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sábado, 15 de febrero de 2020

Ronald Knox y la Santa Misa

Ronald Knox (1888-1957) fue un sacerdote católico inglés, conocido tanto por sus libros de teología como por sus historias detectivescas (célebre es, por ejemplo, su décalogo para una novela de misterio). Se lo recuerda también como escritor de guiones y locutor de la BBC. 

 Ronald Knox

Hoy queremos ofrecer a nuestros lectores algunos fragmentos (en cursiva) de la biografía que Evelyn Waugh (1903-1966) publicó sobre su amigo Ronald Knox y que muestran la importancia que la liturgia tradicional acabó teniendo para este converso del anglicanismo. Se trata de un libro muy recomendable, del cual existen dos versiones en castellano: una publicada por Ediciones Palabra y otra hecha por Jack Tollers y disponible en línea en su sitio web. La biografía apareció en 1959 y "nos sumerge en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX con una atención por el detalle que no conspira contra el ritmo de la relación ni la profundidad de los asuntos tratados" (Jack Tollers). El gran mérito de Waugh es haber conseguido desvelar "el conflicto interior de lealtades que Ronald [Knox] y él compartieron y que fue la clave de su vida" (Paul Johnson).

Los dos abuelos de Ronald Knox fueron obispos de la Iglesia anglicana y su padre (Edmund Knox) alcanzó también el episcopado anglicano cuando su hijo contaba con siete años de edad. Recibió una esmerada educación protestante, asistiendo a Eton College. Ahí comenzó su proceso de conversión con la lectura de Luz invisible de Robert Hugh Benson (1871-1914), que lo enfrentó por primera vez con la Virgen María como figura central de devoción y con el sacerdocio como un estado cuya función es primordialmente sacramental y no administrativa. Por esa época, pasó las vacaciones de verano de 1904 en Europa continental, justo después de haber empezado a tratar a algunos niños provenientes de familias ritualistas y de leer The Ritual Reason Why, un libro didáctico que explicaba el sentido místico de los distintos ornamentos, vasos sagrados y sacramentales. Comenzó a recibir la comunión cada domingo, alternando la parroquia más próxima y la capilla del colegio. En A Spiritual Aeneid (1918), su autobiografía de conversión, explicaba que para para él todos los símbolos eran sagrados, y que era ritualista mucho antes de serlo de verdad. Pero hasta que se trasladó a Oxford, sólo había asistido a un servicio anglocatólico. De hecho, el testimonio de ese viaje de verano nos muestra a un joven Knox todavía distante de la magnificencia del ritual católico, cuando se comenzaba a vivir los primeros tiempos del Movimiento Litúrgico: 

Cuando estuvo durante dos semanas con su hermano en Alemania y Bélgica se regocijó grandemente con la arquitectura de las iglesias a las que estudió con toda atención, pero nunca fue a una Misa Solemne. Las excentricidades de la religión local no le afectaban más que las excentricidades de la dieta inglesa.

Knox continuó sus estudios en Balliol, uno de los colleges de Oxford. Ahí recibió la influencia de los tractarianos en Pusey House, un centro vinculado al anglocatolicismo. También comenzó a frecuentar a quienes eran coloquialmente conocidos como “los Padres Cowley”, la primera orden religiosa masculina de la Iglesia anglicana. Fue fundada en 1866 en el pueblo de Cowley, cerca de Oxford, con el nombre de Society of St. John the Evangelist por el sacerdote anglicano Richard Meux Benson (1824-1915). Los monjes hacen los tres votos de pobreza, obediencia y castidad, y cuenta con una tercera orden para laicos (The Fellowship of St.  John) que prosperó en todo el mundo de habla inglesa, contando actualmente con un millar de adherentes. Poco a poco, el mundo monástico comenzó a cautivar al joven Knox y a moverlo hacia su conversión, que acabaría consumada en la hoy cerrada abadía benedictina de Fort Augustus, en Escocia: 

Los domingos siempre concurría a las solemnes Misas del monasterio de los Padres Cowley [...], a menudo llevando amigos consigo con la esperanza de que el coro de canto llano, los encendidos sermones del Padre Waggett y el austero ritual, apenas más suntuoso que el de Pusey House, pero considerablemente menos elaborado que el de San Barnabas, los seduciría y sumaría a su propia manera de entender la religión. También iba allí cuatro veces al año para confesarse.

 (Foto: numendigital.com)

Al poco tiempo de graduarse en Oxford, Ronald Knox recibió las órdenes sagradas y se ordenó como sacerdote de la Iglesia de Inglaterra en 1912, siendo destinado como capellán de Trinity College, donde era fellow desde 1910. En esos tiempos ya había adoptado un estilo que preparaba su conversión al catolicismo y que se consumaría en 1917, tanto en su vestimenta como en los usos rituales. Ese mismo apego a una liturgia inmemorial fue lo que le hizo sentir con dolor los cambios que comenzaron a sucederse a partir del pontificado de Pío XII y que también afectaron a su biógrafo, el escritor Evelyn Waugh, fallecido antes de la promulgación del Misal romano reformado: 

Desde los tiempos de su diaconado Ronald había adoptado un traje eclesiástico para usar en Oxford, y a veces en Londres lo más próximo a aquellos que había visto en Brujas; sotana, medias de seda y zapatos con hebilla; a esto le agregó ahora lo que describió en una carta como “una nueva y afrentosa prenda hecha a medida, que se conoce como mantelletta”. Aquellos que sólo llegaron a conocerlo más adelante, cuando su ropa apenas si alcanzaba lo respetable, se enterarán con sorpresa de este toque de dandy que lo caracterizaba cuando más joven. “Querido Sling”, le escribió desde Manchester a F.F. Urquhart, “¿por casualidad conoces una tintorería católica en Oxford donde se supiera planchar la sobrepelliz como Dios manda, esto es, con pliegues de acordeón? Si así fuera, me gustaría entrar en tratos con ellos. Mi hermana me dice que en las tintorerías y lavanderías comunes no saben cómo hacerlo.

La sobrepelliz se usaba no sólo para el púlpito, sino también en la capilla de Trinity, cuando celebraba en el altar domingo por medio alternando con su Presidente, quien prefería la “posición norte” a igual que el padre de Ronald. En la calle Graham de Londres y en otros lugares de Oxford donde celebraba oficios de la residencia St. Stephen y un convento de monjas anglicanas usaba casulla y buena parte del oficio en palabras y formas del Ritual Romano. Muchos de sus amigos se solazaban con los modos litúrgicos del continente y Ronald se mofaba considerablemente de los usos litúrgicos de los evangelistas, bien que las observancias exteriores de la religión lo tenían más bien sin cuidado. Amaba a la Iglesia católica y, en su deferencia, observaba sus ceremonias y recurría a sus ornamentos por considerarlos sus galas especiales. Vivió para ver cómo la Iglesia católica llegó a abandonar muchas de esas rúbricas y rituales que él había observando siendo anglicano. Vio el relajamiento del ayuno eucarístico y la irrupción de los laicos en las celebraciones litúrgicas; vio cómo los arquitectos eclesiásticos le dieron la espalda al Mediterráneo para seguir las áridas y proletarias modas del norte. Algunos de sus sermones más tardíos (en particular la serie de Corpus Christi predicada en Maiden Lane) constituyen recriminaciones que se dirige a sí mismo por su sentimental pena al comprobar cómo cambiaba la faz externa de la Iglesia.

“El bebe no entiende inglés”, dijo una vez, con desacostumbrada vehemencia, cuando se le pidió que administrara un bautismo en lengua vernácula, “y el Diablo sí sabe latín”. Pero su fastidio era simplemente parte de su general conservadurismo. Nada tenía que ver con su religión, que se hallaba fundada en estudios bíblicos, teología ortodoxa y oración mental.

De hecho, todavía siendo anglicano participó en la Sociedad de los Santos Pedro y Pablo, una editorial de tendencia anglocatólica fundada en 1911 que consideraba que era posible acercar ritualmente la Iglesia anglicana a la liturgia romana del catolicismo. Para ellos, por ejemplo, Knox tradujo el rito de Semana Santa, abreviado en 1955 por Pío XII: 

Ayudó a traducir la liturgia para Semana Santa del Misal Romano (que llegó a ver abreviada, y a su modo de ver, empobrecida, por decreto del Papa). Casi cuarenta años después realizó otra traducción para los editores Burns, Oates y Washbourne, una versión diseñada para leer a dos columnas con el latín, no para ser cantada. ¡Cuánta libertad de espíritu y anchura de corazón adquirió a lo largo de ese período!

Ronald Knox se convirtió al catolicismo en 1917, en medio de la Primera Guerra Mundial, la cual le costó la vida a mucho de sus amigos y de los antiguos alumnos de Oxford a los que trató. Un año después fue ordenado sacerdote. Durante ese tiempo de preparación vivió en el Oratorio de Brompton, en Londres. Fue ahí donde comenzó a vivir de manera católica, siempre de la mano de la cuidada liturgia de los hijos de San Felipe Neri: 

Ronald se mudó al Oratorio el 26 de noviembre [de 1917] y fue registrado como “estudiante eclesiástico a cargo de su propia pensión”. Nunca hubo cuestión de que ingresara al noviciado oratoriano. Era pura y simplemente un huésped, bien que durante trece meses observó, en cuanto le fue posible, las reglas de la casa, oyendo Misa diariamente, partiendo a las ocho y media de la mañana, volviendo en cuanto terminaba su trabajo, participando del oficio de Vísperas, compartiendo la recreación de la comunidad y yéndose a dormir a eso de las diez. Resultó un período de muy necesario “tranquilo reposo, de luz y de paz”, sobre el que siempre echó luego una mirada de cordial gratitud.

 El Oratorio de Brompton (Londres)

Entre 1926 y 1939, Knox volvió a Oxford, esta vez como el capellán católico de la universidad. Ahí buscaba ser cayado de pastor antes que anzuelo de pescador, recordando que a él le habían confiado que los estudiantes católicos conservaran su fe en medio de un mundo adverso, cuando no descreído. Estaba lejos, entonces, de esos grupos que, con ocasión y sin ella, tratan de introducir temas piadosos, la mayoría de las veces produciendo el efecto contrario del que pretendían lograr, fundados en un proselitismo mal entendido. En la capellanía celebraba la primera Misa de cada domingo. La tercera y última era dicha por un dominico conforme a su rito propio, evidencia de la riqueza litúrgica de la que hoy no se puede gozar: 

Los domingos Ronald siempre dijo la primera Misa a las 08.15 horas. Había luego Misa de nueve para la gente del barrio, generalmente celebrada por algún jesuita. “Los alumnos no suelen ir a esa; sin que haya tenido parte en el asunto... A las 10.30 la Misa es celebrada por uno de los dominicos. Ahí se complica un poco, porque los dominicos insisten en una Misa extraña que exige un ayudante acostumbrado al ritual”.

Tras dejar Oxford, Ronald Knox se trasladó a Aldenham, propiedad de sus amigos Lord y Lady Acton. Durante la Segunda Guerra Mundial, ahí funcionó un colegio de niñas a cargo de las religiosas de la Asunción. Como capellán se hizo conocido por las prédicas que daba los domingos después de la Bendición con el Santísimo. Nadie quería perdérselas. De hecho, su éxito llevó a Knox a publicar los guiones corregidos. Fue así como en 1948 vio la luz The Mass in Slow Motion (La Misa en cámara lenta), que ha sido traducido también por Jack Tollers (disponible aquí para descarga), donde se recogen los sermones que dedicó al Santo Sacrificio. Un año después publicó The Creed in Slow Motion (El Credo en cámara lenta), del cual existe una versión castellana de la Editorial Rialp:

Pero no fue su calidad de dispensador de entretenimientos lo que más impresionó a las chicas de Aldenham. Sus prístinas mentes juveniles reconocían la santidad, y la amaban. Él les explicó los pasos de la liturgia de un modo que nunca se les había explicado aunque entendieron mucho más participando de las Misas que celebraba. En una oportunidad una chica dio en pasar por la capilla mientras él hacía su acción de gracias; se arrodilló completamente absorbido en oración, y luego la niña le contó a una de las monjas que pasar entre él y el altar era como “cortar a través de lo sobrenatural”. 

En 1957, Knox fue diagnosticado de un cáncer incurable. Pese a que fue examinado en el núm. 10 de Downing Street, que entonces habitaba su amigo de la infancia Harold Macmillan, al que había dado clases particulares de latín y griego, por el médico personal del Primer Ministro, no hubo tratamiento posible. Murió el 24 de agosto de ese mismo año. La Misa de exequias fue celebrada en la Catedral de Westminster por S.E.R. George Laurence Craven, obispo auxiliar de la arquidiócesis. La prédica estuvo a cargo del R. P. Martin D'Arcy SJ. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de St Andrew's Church, Mells.

 (Foto: Knoxbible.com)

Nota de la Redacción: Con algunas correcciones menores de estilo, los textos reproducidos están tomados de Waugh, E., La vida del Rvdo. Ronald Knox, trad. de Jack Tollers, ed. electrónica disponible para descarga, pp. 58, 85, 100-101, 105, 156, 206 y 270.

sábado, 27 de abril de 2019

Saberse la Misa entera

En España existe un sinnúmero de refranes populares que ponen en evidencia la tradición católica de Europa en general y de la Península Ibérica en particular, muchos de los cuales se resisten a desaparecer pese a la creciente descristianización de la sociedad, dando así la razón a Stendhal cuando decía que el español sería el último "tipo humano" que quedaría en Europa por su carácter intrínsecamente antimoderno, como el hidalgo justiciero que recorría los caminos de La Mancha. Precisamente ese componente de la identidad hispánica es una de las ideas que atraviesa el muy recomendable ensayo de Mauricio Wiesenthal intitulado La hispanibundia. Retrato español de familia (Barcelona, Acantilado, 2018).

Uno de esos refranes es aquella frase que dice "no saber de la Misa la media" y que se usa para indicar que alguien no entiende de lo que está hablando, bien por no tener conocimientos suficientes sobre el tema o bien porque no comprende completamente el asunto en cuestión. También puede referirse a que alguien no es capaz de desarrollar de manera satisfactoria un trabajo por desconocimiento de la materia.

El origen de esta expresión se remonta al siglo XVI. Por aquel entonces muchas eran las iglesias y capillas desperdigadas por los campos que había que atender y muy pocos los sacerdotes disponibles para llegar a todas y decir la Santa Misa. Fue por ello que comenzó a echarse mano de sacerdotes con una preparación deficiente. Cumple recordar que sólo tras el Concilio de Trento (1545-1563) se crearon los seminarios tal como se conocen en la actualidad, con un plan de formación de varios años y de enseñanza gradual de las verdades de la razón y la fe, pues anteriormente era muy común una clase de clérigos de aldea sin estudios, que tras recibir unas cuantas clases del párroco del lugar ya estaban listos para salir al mundo y decir Misa. Esos era prácticamente los únicos conocimientos religiosos que poseían, pues carecían de mayores nociones de filosofía, teología y latín, aprendiéndose el rito de memoria y recitando las fórmulas del ordinario de carrerilla.

Antonio Ortiz de Echagüe, La Misa de Narvaja (1900)
(Imagen: Euskonews)

Esa ignorancia provocó infinidad de situaciones en las que, cuando por algún motivo podían ser interrumpidos, los sacerdotes perdían el hilo o una mínima distracción les hacía quedar en blanco y no saber cómo continuar. De ahí nació la expresión "no se sabe de la Misa la media", en clara referencia a lo poco preparados que estaban estos clérigos para el servicio divino. Como nota curiosa, cabe destacar que estos sacerdotes también eran conocidos como "curas de Misa y olla", debido a que por su escasa preparación sólo tenían facultades para ofrecer el Santo Sacrificio y comer.

Pues bien, esta digresión permite dar un contexto al fragmento que hoy queremos compartir con nuestros lectores y que muestra cuán falsa es la afirmación usual que se hace para justificar la introducción de la Misa reformada, señalando que el antiguo rito romano no era conocido por los fieles y eso impedía su participación activa en los santos misterios que se estaban celebrando. Se trata de un breve texto tomado de la particular biografía que Rafael Gumucio escribió sobre su abuela y que se compone de distintos recuerdos personales acerca de Marta Rivas González, una mujer de izquierdas que supuso dar cohesión a su familia en medio de las dificultades personales e históricas que vivió ella y su país. 

Hija de Manuel Rivas Vicuña (1887-1937), el repetido ministro del Interior del parlamentarismo y primer representante de Chile ante la Sociedad de las Naciones, fue criada entre Santiago, París, Constantinopla, Lima y Roma. Con estudios de literatura francesa, fue profesora del Instituto Pedagógico de Santiago y del Colegio La Maisonette. En 1938 se casó con Rafael Agustín Gumucio Vives, uno de los fundadores de la Falange y posteriormente de la Democracia Cristiana, el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) y la Izquierda Cristiana, con quien se exiliaría en París tras el golpe de Estado de 1973. 

El fragmento está tomado del capítulo referido a la confesión que un día hizo con el P. José Aldunate SJ y que se volvió a repetir con frecuencia, demostrando el arraigo que la fe tenía en esta mujer. Ante la pregunta de para qué se iba a confesar si era atea, ella respondía afirmando cuán creyente asumía ser y su conocimiento de la Misa con la que había crecido. 

Qué voy a ser atea, no seas tonto tú. Me sé la Misa entera en latín. Mucho mejor que la beata de la Nena, a la que se le olvida todo.... Gloria Patri, Filio, et Spiritui Sancto. Sicut erat un principio, et nunc, et semper: et un saecula saeculoum. Amen...

Marta Rivas Vicuña
(Foto: The Clinic)

La respuesta de Marta Rivas González no puede ser más oportuna. El supuesto desconocimiento del ordinario de la Misa por parte de los fieles fue uno más de los muchos argumentos falaces que los reformadores difundieron para justificar la necesidad de contar con una Misa hecha según parámetros racionales y rezada en lengua vulgar, que permitieran al hombre moderno entender lo que estaba sucediendo sobre  el altar. Porque no se trataba de postrarse ante el misterio infinito de un Dios que muere por devolver la vida eterna a la criatura que se ha separado por el pecado, sino de ser capaz de comprender cabalmente cada una de sus partes. El problema estuvo en que la nueva Misa fue puesta en vigor justo cuando el paradigma moderno daba sus últimos estertores, para ceder paso a una nueva matriz filosófica y sociológica: la posmodernidad. He ahí uno de sus principales problemas. La Misa racionalista fue entregada a un hombre que se movía por el sentimiento antes que por la razón, siendo la verdad una pura cuestión de perspectiva. Las consecuencias que tiene el acercamiento sentimental a una Misa que ha perdido la expresividad de su sentido teológico están a la vista de cualquiera que quiera mirar la cuestión dejando de lado los prejuicios ideológicos o la ceguera autoimpuesta. Quizá por eso la Misa de siempre vuelve a "ponerse de moda": porque en ella se siente la sacralidad y el fiel se ve trasportado a los pies del Calvario. 

Nota de la Redacción: El texto está tomado de Gumucio, R., Mi abuela. Marta Rivas González, Santiago Editociones Universidad Diego Portales, 2a ed., 2014, p. 183.

sábado, 16 de marzo de 2019

Michael Davies (1936-2004)

Luego de haber publicado una reseña biográfica del Presidente Fundador, Dr. Eric de Saventhem, a continuación publicamos la segunda y última entrada dedicada a recordar a los dos primeros presidentes de la Federación Internacional Una Voce (FIUV), de la cual nuestra Asociación es su capítulo chileno desde su fundación en 1966. Esta entrada la dedicamos a la vida de Michael Davies, destacado y prolífico escritor tradicional inglés y presidente de FIUV entre 1995 y 2003, y lo hacemos traduciendo un obituario breve de Davies que publicara inmediatamente luego de su muerte Leo Darroch (como lo recordarán nuestros lectores, recientemente difundimos una recensión suya sobre su historia de FIUV),  Presidente de FIUV entre 2007 y 2013 y miembro, como Davies, de la Latin Mass Society of England and Wales (LMS). 

El original fue publicado originalmente en el boletín de la LMS y está disponible aquí (en inglés); la traducción es de la Redacción, con algunas correcciones, complementos menores y adaptaciones leves. Un obituario más extenso, también obra de Darroch y publicado originalmente en la revista Mass of Ages, puede leerse aquí; la última entrevista concedida por Michael Davies antes de su muerte puede leerse en este enlace (ambos documentos en inglés).

 Michael Davies

***

Michael Treharne Davies nació en Yeovil, Somerset, el 13 de marzo de 1936, de un padre galés y una madre inglesa. Pese a haber nacido en Inglaterra, siempre se vio a sí mismo como un verdadero hijo de Gales y al pueblo de Tonyreifal en el valle de Rhondda como su hogar espiritual, Conocía el idioma galés y a menudo entretenía a sus amigos con historias de dragones galeses y recordaba grandes victorias de la Selección de rugby de Gales. 

Al dejar el colegio se enlistó como soldado regular en la Infantería Ligera de Somerset, en la cual sirvió entre 1954 y 1960. Sirvió en Malasia durante la Emergencia Malaya, en Egipto durante la crisis de Suez y en Chipre durante la campaña contra la EOKA (Organización Nacional de Combatientes Chipriotas). Fue durante este tiempo (1957) que se convirtió a la Fe católica, decisión que estuvo influida por sucesos durante su servicio activo.

Entre los años 1962 y 1963 vivió en Newcastle upon Tyne, donde su mujer Maria (Marija Milosh, nacida en Croacia y con quien contrajo matrimonio en 1961) se preparaba para ser profesora en el Sacred Heart Sisters College. Él también se formó como profesor, en el St. Mary’s Catholic Training College, Twickenham (hoy Saint Mary's University), obteniendo su cualificación en 1964. A partir de ese momento, dedicó su vida al servicio y educación de otros. Muchos miles de jóvenes tienen motivos para estar agradecidos de su dedicada labor de enseñanza de la Fe durante treinta años en su calidad de profesor, primero en St. Ignatius Loyola Preparatory School, Buckhurst Hill (1964-1967), y luego en  St. Mary’s Primary School, Beckenham, Kent, desde 1967 y hasta 1994.

El período desde el Concilio Vaticano II (1962-1965) ha sido sin lugar a duda un tiempo difícil para la Iglesia Católica y muchos de los fieles han albergado profundas reservas acerca de las innovaciones litúrgicas introducidas en nombre del Concilio. Inicialmente, Michael Davies sintió un cierto grado de entusiasmo por el Concilio, y no fue hasta 1972 que dicho entusiasmo se vio modificado, adoptando un análisis más crítico de los documentos y de los hechos subsecuentes. Su investigación condujo a la publicación de su trilogía sobre la revolución litúrgica: Cranmer’s Godly Order (El Ordo Divino de Cranmer), Pope John’s Council (El Concilio del Papa Juan), y Pope Paul’s New Mass (La nueva Misa del Papa Pablo). Su producción se volvió prolífica, incluyendo obras sobre figuras tan destacadas como San Juan Fisher o el Cardenal John Newman. También sintió apasionadamente que el Arzobispo Marcel Lefebvre había sido retratado de modo gravemente injusto en un panfleto de la CTS (Catholic Truth Society) publicado en 1976. Cuando el autor se negó a retirar sus asertos, Michael escribió una enérgica Apologia Pro Marcel Lefebvre, la que acabó siendo publicada en tres volúmenes.

Para mucha gente que, al momento de ser introducidos los cambios litúrgicos, llevaban una solitaria línea tradicional en sus parroquias, sus libros y su ánimo fueron como maná del Cielo. En su investigación y exposición de los hechos verdaderos concernientes a la liturgia y su "arquitectura", arrojó bastante luz sobre materias que muchos "expertos" litúrgicos hubieran preferido mantener secretas. Fue esta información, que dejó en evidencia la superficialidad e ignorancia histórica de los "modernistas progresistas", lo que ha permitido a tanta gente común sentada en las bancas presentar a sus sacerdotes y obispos argumentos razonados en contra de cambios injustificados, algo que desagradó a muchos. El hecho que la causa de la Tradición esté ahora de regreso en nuestros altares en todo el mundo se debe en gran medida a Michael, a su trabajo académico y su liderazgo. Este es posiblemente su legado duradero a la Iglesia: la provisión de libros y artículos que reagruparon y educaron a los fieles en un período que verdaderamente será llamado una de la edades oscuras de la Iglesia.

Debe reconocerse que para muchos en la jerarquía era profundamente impopular, pero en este tiempo de profundos cambios su tema constante era la fidelidad a la Santa Sede y a las tradiciones de la Iglesia. Se podría argumentar con convicción que él fue responsable directo de que quizá cientos de católicos preocupados alrededor del mundo permanecieran fieles a Roma y a la Santa Sede pese a su desafección con la dirección que la Iglesia católica ha tomado desde 1965.

En su propio país sirvió como miembro del comité y luego vicepresidente de la principal organización tradicional, la Latin Mass Society of England and Wales (a la cual se unió en 1967). En el ámbito internacional más amplio sirvió como consejero de la Federación Internacional Una Voce, de la cual fue Presidente entre 1995 y 2003 y Presidente Honorario entre 2003 y 2004.

Fue diagnosticado con un cáncer terminal de próstata a fines de 2002, lo cual fue visto más como un motivo de irritación que algo que temer. Él comentaba alegremente a un amigo que, si el dolor se hacía demasiado, él simplemente tomaría más whisky. Murió súbitamente de un ataque cardíaco el 25 de septiembre de 2004. Era un hombre de cualidades inusuales. Para un "humilde" maestro de una escuela primaria en los suburbios, su legado es inmenso y estoy seguro de que la Historia será amable con él. Será reconocido como un verdadero hijo de la Santa Madre Iglesia y como un gigante entre los hombres en un período en que la Iglesia estaba en un estado de confusión.

Leo Darroch

sábado, 9 de marzo de 2019

Dr. Eric Maria Vermehren de Saventhem (1919-2005)

Como es sabido por nuestros lectores, nuestra Asociación es, desde su fundación en 1966, el capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce (FIUV), asociación privada e internacional de fieles constituida al término del Concilio Vaticano II y destinada a la restauración, defensa y promoción de la liturgia tradicional. Como muestra de nuestra especial unión espiritual a la Federación, queremos recordar a los dos primeros presidentes de FIUV, ambos ya fallecidos. Comenzamos hoy con el Presidente Fundador, el Dr. Eric Maria Vermehren de Saventhem (1919-2005), quien tuvo una intensa y acontecida vida, primero como valeroso opositor al régimen nacionalsocialista en su patria, Alemania, luego como exitoso hombre de negocios en Inglaterra y Suiza y, por sobre todo, como firme defensor de la Tradición litúrgica.

El discurso que pronunciara en 1970 (año de la entrada en vigencia del Novus Ordo Missae) ante la Asamblea General de FIUV en Nueva York no ha perdido, gracias a  su notable carácter profético, su vigencia y actualidad, y es de lectura obligada para cualquiera que se sienta cercano a la Misa de Siempre (véase aquí la traducción castellana que hemos preparado de dicho discurso). En una próxima entrega recordaremos al segundo Presidente de FIUV (1995-2003), Michael Davies (1936-2004).

 El Dr. Eric Maria Vermehren de Saventhem
(Foto: FIUV)

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Erich Barward Julius Vermehren, luego de 1945 Erich Vermeeren de Saventhem o Eric Maria de Saventhem (nacido el 23 de diciembre de 1919 en Lübeck y muerto el 28 de abril de 2005 en Bonn) fue un jurista alemán y entre 1943 y 1944 agente de la Abwehr (el servicio secreto militar alemán, fundado en 1921) en Estambul, cuya defección hacia los británicos en 1944 dio al Tercer Reich la excusa para el desmantelamiento de la Abwehr. Posteriormente se desempeñó como agente de seguros y fue el Presidente Fundador de la Federación Internacional Una Voce.


Vermehren creció en Lübeck en el seno de una familia luterana de juristas. Su padre fue el senador Julius Vermehren y su padre el abogado Kurt Vermehren. Su madre, la periodista Petra Vermehren, era hija de Johannes Schwabroch, quien tenía participación en la compañía Possehl. Erich era el más joven de tres hijos. Sus hermanos mayores eran la cantante y actriz y luego religiosa de la Congregación del Sagrado Corazón Isa Vermehren y el periodista Michael Vermehren. En 1933 su madre se mudó con él y su hermana a Berlín, donde, en 1934 y a recomendación del amigo de la familia Paul Leverkuehn, fue contratada como primera mujer en la redacción internacional del periódico Berliner Tagesblatt. Desde Berlín pasó Erich al internado del colegio Joachimsthaler Gymnasium en Templin, donde rindió su bachillerato. Luego inició en Hamburgo una formación en la banca y estudios de Derecho y, al mismo tiempo, postuló a una beca Rhodes para seguir estudios en Oxford. En 1938 se le concedió la beca, pero, luego de la intervención del estudiantado nacionalsocialista, quienes sostuvieron que "no era digno de representar a las juventudes del Tercer Reich en el extranjero" (Vermehren se negó reiteradamente a hacerse miembro de las Juventudes Hitlerianas), le fue retirado su pasaporte, lo que le impidió hacer uso de la beca. 

 Isa Vermehren, hermana de Erich
(Foto: FIUV)

Entretanto, su hermana Isa conoció a la condesa Elisabeth Plettenberg (1911-2000), miembro de una connotada familia aristocrática católica de Westfalia, cuyos miembros fueron opositores al Tercer Reich, como gran parte de la aristocracia católica (los padres de Elisabeth incluso fueron arrestados durante algunas semanas por colaborar con la distribución de la encíclica de Pío XI Mit brennender Sorge, que condenó el nazismo). Intensas conversaciones con ella condujeron a la conversión al catolicismo de Isa. También Erich Vermehren, poderosamente impresionado por la condesa Plettenberg, se convirtió en 1939 y se casó con ella en octubre de 1941 en el castillo Hovestadt, la residencia paterna de la novia. 


Erich y Elisabeth en 1940
(Foto: FIUV)

Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Vermehren fue clasificado como inapto para el servicio militar, debido a un accidente de caza de antigua data, el que le había dejado como secuela una leve incapacidad. Luego de ello pudo continuar con sus estudios y en 1940 aprobó en Friburgo el Primer Examen Estatal y en 1941 obtuvo el título de Doctor en Derecho (Dr. jur.). Obtuvo gracias a la intercesión de su primo Adam von Trott (luego condenado a muerte por el régimen por su participación en el fallido atentado contra Hitler perpetrado el 20 de junio de 1944) un puesto en la Abwehr y, luego de un breve tiempo en Berlín, fue destinado a Estambul a solicitud de Paul Leverkuehn, quien entretanto se había convertido en jefe de la unidad de la Abwehr en Estambul. Además, el embajador en Ankara, Franz von Pappen, era un pariente distante de su mujer.

Vermehren logró obtener en diciembre de 1943 para su mujer, a quien había tenido que dejar atrás en Berlín por haber sido clasificada por el régimen como "políticamente no confiable", un encargo oficial en relación con la visita de un arzobispo a Turquía. Pese a que a ella le fue negado el ingreso en la frontera entre Bulgaria y Turquía cuando ambos trataban de entrar y que él tuvo que proseguir su camino solo luego de que su mujer fuera conducida por agentes de la Gestapo a la embajada alemana en Sofía, Elisabeth consiguió, gracias a una maniobra del embajador en Sofía, un amigo de la familia, llegar a Estambul desde Sofía en un avión del Ministerio de Relaciones Exteriores alemán. 

Luego de que su amigo Otto Carl Kiep fuera detenido en enero de 1944, los Vermehren fueron llamados a Berlín para ser interrogados en relación con dicho caso. Ante ello, Erich Vermehren intensivó sus contactos ya existentes con el Servicio Secreto inglés y comenzó a preparar su deserción. Para proteger a las familias de ambos de represalias, el 27 de enero de 1944 se fingió un secuestro por los británicos. El matrimonio fue llevado primeramente por tierra a través de Esmirna y Alepo a El Cairo, y desde allí a Gibraltar y finalmente, en marzo de 1944, a Londres.

Pese a en verdad que los Vermehren trajeron consigo poca información de valor, existió la impresión que habían revelado todos los códigos secretos alemanes. Ello, sumado al hecho que la prensa británica informó del hecho el 10 de febrero con el titular "Primo de Papen deserta", en referencia al controvertido político Franz von Papen, apodado "el diablo con sombrero de copa", condujo a que el asunto concerniera  amplios círculos en Berlín, ocupando incluso lugar en la entrada del diario de Goebbels de 4 de marzo de 1944: "El caso Vermehren le ha dado mucho trabajo al Führer. Ahora le ha traspasado toda el servicio de la Abwehr a Himmler y al SD [Nota de la Redacción: se refiere al Sicherheitsdienst des Reichsführers-SS, el Servicio de Seguridad de las SS]". El caso ya había conducido a Hitler a quitarle a la Abwehr, bajo el mando del Almirante Canaris, sus facultades, poniéndola bajo la supervisión del la Oficina General de Seguridad del Reich (RSHA).

Diversos miembros de ambas familias fueron arrestados. La familia Vermehren fue conducida mediante un pretexto fingido a Potsdam, donde primero fueron sometidos a arresto domiciliario en un hotel, para ser conducidos luego a los campos de concentración de Ravensbrück (Isa Vermehren) y Sachsenhausen (Kurt, Petra y Michael). Afortunadamente, todos sobrevivieron.


Escudo de la familia Vermehren
(Imagen: FIUV)

A su llegada a Londres, Erich y Elisabeth Vermehren vivieron en el barrio de South Kensington, primero en la residencia de  la madre de Kim Philby, miembro de alto rango del MI6, como huéspedes de Ministerio de Exteriores inglés. La conexión con Kilby resultaría ser trágica: Kilby luego de la guerra sería expuesto como miembro de los "Cinco de Cambridge", un grupo de agentes dobles al servicio de la Unión Soviética. Los Vermehren, ignorantes de este hecho, le participaron de buena fe listas de católicos opositores al régimen nazi, muchos de los cuales, como opositores también al comunismo, fueron luego asesinados en la Zona de Ocupación Soviética.

Sin embargo, los Vermehren no podían identificarse con la política británica de posguerra respecto de Alemania (sus sugerencias de que se involucrara a la oposición subterránea católica a Hitler en la reconstrucción de Alemania fueron desoídas, a lo que se sumaba la infiltración comunista en el Ministerio de Exteriores), por lo que pidieron en señal de protesta que se dejara sin efecto su estatus de "huéspedes del Ministerio de Exteriores" y se les diera libertad de acción, lo que les fue concedido. Elisabeth encontró un puesto en el colegio católico benedictino de Worth Priory, mientras que Erich tuvo un moderado éxito con una firma de exportación de bienes racionados que fundó. En 1952 encontró un puesto como agente de seguros. En 1954 cambió su apellido a Vermehren de Saventhem, por Zaventem, el lugar de origen en Flandes de la familia Vermehren. El matrimonio llevó a partir de ese entonces conjuntamente los nombres Eric Maria y Elisabeth de Saventhem. El matrimonio vivió en Knightsbridge, cerca del célebre Oratorio de Brompton.

Por encargo de la Sociedad de Seguros Lloyd's de Londres, Vermehren inició en el otoño (boreal) de 1952 en Zürich una filial crecientemente exitosa, Interbroke Ltd. En 1964 se convirtió en encargado general de todo el negocio europeo y vivió dos años en París. En 1966 regresó el matrimonio a Suiza, donde obtuvieron la nacionalidad. 

Como reacción al Concilio Vaticano II, Vermehren se hizo miembro activo del movimiento tradicional, encontrándose en 1966 entre los fundadores de Una Voce (sobre los orígenes de FIUV nos hemos referido previamente aquí y aquí) y se convirtió en su primer presidente (precedido, antes de la conformación oficial de la Federación, por un breve interinato de Su Alteza Serenísima el duque Filippo Cafferelli), cargo que ocupó hasta 1993, pasando a ser luego Presidente Honorario. Eric y Elisabeth trabajaron incansablemente por la restauración de la Tradición litúrgica aequo iure et honore ("con el mismo derecho y honor") hasta su vejez.  

Los Vermehren junto a Michael Davies, autor tradicionalista inglés y luego también Presidente de FIUV (1992-2004)
(Foto: FIUV)

Al empeorar la salud de Elisabeth Vermehren, el matrimonio decidió regresar a Alemania, mudándose a Bonn, para así estar cerca del monasterio de la hermana de Erich, Isa. Elisabeth murió el 7 de abril de 2000 en Colonia, en casa de su hermana, la baronesa von Gagern. Erich Vermehren, quien tuvo ocasión de viajar todavía en 2003 a Roma a un encuentro del directorio de la Federación Internacional Una Voce junto al Cardenal Ratzinger, murió el 28 de abril de 2005 en Bonn. Una Misa de Réquiem tradicional fue ofrecida por el sufragio de su alma en la Kreuzbergkirche de Bonn el 6 de mayo de ese año. Erich y Elisabeth están sepultados en el cementerio de Poppelsdorf, de la misma ciudad.

Resulta manifiesto que el trabajo del Dr. Erich Vermehren de Saventhem preparó el camino para la restauración jurídica plena de la Misa tradicional en el motu proprio Summorum Pontificum. Sin su incansable labor resultaría difícil saber si se hubiera llegado hasta la promulgación de este decisivo documento.  Todos los católicos tradicionales deben honrar la memoria del valeroso matrimonio compuesto por Erich y Elisabeth Vermehren de Saventhem, quienes sirvieran con tanta fidelidad la causa tradicional.

Nota de la Redacción: La siguiente entrada ha sido preparada utilizando las siguientes fuentes de referencia: (i) la biografía de Erich Vermehren de Saventhem en la versión alemana de Wikipedia; (ii) la biografía oficial publicada en el sitio de la Federación Internacional Una Voce; (iii) la necrología publicada por el Dr. Rudolf Kaschewsky, vice-presidente del capítulo alemán de la Federación Internacional Una Voce.

martes, 5 de marzo de 2019

Reseña de la biografía de Dom Gérard Calvet, de Yves Chiron

Les ofrecemos a continuación una reseña de la biografía de Dom Gérard Calvet O.S.B. (1927-2008), monje benedictino, fundador y primer abad del monasterio de Santa María Magdalena de Le Barroux (Francia), recientemente aparecida en francés y escrita por el prolífico escritor Yves Chiron.

La reseña aparece en el núm. 569-570 de la Revista Verbo, correspondiente a los meses de noviembre y diciembre de 2018 (véase aquí el original). Ella se reproduce aquí con algunos ajustes menores. 

El libro ha suscitado cierta polémica por el retrato parcial que hace de monseñor Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, a quien contrapone con la figura del biografiado. Sobre el punto, el Rvdo. Paul Aulagnier, originalmente miembro de esa hermandad y después uno de los fundadores del Instituto del Buen Pastor, ha escrito una interesante carta intitulada "En memoria de monseñor Lefebvre y por su honor", la cual puede leerse aquí (en francés). 

El libro de Chiron también ha sido reseñado por Fray Antoine-Marie de Araujo en la revista Sedes Sapientatiae, núm. 146 (2018), pp. 86-103, donde se señala que "el autor parece no tener empatía hacia el combate rendido por Dom Gérard" (p. 102). Especial hincapié se hace en dicha recensión respecto de la supuesta falta de obediencia del biografiado o del abuso de poder cometido. En realidad, el voto de obediencia tiene por consecuencia que no se puede colaborar con una injusticia, como es privar a una comunidad y a los fieles de la liturgia tradicional (p. 93). El verdadero abuso de poder consiste en prohibir la liturgia tal y como ella ha sido siempre celebrada y imponer en su lugar otra reconstruida artificialmente (p. 95).

 Dom Gérard Calvet O.S.B.

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Yves Chiron, Dom Gérard (1927-2008). Tourné vers le Seigneur, Le Barroux, Éditions Sainte-Madeleine, 2018, 688 págs.

Manuel Anaut

Yves Chiron (1960) es un especialista de historia religiosa contemporánea, conocido principalmente por las biografías que ha publicado de un buen número de papas de los últimos siglos (Pío IX, Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Juan XXIII y Pablo VI), algunas de ellas traducidas al castellano. Es autor igualmente de importantes investigaciones históricas sobre las beatificaciones, las canonizaciones, las apariciones marianas, los milagros de Lourdes o el padre Pío de Pietralcina. En tercer lugar ha prestado atención al mundo contrarrevolucionario y al nacionalismo francés, con libros sobre Burke, Barrès o Maurras. Desde 2008, finalmente, dirige el Dictionnaire de biographie française (Diccionario de biografía francesa).

En este nuevo libro nos ofrece la biografía de Dom Gérard Calvet (1927-2008), que entró en la orden benedictina en 1950 –siguiendo la tradición de la familia monástica del padre Muard, Dom Romain Banquet y la madre Marie Cronier–, fue monje en Madiran y, al trasladarse la comunidad, en Tournay. Ordenado sacerdote en 1956, fue enviado luego al Brasil entre 1963 y 1968. A su vuelta a Francia no termina de encontrarse en paz en su monasterio, alterado por los aires del Concilio y el cambio de la liturgia, y peregrina por ello de Tournay a Montrieux, luego a Fontgombault y de ahí a Montmorin. Se instala solo en Bedoin en 1970, donde funda un monasterio de espíritu tradicional, que se traslada en 1981 a Le Barroux, en Provenza. En situación canónica irregular, acude al arzobispo Lefebvre, que le asegura las ordenaciones de sus monjes. Pasa incluso por la tentación sedevacantista, de la mano de su estimado padre Guérard de Lauriers, O.P. Y, en 1988, cuando monseñor Lefebvre consagra cuatro obispos sin mandato y contra la expresa prohibición de Roma, asiste a la ceremonia en señal de gratitud a quien tanto debía, pero no por eso deja de recoger la invitación de Roma de regularizar su situación. Esto no se lo perdonará ni el arzobispo ni su entorno, en un ambiente crispado y dividido. Recibirá la bendición abacial, tras haber visto erigido canónicamente el monasterio, en 1989. En 2003, enfermo y cansado renuncia al cargo de abad, para el que será elegido Dom Louis Marie. Y muere en 2008.

Antes de su entrada en religión, que constituye el hilo conductor –claro está– de su vida, se narran con pormenor sus años de infancia y adolescencia, donde adquiere particular importancia el paso por el colegio de Maslascq, dirigido por André Charlier, por quien conocerá también a su hermano Henri, y donde tendrá a Jean Madiran como profesor. La herencia de Péguy, recibida a través de los Charlier, será en su quehacer más relevante que la de Maurras, a diferencia de Madiran, verdadera síntesis de ambas tradiciones.

 La abadía de Santa Magdalena de Le Barroux

El libro, preciso y agudo, es extraordinario. La figura y la peripecia del protagonista atrapan al lector desde el comienzo. Y, sin dejar de hacerle justicia, exhibe con frecuencia –no siempre–un verdadero entusiasmo por sus dichos y hechos. Hay, sin embargo, un punto polémico, pues el asunto sigue resultando delicado en extremo pese a los tres decenios pasados. Se trata de las relaciones con el arzobispo Lefebvre, sobre todo a propósito de las consagraciones de 1988 y sus resultas. Creo honradamente que, en este extremo, el libro es parcial y faccioso al tiempo. Creo que las consagraciones sin mandato constituyen un acto de enorme gravedad que está con toda lógica castigado severamente. Pero en el juicio sobre la culpabilidad, basado en la situación de necesidad, nadie puede sustituir a la conciencia de monseñor Lefebvre. Es lo que dijo Madiran, citando a Péguy: Quand il y a une éclipse, tout le monde est à l’ombre. No se trata, pues, de un cisma, como incluso algunos eclesiásticos romanos han reconocido, aunque sí de una desobediencia grave sancionada con la excomunión por razones disciplinarias. Que puede en algunos o incluso muchos miembros de la Hermandad de San Pío X o sus fieles haber inducido o creado una mentalidad cismática. Lo que no es de suyo. El libro, en cambio, que insiste en el cisma y presenta al arzobispo Lefebvre como un simple político endurecido, es unilateral. Podemos sentirnos, como Chiron, más atraídos por la actitud de Dom Gérard (con frecuencia, por cierto, contradictoria) que por la de monseñor Lefebvre (no exenta desde luego tampoco de contradicciones: desde el «dejadnos hacer la experiencia de la Tradición» a las consagraciones sin mandato). Pero la presentación de este último es poco menos que caricaturesca. Es una pena, a nuestro juicio, que el excelente historiador y biógrafo que es Chiron no haya podido sustraerse a la gravitación del pathos en asunto tan sensible. A nuestro juicio, lamentándolo, no empece sin embargo el valor de la obra.

Un último punto, necesario en una revista de la naturaleza de Verbo. Quizá el único necesario, pues hubiéramos podido prescindir de lo anterior, que no deja de ser un juicio personal, discutible como todos, pero que nos parecía exigido por la justicia. Se trata de la atención prestada por Dom Gérard a los aspectos de la civilización cristiana y su andamiaje político, la Cristiandad. La primera publicación impresa en el Barroux fue su opúsculo Regard sur la Chrétienté, ampliado luego y convertido en Demain la Chrétienté.

Pero antes, en el curso de Derecho público de la Iglesia que dio en 1978 a sus monjes, por exhortación de Lefebvre, se refería a la «funesta» declaración conciliar Dignitatis humanae, que estaría en «ruptura total» con la «noción tradicional». Según el autor Dom Gérard habría cambiado de criterio en los años 1987-1988, razón por la que se habría negado a reeditar el trabajo con posterioridad. Sin discutir esto último, quizá influido por Dom Basil, uno de sus monjes, autor de una abstrusa y poco convincente tesis sobre el asunto, lo cierto es que la declaración en cuestión ha sido funesta, al margen de que quizá sea posible interpretarla sin entrar en colisión (o sólo parcialmente) con la doctrina tradicional.

martes, 27 de septiembre de 2016

San Josemaría Escrivá de Balaguer y la Misa tradicional

Ofrecemos a continuación a nuestros lectores una traducción de un artículo publicado por el Profesor Peter Kwasniewski sobre el fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá de Balaguer, y su profundo amor por la Santa Misa, tal como ésta fue celebrada durante siglos por la Iglesia. El Profesor Kwasniewski reproduce diversos pasajes de los escritos del santo (Camino, Surco y Forja, el primero publicado en vida y los otros dos en forma póstuma), los que revelan el profundo sentido litúrgico que impregnaba su vida y su pensamiento. Conviene recordar que, pese a que San Josemaría alcanzó a vivir la reforma litúrgica aprobada por el Papa Pablo VI (1969), continuó celebrando la Santa Misa en su forma tradicional hasta su muerte, acaecida en 1975. 


Conocida es la anécdota de una tertulia que tuvo lugar en 1973 en Roma, en que San Josemaría, junto con recalcar la naturaleza sacrificial de la Misa frente a quienes pretendían presentarla como un mero banquete, proporcionó un poderoso argumento en favor de la celebración ad Orientem: [...] la Santa Misa es la renovación incruenta del Sacrifico divino del Calvario. ¡Nada de cenas ni de comidas! El sacerdote es Cristo. Cuando yo estoy en el altar no soy presidente de nada: soy el mismo Cristo; le presto mi pobre cuerpo y mi voz. Por esto, cogiendo el Pan, digo: esto es mi Cuerpo. Y tomando el Cáliz del vino, digo: esta es mi Sangre. Es muy hermoso que el sacerdote esté de espaldas a los fieles: porque no podemos, con nuestra pobre cara humana, representar la faz divina de Jesucristo".

La traducción es de la Redacción y el artículo original puede encontrarse aquí (en inglés). Hemos creído pertinente complementar el artículo con algunas citas adicionales tomadas de los mismos escritos de San Josemaría, agregando también un anexo con dos apuntes que creemos pueden ser del interés de nuestros lectores. 


Álvaro del Portillo, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz, los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, durante su Misa de de ordenación (25 de junio de 1944)

Respecto de las imágenes que acompañan esta entrada, cabe hacer una prevención. Existe una explicación para el hecho de que que haya pocas fotos de San Josemaría celebrando la Santa Misa. En primer lugar, no posaba nunca para ser captado por una cámara, por un pudor natural a ser fotografiado. Además, durante muchos años sólo permitía que, mientras celebraba Misa, las fotografías se hicieran o antes de la consagración, o después de la comunión, pero "nunca, mientras el Señor esté sobre el altar". La situación cambió a partir de 1967, cuando comenzaron a producirse ciertos cambios litúrgicos [véase el anexo (a) con que acaba esta entrada] y en demasiados lugares se trataban sin el debido respeto las especies eucarísticas. San Josemaría decidió entonces que, precisamente para subrayar, afirmar y honrar más la presencia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo sobre el altar, las fotos se tomaran también en los momentos de alzar la Sagrada Forma o el cáliz, al hacer el celebrante las genuflexiones de adoración y al besar el ara. Las imágenes así captadas se utilizaron para ilustrar publicaciones internas del Opus Dei, como Noticias o Crónica, por lo que son difíciles de encontrar en circulación. Las que aquí se utilizan han sido tomadas de distintos sitios de Internet y son ya de dominio público.  

En el núm. 11 (2017) de la revista Studia et Documenta, que edita el Instituto Histórico San Josemaría Escrivá, se ha publicado un artículo intitulado «Josemaría Escrivá de Balaguer en Santiago de Chile (1974)» escrito por María Eugenia Ossandón (pp. 101-150). Su texto puede descargado aquí.  En él se explican los motivos de la agenda desarrollada por el Fundador del Opus Dei durante los días que permaneció en nuestro país, donde la formación litúrgica estuvo muy presente: 

Además de las reuniones con numerosas personas, mantuvo encuentros personales y con familias. Solía llevar él el peso de las conversaciones. Demostró estar al tanto de la situación del país, especialmente en materia eclesiástica. Lo que se vivía en Chile, por lo demás, era común a otras naciones donde, bajo el concepto de “espíritu del concilio” se difundían ideas y prácticas litúrgicas contrarias a las enseñanzas del Magisterio

San Josemaría celebrando la Santa Misa (1969)

***

Reivindicación de San Josemaría Escrivá para el New Liturgical Movement

Peter Kwasniewski 

San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), fundador del Opus Dei, durante su vida sacerdotal celebró la Misa tradicional en latín, y tuvo experiencias místicas vinculadas con ella. La amó tanto que consiguió autorización (se pensaba en aquel tiempo que era necesario un permiso) para continuar diciendo la Misa que siempre había celebrado en vez de cambiarse a la Misa Novus Ordo. Estos son hechos que vale la pena conocer mejor[1]. Se puede encontrar aquí una maravillosa galería de fotos del santo mientras celebra el usus antiquor.


En su lectura espiritual, mi hijo ha estado usando los tres famosos libros de aforismos de San Josemaría –Camino, Surco y Forja- y ha tenido gran gusto de compartir conmigo algunas de las estupendas observaciones sobre la liturgia y las virtudes que ella forma en el alma. Por la lectura, es obvio que esas observaciones surgen de la rica espiritualidad de la Misa tradicional y del período saludable del Movimiento Litúrgico. Los actuales miembros y cooperadores del Opus Dei se beneficiarán al descubrir este importante aspecto de su fundador y de su vida de oración[2].
  

Algunas citas de su libro más famoso, Camino:

86. Tu oración debe ser litúrgica. —Ojalá te aficiones a recitar los salmos, y las oraciones del misal, en lugar de oraciones privadas o particulares.

522. Ten veneración y respeto por la Santa Liturgia de la Iglesia y por sus ceremonias particulares. —Cúmplelas fielmente. —¿No ves que los pobrecitos hombres necesitamos que hasta lo más grande y noble entre por los sentidos?

523. Canta la Iglesia —se ha dicho— porque hablar no sería bastante para su plegaria. —Tú, cristiano —y cristiano escogido—, debes aprender a cantar litúrgicamente.


524. ¡Hay que romper a cantar!, decía un alma enamorada, después de ver las maravillas que el Señor obraba por su ministerio.

—Y yo te repito el consejo: ¡canta! Que se desborde en armonías tu agradecido entusiasmo por tu Dios.

527. Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

—Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

—Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: "opus enim bonum operata est in me" —una buena obra ha hecho conmigo.

528. Una característica muy importante del varón apostólico es amar la Misa.

529. La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto.

530 [agregado por la Redacción]. ¿No es raro que muchos cristianos, pausados y hasta solemnes para la vida de relación (no tienen prisa), para sus poco activas actuaciones profesionales, para la mesa y para el descanso (tampoco tienen prisa), se sientan urgidos y urjan al Sacerdote, en su afán de recortar, de apresurar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar? 

543. Me viste celebrar la Santa Misa sobre un altar desnudo —mesa y ara—, sin retablo. El Crucifijo, grande. Los candeleros recios, con hachones de cera, que se escalonan: más altos, junto a la cruz. Frontal del color del día. Casulla amplia. Severo de líneas, ancha la copa y rico el cáliz. Ausente la luz eléctrica, que no echamos en falta.

—Y te costó trabajo salir del oratorio: se estaba bien allí. ¿Ves cómo lleva a Dios, cómo acerca a Dios el rigor de la liturgia?

Altar del Centro de calle Samaniego en Valencia (1940)

Ahora unas citas tomadas de Forja:

833. Debemos hacer nuestras, por asimilación, aquellas palabras de Jesús: “desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum —ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros. De ninguna forma podremos manifestar mejor nuestro máximo interés y amor por el Santo Sacrificio, que guardando esmeradamente hasta la más pequeña de las ceremonias prescritas por la sabiduría de la Iglesia.

Y, además del Amor, debe urgirnos la "necesidad" de parecernos a Jesucristo, no solamente en lo interior, sino también en lo exterior, moviéndonos —en los amplios espacios del altar cristiano— con aquel ritmo y armonía de la santidad obediente, que se identifica con la voluntad de la Esposa de Cristo, es decir, con la Voluntad del mismo Cristo.

834. Hemos de recibir al Señor, en la Eucaristía, como a los grandes de la tierra, ¡mejor!: con adornos, luces, trajes nuevos...

—Y si me preguntas qué limpieza, qué adornos y qué luces has de tener, te contestaré: limpieza en tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu alma.

644. Te entendía bien cuando me confiabas: quiero embeberme en la liturgia de la Santa Misa.

645 [agregado por la Redacción]. ¡Valor de la piedad en la Santa Liturgia!

Nada me extrañó lo que, hace unos días, me comentaba una persona hablando de un sacerdote ejemplar, fallecido recientemente: ¡qué santo era!

—¿Le trató Vd. mucho?, le pregunté.

—No —me contestó—, pero le vi una vez celebrar la Santa Misa.


Para finalizar, un punto tomado de Surco:

937.  ¿Que es vieja esa idea del catolicismo, y por tanto inaceptable?... —Más antiguo es el sol, y no ha perdido su luz; más arcaica el agua, y aún quita la sed y refresca.

Addendum

He aquí algunos pensamientos de impresionante relevancia para los últimos tres años:

De Surco:

360. Aunque parezca una paradoja, no rara vez sucede que, aquellos que se llaman a sí mismos hijos de la Iglesia, son precisamente los que mayor confusión siembran

966. No cabe facilitar la conversión de un alma, a costa de hacer posible la perversión de otras muchas.


De Forja:

580. Ten siempre el valor, que es humildad y servicio de Dios, de presentar las verdades de la fe tal como son, sin cesiones ni ambigüedades.


Notas 

[1] Como era de esperarse, circula una serie de versiones sobre qué ocurrió exactamente en 1969, algunas más coloridas que otras. He aquí un muy sobrio relato, aunque su título es extrañamente anacrónico: “Por qué San Josemaría sólo celebró la forma extraordinaria” [en inglés].

[2] Algunos podrían decir que es indiferente en qué forma celebró el fundador. Pero tal cosa no resiste análisis. Después de todo, las dos maneras de celebrar son tan suficientemente distintas y diferentes que el Papa Benedicto XVI pudo declararlas como las dos formas o usos del rito romano. Por lo tanto, la formación global que cada una de ellas ofrece es distinta y diferente. Así, si se tiene el propósito de asimilar el espíritu del fundador de una comunidad, se debiera procurar todo lo posible formarse en la misma escuela de piedad en que él se formó, con los mismos textos, cánticos y ceremonias.

*** 

Anexo de la Redacción 

Queremos ofrecer, como epílogo al artículo del profesor Kwasniewski, dos apuntes respecto de San Josemaría Escrivá de Balaguer: uno referido a la celebración del que podría denominarse "Ordo de 1967" y otra a las advertencias dadas a sus hijos sobre la situación de la Iglesia tras el Concilio Vaticano II, todavía vigentes y de mucho provecho espiritual.

San Josemaría Escrivá de Balaguer celebra Misa en la Catedral de Pamplona en acción de gracias por la erección del Estudio General de Navarra como Universidad (1960)
(a) La reforma posconciliar y la llamada "Misa del Campus" (1967). 

En cumplimiento de la primera instrucción para la debida aplicación de la constitución conciliar sobre sagrada liturgia, Inter Oecumenici (26 de septiembre de 1964), la Sagrada Comisión de Ritos y el recién creado Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia (Consejo para la implementación de la Constitución sobre sagrada liturgia) publicaron una nueva edición típica del misal romano y de otros dos documentos anejos (el Ritus servandus in celebratione Missae y el De defectibus in celebratione Missae occurrentibus) con las adecuaciones introducidas por dicha instrucción. Sin embargo, las celebraciones experimentrales comenzaron antes de que estuviese listo el texto oficial en las distintas lenguas vernáculas. 

 
Refiriéndose a los abusos que pronto comenzaron a aparecer, San Josemaría recordaba a sus hijos del Opus Dei: 

Hay que integrar a este vasto Pueblo en el culto litúrgico, enseñándole —como nos lo enseña a nosotros la Iglesia, manteniéndonos siempre fieles a lo que la Jerarquía legítimamente disponga— a amar la Santa Misa, sin diluir el hondo sentido de la liturgia en un mero simbolismo comunitario: porque en la liturgia se ha de realizar también el misterioso encuentro personal del hombre con su Dios, en diálogo de alabanza, de acción de gracias, de petición y de reparación.

El Oratorio de la Santísima Trinidad, conocido como el Oratorio del Padre
Villa Tevere, Roma

Un poco más tarde, y con motivo de la audiencia que tuvo con el Papa dos semanas antes,  San Josemaría volvió sobre la liturgia. En una carta dirigida a la Región de España el 24 de octubre de 1964 les decía:

Otra vez nos cambian la liturgia de la Santa Misa: a mis casi sesenta y tres años, me afano con la ayuda de Javi [Javier Echevarría] por obedecer a la Madre Iglesia hasta en lo más pequeño, aunque no puedo negar que me duelen ciertos cambios innecesarios. Pero obedeceré siempre con alegría.

Conviene recordar que el 10 de febrero de 1965 se celebró en España la primera Misa completamente en castalleno y de cara al pueblo. Ella tuvo lugar en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Sevilla y recibió cobertura de la prensa (véase, por ejemplo, lo dicho en su día por el períodico ABC). Un mes después, el 7 de marzo de aquel año, el Papa Pablo VI celebraría en Roma la primera Misa en italiano. 



La segunda instrucción general dictada para dar aplicación a la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre sagrada liturgia (1963) lleva por título Tres abhinc annos (4 de mayo de 1967). Ella dispuso insertar en el misal existente (ya modificado en 1965) las reformas introducidas por la Sagrada Congregación de Ritos y el Consilium mediante el decreto Per Instructionem alteram (18 de mayo de 1967). 

Estas novedades consistían en la eliminación del manípulo y de determinados gestos del celebrante (genuflexiones, besos al altar, inclinaciones, señales de la cruz) y repeticiones (especialmente aquella referida a las oraciones del día y a la comunión diferenciada del celebrante y de los fieles), la posibilidad de recitar todo el Canon en voz alta y la añadidura de un momento de silencio entre la comunión de los fieles y la oración de Comunión, así como la introducción de la oración de los fieles prescrita por el decreto De oratione communi seu fidelium (1965). Se reguló también el leccionario ferial. Dos meses antes, el 5 de marzo de 1967, se publicó una nueva instrucción sobre música sacra, que sustituía la anterior de 1958 promulgada por el papa Pío XII. 


Los cambios introducidos en 1967, así como los precedentes de 1965, entrañaron la primicia de la Misa reformada que entraría en vigor tres años después, la que fue presentada como distinta de la precedente (de «novam Missalis Romani compositionem» califica su texto la constitución apostólica que lo precede).


Don Paulino Busca da la comunión a D. Álvaro del Portillo, entonces Presidente General del Opus Dei, durante el Oficio de Viernes Santo de 1977 en Oratorio de Santa María de la Paz (Villa Tevere, Roma)

Pues bien, una de las Misas más famosas de San Josemaría tuvo lugar el 8 de octubre de 1967 en el campus central de la Universidad de Navarra, en la ciudad de Pamplona. Dicha Misa fue celebrada con ocasión de la II Asamblea de la Asociación de Amigos de la universidad y congregó a 30.000 personas dispuestas sobre los prados del campus. Ella es célebre por la homilía que allí pronunció, posteriormente publicada con el título "Amar al mundo apasionadamente" dentro del libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, (1968), donde se condensa la predicación de su autor sobre la santidad en la vida ordinaria (aquí está disponible el audio de una parte de la homilía, y aquí su texto íntegro, debidamente revisado para su publicación).

Las imágenes de dicha Misa muestran una celebración litúrgica muy cercana a la que hoy conocemos, pues en un comienzo San Josemaría se plegó a los cambios introducidos por la Santa Sede. Así lo narran Salvador Bernal y Monseñor Javier Echevarría en Memoria del beato Josemaría Escrivá (disponible digitalmente aquí): 

Algunos lectores habrán advertido que buena parte de los comentarios precedentes evocan las rúbricas litúrgicas según el rito de San Pío V, vigente hasta las reformas derivadas del Concilio Vaticano II. ¿Qué sucedió cuando entraron en vigor esos cambios?

Mons. Escrivá de Balaguer aceptó con serenidad y obediencia la reforma, aunque los cambios le exigieron mucho trabajo: no por oposición o crítica a las innovaciones; sino porque la liturgia estaba muy integrada en su piedad, y había obtenido luces para su vida espiritual y su ministerio sacerdotal hasta de gestos que pueden parecer insignificantes en las rúbricas.

Notaba yo el esfuerzo que le suponía el cambio, teniendo en cuenta que llevaba cuarenta años siguiendo el rito anterior. Pero no aceptó excepción alguna, y me rogaba diariamente que no dejase de advertirle lo que hiciera menos bien en las nuevas rúbricas, dispuesto a manifestar su amor a la liturgia, a través del rito renovado.

Sin que hubiese por su parte el menor síntoma de rebeldía, nos comentaba a un grupo de sacerdotes en 1968: obedezco rendidamente en todo lo que han dispuesto para la celebración de la Santa Misa, pero echo de menos tantas rúbricas de piedad y de amor que han quitado: por ejemplo, ya no doy el beso a la patena, en el que ponía tanto amor -toda mi alma- para que Él se lo encontrara. Pero hemos de saber obedecer, viendo la mano de Dios, y tratando al Señor con delicadeza, sin robarle nada de tiempo.


Fue una temporada larga de esfuerzo. Si volvíamos a plantearle la posibilidad de pedir el privilegio, previsto para sacerdotes de cierta edad, se oponía: por espíritu de obediencia a las normas eclesiásticas, prohibió que se diera un solo paso en ese sentido [...].

Las siguientes fotografías de la conocida como "Misa del Campus" han sido tomadas de la nota publicada por la Universidad de Navarra para conmemorar el cuadragésimo aniversario de la homilía "Amar al mundo apasionadamente" (véase aquí). Obsérvese en la cuarta foto al diácono vestido sólo con la estola cruzada, sin dalmática. 










Un año después, en 1968, San Josemaría escribía a sus hijos sacerdotes sobre la Santa Misa en estos términos (aquí la fuente): 

Yo obedezco rendidamente en todo lo que han dispuesto para la celebración de la nueva Misa, pero echo de menos tantas rúbricas de piedad y de amor que se han quitado: por ejemplo, el beso a la patena, en el que se ponía tanto amor para que Él se lo encontrara. Pero hemos de saber obedecer viendo la mano de Dios, y tratando al Señor con delicadeza... ¡No le robemos nada de tiempo con este asunto...! ¡Pero guardad los misales y los ornamentos, porque volverá la Misa de toda la vida, la de San Pío V!

San Josemaría celebra la Santa Misa en Santa María de la Paz (Roma) el 9 de enero de 1968.

En una tertulia del 30 de noviembre de 1969, primer domingo de Adviento, día en que el que entraron en vigor las nuevas normas litúrgicas derivadas del Concilio Vaticano II, San Josemaría Escrivá de Balaguer les dijo a los que vivían con él en Villa Tevere: 

Esta mañana he hecho la oración con vuestros hermanos del Consejo General, a propósito de este cambio litúrgico. Y les he dicho: he de comenzar afirmando que, en la base más íntima del espíritu del Opus Dei, está el amor a la Iglesia y la veneración y el cariño al Romano Pontífice. En consecuencia, nosotros obedeceremos a la Iglesia y al Romano Pontífice. Yo que no soy tan joven –he cumplido cuarenta y un años hace poco–, volveré a aprender a celebrar la Misa. Poned empeño en obedecer filialmente. Así que amaremos esta liturgia nueva, como hemos amado la vieja. Este es el espíritu bueno, ésta es la manifestación de nuestro amor al Romano Pontífice –he dicho Romano Pontífice–, y a la Iglesia de Dios.

Posteriormente, empero, y pese a los esfuerzos por adaptarse a la liturgia reformada, San Josemaría volvería a rezar sólo la Santa Misa conforme al misal de 1962, como da cuenta su sucesor, el beato Álvaro del Portillo en Entrevista sobre el fundador del Opus Dei (aquí el libro disponible en formato electrónico):

¿Cómo acogió el Padre la reforma litúrgica dispuesta por el Concilio?

Como siempre, aplicó con obediencia y fortaleza todas las disposiciones sobre esta materia. Gracias a la solicitud de su Fundador, el Opus Dei ha sido, también en lo que se refiere a la praxis litúrgica, ejemplo de fidelidad.


S.E.R. Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid y Patriarca de las Indias Occidentales, ordena sacerdotes a Álvaro del Portillo, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz (25 de junio de 1944)

Nuestro Padre encargó a algunos sacerdotes de la Obra la tarea de examinar las diversas posibilidades previstas por la reforma, y determinar y explicar cómo se aplicaban. Orientó personalmente este trabajo y aprobó sus resultados. De esta forma, todos los sacerdotes de la Obra comenzaron a aprender las nuevas rúbricas, siguiendo el deseo del Santo Padre de que "la constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia sea puesta en práctica en su plenitud y con todo cuidado" (Carta enviada en nombre del Papa a todos los obispos y otros superiores eclesiásticos, junto con el libro 
Jubilate Deo, el 14 de abril de 1974).

Fue el primero en obedecer a las nuevas disposiciones litúrgicas y se esforzó en aprender el nuevo rito de la Misa. Desde hacía muchos años le ayudaba habitualmente en la celebración otro sacerdote: a partir de los años cincuenta solíamos hacerlo don Javier Echevarría o yo. Cuando se introdujeron los cambios litúrgicos, nos rogó que no dejáramos de hacerle todas las observaciones que nos pareciesen oportunas para ayudarle a aprender bien el nuevo rito. A pesar de su buena voluntad, nos dábamos cuenta de que le suponía un notable esfuerzo, porque debía cambiar hábitos de devoción litúrgica adquiridos durante muchos años de lucha perseverante llena de amor de Dios.

Yo me planteaba cómo ahorrar al Padre esas dificultades, y en su presencia aludí a que a otros sacerdotes más jóvenes se les había concedido permiso para seguir el rito de San Pío V y celebrar la Misa como habían hecho hasta entonces. El Padre me interrumpió inmediatamente: afirmó que no quería ningún privilegio, y me prohibió hacer esa propuesta. Sabía que yo trataba a las personas que estaban elaborando las nuevas disposiciones litúrgicas.

Santa Misa celebrada el 7 de julio de 1975, pocas semanas después de la muerte de San Josemaría, con la cual se inauguró oficialmente el santuario de Torreciudad

Algún tiempo después me encontré con Mons. Annibale Bugnini, que era el máximo responsable en este campo, y un buen amigo mío, tanto que nos tuteábamos. Hablamos de las dificultades que experimentaban algunos sacerdotes ancianos para adaptarse al nuevo rito, después de haber celebrado la Santa Misa con el antiguo durante tantos años. Era una situación conocida. De pasada, aludí al caso de nuestro Fundador, que obedecía de modo ejemplar y con profunda alegría. Bugnini me dijo que el Fundador del Opus Dei no tenía por qué hacer un esfuerzo semejante, ya que muchos otros sacerdotes tenían permiso para celebrar con el rito anterior, y él mismo había accedido a peticiones similares de parte de personas que estaban en esas circunstancias. Aunque yo le había dicho ya que nuestro Fundador no quería otro privilegio que el de obedecer siempre a la Santa Sede, y que incluso me había prohibido pedir nada, él se empeñó en concederme el permiso para nuestro Fundador, y me insistió en que le refiriese cómo se había desarrollado nuestra conversación.


El beato Pablo VI da la comunión a los fieles durante una Misa celebrada en 1965 en un Centro del Opus Dei en Roma. Lleva la patena Mons. Ignacio de Orbegozo, obispo prelado de Yauyos (Perú), mientras que la palmatoria la sostiene Mons. Luis Sánchez-Moreno, obispo auxiliar de Chiclayo (Perú).

En el Guión doctrinal de actualidad sobre la sagrada comunión (Ref. avH 10/70, núm. 23) difundido en 1970 entre los fieles del Opus Dei, el fundador recordaba cuál era la manera católica de recibir el Cuerpo de Cristo, señalando que la práctica de hacerlo en la mano había sido "introducida de modo abusivo": 

7. Con relación a la postura en que debe recibirse la Sagrada Comunión, establece la Instrucción Eucharisticum Mysterium en su núm. 34 que secundum Ecclesiae consuetudinem, communio dari potest fidelibus vel genuflexis, vel stantibus, y añade que corresponde a la autoridad eclesiástica elegir una u otra forma, habida cuenta de las costumbres, de las condiciones del lugar, del número de los asistentes y otras circunstancias. En cualquier caso, se pide a los fieles; un signo externo de reverencia hacia el Sacramento, como lo es el acto de arrodillarse que, por sí mismo, indica adoración (cfr. ibidem). Nosotros recibiremos la Sagrada Comunión, en nuestros oratorios, en la boca y de rodillas; en las Iglesias públicas, como disponga el Revmo. Ordinario.

8. Respecto a la recepción de la comunión en la mano, hay que tener en cuenta que, según la Instrucción de la Sagrada Congregación para el Culto Divino del 29-V-1969, se trata de una práctica introducida de modo abusivo contra la voluntad de la gran mayoría del Colegio episcopal, y que la Santa Sede tolera en algunos casos, dejando claro que es una excepción permitida de modo restrictivo y para evitar males mayores. Además, incluso en esos casos, está prescrito que la recepción de la Eucaristía en la mano no deberá nunca ser impuesta con exclusión del uso tradicional; y que por tanto cada fiel ha de tener siempre la posibilidad de recibirla en la lengua, aunque al mismo tiempo vayan otros fieles a recibirla en la mano (cfr. Instrucción de la Sagrada Congregación para el Culto Divino, 29-V-1969; AAS 61 (1969) 541-547).

Misa de acción de gracias por la beatificación de San Josemaría Escrivá de Balaguer en la Basílica de San Eugenio en Roma, presidida por el beato Álvaro del Portillo (21 de mayo de 1992, último día del triduo)

Finalmente, fue el beato Álvaro del Portillo (1914-1994), sucesor de San Josemaría y primer prelado del Opus Dei, quien acabó de implementar la reforma litúrgica posconciliar dentro de la Obra. Lo hizo mediante mediante la carta de 15 de octubre de 1991 (véase aquí su texto).

(b) Cuatro cartas del posconcilio: las tres "campanadas" (enviadas entre 1973 y 1974) y Fortes in fide (1967)

Dentro del conjunto de cartas que el fundador del Opus Dei escribió para dejar para la posterioridad las bases espirituales de la llamada que había recibido del Señor en 1928, hay tres que se conocen con el nombre de "campanadas". Dichos textos fueron tres “toques” con los que el Fundador quiso concitar la atención de los suyos durante la grave y crisis en la Iglesia que siguió al Concilio Vaticano II y todavía persiste, evocando el repicar con que se anunciaba a los fieles la Misa mayor de los domingos. 

En ellas puede verse claramente la percepción que el Fundador tuvo de su propio carisma durante la etapa final de su existencia terrena, y también su perspectiva sobre el momento histórico que vivía la Iglesia, siempre confiado de la promesa de Cristo de que Él estaría con ella hasta el fin de los tiempos. Esa esperanza, unido a su fe y profunda caridad, no le hacen minusvalorar la gravedad de la situación y de los peligros, los mismos que tantos hoy parecen no considerar ni tomar en serio movidos por sentimientos contrarios al verdadero sentir cum Ecclesiae.



Las cartas están datas el 28 de marzo de 1973 ("Primera campanada"), el 17 de junio de 1973 ("Segunda campanada") y el 14 de febrero de 1974 ("Tercera campanada). La primera y la tercera suelen estar habitualmente a disposición de los fieles en la Dirección de los respectivos Centros, y se permite su lectura si se las solicita. La segunda, en cambio, es de acceso reservado, aunque debiese publicarse cuando se concluya el proceso emprendido de edición de las obras completas del santo emprendido por el Instituto Histórico San Josemaría Escrivá (véase aquí su descripción; la serie III corresponde al epistolario). 

A estas tres célebres cartas hacen referencia los distintos biógrafos (véase aquí la mención de Vásquez de Prada, y aquí la de Peter Berglar), de manera que su autenticidad parece demostrada (también por el hecho de que ellas fueron incluidas dentro de la reclamación judicial por derechos de autor que el Opus Dei inició en España contra los sitios Opus Libros y Opus Dei info). Como fuere, y aunque no resulta tan fácil, hoy el texto de las cartas puede encontrarse en algunas páginas de Internet tras una búsqueda que toma algo de tiempo, ya íntegras, ya en fragmentos (véase, por ejemplo, aquí y aquí). 

Misa celebrada por San Josemaría Escrivá de Balaguer en Santiago de Chile (7 de julio de 1974)

En la primera Campanada se decía, por ejemplo: 

Nos sentimos obligados a resistir a estos nuevo modernistas –progresistas se llaman ellos mismos, cuando de hecho son retrógrados que tratan de resucitar las herejías de los tiempos pasados-, que ponen todo en discusión desde el punto de vista exegético, histórico, dogmático, defendiendo opiniones erróneas que tocan las verdades fundamentales de la fe, sin que nadie con autoridad pública pare y condene reciamente sus propagandas


Altar del oratorio de Rouvray, la primera residencia universitaria del Opus Dei en París

Previamente, el 19 de marzo de 1967, San Josemaría había escrito una carta que fue conocida como Fortes in fide, donde comenta las verdades de siempre y pide a sus hijos perseverar en ella frente al clima de apostasía que comenzaba a vivir la Iglesia. La carta fue posteriormente retirada de los Centros del Opus Dei, y su contenido sólo se conoce por fragmentos y referencias existentes en obras sobre dicho período. Cumple recordar que el beato Pablo VI profesó solemnemente el 30 de junio de 1968 su Credo del Pueblo de Dios, reafirmando las verdades tradicionales de la fe católica. 

En esa carta, y movido por su celo paternal, decía a sus hijos (el fragmento ha sido tomado de esta página asociada al sitio oficial del Opus Dei): 

Conviene que os diga, ya al comenzar, que este documento es exclusivamente pastoral: tiende, por tanto, a enseñaros a custodiar y defender el tesoro de la doctrina católica, acrecentando sus frutos sobrenaturales en vuestras almas y en la sociedad, en la que vivís. Nadie podrá decir con verdad, al preveniros para que el ambiente actual no corroa vuestra fe, que soy integrista o progresista, que soy reformador o reaccionario. Cualquiera de estas calificaciones sería injusta y falsa. Soy sacerdote de Jesucristo, que ama la doctrina clara expuesta en términos precisos con contenido bien conocido, que admira y agradece a Dios todos los grandes pasos de la sabiduría humana, porque contribuyen —si son verdaderamente científicos— a acercarnos al Creador.

Según antes se ha dicho, años después, el 15 de octubre 1991, el beato Álvaro del Portillo, como Prelado del Opus Dei, escribió a sus hijos una carta donde les explica el amor y respeto que deben guardar a la liturgia de la Iglesia en todos los desarrollos legítimos del Concilio Vaticano II, indicándoles los criterios para sacar el máximo partido espiritual de los amplios espacios de libertad que dejan las leyes litúrgicas vigentes, teniendo siempre como objetivo el bien de los fieles y la piedad del sacerdote. Dichas directivas significaron una clara opción por la Misa reformada, salvo algunas excepciones muy contadas. El texto de la carta puede leerse aquí

El beato Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei, incensando en la Misa de Acción de Gracias por la beatificación del Fundador en la Basílica de San Eugenio (Roma, 21 de mayo de 1992).

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Nota de la Redacción [23 de noviembre de 2016]: Los dos enlaces citados en el cuerpo de esta entrada donde se reproducían las cartas de San Josemaría conocidas como "Campanadas"  no se encuentran actualmente disponibles: uno de ellos ha dejado de estar operativo y el otro ha debido retirar la transcripción de dichas cartas a requerimiento del titular de los derechos de autor, la sociedad Scriptor S.A., como ocurrió en su día con los sitios Opus Libros y Opus Dei info.

Actualización [25 de febrero de 2017]: La bitácora El Búho Escrutador ha publicado una entrada con imágenes de sacerdotes chilenos de la prelatura personal del Opus Dei celebrando la Misa tradicional con ocasión de retiros o convivencias espirituales. Quiera Dios que los hijos espirituales de San Josemaría sepan siempre recibir y perpetuar su legado de profundo amor por la liturgia tradicional de la Iglesia, amor que llenó en todo momento de su paso por este mundo el corazón, el pensamiento y la vida entera del Fundador.

Actualización [2 de octubre de 2017]: El sitio Acción litúrgica ha publicado unas fotografías del Rvdo. Federico Mönckeberg, sacerdote del Opus Dei, celebrando la Santa Misa tradicional en el mismo altar donde oficiase San Josemaría durante su visita a Chile con ocasión del décimo aniversario del motu proprio Summorum Pontificum

Actualización [11 de julio de 2020]: La bitácora El Búho Escrutador ha publicado un testimonio de la Santa Misa celebrada por San Josemaría Escrivá de Balaguer en Santiago de Chile el 7 de julio de 1974.

Actualización [27 de enero de 2021]: Infovaticana ha publicado el guión doctrinal sobre la sagrada comunión que se ha agregado al cuerpo de esta entrada, donde se expresa la opinión de San Josemaría Escrivá de Balaguer al respecto.