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miércoles, 18 de julio de 2018

En torno al purismo, el elitismo y el rubricismo

Publicamos a continuación una traducción de un artículo del Dr. Peter Kwasniewski, en el cual responde a quienes, como reacción a un artículo previo del mismo Dr. Kwasniewski (cuya traducción también publicamos en esta bitácora), dicen que criticar las libertades que se toman algunos sacerdotes que celebran la Misa tradicional respecto de las rúbricas sería un acto de "purismo", "elitismo" o "rubricismo".

El artículo fue publicado originalmente en New Liturgical Movement. La traducción pertenece a la Redacción.


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Desubicadas acusaciones de purismo, elitismo y rubricismo

Dr. Peter Kwasniewski


Durante más de mil quinientos años la Iglesia de Occidente cantó las lecturas de la Misa en latín, con un canto que creció con los textos mismos y los revistió a la perfección. Desde hace ya mucho tipo, se ha hecho la lectura e la Epístola cara al Oriente y la del Evangelio cara al Norte, ofreciéndolos como parte del solemne sacrificio sacerdotal de la Misa, para gloria de Dios y no meramente para instrucción del pueblo (como los protestantes dirían más adelante que debía ser el caso). Cuando se estimó conveniente leer las lecturas también en vernáculo, la Santa Madre Iglesia, imitando a la Virgen, “guardaba estas cosas y las ponderaba en su corazón”: no abolió el canto en latín, pero autorizó que, a continuación de él, se leyeran en alta voz en vernáculo desde el ambón o púlpito. No hay absolutamente razón alguna para alterar la práctica de leer la Epístola y el Evangelio en latín; por el contrario, hay mil razones para conservarla a causa del patrimonio teológico y espiritual que ella transmite.

Cuando el 11 de junio pasado publiqué mi artículo “Clero tradicional: por favor dejen de hacer 'adaptaciones pastorales'” (véase aquí la traducción publicada esta semana), en protesta contra el modo cómo la última Misa pontifical de la peregrinación a Chartres violentó el rito romano en lo relativo a las lecturas, no me imaginé qué avispero estaba agitando. Algunas bitácoras en francés y en alemán reprodujeron el artículo (por ejemplo, aquí, aquí, aquí y aquí). Fue un consuelo constatar que muchos sacerdotes que me escribieron estuvieron de acuerdo con que las rúbricas deben respetarse y que aquella costumbre franco-alemana es una aberración que merece definitivo destierro. 

Con todo, hubo algunas voces que se elevaron para defender tales irregularidades litúrgicas. Para sorpresa y desaliento mío, una de ellas es la del Rvdo. Engelbert Recktenwald, FSSP, quien el 28 de junio publicó una columna en el principal diario católico alemán, Die Tagespost, con el título “Zeit, “danke” zu sagen” (“Tiempo de decir gracias”; desgraciadamente el artículo no está disponible gratis en línea), en el que expresa con elocuencia su confianza en el acierto que fue la fundación de la Fraternidad de San Pedro en 1988 y su pacífico papel dentro de la Iglesia, virando luego hacia un ataque a cierta categoría de tradicionalistas. Sus párrafos son dignos de leerse en su totalidad (la traducción es mía):

En lo personal, mientras tanto, advierto un inesperado peligro para el movimiento tradicional en otros sectores de la Iglesia, es decir, un movimiento de hiperliturgización [Hyperliturgisierung]. A pesar de toda la estrechez teológica de que se podría acusar al Arzobispo Lefebvre, tuvo el celo de un auténtico pastor preocupado por la salvación de las almas. Para él, la preservación de la liturgia no tenía un objetivo intrínsecamente estético. Lejos de ello, consideró la crisis litúrgica como parte de una crisis de la fe que ponía en peligro la salvación de muchas almas. Su intención fue eminentemente pastoral en el más pleno sentido católico de la expresión. Su preocupación no eran las rúbricas, es decir, la letra de las normas litúrgicas, sino el espíritu de ellas. No se opuso absolutamente a las reformas, sino sólo a las reformas que oscurecen el espíritu de la liturgia.

Durante mi primer año como sacerdote de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, celebré en una capilla donde se alternaba, semana por medio, canto gregoriano y Misas de Schubert [es decir, paráfrasis de Misas en alemán]. Lo cual no llamó la atención a nadie. El fenómeno del purismo litúrgico que desprecia los cantos en alemán en la liturgia, que rechaza la lectura directa de la Epístola y del Evangelio en vernáculo [o sea, sin leerlos o cantarlos en latín], y que cultiva un rubricismo excesivo hasta el punto de transformarlo en un tropiezo inventado y autoimpuesto, es algo que se cruzó en mi camino mucho después, especialmente en ambientes laicos. Con esto se ofrece un nuevo blanco a los críticos que atacan [desde afuera] la liturgia tradicional, en tanto que se hace más difíciles los comienzos a quienes llegan a ella. Se emprende así un camino oblicuo, en cuyo punto de llegada la liturgia parece el hobby de un exclusivo club de exóticos estetas.

Agradezco al Cardenal Sarah quien, en la Misa final de la peregrinación a Chartres, hizo sonar una voz de alerta y recordó cuál es la correcta medida de la forma de una celebración: “noble simplicidad, sin adiciones inútiles, sin falso esteticismo ni teatralidad, pero con un sentido de lo sagrado que es, por sobre todo lo demás, lo que más gloria da a Dios”[1].

Hay mucho que criticar en los párrafos reproducidos más arriba, pero quisiera retroceder un paso y advertir la aterradora similaridad en el modo cómo Recktenwald argumenta hoy día y el modo en que Annibale Bugnini y sus camaradas liturgistas argumentaron acerca de la “urgente necesidad” de modificar la antigua Misa. 

La magistral biografía de Bugnini escrita por Yves Chiron detalla precisamente cuán deseosos de experimentar con la liturgia estaban los “expertos” liturgistas de 1940, 1950 y 1960, como si ella hubiera sido de su personal propiedad. No los detuvo ninguna rúbrica establecida, a pesar de las constantes advertencias y reprobaciones de los Papas, de la Congregación de Ritos y de otras autoridades de la Curia. La actitud parece haber sido: “Si tenemos motivos suficientes para violar las rúbricas y ensayar algo nuevo que nos parece ser una mejora pastoral, ello nos servirá de suficiente justificación”. Esta actitud fue, a poco andar, el ácido que disolvió toda noción de ritos recibidos y heredados, de los que somos humildes súbditos y por los cuales debiéramos dejarnos moldear y guiar.

Una vez que esta equivocada actitud se afirmó, resultó relativamente fácil desechar todos los ritos en pro de otros fabricados. ¿Por qué no? Todo es cuestión de qué cosa queremos hacer. El Novus Ordo fue simplemente la coronación de décadas de experimentación litúrgica enraizada en el racionalismo, el voluntarismo y el pastoralismo. En cierto modo, fue la expresión arquetípica de un Concilio que proclamó no ser dogmático sino pastoral, que se satisfizo con textos erráticos que van de un lado para otro como una nave que trata de captar los vientos, en contraste con el llamado rito tridentino, que con su majestuosa solidez y estabilidad, es la expresión perfecta de la genuina preocupación pastoral y la luminosa enseñanza dogmática del Concilio de Trento, válido para todos los tiempos, lugares y culturas.

En su miopía, los partidarios de la última fase del Movimiento Litúrgico  pensaron que eran ellos, y no la Tradición providencialmente desarrollada de la Iglesia, quienes mejor sabían lo que el Hombre Moderno necesitaba. Para ellos, resultaba evidente que el Hombre Moderno necesitaba tanta vernacularización como fuera posible. Es por eso que el latín fue expulsado por la ventana. Pensaron también que necesitábamos simplificar, buscando una simplificación cada vez mayor en todos los ámbitos, ya sea en ornamentos (fuera el amito y el manípulo y la birreta), y en implementos (fuera los seis candelabros, el frontal y los turíbulos), en los textos de la Misa (fuera los Propios, las segundas y terceras oraciones, el salmo 42, el prólogo de San Juan, las oraciones leoninas), en sus ceremonias  (fuera ósculos, signos de la cruz, genuflexiones, ad orientem) y en su música (fuera el antiguo gregoriano).

Una Misa televisiva versus populum, para el Hombre moderno.

Parece que jamás se le ocurrió al Movimiento Litúrgico que, posiblemente, lo que una época cada vez más secularizada y materialista necesitaba era, precisamente, un movimiento en la dirección contraria, vale decir, hacia un mayor simbolismo litúrgico, un ritual más espléndido, una más profunda inmersión en el canto gregoriano y su incomparable espiritualidad, etcétera[2]. Lo que el hombre moderno necesitaba era, sobre todo, ser rescatado de la prisión que él mismo había fabricado, o sea, el antropocentrismo racionalista que es lo que define la modernidad y que, para vergüenza nuestra, se instaló en la Iglesia Católica a través de la reforma litúrgica, con todas sus consecuencias deseadas y no deseadas. En este sentido, la cura propuesta resultó ser más de la misma enfermedad, lo cual explica, como era de esperarse, que ha hecho empeorar y no mejorar al paciente.

Es, pues, irónica la acusación de “hiperliturgización” que formula el Rvdo. Recktenwald. Los sacerdotes que defienden el abandono de las rúbricas -abandonos a menudo nacionalistas, que se apartan de la universalista tradición romana- son los que se consideran a sí mismos competentes para introducir mejoras o ajustes en la liturgia. Son ellos los hiperliturgistas. No son hiperliturgistas quienes desean asistir a una Misa romana que, por lo menos en lo relativo a lo que está ordenado en los libros litúrgicos, sea la misma en todo el mundo, aunque sea la misma la fe católica; ni siquiera son liturgistas: son simplemente fieles católicos; católicos que creen que lo que la secular tradición de la Iglesia les ofrece, como la proclamación cantada de las lecturas en latín, es superior a cualquier “adaptación” o “inculturación” que este o aquel sacerdote o grupo de sacerdotes pueda pensar que es mejor. Estamos llamados a habitar en la casa de la liturgia como huéspedes agradecidos; no estamos llamados a refaccionarla como si fuéramos ejecutivos de proyectos.

Aquellos que hacen cambios de este tipo en la liturgia lo hacen, sin duda, de buena fe. Pero no actúan confiando humildemente en el hecho de que siempre hay muchos niveles de significación en la liturgia, que escapan de lo que podríamos pensar que es el propósito de determinada ceremonia o texto o música u ornamento. En otras palabras, actúan según sus propias luces. Pero lo que debemos hacer nosotros, especialmente hoy día, es actuar a la luz de la Tradición católica, hasta que volvamos a aprender, como niños en una escuela primaria, por qué ella, a fin de cuentas, se desarrolló. Necesitamos aprender de nuevo el abecé antes de osar efectuar nuestras propias contribuciones, cualesquiera sean ellas (y que Dios nos preserve de la “creatividad”).

 Una reliquia del pasado, un peligro en el presente

Hay quienes, curiosamente, me han acusado de “rubricismo” en estas materias, imputación que, como hemos visto, repite el Rvdo. Recktenwald. La razón por la que digo “curiosamente” es porque resulta perfectamente obvio que no soy un rubricista. El fenómeno del rubricismo tiene lugar cuando la racionalidad litúrgica o teológica para determinada práctica cae en el olvido, y lo único en que uno puede afirmarse es la rúbrica misma, que es una prescripción positiva de la ley humana. Si no se puede decir por qué determinada práctica es correcta y adecuada sino que sencillamente se grita “¡Así es la rúbrica y hay que respetarla!”, o si se empieza a sudar frío a las 3 de la mañana porque uno se da cuenta de que hay tres manuales que no concuerdan sobre cuántos centímetros debe haber entre los objetos puestos en la credencia, en tales casos uno podría quizá ser llamado rubricista. Pero si se mira lo que he escrito sobre por qué habría que evitar los abusos de Chartres, se verá que hay en ello una racionalidad litúrgico-teológica, además de una alegación de que las rúbricas los prohíben.

La razón por la que las rúbricas son buenas es que las prácticas que ellas garantizan son en sí mismas buenas y adecuadas. No es al revés, vale decir, no es que algo es bueno porque las rúbricas lo mandan. Eso sería positivismo jurídico. No. La Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, aprende cuál es la mejor forma de llevar algo a cabo -mejor tanto en términos prácticos, como por razones teológico/espirituales, o por ambos motivos-, y la formula a continuación como rúbrica y manda que sea obedecida. Por ejemplo, la costumbre de mantener el pulgar y el índice unidos surgió como un uso, se extendió rápidamente y finalmente fue recogida en las rúbricas y mandada observar por todos[3]. Tal es el modo cómo normalmente se desarrollan estas cosas. Un gran problema del catolicismo del siglo XX fue que las rúbricas se habían transformado en una producción artesanal. La Congregación de Ritos, seguida después por el Consilium, comenzó a imaginar nuevas rúbricas año tras año, dando lugar al cansancio y al desagrado con esta tarea en su conjunto: se olvidó el significado teológico y espiritual de las rúbricas, o sea, del motivo por el cual, a fin de cuentas, se desarrollaban.

Esta es la razón por qué un tradicionalista es coherente al decir que hay que respetar las rúbricas, y también que hay unas que son mejores que otras debido a lo que exigen y a por qué lo exigen. En realidad, algunas rúbricas son malas, como la del Novus Ordo de que, durante la Misa, nadie debe hace una genuflexión ante nuestro Dios y Señor, Jesucristo, realmente presente en el tabernáculo, cuando meramente se pasa frente a él. No andemos con rodeos: esa rúbrica es estúpida y mala. Está “en el libro”, pero del mismo modo cómo en los libros hay muchas malas leyes[4].

Un rubricista es quien insiste en las rúbricas por sí mismas. Un tradicionalista insiste en las rúbricas precisamente porque protegen y promueven algo que es importante, algo que, primero, hay que entender teológica y espiritualmente, luego de lo cual la rúbrica se ve como correcta. Las rúbricas tienen fuerza legal porque están promulgadas por la autoridad legítima, pero tienen su fuerza intrínseca por la naturaleza de la cosa misma a que se refieren.


Los sacerdotes “pastorales” que ignoran o contradicen las buenas rúbricas del misal antiguo demuestran no una “flexibilidad ante las normas”, sino una mentalidad antinómica que es típica de la época moderna, con su hábito de desafiar las tradiciones y de dar primacía a consideraciones utilitarias y pragmáticas. Cuando un sacerdote mira una rúbrica tradicional no como guardián de una verdad teológica o espiritual, sino como un mandato arbitrario de la ley, se sentirá tanto más inclinado a violarla cada vez que piense que tiene una idea mejor.

Este punto de cómo hay que llevar a cabo las lecturas es más importante que lo que parece, porque no se trata de algo aislado. Es uno entre los varios caballos de Troya con los cuales los reformistas intrépidos e incansables pueden introducirse en el movimiento tradicional y transformarlo -al menos en ciertos sectores geográficos- en una recapitulación del descenso del Consilium hacia una insaciable manipulación, modificación, expurgación, reinvención, arqueologización y, al cabo, total transformación de la liturgia, todo ello en nombre de “mejoras pastorales”. Esto, y no el cuidado amoroso de ars celebrandi, es la auto-obstaculización que hay que evitar. 
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[1] Texto en el alemán original: 

Ich persönlich sehe inzwischen eine unvermutete Gefahr für die traditionelle Bewegung in der Kirche ganz woanders, nämlich in einer Hyperliturgisierung. Bei aller theologischen Engführung, die man Erzbischof Lefebvre vorwerfen mag: Er hatte den Eifer eines wahren Hirten, dem es um das Heil der Seelen geht. Die Bewahrung der Liturgie war für ihn kein ästhetischer Selbstzweck. Vielmehr sah er ihre Krise als einen Teil der Glaubenskrise, die das Heil vieler Seelen gefährdet. Sein Anliegen war ein höchst pastorales im vollen katholischen Sinne des Wortes. Es ging ihm nicht um Rubriken, also um den Buchstaben liturgischer Vorschriften, sondern um den Geist. Er war nicht gegen Reformen überhaupt, sondern gegen Reformen, die den Geist der Liturgie vernebeln.

In meinem ersten Priesterjahr in der Piusbruderschaft versorgte ich sonntäglich eine Kapelle, in der abwechselnd an einem Sonntag Gregorianischer Choral, am anderen die Schubertmesse gesungen wurde. Kein Mensch hatte sich etwas dabei gedacht. Das Phänomen eines liturgischen Purismus, der deutsche Lieder in der Liturgie verachtet, den direkten Vortrag von Lesung und Evangelium in der Landessprache ablehnt, einen exzessiven Rubrizismus bin hin zur missionarischen Selbstknebelung pflegt, ist mir erst viel später begegnet, vor allem in Laienkreisen. So wird Kritikern der traditionellen Liturgie eine willkommene Angriffsfläche geboten, Neulingen der Zugang zu ihr erschwert. Man hat eine schiefe Bahn betreten, an deren Ende Liturgie als Liebhaberei eines exklusiven Clubs exotischer Ästheten erscheint.

Ich bin Kardinal Sarah dankbar, dass er beim Abschlusshochamt der Chartreswallfahrt ein Zeichen gesetzt und das richtige Maß für die Weise angemahnt hat, wie man zelebrieren soll: “mit edler Schlichtheit, ohne unnötige Überladungen, falschen Ästhetizismus oder Theatralik, aber mit einem Sinn für das Heilige, der Gott zuerst die Ehre gibt.”

[2] Esta es una de las intuiciones que hicieron famosa a Catherine Pickstock, y reconozco con alegría la deuda que tengo con ella.

[3] Véase la última entrega de mi serie sobre mantener juntos el pulgar y el índice.

[4] El Rvdo. Zuhlsdorf ha analizado esta desafortunada rúbrica muchas veces. El Rvdo. Ray Blake la menciona aquí como parte de su observación de que el Novus Ordo no parece preocuparse mucho con la latría, excepto en las palabras (algunas veces). Esto, por cierto, es propio de la tendencia a ver las lecturas como algo que tiene sólo un valor didáctico, sin una función específicamente latréutica en la liturgia. 

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Actualización [3 de agosto de 2018]: El sitio New Liturgical Movement ha publicado en traducción inglesa una carta enviada por el destacado escritor y periodista alemán Martin Mosebach, gran defensor de la liturgia tradicional, al diario Die Tagespost, escrita en respuesta a una columna del P. Engelbert Recktenwald, FSSP (a la que el Dr. Kwasniewski hace mención en su artículo publicado en esta entrada). En su carta, Martin Mosebach refuta el paternalismo clerical que está detrás de las propuestas del P. Recktenwald, quien condona aquellas modificaciones de la liturgia tradicional no autorizadas por las rúbricas ni por la legislación canónica vigente, hechas en pos de una pretendida finalidad "pastoral", la cual, como ya sabemos, ha conducido a funestas consecuencias en la Iglesia en todo orden de cosas, como es el caso de la controversia sacramental sobre la admisión de los divorciados vueltos a casar civilmente a la Sagrada Comunión.

martes, 6 de marzo de 2018

Carta a un joven atribulado

Presentamos a nuestros lectores una traducción de un intercambio epistolar entre un joven anónimo de gran fe y piedad y el Prof. Peter Kwasniewski, a quien nuestros lectores han tenido la fortuna de poder leer habitualmente en esta bitácora. El joven interlocutor enfrenta las dudas y conflictos que acompañan probablemente a toda persona cercana a la Misa tradicional en el mundo contemporáneo, donde por regla general resulta difícil encontrar comprensión y apoyo incluso de otros católicos de buena fe, pero habituados a la liturgia reformada, y hasta al interior de la propia familia. 

¿Es conveniente para un católico tradicional asistir a la Misa reformada en días que no son de precepto cuando no hay otra a su disposición? ¿Cuál ha de ser la postura de un católico tradicional ante los esfuerzos que iniciara Benedicto XVI en pos de una Reforma de la Reforma que dé más dignidad a la liturgia reformada y la acerque más a la tradición litúrgica de la Iglesia? Con sabiduría y prudencia, el Prof. Kwasniewski intenta orientar al joven en estas y otras interrogantes.

El artículo fue publicado originalmente en OnePeterFive. La traducción es de la Redacción.

 (Imagen: One Peter Five)

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Solución de problemas de adhesión en la liturgia

Peter Kwasniewski

Un adulto joven, de sólida fe y admirable piedad familiar, me envió una carta el verano pasado con ciertas preguntas y preocupaciones que, me parece, harán eco en muchos lectores de OnePeterFive. Voy a reproducir esa carta y, enseguida, mi respuesta (he suprimido los detalles que podrían permitir identificar al remitente).

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Querido Dr. Kwasniewski:

Quiero hacerle algunas preguntas sobre la tensión entre el usus antiquior y el usus recentior. Durante este verano no he tenido tantas oportunidades de asistir a la Misa antigua como en la universidad. Afortunadamente, hay una Misa tradicional en nuestra diócesis los domingos después de almuerzo, celebrada por diferentes sacerdotes que la conocen. Sin embargo, mi familia es fiel a nuestra parroquia que celebra, casi siempre de modo reverente, el Novus Ordo. He estado asistiendo casi todos los domingos a la Misa en la mañana con mi familia y, después de mediodía, a la Misa tradicional solo. Ir a ésta significa a menudo que no puedo compartir el almuerzo familiar. Mis padres no ponen objeción, pero a veces me doy cuenta de que eso les molesta. ¿Es egoísta querer asistir a la Misa tradicional en vez de estar con mi familia?

También he oído decir a muchos tradicionalistas que es mejor no asistir jamás a la Misa Novus Ordo a menos que se deba hacerlo. Por ejemplo, dicen que uno debiera dejar de ir a Misa los días de semana si sólo se celebra la forma ordinaria. No creo estar de acuerdo con esto, pero quisiera saber qué piensa usted, que asiste a ambas formas en la universidad. ¿No sería mejor ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa y comulgar todos los días, aunque no sea ofrecido del modo más reverente posible? ¿O es para Dios una ofensa que uno participe en Misas irreverentes? ¿Depende todo de cuán reverente sea la Misa Novus Ordo?

Finalmente, ¿qué piensa de la mentalidad “reforma de la reforma”? ¿Cree que el Novus Ordo debiera celebrarse siempre o que va a estar siempre con nosotros, por lo que debiéramos adherir a él y tratar de hacerlo lo más reverente posible? ¿O aspira usted a reformarlo para que sea lo más reverente posible al mismo tiempo que alienta a la gente a que se acerque cada vez más a la antigua Misa, de modo que ésta pueda algún día ser de nuevo la forma ordinaria o la única forma? Algunos amigos míos que lo han escuchado a usted o leído sus artículos me preguntan en qué posición está exactamente. Y por eso es que me pareció que tenía que preguntárselo antes de responderles.

Un afectuoso saludo,

            N.N.

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El Prof. Peter Kwasniewski
(Foto: Aurelio Porfiri)

Querido N.N.:

Con honradez y perspicacia ha puesto usted el dedo en la llaga de algunas de las más difíciles preguntas que hoy se hacen los católicos cultos. Y cuando digo “cultos” me refiero a los católicos que han estudiado y experimentado la gran distancia que separa a la situación aproblemada y pluralista de la Iglesia de hoy respecto de la claridad de su constante enseñanza doctrinal y del tesoro de su liturgia, que nos ha sido transmitido a través de los siglos. No hay respuestas fáciles porque estamos viviendo en un período de desarraigo, de amnesia, de confusión.

Recuerdo que, cuando tenía más o menos la misma edad de usted, pasé exactamente por igual situación. Yo crecí en una parroquia importante de Nueva Jersey, y descubrí documentos magisteriales como Mediator Dei y teólogos como Santo Tomás de Aquino que me hicieron ver cuán confundida estaba mi parroquia. Mis padres seguían asistiendo a ella, pero a partir de cierto momento, yo no pude seguir haciéndolo. Por lo cual comencé a ir a otras partes, asistiendo tanto a la Misa Novus Ordo como a la tradicional. Fue una situación muy tensa. No creo que mis padres me hayan entendido nunca cabalmente, a pesar de mis esfuerzos -quizá no muy exitosos, ahora que lo pienso- de explicarme. Pero usted es una persona más amable, más gentil y más inteligente que yo a la misma edad, y probablemente sus padres sean católicos más serios que los míos, por lo que usted podrá tener más éxito en sus esfuerzos de explicarles por qué ama la Misa antigua y desea asistir a ella. Me parece, además, una señal de humildad y de piedad filial el que siga asistiendo a Misa con ellos, quienes no podrían reprocharle, en realidad, ser usted antisocial o “elitista”.

Lo más importante es lo siguiente: jamás es egoísmo el querer alimentar la propia vida espiritual con el sustancioso alimento de la liturgia tradicional. Como siempre, se requiere tomar en cuenta las circunstancias. San Francisco de Sales dice que es preferible que una mujer cuide a sus hijos a que los desatienda por pasar más tiempo rezando en la iglesia. Pero, por otra parte, una mujer que sólo se preocupara de sus hijos y no se hiciera nunca tiempo para la oración personal terminaría siendo una mala madre y, posiblemente, una mala cristiana. Tenemos, pues, que tomar muy en serio las necesidades de nuestra alma, y creo que una vez que uno experimenta la belleza de la Misa antigua (y de todas las demás liturgias y devociones que la rodean), es casi imposible seguir subsistiendo con una dieta mezquina, con una papilla aguada. No se olvide que Benedicto XVI dijo a los obispos en su carta de 7 de julio de 2007 lo siguiente, refiriéndose al usus antiquior: “También los jóvenes han descubierto esta forma litúrgica, han sentido su atractivo y han encontrado en ella un modo de encontrarse con el Misterio de la Sagrada Eucaristía que les resulta particularmente apropiado”.

¿Sería posible que sus padres aceptaran asistir a Misa con usted? Quizá ello los atraería a amar lo que usted ya ha llegado a amar.

En todo caso, hay otras preguntas, que usted ha formulado muy bien. ¿Cuándo y dónde trazar la línea? ¿Debiera uno ir diariamente a Misa, sin que importe cómo se la celebra? ¿Existe jamás alguna razón para no ir a Misa? ¿Podría existir algún motivo para dejar de asistir al Novus Ordo y simplemente asistir sólo al Vetus Ordo? Estos son temas prudenciales, pero podemos estar seguros de que una Misa que no se celebra correcta y reverentemente es una ofensa a Dios en aquellos aspectos en que resulta deficiente (después de todo, la liturgia está relacionada con la práctica de la virtud moral de la religión, por la que damos a Dios lo que en justicia le pertenece, y en esto podemos fallar de muchos e importantes modos). Además, semejante Misa nos es espiritualmente perjudicial en cuanto que nos forma mal. Y cuando nos distraemos o nos irritamos, nos preparamos muy mal para adorar a Dios y comulgar, cosas para las que se nos pide tener una disposición de viva fe y devoción.

Creo que podemos aprender algo de la tradición oriental, que habla de “días no litúrgicos”, es decir, días en que no se celebra la liturgia, a los cuales se refiere usando la analogía del ayuno: nuestro deseo del Santísimo Sacramento se intensifica mediante otras formas de oración. El sacrificio de la Misa es la joya principal de la corona, pero necesita estar puesta en una corona de oro, que es el Oficio Divino y nuestra oración personal. El Oficio Divino es también oración litúrgica, pero tiene la ventaja de ser algo que cualquier cristiano puede llevar a cabo, aunque sea solo o en un grupo pequeño. Cuando se reza Laudes o Prima en la mañana y Vísperas o Completas al atardecer, y cualquiera otra “hora menor” si se logra encontrar el momento para ello, se consagra al Señor el día de un modo muy semejante a cuando se asiste a Misa. El Oficio es parte del gran sacrificio de alabanza que Nuestro Señor, como Eterno y Sumo Sacerdote, ofrece a su Padre en el Espíritu Santo.  

También Joseph Ratzinger habló, más de una vez, de los beneficios de hacer “ayuno eucarístico” (véase el siguiente artículo que publicaré al respecto), diciendo que, en unos tiempos como los nuestros, demasiado inclinados a tomar la Eucaristía como algo obvio y reduciéndola a una rutina sin profunda hambre y sed de Dios, podemos beneficiarnos y reparar por otros no yendo a comulgar sino, en su lugar, practicando un acto de deseo, una comunión espiritual. Esto es un modo de entender positivamente los días sin Misa, ya sea porque no se puede encontrar una Misa compatible con el horario propio o porque, desgraciadamente, no se dispone de una Misa reverente.

En lo personal, para mí es muy difícil orar en la forma ordinaria por una serie de razones. Se me hace más fácil orar cuando puedo cantar el Propio y los cantos gregorianos con la schola, como ocurre en la universidad, porque entonces puedo entrar en el espíritu de la liturgia a través de esos cantos auténticos de nuestra tradición, que fueron “compuestos para orar”. Pero aun así es un desafío. Además, como usted sabe, en el usus antiquior el celebrante importa menos que en el usus recentior, en que se exhibe inevitablemente la personalidad del sacerdote, sobre todo por la postura versus populum y el requisito de que todo sea dicho en voz alta. Por tanto, quién sea el celebrante constituye una enorme diferencia en cuanto a si puedo o no asistir a una Misa Novus Ordo con provecho espiritual.

Estas son realidades que hay que tomar en cuenta. En modo alguno sería correcto forzar a alguien a ir a Misa diaria “porque sí”. No existe el “porque sí” en la vida espiritual: tenemos que estar conscientes de lo que hacemos, de cómo nos afecta y de cómo puede agradar o desagradar al Señor. La Misa no es un simple “método de distribución de la Comunión”, sino un acto de culto formal, estructurado, que consiste en oraciones, cantos, lecturas, ceremonias y gestos, encaminados a actos del alma tales como la adoración, la glorificación, la acción de gracias, la súplica y el arrepentimiento. No se trata simplemente de “estando presente Jesús, Dios se complace”: se trata de qué es lo que hacemos, qué estamos ofreciendo a Dios de nosotros mismos, y cómo, y por qué.

Cristo dio a los Apóstoles la Misa que llega a nosotros a través de una acumulación de tradiciones, por un camino que Él quiso que nos enriqueciera con la fe y la santidad de cada época de la Iglesia. Nada podría ser más falso que pensar que, con tal que la Eucaristía esté presente, la liturgia es indiferente. La Eucaristía está presente en una misa satánica, que es un acto supremamente sacrílego. Y está presente también en muchas Misas lícitas y válidas que, no obstante ello, son una ofensa a Dios y nos hacen daño precisamente por el modo como tratan (o dejan de tratar) la Presencia de Dios. La Eucaristía es el punto culminante, pero no quita su importancia a todo lo demás.

Lo que queremos es evitar dos extremos: el esnobismo litúrgico, para el cual nada es “suficientemente bueno”, porque de hecho nada que no sea la visión beatífica nos resultará perfectamente satisfactorio, aunque en sus mejores momentos la sagrada liturgia puede y debiera ser un anuncio del cielo. Por otro lado, debemos evitar una falsa humildad que pretende no advertir la diferencia entre lo que conviene y lo que no, entre lo bello y lo feo, lo noble y lo banal, lo reverente y lo irreverente; diferencias todas que tienen serias implicaciones para nuestra vida espiritual y para el ejercicio de las virtudes de la fe, la esperanza, la caridad y la religión. El primer extremo puede transformarse en un descontento duro y lleno de irritación, y el segundo, a un relativismo que debilita los esfuerzos, siempre necesarios, por mejorar la vida de nuestra Iglesia.

Si los grandes santos reformadores hubieran tenido la actitud de “está bien así, no más” o de “¿quién son yo para juzgar?”, jamás hubiera tenido lugar, a lo largo de los siglos, la renovación católica. Pero si hubieran sido demasiado impacientes o severos, habrían terminado en la desesperación. Como siempre, la virtud está en el medio, en la media o posición central, y como insiste Aristóteles en su Ética, encontrar el medio no es tarea fácil. Con todo, debemos siempre perseverar en su búsqueda.

Yo no me retraigo del esfuerzo por mejorar el Novus Ordo cuando se me lo pide, pero mi corazón y mi mente están firme y permanentemente del lado del clásico rito romano, que es nuestro patrimonio hereditario, nuestro tesoro, nuestra línea vital, nuestra piedra de toque y nuestra gloria como católicos romanos. Restablecer esta magnífica lex orandi y participar profundamente en ella es la meta que debiéramos proponernos, tanto para nuestro propio beneficio como para el de incontables hermanos nuestros en la fe que están deshidratados de lo divino, y tienen hambre de lo sagrado.

Oremus pro invicem.

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Actualización [13 de marzo de 2018]: La bitácora Wanderer ha publicado otra traducción de este artículo del Prof. Kwasniewski.

martes, 12 de septiembre de 2017

Formas tradicionales y Novus Ordo

Queremos compartir con nuestros lectores un interesante artículo de opinión del Prof. Peter Kwasniewski, académico del Catholic College of Wyoming (EE.UU.) y antiguo conocido de esta bitácora, en la que se refiere de modo sumamente perspicaz a una crítica que otros ya han avanzado antes respecto del Novus Ordo del beato Pablo VI, a saber, las numerosas elecciones que el sacerdote tiene al momento de celebrar la Misa en cada parte de ésta, como por ejemplo las distintas formas penitenciales o, lo que es de consecuencias más graves, las distintas plegarias eucarísticas. Esta concepción del Misal por parte de los autores de la reforma litúrgica ha conducido según el Prof. Kwasniewski a la sistemática exclusión de las opciones más tradicionales (la primera fórmula penitencial o el Canon Romano), con el consiguiente empobrecimiento teológico y litúrgico de la celebración de la Santa Misa en su forma ordinaria. El artículo fue publicado originalmente en el sitio New Liturgical Movement. La traducción es de la Redacción. 

 Ford Madox Brown, Jesús lavando los pies de Pedro (1852-1856, Tate Britain)

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“Suprimido por desuso”. 

Sobre la pérdida de legítimas prácticas tradicionales en la forma ordinaria

Peter Kwasniewski

Conversaba hace algún tiempo con un ssacerdote sobre el fenómeno de las opciones en el nuevo rito de la Misa y de otros sacramentos, y me hizo la observación de que, cada vez que hay múltiples opciones, de las cuales una es tradicional y las otras son invenciones más recientes, pareciera haber una sutil presión para que se escoja las invenciones más recientes, lo que trae como consecuencia que –en sus palabras- “la práctica tradicional es suprimida por falta de elección”.

Ahora bien, sabemos que esto ocurre mucho cuando nos topamos con algo que es más largo o más complejo o que requiere un esfuerzo mayor. Por ejemplo, si el leccionario contempla lecturas opcionales para un santo específico o para una categoría de santos, lo más probable es que se las omita simplemente porque es mucho más fácil seguir el ciclo diario página a página en vez de tener que molestarse buscando el lugar donde está la lectura opcional. Un ejemplo de mayor longitud es el Confíteor: uno se demora un poquito más si reza el Confíteor y el Kyrie que si usa el Kyrie con el pseudotropo [1]. Y, de este modo, se abandona el Confíteor en el camino.

Hay aquí operando una peligrosa tendencia. Aunque en teoría hay muchas opciones puestas a disposición del celebrante, en la realidad existe cierta presión en contra de la elección de la opción tradicional precisamente porque es tradicional, y una cierta presión en favor de escoger la opción moderna porque es moderna, porque es posible elegirla, porque quizá es más políticamente correcta, o porque es más feminista, o lo que fuere. Esto nos trae a la memoria la arrogante vanidad de la moderna ciencia aplicada, que funciona según el principio tecno-bárbaro de “si podemos hacer algo, debiéramos hacerlo”. Sin considerar la cuestión del bien o del mal, se debe fabricar bombas atómicas, se debe cosechar órganos, se debe producir niños de probeta, y congelar embriones y clonar animales o cualquier otra cosa de este estilo.

Un excelente ejemplo sería el caso del misal, que prescribe que el sacerdote puede decir “Orad, hermanos”. Nadie usa jamás el “Orad, hermanos”, sino siempre “Orad, hermanos y hermanas” (o, a veces, “Orad, hermanas y hermanos”, aunque el misal no considera esta opción).

El mismo problema surge en muchas otras partes. Tómese, por ejemplo, el rito del lavado de pies del Jueves Santo. Durante décadas el clero violó las rúbricas que dicen que, si ha de haber lavado de pies, serán los de “viri”, varones. Aunque no se especifica el número de ellos, a menudo se escogía doce varones para representar a los doce Apóstoles. Esto simbolizaba simultáneamente dos cosas: el mandamiento universal de la caridad y, más específicamente en relación con el Jueves Santo y la conmemoración de la Última Cena, la institución de sacerdocio y del Santísimo Sacramento, que sólo pueden celebrar los sacerdotes. Así, si se tiene delante a doce varones se realiza con éxito este doble simbolismo. Los doce Apóstoles, como piedras angulares de la Iglesia, nos representan a todos, por lo que ahí está presente el mandamiento universal de la caridad. Por otro lado, si se tiene un grupo mixto de hombres y mujeres, se suprime el simbolismo de la institución del sacerdocio y de la Eucaristía, y se enfatiza sólo el mandamiento de la caridad. Por lo tanto, estas dos modalidades no son equivalentes: una de ellas es más comprehensiva y, la otra, más estrecha y (posiblemente) políticamente motivada.

 La imagen anterior, distorsionada
(Imagen: New Liturgical Movement)

Incluso luego de que el papa Francisco cambió las rúbricas para que las mujeres fueran admitidas, sigue siendo permitido lavar los pies de doce varones, o de un cierto número de ellos: tal cosa está totalmente permitida. El uso exclusivo de “viri” no ha sido prohibido. Pero entre muchos clérigos se da la actitud de que esta opción es sólo una opción teórica. Hay que incluir mujeres, ahora que el papa Francisco lo hace, ahora que se hace así en tantas partes: “Si podemos incluir mujeres, debemos incluirlas”. Si no las incluimos, estamos prejuiciados en su contra, y somos discriminatorios y chovinistas. De este modo, una opción que existe verdaderamente –lavar los pies sólo de varones- deja de existir por no ser escogida.

La debacle del lavado de pies ilustra un principio operativo más general que he encontrado en ciertos sacerdotes: nunca debe elegirse las opciones tradicionales, nunca es apropiado hacerlo en parte alguna. Tal es, después de todo, la Iglesia moderna, vivimos en el mundo contemporáneo, y tenemos que hacer lo que es relevante, lo que está al día, lo que está de moda. En consecuencia, las opciones tradicionales, aunque existen en el papel, debieran permanecer en él.

Tomemos otro ejemplo. Sabemos que es posible cantar en gregoriano la Misa entera, y que tal es la preferencia, claramente declarada, del Concilio Vaticano II; pero semejante Misa fue una de las primeras víctimas de la introducción de opciones en música. En la mayor parte de los casos no se usa las antífonas previstas para el Introito, el Ofertorio y la Comunión. Los encargados de la música simplemente usan otros himnos, más o menos apropiados (generalmente menos apropiados) en vez de esos elementos del Propio, que son en realidad parte de la estructura de la Misa de un modo en que nunca lo han sido ni lo serán otros cantos. Los libros litúrgicos oficiales no traen impresos los himnos en vernáculo, no se los imprime en el misal, son simples agregados opcionales. Pero los agregados opcionales se han convertido en la norma, casi como si fueran exigidos, y las opciones tradicionales, que son parte de la estructura de la liturgia y de su historia, quedan suprimidas por no ser elegidas.

Del mismo modo, todos sabemos que ad orientem es una opción válida en la celebración del Novus Ordo. Pero, aquí también, la enorme presión que opera en favor de la celebración “versus populum” –la inseguridad psicológica de un clero que necesita, por decirlo así, ser validado por su relación con los asistentes, y también el egocentrismo de los asistentes que esperan que se los mime y sirva- hacen que el regreso a la celebración ad orientem sea extremadamente difícil, aunque sabemos que es, en el papel, una opción perfectamente legítima. Podríamos multiplicar los ejemplos de este tipo.

Lo que vemos en el mundo de la liturgia reformada, en suma, es una continua deriva hacia una autorización de uso de las prácticas tradicionales cada vez más ininteligible, arcana e irrelevante, como si ellas fueran una especie rara y peligrosa de flor delicada que se ve desplazada de su ecosistema por malezas perjudiciales, agresivas e invasoras, o por una variedad extraña de sapos.  

 La imagen anterior, más distorsionada
(Imagen: New Liturgical Movement)

Si se trata de dar un nombre a este fenómeno, sugeriría “el imperialismo de la novedad”, una especie de favoritismo ciego, sin discernimiento e indiscriminado o de fomento de todo lo que es nuevo y reciente y reluciente, el último modelo salido de la línea de producción. La Tradición carece de palabras para defenderse a sí misma, no tiene ejércitos, ni fuerza armada. Ella sólo compele por su racionalidad interior, por su belleza, por su valor como una herencia que se nos ha dejado. Pero debido a que a los modernos no les importa lo que se nos ha legado, la voz de la Tradición queda sofocada, la fuerza moral que debiera tener es aguada, si no suprimida del todo. La modernidad es fundamentalmente anti-tradicional: recuérdese cómo Thomas Jefferson hablaba de que los gobiernos iluministas de su tiempo habrían, por fin, de expulsar la clerecía y la frivolidad medieval junto con la superstición al embarcarnos en la nueva Edad de la Razón, el Novus Ordo Seculorum. Las únicas posturas que tienen algún impacto son las que cuentan con el apoyo de la gente hoy en día, lo que no sorprende, ya que la gente que la apoya está viva hoy, y posee músculos y cuerdas vocales, y hará lo que quiera hacer porque tiene el control y está viva precisamente el día de hoy.

Puesto que tal ha sido el caso y lo es todavía en tantas partes, me impacta lo frecuentemente que me topo con generaciones jóvenes que están pensando de nuevo todo esto. Careciendo de la impedimenta del Concilio Vaticano II, estas generaciones pueden observar el fenómeno del imperialismo de la novedad y descubrir cuán vacía es esta religión-para-armar; pueden darse cuenta de que se trata de una forma de esnobismo cronológico, un egocentrismo de la época; pueden ver que los cristianos modernos y sus líderes están, en el fondo, palmoteándose mutuamente la espalda y diciendo: “¿No es estupendo ser modernos, no es fantástico estar al día, no es estupendo ser políticamente correctos y democráticos y sintonizados?”, y otras cosas por el estilo. Todo esto suena a hueco. Como dice Ratzinger, cuando la colectividad se celebra a sí misma, la liturgia se convierte en una práctica aburrida y fútil.

Los católicos contemporáneos se han arrinconado a sí mismos al insistir en que todo sea “nuevo” o “renovado”, como si este adjetivo, por sí mismo, fuera la prenda o garantía de la corrección de un modo de proceder. Esto los presiona sutilmente a todos a innovar, a cambiar, a ser diferentes, a privilegiar el movimiento más que la estabilidad, la acción más que el sufrimiento, el hacer más que el ser. Pero Cristo murió de una vez para siempre: Él es el único sacerdote que ofrece el sacrificio, Él nos trae la verdadera religión cuyos dogmas no cambian jamás, por mucho que su comprensión teológica crezca con los siglos. “Que nadie os engañe: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”. La religión cristiana es inherentemente nueva, permanentemente nueva pero, en su esencia, inalterable y sempiterna. He aquí la razón por la que jamás puede envejecer.

La Tradición, comprendida correctamente, participa de esta perpetua juventud, no es algo del pasado, ni mucho menos es un objeto de nostalgia, sino una energía vital en la Iglesia que nos lleva hacia adelante, uniéndonos a toda la Iglesia que ya no es de nuestra época. En realidad, en el pasado judíos y cristianos veían a nuestros “predecesores” como aquéllos que habían corrido antes que nosotros en dirección a la eternidad, y se veían a sí mismos como quienes corrían detrás. Esto es, por cierto, lo contrario de como tendemos hoy a pensar el tiempo y la historia y la cultura: nosotros pensamos que estamos adelante y nuestros ancestros, detrás; están atrás en el tiempo y nosotros estamos en la vanguardia. Pero esto no tiene sentido, porque nuestros ancestros (antecessores) caminaron antes que nosotros: ya vivieron sus vidas, conocen los misterios de la vida y de la muerte, y nosotros dependemos de ellos, somos sus alumnos, sus seguidores.

Los jóvenes, si todavía tienen fe y todavía usan su razón, están empezando a ser cada vez más conscientes del valor inherente –podríamos decir el valor silencioso pero inmensamente poderoso- de la Tradición, y se están convirtiendo en sus portavoces: están asumiendo la causa, dándole voz y músculo. Están pidiendo, y en algunos casos exigiendo, que se elija las opciones tradicionales, que las prácticas tradicionales sean rescatadas del olvido y se les dé un genuino derecho a estar presentes en el mundo católico, en la conciencia católica.

Lo menos que podemos pedir es que no se suprima las opciones tradicionales por el desuso. Ojalá que todos los católicos puedan, tarde o temprano, ver que la mejor opción es volver a una liturgia sin opciones, una liturgia que no esté hecha de componentes modulares combinables en innumerables permutaciones inculturadas, sino que sea una única túnica inconsútil tejida de arriba abajo por nuestra Santa Madre, capaz de darnos calor y belleza con sólo volver a vestírnosla de nuevo.     




[1] Nota de la Redacción: En el original, el autor usa la expresión “pseudo-troped Kyrie”, que alude a aquella versión medieval del Kyrie que intercalaba invocaciones poéticas, llamadas tropos (por ejemplo, "Kyrie, fons bonitatis, Pater ingenite, a quo bona cuncta procedunt: eleison"), la cual fue suprimida luego del Concilio de Trento. Con todo, la reforma litúrgica volvió a introducir artificialmente esta modalidad en la tercera fórmula penitencial del Novus Ordo Missae (por ejemplo, "Tú que has sido enviado a sanar los corazones afligidos: ¡Señor, ten piedad!"), la que ha acabado por ser la más utilizada. 

jueves, 3 de agosto de 2017

El testimonio de un sacerdote que celebra la Misa tradicional

Les ofrecemos a continuación una traducción propia de un valioso testimonio aparecido en el sitio norteamericano Liturgy Guy (el original puede leerse aquí, en inglés). En él, un sacerdote nos cuenta cómo el haber aprendido a celebrar la Misa tradicional lo ha hecho un mejor sacerdote. Conservando la celebración birritual, el sacerdote da cuenta de cómo el conocimiento de la Misa tradicional lo ha ayudado también a celebrar la Misa de Pablo VI de un modo más digno y con mayor recogimiento, proceso de enriquecimiento anhelado por S.S. Benedicto XVI al promulgar el motu proprio Summorum Pontificum. Ojalá testimonios como estos conduzcan a los obispos a atender al llamado del Papa emérito de poner a disposición de los seminaristas la posibilidad de aprender la liturgia perenne de la Iglesia.

 El P. Timothy Reid celebrando una Misa rorate en diciembre de 2015
(Foto: Liturgy Guy)

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La Misa tradicional me ha hecho un mejor sacerdote

Al aproximarse la Iglesia al décimo aniversario del señero motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI, ha tenido lugar otro aniversario en la Iglesia de Santa Ana, en Charlotte, Carolina del Norte: se cumplieron 9 años desde que se volvió a celebrar la Misa tradicional en Charlotte. Desde aquella primera Misa rezada, de un sábado 31 de mayo de 2008 en la mañana, la Misa tradicional no ha dejado de hacerse más disponible y más popular en la ciudad. 

Recientemente pregunté al párroco de Santa Ana, el P. Timothy Ried (metodista converso, que apareció hace poco en el programa “The Journey Home”, de EWTN) cómo le ha impactado el antiguo rito en su calidad de sacerdote:

“Después de 9 años de celebrar la Misa tradicional, puedo decir que ella me ha hecho un mejor sacerdote. Me ha hecho amar estar sumergido en su tradición, y ser formado por sus rúbricas y oraciones. Lo más importante es que, celebrar la Misa tradicional, me ha hecho mejorar la forma en que celebro la Misa Novus Ordo. La disciplina que exige la Misa tradicional en su celebración se ha trasladado al modo como celebro la Misa Novus Ordo. Ciertamente he experimentado el mutuo enriquecimiento que Benedicto XVI esperaba que se produjera cuando se celebraran, una al lado de la otra, la Misa tradicional y la Misa Novus Ordo, y pienso que lo mismo ha experimentado nuestra parroquia. Creo firmemente tener un nuevo y mayor aprecio por la inmensa dignidad de la Misa”.

Esta respuesta del P. Ried no debiera sorprendernos. De hecho, he oído a otros sacerdotes expresar los mismos sentimientos cuando celebran la Misa tradicional. Unánimemente han declarado una mayor comprensión del Santo Sacrificio y de su sacerdocio, debido a haber tenido la experiencia del rito antiguo.

Cabe recordar que el Arzobispo Alexander K. Sample, de Portland, Oregon, analizó estos mismos beneficios al dirigirse a la Conferencia Sacra Liturgia en Roma, en 2013. En esa ocasión dijo: “Estas son las razones por las que urjo a los obispos a que se familiaricen con el usus antiquior como un medio para lograr para sí mismos una formación litúrgica más profunda y más sólida, que sirva como punto de referencia para llevar a cabo la renovación y reforma de la liturgia en la Iglesia local. Por experiencia propia puedo decir que mi estudio de los antiguos ritos litúrgicos y su celebración han tenido un enorme impacto en mi propio aprecio de nuestra tradición litúrgica, y han fortalecido mi comprensión de los nuevos ritos y su celebración”.

Haciéndose eco de los mismos sentimientos expresados por el P. Ried, el Arzobispo Sample agregó: “El obispo debería también animar a sus seminaristas a que se familiaricen con ese usus antiquior, no sólo por la posibilidad de que puedan ser llamados a celebrar esta forma de la Misa para beneficio de los fieles, sino también para que, como futuros sacerdotes, puedan apreciar la profunda y rica tradición litúrgica de la que derivan los ritos reformados…”.

La verdad es que el rito romano tiene en la actualidad dos formas: la forma ordinaria (la Misa introducida en 1970), y la forma extraordinaria (una liturgia que data de los primeros siglos, y que ha permanecido casi intacta desde el primer milenio).

¿No es ya tiempo de que la Iglesia escuche a estos hombres que celebran ambas formas del Rito Romano, como el Arzobispo Sample y el P. Ried? ¿No habrá llegado el momento de que todos los sacerdotes del Rito Romano, en especial los seminaristas, profundicen en su conocimiento del Sacrificio del Altar aprendiendo la Misa tradicional?


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Actualización [16 de agosto de 2017]: Religión en libertad ha publicado un vídeo de la cuarta edición del congreso Ars Celebrandi, celebrado en la basílica de Nuestra Señora de Lichen (Polonia), durante el cual cuarenta sacerdotes polacos con destinos pastorales en todo el mundo aprendieron a celebrar la Misa tradicional y un centenar de laicos aprendieron a servirla, adquiriendo además una formación básica en gregoriano y polifonía.

Actualización [2 de septiembre de 2017]: La traducción aquí hecha ha sido publicada también por el sitio Dominus Est, a quien agradecemos su difusión. 

Actualización [6 de agosto de 2018]: Religión en libertad ha publicado un vídeo que permite aprender con facilidad a celebrar la Misa tradicional. Sólo basta la buena disposición. 

Actualización [9 de junio de 2019]: Secretum meum mihi ofrece la traducción castellana del testimonio publicado en The Catholic Herald por un sacerdote que aprendió a celebrar la Misa de siempre y la lección de humildad que con ella recibió: con ese rito comprendió que, al acercarse al altar, el hombre desaparece y sólo Cristo luce. 

Actualización [20 de julio de 2019]: El sitio New Liturgical Movement ha publicado un hermoso testimonio de un joven sacerdote diocesano estadounidense, el Rvdo. Timothy Ianaccone, en el que cuenta por qué ama la Misa tradicional. En su testimonio, originalmente publicado en el boletín de la parroquia de la cual es vicario, el sacerdote explica por qué la Misa de siempre no solamente es atractiva, sino además espiritualmente edificante. Se trata de un ejemplo más de tantos sacerdotes jóvenes que no vivieron la Misa tradicional antes de la reforma litúrgica y que, sin embargo, se sienten crecientemente atraídos por la liturgia perenne de la Iglesia.

jueves, 29 de junio de 2017

Monseñor Schneider y la renovación de la liturgia

Aunque publicada originalmente el 14 de febrero de 2015, OnePeterFive ha vuelto a dar circulación a una crónica escrita por Steve Skojec relativa a los diez elementos imprescindibles para la renovación de la liturgia que Monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana (Kazajistán), enunciara en una conferencia pronunciada en el Paulus Institute de Washington. Si bien de ella existen ya (hasta donde sabemos) dos traducciones al castellano (véase aquí y aquí), como Redacción hemos hecho una propia para contribuir a la difusión de estas interesantes ideas que pueden ayudar a devolver la dignidad y un sentido de continuidad orgánica respecto de la tradición litúrgica al culto católico, favoreciendo así ese enriquecimiento entre las dos formas del rito romano que deseaba Benedicto XVI cuando promulgó el motu proprio Summorum Pontificum hace diez años. 

 Mons. Athanasius Schneider durante la celebración de una Misa Pontifical tradicional en Nueva Jersey (EE.UU.)

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 Mons. Schneider: diez elementos para la renovación de la liturgia

Steve Skojec

“¿Y por qué hablo del mundo futuro? Porque este misterio hace que esta tierra se convierta, aquí, en un cielo para nosotros. Abrid sólo un momento las puertas del cielo y mirad; pero no, no las del cielo, sino las del Cielo de los cielos. Y entonces vais a comprender de qué he estado hablando. Porque lo que hay allá de más precioso, eso os mostraré yo que existe en la tierra. Porque tal como en los palacios reales lo que hay de más glorioso no es ni las murallas ni los techos de oro sino la persona del rey sentado en su trono, así ocurre en el Cielo con el Cuerpo del Rey. Pero no se os permite ahora ver esto en la tierra. Porque lo que os muestro no son los ángeles, ni los arcángeles, ni los cielos, ni los Cielos de los cielos, sino al mismo Señor y Dueño de todo” (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre I Corintios, citado en Dominus Est, de Mons. Athanasius Schneider, p. 34). 

El 14 de febrero de 2015 Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana, Kazajistán, dio una conferencia en Washington con el auspicio del Paulus Institute. En esa conferencia, Mons. Schneider propuso acciones concretas –diez elementos esenciales- que debiera ponerse por obra para llevar a cabo la renovación litúrgica.

En mi calidad de espectador, me impresionó una vez más la preocupación de Su Excelencia por la reverencia y la piedad en el culto católico. Debido al gran valor de las ideas que expuso, quisiera ofrecer aquí el resumen que hice de los principales temas. 

Mons. Schneider explicó que, desde los tiempos apostólicos, la Iglesia procuró tener una liturgia sagrada, y que es sólo mediante la acción del Espíritu Santo que podemos en verdad adorar a Cristo. Los gestos exteriores de adoración que expresan la reverencia interior son vitales en el contexto de la liturgia. Se incluyen entre ellos las reverencias, las genuflexiones, las postraciones y otras cosas semejantes. Su Excelencia citó los escritos de San Juan Crisóstomo sobre liturgia, concentrándose especialmente en el siguiente tema: la liturgia de la Iglesia es una participación en la liturgia celestial de los ángeles y debe tomarla como modelo.

La noción de liturgia celestial, y nuestra participación en ella en el Santo Sacrificio de la Misa, ofrece algunas perspectivas a aquellos que pudieran sentir la tentación de tomar como algo normal el increíble milagro que se produce en medio de nosotros. La realidad es que cada iglesia católica es, en sí misma, un lugar donde habitan los ángeles, los arcángeles, el reino de Dios y Dios mismo en su divina esencia. Si fuéramos capaces, de algún modo, de transportarnos a la liturgia celestial, no nos atreveríamos a dirigir la palabra ni siquiera a quienes conocemos y amamos. Cuando estamos en la iglesia, por tanto, deberíamos hablar sólo en voz baja, y sólo de cosas sagradas. 

En la Iglesia primitiva, el altar y los demás objetos sagrados eran cubiertos con un velo, como señal de respeto por el misterio sagrado en que les correspondía un papel. No existió, contra lo que piensa la gente en nuestros tiempos, la celebración de la Misa versus populum, y tampoco la práctica extendida de recibir la comunión en la mano. El sacerdote y los fieles miraban juntos hacia Dios en el oriente litúrgico.

Cuando celebramos la liturgia, es Dios quien debe estar en el centro. El Dios Encarnado, Cristo. Nadie más. Ni siquiera el sacerdote que actúa en lugar de Él.

La liturgia se empobrece cuando reducimos los signos y gestos de adoración. Toda renovación litúrgica debe, por tanto, restaurarlos y crear una liturgia terrenal más cristocéntrica y trascendente, más reminiscente de la liturgia de los ángeles.

 (Foto: Rorate Caeli)

Diez elementos de renovación.

Mons. Schneider enumeró los siguientes diez puntos que considera fundamentales para una renovación litúrgica:

1. Debe ponerse en el centro del presbiterio el tabernáculo, donde Jesucristo, Dios Encarnado, está realmente presente bajo las especies de pan, porque en ningún otro lugar en esta tierra está Dios, el Emanuel, tan realmente presente y tan cerca del hombre como en el tabernáculo. El tabernáculo es el signo que indica y contiene la Presencia Real de Cristo, y debiera por lo tanto estar más cerca del altar y constituir con éste la señal central más importante que apunta al misterio Eucarístico. El Sacramento en el tabernáculo y el Sacrificio en el altar no debieran oponerse ni separarse, sino estar ambos en el lugar central del presbiterio y próximos el uno al otro. La atención de quienes entren a la iglesia debiera espontáneamente dirigirse hacia el tabernáculo y el altar.

2. Durante la liturgia eucarística –al menos durante la Plegaria Eucarística- en que Cristo, el Cordero de Dios, es inmolado, los fieles no debieran ver el rostro del sacerdote. Aun los serafines se cubren el rostro (Isaías 6, 2) cuando adoran a Dios. Por el contrario, el rostro del sacerdote debiera estar vuelto hacia la cruz, ícono de Dios crucificado.

3. Debiera haber más signos de adoración durante la liturgia, específicamente genuflexiones, y en especial cada vez que el sacerdote toca la hostia consagrada.

4. Los fieles que se acerquen a recibir al Cordero de Dios en la comunión debieran saludarlo y recibirlo con un acto de adoración, arrodillándose. ¿Qué momento en la vida de los fieles es más sagrado que éste de su encuentro con el Señor?

5. Debiera haber más espacio para el silencio en la liturgia, especialmente en aquellos momentos que expresan más plenamente el misterio de la Redención. En particular, cuando el sacrificio de la cruz se hace presente en la Plegaria Eucarística.

6. Debiera haber más signos exteriores que muestren la dependencia del sacerdote respecto de Cristo, el Sumo Sacerdote, que muestren más claramente que las palabras que el sacerdote pronuncia (por ejemplo “Dominus vobiscum”) y las bendiciones que da a los fieles dependen y fluyen de Cristo Sumo Sacerdote, y no de él, la persona privada. Nada de “yo os saludo” o “yo os bendigo”, sino “el Señor” es quien os saluda y bendice. Entre los signos apropiados podría estar (como se hizo durante siglos) el besar el altar antes de saludar a los fieles, para indicar que ese amor fluye no del sacerdote sino del altar. Y antes de dar la bendición, besar el altar y luego la bendición (esto se hizo así durante mil años y, desgraciadamente, ha sido abolido en el nuevo rito). También, inclinarse ante la cruz del altar para indicar que Cristo es más importante que el sacerdote. A menudo la liturgia –del rito antiguo- hacía que el sacerdote, cuando pronunciaba el nombre de Jesús, se volviera hacia la cruz y se inclinara ante ella, para mostrar que la atención debe estar en el Señor, no en él.

 Un joven sacerdote celebra ad orientem una Misa de acuerdo con el Misal de Pablo VI 
en Troy, Nueva York (EE.UU.)
(Foto: Catholicvs)

7. Debiera haber más signos que expresaran el insondable misterio de la Redención. Esto podría lograrse mediante el gesto de cubrir los objetos litúrgicos con un velo, porque el velar es un acto de la liturgia de los ángeles. Velar el cáliz, velar la patena con el velo humeral, velar el corporal, velar las manos del obispo cuando celebra solemnemente, también velar el altar con la reja del comulgatorio. Y también signos, signos de la cruz hechos por el sacerdote y por los fieles: por el sacerdote durante la Plegaria Eucarística, y por los fieles en otros momentos de la liturgia: el persignarse es una señal de bendición. En la antigua liturgia los fieles se persignaban tres veces, en el Gloria, en el Credo y en el Sanctus. Todas estas son expresiones del misterio. 

8. Debiera haber también en el lenguaje una señal continua que exprese el misterio, lo que se consigue mediante el uso del latín. Éste es la lengua sagrada que exigió el Concilio Vaticano II para la celebración de cada Santa Misa. En todo lugar debiera siempre decirse en latín al menos una parte de la Plegaria Eucarística.

9. Todos quienes tienen un papel activo en la liturgia, como los lectores, o los que se encargan de la oración de los fieles, debieran estar siempre revestidos con ropajes litúrgicos. Y debieran ser sólo varones, no mujeres, porque actúan en el presbiterio, cerca del sacerdocio. Incluso el leer las lecturas apunta hacia esta liturgia con la que celebramos a Cristo. Y por lo tanto, sólo varones revestidos con ropajes litúrgicos debieran estar en el presbiterio.

10. La música y los cantos durante la liturgia debieran reflejar más fielmente el carácter sagrado y debieran asemejarse al canto de los ángeles, como el Sanctus, para que se pueda cantar a una voz con los ángeles. Pero no sólo el Sanctus, sino la Misa entera. Hace falta que el corazón, la mente y la voz del sacerdote y los fieles se dirijan hacia el Señor. Y esto debiera manifestarse también por signos exteriores y gestos.

Hay aquí mucha materia para la reflexión. Cada uno de estos diez puntos me parece, al menos a mí, indispensable para lograr un culto verdaderamente reverente en nuestras iglesias. Ninguno de estos puntos es incompatible ni con la antigua liturgia de la Iglesia ni tampoco, lo que quizás es más importante, con la liturgia que imaginaron los padres del Concilio en Sacrosanctum Concilium.

Sería una bendición inmensa el que muchos obispos tomaran estos diez puntos como guía esencial para la liturgia en sus diócesis. Os animo a que los enviéis a vuestros propios obispos para que los consideren.

Tuve también la oportunidad de encontrarme brevemente con Mons. Schneider al finalizar la conferencia. Cuando le agradecí por su liderazgo en estos tiempos, en que parece haber tantos pastores que no proclaman con claridad las enseñanzas de la Iglesia, me dijo: “Sois vosotros quienes tenéis que hacerlo. Vosotros, los fieles, y sus familias. Vosotros debéis ser santos. Vosotros debéis enseñar la fe a vuestros hijos. Vosotros debéis motivar a los sacerdotes”. En el tema de las vocaciones, me dijo que debemos ofrecer nuestros hijos a Dios si queremos que reciban la vocación. Pareciera que con este consejo –junto con las sugerencias concretas que hizo en un artículo publicado anteriormente este año- nos está llamando a los laicos a comenzar una santa revolución, si es que queremos ver reformas en la Iglesia.

Es el momento de comenzar a hacerla.