoyo narrativo que su misma figura, captando con maestría la belleza y la expresión serena de Jesús crucificado. La atmósfera de la obra se ve realzada por la unión de la humana corporalidad del Mesías y su divinidad. Cabe recordar que, durante la Semana Santa, se leen los cuatro relatos de la Pasión ofrecidos por los Evangelistas: se comienza el Domingo de Ramos (II Domingo de Pasión) con la Pasión según San Mateo, se sigue el Martes Santo con la Pasión según San Marcos, se continúa el Miércoles Santo con la Pasión según San Lucas, y se concluye con el mediante la lectura de la Pasión según San Juan. 

Diego de Velásquez, Cristo crucificado, 1632

6. La piedad, de Miguel Ángel (1498-14998)

Esta magnífica obra escultórica representa el momento en el que una bella y piadosa Virgen María sostiene a Cristo, su Divino Hijo, ya muerto. Miguel Ángel Buonarotti (1475-1564) comenzó a trabajar en ella cuando tenía 24 años, escogiendo personalmente el bloque de mármol más apropiado para la obra, en las canteras de los Alpes Apuanos de la Toscana italiana. La Piedad del Vaticano, o simplemente Pietà, es un grupo escultórico realizado en mármol entre los años 1498 y 1499, y fue encargada al artista italiano por el cardenal de Saint Denis, Jean Bilhères de Lagraulas o de Villiers, embajador de la Corona francesa ante la Santa Sede, al que el artista conoció en Roma. En esta obra escultórica que representa una de las escenas del Viernes Santo y que hoy se encuentra en la primera capilla de la derecha de la Basílica de San Pedro del Vaticano, puede leerse "Miguel Ángel Buonarroti, florentino, lo hizo".

Miguel Ángel Buonarotti, La Piedad, 1498-1499

7. La resurrección de Cristo, de Rafael Sanzio

La resurrección de Cristo, del maestro renacentista Rafael Sanzio (1483-1520), es posiblemente una de las primeras obras de este artista florentino. Realizada entre los años 1499 y 1502 y en un pequeño formato de 52 cm. x 44 cm., la obra representa uno de los acontecimientos más importantes de la doctrina cristina y su teología: la resurrección de Jesús, que se conmemora en la Vigilia Pascual y el Domingo de Gloria. Según los textos del Nuevo Testamento, Jesús fue crucificado, muerto y puesto en un sepulcro excavado en piedra, resucitando al tercer día. El cuadro, donde Cristo resucitado sostiene un estandarte y se eleva por sobre cuatro soldados, se convirtió en una de las escenas pictóricas más representadas en el Renacimiento.

Rafael Sanzio, La resurrección de Cristo, 1499-1502

domingo, 3 de abril de 2022

“¿Tentación de volver atrás?” La respuesta de Chesterton

Les ofrecemos la traducción de un artículo de Cristiana de Magistris aparecido en Corrispondenza Romana sobre el sentido que G. K. Chesterton (1874-1936) asignada, ya desde antes de convertirse al catolicismo, a la tradición. 

***

“¿Tentación de volver atrás?” La respuesta de Chesterton

 Cristiana de Magistris 

Cuando en 1921, durante su viaje a los Estados Unidos, Chesterton fue invitado por el cardenal Gibbons a su casa, experimentó la sensación de estar en contacto con “el último eslabón de una cadena viva” que comenzaba con Pedro, el pescador. Tuvo así, aunque sin saberlo, la experiencia de la Tradición de la Iglesia, esa tradición, que después de su ingreso oficial a la Iglesia católica, consideró siempre como el baluarte del catolicismo frente al devenir del mundo.

Pero la idea de tradición es mucho más antigua en el pensamiento de Chesterton. La autoridad que el pasado tiene sobre el presente, que los muertos tienen sobre los vivos, vuelve como una constante melodía en sus escritos e incluso en sus novelas. Es con la razón, antes que con la fe, que descubrió Chesterton el valor de la tradición, aunque sin comprenderla todavía en el sentido eclesial del término. “El verdadero soldado combate no porque odia lo que tiene al frente, sino porque ama lo que tiene detrás”, había escrito en 1911. El hombre no puede prescindir de lo que lo ha precedido. En Lo que está mal en el mundo afirmaba: “Por alguna extraña razón, el hombre planta siempre sus árboles frutales en un cementerio. Sólo puede encontrar la vida entre los muertos. El hombre […] puede crear un futuro exuberante y ciclópeo solamente en la medida en que piensa en el pasado”.

Chesterton leyendo
(Foto: Loff.it)

Es, sin embargo, en Ortodoxia, su obra maestra escrita en 1908, donde Chesterton da una definición exacta de lo que considera “tradición”. Es la definición típica del genio de la paradoja, que no escatima su agudo humor en la descripción de la demarcación que separa, al mismo tiempo que une, a los vivos con los muertos: “La tradición -escribe- puede ser definida como una extensión de los derechos políticos. Tradición significa reconocer el derecho a voto a la más oscura de todas las clases, la de nuestros antepasados. Es la democracia de los muertos. La tradición rehúsa someterse a la pequeña y arrogante oligarquía de quienes, sólo por casualidad, andan todavía por la tierra. Todos los demócratas niegan que el hombre quede excluido de los derechos humanos generales por los accidentes del nacimiento; y bien: la tradición niega que el hombre quede excluido de semejantes derechos por el accidente de la muerte. Nos enseña la democracia a no desdeñar la opinión de un hombre honrado, así sea nuestro caballerizo; y la democracia debe también exigirnos que no desdeñemos la opinión de un hombre honrado, cuando ese hombre sea nuestro padre. Me es de todo punto imposible separar estas dos ideas: democracia, tradición. Me parece evidente que son una sola y misma idea. Tendremos a los muertos en nuestras asambleas. Los antiguos griegos votaban con piedras, y aquí se votará con piedras tumbales, lo cual es enteramente regular y oficial, puesto que la mayor parte de ellas estará marcada con una cruz, igual que las papeletas del voto”.   

Cuando escribía estas palabras, Chesterton no era todavía oficialmente católico, pero advertía con claridad cómo empezaba a mostrarse en su espíritu la tradición de la Iglesia. En Ortodoxia escribe también lo siguiente: “La Iglesia católica jamás eligió los senderos trillados, ni aceptó los lugares comunes: jamás fue respetable. Habría sido fácil aceptar el poder terrenal de los arrianos; habría sido fácil, en el calvinista siglo XVII, caer en el pozo sin fondo de la predestinación. Es fácil ser locos; es fácil ser herejes; es siempre fácil permitir que una época se ponga a la cabeza de cualquier cosa, y difícil conservar la cabeza; siempre es fácil ser modernistas, tal como es fácil ser snobs. Habría sido sencillo caer en alguna de las muchas trampas del error o del exceso que se han abierto, por diversas modas, por diversas sectas, a lo largo del camino histórico del Cristianismo. Es siempre fácil caer: hay una infinidad de lugares por donde uno puede caer, y hay sólo uno en que uno se puede apoyar. […] Pero haberlos evitado todos es la aventura que perturba; y en mi visión, el carro celeste vuela fulgurante a través de los siglos, mientras las necias herejías se revuelcan postradas, y la augusta verdad oscila, pero permanece en pie”.

El “carro celeste” es la Iglesia católica: ella es el único lugar en que uno se apoya para no caer. Chesterton admira la ortodoxia de la Iglesia, con la que ha evitado todas las múltiples desviaciones que han atravesado los siglos. En la novela La esfera y la cruz escribe: “El cristianismo no está nunca de moda porque es sano, y todas las modas son enfermedades […] La Iglesia parece estar siempre en la retaguardia del tiempo, aunque está en la vanguardia: ella espera que la última hoja haya contemplado el último atardecer. Ella tiene la clave de un vigor permanente”. Y explica la razón de ello: “La Iglesia -escribe- no puede permitirse flaquear en ciertas cosas, ni siquiera un poco, si ha de continuar su grande y riesgoso experimento de equilibrio inestable. Si permite que una idea pierda poder, alguna otra se volverá demasiado poderosa. El pastor cristiano no ha de guiar una grey de ovejas, sino una manada de búfalos, y de tigres, de ideales terribles y de devoradoras doctrinas, todas suficientemente fuertes como para transformarse en una falsa religión y devastar el mundo. No olvidemos que la Iglesia se afirmó específicamente debido a sus peligrosas ideas; ha sido una domadora de leones”. 

Una vez que se hizo oficialmente católico, Chesterton amó profundamente a la Iglesia católica especialmente en aquello por lo que ella desagradaba al mundo: su santa intransigencia, su benévolo rigor, su misericordiosa intolerancia. Por eso la pluma del escritor inglés tuvo siempre palabras especialmente afiladas contra cualquier desviación progresista. El progreso, el que es digno de ese nombre -sostenía- “no debe ser un continuo parricidio”, sino un continuo redescubrimiento de lo que nuestros padres construyeron y defendieron a lo largo de los siglos. También en Ortodoxia mostraba la diferencia que existe entre la honesta y debida búsqueda de la verdad y una pseudo-verdad que deriva de un ciego e inconducente progresismo: “Los cristianos dogmáticos procuraban construir el reino de la santidad, y buscaban, por ello, definir el concepto preciso de santidad. Pero nuestros teóricos de la educación tratan de instituir una libertad religiosa sin tratar de aclarar qué es religión y qué es libertad. Si los antiguos sacerdotes imponían una opinión a la gente, se preocupaban, al menos, de hacerla previamente lúcida. Sólo las masas modernas […] se pueden permitir seguir una doctrina sin siquiera definirla. Por estos motivos, y por muchos otros, hemos llegado a creer en la necesidad de volver a los fundamentos”.

Y eso fue lo que hizo, con una rara coherencia de vida y una rigurosa honestidad intelectual. En Lo que está mal en el mundo, el “neo-hipócrita” es aquel que se opone al dogma y a la ortodoxia: “La mente humana conoce dos cosas, y sólo dos: el dogma y el prejuicio. El Medioevo fue una edad racional, una época de doctrina. Nuestra época es, a lo más, una época poética, una edad del prejuicio”.

Shaw y Chesterton vistos por el pintor e ilustrador Roberto Berdía en Caras y caretas (Buenos Aires, 27 de abril de 1929)
(Imagen: La mañana)

He aquí por qué Chesterton invitaba continuamente a estar vigilantes ante las sugestiones de la mentalidad moderna, como dice expresamente en su obra El hombre común: “El mayor problema de aquello que se autodefine como mentalidad moderna, es el estar sobre rieles, nuestro hábito de estar satisfechos con ir por los rieles debido a que nos han dicho que son vías de cambio”. Pero se trata de una insidia doble, contenida tanto en los rieles como en el pretexto de los cambios. Usando la imagen de los rieles, Chesterton escribe: “[…] si comenzáramos seriamente a pensar en la idea de salirnos de los rieles, descubriríamos que aquello que vale para los trenes vale también para la verdad. Descubriremos que es, efectivamente, más difícil salirse de los rieles cuando el tren va velozmente que cuando avanza con lentitud. Descubriremos que la rapidez es rigidez […] y al cabo nadie dará el salto hacia la verdadera libertad intelectual, así como tampoco nadie saltaría desde un tren en movimiento […] esto me parece ser la señal distintiva de lo que en la edad moderna llamamos pensamiento progresista. El hombre moderno, atrapado en un tren que corre a vertiginosa velocidad hacia una meta desconocida, no tiene el coraje de salirse de los rieles del pensamiento trillado: soñando en una ilusoria libertad, permanece en realidad esclavo del pensamiento dominante, que le propone, día tras día, ilusorias y cambiantes quimeras”.

La única verdadera defensa ante este mal que empapa a la modernidad está en la inmutable tradición de la Iglesia Católica, que por su origen divino -declara Chesterton- “no puede moverse con los tiempos”. Por lo demás, agrega el escritor inglés, “no tenemos necesidad, como dicen los periódicos, de una Iglesia que se mueva con el mundo. De lo que tenemos necesidad es de una Iglesia que mueva al mundo”.

La idea que Chesterton tiene de la tradición es cósmica y supratemporal: envuelve al universo y reúne a todas las almas -por cuanto inadvertida- en todo tiempo y en todo lugar. Nadie puede escapar a su luz y al encanto siempre antiguo y siempre nuevo que el propio pasado ejerce sobre todo hombre, porque la “tradición no significa que los vivos están muertos, sino que los muertos están vivos”.

La provocación de Chesterton en relación con la inmortal “traditio Ecclesiae” es tremendamente actual e interpela a la conciencia de todos los miembros de la Iglesia, incluso de aquellos que viven en Roma, después de que el Rin ha desembocado en el Tíber.  

sábado, 12 de febrero de 2022

El núcleo del integrismo

Uno de los más destacados liturgistas contemporáneos, el Dr. Peter Kwasniewski, en su libro Resurgimiento en medio de la crisis. Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia, cuya edición castellana fue financiada por nuestra Asociación, sostiene que el desorden -y aun parálisis- que afecta a la Iglesia actualmente sólo podrá superarse si se cura la amnesia católica respecto de tres puntos esenciales: el olvido de la liturgia tradicional, el olvido de la enseñanza de Santo Tomás de Aquino como maestro común, y el olvido de la enseñanza social de la Iglesia en su integridad (véase aquí y aquí). En relación con este último punto, es necesario hacer presente que, desde hace al menos 300 años, la Iglesia ha venido declarando cuál es su pensamiento sobre las realidades temporales, que el predominio de la mentalidad liberal en los últimos 50 ó 60 años de la vida eclesiástica ha oscurecido en su parte medular. El siguiente texto apunta a la importancia que tiene ese pensamiento de la Iglesia considerado en su totalidad, sin exclusiones temáticas ni atenuaciones doctrinarias, y procura poner de vuelta, en el primer plano, las graves cuestiones que componen ese cuerpo de doctrina.

Su autor es el diácono James H. Toner, profesor emérito de liderazco y ética en Academia de la Fuerza Aérea de EE.UU. Oficial reiterado y doctor, es autor de Morals Under the Gun y otros libros. Ha enseñado en diversos centros de EE.UU., como Notre Dame, Norwich, Auburn y el Colegio y Seminario de los Santos Apóstoles. Actualmente sirve su ministerio en la Diócesis de Charlotte.

El artículo original fue publicado en Crisis Magazine y ha sido traducido por la Redacción. 

***

El núcleo del integrismo

 James H. Toner 

Pareciera que el integrismo es el tema de moda entre los intelectuales católicos de hoy. Ahmari, Bouyer, Coulombe, Deneen, Douthat, Dreher, Feser, Fimister y Crean, French, George, Hahn y McGinley, Hanby, Kwasniewski, Maritain, Miller, Murray, Pappin, Pink, Rawls, Reilly, Reno, Schindler, Spadaro, Stannus, Tollefsen, Trabbic, Vermeule, Voegelin, Waldstein, Weigel, Wiker: lo anterior es solo una enumeración parcial de los análisis, en su mayor parte contemporáneos, que disectan el fenómeno del integrismo.

La definición que de él da el P. Waldstein es la siguiente: “El integrismo católico es una tradición de pensamiento que, rechazando la separación que hace el liberalismo de la política, por una parte, y la preocupación por la finalidad de la vida humana, por otra, sostiene que el gobierno político debe ordenar al hombre hacia su último fin. Sin embargo, dado que el hombre tiene tanto un fin temporal como un fin eterno, el integrismo sostiene que hay dos potestades que lo gobiernan: una potestad temporal y una espiritual. Y puesto que el fin temporal del hombre se subordina a su fin eterno, la potestad temporal debe subordinarse a la potestad espiritual”.

El integrismo, pues, procura integrar lo secular en lo sagrado, modificándolo y metamorfoseándolo en algo que, si bien no está totalmente subordinado a la ortodoxia y la ortopraxis católicas, contribuye a ellas.

Rafael, La coronación de Carlomagno, 1516-1517, Museos Vaticanos
(Imagen: artículo original)

Esta concepción ha dado lugar a una tempestuosa controversia en los círculos intelectuales católicos. El integrismo tiene hábiles y entusiastas defensores, así como también estridentes detractores. El consiguiente debate se encarniza sobre el integrismo y sus corolarios, tales como: ¿nos hace el integrismo regresar a las apetecidas raíces católicas clásicas y sus recursos? ¿es un subproducto de mentalidades fascistas, absolutamente opuestas a la “libertad religiosa”? Y, en todo caso, ¿cuál es la actitud auténticamente católica ante dicha libertad? ¿Fue el documento Dignitatis Humanae, del Concilio Vaticano II, una floración del pensamiento social católico o una cobarde capitulación ante el decadente modernismo? ¿Es el liberalismo un pecado (como fue sugerido por el P.Félix Sardá y Salvany)? ¿Es el integrismo una velada fuerza reaccionaria sostenedora de ideas y prácticas sociales periclitadas? ¿Debiera alentarse el instinto integrista que se encamina a un Estado católico plenario, omnicomprensivo, o es suficiente el “modelo pluralista estadounidense”? Estas son sólo algunas de las preguntas que se arremolinan en torno a las controversias levantadas por el integrismo.

En efecto, hay mucho de encomiable en el centro del integrismo -su promisoria teoría-; pero, en su circunferencia -en sus decisiones prácticas y en sus detalles- requiere una prudente supervigilancia. Es necesario combinar, ética y eficientemente, fuerza y derecho, Saúl y Samuel, poder y probidad, cosas que, durante siglos, han abrumado al ingenio y a la sabiduría de Atenas, o de Jerusalén (véase, por ejemplo, la “alegoría de los árboles” en Jue 9, 7-15), o de Roma y de todos sus sucesores. Nadie -ni políticos, ni sacerdotes, ni obispos, ni siquiera Frodo Baggins- es inmune a la libido dominandi, el deseo de poder. Y el necesario papel moral de la Iglesia en lo relativo a la supervisión del ámbito cívico no debe implicar un papel eclesiástico práctico en el cumplimiento de los deberes corrientes del estado (para una analogía arbórea, véase este artículo).

Aquí no vamos a resolver estas cuestiones esotéricas y laberínticas. Mi propósito, más bien, es tocar un tema sobre el cual demasiado pocos han reflexionado: ¿”Y qué importancia tiene todo esto”? ¿Se preocupa acaso el mítico fiel corriente del integrismo y sus temas vinculados? Hace poco, Anthony Esolen se lamentaba del triste estado del conocimiento en las “elites”, pero ¿quién es, al cabo, este agustiniano individuo?

La realidad, con todo, es todavía más grave. En la Misa, el que lee (no diré “lector”) anuncia “Lectura tomada de la Carta de San Pablo a los Filipinos”. Como diácono, he procurado dar a los lectores algunas pistas de cómo pronunciar los nombres en Hch 2, 5-12, pero, a menudo, sin éxito. ¿Y qué se puede hacer cuando el sacerdote piensa que el libro bíblico “Hebreos” está en el Antiguo Testamento, quizá entre Isaías y Jeremías? Nosotros sabemos que está en el Nuevo Testamento, justo después de la Epístola a los Filipinos... Esto, claro, es una prueba anecdótica, aunque demasiado rápida y lamentablemente multiplicada, de una amplia ignorancia de la catequesis y sus fuentes y de apatía frente a ella.

Dado el estado del aprendizaje hoy, tanto dentro como fuera de la Iglesia, ¿cómo se puede analizar las facetas del integrismo? Una vez pronuncié una homilía, en una capilla militar, basándome en el pasaje de Hch 5, 29 -debemos obedecer a Dios antes que a los hombres (lo que es la esencia, dicho sea de paso, del integrismo)-. Después de la Misa se me acercó alguien, indignado por mi supuesta falta de patriotismo. Yo lo conocía: se trataba de un hombre “educado”, de cerca de cuarenta años, católico practicante que asistía normalmente, y absolutamente ignorante de nuestra primordial responsabilidad de seguir al Señor antes que a los políticos. 

¿De qué tema de la filosofía integrista podía yo hablarle? (En todo caso, este problema es incluso peor -¡imagínese!- cuando se trata de discutir temas de bioética). Si tomamos el texto “Venid y entendámonos” (Is 1, 18), “entenderse” es prácticamente imposible cuando no existe ningún fundamento sobre el cual levantar el edificio del pensamiento lógico. Ya el profeta Oseas nos prevenía: “Perece mi pueblo por falta de conocimiento” (4, 6).

Así como hay importantes diferencias entre la “escuela del Derecho natural” y la “nueva escuela del Derecho natural”, existen también diferencias críticas entre quienes están a favor del integrismo y quienes lo ven con malos ojos. Los católicos corrientes no saben de estos abstrusos debates ni les importan. Pero los católicos corrientes pueden -y creo que deben- compartir una lapidaria serie de verdades, de cuyo despliegue pleno y erudito no necesitan, francamente, preocuparse (cfr. Ecl 3, 21; Hch 26, 4).

Cristo Rey
(Imagen: Pinterest)

He aquí diez elementos que hay que considerar para comprender la política desde el punto de vista católico.

1. Dios existe.

2. Pecamos (CCE 1739).

3. Necesitamos un Dios-Salvador, no un príncipe-salvador (cfr. Job 19, 25).

4. Vivimos en el presente buscando asiduamente la gracia de Dios, para vivir después con Él.

5. Nuestra vida actual significa que estamos inevitablemente involucrados en asuntos políticos, ya que la sociedad civil, en el mejor de los casos, tolera, y en el peor de ellos, infunde terror a los devotos de Cristo y de su Iglesia (Ef 2, 2; St 4, 4).

6. Las soluciones plenas y finales sólo advendrán con la Parusía, cuando Nuestra Señora sea Reina de los Cielos y la Tierra (quinto misterio glorioso). No se espere el paraíso de ningún partido político: “Quantula sapientia regitur mundus”, como dijo alguna vez Axel Oxenstierna.

7. Oramos y trabajamos para que la voluntad de Dios se haga en el Cielo y en la Tierra (Padre Nuestro), y procuramos cotidianamente iluminar nuestras terrenales vidas personales y políticas con la luz de la ley moral natural (véase, por ejemplo, CCE 1955, 2044, 2244).

8. Debemos tratar de “infundir el espíritu cristiano en la mentalidad y las costumbres, en las leyes y en las estructuras de las comunidades en que vivimos” (Apostolicam Actuositatem 13; cf. 31b, CCE 2105).

9. El Señor concede el poder a César (Sb 6, 1-11; Mt 22, 21; Rm 13, 1-5) -la “Ciudad del Hombre”- y cumplimos a conciencia nuestros deberes sociales a menos que contravengan “las exigencias del orden moral”; violen “los derechos fundamentales de las personas”, u obstaculicen “las enseñanzas del Evangelio” (CCE 2242).

10. Cristo es Rey (cfr. Jn 19, 15 [¡profunda advertencia contra la tiranía!], y sólo a Él debemos inviolable fidelidad (Mt 6, 33). A todos los demás gobiernos, organizaciones, o proyectos, sólo debemos fidelidad circunstancial, condicional, contextual y contingente.

Para ser un buen chofer no hace falta conocer las complicaciones de la ingeniería del automóvil; sí hay que conocer y cumplir las normas básicas de la carretera. De igual modo, no hace falta conocer todos los problemas y posibilidades de un integrismo, a veces sinuoso, para ser un ciudadano católico responsable; pero sí hay que comprender y obedecer las normas básicas de la ley moral natural (sobre las cuales y para las cuales el integrismo, evidentemente, existe).

Aquí, pues, está el corazón de la auténtica educación, que nos lleva a la Luz de Cristo, gracias a la cual somos capaces de discernir el orden y la finalidad de la vida (véase el excelente ensayo breve de Russell Kirk). Los fieles podemos -y debemos- “razonar conjuntamente”, porque gracias a las dos alas de la fe y de la razón “el espíritu humano se alza a la contemplación de la verdad”, y llega al conocimiento de quiénes somos, a qué estamos destinados y cómo encontrar el camino a casa (cf. Juan Pablo II, Fides et ratio). La Epístola a los Hebreos nos da un sabio consejo espiritual y político: “este mundo no es nuestro hogar permanente; esperamos un hogar que ha de venir” (13, 14). Tal es el núcleo del integrismo.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Conferencia del Prof. Augusto Merino Medina acerca del rito y el culto en la sociedad actual

El próximo jueves 23 de septiembre, a las 19.00 horas, a través de la plataforma Meets de Google, y gracias a la gentil acogida de la Universidad Gabriela Mistral, el Prof. Augusto Merino Medina, asiduo colaborador de esta bitácora, impartirá una conferencia intitulada "Racionalismo y cultura en el crepúsculo de la modernidad. Reflexiones en torno al rito y al culto en la sociedad actual". 

Se trata de una excelente oportunidad para profundizar en un aspecto de enorme importancia para entender la dimensión cultural que tienen los ritos y el culto, algo sobre lo que ha insistido también el filósofo Byung-Chul Han en su reciente libro La desaparición de los rituales: Una topología del presente (2019). 

domingo, 12 de septiembre de 2021

FIUV 32: La forma extraordinaria y el Islam

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el Misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 32 y que versa sobre la forma extraordinaria y el Islam, cuyo original en inglés se puede consultar aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de diciembre de 2017. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del resumen (Abstract) que lo precede. 


***

La forma extraordinaria y el Islam

Resumen

Para los católicos, tanto en Occidente como en los países de tradición islámica, el contacto con el Islam es una realidad práctica. El liberalismo secular y el protestantismo evangélico critican el Islam, en parte, por lo que tiene en común con el catolicismo. Como observaba Benedicto XVI, “una razón sorda a lo divino, que relega la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de emprender un diálogo con las culturas”. En términos de cultura religiosa, el uso de una lengua sagrada, de ritos y de canto, y el específico atractivo estético que ejerce sobre los seres humanos, proporciona a la antigua tradición litúrgica latina, con la espiritualidad que le está asociada, un área de fundamentos comunes con el Islam, semejante al que ha tenido con las antiguas iglesias de Oriente. 

Los comentarios a este texto pueden enviarse a positio@fiuv.

Un sacerdote reza en una iglesia destruida en la ciudad de Bartella, Irak
(Foto: MacLean's)

Texto 

1. El tema de este documento es el de la relación de los católicos con el Islam: relación intelectual, cultural y personal. Ella es hoy, para muchos católicos en Occidente, así como también en África y en el mundo islámico, una realidad práctica inevitable, que puede ser positiva en la medida en que fomenta la comprensión mutua e, incluso, el intercambio de ideas que llega hasta la evangelización y la incluye, es decir, la proclamación del Evangelio, que es la misión de la Iglesia[1]. Pero, como dice la Declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II, este proceso debe estar fundado sobe todo en una auténtica estima (aestimatio) por los musulmanes y un reconocimiento de los elementos de verdad que hay en el Islam[2].

2. Este documento propone ciertas vías por las que la liturgia tradicional de la Iglesia, con la espiritualidad y disciplina que le están asociadas, puede ayudar a los católicos a emprender este relacionamiento.

3. El Islam, que en una multitud de formas está experimentando un período de renacimiento y expansión, está sujeto también a cuestionamientos y críticas desde dos perspectivas: el liberalismo secular y el protestantismo evangélico. Este último presenta al Islam una enérgica competencia por los mismos grupos demográficos en algunas partes del mundo, especialmente en el caso de la juventud negra en los Estados Unidos y en Europa. Los protestantes evangélicos, por su parte, han emprendido también actividades misioneras en la mayor parte de los países islámicos[3]. Las relaciones de los católicos con el Islam tienen que hacerse cargo de los consiguientes conflictos.

El Islam y el liberalismo secular 

4. El desafío más persistente y agresivo al Islam en Occidente y también en el mundo islámico se ha presentado, en las últimas décadas, revestido de los ropajes de una ideología liberal secular. El debate sobre las escuelas y los atuendos musulmanes, que se ha hecho últimamente muy visible en Europa, está teniendo lugar en el contexto de una campaña, emprendida en nombre del liberalismo secular en todo el mundo -incluso recurriendo a la intermediación de las Naciones Unidas-, contra el papel tradicional de los sexos, contra las restricciones legales y culturales de la sexualidad, y contra el papel de la religión en la vida pública.

5. La causa común que frecuentemente ha hecho la Santa Sede, en los debates en las Naciones Unidas, con los países musulmanes, ilustra el terreno común que existe entre el Islam y la Iglesia en estas áreas. Sin embargo, la exacta naturaleza de este terreno común es complicada: la visión islámica del papel de los sexos, por ejemplo, o el papel de la religión en la vida pública, es claramente diferente de la postura católica. Con todo, la importancia del pensamiento católico sobre la complementariedad de los sexos[4], o sobre la misión de la Iglesia de “penetrar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu del Evangelio”[5], o sobre la defensa que hace la Iglesia de esa ley moral natural que es patrimonio común de la humanidad, da a los católicos una base para un análisis conjunto con los musulmanes que no existe en el caso de los liberales seculares. Por cierto, es sólo mediante la discusión que puede tener lugar cualquier reforma o corrección necesaria.

6. Como ha dicho Benedicto XVI refiriéndose al Islam, “una razón sorda a lo divino, que relega la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de emprender un diálogo con las culturas”[6].

Del mismo modo, un cristianismo demasiado identificado con las actitudes liberales seculares no colabora con este diálogo. Como ha escrito el investigador Samir Khalil Samir, s.j.: “Los musulmanes saben que la modernidad proviene del Occidente: ello es un hecho. Pero ven también que el Occidente ha perdido su ética, especialmente en cuestiones sexuales. Y se espantan con lo que ven u oyen… Y dicen entonces: De acuerdo. Occidente es cristiano, y el cristianismo permite todo esto, por lo que el cristianismo no es la religión verdadera, sino que es una religión falsa. Y nosotros buscamos lo verdadero, apegándonos al Corán y a la tradición”[7].

(Foto: El Mundo)

7. Aquellos aspectos de la enseñanza católica que contrastan con el liberalismo secular están, de algún modo, expresados de un modo más nítido en la antigua liturgia de la Iglesia. Esto resulta más evidente en el caso de la complementariedad de los sexos, conectada fundamentalmente con temas de moral sexual y con la transformación del espacio público por parte de los valores religiosos. La doctrina de la complementariedad está bellamente ilustrada por la focalización de la bendición nupcial, en la forma extraordinaria, en la figura de la novia, como corazón o cuerpo de la familia, de la cual el novio es cabeza[8], y, de un modo diferente, por la exclusividad del servicio del altar por hombres y niños[9]. Del mismo modo, la costumbre de cubrirse las mujeres la cabeza, común en la forma extraordinaria, tiene un evidente eco en la adopción, por muchas mujeres musulmanas, del velo como señal de reserva, lo que se ha defendido en términos de la sacralidad de aquello que está velado[10].

8. De un modo algo diferente, en las oraciones y leccionario de la forma extraordinaria tienden a ser más visibles algunos temas como el pecado y el juicio, la penitencia y los falsos principios del “mundo”, y el tratamiento explícito de asuntos morales[11]. Asimismo, el valor que se reconoce a la vida de familia, concebida al modo tradicional, y a la apertura a la vida que se muestra en las familias numerosas, resulta particularmente evidente entre los fieles que adhieren a la forma extraordinaria.

9. En este sentido, son interesantes los comentarios de la musulmana británica Nadiya Hussain, que se hizo famosa como ganadora de una competencia de cocina en televisión, sobre que, en la sociedad británica secular, pesa un “estigma” sobre el papel de las dueñas de casa, papel que ella misma consideró que representaba en aquella competencia[12].

El Islam y el protestantismo evangélico

10. El Islam tiene ciertas obvias afinidades con el protestantismo “Low Church”, en cuanto que no es una religión encarnacional o sacramental, en que rechaza el uso de imágenes y en que afirma la importancia de un Libro Sagrado. Las comunidades negras en los Estados Unidos y en otras partes, vinculadas muy a menudo con el protestantismo, han demostrado ser un fértil terreno para las conversiones al Islam, que es visto, especialmente por los hombres jóvenes de esas comunidades, como una religión militante y masculina. Como respuesta a ello, los apologetas protestantes hacen resaltar aquellos aspectos del Islam que no concuerdan con los principios clásicos de la “Low Church”, entre los que se incluye la práctica de la peregrinación (Hajj) a la Meca[13] y el beso a la “piedra negra”; la práctica del ayuno; la importancia de los ritos[14]; la práctica del canto estereotipado de los textos sagrados; el rezo formal y el uso de una lengua sagrada[15].

11. En este terreno, resulta claramente valioso poder enfatizar la actitud católica, mucho más positiva, en estos puntos, cosa que se destaca mucho en las antiguas Iglesias cristianas existentes en la mayoría de los países islámicos. Lamentablemente, las restricciones sociales y legales a la conversión desde el Islam al cristianismo en muchos países islámicos son de tal naturaleza que, por lo general, es imposible para esas antiguas Iglesias aceptar conversos del Islam[16].

La Kaaba, situada al interior de la mezquita Masyid al-Haram de La Meca (Arabia Saudita), donde se encuentra la "piedra negra", que los musulmanes considera proviene del Paraíso
(Foto: ABC)

12. En Occidente, la forma extraordinaria y la tradición de espiritualidad y disciplina que le está asociada es útil para expandir el terreno común necesario para un diálogo fecundo, ya que, como en el caso de las Iglesias orientales, afirma el uso de una lengua sagrada en el culto, el uso de ritos y cantos, la importancia del ayuno y las peregrinaciones y, como se ha dicho ya, la complementariedad de los sexos y el uso de cubrirse la cabeza las mujeres[17].

13. La espiritualidad de la forma extraordinaria, además, pone de relieve una forma de misticismo popular, cuyo anhelo se expresa, en el Islam, en la tradición sufí[18].

14.  Recurrir a los varones, específicamente, es también un punto que la forma extraordinaria y las Iglesias orientales comparten con el Islam. Como se ha dicho en otro Position Paper[19], esto surge de la importancia que se da a lo trascendente, lo reverente, lo digno y lo ritual en el culto, en contraste con la importancia de la espontaneidad, de la emocionalidad y otros factores similares.

Conclusión

15. Sería lamentable que los católicos presentaran la Iglesia a los musulmanes como carente de aquellas afinidades que tanto el protestantismo como las Iglesias orientales tienen con el Islam: si ello tuviera lugar, pareceríamos los católicos tener con los musulmanes muy pocos puntos de contacto en materias de cultura y práctica religiosa.

16. El atractivo que el cristianismo tiene para los musulmanes es muy real. Las positivas referencias a Jesús (Isa al-Masih) y al Evangelio (Injil) en el Corán[20], aunque misteriosas y en parte erróneas, ayudan a avivar, mucho más que en el pasado, la curiosidad de los musulmanes contemporáneos que pueden leer traducciones de importantes textos propios y del Evangelio y que pueden seguir literalmente el consejo de Mahoma sobre un punto muy discutido: “Interrogad a los seguidores de las Escrituras si no sabéis algo”[21].

17. No sólo un gran número de musulmanes ha pedido, en años recientes, ingresar a la Iglesia en África[22], en Alemania[23] y otras partes, sino que los esfuerzos protestantes de evangelización en los países islámicos no han dejado de ser exitosos, creando así el fenómeno de cristianos ocultos que no profesan abiertamente su fe[24]. Las actividades de los extremistas musulmanes pueden también mover a los musulmanes a repensar su fidelidad al Islam, especialmente a aquéllos que adhieren sólo formalmente a un Islam como forma de religiosidad popular[25]. “La “Gran Conversión” en Indonesia, luego de la purga anticomunista de 1965, es un vívido precedente de ello[26].

18. Las historias de conversión de musulmanes incluyen, a menudo, grandes sacrificios y sufrimientos por parte de ellos, y muestran el activo papel de la Providencia. Luego de ser torturado, encarcelado y exiliado, el musulmán iraquí converso, Joseph Fadelle, escribió lo siguiente luego de su primera experiencia de canto llano en latín: “Me sentí atrapado por los sonidos, mucho más sutiles y musicales que en árabe. Aunque no entendía las palabras, me sentí inmediatamente atraído por esa lengua. A medida que escuchaba aquella música lenta, profunda, descubrí también, una vez más, la atmósfera de oración que había experimentado en algunas iglesias del Medio Oriente. Esta música me conmovió profundamente, me sumergió en una paz que no me habría imaginado apenas unos días antes”[27].

Ilustración del siglo XV de una copia de un manuscrito de Al-Biruni que representa a Mahoma predicando El Corán en La Meca
(Imagen: Wikipedia)



[1] Código de Derecho Canónico (1983), canon 211: “Todos los fieles cristianos tienen el deber y el derecho de trabajar para que el divino mensaje de salvación llegue cada vez más a todos los pueblos en todas las épocas y regiones” (“Omnes christifideles officium habent et ius allaborandi ut divinum salutis nuntium ad universos homines omnium temporum ac totius orbis magis magisque perveniat”). Cfr. Canon 255, § 1: “Puesto que, como todos los fieles cristianos, los laicos son designados por Dios para el apostolado mediante el bautismo y la confirmación, ellos están sujetos, sea como individuos o reunidos en asociaciones, a la obligación general y tienen derecho de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y aceptado por todos en todas partes del mundo. Esta obligación es más estricta en aquellas situaciones en que es sólo a través de ellos que los hombres pueden oír el mensaje divino y conocer a Cristo”  (“Laici, quippe qui uti omnes christifideles ad apostolatum a Deo per baptismum et confirmationem deputentur, generali obligatione tenentur et iure gaudent, sive singuli sive in consociationibus coniuncti, allaborandi ut divinum salutis nuntium ab universis hominibus ubique terrarum cognoscatur et accipiatur; quae obligatio eo vel magis urget iis in adiunctis, in quibus nonnisi per ipsos Evangelium audire et Christum cognoscere homines possunt”).

[3] Para una visión general, véase Garrison, D., A Wind in the House of Islam: How God is drawing Muslims around the world to faith in Jesus Christ (Monument CO, Wigtake, 2014).

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 2357 (cfr. núm. 2333).

[6] Benedicto XVI, Encuentro con el mundo de la cultura, Ratisbona, 12 de septiembre de 2006.

[7] Entrevista con Edward Pentin, 19 de noviembre de 2015, National Catholic Register.

[8] Annibale Bugnini escribe que la bendición nupcial reformada “ha sido convenientemente revisada y adaptada para ser aplicada a ambos esposos”, aunque no explica por qué. Véase Bugnini, A., The Reform of the Liturgy 1948-1975 (Collegeville, MN, The Liturgical Press, 1990), p. 704.

[10] Fatma El Guindi Veil, Modesty, Privacy and Resistance (Oxford, Berg, 1999), p. 95. Véase FIUV, Position Paper 22:Las mantillas para mujeres en la forma extraordinaria, núm. 9.

[11] Véase FIUV, Position Paper 15: El leccionario de la forma extraordinaria, Apéndice A. Las lecturas de la Misa Nupcial en la forma extraordinaria son un ejemplo del espíritu del antiguo leccionario: es difícil imaginarse en un casamiento en la forma ordinaria una Epístola que enseñe a las mujeres a someterse a sus maridos (Ef 5, 22-23) y un pasaje del Evangelio que enseñe que casarse nuevamente después del divorcio constituye adulterio (Mt 19, 3-6).

[12] Entrevista en Daily Mail, 27 de julio de 2016. 

[13] Los musulmanes chiitas y quienes experimentan la influencia sufí reconocen la peregrinación a muchos santuarios, tumbas de hombres santos; para los sunitas ortodoxos, la Hajj es el único destino de peregrinación.

[14] Por ejemplo, el rito de lavarse, que se exige a los musulmanes antes de la oración, y el rito mismo de oración.

[15] Para ejemplos de polémicas como éstas, véase el sitio de David Wood, Acts 17 Apologetics. 

[16] Joseph Fadelle, que vivió en Bagdad bajo el gobierno de Saddam Hussein y que, como musulmán, quiso ser bautizado por alguna de las iglesias establecidas en la ciudad, fue reiteradamente rechazado por ellas. El contacto que logró finalmente establecer con algunos cristianos los puso a todos en peligro de muerte (se bautizó al cabo en el Jordán, antes de huir a refugiarse en Francia).  Véase su The Price to Pay: A Muslim Risks All to Follow Christ (San Francisco, Ignatius Press, 2015), pp. 49-52 y 97. Cfr. Garrison, A Wind in the House of Islam, cit., p. 220. El potencial evangelizador de las antiguas Iglesias queda ejemplificado por el trabajo de Abouna Zakaria Botros, un sacerdote copto que, exiliado de Egipto en 1999 por predicar a los musulmanes, transmite ahora a Egipto desde el extranjero: véase Garrison, A Wind in the House of Islam, cit., pp. 212-213. Véase también la nota 25.

[18] La tradición sufí registra que el camino ascético al misticismo fue revelado a un sufí antiguo, Ibrahim ben Adnam, por un ermitaño cristiano, el Padre Simeón, en Siria. Véase  Arberry, A. J., Sufism: An Account of the Mystics of Islam (Londres, Allen & Unwin, 1950), p. 37.

[20] Por ejemplo, Corán, sura 5, 46. Curiosamente, “Isa” no se usa por los cristianos árabes, que llaman “Yasu” a Jesús.

[21] Corán sura 21, 7 (traducción de Pickthall). Cfr. Paolucci, G./Eid, C., 111 Questions on Islam: Samir Khalil Samir SJ on Islam and the West (San Francisco, Ignatius Press, 2008), p. 192, y Garrison, A Wind in the House of Islam, cit., pp. 247-248.

[22] Véase la noticia en National Catholic Register. 

[23] Véase la noticia en The Independent, edición del 9 de diciembre de 2015.

[24] Garrison, A Wind in the House of Islam, cit., p. 36 y passim.

[25] El Islam como forma de religiosidad popular [“Folk Islam”] es una mezcla con creencias y prácticas locales pre-islámicas, y se extendió mucho en Indonesia en la época de la “Gran Conversión”. Véase la nota 24.

[26] El asesinato de simpatizantes comunistas (junto con otros que quedaron atrapados en los acontecimientos, especialmente ciudadanos chinos) y la insistencia del Estado indonesio de que cada ciudadano se registrara como miembro de algunas de las religiones reconocidas, condujo a la entrada de 1.900.000 indonesios a las Iglesias protestantes, y de 900.000 a la Iglesia católica entre 1965 y 1971. En ningún caso se trató de ex musulmanes, pero muchos lo eran. Véase Garrison, A Wind in the House of Islam, cit., pp. 56-57. 

[27] Fadelle, The Price to Pay, cit., p. 219. Su primera experiencia de la Misa fue una celebración en arameo (p. 63): “A pesar de eso, sentí en la asamblea una increíble atmósfera espiritual que encendió mi corazón y me consoló en mi miseria”.