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sábado, 3 de octubre de 2020

¿Significa “participatio actuosa” lo mismo que “participación activa”?

Les ofrecemos hoy un artículo de Augusto Merino Medina, conocido de nuestros lectores, donde aborda una cuestión trascendental para entender los cambios experimentados por la liturgia romana en el último siglo. Se trata del concepto de "participación activa", que se ha esgrimido como el argumento de mayor peso pastoral para el cambio de los ritos: el objetivo detrás de la reforma es que los fieles puedan participar de manera más directa e intensa en la liturgia. Sin embargo, si se acude a las fuentes, se comprueba que ese término significa en realidad otra cosa, y que nada tiene que ver sólo con comportamientos externos o con la lengua usada en las oraciones. El artículo recurre a esas fuentes y a los propósitos detrás del Movimiento Litúrgico al que se refería Pío XII en Mediator Dei (1947) para dar luz sobre el verdadero sentido que tiene la participación de los fieles en la liturgia, que puede explicarse también con aquella frase de San Juan de dar a Dios culto en espíritu y verdad (Jn 4, 23). 

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¿Significa “participatio actuosa” lo mismo que “participación activa”?

Augusto Merino Medina 

Como se sabe, entre los varios propósitos con que se llevó a cabo la supuesta “reforma” litúrgica posconciliar por los miembros de Consilium, figura de modo muy preeminente, entre los que fueron declarados abiertamente, el de facilitar la “participación” de los fieles en la liturgia.  

El tema había sido recurrente, y muy apreciado, por los miembros del Mouvement Liturgique, cuyas ideas fueron las que, sin contrapeso, dominaron en la fabricación de la nueva Misa. Dom Bernard Botte (1883-1980), benedictino belga que formó parte de Consilium y a quien se debe, en gran parte, la creación -de infausta memoria- de la “Plegaria Eucarística II”, ilustra muy bien, al comienzo de su “Le mouvement liturgique. Temoignage et souvenirs”, el clima en que se abordaba esta cuestión: “La Misa era dicha por un viejo Padre casi afónico; incluso desde las primeras filas no se oía más que un murmullo. Nos poníamos de pie al evangelio, pero a nadie se le ocurría decirnos de qué hablaba este Evangelio. No se sabía ni siquiera qué santo se celebraba o por qué difuntos se decía la Misa con ornamentos negros. No existía el misal de los fieles. Uno podía sumergirse en algún libro de oraciones, sin importar cuál, pero nos espantaban la somnolencia, de vez en cuando, haciéndonos recitar en voz alta algunas decenas del rosario o cantar algún motete en latín o algún cántico en francés. El único momento en que rezábamos con el sacerdote tenía lugar al final de la Misa, cuando el celebrante, arrodillado delante del altar, recitaba las tres Avemarías y la Salve y demás oraciones prescritas por León XIII. […] En las dos parroquias de mi ciudad natal, las cosas no eran mucho mejores. Había Misas cantadas, pero se trataba de un diálogo entre el clero y el organista. El pueblo permanecía mudo y pasivo. Cada uno podía, a su antojo, recitar el rosario o zambullirse en Las más bellas oraciones de San Alfonso de Liguori o en la Imitación de Cristo. […] Era, pues, el clero quien tenía a su cargo la liturgia”[1].

Como se puede apreciar, es la “pasividad” de los fieles el blanco al que se dirige todas las críticas y el mal que, supuestamente, la reforma litúrgica debía remediar.

Dom Bernard Botte OSB
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

Aparte de que, en un mundo como el moderno, la “actividad”, sobre todo la “productiva”, cuenta con todas las alabanzas y la “pasividad” merece todos los juicios peyorativos, fueron precisamente algunos Papas, comenzando por San Pío X, considerado por muchos como el martillo del modernismo, quienes se refirieron primeramente, en la época contemporánea, a lo que hoy se conoce como “participación” de los fieles. San Pío X, en el motu proprio Inter pastoralis officii sollicitudines, de 22 de noviembre de 1903, más conocido y citado por su título italiano, Tra le sollicitudine, escribe “participatio divinorum mysteriorum atque Ecclesiae communium et solemnium precum”. En la traducción castellana, a “participatio” (“participación”) se añadió, sin justificación alguna, el adjetivo “activa”, que no figura en el texto latino: “la participación activa en los sacrosantos misterios y en la pública y solemne oración de la Iglesia”. Y lo mismo ocurre con la traducción del mencionado texto al italiano y a las demás lenguas modernas.

En este caso, Pío X se refería, concretamente, a estimular en los fieles el canto gregoriano durante las celebraciones litúrgicas. Pío XI recogió la preocupación por el uso del gregoriano y, para conmemorar el vigésimo quinto aniversario del motu proprio de Pío X, publicó la Constitución Apostólica Divini cultus, de 20 de diciembre de 1928, donde escribe “fideles conveniunt ut pietatem inde, tamquam ex praecipuo fonte, hauriant, veneranda Ecclesiae mysteria ac publicas sollemnesque preces actuose participando”, agregando en el núm. IX del mismo texto: “Quo autem actuosius fideles divinum cultum participent”. La traducción al castellano que se hizo del primero de dichos textos fue: “la participación activa en los sacrosantos misterios y en la oración solemne de la Iglesia”. Y la del segundo: “A fin de que los fieles tomen parte más activa en el culto divino”. En este caso, el adjetivo “actuosius” fue traducido como “más activo”. De nuevo, en las traducciones al italiano y demás lenguas modernas se procedió del mismo modo.

En su encíclica Mediator Dei, Pío XII aborda extensa y profundamente el tema de la participación del pueblo en la sagrada liturgia, sin dejar lugar a dudas sobre cuál es el verdadero sentido de la participación de los fieles en ella, es decir, una penetración cada vez más profunda en el espíritu sacrificial de la acción sagrada y el ofrecimiento espiritual de sí mismo por parte de cada cristiano que asiste al Santo Sacrificio, en unión lo más íntima posible con el sacrificio que Jesús ofrece de Sí Mismo por manos del sacerdote. En el horizonte de la mente del Papa está, finalmente, la actitud contemplativa, que es la cima de la actividad espiritual, la actividad espiritual más intensa, e insiste en los muy diversos medios que existen para acceder a ella, y que están a disposición de los fieles, además del misal individual.

En este breve análisis de las traducciones de estos textos papales, nos limitaremos aquí, en el caso de Pío XII, a señalar que, cuando éste se refiere a la “participación” de los fieles, lo hace continuando el uso de la misma expresión empleada por Pío X, como lo ilustra, entre otros muchos, el siguiente texto: “atque adeo christiana plebs Liturgiam tam actuose participet, ut haec reapse sacra actio fiat”. Ahora bien, este texto, siguiendo el hilo de incorrectas traducciones, que data desde Pío X, está vertido al castellano del siguiente modo: “y así el pueblo fiel participe tan activamente en la liturgia, que realmente sea una acción sagrada”.

Se puede apreciar que, de este modo, a lo largo de medio siglo, los traductores de los textos latinos han dado, mañosamente, en verter la expresión latina “actuose” por “activamente”. No sorprende, pues, que la Constitución Sacrosanctum Consilium sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano haya usado las mismas expresiones ya referidas, poniendo en práctica la estrategia de los modernistas del Mouvement Liturgique de no llamar la atención de la jerarquía con sus novedades.

En efecto, dicha Constitución dice lo siguiente: “Ideo sacris pastoribus advigilandum est ut in actione liturgica non solum observentur leges ad validam et licitam celebrationem, sed ut fideles scienter, actuose et fructuose eandem participent” (núm,. 11), lo cual está traducido, como era de esperarse, del siguiente modo: “sino también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente”.

Pío XII en su oratorio privado
(Foto: FSSPX)

Este juego de prestidigitación lingüística continúa en el resto de los lugares donde dicha Constitución habla de participación de los fieles: “Valde cupit Mater Ecclesia ut fideles universi ad plenam illam, consciam atque actuosam liturgicarum celebrationum participationem ducantur” (núm. 14) (“La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas”); “Quae totius populi plena et actuosa participatio, in instauranda et fovenda sacra Liturgia, summopere est attendenda” (núm. 14) (“hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo”); “Liturgicam institutionem necnon actuosam fidelium participationem, internam et externam”(núm. 19) (“Los pastores de almas fomenten con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles, interna y externa”); “eaque populus christianus, in quantum fieri potest, facile percipere atque plena, actuosa et communitatis propria celebratione participare possit” (núm. 21) (“el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria”); “cum frequentia et actuosa participatione fidelium” (núm. 27) (“con asistencia y participación activa de los fieles”); “Ad actuosam participationem promovendam, populi acclamationes, responsiones, psalmodia, antiphonae, cantica, necnon actiones seu gestus et corporis habitus foveantur” (núm. 30) (“Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales”); “in plenaria et actuosa participatione totius plebis” (núm. 41) (“la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios”); “sacram actionem conscie, pie et actuose participent” (núm. 48) (“participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada”); “atque pia et actuosa fidelium participatio facilior reddatur” (núm. 50) (“más fácil la piadosa y activa participación de los fieles”); “ratione habita normae primariae de conscia, actuosa et facili participatione fidelium” (núm. 79) (“la norma fundamental de la participación consciente, activa y fácil de los fieles); “populus actuose participet” (núm. 113) (“el pueblo participa activamente”); “universus fidelium coetus actuosam participationem sibi propriam praestare valeat, ad normam art. 28 et 30” (núm. 114) (“toda la comunidad de los fieles pueda aportar la participación activa que le corresponde, a tenor de los artículos 28 y 30”); ad fidelium actuosam participationem obtinendam idoneae sint” (núm. 124) (“para conseguir la participación activa de los fieles”).

Por su parte, en el mismo período, es decir, la primera mitad del sigo XX, los experimentadores litúrgicos anteriores al Concilio Vaticano II, especialmente los pertenecientes al Mouvement Liturgique, todos los cuales, por lo general, procedieron en sus experimentos sin autorización de la jerarquía o a espaldas de ella, desarrollaron la idea de “actividad” de los fieles en el rito sagrado, concibiendo ésta principalmente de un modo exterior, como un conjunto de acciones físicas de los fieles, en reacción contra esa “somnolencia”, “mudez” y “pasividad” física que era, según decía Dom Botte -partícipe de dicho Mouvement-, la tónica de su presencia en la Misa.

El punto, naturalmente, es si tal modo de entender la participación de los fieles coincide con lo que los Papas, durante ese período, han entendido y expresado mediante el término “actuosus”, prolongando la doctrina católica.

El tema de la traducción defectuosa, sea por ignorancia o por algún motivo no declarado, es de máxima importancia. Quizá sería excesivo sospechar de intenciones ocultas en los traductores de Tra le sollicitudine, aunque en aquella época de lucha contra el modernismo ello no sea imposible como manifestación solapada de éste. Lo que ocurrió ya durante Pío XI y Pío XII, plantea, en cambio, dudas justificadas, considerando especialmente que el modernismo, lejos de desaparecer de la Iglesia después de la arremetida de Pío X, se había replegado, escondido y camuflado en los centros de estudio de la liturgia, como el citado Mouvement Liturgique. Es sabido que, por la vía de las traducciones, los modernistas, ya sin freno después del Concilio, incurrieron en gravísimas distorsiones. Como ilustración de esto, basta recordar lo que, al respecto, cuenta el P. Louis Bouyer: “En una de sus reuniones [de la Comisión Teológica Internacional] el P. Lubac aprovechó la ocasión para someter a la consideración de los miembros de lengua francesa una carta destinada al Papa [Pablo VI] que ponía en evidencia todos los disparates, evidentemente deliberados, existentes en la versión francesa de los nuevos libros litúrgicos, que había sido, no obstante, declarada conforme al texto latino auténtico por Bugnini […] Todos, impactados por el carácter escandaloso de esta manipulación, incluido el P. Congar, tan preocupado de no oponerse a lo que él llamaba “la renovación de la Iglesia”, firmaron este documento abrumador sin dudarlo un instante. Ocho días después, Bugnini era expulsado por el Papa […]”[2].

No hay motivos, pues, para creer inocente el agregado del adjetivo “activa” al texto antes citado de Pío X ni la traducción de “actuosa” por “activa” en los textos de los otros Papas mencionados y, especialmente en los textos de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia. En efecto, la idea de una “actividad” de los fieles laicos en el Santo Sacrificio no fue pensada por los modernistas sólo a fin de poner término a una “pasividad” negativa que los alejaba de los misterios sagrados, privándolos, supuestamente, de las gracias que ésos confieren, sino que como un paso práctico hacia la derogación teórica de la doctrina sobre la diferencia esencial entre el sacerdocio común de los fieles, que adquieren éstos por el bautismo, y el sacerdocio ministerial, que se adquiere por el sacramento del orden sagrado. 

Recuérdese que, desde comienzos del siglo XX, coincidiendo con el inicio de su perversión respecto de la concepción inicial del Mouvement Liturgique, Dom Lambert Beauduin (1873-1960) y otros miembros de éste vincularon íntimamente la liturgia con el movimiento ecuménico, por lo que, como al final vino a quedar claro, al momento de llevarse a cabo la revisión ordenada por el Concilio Vaticano II, entre los objetivos que se habían propuesto los miembros de Consilium para dicha revisión estaba el de quitar de la liturgia de la Misa todo rastro ritual y, por ende, teológico que pudiera ofender la sensibilidad protestante, la cual en este punto, como se sabe, no reconoce la especificidad del sacerdocio ministerial conferido por el sacramento del orden sagrado[3]. Encargar a los laicos determinadas actividades y funciones en la Misa fue, pues, un modo de proclamar de modo práctico que ellos tienen derecho a realizarlas debido a un sacerdocio, cada vez más conceptualmente inespecífico, del que forman parte. Naturalmente, tal cosa es absolutamente ajena a la doctrina católica. Hay que puntualizar, con todo, que los noveles modos de actividad de los fieles laicos y las nuevas funciones que se les asignó fueron frecuentemente resultado más de los abusos litúrgicos que se iniciaron acabadas las tareas de Consilium, pero al amparo del clima que éste creó y fomentó.

Dom Lambert Beauduin OSB

Una sencilla revisión de cualquier diccionario latino nos revela que “actuosus” no significa “activo”, sino que conlleva la idea, más bien, de intensidad, vehemencia, profundidad, vivacidad en una determinada acción.  La “actuositas” puede consistir en una experiencia interior profunda, vívida, honda, perfectamente compatible con una total falta de actividad corporal exterior. De hecho, la actividad específicamente humana, máximamente humana por tanto, es la de conocer intelectualmente, cuya culminación es, al cabo, la contemplación pura. Esta no requiere de movimientos corporales exteriores, porque, al contrario, como se sabe, suele realizarse de mejor modo en la más perfecta quietud, reposo y silencio. Es cierto que las acciones interiores de un ente corpóreo, como es el hombre, se manifiestan exteriormente de algún modo o en algún grado; pero la experiencia contemplativa, por ejemplo, difícilmente se expresará en acciones tales como leer la epístola desde el presbiterio sin estar autorizado para ello, o en trajinar por él llevando copones consagrados, o en distribuír la comunión sin ser clérigo de manos ungidas.

Una participación “actuosa” puede, pues, alcanzar el máximo de intensidad asequible al ser humano sin necesidad de desplazamiento físico, sin gesticulaciones ni gestos, sin decir ni hacer nada audible o visible. Y es a ésta a la que se han referido los pontífices antes mencionados cuando hablaron de “participatio” y de “participatio actuosa”. De ellos, quien más se ha extendido en este tema, abordándolo sistemáticamente, es Pío XII en su ya mencionada encíclica.

Parte diciendo el pontífice que “para que todos los pecadores se purifiquen en la sangre del Cordero, es necesaria su propia colaboración. Aunque Cristo, hablando en términos generales, haya reconciliado a todo el género humano con el Padre por medio de su muerte cruenta, quiso, sin embargo, que todos se acercasen y fuesen llevados a la cruz por medio de los sacramentos y por medio del sacrificio de la Eucaristía, para poder obtener los frutos de salvación por Él en la misma cruz ganados. Con esta participación actual y personal, de la misma manera que los miembros se asemejan cada día más a la Cabeza divina, así también la salvación que de la Cabeza viene, afluye en los miembros, de manera que cada uno de nosotros puede repetir las palabras de San Pablo: «Estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo, y yo vivo, o más bien no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí»” (Mediator Dei, núm. 97).

Esa colaboración de que habla el Papa se materializa en el esfuerzo de cada uno por unirse al Santo Sacrificio: “Conviene, pues, venerables hermanos, que todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y su mayor dignidad consiste en la participación en el sacrificio eucarístico; y eso, no con un espíritu pasivo y negligente, discurriendo y divagando por otras cosas, sino de un modo tan intenso y tan activo, que estrechísimamente se unan con el Sumo Sacerdote, según aquello del Apóstol: «Habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo»; y ofrezcan aquel sacrificio juntamente con Él y por Él, y con Él se ofrezcan también a sí mismos” (Mediator Dei, núm. 99).

Este ofrecimiento del sacrificio por parte de los fieles y este ofrecimiento de sí mismos es objeto de un análisis cuidadoso de Pío XII: “al poner el sacerdote sobre el altar la divina víctima, la ofrece a Dios Padre como una oblación a gloria de la Santísima Trinidad y para el bien de toda la Iglesia. En esta oblación, en sentido estricto, participan los fieles a su manera y bajo un doble aspecto; pues no sólo por manos del sacerdote, sino también en cierto modo juntamente con él, ofrecen el sacrificio; con la cual participación también la oblación del pueblo pertenece al culto litúrgico” (Mediator Dei, núm. 113). Inmediatamente el Papa aclara el sentido de este ofrecimiento por parte de los fieles, como si hubiera tenido presentes las tendencias protestantizantes, en lo relativo al sacerdocio cristiano, que comenzaban a aflorar en medios cercanos al Mouvement Liturgique: “Pero no se dice que el pueblo ofrezca juntamente con el sacerdote porque los miembros de la Iglesia realicen el rito litúrgico visible de la misma manera que el sacerdote, lo cual es propio exclusivamente del ministro destinado a ello por Dios, sino porque une sus votos de alabanza, de impetración, de expiación y de acción de gracias a los votos o intención del sacerdote, más aún, del mismo Sumo Sacerdote, para que sean ofrecidos a Dios Padre en la misma oblación de la víctima, incluso con el mismo rito externo del sacerdote” (Mediator Dei, núm. 115).

El Papa insiste especialmente en este punto, que posteriormente dio pie a tantos errores teológicos y abusos litúrgicos: “En estos casos se alega erróneamente el carácter social del sacrificio eucarístico” (Mediator Dei, núm. 118). Inmediatamente se sale al paso de las nuevas teorías teológicas que comenzaban a campear ya en aquella época, y aclara el papa: “de ningún modo se requiere que el pueblo ratifique lo que hace el ministro del altar” (Mediator Dei, núm. 118).

El P. Louis Bouyer (der.)
(Foto: Aleteia)

Con todo, el ofrecimiento que el fiel hace de sí mismo uniéndose a este sacrificio es presentado como algo que, en hondura y extensión, abarca a la vida entera, no limitándose a una vivencia restringida al momento en que se realiza la acción sagrada:

“120. Mas para que la oblación con la cual en este sacrificio los fieles ofrecen al Padre celestial la víctima divina alcance su pleno efecto, conviene añadir otra cosa: es preciso que se inmolen a sí mismos como hostias.

“121. Y ciertamente esta inmolación no se reduce sólo al sacrificio litúrgico, pues el Príncipe de los Apóstoles quiere que, puesto que somos edificados en Cristo como piedras vivas, podamos como «un orden de sacerdotes santos ofrecer víctimas espirituales que sean agradables a Dios por Jesucristo»; y el apóstol San Pablo, sin hacer ninguna distinción de tiempo, exhorta a los cristianos con estas palabras: «Os ruego... que le ofrezcáis vuestros cuerpos como una hostia viva, santa y agradable a sus ojos, que es el culto racional que debéis ofrecerle».

“122. Mas cuando sobre todo los fieles participan en la acción litúrgica con tan gran piedad y atención, que de ellos se puede decir en verdad: «cuya fe y devoción te es conocida» entonces no podrá menos de suceder sino que la fe de cada uno actúe más vivamente por medio de la caridad, que la piedad se fortalezca y arda, que todos y cada uno se consagren a procurar la divina gloria y que, ardientemente deseosos de asemejarse a Jesucristo, que sufrió tan acerbos dolores, se ofrezcan como hostia espiritual con el Sumo Sacerdote y por su medio”.

Y a fin de que quede clara la profundidad que se exige a la participación del fiel cristiano, añade el pontífice:

“Y casi del mismo modo, en los sagrados libros de la liturgia, se advierte a los cristianos que se acercan al altar para participar en el santo sacrificio: «Ofrézcase en este... altar el culto de la inocencia, inmólese la soberbia, sacrifíquese la ira, mortifíquese la lujuria y toda lascivia, ofrézcase en vez de incienso el sacrificio de la castidad, y en vez de pichones el sacrificio de la inocencia». Así pues, mientras estamos junto al altar hemos de transformar nuestra alma de manera que se extinga totalmente en ella todo lo que es pecado, e intensamente se fomente y robustezca cuanto engendra la vida eterna por medio de Jesucristo, de modo que nos hagamos, junto con la Hostia inmaculada, víctima aceptable al Eterno Padre” (núm. 123).

Es ésta la participación “actuosa”, es decir, intensa, profunda, viva, que se pide a los fieles, más que cualquier actividad exterior como el cantar o el desempeñar determinados encargos y movimientos y traslaciones dentro del templo. Vale la pena citar en extenso algunos otros párrafos de Mediator Dei en que el Papa desarrolla estas ideas:

125. Todos los elementos de la liturgia conducen, pues, a que nuestra alma reproduzca en sí misma la imagen de nuestro divino Redentor, según aquello del Apóstol de las gentes: «Estoy clavado juntamente con Cristo en la cruz, y yo vivo, o más bien no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí». Por lo cual nos hacemos como una hostia, juntamente con Cristo, para aumentar la gloria del Eterno Padre.

“126. A eso, pues, los fieles deben dirigir y elevar sus almas al ofrecer la víctima divina en el sacrificio eucarístico. Pues si, como escribe San Agustín, nuestro misterio está puesto en la mesa del Señor, es decir, el mismo Cristo Señor nuestro en cuanto es Cabeza y símbolo de aquella unión por la cual nosotros somos el Cuerpo místico de Cristo y miembros de su Cuerpo; si San Roberto Belarmino, conforme a la mente de San Agustín, enseña que en el sacrificio del altar está significado el sacrificio general por el cual todo el Cuerpo místico de Cristo, es decir, todo el mundo redimido, es ofrecido a Dios por el gran Sacerdote, Cristo; nada puede pensarse más recto ni más justo que el inmolarnos también todos nosotros al Eterno Padre, juntamente con nuestra Cabeza, que por nosotros sufrió. Porque en el sacramento del altar, según el mismo San Agustín, se muestra a la Iglesia que en el sacrificio que ofrece, ella misma es ofrecida.

“127. Adviertan, pues, los fieles cristianos a qué dignidad los ha elevado el sagrado bautismo, y no se contenten con participar en el sacrificio eucarístico con aquella intención general que es propia de los miembros de Cristo y de los hijos de la Iglesia, sino que, unidos de la manera más espontánea e íntima que sea posible con el Sumo Sacerdote y con su ministro en la tierra, según el espíritu de la sagrada liturgia, se unan con El de un modo particular cuando se realiza la consagración de la Hostia divina, y la ofrezcan juntamente con El al pronunciarse aquellas solemnes palabras: «Por El, con El y en El, a ti, Dios Padre omnipotente, en unidad del Espíritu Santo, es dada toda honra y gloria por todos los siglos de los siglos»; a las cuales palabras el pueblo responde: «Amén». Y no se olviden los fieles cristianos de ofrecer, juntamente con su divina Cabeza clavada en la cruz, a sí propios, sus preocupaciones, sus dolores, angustias, miserias y necesidades”.

Ahora bien, para salir al encuentro de críticas como las que hace Dom Botte, que hemos citado anteriormente, el Papa escribe:

“128. Son, pues, muy dignos de alabanza los que, deseosos de que el pueblo cristiano participe más fácilmente y con mayor provecho en el sacrificio eucarístico, se esfuerzan en poner el «Misal Romano» en manos de los fieles, de modo que, en unión con el sacerdote, oren con él con sus mismas palabras y con los mismos sentimientos de la Iglesia; y del mismo modo son de alabar los que se afanan por que la liturgia, aun externamente, sea una acción sagrada, en la cual tomen realmente parte todos los presentes. Esto puede hacerse de muchas maneras, bien sea que todo el pueblo, según las normas de los sagrados ritos, responda ordenadamente a las palabras del sacerdote, o entone cánticos adaptados a las diversas partes del sacrificio, o haga entrambas cosas, o bien en las misas solemnes responda alternativamente a las preces del mismo ministro de Jesucristo y se una al cántico litúrgico”.

Monseñor Annibale Bugnini con el papa Pablo VI

Pío XII, sin embargo, con auténtico espíritu “pastoral”, lleno de comprensión y pronto a rechazar exigencias de comportamiento externas  uniformes por parte de los fieles, agrega, en un párrafo que, seguramente, ha de haber causado escozor entre los adeptos del Mouvement Liturgique, que se constituían en exigentes “peritos” y jueces de los asistentes a la Santa Misa:

133. […] no pocos fieles cristianos son incapaces de usar el «Misal Romano», aunque esté traducido en lengua vulgar; y no todos están preparados para entender rectamente los ritos y las fórmulas litúrgicas. El talento, la índole y la mente de los hombres son tan diversos y tan desemejantes unos de otros, que no todos pueden sentirse igualmente movidos y guiados con las preces, los cánticos y las acciones sagradas realizadas en común. Además, las necesidades de las almas y sus preferencias no son iguales en todos, ni siempre perduran las mismas en una misma persona. ¿Quién, llevado de ese prejuicio, se atreverá a afirmar que todos esos cristianos no pueden participar en el sacrificio eucarístico y gozar de sus beneficios? Pueden, ciertamente, echar mano de otra manera, que a algunos les resulta más fácil: como, por ejemplo, meditando piadosamente los misterios de Jesucristo, o haciendo otros ejercicios de piedad, y rezando otras oraciones que, aunque diferentes de los sagrados ritos en la forma, sin embargo concuerdan con ellos por su misma naturaleza”.

Esto trae a la memoria los sardónicos comentarios de Dom Botte sobre el pueblo que “permanecía mudo y pasivo. Cada uno podía, a su antojo, recitar el rosario o zambullirse en Las más bellas oraciones de San Alfonso de Liguori o en la Imitación de Cristo. Quizá esos cristianos “mudos y pasivos” se unían interiormente con una intensidad mucho mayor y más profunda al Santo Sacrificio que otros que se perdían en el misal buscando sin éxito, durante largos minutos, esta página o la otra. Esa participación, hecha de un modo espiritual e intenso, puede llegar a su culminación en la “comunión del augusto sacramento”.

Finalmente, y ante la insistencia de los miembros del Mouvement Liturgique en una participación exterior visible y audible de los fieles en la liturgia, el Papa declara:

Pero todavía hay algo de mucho mayor importancia, venerables hermanos, que queremos recomendar con especial interés a vuestra diligencia y celo apostólico. Todo lo que se refiere al culto religioso externo tiene realmente su importancia; pero el alma de todo ello ha de ser que los cristianos vivan la vida de la liturgia, nutriendo y fomentando su inspiración sobrenatural” (núm. 242).

Así pues, Pío XII realiza una magistral exposición del sentido que tiene una “participatio actuosa”, que no se confunde para nada con esa “participación activa” que ha llegado a ser hoy el criterio de la participación de los fieles en la liturgia reformada, especialmente del Santo Sacrificio, para cuya realización se los somete a una regimentación de las posturas corporales como nunca se había dado antes en la Iglesia, se los “anima” mediante explicaciones extemporáneas, sobre la marcha, de los ritos, rompiendo con ello impertinentemente el clima sagrado de recogimiento que debe existir en la acción sagrada, y se les impone la realización de una serie de actividades y funciones que siempre fueron propias del clero ungido, comunicando con ello la sensación de que el pueblo es tan sacerdote, y al mismo título, que el celebrante. Y todo ello sin que el pueblo haya mejorado un ápice su adecuada comprensión de lo que es, en esencia, la Misa; por el contrario, se le ha inculcado la errónea idea protestante de que ella no es sino “la cena del Señor”, expresión prácticamente inexistente en los dos mil años de existencia de la Iglesia, la cual fue empleada por primera vez, con asiduidad, por Lutero.


[1] Botte, B., Le Mouvement Liturgique. Témoignage et souvenirs, París, Desclée et Cie., 1973, p. 10.

[2] Bouyer, L., Mémoires, París, Editions du Cerf, 2014, pp. 203-204.

[3] Annibale Bugnini, quien dirigió el Consilium, haciendo de él lo que quiso según sus propios objetivos, declaró en una entrevista  que la reforma litúrgica llevaba la impronta del “deseo de apartar cualquier piedra que pudiera constituir aunque fuera la mera sombra de un obstáculo o de un desagrado para los hermanos separados”. Citado por Petrucci, Pier Paolo, “Per non dimenticare”, Una Vox, enero de 2014, disponible aquí. El propio Pablo VI declaró en una oportunidad que “[a]l esfuerzo que se pide a los hermanos separados para que vuelvan a la unidad, debe corresponder el esfuerzo, por mortificante que nos resulte, de purificar a la Iglesia romana en sus ritos, para que se vuelva deseable y habitable”. Véase Guitton, J., Paolo VI segreto, Milán, San Paolo, 4a ed., 2004, p. 59.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Romano Guardini y Petrus Tschinkel sobre la reforma litúrgica

Les ofrecemos hoy un interesante artículo del Dr. Peter Kwasniewski referido a la opinión de dos de los autores que mayor influencia tuvieron en el Movimiento Litúrgico respecto de la reforma acometida tras el Concilio Vaticano II. Se trata de Puis Parsch y Romano Guardini. El primero de ellos murió una década antes de la finalización del Concilio, por lo que no pudo ver los cambios impuestos por la Sante Sede. Sin embargo, sus enseñanzas iban en una dirección completamente opuesta a la que tomaron las innovaciones. Guardini murió algunos años después, pero antes de que se promulgase el Misal reformado. Un cercano relata que, en sus conversaciones al respecto, calificaba la reforma litúrgica como una chapuza. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan el artículo original. 

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“¡Trabajo de gásfiter!”: Romano Guardini y Petrus Tschinkel sobre la reforma litúrgica

Peter Kwasniewski

El canónigo agustino Pius Parsch (1884-1954), de la Abadía de Losterneuburg, en las afueras de Viena, estuvo entre las luminarias más importantes y los partidarios más influyentes del Movimiento Litúrgico a mediados del siglo XX. Su obra clásica, The Church’s Year of Grace [Das Jahr des Heiles], tuvo muchas ediciones en Europa y dos ediciones en inglés en los Estados Unidos de Norteamérica. Aunque menudean en ella ejemplos de mala investigación y excesivo anticuarismo, propios del Movimiento Litúrgico original, este conjunto de varios volúmenes es considerado, en general, como un digno sucesor del Año Litúrgico de Dom Guéranger y de El Sacramentario del Cardenal Schuster, así como una fuente esencial para quien esté interesado seriamente en el rito romano tradicional. Romano Guardini (1885-1968), de la misma generación, contribuyó también con valiosos libros dirigidos a ayudar a los católicos a comprender mejor y a asimilar las riquezas de la tradición litúrgica, de los cuales uno es breve pero robusto, Sacred Signs [Von heiligen Zeichen].

Puis Parsch

Tanto Parsch como Guardini se permitieron experimentos no autorizados que parecen, retrospectivamente, anticipaciones del Novus Ordo, como la celebración versus populum y el uso del vernáculo. Algunos liturgistas posteriores se deleitan proclamando a ambos como predecesores de la nueva liturgia que surgió a fines de la década de 1960. Es, pues, importante, desde el punto de vista histórico, constatar que uno de los más cercanos y devotos estudiantes de Parsch, Petrus Tschinkel (1906-1995), no sintió entusiasmo alguno con los resultados finales de la reforma litúrgica, y narra, desde una experiencia de primera mano, cómo Guardini hablaba de ella de un modo sumamente peyorativo. 

Afortunadamente tenemos acceso a esta información gracias a una entrevista que realizó el Dr. Rupert Klötzl, de Una Voce Austria, al P. Tschinkel el 15 de abril de 1992, en Stift Klosterneuburg bei Wien. La entrevista fue grabada y transcrita (quienes estén interesados en alguna de estas modalidades pueden contactarme directamente).

Petrus Tschinkel (fotografía de 1958)

En cierto momento, el P. Tschinkel dice al Dr. Klötzl: 

“Pius Parsch, das kann ich sagen, wäre mit den Veränderungen der nachkonzilaren Ära in keiner Weise einverstanden gewesen. Das ist nicht das, was er gewollt hat. Jawohl—in der Muttersprache. Das ist aber alles. Aber nicht die Messe als Mysterium—als eine Wirklichkeit hic et nunc, jetzt und hier. Und die wundervollen Perikopen so gewählt, daß sie Mysterienbilder sind für das, was sich jetzt ereignet. Das war sein Anliegen”.

“Pius Parsch, puedo asegurarlo, no habría aprobado en modo alguno los cambios de la época posconciliar. No era eso lo que él había querido. Sí a la [liturgia] en vernáculo. Pero eso sería todo. Pero no [cambiar] la Misa en cuanto misterio, como una realidad hic et nunc, aquí y ahora. Y no hubiera cambiado, por lo que hay ahora, las maravillosas perícopas elegidas de manera que fueran 'imágenes del misterio'. Esa había sido su intención”.

Santa Gertrudis, la parroquia del P. Parsch



Un poco más adelante, el P. Tschinkel expresa su propio punto de vista, que concuerda, aparentemente, con Guardini:

“Und diese liturgischen Formen, nach dem Zweiten Vaticanum, ist ein reiner Leerlauf: nur Texte, Texte. Von einer inneren Haltung keine Spur, vom Mysterium auch nicht. Guardini, wenn Ihnen der Name etwas sagt, den ich sehr verehre. Ich habe, das ist viele Jahre her, da hat Guardini noch gelebt, einen Priester aus München auf Besuch gehabt in St. Gertrud, der wollte St. Gertrud studieren, und da habe ich ihm gesagt - das war gleich nach dem Konzil - ja, ich habe ihm gesagt, wissen Sie, wie Romano Guardini zu den neuen Texten steht? Da sagt er, ja, das kann ich Ihnen sagen. Ich komme sehr oft mit ihm zusammen, und wie er die neuen Texte bekommen hat, hat er sie lange angesehen, ... und dann hat er zu mir gesagt: Klempnerarbeit!”.

“Y esas formas litúrgicas, después el Concilio Vaticano II, no son sino un girar en banda: sólo textos y más textos. Ni rastro de disposición interior, ni rastro de misterio, tampoco. Guardini, si el nombre le dice a usted algo -yo lo adoro-, hace muchos años, cuando todavía estaba vivo, vino un sacerdote de Munich a visitar Santa Gertrudis, porque quería estudiar a Santa Gertrudis, y le dije -era justo después del Concilio-, sí, le dije: ¿sabe lo que Romano Guardini piensa de los nuevos textos [litúrgicos]? Me dijo: 'sí, se le aseguro. Muy a menudo me reúno con él, y cuando recibió los nuevos textos, se quedó mirándolos largo rato… y luego me dijo: ¡obra de gasfíteres!'”.

La palabra alemana Klempnerarbeit quiere decir trabajo realizado a la carrera, mal hecho, sin suficiente esmero, que termina en una chapuza. La referencia a un gásfiter falso que hace un trabajo mecánicamente sugiere que la reforma litúrgica fue enfocada como un arreglar, cortar, adaptar o soldar piezas de cañería más que como un trabajo sutil que hay que realizar en una realidad viva, lo cual requeriría santidad, discreción y conocimientos. Klempnerarbeit podría significar también, en este caso, falta de valor estético de las mal llamadas “reformas”. 


A continuación, el P. Tschinkel traduce la palabra alemana de Guardini al vienés coloquial:

“Ja, ich würde als Wiener sagen: Pfuscherarbeit. So ist das. Die Texte sind gewählt ohne irgend einen Zusammenhang mit dem Mysterium. Es war Pius Parsch sein Anliegen, dem Volk das Mysterium nahezubringen—jetzt und hier sich das ereignet durch die Realpräsenz Christi in der Eucharistie. Das ist Religionsunterricht. Ja, und dann muß ich sagen: In dem Punkt ist Lefebvre sicher ein Retter. Er wird eine Zukunft haben. Wäre nicht das erste Mal. Jeanne d’Arc wurde als Hexe verbrannt, später heilig gesprochen. Athanasius exkommuniziert—der große Kirchenlehrer”.

“Sí, como vienés, yo diría trabajo chapucero. Así es como es. Se ha elegido los textos sin ninguna relación con el misterio. La preocupación de Pius Parsch era hacer el misterio accesible al pueblo – lo que, aquí y ahora, está ocurriendo por la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía-. Eso es educación religiosa. Y sí, debo decirlo a continuación: en este aspecto Lefebvre es ciertamente un salvador, que tiene mucho futuro. No sería la primera vez que pasa. Juana de Arco fue quemada como bruja, y luego se la canonizó. Atanasio fue excomulgado, el gran maestro de la Iglesia”. 

Según un amigo mío de Viena, Pfuscherarbeit significa no sólo un trabajo descuidado, sino también un trabajo ilegal. El P. Guardini, en la medida que vio lo que estaba ocurriendo antes de su muerte en 1968, lo descalificó como Klempnerarbeit; el P. Tschinkel, heredero del P. Parsch, coincide en que la reforma de Bugnini es Pfuscherarbeit.


En aquella entrevista, el Dr. Klötzl menciona también al Dr. Erwin Hesse, quien desde 1946 a 1979 fue párroco de la (actual) iglesia Oratoriana de Viena, San Rochus. El P. Tschinkel habla de su afecto por el P. Hesse y de cómo coincide con él en apreciar la acción de Lefebvre en la preservación la liturgia tradicional y la doctrina. El P. Hesse, de hecho, dictó algunas clases para la FSSPX. Es importante darse cuenta de que estamos aquí en presencia de personas que estudiaron a Pius Parsch y lo siguieron y que, por decirlo de algún modo, son sus herederos.

Pienso que éste es el medio intelectual y espiritual desde el cual debiéramos entender que surgió Joseph Ratzinger, como se advierte en las elegíacas notas de su Prefacio al libro de Alcuin Reid intitulado The Organic Development of the Liturgy:

“El Movimiento Litúrgico había procurado, efectivamente,… enseñarnos a comprender la Liturgia como un tejido de la Tradicion que tomó una forma concreta, que no puede ser hecha pedazos, sino que tiene que ser vista y experimentada como un todo viviente. Quien quiera que, como yo, haya sido movido por esta percepción del Movimiento Litúrgico en la víspera del Concilio Vaticano II no puede sino contemplar, con profunda pena, las ruinas de aquellas mismas cosas que lo preocupaban”.

Quisiera agradecer al Mag. Theol. y Dr. Med. Rupert Klötzl, que realizó la entrevista con el P. Tschinkel y me envió su transcripción, por permitirme usar el material que he citado y las fotos. La entrevista completa, de 5.000 palabras, merece ser traducida (¿algún voluntario?).

Un artículo de periódioc de 1962, en que se ve al P. Tschinkel (con su nombre mal escrito) celebrando la Misa versus populum, pasatiempo favorito de los pseudo-anticuarios. Con la sabiduría del paso del tiempo, el P. Tschinkel lamentó, posteriormente, el apresuramiento con que algunas discutibles teorías se transformaron en premisas de los grandes cambios litúrgicos

domingo, 6 de mayo de 2018

La Fœderatio Internationalis Juventutem

La Foederatio Internationalis Juventutem (comúnmente conocida como “Juventutem”) es un movimiento internacional de jóvenes de entre 18 y 36 años que coordina el actuar de las distintas agrupaciones juveniles tradicionales que persiguen la promoción de la misa tradicional en el mundo. El objetivo de esta asociación es el de cultivar y fortalecer las relaciones entre estos grupos de jóvenes a niveles nacionales e internacionales, así como motivar y colaborar con ellos en el cultivo y promoción de la fe católica.

Pendón con el emblema de Juventutem

La Federación se constituyó formalmente en la ciudad suiza de Berna el 24 de mayo de 2006 con el propósito de agrupar y coordinar a todos los capítulos locales de jóvenes que surgieran en torno a la Tradición Católica, contando en su inicio con más de 15 capítulos provenientes de todos los continentes del orbe.

Su principal actividad pública es la de organizar una delegación de asistentes a las Jornadas Mundiales de la Juventud, que se convocan y celebran regularmente, a fin de procurar el adecuado ambiente de recogimiento y facilitar la participación de sus miembros en concordancia con el espíritu de la liturgia tradicional y la enseñanza de la Iglesia. Asimismo, la Federación Juventutem participa activamente de otras peregrinaciones, tales como la peregrinación Summorum Pontificum que se desarrolla cada año en la ciudad de Roma para la festividad de Cristo Rey.

Su actual presidente es el húngaro Bertalan Kiss, quien a su vez preside el capítulo húngaro de la asociación. Su capellán es, desde su fundación, el sacerdote Armand de Malleray FSSP, quien a su vez se desempeña como capellán de la agrupación Juventutem Inglaterra.

Origen del Nombre

Oraciones al pie del Altar

La palabra “juventutem” corresponde al término latino juventud, y está tomado del Salmo 42, rezado como la primera oración al pie del altar en la celebración de la Santa Misa. Así, el sacerdote y su acólito recitan alternadamente las frases “Introibo ad altare Dei” a lo que el acólito responde “Ad Deum qui laetificat juventutem meam” (Entraré al altar de Dios, al Dios que es la alegría de mi juventud). Ésta se refiere a la juventud espiritual otorgada por la Gracia proveniente de Nuestro Señor Jesucristo. Su emblema es una custodia de oro en forma de Sol. Su significación es doble, por un lado, representa la fecha fundacional original de la Federación, esto es, durante el año santo de la Eucaristía convocado por San Juan Pablo II en 2004 y concluido por S.S. Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia del año 2005, y por otro, representa la centralidad del Santísimo Sacramento del Altar en el actuar y misión de la Federación.

Historia

Los orígenes de Juventutem se pueden trazar con anterioridad a su constitución como asociación, al año 2004, cuando por iniciativa de sacerdotes de la Fraternidad de San Pedro se organizó una delegación de fieles devotos a la misa tradicional, a fin de que ésta se hiciera presente en la Jornada Mundial de la Juventud de 2005, contando con la debida asistencia espiritual y preparación de parte de sacerdotes y religiosos afines a la liturgia tradicional de la Iglesia. 


Peregrinos de Juventutem
(New Liturgical Movement)

Unos mil jóvenes provenientes de más de veinte países asistieron a Juventutem Colonia, lo que constituyó un hito para las diversas agrupaciones juveniles que promueven y se sienten atraídas hacia la tradición litúrgica. Así, esta fue la primera ocasión además en que se ofrecía la misa y los sacramentos conforme el Usus Antiquior de manera oficial en el programa de una jornada mundial de la juventud. Dos cardenales y ocho obispos participaron total o parcialmente de las actividades que ocurrieron en las dos semanas que duró en encuentro, así como muchos sacerdotes, religiosos y seminaristas provenientes de diversos países. Lo anterior, concitó el interés no solo de la prensa católica sino que también secular, incluso el afamado periódico francés Le Figaro dedicó un reportaje acerca de la irrupción de esta nueva agrupación de jóvenes, congregados alrededor de una liturgia que, hasta entonces, parecía solo concitar el interés de gente mayor, que en su juventud había conocido la liturgia tradicional de la Iglesia. 


Misa Pontifical en la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid
Desde entonces, Juventutem ha participado en todas las sucesivas jornadas mundiales de la juventud, incluyendo las celebradas en Sydney 2008, Madrid 2011, Rio de Janeiro 2013 y Cracovia 2016.

Obligaciones de los miembros

Miembros de Juventutem Soleto junto al Cardenal Burke

De acuerdo a los estatutos de Juventutem, las obligaciones que asume cada uno de los miembros que se integra a un capítulo son el rezo del salmo Judica Me o alguna otra oración ofrecida por la santificación de la juventud; visitar una iglesia para adorar a Nuestro Señor presente en el sagrario, al menos una vez a la semana (puede ser antes o después de la Misa dominical); asistir a la Santa Misa en la forma extraordinaria al menos una vez al año; participar en al menos un evento de Juventutem al año, y colaborar material y espiritualmente con su sostenimiento. 


Apoyo recibido por diversas autoridades eclesiásticas

A lo largo de su existencia, Juventutem ha recibido la recomendación y decidido apoyo de diversas autoridades eclesiásticas. A comienzos del año 2008 el Cardenal Darío Castrillón Hoyos, a la sazón presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, se dirigió a los miembros de la Federación con la siguiente carta:



Queridos jóvenes miembros de la Federación Internacional Juventutem

Son ustedes unos jóvenes católicos leales hacia la jerarquía de la Iglesia y atraídos por la “forma extraordinaria” de la liturgia romana, particularmente el misal del Beato Juan XXIII. Les aliento a realizar su meta, esto es, la santificación por las tradiciones romanas de la Iglesia.

La presencia de vuestros pequeños grupos en Asia, Europa, África, América y Oceanía ilustra la atracción universal de las formas mas antigua de la liturgia romana, cuya trascendencia especial se une finalmente a las culturas más diversas.

Reciben ustedes por esta liturgia un apoyo particular para conocer y amar mejor a Nuestro Señor Jesucristo y su Iglesia, como escribía el Santo Padre el 7 de julio de 2007: “Justo después del Concilio Vaticano II, podíamos suponer que la demanda de uso del Misal de 1962 se habría limitado a la generación más mayor, la que había envejecido con él, pero entretanto ha aparecido claramente que los jóvenes descubrían igualmente esta forma litúrgica, se sentían atraídos por ella y encontraban una forma de encuentro con el misterio de la Santísima Eucaristía, que les convenía particularmente” [Carta a los Obispos que acompaña el Motu Propio
Summorum Pontificum”]

Signo de vuestra devoción hacia el Sacramento de la Eucaristía, vuestra Federación
Juventutem ha elegido como emblema un ostensorio. Sé que algunos de vosotros estaréis presentes en el Congreso Eucarístico Internacional de Québec en junio próximo.

Les renuevo pues mis estímulos por vuestro progreso en la piedad y amistad cristianas, a través de las tradiciones romana de la Iglesia. Puedan ustedes encontrar una santificación cada vez más profundad, que haga de ustedes testigos calurosos del Amor de Cristo en la comunión de su Iglesia.


Dario Card. Castrillon Hoyos,
Presidente de la Commisión Pontifical
«Ecclesia Dei»
Ciudad del Vaticano, 17 de enero 2008.


Con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud 2010 celebrada en Madrid, el entonces presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, Cardenal William Levada, se dirigió a los miembros de la Federación con la siguiente carta:


Ciudad del Vaticano, 8 de febrero 2010

Queridos jóvenes de la Federación Internacional
Juventutem,

La Pontificia Comisión
Ecclesia Dei, ha recientemente tomado conocimiento de su preparación para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, España, en Agosto de 2010. Estos eventos son maravillosas oportunidades de encuentro para la juventud con el Señor resucitado junto a su Vicario en la Tierra, nuestro Santo Padre Benedicto XVI. Estoy cierto de que anhelan fervorosamente su participación y les escribo para desearles lo mejor.

Fue nuestro Santo Padre, Benedicto XVI, quien señaló en la carta explicativa al Motu Proprio
Summorum Pontificum que "ha sido claramente demostrado que los jóvenes también han descubierto esta forma litúrgica, sentido su atracción y encontrado en ella una forma de encuentro con el Misterio del Santísimo Sacramento, que se ajusta particularmente a ellos" La presencia de jóvenes atraídos a la forma antigua de la Liturgia en estos días de Encuentro Mundial de la Juventud ayudan a enfatizar su legítimo lugar dentro de la vida de la Iglesia, y también los frutos que pueden traer a la Iglesia en general.

La Comisión se complace de oír de los organizadores de la Fundación
Iuventutem que su participación en las dos Jornadas Mundiales de la Juventud ha resultado extremadamente positiva. Allí, sus integrantes han tenido la oportunidad de encontrarse con jóvenes de todas partes del mundo, de oír la catequesis oficial y unirse en oración con el Santo Padre. Asimismo, las últimas dos Jornadas Mundiales de la Juventud, han dado la oportunidad, con el apoyo de su organización, de celebrar la Santa Misa y las Vísperas conforme la Forma Extraordinaria, demostrando en consecuencia el antiguo patrimonio de la Iglesia a los jóvenes dentro de la Iglesia universal y demostrando la solicitud pastoral de los Obispos del mundo para aquellos que se encuentran asociados a la Forma Extraordinaria.

Ya que realizan esta peregrinación a España este año, la Pontificia Comisión
Ecclesia Dei les desea abundancia de bendiciones, oración por su fructífera colaboración con los organizadores como ha ocurrido tan bien en las pasadas jornadas de la juventud, y espera que su testimonio pueda seguir incrementando una comunión más profunda con la vida de Cristo y su Iglesia.

Con mis sinceros buenos deseos, y otorgándoles mi bendición, permanezco suyos en Cristo

                                                                                                                       
William Cardenal Levada
Presidente


El Capítulo Chileno

Chile contó también con un capítulo nacional de Juventutem, que estuvo integrado por diversos miembros, varios de los cuales participaban del apostolado de nuestra Asociación Magnificat.

Según información oficial de la Federación, este capítulo se encuentra inactivo, aunque aún se pueden consultar las entradas históricas de su blog (el que puede ser revisado aquí). Hacemos votos entonces para que el Señor suscite interés en los jóvenes chilenos, para el pronto restablecimiento de este capítulo, a fin de propagar la fe verdadera y la debida incorporación de nuevos jóvenes al apostolado de la liturgia tradicional de la Iglesia.


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Actualización [27 de junio de 2019]: Crisis Magazine ha publicado un interesante artículo de Stephen Snyder con las primeras reacciones que produce en los jóvenes la asistencia a Misa tradicional, quienes coinciden en describir la experiencia con una palabra: ahí se palpa lo sagrado. 

martes, 17 de enero de 2017

FIUV Position Paper 2: La piedad litúrgica y la participación

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 2 dedicado a la piedad litúrgica y la participación de los fieles, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de marzo de 2012. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del resumen (Abstract) que lo precede. 

 Imagen: FIUV

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La piedad litúrgica y la participación

Resumen

El Movimiento Litúrgico, desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, promovió una forma de piedad inspirada fundamentalmente en la liturgia. Naturalmente, esto hizo que se insistiera en la comprensión de la liturgia, lo cual llevó a que, junto con la catequesis litúrgica, algunos de sus miembros recomendaran que se hiciera una exposición de aquellos aspectos de la liturgia que, de algún modo, permanecían ocultos (debido al uso del latín, al silencio, a la celebración ad orientem, etcétera), y que se simplificaran algunos ritos. Sin embargo, como lo señaló San Juan Pablo II, la comprensión cabal de la participación litúrgica no se limita a una comprensión intelectual de los ritos, sino que incluye el impacto del rito en la persona en su totalidad. El Papa Benedicto XVI, al referirse a la “sacralidad” de la tradición litúrgica anterior, llama la atención hacia el hecho de que varios aspectos de los ritos que podrían parecer obscuros a la comprensión de los fieles (ceremonial complejo, el latín, el silencio, etcétera), en realidad facilitan la participación de la persona en su integridad, por cuanto comunican las realidades sagradas del rito en una forma que trasciende a las palabras.

Los comentarios a este texto pueden enviarse a positio@fiuv.

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Wilhelm Leibl: Tres mujeres en la iglesia (1882, Kunsthalle Hamburg)
(Imagen: Wikimedia Commons)

Texto

1. La expresión “piedad litúrgica” se refiere a la piedad que es fomentada por la frecuente participación en la liturgia, que se alimenta del desarrollo de los sagrados misterios a través del ciclo litúrgico anual, y para cuya formación los textos de los libros litúrgicos y las ceremonias de los ritos litúrgicos son centrales y no periféricos. Se diferencia esta piedad de la que se forma predominantemente mediante devociones no litúrgicas, ya sean públicas o privadas. El fomento de la piedad litúrgica y la participación en la liturgia que a ella conduce, son, podría decirse, los objetivos finales del Movimiento Litúrgico desde sus principios en el siglo XIX hasta el influjo que él tuvo en la liturgia después del Concilio Vaticano II. Los sucesivos Papas se encargaron de alentar este movimiento y, simultáneamente, de advertir contra las conclusiones exageradas y erróneas que derivaron a veces de este ideal. El concepto de piedad litúrgica es particularmente interesante en el contexto de la forma extraordinaria del misal romano, ya que su ideal sigue influyendo en la discusión sobre la participación de los fieles en la liturgia, sobre cómo debiera celebrarse dicha forma extraordinaria y cómo debieran evolucionar sus libros litúrgicos al paso del tiempo. El presente ensayo, en particular, se propone iluminar el problema de si la tradición litúrgica anterior es, en sí misma, un obstáculo a la debida participación litúrgica de los fieles, y de si los argumentos del Movimiento Litúrgico, así como el magisterio que le fue contemporáneo, como la encíclica Mediator Dei de Pío XII, debieran ser entendidos como una indicio de que tal obstáculo es real.

2. El deseo de una mayor piedad litúrgica surgió espontáneamente de dos observaciones. Primero, la liturgia católica es una fuente inmensamente rica de devoción. El Cardenal inglés Wiseman exclamaba ya en época tan temprana como 1842: “No hay, ni en todos nuestros libros modernos considerados en conjunto, lugar u objeto alguno sobre los cuales se haya prodigado, por decirlo así, más rica poesía y más oraciones solemnes, que sobre los del culto a que asiste el católico”[1]

 Eduardo Cano de la Peña, Retrato del Cardenal Nicholas Wiseman (c. 1865, U. de Sevilla)
(Imagen: Wikimedia Commons)

3. Segundo, la liturgia, en particular la Eucaristía, es por su naturaleza misma una oportunidad privilegiada para que el cristiano se comunique con Dios. La liturgia es la oración pública de la Iglesia, y la Misa es la representación del Sacrificio de Cristo en la Cruz: al unirse a la primera, el fiel puede tomar parte en la perfecta oración que a Dios presenta su Esposa sin mancha; al unirse al segundo, los fieles pueden asociar sus propias ofrendas al perfecto Sacrificio que se ofrece al Padre, el Sacrificio de la Víctima sin mácula.

4. Para que la liturgia tenga en la vida de devoción del católico corriente el lugar que debiera, la participación del mismo en la liturgia debe ser todo lo profunda que se pueda. Un modo de fomentar esto fue promover la formación litúrgica tanto del clero como de los fieles[2], especialmente mediante libros de liturgia –misal de los fieles- como sobre liturgia, como el monumental Año litúrgico de Dom Prosper Guéranger, publicado entre 1841 y 1844. Dom Guéranger escribió en el prefacio, luego de hacer ver el valor especial de la oración unida a la Oración de la Iglesia: “La oración litúrgica se volvería rápidamente impotente si los fieles no tomaran realmente parte en ella o, por lo menos, no se asociaran a ella de corazón: ella puede sanar al mundo, pero a condición de que sea comprendida”[3].

5. Desde sus mismos principios, las metas y aspiraciones del Movimiento Litúrgico implicaron una tensión. Por un lado, la riqueza, es decir, la profundidad, densidad y complejidad teológicas de la liturgia católica es una de las razones para promover un mayor aprecio de la misma, en particular como fundamento de la devoción contemplativa. Por otro lado, si la participación en la liturgia, que se recomendaba también por el Magisterio de la época[4], requiere una adecuada comprensión de la misma, parecería que dicha participación podría ser favorecida tanto por la explicación de las partes de la liturgia que tradicionalmente están ocultas de un modo u otro (diciéndose en voz alta las oraciones que se dicen en silencio, usándose el idioma vernáculo, diciéndose la Misa versus populum), como por la simplificación de los ritos.

6. Esta tensión explica el porqué del debate al interior del Movimiento Litúrgico sobre la reforma litúrgica, el que se prolongó por más de un siglo. Hubo en el Movimiento muchos escritores profundamente apegados a la liturgia tal como ella les había sido transmitida, y opuestos, por ejemplo, al uso de vernáculo: Guéranger mismo fue un ejemplo de esto. Otros fueron de la opinión contraria[5].

 Dom Gueránger
(Imagen: Crisis Magazine)

7. Esta tensión puede solucionarse, sin embargo, con dos observaciones. En primer lugar y muy claramente, si se la lleva a sus conclusiones lógicas, la idea de facilitar la comprensión de un rito simplificándolo es contradictoria, porque el proceso de simplificación tiene como resultado el que habrá menos materia que comprender. La supresión de oraciones  y ceremonias claramente suprime cosas que podrían ser objeto de una fructífera meditación. 

8. En segundo lugar, la “comprensión” de que se discute en la participación litúrgica no es primariamente una cuestión de captar el significado de determinadas proposiciones, sino que se refiere más bien al impacto espiritual de la liturgia en el participante. El P. Aidan Nichols OP, analizando las opiniones de varios sociólogos que estudian el ritual religioso, dice:

“Para el sociólogo no es en absoluto evidente que los ritos breves, claros, tienen un mayor potencial transformador que los ritos complejos, abundantes, ricos, largos, provistos de un elaborado ceremonial”[6].

Y añade:

“La noción de que el signo, mientras más inteligible sea, más efectivamente penetrará en la vida de los fieles no es aceptable para la imaginación sociológica […] una cierta opacidad es esencial a la acción simbólica, según lo explican los sociólogos […][7].

9. No está en juego aquí sólo el impacto estético, sino la cuestión general relativa a la comunicación no-verbal. El ceremonial complejo indica, en un lenguaje universal, la importancia de lo que fuere que está en el centro de la ceremonia. El uso del latín sirve para enfatizar la antigüedad y universalidad de la liturgia, como lo observó San Juan XXIII[8]. El uso del silencio es un medio muy efectivo de subrayar el carácter sagrado de lo que está teniendo lugar[9]. Lo mismo puede decirse de muchos aspectos de la tradición litúrgica anterior que podrían parecer, superficialmente, impedimentos para la comprensión de los fieles. San Juan Pablo II se refiere a tales cosas al hablar de la liturgia de las Iglesias de Oriente:

“La larga duración de las celebraciones, las reiteradas invocaciones, todo expresa una gradual identificación de la persona entera con el misterio que se celebra”[10].

Y como lo señala la Instrucción Liturgiam Authenticam:

“La Sagrada Liturgia compromete no sólo el intelecto del ser humano sino toda su persona, la cual es el 'sujeto' de una participación plena y consciente en la celebración litúrgica”[11].

 El Siervo de Dios Pío XII celebrando la Santa Misa
(Imagen: Orbis Catholicus)

10. El punto es subrayado por la encíclica Mediator Dei de Pío XII. Junto con aprobar una serie de iniciativas de los seguidores de Movimiento Litúrgico y con condenar otras, el Papa hace una importante cualificación: muchos fieles son incapaces de usar el misal romano aunque esté escrito en vernáculo, y no pueden en absoluto comprender correctamente los ritos y fórmulas litúrgicos. Los talentos de los seres humanos son tan variados y diversos que es imposible que todos se sientan movidos y atraídos en la misma medida por las oraciones colectivas, por los himnos y las ceremonias litúrgicas. Además, las necesidades e inclinaciones no son las mismas en todos, ni están constantemente presentes en un mismo individuo. ¿Quién podría decir, si se aceptara semejante prejuicio, que no todos estos cristianos pueden participar en la Misa o aprovechar sus frutos? Por el contrario, ellos pueden usar algún otro método más fácil para ciertas personas: por ejemplo, pueden meditar amorosamente los misterios de Jesucristo, o realizar otros actos de piedad o recitar oraciones que, aunque sean diferentes de las de los ritos sagrados, están, sin embargo, esencialmente en armonía con ellos[12].

11. Mediante esta más amplia comprensión de la participación, que es ciertamente activa y litúrgica pero que involucra a toda la persona y no meramente su intelecto, podemos enfrentar nuevamente el problema planteado por el Movimiento Litúrgico sobre la forma que debiera tener una piedad propiamente litúrgica. Estar empapado con el espíritu de la liturgia, poner a la liturgia en el lugar de honor que le corresponde en la vida espiritual de cada uno, exige cierto grado de catequesis litúrgica, pero, sobre todo, exige repercutir en nosotros precisamente del modo que la Iglesia, en la liturgia, quiere que repercuta, o sea, con un profundo sentido de sagrado temor, temor que es la respuesta racional a la aprehensión de lo Santo. Es este sentido lo que nos estimula a participar espiritualmente en el Sacrificio del modo más intenso posible. El Papa Benedicto XVI  ha observado que uno de los carismas propios de la forma extraordinaria es su “sacralidad”, su evocación del temor sagrado[13]. Lo misterioso de las ceremonias; el hecho de que las oraciones se digan en un lenguaje sagrado, aun en silencio; el hecho de que algunas partes se la liturgia sean sustraídas a la vista, todo ello contribuye de por sí a ese temor sagrado, y de este modo más facilita que impide la participación de los fieles.   

 El entonces Cardenal Ratzinger pontificando en la forma tradicional del rito romano
(Imagen: Watershed)




[1] Wiseman, N., “On Prayer and Prayer Books”, Dublin Review, noviembre de 1842. Esta idea se repite en la Constitución sobre la liturgia del Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, núm. 33.

[2] Es muy impresionante la energía de Sacrosanctum Concilium en la promoción de la formación litúrgica: véase los núm. 14-22.

[3] Guéranger, P., El año litúrgico: Adviento, pp. 6-7.

[4] En especial el motu proprio de San Pío X Tra le sollicitudine (1903): “Llenos, como estamos, de más ardiente deseo de ver florecer el espíritu cristiano en todos los aspectos y de que lo preserve por todos los fieles, Nos estimamos necesario proveer ante todo a la santidad y dignidad del templo en el cual los fieles se reúnen para nada menos que adquirir este espíritu de su principal e indispensable fuente, que es la activa participación en los santísimos misterios y en la oración pública y solemne de la Iglesia”.

[5] El artículo de 1916 de Joseph Gottler “Pia Desideria Liturgica” pedía la “antemisa” en vernáculo y la supresión de algunas ceremonias. Romano Guardini puso, de hecho, en práctica la Misa versus populum en el período entre guerras.

[6] Nichols, A., Looking at the Liturgy: a Critical View of its Contemporary Form (San Francisco, Ignatius Press, 1996), p. 59.

[7] Nichols, Looking at the Liturgy, cit., p. 61.

[8] Juan XXIII, Constitución apostólica Veterum Sapientia (1963), núm. 8. Véase también Pablo VI, Carta apostólica Sacrificium Laudis (1968): “porque este lenguaje [el latín] es, en la Iglesia Latina, una fuente abundante de civilización cristiana y un riquísimo venero de devoción”.

[9] El Papa Benedicto XVI escribe en El espíritu de la liturgia (Madrid, Ediciones Cristiandad, 2001), p. 209: “Cada vez nos damos más cuenta y más claramente de que el silencio es parte de la liturgia. Con el canto y la oración respondemos al Dios que nos habla, pero el misterio mayor, que supera a todas las palabras, nos exige silencio”.

[10] Juan Pablo II, Encíclica Orientale Lumen (1995), núm. 11: “Extractum longius celebrationum tempus, iteratae invocationes, omnia denique comprobant aliquem paulatim in celebrandum mysterium ingredi tota sua cum persona”.

[11] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Liturgiam Authenticam (2001), núm. 28: “Sacra Liturgia non solum hominis intellectum devincit, sed totam etiam personam, quae es “subiectum” plenae et consciae participationis in celebration liturgica”.

[12] Pío XII, Encíclica Mediator Dei (1947), núm. 108: “Haud pauci enim e christifidelibus “Missale Romano”, etiamsi vulgata lingua exarato, uti nequeunt; neque omnes idonei sunt ad recte, ut addecet , intelligendos ritus ac formulas litúrgicas. Ingenium, índoles ac mens hominum tan varia sunt atque adsimilia, ut nos omnes queant precibus, canticis sacrisque actionibus, communiter habitis, eodem modo moveri ac duci. Ac praeteream animorum necessitates et propensa eorum sustia non eadem in omnibus sunt, neque in singulis simper eadem permanent. Quis igitur dixerit, praeiudicata eiusmodi opinione compulsus, tot christianos non posse Eucharisticum participare Sacrificium, eiusque perfrui beneficiis? At ii alia ratione utique possunt, quae facilior nonnullis evadit; ut, verbi gratia, Iusu Christi mysteria pie meditando, vel alia peragendo pietatis exercitia aliasque fundendo preces, quae, etsi forma a sacris ritibus different, natura tamen sua cum iisden congruunt”. La preocupación por las varias formas de participación se reitera en Sacrosanctum Concilium, núm. 26: “[las ceremonias] involucran a los miembros de la Iglesia en diversas formas, de acuerdo con su diferente rango, oficio, y participación efectiva” (“Quare ad universum Corpus Ecclesiae pertinent illudque manifestant et afficiunt; singula vero membra ipsius diverso modo, pro diversitate ordinum, munerum et actualis participationis, attingunt”).

[13] El papa Benedicto XVI habla de “la sacralidad que atrae a muchas personas hacia el uso antiguo” [Carta a los Obispos, que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum (2007)].