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jueves, 26 de agosto de 2021

Fiesta del Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 19, 25-27):

“En aquel tiempo, estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver, pues, Jesús a su Madre y al discípulo amado que estaba en pie, dice a su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu Madre”. Y desde aquella hora recibióla el discípulo en su casa”.

 ***

En la iconografía cristiana se pinta a menudo a la Madre de Jesús postrada a los pies de la cruz, o recostada en brazos de las otras mujeres, desfalleciente, agotada por el sufrimiento. Pero el Evangelio nos dice otra cosa: la Virgen “stabat iuxta crucem”, es decir, estaba de pie y erguida junto a la cruz, en la posición que adoptaban los soldados que hacían la “statio”, la guardia, diurna o nocturna, de la ciudad. Una posición firme, igual que la del discípulo amado.

Son muchas las consideraciones que esta información que nos da el Evangelio sugiere, en esta fiesta del Corazón Inmaculado de María. Porque el símbolo del Corazón de la Virgen se refiere a lo más íntimo, lo más secreto, de su ser, donde tiene su asiento el amor -tal es el simbolismo del corazón- de María.

En muchas ocasiones la Iglesia reúne ambos Sagrados Corazones, el de Jesús y el de María, y en las imágenes se rodea el Corazón de Jesús con una corona de espinas, y el de María, con una de rosas. Pero la verdad es que la fiesta de hoy nos remite a ese corazón inmaculado y doloroso, que a falta de corona de espinas fue traspasado por una espada, como se lo había predicho Simeón (Lc 2, 34-35),  sufriendo de esta otra forma el suplicio a que estaba sometido su Hijo.

Y ese suplicio la Virgen lo sobrelleva de pie, en posición firme. ¡Cuando uno podría, dejándose llevar por la sensibilidad normal, contemplar un corazón tierno y doliente, se encuentra, por el contrario, con el de una mujer que soporta de pie el intenso dolor a que está sometida!

No es que falten en la figura de la Virgen maravillosas notas de blandura femenina, de ternura, de calor maternal: nadie es más Madre que la que ha dado luz al Hijo; ella es la Madre por excelencia, y su regazo es, como el de toda mujer que vive la maternidad, el mejor hogar del hombre: su mismo cuerpo es el primer domicilio del ser humano, y el más seguro.

Pero esta Virgen Madre no es de alfeñique, sino que es la Virgen poderosa que recordamos en las letanías lauretanas, cuya boca resume el espíritu fuerte de todas las grandes mujeres de la historia de Israel: en el Magnificat, la Virgen habla con la fortaleza, e incluso el rigor, de quien reconoce la realidad y no se arredra ante ella. “Desplegó el poder de su brazo y dispersó a los soberbios; derribó de su trono a los poderosos, y exaltó a los humildes; colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos los despidió sin nada” (Lc 1, 46-55). 

Y, como Madre que es, la Virgen Santísima es la primera y más fiera defensora de sus hijos, que somos todos nosotros, representados, en aquella escena maravillosa, por San Juan. Ella es la gran guerrera que nos defiende, que vigila constantemente la casa común, la Iglesia, siempre asediada por el Enemigo, la mujer que no descansa procurando el bien de sus hijos, como aquella matrona admirable que describe la Escritura: “Ella busca lana y vino, y trabaja con la destreza de sus manos. Es como nave de mercader, que desde lejos trae su pan. Se levanta antes de que amanezca, para distribuir la comida a su casa, y la tarea a sus criadas. […] Se ciñe de fortaleza y arma de fuerza sus brazos. Ve gustosa sus ricas ganancias, y ni de noche apaga su lámpara. Aplica sus manos a la rueca y sus dedos manejan el huso. Abre su mano al pobre, y la alarga al mendigo. No teme su familia a causa de la nieve, pues todos los de su casa tienen vestidos forrados. Labra ella alfombras de fino lino, y púrpura es su vestido […] Fortaleza y gracia forman su traje, y está alegre ante el porvenir. Abre su boca con sabiduría, y la ley del amor gobierna su lengua. Vela sobre la conducta de su familia, y no come ociosa el pan. Alzanse sus hijos y la llaman bendita […] Muchas hijas obraron proezas, pero tú las superas a todas” (Prov 31, 13-29).

Por esto no extraña que la Iglesia, en la primera antífona del tercer nocturno de Maitines, cante: “Alégrate, María, tú sola has destruido todas las herejías en el orbe entero”. Y este pensamiento cobra en la Iglesia de hoy, asediada por herejes ya no en su alrededor sino desde adentro, una renovada vigencia, y nos llena de alegría y seguridad, si nos acogemos al manto protector de esta Madre Virgen cuyo Corazón celebramos.

Repitamos, pues, la antiquísima oración que la Iglesia le dirige: “Ora por el pueblo, intervén por el clero, intercede por el devoto sexo femenino; que experimenten tu auxilio todos cuantos celebran tu santa festividad” (responsorio del tercer nocturno de Maitines de hoy).

(Imagen: Cope)

jueves, 5 de diciembre de 2019

Cruzada de Reparación del Santo Rosario

Leopold Kupelwieser, Corazón de María (Peterskirche, Viena)

La Asociación Litúrgica Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce, invita a todos sus feligreses y bienhechores a participar en la Cruzada Reparadora del Santo Rosario que se celebrará en la ciudad de Santiago de Chile. Ella tiene por propósito vivir la devoción de los cinco primeros sábados de mes en honor del Inmaculado Corazón de María a partir de este mes de diciembre, según el siguiente calendario:


Sábado 7 de diciembre de 2019.

Sábado 4 de enero de 2020.

Sábado 1° de febrero de 2020.

Sábado 7 de marzo de 2020.

Sábado 4 de abril de 2020.


El lugar de celebración será la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, que ha acogido la Misa tradicional en nuestra ciudad desde el año 2010. Ella está situada en Bellavista 37, entre Pío Nono y Ernesto Pinto Lagarrigue, comuna de Recoleta (la estación Baquedano del Metro de Santiago L1 y L5 permanece cerrada), y cuenta con estacionamiento cercano. 

El programa para cada sábado es el siguiente: 11.00, confesiones; 11.30 horas, rezo del Santo Rosario; 12.00 horas, Santa Misa según la forma extraordinaria del rito romano; 13.15 horas, consagración a la Santísima Virgen. 

Cabe recordar que, si bien se puede considerar como una devoción poco conocida, la Santísima Virgen y luego también Jesús, pidieron a Sor Lucía realizar y difundir la devoción de los cinco primeros sábados de mes en honor del Inmaculado Corazón de María, la cual es especialmente necesaria en los momentos que vive el país, donde la revolución en marcha se ha ensañado con varios templos católicos. Sabido es que "estas crisis mundiales son crisis de santos" (Camino, núm. 301).

 Madona sobre luna creciente en hortus conclusus (anónima, circa 1450, Gemäldegalerie, Berlín)
(Imagen: Wikimedia Commons)

Aciprensa ofrece un resumen de todo lo que se debe saber para obtener las gracias asociadas a esta devoción.

¿Cómo practicar la devoción?

Los actos de piedad cada primer sábado de mes son: confesarse (de preferencia ese mismo día o unos días antes), comulgar, rezar el Rosario completo y hacerle compañía a María al menos quince minutos, meditando los misterios del Rosario.

¿Qué obtiene quien practique esta devoción?


La Virgen María promete a a quien practique esta devoción “asistirle en la hora de su muerte con las gracias necesarias para que pueda salvarse”, vale decir, le concede la posibilidad de no morir en pecado mortal. Esto significa que esta devoción no es un “pase gratuito” para librarse del infierno a los que mueran sin arrepentirse, y no sustituye la economía sacramental ordinaria.

¿Por qué en sábado?


Santo Tomás de Aquino decía que el sábado siguiente al Viernes Santo, la única que permaneció firme en su fe fue María, y por eso la Iglesia, para honrarla, le dedica desde el siglo IX ese día como memoria litúrgica (Santa María en sábado).

¿Por qué cinco sábados?


Muchos años después de recomendarla la comunión reparadora de los primeros cinco sábados de mes (13 de julio de 1917), Jesús se le apareció a sor Lucía en la noche del 29 al 30 de mayo de 1930 y le explicó que “hay cinco tipos de ofensas y blasfemias pronunciadas contra el Inmaculado Corazón de María”. La primera es en contra de su Inmaculada Concepción; la segunda, contra su virginidad perpetua; la tercera contra su maternidad divina, rehusando recibirla como Madre de la humanidad; la cuarta, aquella provocada por los que procuran infundir en los corazones de los niños, la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia la Madre Inmaculada; y finalmente, la de quienes la insultan directamente en sus sagradas imágenes. Esto explica que, como reparación, se ofrezcan ciertos actos de piedad, incluida la comunión, durante cinco primeros sábados seguidos en reparación de esas ofensas.

martes, 13 de agosto de 2019

Aviso importante: Missa cantata en la fiesta de la Asunción

Por ser día de precepto, se invita cordialmente a todos los fieles a la Santa Misa cantada que se celebrará con ocasión de la Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, el próximo jueves 15 de agosto a las 12:30 hrs. en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, Av. Bellavista 37 (entre Pío Nono y Pinto Lagarrigue, Metro L1 y L5 Baquedano). Como es habitual, la Santa Misa será acompañada por la schola cantorum de la Asociación. ´

Les agradecemos desde ya a nuestros lectores la máxima difusión de esta noticia entre sus familiares y amigos, así como su propia participación. 

Annibale Carracci, Asunción de la Virgen (Capilla Cerasi, Santa Maria del Popolo, Roma)
(Imagen: Wikimedia Commons)

martes, 26 de febrero de 2019

¿Por qué las mujeres no pueden tomar parte en las funciones propiamente sacerdotales de la Santa Misa?

Les ofrecemos hoy la sexta respuesta preparada por un colaborador de esta bitácora en torno a algunas objeciones habituales formuladas a la Misa de siempre y referida a por qué las mujeres no pueden tomar parte en las funciones propiamente sacerdotales de la Santa Misa (véase aquí el listado de preguntas). 

***

Desde los inicios mismos de la Iglesia, el sacerdocio ha sido conferido, como encargo y función, exclusivamente a los varones. Y esta tradición ininterrumpida, vigente tanto en las Iglesias ortodoxas de oriente como en la Iglesia latina de occidente, ha sido siempre defendida como algo esencial, hasta el punto de que el sacerdocio femenino fue descartado por la enseñanza de Juan Pablo II en tales términos que se estima que su pronunciamiento al respecto tiene tanto el carácter de definitivo como de infalible

Esta tradición jamás ha significado un menosprecio, en absolutamente ningún sentido, de la mujer en la Iglesia. Para comprobarlo basta ver el estatuto de que en la Iglesia goza la Virgen María, Madre de Dios: ella es considerada la más perfecta de todas las criaturas, ya sea espirituales (los ángeles) como materiales, y está puesta por encima de todas ellas: ella está más arriba que toda la creación entera, de modo que algunos teólogos han podido decir que la Virgen roza, como no lo hace ninguna otra criatura, los límites de lo infinito. La veneración que se le ha tributado siempre es, por consiguiente, de un tipo diferente y superior a la que se tributa a cualquier otro ser, humano o angélico, y se denomina “hiperdulía”, “hiper-veneración”. Nada de esto sería posible si el cristianismo considerara a la mujer como algo inferior, al modo como lo hace, por ejemplo, el islam. 


(Imagen: Pinterest)

Lo anterior bastó, durante veinte siglos, para desechar por improcedentes las críticas que se pudieron haber hecho a la reserva del sacerdocio a los varones (ni siquiera la Virgen Santísima, con ser quien es, fue sacerdote ni podría serlo). Pero en el mundo contemporáneo, con su inédita revolución sexual, los conceptos claros han terminado profundamente confundidos, y se plantea por muchos, incluidos muchos cristianos (protestantes y aun católicos), que el “negar el sacerdocio” a las mujeres es una intolerable e injustificada discriminación que debe ser urgente y radicalmente corregida. Además, argumentan algunos, la reserva del sacerdocio a los varones corresponde a la cultura del mundo en que surgió históricamente la Iglesia, ese mundo judeo-greco-romano en que se consideraba a las mujeres como seres inferiores, destinadas a estar sometidas al hombre, como se puede comprobar con el estudio del derecho romano, por ejemplo. Por lo tanto, sigue el planeamiento, ahora que la cultura moderna ha liberado a las mujeres de concepciones tan primitivas y atrasadas, no debiera existir obstáculo para el sacerdocio femenino: los obstáculos culturales, que son los únicos obstáculos concebibles, han desaparecido.

Pero los partidarios del sacerdocio femenino esgrimen también otros argumentos, que tienen fundamentos en la concepción misma de lo que es el ser humano y su sexualidad. En efecto, hoy muchos modernos piensan que la diferenciación sexual en la especie humana es resultado de simples prejuicios culturales que todavía subsisten, anacrónicamente, a pesar de los avances del feminismo radical: todo depende de cómo se cría socialmente al varón y a la mujer, de los papeles que la sociedad les atribuye; la biología no tiene aquí nada que ver: el sexo no es biológico, sino que es cultural. Para aclarar esto, diferencian el “sexo” (biológico, no importante) y el “género” (cultural, resultado de la obra humana, y decisivamente importante). La descristianización del mundo actual, por otra parte, hace que pierda toda importancia el designio de Dios Creador sobre el ser humano: el que Él los haya creado “varón y mujer”, no es más que un concepto cultural del pueblo judío; esa afirmación bíblica no tiene apoyo alguno en la realidad que permita fundamentar la diferenciación entre varón y hembra.  



En esta respuesta saldremos al paso de los partidarios del sacerdocio femenino echando mano de una argumentación racional y con fundamento en la antropología. Para ello usaremos algunas ideas de Ignacio Falgueras, escritor español, que ha abordado el tema (el texto completo puede verse aquí).

Plantea Falgueras que “[l]a distinción hombre-mujer no es una distinción esencial dentro del orden de lo humano, pero tampoco es una mera diferencia biológica, es decir, restringida a un área parcial de nuestro ser que no afecta a lo propiamente humano del hombre: todo cuanto hacemos los seres humanos está afectado por dicha distinción de una u otra manera. Por ello, si se quiere hablar con exactitud, ha de afirmarse que la distinción hombre-mujer es una propiedad de la naturaleza humana que deriva de su condición biológica, pero que impregna todo lo humano, y tiene un sentido humano”.

Ignacio Falgueras

Ahora bien, aunque la distinción no es esencial, sí es funcional: en esencia, varón y mujer son, ambos, personas y, en cuanto tales, iguales en dignidad, derechos y deberes. Pero la función de cada uno en el vivir humano y en lo primero y fundamental que ello conlleva, es decir, el habitar el mundo, es esencialmente diferente. En otros términos, ser humanos es algo que comparten absolutamente y del mismo modo el varón y la mujer; pero, en lo que se refiere al modo cómo el ser humano habita el mundo y lo “humaniza”, la función de uno y otra son diferentes, no equivalentes ni intercambiables. Y esto introduce en los planteamientos vulgarmente feministas que hoy corren una distinción fundamental, cuyo desconocimiento por ellos embrolla inextricablemente el tema: desde el punto de vista de su esencia como personas, varón y mujer son iguales; desde el punto de vista de su función en la existencia humana, son diferentes. Y esta diferencia está preñadísima de consecuencias. 

Falgueras lleva a cabo su análisis remitiéndose a ciertos hechos incontrovertibles. El primero es que el ser humano no habita el mundo como lo hace el animal, que se guarece en el hábitat y se somete y adapta a él. “La ley de la vida meramente biológica es la adaptación”: adaptación genética y morfológica, como se advierte en ciertas especies como el oso hormiguero, que es un caso clarísimo, aunque la misma adaptación, en diversos grados, se da en todos los demás animales. 

El hombre, en cambio, no vive así: él es capaz de adaptar el entorno o medioambiente a sí mismo y a sus necesidades. Por ello domina el mundo físico y es su dueño y señor, dentro de los límites que la propia naturaleza de éste señala: “[...] a la especial relación que guarda el hombre con el mundo lo llamo habitación. Habitar en el mundo quiere decir: tener el mundo a disposición como medio para los propios fines”. Ahora bien, esta falta de adaptación genética al entorno, propia de la especie humana, significa “que el mundo no es de suyo habitable para el hombre y que, por tanto, antes de habitarlo ha de ser hecho habitable” por él. 

Esta diferencia entre el hombre y los animales “permite discernir dos dimensiones en la operatividad humana: hacer habitable el mundo y someterlo”, y esta distinción es el eje del planteamiento que hace Falgueras.

En efecto, el trabajo humano, la acción humana en el mundo tiene dos funciones: someter el mundo y, una vez sometido, hacerlo habitable. Someter es una acción directamente dominante; hacerlo habitable es sólo indirectamente dominante. Someter y morar en el mundo; guardarlo (protegerlo) y cultivarlo; hacerlo habitable y perfeccionarlo: estos son los fines que integran el habitar humano en el mundo.


Habiendo expuesto lo anterior en forma muy sumaria, ya podemos avanzar en el tema. En efecto, “la función moradora y de guarda corresponde a lo femenino, mientras que la función de sometimiento y cultivo corresponde a lo masculino del ser humano. En otras palabras: lo femenino es hacer habitable el mundo; lo masculino, someterlo”. O sea, podríamos decir que el hombre, en la tarea necesaria para que el ser humano pueda morar en el mundo, construye la obra gruesa, echando mano para ello de la tecnología y la organización del esfuerzo común, y la mujer hace que esa obra gruesa sea cálida y habitable, la hace hogar, dándole la cualidad propiamente humana que la mera obra gruesa no tiene (los ingleses dicen “home is where mother is”; al cabo, el seno materno es la primera morada o habitáculo para el ser humano; la biología prueba tener, en todo esto, una fundamental importancia).

Lo que hemos planteado hasta aquí es importante para comprender que la diferencia entre varón y mujer, o entre lo masculino (prevaleciente en el varón) y lo femenino (prevaleciente en la mujer), no es un mero “constructo cultural” y, por tanto, histórico y relativo a tiempos y lugares. Existe, sí, una diferencia clarísima, pero no en lo esencial, sino en lo funcional. Hay igualdad en la esencia, pero no en la función. Y dejar esto firmemente establecido es absolutamente necesario, frente a ese confuso aluvión “igualitarista” que parece resumir el movimiento entero de la ideología contemporánea de Occidente. 

Miguel Ángel, La creación de Adán, 1511, Capilla Sixtina
(Imagen: Wikicommons)

Con lo dicho, podemos ahora explorar un poco más tanto la diferencia biológica, a la que el mundo moderno quiere despojar de toda importancia, como el simbolismo profundo que a ella va intrínsecamente asociado.

Porque, en efecto, como hemos visto, hay en la función masculina un modo de vincularse con el mundo que evidencia una actividad más agresiva y directamente “dominante”: lo propio de ella es someter el mundo, vencer los obstáculos de geografía, de clima, etcétera, poniendo en movimiento medios, maquinarias, instrumentos y organizaciones. En cambio, en la función femenina advertimos una actitud cuantitativa y cualitativamente menos agresiva, que más que acometer con vistas al sometimiento, atrae y acoge.  

Se puede relacionar esto con el nivel biológico que, en el ser humano, no es jamás puramente tal, es decir, puramente animal, sino que está íntimamente humanizado. Así, la función masculina en la reproducción de la especie tiene un carácter eminentemente activo: el hombre da el principio fecundante; la mujer lo recibe. La fecundación es resultado de la lucha de lo masculino por llegar a lo femenino y cumplir su función. La mujer, en este sentido, como es claro, no fecunda sino que es fecundada: el espermio emprende un viaje; el óvulo permanece en su lugar y lo recibe. El hombre engendra (da); la mujer concibe (recibe). 

No hay necesidad de entrar en más detalles y derivaciones para comprender que, de por sí, el varón “simboliza” el principio activo en la realidad humana, y la mujer, el “pasivo”, sin que ninguno de ellos sea superior al otro sino, por el contrario, complementarios. Este simbolismo es la clave de toda la discusión que nos interesa.

Porque, si extendemos a la órbita religiosa estos simbolismos que penden de la división sexual (funcional) en el ser humano, lo cual es posible porque el sexo está humanizado y la humanidad, sexualizada, podemos entender que es el varón el que puede de modo propio simbolizar a Dios, quien como Creador y Redentor es siempre Activo en relación con una humanidad caída y debilitada, incapaz por sí misma de remontar al lugar desde el cual cayó, en tanto que la mujer de por sí simboliza a la humanidad sobre la cual Dios actúa de un modo activo e indispensable.


Esta idea es absolutamente esencial en el cristianismo. Dios crea, la humanidad es creada; Dios salva, la humanidad es salvada; Dios es el novio, la humanidad, la novia; Cristo es el esposo, la Iglesia, la esposa.


"Haced esto en memoria Mía"
Juan de Juanes, La Última Cena, 1562, Museo del Prado
(Imagen: Cadena Ser)

Sin duda existen religiones en que se carece de estas nociones y que conciben, en cambio, una “divinidad femenina”, una “diosa madre”. Pero, para nuestros efectos, que no son entrar en un análisis comparado de las religiones, ellas simplemente no son cristianismo: es imposible entender éste sino del modo como ya hemos dicho; no es que si creyera en Dios como una “Ella” el cristianismo dejaría de ser religión, sino que dejaría de ser cristianismo. Es imposible pensar que es cristiana una oración como “Madre nuestra, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre”, etcétera. Es inconcebible imaginar a la Iglesia como el novio que engendra y a Dios como la novia que concibe, a la humanidad como quien activamente redime y a Dios como quien es pasivamente redimido. Nada de ello tendría sentido alguno para un cristiano. 

Podemos concluir, de este modo, que la imposibilidad de que la mujer tenga en la liturgia de la Iglesia el papel sacerdotal, que prolonga en el tiempo la capitalidad, la función de ser cabeza, de Cristo, Varón y Dios. No puede tener ese papel sacerdotal ni en plenitud ni en alguna forma derivada, como la de lectora, o acólita, o “ministra de la comunión”, etcétera, porque tales formas derivadas están íntimamente asociadas al sacerdocio. Si la mujer no puede ser sacerdote, no puede ser al menos “un poco sacerdote”, porque no se puede ser “un poco varón” o “un poco mujer” en el orden de lo simbólico.

Así pues,
la exclusión de las mujeres del sacerdocio es algo que surge no solamente de una Tradición supuestamente periclitada –y, además, antojadiza o “culturalmente relativa”- ni surge tampoco del rechazo a “asumir los cambios” propios del mundo contemporáneo, sino de una profunda, de una esencial diferenciación de funciones que opera en lo más íntimo del ser humano, independientemente de épocas, lugares o culturas, y que posee un claro y profundo aspecto simbólico. Además, como se sabe, no es menos digna como ser humano la mujer por cumplir la función de hacer habitable el mundo que le corresponde en la “división humana del trabajo”, ni el hombre es más digno por asumir la que a él le cabe de someterlo. Es simplemente que, primero, estas funciones son esencialmente diferentes; segundo, no son prescindibles ni secundarias o triviales y, tercero, no son en absoluto intercambiables, por lo que su simbolismo tampoco lo es. Y tampoco es menos digna la mujer en la Iglesia por no poder ser sacerdote, de lo cual el ejemplo más impactante es el de la Santísima Virgen: no quita nada a su suprema dignidad el no poder ser sacerdote por ser mujer.

Ordenación anglicana en Australia
(Foto: ABC)

Si los tiempos actuales fueran de tal naturaleza que apelar simplemente a la Tradición, por la cual Dios nos revela lo que tiene que decirnos, fuera suficiente, la discusión contemporánea sobre el “derecho” de la mujer a simbolizar lo que no puede simbolizar no se habría dado. Pero, creemos que remitirnos a una argumentación como la que aquí hemos presentado refuerza, desde una perspectiva puramente humana y racional, lo que la Iglesia ha enseñado siempre. 

jueves, 6 de diciembre de 2018

Missa cantata en la Fiesta de la Inmaculada

La Asociación Litúrgica Magnificat invita a todos los fieles a la celebración de la Santa Misa cantada (usus antiquior) en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria (Av. Bellavista 37, entre Pío Nono y Pinto Lagarrigue, Metro L1 y L5 Baquedano) el próximo sábado 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, a las 12:30 hrs. Se recuerda que ese día es fiesta de precepto.

 Bartolomé Esteban Murillo, Inmaculada Concepción (circa 1665, Museo del Prado)
(Imagen: Wikimedia Commons)

jueves, 14 de diciembre de 2017

Recuerdos de la Primera Comunión

En la sección "Día a día" de la edición del diario El Mercurio de Santiago del viernes 8 de diciembre de 2017, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, el columnista Mentessana publicó un breve artículo que recuerdas las primeras comuniones de antaño, siempre ligadas a esta fiesta mariana e imbuidas de una piedad eucarística mucho más intensa que hoy, donde desgraciadamente muchas veces se suele dar prioridad a lo secundario y se desatiende lo principal, Jesús Sacramentado que se ofrece por vez primera a los niños, convirtiendo tan importante momento en una mera actividad social. 

El original puede leerse aquí. Respecto de las imágenes, la primera imagen proviene del artículo que se reproduce, mientras que la segunda fotografía ha sido tomada de Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española

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La primera vez

Mentessana


Solía ser el 8 de diciembre -día de la Inmaculada Concepción- el momento ideal para que los niños hicieran su primera comunión. Ha cambiado esta tradición. Recuerdo la data con singular emoción porque marcó a fuego mi vida. No soy el único.

Noventa por ciento de católicos mayores de 50 años -según un estudio realizado hace 22 años- recuerda que la primera comunión fue el acto más importante de su existencia. Hay quienes aún guardan una fotografía de esa instancia.


Miguel, amigo, me muestra en su celular (o como se llame) una imagen de él en su primera comunión. "Tiene más de 60 años -me dice- y antes había que hacerla en un estudio fotográfico. Ahora la pasé aquí".

Otros tiempos. Hoy, los familiares captan imágenes durante la Misa y las criaturas que van a comulgar están más preocupadas de la foto que de la hostia.

No fue mi caso. Al contrario, con qué devoción vivimos la Eucaristía y con cuánto empeño cantábamos "Vamos, niños, al sagrario". Con especial entusiasmo coreábamos: "No llores, Jesús, no llores/que nos vas a hacer llorar/y los niños de esta escuela/te queremos consolar".

Misa de Primera Comunión, al aire libre, en Santiago de Chile (década de 1940).

Muy emotivo, pero el canto que más me conmovió fue "Oh, santo altar" y, en especial, su estribillo: "Hora feliz/en que el Señor del Cielo/se ofrece a mí/por la primera vez (bis)". Una bella y sentida melodía que ahora, 65 años después, mientras la escribo y la canto, me emociona igual que la primera vez. 

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Aviso importante: Missa cantata en la Fiesta de la Inmaculada Concepción

La Asociación Litúrgica Magnificat invita a todos los fieles a la celebración de la Santa Misa cantada, según la forma tradicional del rito romano, en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria (Av. Bellavista 37, entre Pío Nono y Pinto Lagarrigue, Metro L1 y L5 Baquedano) el próximo viernes 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, a las 12:00 horas. Se recuerda que ese día es fiesta de precepto. Sobre el sentido e importancia de esta fiesta litúrgica nos hemos referido antes aquí.

Murillo, La Inmaculada Concepción, apodada, por sus dimensiones, "La Colosal" (circa 1652, Museo de Bellas Artes de Sevilla)
(Imagen: Wikimedia Commons)